Jesús según Judas Iscariote

Teología. Apóstol. Traición. Tesorero. Biografía. Betania. Jesucristo. Doctrina. Revolución. Sumos Sacerdotes. Última cena. Haqueldamá

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YO ME ENCONTRÉ CON JESUS

POR JUDAS ISCARIOTE

JUDAS ISCARIOTE

Bueno, antes que nada presentarme, me llamo Judas, Judas Iscariote. Como todos sabéis soy el apóstol que traicionó a Jesús, y desde hace 1973 años resido en el limbo de los muertos, sí, sí y no se está tan mal aquí, bueno, un poco aburrido, pero ya está.

Bien, acto seguido paso a relatar mi historia, concedida en exclusiva a Agustín Bravo para el programa “Bravo por la tarde” (y que conste que lo que menos pretendo es hacer publicidad, sólo confirmar la autenticidad de la historia), y en el que contaré mi penosa y amarga existencia en la tierra allá por los primeros treinta años después del nacimiento de Jesucristo; y más tarde si Agustín da la autorización, responder todas las posibles dudas, vía teléfono, que hayan podido surgirles a los espectadores (debido al misterio e incredulidad que desbordan de esta escalofriante biografía).

Nací en Queriyot, una pequeña aldea de Judea (en hebreo, Ish-Kraiot), de ahí proviene mi nombre y el de mi padre, Simón Isacariote. Tuve una vida tranquila en mi pueblo hasta que conocí a un hombre, Jesús de Nazaret o Jesucristo, como queráis llamarle, y al que sin saber porqué seguí como muchos otros hicieron. Este hombre, Jesús, se convirtió en un ídolo, un modelo a seguir; quede fascinado con su sabiduría y sus enseñanzas y añoraba el momento, y más ardientemente deseaba que estallase una revolución encabezada por él, todo con la garantía de la fuerza del pueblo, todo el populacho estaba entregado a él.

Para ello, eligió a un grupo de doce hombres, en el que yo me incluía, y nos llamó apóstoles, procurándonos la misión de difundir su mensaje cuando él ya no estuviese aquí. Estos doce apóstoles éramos, sin incluirme a mí, Judas Iscariote, los siguientes: Simón, al que llamó Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago y Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, que era cobrador de impuestos; Santiago, hijo de Alfeo; Tadeo y Simón el Cananeo. Todos galileos menos yo, que era judeo, y entre ésto y el cargo que me confió Jesús, me instalaron la etiqueta de codicioso, deshonesto, ladrón y avaricioso.

Como ya he dicho, Jesús me confió la tarea de tesorero de los fondos de los apóstoles y la custodia del dinero recolectado para los pobres.

Así que fue pasando el tiempo y creciendo mi sorpresa, lo que yo creía que iba a ser una gran rebelión contra los romanos con Jesús en cabeza, de jefe, resultó ser algo distinto. Jesús era un jefe diferente. Yo empecé a agobiarme, no había sido eso por lo que yo había estado luchando todos esos años, aquella prioridad absoluta de lo espiritual me pareció demasiado lujosa y cómoda frente a los problemas concretos, urgentes e inmediatos que nos azotaban en aquella época. Ahora voy a recitaros una canción que improvisé un día en el que no encontraba razones para continuar siguiendo los pasos de Jesús (y que sobre los años '70 Camilo Sexto cantó en la ópera rock “Jesucristo Superstar”): “¡Jesús! Ya empiezas a creer lo que dicen de tí, ya crees de verdad en tu divinidad. Todas tus ideas de nada servirán porque sólo importa tu personalidad. Oye, Cristo, sé por qué te seguí y te pido que me escuches, no lo olvides, yo lucho por la libertad. No pensé que creerían que eras un nuevo Mesías y sólo eres un libertador. Yo recuerdo cuando todo empezó, te llamábamos hombre y no Dios y te juro que aún cuentas con mi admiración. Pero a tu revolución todos le dan otra intención si ven el error te matarán. Nazaret, tu hijo es muy famoso como ves, lástima que sea tan popular. Si fuera heredero del padre carpintero a nadie asustaría ni provocaría. Oye, Cristo, ¿no te importa tu pueblo? ¿No ves cómo pisotean mi suelo?, es la ocupación y la total humillación. Yo temo a la multitud el gritar es su virtud, su entusiasmo es nuestra perdición para nuestra revolución. Oye, Cristo, yo te quiero pedir que recuerdes que debemos vivir y ahora sé que la victoria no es posible. Tus adeptos están ciegos, sólo piensan en tus cielos. Te seguí para una gran misión y ahora todo es detención”.

Bueno, con esta canción quiero resumir brevemente mi frustración e ideales, y quizá de ella se puedan extraer las causas de por qué obré de aquella forma.

