La Iglesia

Religiones. Historia. Pentecostés. Comunidad de Jerusalén. Samaria. Conversión de Pablo y Cornelio. Antioquía. Roma

  • Enviado por: Daniel Diaz
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 8 páginas
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LA IGLESIA EN LA HISTORIA DE DIOS CON LOS HOMBRES

I. La Iglesia en la historia de la salvación

El origen de la Iglesia se remonta a los comienzos de la historia de la humanidad. Dios llama y salva al hombre no como individuo aislado, sino como ser que es creado en comunidad y que sólo en comunidad puede encontrar su perfección.

Al principio, Dios no llamó a los hombres como seres aislados y dispersos, sino que congregó a su pueblo, en el cual y por el cual cada uno recibe ayuda y tiende su mano a los demás.

La preparación y la historia pública de la congregación del Pueblo de Dios comienza con la vocación de Abrahán, a quien Dios prometió que sería padre y fundador de un gran pueblo. Esta preparación se afirma verdaderamente con la elección de Israel para ser pueblo y heredad de Dios. Israel, por su elección gratuita, es el signo de la congregación final de todos los pueblos. Sin embargo, los profetas acusan a Israel de romper la Alianza y prostituirse. Predican una nueva Alianza, por la que Dios elegirá para sí un pueblo nuevo.

A esta promesa ser refiere Jesús. Toda su predicación y toda su vida se mantienen en el horizonte del reino de Dios. Mediante este mensaje comienza la reunión final de Israel. Este movimiento congregador es el fundamento de la Iglesia. Esto se comprende con claridad si se tiene en cuenta que, del amplio círculo de sus discípulos, Jesús llamó a los Doce para que fueran sus íntimos y hacerles participar de una manera especial en su misión. El número doce no es casual: los Doce representan las doce tribus de Israel. Por esta razón, los Doce son también la piedra fundamental de la nueva Jerusalén. Además, en las comidas que celebra en compañía de los suyos, Jesús anticipa el banquete celestial que se hará realidad al final de los tiempos. En consecuencia, la Iglesia se funda en el Jesús de la historia.

El verdadero fundamento de la Iglesia es la cruz y la resurrección de Jesucristo. La importancia de la cruz como fundamento de la Iglesia se manifiesta sobre todo en el hecho de que en los textos que narran la Última Cena, es decir la institución de la Eucaristía, se habla de la sangre de la Alianza o de la nueva Alianza. La muerte de Jesús es, por consiguiente, el fundamento de la nueva Alianza y del Pueblo de Dios en la nueva Alianza.

La muerte en cruz de Jesús no puede separarse de su resurrección y de su significado como fundamento de la Iglesia. Gracias a los acontecimientos de la Pascua (muerte y resurrección de Jesús) se reunieron de nuevo los discípulos dispersos; al mismo tiempo, los testigos de la Pascua recibieron la misión de enseñar a todas las gentes y hacer de ellas discípulos de Jesús, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Finalmente, la fundación de la Iglesia se consuma con el envío del Espíritu Santo el día de Pentecostés; la Iglesia se presenta públicamente como el nuevo Pueblo de Dios entre todos los pueblos de la tierra. El Espíritu Santo es, sin duda, el principio vital de la Iglesia.

De todo lo dicho se sigue que la Iglesia, ciertamente, no fue fundada o instituida por unas palabras concretas o por un acto especial de Jesús. La Iglesia halla su fundamento en el conjunto de la historia de Dios con los hombres; nace de la dinámica global de la historia de la salvación. Puede hablarse, por lo tanto, de una fundación gradual de la Iglesia: prefigurada desde el principio del mundo, preparada por la historia del pueblo de la antigua Alianza, instituida por las obras del Jesús histórico, realizada por la cruz y la resurrección de Jesús y revelada por el envío del Espíritu Santo.

La Iglesia, que se basa en el conjunto de la historia de Dios con los hombres, que ya ha tenido lugar, se encuentra todavía en camino hacia su plenitud final.

II. Pentecostés

Al comienzo, la acción evangelizadora de los Apóstoles y de los primeros cristianos se centra en la ciudad de Jerusalén. La fuerza del Espíritu que habían recibido el día de Pentecostés, había convertido al pequeño y temeroso grupo de los seguidores de Jesús en anunciadores de un acontecimiento increíble: "a ese Jesús que vosotros hicisteis morir, clavándolo en la cruz por medio de los romanos, Dios lo ha resucitado y nosotros somos testigos". Tres mil personas, en ese mismo día, pidieron el bautismo. Eran todos judíos. Un gran número de ellos no eran de la ciudad, ya que habían venido incluso de muy lejos para participar, como era costumbre, en la gran fiesta de Pentecostés. Pero los que eran de Jerusalén, se unieron a los Apóstoles y constituyeron de ese modo la primera comunidad cristiana.

