José Joaquín de Olmedo

Pensamiento contemporáneo. Cabildo guayaquileño. Corte de Cádiz. Intereses andinos. Rocafuerte. Masonería. Libertad

  • Enviado por: Fragua De Vulcano
  • Idioma: castellano
  • País: Ecuador Ecuador
  • 14 páginas

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RESCATE DEL PENSAMIENTO DE OLMEDO

José Joaquín de Olmedo

¡Imperiosa necesidad!

La Fragua de Vulcano

Dentro de los muchos hombres de bien que han nacido en la ilustre América, ninguno ha reunido ni reunirá las condiciones ético-morales que tuvo José Joaquín de Olmedo. Su vida, su trayectoria y su obra revisten una inmensa importancia porque establecen un paradigma de visión colectiva y comportamiento social. Por su aporte a la libertad, por sus principios independentistas y por su ideal autonómico, el rescate de su pensamiento es una imperiosa necesidad…

  • ¿Quién fue José Joaquín de Olmedo y Maruri?

Este ilustre y noble personaje tuvo la dicha de nacer en la hermosa ciudad de Santiago de Guayaquil el 19 de marzo de 1780, producto de la unión entre el capitán de origen malagueño don Miguel Agustín de Olmedo y Troyano, con la ilustre dama, perteneciente a la burguesía porteña, doña Ana Francisca Maruri y Salavarría. Fue primogénito, y tuvo solamente una hermana a la que quiso con todas sus fuerzas. En 1789, con solo nueve años de edad, se trasladó a la ciudad de Quito para estudiar en el colegio San Fernando de los padres dominicos. Hasta los doce años realizó estudios en gramática castellana y principios de latín. En el año 1801, contando doce años de edad, regresó a la ciudad que lo vio nacer, a la casa de sus padres. Más adelante, al cumplir los 14 años, fue enviado a la ciudad de Lima bajo la tutela de José Silva y Olave, quien llegaría a ser rector del colegio del príncipe y obispo de Huamanga. Olmedo ingresó al colegio de San Carlos de Lima, al cual le profesaría un gran afecto hasta el fin de sus días. Dedicó nueve años completos de su vida a los estudios, y finalmente en el año 1805 recibió el título de doctor en Jurisprudencia y en su colegio fue colocado a cargo de una cátedra de derecho civil. En el año 1809, por su participación en eventos tanto matemáticos como filosóficos, recibió el titulo de iuris utriusqui magister (`maestro en ambos derechos').

El 20 de agosto de 1808, regresó a Guayaquil, teniendo la oportunidad de estar presente en la muerte de su padre, por quien sentía un profundo respeto y admiración. El 6 de julio de 1810, Olmedo viajó rumbo a España como secretario del obispo de Huamanga, quien había recibido el nombramiento de miembro de la junta central de Sevilla; mas, al arribar a México, se encontraron con la novedad de que esta había sido disuelta por los ejércitos franceses invasores. Al regresar a Guayaquil se enteraron de que, antes de desaparecer la junta antes referida, se había convocado a cortes. El 10 de septiembre de 1810, Olmedo fue nombrado representante del Cabildo guayaquileño. En enero de 1811, realizó un viaje para llegar a Cádiz el 11 de septiembre del mismo año, con el propósito de incorporarse al Cuerpo Constituyente el 2 de octubre.

En la corte de Cádiz, Olmedo se mostró como republicano, patriota e ilustrado humanista. En esta corte pronuncio el 12 de agosto de 1812 el brillante Discurso sobre la abolición de las mitas, que luego sería publicado por Rocafuerte en Londres. Esta y otras intervenciones brillantes dieron lugar a que sea escogido secretario de las cortes y luego el 13 de marzo de 1813 se lo incorpore como miembro y secretario de la diputación permanente. El 2 de febrero de 1814 fue uno de los valientes que firmó el decreto que intimaba a Fernando VII, para ser reconocido como rey. La firma de este decreto provocó la persecución por parte del absolutismo de todos los firmantes, lo que motivó que Olmedo, para poder librarse, se escondiera en Madrid hasta el año 1816, que fue cuando por fin pudo zarpar hacia Guayaquil. La llegada de Olmedo a Guayaquil se produjo el 28 de noviembre de 1816. Su regreso a esta ilustre ciudad fue particularmente especial ya que conoció a doña María Rosa de Icaza y Silva, de quien quedó profundamente enamorado y con quien el 24 de marzo de 1817 formó un hogar que dio como fruto dos hermosas niñas, Virginia y Rosa Perpetua, y un varón, José Joaquín. Los tres años que siguieron a su matrimonio fueron de extremada calma para él, ya que utilizó este tiempo para dedicarlo a su pasión literaria, dando como resultados verdaderas joyas poéticas, sobresaliendo entre ellas la silva escrita durante un viaje a Lima en el año 1817, titulada A un amigo en el nacimiento de su primogénito.

