Independencia en Euskadi

Historia de España contemporánea. Guerra civil española. Ruptura del frente vasco

  • Enviado por: Javier Orus
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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1.LOS PRIMEROS INTENTOS DE MEDIACIÓN CON EL P.N.V.

La lucha en el norte, donde se enfrentaban católicos contra católicos, causaba escándalo

en España y fuera de ella y no se comprendía que hombres tan afectos a la religión como

los nacionalistas vascos se hubieran aliado con tan declarados enemigos de la Iglesia como

eran todos los partidos frentepopulistas y no digamos las huestes anarcosindicalistas que

se les unieron.



Dentro del propio partido no fue fácil decidirse. En Álava y Navarra los órganos

dirigentes habían votado por la aceptación de la rebelión militar y, muy especialmente, el

Araba-Buru-Batzar se dirigió a José Antonio Aguirre en los primeros días pidiéndole que

el partido adoptara una actitud favorable a los sublevados y envió su adhesión a las nuevas autoridades de Vitoria, pero al no ser bien acogidos por éstas, las relaciones fueron

enfriándose hasta hacerse radicalmente malas. La intransigencia de los militares en materia

autonómica y la postura del partido en Guipúzcoa y Vizcaya serían determinantes de una

ruptura que era fácil de presagiar, aunque influyentes personas dentro del partido empezaron a variar de criterio cuando contemplaron el avance al parecer incontenible de los navarros por Guipúzcoa.

El sacerdote José Aristimufío inició muy pronto, antes de la caída de San Sebastián, sus

contactos con amigos carlistas, convencido «de que el triunfo de los militares» era

inevitable, e intentó alguna forma de acuerdo en un momento que él consideraba propicio.

Sabia que no podía esperar nada en cuestiones autonómicas, pero propugnó un arreglo

honorable tratando de convencer de un lado al Euzkadi-Buru-Batzar, órgano supremo del

partido nacionalista vasco, y de otro a Mola. El hombre elegido fue el padre Onaindia y las aspiraciones nacionalistas consistían en la reintegración foral para Alava y Navarra, la participación nacionalista en las diputaciones (en las que el PNV ocuparía la mitad de los puestos) y la renuncia a todo tipo de represalias, pero ni Mola estaba dispuesto a ninguna concesión ni los nacionalistas estaban convencidos de que hubieran de abandonar a sus eventuales aliados. Mola trató de presionarles ordenando el bombardeo de Bilbao y lanzando proclamas amenazantes, pero la reacción fue contraria a la que se esperaba y Ajuriaguerra envió a Pamplona una durísima nota en la que, veladamente, amenazaba con la suerte que pudieran correr los millares de presos que había en las cárceles de Bilbao.

En los últimos días de septiembre el dilema se resolvió con la decisión de José Antonio Aguirre de viajar a Madrid y no a San Juan de Luz. En Madrid le esperaba una reunión de las Cortes, reducidas a un centenar de diputados y dispuestas a aprobar por aclamación el Estatuto para una región vasca reducida a la provincia de Vizcaya; en San Juan de Luz le aguardaba la posibilidad, nada clara por otra parte, de una paz poco ventajosa.

Cuando las negociaciones estaban en un punto muerto, Franco asumió el mando supremo militar y civil y decidió darles un nuevo rumbo. Optó por ir directamente a Aguirre, convertido en esos días en presidente del Gobierno de la nueva región autónoma, a través del jesuita padre Pereda, que había sido profesor del dirigente vasco. Aguirre en opinión del padre Onaindía, y fuertemente presionado por los intransigentes de su propio partido, optó por mantenerse fiel al Frente Popular y correr su suerte.

2. INDEPENDENCIA DE EUZKADI.

A finales del mes de septiembre, como acabamos de ver, José Antonio Aguirre aceptó las seguridades ofrecidas por Largo Caballero y dio su consentimiento para que Manuel de Irujo marchara a Madrid a formar parte del Gobierno, en calidad de ministro sin cartera, designación que, publicada en la Gaceta de Madrid del 26 de septiembre, daba cumplimiento al propósito del político socialista de ampliar la base de sustentación de su Gabinete. Poco después, el día 1, se reunían en Madrid las Cortes y aprobaban unánimemente el proyecto de Estatuto vasco. Aguirre, en el discurso pronunciado al presentar el dictamen, adoptó una postura inequívoca: «planteado el problema, nuestra posición fue clarísima. Luchando la democracia contra el fascismo, el imperialismo contra la libertad vasca, el nacionalismo se había de colocar, como siempre en nuestra historia se colocó, al lado de la democracia y de nuestra libertad. Junto a ellos seguimos, como vosotros sabéis tan bien como nosotros. La República abrió vías para las aspiraciones de los pueblos, que, como el nuestro, constituyen una nacionalidad y tienen una aspiración de libertad».

Conseguido el Estatuto y con su designación como presidente de Euzkadi, Aguirre regresa a Bilbao y constituye el primer Gobierno autónomo de la región, del que forman parte cuatro miembros del PNV, tres del PSOE, uno de Acción Nacionalista Vasca y sendos representantes de Izquierda Republicana, Unión Republicana y Partido comunista. La CNT quedó excluida, a pesar de su importante participación en la lucha por Guipúzcoa, al imponerse el criterio de que en la nueva formación no estuvieran representadas las sindicales, sino sólo los partidos.

La autoridad del nuevo Gobierno vasco se ejercía solamente sobre el 37 por 100 del territorio de las tres provincias, aunque albergaba el 62 por 100 de su población. Si se incluye Navarra, como quería el PNV, esos porcentajes se reducirían al 15 por 100 y al 44 por 100, respectivamente.