¿Cómo era, entonces la vida de la primera comunidad? Podemos resumir los rasgos esenciales tal como aparecen en le Libro de los Hechos de los Apóstoles.

1. Esa gente se había topado con un grupo de personas que afirmaban que Jesús había resucitado y seguía vivo, presente. Al ver, escuchar, al seguir a estos testigos, una parte de la gente creyó. El testimonio y la vida de los Apóstoles resultó a sus ojos la prueba evidente de que eso era verdad y, por tanto, quisieron participar en algo que correspondía a su razón y a su corazón. Además ello podían comprobarlo personalmente participando en esa vida.

2. Entonces acudían a la enseñanza de los Apóstoles; los escuchaban hablar de Cristo, del encuentro que habían tenido con Él, de su humanidad excepcional, de su vida, de sus palabras, su obra, su muerte, su resurrección, suLpr__'1£_I‰“à`o¢_&iñ__ù# _«sK#
!_#)_cs creyentes.

3. Una presencia que resultaba cada vez más evidente, precisamente porque en su nombre se veía un hecho absolutamente milagroso: la unidad, la comunión. Todos sabían que la comunión entre los hombres es imposible, que hasta entre el hombre y la mujer, a la larga, es imposible. Y en aquel lugar humano, en cambio, resultaba que había unidad: un solo corazón y una sola alma. Una comunión ciertamente imperfecta con muchos fallos, rupturas, reconciliaciones, nuevas heridas, nuevas reconciliaciones. La unidad era algo objetivo, era obra de Otro, que por tanto resultaba indudablemente presente. Si actúa, quiere decir que está.

4. Además la comunión no se daba sólo en las reuniones. La unidad entre ellos, la amistad, era algo que se prolongaba en la familia, en el trabajo, en el mundo, tal como Jesús había pedido por ellos antes de morir.

5. La fuente de la unidad era la celebración eucarística, que en los primeros tiempos se llamaba "fracción del pan". Todavía no tenían templos propios y la celebraban en la casa de alguno de ellos. El grupo se reunía, esperaban a que llegara uno de los Apóstoles, celebraban, comulgaban, y luego compartían la mesa, "con alegría y sencillez de corazón". No faltaban los inconvenientes, como más tarde sucederá en la comunidad de Corinto, donde algunos se reservaban la mejor comida y no la compartían con nadie. Entonces, la autoridad intervenía, denunciando y corrigiendo.

6. Y las oraciones "Rezad siempre", les recomendaba el Apóstol. Y Jesús les había enseñado el contenido fundamental de toda oración: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

III. La comunidad de Jerusalén (a partir del año 30 d.C)

El acontecimiento de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua Judía, en ese mismo año, había marcado el nacimiento de la primera comunidad cristiana. Desde el verano hasta el invierno de ese año, los habitantes de Jerusalén fueron testigos del surgimiento y el crecimiento de ese nuevo grupo de judíos que habían pedido el bautismo a los Apóstoles, y que vivían alrededor de ellos su nueva vida. Frecuentaban el Templo como todos los demás, seguían con sus trabajos y ocupaciones, y al mismo tiempo se diferenciaban por un estilo de vida que llamaba la atención de la gente. Muchos se sumaban a ellos, otros se atrevían y se quedaban observando. Obviamente, había gente que ni se enteraba o enseguida se olvidaba de ellos. Aparentemente la vida de la gran ciudad transcurría como siempre.

No sucedió lo mismo, en cambio, en las autoridades del Sanedrín. Sorprendidas, en un primer momento, de que ese grupito insignificante de los seguidores de Jesús hubiese cobrado tanta fuerza, se apresuraron a intervenir. Al principio convocaron a los jefes, especialmente Pedro y Juan, les llamaron la atención y les forzaron a dejar de hablar del crucificado. Sin embargo se sorprendieron de la libertad y de la habilidad con que aquéllos, conocidos como personas "poco instruidas y de ninguna cultura", no sólo declararon tranquilamente que Jesús había resucitado, sino que incluso aportaron argumentos de las Sagradas Escrituras para acusarles de la enorme equivocación en que habían caído al condenarle.

