Ignacio Ellacuría: Su propuesta eclesiológica

Teología. Iglesia. Reino de Dios. Espiritulidad. Eclesiología conciliar. Pobres. Dimensión sacramental

  • Enviado por: Javi
  • Idioma: castellano
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Introducción

El objeto de este trabajo es exponer la propuesta eclesiológica de Ignacio Ellacuría desde una lectura atenta de toda su producción teológica. Sin pretender recoger exhaustivamente las aportaciones de nuestro autor, trataré de presentar de forma sencilla y sintética aquellas que, en mi opinión, revisten mayor importancia para mi reflexión personal.

Para el autor la Iglesia es esencial a la fe cristiana en la medida en que está al servicio del Reino de Dios que predicó Jesús de Nazaret, que la Iglesia de los pobres es el verdadero Pueblo de Dios, y que desde el Pueblo de Dios es desde donde se establece la sacramentalidad histórico-salvífica de la Iglesia.

Esta propuesta eclesiológica reviste gran importancia al menos por dos razones: por la prioridad que el propio I. Ellacuría concede al Reino de Dios como clave hermenéutica de toda su obra teológica, y porque las categorías de Reino de Dios, Pueblo de Dios e Iglesia de los pobres han sido marginadas, cuando no tergiversadas, en la vida eclesial. Desde aquí considero importante hacer este acercamiento a su obra teológica para poder tener criterios reales de juicio y no caer en posturas extremas y muchas veces falsas con respecto a su pensamiento y a su concepción eclesiológica. Otra razón, y es más personal, es que como latinoamericano que soy me siento enormemente identificado con su concepción eclesiológica, lo que me ha llevado a interesarme particularmente por este autor y por su obra.

1. LA IGLESIA AL SERVICIO DEL REINO DE DIOS

1.1. Reino de Dios e Iglesia

El tema “Reino de Dios e Iglesia” es esencial para la autocomprensión de la Iglesia y de su misión, así como para su transformación permanente. Ellacuría tuvo claro desde el inicio cuál es la esencia del Reino: dar testimonio de la verdad. Y a partir de ahí procuró desvelar las circunstancias que han provocado un creciente desplazamiento del Reino de Dios en función de la Iglesia, de los sacramentos, o de las definiciones dogmáticas o morales. Subrayó por activa y por pasiva que todo debe subordinarse al Reino de Dios, aún sabiendo que ni las relaciones entre Reino de Dios e Iglesia han estado claras, ni es sencillo encontrar un equilibrio adecuado entre lo que él denomina las cosas del Reino y las cosas de la Iglesia. Ahora bien, nunca llegaremos a un camino esclarecedor si no priorizamos el Reino sobre la iglesia, negando cualquier identificación ingenua.

La reflexión de I. Ellacuría parte de un principio: La necesaria institucionalización de la Iglesia sólo evitará la mundanización secularista si se da una permanente con-versión de la Iglesia al Reino. Para que pueda verse cada vez más libre de su versión-al-mundo mediante una auténtica con-versión al Reino, la Iglesia debe tener un centro fuera de sí misma, más allá de sus fronteras institucionales, para orientar su misión y aun para dirigir su configuración estructural. Y este centro y este horizonte no pueden ser otros que los que tuvo la evangelización de Jesús: el Reino de Dios.

La Iglesia como institución se encuentra doblemente amenazada: por una parte, el institucionalismo y el secularismo, que provocan la pérdida del horizonte y la perspectiva del Reino; por otra, la mundanización. La Iglesia sólo evitará ambos peligros cuando acepte y tome como base evangélica del Reino de Dios a los pobres. La palabra del evangelio debe oírse en su lugar natural que es el mundo de los pobres. Sólo en este contexto cabe preguntarse por las características de este Reino y por su aplicación histórica. Concretamente, nuestro autor señala estos cinco datos fundamentales:

El anuncio que hace la Iglesia de la buena noticia no debería ser el anuncio de sí misma, ni el anuncio de un Jesús y de un Dios al margen de la salvación real del hombre y del mundo.

El Reino es una realidad dinámica; es un reinado, una acción permanente sobre la realidad histórica.

