La Muerte

El Sentido de la Muerte. El Emblema de la Muerte. La Muerte Clínica. El Cuerpo en el Lecho de la Muerte. El Cuerpo en la Tumba. Las Muerte en el Arte y la Literatura

  • Enviado por: José Antonio Arjona Garzón
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 6 páginas
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La muerte

  • El sentido de la muerte

  • En el lenguaje humano no hay otra palabra más llena de tristeza. En ella se encierra todo lo que es aflicción, dolor, fin. Así como lo que es felicidad y plenitud parece que puede expresarse con la palabra vida. Son dos términos y dos realidades opuestas. El hombre anhela vivir, y con la misma fuerza aborrece la muerte. Y sin embargo, camina sin parar hacia la muerte. Puede decirse que muere lentamente, cada día, cada instante, un poco.

    El Génesis, el libro del origen de la vida, explica el origen de la muerte. El hombre había sido creado por Dios para la vida, jamás habría muerto sino que, una vez acabado el período de prueba en el cual debía merecer el premio eterno, sin ningún dolor, sin ruptura natural alguna, se habría juntado con Dios. Habría pasado de una felicidad grande y natural a la felicidad infinita y eterna. Pero el hombre pecó. Se separó del amor, perdió la gracia y los restantes dones de Dios, incluida la inmortalidad: "De todos los árboles del paraíso puedes comer, había dicho Dios, pero del árbol de la ciencia, del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás".

    La muerte radica en la naturaleza del hombre, pues consta de cuerpo y espíritu; como todas las cosas materiales está destinado a la corrupción, y por tanto a la separación del cuerpo y del espíritu. Pero el hombre es persona, y la persona no puede dejar de ser. La persona está destinada a una vida eterna, ya que la persona es espíritu, es incorruptible.

    Dios había satisfecho esta exigencia de la persona humana con el don de la inmortalidad; era un don incluido en el don todavía mayor de la gracia. Con el pecado, Adán perdió estos dones. Se hizo cuerpo y así también siguió él la trágica ley de la naturaleza que le condena a la muerte. Así como la gracia, en alas de la cual el hombre se aproxima a Dios, lo hacía siempre más persona, lanzándolo hacia inaccesibles metas de luz y de libertad, así el pecado lo arrastró hacia las cosas y lo hizo naturaleza, condenándolo a abismos de tinieblas y esclavitud.

    La muerte es la pena del pecado. Los hombres están condenados a la muerte, no por sus pecados personales, sino por el pecado original.

    La muerte es la separación del alma y del cuerpo. Éste, privado del principio vital, se descompone en los elementos que lo constituyen. Al fin del mundo, cuando Jesús vuelva para juzgar a las naciones y proclamar el triunfo definitivo del bien, será vivificado nuevamente y recibirá el premio que el hombre haya merecido.

    El alma, que tiene una subsistencia y una vida propia, cuando parta de este mundo, será juzgada según sus méritos, para alcanzar la herencia de la eterna bienaventuranza, si sus actos lo han merecido, o bien para ser encarcelada en el fuego eterno y atormentada, si a ello ha sido destinada por culpa de sus obras.

    La vida terrena es camino para la vida eterna. El hombre se dirige hacia un destino eterno de bien o de mal. Es necesario que entre ambas vidas un juicio establezca cuál sea el mérito de cada hombre. Un juicio de Dios, notificado al hombre, en el cual se contenga el valor de su vida y el destino que de él se deriva.

    No se puede diferir hasta el fin del mundo la consecución del fin: el hombre o ha merecido poseer a Dios, y, acabado el tiempo de merecer, sólo falta que lo posea; o ha merecido el castigo y sólo falta que le sea aplicado.

    El juicio particular pone fin a la vida del hombre y da principio a su destino eterno.

    El juicio particular es una exigencia de la persona. Por parte de Dios significa respeto a la personalidad del hombre. Dios lo ha creado persona. La persona es ante todo conciencia. Conciencia de sí y conciencia de su relación con Dios. El hombre, siendo libre, puede perturbar esa conciencia. Pero ahora, cuando empieza la eternidad, la persona quiere y debe entrar en ella con conciencia.

    Precisamente por eso el hombre no conoce el juicio divino sino a través de su conciencia. La conciencia, que le dictó lo que era bueno y lo que era malo, lo que está mandado o prohibido. Por ello es juzgado según las normas de su conciencia.

    La conciencia obliga al hombre, el cual según ella será juzgado, porque es la promulgación individual de la ley divina. El hombre no conoce la voluntad divina y la ley que su misma naturaleza le impone, sino a través de la conciencia. La conciencia es, pues, la voz de Dios y la voz de la naturaleza.

    La conciencia que fue el órgano de la ley de Dios, después de la muerte es el órgano del juicio de Dios. La conciencia sugería al hombre cómo debía obrar, comprobó como en realidad obraba y ahora manifiesta cuál es el fruto de dichas obras.

    El juicio divino se da a conocer a la conciencia, no por medio de una idea, sino tan sólo de una iluminación.

