Hombre egipcio

Historia universal. Civilización egipcia. Campesino. Faraón. Escriba

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EL HOMBRE EGIPCIO

INTRODUCCIÓN

A finales de la época imperial romana, el vigor de la civilización egipcia se transforma en una supervivencia. Lo que se sabe sobre el antiguo Egipto ha sido aportado por el propio Egipto. Desde las excavaciones se recuperan papiros de la época griega y romana, la historiografía del mundo clásico ha enriquecido su temática y sus técnicas de investigación, mostrando a los historiadores del antiguo Egipto la importancia para la investigación de estos materiales documentales, mostrando su larga experiencia, y aprovechando la capacidad de contrastar los resultados de la autopsia inmediata con los datos de la tradición. Para el antiguo Egipto las inscripciones, papiros, las figuraciones llegan como frutos de la casualidad, único elemento al cual deben su conservación. El mundo egipcio es moderno: la familia tiene una estructura ligera (padres e hijos) en oposición a la estructura tribal que une por la sangre a individuos lejanos, obligándoles a una solidaridad automática; el sistema hereditario reparte los bienes entre cónyuge superviviente e hijos en partes casi iguales, y la mujer tiene personalidad jurídica que le permite hacer o prestar testimonio sin necesidad de tutor; no existe el concepto de desquite personal por venganza, e incluso en el mito las disputas entre los dioses están representadas ante un tribunal. La estructura del Estado sobre una base territorial, su naturaleza de imperio universal, la meticulosidad de una administración organizada según una escala jerárquica definida. El centralismo del Estado en la sociedad explica la igualdad entre hombre y mujer, la ausencia de una mentalidad tribal, la posibilidad de grandes obras colectivas, la organización a escala nacional de la actividad y de la productividad agrícola, la importancia de la ley como elemento dirimente de los litigios, la unidad lingüística y cultural. Los ensayos recogidos componen una representación prismática de una única realidad, en la cual la civilización egipcia posee el mayor peso: la institución del Estado. Funcionarios, campesinos, escribas, soldados, sacerdotes, esclavos, desarrollan una actividad complementaria, realizan una tarea que hace funcionar la estructura social en la que están inmersos.

EL CAMPESINO

Egipto ha sido un país agrícola, base de su economía, su bienestar y su prosperidad, habiendo dependido de la producción de la tierra. El cultivo y el esfuerzo del labrador posibilitó los logros para una posición señera de Egipto entre las naciones de la Antigüedad preclásica.

Durante los tres milenios de historia de Egipto bajo el dominio de faraones, el campesino fue la columna vertebral de la nación. Analfabeto, no dejó relación escrita sobre aspectos de su vida y persona. Último peldaño en la escala social, pasaba, luchando, una vida de penuria, privaciones y esfuerzo, y moría sin dejar huella en el mundo.

Lo que se sabe del campesino egipcio proviene de escritos epigráficos (literarios y no literarios) y fuentes arqueológicas. La documentación epigráfica son testimonios iconográficos y escritos (pinturas, relieves, textos) conservados en las tumbas de sus señores y de la gente rica, desde la época de las pirámides hasta el período grecorromano. También dan datos los documentos no literarios escritos en papiros sobre el modo de vida y las actividades del campesino. De importancia son los papiros en demótico y griego que se relacionan con acontecimientos de la época ptolemaica y romana. Posee gran valor el material arqueológico; herramientas agrícolas; cestas de simiente, azadas, arados, hoces, palas para aventar, los aperos que el labrador usaba en su trabajo en el campo, y utensilios comunes relacionados con él (cuerdas, cestas y cedazos), llegados en variedad de formas y procedentes de distintos períodos, así como maquetas de madera, que reproducen escenas de la vida rural.

El pueblo egipcio era un pueblo muy conservador, siendo las tareas agrícolas y el campesinado elementos más conservadores y más lento a la hora de cambiar en cualquier sociedad. La difícil vida, circunstancias, y quehaceres diarios del campesinado egipcio han cambiado poco de un extremo a otro del largo período dinástico, en que la introducción de métodos de regadíos mejorados, la electricidad y la conclusión de la presa de Saad El-Ali (presa alta), cerca de Asuán en 1972 comenzó a alterar el modelo y ritmo tradicionales de cultivo en todo el país.