El Reino de Dios es la norma para la superación del falso problema que plantean los dualismos interesados, porque pone en unidad a Dios con la Historia.

El Reino de Dios es un Reino de los pobres, de los oprimidos, de los que sufren persecución; los protagonistas de este Reino son aquellos que sufren en sus carnes los efectos del pecado, la injusticia y la negación del amor.

Por último, el Reino de Dios supera la dualidad entre lo personal y lo estructural, entre ética individual y ética social.

Como conclusión, podemos afirmar que I. Ellacuría ha priorizado el tema del Reino de Dios en la teología de la liberación convirtiéndolo en el objeto mismo de la teología, de la moral y de la pastoral cristiana. Lo que deben perseguir los verdaderos seguidores de Jesús es la mayor realización posible del Reino de Dios en la historia. Pero, al acentuar esta centralidad del Reino, hay que considerar también la realidad de Pueblo de Dios, pues existe entre ambas un correlato inseparable. Esto nos lleva a otro apartado.

1.2. Pueblo de Dios e Iglesia

Si la relación que existe entre el Reino de Dios y la Iglesia no ha sido todo lo transparente y comprensible que se hubiera deseado, provocando desórdenes y conflictos de graves repercusiones, algo semejante podemos decir al acercarnos ahora a la relación entre el Pueblo de Dios y la Iglesia. Para nuestro autor, el valor teológico de Pueblo de Dios ha sido preferido, cuando no desfigurado y desdeñado tanto en sí mismo como en su referencia a la Iglesia, y sobre todo en la práctica pastoral. Así, a pesar del lugar relevante que ocupa la definición de la Iglesia como Pueblo de Dios en la constitución dogmática Lumen Gentium, resulta incomprensible que aún no haya sido asumida ni en la pastoral ni en la organización de la Iglesia. Con todo, hay también algunos signos esperanzadores, visibles y concretos, para reconvertir esta realidad apremiante. Es el caso del próspero y pujante movimiento de las comunidades de base que tanta fuerza toman cada día, sobre todo, en nuestro continente latinoamericano.

Como hemos indicado, "Reino de Dios" y "Pueblo de Dios" son dos conceptos y dos realidades inseparables, de tal modo que habrá Reino de Dios en la medida en que haya Pueblo de Dios y viceversa. Sin embargo, ambas realidades han sido tergiversadas, distorsionadas e incluso desfiguradas cuando han sido referidas directa, inmediata y totalmente al concepto de Iglesia. Con ello no se niega la profunda, necesaria y esencial relación que tienen con esta última. Pero ello no obsta a que deban ser considerados como conceptos distintos y para que deba seguir manteniéndose su diferencia y jerarquía

Ellacuría afirma que el concepto de Pueblo de Dios está más relacionado con el concepto y realidad del Reino de Dios que con el concepto y realidad de la Iglesia. Ya a primera vista resulta más lógico el que un reino tenga un pueblo que no lo tenga la Iglesia. De hecho, en la revelación, el concepto de Pueblo de Dios se desarrolló antes que el concepto de Iglesia, como también fue antes el concepto del Reino que el de Iglesia. Sin embargo, nuestro autor deja para una reflexión posterior la discusión de si la Iglesia es la forma última y más perfecta de realización de las promesas hechas por Dios al pueblo en busca del Reino.

No se puede perder de vista el hecho de que tanto el Reino (de Dios) como el Pueblo (de Dios) se refieren directamente a la historicidad total de la relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Cuando se reflexiona sobre los significados que contiene el título de "Pueblo de Dios" hay que poner el acento en la iniciativa divina: es Dios el que escoge un pueblo y el que lo constituye. La Iglesia es "convocada", escogida entre la humanidad para constituirse en sujeto de relación que sirve como símbolo a todos los hombres. Pero no debe pensarse que, por ser comunidad espiritual de los creyentes, la Iglesia podría ser plenamente Iglesia sin la exigencia de la materialidad propia del reino y del pueblo. Por esta razón se hace obligatorio el que refiramos constantemente la Iglesia al reino y al pueblo, y viceversa.