    La luz divina manifiesta las intenciones y muestra cuál ha sido la auténtica vida del hombre. En un instante el hombre revive todo lo que ha vivido durante largos años. Juegos y llantos, sueños e ilusiones, amores y esfuerzos, desilusiones y amarguras, desolación y vacío, todo volverá a pasar por su mente: lo que hizo por interés y lo que hizo por amor; lo que hizo por Dios, lo que hizo por sus semejantes y especialmente lo que hizo por sí mismo.

    En aquel momento Dios atiende sólo a la justicia. La justicia supone la omnisciencia. Dios conoce a fondo el corazón humano, y es el único que conoce verdaderamente el corazón de cada uno. Nada escapa a la mirada de Dios. Él dará a cada hombre según sus obras.

    El juicio divino, pues, no es un proceso, que exija jueces, abogados, testigos. Todo acaece en lo más íntimo de la conciencia del hombre. Está presente el juez, pero se sirve de la conciencia para dar su sentencia; testigo único y suficiente es la conciencia del propio reo; los abogados no son necesarios, porque el Juez conoce bien la causa y no es posible engañarle.

  • El emblema de la muerte

  • Intentemos redescubrir ahora el funesto o macabro emblema, porque realmente, la suma sencillez de los símbolos oculta esta vasta complejidad representativa, susceptible de largo análisis.

    Advirtamos la rara paradoja que denuncia el hecho de que la sucesiva y cambiante expresión ideográfica de la muerte, manifiesta una gran experiencia, pues la quieta estampa ósea presenta actividad, se mueve con vivo aliento, con física mudanza, imitando un móvil caleidoscopio que muestra distintas facetas del humano tránsito, permitiéndonos contemplar el curioso absurdo de la Muerte, animada o gesticulante. Resulta fácil hallar así nulos motivos para creer que la sinopsis lineal de la Muerte cambia de expresión, se modifica y transmuta fantasmalmente, al modo como surgen y se desvanecen las figuraciones imaginarias nacidas en el subconsciente por el delirio febril, el sueño o el miedo.

    En verdad, el sujeto y el reflejo, el ser y la representación, realidades y apariencias se contradicen y burlan en las motigrafías. En ellas la Palabra y la Línea tratan de desenmascararse mutuamente con sutiles equívocos y maliciosos conceptos y de tal suerte nos abren tácitas expresiones y ocultas significaciones, y ya podremos decir que todo ello, la ideal metamorfosis, el desfile evolutivo de ideas e imágenes, la transformación de éstas y, en el presente caso, el ejemplo de una sola que se transfigura repetidamente, se realiza como un trasunto del arte mágico o de brujería.

  • La muerte clínica

  • La muerte es el fin natural e inevitable de nuestro cuerpo. Puede producirse bruscamente o de una manera lenta tras una enfermedad debilitante o letal. En todos los casos se acompaña por una pérdida total de conciencia que precede o acompaña a la parada cardiaca. En el organismo humano se produce un recambio celular continuo. En algunos tejidos, como la sangre y piel, éste es rápido y constante. Cuando se produce la muerte, las células nerviosas mueren y las demás células del organismo también comienzan a morir más o menos rápidamente según sus distintas capacidades para vivir sin oxígeno.

    La muerte se produce por incapacidad de función de un órgano vital. Aunque una persona puede vivir sin un brazo o una pierna esto es imposible en el caso de órganos internos como el corazón o un vaso grande. Cuando falla el cerebro, por ejemplo, por una hemorragia, generalmente la muerte es instantánea. Igualmente, un ataque de corazón impide que éste continúe latiendo.

    La asfixia pulmonar puede ser debida a envenenamiento por un gas, estrangulación o una coagulación masiva que impide la oxigenación sanguínea, lo que conduce a la muerte cerebral.

    Si fallan los riñones o el hígado, el cuidado médico mantendrá vivo al paciente durante un tiempo. Sin este tratamiento aparecerán substancias tóxicas en sangre que alterarán la composición de ésta, conduciendo al paro cardiaco. A veces una enfermedad o infección secundaria puede acabar con un paciente que padezca una larga enfermedad de otro tipo.

    En el momento de la muerte las células cerebrales mueren y se pierde totalmente la conciencia. El corazón puede continuar latiendo unos minutos después de haber cesado la respiración. Algunas células tardan más tiempo en morir, por ejemplo, los ojos necesitan varias horas.

    En la muerte el cuerpo está muerto, el movimiento y la respiración ausentes; no se puede palpar el pulso ni oír el latido cardiaco. Los ojos están fijos. Las pupilas dilatadas y, si se proyecta un haz de luz sobre ellas, no responden.

    En unos minutos el cuerpo comienza a enfriarse. La piel palidece. En aproximadamente 4 horas, el cuerpo se hace rígido al establecerse el rigor mortis. Esta puede durar cuarenta y ocho horas, a veces menos.

    Después de un corto tiempo comienza la descomposición del organismo.

