Ocupación Haitiana en Santo Domingo

Historia de América. Estado Haitiano. Conspiración de los Alcarrizos. Boyer

  • Enviado por: Emeraldo Ramos
  • Idioma: castellano
  • País: República Dominicana República Dominicana
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Ocupación Haitiana. Aspectos generales.

Una razón fundamental de la ocupación Haitiana a Santo Domingo español fue, las aspiraciones expansionistas de la naciente clase dominante haitiana y de sus jefes políticos, pero no menos cierto es que sin el apoyo durante un largo período de gran parte si no de la mayoría de la población dominicana, la ocupación haitiana no hubiese tenido las características históricas que asumió, por múltiples razones.

Por otra parte hay que diferenciar el dominio de los haitianos y el dominio colonia. Bajo la República de Haití nuestro país cayó en la condición de grupo nacional oprimido por la mayoría haitiana, opresión nacional que se manifestaba en problemas culturales, jurídicos, raciales y del poder político. Pero no se dio lo que se pudiese llamar un sistema organizado de explotación de una nación a otra como es típico en el colonialismo. En los 22 años de ocupación haitiana la parte del Este formaba parte integrante, en condiciones jurídicas de igualdad legal, de un Estado soberano, teniendo en teoría y hasta cierto punto en la práctica sus habitantes y su clase dominante derechos similares a los de la mayoría haitiana. Detrás de esta igualdad jurídico-política, repetimos, se encontraba la opresión nacional, pero en un marco totalmente diferente al del colonialismo propiamente dicho. Durante la ocupación haitiana los dominicanos no formaban un Estado independiente pero eran nación dominada dentro de un Estado independiente.

Es cierto que la clase dominante haitiana esperaba ver aumentado su poderío social y económico con la incorporación de la parte española, pero no hubo un proceso significativo de penetración directa de la élite haitiana en la parte española. Contrariamente a lo que dice la historiografía tradicional no es cierto que los haitianos se hicieron de muchas grandes propiedades. Esto sólo sucedió con los ofíciales y funcionarios que eran destacados en la parte Este y no en una proporción significativa. Los haitianos respetaron en lo esencial los mecanismos de la vida económica que encontraron y la mayor parte de los privilegios de la clase dominante, a excepción de algunos muy fundamentales que ya no iban en consonancia con la época ni con las instituciones de Haití, como la esclavitud o el monopolio de las tierras por parte de una minoría.

Medidas adoptadas por Boyer.

Desde que llegó a la ciudad de Santo Domingo en febrero de 1822, Boyer empezó a tomar medidas destinadas a colocar a la parte Este en consonancia con las condiciones políticas y económicas existentes en Haití.

La primera y más importante de estas medidas fue la abolición de la esclavitud. Este acto de Boyer afectó a una población de aproximadamente unos 8 a 9 mil esclavos. Concomitantemente se determinaron repartos de tierras a los ex-esclavos y a aquellos que carecieran de ellas de entre las tierras del dominio del Estado.

Igualmente, Boyer procedió a la confiscación de las tierras y otras propiedades de la iglesia, así como de los ausentes que no regresaran en determinados plazos.

Por último, de entre las medidas más importantes iniciales tomadas por Boyer, está la institucionalización de los mecanismos jurídicos y políticos que regirán la vida del país, notablemente su división en diversas unidades, la representatividad de las poblaciones por electores en di­versos niveles y la puesta en vigencia del Código civil francés.

Las medidas agrarias de Boyer lo que hi­cieron fue precipitar y profundizar un pro­ceso que se estaba desarrollando desde ha­cía mucho tiempo, que era la formación del campesinado propietario como sector social fundamental del país.

Las medidas de Boyer no fueron extre­madamente revolucionarias en la parte es­pañola en la medida en que gran parte de la población tenía acceso a la tierra, pero sí fueron suficientemente revolucionarias en la medida en que implicaban la plena pro­piedad del campesino y la erradicación de los lazos de dependencia personal y econó­mica frente a la clase dominante de parte de los esclavos, los libertos y los campesi­nos en general. 0sea, a partir de Boyer la tierra dejó de ser un monopolio de la clase dominante para aprovechar el plusproducto generado por los productores directos, fue­ran libres o esclavos.