Lo que se quiere resaltar es que la Iglesia, antes que nada, es un pueblo, es decir, una colectividad personal, una comunidad. Así se tiende un puente entre la visión mistérica y la visión sociológica de la Iglesia. Al hablar de Iglesia ya no se comienza postulando el carácter institucional, societario, jurídico o jerárquico. Antes que institución, jerarquía o sociedad, la Iglesia es un pueblo que marcha en la historia. Pero no es cualquier pueblo. Es un pueblo animado por el Espíritu de Jesús y congregado en el seguimiento de Jesús. Es un pueblo, en definitiva, configurado según las exigencias del Reino de Dios. En la base de estas exigencias subyace la necesidad de una espiritualidad cristiana como punto de referencia del carácter eclesial del pueblo de Dios.

1.3. La espiritualidad: referencia eclesial del Pueblo de Dios

Encontramos en I. Ellacuría una preocupación constante por redimensionar y priorizar la categoría bíblica de "Reino de Dios", para entender sólo desde ella lo que ha de ser la Iglesia y para, en consecuencia, llevar a cabo su transformación en el verdadero Pueblo de Dios. Esta transformación supone una auténtica revolución, especialmente cuando son muchos los que piensan que lo que no es cristiano para los individuos puede serlo para las instituciones llamadas cristianas. En un plano individual, este peligro ha podido evadirse mediante lo que nuestro autor denomina el artificio de la espiritualización e interiorización. Pero no ha ocurrido así en el plano de la institución.

Dicho esto, el punto de partida del carácter eclesial de la espiritualidad cristiana, el criterio y el motor inconfundible para soslayar cualquier amenaza sólo puede ser el Reino de Dios. Desde él, en efecto, debe entenderse el carácter eclesial de la espiritualidad cristiana, entendida primariamente la Iglesia como pueblo de Dios, congregado en el seguimiento de Jesús. En definitiva, la Iglesia debe constituirse conforme a las exigencias del Reino de Dios anunciado por Jesús; un Reino al que no puede sustituir, con el que no se identifica y al que debe someterse.

Igualmente, para una correcta comprensión de la espiritualidad es necesario partir del supuesto de que "lo espiritual" no es sino una dimensión del hombre individual y socialmente considerado, así como del cristiano personal e institucionalmente entendido. Dicho con otras palabras, una correcta comprensión de la espiritualidad debe evitar tanto perspectivas dualistas como monistas y debe enmarcarse en perspectivas estructurales, más o menos dialécticas según los casos, de modo que una dimensión no sea lo que es, sino siendo co-determinante de la otra y co-determinada por ella.

Mantener esta percepción no es fácil, pues exige tener presentes constantemente los condicionamientos históricos. Y esto requiere, ante todo, un firme y persistente discernimiento de los signos de los tiempos. Este discernimiento hay que realizarlo con una seriedad absoluta, porque en caso contrario mutilaríamos la acción del Espíritu en la historia. En efecto, es en los signos de los tiempos donde acontece la revelación de Dios en la historia. Además, ni la riqueza de la vida de Dios en Jesús, ni él ímpetu renovador y creador del Espíritu de Cristo puede expresarse ni hacerse presente en una única forma histórica. Como tampoco existe un hombre, una comunidad, o incluso una institución, que pueda gloriarse de haber apurado en una forma histórica determinada todo lo que es el don del Espíritu. El discernimiento es también necesario por la intrínseca historicidad de la espiritualidad cristiana, que necesita acomodarse con cambios muy hondos a los profundos cambios de la historia; tales acomodaciones han permitido el profundo enriquecimiento histórico de nuestra espiritualidad, y todo ello gracias a las nuevas demandas de los tiempos y a la continua aparición de hombres llenos de Espíritu, que han logrado realizar una relectura de la persona y del mensaje de Jesús. Finalmente, el carácter eclesial de la espiritualidad cristiana hace que la Iglesia como pueblo y como cuerpo exija una pluralidad de funciones y comportamientos.

