La iliada. Homero

Literatura universal clásica. Poema épico. Mitología. Hexámetros. Argumento. Personajes. Aquiles

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LA ILíADA

1.- RESUMEN DE LA OBRA.-

La Ilíada contiene 15.690 versos o hexámetros dactílicos, ritmo de verso basado en la repetición de dos sílabas cortas seguidas de una larga, separados entre si por una pausa. Su composición se atribuye a Homero, poeta griego del que poco se conoce, y si se conoce, son sólo suposiciones ya que incluso fuentes de su propia época contienen una serie de contradicciones respecto de él. El historiador Heródoto afirmaba que había nacido hacia el 850 a.C. y se consideraba que provenía de algún lugar de Jonia, Asia Menor; las ciudades de Esmirna y Quíos se disputaban ese honor. También corren multitud de leyendas sobre su vida; unas nos dicen que fue un poeta ciego, leyenda sacada del Himno a Apolo, y otras nos cuentan la competición poética entre Homero y Hesíodo. Seguramente vivió en la corte de los príncipes y su condición social fuera inferior a la de sus protectores; y lo más probable es que fuera humilde, por la observación de la naturaleza y de las costumbres sencillas. El psicólogo e investigador de la conciencia norteamericano Julian Jaynes asoció al nombre de Homero una reflexión interesante: según su tesis, las epopeyas homéricas son documentos ejemplares de un tiempo en que la vida humana se desarrollaba todavía sin (auto) conciencia. En cuanto a su muerte, la versión más extendida era que ocurrió en las Islas Cícladas.

Homero también fue el supuesto autor de la Odisea y, tanto la Iliada como ésta última, fueron compuestas para ser escuchadas más que para ser leídas, de aquí que se llegase a pensar que eran recopilaciones de versos de distintos orígenes. Ambas obras tienen una estructura unitaria.


En la Ilíada el tema central es la cólera de Aquiles y en la Odisea comienza describiendo cómo era Ítaca antes del retorno de Ulises y concluye con la recuperación del poder por parte del rey. Tanto en una como en otra, los personajes están elaborados de forma coherente y orgánica, tampoco hay diferencias en el lenguaje; usó formas eólicas y micénicas en ambos poemas. No obstante, existen numerosas diferencias, algunas de las cuales se deben al tema: mientras que la Ilíada trata de la guerra y sus vicisitudes, la Odisea, de largas peregrinaciones en tiempos de paz. Las soluciones estilísticas también son diferentes en parte: la Ilíada es rica en comparaciones, la Odisea posee una rica dimensión fantástica. Son poemas diferentes, pero no contradictorios.

Para escribir la Ilíada Homero recopiló en su poema antiguos mitos y tradiciones orales sobre las guerras que los griegos mantuvieron contra los troyanos por arrebatarles y obtener el control comercial del Estrecho de los Dardanelos, el Helesponto, hechos anteriores a la edad del hierro o de sus inicios que se remontan al siglo XIII / XII anterior a nuestra era, una contienda que duró cerca de diez años.

Centrandonos ya en la obra en sí, la Ilíada comienza con el gran enfado de Aquiles, porque Agamenón, rey de los aqueos y jefe de la expedición griega contra Ilión, se ha empeñado en quedarse con su esclava favorita, Briseida, lo que supuso que se diera una oleada de peste contra los aqueos realizada por el dios Apolo. Agamenón no quería devolverla, pero se ve obligado a hacerlo, terminando así la peste tras la entrega de Briseida por parte de Ulises. Tetis, madre de Aquiles, fue con Zeus a cumplir el favor de su hijo a lo que éste aceptó, lo que encrespa a su esposa Hera.

Ya en el canto II Zeus envía un sueño a Agamenón donde le dice que tome la ciudad de Troya, cosa que éste no cree, enviando a sus hombres a que regresen a su patria. Sin embargo, Ulises dice a los aqueos que no huyan y, tras una discusión entre Tersites y Agamenón, éste último es convencido por el propio Ulises y por Néstor y manda a decir al pueblo aqueo que se unan al combate. Mientras tanto, Aquiles, retirado de la guerra en señal de protesta por la disputa con Agamenón referente a Briseida, sigue en una nave al margen de los planes de éste.

Los troyanos a su vez organizan su ejército y se encuentran con el aqueo mientras éstos se dirigían a la ciudad de Príamo. Menelao y Paris, hermano de Héctor, iban delante de sus ejércitos y acordaron combatir por Helena, antigua esposa del primero y actual del segundo. Agamenón jura entonces que si gana Paris, será éste quien se quede con Helena además de que los aqueos se retiren, y que si lo hace Menelao, sería él quien se la llevaría y los troyanos pagarían una indemnización. El combate fue ganado por Menelao, que cuando se disponía a matar a Paris, éste fue salvado por Afrodita y llevado junto a Helena, cosa que enojó a Agamenón, pidiendo éste a la bella mujer y a la indemnización.