Aguirre, que se reservó la consejería de Defensa, juró oficialmente sus cargos bajo el árbol de Guernica el día 7 de octubre y ese mismo día se dio de baja en el partido el hermano del fundador, Luis de Arana y Goiri, fiel a sus criterios radicalmente separatistas. La lista del Gobierno, el texto del juramento y la declaración programática han sido recogidos por Fernando Diaz Plaja.

El presidente vasco rompió todos los contactos con Burgos y rechazó las nuevas propuestas mediadoras que le hizo Franco desde Salamanca, por mediación del padre Pereda, acontecimiento del que informó al Vaticano, aunque no puso reparos a que se iniciaran negociaciones para el canje de presos y, principalmente, de mujeres y niños, a través de la Cruz Roja internacional.

La tarea inmediata de Aguirre en su calidad de consejero de Defensa fue la de organizar un Ejército vasco en una línea paralela a la que por esas mismas fechas llevó a Largo Caballero a constituir el Ejército Popular de la República. El Gobierno de Madrid, que había decretado la militarización de las milicias y llamado a filas los reemplazos del 32 al 35, vio refrendadas estas disposiciones en Bilbao, donde el 18 de octubre publicaba el Boletín Oficial de Euzkadi la orden de que se incorporaran los mozos de esos cuatro reemplazos, con la salvedad, ya citada, de que los reclutas o reservistas podrían encuadrarse en las milicias de su preferencia, lo que canalizó un gran porcentaje hacia los batallones de gudaris.

El esfuerzo fue considerable y pronto 25.000 nuevos combatientes se sumaban a los casi 15.000 que cubrían el frente, con lo que pudo pensarse en la preparación de una importante masa de maniobra que le diera la libertad de emprender acciones ofensivas.

Con el aporte de estos nuevos contingentes los batallones vascos llegarían a ser 30, que se numeraron correlativamente. Todo parece indicar que los 12 de numeración más baja -comunistas, socialistas y libertarlos- fueron los primeros en organizarse y que la aportación nacionalista comenzó al constituirse el Gobierno vasco, fecha en que aparecieron siete batallones de gudaris numerados sucesivamente. A continuación lo hicieron otros 1 1 de significación izquierdista, con lo que se alcanzó aquel número, que fue el que consintió la movilización de los reemplazos del 32 al 35. A partir de este número los batallones se fueron numerando a medida que completaban su organización, cualquiera que fuera su significación política, y en el momento de la ofensiva de Villarreal pasaban de 50, aunque no hablan recibido número más que 43; 14 de ellos, o sea la tercera parte del total, pertenecían al PNV, a los que deben añadirse otros dos del parti- do afin ANV. Antes de que terminara el año se llamaron a filas los reemplazos del 31 al 36, y los batallones se incrementarlan hasta 74 en 1937.

A estas unidades se sumaron las de la policía vasca, que se llamó Ertzaña o guardia del pueblo, fuerza que sustituyó a la Guardia Civil y al Cuerpo de Seguridad, disueltos en territorio vasco. La mandaron los tenientes coroneles de la Guardia Civil Bengoa y Colina, anteriormente jefes de las comandancias de Guipúzcoa y Vizcaya, respectivamente.

Para administrar los fuertes contingentes movilizados, Aguirre constituyó un frondoso órgano politico-militar que adquirió el volumen de un auténtico ministerio, en el cual fueron sus principales auxiliares los comandantes San Juan y Montaud, el capitán Arambarri y el consejero de la embajada soviética Tumanov (según Aguirre, acreditado ante el Gobierno vasco).

La dirección de las fuerzas combatientes quedó en manos del capitán Arambarri, nombrado jefe de Operaciones y que virtualmente actuaba como comandante en jefe, teniendo a la cabeza del Estado Mayor al comandante Montaud, que a su vez llevaba la sección de Operaciones. Este Estado Mayor quedó constituido el 7 de noviembre y el día anterior el general Llano de la Encomienda era designado jefe del Ejército del Norte, con jurisdicción sobre todas las fuerzas de las provincias cantábricas y, por tanto, también de las vascas. Un mes antes, el aún inexistente organismo disponía ya de jefe de Estado Mayor, el capitán Ciutat, que desde entonces intentaba, con poco éxito, coordinar las operaciones emprendidas por vascos, santanderinos y asturianos. En esos momentos la presencia de la Flota y la decisión de Franco de paralizar todas las operaciones, salvo las que tenían por objeto Madrid y Oviedo, habían determinado la estabilización del frente vasco en una línea que comenzaba en la divisoria entre los ríos Artibay y Deva, algo al este del confín entre Vizcaya y Guipúzcoa, alineación que seguía hasta el puerto de Campazar, para adentrarse luego en Alava, continuando paralela y un poco al sur de la divisoria de la cordillera Cantábrica.

El frente se dividió en nueve sectores y al mando de cada uno de ellos se hallaba un oficial profesional, dependiente del jefe de Operaciones. A retaguardia de esta línea exterior se preparaba una poderosa línea fortificada para la defensa inmediata de Bilbao, cuya construcción se inició en septiembre, cuando parecia inminente la invasión de Vizcaya, y el día 5 de octubre, antes de formarse el Gobierno vasco, se creaba un negociado de Fortificaciones con los capitanes de Ingenieros Goicoechea y Murga al frente. Estos dos hombres fueron los responsables del proyecto del que se llamarla Cinturón de hierro de Bilbao y para su realización se les dio dos meses de plazo, 14.000 hombres y toda clase de elementos técnicos y materiales.

Las obras sufrieron un parón a mediados de no- viembre, cuando se comprobó que Murga pasaba informes a los nacionales a través de un dispositivo en el que estaban complicados, entre otros, el antiguo cónsul de Austria, Wilhelm Wakonigg; el cónsul de Paraguay, Martínez Arias; el comandante José Anglada España y el propio Murga. Detenidos y juzgados, fueron fusilados. Goicoechea, que años después se haría mundialmente famoso por sus invenciones en el campo de los ferrocarriles, y muy especialmente del tren articulado Talgo, se pasó poco después, aunque ya dentro de 1937, a zona nacional.

