Industrialización y triunfo de la civilización burguesa

Historia contemporánea. Cambios socioeconómicos. Restauración. Maquinaria. Ilustración

  • Enviado por: Antonia
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TEMA 8. LOS CAMBIOS SOCIOECONÓMICOS: LA INDUSTRIALIZACIÓN Y EL TRIUNFO DE LA CIVILIZACIÓN BURGUESA.

La Europa de 1815 parecía organizarse bajo el signo de la restauración monárquica y aristocrática. Sin embargo, bajo el doble impulso de las nuevas ideas surgidas de la Revolución Francesa y propagadas en Europa por los ejércitos napoleónicos y de las transformaciones provocadas por la Revolución Industrial, el ascenso y más tarde el dominio de la burguesía caracterizaron la evolución del s. XIX, primero en la Europa occidental y en EEUU, y después en la Europa central; también se vieron afectadas las sociedades rurales tradicionales de la Europa oriental y meridional. El crecimiento económico derivado de la Revolución industrial modificó las estructuras sociales.

La industrialización produjo sus primeros efectos en el Reino Unido antes de alcanzar a la Europa occidental, EEUU y más tarde a los estados alemanes. Aunque en sus comienzos no afectara directamente más que a una minoría de la población, supuso el desarrollo de dos grupos sociales a la vez antagónicos y complementarios: los empresarios y las clases obreras.

El reducido coste de inversión de las primeras máquinas y la escasa concentración en el momento del despegue de la producción industrial hicieron posible la formación de una nueva clase capitalista. En el s. XIX, los empresarios habían tomado conciencia de sus intereses comunes para reivindicar al Estado una mayor libertad y para resolver los problemas de mano de obra. La industrialización multiplicó las fuerzas de la burguesía y favoreció a una burguesía financiera que drenaba y distribuía los capitales; la construcción de los ferrocarriles, tarea que excedía la capacidad individual, exigía la formación de sociedades y obligaba a recurrir al ahorro de otros sectores (sobre todo de la burguesía territorial), a las que interesó en la actividad industrial.

A medida que progresaba la industrialización las inversiones eran más importantes, las máquinas más costosas y las manufacturas mayores, al tiempo que la concentración de las empresas levantaban una barrera entre patronos y obreros.

Podemos decir que la Revolución industrial modificó radicalmente la estructura de la sociedad provocando el enriquecimiento de los poseedores de los medios de producción (burguesía) y el comparativo empobrecimiento de los trabajadores industriales, quienes muy pronto fueron conscientes de que su única fuerza radicaba en su unión como clase.

Durante el s. XIX, la burguesía fue consolidando su poder llegando a dominar el Estado a finales de siglo. El poder burgués se consolidó en el marco de las ciudades, que conocieron un crecimiento extraordinario a lo largo del s. XIX. Las funciones de la ciudad se multiplicaron con la implantación de nuevas técnicas (iluminación a gas, y posteriormente la eléctrica). Las relaciones se hicieron más funcionales, los comportamientos más individuales y las familias más reducidas. El ferrocarril, con el establecimiento de las estaciones, contribuyó al crecimiento de nuevos barrios. Paralelamente, la ciudad moderna acentuó las divisiones sociales y enfrentó a unos barrios ricos residenciales con otros barrios pobres, desplazados a la periferia. La ciudad era el centro del poder: poder político (asambleas representativas y administración estatal), poder intelectual (escuelas, bibliotecas) y poder económico (bancos y grandes sociedades de negocios).

La vida urbana exigía unos intercambios monetarios importantes: el dinero se ganaba, se gastaba y circulaba con mayor rapidez, su atractivo estimulaba las actividades y se identificaba con el burgués. Por ello, la burguesía utilizó el liberalismo para extender y reforzar su influencia. El liberalismo le proporcionó una nueva mentalidad y una ideología de acción.

La Ilustración (s.XVIII) había introducido los nuevos conceptos de progreso y felicidad individuales: el hombre podía mejorar su condición material y su condición moral utilizando su libertad. El liberalismo consideraba que la sociedad debía ser el resultado del libre juego de las actividades individuales. A comienzos del s. XIX, el liberalismo parecía subversivo por su recelo frente al Estado, las Iglesias y las tradiciones aristocráticas: la libertad individual no puede depender de la decisión exclusiva del rey, que tendría facultad de revocarla. El titular último del poder es el pueblo. El poder popular, o la soberanía nacional, implica la limitación de las facultades de los reyes, mediante constituciones, en las cuales se consignan las garantías de los ciudadanos y la división de los poderes, que nunca deben estar concentrados. El derecho a legislar corresponde sólo a los parlamentos (formados por distintos grupos políticos que representan a los ciudadanos).

Con estos postulados, el liberalismo comporta la destrucción del antiguo orden político (→ libertad individual), pero se despreocupa de las estructuras sociales y económicas. Se convierte así en ideología de una clase, la burguesía. Por eso, el temor a la revolución social inclina a los liberales (= burgueses) a interpretar en sentido restrictivo la soberanía nacional (el poder popular) con la negación del sufragio universal; sólo poseen derecho de voto los grupos con un determinado nivel de riqueza o de cultura (→ el liberalismo, preocupado por el desarrollo del individuo, concedía una gran importancia a la instrucción), implantando el sufragio censitario.

En definitiva, el poder burgués se basa en una constitución escrita, una monarquía limitada, elecciones y partidos políticos, el sufragio censitario, la descentralización, la igualdad jurídica y la desigualdad social.

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