Nacionalismo de la República Dominicana

Historia de América. Juramento trinitario. Constitución de 1844. Ramón Matias Mella. Juan Pablo Duarte

  • Enviado por: Paloma Colombo
  • Idioma: castellano
  • País: República Dominicana República Dominicana
  • 40 páginas
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Introducción

Nacionalismo, doctrina ideológica que considera la creación de un Estado nacional condición indispensable para realizar las aspiraciones sociales, económicas y culturales de un pueblo. El nacionalismo se caracteriza ante todo por el sentimiento de comunidad de una nación, derivado de unos orígenes, religión, lengua e intereses comunes. Antes del siglo XVIII, momento de surgimiento de la idea de Estado nacional moderno, las entidades políticas estaban basadas en vínculos religiosos o dinásticos: los ciudadanos debían lealtad a la Iglesia o a la familia gobernante. Inmersos en el ámbito del clan, la tribu, el pueblo o la provincia, la población extendía en raras ocasiones sus intereses al espacio que comprendían las fronteras estatales.

Desde el punto de vista histórico, las reivindicaciones nacionalistas se generaron a raíz de diversos avances tecnológicos, culturales, políticos y económicos. Las mejoras en las comunicaciones permitieron extender los contactos culturales más allá del ámbito del pueblo o la provincia. La generalización de la educación en lenguas vernáculas a los grupos menos favorecidos les permitió a éstos conocer sus particularidades y sentirse miembros de una herencia cultural común que compartían con sus vecinos, y empezaron así a identificarse con la continuidad histórica de su comunidad. La introducción de constituciones nacionales y la lucha por conseguir derechos políticos otorgaron a los pueblos la conciencia de intentar determinar su destino como nación. Al mismo tiempo, el crecimiento del comercio y de la industria preparó el camino para la formación de unidades económicas mayores que las ciudades o provincias tradicionales.

El nacionalismo

Con el establecimiento en el año 1492 del primer fuerte en La Española, nombre con el que fue rebautizada la isla, comienza el gran proceso de transculturación que caracteriza al dominicano, hijo del encuentro de culturas, producto del mestizaje, "pueblo mestizo en sus creencias y costumbres; mestizo del español conquistador y del africano esclavo, con alguna gota de sangre indígena en sus nostalgias".

La isla Española fue la primera colonia europea del Nuevo Mundo y en su capital Santo Domingo, llamada Ciudad Primada de América, se originaron las primeras instituciones culturales y sociales coloniales, se construyeron las primeras fortalezas, las primeras iglesias y la primera catedral, el primer hospital, los primeros monumentos y la primera universidad.

Hasta finales del siglo XVI la isla Española fue fuente de grandes beneficios gracias a sus riquezas minerales y al sistema de las plantaciones azucareras. Sin embargo, las minas auríferas se agotaron, lo cual originó una ola emigratoria que mermó considerablemente la población de la colonia. Bucaneros franceses que utilizaban la isla como puente de contrabando aprovecharon esta circunstancia y se adueñaron de la parte occidental donde fundaron la colonia de Saint Domingue, basada en la explotación de plantaciones con esclavos africanos.
Este cambio en el Sistema Económico representó una variación en los cuadros sociales de nuestra isla, debido, fundamentalmente a la llegada de los esclavos, produciéndose una fusión cultural, que se manifestará inmediatamente con el surgimiento de grupos étnicos diferentes: mulatos, zambos, negros ladinos y los mestizos, predominantes en Latinoamérica hasta nuestros días.

Fruto de este choque surgen valores culturales, donde hay que destacar el predominio de la cultura más fuerte sobre la más débil, aunque esta última no ha desaparecido totalmente.
El control económico cerrado que mantenía España con sus colonias, fue lo que originó el comercio ilegal de las demás potencias colonialistas europeas con los pueblos de América. Este hecho produjo en nuestra isla el contrabando y éste a su vez, provocó que la parte occidental fuera despoblada o devastada.
Con el tratado de Ryswick en 1697, España toleró a Francia la ocupación de hecho de la parte occidental de la isla.
Nacen dos naciones compartiendo una misma isla, la parte occidental colonizada por los franceses, la parte oriental colonizada por los españoles.

Este territorio fue objeto de posesión y disputa por parte de las potencias colonizadoras europeas, de los siglos XVII y XVIII; disputas y ambiciones que dieron origen a la existencia de dos estados en una isla de apenas 77,000 Kms2 de superficie, en donde conviven dos pueblos con diferencias evidentes en su conformación histórico nacional, raíces culturales, desarrollo económico y evolución política.

La división de la isla, va a traer como consecuencia directa de la realidad misma de su división (Tratado de Aranjuez 1777), guerras constantes entre las potencias colonialistas por el predominio o el control de la isla.
Los enfrentamientos bélicos entre las potencias europeas, que tuvieron como escenario la propia Europa, van a incidir negativamente en la vida económica de los pueblos del Caribe y Santo Domingo no fue la excepción.
La conformación misma de nuestra identidad es el producto de un sincretismo, en el que se mezclaban desde los valores de las sabanas africanas, la arrogancia, el machismo, y la prepotencia guerrerista del europeo, abarcando el sabor a valle propio de nuestras poblaciones caribeñas, las cuales enriquecen extraordinariamente la conformación de nuestra identidad.
Como todo pueblo sometido, el nuestro no escapó de las vicisitudes que le impuso el momento histórico por el que atravesamos (Tratado de Basilea 1795).
Contrabando, ataques de piratas, invasiones, crisis económica, dictaduras, golpes de estado, ocupaciones militares extranjeras y guerras fratricidas, hasta llegar a lo que somos hoy.

Toussaint Louverture invade en 1801 la parte oriental de la isla, a lo que Francia responde en 1802 enviando a Leclerc, cuñado de Napoleón, frente a una poderosa escuadra para reclamar el territorio. Los franceses gobiernan Santo Domingo por un período de seis años hasta ser expulsados por un grupo de dominicanos quienes bajo el mando de Juan Sánchez Ramírez reincorporan la parte oriental al dominio de España.
En 1822, tras 12 años de relativa tranquilidad, Santo Domingo es nuevamente invadida por los haitianos, y no es hasta el 1844 cuando éstos serán derrotados por un grupo de patriotas dominicanos encabezados por Juan Pablo Duarte, quienes proclaman el Estado independiente de la República Dominicana. Diferencias internas impidieron el desarrollo de las instituciones gubernamentales y una nueva anexión a España (1861-1863), provocó la denominada Guerra de La Restauración y la vuelta a la República.
En 1916 y hasta 1924, tropas de la infantería norteamericana ocuparon el territorio nacional, ocupación que volvió a repetirse en el 1965 bajo el falso pretexto de que el golpe militar del 24 de abril de ese año que procuraba reponer a Juan Bosch como presidente, era comunista. Bosch había ganado la primera elección democrática después de la dictadura de Rafael L. Trujillo, que había durado 31 años. En 1966 y hasta 1978 es reinstalado el sistema democrático y la estabilidad política se manifiesta con elecciones que se celebran cada cuatro años.

Juramento Trinitario

En el nombre de la Santísima, augustíisima e indivisible Trinidad de Dios Omnipotente: juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y e implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos, encarnados y azules, atravesados con una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales: Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo. Si tal hago, Dios me proteja: y de no, me lo tome en cuenta, y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo La Independencia Nacional Siendo la Independencia Nacional la fuente y garantía de las libertades patrias, la Ley Suprema del pueblo dominicano es y será siempre su existencia política como Nación libre e independiente de toda dominación, protectorado, intervención e influencia extranjera, cual la concibieron los Fundadores de nuestra asociación política al decir el 16 de julio de 1838, DIOS, PATRIA Y LIBERTAD, REPUBLICA DOMINICANA, y fue proclamada el 27 de febrero de 1844, siendo, des- de luego, así entendida por todos los pueblos, cuyos pronunciamientos confirmados y ratificados hoy; declarando además que todo gobernante o gobernado que la contraríe, de cualquier modo que sea, se coloca ipso facto y por sí mismo fuera de la ley.

Los Principales fundadores de la TRINITARIA fueron:

Juan Pablo Duarte

(1813-1876) (Santo Domingo-Caracas, Venezuela). Padre de la patria. Nació el 26 de enero de 1813, hijo de Juan José Duarte, comerciante español nacido en Vejer de la Frontera, provincia de Cádiz (España) y Manuela Diez y Jiménez, oriunda de El Seibo, República Dominicana, a su vez, de padre castellano y madre seibana.

Según el investigador dominicano Pedro Troncoso Sánchez, es muy probable que el padre de Duarte llegara al país después de firmado el Tratado de Basilea en 1795. ("Vida de Juan Pablo Duarte", pág. 18).

Sin embargo, luego que las tropas de Toussaint ocuparon esta zona (1801) en cumplimiento del acuerdo estipulado por ese tratado, salió del país con su familia con destino a Puerto Rico. Allí le nació un hijo: Vicente Celestino.

La familia Duarte y Diez, regresó después de terminada la guerra de la Reconquista en 1809, cuando nuestro suelo volvió a ser colonia española.

Su padre "trabajó tesoneramente y con provecho, en su negocio de efecto de marina y ferretería en general en la zona portuaria del Ozama, único en su género en la ciudad. En esta época nacieron, además de Juan Pablo Duarte, dos de los cinco hijos llegados a mayores: Filomena y Rosa, y otros fallecidos en la infancia" (Troncoso Sánchez, Ob. cit., pág. 19). Era un hombre de recio carácter, en los momentos difíciles de los primeros momentos de la ocupación haitiana (1822), fue el único comerciante peninsular que se negó a firmar el manifiesto de adhesión a Haití.

Juan Pablo Duarte fue bautizado el 4 de febrero de 1813. Las primeras lecciones de su educación formal, la recibió primero con su madre, y luego con una profesora de apellido Montilla, quien dirigía una pequeña escuela de párvulos.

De aquí pasó a una escuela primaria de varones cuyo nombre se desconoce, donde dio tempranamente muestra de poseer una inteligencia privilegiada. Más tarde fue admitido en la escuela de don Manuel Aybar. Aquí completó sus conocimientos de lectura, escritura, gramática y aritmética elemental.

Después de unos cuantos años, niño aún, recibió clase de teneduría de libros, para luego pasar, ya un adolescente, a recibir la orientación de uno de los más sabios profesores de la entonces recién cerrada Universidad de Santo Domingo: el doctor Juan Vicente Troncoso. Con él estudió filosofía y derecho romano. Aquí también ofreció prueba de una gran vocación de superación, de amor por los estudios.

Deseosos sus padres de no interrumpir las proyecciones en el campo del conocimiento de su hijo, con grandes sacrificios decidieron enviarlo a estudiar al exterior.

Se ha dicho que ya adolescente, comenzó a germinar en su espíritu el ansia de liberar a su tierra de la dominación haitiana. Pero no hay pruebas de ello. El único informe que se tiene al respecto es que, cuando emprendió su viaje con destino a España, vía Nueva York, en el curso del viaje a esta ciudad, el capitán del buque y don Pablo Pujol —a quien fue recomendado— se pusieron a hablar mal de Santo Domingo, y al preguntarle el primero a Duarte si no le daba pena decir que era haitiano, éste respondió: "Yo soy dominicano". Según datos que merecen crédito, el viaje se llevó a cabo en los finales de 1827 o a principios del 1828, es decir, cuando su edad frisaba en los 15 años.

