Moisés

Teología. Vida. Cesta. Nilo. Faraón. Pueblo. Fe. Dios. Aarón. Plaga. Liberación. Mar Rojo. Monte Sinaí. Puertas de Canaán. Serpiente de bronce

  • Enviado por: Oga
  • Idioma: castellano
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Hace ya unos quinientos años que en Egipto mandaba un faraón nuevo. Los israelitas eran ya tantos, que el faraón tuvo miedo de que llegaran a dominar Egipto, ya que eran un pueblo más numeroso y fuerte. Por eso, les esclavizó y les obligó a trabajar en los trabajos más agotadores. Además, para que no fueran en aumento, mandó a las parteras matar a todos los niños israelitas recién nacidos, pero éstas no lo hicieron y Dios las premió concediéndoles numerosa descendencia. Entonces, el faraón dio a su pueblo la orden de echar al río todo niño que naciera.

Uno de esos niños fue Moisés, que se salvó porque su madre lo tuvo escondido durante tres meses y al no poder ocultarlo por más tiempo, le dejó en una cestita flotando sobre el río Nilo. Por casualidad -o porque Dios lo quiso- la hija del Faraón, recogió a Moisés de las aguas del Nilo, creciendo los dos juntos como hermanos, si bien ella era de creencias totalmente egipcias y maltrataba a los esclavos, Moisés respetaba a todo el mundo, incluidos los esclavos.

Ya de joven, Moisés vio cómo sufría su pueblo y cómo pedían al Señor que les liberara. En cierta ocasión, Moisés vio cómo un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. Creyendo que nadie le veía, mató al egipcio y lo escondió en la arena. El faraón se entera y busca a Moisés para matarle; pero él huye al país de Madián, donde se casa y tiene un hijo. Durante el largo periodo que Moisés pasó en el país de Madián, murió el Rey de Egipto.

Un día, mientras paseaba al rebaño de ovejas de su suegro, se le aparece Dios a Moisés en forma de zarza ardiendo y le ordena que saque a su pueblo de Egipto. Moisés le dice que el pueblo no creerá que se le ha aparecido, y entonces Dios le propone que muestre algunos milagros como convertir un cayado en serpiente, o su carne sana en leprosa, y si aún así no le creen, tomando agua del Río, convirtiéndose en sangre en el suelo. Moisés replica diciendo que no tiene facilidad de palabra, pero Dios contesta que la misión la ha de llevar a cabo junto a su hermano Aarón y que Él les enseñará lo que han de hacer.

Moisés toma a su mujer e hijo y, sobre un asno, vuelve a Egipto donde ha de encontrarse con Aarón. Una vez juntos, reunieron a todos los ancianos de los israelitas y el pueblo creyó, gracias a las palabras de Aarón inspiradas por Dios y las señales de Moisés.

Después se presentan ante el Faraón ordenándole que libere al pueblo judío, pero la respuesta del Faraón es negarse y multiplicar el trabajo del pueblo. Esto hace que Moisés no entienda para qué ha sido enviado si desde que ha hablado con el faraón han empeorado las cosas.

Otra vez, Moisés y Aarón fueron con el faraón e hicieron lo que Dios les había mandado: Aarón echó su cayado delante del faraón y se convirtió en serpiente. El faraón llamó a los sabios y hechiceros que hicieron lo mismo: convirtieron una vara en serpiente, pero el cayado de Aarón devoró sus varas. El faraón es duro de corazón y los echa.

Después, Dios les ordena que vuelvan a intentarlo, esta vez alzando el cayado sobre las aguas del río y haciendo que éstas se conviertan en sangre. Los magos de Egipto hicieron lo mismo y otra vez, el faraón se niega a escucharlos. Esta plaga contra Egipto provoca la destrucción de cosechas, enfermedades y muertes.

Otra vez, se dirigen Moisés y Aarón al faraón y le dicen que si se niega a dejar partir al pueblo hebreo, Dios infestará de ranas todo el país. Aarón extendió su mano con el cayado sobre los canales, ríos y lagunas y subieron las ranas sobre la tierra de Egipto. Al ver esto, el faraón les dice que si paran esta plaga, él dejará libre al pueblo hebreo, pero una vez muertas todas las ranas, el faraón no cumplió su palabra y siguió sin escucharles.

Moisés y Aarón son llevados de nuevo ante la presencia del Faraón, repitiéndose la misma historia. Moisés ordena que liberen al pueblo, el Faraón sigue sin escuchar, desatándose una nueva plaga. Aarón extiende su mano con el cayado sobre el polvo de la tierra y todo se llena de mosquitos. Ni los magos pudieron hacer nada para impedirlo.

En otro intento, Moisés le pide al faraón que libere a su pueblo y al ver que éste no le escucha, envía tábanos a que lo invaden todo. El faraón asustado dice que si Moisés le pide a Dios que aleje los tábanos, él dejará libre al pueblo, pero una vez más, no lo cumple.

La siguiente plaga fue la de la muerte del ganado. Moisés advierte al faraón de que la mano de Dios caerá sobre el ganado de Israel. Así lo cumple, muere todo el ganado de los egipcios y ni uno sólo de los israelitas.

Después, se van sucediendo más plagas a causa de la negativa del faraón a dejar libre a su pueblo. Estas plagas son la de las úlceras, en que Moisés lanza hacia el cielo dos puñados de hollín de horno, que se convertirá en polvo fino y formará erupciones en hombres y ganados en todas las tierras de Egipto.

La siguiente plaga, la de la granizada, en la que Dios hace llover una gran granizada en Egipto. Esta vez parece que el faraón está dispuesto a dejar libre al pueblo si Dios hace cesar el granizo, pero el faraón vuelve a pecar.