Para dotar a las fuerzas que hablan de guarnecer las fortificaciones y para constituir reservas, Vizcaya disponía de muy escaso armamento y hubo de recurrir para conseguirlo al extranjero y al resto del territorio gubernamental. Los políticos vascos Picavea y Aldasoro habían efectuado eficaces gestiones en Francia y consiguieron importantes suministros, que unas veces fueron desembarcados en puertos vascos y otras en asturianos o santanderinos. Hasta primeros de septiembre los abastecimientos se habían efectuado por ferrocarril y carretera desde Francia, pero desde la pérdida de Irún no hubo otro camino que el del mar, pronto utilizado por una serie de barcos de muy distintas banderas, que hasta finales de noviembre descar- garon con destino a Vizcaya más de 100 cañones, un número doble de morteros, cerca de 900 ametralladoras, 1.000 armas automáticas y más de 50.000 fusiles, cifras muy considerables en el marco en que se desarrollaba por entonces la guerra española.

El punto débil de la defensa vasca era el aire. Antes de producirse el alzamiento no hubo ningún aeródromo militar en la región cantábrica. En julio y agosto se habilitaron los de Lasarte en Guipúzcoa y Llanes y Carrefío en Asturias, y en los primeros días de agosto se estableció un modesto puente aéreo para aprovisionar de cartuchería a las tropas y milicias guipuzcoanas, en el que participaron un muestrario de aviones que iba desde trimotores Fokker F- VII, bimotores Douglas DC-2 y De Havilland Dragon a monomotores Breguet 19.

Algunos de los Breguet quedaron en Lasarte y fueron el origen de las Fuerzas Aéreas del Norte. Inicialmente se trataba de un destacamento de la Escuadra de Getafe reforzado por aviones comprados en Francia, y, a finales de agosto, con una expedición procedente de Barcelona, con cuya aportación consiguió una cierta superioridad aérea local.

Abandonado Lasarte en septiembre, la aviación del sector se estableció en Bilbao, en dos aeródromos improvisados, uno en el campo de polo de Las Arenas junto a la ría de Bilbao, que se llamó Lamiaco, y el otro en Sondica, en el valle de Asúa. A éste se incorporaría una tercera expedición aérea, procedente también de Cataluña, a mediados de mes. En noviembre llegaron 15 cazas soviéticos tipo 1-15, que operaban desde Lamiaco.

A medida que pasaba el tiempo aumentaba el número de aeródromos disponibles y a los dos puestos en servicio en Vizcaya se sumaron cuatro nuevos en Santander, el principal de los cuales era el de la Albericia, al que arribaron otros 15 I-15 en enero de 1937.

Esa aviación, ya en camino de ser importante, aunque muy heterogénea, estaba tripulada por aviadores soviéticos, españoles y un pequeño grupo de pilotos de origen francés, inglés y norteamericano, y mantuvo la supremacia local del aire hasta la primavera de 1937, en que se desplazó a aquellos frentes el grueso de la Aviación nacional.

Para coordinar la actividad de este conjunto se nombró jefe de las Fuerzas Aéreas del Norte al comandante Manuel Gascón, que el 18 de julio era jefe del grupo de caza número 1 1, quedando el teniente Hernández Franch al frente de la organización asturiana; el teniente Luis Cerro, antiguo sargento mecánico que acababa de obtener el titulo de ingeniero aeronáutica, en Vizcaya, y el teniente Eloy Fernández Navaniuel en Santander.

La organización naval también hubo de ser improvisada. En el Cantábrico no habla más unidad que el torpedero número 3, con base en Pasajes, que tomó parte activa en las luchas de San Sebastián y cafíoncó el hotel Cristina, ocupado por las fuerzas sublevadas. En la segunda quincena de agosto llegaron los submarinos C-2 y C-6, al mando del capitán de corbeta Verdía, y a mediados de septiembre se envió el B-6, pero resultó hundido frente a las costas gallegas el 19 de dicho mes. Verdía fue nombrado jefe de las Fuerzas Navales del Cantábrico y en ese puesto permaneció hasta la llegada del grueso de la Flota. Al regresar ésta a Cartagena continuaron en el Cantábrico el destructor José Luis Díez, los submarinos C-2 y C-5 y el torpedero T-3, quedando como jefe de las Fuerzas Navales el capitán de corbeta Lara, comandante del C-5, quien pronto cedió el puesto al también capitán de corbeta Federico Monreal y éste, a fina- les de año, a Valentin Fuentes, recién ascendido a capitán de navío. A esas unidades propiamente militares se unieron una serie de vapores armados con los que se constituyó una flotilla de bous, compuesta por ocho barcos de entre 120 y 220 toneladas de registro, completadas por el petrolero Eleano, que había subido con la Flota y que quedó como nodriza.

Aparte de esta organización, Aguirre creó las Fuerzas navales de Euzkadi (Itxasguda), a base de cuatro bacaladeros armados, de 1.200 toneladas, rebautizados con los nombres de Bizkaya, Gipuzkoa, Araba y Nabara, que montaban dos piezas de 101 milímetros cada uno, varios patrulleros y dragaminas, un yate y 24 pesquemos que usó como rastreadores.

Mandaba esas fuerzas Joaquin de Eguía y Unzueta, que había sido funcionario de Ministerio de Marina y posteriormente jefe del puerto de Bilbao; y al frente de su Estado Mayor estaba el oficial radiotelegrafista Emilio Alcedo Aranzasti.

