Papa Juan XXIII

Teología. Angelo Giuseppe Roncalli. Delegado Apostólico para Grecia y Turquía. Observador Permanente de la Santa Sede. Concilio Vaticano II. Legado

  • Enviado por: Antonio Rull
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas
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Juan XXIII

 

 

I. Biografía

Angelo Giuseppe Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881, en Sotto il Monte cerca a Bergamo, al norte de Italia. Hijo del viñador Roncalli —como dijera él mismo a un grupo de 10,000 labradores que recibió en una de sus primeras audiencias como Papa— pertenecía a una familia humilde y muy numerosa: él era el tercero de trece hermanos. Aquélla, sin duda, fue la escuela primera en la que Angelo fue forjando su personalidad, con la que luego cautivaría a sus feligreses y al mundo entero: sencillo, inmensamente generoso y amable, a la vez que vital y exigente, vino a ser como un padre para todos sus hermanos.

En su infancia, conjugando sus estudios con los trabajos agrícolas, Angelo asistió a la escuela de su pueblo. Cumplidos los 17 años, al escuchar el llamado de Dios para servirle como sacerdote, ingresó al seminario en Bergamo. Debido a su buen aprovechamiento, le fue concedida dos años más tarde una beca, que le permitió continuar sus estudios teológicos en el Instituto San Apolinario, en Roma. En 1904 terminaba sus estudios de teología, siendo ordenado ese mismo año. Su primera misa la oficiaría en la Basílica de San Pedro, en Roma.

Pronto volvió a su diócesis, en Bergamo, donde trabajó como secretario de su obispo (1905-1914). Al mismo tiempo se desempeñaba como profesor de historia de la Iglesia y de apologética en el Seminario de su ciudad.

La primera guerra mundial interrumpió sus labores habituales, pues fue llamado a dar su apoyo en la pastoral sanitaria, siendo incorporado posteriormente al cuerpo de capellanes militares.

Terminada la guerra, el padre Roncalli volvió a sus antiguas ocupaciones, aunque pocos años más tarde, en 1921, el Papa Benedicto XV lo llamó a Roma para trabajar en la Congregación para la propagación de la Fe.

En 1925 recibía la ordenación episcopal de manos de S.S. Pío XI, quien desde entonces lo introduciría a las tareas diplomáticas nombrándolo Visitador Apostólico -y desde 1931, Delegado Apostólico— en Bulgaria.

Nueve años después, en 1934, sería nombrado Delegado Apostólico para Grecia y Turquía. Su lugar de residencia, hasta 1937, sería Estambul, y posteriormente, Atenas. En esta última ciudad pasaría la mayor parte de la segunda guerra mundial, donde con ayuda de la Santa Sede y en contacto estrecho con la Iglesia Ortodoxa, se dispuso a prestar una significativa ayuda a la población nativa.

Aquellos años vividos en el Cercano Oriente le permitieron tener significativos contactos con miembros de las Iglesias Orientales, contactos que sin duda hicieron más cercanas las relaciones con la Sede de Pedro.

Su fructífera labor en Estambul hizo que Pío XII le enviase como Nuncio a Francia, en diciembre de 1944. Sus denodados esfuerzos por apoyar al episcopado local le permitieron a la vez desarrollar nuevos métodos pastorales. Como Nuncio intercedió para que los prisioneros de guerra recibiesen un trato digno, logrando que aquellos que se preparaban para el sacerdocio, pudiesen seguir sus cursos de teología en Chartres.

En 1952 fue nombrado Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU.

En enero del año siguiente fue nombrado cardenal y patriarca de Venecia, en donde, paternal y bondadosamente, siempre espontáneo y cercano en el trato con la población y con el clero, con un notable celo pastoral supo conducir a la grey encomendada a su cuidado por el camino de la virtud cristiana.

 

II. Su pontificado

El cardenal Angelo Giuseppe Roncalli contaba con 76 años cuando el 28 de octubre de 1958 era elegido para suceder en la sede petrina a S.S. Pío XII. El nuevo Papa quiso asumir el nombre del Apóstol Juan, el discípulo amado.

A pesar de su edad —por la que muchos quisieron considerar su pontificado como uno "de transición"— el Pontífice Juan XXIII se preparaba para asumir un gran reto: convocar un nuevo Concilio Ecuménico, lo que tomó por sorpresa a más de uno. Ya en tiempos de su predecesor el Papa Pio XII se había venido preprando un concilio universal, pero por diversas razones el proyecto quedó interrumpido.