  • El silencio sobre Olmedo: producto de intereses andinos

“El gobierno representativo es la voluntad presunta manifestada por los órganos selectos y escogidos por los mismos pueblos, que, proponiendo siempre en las asambleas lo que parece mejor, rara vez se deja de hacer lo bueno” (tomado de Vigencia y permanencia de Olmedo, pág. 44). Esta frase, pronunciada por José Joaquín de Olmedo, nos deja ver cuáles eran los ideales de este hombre modelo que fue revolucionario, poeta, escritor, estadista... En fin, todo lo que era de provecho para una sociedad amante del progreso lo era él. Lastimosamente, el regionalismo y los obscuros intereses que se oponen al desarrollo económico y social de Guayaquil han mantenido en la penumbra la verdadera importancia de Olmedo en la época de formación de la república. Olmedo ha sido limitado por los historiadores serranos, que conforman la mayoría en el país, como el simple “autor del Canto a Junín”. ¡TREMENDA INJUSTICIA! Olmedo debe ser entendido como precursor de la independencia no sólo de Guayaquil, sino del Ecuador entero, como defensor de la libertad del ser humano, como formador de juventudes e ideales, como estadista y gran filósofo (por los tratados de filosofía que escribió). Los ejemplos claros de esta marginación que le hacen al “poeta Olmedo” se aprecian claramente cuando, en el libro de Enrique Ayala Mora Nueva Historia del Ecuador, en su volumen ocho, se lo ubica dentro del capítulo de Literatura ecuatoriana. Si bien se hace referencia a grosso modo de sus múltiples ocupaciones en la vida política, éstas son hechas para ser comparadas y disminuidas en comparación a las literarias, ya que dice textualmente en la página 88: “Olmedo desempeñó un papel preponderante en la historia nacional de la primera mitad del siglo XIX; pero, en el ámbito literario, desbordó completamente los límites del país y de su tiempo, y su obra lo consagra como uno de los más grandes poetas hispanoamericanos”. Este historiador ibarreño una vez más nos demuestra cómo la figura de Olmedo es disminuida a la del simple poeta y, si por error o por casualidad se lo llega a nombrar como parte de la historia política, es para minimizarlo en este plano y alzarlo como el gran poeta, “autor del Canto a Junín”.

El ejemplo más claro de este gran atropello es el que se evidencia en el libro del historiador quiteño Jorge Salvador Lara Historia contemporánea del Ecuador, cuando se refiere a Olmedo en tres líneas, mientras que a José Mejía Lequerica le dedica nada más y nada menos que cuatro páginas (solamente para su accionar en las cortes de Cádiz). Pero este mal llamado historiador no se queda ahí, sino que minimiza la revolución octubrina... En su libro, mientras el levantamiento de Quito es “una revolución de trascendencia nacional, continental y mundial”, el de Guayaquil no es más que un simple “alzamiento”. Esto demuestra cómo hacen tanto daño al país estas personas que se dejan influenciar por las más bajas pasiones y los deformes criterios personales para cambiar la historia, que -supuestamente- nos debe servir de modelo para no cometer los errores del pasado. ¿Qué podemos aprender si individuos prejuiciosos, falseadores de la verdad y con un claro punto de vista andino céntrico son quienes escriben la historia que aprendemos? La respuesta es simplemente NADA.

  • Olmedo, el padre de la Patria

Muy pocas veces, en una sola persona, se encuentra la sumatoria de tantos atributos que lo llevan a configurar un ser excepcional, que vuelca sus esfuerzos y prodigaciones en favor de los demás, consagrando su vida hacia la búsqueda y consecución de los más grandes objetivos y aspiraciones del hombre como son la libertad y la justicia.

El guayaquileño José Joaquín de Olmedo y Maruri suma todos esos atributos, en medio de una actitud humana que lo eleva por sobre los demás patriotas con quienes compartió los desvelos y sacrificios para poner fin a más de cuatro siglos de sojuzgamiento, esclavitud y tiranía, que impusieran los conquistadores españoles.

Él formó parte de esa pléyade de hombres notables de lo que hoy es América Latina que bajo la feliz inspiración del Precursor Francisco de Miranda, se aglutinaron a la sombra de las logias masónicas lautarianas, que levantaron columnas en Londres en 1800 bajo el nombre de Gran Reunión Americana y cuyos miembros se autodenominaban Los Caballeros Racionales.

Compartió las luchas por la libertad de América junto a Bolívar, San Martín, O'Higgins, Sucre, Santander, Andrés Bello, José Mejía, Juan Pío Montúfar, José de Villamil, León de Febres Cordero, Miguel Letamendi, Luis Urdaneta, Francisco María Roca, José de Antepara, Francisco de Marcos, Lorenzo de Garaicoa, Francisco de P. Lavayen y Rafael Casona. Asumió la tarea de hacer la revolución del 9 de Octubre de 1820.

Consciente de su capacidad, declinó la jefatura de las fuerzas revolucionarias, pero les dio su aporte organizativo, su talento y capacidad para consolidar la libertad, erradicando la esclavitud, imponiendo la justicia, el orden; y por sobre todas las cosas, organizó el primer ejercito para liberar Quito y demás pueblos que hoy conforman la República.

Olmedo siempre tuvo conciencia de país, abogó por el respeto a la decisión del pueblo para escoger su destino, le consagró sus mejores esfuerzos, iniciativas y desvelos, siendo su arquitecto y albañil, hasta ser considerado con toda justicia el Padre de la Patria.

  • Olmedo y Rocafuerte, el dúo dinámico

Olmedo y Rocafuerte, como paisanos y amantes de la libertad, con una formación masónica, establecieron una gran amistad y lucharon por la independencia de la Patria. Tanta era su compaginación que, cuando Rocafuerte fue a Inglaterra prologó y publicó el Discurso sobre las mitas de América, que había sido pronunciado por Olmedo en 1812. El acto más significativo de estos ilustrísimos personajes fue pedir al Consejo Real el establecimiento de un obispado y un seminario en Guayaquil. Si bien el Consejo no aceptó aquella petición, por lo menos escogió a José Ignacio Cortázar y Lavayen, pariente de Rocafuerte, para obispo de Cuenca, diócesis a la que pertenecía Guayaquil.