Ya en el canto IV los dioses se reúnen en consejo para acordar si promueven el combate o reconcilian paz entre aqueos y troyanos, paz que no ocurre al convocarse de nuevo a las armas a los aqueos a la cabeza de Agamenón, Néstor, Ulises, Esténelo y Diomedes. Comienza la sangrienta batalla entre aqueos y troyanos, animados por Apolo diciendo que Aquiles no estaba en la pelea.

En los siguientes cantos sigue la gran batalla entre aqueos y troyanos, en la que ya sólo participan mortales tras la retirada por herida (provocada por la jabalina de Diomedes conducida por Atenea) de Ares y de Afrodita. Cómo se puede apreciar ambos ejércitos tenían dioses que los ayudaban, entre los que destacan los que apoyan a los aqueos, como Hera y Atenea y a los troyanos, como Apolo y Ares. Entre tanto Paris vuelve al combate, alentado por Héctor y ante la tristeza de Helena, y juntos matan a muchos guerreros valientes. Atenea quiere bajar a ayudarlos pero Apolo se interpone y le propone suspender el combate para que Héctor pelee uno por uno contra quien se atreva, cosa que éste hizo retando a los argivos y la diosa, sintiendo lástima de los últimos, dice que no peleará si se la autoriza a dar consejos, a lo que Zeus (que había convocado el consejo de dioses) accede y, tras lanzar varios rayos contra Diomedes y Néstor, decide por intermediación de Hera, dar valor a los aqueos, aunque después volvería a dar fiereza a los troyanos, cosa que indignó y entristeció a Agamenón, que se sentía engañado por el dios. En una cena en la que se debatiría el seguir o no en el combate, Néstor propone a Agamenón crear una embajada para persuadir a Aquiles de regresar al combate, ya que sólo así podrán conquistar la ciudad de Ilión (Troya) y, aunque Áyax de Telamón,Ulises y dos heraldos le llevaron regalos y hasta a Briseida, Aquiles no accedió a volver a combatir.

Tras mandar como espías a Ulises y a Diomedes, el ejército de Agamenón causó muchas bajas al troyano (canto XI) no pudiendo matar ni herir a Héctor, protegido por Zeus. Coón hiere a Agamenón, cosa que aprovecha Héctor para salir a combatir y matar a muchos argivos con su espada.

Siguieron combatiendo hasta el punto que los troyanos se llenaron de entusiasmo por las ayudas continuas de Zeus y Sarpedón pudo romper las puertas de la muralla aquea, por donde entró con Glauco y sus hombres. Héctor, a su vez, lanzó una piedra y destrozó los cerrojos de otra de las puertas con una fuerza que sólo un dios podía tener, así que los aqueos corrieron a refugiarse en sus naves.


En el canto XIII, Poseidón se dio cuenta del favoritismo de Zeus hacia los troyanos y fue a toda velocidad hacia el campo argivo, llenándolos de vigor a través de la forma de Calcas. Aún así, los troyanos habían desorganizado bastante al ejército aqueo, por lo que Hera (que reconoció a Poseidón) decide distraer a su marido con la ayuda de Afrodita y Sueño y consigue que tras volver a un enfrentamiento más igualado, Héctor sea herido con una piedra que lanzó Áyax Telamonio. Los troyanos huyen al mismo tiempo que Zeus despierta y descubre el engaño de Hera, que amenazada vuelve al Olimpo. Los troyanos, a la cabeza de Apolo y con el ya mencionado apoyo de Zeus hacen que los aqueos huyan a sus barcos, hecho que hace que Patroclo decida ir a buscar a Aquiles para convencerlo de que regrese a luchar ya que las naves están a punto de ser incendiadas y éste sólo accede a darle sus ropas de guerra para que parezca que ha ido a la guerra, cosa que en un principio atemoriza a los troyanos pero que luego hace que Patroclo muera bajo la espada de Héctor.

En el canto XVIII, Aquiles se entera de la muerte de Patroclo y tras hablar con su madre Tetis, que le proporcionaría una nueva armadura hecha por Vulcano, se encamina a hablar con Agamenón, olvidando así sus agravios (canto XIX) y decidiendo volver a combatir. Zeus decide entonces convocar un nuevo consejo de dioses para discutir sobre Aquiles, en el que se dispuso que cada dios participara en la pelea del lado de donde estuvieran sus simpatías. Dicho ésto, por los argivos estaban Hera, Atenea y Poseidón, el prudente Hermes y Hefesto; y por los troyanos Aries, Apolo, Artemisa la flechadora, Leto, el Janto y la risueña Afrodita.

