Odisea; Homero

Literatura antigua universal. Letras griegas. Épica. Poemas épicos. Argumento. Tema: Aventuras y viajes de Ulises. Personajes

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LA ODISEA (Viajes de Ulises)

Introducción.-


Ulises, rey de Itaca, en griego era llamado "Odiseo" (Ulises) por eso el poema de Homero que cuenta el viaje de Ulises, desde Troya hasta Itaca, se llama "Odisea".
La guerra de Troya duró diez años y terminó gracias a que a Ulises se le ocurrió la idea de engañar a los troyanos haciéndoles creer que los griegos se marchaban, dejándoles de regalo un enorme caballo de madera que estaba hueco por dentro.


Cuando terminó la guerra todos los reyes y guerreros griegos volvieron a sus casas. Ulises salió de Troya con sus hombres, en doce barcos, todos tenían muchas ganas de volver a su tierra. Ulises estaba deseando volver a ver a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco, al que no veía desde que era muy pequeñito.


Pero los dioses habían preparado a Ulises un largo y accidentado viaje, desde Troya hasta Itaca, que duraría diez años más, cuyo relato conocemos con el nombre de "Odisea".


El País de los lotófagos.-


Cuando salieron de Troya los vientos les fueron desfavorables y llevaron los barcos a la deriva hacia el sur, muy lejos de la ruta de Itaca. Después de muchos días de viaje llegaron al País del Loto donde la gente se alimentaba sólo de flores. Los tres hombres que Ulises mandó a por agua y provisiones a tierra fueron recibidos muy amistosamente por los habitantes de este País que les ofrecieron para comer la "flor del loto", una flor de un dulzor tan maravilloso que los que la comían se olvidaban de todo y sólo querían quedarse para siempre en esa tierra y vivir en un sueño feliz, sin preocuparse de nada. Cuando Ulises descubrió lo que había ocurrido desembarcó con el resto de sus compañeros, ató de pies y manos a los tres hombres adormecidos por la flor del loto, los llevó a los barcos y, temiendo que otros hombres probaran también el loto, ordenó que desplegaran las velas y remaran con fuerza para escapar cuanto antes del País de los lotófagos.


La tierra de los cíclopes.-


Llegaron después a la isla de Sicilia donde vivían los cíclopes, unos gigantes muy feroces, con un solo ojo en el centro de la frente que vivían en cuevas. El más malo de todos los cíclopes era Polifemo, hijo del dios Poseidón, que tenía numerosos rebaños de ovejas y cabras.

Ulises sin saber nada de los cíclopes fue a explorar la isla con doce de sus hombres llevando un odre de vino y un saco de comida. Llegaron a la cueva de Polifemo, que estaba en el monte con sus rebaños, y los compañeros de Ulises cogieron quesos, leche, corderos y chivos y quisieron marcharse rápidamente de aquel lugar. Pero Ulises quiso quedarse para conocer al dueño de aquel sitio.
Cuando se hizo de noche llegó Polifemo con su rebaño y al descubrir a Ulises y a sus doce compañeros dentro de la cueva se enfadó mucho, empezó a gritar, cerró la entrada con una enorme piedra, agarró a dos de los hombres y se los comió.

Entonces Ulises le ofreció el vino y la comida que llevaba. Cuando el cíclope le preguntó cómo se llamaba, el astuto Ulises, le dijo:


-Me llamo "Nadie". Polifemo le contestó:


- A ti "Nadie" te comeré el último como prueba de mi hospitalidad.
Polifemo se bebió todo el vino, se emborrachó y se quedó dormido. Entonces aprovechó yleclavó el tronco afilado de un olivo en el único ojo del cíclope que se despertó del dolor dando muchos gritos y quejándose.

Al oír sus voces llegaron muchos cíclopes a la puerta de la caverna y le preguntaron si alguien le había hecho daño, Polifemo les dijo que: 


-"Nadie" me ha hecho daño.


Al oír esto los otros cíclopes se fueron pensando que no le pasaba nada.
Después Polifemo quitó la piedra que tapaba la salida de la cueva y se sentó fuera, extendiendo los brazos, de vez en cuando, para que no se le escapara ningún hombre. 


Llegaron a los barcos y cuando estaban bien lejos de la isla Ulises le gritó al cíclope:
- Polifemo, si alguien alguna vez te pregunta quién te dejó ciego dile que fue Ulises rey de Itaca.

 
Entonces Polifemo suplicó a su padre Poseidón, dios del mar, que castigara a Ulises, con estas palabras:


- Escúchame Poseidón y concédeme el deseo que Odiseo no pueda nunca volver a su palacio. Pero si está destinado a regresar a su País, que sea tarde y mal, después de perder a todos sus compañeros.