  • El 9 de octubre de 1820: la verdadera revolución

José Joaquín de Olmedo fue un hombre como pocos no solamente por sus valores, sus dotes poéticos, sus principios e inteligencia, sino también porque hizo lo que la mayoría de los hombres nunca hace: convertir sus ideales en acción. Es esta capacidad la que genera la gesta independentista más gloriosa de la historia del Ecuador: la revolución octubrina. Esta revolución promovida por Olmedo fue la primera verdadera revolución en Ecuador... Verdadera, porque fue la primera en proponer un cambio completo al sistema monárquico que regía el Ecuador por esos días, ya que el 10 de agosto de 1809 había sido un intento de asonada realizado por marqueses y nobles, lo que dio lugar a traiciones y dubitaciones. Aquella revolución del 10 de agosto de 1809 no proponía nada más que un cambio de actores dejando igual la obra, en pocas palabras, cambiaban los que estaban al mando pero el sistema seguía igual. Este motivo fue lo que produjo que la asonada del 10 de agosto no tuviera éxito; pero, en cambio, la revolución octubrina fue indiscutiblemente exitosa. Ésta no se inspiró en la del 10 de agosto... Llegó después por el simple hecho de que los guayaquileños estaban conscientes de que no estaban listos para una revolución y de que, por más que la revolución hubiese triunfado, de nada habría servido porque América habría seguido bajo el yugo español. Guayaquil buscaba inscribir su proyecto de libertad y alcanzar su independencia en el momento en que Hispanoamérica estuviese madura para intentar la ruptura total con el coloniaje, no antes. Esta actitud ha sido interpretada con ligereza por algunos historiadores, que han esgrimido la falacia que la negativa de los guayaquileños de apoyar a los quiteños en el movimiento del 10 de agosto de 1809, se debió a sentimientos regionales adversos. Esto es totalmente alejado de la verdad. Éstos no se comprometieron, no sólo porque su situación económica estaba en óptimas condiciones y en ascenso, y no sentían la necesidad de levantarse contra la corona, sino, básicamente, porque juzgaron no estar listos, pues las condiciones que se requerían para tener éxito aún no se daban.

Tan cierta era esta limitación en 1809 que Bolívar y los hombres agrupados en torno a él, aprendían apenas el arte de la rebelión en el cónclave secreto de su propiedad de El Palmito a orillas del río La Guayra. Y San Martín ni siquiera había llegado a Buenos Aires desde Europa. Es decir que las guerras de independencia como procesos bélicos estaban recién en gestación. Consecuentemente, sumarse a un movimiento carente de estrategia, de profundidad, de ejército, y huérfano de sustentación continental, que en cualquier momento resultaría aplastado, habría sido un sueño de opio, equivalente a lanzarse a un despeñadero. Eso es lo que el coronel Jacinto Bejarano quiso decir con “estamos listos, pero no están listas las condiciones externas”.

El escenario adecuado no existía aún: podríamos decir que los guayaquileños, con algo de visión y astucia mercantil, lo percibieron así. Todavía estaban empeñados en clarificar su situación económica, negociar sus impuestos, gravámenes a sus transacciones, etc. Olmedo, pese a que su pensamiento no se aparta de alcanzar la independencia, y la autonomía para su patria, va a las Cortes en plan de defensor del indígena, como negociador de facilidades para las colonias, es decir, como un diputado en pos de una legislación adecuada para progresar social y económicamente. Era necesario esperar el momento oportuno para evitar el fracaso, y éste empezó a llegar cuando toda América se empeñó en romper el yugo que la humillaba. Eso, precisamente, pusieron en práctica, pues la experiencia quiteña que sólo sería viable la independencia si la concebían dentro de una visión macro y la incorporaban a un proceso continental. Y así lo hicieron.

Cuando el imperio español estuvo agotado y debilitado militarmente por los sucesivos enfrentamientos con las potencias extranjeras, la monarquía, asediada interna y externamente, y su ejército fragmentado en muchos frentes de insurgencia, fue la hora decisiva. Entonces tomaron la resolución de alcanzar su emancipación. Los líderes de Guayaquil calcularon, meditaron, planificaron y midieron sus pasos. Respondían más a una lógica de pensar bien para no fracasar.

Recordemos, así mismo, que el eje político de la independencia de Hispanoamérica, que buscaba involucrar su lucha a un movimiento único continental, estaba dado por las sociedades secretas, especialmente la masonería, en la cual militaban los liberales de Guayaquil. Por otro lado, es necesario aclarar que coexistieron dos planes distintos de independencia: el monárquico o fidelista del 10 de agosto de 1809 (identificado con las elites serranas) y el de Guayaquil y la Costa, cuyos líderes ilustrados alcanzaron la ruptura total del régimen monárquico el 9 de octubre de 1820.

La importancia de Olmedo en la gesta del 9 de octubre de 1820 radica en ese arrojo que tenía para dirigir todo y liderar intelectualmente la revolución. Olmedo, después de haber alcanzado el triunfo, aceptó el cargo de Jefe Supremo, no por vanidad ni por deseos de gloria, sino porque era un patriota y, como tal, sus principios le obligaban moralmente a servir a su pueblo en busca de un desarrollo sostenido y una extirpación de este mal llamado dictadura, que, lamentablemente y mediante la fuerza, sería impuesta años más tarde por el “libertador” Bolívar.