Venga, ¿por dónde iba?, ¡Ah, sí!, de que me parecía ridículo que derrocháramos y nos permitiéramos algunos lujos cuando había gente muriendo de hambre; como tampoco pude contenerme aquella vez en Betania, cuando una mujer de mala vida vertió sobre la cabeza de Jesús un perfume carísimo; si queréis os cuento la historia: “Estábamos en Betania, Jesús se hospedaba en casa de Simón el leproso, de pronto se le acerco una mujer y se ofreció a limpiarle la frente. Entre tanto, los apóstoles preguntaban a Jesús por el porvenir, éste dirigiéndose a los apóstoles les dijo lo siguiente respondiendo a los cuidados que le brindaba la mujer: “¡Ah! Gracias, María. Esto sí me hace bien. Mientras sólo os importa cómo, cuándo, allá o aquí, ella en cambio me conforta y yo no se lo pedí.” Yo no pude callarme al verme envuelto en aquella situación, y encarado hacia Jesús dije: “Me parece realmente extraño que un hombre así quiera perder su tiempo en esa mujer. Comprendo que te pueda divertir pero si alguien ve lo que hace aquí ¿qué ibas a decir?. No es que me importe su profesión, pero, ¿qué tiene ella que ver con lo que dices que hay que hacer?. Tienes que ser más consecuente. Ella puede dar razón a nuestra detención.”La verdad es que cuando le dije aquello me sentí realmente orgulloso de mí mismo, no podía comprender por qué Jesús obraba de aquella forma con la mujer, y lo mejor estaba por llegar. Además de que me respondió que yo no era nadie para criticar y despreciar a la mujer, nos echó en cara, martirizándose, que era muy triste que sus amigos no comprendieran como era él, y que no nos importaba adonde iba. Entonces la mujer volvió a acercarse a él y comenzó a ungirle ungüento y perfume mientras lo animaba a dormir en paz; de nuevo, no pude contenerle, y quitándole el frasco de perfume de las manos, grité a la mujer: “Mujer, tu perfume es un gasto inútil para un inútil placer. Hubiera servido para muchos pobres que no tienen que comer. ¡Hay gente con hambre, hay gente con sed! ¿Importan más su frente y sus pies?” Jesús, volviendo a su táctica de mártir dijo serenamente que no teníamos medios para salvar a los pobres, que nunca dejarán de existir y luchar; y refiriéndose a todos dijo: “Ved que aún me tenéis, cuando me vaya solos y perdidos estaréis”.

Bueno, pues así, más o menos, fue aquella estancia en Betania. A medida que fueron pasando los días estaba más convencido del fracaso de Jesús, cada vez más convencido pensaba que era una obra muy mal llevada. Y poco a poco, llegué a la conclusión de que lo primero era contar con una buena base económica y organizar las finanzas, sin eso no se iba a ninguna parte, no podíamos salvar a los pobres sólo con una oración o una buena dosis de fe, necesitábamos actuar, tener seguridad material, más practicidad y menos espiritualidad.

Me sentía como un revolucionario que se ha equivocado de revolución, yo esperaba un Mesías liberador de la tierra de Israel, un éxito y una gloria total, humana, hacer las cosas que otros no se atrevían a hacer, y que tal vez pensaban o se sentían tentados, y que al principio no se dejaban ver, me refiero a nosotros, a los seguidores de Jesús, al principio no comprendíamos (y yo sigo sin comprender) las enseñanzas, paradojas y bienaventuranzas y parábolas, pedíamos explicaciones y callábamos las dudas, pero yo fui más lejos, me escandalizaban los derroches que la gente hacía para con él (como aquella vez en Betania), no podía soportar imaginar que había gente muriendo y él allí, disfrutando de esos caros placeres (adjudicados por gente de mala vida), pero aquí no está lo peor, encima se me tachaba de ladrón, la gente decía que no me preocupaban los pobres, sino la recaudación de la bolsa que yo guardaba. Lo más grande de todo es que no sé exactamente por qué lo hice, se especulaba que lo hacía por codicia, como yo guardaba la bolsa, me quedaba con una parte de las ganancias (demasiado simplista ¿no?); otros pensaban que era envidia que tenía de los apóstoles... Pero los verdaderos motivos que me impulsaron a obrar de aquella forma fueron quizá una equivocación, una confusión de ideales, me sentía defraudado y estúpido, había malgastado mi tiempo en cosas que no me interesaban, y llegaron a consumirme de tal modo que un buen día decidí acercarme a ver a los Sumos Sacerdotes, después de intentar, por supuesto, mantener una conversación con Jesús, pero lo intenté poco, cada vez que me acercaba a él se refería al grupo diciéndonos que uno de nosotros era un demonio, que uno lo iba a traicionar... Yo sabía perfectamente que me lo decía a mí, puesto que cada vez que me acercaba nos echaba en cara lo mismo, pero nunca culpándome directamente a mí. Cada vez me molestaban más aquellos ideales absurdos e ilusorios, estábamos en un camino sin salida, donde sólo existía un mundo y una vida no terrenal. Yo sólo me preocupaba por el porvenir, pensaba en política y economía para mi pueblo el día de mañana, no de los lirios del campo y las semillas de mostaza que alcanzan el reino de Dios; me preocupaba de las necesidades prácticas e inmediatas.