De Nueva York —donde probablemente pasó algunos meses, pues se perfeccionó en "el estudio de idiomas"— emprendió rumbo hacia España, deteniéndose en Londres y en París. Ya en la península ibérica se ubicó en Barcelona, donde tenía familiares.

Es indudable que este viaje le abrió nuevas y amplias perspectivas. Se ha hablado mucho en relación con este punto. En un ensayo poco conocido, Joaquín Salazar sostiene que su estancia en Nueva York le permitió adentrarse en las intimidades de la política norteamericana de entonces.

Y refiriéndose a su permanencia en Londres, Félix María del Monte —que más tarde se convertiría en discípulo suyo y en traidor a su ideario— expresa que se interesó en el conocimiento de las instituciones y la política inglesa. Pero como de nada esto hay pruebas documentales fehacientes, forzoso es llegar a la conclusión de que lo dicho por estos autores merece poco crédito.

De su breve estancia en Francia nada se sabe. Sin embargo, hay que presumir que, hallándose este país en el umbral de un importante movimiento revolucionario, algo tuvo él que captar, pese a su juventud, sobre las causas de la inquietud política allí reinante.

A ello debió haber contribuido la admiración que probablemente sentía —dadas su inteligencia y el ansia de justicia que latía en su alma— por la gesta de la Revolución Francesa. Para entonces, lo cierto es que toda Europa se hallaba en plena ebullición política, y que fue durante el tiempo que pasó en Barcelona —tiempo que cubrió casi con toda seguridad más de dos años— cuando el viajero se sintió atraido a fondo por esta ebullición.

Cuatro doctrinas políticas sacudían en esos momentos a aquel continente el romanticismo, el liberalismo, el nacionalismo y el socialismo utópico.

Duarte, en el marco de aquella ebullición de nuevas concepciones sobre la vida político-social, se sintió en gran parte ganado por determinados aspectos de las dos primeras. Hay, además, indicios probatorios de que aprovechó su estancia en Barcelona para estudiar derecho. Fue indudablemente entonces cuando comenzó a perfilarse su ideario político, en el cual el nacionalismo y el liberalismo fraternizan, levantándose sobre un fondo romántico, pensó que nuestro pueblo era depositario de una cultura propia, que lo hacía digno de la independencia política. Alcanzada ésta, la nación debía organizarse sobre la base del institucionalismo de la democracia representativa, que a su vez era un fruto del pensamiento liberal. Puesto que respondían a culturas distintas, sostuvo que entre "los dominicanos y los haitianos no es posible una fusión". Esta imposibilidad no nacía, pues, de diferencias raciales —que antirracismo no admitía— sino culturales.

De regreso al país se lanzó a una lucha sin tregua por concretar el propósito que alentaba. En aras de esta lucha, no escatimó sacrificios. Pese a que pertenecía a una familia importante de la burguesía comercial capitaleña, marginó todo afán de lucro, y rápidamente encontró discípulos y se convirtió en la figura cimera del nuevo movimiento. Era ya el maestro, en camino de devenir el Apóstol.

Fue en el seno de la clase media urbana donde sus ideas encontraron mayor eco. Para entonces, casi toda la aristocracia y demás grupos elevados se hallaban solidarizados con el régimen haitiano, razón por la cual fue imposible obtener, en los primeros años de aquella noble faena, su cooperación.

Al irse ensanchando el movimiento, Duarte comprendió que se hacía imprescindible —dado el carácter absolutista del gobierno de Boyer— crear una organización clandestina que, siguiendo el modelo de las sociedades europeas de los "Carbonarios", asumiera la responsabilidad de dirigir las actividades. Así surgió la sociedad "La Trinitaria", que respondió a lo que en el futuro se llamaría una estructura "celular", y cuyos miembros se juramentaron en el momento de la fundación. El lema de esta sociedad fue: "Dios, Patria y Libertad". Luego surgió la sociedad "La Filantrópica", que realizó una importante labor de propaganda mediante la representación de piezas teatrales.

Simultáneamente con el desarrollo del movimiento trinitario, en Haití, la oposición al gobierno de Boyer fue cobrando fuerza, impulsada por hombres de ideas liberales. Con fino sentido político, Duarte estimó conveniente —como paso previo a la independencia— colaborar con la aludida oposición.

A fin de llegar a un concierto al respecto, Ramón Mella —quien desde hacía algún tiempo se había adherido a "La Trinitaria" partió hacia Aux Cayes, a la sazón el mayor centro oposicionista, y obtuvo pleno éxito en su propósito. Boyer no demoró en ser derrocado, y Duarte contribuyó —en función de figura cimera de la rebelión contra Boyer en la zona oriental— a la consolidación de la victoria, mediante una acción bélica que tuvo lugar el 24 de marzo de 1843, en la ciudad de Santo Domingo.

Charles Herard asumió el mando en Haití, como miembro de una Junta de Gobierno integrada por él y otros dos generales haitianos. Para asesorar a esta Junta se formó un Consejo Consultivo de ocho miembros, entre los cuales no figuraba ningún dominicano. Pero Duarte aprovechó la mayoría con que contaba dentro del movimiento liberal —también llamado "reformista"— en la región oriental, para crear bajo su dirección una Junta Gubernativa provisional que sirviera de base a la creación de la República Dominicana. Esto último aparecía condicionado por el acopio de armamento, la elaboración de planes militares y aportes económicos. Claro está: tales apoyos sólo podían obtenerse con la ayuda de la burguesía comercial, importadora y exportadora, y de los latifundistas (hateros), grupos que dándose cuenta de la grave situación política que el "reformismo" estaba creando en haití, comenzaron a alentar ideas colonialistas que se concretaron en las negociaciones cuya culminación fue el Plan "Levasseur". No había, pues, la posibilidad de lograr por el momento la aludida ayuda. Pese a ello, Duarte no cejó en el propósito. Envió a Mella al Cibao con el fin de levantar los ánimos e iniciar allí los correspondientes preparativos insurrecionales; y celebró en casa de su tío José Diez una importante reunión "con el intento de ver si podían unificarse las opiniones".

Fracasó en el empeño... Es más: al trasladarse Herard a la zona oriental, no demoró en tener noticias de lo que se tramaba, razón por la cual redujo a prisión en el Cotuí a Ramón Mella y al presbitero Juan Puigvert —que fueron enviados a Haití— y al llegar a la capital —hecho que la Iglesia Católica celebró con un "tedeum"— emprendió la persecución de numerosos ciudadanos, entre los cuales se encontraban Duarte y sus leales discípulos, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez de la Paz.

Catorce de los perseguidos fueron encarcelados, pero los recién citados —al igual que Francisco del Rosario Sánchez, quien después de incorporarse a la sociedad "La Trinitaria" logró prominencia en el movimiento— pudieron esconderse. A la postre, a los tres primeros les fue posible embarcarse hacia el exterior, "no habiéndolos acompañado Sánchez, porque alguna enfermedad le obligó a quedarse oculto, corriendo inmensos peligros".

El barco emprendió rumbo hacia el Sur, y después de varios días de viaje, llegó a playas venezolanas. Desde entonces, y hasta la víspera de su regreso a la patria —ya independizada— Duarte se fijó en Caracas. No realizó allí, al parecer, ninguna actividad remunerativa. Durante esos meses, un pensamiento dominó su ánimo seguir luchando por la independencia nacional y hacer en aras de ella todos los sacrificios necesarios. Visitó al presidente de Venezuela, general Carlos Soublette, con el fin de solicitar su cooperación a la causa. Le fue prometida... Pero las promesas no se cumplieron.

A Caracas apenas llegaban noticias del país. Era lógico que ello apesadumbrara y desesperara a Duarte. Por eso, en una reunión de venezolanos y dominicanos se acordó que Juan Isidro Pérez de la Paz y Pedro Alejandrino Pina, partieran hacia Curazao, ciudad enlazada con Santo Domingo por viajes frecuentes. Es probable que en el curso de esos meses en los cuales junto a la pesadumbre y la desesperación latió en su espíritu la confianza en el porvenir, redactara el proyecto de Constitución para la futura República, el cual por desventura, llegó incompleto a la posteridad.

Próximo a finalizar el año 1843, Duarte recibió una carta de suma importancia, fechada en Santo Domingo el 15 de noviembre y firmada por su hermano Vicente Celestino y por Sánchez. En ella se le reclamaban urgentes auxilios —especialmente en armas y dinero— y se le hacía saber que después de su partida, "todas las circunstancias han sido favorables". Se le decía, además, que era forzoso apresurarse porque "es necesario temer a la audacia de un tercer partido"; y se le recomendaba que regresara de inmediato al país por el puerto de Guayacanes, con el dinero y el material bélico solicitados.

Claro está: si bien la noticia de la buena marcha de los trabajos tuvo que alegrarlo, a esta alegría se mezcló el dolor provocado por la imposibilidad en que él se hallaba de acceder al reclamo. En efecto, pese a sus esfuerzos, no había obtenido ayudas, y meses antes había escrito a sus hermanos exigiéndoles que ofrendaran "en aras de la patria, lo que a costa del amor y el trabajo de nuestro padre hemos heredado". De todos modos, decidió partir hacia Curazao y "hallar medios para fletar un buque y dirigirse a Guayacanes". Salió de Caracas "con la muerte en el corazón, sostenido por su fe en la Providencia". Pero no le fue posible llevar a cabo su propósito: una repentina enfermedad lo obligó a permanecer en Curazao, en compañía de Pina y Pérez de la Paz.

En el curso de esas semanas se produjeron en el país importantes acontecimientos... Sin renunciar al colonialismo, la aristocracia y los sectores pudientes se dividieron en lo relativo a las tácticas a seguir y a la potencia a la cual el país debía subordinarse.

En lo que respecta a las tácticas, un importante sector de estos grupos sociales (Tomás Bobadilla ejercía la función de máximo asesor) consideró que lo indicado era pactar con los "duartistas" y luchar por la independencia como primer paso para lograr el protectorado de Francia. El vehículo entre este sector burgués y los "duartistas" fue Ramón Mella, y es casi seguro que para principios de diciembre el pacto ya había sido concertado, pero no hay documentación en la cual fundamentarse para afirmar que Duarte tuvo noticias de ello.

La colaboración de ese sector conservador precipitó el curso de los acontecimientos. Dio dinero para los preparativos insurreccionales y de las primeras comunicaciones que sobre el tópico transmitió el cónsul francé St. Denys, al ministro Guizot, se infiere que dicho cónsul tuvo una velada intervención en los preparativos. Además, la referida colaboración introdujo una novedad teórica en el seno del movimiento: en el Manifiesto del 16 de enero de 1844 —que fue redactado por Bobadilla— aparece por primera vez la palabra "separación" y no se habla específicamente de "independencia". Ello revelaba, con toda claridad, un desvío del pensamiento duartiano, y abría el campo a los propósitos proteccionistas o anexionistas.

A Caracas apenas llegaban noticias del país. Era lógico que ello apesadumbrara y desesperara a Duarte. Por eso, en una reunión de venezolanos y dominicanos se acordó que Juan Isidro Pérez de la Paz y Pedro Alejandrino Pina, partieran hacia Curazao, ciudad enlazada con Santo Domingo por viajes frecuentes. Es probable que en el curso de esos meses en los cuales junto a la pesadumbre y la desesperación latió en su espíritu la confianza en el porvenir, redactara el proyecto de Constitución para la futura República, el cual por desventura, llegó incompleto a la posteridad.