Un ejemplo del menosprecio a Olmedo y a Guayaquil se evidencia en el libro Historia del Ecuador: Procesos Sociales, de Editorial Santillana. Este libro es usado como texto de enseñanza en el sexto curso de secundaria. El susodicho libro le dedica media página a la independencia de Guayaquil, y dos páginas a la de Quito. Aparte, dice lo siguiente acerca de Guayaquil: “El cabildo y los propietarios de Guayaquil negaron su apoyo a los insurgentes de Quito, y más bien colaboraron en la represión de la insurgencia quiteña; pero ello no los liberó ni alivió de las prácticas monopólicas de los comerciantes del Consulado de Lima en el negocio del cacao”. ¡Cómo es posible que esta visión andino céntrica, que a la larga no es más que una sarta de mentiras, sea lo que los estudiantes de colegio aprenden acerca de cómo se dio la historia y de cuál fue el papel de Guayaquil en ésta! En el libro antes referido, ni en broma se lo menciona a Olmedo. ¿Será acaso que hay intereses obscuros que no quieren que se conozca al verdadero Olmedo? Así mismo, en el mencionado libro, se le dedica una página entera a la tristemente célebre “Constitución Quiteña de 1812”, mientras que al Reglamento Provisorio de Guayaquil ni siquiera se lo menciona.

Esto nos muestra cómo lastimosamente los historiadores quiteños se han encargado de dejar en el olvido la gesta independentista del 9 de octubre de 1820, así como la insigne figura de don José Joaquín de Olmedo.

  • Olmedo, la masonería y la libertad

Olmedo junto a un grupo de patriotas guayaquileños, miembros de la Masonería Universal, constituidos en la logia “Estrella de Guayaquil”, cuyo venerable maestro era Francisco María Roca, planificaron la revolución del 9 de octubre de 1820, que puso fin a más de tres siglos del colonialismo español.

La logia “Estrella de Guayaquil” levantó columnas en 1819 dependiente de la logia Lautaro, de Buenos Aires; y José de Villamil elaboró el Ritual de Trabajo, cuyo manuscrito de su puño y letra, reposa en el archivo de la Muy Respetable Gran Logia del Ecuador en Guayaquil.

El mismo día 9 de octubre de 1820, Olmedo comandante de la Junta de Gobierno de Guayaquil constituye la División Protectora de Quito, que sería el primer ejército al mando de Luis Urdaneta y León Febres Cordero como segundo comandante.

El 10 de octubre de 1820 promulga por bando la primera ley de elecciones libres y democráticas para elegir 57 diputados en 24 centros electorales ubicados en Guayaquil, Samborondón, Babahoyo, Caracol, Baba, Puebloviejo, Palenque, El Estero, Balzar, Daule, Santa Lucía, Yaguachi, Balao, Machala, El Morro, Chongón, Colonche, Chanduy, La punta, Jipijapa, Montecristi, Charapotó, Pichota y Canoa.

El 8 de noviembre de 1820 convoca la Primera Asamblea de Representantes de Guayaquil con delegados de pueblos que hoy forman las provincias de Guayas, Manabí, El Oro, Los Ríos y Bolívar. Como Asamblea Constituyente expide el Reglamento Provisorio Constitucional de Guayaquil, que es, sin más ni más, la primera Constitución de la República del Ecuador.

Este Reglamento provisorio trae los elementos básicos de una Carta Fundamental que exige el Derecho Constitucional moderno como Estado libre e independiente, de religión católica, de gobierno electivo; reglamenta las funciones Ejecutiva y Judicial y el área militar, y norma la gestión electoral.

La primera bandera de Guayaquil y de la República del Ecuador, fue la del Taller del Valle Masónico de Guayaquil, con cinco franjas horizontales: dos blancas y tres celestes, tres estrellas al centro, que representaban los Departamentos de Guayaquil, Quito y Cuenca y tuvo vigencia hasta el 26 de septiembre de 1860, cuando fue substituida por García Moreno, a cambio del tricolor de la Gran Colombia.

Así mismo, el primer himno de Guayaquil y, por ende, de la República correspondió a la autoría de José Joaquín de Olmedo.

  • Olmedo, el gran defensor del carácter autónomo de Guayaquil

José Joaquín de Olmedo, un tribuno liberal y amante empedernido de la libertad, se enfrentó en no pocas ocasiones a personajes de la talla de Simón Bolívar y San Martín para hacer prevalecer la calidad de provincia autónoma de la que gozaba Guayaquil. Olmedo, incluso cuando vio que ya no tenía recursos para mantener la calidad autónoma de Guayaquil, se hizo respetar y le dejó las cosas bien en claro a Simón Bolívar quien, ya para ese entonces, se había convertido en todo lo que él había criticado. Olmedo promulgó la autonomía de Guayaquil; y esto fue lo que enfadó al “libertador”, llevándolo a pronunciar las palabras: “Una ciudad y un río no hacen un país”. Una autonomía que no aislaba a la provincia, sino que reconocía la necesidad de asociarse a otro país, pero respetando la libertad de Guayaquil. ¡Esto fue lo que no entendió Bolívar! Algunos historiadores han aseverado que Olmedo quiso anexar Guayaquil a Perú o a Colombia, pero esto simplemente no es verdad porque Olmedo en ninguno de sus escritos lo manifiesta de esta forma. Lo que él sí manifiesta es que “habrá que esperar a ver cómo se van dando las situaciones para ver a cuál de los dos territorios independientes le conviene más a la provincia unirse en calidad de provincia autónoma”. Otro punto para comprobar que aquello es mentira es que, si Guayaquil se hubiera querido unir a Colombia, ¿por qué Bolívar necesitó dos mil hombres para poder asegurar la “anexión voluntaria”?, Como él mismo lo manifestó en una de sus cartas. Olmedo no tuvo los recursos para enfrentar esta anexión impuesta por el “libertador”. Por eso y para evitar males y desastres al pueblo, prefirió dejar el poder político que ejercía en la provincia. Es por esta actitud pacificadora y con tendencia a buscar siempre el bien colectivo que se vuelve imperioso para los fines de este escrito transcribir la carta que Olmedo dirigió al “libertador”:

Julio 29 de 1822.