Por todo eso, me dirigí a los Sumos Sacerdotes, sólo quería obligarlo ante la justicia a declararse rey y libertador de su pueblo, antes de que su mismo pueblo se encargase de coronarlo y fuera el fin para todas las ilusiones que tenían puestas. Así que llegué al palacio y busqué a Caifás, le dije lo siguiente: “Si os ayudo oíd mi aclaración, yo nunca fui capaz de la menor traición. Me ha costado mucho tiempo decidir, lo he pensado mucho antes de venir. Os juro que no lo hago por mi voluntad, tampoco por dinero ni por vanidad, di que no me condenaré. Lo hago porque creo que es mi deber, porque soy el único que sabe ver, que a Cristo de las manos se le escaparán, todos nuestros planes no se cumplirán. Yo sé que él ha llegado a esa conclusión y sé también que sabe lo de mi traición. Mas tú eres mi amigo y lo comprenderás, Caifás con tu experiencia lo entenderás, como los profetas vi la solución, y así creo que cumplo con mi obligación”. Luego me animó a decir lo que sabía, sin miedo, pues él podría prender a Jesús si supiera dónde encontrarlo a solas de noche, a cambio me ofreció treinta monedas de plata. Al principio rechacé el dinero, pero me dijo que si no lo quería que se lo diese a los pobres y accedí a éste susurrando: “El jueves noche le hallaréis orando, lejos de todos en el huerto de Getsemaní”.

Cuando cayó la tarde del jueves, nos reunimos los Doce para cenar. Mientras comíamos, Jesús tomó un pan, lo partió y nos lo repartió diciendo: “Tomad comed, este pan es mi cuerpo”, del mismo modo, cogió una jarra de vino y nos la pasó diciendo: “Tomad bebed, este vino es mi sangre” […]. De pronto y sin previo aviso saltó de la mesa gritando: “Debo de estar loco si sigo creyendo que me vais a recordar. Veo en vuestras caras que no seré nada cuando me veáis marchar. Sé que uno me niega y otro me traiciona…” Entre tanto, los apóstoles sorprendidos se pusieron a preguntarle: “¿Seré yo señor?” Jesús seguía gritando: “Me negará Pedro antes de tres horas, negará tres veces; pero uno de vosotros, de mis escogidos, ¡¡¡me ha de traicionar!!!” Entonces como impulsado por un resorte, salté también de la mesa exclamando: “¡Basta de lamentos! ¡Tú sabes bien quién es!” Él me dijo: “Ve a hacer lo que debes”, repliqué: “¿Quieres que lo haga?”, me respondió: “Te están esperando”, continué gritando dolido: “¿Sabes mis motivos?”, continuó excitado: “No me importa el porqué”, seguí gritándole: “Yo te admiraba y ahora te desprecio”. Entonces me dijo que yo mentía, pero yo, no contento con lo que acababa de decirle, proseguí: “¿Quieres que lo haga? Cristo, si me arrepiento, ¿qué hay de tu martirio?”. Bruscamente me cortó diciendo exaltado: “¡Vete a hacer lo que has de hacer, no más palabra no quiero saber!” […] Y acudieron a consolarnos y tranquilizarnos el resto de los apóstoles. Pero todo no quedó ahí, al poco tiempo, volví a enfrentarme con él, le dije: “Jesús, míranos bien. ¿Qué has hecho de nosotros? De nuestros ideales, que ya han muerto por tí, y aún no es el final, dejas que uno te entregue igual que a un animal, como a un ángel desvalido, un héroe perdido, como a un animal herido. Cuanto más te miro menos puedo entender, por qué has dicho no a lo que supiste emprender, hubieras podido realizar nuestro sueño…” Él sólo me dijo tristemente: “¡Vete, te esperan!” Y me fui.

Entonces fui a buscar a las autoridades, y después de acordar la señal (al que yo diese un beso ése sería al que había que detener) nos dirigimos al huerto de Getsemaní. Mientras, Jesús permaneció solo rezando en el huerto mientras los apóstoles dormían. Cuando llegué con las tropas de los Sumos y los fariseos, que iban cargados de antorchas y armas, me aproximé a ellos exclamando: “Helo aquí, y sus amigos duermen”. Le di un beso a Jesús y dije: “¡Salve, Rabbí!”, Él me respondió: “Amigo, ¡a lo que estás aquí!, con un beso me traicionas”. Al ver la señal, los guardas que iban armados comenzaron a luchar con los apóstoles que se oponían al arresto, pero Jesús al ver que estaban luchando calmó a los suyos y respondió a los guardas que Él era Jesús el Nazareno, y que si lo buscaban a él, que dejaran marchar a los otros. Entonces prendieron a Jesús y se lo llevaron. El crimen se cumplió. Esas fueron mis últimas palabras con Jesús.