Próximo a finalizar el año 1843, Duarte recibió una carta de suma importancia, fechada en Santo Domingo el 15 de noviembre y firmada por su hermano Vicente Celestino y por Sánchez. En ella se le reclamaban urgentes auxilios —especialmente en armas y dinero— y se le hacía saber que después de su partida, "todas las circunstancias han sido favorables". Se le decía, además, que era forzoso apresurarse porque "es necesario temer a la audacia de un tercer partido"; y se le recomendaba que regresara de inmediato al país por el puerto de Guayacanes, con el dinero y el material bélico solicitados. Claro está: si bien la noticia de la buena marcha de los trabajos tuvo que alegrarlo, a esta alegría se mezcló el dolor provocado por la imposibilidad en que él se hallaba de acceder al reclamo. En efecto, pese a sus esfuerzos, no había obtenido ayudas, y meses antes había escrito a sus hermanos exigiéndoles que ofrendaran "en aras de la patria, lo que a costa del amor y el trabajo de nuestro padre hemos heredado". De todos modos, decidió partir hacia Curazao y "hallar medios para fletar un buque y dirigirse a Guayacanes". Salió de Caracas "con la muerte en el corazón, sostenido por su fe en la Providencia". Pero no le fue posible llevar a cabo su propósito: una repentina enfermedad lo obligó a permanecer en Curazao, en compañía de Pina y Pérez de la Paz.

En el curso de esas semanas se produjeron en el país importantes acontecimientos... Sin renunciar al colonialismo, la aristocracia y los sectores pudientes se dividieron en lo relativo a las tácticas a seguir y a la potencia a la cual el país debía subordinarse. En lo que respecta a las tácticas, un importante sector de estos grupos sociales (Tomás Bobadilla ejercía la función de máximo asesor) consideró que lo indicado era pactar con los "duartistas" y luchar por la independencia como primer paso para lograr el protectorado de Francia. El vehículo entre este sector burgués y los "duartistas" fue Ramón Mella, y es casi seguro que para principios de diciembre el pacto ya había sido concertado, pero no hay documentación en la cual fundamentarse para afirmar que Duarte tuvo noticias de ello.

La colaboración de ese sector conservador precipitó el curso de los acontecimientos. Dio dinero para los preparativos insurreccionales y de las primeras comunicaciones que sobre el tópico transmitió el cónsul francé St. Denys, al ministro Guizot, se infiere que dicho cónsul tuvo una velada intervención en los preparativos. Además, la referida colaboración introdujo una novedad teórica en el seno del movimiento: en el Manifiesto del 16 de enero de 1844 —que fue redactado por Bobadilla— aparece por primera vez la palabra "separación" y no se habla específicamente de "independencia". Ello revelaba, con toda claridad, un desvío del pensamiento duartiano, y abría el campo a los propósitos proteccionistas o anexionistas.

Las más recientes investigaciones sobre la gesta del 27 de febrero, hacen ver de la importante participación de Bobadilla, quien se vinculó estrechamente con Santana tan pronto éste llegó a Santo Domingo con sus tropas de "seybanos". Nadie se opuso a que él asumiera la presidencia de la Junta Central Gubernativa que hubo de integrarse. De hecho, Bobadilla asumió la jerarquía política de la República en génesis, y Santana la jerarquía militar. Pero era evidente que Duarte no podía ser marginado. Se acordó, pues, que el buque "Leonor" partiera hacia Curazao para traer a Duarte a la República Dominicana.

El 14 de marzo el Apóstol llegó a la nueva capital, donde fue objeto de un entusiasta recibimiento. Al día siguiente fue nombrado miembro de la Junta Central Gubernativa y comandante del Departamento.

El triunfo del movimiento iniciado el 27 de febrero impulsó al presidente haitiano Herard a que fuera invadida la República con un ejército dividido en dos cuerpos, de los cuales uno penetró por el Norte y otro por el Sur. Correspondió a Santana enfrentarse a este último, logrando una resonante victoria en Azua, el 19 de marzo. Pero en vez de capitalizar esta victoria lanzando una activa persecución contra el enemigo, el aun bisoño jefe militar, prefirió retirarse desordenadamente a Baní y exigir al cónsul francés, que hiciera válidas sus promesas relativas al protectorado. Así las cosas, la Junta Central Gubernativa ordenó a Duarte que se dirigiera a Baní, con una fuerza militar organizada por su discípulo Pedro Alejandrino Pina, a fin de llegar a un acuerdo con Santana sobre la estrategia a seguir contra el invasor. Al no ser posible este acuerdo, Duarte requirió de la Junta la necesaria autoridad para actuar por su cuenta, y la respuesta de este organismo, dominado por Bobadilla, fue ordenarle a Duarte que regresara con sus tropas a la capital.

La orden fue cumplida. Pero delataba que el pacto que el sector colonialista había concertado con el "duartismo" —cuya fuerza principal la brindaba la clase media—había quedado roto. Advino así una peculiar lucha de clases que a la postre culminó en el triunfo del sector colonialista.

En efecto, al ser derrotado el ejército haitiano que invadió por el Norte en la batalla del 30 de marzo, en Haití se produjo una grave crisis política que fue aprovechada por Santana para imponer su dominio, casi sin combatir, en toda la región del Sudoeste.

En esos mismos días, Bobadilla y el doctor Caminero —que eran en la Junta Gubernativa los representantes más señeros del sector colonialista— convocaron a autoridades y "personalidades notables" a una reunión en la cual, con el apoyo del Arzobispo Portes e Infante expresaron sin reparos sus tesis colonialistas y la decidió de dar vigencia al Plan "Levasseur". Presentes en la reunión Duarte y sus discípulos, elevaron una firme protesta.

La división en la Junta Central Gubernativa quedó así confirmada, y puesto que no había posibilidad de llegar a un acuerdo, el 9 de junio Duarte resolvió depurar a la Junta, mediante un acto de fuerza. Momentáneamente, el movimiento se impuso... Pero se produjeron fallos en su realización, razón por la cual no pudieron tomarse todas las medidas imprescindibles para consolidar el triunfo. Ante ello —y en vista de que Mella transmitía desde el Cibao noticias alarmantes— la nueva Junta ordenó a Duarte que se dirigiera a esta región del país, para que restableciera "la paz y el orden necesario para la prosperidad pública".

El 24 de junio, partió Duarte hacia la aludida región. Pero los "colonialistas" no se cruzaron de brazos. Informaron a Santana de lo que acontecía, y éste, a la vez que desconoció el nombramiento de la nueva Junta, decidió rebelarse, el 3 de julio, seguido por las tropas que él dirigía. Entretanto, habiendo sido objeto Duarte de entusiastas recibimientos en las poblaciones del Cibao, Mella promovió en esta región un importante movimiento tendiente a llevarlo a la presidencia de la República, honor que el agraciado solo se dispuso a aceptar, si ello respondía a la voluntad de la población, reveló que en el espíritu de Duarte el trasfondo romántico seguía vivo, pues era evidente que no había en aquellos momentos la menor posibilidad de llevar a cabo una consulta popular sobre el punto. No obstante, bien pudo influir en su ánimo la convicción de que, si aceptaba el honroso cargo, nada podría evitar —dadas las circunstancias— el estallido de una guerra fratricida, a la cual él se negaba a contribuir. La insurrección de Santana triunfó. Con ello, el sector colonialista se hizo dueño del poder y se inició la persecución contra los independentistas radicales. Duarte fue encarcelado en Puerto Plata y remitido a la capital, donde, mediante una resolución gubernamental, fue declarado —al igual que Juan Isidro Pérez de la Paz, Pedro Alejandrino Pina, Ramón Mella, Francisco del Rosario Sánchez, Juan Evangelista Jiménez, Gregorio Delvalle y J. J. Illas— traidor a la patria y expulsado del país. ¡Se inició así para el apóstol el más largo y doloroso de sus ostracismos! Llegó a Hamburgo, Alemania, y desde allí tomó a los pocos días otro barco que lo llevó a St. Thomas.

Luego siguió rumbo a Venezuela, país en cuyo interior estuvo doce años. Al fin, se avecindó en El Apure. Casi nada se sabe de su vida en el curso de esos largos años. Herido en lo más hondo del alma, buscó —como buen romántico— el consuelo de la naturaleza. Pero según afirma su hermana Rosa, escribió sobre la historia de su patria y sobre las costumbres de los pueblos que iba recorriendo. Infortunadamente, todos estos escritos se perdieron, "destruidos por las llamas (o) por el fuego de la ambición, que oculta con el manto de la libertad, destruye cuanto encuentra a su paso".

Es casi seguro que no tuvo noticias del decreto de amnistía que en favor de él y de sus compañeros, el gobierno de Jimenes promulgó a principios de septiembre de 1848. ¡Y bien parece que dándose cuenta de que arruinado él y su familia, cualquier esfuerzo de su parte por torcer el rumbo político de su país sería estéril, prefirió que el curso de los acontecimientos desembocaran en una coyuntura propicia para su actuación! Esta coyuntura no tardó en presentarse. Meses después de haberse producido la anexión de la República a España, en 1961, le llegó la noticia de la misma, se hallaba aún en la zona selvática del río Negro. De inmediato emprendió viaje hacia Caracas. En esta ciudad recibió proposiciones del cónsul español, entre ellas la de nombrarlo Capitán General de la colonia restaurada. Rechazó tales proposiciones, considerándolas indignas. Luego, el Ministro del Interior de Venezuela le ofreció un cargo, y este apreciamiento también fue rechazado, pues si lo aceptaba, tendría que reconocer "por patria el país a que servía".

En relación con estas proposiciones su hermana Rosa da a entender que él le dijo: "Acepté con júbilo la copa de cicuta que sabía me aguardaba el día que mis conciudadanos consideraran que mis servicios no les eran necesarios (pues) a mí me bastaba ver libre, feliz e independiente mi ínsula". Tomó, pues, rumbo hacia la patria en guerra, con la decisión de incorporarse al movimiento restaurador, del cual recibió informes desde Coro, enviados por Pedro Alejandro Pina. El 25 de marzo de 1864 llegó a Monte Cristy y de allí continuó viaje a Guayubín. Desde esta aldea envió una carta al Gobierno Provisional, informando de su presencia allí, y de su disposición incorporarse a la lucha bélica. El Gobierno le contestó mostrando regocijo por su llegada.

Entre otras cosas, la respuesta —firmada por Ulises F. Espaillat, Ministro de Relaciones Exteriores, encargado de la vicepresidencia— dice: "La Historia de los padecimientos de esta patria es la historia de su gloria". Dos semanas después, el gobierno volvió a dirigirse a él expresándole que "habiendo aceptado... los servicios que de una manera tan espontánea se ha servido usted ofrecernos, ha resuelto utilizarlos encomendándole a la República de Venezuela una misión de cuyo objeto se le informará oportunamente. En esta virtud, mi Gobierno espera que usted se servirá alistarse para emprender viaje"...