La renovación de la Iglesia y su proyección hacia el futuro ha de ser en la línea de la Iglesia de los pobres. Una Iglesia que haya hecho verdaderamente una opción preferencial por los oprimidos, por la pobreza y por la lucha contra todo tipo de injusticia, dará pruebas y será manifestación del Espíritu renovador presente en ella.

2. UN PROYECTO HISTÓRICO: EL PUEBLO DE DIOS

Cuando la Iglesia está configurada como Pueblo de Dios, desde una perspectiva profundamente maternal, y no tanto magistral, entonces está en condiciones de contribuir a la liberación del hombre y de la historia, es decir, de buscar el Reino de Dios y su justicia.

En este apartado vamos a ver cómo la Iglesia se configura como Pueblo de Dios, desmenuzando, en un segundo momento, cuáles son las claves que convierten a esta Iglesia en el verdadero Pueblo de Dios; finalmente, expondremos cómo ese Pueblo de Dios es el pueblo crucificado que sufre el mismo destino histórico de Jesús y se convierte en otro "Cristo".

2.1. La configuración de la Iglesia como pueblo

A partir de la eclesiología conciliar y, más concretamente, de la categoría de Pueblo de Dios, Ellacuría afirma que, en virtud del Espíritu de Dios, la Iglesia nace del pueblo creyente y oprimido. Desde esta concepción de Iglesia, nuestro autor intenta profundizar y reflexionar por qué y de qué modo el "pueblo" es el lugar de interpretación y de praxis de la fe cristiana. Comienza diciendo que es precisamente al pueblo a quien va dirigido el mensaje de salvación, sencillamente porque es un mensaje de liberación; porque es en el pueblo donde el mensaje de salvación y de liberación alcanza su sentido más completo; porque la finalidad, la significación y la misma interpretación de la salvación cristiana surge como un clamor ante el destino afligido y doliente de quien, en su sufrimiento, desvela la gravedad del pecado que le oprime; por último, sólo cuando la necesidad real del Reino sea la configuradora de las vidas de todos los creyentes, entonces alcanzarán la salvación, y harán que esa salvación ofrecida por Dios a todos los hombres en Jesús se convierta en luz de las naciones y en sal de la tierra. Todo ello muestra que el lugar de interpretación y de praxis de la fe cristiana es el pueblo, que sólo así entendido es el verdadero Pueblo de Dios. Sin embargo, I. Ellacuría aclara que el Pueblo sólo debe configurarse desde el Espíritu de Jesús. En palabras suyas, el Espíritu debe hacerse carne en el pueblo. Así es como desde el pueblo brota en plenitud la Iglesia de Cristo, plasmada y manifestada por unos signos inefables: señalados por el escándalo de las bienaventuranzas y la lucha por la justicia.

2.2. El verdadero Pueblo de Dios: la Iglesia de los pobres

Hablando de Monseñor Oscar Romero, I. Ellacuría dijo en una ocasión que fue el gran regalo de Dios al pueblo de El Salvador. Afirmó también que todos los que sufren y luchan por la justa liberación de los oprimidos siguen reconociendo en él al hombre que dijo la verdad sobre la miseria y los anhelos populares, que orientó y animó a todos los que quieren mantener la esperanza y trabajar por la liberación de pueblos crucificados. En palabras de un hermano en el ministerio episcopal, fue un santo de todos y para todos. Y también, un signo teológico. Testimonios como éstos nos ayudan a comprender por qué los tres años de Monseñor al frente de esa Iglesia de San Salvador, fueran considerados como tiempos de enorme densidad histórica. Una de las grandes aportaciones de este mártir de la liberación del pueblo fue precisamente desvelar las claves que permiten descubrir en verdad lo que constituye al verdadero Pueblo de Dios, claves que asumió desde lo más hondo I. Ellacuría. Esto es, que la Iglesia de los pobres es el verdadero pueblo de Dios cuando hace una opción preferencial por los pobres, cuando se encarna históricamente en las luchas por la justicia y la liberación, y cuando realmente da testimonio en contra de las estructuras de pecado instauradas en este mundo. En este caso, el auténtico Pueblo de Dios no puede menos que ser perseguido.