Esto implica que los cambios socio-económicos producidos con la ocupación haitiana fueron mucho más allá de la abolición de la esclavitud (contra­riamente a lo que dice la historiografía tra­dicional que considera como la única medi­da innovadora de Boyer la abolición de la esclavitud), creando las bases del sistema agrario que todavía en nuestros días man­tiene gran importancia.

El sistema agrícola que implantó Boyer en el país se basaba en el que años antes ha­bía introducido el presidente Pétion en Sur de Haití, el cual consistía en la repartición en plena propiedad de las tierras a los cam­pesinos. Claro que hubo diferencias sustan­ciales entre Haití y Santo Domingo como es el hecho de que en Haití ese sistema sir­vió para darle base económica a la minoría de funcionarios y de altos oficiales, mien­tras en la antigua parte española se aplicó con un criterio bastante igualitarista, exclu­sivamente a cultivadores pequeños. A la larga, mientras este sistema en Haití supuso la total erradicación de las plantaciones y preparó las bases desde muy pronto del mi­nifundismo que aislaba al campesino del mercado, en la parte española esa reparti­ción de tierras se hizo sobre propiedades más grandes porque había más recursos de tierras vírgenes y dinamizó el auge de la producción agrícola, principalmente la des­tinada al mercado.

Si en Haití la pequeña propiedad campesina significó un retroceso en las condiciones específicas en que se de­sarrolló frente a la plantación de origen co­lonial que posibilitaba una alta productivi­dad y un alto índice de inserción en el mer­cado internacional, por el contrario en la parte española, esta pequeña propiedad campesina universalizada por Boyer signifi­co un enorme paso de desarrollo social ya que significó un aumento notable de la pro­ductividad con relación al sistema de los hatos ganaderos extensivos así como al co­bro de rentas parasitarias de tipo feudal a los productores directos por parte de la cla­se dominante y de la iglesia católica, rentas que tendían a contraer la productividad.

Durante los primeros años de la ocupación haitiana Boyer desplegó una ofensiva bas­tante consistente contra el predominio económico de los hateros y contra el sistema de la ganadería extensiva, sentando las ba­ses de un desarrollo agrícola muy superior al que hasta entonces existía. De ahí que el período haitiano en su primera parte fuera además de un período de cambios sociales e institucionales, un período de notable cre­cimiento económico. El incentivamiento de la productividad de la tierra estuvo acompañado por un conjunto de medidas que tendían a asegurar un auge de las posi­bilidades mercantiles.

La apertura de los mercados externos, en relación a la nueva etapa de desarrollo del capitalismo mundial, se acentuó durante este período, si no en términos absolutos, sí en términos relativos.

Dos productos fueron claves en la nueva orientación: el tabaco y las maderas preciosas. El mercado funda­mental pasó a ser Inglaterra, principal po­tencia capitalista, pero también Francia, Es­tados Unidos y Alemania, o sea que el país entró por primera vez en relaciones directas estables y, de larga duración con los países capitalistas centrales.

La nueva situación del país en el conjun­to del mercado capitalista mundial provocó algunos reordenamientos internos de los sis­temas económicos, particularmente de los comerciales, y de la estructura de las clases sociales. La generalización de la constitu­ción del campesinado se produce por ten­dencias más o menos espontáneas, por el vacío social dejado por la aristocracia buro­crática colonia¡ y por las medidas agrarias revolucionarias adoptadas por el presidente Boyer. El campesinado libre y propietario pas6 a ser la base de la estructura social do­minicana. Por otra parte, el aumento de los intercambios comerciales por la razón ex­puesta hizo aumentar la importancia de las ciudades y de la pequeña burguesía urbana, dedicada sobre todo a labores comerciales o artesanales. Al mismo tiempo se produjo un desplazamiento del sector dominante:

Los comerciantes pasaron a ganar poder eco­nómico en desnedro del de los grandes pro­pietarios agrarios, los hateros. Se constitu­yó de tal manera una burguesía comercial, que actuaba como el sector social hegemó­nico del modo de producción, y ponía al conjunto de la sociedad dominicana en vin­culación con los mercados internacionales. Hasta fines de siglo en el país no existe una clase agraria propietaria de gran poder, si se exceptúa la clase de los hateros, la cual sin embargo se encontraba en un proceso acele­rado de declive, que se saldó precisamente al iniciarse las relaciones capitalistas, en los años 80 del siglo, y ser sustituidos en gran proporción los deteriorados liatos tradicio­nales por unidades pecuarias más moder­nas, llamadas otreros, donde existían rela­ciones capitalistas embrionarias.