Frente a ellas, los nacionales poseían en octubre de 1936 el acorazado España, el crucero Almirante Cervera y el destructor Velasco, alternándose en la vigilancia de las costas con la cooperación del mercante de 2.500 toneladas Ciudad de Valencia, que a partir del 17 de noviembre llegó al Cantábrico en misión de crucero auxiliar, armado con una pieza de 101 milímetros, dos de 47 y dos ametralladoras antiaéreas. Como buques de apoyo se contaba con dos flotillas de bous armados, con base en Ribadeo y Pasajes, que se increnientaron a tres al unirsele como cabeza de flotilla el bacaladero Galerna, similar a los de Eguía.

En resumen, de parte gubernamental un moderno y rápido destructor, dos submarinos, cuatro bacaladeros armados, un torpedero y 12 bous. Del lado nacional un viejo acorazado, lento y a medio armar, un crucero, un destructor antiguo, un crucero auxiliar, un bacaladero armado y 12 bous. Esta formación haría valer su mayor potencia en condiciones de buena visibilidad, pero sus contrarios podían aprovechar la ventaja que les ofrecía la noche o la niebla para atacar a sus vulnerables enemigos, aprovechando la velocidad del José Luis Díez o las características de los submarinos.

Por último, y como dato particularmente paradójico en aquella ya de por sí paradójica guerra, el católico presidente del Gobierno de Bilbao creó, ya entrado 1937, un cuerpo de capellanes castrenses vascos, sin importarle que previamente hubiera sido disuelto el cuerpo eclesiástico militar en todo el ámbito territorial de la República. Estuvo encabezado por José Marla Corta, al que se reconoció el grado de comandante, y lo formaron inicialmente 20 capellanes con categoría de capitán y 60 con la de teniente. El resto de los sacerdotes, religiosos y seminaristas quedaron exentos del servicio de armas. Los que estaban en edad militar fueron destinados a los cuerpos de Sanidad militar y Transmisiones. Una situación insólita e inconcebible en el resto del territorio republicano, donde la persecución a los religiosos habla alcanzado niveles de exterminio.

3. LA GUERRA

3.1 EMPIEZA LA OFENSIVA.

Los planes de ataque se venían preparando desde semanas atrás. La idea inicial de Mola, desarrollada en su instrucción reservada n.º 5, de 26 de enero de 1937, preveía tres ejes fundamentales de avance, a lo largo de las carreteras San Sebastián-Vergara- Durango-Bilbao, Vitoria-Villarreal-puerto de Barázar-Bilbao y Burgos-Orduña-Bilbao, de los que inicialmente sólo se utilizarían los dos primeros, y uno secundario, flanqueante, por la carretera costera San Sebastián-Lequeitio-Guernica, que seguía luego a Mungula y Plencia, para terminar en Algorta, sobre la margen derecha de la ría de Bilbao.

El primer objetivo marcado por Mola era Durango, para cuya consecución consideraba necesarío el adelantamiento del frente del litoral hasta Lequeitio-Marquina y el del alavés hasta los puertos de Urquiola y Barázar. Alcanzada esta línea, se pasaría a la de Guernica-Amorebieta-Yurre.

El último objetivo fijado en esta directiva era la línea del Nervión, desde Ordufía a Bilbao, y se pensaba en la posibilidad de un tercer sitio de Bilbao, si las circunstancias no resultasen favorables para el asalto de la villa. En febrero de 1937 la 6.º División preparó un plan de operaciones diferente del inicial de Mola en cuanto que sustituya los cuatro o cinco ejes de avance por tres, y las tres rupturas simultáneas por dos sucesivas: una previa por monte Murumendi y Albertia y la definitiva por Campanzar-Elgueta. La razón de los cambios no era otra que la carencia de hombres y medios suficientes para llevar a cabo la maniobra más ambiciosa.

Un Plan general de operaciones sobre Vizcaya que se conserva en el Archivo Histórico del Aire, sin membrete ni fecha, pero que evidentemente es poco anterior a la ofensiva, mantenía esta idea de una ruptura previa entre Murumendi y Albertia, con explotación del éxito hasta ocupar los puertos de Urquiola y Barázar, y la ruptura definitiva por Campanzar-Elgueta en la jornada siguiente. Se preveía el bombardeo previo, desde tres días antes del intento, de acuartelamientos y depósitos y, concretamente, de los de Durango y Elorrio el día anterior al ataque. Es posible que se refiriese Von Richthofen a este plan cuando anotaba el 22 de marzo en su Diario: Es de esperar que atinen las muy optimistas suposiciones de los españoles.

El 29 de marzo se terminan de redactar la Orden general de operaciones y la Orden para la colaboración y apoyo de las fuerzas aéreas con las briga- das de Navarra el 31-3-37. El primer documento que se cita se refiere en exclusiva a la ruptura previa y ordena la ocupación del macizo Albertia-Murumendi, el envolvimiento del sector fortificado de Mecoleta y el avance hasta Ochandiano en una primera fase y hasta los puertos de Barázar, Zumelzu y Urquiola en la segunda.

La orden para las fuerzas aéreas, procedente del Estado Mayor de la Legión Cóndor, descarta las acciones anticipadas sobre Durango, Elorrio y los otros acuartelamientos y depósitos al estimar de más interés el logro de la sorpresa que las ventajas derivadas de dichas acciones. De acuerdo con este criterio, el bombardeo de Durango y Elorrio se programó para el mismo día de iniciarse la ofensiva y se encomendó a la aviación italiana, ya que Richthofen prefirió utilizar su Legión Cóndor y los aviones ligeros españoles en apoyo de las tropas que debían romper el frente. El uso de los aviones en misiones tácticas se consideró indispensable, pues las 33 baterias disponibles tuvieron que dividirse en las dos masas artilleras que protegieran a las brigadas 3.º y 4.º encargadas de la ruptura. Para la explotación se contaba con las reservas de las otras dos brigadas, que actuarían a las órdenes del jefe de la 1.º.

