Organización del oikos

Grecia antigua. Sociedad griega. Familia. Mujeres. Imagen de la mujer. Derechos económicos. Jenofonte. Platón. Aristóteles

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EL CONTEXTO HISTÓRICO DEL ECONÓMICO DE JENOFONTE

Nos situamos en el siglo IV, las transformaciones empiezan a surgir en las polis griegas. El final de la Guerra del Peloponeso y la caída del Imperio ateniense señalan una cesura en la historia política del mundo griego. Durante medio siglo, los griegos se enfrentan continuamente sin resultar vencedora definitiva ninguna Ciudad. Traumatizados por el fracaso del ideal hegemónico de la Ciudad, se cuestionarán sobre los valores en que ésta se basaba. Debido a una necesidad de seguridad que en parte proporcionaban las murallas de las ciudades, la vida urbana sustituye en gran parte a la vida rural de los atenienses. Así, cuando se compara Esparta con Atenas, es necesario recordar que la primera nunca comprendió más de un conjunto de asentamientos rurales, mientras que Atenas era una de las mayores ciudades de Grecia. El efecto de la urbanización respecto a las mujeres fue que sus actividades fueran de puertas adentro, haciendo su trabajo menos visible, y por tanto, menos valorado. Los caminos del político y del hombre ordinario tienden a separarse mientras que la guerra gravita pesadamente sobre el funcionamiento de los regímenes. No obstante, el período es muy rico en el plano intelectual; soluciones jurídicas, propuestas utópicas y reflexiones filosóficas se desarrollan en paralelo con las tensiones sociales y con los fracasos militares. A la vez, un rebrotar de lo religioso favorece las nuevas tendencias artísticas.

El desarrollo de las incesantes guerras nos es en parte conocido por la obra de Jenofonte, personalmente muy implicado en estos acontecimientos. Joven aristócrata ateniense, siguió a Sócrates y dejó Atenas en el 401 para participar en la expedición aventurera de los Diez Mil a través del Imperio persa. A su vuelta, siguió al rey de Esparta, Agesilao, hasta Jonia y luchó contra la propia Atenas en el 396. Proscrito, vivió de una propiedad que le concedieron los lacedemonios de Escilunte. En el 371, tras ser saqueadas sus tierras, se estableció en Corinto. En el 367 pudo regresar a Atenas, en las que acabó sus días.

Jenofonte sabía gobernar su casa, mejorar su hacienda, educar a los que vivían en ella, empezando por su mujer. Por ello dio un cierto número de preceptos, nacidos tanto de la

sabiduría popular como de su experiencia personal, todo escrito en una lengua clara; muchas de sus páginas son encantadoras por sus confidencias, ya se detengan en los placeres de la vida familiar o en los del campo. Ninguna afectación ni pedantería: un tono de naturalidad familiar y de risueña gravedad, una atmósfera de felicidad, constituyen los encantos del Económico.

A través de éste texto propone una organización del oikos en el que la mujer también sea participe de ésta estructura familiar clásica: “me parece que los dioses han unido con la mayor providencia este par que se llama macho y hembra para que perciban el mayor beneficio de su alianza”. El oikos estaba formado por los bienes materiales de una casa (tierras, ganados, edificios y tesoros) y por las personas (familia estricta y trabajadores libres o serviles), el oikos es la célula básica de la sociedad de esta época y una unidad de consumo y producción cuyos vínculos con el exterior son limitados.

Existía en Grecia un pensamiento misógino pero a pesar de todo, Jenofonte no parecía tenerlo en cuenta. En el Económico aporta algunas mejoras en el abonado y confía en que el mejor medio de mejorar la gestión es la buena administración del personal. Mujer, encargado, esclavos, cada uno en su papel, han de evitar las pérdidas inútiles.