La base fundamental de las nuevas rela­ciones de producción consistía en la rela­ción socio-económica determinada por el intercambio desigual y la usura que se esta­blecía entre los productores agrarios direc­tos (campesinos) y la burguesía mercantil, relación con amplias vinculaciones y com­plejidades geográficas y sociales, en la que intervenía una especie de jerarquía de los niveles de intercambio, o de un sistema co­mercial importador-exportador. En la más alta escala estaban los grandes comerciantes consignatarios importadores-exportadores de los puertos (casi todos en Santo Domin­go y Puerto Plata) Estos entraban en rela­ción con comerciantes de menos nivel eco­nómico de las distintas ciudades, los cuales eran generalmente mayoristas de artículos importados y tratantes de frutos del país; este segundo nivel de comerciantes actua­han como agentes de los primeros, o reci­bían a crédito capitales, y en general des­plegaban el sistema comercial por la geogra­fía del país. Por último, estaba la escala de comerciantes minoristas, a los cuales se les puede englobar sin excepción como peque­ños burgueses, quienes tenían los vínculos más directos y estrechos con la base pro­ductiva campesina, a base del financiamien­to de las actividades por préstamos a tasas de usura y la provisión a altos precios de productos manufacturados, a cambio de la compra a los precios más comprimidos po­sibles de las producciones excedentarias de los propios campesinos.

Claro que no ha­bía una diferencia nítida del segundo y ter­cer nivel; a menudo los consignatarios en­traban en relación con los pulperos tende­ros de bas2. Lo importante es señalar que estos dos niveles operaban en lo fundamen­tal gracias al hecho de estar encuadrados en un sistema dominado por los burgueses mercantiles de los puertos o consignatarios mayoristas importadores-exportadores, donde a menudo recibían transferencia de capitales a título de préstamo a determina­das tasas de intereses, para que esos comer­ciantes los pusieran a funcionar en la explo­tación comercial del campesinado.

En los primeros momentos, este modelo funcionaba de forma irregular a causa de la poca inserción de la gran mayoría de cam­pesinos con el mercado. Fue paulatinamen­te que se fue perfeccionando y generalizan­do, aunqu9 hasta fines de siglo la produc­ción campesina siguió siendo esencialmente autosuficiente, es decir no-ligada al merca­do. Los primeros burgueses mercantiles eran casi todos extranjeros, fueran españo­les, ingleses, o judíos sefardíes, a título de comerciantes individuales, o fuera como agentes de grandes casas comerciales del área del Caribe (sobre todo Curazao y San­tomas) e incluso de casas europeas (sobre todo de Inglaterra y Alemania). Estas gran­des casas comerciales a menudo instalaron sucursales en los puertos dominicanos, aun­que dando una participación a menudo a los gerentes instalados en el país. El volu­men de los negocios de estos comerciantes extranjeros fue al inicio muy modesto, pero no cesó de crecer en forma lenta (salvo al­gunos periodos como el de inicios de la ocupación haitiana), pero consistentemente a medida que crecía la población del país y su inserción en el intercambio comercial re­gular. Este sector burgués comercial deten­tó lo fundamental del poder económico, aunque no igualmente del social y el políti­co, pues la clase de los hateros siguió siendo un factor social importante al menos hasta la Restauración de 1863.

La crisis crónica del modelo se basaba en el hecho de que los pequeños campesinos no tenían ni medios ni interés en desarro­llar renglones mercantiles regulares, ya que no tenían recursos de mano de obra, técni­cos, financieros, etc., y se veían explotados por los comerciantes, razón por la cual pro­ducían para el mercado lo imprescindible para procurarse algunos artículos manufac­turados provenientes del exterior. La ausen­cia de una clase dominante agraria moderna y la fragmentación de la propiedad junto a la rusticidad tecnológica, causaron la inexis­tencia de mercado interno y una pobreza crónica generalizada.

