Liberación animal; Peter Singer

Corrientes filosóficas. Defensa derechos animales. Maltratos. Principio utilitarista Bentham

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Apuntes Sobre "Liberación Animal" de Peter Singer
Por Nasbly Neira

En las últimas décadas se ha desarrollado una poderosa corriente ético-filosófica, cuya característica principal es asumir la defensa de los derechos de los animales no humanos. Quizás en nuestro país "más bien alejado de los grandes debates académicos y morales" la sola mención de un tema de este tipo suene más a broma que como tema de artículo con pretensiones de seriedad. Sin embargo, y a pesar de esto último, esta corriente ha tenido gran auge en países como Estados Unidos, donde uno de los principales temas filosóficos hoy en día son precisamente los derechos animales.

El punto de partida de este tema estuvo dado por la publicación, hace ya más de 25 años, de Liberación Animal; del pensador australiano Peter Singer, uno de los filósofos morales más reputados en el país del norte. Este libro ha sido llamado la "Biblia del Movimiento de Liberación Animal" y su influencia en un buen número de países ha sido amplísima.

En este artículo analizaremos las posturas y presupuestos de Singer respecto de los derechos animales, estudiando los fundamentos de la visión del australiano. En segundo término, veremos la validez de los postulados de Singer (valga señalar que el autor no habla propiamente de "derechos" animales, aunque sus postulados apuntan en dicha dirección, como es posible apreciar).

La premisa fundamental desde la que Singer inicia su investigación es que todos los animales son iguales. De hecho, el primer capítulo del libro se titula "Todos los animales son iguales... o Por qué el principio ético que fundamenta la igualdad entre los humanos exige que también extendamos la igualdad a los animales". Singer desarrolla en este capítulo la siguiente tesis: si los animales sienten dolor, ese dolor es en verdad tan respetable como el de cualquier otro ser vivo, incluyendo desde luego a los propios humanos. No cabe hacer ninguna diferencia entre el dolor que pueda sentir un ser humano con el dolor que pueda sentir un perro o un ratón, en lo que a intensidad se refiere. Si efectivamente hiciésemos una distinción en este punto caeríamos en especismo: sostener, sin fundamento razonable alguno, que nuestra propia especie es superior a cualquier otro tipo de animal.

Singer introduce aquí una interesante analogía, según la cual el especismo, esencialmente, es idéntico al sexismo y al racismo. Por ello, la liberación animal no es en verdad mucho más que el paso que necesariamente debe seguir a la liberación femenina y al término de la esclavitud y de las discriminaciones raciales. Hasta hace no mucho tiempo, las mujeres sufrían graves discriminaciones y sus derechos eran, comparativamente, mucho menores que actualmente. Para acabar con esa situación se desarrolló el movimiento de liberación femenina, que exigió igualdad de derechos y fin a la discriminación. Objetivos que, al menos de modo importante, fueron cumplidos: hoy las mujeres tienen en el mundo occidental oportunidades similares a las de los hombres, y son pocos los que afirman en nuestro tiempo que son "seres inferiores".

Por otro lado, había también hasta hace no mucho tiempo una grave situación de discriminación para con humanos de características determinadas, como los negros. Hoy, esa situación también ha mejorado sustancialmente.

Falta, sin embargo, la liberación animal. En la actualidad, los animales son gravemente maltratados por una multitud de causas, infringiéndoles dolores muy intensos y extensos en el tiempo. Entre los motivos más importantes de este último hecho podemos nombrar la experimentación científica y la alimentación. ¿Hay alguna razón plausible que nos permita provocar dolor a los animales para obtener determinados fines, por elevados que éstos sean? Ello, desde luego, equivale a considerar a los animales como meros medios, cuestión que, a todas luces, no estamos dispuestos a hacer con otros hombres, seres semejantes a nosotros, a quienes consideramos "con Kant"como fines en sí mismos y nunca como medios. Para Singer, esto es una palmaria muestra de especismo: estamos perfectamente dispuestos a tratar a los animales como medios, pero en ningún caso a los propios hombres. Establecemos privilegios para nuestra propia especie pero no pensamos ni estamos dispuestos a extenderlos a otras. Aquí radica la similitud fundamental que hay, según Singer, entre el especismo, el sexismo y el racismo.