Además, cada vez que el Sanedrín intentaba frenarlos, amenazándoles o haciéndoles encarcelar, siempre sucedía que de una o de otra manera estos conseguían salir indemnes. Tanto que el anciano y venerado Rabí Gamaliel, un día se levantó en medio del Sanedrín y aconsejó: "Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con esos hombres... Dejad a estos hombres, dejadlos; porque, si esto es consejo u obra de hombres, se destruirá por sí mismo, pero, si viene de Dios, no podréis destruirlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios" (Hch 5, 34-39).

En esa oportunidad los del Sanedrín siguieron el consejo de Gamaliel y dejaron en libertad a los Apóstoles. Por un tiempo, durante tres o cuatro años, la comunidad de Jerusalén pudo vivir en paz y fue creciendo y afianzándose. Pero también comenzaron los problemas internos. La comunidad ya no estaba constituida únicamente por los judíos de Jerusalén que se habían convertido, sino también por judíos que venían de fuera, de las ciudades griegas en las que ellos o sus padres habían vivido algún tiempo, y que eran llamados los helenistas. Estos, en algún momento empezaron a quejarse de que se los discriminaba, ya que en la distribución diaria de los alimentos los cristianos judíos desatendían a sus viudas.

Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: "No es razonable que nosotros abandonemos el ministerio de la palabra de Dios para servir a las mesas. Escoged, hermanos, de entre vosotros a siete varones que gocen de reputación, llenos de espíritu y de sabiduría, a los que encarguemos de este menester, pues nosotros debemos atender a la oración y al ministerio de la palabra. Fue bien recibida la propuesta por toda la muchedumbre, y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pérmenas y Nicolás, prosélito antioqueno; los cuatro fueron presentados a los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos" (Hch 6, 2-6). Así fue como nacieron los diáconos. Los siete eran todos helenistas.

Llegamos al año 34. "Esteban, lleno de gracia y poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo. Algunos miembros de la Sinagoga llamada "de los libertos", como también otros, originarios de Alejandría, Cirene, Cicilia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con él" (Hch 6, 8-9).

Los interlocutores de Esteban, no pudiendo hacerle frente con argumentos, consiguieron "soliviantar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedrín" (Hch 6,12). Como es sabido, el Sanedrín no tenía el poder de ejecutar penas capitales. Pero aprovechando la debilidad en que se encontraba Pilato, lograron su aprobación tácita. Los que lo habían arrastrado al tribunal se encargaron de ejecutar la sentencia: "...comenzaron a vociferar, y tapándose los oídos, se precipitaron sobre él como un solo hombre, y arrastrándolo fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a un joven llamado Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba diciendo: "Señor Jesús, recibe mi espíritu". Después, poniéndose de rodillas, exclamó en alta voz: "Señor, nos les tengas en cuenta este pecado". Y al decir esto, murió" (Hch 6, 5-7).

Con el asesinato Esteban, se desata -ese mismo día- una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén. "Todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lo lloraron con gran pesar". El joven Saulo, por su parte, que había aprobado la muerte de Esteban, "perseguía a la Iglesia; iba de casa en casa y arrastraba a los hombres y mujeres, llevándolos a la cárcel".

Es decir, cuatro o cinco años después de Pentecostés, de golpe, en el espacio de unos días, la comunidad de los creyentes se encuentra en el ojo del huracán. Sólo los Apóstoles se quedan en su lugar, gran parte de los fieles se dispersa en las regiones vecinas para salvarse de la persecución.

IV. La comunidad de Samaria (a partir del 34 d.C)

Pero sigamos a estos prófugos. Dice el libro de los Hechos: "Los que se habían dispersado, iban por todas partes anunciando la Palabra" (Hch 8, 4). Una circunstancia adversa, de persecución, que produce una gran injusticia, ya que un grupo de personas se ve obligada a dejar la ciudad, su casa, sus bienes, por el simple hecho de haber encontrado y reconocido a Cristo, se transforma en una nueva oportunidad de vida y en la posibilidad de comunicar esa misma vida a otra gente.

Los primeros que recibieron la fe fueron los samaritanos, al norte de Judea. El protagonista principal de la evangelización de los samaritanos fue Felipe (no el apóstol de Jesús, sino uno de los siete diáconos, compañero de Esteban).