En el canto XX Aquiles y Héctor empiezan a combatir a partir de que el primero hiera de muerte al hermano de Héctor, Polídoro, pero ninguno es herido por la intervención de los distintos dioses aliados a ambos. Así pues, en el siguiente canto los dioses de uno y otro bando se enzarzan en combates entre ellos mismos, saldados con la puesta fuera de combate de algunos de ellos, como Ares.

Mientras tanto, Apolo distrae a Aquiles para que los troyanos entraran en la ciudad, pero Héctor se queda detenido fuera de la muralla. Hecuba y Príamo le piden entrar a la ciudad sin esperar a Aquiles, pero se queda inmóvil y, al ver a Aquiles, huye aterrorizado. Tras acordar finalmente luchar frente a frente con Aquiles, Héctor es herido de muerte y pide, como última voluntad, que entreguen su cuerpo a sus deudos, a lo que Aquiles se niega, quitándole la armadura, amarrándolo a su carro y llevándolo arrastrando a las naves aqueas.


En el penúltimo canto y, una vez en las naves, se hace la pira donde se incineraría a Patroclo, sacrificando Aquiles animales y troyanos para alimentar su fuego. A la mañana siguiente, Aquiles organiza una serie de juegos, en los que se abstuvo de participar, prometiendo a los ganadores valiosos premios. Primero, tiene lugar una carrera de cuadrigas en las que participan varios héroes aqueos, siendo el tidida Diomedes el que se alza con la victoria. A continuación se celebran: un campeonato de lucha, carreras a pie, y lanzamiento de picas. Finalizados los juegos, los guerreros se dispersan y descansan. Aquiles no podía conciliar el sueño y vagó triste por la playa. Más tarde unció al carro los ligeros corceles y atando el cadáver de Héctor, lo arrastró, dando varias vueltas alrededor del túmulo de Patroclo. Algunos dioses se compadecían del cadáver e instigaban a Apolo a que hurtase el cuerpo de Héctor. Zeus interviene al fin y considera que lo mejor es que la madre de Aquiles convenciera a su hijo para restituir el cadáver a Príamo. Mientras, Iris va con Príamo para sugerirle rescatar a su hijo dándole ricos presentes a Aquiles, a lo que éste acepta.

Tras la entrega de los regalos, Aquiles entrega el cuerpo de Héctor intacto, debido a que Afrodita le untó néctar divino. Por ello, Príamo solicita la suspensión de hostilidades por 12 días mientras celebran los funerales de su hijo, cosa que le fue concedida, y ordena construir una pira gigantesca, que tardó nueve días en construirse. Al día siguiente incineraron a Héctor, pusieron sus huesos en una urna de oro y erigieron encima de ella un túmulo con grandes piedras. Después volvieron al palacio a celebrarlo con un espléndido banquete fúnebre. Así concluyeron las honras fúnebres de Héctor, domador de caballos y el último canto de la Iliada, el poema épico más antiguo de la literatura europea.


2.- CANTO XVI.-

En dicho canto Patroclo se presentó a Aquiles, pastor de hombres, derramando ardientes lágrimas, y éste al verlo tomó la palabra y le preguntó que porque lloraba y que si tenia que ver algo con los mirmidones o consigo mismo, o si era por causa de los argivos por lo que se lamentaba y por la forma como perecían cerca de las cóncavas naves a causa de la injusticia que cometieron. “Háblame sin rodeos, no ocultes nada en el fondo de tu pensamiento, para que ambos podamos conocerlo”, le dijo.

Patroclo respondió con graves suspiros “No te indignes, porque es inmensa la pena que agobia a los aqueos. Todos los que hasta ahora pasaban por ser como los mejores, yacen entre las naves, heridos desde lejos o golpeados de cerca. Ha sido herido el hijo de Tideo, el intrépido Diomedes; también lo han sido Odiseo, famoso por su lanza, así como Agamenón, y Eurípilo fue alcanzado en el muslo por una flecha. Los médicos que conocen muchos remedios, se apresuran a curar sus heridas alrededor de ellos. Pero tú, Aquiles, permaneces inflexible. ¡Ah! Ojalá jamás se apodere de mí un resentimiento semejante al que guardas tú, el de terrible valentía. ¿A quién de los otros podrás auxiliar después, si no apartas ahora de los argivos la indigna calamidad? ¡Inexorable! No, en realidad no fue tu padre el auriga Peleo, ni Tetis tu madre. El glauco mar es quien te ha dado a luz y las rocas inaccesibles, porque tu mente es cruel; pero si tu alma trata de evitar el cumplimiento de un oráculo o si tu venerable madre te ha recordado alguno de parte de Zeus, envíame entonces a mí sin tardanza y concédeme que me siga la tropa de los mirmidones y puede ser que entonces logre llegar a ser la luz de salvación para los dánaos. Préstame tus armas para protegerme la espalda y veré si los troyanos me confunden contigo y dejan de combatir, y si los valientes hijos de los aqueos toman nuevamente aliento en su aflicción: para recobrar el valor en la guerra basta un poco de tiempo. Nosotros que no estamos fatigados, rechazaríamos fácilmente a los troyanos hacia la ciudad, desde las naves y las tiendas”.