La masa artillera mayor, la patrulla Heinket 70 de bombardeo, las dos escuadrillas Heinkel 51, la patrulla Heinkel 45 alemanas y los antiaéreos de la Legión Cóndor actuarlan a favor de la 4.º brigada, que debla ocupar los montes Albertia y Maroto en la primera embestida y el Jarinto a continuación, todo ello en el ala izquierda del ataque. La masa M y los grupos ligeros españoles apoyaron el avance de la 3.º brigada, por el ala derecha, hacia Murumendi y San Adrián. Los bimotores experimentales alemanes debían bombardear los refugios y alojamientos de las tropas, a retaguardia de los montes Albertia, Maroto y Jarinto; y las tres escuadrillas de trimotores Junkers 52 atacarían, individualmente, los alojamientos más retrasados de Ubidea, Ochandiano y Murubain-Josembaso. La escuadrilla Messerschmitt 109 y la Fiat de Vitoría se encargarían de la protección de los bombarderos.

Las diversas unidades aéreas debían prepararse, a medida que tomasen tierra y en el menor plazo de tiempo posible, para un segundo servicio de guerra y, si fuera menester, para un tercero.

Como ha puntualizado K. A. Maicr, al comprobarse a las seis de la mañana del 31 de marzo que la previsión meteorológica era favorable, fue fijado para las ocho el comienzo del fuego artillero y de 8,45 a 9,15 el periodo de eficacia de cadencia constante y el bombardeo de los bimotores y Heinkel 70. Poco después comenzó el asalto y antes de las doce ya hablan caldo en poder de Alonso Vega los montes Albertia y Maroto. En ese momento toda la masa artillero V alargó el tiro hacia el Jarinto y sobre este objetivo lanzó Von Richthofen todos los bimotores y los Heinket 51, en su segundo servicio. A primeras horas de la tarde la IV brigada había recuperado el terreno que perdió en la batalla de Villarreal, pero no pudo proseguir su avance, ya que la III no logré ocupar ni el Murumendi ni San Adrián, aunque a última hora de la tarde pudo apoderarse de Asensiomendi.

Mientras los aviones alemanes y españoles rnachacaban literalmente las defensas enemigas del frente con 75 toneladas de bombas, los Savoia 81 se empleaban en el bombardeo de Elorrio y Durango, ciudad esta que fue el centro de atención de la ofensiva y que disponía de cuatro cuarteles, dos de ellos establecidos en edificios religiosos, en los que se acumulaban importantes reservas del sector.

Lanzaron sobre Elorrio siete toneladas de bombas y doce en Durango. Hubo 80 muertos seguros y tal vez un total ligeramente superior, con la tre- menda circunstancia de que buena parte de ellos murieron en el interior de la iglesia de Santa María, donde asistían a la celebración de la misa, contándose entre los muertos catorce monjas y el propio celebrante, acontecimiento éste notablemente aireado por la propaganda, sin tomar en cuenta la insensatez que suponía hacer coexistir una actividad mili- tar con otra religiosa, de tipo multitudinario, en la localidad en que se encontraba el cuartel general del frente por el que se habla iniciado la ofensiva.

Ésta se prolongó durante su primera fase hasta el 7 de abril. El día 1.º, la III brigada, reforzada por la I, ocupó San Adrián y el 4 las tres brigadas asaltaron la segunda línea de defensa, jornada en la que llegaron hasta Ochandiano. El 6 la 1 brigada se apodera del puerto de Urquiola y del monte Sehigán y la III del Aniboto, y el día 7 la IV brigada se encarama al puerto de Barázar y al monte Altún. Al final de este período inicial los nacionales dominaban la carretera de Villarreal a Mondragón y hablan recuperado los embalses del Gorbea, cuya alta cumbre de 1.475 metros dominaron por poco tiempo.

La ofensiva nacionalista, eniprendida con efecti- vos muy escasos, se alargó mucho más de lo previsto. La lucha alcanzó momentos de gran dureza, muy especialmente en las alturas de Sebigán, que cambiaron varias veces de mano. Por error de información se calcularon por defecto las fuerzas de la defensa y en ello, y en el valor y tenacidad de los defensores, estuvo la causa del retraso. Para los alemanes las tropas atacantes pecaron de lentitud en sus movimientos, lo que les impidió aprovecharse debidamente del apoyo aéreo que les prestaban; pero olvidan que las tropas más diligentes en los asaltos fueron bombardeadas por la Legión Cóndor en varias ocasiones. La cooperación acroterrestre estaba en sus primeros ensayos y aún tardaría en conseguirse una buena compenetración para obtener resultados incuestionables.

3.2 BLOQUEO DE BILBAOY MARITIMO.

La guerra, mientras tanto, seguía su curso, y en el Cantábrico los buques nacionales continuaban obstaculizando el tráfico enemigo; pero cuando el 6 de abril se disponía el Almirante Cervera a reconocer el vapor inglés Thorpebalí tuvo que desistir de su intento ante la oposición de los destructores británicos Brazen, Beagle y Blanche. Para evitar nuevos incidentes con los buques británicos, que exigian a los nacionales que limitaran sus actividades a las tres millas de las aguas jurisdiccionales por ellos reconocidas, las autoridades de Salamanca comunicaron oficialmente al Gobierno inglés su decisión de oponerse a la entrada de todo navío al puerto de Bilbao, lo que equivalía a una declaración formal de bloqueo.

Como sabemos, el Comité de No Interención venía discutiendo desde principio de afío el tema del control marítimo y fronterizo, pero aunque la fórmula estaba prácticamente concretada y los preparativos para su implantación iban en marcha, faltaba por fijar la fecha. En espera del inminente acuerdo, la Flota británica destacada en aguas españolas evitó de momento el enfrentamiento directo con los navios nacionales, pero, con vistas al futuro, se reforzó con el crucero Shropshire y el crucero acorazado Hood, el mayor buque de guerra de la época.