S.S. Juan XXIII supo acoger la inspiración del Espíritu Santo, y, mostrando una vez más su paternal bondad y su gran energía y vitalidad llevó adelante la convocatoria del Concilio Vaticano II. Por su humilde deseo de ser un buen "párroco del mundo" supo ver la necesidad de que la Iglesia reflexionara sobre sí misma para poder responder adecuadamente a las necesidades de todos los hombres y mujeres pertenecientes a un mundo en cambio que se alejaba cada vez más de Dios.

El espíritu de su pontificado fue definido por él mismo en junio de 1959, con el término: aggiornamento, que se esclarecerá mejor en el radiomensaje Ecclesia Christi lumen gentium, del 11 de setiembre de 1962, en vísperas de la apertura Concilio. Era el deseo del nuevo Papa y de la Iglesia toda prepararse para responder con fidelidad a los nuevos desafíos apostólicos del mundo hodierno.

Así, pues, el "Papa bueno", un 25 de enero de 1959 (poco más de dos meses de iniciado su pontificado), tomaba por sorpresa a propios y extraños convocando a todos los obispos del mundo a la celebración del Concilio Vaticano II. La tarea primordial era la de prepararse a responder a los signos de los tiempos buscando, según la inspiración divina, un aggiornamiento de la Iglesia que en todo respondiese a las verdades evangélicas. «¿Qué otra cosa es, en efecto, un Concilio Ecuménico —decía el Papa Bueno— sino la renovación de este encuentro de la faz de Cristo resucitado, rey glorioso e inmortal, radiante sobre la Iglesia toda, para salud, para alegría y para resplandor de las humans gentes?» Para esto planteaba el famoso aggiornamento hacia adentro, presentando a los hijos de la Iglesia la fe que ilumina y la gracia que santifica, y hacia afuera presentando ante el mundo el tesoro de la fe a través de sus enseñanzas. Estas dos dimensiones se manifestarían constantemente en su pontificado.

La apertura eclesial al mundo se muestra con claridad en sus encíclicas, siempre dejando en claro que ello no significaba en absoluto ceder en las verdades de fe. «Esta doctrina es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla según las exigenciasde nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el depósito de la fe o las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades, conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado».

Dentro de este espíritu de apertura en fidelidad a la doctrina de siempre, el Papa Juan XXIII se esforzó también en buscar un mayor acercamiento y unión entre los cristianos. Su encíclica Ad Petri cathedram (1959) y la institución de un Secretariado para la Promoción de la Unión de los Cristianos fueron hitos muy importantes en este propósito.

 

El Concilio Vaticano II

Para S.S. Juan XXIII cuatro habían de ser los principales propósitos de este gran Concilio:

Buscar una profundización en la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma.

Impulsar una renovación de la Iglesia en su modo de aproximarse a las diversas realidades modernas, mas no en su esencia.

Promover un mayor diálogo de la Iglesia con todos los hombres de buena voluntad en nuestro tiempo.

Promover la reconciliación y unidad entre todos los cristianos.

 

Su legado

El segundo Concilio Vaticano, luego de una larga y concienzuda preparación, se inició el 11 de octubre de 1962, aunque él mismo no sería el elegido para llevarlo a su feliz término. Pronto el Papa Juan XXIII se enteraba de su mortal enfermedad que, asociándolo a la Cruz del Señor, le llevaría por un largo camino de pasión, ofrecido por toda la Iglesia.

Juan XXIII fue llamado a la casa del Padre el 3 de junio de 1963, a poco de haberse iniciado el Concilio Vaticano II.

Su muerte suscitó una profunda tristeza en el mundo entero, lo que manifestó manera en que este Papa se hizo querer en tan poco tiempo. Ciertamente, su extraordinaria bondad y simpatía le permitió ganarse la amistad y el respeto de gente muy diversa, lo que con justicia le mereció el calificativo de "Il Papa buono", el Papa bueno.

 

III. Sus principales documentos

Eclesiología:

Gaudet Mater Ecclesia (1962)

Credo unam, sanctam, catholicam… Ecclesiam (1962)

Evangelización:

Princeps Pastorum (1959)

Ecclesia Christi lumen gentium (1962)

Convivencia social:

Ad Petri Cathedram (1959)

Mater et Magistra (1961)

Pacem in terris (1963)

Medios de comunicación:

La grave obligación de todos (1959)