Evolución del Estado Haitiano:

Ordenanza y Código Rural. En 1825 el gobierno Haitiano decidió reconocer una ordenanza del rey francés Carlos X por medio de la cual otorgaba la independencia a Haití a cambio del pago de 150 millones de francos en 5 años. Boyer tomó esta decisión pensando que la decadencia que se empezaba a sentir en Haití era producto del no reconocimien­to de su independencia que entorpecía las relaciones comerciales con los principales mercados capitalistas. Los resultados fue­ron muy diferentes puesto que tras el reco­nocimiento de la independencia haitiana el comercio siguió igual y el país se vio abocado al Pago de una deuda inmensa mucho más allá de sus posibilidades.

La tentativa de pago de las anualidades conllevó a un de­sorden financiero que a su vez afectó al co­mercio y al desarrollo de la producción agrícola. La parte Este, a pesar de ello, si­guió creciendo económicamente a un ritmo similar al de los años anteriores pero ya se produjo una primera manifestación de descontento frente a los ocupantes haitianos en forma bastante generalizada al imponer al gobierno, haitiano contribuciones a las poblaciones de la parte Este para el levanta­miento de un impuesto extraordinario que permitiera pagar la segunda anualidad.

Los Dominicanos, sobre todo los integrantes de las clases dominantes arguyeron que la ordenanza de Carlos X estipulaba que la concesión de la independencia era extensiva únicamente a la parte francesa de la isla y es por ende sólo los haitianos estaban en deber de contribuir para el pago de la ida a Francia. Es cierto que Boyer impuso la contribución a la parte Este con un criterio de liberalidad bastante amplio, siendo el per capita de pago de los haitianos superior al de los dominicanos, por la sencilla razón de que todavía la diferencia en las riquezas de ambas partes era apreciable y Boyer estaba interesado en fomentar el cre­cimiento económico de la parte oriental. A de eso, como consigna el historiador García, la medida tuvo un efecto negativo.

Cambio de Actitud de Boyer Frente a Hate­ros.

El Código Rural encontró una viva oposición en la zona española, no solamen­te de parte de los campesinos que a partir de los haitianos y desde antes eran dueños de tierras, sino igualmente de parte de los terratenientes hateros los cuales preferían seguir con sus hatos en la forma consuetu­dinaria y no encontrarse sometidos a las re­gulaciones del Código. Desde el mismo 1822 las relaciones entre las autoridades haitianas y la clase de los terratenientes ha­teros habían sido bastante críticas en la ma­yor parte de los casos ya que las autorida­des haitianas al repartir tierras restaron la base de fuerza de trabajo libre y esclava con que contaba esta clase, así como por el he­cho de que Boyer se propuso la eliminación del sistema de los terrenos comuneros y consecuentemente lograr la partición de las propiedades como vía de crear condiciones favorables al aumento de la productividad agrícola en las unidades terratenientes y co­mo vía para el Estado hacerse dueño de grandes cantidades de tierra usufructuadas en forma más o menos ¡legal por los terrate­nientes. En dos ocasiones Boyer trató de llevar a cabo este programa de reforma de la propiedad territorial: en las leyes de 1822 y de 1824. Sin embargo, estos inten­tos se saldaron en el fracaso ante la resisten­cia de los hateros a cumplir con las disposi­ciones emanadas de estos y otros decretos.

Como forma de oponerse a la implanta­ción de estas medidas revolucionarias de Boyer, los hateros de la región de Santo Domingo y de zonas del Este del país orga­nizaron en 1824 la llamada conspiración de los Alcarrizos, dirigida por un sacerdote. Como resultado de esta conspiración, con­fluyeron sobre los alrededores de Santo Do­mingo varios cientos de hombres comanda­dos por hateros con el fin de derrocar el ré­gimen haitiano y proclamar el retorno al dominio de España en el país. Como se ve este movimiento era una expresión de inte­reses retrógrados que frente a las medidas progresistas de Boyer no vieron otra salida que poner sus esperanzas en la vuelta al domimo colonial. Por esta razón, el movi­miento no contó con apoyo popular y pu­do ser fácilmente reprimido por las autori­dades haitianas con la ayuda de los desta­camentos militares compuestos mayorita­riamente por dominicanos.