Excmo. Señor Libertador Simón Bolívar, etc., etc.,

Muy señor mío, y (si usted me lo permite todavía) mi respetado amigo:

Es imposible que Ud. no haya observado que mi situación aquí es difícil y violenta; ni a Ud. pueden escondérsele las causas. Esta observación justificará todos los pasos de mi conducta política, especialmente habiéndome hallado siempre en medio del conflicto de opiniones y pasiones ajenas desde el principio de mi consulado hasta más allá de su término.

Algunos me acusan de no haber tenido un voto pronunciado en la materia del día; sin atender a que, hallándome a la cabeza de este pueblo, mi carácter público exigía una circunspección bien rara que moderase el calor de los partidos interiormente, y que impidiese que las pretensiones extrañas se precipitasen, aún estando dudosa la existencia política de la Provincia.

Otros me acusan de no haber sostenido los derechos de este pueblo y de haber vendido la Provincia, habiendo llegado a tal extremo el acaloramiento, que aun se han formado planes para atropellar esta casa, que no es mía, y hacer un atentado.

Otros, en fin, me acusan de no haber hecho protestas y reclamaciones por los últimos sucesos; como si yo debiese preparar una desavenencia entre pueblos hermanos, y encender el primero la tea de la discordia.

Yo puedo equivocarme; pero creo haber seguido en el negocio que ha terminado mi administración la senda que me mostraban la razón y la prudencia: Esto es, no oponerme a las resoluciones de Ud. para evitar males y desastres al pueblo, y no intervenir ni consentir en nada para consultar a la dignidad de mi representación.

Yo tomo, pues, el único partido que puedo, separarme de este pueblo, mientras las cosas entran en su asiento y los ánimos recobran su posición natural. Sólo la malignidad podrá decir que pretendo evadir el juicio de residencia; pues es notorio a todos que nosotros mismos hemos provocado ese juicio, y que hemos dado en el auto de convocatoria una latitud mayor de la que daba la ley. Teniendo firmeza bastante para oír una sentencia del tribunal más severo, no debo tener la debilidad de sujetarme a un tribunal incompetente, por humano y benévolo que sea.

Sé que está preparada nuestra acusación y aun escrita la sentencia. La condenación del Gobierno aseguran que es el principal argumento para justificar cuanto se le ha hecho. No lo dudo, pues todas las apariencias lo confirman, y cuando en los papeles oficiales se dan a luz exposiciones detractoras, mentirosas, infames, y cuya trama es tan groseramente urdida, que el miserable autor no ha reparado en que ha hecho decir y escribir a un mismo tiempo a tres o cuatro pueblos distintos y distantes muchas leguas, las mismas acriminaciones, con los mismos pensamientos, en las mismas frases, y aun con las mismas palabras. ¡Qué pobreza de imaginación! Pero yo miro todas esas cosas como nubes que vagan y se disipan debajo de mis pies.

Mas sería precisa toda la filosofía de un estoico o la imprudencia de un cínico para ver el abuso que se ha hecho del candor de estos pueblos, obligándolos a decir que han sufrido bajo de nosotros un yugo más insoportable que el español, y para ver esta impostura autorizada con el nombre de Ud. en los papeles públicos, difundidos por todas partes; y sin embargo, permanecer en este país, o en cualquier otro de América, donde el conocimiento de nuestra honradez y de nuestros puros sentimientos por la Patria y la Libertad no desmientan altamente aquella atrocísima calumnia. ¡Qué dirán los Gobiernos libres con quienes hemos tenido relaciones, y a quienes llegó nuestro nombre con honor! ¡Vaya que ha sido hermoso el premio de tantos desvelos porque fuese este pueblo tan feliz como el primero, y más libre que ninguno! No crea Ud. que hablo irónicamente. Una aclamación popular me sería menos grata. Usted sabe por la historia de todos los siglos cuál ha sido la suerte de los hombres de bien en las revoluciones; y es dulce participar de una desgracia más honrosa que un triunfo.

Yo me separo, pues, atravesado de pesar, de una familia honrada que amo con la mayor ternura, y que quizás queda expuesta al odio y a la persecución por mi causa. Pero así lo exige mi honor. Además, para vivir, necesito de reposo más que del aire: mi Patria no me necesita; yo no hago más que abandonarme a mi destino.

Soy y seré siempre de Ud. atento y respetuoso servidor y amigo,

José de Olmedo.