Jenofonte, Platón y Aristóteles opinaban que las costumbres de Esparta eran más sanas en lo concerniente a las mujeres. Jenofonte alababa los espartanos por nutrir tan bien a las muchachas como a los muchachos, cosa que no era lo usual en los griegos. Aprobaba también la costumbre espartana de alentar a las mujeres a que hicieran ejercicio pues así podían mantener una mejor condición física para la maternidad. El buen desarrollo físico de las mujeres de Esparta era comentado por las amas de casa atenienses en la comedia « Lisístrata », aunque luego se sugiriera que la ejecución de los trabajos domésticos, especialmente el moverse hacia atrás y hacia delante en el telar, ofrecían a las mujeres de Atenas amplias oportunidades para un fuerte ejercicio físico.

POSICIÓN SOCIAL Y DERECHOS ECONÓMICOS

DE LAS MUJERES EN LA POLIS CLÁSICA

Jenofonte escribió su tratado elevando la dirección del hogar a la categoría de una ciencia. De acuerdo con el “Económico”, el marido prudente debería enseñar esa ciencia a su joven pareja. El marido y la mujer deben formar una sociedad; él, haciendo los trabajos de fuera de la casa, incluido el traer alimentos, lana y otros artículos; ella, supervisando las transformaciones de las primeras materias hasta convertirse en productos terminados. La buena esposa, según Jenofonte, ha de tener una buena relación con sus esclavas, y desempeñar otras tareas más onerosas, ya que recae sobre ella la responsabilidad de cuidar de las posesiones domésticas.

Los roles políticos en la Atenas Clásica debían ser considerados como deberes más que como derechos. Las obligaciones hacia el Estado y hacia la familia constituían las más fuertes compulsiones en las vidas de los ciudadanos, tanto hombres como mujeres.

El principal deber de la mujeres como ciudadana en relación con la “polis” era la producción de legítimos herederos para el “oikos”, o familia, cuyo conjunto comprendía la ciudadanía. Cada generación de miembros del “oikos” estaba encargada de la perpetuación de los cultos de sus antepasados así como de la continuación de las líneas de la descendencia. En efecto, el interés del Estado coincidía con el interés de la familia en el objetivo de que la familia individual no se extinguiera.

La virginidad y la castidad se creían inextricablemente relacionadas con la obediencia. Educar a una muchacha para ser obediente, en especial a su padre, aseguraría el que mantuviera un comportamiento apropiado dentro de la familia como hija virginal y, más tarde, como esposa casta y madre. Dentro de la familia una mujer tenía poca más autoridad que un niño. Estaba siempre sometida al pariente masculino más próximo, quien gozaba de autoridad sobre su persona y sus propiedades. EL matrimonio significaba la transferencia de esta autoridad de un varón a otro. La custodia de las mujeres era el mejor medio para mantener el orden de la familia y la sociedad. La mujer ideal sometía sus sentimientos, su instinto y juicio a su padre,

marido o potestad masculina. La mujer ideal en todas estas culturas tempranas era aquella mujer que se subordinaba voluntariamente a los hombres de su familia.

Mientras los hombres pasaban la mayor parte de su tiempo en lugares públicos como la plaza del mercado y el gimnasio, las mujeres respetables permanecían en sus casas. En contraste con los admirados edificios públicos, frecuentados mayormente por los hombres, los barrios residenciales de Atenas eran sombríos, miserables e insalubres.

Las mujeres permanecían en sus hogares no sólo porque sus trabajos no les permitían grandes ocasiones de salir sino también por la influencia de la opinión pública.

Las mujeres ricas aceptaban mejor el permanecer en casa y enviar sus esclavos a hacer gestiones, pero las mujeres pobres que carecían de esclavos no podían ser sometidas a reclusión, cosa que de hecho era para ellas más bien un placer pues encontraban gusto en la compañía de otras mujeres con las que podían charlar al ir a buscar agua, al lavar la ropa o al pedir utensilios prestados.