Temiendo que la imposición de nuevas cargas tributarias y la puesta en ejecución en el Este del Código Rural de nuevo levan­taran la reacción de los hateros y esta vez con apoyo popular considerable, Boyer planteó a este sector social un entendido en el sentido de renunciar no solamente a la aplicación del Código Rural en la parte an­tiguamente española, sino igualmente a la aplicación de las disposiciones de partición de los terrenos comuneros y de confiscación de numerosas propiedades de ausentes. Esto último se hizo mediante un aplaza­miento indefinido de la puesta en ejecución de estas disposiciones, con lo que Boyer se encontró en una situación algo similar a la de la parte haitiana, es decir, un estado de expectativa pasividad.

En este entendido, sin embargo, Boyer les dio la garantía a los hateros de no proseguir el programa de re­particiones de tierras puesto en práctica desde el inicio de su administración en el país, pensando en una puesta en práctica sui generis del Código Rural al través del aumento de la influencia de los hateros so­bre los campesinos con el propósito de que se modernizaran y crearan las haciendas ex­portadoras de base feudal. Esto también fue un rotundo fracaso ya que, si bien los hateros siguieron existiendo y siguieron ex­plotando una población trabajadora bastan­te importante con el beneplácito de Boyer, no obstante mantuvieron sus hábitos de vi­da y trabajo arcaicos en sus haciendas.

Crisis Política del Régimen de Boyer.

El fracaso del Código Rural y la crisis ya francamente progresiva de la economía hai­tiana en los años 30 hizo aparecer entre la clase dominante haitiana y ciertas capas medias de la población una oposición libe­ral al régimen de Boyer. Esta oposición se nucleó en torno a la Cámara de Diputados que era el único organismo producto de elección popular indirecta ya que el Senado era nombrado por medio de ternas enviadas por el presidente y el presidente era nom­brado por el Senado, con lo que se comple­taba un círculo vicioso que garantizaba la perpetuación del régimen dictatorial de Boyer.

Por otra parte, el presidente tenía ple­no poder para designar a los principales funcionarios del Estado. La Cámara de Re­presentantes, no obstante ser el organísmo de elección popular, tenía poderes legislati­vos mucho más reducidos que los del Sena­do y por esto, a pesar de la oposición que se cre6 en ella Boyer pudo seguir gobernan­do imperturbablemente. En cada nueva le­gislatura la oposición lograba una mayor re­presentación en la Cámara y su pugna con las medidas de Boyer se hacía más radical, Invariablemente Boyer lograba la expulsión anticonstitucional de los diputados oposito­res hasta que en 1842 éstos llegaron a tener la mayoría de la Cámara, la que por conse­cuencia fue disuelta por Boyer tras lo cual gran parte de los diputados cesantes organi­zaron una conspiración que a la larga logró el derrocamiento del presidente haitiano a inicios de 1843, después de más de un mes de operaciones militares en la península Sur de Haití, centro principal de la oposición li­beral de un sector de la clase dominante mulata.

La Reforma Haitiana:

Después de algunos combates importantes en la zona sur de Haití a inicios de 1843, el movimiento de la Reforma aplastó toda la resistencia de las fuerzas del régimen de Boyer. Se estableció en Port­au-Prince un gobierno provisional bajo la dirección del jefe militar de la Reforma, Charles Hérard (Riviere). El gobierno de la Reforma representaba a los diversos secto­res que se opusieron en los últimos tiempos al régimen de Boyer pero tuvo que respetar gran parte de la maquinaria política y sobre todo militar del régimen caído por lo cual en Haití se inició un proceso de crisis polí­tica aguda.

Las fuerzas enemigas del nuevo régimen eran muy poderosas, las principales de las cuales residían en la oposición del grupo de raza negra de la clase dominante haitiana al predominio del grupo de los mu­latos (que se había incluso fortalecido con la caída de Boyer), las aspiraciones autono­mistas en el Norte (entre partidarios del an­tiguo rey Christophe), entre los partidarios del derrocado presidente Boyer dentro y fuera del gobierno y por último en una oposición de sectores liberales que inicial­mente apoyaron a Hérard pero que se dis­tanciaron de él al adoptar éste formas des­póticas de gobierno similares a las de Bo­yer. En este marco de crisis política e insti­tucional del Estado Haitiano los dominica­nos se plantearon la posibilidad de la inde­pendencia en tal forma patente que Hérard tuvo que abandonar los asuntos haitianos por un tiempo para marchar con una tropa de varios miles de hombres en un desfile in­timidatorio por las principales regiones do­minicanas a mediados de 1843.