¡QUÉ PATRIOTA, OLMEDO! ¡Qué carácter moral, qué altura, qué cantidad de valores que demuestra al enfrentarse de una forma muy respetuosa nada más y nada menos que a Simón Bolívar, diciéndole las cosas tal y como eran, reclamando por lo hecho a Guayaquil y haciéndose respetar! Olmedo le demuestra que, a pesar de las calumnias que levantan en su contra, él no se doblega ni se amilana, sino que teme por el bien de su pueblo y de su familia; en ningún momento dice temer por él. ¡Qué lección de moral y hombría nos da Olmedo a los jóvenes! Él dice que, pese a que su familia puede quedar expuesta al odio y a la persecución, su honor le exige retirarse y no ser parte de esa nueva forma de dictadura. Olmedo refleja en esta carta el verdadero lado del “libertador” Bolívar, demostrando que sabe hacer correcto uso de la diplomacia, porque, aunque se siente profundamente dolido, no devela su enojo de forma grosera ni soez, sino más bien con un sutil tacto para exponer su punto de vista y hacerse respetar. Esta carta nos deja ver que Olmedo, cuando se trataba de luchar por Guayaquil y sus ideales, no le tenía miedo a nada ni a nadie. Fue por esa razón que logró que tuvieran éxito las revoluciones octubrina y marcista.

Olmedo podría ser malinterpretado por este amor que le tiene a su ciudad natal como regionalista y amante del separatismo. Sin embargo, esto no sería más que otra de las tantas calumnias levantadas por los historiadores serranos contra este noble personaje. Olmedo en ningún momento da muestras de regionalismo; más bien da muestras de buscar un país unido en las frases que pronuncia en la “Proclama de la victoria del Pichincha” el 9 de junio de 1822:

Cuando nos propusimos ser libres, no podíamos dejar gemir en la opresión a los pueblos que nos rodeaban; la empresa era grandiosa, y los tiranos miraron con desdén nuestro noble arrojo...

Guayaquileños, Quito ya es libre: vuestros votos están cumplidos; la Provincia os lleva por la mano al templo de la paz, a recoger los frutos de vuestra confianza y de vuestros sacrificios.

Esto nos da una idea de la ideología unitaria que tenia este hombre; buscaba la unidad del país ante todo. No se aislaba en la idea de “una ciudad y un río haciendo un país”; buscaba una verdadera nación unitaria e independiente donde no existiesen el regionalismo ni el odio entre hermanos de un mismo continente.

  • La revolución del 16 de abril de 1827: logro del pensamiento autonomista de Olmedo

El tema de autonomías y los reclamos de los guayaquileños por este motivo no son nuevos. El 16 de abril de 1827, el pueblo guayaquileño se levantó en contra de la dictadura bolivariana. Con motivo de la visita del mariscal La Mar a su propiedad agrícola “Buijo”, se le nombró Jefe Supremo de Guayaquil y se declaró a la provincia una provincia federal de Colombia. Este no fue un movimiento separatista, como algunos historiadores andinos plantean. Fue más bien un reclamo de la gente por las injusticias que cometían los funcionarios puestos al frente de la provincia por la dictadura del “libertador”. No fue “una protesta aislada de unos cuantos guayaquileños separatistas”; fue un levantamiento de Guayaquil y de algunos regimientos del Perú que lo respaldaron. Entre los miembros de este batallón sobresale la figura del general Antonio Elizalde. Él venía hacia Guayaquil para hacerse cargo de la ciudad. Hasta tanto, el coronel Vicente González, quien no es gratamente recordado por la historia, fue a pedirle la sumisión a Elizalde, quien se negó y exigió que la provincia de Guayaquil sea desocupada. Cuando González huyó, Elizalde entró en la provincia y se designó Jefe Supremo al mariscal la Mar que se encontraba visitando su propiedad agrícola “Buijo”. Se escogió a La Mar ya que el pueblo guayaquileño confiaba y tenía conocimiento de los valores morales que regían su vida. Después de asumir el mando el mariscal La Mar se informó al Gobierno de Colombia que Guayaquil se convertía en una provincia federal, y también se mantuvo informado al gobierno de Colombia de todo lo que pasaba en la provincia. La Mar renunció un tiempo después para asumir la presidencia del Perú. Bolívar borró del mapa el periódico El Patriota de Guayaquil “por ser pro-federalismo”, y en su lugar implantó El Colombiano del Guayas, que solo difundía la visión de la dictadura. Este ejemplo nos muestra claramente cuál era el sentido de democracia que tenía el TIRANO “libertador”.

  • Autonomías, un legado de Olmedo

Hoy en día el país se bate en una terrible crisis democrática debido a la inviabilidad del centralismo; pero, por los intereses de unos pocos, el centralismo se mantiene a pesar del clamor popular. ¿Será que los gobernantes están esperando un nuevo 16 de abril de 1827? No tengo la respuesta a esta pregunta; pero lo que sí puedo afirmar es que Guayas no está pidiendo lo que no le corresponde. Lo que Guayas pide es lo que desde la época del gran Olmedo se nos ha venido negando... Lo que Guayas pide es que, después de 171 años de república, se haga justicia. Las autonomías son en esencia un legado de Olmedo, ya que él era un defensor de las libertades del individuo y, por ende, de las autonomías. Olmedo luchó y defendió el carácter autonómico de la provincia del Guayas, incluso después de haber renunciado a su cargo, en esa famosa carta a Bolívar en la que le reclamó por todo lo hecho contra su persona y contra la provincia de Guayaquil. Por este motivo, para que Olmedo pueda descansar en paz, las autonomías deben ser implementadas, porque fue ése el mayor sueño que él tuvo para su provincia.