La isla de Eolo.-

Llegaron a Eolia, la isla donde vivía Eolo, dios de los vientos, que los recibió con mucha hospitalidad. Después de descansar durante un mes Ulises le rogó a Eolo que le ayudara a volver a su casa. 


Eolo impulsó las naves de Ulises hacia Itaca con vientos favorables y, para que nada pudiera interferir en el camino de regreso, puso todos los vientos desfavorables dentro de un odre, que había fabricado con la piel de un toro.

Estuvieron navegando durante diez días hasta que vieron las costas de Itaca. Parecía que el viaje se iba a acabar. Pero se desató una violenta tormenta que llevó los barcos, otra vez, a la isla de Eolia. 


Desesperado Ulises desembarcó con algunos de sus hombres para pedirle, otra vez, a Eolo que le ayudara a regresar a Itaca. Pero Eolo se asustó mucho al ver a Ulises porque pensó que era un hombre aborrecido por los dioses y lo echó de su isla diciéndole:
-¡Márchate de mi isla, no voy a ayudar más veces a un hombre al que los dioses odian!

El País de los Lestrigones.-


Navegaron durante siete días y llegaron a la tierra de los Lestrigones.
Ulises envió tres hombres a explorar y llegaron hasta un castillo donde vivía el rey de aquellas tierras que era el gigante Antífate al cual le gustaba comer seres humanos y nada más verlos se comió a uno de los exploradores de Ulises. Los otros dos salieron corriendo y avisaron a Ulises del peligro pero, ya era demasiado tarde porque avisados por su rey, llegaron muchísimos gigantes lestrigones que desde lo alto de las rocas lanzaron piedras contra los barcos y se comieron todos los hombres que capturaron. 


Hundieron todos los barcos menos el de Ulises en el que escaparon los pocos hombres que se salvaron de aquella horrible matanza.


Circe la hechicera.-

Con un solo barco y unos pocos hombres Ulises llegó a la isla de Eea, donde vivía la maga Circe, una bellísima hechicera que convertía a las personas en animales.


Ulises se quedó en el barco con la mitad de sus hombres y mandó a Euríloco bajar a tierra con la otra mitad, llegaron al palacio de Circe y vieron que estaba rodeado por numerosos lobos y leones, que en realidad eran marineros que la maga había hechizado, y que al acercarse, en lugar de atacarles se ponían de pié sobre las patas traseras y les acariciaban.


Cuando los vio Circe les invitó a pasar a su palacio y les preparó una gran comida, todos entraron menos el prudente Euríloco que se quedó fuera observando. La maga Circe les sirvió una comida embrujada, convirtió a los hombres de Ulises en cerdos y los metió en una pocilga.

Euríloco volvió corriendo para contar lo que había pasado y Ulises se fue solo a salvar a sus compañeros. En el camino se le apareció el dios Hermes que le previno de los trucos de Circe y le dio una flor, que sólo conocían los dioses, cuyo olor le protegería de los hechizos de la maga.

Cuando Ulises llegó al palacio de Circe, esta le preparó también una comida embrujada y cuando terminaron de comer tocó con su varita en el hombro de Ulises diciéndole: 
- Vete a reunirte con tus compañeros a la pocilga.


Pero Ulises se levantó de un salto con la espada en la mano y se lanzó sobre la hechicera como para matarla y Circe se arrojó al suelo, se puso a llorar y le pidió perdón a Ulises diciéndole:


- ¿Quién eres? ¿Por qué mi magia no te hace efecto? 


Ulises le ordenó que transformara a sus compañeros y a todos los marineros que tenía embrujados en humanos y mandó venir a los que estaban esperando en el barco. La hechicera les ofreció su palacio para que descansaran de su largo viaje y allí se quedaron durante un año. 


La reina Penélope.-


Mientras tanto en Itaca la reina Penélope continuaba esperando el regreso de Ulises. Los griegos habían regresado ya de la guerra de Troya y por eso todos pensaban que Ulises había muerto. 


El palacio de Ulises se había llenado de nobles que querían casarse con la reina Penélope. Los pretendientes de Penélope sabían que el que se casara con la reina se convertiría en el nuevo rey de Itaca.


Penélope les había engañado diciéndoles que elegiría nuevo esposo cuando terminara un bordado que estaba tejiendo. Pero la astuta Penélope, para retrasar la boda, deshacía por las noches lo que tejía durante el día.