En la marcha por la parte Este, Hérard se dedicó a arrestar a los principales sospecho­sos de conspirar para la independencia do­minicana. En las ciudades de Santiago. , Macorís y Cotuí procedió al arresto de importantes activistas, conservadores y libe­rales, de la causa de la independencia.

En Santo Domingo la persecución estuvo toda­vía mucho mejor orientada ya que el grupo decisivo en la lucha por la independencia, que eran los trinitarios, era bien conocido por Hérard por el hecho de haber tornado activa participación en el movimiento de la Reforma así como por llevar una propagan­da bastante abierta en los tiempos más re­cientes, la que tuvo por punto culminante las elecciones municipales de Santo Domin­go que fueron ganadas por los trinitarios contra los conservadores dominicanos y contra el grupo de liberales haitianos. Por eso, desde que las tropas de Hérard se apro­ximaron los líderes trinitarios r>procedieron a ocultarse y aun así con posterioridad se produjeron numerosos arrestos.

Con su llegada a la ciudad de Santo Do­mingo Hérard procedió a disolver la Junta Municipal y a desarticular la oposición acti­va al dominio haitiano. Después de unos días de estadía juzgó que las cosas estaban en orden y regresó a Haití, escenario básico de sus problemas gubernamentales. Por otra parte Hérard procedió a la reorganización de la guarnición concediendo un poder de­cisivo al comandante militar, Desgrottes, y enviando hacia Haití a los regimientos 31 y 32 que eran las tropas de la capital com­puestas por dominicanos, sustituyéndolos por regimientos haitianos. A consecuencia de la nueva situación varios de los principa­les líderes trinitarios tuvieron que abando­nar el país, entre ellos Duarte, y el resto tu­vo que ocultarse o cayó en prisión. En ge­neral el movimiento trinitario se vio desor­ganizado con la ofensiva de Hérard y éste regresó confiado a Port-au-Prince.

EL PROCESO DE INDEPENDENCIA NACIONAL.

Surgimiento de la Oposición Dominicana al Régimen Haitiano.

El deterioro del poder económico y político en Haití, así como el reflejo de la crisis económica en la parte Este, crisis que a fines de los años 30 se agudizó por una reducción sustancial de los precios de los principales productos de exportación haitianos y dominicanos, traje­ron por resultado la aparición de una oposi­ción organizada.

Esta oposición tuvo desde su inicio dos vertientes sociales. Por un la­do el reactivamíento de los propósitos de los hateros, quienes a pesar del entendido con Boyer seguían en su actitud contraria al régimen haitiano, ya que sentían el peso de la amenaza del Estado haitiano capaz de llevar a cabo en cualquier momento las re­formas socio-económicas que conllevasen la destrucción del poder social de esta clase.

En la oposición hatera además pesaba el in­grediente superestructural del hispanismo y del racismo: los hateros estaban afectiva­mente ligados a la dominación colonia es­pañola, en la mayor parte de los casos; creían que sólo mediante el régimen colo­nial podían garantizarse sus prerrogativas de clase y además estimaban a la nación haitiana inferior por razones raciales. La oposición hatera tenía por finalidad no la proclamación de un Estado independiente, sino el regreso al dominio colonial.

La otra oposición provenía de las capas medias urbanas y rurales, principalmente urbanas, que consideraban necesaria la fundación de una república independiente ya que habían tomado conciencia de la exis­tencia de una nación dominicana.

Esta oposición pudo desarrollarse gracias a que los mismos cambios operados por la larga ocupación haitiana en, el sentido de modernizar en numerosos aspectos la base económica del país con el resultado de haber provoca­do la aparición generalizada de la pequeña burguesía urbana, del campesinado y de la burguesía mercantil. Aunque la burguesía mercantil no era en su mayor parte partida­ria de la independencia, como la pequeña burguesía, y tendió a aliarse más bien con el sector de los hateros, sus intereses reales de clase estaban a favor del surgimiento de un Estado nacional, por lo cual sus actua­ciones o al menos las actuaciones de una parte de este sector social, a menudo coin­cidían con las de los liberales pequeño-bur­gueses. La oposición pequeño-burguesa no solamente era nacionalista en el sentido de que se proponía la creación de un Estado nacional sin ninguna atadura limitativa de parte de un poder extranjero, sino que tam­bién era liberal, o sea pretendía crear un es­tado basado en la democracia liberal exis­tente en los países capitalistas avanzados de la época.