Aquiles, aunque indignado por ciertas de las palabras de Patroclo accedió diciendole: “Pero no se ha perdido todo, Patroclo; carga con tu fuerza para rechazar de las naves el desastre, por temor de que un fuego ardiente abrase nuestras naves y se desastre, por temor de que un fuego ardiente abrase nuestras naves y se nos haga imposible el dulce retorno. Obedece a las palabras que voy a infundir en tu espíritu para que me des el mayor honor y gloria de parte de todos los dánaos, y para que los aqueos me restituyan a la hermosísima joven que me fue arrebatada y me otorguen además otros espléndidos premios. Cuando tú hayas rechazado de la naves al enemigo, regresa, aún si te concediese el tonante esposo de Hera, conquistar la gloria. No seas ambicioso de combatir sin mí a los fieros troyanos; pues causarías perjuicio a mi propia gloria. No vayas de ninguna manera, enfrascado en el gozo de la guerra y de la lucha al matar a los troyanos, a conducir al ejército hacia Ilion; por temor de que de lo alto del Olimpo descienda uno de los dioses eternos: Apolo que ama grandemente a los troyanos. Regresa a la retaguardia cuando hayas puesto sobre las naves la luz de la salvación, y deja que los demás se batan en la llanura. ¡Ah! ¡Padre Zeus!, ¡Atenea, Apolo! Puede suceder que ninguno de los troyanos, a pesar de ser tantos, escape de la muerte y tampoco ninguno de los argivos; pero que a nosotros dos, nos sea concedido escapar del desastre; a fin de que solos podamos derribar los sacros pretiles de Troya con sus cresterías”.

Esto era lo que se trataba entre ellos. Sin embargo, Ayax ya no se sostenía por más tiempo y cedía la fuerza de los dardos. El poder de Zeus triunfaba y también los ataques de los fieros troyanos. Héctor, deteniéndose ante Ayax, golpeó con su gran espada la pica de fresno del hijo de Telamón en la parte de atrás, entre la empuñadura y el asta, y la quebró totalmente. El hijo de Telamón blandía en su mano una lanza mutilada y la punta de bronce resonó lejos de él, al caer sobre el suelo. Ayax lo reconoció en el fondo de su inmaculado espíritu y se horrorizó de la obra de los dioses, y temió en su pensamiento que Zeus cortara de raíz sus planes de combate y quisiera conceder la victoria a los troyanos. Se retiró por esta causa lejos del alcance de los dardos mientras los troyanos arrojaban el fuego sobre la veloz nave y ésta se quemó.


Así pues, Aquiles le dijo a Patroclo que se apresurara para que los troyanos no se apoderaran de las naves y que se colocara sus armas mientras él reunía a su ejército. Eran cincuenta las naves en las cuales Aquiles había conducido su ejército a Troya, y en cada una iba, sobre su banco de remo, cincuenta guerreros y compañeros. Cinco jefes de su confianza habían sido nombrados para dar las órdenes y él en persona ejercía la autoridad suprema con magno poderío. Cuando Aquiles ordenó y puso en pilas con sus respectivos jefes al conjunto de las tropas, los exhortó con enérgicas palabras, excitando el vigor y el ánimo de cada uno. Delante de todos, dos hombres, Patroclo y Automedonte, teniendo el mismo valor, se armaban para combatir a la cabeza de los mirmidones.

Seguidamente, Aquiles pidió al dios Zeus que concediera la victoria a su amigo Patroclo y que, una vez rechazado de las naves la batalla y los gritos de guerra, que pudiera regresar sano y salvo hacia las rápidas naves, con todas sus armas y sus compañeros. Zeus, oyó su plegaria, pero el padre no concedió sino una parte de lo él pedía, y le negó la otra. Le concedió rechazar de las naves el combate y los gritos; pero no le agradó que Patroclo regresara sano y salvo del combate. Entonces, Aquiles, cuando hubo hecho la libación y orado al padre Zeus, entró en su tienda de nuevo.

Los mirmidones se arrojaron entonces sobre los troyanos en filas compactas, y las naves resonaban en forma terrible a su alrededor por los gritos de los aqueos. Los troyanos, desde que se dieron cuenta de que el valiente hijo de Menecio y su escudero resplandecían con sus armaduras, sintieron gran quebranto en sus corazones y sus falanges se conmovieron con el pensamiento de que el hijo de Peleo, de pies ligeros, había reprimido ya su cólera y recobrado la amistad con los suyos, cerca de las naves. Cada uno buscaba por todas partes, con la vista, por donde poder escapar de la segura ruina.