En una ciudad de esta región, Felipe conquista al evangelio la gran mayoría de la población, incluso un curioso personaje de nombre Simón, que por sus artes mágicas, hasta ese momento había sido el dueño absoluto de la situación. Impactado por la predicación de Felipe y por el cristianismo, en vez de hacerle la guerra y tratar de salvar su influencia sobre la gente, pide el bautismo y se hace él mismo cristiano.

Sin embargo, la conversión de Simón el Mago es muy imperfecta. Y eso resulta evidente cuando, desde Jerusalén los Apóstoles, que se habían enterado de las conversiones en Samaria, envían a Pedro y a Juan para confirmar en la fe a los nuevos cristianos. De hecho, lo primero que hacen es imponer a todos las manos, invocando sobre ellos el don del Espíritu Santo. Entonces el mago Simón hace una propuesta que provoca la indignación de Pedro: asombrado por los efectos del Espíritu Santo, ofrece dinero a los Apóstoles pidiendo que le comuniquen a él también ese poder. De ahí viene la palabra "simonía", que indica el gran pecado de comprar el poder del Espíritu. "Maldito sea tu dinero y tú mismo -le responde Pedro- porque has creído que el poder de Dios se puede comprar con dinero. No, no tendrás ninguna participación en ese poder porque tu corazón no es recto a los ojos de Dios. Arrepiéntete de tu maldad y ora al Señor; quizás él te perdone este mal deseo de tu corazón" (Hch 8, 9-25). Simón Mago reconoce su pecado y pide a Pedro que él mismo rece para que no sea condenado.

"Y Pedro y Juan -concluye este relato- después de haber dado testimonio y predicando la Palabra de Dios, mientras regresaban a Jerusalén, anunciaron el Evangelio a numerosas aldeas samaritanas".

V. La conversión de Pablo

Año 36. Dos años han pasado de la muerte de Esteban y de las persecución en Jerusalén. Dos años durante los cuales la nueva fe se ha expandido en la región de Samaria y otras localidades de Palestina, pero limitándose siempre al mundo judío. En el capítulo 9 de los Hechos de los Apóstoles leemos lo siguiente: "Saulo, que todavía respiraba amenazas de muerte contra los discípulos de Jesús, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, y de Siria, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres y mujeres".

A continuación, los Hechos relatan el conocido y fundamental episodio de la conversión de aquél que será el Apóstol de Cristo entre los paganos, o gentiles (o sea las gentes no judías: griegos, romanos, etc.). Este, en efecto, es el hecho nuevo y decisivo que empieza a producirse ya en los años 30: la apertura del cristianismo al mundo, más allá del pueblo de Israel.

Los primeros protagonistas son los propios Apóstoles, especialmente San Pedro como veremos en seguida y también algunos de los judíos convertidos que se habían dispersado por doquier después de la primera persecución en Jerusalén. Sin embargo, será San Pablo el que dará el empuje decisivo y desarrollará el carácter universal -es decir, católico- íntimamente presente en la predicación y la acción redentora de Cristo.

Pero la misión de Pablo entre los gentiles no es inmediata, después de su conversión se queda un tiempo en Damasco, predicando ya el Evangelio a sus compatriotas judíos, y luego sube a Jerusalén, donde conoce a los Apóstoles y también se enfrenta con sus excorrelegionarios. Estos ya traman su muerte, por lo cual sus nuevos hermanos en la fe lo conducen a Cesarea y de allí lo envían a Tarso, su ciudad natal.

VI. La conversión de Cornelio

Mientras tanto, posiblemente el mismo año de la conversión de Pablo, encontramos a Pedro en la pequeña ciudad de Jope, cerca de Jerusalén. Ha venido aquí llamado por la comunidad del lugar, ya que ha ocurrido una grave desgracia: la muerte repentina de Tabita, una mujer de la comunidad, muy piadosa y caritativa. Pedro entra al lugar donde la habían puesto, pide a todos que se retiren y, quedando a solas con la muerta, reza por ella. "Luego, dirigiéndose hacia el cadáver, dijo: Tabita, levántate. Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó". La noticia se difunde inmediatamente y, al comprobar el hecho, mucha gente de la ciudad se convierte, sumándose a la pequeña comunidad.

Así es como Pedro decide quedarse en Jope, hospedándose en la casa de un curtidor llamado Simón. Y en esa casa, un día que había subido a la terraza para orar, tiene una extraña visión: un gran mantel lleno de toda clase de animales, y una voz que lo invita a comer de ellos. -"De ninguna manera, Señor; yo nunca he comido animales impuros"- respondió Pedro (Hch 10, 14). Sabido es que los judíos tenían como norma no comer la carne de aquellos animales que los paganos solían sacrificar a los dioses. Era un modo de defenderse de la tentación de vivir como los paganos y traicionar la ley de Moisés. La voz, sin embargo lo amonesta: "No consideres impuro lo que Dios purificó".