La octava plaga fue la de las langostas. Moisés extendió su mano sobre la tierra de Egipto y ésta se cubrió de langostas, que se comieron los árboles y causaron grandes pérdidas. El faraón tampoco cedió.

En la última plaga, Dios hizo que durante tres día, el pueblo de Egipto estuviera cubierto de densas tinieblas, mientras que los israelitas tenían luz en sus moradas. El faraón echa a Moisés diciéndole que como le vuelva a ver le matará.

Hicieron un último intento, y Dios dice que morirá en Egipto todo primogénito. Sucedió y hubo gran alarido ya que no hubo casa donde no hubiera un muerto. Finalmente el pueblo egipcio no puede soportar las plagas y el Faraón consiente en liberarlo.

Los israelitas pidieron a los egipcios objetos de plata, de oro y vestidos. Dios hizo que el pueblo se ganara el favor de los egipcios, los cuales se los prestaron. Una vez despojaron a los egipcios, los israelitas partieron.

Dios da a Moisés y Aarón normas sobre la pascua, que todos los israelitas cumplieron. También ordenó a Moisés consagrarle a todo primogénito.

En el camino, Dios iba delante de ellos, de día en columna de nube para guiarlos, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos.

Moises había conducido al pueblo de Israel al Mar Rojo, y se encuentran con que el Faraón se ha arrepentido y viene con sus carros persiguiéndoles. El pueblo desesperado echa en cara a Moisés el que los haya llevado a esa encrucijada y de repente surge una enorme columna de fuego que los detiene, y a continuación, Moisés se introduce en las aguas del Mar Rojo y alza su cayado, recordando el mensaje divino de

ser asistido y realizar sus proezas con el cayado. Moisés descarga la fuerza del cayado sobre las aguas, que al instante se levantan hacia el cielo, formando un terrorífico y estrecho pasillo formado por paredes de agua altísimas, por donde se mete todo el pueblo hebreo. Cuando los egipcios se hallan cerca a punto de alcanzarlos, Moisés levanta su cayado y las aguas empiezan a caer sobre los egipcios cerrando el paso y matando a todos los egipcios. Luego, todos cantaron un canto dando gracias al Señor.

Por fin eran libres de la esclavitud egipcia, pero aún les quedaban cuarenta años para llegar a la tierra prometida por Dios. Sufrieron muchas penalidades y Dios siempre les ayudó. En una ocasión protestaron porque no tenían agua; Moisés golpeó una roca con su bastón y brotó agua de la roca. Protestaron porque no tenían qué comer, y Dios les envió el maná -bolitas menudas y de sabor dulce-; y en cierta ocasión les mandó una bandada de codornices.

Se detuvieron al pie del Monte Sinaí y allí con letras de fuego que aparecen en el cielo entre tremendas explosiones, va viendo cada uno de los Diez Mandamientos y con sus propias manos, los va escribiendo sobre la pared de roca y después el fuego de Dios recorta las tablas que Moisés recoge y baja con ellas al campamento hebreo que, mientras tanto, han construido un becerro de oro y se han dedicado a realizar todo tipo de orgías y abusos. Moisés les dice que se acerquen a él los que quieran seguir a Dios y les arroja las tablas, pereciendo los hebreos en medio de truenos y relámpagos.

Y Dios repitió su promesa y Alianza con el pueblo: Si no adoraban a otros falsos dioses y cumplían sus mandamientos, Él, el Señor, sería su amigo y protector. El pueblo prometió cumplir esta Alianza; Aunque en muchísimas ocasiones no la cumplió.

Con el tiempo, llegaron a las puertas de Canaán. Antes de entrar en la tierra prometida, Moisés -por orden del Señor- envió unos cuantos hombres para que la exploraran y les contaran luego lo que habían visto.

Al cabo de cuarenta días regresaron los exploradores, trayendo un gran racimo de uvas, granadas e higos. Con esto demostraban que era una tierra riquísima, que daba abundantes y sabrosos frutos. Pero refirieron que los pueblos que la habitaban eran muy fuertes, mucho más fuertes que ellos, y que nunca podrían vencerlos.

Al oírlo, el pueblo empezó a llorar a gritos y a quejarse de Moisés y de su hermano Aarón diciendo que tenían que elegir un jefe y volver a Egipto antes que morir a manos de esos pueblos. Moisés y Aarón intentaron convencerles de que Dios no les abandonaría; Pero el pueblo, furioso, quiso matarlos a los dos.

Dios se enfadó y quiso acabar con ellos; pero Moisés le dijo para calmarle que no se enfadara y acabara con su pueblo, porque, si lo hacía, todas las naciones se burlarían diciendo que “el Señor no ha podido cumplir su promesa de llevarnos a una nueva tierra y por eso ha hecho morir a su pueblo en el desierto”.

Dios les perdonó; pero les castigó a no ser ellos los que entraran en Canaán sino sus descendientes.

Muere Aarón y el pueblo llora durante tres días. Los israelitas empiezan a protestar contra Dios y Moisés diciendo que no entienden por qué les sacaron de egipto para tener que pasar hambre y sed, y morir en el desierto.

El pueblo israelita había prometido en el Monte Sinaí cumplir la alianza con el Señor: Él les ayudaría si le adoraban sólo a Él. Con tantas quejas de los israelitas, Dios se disgustó mucho porque vio que no confiaban en Él.

El Señor mandó contra el pueblo serpientes que mordieron y mataron a muchos; Esto hace que los israelitas se den cuenta de que han pecado y piden a Moisés que le pida a Dios que aleje las serpientes.

Hizo Moisés lo que pedía el pueblo y Dios le dice a Moisés que haga una serpiente de bronce y la coloque en lo alto de un palo, los que la miren quedaran curados de la mordedura de serpiente.