La separación de los sexos estaba perfectamente expresada en la arquitectura particular mediante la construcción de alojamientos separados para hombres y mujeres. Usualmente ocupaban las habitaciones más apartadas, lejos de la calle y de las zonas comunes de la casa. Si la casa tenía dos plantas, la mujer con los esclavos ocupaban el segundo piso.

Las mujeres libres permanecían habitualmente recluidas de tal forma que no pudieran ser vistas por los hombres salvo que se tratara de familiares muy directo, en cambio, las de las clases altas realizaban más bien una labor de dirección que la ejecución por sí mismas de los trabajos domésticos.

EL TRABAJO DE LAS MUJERES

La vida urbana creó una fuerte separación entre las actividades de los hombres de clases superiores y de clases bajas; así como entre la de los hombres y las mujeres. Los hombres eran libres para dedicarse a la política, a la vida intelectual, al entrenamiento militar, atletismo y todo tipo de negocios que eran adecuados para caballeros. Algunos trabajos estaban considerados como bajos y degradantes, mas propios de esclavos que de ciudadanos. Pero los ciudadanos que necesitaban mayores ingresos no podían mantener ciertos ideales y se veían forzados a trabajar en empleos inferiores. Las mujeres de las clases superiores, excluidas de las actividades de los hombres, supervisaban y -si lo deseaban- realizaban muchas de las tareas que se consideraban propias de los esclavos.

Desde el momento en que un trabajo era despreciado, también lo era el que lo realizaba. El trabajo de las mujeres era productivo, pero al ser semejante al de los esclavos, no era debidamente valorado según la ideología de la Atenas clásica.

Las mujeres, pues, eran puestas a hilar y tejer, labores que todas habían aprendido como formando parte de la educación de una dama que tenía que vigilar sus esclavas, pero que nunca habían esperado tener que ejercer con el fin de obtener ingresos. Fueron las creadoras de las manufacturas textiles a lo largo de la antigüedad clásica. Los trabajos en lana eran tradicionalmente una tarea femenina, tanto en Roma como en Grecia. El hilar fue considerado hasta tal punto un estereotipo del sexo que incluso en los entrenamientos de las edades bárbaras, un huso servía para identificar el cuerpo como perteneciente a una mujer.

El resultado fue una mejora en las disposiciones de las mujeres, así como en la actitud de los hombres de la casa hacia ellas.

Las mujeres trabajaban principalmente en la casa con objeto de guardarla. También se ocupaban del cuidado de sus hijos, de atender a las esclavas enfermas, de confeccionar ropas y de las preparación de los alimentos. Esto último era considerado como un trabajo exclusivo de ellas.

Las labores que enumeró Homero para las mujeres mortales y para las diosas son las mismas que desarrollaron las mujeres de Atenas durante los siguientes cuatrocientos años. El único avance tecnológico que facilitó el trabajo de las mujeres detectado en la Atenas urbana fue el progreso en el suministro de agua a finales del siglo VI a.C.

Los nombres de mujeres estampados en tuberías y ladrillos registran también su relación con las actividades de la construcción -desde la propiedad de un taller de fabricación de ladrillos o de cortar piedras, por parte de una mujer de las clase alta, a la participación real en la fabricación de materiales de construcción por trabajadoras de clase baja que participan en el trabajo de albañilería.

Transportar agua en un recipiente llevado en equilibrio sobre la cabeza era una típica ocupación femenina. Como el ir a buscar agua suponía un intercambio social, charla y una fuente, de posibles flirteos, eran las esclavas las que usualmente se enviaban para los trabajos.

Las mujeres no iban al mercado a comprar comida y ni aún ahora lo hacen en los pueblos rurales de Grecia.

Las mujeres de las clases pobres trabajaban fuera de su casa, la mayor parte de ellas prosiguiendo tareas que era una prolongación del trabajo que hacían en sus hogares. Se empleaban, pues, como lavanderas, tejedoras y otras actividades relacionadas con el vestido. También trabajaban como vendedoras, ofreciendo alimentos o lo que habían tejido o cocinando en sus casas. Algunas vendían guirnaldas que habían trenzado. También se empleaban como nodrizas y porteras.