Pese a que el Apóstol ansiaba "participar de los riesgos y peligros que arrostran en los campos de batalla los que con las armas en la mano sostienen con tanta gloria los derechos sacrosantos de nuestra querida patria", se inclinó ante el requerimiento.

En realidad, la República en armas necesitaba entonces de la ayuda moral y material de las naciones americanas fraternas, y nadie estaba más indicado para solicitar esta ayuda, que el Padre de la Patria. Partió, pues, hacia Haití, y desde allí se dirigió a St. Thomas; luego siguió viaje al continente, vía Curazao. Ya en noviembre se hallaba en Venezuela, donde tuvo noticias del establecimiento del nuevo gobierno restaurador, nacido de la depuración que en las filas del movimiento llevó a cabo el benemérito general Gaspar Polanco.

Desde Caracas, le escribió al Ministro de Relaciones Exteriores una importantísima carta de la cual extraemos los siguientes párrafos:

"Quedó impuesto de las razones del Gobierno respecto de su conducta con los traidores, y no quedo menos que decir a usted que mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán siempre víctimas de sus maquinaciones: el Gobierno debe mostrarse justo y enérgico en las presentes circunstancias o no tendremos patria y por consiguiente, libertad ni independencia nacional..."

"Báez dice en Curazao (a mí no me lo ha dicho pues no lo he visto), que en el Cibao se trata de una nueva anexión a los Estados Unidos, y que esto los hace estar tan orgullosos, otros suponen un partido haitiano y aún no hay quien hable de un afrancesado. Esto es falso de toda falsedad: en Santo Domingo no hay más que un pueblo que desea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra esta ley, contra este querer del pueblo dominicano...

Ahora bien: si me pronuncié dominicano dominicano independiente desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de libertad, patria y honor nacional se hallaban proscritos como palabras infames, y por ello merecí (en el año 1843) ser perseguido a muerte por esa facción entonces haitiana; si después, en el año 44 me pronuncié contra el protectorado francés ideado por esos facciosos y cesión a esta potencia de la península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mí han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi patria a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España, llevada a cabo a despacho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y patricida, no es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y protestaré siempre, no digo tan sólo contra la anexión de mi patria a los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo, contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra independencia nacional y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano".

Evidentemente, esos párrafos delatan el nacionalismo integral del Apóstol, del cual da también testimonio el Art. 6º de su proyecto de Constitución.

Su misión en la América del Sur, terminó al producirse la restauración de la República. Encontrándose en el poder el general Cabral, vislumbró las desventuras que se cernían sobre el país. Es más: se quejó indirectamente de hallarse, una vez más, en el ostracismo.

Escribió: "¿Qué más se quiere del patriota? ¿Se quiere que muera lejos de su patria, él que no pensó sino en rescatarla; y con él sus deudos, sus amigos, sus compañeros, sus compatriotas que no sean bastante viles para humillarse y adorar el poder satánico que adueñado de la situación hace más de veinte años, dispone a su antojo del honor, de la vida, de las propiedades, de los mejores servidores de ese pueblo heroico hasta en el sufrimiento y tan digno de mejor suerte?" ¡Palabras terribles! ¡Anatema —hecho llama— contra los traidores! ¡Reconocimiento de la guerra a muerte entre los que tienen "hambre y sed de justicia" y los "iscariotes, escribas y fariseos"¡ Pese a la visión de ese porvenir aciago, no perdió la fe en su pueblo. Pues su religiosidad lo hacía confiar en la Providencia, y el juicio de Dios es "justiciero". Pero correspondía al hombre puro precipitar ese juicio. Mostró, por tanto, la disposición de contribuir a ello. Quiso, por tanto, reintegrarse a la lucha, "pues el amor de la patria nos hizo contraer compromisos sagrados con la generación venidera (y) necesario es cumplirlos o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes".

No pudo satisfacer esta voluntad... Enfermo de cuerpo y de alma, su vida se fue gradualmente apagando hasta hundirse en la muerte el 15 de julio de 1876.

Francisco del Rosario Sánchez 

De los tres arquitectos de nuestra nacionalidad es Sánchez el que resume el aspecto dinámico que trae como consecuencia el parto de la República Dominicana como país independiente. Duarte fue el creador de la idea, el organizador y el político que traza pautas para corto y largo plazo. Sánchez es quien toma a su cargo llevar a la práctica las consignas elaboradas y sostener la organización creada por Duarte para alcanzar la meta señalada.

De los tres padres de la patria es Sánchez también el más polémico, por ser el más activo. Sin la consistencia ideológica de Duarte y con las vacilaciones propias de la clase media, con sus impaciencias e ímpetus que les eran propios, debía tener una carrera política un tanto accidentada que en ocasiones produce la falsa impresión de apartarse del ideal Trinitario. Sin embargo su sacrificio final es una reafirmación de heroicidad y patriotismo que lo caracterizaron en los días gloriosos de la Independencia.

Nació Sánchez un domingo 9 de marzo de 1817 en la que entonces se llamaba calle de El Tapao de Santo Domingo y que hoy es 19 de Marzo. Su padre fue Narciso Sánchez y su madre Olaya del Rosario.

Junto con su hermano Tomás, recibió las primeras enseñanzas de su madre y más tarde pasó a ser discípulo del Padre Gaspar Hernández, cura peruano que era partidario de la separación de Haití y que fue maestro de casi todos los trinitarios.

Las cátedras de Gaspar Hernández contribuyeron a fortalecer su espíritu patriótico y condicionaron su posterior determinación de luchar por la independencia del país.

Al abrigo de la docencia del presbítero limeño nacería más tarcle, el 16 de julio de 1838, la sociedad patriótica La Trinitaria, nutrida con los alumnos que se dieron cita en el sacro recinto de Regina Angelorum. Sánchez continuará educándose hasta alcanzar luces suficientes para desempeñarse como defensor público.

FRAGUANDO LA PATRIA

En la familia hubo el precedente de Siñó Narcisazo, como era tratado entre amigos el padre de nuestro héroe. El viejo anduvo también entre conspiraciones para arrojar del suelo patrio al haitiano usurpador. De manera que los avatares que debió vivir el hijo mientras modelaba la nacionalidad con sus afanes, no le eran del todo extraños ni repudiables al padre.

No se ha establecido que Francisco Sánchez fuera miembro de La Trinitaria pero sí se sabe sin asomo de dudas que fue de los primeros en abrazar el ideal febrerista y que jamás dejó de luchar por alcanzar la realización de ese ideal. Su diligencia sumo muchos dominicanos a la causa de la independencia y fue figura clave en la concertación de la alianza con los conservadores de la cual debía nacer el primer documento separatista, escrito sin duda por Bobadilla, y constituiría un paso táctico muy impor­tante para el logro de la independencia.

Pero donde su labor adquiere rango de primera magnitud es a la salida de Duarte, cuando comenzó para él "una vida de leyenda, increíble, pero verídica", según el decir de su biógrafo Lugo Lovaton. Para esa época estaba enfermo y trató de superar sus quebrantos para realizar cuantas diligencias fueran menester con la finalidad de ponerse en contacto con el patricio y evitar su salida. Sus esfuerzos fueron vanos, pero sirvieron para medir su entereza e integridad de hombre y de patriota.

Cuando las autoridades haitianas descubrieron que era Sánchez el motor que mantenía viva la llama de la lucha independentista, desataron sobre él una feroz persecución. Su cabeza fue puesta a precio y hubo de esconderse para eludir la persecución y la asechanza, en tanto continuaba su labor revolucionaria.

En casa de Félix María del Monte y donde los hermanos Jacínto y Tomás de la Concha hubo de permanecer unos días. En esa ocasión las autoridades haitianas le ofrecieron dinero y un buque para que lo situara en Saint Thomas. Pero Sánchez continuó incansable su labor y como advirtie­ra que los conservadores trataban de llevar a la práctica una maniobra para poner el país bajo el protectorado de Francia redobló sus esfuerzos para ejecutar el plan independentista cuanto antes.

Entonces escribió junto con Vicente Celestino Duarte la ya famosa carta en la que le daba cuenta a Duarte del estado de la situación y de la necesidad de actuar con rapidez. Era el momento en que "aunque fuera a cosa de una estrella era necesario allegar recursos, supremos recursos y cuando se produjo la generosidad sin límites del Primer Padre de la Patria al ofrendar todo su patrimonio en aras de la emancipación nacional.

Como resultado de la actividad de Sánchez y de José Joaquín Puello, se produjo el hecho del 27 de febrero de 1844, que dió nacimiento a la República. En el momento mismo del hecho victorioso del Baluarte se constituyó un gobierno provisional que expresaba la composición social de las fuerzas triunfantes y como es natural con mayoría del grupo más activo que lo había sido el trinitario.

Sánchez fue elegido presidente de ese gobierno, pero horas mas tarde, los conservadores dominicanos, con el concurso del cónsul francés Saint Denys, variaron su composición de manera que fueran dominantes en él, los que no deseaban la independencia sino el colonialismo, en este caso el de Francia, según un plan ya elaborado que se conoce con el nombre de Plan Levasseur.

La llamada Junta Central Gubernativa quedó ahora presidida por Bobadilla, cerebro de los afrancesados. Este acontecimiento tendrá gran repercusión en nuestra historia porque contribuirá poderosamente a imprimirle la naturaleza anti-nacional a los gobiernos que se sucedieron a lo largo de la llamada primera República y sentará las bases para que apenas dos décadas después se consume la anexión a España.

Es necesario consignar aquí que los latifundistas que obraban como abanderados del colonialismo, tenían mucho más poder económico y social que la pequeña burguesía que enarboló los principios liberales para pro­clamar la independencia y que ese poder unido a la estructura feudal prevaleciente en la economía y en la sociedad en su conjunto, favorecían la victoria de las ideas coloniales. El resultado del triunfo de las fuerzas más retrógradas fue la persecución, la prisión, el exilio y la muerte, para la mayoría de los trinitarios. Duarte, junto con Sánchez, fue declarado traidor y expulsado del país.

Durante todo el período que va desde 1845 a 1860, Sánchez ha de adoptar una conducta flexible, que a veces produce la impresión de traicionar los ideales febreritas. Luchar contra el despotismo estando al alcance del poder sin límites del déspota, es tarea difícil que requiere además de valor, inteligencia, y Sánchez hubo de usar ambas cosas a la vez en gran dosis para resistir los embates de Santana y mantener vivos los ideales febreritas. Por eso se leve unas veces ser su enemigo encarnizado y otras veces contemporizando, mas no traicionando.

Finalmente, cuando Santana hubo consumado la anexión a España, Sánchez eligió el enfrentamiento frontal y se alzó en armas en el Sur. Herido y hecho prisionero en El Cercado junto con otros 20 compañeros, fue llevado a San Juan de la Maguana, juzgado y condenado en el hoy parque Francisco del Rosario Sánchez y fusilado en el Cementerio el 4 de Julio de 1861.

A la hora de su muerte actuó con gallardía, como correspondía a un héroe de su talla, asumiendo para él solo la responsabilidad de los hechos.

Sus compañeros, tan héroes como él, aceptaron la participación en la responsabilidad de un hecho que los honraba en tanto que manchaba con el deshonor y la traición a quienes lo condenaron con la iniquidad del patíbulo.

Ramón Matías Mella


Hay quienes narran la historia tomando al individuo de excepción, al héroe, como motor y creador de los acontecimientos. Otros en cambio ponen a la sociedad en su conjunto como la generadora del hecho histórico. 