Sin embargo, según el pensador australiano no hay razón alguna para establecer esa distinción, ya que ella está basada en una falsa premisa: que podamos, efectivamente, probar que los hombres seamos esencialmente distintos a los animales.

Antes de explicar este punto más detalladamente, señalemos que Singer se inscribe, con toda propiedad, en la tradición de la ética utilitarista fundada por el pensador inglés Jeremías Bentham (siglo XVIII), quien fue el primer filósofo en exponer explícitamente el principio ético según el cual la bondad o maldad de los actos sólo deben ser medidas en relación a la utilidad que esos mismos actos reporten. No hay, en consecuencia, actos buenos o malos en sí mismos: cualquier acto puede ser bueno o malo dependiendo de las consecuencias que de él se deriven. Ahora bien, ¿cómo medir de modo más o menos exacto esa bondad o maldad? Para Bentham la respuesta a esta pregunta era muy "quizás demasiado"sencilla: el placer y el dolor son los parámetros según los cuales podemos medir bondad y maldad. El principio ético es, entonces, evidente: debemos hacer todo aquello que nos aumente las cuotas de placer y que nos permita reducir los niveles de dolor. Stuart Mill desarrolló más ampliamente esta tesis durante el siglo XIX, y Singer es uno de los más importantes exponentes de esta misma corriente.

En efecto, si lo que realmente importa es aumentar el placer y evitar el dolor "cuestiones eminentemente materiales", no existe motivo para marginar arbitrariamente a los animales de los beneficios que este principio ético podría reportarles. Si este principio es tan beneficioso, ¿por qué no extenderlo en vez de mantenerlo restringido puramente al ámbito humano? Los animales son, evidentemente, tan capaces de sentir dolor como los hombres. El imperativo ético los alcanza también a ellos. Por esto, dice Singer, es necesario tomar en serio el tema: los hombres provocamos mucho dolor en los animales. Al respecto, Singer realiza fuertes descripciones sobre el funcionamiento de la industria alimenticia y sobre el tratamiento que reciben los animales antes de convertirse en alimento.

Para Singer no es posible realizar una distinción esencial entre hombres y animales. Es en este punto un muy buen discípulo de Bentham. Como el pensador inglés, Singer cree que lo único que debemos considerar es la capacidad de sentir dolor: si el animal puede sentir dolor, entonces el principio utilitarista también sería aplicable a él. Toda otra consideración pasa así a segundo plano, y el principio benthamiano es llevado a su extremo. El autor reconoce claramente esto último al señalar que "las conclusiones defendidas en este libro se desprenden exclusivamente del principio de minimizar el sufrimiento".

¿Qué problemas presenta la postura de Singer? ¿Es válido lo que señala? ¿Debemos seguirlo y revolucionar los hábitos alimenticios de la humanidad toda en busca de minimizar el sufrimiento animal? ¿O debemos seguir provocando dolor en seres tan capaces de sentirlo como nosotros?

Singer comete un error no poco grave en el punto de partida, que compromete sus conclusiones, cual es la concepción puramente material del hombre. Peter Singer dice que "el dolor y el sufrimiento son malos en sí mismos y deben evitarse o minimizarse, al margen de la raza, el sexo o la especie del ser que sufre". Esa es la premisa: el dolor es intrínsecamente malo, y debemos hacer todo lo posible por evitarlo. El esfuerzo filosófico que habría que realizar para comprobar esta premisa excede con mucho al realizado por Singer y sus antecesores, Bentham y John Stuart Mill. Afirmar lo que Singer equivale a considerar al ser humano como un ser incapaz de perseguir fines que trasciendan el plano meramente material. Si eso fuera cierto, estamos de acuerdo con Singer: quedamos igualados con los animales, puesto que somos esencialmente similares.

Sin embargo Singer no prueba esa tesis. Muy por el contrario, la da por sentada.

La premisa parece ser falsa por varias razones. De partida, la propia experiencia nos demuestra que los hombres somos perfectamente capaces de perseguir fines no materiales. Y en esa búsqueda estamos dispuestos a sufrir y a sentir dolor. El padre que se levanta al alba todas las mañanas o la madre que pasa la noche junto a su hijo enfermo no sienten, propiamente hablando, placer. Pueden experimentar también, voluntariamente, dolor si es que con ello pueden ayudar a sus hijos. Los ejemplos cotidianos y sencillos de esto último podrían multiplicarse hasta el infinito: la experiencia contradice a Bentham  y sus discípulos.