El gran Ayax, en medio de un combate que se estaba cobrando muchas víctimas, quería arrojar de continuo su lanza contra Héctor, cubierto de bronce; pero Héctor, como hábil guerrero, percibía el silbido de los dardos y el roce de las lanzas y con su escudo de cuero cubría su larga espalda; se daba cuenta de que una fuerza distinta había hecho que alternara la victoria en el curso de ese combate; pero a pesar de ello, permanecía firme y procuraba salvar a sus leales compañeros. Patroclo ardía en ganas de abalanzarse sobre Héctor, pero éste era conducido también por ágiles caballos, así que cuando Patroclo había diezmado a las primeras falanges, regresó sobre sus pasos, rechazando hacia atrás a los troyanos en dirección a las naves. No les permitía, como ellos lo deseaban, retroceder a la ciudad, sino que, arremetiendo contra ellos, los mataba entre las naves, el río y la muralla levantada, persiguiéndolos con gran rapidez y tomando venganza de muchos. En este momento fue cuando Patroclo hirió con su reluciente lanza a Prónoo en su pecho, pues había dejado al descubierto la orilla del escudo. También hirió a Téstor, a Erílao, Erimante y a muchos otros.


Tras esto Sarpedón decide enfrentarse a Patroclo y ambos se arrojan el uno contra el otro en una cruenta lucha, y a pesar de que el hijo de Cronos casi intermedia en favor del primero, éste cae bajo la lanza de Patroclo, pidiendo a Glauco en su última voluntad que no deje a los aqueos que lo despojen de sus armas y que anime a los jefes de los licios a combatir a su alrededor. Glauco sintió un terrible dolor al oír las palabras de Sarpedón. Su corazón se conmovía por no poder auxiliarlo. Tomando entonces su brazo con la mano lo apretaba contra sí mismo; porque él estaba agobiado por la herida que una flecha de Teucro le había causado, cuando se arrojó sobre la parte alta de la trinchera para alejar la ruina, lejos de sus compañeros y, orando, le dijo a Apolo que le diera fuerzas para cumplir los últimos deseos de Sarpedón. Las palabras de Glauco llenaron de intolerable e irresistible dolor a los troyanos, de los pies hasta la cabeza; porque Sarpedón, aunque fuese extranjero, era para ellos el sostén de su ciudad. Lo habían seguido numerosas tropas y él mismo sobresalía en el combate. Marchaban directamente contra los dánaos con gran fogosidad. A la cabeza iba con ellos Héctor, indignado por la muerte de Sarpedón. A los aqueos los excitaba en el combate Patroclo, el de valiente espíritu. Llamó en primer lugar al os Ayantes que ya por sí mismos estaban ardientes de valor.


Así por lo tanto, cuando de ambos lados, troyanos y licios, mirmidones y aqueos, hubieron enfilado sus falanges, todos a la vez se arrojaron profiriendo terribles gritos para combatir alrededor del cadáver. Las armas de los guerreros resonaron con gran estrépito. Zeus extendió entonces una noche desastrosa sobre la terrible batalla, para que la pena del combate fuera funesta para todos. Jamás retiraba el propio Zeus sus deslumbrantes ojos de la cruenta batalla; su mirada se dirigía hacia ellos sin cesar y su espíritu deliberaba y planeaba constantemente la muerte de Patroclo; pensando si desde ese instante, el mismo ilustre Héctor mataría a Patroclo con el bronce para arrancarle sus armas de la espalda en la feroz lucha, sobre el cuerpo mismo de Sarpedón, semejante a los dioses o si acrecentaría más aún las crueles penas. Concluyó por su reflexión, que este designio era preferible: que el buen servidor de Aquiles, hijo de Peleo, rechazara entonces a los troyanos y a Héctor hacia la ciudad, y quitara la vida a muchos. Primero introdujo en Héctor el espíritu de cobardía, y así, habiéndose subido a su carro, emprendió la fuga y exhortó a los troyanos a hacer otro tanto; porque se había dado cuenta de qué lado se inclinaban las sagradas balanzas de Zeus. Entonces los temibles licios no pudieron resistir más: sino que huyeron todos cuando vieron a su rey, que herido en el corazón, yacía en medio de un montón de cadáveres. Fácilmente se notaba que eran numerosos los guerreros que habían caído sobre él, cuando el hijo de Cronos extendió esta terrible matanza. Entonces los aqueos despojaron de la espalda Sarpedón, las armas de espléndido bronce, y el valiente hijo de Menecio se las dio a los suyos para que las llevaran a las cóncavas naves.