Entre estos últimos los hay además que afirman que la sociedad se mueve en determinado sentido generando los hechos históricos presionada por leyes sociales que no puede eludir. Entre los primeros narradores de historia a los que nos hemos referido, en la generalidad de las ocasiones el hecho histórico se vincula a la actuación de un hombre de tal manera que esa actuación ha pasado a ser el alma o génesis del hecho mismo. 

Así la conquista del Perú se hace depender más de la osadía y destreza de jinete de Hernando de Soto, que de los arcabuces de todos los soldados españoles.

En la romántica narración que tiñe de rosados colores las hazañas hispanas que hicieron la infelicidad de las poblaciones incas, la prisión de Atahualpa realizada por Soto alcanza perfil de epopeya. En sentido opuesto aparece la vacilación de Grouchy en la narración que de la batalla de Waterloo hace Stefan Sweig en “Momentos estelares de la Humanidad". Grouchy pasa a ser el anti-héroe porque no actuó para sumar su concurso al del corso asediado en los campos humeantes de la pequeña Bélgica. Waterloo pudo ser otra cosa y la humanidad hubiera marchado por otros rumbos si el mediocre general francés escucha los reclamos de sus subalternos, al decir del novelista y biógrafo austríaco. 

En nuestra historia los acontecimientos del 27 de febrero de 1844 se hacen depender de un trabucazo nervioso que rompi6 las vacilaciones y derrotó las dudas para prender la chispa que sería luego llama sagrada que alumbraría el nacimiento de nuestra nacionalidad. 
El autor de ese trabucazo fue Ramón Matías Mella y Castillo. Claro que no fue sólo el trabucazo generador de aquellos acontecimientos. Junto con él, antes y después, hubo otros factores materiales y subjetivos que posibilitaron el triunfo de las ideas de Duarte pero innegablemente que tiene valor histórico suficiente para que quede por siempre en el recuerdo de los dominicanos. 

Mella es de los que ocupa posiciones señeras en nuestra Historia por otros hechos más relevantes que demuestran que en él ardió intensamente la llama del patriotismo y sobre todo que puso su vida al servicio de la buena causa que se contiene en el pensamiento trinitario. De los tres Padres de la Patria es el que más se destaca en el terreno de las armas y tiene el mérito de haber combatido con brillantez en las dos grandes guerras liberadoras: en la Independencia y en la Restauración.

Otro mérito de Mella es el haber sido el que más ardorosamente luchó por llevar a la práctica hasta sus últimas consecuencias el pensamiento de Duarte. En efecto, sólo él planteo con claridad la necesidad de que los trinitarios tornaran efectivamente el poder para llevar a cabo las transfor­maciones sociales que habían dado vida al movirniento independentista. Por ello proclama a Duarte como presidente, tratando con esta acción de rescatar de manos de los afrancesados la dirección de la lucha por la estructuración del nuevo estado independiente. 

En la casa marcada con el número 64 de la actual calle Sánchez de Santo Domingo nació nuestro héroe. Para ese entonces, el 25 de febrero de 1816, era apenas un bohío de una calle polvorienta de aldea, que servía de hogar a una modesta familia de la pequeña clase media. El padre se nombraba Antonio Mella Alvarez y la madre Francisca Castillo. Temperamento inquieto, la intrepidez fue el sello distintivo de su carácter que en ocasiones ofrecía facetas de cierta volubilidad. 

LOS HECHOS 

Bastante temprano fue ganado Mella por las ideas independentistas que propagaba Duarte y con toda el alma se entregó a la lucha por materia­lizarlas. 

Enrolado en el ejército adquiere conocimientos militares que luego serán de gran utilidad.

Formando parte de los regimientos 31 y 32 es trasladado a Haití. Su regreso al país ocurre en momentos en que se profundizan las contradicciones haitianas que se disputan el poder y cuando maduran las condiciones para llevar a vías de hecho las ideas separatistas. 
Su primera gran tarea la cumple en este período al salir comisionado para la ciudad haitiana de Los Cayos (Les Cayes) a concertar una alianza entre los trinitarios y los reformistas haitianos que combaten a Boyer.

El conocimiento del país y de sus hombres le ayudará mucho en su misión y regresará después de cumplir con éxito la tarea que se le había encomendado. 

Luego del triunfo de los reformistas Mella se entrega a una febril actividad tratando de lograr prosélitos para la causa de la independencia. Esa labor lo llevó a acercarse a los grupos conservadores para inclinarlos a luchar por la separación de Haití. Obtenido ese objetivo aparece Mella firmando la manifestación del 16 de Enero de 1844, llamada también Acta de Separación y que es el documento que al mismo tiempo que prodama la necesidad de separarse de Haití, consagra la unión de liberales y conserva­dores, es decir de independentistas y colonialistas, para expulsar del te­rritorio nacional a los haitianos y crear un nuevo estado. 

Unos días después se producirá su histórico trabucazo que iniciaría las guerras de independencia que se prolongarían hasta diciembre de 1855. En la guerra es donde Mella cobra verdadera estatura histórica y no tan sólo por los hechos de armas. A principios de marzo de 1844 organizó la región cibaeña para repeler los posibles ataques haitianos y luego partió para el sur para incorporarse a las filas de los combatientes.

Se le designó jefe de Operaciones con asiento en Las Matas de Farfán y allí tuvo que hacer prodigios de destreza militar, de valor y heroísmo para retardar al avance de las tropas haitianas en tanto se organizaba en Azua la defensa que debía parar en seco la ofensiva del enemigo. 

Es fama que Mella clavó la artillería negándose a retroceder hasta el último instnte, disparando con sus propias manos el último cartucho. Once días logró contener al enemigo y salvar con ello su división, re­trocediendo luego hasta hacer firme en el Paso del Jura para asistir con sus hombres a la victoria del 19 de Marzo

Al ocurrir la retirada de los haitianos regresó al Cibao y el 4 de Julio proclamó a Duarte para la presidencia tratando con ello de salirle al paso a los manejos colonialistas que los conservadores venían desarrollando con todo descaro para poner al país bajo la férula colonial de Francia.

A causa de esa actitud fue expatriado por Santana y no regresó al país hasta 1848 al amparo de la amnistía promulgada por el presidente Jiménez. 

En este momento occurre una de esas acciones que ponen de manifiesto la naturaleza un poco cambiante de su carácter y que ha servido para que algunos con poca razón lo juzguen de traidor. A su regreso se incorporó a las luchas entre las facciones conservadoras colocándose al lado de Santana. Esas relaciones las mantuvo hasta 1860 cuando se hizo claro para él que Santana asesinaba la independencia del país en beneficio de la anexión a España. 

Sin embargo antes de producirse la ruptura de esas relaciones incurrió Mella en otra vacilación notable que pone en entredicho su nacionalismo. Esa vacilación ocurre hacia fines de 1853, cuando acepta llevar a cabo una misión que le encomendó Santana. En efecto debía llegar a Madrid y tratar de obtener el reconocimiento por parte de España de la Independencia nacional o el protectorado. Es de suponer que esta última parte de su misión no debió ser para él de su agrado por lo que cabe imaginarse que puso todo su esfuerzo con cumplir la primera parte de su encomienda, esto es el logro del reconocimento de la existencia del estado dominicano como país libre e independiente. 

Su nacionalismo queda confirmado al colocarse al lado de los restauradores en 1861, combatiendo arduamente para expulsar a los españoles como antes lo había hecho contra los haitianos. Es famosa la trinchera del Duro que Mella constituyó en un ariete demoledor de la resistencia de las tropas hispanas. 

En las luchas armadas que sostuvieron los grupos colonialistas entre sí por hacerse del gobierno para materializar en su provecho la entrega de la soberanía a las potencias coloniales europeas, Mella tuvo también alguna participación, lo que deslustra un tanto su condición de febrerista. 

En resumen la vida pública de Mella presenta muchos más aspectos positivos que negativos y los primeros son de tal magnitud que merece que se le siga teniendo como uno de nuestros patricios. 

Mella murío en Santiago el 4 de junio de 1864 y antes de morir pidió que su cadáver fuera envuelto en la bandera nacional. 

LA GESTA DE 1844


Puestos en contacto los conspiradores de la Reforma Haitiana con los conspiradores de la Separación Dominicana, se inició el plan para derrocar a Boyer, quien llevaba 25 años como gobernante de Haití, y 21 años gobernando a los dominicanos. La revuelta militar se inició en Praslin, una finca perteneciente a Charles Herard, quien contaba con el apoyo de hombres experimentados en asuntos públicos y con algunos de los cuales se formaría un gobierno provisional. El derrocamiento de Boyer se produjo en marzo de 1843, después de algunos choques armados.

Cuando la noticia de tal acontecimiento llegó a Santo Domingo, produjo un ambiente de agitación que amotinó a grupos dominicanos y haitianos antiboyeristas. Al mando de Duarte, del ex-diputado Alcius Ponthieux y del General Desgrotte, los amotinados con el grito de Viva la Reforma! intentaron apoderarse de lafortaleza de la ciudad, pero fracasaron cuando tropas gubernamentales los hicieron dispersarse y escapar a San Cristóbal.

Con el apoyo de la guarnición de dicho poblado se organizaron, logrando que moradores de Azúa y de Bani formaran parte de un ejército de unos 2,000 hombres que marcharon a Santo Domingo, obligando a que el General Carrié renunciara al mando. En consecuencia, se formó una Junta Popular y Civil en Santo Domingo que sustituyó el gobierno del General Carrié. Varias juntas se formaron en otras localidades, siempre integradas por dominicanos y haitianos partidarios de defender la Reforma. Duarte participó activamente en la organización de las mismas.

El Gobierno Provisional que encabezaba Charles Herard convocó a las diversas juntas para elegir las autoridades municipales y también los diputados de la Asamblea Constituyente de la República, que debían redactar una constitución-liberal. Un grupo de dominicanos se hicieron partidarios de una posición autonómica sin romper con la indivisibilidad de la isla. El grupo dirigió a la Junta Popular de Santo Domingo una petición en la que se señalaba que al no ser considerada la región del Este como un territorio conquistado,
se le debía permitir escribir sus documentos oficiales en español, como también la observación del catolicismo, y de usos y costumbres locales.

Se creó además un ambiente de tensiones, de denuncias, de sospechas. La posición de los autonomistas originó debates entre dominicanos y haitianos.
Estos últimos comenzaron a evidenciar que la unidad insular estaba en peligro.

Para mediados de 1843, no sólo la agitación separatista publicaba
todo tipo de documentación antihaitiana, sino que inclusive muchos trinitarios salieron triunfadores en las elecciones municipales, y trabajaban abiertamente contra la dominación que llevaba casi 22 años.

La movilidad de los separatistas y en especial la de los Trinitarios le fue denunciada a Herard, quien decidió supervisar la zona dominicana, y quien al Ilegal a Dajabón descubrió que pese a los esfuerzos del predominio haitiano, los habitantes del Este seguían manteniendo su idioma y sus costumbres. En
Santiago se inició la persecución de los Separatistas con el arresto de numerosos patriotas. Después continuó en Macorís y Cotui donde Ramón Mella fue hecho prisionero.