Si el hombre es capaz de perseguir fines que escapan a lo material, es necesariamente porque él mismo no es un ser puramente material. Y es este el punto en el que se derrumban las concepciones que nos proponen Bentham y Singer: si el hombre no es un ser que se reduzca a materia, nada de lo que dicen es válido. En el caso de Singer porque ya no seríamos esencialmente iguales a los animales. O, para que sí lo fuésemos, habría que probar que los animales pueden trascender su propia materia.

El asunto que Singer no se toma en serio "lo descarta como "argumento religioso"" es que los hombres no somos puramente materiales. En virtud de ello somos seres racionales y poseemos voluntad, facultades de las que carecen los animales. ¿Piensa un animal? ¿Es capaz de dirigirse voluntariamente hacia algún tipo de bien? Ya Pavlov comprobó que en algunos animales podemos hablar de reflejos condicionados, o sea de ciertas reacciones determinadas frente a ciertos estímulos. ¿Refleja esto racionalidad? No parece ser así, ya que el animal reaccionará siempre de la misma forma frente al estímulo, no tiene otra opción. Hay determinación, y por tanto no podemos hablar de voluntariedad por cuanto no hay en el animal una deliberación previa al actuar: el animal no se plantea la duda, el dilema: sólo actúa.

Pongamos un ejemplo para ilustrar la diferencia entre el comportamiento humano y el animal. Imaginemos que una persona está enferma y el médico le prohibe comer carne. Si a esa persona la sentamos frente a una mesa sobre la cual hay dos platos, uno de lechuga y otro de carne, puede obedecer o no el consejo médico: delibera, piensa antes de actuar. Probablemente escoja de todos modos comer la carne: no se aguanta. Pero definitivamente no está determinada a ello: puede hacer lo que desee. Eso es un acto racional y voluntario. Racional porque la persona delibera y voluntario puesto que es capaz de escoger una u otra opción. Y por esto es también un acto libre.

Imaginemos un caso semejante, pero con un perro: por más que intentemos explicarle al perro que no debe comer carne, éste siempre "salvo que medie coacción" escogerá la carne. Está determinado a ello, no hay libertad.

Por esto los animales no son sujetos morales: la condición de moralidad la da la propia libertad. Así, podemos decir que si la persona en cuestión decide comer carne pese al consejo del médico, probablemente esté cometiendo una inmoralidad. Ahora bien, ¿podemos decir que el perro es inmoral porque se niega a comer la lechuga? Evidentemente que no: afirmar que un acto es inmoral equivale a señalar que se pudo haber actuado de otro modo. Y el perro no puede actuar de otro modo.

Los animales no son sujetos morales puesto que no son libres. Los hombres somos libres y, en consecuencia, sujetos morales: podemos actuar bien o mal, podemos equivocarnos en nuestra deliberación y arrepentirnos. Tenemos, en fin, dignidad: somos naturalmente dignos. Nada de esto podemos decir de los animales.

Singer iguala ficticiamente a todos los animales, incluyendo desde luego a los hombres, pero no atiende a la misma definición de hombre: animal racional. Somos animales, ya que compartimos con todos los animales las facultades sensitivas, pero no sólo eso: somos también racionales. Es una diferencia cualitativa esencial que nos permite distinguir entre animales y humanos.

En todo caso, el hecho de establecer diferencias esenciales entre los hombres y el resto de los animales no resuelve uno de los problemas planteados por Singer: ¿podemos provocarle a los otros seres vivos cantidades indiscriminadas de dolor, como ocurre en las sociedades contemporáneas? Sin duda, en esto hay que ser prudentes: no parece lícito provocar dolor de modo injustificado a los animales. Es un tema en el que debemos poner atención. Pero ello no deriva, como pretende Singer, de una supuesta igualdad entre todos los seres sensibles.

La propuesta de Singer no carece de problemas. Su planteamiento es débil en su premisa utiltarista, por lo que sus conclusiones resultan particularmente dudosas. Con todo, la influencia de su argumentación ha sido sumamente importante. Parece relevante, entonces, conocer sus planteamientos y las consecuencias que ellos importan.