Seguidamente, Apolo, obedeciendo el mandato de su padre Zeus, descendió de las cimas del Ida al terrible combate. Al momento retiró fuera de los dardos al divino Sarpedón; se lo llevó muy lejos, lo lavó en la corriente del agua de un río e hizo que lo condujeran el Sueño y la Muerte, quienes lo depositaron con gran rapidez en el gran país de la amplia Licia.

Entonces Patroclo se dedicó a perseguir a troyanos y licios; pero se engañó irremediablemente; si hubiera seguido la orden del hijo de Peleo habría escapado ciertamente a la negra diosa de la muerte,; pero el pensamiento de Zeus es siempre más fuerte que el de un mortal. Él es quien hace que huya aún el más valiente y le arranca la victoria sin esfuerzo, como en otras ocasiones lo impulsa personalmente al combate. Y así fue como una vez más hizo que se acrecentara el valor en el corazón de Patroclo. Tras esto, y animado por las palabras de Apolo transformado en su tío, Héctor ordenó al valiente Cebrión fustigar a los corceles para dirigirse al combate, pasó por alto a los demás argivos, sin matar a uno solo y se fue contra Patroclo hacia el cual lanzó sus corceles de sólidos cascos. Éste último se bajó del carro e hirió de muerte a Cebrión, el auriga de Héctor, que, con la ayuda de Apolo y el consentimiento de Zeus, y tras ser herido Patroclo tras despojarle de su armadura por un guerrero dárdano, clavó en éste su lanza en la parte baja del vientre y empujó el arma de metal hasta la empuñadura. Patroclo cayó al suelo para gran dolor del ejército aqueo, advirtiendo a Héctor que a pesar de su ayuda divina sería vencido por el brazo de Aquiles, el insigne nieto de Éaco. Al pronunciar estas palabras, el término de la muerte envolvió a Patroclo. Su espíritu se fue a la mansión de Hades. Entonces le dirigió Héctor estas palabras. “¿por qué me vaticinas tan terrible muerte? ¿quién sabe si acaso Aquiles, el hijo de Tetis, perderá antes la vida, herido por mi lanza?”. Dicho ésto se lanzó contra Automedonte, escudero de Aquiles, pero éste era llevado por los veloces corceles inmortales, espléndidos regalos que los dioses habían dado a Peleo.

3.- AQUILES.-

En una fecha imposible de determinar, allá entre los siglos IX y VIII a.C., tuvo lugar en éste, nuestro planeta Tierra, el nacimiento de una nueva forma de ser, de un nuevo paradigma; el extraordinario fenómeno fue nada más ni nada menos que la venida al mundo de nuestra civilización, Occidente, en lo que se conoce como el Milagro Griego.

Se ha escrito mucho, muchísimo, sobre nuestro origen guiego, pero bien vale la pena que aprovechemos estas líneas para refrescar su significado; en parte porque ha sido normal en el siglo XX diluir más y más la singularidad de Occidente con esa otra región del globo que llamamos Oriente; podemos, sin la menor exageración afirmar que hoy entendemos mejor en qué nos parecemos a los orientales de qué es lo que realmente nos hace occidentales.

Si tuvieramos que citar la primero idea que nos viene a la mente cuando oímos la palabra “Grecia”, diríamos “Homero”. Podríamos ciertamente ampliar esta idea históricamente viendo a Grecia como esa unidad cultural que comienza en Homero y termina en Aristóteles, pero los valores, el más claro ideal griego, está contenido en Homero, y sobre todo, en su Ilíada, el primero y más grande poema griego (y occidental).

No exageraríamos para nada afirmando que todo lo que Occidente es, está contenido en Homero: esto sin embargo no es obvio, y lo que hemos hecho es recorrer la Ilíada como obra simbólica de nuestra identidad.

Primero, la Ilíada sucede durante la guerra entre griegos y troyanos, con Troya, o Ilión, su otro nombre, como la ciudad enemiga, aquella que está condenada a la destrucción. Simbólicamente, Homero nos pone a “Grecia” como el valor, y a “Troya”, como el antivalor.

Pero ya aquí comienzan las paradojas: cualquier lector moderno de la Ilíada, o por lo menos es lo que sucede en mi caso, acostumbrado al nivel de “civilización” de nuestros tiempos, tenderá a identificarse claramente con Troya; al mismo tiempo verá a los guerreros griegos como auténticos bárbaros.