Al Ilegar a Santo Domingo, Herard Constató con más certeza la rebeldía antihaitiana, al ser recibido con cierta hostilidad por parte de muchos ciudadanos de origen español quienes habían cerrado las puertas de sus casas en señal de protesta. Los Trinitarios tuvieron que desbandarse ante el despliegue militar efectuado por Herard para tomar el control y así detener la marcha de los acontecimientos separatistas.

Perseguidos con tenacidad, Duarte y algunos compañeros tuvieron que embarcarse clandestinamente rumbo a Saint Thomas, mientras otros tuvieron que ocultarse, o como Sánchez, fingir enfermedad. En medio de estas circunstancias, los Trinitarios se vieron desorganizados, pero pudieron
recuperarse al quedar su movimiento de independencia bajo el liderazgo de Francisco del Rosario Sánchez. Obligados a la clandestinidad, los Trinitarios se dividieron en dos grupos. Mientras uno estaba al mando de Sánchez y de
Vicente Celestino Duarte, el otro estuvo dirigido por Mella, quien había sido dejado en libertad. En el exterior, Duarte buscó armamentos y otros recursos, principalmente en Venezuela y Curazao. Al no tener el éxito esperado, ordenó
hacer uso de los bienes familiares en beneficio de la causa independizadora.

Además de los Trinitarios, los Separatistas afrancesados se movilizaron calladamente y obtenían el beneplácito del Sr. Levasseur, Cónsul general de Francia en Puerto Príncipe. A través de él ofrecieron entregar Samaná si Francia apoyaba o protegía la Separación. Contando con tal apoyo Bueneventura Báez y sus seguidores planearon dar un golpe en abril de 1844.

Enterados del plan de los afrancesados, los Trinitarios decidieron adelantarse.
Para enero de 1844, algunos hombres públicos como Tomás Bobadilla habían sido incorporados al movimiento. También para esa fecha publicaron un manifiesto como contraparte a otro publicado por los afrancesados en Azua.

Mientras estos últimos justificaban la necesidad de separarse de Haití y acogerse a la protección de Francia, los Trinitarios invitaban a la rebelión abierta. En el manifiesto que hicieron circular profusamente, y el cual redactó
Bobadilla, se establecía "el deber de los pueblos de sacudir el yugo", al mismo  tiempo que anunciaba los males que había engendrado la ocupación haitiana, pero sin incitar al odio o a la venganza".


Para febrero, la situación de Santo Domingo hacía propicio llevar a cabo el plan de la separación, como también las condiciones del gobierno de Herard, quien enfrentaba numerosos problemas en Puerto Príncipe y otras zonas occidentales, razón por la cual se había retirado de la región dominicana
meses atrás con el apoyo de los hateros seibanos, los Trinitarios acordaron reunirse en la Puerta de la Misericordia el día 27 por la noche, y de allí marchar hasta el Baluarte del Conde, al mismo tiempo que se posesionaban de algunos sitios estratégicos. Una vez en el Baluarte izaron la bandera, y en medio de la agitación, las tensiones del momento y de un breve tiroteo que se
produjo, proclamaron la independencia. La misma no sólo constituía el fin del predominio haitiano, sino el nacimiento de la Republica Dominicana.

 

 

Indice

 

Introducción

Proyecto constitucional de Duarte

El control de la supremacía de la Constitución

La supremacía de la constitución

La independencia judicial como garantía para el control de la

Constitución

Historia de las reformas constitucionales dominicanas

33 Constituyente proclamaron la primera Constitución

La República cuando cumple 100 años de vida independiente

Conclusión

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introduccion

Nacionalismo, doctrina ideológica que considera la creación de un Estado nacional condición indispensable para realizar las aspiraciones sociales, económicas y culturales de un pueblo. El nacionalismo se caracteriza ante todo por el sentimiento de comunidad de una nación, derivado de unos orígenes, religión, lengua e intereses comunes. Antes del siglo XVIII, momento de surgimiento de la idea de Estado nacional moderno, las entidades políticas estaban basadas en vínculos religiosos o dinásticos: los ciudadanos debían lealtad a la Iglesia o a la familia gobernante. Inmersos en el ámbito del clan, la tribu, el pueblo o la provincia, la población extendía en raras ocasiones sus intereses al espacio que comprendían las fronteras estatales.

Desde el punto de vista histórico, las reivindicaciones nacionalistas se generaron a raíz de diversos avances tecnológicos, culturales, políticos y económicos. Las mejoras en las comunicaciones permitieron extender los contactos culturales más allá del ámbito del pueblo o la provincia. La generalización de la educación en lenguas vernáculas a los grupos menos favorecidos les permitió a éstos conocer sus particularidades y sentirse miembros de una herencia cultural común que compartían con sus vecinos, y empezaron así a identificarse con la continuidad histórica de su comunidad. La introducción de constituciones nacionales y la lucha por conseguir derechos políticos otorgaron a los pueblos la conciencia de intentar determinar su destino como nación. Al mismo tiempo, el crecimiento del comercio y de la industria preparó el camino para la formación de unidades económicas mayores que las ciudades o provincias tradicionales. 

Hace 157 años que la República Dominicana no-tenia la constitución y podían hacer lo que quisieran por ejemplo.

 

Meterte a la cárcel sin orden motivada; Dejarte en la cárcel sin razón; Negarte el derecho a un juicio justo; Esconderte de cárcel en cárcel para que no te encuentren; Juzgarte dos y más veces por el mismo motivo; Obligarte a declarar contra ti mismo; Y juzgarte sin escucharte...

 

Podría impedirte, entre otras cosas:

 

        Transitar libremente;

        Asociarte con fines políticos, económicos, sociales o culturales;

        Organizarte en un sindicato;

        Utilizar el recurso de la huelga;

        El derecho a educarte

        El derecho a la salud satisfactoria;

        El derecho a tener vivienda para tu familia;

        El derecho a informarte correcta y suficientemente...

 

 

 

El proyecto constitucional de Duarte

El regreso de Juan Pablo Duarte en el año 1883 constituyó un hecho que, en poco tiempo, tendría una extraordinaria repercusión en la sociedad dominicana, pues su ideal libertario alcanzó una robustez de tal magnitud que pudo lograr que germinaran semillas de fe esperanza que insuflaron la creación de un Estado libre, soberano e independiente.

 

Y es que Duarte vivió intensamente en Barcelona las manifestaciones más concretas de la lucha por los fueros y las libertades de Cataluña. Se impresionó dé tal manera que logró impactar a todo aquel que se le acercaba, iniciándose así su lucha junto a los buenos dominicanos de la época.

 

El ideal político y filosófico de Duarte está recogido en gran medida en su Proyecto de Constitución, el cual, como es natural, recibió los influjos enfáticos de la Revolución de Francia.

 

Es indiscutible que él conocía la Carta Constitutiva de los Estados Unidos de Norteamérica, la Constitución de Cádiz de 1812 y la Constitución de Venezuela, es también incontrovertible que el espíritu de estos postulados encuentran un prolongado eco en la noble conciencia del Padre de la Patria.

 

El Proyecto de Constitución de Duarte fue originariamente un documento manuscrito de su puño y letra, y respecto a su descripción Federico Henríquez y Carvajal, quien lo recibiera de manos de Rosa y Francisca, hermanas del Patricio: “es un cuaderno de hojas de papel azul pálido que usaban entonces las casas de comercio”.

 

El criterio casi unánime de nuestros historiadores es que este Proyecto fue escrito en el primer semestre del año 1844 y que se evidenciaba la existencia de una segunda parte, empero éste corrió el destino de toda la documentación duartina, poca cosa ha aparecido íntegramente. Se ha asegurado que numerosos documentos y papeles de éstos fueron incinerados durante uno de los operativos persecutorios contra el líder de La Trinitaria, puestos en práctica por los invasores haitianos.

Duarte puso de relieve su elevada concepción de la democracia a través de su Proyecto de Constitución, con este instrumento quiso poner a buen resguardo la Independencia en ciernes, seriamente amenazada por los conservadores quienes no cesaban en su afán de procurar un protectorado, viabilizando este despropósito el hecho de éstos tenían pleno control de la Junta Central Gubernativa.

 

El primer artículo del Proyecto, reza: “Ley es la regla a la cual deben acomodar sus actos, así los gobernados como los gobernantes”, es obvio el anhelo por el imperio de un estado de derecho, esta apreciación se refuerza cuando en el segundo artículo se establecen las condiciones para que la Ley sea acatada y obedecida como tal.

 

Al mismo tiempo que este Proyecto de Constitución otorga extraordinaria importancia a la ley y a los principios constitucionales, persigue la mayor protección a los derechos fundamentales de la persona humana, así como la expresión viva de los conceptos de independencia y soberanía.

 

Es digno de ser destacado el hecho de que el Patricio en su Proyecto no se acoge a la tridivisión de poderes, sino que presenta como cuarto poder del Estado al Poder Municipal. El derecho de propiedad encuentra la debida protección y en el artículo 20 establece que la nación está obligada a declaratoria de utilidad pública, debiéndose indemnizar el daño que se causare.

 

Un postulado que se destaca en el trabajo constitucional del Patricio es la prohibición de la compensación del delator o traidor, “por más que agrade la traición, y aún cuando haya motivos para agradecer la delación”.

 

Este Proyecto de Constitución fue un nuevo aporte del fundador de la República a favor del pueblo dominicano, revelador por demás de sus muy buenas intenciones.

 

  El control de la supremacía de la Constitución

 

          La Constitución presenta desde su concepción una doble dimensión fundamental. Es, a la vez, ley suprema y pacto político o bien podríamos distinguir una concepción jurídica y una concepción política de la constitución. Como ley suprema, la Constitución pretende que sus mandatos sean cumplidos siempre eficaz y prontamente por todo sus destinatarios. En cuanto a pacto político, intenta representar el consenso nacional para limitar el poder político y garantizar mejor los derechos de las personas. Sólo en la medida en que la Constitución logre ambos propósitos -ser ley eficaz y pacto legítimo- podrá regular la convivencia social de un modo justo, estable y pacífico.

 

   El éxito o fracaso de una Constitución determinada, sin embargo, no depende sólo de sus propios méritos. La Constitución, al igual que el hombre de Ortega y Gasset, es ella y sus circunstancias. Estas últimas condicionan, y a veces determinan, la manera como la Carta Fundamental se hace realidad.

 

   Una magnífica Constitución, aplicada por gobernantes inescrupulosos o jueces arbitrarios, puede tomarse en instrumento de abuso e iniquidad. En el sentido contrario, una Constitución incompleta o deficiente, en manos de un pueblo amante del Derecho y por obra de una Jurisprudencia digna de tal nombre, puede transformarse en regla social adecuada y conveniente.

 

El constitucionalista alemán Karl Loewenstein ha caracterizado bien el fenómeno referido, deciendo: “Una Constitución él lo que los detentores y destinatarios del poder hacen de ella en la práctica”.

Los primeros responsables de “hacer” la Constitución son los jueces, pues a ellos han entregado la sociedad, la tarea de “decir el derecho” de un modo definitivo (Jurisdicción). Con su sentencia el Tribunal hace “real” aquello que hasta entonces era sólo una manifestación de la voluntad soberana, a la espera de ser aplicada

 

 

  La supremacía de la constitución

 

            Todas las normas jurídicas deben conformarse sustancial y formalmente de acuerdo a la Constitución y estas carecen de todo valor si no están de acuerdo con la misma. Así lo señala expresamente el texto constitucional cuando establece en su Artículo 46 que “son nulos de pleno derecho toda ley, decreto, resolución, reglamento o actos contrarios a esta Constitución”.