Cuando se toma en serio que los pobres son "lugar teológico", es decir, lugar de la manifestación del Dios de Jesús, de la vivencia y de la reflexión cristiana, y cuando son verdaderos sujetos de la evangelización y no sólo sus destinatarios preferidos, se entiende que no sean sólo una prioridad, sino, hasta cierto punto, un absoluto. De este modo, la denominación de "Iglesia de los pobres" debe tomarse como una formulación dogmática. Sin la inserción de modo radical en lo que se viene llamando Iglesia de los pobres, no se está en disposición de entender teóricamente lo que es el Reino de Dios. Por tanto, la Iglesia de los pobres es el lugar privilegiado de la reflexión teológica y de la realización del Reino de Dios.

Este planteamiento lleva a poner en entredicho la realidad y la praxis de las Iglesias instaladas en la riqueza de los países desarrollados. Con ello no se pretende una imposición, que rigiera la praxis eclesial y la teología por lo que es la Iglesia de los pobres. Sin embargo, cuando tomamos la revelación en su conjunto y, en particular, la del Nuevo Testamento, resulta que el lugar privilegiado ha sido siempre el mundo de los pobres y de los oprimidos. Junto a esto está el hecho de que, si la Iglesia quiere ser de verdad católica y universal, habida cuenta que la inmensa mayoría de la humanidad está marcada por la pobreza y la opresión, deben ser ellos los que estén atendidos privilegiadamente. Dice nuestro autor que las Iglesias instaladas en los países ricos deben tomarse muy en serio la parábola del buen samaritano, no sea que, ocupadas en tareas más elevadas y religiosas, pasen de largo ante el propio Jesús crucificado en la historia.

Es en la Iglesia de los pobres donde encontramos el lugar óptimo de santificación y de evangelización. Es el lugar privilegiado para el encuentro de Jesús. Es el lugar para un auténtico discernimiento de la tarea histórica que compete a la Iglesia, a saber, proclamar el Reino de Dios antes que la institucionalización eclesiástica, lo que supone un profundo rechazo de la sucesiva mundanización de la Iglesia. Ellacuría no niega el carácter jerárquico de la Iglesia, pero tampoco le ahorra la correspondiente crítica en su modo de ser y de actuar. Por otra parte, al presentar la Iglesia como Iglesia de los pobres, no se pretende en absoluto un magisterio paralelo, como muchas veces se ha dicho, ni una ruptura con la necesaria institucionalización de la Iglesia, aunque se pida una subordinación de los elementos de esta institucionalización a valores más profundos y afines al Jesús histórico.

2.3. El pueblo: el nuevo crucificado de la historia

Ellacuría inicia su reflexión con lo que él denomina pueblo crucificado. Esto es, la humanidad literal e históricamente crucificada por opresiones naturales y, sobre todo, por opresiones históricas y personales.

La opresión del pueblo crucificado viene de una suerte de necesidad histórica: la necesidad de que muchos sufran para que unos pocos gocen, de que muchos sean desposeídos para que unos pocos posean. La desfiguración del rostro del Tercer Mundo es el precio del maquillaje de otros mundos; su pobreza, el de su abundancia; su muerte, el de su vida. En palabras de I. Ellacuría, no sabemos si traducibles a otros idiomas, a América Latina los sucesivos dominadores y depredadores la han dejado como un Cristo.

Este planteamiento general, dice Ellacuría, no siempre ocurre o ha ocurrido de la misma manera, ni tampoco ha sido originado por las mismas causas, ya que el esquema de la opresión del hombre por el hombre adquiere formas muy variadas, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Pero lo cierto es que, actualmente, la opresión tiene unas características históricas globales que no pueden ignorarse y de las que son responsables activos u omisivos cuantos no se ponen al lado de la liberación. De hecho la Iglesia, aunque duela decirlo, debe comenzar a reconocer su contribución a la opresión injusta de los hombres.

El pueblo crucificado ilumina nuestra realidad, ofreciendo un discernimiento sobre nuestro mundo. Muestra que las soluciones presentadas por el Primer Mundo no son reales, al no ser universalizables, además de ser malas éticamente, porque deshumanizan.