Viaje al Hades.-


Ulises y sus hombres decidieron continuar el viaje de regreso a Itaca.
Circe les dijo que antes tenían que ir al Hades para que el adivino Tiresias de Tebas les aconsejara sobre lo que tenían que hacer.
Viajaron en su barco al Hades y ofrendaron un cordero y una oveja negra al adivino, que le dijo a Ulises:


- Hay un dios que está haciendo penoso tu viaje de vuelta por haber cegado a su hijo. Pasarás por la isla Tinacria donde pacen las vacas y ovejas del dios Sol, debes respetarlas, si les causas algún daño perderás tu barco y a todos tus compañeros.

Los consejos de Circe.-


Volvieron a la isla Eea y la maga Circe se reunió con Ulises para ayudarle en el viaje de vuelta. Circe le dijo a Ulises:


- Primero pasarás junto a la costa de las tres sirenas. Cuando los marineros oyen su dulce canto, quedan hechizados, se sumergen en el mar y no vuelven jamás. Deberás tapar los oídos de tus hombres con cera y ordenar que te aten al mástil de tu barco para así poder oír sus canciones sin peligro. 
- Después tu barco debe pasar por un lugar muy peligroso entre dos escollos. A un lado vive la divina Caribdis que tres veces al día absorbe las aguas del mar y otras tres veces las vomita y al otro la terrible Escila monstruo de doce patas y seis cabezas con seis larguísimos cuellos. Para pasar deberás arrimarte al escollo de Escila que te arrebatará seis de tus compañeros, pero es la única posibilidad de salvar el barco y al resto de tus hombres.


- Luego llegaréis a la isla del Tridente donde pacen los rebaños del dios Sol, debes respetarlos porque de lo contrario perderás tu barco y a todos tus compañeros.

Las sirenas.-


Emprendieron el viaje y llegaron a la costa de las sirenas. Ulises tapó con cera los oídos de sus hombres y les ordenó que lo ataran al mástil.

Cuando vieron el barco las tres sirenas, Parténope, Leucosia y Ligia, cantaron tan dulcemente que Ulises suplicó a sus hombres que lo soltaran. Pero los compañeros de Ulises remaron con fuerza y se alejaron de la costa. 
Las tres sirenas se suicidaron porque no pudieron atraer a Ulises. En el lugar donde fue enterrada Parténope se fundó más tarde la ciudad de Nápoles.

Caribdis y Escila.-


Desataron a Ulises y se quitaron la cera de los oídos. A lo lejos oyeron un gran ruido como de batir de olas. Ulises sabía que se trataba de Caribdis y así habló a sus compañeros:


- ¡Remad con fuerza que tenemos que pasar entre esos peñascos para llegar a Itaca!.
Dirigieron el barco hacia el estrecho, evitando el lado en el que estaba Caribdis que primero sorbía el agua con gran ruido, dejando a la vista el fondo arenoso del mar, y luego la vomitaba levantando una gran nube de vapor y espuma que cubría todo el promontorio. 


Ante la terrible visión que tenían ante sus ojos los hombres estaban como petrificados y Ulises tenía que ir recorriendo el barco animándolos a todos y obligándoles a remar. Cuando pasaron por el estrecho iban mirando a Caribdis y de repente, por el otro lado, aparecieron las seis cabezas de Escila que se llevaron a seis compañeros de Ulises.


Dejaron atrás las horribles Caribdis y Escila y avistaron la isla del dios Sol. 
Ulises recordando las profecías del adivino Tiresias de Tebas y de la maga Circe reunió a los pocos hombres que le quedaban y les dijo:
- No podemos parar en esta isla porque aquí viven las vacas y ovejas del dios Sol y si alguien hace daño a esos animales sagrados será castigado por el dios Sol y por todos los dioses del Olimpo.


Pero los hombres estaban agotados y Euríloco habló en nombre de todos y le dijo a Ulises:
- No tenemos tu fuerza Ulises, necesitamos descansar en la isla, aunque solo sea por esta noche, y mañana por la mañana continuar el viaje. 


Ante la insistencia de sus compañeros Ulises accedió a parar unas horas en la isla, aunque les hizo prometer que no tocarían ni uno solo de los animales del dios Sol.

La isla del dios Sol.-


En cuanto desembarcaron Zeus desató un fuerte viento que no les dejó salir de la isla durante treinta días. Pronto se terminó la comida y el vino que les había regalado Circe y sólo comían lo que podían pescar o cazar. Cuando llegó el hambre empezaron las primeras protestas. Un día que Ulises estaba paseando por la isla, Euríloco aprovechó para hablar a sus compañeros:


- Oídme, es terrible ser castigado por los dioses, pero es mucho peor morir de hambre teniendo a nuestro alcance esas vacas tan gordas. 


Así habló Eurícolo y convenció a los hombres que, rápidamente, sacrificaron las mejores vacas del dios Sol y se las comieron.