 

Cuando el poder público (órganos del estado) realiza las diversas funciones que concurren al cumplimiento de sus objetivos propuestos estos pueden actuar dentro o fuera de la ley fundamental.

 

Tradicionalmente se ha puesto de relieve que las funciones más relevantes del Poder Público son: dictar la norma jurídica y resolver las contiendas que se produzcan. Es entonces indispensable, que el régimen jurídico provea la forma de lograr que en el desempeño de dicha tarea, así como de las otras que se realizan en el seno del Estado, se cumpla la ley fundamental.

 

 La inconstitucionalidad se produce cuando se atropella el marco institucional mediante un acto o norma que genere efectos jurídicos contrarios a la Constitución. La inconstitucionalidad se genera, y puede ser: (a) de forma, si interviene una autoridad mal constituida, o incompetente, o fuera de su ámbito, o sin sujeción a las formas y requisitos que deben rodear su gestión; o bien, (b) de fondo, cuando una actuación o una norma no están acorde con el ideal constitucional, por ser este el estatuto fundamental de derecho y obligaciones.

 

  La vulneración de la supremacía constitucional puede, provenir: de un cuerpo o persona revestida de autoridad pública o de cualquiera de los integrantes de la sociedad política, o bien del atropello de la forma organizativa de la ley fundamental, o al infringir la esencia del ideal de derecho que la Constitución pretende traducir y afirmar, y las garantías de libertad e igualdad y demás derechos que asegura a los asociados.

Para que la supremacía de la Constitución no sea un principio puramente doctrinario, y alcance vigencia efectiva, el sistema jurídico debe proporcionarle los medios de imponer su respeto, es decir, de lograr que toda actividad que se desarrolle en el Estado, ya se realice por los órganos de éste o por los miembros de la sociedad política, se produzca dentro de las bases sentadas en la ley fundamental.

 

La supremacía de la constitución se asocia necesaria e indisolublemente al control de la constitucionalidad de las leyes, decretos, resoluciones, reglamentos o actos, por parte del Poder Judicial.

 

La independencia judicial como garantía para el control de la supremacía de la Constitución

 

            Para poder llevarse a cabo este control se requiere la independencia en el ejercicio de la función jurisdiccional, que constituye la base de la arquitectura constitucional del Poder Judicial. Sin embargo, esta independencia ha sufrido algunas distorsiones que han llevado en no pocos casos a desnaturalizarla. Su condición de principio capital del ejercicio de la democracia y de cimiento del Estado de Derecho la coloca simultáneamente como mecanismo de defensa y como puntal de ataque en la dinámica de la práctica de los frenos y contra frenos de los poderes del Estado.

 

Los embates persistentes de quienes, atrincherados desde el poder político, quieren continuar una tradición de sujeción de la instancia judicial a los otros poderes del Estado ha hecho que los poderes judiciales se protejan frente a la acción de las otras funciones públicas. Desde ese ángulo, para el caso de las democracias en transición como es la situación de buena parte de los países de América Latina, la independencia del Poder Judicial puede legar a ser mal entendida y utilizada. Por una parte puede significar una patente de corso para sumir en el aislamiento a la función judicial y, por otra, puede levantar obstáculos a la armonía en las relaciones entre los poderes públicos.

 

La independencia debe concebirse más como una relación de doble vía frente a las otras funciones públicas: de respeto de los otros poderes al ejercicio de una función subordinada a la ley para la preservación del equilibrio entre ellos, y a la vez de apertura a la colaboración armónica entre los poderes públicos para cumplir con las demandas ciudadanas que cada día son mayores.

 

Historia de las reformas constitucionales dominicanas

 

Las reformas a la Constitución han tenido lugar desde 1844 mediante la adopción de un nuevo texto con las modificaciones introducidas conforme el mecanismo previsto, aun cuando en algunas ocasiones hubo la puesta en vigor de una Reforma anterior a causa del desconocimiento de la vigente por un gobierno de facto impuesto por un golpe de estado. La historia evidencia la fragilidad del sistema constitucional, que las reformas las realizan quienes están en el poder y que su defecto más resaltante estriba en cómo se aplican.

 

La historia de las modificaciones a las constituciones dominicanas es muy movida. Desde la primera, en 1844, hemos tenido 35 constituciones, incluyendo la última, del año 1994. Ello parecería indicar que hemos sufrido de una gran inestabilidad institucional en los 150 años de vida de la República. Ciertamente, el país ha vivido de crisis en crisis. Largas dictaduras y cortos gobiernos realmente constitucionales. Muchas asonadas, golpes de estado, revoluciones, han jalonado nuestro devenir como nación independiente.

 

Pero esa inestabilidad parece ser mayor si consideramos que cada vez que el país hace un cambio a su constitución, revoca la anterior y dicta una nueva, aunque el cambio haya sido pequeño e intrascendente.

 

Las constituciones escritas contienen los mecanismos para su propia modificación. Estos varían según la Nación o la época, pero se pueden dividir en dos grupos: las modificaciones hechas por los propios órganos constitucionales creados en al misma, o las modificaciones introducidas a través de decisiones populares, reguladas o en el texto que se va a modificar. Entre las primeras están la mayoría de las modificaciones constitucionales del mundo, incluyendo el caso dominicano, y en ellas se establece que son las Cámaras Legislativa existentes, las que, reunidas en Asamblea Nacional, realizan la modificación.

 

El otro sistema menos usado, es el del plesbicito, referendum o de la asamblea constituyente elegida por voto directo de los ciudadanos, que una vez realizada la modificación, desaparece automáticamente. Se han dado otros casos, donde a raíz de un golpe de estado, se anula la constitución vigente y el nuevo Poder Ejecutivo proclama la vigencia de una constitución anterior y convoca una asamblea para que proclamen una nueva. Podría decirse que este último sistema es una modificación no constitucional, puesto que un hecho violento, ilegal, ha abrogado el texto anterior y ha creado uno nuevo, sin usar los mecanismos que aquel preestablecía, cercenando la continuidad institucional del país.

 

Establecida la República Dominicana, la Primera Constitución, dictada en Noviembre de 1844 en San Cristóbal, dispuso como fórmula para la modificación de la misma, que la iniciativa saliese del Tribunado que era de los dos cuerpos co-legislativos y sería entonces conocida por ambas cámaras (la otra se llamaba Consejo Conservador) reunida como Congreso Nacional, quien aprobara las modificaciones. En  ambos casos necesitaba el voto favorable de dos tercios de los miembros. Como se nota, este sistema es parecido al que tenía la Constitución haitiana dictada el año anterior.

 

A partir de ahí, en las subsiguientes constituciones que se han dictado en nuestro país, el método de modificación ha variado, pero siempre en uno de estos sistemas: a) Modificación por el congreso vigente; b) modificación por una Asamblea Constituyente electa por voto de los colegios electorales, es decir por vía indirecta y c) Elección de una asamblea constituyente elegida expresamente mediante elección directa del pueblo.

 

Por supuesto hubo otra forma de cambio constitucional, que fue la proclamación de puesta en vigor de una Constitución anterior, como consecuencia del desconocimiento de la vigente por un gobierno surgido de un golpe de estado. Ese fue el caso en septiembre de 1858, cuando el general Pedro Santana desconoció la Constitución de Moca dictada en febrero de ese mismo año y puso en vigor la anterior, es decir, la del año 1854.

 

Generalmente los dictadores (Santana y Báez principalmente) al asumir el poder a través de una asonada o revolución, derogaban la constitución vigente ya que era muy liberal para sus propósitos, y ponían en vigor una anterior que se acomodara a sus intereses, que usualmente era la Constitución de 1854, la cual tenía un poder Ejecutivo muy poderoso, Congreso débil y elecciones indirectas con muchas trabas para ser elector. De ese modo establecían el gobierno a su gusto, que duraba hasta que su contrincante lo derrocaba y se ponía en vigor la constitución que más convenía al nuevo gobernante.

 

Como el país siempre ha tenido el ropaje de democracia representativa, ningún gobernante ha pensado actuar sin constitución. Se pone en vigor la anterior que les acomoda, o promulgan una nueva a su gusto. Siempre hemos tenido una constitución, aunque en muchos casos, los propios gobernantes han sido los primeros en violarla.

 

El concepto de “gobierno constitucional” está muy arraigado en nuestro sistema político, aunque sea sólo un capote para esconder las actuaciones dictatoriales de los gobernantes y el caso de Rafael L. Trujillo ha sido el más evidente. Durante los 31 años de gobierno directo a través de un Presidente títere, se dictaron siete constituciones, todas de corte aparentemente liberal y democrática, pero bien se sabe cuál era la realidad nacional durante ese período.

Veamos ahora, en pocas líneas, la historia de los mecanismos de reforma de nuestra constitución, a través de los 150 años de la vida republicana de los dominicanos.

 

Durante la Primera República (año 1844 a 1861), se utilizó el método de reforma a través del propio congreso Nacional, con la especificación, en la Constitución del año 1854, que la misma no podía ser modificada sino pasado un período de 10 años, salvo si la propuesta provenía del Poder Ejecutivo. La Constitución de Moca, del año 1858, consideraba como una de las más liberales del país, dispuso que la podía modificar el Congreso Nacional, pero en tres sesiones consecutivas.

 Después de la anexión, en el período de la Segunda República, la constitución se modificaba a través del propio Congreso Nacional, que a veces era bicameral y en ocasiones unicamerales como en el caso de la del año 1875.

Este fue un año muy agitado en la vida política del pueblo dominicano, donde los grandes líderes conservadores instauraron largas dictaduras, como lo fueron los gobiernos de Báez y Heureaux, y con cortos períodos constitucionales como los de Luperón y Espaillat. En ese período, desde1865 a 1869, o sea en treinticuatro años, se realizaron trece modificaciones constitucionales.

 

En el presente siglo XX, las cosas empezaron a cambiar. La primera constitución de esta centuria, dictada luego de la caída de la dictadura de Heureaux, en 1907, estableció por primera vez que la Constitución se modificaba a través de una Asamblea Constituyente elegida ad-hoc por el voto popular.

Pero en este primer caso, ese voto era indirecto, ya que quienes elegían los componentes de esa Asamblea Constituyente eran los miembros de los colegios electorales, escogidos a su vez por voto directo, a razón de dos por cada provincia. Al año siguiente, la Constitución fue modificada y en la misma se estableció que los miembros de la Asamblea Constituyente eran elegidos por voto directo en elecciones populares.

 

Este sistema continuó en vigor en las constituciones de los años 1924, 1927, 1934, 1942, 1947 y 1955. Por supuesto, sabemos que en la elección es para constituyentes celebradas durante la Era de Trujillo, había un solo candidato para cada representante y lógicamente esos eventos fueron meras farsas.

 

En la modificación realizada en el año 1959, se cambió el sistema mencionado arriba, volviéndose al que disponía que la Constitución la modifican las propias Cámaras Legislativas, reunidas en sesión conjunta bajo el nombre de Asamblea Nacional.