El pueblo crucificado ilumina lo que históricamente puede y debe ser la utopía. Esa utopía en el mundo de hoy no puede ser otra cosa que la civilización de la pobreza, el compartir todos austeramente los recursos de la tierra, y la civilización del trabajo, que ha de prevalecer sobre la del capital.

3. LA DIMENSIÓN SACRAMENTAL DEL VERDADERO PUEBLO DE DIOS

El que la Iglesia sea sacramento universal de salvación es un hecho afirmado tanto por el Vaticano II como por la Conferencia de Medellín. Ella es signo eficaz de lo que expresa. No sólo anuncia que hay salvación, sino que la realiza. Y esto se constata cuando la Iglesia se ha hecho Iglesia de los pobres: "la Iglesia de los pobres es sacramento histórico de liberación".

3.1. La Iglesia como sacramento histórico de salvación

Entender a la Iglesia como sacramento no resulta, ciertamente, ninguna novedad. La novedad surge cuando hablamos de la Iglesia como sacramento "histórico" de salvación y de liberación. Según Ellacuría, para que la Iglesia sea realmente cauce de salvación histórica, es preciso que se configure desde el seguimiento del Maestro y sea realmente continuadora del mensaje, que anuncie y realice el Reino de Dios en la historia, dando muestras visibles y efectivas de la salvación que anuncia.

Por consiguiente, la Iglesia realiza su sacramentalidad histórico-salvífica anunciando y realizando el Reino de Dios en la historia. Así se comprende -digámoslo una vez más- que la Iglesia no es en absoluto un fin en sí misma, sino que toda ella está para cumplir el objetivo por el cual se fundó: el servicio al Reino de Dios. Es evidente que una Iglesia que está centrada en sí misma no será jamás sacramento de salvación. En todo caso, será un poder histórico más.

De este modo, si la Iglesia no encarna su preocupación por el Jesús resucitado en la realización del Reino de Dios en la historia está olvidando su misión principal y perdiendo con ello cualquier aval de ser la servidora eficiente del Señor. Sólo en el vaciamiento de sí misma, en el don de sí a los hombres más necesitados, puede la Iglesia pretender ser sacramento histórico de la salvación de Cristo.

Como sacramento histórico de salvación, a la Iglesia le toca el compromiso de ir historizando lo que este Reino de Dios exige en cada momento. Y esto supone combatir y eliminar el pecado del mundo en cada una de sus manifestaciones concretas. Pero, aunque nuestro primer compromiso es la liberación del pecado, en la salvación cristiana existe otro aspecto esencial, que está entrelazado con el primero: la divinización de nuestra humanidad.

Uno puede plantearse por qué el anuncio de la salvación molesta tanto a los poderosos. La respuesta estriba en que nuestro mundo está estructurado desde el pecado. Estando el Evangelio dirigido predominantemente hacia los oprimidos y necesitados, no puede menos que poner a la Iglesia en conflicto con los causantes, directos o indirectos, de la situación injusta de los pobres.

De este modo, el que la Iglesia como signo visible se ponga al servicio de la justicia y luche contra todo aquello que la impida es algo que pertenece a su esencial misión de quitar el pecado del mundo y de anunciar verdaderamente que Dios es la salvación del hombre.

Ante esto, la pregunta que surge es: ¿Cuáles son hoy los medios adecuados para que nuestra Iglesia, fiel a sí misma y a su tradición, sea para los hombres sacramento de salvación? Para nuestro teólogo, estos medios no tienen que ser algo novedoso; basta con que la Iglesia recupere la totalidad del Evangelio y del Jesús histórico; que anuncie la totalidad del mensaje a las personas a quienes quiere salvar, y al mundo en el que esas personas deben salvarse; y que profundice desde el Evangelio en los signos de los tiempos, para descubrir cuáles son las formas concretas que debe adoptar para que sea creíble y eficaz el mensaje de salvación. En este sentido hay que decir que no todo en la Iglesia es de hecho salvífico. De todos es conocido que muchas de las acciones de la Iglesia han conducido y conducen a la condenación.