Aunque algunos prostíbulos adquirían una riqueza transitoria, también algunas mujeres se enriquecían con su trabajo. Algunas mujeres extranjeras se dedicaron a transacciones financieras importantes, pero era muy poco usual que las ciudadanas también lo hicieran. Las mujeres no podían comprar ni vender.

Las libertas, ya que a menudo venían del Este, vendían frecuentemente artículos de lujo o mercancías exóticas tales como tintes de púrpura o perfumes. Vendían además muchas mercancías selectas como vestidos u alimentos, y trabajaban como carniceras e incluso como pescadoras, pregonando su mercancía.

Las mujeres libertas estaban obligadas a prestar servicio, tanto tiempo como el que habían necesitado para aprender su propio medio de vida. Las prostitutas estaban exentas de la obligación de proseguir como tales; pero a menudo no tenían otra manera de vivir. Las mujeres de estatus alto y las de más de quince años estaban exentas también, y así, en la práctica, eran mujeres que se casaban con el consentimiento de su amo.

El destino de las mujeres muy pobres sólo puede suponerse. Seguramente estaban peor que las esclavas, pues éstas al menos eran una propiedad y, por lo tanto, ciudadanas de un modo proporcional a su valor. Algunas libertas, también podían haber sido capaces de contr con la buena voluntad de sus anteriores amos. Suponemos que muchas mujeres pobres e inexpertas se mantuvieron mediante la prostitución.

Así pues, observamos referente a la mujer una “discriminación” respecto al trabajo que hoy en día aún perdura. Destacamos el tejer o hilar como trabajo de la época clásica y el ejercer la prostitución como algo que no estaba mal visto en las mujeres pobres o de clases bajas.

LA IMAGEN DE LA MUJER EN LAS FUENTES GRIEGAS

Las fuentes nos muestran diversos aspectos y vivencias de la mujer griega. Podemos basarnos tanto en fuentes escritas: bien realizadas por las propias mujeres bien por dramaturgos como Sófocles o Eurípides; o fuentes arqueológicas como pueden ser las vasijas o mosaicos que nos describen las formas de vida de éstas mujeres clásicas.

Correspondiente a ésta última encontramos dibujos de vasijas que muestran a mujeres bañándose y atendiendo a diversos aspectos de su « toilette ». La utilización de cosméticos era muy frecuente en la época y era utilizada tanto por mujeres casadas como por prostitutas.

Sus atuendos quedan también reflejados en las fuentes, aunque el vestido era sencillo, joyas y peinados podían llegar a ser muy complicados. Las mujeres llevaban el pelo suelto, con una banda o corona en lo alto o con trenza o una redecilla. Las esclavas, sin embargo, solían llevar el pelo cortado. Las tumbas son amplias fuentes arqueológicas debido a la gran información y material que aportan; parte de la exquisita joyería ateniense solía despojarse en las tumbas de sus propietarios, junto con los espejos de bronce y recipientes para cosméticos.

En algunas tumbas se muestran imágenes de mujeres escogiendo alhajas de un cofre mantenido por una esclava o adornándose a sí mismas con la ayuda de un espejo. En sus sepulcros, las esposas aparecen modestamente ataviadas, pero en sus casas llevaban a menudo prendas muy ligeras.

Éste estudio de las tumbas en los cementerios sugiere que la mortalidad femenina se incrementaba en el período de la maternidad. Las ropas de las mujeres que morían al dar a luz eran dedicadas a Artemisa, en Braurón, patrona del ciclo vital femenino, y hay varios relieves de la época clásica aparentemente dedicados a mujeres que murieron al nacer sus hijos.

Por su parte, las diferentes representaciones de la mujer en las fuentes nos muestran el cambio de actitudes sociales. Las figuras femeninas vestidas aparecen en el arte griego tanto en la escultura como en la cerámica decorada. Las mujeres desnudas se encuentran en los

vasos pintados de todos los periodos, pero comienzan a ser más frecuentes en la escultura sólo a partir del siglo IV a. C.