Y es que el héroe de la Ilíada es nada más y nada menos que el terrible y fortísimo Aquiles, cuya ira, motivo conductor de la obra, desencadena crueles y nefastos acontecimientos, entre ellos, incluso la muerte de su mejor amigo, Patroclo. Al final de la obra, y en venganza por su propia desgracia, el héroe griego matará a su contrapartida troyana, Héctor, arrastrando inmisericordemente su cuerpo muerto con su carro, y negándose a entregarlo a sus desolados familiares. La obra termina en diálogo trágico entre un Aquiles iracundo pero abatido por la pena y Príamo, el padre de Héctor, suplicándole por el cuerpo de su hijo; ambos, cada cual a su manera, saben que todo está perdido: Aquiles, para quien nada tiene ya sentido y que sabe además que su fin está cerca, y Príamo, que a la desgracia de su hijo muerto, debe agregar la conciencia del fin inminente de su ciudad y los suyos.

La Ilíada termina pues en la muerte de ambos bandos, y en la sensación que luego la Odisea, el otro poema fundamental de Homero, corroborará: que el tiempo dorado de los héroes se ha ido; que la Edad Heroica ha muerto, y que la Historia ha comenzado. De hecho, a mi entender, la “historia” empieza a partir de Homero.

Lo crucial aquí es esto: que toda historia viene precedida por una edad heroica, aquella que encarna los valores de dicha historia. Nuestros valores más primigenios, porque, reitero que en mi opinión, Occidente nace con Grecia, están encarnados en Aquiles, el héroe supremo de la Ilíada. Estos valores a los que me refiero son: “Troya”, el antivalor homérico, representa lo que los griegos llamaron una y otra vez “bárbaros”. Pero para un griego “bárbaro” no es aquel que vive en condiciones primitivas y elementales (estado al que los griegos llamaban “esclavo”). No, para el griego, el bárbaro estaba representado en esas sociedades jerárquicas y verticales de Oriente, gobernadas por leyes y príncipes despóticos, sociedades en las que el hombre, como individuo libre y autodeterminado es imposible.

Una y otra vez, desde Homero hasta Alejandro Magno (cuya “Troya” estaba encarnada por los Persas), los griegos emprenderán a la manera de Aquiles su guerra contra esta “barbarie”. Y la idea central de esta lucha es el Hombre, el individuo como valor supremo.

En Homero, la preeminencia del hombre es tal, que los dioses se hallan relegados a un segundo plano: la participación divina en la Ilíada tiene sentido porque los hombres actúan, y no al revés.

La procedencia divina de Aquiles es incluso anterior a Zeus: él es hijo de una deidad acuática, de una nereida. La ascendencia primigenia de Aquiles lo emparenta directamente con las fuerzas telúricas madres de las Parcas, las diosas del destino, a las que el mismo Zeus está sometido.

En un fragmento homérico anterior a la Ilíada esto es aún mas claro: toda la guerra de Troya habría tenido lugar porque un mundo superpoblado acosaba a la diosa Tierra; ésta le suplica a Zeus que la libere del peso de los hombres, y el dios, complaciéndola, decide crear un héroe para tal fin. Entonces un oráculo le predice que de nacer tal héroe, éste le sucedería en el trono; Zeus decide entonces que el padre del héroe sea un mortal: el resultado mitológico crucial es que Aquiles no será un descendiente directo, una “extensión” de Zeus (y su voluntad).

La intervención de fuerzas telúricas anteriores a Zeus se ve aún más a continuación, durante las bodas de Peleo, el mortal escogido, y la nereida Tetis: Eris, la discordia, deidad primigenia anterior a Zeus, pone la fatídica manzana sobre el banquete de los esponsales, para que Paris, el más agraciado de los hombres, la entregue a la diosa más bella: Atenea, Hera o Afrodita; ésta última lo convece de darle la manzana, a cambio de Helena. Paris acepta, y con el auspicio de Afrodita rapta a Helena, hecho que inicia en un contexto mitológico, la guerra de Troya, de la cual Aquiles es el más importante héroe griego.

Aquiles es un joven ardoroso fuerte, y su carácter es esencialmente belicoso. Frente a Ulises, que es su opuesto en carácter debido a que simboliza la astucia y la inteligencia pragmática, Aquiles personifica el ímpetu y la audacia espontánea. Como ya hemos dicho, es hijo del rey Peleo y la diosa Tetis, la joven. Pero, como su padre, Aquiles es mortal. Dos leyendas relatan la causa de esa mortalidad: en la primera, Tetis trata de inmunizar a su hijo sumergiéndolo en el río Estigia; consigue hacerlo invulnerable en todo su cuerpo, exceptuando el talón por donde lo sujetaba. La segunda versión cuenta que Tetis, a escondidas, exponía a su hijo al fuego y luego le curaba las heridas con ambrosía, cuando fue sorprendida por Peleo, que arrancó con violencia al niño de sus manos y, éste, quedó con un talón carbonizado, que su padre sustituyó por la taba del gigante Damiso, célebre por su velocidad en la carrera. De ahí que se le nombrara como “el de los pies ligeros”, aunque también se le atribuían calificativos como “el de la dorada cabellera, “el más valiente de los griegos”, “Pelida”, etc. El significado de esta actitud del padre, en el mito de Metanira, madre de Demofón, en el mito de Deméter (Ceres): ambos interfieren en las acciones de los dioses, expresando la desconfianza y la incredulidad de los hombres antes situaciones desconocidas. En ambos mitos todo es echado a perder por la intromisión de un mortal incapaz de aceptar algo que le es extraño, incomprensible y hasta criminal.