Por tanto, para nuestro propósito no basta con afirmar que la Iglesia es el lugar histórico de la salvación. Aunque aceptemos que, por voluntad de Jesucristo y por asistencia del Espíritu, la Iglesia visible e histórica sigue manteniendo ese carácter excepcional de lugar de la salvación, hay que preguntarse qué de esa Iglesia histórica está en capacidad de serlo, o bien, qué de esa Iglesia histórica lo está contradiciendo.

3.2. La liberación como forma histórica de salvación

La liberación constituye una forma de la salvación en la historia. Y el contenido de la liberación cristiana se deduce por las fuentes propias de la historia de la salvación. Ahora bien, en el proceso teológico de encontrar las huellas salvíficas en la liberación, podemos encontrarnos también con otra realidad: la de la calumnia, la ofensa, la mentira, la imputación. A la teología de la liberación se le ha acusado en muchas ocasiones de proponer tan sólo una salvación socio-política (una reducción de la salvación que no se encuentra ni siquiera en el marxismo). Pero lo que la teología de la liberación ha afirmado hasta la saciedad es que la historia de la salvación no es tal si no alcanza a la dimensión socio-política, la cual es parte esencial suya, aunque no sea su totalidad.

En el Tercer Mundo, la realización de la historia de la salvación se presenta fundamentalmente en términos de liberación. Esto es lógico desde el momento en que su situación se haya determinada por la injusticia y la opresión. Es verdad que esta opresión puede ser analizada con distintos instrumentos teóricos, pero el hecho es independiente de cómo y con qué medios se haga el análisis. La opresión existe.

Se ha objetado a la teología de la liberación que, al definir la situación en términos de opresión, no hace otra cosa que repetir las tesis del marxismo, o lo que ya han dicho otros, y no precisamente desde una inspiración cristiana. Sin embargo, esta acusación ignora las diferencias que existen en el análisis de la realidad y, sobre todo, que en los teólogos de la liberación esa realidad se encuentra iluminada por la fe cristiana. Pero, más que caer en la tentación dialéctica y en las acusaciones recíprocas, el problema que hay que plantear no es si cristianos o marxistas hablan hoy de liberación, sino en qué consiste la liberación cristiana, eso que el Vaticano II llamó la verdadera y plena liberación.

Lo cierto -dice Ellacuría- es que, cuando se vive y se experimenta esa opresión permanente, es cuando puede saberse hasta qué punto pertenece a la esencia de la historia de la salvación eso que se ha dado en llamar la lucha cristiana contra la opresión. El empeño de la teología de la liberación por situar su reflexión desde esta situación no se debe a otras razones que las puramente cristianas y teológicas, desde el momento en que la opresión es un pecado, y nunca será algo querido por Dios.

Por consiguiente, la Iglesia, como sacramento de liberación, tiene necesidad urgente de despertar de su letargo e intensificar su lucha por la justicia, en fuerza del propio amor cristiano. La liberación debe abarcar todo aquello que está oprimido por el pecado, hasta sus mismas raíces.

El carácter universal que tiene en estos momentos el grito de los hombres y los pueblos por la liberación de la opresión, tendría que hacer más fácil comprender que la Iglesia, como sacramento de salvación, se constituya en sacramento de liberación. Pero esto sólo podrá ser comprendido desde la perspectiva del Pueblo de Dios, que es en definitiva el correlato histórico-salvífico del Reino de Dios. En cuanto sujeto mediador e impulsor de la liberación, éste se debe entender a sí mismo preferencialmente como el pueblo de los pobres, como Iglesia de los pobres. Al carácter maternal de la Iglesia corresponde el engendrar vida liberadora dentro y fuera de ella, siendo cauce de liberación y, sobre todo, fuerza de liberación.