Cuando Ulises regresó y vió lo que había pasado se enfadó mucho pero ya no había remedio porque el dios Sol había pedido a Zeus que castigara a los hombres que habían matado a sus vacas.


Dejó de soplar el viento, subieron al barco y remaron con fuerza para escapar de la isla y del castigo de los dioses. Pero Zeus envió un rayo que partió el barco por la mitad y lo hundió en el fondo del mar. Se ahogaron todos los hombres menos Ulises, que, agarrado a un trozo de madera, llegó a la isla Ogigia donde vivía la ninfa Calipso.

La ninfa Calipso.-


La isla Ogigia estaba en el fin del mundo. Calipso vivía en una gran cueva cuya entrada estaba oculta por una parra. Al lado de la cueva había una verde pradera de perejil y lirios, regada por cuatro riachuelos y bosquecillos de olmos, chopos, álamos y cipreses. 


Calipso se enamoró de Ulises y lo retuvo en la isla durante siete años. Le prometió la inmortalidad y la eterna juventud si se quedaba para siempre con élla, pero Ulises no podía olvidar a su familia y todas las tardes se sentaba en la costa, a mirar el mar, añorando Itaca y lloraba de tristeza pensando en Penélope y en su hijo Telémaco. 

La asamblea de los dioses.-


Una vez que Poseidón no estaba en el Olimpo, porque había ido al país de los negros, la diosa Atenea aprovechó la ocasión para explicar a Zeus que la ninfa Calipso estaba reteniendo a Ulises en contra de su voluntad y pedirle que lo liberara.
Zeus accedió a la petición de Atenea y envió a Hermes a la isla Ogigia para que ordenara a Calipso que dejara marchar de su isla a Ulises. Zeus había decidido que Ulises viajaría en una balsa de madera hasta la tierra de los feacios, los cuales le tratarían como a un dios, le regalarían oro y hermosas vestiduras y lo llevarían en un barco a Itaca.

Viaje a Feacia.-


Hermes, el mensajero de los dioses, se dirige a la isla de Calipso y le transmite las órdenes de Zeus.


Calipso no tiene más remedio que obedecer y le da a Ulises las herramientas necesarias para que construya una balsa.


Lleno de alegría Ulises dejó la isla Ogigia, estuvo navegando en alta mar durante diecisiete días, hasta que el día decimoctavo avistó las costas de Feacia. Pero en ese momento Poseidón regresaba de su viaje del país de sus amigos, los negros de Etiopía, y vio a Ulises acercándose a la costa. Poseidón encolerizado envió una gran ola contra la balsa y la hizo volcar. Ulises cayó al agua, aunque con gran esfuerzo consiguió salir del fondo del mar y subirse otra vez a la balsa, entonces Poseidón hizo soplar todos los vientos del mar, el Bóreas, el Euro, el Noto y el Céfiro, los cuales empujaron de un lado a otro la balsa de Ulises sin dejarle llegar a tierra. 

Durante dos días y dos noches estuvo Ulises a merced de las olas hasta que la diosa Atenea cerró el paso a los vientos y calmó el mar. Ulises llegó agotado a las playas de Feacia, buscó refugio debajo de un olivo y se durmió tapándose con hojas secas.

El rey Alkinoo y la princesa Nausicaa.-


Cuando estaba a punto de amanecer la diosa Atenea se dirigió al palacio de Alkinoo, rey de los feacios, y encontró a la hija del rey, la hermosa princesa Nausicaa, durmiendo. Entonces tomó la forma de una de las amigas de la princesa y le dijo:
- ¡Nausicaa, está muy cerca el día de tu boda!, tienes que ir al río a lavar tus vestiduras y las de tu familia.


Y dicho esto Atenea desapareció y volvió al Olimpo. Nausicaa se despertó recordando lo que había soñado y corrió a pedirle permiso a su padre para ir al río, a los lavaderos que estaban junto al mar que bañaba las costas de los feacios.
En un carro tirado por dos mulas Nausicaa se dirigió al río con varias de sus esclavas llevando los vestidos de toda su familia. Su madre les dio un odre de vino y una cesta llena de comida para que pudieran estar todo el día junto al mar.

Cuando llegaron al mar las esclavas sacaron las ropas del carro y, después de lavarlas, las extendieron sobre la arena de la playa. Mientras los vestidos se secaban Nausicaa y sus esclavas se bañaron y comieron.


Después de comer se pusieron a jugar a la pelota. El griterío de las muchachas despertó a Ulises que dormía cerca de allí. La visión de Ulises desnudo, sucio, lleno de salitre y con el cuerpo curtido por el mar asustó a todas las mujeres, que salieron corriendo, excepto a la princesa Nausicaa que permaneció de pié ante Ulises.