Por otra parte, pretendía una se­rie de reformas sociales progresivas que en definitiva significaban un proceso mayor de cambios que el operado por los ocupantes haitianos, a diferencia de la oposición hate­ra que quería mantener las cosas en sus ni­veles más atrasados. Los liberales preten­dían mediante el nacionalismo, el liberalis­mo y las reformas, lograr la construcción de un país fuerte que se asemejara lo más posi­ble a las naciones capitalistas más avanza­das, aunque sus aspiraciones no eran clara­mente burguesas, sino más bien pequeño ­burguesas.

El principal núcleo liberal pequeño - bur­gués surgió en la ciudad de Santo Domingo en 1838 bajo la dirección de Juan Pablo Duarte y tomó el nombre de La Trinitaria. La historia de La Trinitaria es poco conoci­da, pero al parecer se trató de un movi­miento basado sobre todo en la espontanei­dad y en la dirección por parte de un grupo de jóvenes intelectuales que habían logrado una formulación bastante coherente de sus propósitos y en altibajos desarrollaban una febril actividad para su consecución. Este movimiento aunque se extendió en general por las principales localidades del país tuvo siempre por centro organizado a Santo Domingo por razones sociales y culturales y no llegó a tener una influencia determinan­te hasta que desde el lado haitiano no se presentó la perspectiva real para la procla­mación de la independencia dominicana, lo cual acaeció a raíz del movimiento de la Reforma realizado por los liberales haitia­nos en el Sur de Haití a inicios de 1843. Es de anotar que, sin embargo, la labor propagandística y hasta cierto punto organizativa fundamental que se hizo hasta poco antes del 27 de Febrero correspondió al grupo de La Trinitaria.

Los conservadores representantes de los hateros y otros sectores partidarios del re­torno al dominio colonial se incorporaron al movimiento de la independencia sólo después del estallido de la Reforma en Hai­tí, es decir, cuando la descomposición polí­tica del Estado Haitiano alcanzó un punto máximo y todas las condiciones para la pro­clamación de la independencia se habían creado. Aunque estos sectores sociales esta­ban colaborando en su mayor parte, directa o indirectamente, con el régimen haitiano, en el fondo eran enemigos acérrimos de és­te aun cuando por la forma en que actúan las clases dominantes se abstuvieran casi desde el inicio de hacer una oposición patente temiendo ver afectados sus intereses. Los conservadores en su mayor parte fue­ron incluso captados para la lucha por la in­dependencia de Haití por parte de los tri­nitarios, quienes comprendieron el enorme peso social que representaban, necesario pa­ra la derrota de los haitianos.

Plan Levasseur y Preparación de la Indepen­dencia.

A fines de 1843 en la misma capital de Haití surgió un proyecto entre varios di­putados dominicanos a la Asamblea Consti­tuyente de Haití, encargada por el gobierno provisional de elaborar una nueva constitu­ción democrática para que sirviera de base al nuevo régimen para luego transformarse en Cámara de Representantes. Dicho proyecto se ha conocido con el nombre de Plan Levasseur, cuyo principal instigador de lado dominicano fue el representante de Azua, Buenaventura Báez. Báez y otros re­presentantes dominicanos conservadores hi­cieron contacto con el cónsul general de Francia en Haití, Levasseur, llegando al acuerdo de someter al rey de Francia un proyecto para el establecimiento de un pro­tectorado francés en la parte oriental de la isla a cambio de la ayuda de Francia para la separación dominicana de Haití.

A cambio de dicha ayuda, además, mediante el plan que otorgaba a Francia en propiedad perpe­tua la península y la bahía de Samaná y era posible la prórroga indefinida por acuerdos de partes del protectorado francés sobre el país. El 1 de Enero de 1844 el grupo de Báez lanzó un manifiesto llamando a la in­dependencia para el establecimiento de un protectorado francés, razón por la cual di­cho sector fue bautizado con el nombre de afrancesados.