Entre tanto, el ministro inglés de Asuntos Exteriores telegrafió a Franco el día 11 de abril por mediación de sir Henry Chilton, manifestándole que el Gobierno británico no estaba dispuesto a tolerar interferencia alguna en la actividad de los barcos de su país que comerciaran con Bilbao, aunque les aconsejaría que no lo hicieran, y pasó igual comunicación al día siguiente a la Cámara de los Comunes, lo que provocó una dura polémica con la oposición laborista, partidaria de medidas más enérgicas contra unos rebeldes que querían imponer sus criterios a la mayor Flota del mundo. Eden recordó a los laboristas durante el debate que de haberse concedido los derechos de beligerancia a ambos bandos hubiera sido legal la detención de los barcos tanto en alta mar como en aguas jurisdiccionales y, aunque el Gobierno de Londres no reconoció el bloqueo, alegando carencia de medios para hacerlo efectivo, Eden escribió textualmente: «A fines de abril el bloqueo de Franco era efectivo, excepto cuando la Marina real echaba una mano. La Flota habla hecho pasar virtualmente a la fuerza a seis buques británicos hasta el límite de las tres millas».

Debido al consejo de Londres, cinco mercantes que navegaban rumbo a Bilbao cambiaron su derrota y atracaron en Bayona y San Juan de Luz, en espera de que se estableciese oficialmente el control naval; tres que no atendieron esa indicación fueron apresados por los buques nacionales y otros dos recalaron sin contratiempo en Bilbao. El 18 de abril llegó al Abra bilbaina el destructor Císear, que se dirigía al norte con la idea de asistir a la parada naval que acompañaría a la coronación de Jorge VI, y el 19 intentó burlar el bloqueo el vapor Nasancahali, lo que impidió el España, que acababa de incorporarse a la flota, a las órdenes del capitán de navío López Cortijo, quien tomó el mando del conjunto.

Cuando a medianoche del 19 entró en vigor el sistema de control naval y terrestre (el aéreo se dejo para más adelante y nunca llegó a ser efectivo), el hecho fue recibido en Europa con un respiro de satisfacción y se tuvo la sensación de haber superado el peligro de que se extendiese la guerra. La frontera portuguesa seria vigilada por 130 observadores ingleses, la pirenaica por un número igual de oficiales internacionales y la de Gibraltar por otros cinco.

Al control naval fueron asignados 550 observadores, y se explica tan elevada cifra, pues todos los mercantes de paises adheridos al pacto que se dirigieran a puertos españoles debían llevar a bordo al menos uno. La misión de los buques afectos al control era la de comprobar que este requisito se cumplía y, en caso contrario, les asistía el derecho a visitarlos y revisar sus documentos en una franja costera de 10 millas de anchura, pero sin poder impedirles el paso, debiendo limitarse a dar parte de las infracciones que comprobaran al Comité de No Intervención, al capitán del mercante denunciado, a su Gobierno y al del país en que estuviera matriculado el barco, que era el que debía someterle a proceso.

A los buques británicos les correspondió la vigilancia del litoral cantábrico, desde la frontera francesa hasta el cabo Busto; de la costa andaluza, entre los limites con Portugal y el cabo de Gata, y de las islas Canarias. El resto de las aguas en poder de los nacionales era responsabilidad de la Flota francesa y la ribera mediterránea de dominio republicano se reservaba a Italia y Alemania. De acuerdo con esta división del control naval, todas las costas eran vigiladas por buques de países simpatizantes con los contrarios, excepto en las provincias cantábricas, lo que supuso una gran ventaja para éstas, sometidas a una vigilancia benevolente, ya que el comercio hacia sus puertos se realizaba en su mayor parte por vapores ingleses o franceses, que como es lógico encontraban apoyo y facilidades en los barcos de guerra de su propio país o de un país aliado.

Naturalmente, ni Franco ni el Gobierno de Valencia aceptaron de buen grado unas medidas que coartaban, al menos en teoría, de forma importante sus posibilidades en el mar.

En la práctica el control marítimo resultó, dadas sus limitaciones, prácticamente inoperante. El material ruso llegó a los puertos levantinos a pesar de la flota alemana. El procedente de Italia y Alemania alcanzó los puertos andaluces o gallegos sin que pudieran evitarlo ingleses y franceses, y en Vizcaya y Santander fue la propia fuerza del control la que se opuso a que el bloqueo nacional pudiera tener efectividad. La zona de las tres millas que reconocían los británicos a los buques españoles era tan estrecha que a los navíos de guerra no les era posible reducir su marcha sin grave riesgo para su seguridad en zonas nlinadas, batidas por la artillería de costa y en presencia de submarinos adversarios. Los buques controladores disponían de un espacio más de tres veces mayor para llevar a cabo una misión mucho menos comprometida.

El Estado Mayor de la Armada nacional ordenó a sus buques que echaran a pique a los mercantes que no obedecieran sus órdenes dentro de la zona de las tres millas, con riesgo a provocar incidentes graves con la Marina británica, que cotidianamente ayudaba a los mercantes en sus intentos de forzar el bloqueo. Los británicos respondieron aconsejando a los buques que navegaran a diez millas de la costa hasta que llegasen a las proximidades de Bilbao, en cuyo momento recibirían escolta de buques ingleses hasta el limite de las tres millas. Allí no era de temer la presencia de navíos de guerra nacionales, pues la artillería de costa de Punta Galea y Punta Lucero se lo impediría, por ser su alcance muy superior a esa distancia.

El mismo día en que se estableció el control entraba en Bilbao el mercante Seven Seas Spray, acompañado por un destructor inglés hasta la zona reglamentaria y desde este lugar hasta el puerto por los destructores Císcar y José Luis Díez y los dos bacaladeros armados en condiciones de navegar, que fueron recibidos entusiásticamente.