El niño fue confiado al centauro Quirón, quien le alimentó con fieros jabalíes, entrañas de león y médula de oso para aumentar su valentía; además, le enseñó el tiro con arco, el arte de la elocuencia y la curación de las heridas. La musa Caliope le enseñó el canto, y el profeta Calcas predijo que se le daría a escoger entre una vida corta y gloriosa o larga en años y anodina, además de profetizar que la ciudad de Troya nunca podría ser conquistada sin su ayuda. El héroe escogió la primera y cobró fama por sus hazañas y grandes aventuras, siendo, las últimas, las narradas en la Ilíada.

Su madre Tetis, sabía que si su hijo iba a Troya, moriría, así que envió a su hijo a la corte de Licomedes, donde permaneció escondido por algún tiempo, disfrazado de mujer. Durante este tiempo se enamoró de la hija de Licomedes y tuvo un hijo, Neoptolemo. Sin embargo, fue descubierto por el astuto Ulises, que se presentó como mercader y exhibió entre las mercancías una armadura. La única “doncella” que se entusiasmó con las armas fue Aquiles, que decidió partir voluntariamente con Ulises hacia Troya, como jefe de los Mirmidones, y acompañado de su amigo Patroclo.

En la guerra se distinguió como un luchador infatigable, conquistando 23 ciudades en territorio troyano, incluida Lyrnessos, donde obtuvo a Briseida como trofeo de guerra. Más tarde, Agamenón, el jefe de todos los griegos, fue forzado por un oráculo a desprenderse de su esclava Criseida, y tomó a Briseida de Aquiles, que se retiró a su tienda enfurecido, jurando no luchar más. A partir de este momento los troyanos tomaron la ofensiva, y los griegos comenzaron a retroceder hacia el mar. Aunque rehusó salir al combate, permitió a su amigo Patroclo salir con sus propias armas, a quien el troyano Héctor, mató despojándolo de su armadura.

Símbolo de la impetuosidad, acometividad e irreflexibilidad de la juventud, Aquiles se irrita fácilmente: cuando se siente humillado por Agamenón, abandona la lucha, aún sabiendo que su ausencia del campo de batala acarrearía grandes pérdidas a los griegos,y sólo regresa al combate para vengar la muerte de Patroclo, gran amigo de Aquiles desde la infancia. Se educaron juntos y viven todas sus aventuras en común. La amistad es un elemento muy importante en este mito. Para los antiguos griegos, la amistad entre hombres era una virtud, encarada como un verdadero ideal. Tal admiración por la amistad masculina es explicada por la posición social inferior de la mujer. Aquiles, enfurecido por la muerte de su amigo. Obtuvo de madre una nueva armadura forjada en la fragua de Vulcano, y salió al campo de combate, donde mató a Héctor, arrastrando su cuerpo atado a su carro en torno a los muros de Troya, sin permitir que tuviera los ritos funerales. Sólo cuando Príamo, el padre de Héctor y rey de Troya, vino en secreto a entrevistarse con Aquiles, éste le devolvió el cuerpo del héroe, en uno de los pasajes más emovitovos de la Ilíada.

Continuó luchando, derrotando una y otra vez a los troyanos y a sus aliados, incluida la guerrera amazona Pentesilea.

Finalmente, Paris, hijo de Príamo, con la ayuda del dios Apolo, hirió a Aquiles con una flecha en su único punto vulnerable, el talón, muriéndo éste de dicha herida.

Después de su muerte hubo una disputa por su armadura, y se decidió otorgarla al más bravo de los griegos. Ulises y Ayax compitieron en la final, cada uno con un discurso explicando por qué se lo merecían más que nadie. Ulises ganó, y Ayax perdió la razón y se suicidó. A su vez Tetis, madre de Aquiles y nereida, consiguió la inmortalidad de su hijo en el Olimpo.

A Aquiles se le han atribuido muchos episodios románticos, entre ellos con Pentesilea, la amazona a la que mató en el campo de batalla, y con Medea, con la que se cuenta que se casó.

La figura de Aquiles ha llegado a ser en todas las lenguas y durante el transcurso de la historia de la humanidad la viva personificación del valor.


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