  • El cuerpo en el lecho de muerte

  • Imaginad ese moribundo que yace en su lecho de agonía, con la cabeza doblada sobre el pecho, desordenados los cabellos y empapados en el sudor de la muerte, hundidos los ojos, desencajadas las mejillas, pálido el rostro, la lengua y los labios de color morado, y el cuerpo yerto y pesado. Todo acaba cuando exhala el último suspiro.

    Tras su muerte el cuerpo comienza a descomponerse. Apenas van transcurriendo veinticuatro horas desde el fallecimiento, y ya el cadáver ha entrado en putrefacción: ya es indispensable quemar incienso u otras substancias odoríferas para purificar la atmósfera; ya se apresuran a depositarlo en el sepulcro, para que no infecten la casa los pútridos miasmas que exhala aquel cuerpo, antes tan pulcro y acicalado. Sus mismos parientes se apresuran a alejarlo de la casa, a encerrarle en una tumba, y a relegarle a la soledad de un cementerio con un breve epitafio que dice "polvo eres y en polvo te convertirás".

  • El cuerpo en la tumba

  • El cadáver se pone primero pálido y después negro, no tarda en cubrirse de una especie de moho blanquecino y repugnante, mana de él una materia infecta y viscosa, en cuyo pus en breve pululan multitud de gusanos que se alimentan de las mismas carnes. También las ratas acuden a hacer su pasto del cadáver; unas merodean en torno a él; otras penetran por la boca para comer las entrañas. Las mejillas, los labios y los cabellos se desprenden y caen, las costillas son despojadas de la carne que las cubría; lo mismo acontece con los brazos y las piernas, y ya cuando aquellos asquerosos gusanos y feos animales no tienen carne en que cebarse, concluyen con devorarse unos a otros y morir, y de todo aquel cuerpo solo queda un fétido y repugnante esqueleto, que con el tiempo se desbarata enteramente, separándose su cabeza del tronco y perdiéndose cada hueso de su lugar y la unión que tenía con los demás, al final todo queda convertido en polvo. Los vapores que desprende la tierra se elevan por los aires y ofreciendo variados matices al reflejar los rayos solares presentan a veces un aspecto deslumbrador, pero todo desaparece con un soplo de viento.

    Morir es un verbo reducido, un tránsito tan estrecho que sólo deja lugar para un único desenlace monótono. Además de estrecho es breve, es la frontera muy delgada entre este mundo más acá y el desconocido más allá.

  • La muerte en el arte y la literatura

  • El fenómeno de la muerte ha influido enormemente no sólo en la ciencia, sino también en la literatura, el arte, la filosofía y la religión. En la mitología griega, el Sueño, hipnos, y La Muerte, Thanatos, eran hermanos gemelos de la familia de la noche. El sueño y La Muerte habitaban en las costas del mar occidental, en la oscuridad subterránea, juntamente con sus otros hermanos, los Ensueños.

    Se creía que, pasada la vida, la muerte separaba el alma del cuerpo con su guadaña y la acompañaba hasta la Laguna Estígia donde Caronte transportaba todas las almas hacia el inframundo de Hades.

    • La barca sin pescador, Nueva York, Oxford University Press, 1962, págs. XXXII-XXXIII de la introducción:

    ¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia. Es semejante a Diana, casta y virgen como ella; en su rostro hay la gracia de la núbildoncella y lleva una guirnalda de rosas siderales, y en su diestra copa con agua del olvido. A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

    • Anonimo:

    La muerte está tan segura de su triunfo que nos da toda una vida de ventaja.

    Promulgar: Publicar una cosa

    Omniscencia: Conocimiento de todas las cosas reales y posibles, atributo exclusivo de Dios

    Susceptible: Capaz de recibir modificación o impresión

    Paradoja: Especie opuesta a la opinión común

    Ideografía: Representación de las ideas por medio de las imágenes o símbolos

    Transito: Muerte de las personas Santas o de vida virtuosa

    Febril: Relativo a la fiebre

    Motigrafías: Representaciones icónicas de la muerte

    Tácitas: De taza

    Trasunto: Figura o representación que imita con propiedad una cosa.

    Rigor mortis: Una contracción de los músculos que se produce al liberarse la energía almacenada

    Miasmas: Efluvio maligno que se desprende de cuerpos enfermos o materias en descomposición

    Epitafio: Inscripción sepulcral

    Pulular: Abundar, multiplicarse en un paraje los insectos, sabandijas, etc.

    Monótono: Falta de variedad

    Laguna Estigia: Zona pantanosa del río Éstige en la que se encontraban los espíritus errantes de los muertos que no habían sido sepultados

    Caronte: Caronte era el viejo barquero que transportaba las almas de los muertos por la laguna Estigia hasta las puertas del mundo subterráneo.

    Hades: Dios de los muertos

    Demacración: Perdidas de carne por desnutrición.

    Mustia: Triste

    Núbil: Que está en la edad de contraer matrimonio

    Diestra: Mano derecha