 

En la Constitución de año 1962, primera dictada después de la caída de la dictadura de Trujillo, se estableció que tan pronto se eligiera el nuevo gobierno previsto para tomar posesión en febrero de 1963, los diputados electos se convertirían en miembros de la Asamblea Revisora para dictar una nueva constitución.

 

Esa fue la constitución de abril de 1963 dictada durante el gobierno de Juan Bosh. Esa Constitución volvió a establecer el sistema mediante el cual las realizan las cámaras legislativas reunidas en Asamblea Nacional, método que fue repetido en la Constitución de agosto de 1966 y en la modificación de agosto de 1994, que es el texto que nos rige hoy.

 

Este corto historial, nos demuestra las diversas formas, directas e indirectas, en que el pueblo dominicano ha modificado su carta magna a través de los 150 años de su existencia como nación.

 

La tendencia moderna es que para modificar la Constitución, no sólo deben ser aprobadas las enmiendas por las cámaras legislativas, sino que el pueblo mismo, en forma directa, debe dar su decisión final mediante un referndum.

 

Ha sido una constante en nuestra historia republicana, que la Constitución, cuando ha sido modificada, lo ha sido para la conveniencia del partido o grupo que está en el poder, o para dar visos de legalidad a un golpe de estado o asonada militar. Salvo quizás, la Constitución de Moca, no se han hecho cambios de índole ideológicos o modernizantes.

Y aún así, la propia Constitución de Moca, con su proyecto de crear una especie de federación regional en el país, influidos por el federalismo norteamericano, obedeció al interés del grupo económico cibaeño opuesto a la política fiscal de Buenaventura Báez que lo afectaba.

 

La constitución de 1963 puede ser considerada como innovadora, pero también ella fue la expresión de la ideología política del partido que ganó abrumadoramente las elecciones meses antes. Fue elaborada y proclamada precisamente por los diputados electos en esos comicios, donde el partido triunfador obtuvo más del 66% de la composición de esa Cámara y quienes, por ende, pudieron sin dificultad imponer su proyecto.

 

Lo mismo ocurrió en 1966, cuando la constitución fue modificada por los diputados electos en junio de ese año, donde el partido triunfador llenó el 64% de las curules para dicha Cámara que actuó como asamblea constituyente.

 

La más reciente modificación, realizada como premura, en tres días de agosto del presente año 1994, tras el llamado “Pacto de la Democracia” es precisamente la prueba de la fragilidad de nuestro sistema constitucional. Fue producto de un consenso puramente político entre los tres partidos que más votos lograron en las elecciones de mayo de este año y sirvió para desactivar la crisis resultante del fraude electoral que se evidenció en esos comicios Pero teniendo nuestra Constitución tantos puntos donde es necesario modernizarla, lo que se hizo fue un remiendo circunstancial.

 

Como se ha visto, uno de los defectos de nuestro sistema constitucional es que las reformas las realizan siempre quienes están en el poder. No se han realizado los cambios a través de consultas directas con la ciudadanía, como ocurre cuando la Constitución se modifica a través de un referéndum, plebiscito, o a través de algún grupo representativo de los sectores mas destacados de la Nación.

 

El plebiscito, o el referéndum, son las formas más directas y democráticas de dictar o modificar una constitución. A través de esos mecanismos, se somete al pueblo el proyecto de modificación, para que opine sobre los cambios. En algunos casos se somete el proyecto ya aprobado por el Congreso, como en el caso de España.

Otras veces se somete directamente, punto por punto, para que los ciudadanos opinen separadamente sobre cada propuesta. Esta última forma es la que existe en Puerto Rico, donde recientemente el Poder Ejecutivo sometió dos enmiendas a la opinión directa del pueblo a través del plebiscito, siendo, por cierto, rechazadas ambas.

 

El otro sistema parecido al plebiscito y al referéndum, es la convención constituyente, mediante la cual las personas que habrán de elaborar la modificación son elegidas por los ciudadanos en comicios directos. En nuestro país esto se practicó en 1942 cuando la Constitución de ese año fue dictada por los diputados de un Congreso Constituyente elegido expresamente para ese único fin.

 

Pensamos que por las razones señaladas en este trabajo, nuestra vida institucional carece de bases sólidas, nuestro pueblo no tiene admiración por su Constitución porque no la ve como cosa propia, que sale de sus entrañas ni va dirigida a protegerlo. Por el contrario, se ve como el instrumento de un líder o grupo político para gobernar según sus pareceres y planes políticos.

 

Las reformas, como son tan fáciles de introducir, también se ven como mecanismos para resolver crisis momentáneas y coyunturales, no para mejorar el ambiente político nacional, afianzar los derechos de los ciudadanos, protegerlo del capricho de sus gobernantes y darle estabilidad a la Nación.

 

El defecto más importante de nuestras constituciones, no estriba realmente en sus disposiciones, sino como estas se aplican, y como las mismas se cambian por necesidades o caprichos momentáneos de quienes detentan el poder. Hasta que esto no se cambie, hasta que la constitución se vea como un instrumento protector del pueblo y a hechura suya, no habrá progresado mucho la vida institucional del pueblo dominicano.

  La Constitución de un pueblo, debe ser la carta que asegura la estabilidad de sus instituciones políticas, que lo protege contra el abuso y la arbitrariedad de sus gobernantes, que le ofrezca los mecanismos para salvaguardar su libertad y derechos y que le provea la fórmula para su mejoría individual y colectiva.

 Si la Constitución no cumple con esto, si se usa sólo para explotarlo, si sus mecanismos se tergiversan para abusar del ciudadano, si el gobernante la utiliza para su propio acomodo y perpetuación, si la propia constitución no tiene mecanismo eficaz para esa protección, no puede esperarse que un pueblo la apoye y la respete. La constante vigilancia ciudadana y de los medios de expresión popular, son la mejor manera de irnos acostumbrado a que se respete nuestra Constitución.

 

Que los mecanismos que ella establece para protección ciudadana se utilicen cada vez que sea necesario, que no haya temor o displicencia en usar de sus recursos, de modo de crear en la conciencia ciudadana el convencimiento de que tiene a su disposición elementos que le permitan usar esos mecanismos, y que los gobernantes que la intente violar sepan que se enfrentan a personas o grupos que no se conformarán con sólo criticar esa actitud, sino que se adelantan a buscar la defensa de la institucionalidad y la sanción a quienes la desconocen.

  

33 constituyentes promulgaron primera Constitución

 

Los primeros constituyentes que por presión del dictador Pedro Santana promulgaron la primera Constitución de la República el 6 de Noviembre de 1844 en San Cristóbal suman 33, entre quienes están las célebres personas históricos Jesús  Ayala por la provincia anfitriona, Buenaventura Báez, diputado por Azua, y Manuel María Valencia, por Santo Domingo.

 

Los demás diputados que hicieron el quórum para la elaboración de nuestra primogénita Carta Magna Fueron:

 

      Antonio Gutiérrez, Semaná

      Ruíz, Hacto Mayor

      Bernardo Aybar, Neiba

      Antonio Jiménez, Bánica

      Casimiro Jiménez, Bánica

      Casimiro Cordero, La Vega

      Domingo A. Solano, Santiago

      Domingo de la Rocha, Santo Domingo

      Facundo Santana, Los Llanos

      Fernando Salcedo, Moca

      José Tejera Perdomo, Puerto Plata

      José María Medrano, San Pedro de Macorís

      José Valverde, Cotuí

      Juan A. Andújar, Cahobar

      Juan Reynoso, La Vega

      Juan de Acosta, El Seibo

      Juan Rijo, Higuey

      Juan López, San Juan de la Maguana de las Matas

      Jesús Ayala, San Cristóbal

      Juan A. de los Santos, San Juan de la Maguana

      Juan Nepomuceno Tejera, San Rafael

      Julián de Aponte, El Seibo

      Manuel González, Monte Plata de Boyá

      Manuel Abréu, Montecristi

      Manuel Díaz, Dajabón

      M. R. Castellanos, Santiago

      Santiago Suero, Las Matas

      Vicente Mancebo, Azua

      José M. Caminero, Secretario de Santo Domingo

      Juan Franco Bidó, Secretario por Santiago

La República cuando cumple 100 años de vida independiente

 

El 27  de febrero de 1944. El primer centenario de la fundación de la República culminó hoy con una apoteósica celebración que encabezó el Presidente Rafael Trujillo.

 

Trujillo inauguró el Atla de la Patria que servirá de tumba definitiva a los restos de Duarte, Sánchez y Mella, y dijo que “la República que ellos fundaron, al cumplir su primer siglo de existencia, orgullosa de su pasado, y confiaba en su porvenir, se ha dado cita ante éste que será sagrado monumento de la gratitud nacional”.

 

Los actos conmemorativos se iniciaron el pasado día 22, con la inauguración del aeropuerto General Andrews, e incluyeron paradas y ejercicios militares, desfiles y actos públicos.

 

Delegaciones extranjeras asistieron a las celebraciones. Llamó poderosamente la atención la presencia de una delegación de la Unión Soviética en los actos.

 

En esta fecha los restos de Duarte, Sánchez y Mella fueron trasladados de la catedral Santa María la Menor, donde habían permanecido en capilla ardiente desde su exhumación el pasado día 23, hasta el Altar de la Patria, su tumba definitiva.

 

A la hora en que se lanzó el grito de Libertad, hace cien años, se celebró una misa en el Altar de la Patria, oficiada por monseñor Beltrami, quien leyó un mensaje de su Santidad el Papa.

 

1 de marzo. Fue colocada en esta fecha la piedra fundamental del Faro a Colón, en ocasión de celebrarse los actos conmemorativos del Centenario de la República. En el acto pronunció un discurso el presidente de la Unión Panamericana, doctor Padre de Alba.

 17 de julio. Tal como había prometido el día anterior, en ocasión de celebrarse un nuevo aniversario de la fundación de la sociedad patriótica “La Trinitaria”, el presidente Trujillo imparte órdenes para la construcción del barrio de Mejoramiento Social en los terrenos hasta entonces ocupados por los moradores de los barrios de Galindo, Galindo y La Ciénega.

Al día siguiente, el Estado Dominicano, representado por Secretario de Estado del Tesoro y Crédito Público licenciado Jesús María Troncoso Sánchez, suscribió con el representante de The Royal Bank of Canada un contrato para la compra de los terrenos necesarios para la construcción del Barrio.

1 de marzo. Como parte de los actos conmemorativos del centenario de la República, en la colonia agrícola de Sosúa, Puerto Plata, fue inaurado el parque “Independencia”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Conclusión

 

157 años después,

 

Reafirmamos nuestros apegos inquebrantables a la Constitución.

 

157 años después

 

Se mantiene la libertad y la democracia en el marco de la Constitución que hemos sustentado con la lucha y la sangre de nuestro pueblo.

 

157 años después

 

El país se mantiene en convivencia organizada sujeto al funcionamiento de los tres poderes del Estado cuyas responsabilidades fueron claramente definidas en la Constitución de la República por eso somos... SOLDADOS DE LA DEMOCRACIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación

Numero:

7

Materia:

Historia

Tema:

El Nacionalismo

Fecha de entrega:

Miércoles 28 de febrero del 2001

Bibliografia

Enciclopedia Hispánica

Macropedia:Volumen 4

página 257 hasta 258

El Siglo

16 de Noviembre de 1998

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