3.3. La Iglesia de los pobres como sacramento histórico de liberación

Al decir que la Iglesia es sacramento universal de salvación, se está diciendo que cada Iglesia particular es la expresión visible e histórica del misterio salvífico universal que se ha realizado en Jesucristo. Pero las palabras "sacramento" y "salvación" están marcadas por una larga tradición. En la teología de la liberación tiene lugar una historización de las mismas. Partiendo de la consideración del Jesús histórico, el misterio de la salvación es identificado con el anuncio y la realización del Reino de Dios en el curso de la historia. Esta realización aparece, por consiguiente, como un proceso histórico de liberación que se concreta en liberaciones parciales y que se ve obstaculizado por el rechazo del Reino, materializado en el pecado. El mismo Jesucristo aparece como anuncio y realización concreta de ese Reino que tiene un significado universal, pero con una universalidad histórica que se concreta en la preferencia por los pobres, los pequeños, los oprimidos.

Desde esta perspectiva, si Jesucristo es el sacramento original del encuentro de los hombres con Dios en la historia, los pobres son el lugar privilegiado del encuentro con Cristo. En cuanto comunidad que existe, en continuidad con la misión de Jesús, al servicio del Reino de Dios, la Iglesia se convierte en sacramento histórico de liberación: anuncio, expresión visible y realización concreta, aunque parcial, de la liberación prometida por Dios. En un mundo caracterizado por la conflictividad y por la injusticia, la Iglesia se convierte en sacramento histórico de liberación en la medida en que denuncia como pecado -por tanto, como contraria a Dios- la injusticia que se opone al Reino, y en la medida en que se solidariza concretamente con los pobres y con su lucha en cuanto destinatarios privilegiados del anuncio evangélico. Un signo inequívoco de la autenticidad de la fe que anuncia es la persecución. Esto no significa que la Iglesia tenga que reducir su misión a la lucha contra las estructuras injustas. Simplemente, se trata del riesgo que ella asume responsablemente cuando intenta ser fiel al anuncio del Reino de Dios que está en contradicción con toda situación de injusticia. Solamente así se anunciará una fe que no sea opio para el pueblo, sino principio de liberación.

En este sentido, solamente la Iglesia de los pobres se convierte en el sacramento histórico de la liberación que acoge el grito que se levanta hasta el cielo de parte de las mayorías pobres y oprimidas del continente.

La teología de la liberación ha hecho frecuentes afirmaciones sobre la relación entre Dios y los pobres. Ha sostenido la asunción por parte de Cristo del destino de los pobres hasta morir en la cruz. Ha afirmado en consecuencia la presencia real de Cristo entre los pobres hasta el punto de sostener que las mayorías oprimidas constituyen nada menos que el cuerpo de Cristo en la Historia. Pues bien, si la Iglesia reconoce a los pobres como su principal sujeto y como su principio de estructuración interna, su misma organización tendrá que hacerse funcional en orden a su servicio, superando el inmovilismo que se ha ido desarrollando en el seno de la institución a lo largo de la historia. A este propósito hemos de recordar que la Iglesia nace del pueblo por la acción del Espíritu y que este hecho nos ha de estimular a un esfuerzo continuo para superar toda forma de institucionalización que no esté claramente al servicio del Reino de Dios.

Podemos finalizar con dos textos de nuestro autor, en los que eleva un verdadero canto a la Iglesia de los pobres como depositaria de la salvación:

"La Iglesia es cuerpo histórico de Cristo en cuanto es Iglesia de los pobres; y es sacramento de liberación, así mismo, en cuanto es Iglesia de los pobres. La razón de ello estriba tanto en el célebre pasaje del juicio final como en la esencia misionera de la Iglesia. Si la Iglesia se configura realmente como Iglesia de los pobres, dejará de ser una Iglesia instalada y mundanizada para convertirse de nuevo en una Iglesia predominantemente misionera, esto es, abierta a una realidad que le obligará a sacar de sí sus mejores reservas espirituales; le obligará igualmente a convertirse a Jesucristo presente realmente de una manera especial en los presos, en los dolientes, en los perseguidos, etc." .

"La Iglesia de los pobres se constituye en el nuevo cielo... La afirmación utópica de una Iglesia como el cielo nuevo de una civilización de la pobreza es un reclamo irrecusable de los signos de los tiempos y de la dinámica soteriológica de la fe cristiana historizada en hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente, aunque siempre a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador" .