Terminada la visión, Pedro se entera de que abajo están tres hombres preguntando por él. Vienen de la importante ciudad de Cesarea, a orillas del mar. Los envía el centurión romano que presta allí su servicio, hombre muy religioso y que destacaba por su gran dedicación a la vida de la gente. Se llama Cornelio y le suplica a Pedro que se moleste en ir a Cesarea para escucharlo. Al día siguiente Pedro va a Cesarea y conoce la razón de la invitación: Cornelio también tuvo una visión, y quiere conocer la nueva religión. Con toda su familia pide y recibe el bautismo (Hch 10, 24-33).

La importancia del episodio está no sólo en que un no judío -es más, un oficial romano- se convierte al cristianismo, sino en que Pedro le permite pasar de pagano a cristiano sin exigirle que antes se haga judío. Esto, en efecto, era el gran problema. Jesucristo, según tenían entendido los Apóstoles era el Mesías esperado desde todo el Antiguo Testamento, el Mesías prometido al pueblo de Israel. ¿Estará permitido que un pagano -que no sabe del Mesías prometido por Moisés y los Profetas, y viene de una tradición llena de ídolos, de animales sacrificados a los falsos dioses- se haga directamente cristiano sin antes incoporarse al pueblo judío, portador de la antigua promesa? El problema, en el seno de la comunidad cristiana de Jerusalén, será debatido durante mucho tiempo y en el año 49 -durante el primer concilio de la historia de la Iglesia- los Apóstoles decidirán definitivamente que sí, que está permitido. Es más, que no se debe pedir a los paganos semejante condición, porque lo único necesario para ser cristiano es la fe, la fe en Cristo, la fe en Dios, que había actuado y manifestado en Cristo.

En la casa de Cornelio ante un pagano que tiene fe en Cristo y pide el bautismo, Pedro entiende el significado de la visión que tuvo en la terraza: todas las antiguas normas, cuyo significado era preservar la pureza del judaísmo en la espera del Mesías, han caducado. El Mesías ha venido. Es Cristo. La salvación está dada a todos los creyentes en Él.

VII. La comunidad de Antioquía (a partir del año 37 d.C)

Mientras Pedro se hallaba en Cesarea, sobre la costa mediterránea de Palestina, existe un grupo de discípulos viviendo y misionando en la ciudad de Antioquía de Siria, al norte de Palestina. El cristianismo había salido ya de los confines geográficos de Israel.

Al principio, estos discípulos se habían dirigido únicamente a los judíos de la ciudad. Pero empezaron pronto a anunciar lo que les había acontecido también a los paganos, muchos de los cuales se adhirieron en seguida a la nueva fe. Entonces, desde Jerusalén, los Apóstoles, análogamente a lo que habían hecho con los samaritanos, enviaron allí "un hombre bondadoso, lleno del Espíritu Santo y de mucha fe". Su nombre era Bernabé. "Cuando llegó y vio la gracia que Dios les había concedido, él se alegró mucho y exhortaba a todos a permanecer fieles al Señor con un corazón firme. Y una gran multitud se adhirió al Señor" (Hch 11, 23-34).

Es el comienzo de una nueva comunidad: la comunidad o Iglesia de Antioquía, que en poco tiempo llegó a ser tanto o más numerosa y activa que la propia comunidad de Jerusalén. La importancia de esta comunidad consiste precisamente en el hecho de que allí estaban unidos en la misma fe personas que venían del judaísmo y del paganismo. Como dice San Pablo en una de sus cartas. "El que vive en Cristo es una nueva creatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente" (2Cor 5, 17). "Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo o libre, varón ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús" (Gal 3, 28). Bernabé ante la nueva situación, se acordó de Pablo y fue a buscarlo a Tarso, trayéndolo a Antioquía. "Ambos vivieron todo un año en esa Iglesia y enseñaron a mucha gente. Y fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos" (Hch 11, 26).

VIII. La comunidad de Roma (a partir del año 42 d. C)

En el año 41, los acontecimientos en Jerusalén vuelven a precipitarse. Leemos en el capítulo 21 de los Hechos: "Por aquel tiempo, el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dios muerte a Santiago, hermano de Juan. Viendo que esto era grato a los judíos, llegó a prender también a Pedro" (Hch 12, 1-3).