  • 6 de marzo de 1845: la segunda independencia de la patria

En esa fecha ocurrió la segunda independencia de la patria, porque con ella se eliminó el militarismo extranjero que nos había gobernado desde hacía 15 años. Lastimosamente, los historiadores andinos siempre se han encargado de mantener en el olvido a José Joaquín de Olmedo, persona clave en esta revolución, y al verdadero significado de esta revolución en sí. Solamente como muestra tenemos el caso del historiador quiteño Eduardo Muñoz Borrero, que en su libro En el palacio de Carondelet da la siguiente descripción de lo que fuera la revolución del 6 de marzo y el posterior Gobierno provisorio que se formaría:

Llega el año 1845. La conspiración avanza. Su centro está en Guayaquil. Rocafuerte, el poeta Olmedo, y hasta el general Urbina, hasta ayer partidario de Flores, preparan allí el movimiento. A todos los mueve don Vicente Ramón Roca. Y el jefe militar será Antonio Elizalde.

Una fecha para recordar: 6 de marzo de 1845 / En este día, el general Moreno Ayarza, el general Elizalde y otros altos oficiales preséntanse en el cuartel de artillería. Allí se pronuncian contra el Gobierno. Y numerosos jóvenes van al cuartel para armarse. Hay algún combate en la parroquia Guayaquil. Al cabo, don Manuel Espantoso, espantado, renuncia y capitula. Fórmase un Gobierno Provisional, un triunvirato, en el que Olmedo representa a Quito; Roca, al distrito del Guayas; Diego Noboa, al del Azuay, cuya capital es la docta Cuenca. Este triunvirato modifica la bandera ecuatoriana y borra los 15 años de gobierno “extranjero” de Flores. En adelante, 1845 será indicado como el año primero de la libertad. ¡Vaya entusiasmo!

Los tres hombres del momento son respetables y respetados. Olmedo, cumbre de las letras y la cultura hispanoamericana, autor del Canto a Junín y de otro poema no menos notable, Oda a Miñarica, escrita hace once años y en la que elogiaba a Flores, vencedor contra la anarquía de 1835. No es que él haya cambiado, sino que dicho general se ha convertido en Presidente Perpetuo, en una especie de déspota, a quien buena parte de Ecuador, desde hace dos años, ha deseado ver fuera del poder.

Vicente Ramón Roca es hombre de talento y de carácter. Tiene gran prestigio, sobre todo en Guayaquil, de donde es oriundo. Corren por su sangre algunas gotas de sangre negra. Tal vez por esto, “porque nadie odia tanto como el mulato”, le combate a Flores desde hace cuatro años tenazmente, con verdadera saña. Ocupará la presidencia poco tiempo después.

Nuevo combate el 9 de mayo y nueva derrota de los rebeldes…

La lectura de esta sarta de mentiras y tergiversación de información no puede causar otro sentimiento que indignación y coraje. Cómo es posible que este individuo que es miembro correspondiente de la Academia Nacional de Historia, cuyo fin debería ser informar la realidad de los hechos tal como sucedieron, se dedique al bajo fin de tergiversar el verdadero significado de la revolución marcista. Analicemos detenidamente las palabras de este historiador quiteño: Primero, él se refiere a esta noble revolución como una “conspiración”, dando muestra de claro desprecio hacia este hecho histórico tan importante y dando a entender que todos los que participaron en él eran conspiradores. Segundo: se refiere al gran liberal, maestro, amante de la democracia, republicano y prócer Olmedo como “el poeta Olmedo”, una vez más limitándolo y menospreciándolo. No contento con esto, este individuo dice que es Roca el que mueve todo, cuando las páginas de la historia (de la verdadera historia) relatadas magistralmente por el libro Las calles de mi ciudad, escrito por el historiador guayaquileño José Antonio Gómez Iturralde, refiriéndose a Olmedo, dice: “En 1845 encabezó y presidió la revolución del 6 de marzo que derrocó al general Flores”. Este libro se encarga de demostrar que es Olmedo el mentalizador de todo esto, no Roca, como lo plantea Muñoz. Este individuo, a pesar de ya haber masacrado la verdad, sigue dándole, y dice que hubo “algún combate en la parroquia Guayaquil”, cuando la verdadera historia nos cuenta que lo que hubo en aquella revolución fue un combate sangriento que duró hasta el día siguiente. Este mal llamado historiador, ya habiendo demostrado hasta aquí un profundo regionalismo y odio hacia todo lo que venga de la Costa, y especialmente de Guayaquil, no se limita sólo a falsear la verdad, sino que también emite un comentario y sarcástico y de mal gusto: “¡Vaya entusiasmo!” Con esto da a entender que los próceres del 6 de marzo no eran más que un grupo de traidores y regionalistas. Y aún hay más... La peor de cuantas estupideces pueda escribir en su libro es limitar al gran Olmedo, que ha sido prócer de la independencia, diputado en la Corte de Cádiz y tribuno liberal, como “autor del Canto a Junín y de la Oda a Miñarica”. Sin embargo, esto no le bastó. Tenía que acabar con la imagen de Olmedo, como de hecho lo hizo cuando, con un toque de sátira cruel que solo puede ser escrita por los más viles seres, da a entender que Olmedo jugaba a lo que hoy en día se conoce como “camisetazo”. Si se lo dice a alguno de nuestros políticos actuales, no molestaría; pero para decírselo a alguien de la talla de Olmedo, que era una persona intachable en su honor y principios morales, se necesita estar lleno de odios y resentimientos. Aún después de esto, el calumniar injuriosamente a Olmedo no le fue suficiente... Decidió achacar a todos aquellos que participaron en la heroica revolución marcista, como lo hace al referirse en tono despectivo al doctor Roca diciendo que su combate hacia Flores era producto del tono de su piel. Se necesita tener una capacidad de raciocinio limitada para poder hacer tales aseveraciones. Y como para cerrar con broche de oro toda esta sarta de incoherencias que escribe en su libro, se refiere a todos aquellos patriotas de esa gloriosa revolución como “rebeldes”, y de milagro no los llamó “insurrectos”, sin poder faltar el sarcasmo característico de este autor para dar a entender como perdedores a los patriotas al escribir: “Nuevo combate el 9 de mayo y nueva derrota de los rebeldes”.