Ulises intentó explicar su situación a la princesa:


- Hermosa muchacha, durante veinte días he luchado contra el mar hasta que pude llegar a esta playa. Te ruego que me des algo para cubrir mi desnudez y me indiques como puedo llegar a la ciudad.


- Extranjero, respondió la princesa, estás en Feacia, yo soy Nausicaa la hija de Alkinoo, rey de los feacios, y en este país no te faltará ni ropa ni ninguna otra cosa porque los feacios sabemos tratar a las personas necesitadas. Y diciendo esto llamó a las esclavas y les ordenó que dieran de comer y beber a Ulises, le bañaran y le proporcionaran vestiduras.


Cuando Ulises llegó a la ciudad de los feacios lo primero que hizo fue dirigirse al palacio y presentarse ante la reina Arete y el rey Alkinoo para rogarles que le ayudaran a volver a Itaca, su patria.


El buen rey Alkinoo pensó que aquél náufrago lo había enviado el dios Zeus para probar su hospitalidad y la de todo su pueblo por lo que ordenó que se organizaran unas fiestas en honor de su huésped y que se preparara un barco con cincuenta y dos valientes y expertos remeros para llevar a Ulises a Itaca.


Durante dos días se celebraron banquetes y juegos deportivos en los que los feacios demostraron su habilidad en la poesía, la danza, la carrera y otros deportes. Los príncipes feacios obsequiaron a Ulises con lujosas vestiduras, gran cantidad de oro y valiosos regalos. 

Viaje a Itaca.-


Después de las fiestas todos quisieron despedir a Ulises y lo acompañaron hasta el puerto. Desde el barco Ulises les dijo adiós con la mano, muy agradecido por lo bien que le habían tratado. 


Los feacios remaban con tanta fuerza que el barco se deslizaba a gran velocidad sobre las aguas del mar.


Ese mismo día, antes de anochecer, la nave feacia arribó a las costas de Itaca. Los remeros feacios sacaron a Ulises del barco sin despertarlo y lo dejaron en la playa con todos los tesoros que le habían regalado. Inmediatamente iniciaron el viaje de vuelta.


El dios Poseidón, al enterarse que Ulises había llegado a Itaca, se dirigió a Feacia para castigar a los que habían ayudado a Ulises y cuando el barco estaba dentro del puerto lo rozó con sus dedos convirtiéndolo en piedra que rápidamente echó raíces en el fondo del mar.


Los feacios se asombraron al ver su barco petrificado. Entonces el rey Alkinoo tomó la palabra y les dijo:

  • Feacios, ahora recuerdo la antigua profecía que decía que un día el dios Poseidón celoso de la habilidad de los remeros feacios para transportar hombres por el mar convertiría una de nuestras naves en piedra y después crearía una gran montaña de piedra enfrente de nuestra ciudad que nos impediría ver el mar.

Ulises se despierta en Itaca.-


Cuando Ulises despertó no reconoció el paisaje de su tierra natal.
A su lado estaban los tesoros que le habían regalado los feacios pero le preocupó no saber dónde se encontraba. 


Atenea quiso ayudarle una vez más y, para no asustarlo, se presentó ante él adoptando la forma de un pastorcillo.


Al ver llegar al pastor Ulises le preguntó:


- Pastor, por favor, ¿puedes decirme cómo se llama este país?


- Estás en Itaca, le contestó el pastorcillo.


Ulises sintió una inmensa alegría, después de tantos años de penurias y sufrimientos por fin había llegado a su patria. 


Cuando Ulises se tranquilizó Atenea se mostró como diosa y le dijo:
- Soy la diosa Atenea y desde que saliste de Troya he estado siempre a tu lado en los momentos difíciles, cuidándote y velando por tí. Aunque ya estás en Itaca no pienses que los peligros han acabado. Tu palacio está lleno de príncipes y nobles que pretenden casarse con tu esposa, la hermosa reina Penélope, para así convertirse en el nuevo rey de Itaca. Los pretendientes de tu esposa llevan tres años ocupando tu palacio comiendo, bebiendo y gastando tu dinero. Mientras tanto tu fiel esposa, con el corazón entristecido, espera todos los días tu regreso.


Atenea aconsejó a Ulises que guardara los regalos de los feacios en la cueva de las ninfas Náyades, después puso una gran piedra en la entrada para que nadie pudiera robarlos. 
Por último Atenea cambió el aspecto de Ulises, para que nadie pudiera reconocerlo, transformándole en un anciano de piel arrugada con ropas sucias y harapientas.
Antes de marcharse Atenea dio las últimas instrucciones a Ulises:


- Dirígete a la casa de tu porquerizo Eumeo pero recuerda que no debes decir a nadie quién eres.

