Papa Pío XI

Teología. Ambrogio Damiano Achille Ratti. Labor intraeclesial. Pontificado. Iglesia. Legado. Documentos magisteriales

  • Enviado por: Antonio Rull
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas
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Pío XI

 

 

I. Breve biografía

Ambrogio Damiano Achille Ratti nació el 31 de mayo de 1857 en Desio —cerca de Milán, Italia— en el seno de una familia acomodada y muy respetada.

Luego de asistir al seminario de Milán, fue ordenado sacerdote el 27 de diciembre de 1879. Posteriormente continuó sus estudios teológicos en la Universidad Gregoriana en Roma. Desde 1882 ejerció la docencia de en el seminario de Padua, y seis años más tarde, trasladándose a la biblioteca Ambrosiana, en Milán, haría de la investigación científica el centro de sus ocupaciones.

Manteniendo siempre viva su actividad pastoral, y dándose tiempo en ocasiones para ejercer el montañismo —se cuenta que era un experto—, Achille se dedicó al estudio de la paleografía. En ese lapso edita el Misal Ambrosiano y publica algunas obras.

En 1907 asumía el cargo de director de dicha biblioteca, alcanzando tanta reputación que el año 1912 el Papa Pío X lo nombraba proprefecto de la gran Biblioteca Vaticana, y dos años más tarde, será nombrado prefecto de la misma.

En 1918, aprovechando su gran habilidad para los idiomas, el Papa Benedicto XV lo envía a Polonia, primero como visitador apostólico, y al año siguiente como nuncio, nombrándolo para ello arzobispo titular de Lepanto. Para un erudito que ya cargaba con más de sesenta años a cuestas, el ir a su primera misión diplomática era realmente un reto, y más aún porque esta tarea nada tenía de sencilla. Acostumbrado acaso a luchar por conquistar las cumbres más difíciles, Achille, con mucha habilidad y coraje, supo llevar a cabo con éxito la misión encomendada. Por entonces su celo pastoral se mostró tan intenso que en agosto de 1920, cuando el ejército bolchevique se acercaba amenazante a las puertas de Varsovia, monseñor Ratti se negó a abandonar la cuidad.

En 1921 el Papa Benedicto XV lo llamó de vuelta a Italia, lo nombró arzobispo de Milán y le otorgó el capelo cardenalicio. Pocos meses después el cardenal Achille Ratti sería elegido para suceder a S.S. Benedicto XV en la Sede de Pedro. Con el nombre de Pío XI él tomaba ahora en sus manos el timón de la Barca de Pedro.

 

II. Algunas notas de su pontificado

Su Santidad Pío XI tuvo que guiar a la Iglesia en medio de un mundo sacudido y herido por la guerra. Su deseo más entrañable era el de lograr la paz duradera, trabajando para que el Señor Jesús llegase a ser el centro y el principio de toda la sociedad. «La paz de Cristo en el reino de Cristo» expresaba el núcleo de su "programa pontificio", y con este lema buscaba motivar a todos los hijos de la Iglesia para que aportasen, cada cual en su particular ámbito de competencia, a la construcción de un nuevo orden social según los principios que para la convivencia en sociedad posee la Iglesia.

 

Su labor intraeclesial

Fue este deseo por el que en diciembre de 1925 instituía la fiesta de Cristo Rey con la publicación de su encíclica Quas primas. En ella decía: «En la primera encíclica, que al comenzar nuestro pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano. Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se había alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese.»

Con este mismo objetivo proclamaría tres años jubilares (1925, 1929 y 1933), así como bienales congresos eucarísticos.

Este deseo de recordarle el primado de lo espiritual a una sociedad que optaba por una visión materialista, se mostraría también —con diversos énfasis— en sus sucesivas encíclicas: Divini illius magistri (1929), sobre la educación cristiana; Casti connubii (1930), que define el matrimonio cristiano y condena la contracepción; Quadragesimo anno (1931), que reafirma y profundiza las enseñanzas sociales que su predecesor, el Papa León XIII, desarrolló en su encíclica Rerum novarum.