Hasta entonces no hube comprendido la enormidad de mi acto, después de ver cómo condenaban a Jesús y después de saber que por mi culpa iba a ser crucificado. Siento miedo, me siento responsable de aquel fin desastroso que le esperaba, pero por otro lado, Él ya había pronosticado todo ésto… Estaba confundido, desesperado, quizás por ello corrí a presencia de los sacerdotes y grité (he de reconocer que fue la cosa más insensata que se me pudo ocurrir en ese momento): “¡He pecado entregando sangre inocente!” Pero ya era demasiado tarde, ya nada importaba, se lavaron las manos derramando sobre mi ser toda la responsabilidad que acarreaba el acabar con alguien inocente; me respondieron: “¿A nosotros qué? ¿Tú verás?”

Entonces arrojé las treinta monedas al Templo y me retiré. Aquello que había oído me había dejado destrozado, no podía pensar, me invadían los recuerdos y en mi alma se retorcían pesadamente miles de remordimientos, no podía aguantar que la gente me recordara como a un ser deplorable que traicionó a Jesucristo… Así es como decidí acabar con mi vida de la forma más cobarde que encontré, me retiraría de la tierra en silencio, sin dar explicaciones, demasiado mal me estaba haciendo ya todo esto dentro de mí como para encima, tener que aguantar las impertinencias de la gente y responder las absurdas críticas y los estúpidos sermones del “¿Por qué lo has hecho Judas? Si no hubieras…”, así que me suicidé, me ahorqué, recuerdo que por el camino iba sumido en eternas reflexiones como las que siguen: “¡Dios ya lo he visto y medio muerto está! Con sólo recordarlo yo quiero llorar. Muy duro fue el castigo se desangrará, y ahora todo el mundo a mí me ha de culpar. No creo que él comprenda que era mi deber, y que yo no sabía que él iba a sufrir. Tanto sufrir… creer… deber. Cristo, tú no me oyes, pero lo que hice fue tu voluntad, Cristo, todo mi pueblo por lo de tu muerte me despreciará. Estoy salpicado de sangre inocente, a mí por el fango se me arrastrará, y ahora la historia me condenará. Yo le sigo queriendo y no podré olvidarle, sé que es un hombre más, él no es un rey, no sé comprender si es igual que yo, miedo me da, cuando muerto esté, ¿me abandonará? ¿me amará también? O me olvidará. ¡Dios mío! ¿Por qué me elegiste a mí para tu estúpido crimen?. Mi mente duda, mi alma está en tinieblas, Dios mío, yo no sé ni sabré por qué me elegiste a mí. ¡Mátame!”

Pero bueno, lo hecho, hecho está, eso es algo que aprendí hace muchos años, y aunque me arrepiento de lo que hice, ahora ya es muy tarde.

Y ahora, ¿queréis saber en que invirtieron las treinta monedas? Después de mi muerte los Sumos Sacerdotes, quizá por miedo de que estuviera maldito o manchado de sangre, cogieron el dinero y compraron un campo reservado para sepultura de extranjeros. Este campo en mi lengua pasó a llamarse Haqueldamá, o lo que es lo mismo, “Campo de sangre”.

Y ésto, más o menos de lo que recuerdo, ha sido la historia de mi vida. Supongo que no habrá ningún tipo de duda, pues he intentado ser lo más claro y preciso, a la vez que objetivo en el relato de mi existencia. Sin más, espero que hayan disfrutado con mi relato y despedirme hasta la próxima. Besos a todos los apóstoles, y como no a Jesús. Nada, hasta luego. Judas Iscariote.

BIBLIOGRAFÍA

Me he valido de los siguientes títulos para la composición de mi trabajo acerca del personaje bíblico Judas Iscariote:

  • Nuevo Testamento de la Sta. Biblia (versión directa del texto original griego, por el padre José María Bover; novena edición revisada y completada por el padre Félix Puzo).

  • Canciones de la obra de teatro “Jesucristo Superstar”.

  • Las grandes figuras de la Biblia. De Fernand Comte. Alianza Editorial.

  • Gente de la Biblia (de Aarón a Zaqueo). De Carlos Pujol. Ediciones Rialp. La historia de la Salvación en sus personajes del Antiguo y Nuevo Testamento.

  • Enciclopedia Multimedia Microsoft Encarta '98.