A partir de ese momento el Almirantazgo británico organizó sucesivos convoyes, protegidos por el Hood y por una flotilla de seis destructores, buques que se fueron relevando, hasta tres veces, por otros de refresco. El día 22 de abril el diario bilbaíno Euzkadi podía escribir: «Inglaterra contra el bloqueo de Bilbao».

3.3 RUPTURA DEL FRENTE VASCO.

Mientras sucedían todas estas cosas en el mar, el mando de las brigadas navarras desarrollaba la segunda fase del ataque a Vizcaya que comenzó el dia veinte de abril, de acuerdo con un plan de operaciones del dia. Se trataba de romper el frente por el sector de Vergara y progresar hacia el puerto de Campanzar y los tres Inchortas, con avance posterior hacia Elgueta y Eibar. El asalto frontal lo ejecutarla la IV brigada de Navarra, ya con dimensiones de División, al contar con cuatro agrupaciones a tres batallones, mandadas por el teniente coronel Gual y los comandantes Martinez Esparza, Ubifía y González Unzalu. Cooperaría con la brigada de Alonso Vega la I, también reforzada, que debía ocupar el valle de Aramayona, envolver la peña de Udala y desbordar Elorrio hasta llegar a Berriozábal. La IV brigada operó con su segunda media brigada, la de Martinez Esparza, una de la III brigada, la de Gual, y dos de reserva, las de Ubiña y González Unzalu. La I brigada inició el avance con su primera media brigada, la del teniente coronel Diez de Rivera; una de la III, la del comandante Diez de la Lastra, y otra de la II, la del teniente coronel Tutor; el 27 de abril se le uniría su segunda media brigada, que mandaba el teniente coronel Tejero. Participaron, pues, en esta fase de la ofensiva las tropas de las I y III brigadas y parte de las pertenecientes a la IV y II. El resto y la brigada Flechas Negras cubrieron el frente pasivo.

Para esta nueva confrontación los contendientes hablan incrernentado sus fuerzas, disponiendo Solchaga de 63 batallones por la llegada de los siete de los Flechas Negras y de seis procedentes del frente de Madrid, y recibiría otros 12, integrados en la nueva V brigada de Navarra y en la agrupación XXIII de Marzo, los de esta última temporalmente.

El Cuerpo de Ejército vasco tenla ya organizados o en fase final de organización 74 batallones y estaba recibiendo el refuerzo escalonado de otros 19, con lo que Aguirre dispuso para la defensa de Vizcaya de 93 batallones de Infanteria, frente al máximo de 75 que alcanzó Solchaga a finales de abril. El 20 de este mes las cifras eran de 76 y 63 batallones respectivamente.

En Aviación la desproporción era de signo con- trario y mayor que al comienzo de la ofensiva, pues las escuadrillas nortefías hablan sufrido un gran desgaste, sin más contrapartida que la llegada, a partir del 11 de abril, de los primeros aviones holandeses tipo Koolhoven, en tanto sus contrarios recibían 22 Aero-101, capturados en el Hordena el día 16, y cuatro o cinco trimotores Savoia 79.

El día 20 de abril, la infanteria de Alonso Vega, protegida por la artillería y la aviación, se lanzó infructuosamente al asalto de las posiciones enemigas, mientras la 1 brigada de Navarra, en una amplia maniobra, estrangulaba la bolsa de Aramayona, que fue ocupada por completo en los dos días siguientes. En tanto,la IV fracasaba una vez y otra en sus tentativas de conquistar los Inchortas, valerosamente defendidos por Beldarrain y Urtizberea, García Valifío rompla el día 23 las líneas vascas en el sector de Elorrio, después de un arriesgado y profundo avance, que determinó el abandono de sus posiciones por parte de los batallones que cubrían el frente de Udala y Campanzar y la villa de Elorrio.

Ante la gravedad del panorama el Cuerpo vasco reunió tres batallones de refuerzo, pero un violento bombardeo de la aviación impidió su contraataque, mientras Garcia Valiño rebasaba Elorrio por el norte y Alonso Vega, en franquicia por esta acción, se adueñaba de Udala, el puerto de Campanzar, los Inchortas y el pueblo de Elgueta. Roto totalmente el frente, los nacionalistas inician el ataque en el sector de Eibar y desbordan por el sur la línea de Marquina, cuyas tropas, ante el temor de verse copadas, emprendieron la retirada.

Los mandos del Ejército del Norte reaccionaron y el 23 de abril dispusieron la marcha a Vizcaya de las dos brigadas móviles montañesas y, asimismo, que las III y IV brigadas expedicionarias asturianas se unieran a las dos que ya se encontraban allí.

El día 25 el Gobierno vasco se reúne con urgencia y decide dar a sus fuerzas una organización idéntica a la de las restantes del Ejército del Norte, y el día 26 de abril aparece el decreto que creaba el Ejército de Euzkadi y le organizaba en brigadas y Divisiones. Éstas serían cuatro, numeradas sucesivamente desde el mar hasta su enlace con el Cuerpo de Ejército montañés, con puestos de mando en Mungula, Galdácano, Yurre y Amurrio, respectivamente. Todas ellas contaron con tres brigadas, menos la segunda, que tendría cuatro, y las mandaban los coroneles Llarch y Vidal, el mayor íbarrola y el coronel Irezábal. La reserva general la constituyeron inicialmente tres brigadas vascas, otras tantas asturianas y una montafiesa, en espera de la llegada de la IV asturiana y la II montañesa, pero la III asturiana y la I montañesa se afectaron a la 2.º División, que llegaría a disponer así de seis brigadas, y la I asturiana reforzó a la 3.º División.