Las numerosas canonizaciones que realizó tendrían también aquél mismo objetivo: Juan Fischer, Tomás Moro, Juan Bosco, Teresa de Lisieux... Asimismo fue él quien elevó a San Pedro Canisio, Juan de la Cruz, Roberto Belarmino y a Alberto Magno al rango de Doctores de la Iglesia.

En la línea de su predecesor, el Papa Della Chiesa, buscó dar un mayor impulso a las misiones. Con tal fin amplió la base de las iglesias misioneras fundando seminarios para clero nativo, y en la universidad Gregoriana instituyó las facultades de historia de la Iglesia y ciencias misionales.

En 1936 S.S. Pío XI fundó la Academia Pontificia de las Ciencias, incluyendo como miembros a distinguidos científicos de diversos países. En este mismo campo, promovió un serio estudio en la línea de las diversas ciencias, en cuyo avance veía un reto al que la Iglesia debía responder.

En 1931 instaló una estación de radio en el Vaticano, siendo el primer Papa en usar de este medio de comunicación con propósitos pastorales.

 

Las relaciones de la Iglesia con otros estados

Fueron notables sus esfuerzos para lograr acuerdos o "concordatos" por los que la Iglesia regularizaba su posición y sus derechos frente a los diversos estados. El de mayor trascendencia sin duda fue el concordato firmado con Italia en 1929 (Tratado de Letrán), por el que se llegaba a una definitiva y satisfactoria solución de la «cuestión romana»: la ciudad del Vaticano se reconocía como un estado independiente y neutral.

Asimismo, por medio de su secretario de estado, el entonces cardenal Eugenio Pacelli, firmó los concordatos con el Reich alemán y con Austria, en 1933.

La preocupación del Pastor de la Iglesia Universal en lo que tocaba a los estados totalitarios fue en continuo aumento con los años. Nada menos que treinticuatro fueron las cartas de protesta que dirigió desde 1933 hasta el 36 al gobierno del Reich alemán, por la continua violación del Concordato y por la progresiva opresión a la iba sometiendo a la Iglesia en Alemania. Esta situación daría pie finalmente a hacer pública en su encíclica Mit brennender Sorge (1937) una enérgica condena a las enseñanzas y prácticas del nacionalsocialismo alemán.

El mismo año condenaría también al comunismo con su encíclica Divini Redemptoris. Protestó enérgicamente ante la cruel y feroz persecución desatada en México contra los católicos, y en 1933 denunciaba asimismo la separación entre Iglesia-Estado a la que el gobierno republicano había llevado a España.

 

Su legado

Poco antes de su tránsito a la casa del Padre Eterno, el 10 de febrero de 1939, el Papa Pío XI ofreció su vida por la paz del mundo, con la ilusión y esperanza de que ésta pudiese aún mantenerse en Europa a pesar de la ya muy delicada situación. En este sentido, buscó con empeño infatigable trabajar en favor de la unidad de humanidad, con la clara conciencia de que ésta no podía provenir de ninguna ideología de moda, sino de Aquél que es el único principio de unidad y comunión posible para la dividida humanidad: Jesucristo, el Señor y Rey del universo, el Príncipe de la Paz.

Para promover la revitalización y el fortalecimiento de la sociedad cristiana, dio un gran impulso a la actividad misional, con el objetivo de hacer surgir vocaciones nativas en cada país. Comprendía bien S.S. Pío XI que sólo a través de una renovada misión apostólica y evangelizadora de la Iglesia, la sociedad misma habría de ser vigorizada en sus mismas raíces.

Significativos fueron también sus esfuerzos por acercarse a las Iglesias Orientales separadas.

 

III. Sus principales documentos magisteriales

En treinta encíclicas vertió luz sobre las diversas dificultades de la época. Sobresalientes son sus encíclicas sobre la educación, el matrimonio, y sobre el problema social.

Dogma:

Quas primas (1925)

Espiritualidad:

Miserentissimus Redemptor (1928)

Mens nostra (1929)

Ad catholici sacerdotii (1935)

Evangelización:

Rerum Ecclesiae (1926)

Familia:

Casti connubii (1930)

Educación:

Divini illius Magistri (1929)

Orden socio-político:

Quadragessimo anno (1931)

Non abbiamo bisogno (1931)

Mit brennender Sorge (1937)

Divini Redemptioris (1937)