La actividad del grupo de Báez hizo com­prender a los trinitarios, que pasaron a ser dirigidos por Fco. del Rosario Sánchez tras la salida forzosa de Duarte a raíz de la llega­da de Hérard, que era necesario reorganizar­se con rapidez y llegar a un entendido con el grupo conservador de la ciudad de Santo Domingo, dirigido por Tomás Bobadilla, así como con otros grupos conservadores como el representado por los prominentes hateros Pedro y Ramón Santana, para frustrar los designios del grupo anexionista profrancés y lograr la proclamación de un Estado total­mente independiente. La reorganización de los trinitarios bajo el comando de Sánchez y su convergencia con diversos sectores conservadores se plasmaron en el manifies­to del 16 de Enero de 1844 en el cual se llamaba a la proclamación de un Estado sobe­rano aun cuando se expresaran algunos ma­tices que reflejaban la necesidad de com­promiso entre los trinitarios, partidarios irrestrictos de la independencia absoluta, y los conservadores, partidarios o proclives al anexionismo entreguista.

A pesar de la amplia extensión de los proyectos independentistas de los domini­canos, Hérard no hizo ningún movimiento contrario en los dos meses iniciales de 1844 ya que estaba enfrascado en una lucha polí­tica con fracciones haitianas rivales y ya que creyó aparentemente que en caso de los dominicanos rebelarse, no sería dema­siado difícil reducirlos de nuevo a la obe­diencia, mientras consideraba mucho más peligrosa cualquier oposición haitiana para los fines de la conservación de su poder per­sonal. Resultó algo bien diferente: cuando los dominicanos se proclamaron indepen­dientes, Hérard tuvo que movilizar todas las tropas haitianas, y surgieron brotes contra­rios en Cabo Haitiano y en Los Cayos, y fi­nalmente una conspiración en Port-au-Prin­ce le hizo perder el poder, al revelarse inca­paz de vencer a los dominicanos tras una larga inmovilidad en Azua, después del 19 de Marzo.

A su vez, la nueva situación creada en Haití por la presencia de Hérard con la mayoría de tropas en Azua, la sece­sión de la parte Norte, bajo el mando del general Pierrot después de la batalla del 30 de marzo en Santiago, y una guerra campesina en el Sur, fueron factores que coadyu­varon a que los haitianos se vieran imposibi­litados de hacer una oposición consistente a la proclamación de la Republica Dominicana.

La noche del 26 al 27 de Febrero de 1844 se produjo el movimiento que llevó al control militar de la ciudad de Santo Do­mingo por parte de coalición de los trinita­rios y los conservadores. Al otro día, por mediación del cónsul francés, Saint-Denys, la guarnición haitiana capituló y se produjo la salida de los militares, funcionarios y el resto de la población haitiana en la ciudad. Junto con el movimiento en la ciudad, se produjo un desplazamiento de los hateros del Este, con los campesinos que influían, grupos dirigidos principalmente por Pedro Santana. Las fuerzas independentistas en Santo Domingo contaron con el recurso fa­vorable de que un tiempo antes, Hérard ha­bía procedido a retirar la guarnición haitia­na y había reintegrado a los regimientos 31 y 32, con lo cual prácticamente no se dis­paró un tiro esa noche, ya que al estar com­puestas por dominicanos, esas tropas for­maron parte fundamental del plan de pro­clamación de la independencia. La úni­ca resistencia significativa que se tuvo que afrontar en los alrededores fue de parte del batallón de morenos, integrado mayoritariamente por antiguos esclavos que temían que el final del gobierno haitiano significara el retorno al régimen de la esclavitud.

José Joaquín Puello y Tomás Babadilla lograron convencer a éstos que la esclavitud no sería restablecida, lo cual es indicio del predomi­nio del grupo trinitario en esta etapa del proceso, así como de la sedimentación de los procesos sociales estimulados por la ocupación haitiana, con lo que estas tropas pasaron a apoyar el nuevo estado de cosas.

En la mañana del 27 de Febrero quedó constituida en Santo Domingo una junta central gubernativa de la República Domi­nicana, cuyo primer presidente fue Francis­co Sánchez, quien rápidamente cedió el puesto a Tomás Bobadilla, reflejo de un proceso social de desplazamiento de la preeminencia de los trinitarios por los con­servadores, a pesar de mantenerse la nece­3ldad de la alianza común por la amenaza haitiana y por los elementos que sumaba cada grupo.

Con el 27 de Febrero de 1844 se abre una nueva etapa política de la historia Domini­cana: la del Estado nacional independiente.

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