Mientras el Gobierno vasco se lanzaba a esa tarea orgánica y a reforzar así tan considerablemente sus frentes, el mando nacional se disponía a perseguir al enemigo, entrando en una fase de explotación del éxito de la que fueron participes la brigada de Flechas Negras y los batallones de la II de Navarra que hasta entonces hablan cubierto los sectores pasivos. El día 26 de abril la I brigada de Navarra habla llegado ante el monte Oiz en su marcha hacia el norte, después de rebasar ampliamente Durango, pero encontraba fuerte resistencia en su ala izquierda y escasa en la derecha, por lo que la Legión Cóndor creyó que seguirla el avance hacia el noroeste y que sus tropas se lanzarían en tromba hacia Guernica.

Esta posibilidad, a cuyo servicio envió von Richthofen todos sus bombarderos contra la anteiglesia de Arbácegui y Guerricaiz por la mañana y contra la villa de Guernica por la tarde, habría permitido copar a las fuerzas que ocupaban los viejos sectores de Lequeitio y Marquina y a las que se retiraban desde los de Elgueta y Eibar, pero el general Mola mantuvo su plan inicial, con lo que el bombardeo carecía de sentido. Su idea era la de no ocupar Guernica antes de haber alcanzado la línea Lequeitio-Marquina-Durango y a ella se atuvo a pesar de las favorables condiciones que el bombardeo de Guernica proporcionara. El día 27 la I brigada avanzó únicamente por su ala izquierda, la más retrasada , y la IV lo hizo en una dirección regresiva hacia Marquina, población que ocupó.

Este respiro de dos días permitió a las fuerzas vascas retirarse en orden y a los asturianos y santanderinos ocupar y defender un nuevo frente, que inicialmente se pretendió estuviera jalonado por las localidades de Bermeo, Guernica y Durango y, más tarde, al perder éstas, fue establecido en los formidables obstáculos del Sollube, el Bizcargui y las Peñas de Mañaria.

Fue en esos días cuando los batallones en retirada se estructuraron en las cuatro Divisiones previstas, en las que se encuadraban 16 brigadas (13 vascas, dos asturianas y una montañesa) y se mantenían en reserva las tres vascas restantes, una asturiana y una montañesa, pues aún se esperaba la llegada de la IV asturiana. Más adelante se daría la rotura del cinturón de hierro y la caída de Bilbao como señalo en el siguiente mapa.

4. TERROR EN EL PUEBLO.

Relataré a continuación, si no con las mismas palabras pero con el mismo fin, los recuerdos de Maria Pilar Iturralde sobre uno de los muchos acontecimientos que ocurrieron en el pueblo vasco durante esta guerra.

Nos situamos en Txarama, barrio de Leaburu, cuyo único medio de supervivencia no era más que la fábrica papelera Araxes, donde trabajaban la gran mayoria de los habitantes de este barrio. Al comenzar la guerra la mayoria de los vecinos de Txarama tuvieron que huir hacia Bilbao y San Sebastián por miedo del Frente navarro que no tardó en ocupar estas zonas. La familia de M.P Iturralde fue una de las pocas que se quedaron, por ello tuvieron que verse obligados a desacerse de todos los objetos que pudieran relacionarse con el bando republicano como Ikurriñas, libros de Federico García Lorca, etc. para poder al menos salvar sus vidas.

Por otro lado Juaquin y Juan Iturralde tuvieron que huir a Francia, ya que se encontraban en la lista negra - lista en que se encontraban todos las personas que debian ser fusiladas por sus ideas independentistas o republicanas-, esto lo supieron gracias a la información facilitada por el dueño de la fabrica, conocido como don Ramón.

Como ya he mencionado la mayoria de los habitantes tuvieron que huir hacia el norte como fueron Juanito Muguerza y Vicente Iturralde (ambos tíos de M.P Iturralde) pero sin ningun éxito ya que cayeron asesinados a manos de ametralladoras del bando nacional en Guernica el dia del triste bombardeo, en el que fue destruido, entre muchas vidas, el archivo municipal, de valor incalculable (facilito en las siguientes páginas cartas de 10 días antes del bombardeo de Guernica y una posterior notificando el fallecimiento de Juanito Muguerza).

Pero no fue hasta los finales de la guerra cuando otros tres tios de M.P Iturralde encontraron la muerte a manos de nacionales entre ellos Eusebio Iturralde. Cuando la tranquilidad había llegado a Txarama Eusebio fue llamado por Rafael Ezcundia y el hermano de este para ir a declarar a la comandancia, todos se llenaron de estrañeza cuando el coche en el que iban cojió rumbo Pamplona y no Tolosa - lugar en el que se encontraba la comandancia-. Todos guardaban la calma aunque Eusebio no aparecia, además, por lo que se oía en el pueblo los Hnos. Ezcundia habian comunicado a Antonio Iturralde -hermano de Eusebio- que solo querían darle un susto. Tres semanas después le comunicaron a Antonio desde un caserio de Ezcuayen que este estaba enterrado en el alto de un monte, Antonio descubrió el cuerpo de su hermano junto al de otra joven -que jamás fue identificada-. Los Hnos. Ezcuayen no encontraron castigo alguno, mas que el despido de la fabrica -pero eso no fue más que una fachada de la realidad ya que todos sabían que don Ramón seguía pagandoles el sueldo-.

En segundo lugar Inaxio Iturralde y Angel Iturralde fueron asesinados en campos de concentración sin encontrar jamás ni siquiera sus cuerpos.

Con este breve, pero no por ello poco interesante testimonio, nos podemos hacer una idea de que la guerra no solo se sufrio en el frente, ni en las grandes ciudades, sino que fue una guerra de odio en todas las dimensiones que pueda darse una guerra, y que hoy en dia, 60 años después, aún podemos oler sus consecuencias.