Eumeo, el porquerizo.-


Eumeo recibió al mendigo con gran hospitalidad. Le contó la prolongada ausencia de su rey, la pena que sentía por tener que engordar a los cerdos de su amo para que luego se los comieran otros, la glotonería de los pretendientes que cada día le exigían un cerdo bien cebado para saciar su apetito y las desventuras de la fiel reina Penélope a la que querían obligar a casarse en contra de su voluntad.
Ulises, el falso mendigo, se hizo pasar por un viajero de Creta al que el destino había dejado sin dinero y le aseguró que Ulises estaba vivo porque había oído hablar de él durante sus viajes y que sabía que pronto regresaría a Itaca.
Al anochecer llegaron otros porquerizos de los campos con los cerdos y cuando llegó la hora de cenar prepararon cerdo asado en honor de su huésped. Después de cenar Ulises los entretuvo con historias sobre la guerra de Troya. Eumeo preparó para su huésped una cama cerca del fuego donde Ulises durmió plácidamente con la alegría de estar de nuevo en Itaca y orgulloso de ver lo bien que cuidaba Eumeo de sus bienes.

El regreso de Telémaco.-


Telémaco había ido a Esparta para preguntarle al rey Menelao por su padre. Por la noche se le apareció la diosa Atenea y le dijo que tenía que volver rápidamente a Itaca porque los pretendientes le estaban exigiendo a su madre que eligiera, sin más demora, esposo para casarse. Le advirtió de los peligros del viaje de vuelta porque algunos de los pretendientes, encabezados por Antinoos, le estaban esperando con un barco para atacarle y, por ultimo, le aconsejó que navegara de noche y que cuando llegara a Itaca evitara el puerto, desembarcara en la playa y se dirigiera a pié hasta la casa de Eumeo, el porquerizo.


Por la mañana cuando se estaba despidiendo de los reyes Menelao y Helena un águila bajó de la montaña y se llevó en las garras una oca que estaba en un corral. La reina Helena profetizó que al igual que el águila había llegado de las montañas para llevarse la oca, Ulises regresaría a su tierra para recuperar todo lo que le pertenecía. 


Telémaco desembarca en Itaca y se dirige andando a casa de Eumeo, que lo recibe con gran alegría y le ruega que permanezca oculto en su cabaña. Telémaco le ordena que vaya a avisar a la reina Penélope de su regreso.


Cuando Eumeo se marcha, Atenea devuelve a Ulises su verdadero aspecto. Telémaco siente miedo porque cree que está en presencia de un dios, pero Ulises, con lágrimas en los ojos, le tranquiliza diciendo:


- Soy tu padre, que ha vuelto a la patria después de veinte años de ausencia.
Padre e hijo se abrazan y lloran emocionados. Telémaco le cuenta cómo está la situación en el palacio, la fidelidad de la reina Penélope y la mezquina actitud de los pretendientes. Ulises le pregunta cuántos son y cómo se llaman:
- Son muchos, responde Telémaco, han venido cincuenta y dos príncipes de Duliquio, veinticuatro de Samé, veinte de Zante y doce de Itaca. Los acompañan, además, el poeta Femio y el heraldo Medón.


Entre los dos meditan el castigo que les van a dar. Cuando vuelve el porquerizo Eumeo se encuentra a Ulises, otra vez, transformado en mendigo.

En el palacio de Ulises.-


Al día siguiente Telémaco se dirige al palacio para informar a su madre de su viaje a Esparta, le cuenta la predicción que había hecho la reina Helena y las noticias que recibió del rey Menelao al que le habían dicho unos viajeros que Ulises estaba en la isla Ogigia retenido por la ninfa Calipso.


Ulises, con aspecto de mendigo, llega también a la ciudad y, en las puertas del palacio, se encuentra con su viejo perro Argos que lo reconoce a pesar de la larga ausencia, se le acerca moviendo alegre el rabo y cae muerto a sus pies al no poder soportar la emoción del reencuentro con su amo.


Ulises entra en el palacio y pide limosna a los pretendientes, Antinoos le insulta y le arroja un taburete. Otro mendigo, llamado Iro, pretende echar a Ulises del palacio. Los dos mendigos pelean en presencia de los pretendientes y vence Ulises que es felicitado por todos. 


La reina Penélope se presenta en la sala, todos alaban su hermosura y la colman de regalos, poco después vuelve a sus habitaciones mientras los pretendientes celebran un banquete. Melanto, una de las criadas, se burla de Ulises. Eurímaco también le insulta y le arroja un taburete. Telémaco consigue que se vayan todos a dormir a sus casas. Cuando todos se han marchado Ulises y Telémaco quitan las armas que adornan las paredes de la sala y las esconden en la cámara del tesoro.