T. B. L. Webster ha detectado un sorprendente incremento en el número de representaciones de mujeres desnudas en el segundo cuarto del siglo V a. C.. Antes de esta época, los retratos de atletas en los vasos y de los jinetes eran tres veces más frecuentes que los retratos de hombres y mujeres o de mujeres solas. Después de las guerras con Persia, las representaciones de mujeres y hombres o de mujeres solas son al menos dos veces más que las de atletas y jinetes. Muchas de estas copas se pretendía que fueran usadas por mujeres, y así, se describían en ellas actividades femeninas.

Pero el desnudo femenino no tuvo su igualdad, si mas no su lugar, junto al desnudo masculino (aunque este fuera reproducido en mayor medida durante la antigüedad clásica) hasta la aparición de las llamadas “Afroditas” (estatuas que remedaban a la diosa parcial o totalmente desnuda, preparándose para el baño.

Como hemos citado con anterioridad, la figura femenina queda reflejada en las fuentes escritas; de dos modos completamente distintos, en un primer lugar las encontramos como autoras de algunas obras clásicas: cabe destacar entre las prosistas a Cornelia o a la joven Agripina que escribió sus memorias, pero sin duda una de las más importantes poetisas de la Grecia Antigua fue Safo quien escribía siempre sobre y para las mujeres dejando relegado al hombre a un segundo plano, no porque se sintiera discriminada sino porque las mujeres en el ambiente que se encontraban, se amaban entre sí.

En segundo lugar la imagen de la mujer en las fuentes escritas. Cierto número de investigadores encuentra una relación directa entre las mujeres reales que vivieron en la Atenas Clásica y las heroínas de la tragedia. Discurren en el sentido que los poetas trágicos hallaron sus modelos en mujeres verdaderas, es decir, mujeres que conocieron y con las que convivieron, de este modo surgiría otra teoría según la cual las mujeres en la época clásica no estuvieron recluidas ni fueron producto de discriminaciones o reclutamiento por parte del género masculino.

De acuerdo con el sociólogo Philip Slater, los muchachos de Atenas pasaban sus primeros años de formación en compañía de su madre y sus esclavas. El padre pasaba el día fuera de casa y la mujer-madre, recluida, alimentaba la imaginación de su hijo de modo que desarrollaba en su mente unos personajes femeninos dominantes, capaces de convertirse en las heroínas de sus tragedias, surgirían así los mitos como Clitemnestra, Medea o Antígona (arquetipos femeninos creados por hombres). Existen problemas que implican la aplicación de las teorías de Slater. En primer lugar no es tan cierto que los padres permanecieran distanciados de sus hijos, en segundo, podrían los lectores creer que la influencia de las madres en sus hijos se debía a la sociedad patriarcal que en la época se vivía. Los epitafios en las tumbas de mujeres parecen indicar que sus vidas fueron satisfactorias, aunque tal evidencia debe ser puesta en duda ya que las inscripciones solían ser seleccionadas por miembros de la familia, probablemente, hombres.

No se pueden afirmar las teorías de Slater ya que la mitología de las mujeres fue creada por hombres, en una cultura dominada por ellos y en una ambiente en el que la separación de sexos engendró en los adultos un temor a lo desconocido. La misoginia nació del temor a la mujer, y desarrolló en su interior la ideología de la superioridad del macho.

A pesar de todo estas ideologías no pueden confirmarse y quedaran siempre abiertas.

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T. B. L. Webster, « Atenían Culture and Society », pp. 139-40; este hallazgo no fue verificado y permanece bajo controversia

Gomme, op. Cit.; Hadas, op. cit.; Kitto, op. cit,; pp. 219-36; Setman, « Women in Antiquity », pp. 110-11, y « Status of Women », y Donald C. Richter, op. cit.

Slater, op.cit