Esta es la más clara muestra de por qué este hecho no ha transcendido en la Patria como lo que realmente es. Podríamos seguir dando ejemplos de estos casos; pero ni todo el papel del mundo nos alcanzaría para escribir las injusticias cometidas contra Olmedo y el grupo de valientes del 6 de marzo de 1845.

No obstante, sería injusto para Olmedo, para el pueblo de Guayaquil y para el Ecuador entero dejar esto hasta aquí y quedarnos nada más que con la versión de Eduardo Muñoz Borrero... El historiador guayaquileño Melvin Hoyos escribe acerca de la revolución marcista en la revista Portavoz de mayo de 1999: “La revolución del 6 de marzo de 1845 es, después de la de octubre de 1820, el movimiento emancipador más importante que recuerda nuestra historia. En ella no sólo se consolidan la nacionalidad ecuatoriana y el espíritu democrático que debía mover a la joven república, sino que también, una vez más, sería Guayaquil quien se entregara en pos de un nuevo y mejor horizonte para la patria”. Estas líneas nos pueden dar una idea realista de lo que realmente fue la gloriosa revolución marcista.

  • ¿Por qué rescatar el pensamiento de Olmedo?

En los actuales momentos el país, sufre una falta de lideres y tenemos unos verdaderos dinosaurios participando en política que desde antes y después del retorno a la democracia han demostrado que no son capaces de manejar correctamente el país y peor aún repartir felicidad entre sus ciudadanos. ¡Qué falta nos hace un José Joaquín de Olmedo hoy en día! Olmedo hubiera sabido manejar los destinos del país acertadamente como ya lo demostró al frente de la Junta Provisoria de Gobierno. De ahí, la importancia y la vigencia de Olmedo... Olmedo como estereotipo no pierde vigencia; es una persona que, por la cantidad de valores morales y la hombría que demostró, debe ser modelo a seguir para los futuros gobernantes. Las ideas de Olmedo se mantienen a pesar del paso del tiempo. Una prueba concluyente de ello es que todavía se discute el tema de las autonomías. Olmedo fue tan apreciado que el día de su muerte el periódico guayaquileño El Seis de Marzo comunicaba su defunción, añadiendo: “Siempre prematura es la muerte que arrebata al hombre de genio a sus ciudadanos; el efecto y la admiración que inspira siempre se rebelan contra las mismas leyes de la naturaleza y los decretos del destino; pero, al menos, si algún consuelo puede aliviar el profundo dolor que nos causa tan funesto golpe, es la idea que la posteridad había empezado desde mucho tiempo atrás para Olmedo, y que, más feliz que el Homero griego, el cantor de Junín pudo en su vida gozar de todas sus glorias, sin que el soplo de la envidia haya conseguido empañar el brillo de su nombre” (tomado de Los periódicos guayaquileños en la historia, págs. 192 y 193). Este fragmento nos da una idea de quién era realmente José Joaquín de Olmedo. La figura de Olmedo tiene que ser rescatada de esas sombras donde ha sido ocultada por los historiadores andinos, porque si no se hace esto, estaríamos hablando de la desintegración de la república. Necesitamos líderes como Olmedo, no tiranos como Bolívar y Flores. Los problemas de liderazgo principalmente se deben a esto, a que las figuras que sobresalen siempre son las de los tiranos (como Bolívar y Flores) y no la de los patriotas y estadistas (como Olmedo). Mi intención al participar en este concurso no es participar y alcanzar el primer lugar. Mi objetivo como guayaquileño de corazón es lograr que por fin se haga JUSTICIA y que tanto Guayaquil y Olmedo reciban lo que por ley, historia, tradición y mérito les corresponde.

BIBLIOGRAFÍA

  • Breve historia general del Ecuador, de Oscar Efrén Reyes.

  • El gran mariscal José de La Mar, de Pío Jaramillo Alvarado.

  • En el palacio de Carondelet, de Eduardo Muñoz Borrero, págs. 57, 60, 61.

  • Encuentros y desencuentros entre Bolívar y Guayaquil, de José Antonio Gómez Iturralde, págs. 29-33.

  • Historia del Ecuador, de Alfredo Pareja Diezcanseco.

  • Historia del Ecuador: Procesos Sociales, de Jorge Núñez Sánchez, págs. 11, 12, 15.

  • Las calles de mi ciudad, de José Antonio Gómez Iturralde.

  • Los periódicos guayaquileños en la historia, 1821-1997, de José Antonio Gómez Iturralde, pág. 192.

  • Nueva Historia del Ecuador, de Enrique Ayala Mora, pág. 88.

  • Proyecciones de la gesta autonómica de Guayaquil, publicado por el diario El Universo.

  • Resumen de Historia del Ecuador, de Enrique Ayala Mora.

  • Revistas Portavoz, correspondientes a los meses de marzo-mayo y agosto-octubre del año 1999.

  • Vicente Rocafuerte: Epistolario, primer tomo, de Carlos Landázuri Camacho, págs. 40, 41.

  • Vigencia y permanencia de Olmedo, de José Antonio Gómez y Wellington Paredes, págs. 107, 108.