Esa misma noche Penélope habla con Ulises, que se hace pasar por un viajero de Creta. Penélope le cuenta lo triste que ha sido su vida desde que su esposo se fue a la guerra de Troya, le habla de su inmensa soledad, del engaño del bordado que tejía por el día y deshacía por la noche y de los esfuerzos que debía hacer para soportar a los pretendientes. 


La reina ordena que bañen a su huésped y le den ropas limpias. Durante el baño la vieja criada Euriclea reconoce a Ulises por una cicatriz de su pierna, pero Ulises le ordena que guarde el secreto. 


Más tarde la reina Penélope sigue hablando con Ulises y le describe un sueño en el que veinte gansos de su casa eran devorados por un águila que baja del monte. Ulises lo interpreta como la llegada del rey y la matanza de los pretendientes. También le cuenta la reina su deseo de someter a los pretendientes a una prueba de habilidad con arco para casarse con el vencedor. Ulises le aconseja que celebre la prueba lo antes posible.

La prueba del arco.-


La mañana siguiente Penélope comunica a todos los pretendientes su decisión de organizar un concurso con el arco que había pertenecido al rey Ulises. Además ha tomado la decisión de casarse con el vencedor. Todos se miran asombrados por la noticia, ¡al fin la reina de Itaca va a elegir un nuevo esposo!


Los pretendientes se levantan y observan el arco con curiosidad. Anfínomo de Duliquio, Ctesipos de Samé, Eurímaco hijo de Pólibo, Antinoos hijo de Eupites, Leocritos hijo de Evenor, Liodes y el resto de pretendientes lanzan murmullos de admiración al contemplar el arco de Ulises. También estaban en el palacio Telémaco, Eumeo que había traído tres cerdos bien cebados y Filetio otro criado, guardián de los rebaños, que había traído una vaca y algunas cabras.


El primero que participa es Liodes, pero no puede tensar el arco. Antinoos se mofa de Liodes y pide que calienten y engrasen el arco. Uno tras otro los pretendientes intentan tensar el arco, pero ninguno lo consigue. Faltaban por participar los dos pretendientes más fuertes, Eurímaco y Antinoos, que se acercan al arco pero tampoco pueden tensarlo.


Ulises sale de la gran sala y revela su identidad a sus criados Eumeo y Filetios y les ordena cerrar todas las puertas. Cuando vuelven al interior del palacio Antinoos estaba proponiendo que se suspendiera el concurso hasta el día siguiente.

La matanza de los pretendientes.-


Cuando Ulises solicitó participar en la prueba todos le miraron incrédulos. Entre las protestas de los pretendientes Ulises agarra el arco y lo tensa con gran facilidad. En aquel momento se oyó un gran trueno, todos se asustaron, los pretendientes palidecieron. Ulises lo interpretó como un presagio favorable del dios Zeus, así que, con gran confianza, tomó una flecha, la ajustó en el arco y disparó acertando en el blanco. Rápidamente disparó otra flecha que mató a Antinoos y gritó:
- Soy Ulises, rey de Itaca y vais a ser castigados por saquear mi casa y cortejar a mi esposa abusando de mi ausencia. ¡Estáis a un paso de la muerte! 
Los pretendientes corrieron por la gran sala buscando una salida para escapar, pero todas las puertas estaban cerradas. Eurímaco toma la palabra, en nombre de todos, tratando de calmar a Ulises:


- Si verdaderamente eres Ulises tienes que saber que Antinoos era el único culpable, porque pretendía dar muerte a tu hijo y reinar en Itaca. Te devolveremos todo lo que hemos comido y bebido en tu palacio y te pagaremos una multa de veinte bueyes cada uno.


Ulises le miró ferozmente y los retó.


Eurímaco sacó su espada y saltó hacia Ulises el cual le disparó una flecha que le alcanzó mortalmente en el pecho. Anfínomo es el siguiente en atacar y el siguiente en morir porque Telémaco lo mata con su lanza. También ayudaban a Ulises en la lucha sus dos fieles esclavos Eumeo y Filetios.

Ulises disparaba flechas con gran rapidez y cada vez que lanzaba una flecha hería mortalmente a uno de los pretendientes. Cuando se le agotaron las flechas dejó el arco y armado con lanza, coraza, casco y escudo continuó luchando, sin desfallecer, contra los numerosos pretendientes que quedaban dispuestos a luchar.
Protegidos por la diosa Atenea, Ulises y sus hombres avanzaban, con paso firme, por la gran sala matando a todos los que encontraban. Los pretendientes se dejaron llevar por el pánico y llenos de espanto corrieron de un lado a otro, intentando escapar.