Herodes Agripa I vuelve a perseguir a los cristianos para asegurarse el favor del Sanedrín. Directamente manda ejecutar a Santiago, el hermano de Juan. Este Santiago es llamado "el Mayor" para distinguirlo de otro Santiago, "el Menor", que era pariente del Señor, aunque no había formado parte de los Doce y que será la autoridad en la comunidad de Jerusalén, hasta su martirio en el año 62.

Con respecto a Pedro, Herodes quería hacer las cosas a lo grande y condenarlo a través de un proceso. Pero la noche anterior al mismo, Pedro pudo escapar de la cárcel gracias a la intervención de un ángel. Al principio, Pedro creyó tener una visión, pero de hecho se encontró fuera de la cárcel y pudo dirigirse a la casa de la madre de Marcos, su discípulo, donde un grupo numeroso de cristianos estaba orando por él. Cuando Pedro golpeó la puerta acudió uNa bå½»:ñÏ92—qѯ_-_£‡_„Œ___ä$_ ÿ_a _À!_Á b‡àzý ú__z, se alegró tanto que, en lugar de abrir, se fue corriendo a anunciar que Pedro estaba en la puerta". Inmediatamente le abrieron la puerta y manifestaron a gritos su asombro y alegría.

Pero el autor de los Hechos cierra rápidamente el relato diciendo que Pedro les hizo señas con las manos a todos para que se callaran, les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel, añadiendo que informaran a Santiago el Menor ya los hermanos lo sucedido. Luego termina el autor del libro de los Hechos: "saliendo de allí, se fue a otro lugar".

¿A dónde se fue? A otro lugar se dice, sin especificar. Sin embargo, tenemos indicios, testimonios posteriores y hechos que nos permiten deducir que Pedro se fue a Roma. Allí había también judíos, pero quizás los judíos de Roma no constituían todavía ningún peligro para los cristianos. Años más tarde cuando Pablo llegó a esa ciudad para defenderse ante el tribunal del emperador, descubrirá que allí los jefes judíos no habían recibido ningún informe de sus hermanos de Palestina acerca de él. Es más, aprovecharon la circunstancia para pedirle a Pablo informase sobre su nueva doctrina y que les explicase por qué la nueva secta estaba encontrando oposición en todas partes. De hecho, a comienzos del reinado de Claudio, un conjunto de indicios y de testimonios atestiguan que ya existe en Roma una comunidad cristiana. El mismo Pablo, cuando en el año 57, antes de su viaje para ser procesado, escribió a los cristianos de Roma su famosa e importantísima Carta, testimonio claro de que esa comunidad existía allí desde hacía bastante tiempo.

Pedro, por otro lado, debe haber permanecido largos períodos en Roma, durante más de veinte años. Pero, en el año 49, lo encontramos nuevamente en Palestina, presidiendo, junto con Juan y Santiago (el Menor), el primer Concilio de la Iglesia, el Concilio de Jerusalén. Están presentes también, y son protagonistas, Bernabé y Pablo. El tema es definir de una vez por todas el problema de los cristianos que vienen del paganismo. La decisión unánime es que no hay que imponerles la circuncisión, ya que para ser cristianos no son necesarias las obras de la ley mosaica, sino la fe en Jesucristo.

Después del Concilio, Pedro se queda un tiempo, visitando la comunidades locales, incluso la comunidad de Antioquía, donde sucede el famoso "incidente" del que habla Pablo en la carta a los Gálatas. En esa oportunidad, acosado por cristianos judíos, Pedro había dejado de frecuentar a los cristianos provenientes del paganismo por cuestiones de pureza legal provocando la pronta reacción de Pablo.

Probablemente ese mismo año, o poco más tarde, Pedro regresa a Roma. Allí de todos modos, lo encontramos en el 64, año en el que se desata la increíble, tremenda persecución neroniana, que horrorizó a los mismos paganos. Los hechos son conocidos: Nerón, frente a un violento incendio que había arrasado una parte muy grande de la ciudad (se murmuraba en el pueblo que era obra de Nerón), indica a los cristianos como responsables del incendio y los manda ejecutar en masa, crucificando y quemándolos en las mismas cruces. El macabro espectáculo de estas antorchas humanas ardiendo en la noche de Roma, donde encontraron indiscriminadamente el martirio hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, ha quedado indeleble y emblemático en la memoria histórica de la humanidad.En ese mismo año, Pedro también encontró el martirio.

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