El poeta Femio que estaba escondido en un rincón se arrojó a los pies de Ulises y le suplicó que le perdonara, porque los pretendientes le habían obligado a cantar y recitar poesías. Telémaco le dijo a Ulises que Femio era inocente y que también lo era el heraldo Medón. Ulises perdonó a los dos y los dejó marcharse a sus casas.
Cuando la lucha terminó, Ulises buscó a su alrededor para ver si quedaba algún pretendiente escondido pero sólo encontró cadáveres esparcidos por toda la sala. Ordenó sacar los cadáveres y limpiar la gran sala que purificaron con azufre y fuego. 


Después de descansar un rato, las criadas bañaron a Ulises, le ungieron con aceite y le vistieron con una túnica de seda y un hermoso manto. La criada Euríclea subió a despertar a Penélope para anunciarle el regreso de Ulises y la matanza de los pretendientes: 


- ¡Despierta Penélope!. Tu esposo Ulises ha vuelto después de tantos años de ausencia. Ha llegado a tiempo de salvarte de los orgullosos pretendientes que saqueaban tu casa y pretendían matar a tu hijo.


Penélope, emocionada, bajó desde sus habitaciones con el corazón lleno de confusión, cuando reconoció a Ulises se acercó a él llorando, le echó los brazos al cuello y le besó en la frente, diciéndole:


- Esposo mío, ¡por fin has vuelto!, ¡ya casi no me quedaban fuerzas para seguir esperando!
Aquella noche los enamorados Penélope y Ulises permanecieron dulcemente abrazados contándose todas sus penas.

Paz en Itaca.-


Al amanecer Ulises reunió a Telémaco y a sus dos fieles criados para hablarles:
-¡Oídme!, hemos dado muerte a muchos nobles de Itaca, sus familias querrán vengarse de nosotros. Tomad vuestras armas y escapemos al campo a casa de mi buen padre Laertes.


El anciano Laertes recibió con gran alegría a su hijo al que ya había dado por muerto, después de veinte años de ausencia.


Mientras tanto las gentes de Itaca se habían reunido en asamblea en la plaza pública para enterrar a los pretendientes muertos. Eupites, padre de Antinoo, exige venganza y el pueblo se divide entre los partidarios de Ulises y los de Antinoo.


Medón, el heraldo, toma la palabra para tranquilizar a la muchedumbre:
- Ulises ha actuado en legítima defensa de sus derechos que habían sido ultrajados por todos los pretendientes. Además debéis saber que Ulises no ha podido vencer a todos por si solo, ha sido ayudado por los dioses.


A pesar de estas palabras más de la mitad de la asamblea corrió detrás de Eupites para tomar las armas. A los pocos minutos un ejército formaba en la plaza pública y Eupites se puso al frente con la esperanza de vengar la muerte de su hijo. Al ver lo que ocurría la diosa Atenea pidió consejo a Zeus, padre de los dioses, que le dijo:
- Los pretendientes ya han sido castigados, ahora debes verter los vapores del olvido sobre los padres y hermanos de los que han muerto para que renazca la antigua amistad y reine de nuevo la paz entre todos.


Con estas sabias palabras todavía resonando en su mente, Atenea descendió rápidamente desde las cumbres del Olimpo hasta la casa de Laertes en Itaca.


Cuando vieron llegar a Eupites con sus partidarios, Laertes, Ulises, Telémaco, los fieles Eumeo y Filetios y todos los criados de Laertes empuñaron las armas y se prepararon para el inevitable combate. Justo antes de la batalla se les apareció Atenea para darles ánimos y se dirigió a Laertes diciéndole:


- Laertes, hijo de Arkesios, padre de Ulises, eleva una súplica a Zeus y, a continuación, arroja tu lanza a tus enemigos.


Al decir esto Atenea infundió al anciano nuevas fuerzas, Laertes arrojó su pesada lanza que impactó en el casco de Eupites el cual se desplomó ruidosamente sin vida.
Entonces Ulises y Telémaco se lanzaron contra los enemigos de la primera fila armados con espada y lanza y les hicieron retroceder. A todos habrían vencido, pero Atenea, para evitar una tragedia mayor, detuvo la contienda:
- ¿Para qué itacenses esta cruel batalla? ¡Dejad la lucha y regresad a vuestras casas!


Las palabras de la diosa provocaron tanto terror entre los contendientes que dejaron caer las armas y volvieron a la ciudad renunciando a la venganza. Entonces Atenea envió una fina lluvia de olvido sobre Itaca que hizo desaparecer las ansias de venganza y así, de nuevo, renació la amistad entre todos los itacenses.
Ulises y Penélope vivieron felices en Itaca el resto de sus días.