Desde su nacimiento hasta su muerte, el campesino se hallaba vinculado a la tierra que trabajaba, quienquiera que fuese su dueño. El sistema o régimen de tenencia de la tierra cambiaba, según las vicisitudes políticas de la nación, pero los cambios no alteraban ni su calidad de vida ni la naturaleza y rutina de sus tareas, siéndole indiferente trabajar en las tierras reales del faraón, en campos propiedad de los templos o bien en la hacienda de algún terrateniente, salvo que el campesino al servicio de ciertos templos podía librarse de la prestación personal.

Lo que afectaba de forma vital al labrador era la crecida anual del Nilo, que regaba y fertilizaba la tierra. Llegaba y se iba con regularidad en los meses de estío. Resultado de las grandes lluvias de África subtropical y del deshielo de las montañas etíopes, la crecida se presentaba en Asuán en el mes de junio, y no existiendo presa o dique que lo impidiera, continuaba su curso, llegando a Menfis tres meses después. Penetraba las tierras de cultivo, mediante un lento proceso de infiltración que rellenaba hondonadas y marismas y empapaba el suelo desde abajo. A mediados de julio el nivel del río empezaba a crecer rápidamente y las aguas, desbordando los márgenes, cubrían la tierra dos o tres meses más. De mediados de agosto a mediados de septiembre el valle se hallaba inundado. La inundación iba descendiendo gradualmente y para finales de octubre había desaparecido, dejando la tierra empapada y sobre ella, una capa de limo o sedimento oscuro rico en detritos orgánicos y sales minerales. Dejaba también depósitos de aguas dispersos por los campos, las cuencas o depresiones, que, completados con una red de arroyos, canales y acequias, formaban un sistema de regadío "regadío de estanque", atestiguado en el período predinástico y usado en Egipto durante tiempo: se seguía usando en el Alto Egipto durante la década de 1960.

El fenómeno natural de la crecida y descenso de las aguas del Nilo se daba con regularidad, cada año y siempre en la misma época, pero el volumen de la crecida no siempre era igual y podía traer la dicha o la catástrofe. Poca agua (Nilo bajo) o demasiada (Nilo alto) significaban un mal año para el país. Si el río no alcanzaba la altura mínima para regar la tierra cultivable, no se podría labrar la tierra suficiente para la siguiente cosecha, viniendo hambre y años de escasez. Una crecida excesiva resultaba desastrosa, pues destruía la red de diques y canales que distribuía el agua y causaba pérdidas humanas, de cultivos y de animales. Lo mejor el óptimo o Gran Nilo. También hacía falta que el hombre trabajara y se esforzara en los campos. Las semanas que seguían al retroceso de la crecida eran de mucho trabajo. Los canales, diques y compuertas atascados de barro, dañados o arrastrados por el agua habían de repararse o reemplazarse, ya que eran esenciales para el funcionamiento del sistema de regadío de estanque. La operación debía concluirse lo más rápido posible, antes de que la tierra se secara: la labor con la azada y el arado, que junto con la siembra seguía y cerraba la primera etapa del ciclo agrícola, resultaba más fácil cuando el suelo estaba fangoso, blando y húmedo: el sol egipcio no dejaba que estuviera así mucho tiempo.

El campesino no araba solo, siempre lo hacía con otro, que guiaba los bueyes y los aguijaba con un palo, azote o voces. Otros hombres se ocupaban de preparar la tierra para la siembra. El sembrador, si iba delante del arado, los bueyes pisaban la simiente, mientras que la reja la hundía aún más. Cuando el sembrador iba junto al arado o detrás, se encargaba de hundirla un rebaño de ovejas o cabras que se llevaba a los campos recién sembrados. Las representaciones funerarias que retratan las tareas del campesino muestran al dueño del sepulcro, que podía ser un administrador del faraón que supervisara la actividad en las tierras de la corona, el mayordomo de la hacienda de un templo o un terrateniente particular. Se le representa siempre de un tamaño mucho mayor que los hombres y los animales. Estas escenas se ven acompañadas de textos que reproducen órdenes y burlas entre ambos, comentarios acerca del estado de la tierra o el tiempo, amenazas y voces que lanzan a sus animales.

Se ha hecho la siembra y las mieses han empezado a crecer. Las tierras más alejadas del Nilo necesitaban más riego a medida que el suelo se secaba; se utilizaba el agua almacenada en estanques, que se desviaba a los campos según las necesidades a través de acequias o pequeños canales, regulándose el curso y el volumen del caudal por compuertas y diques. Este sistema exigía atención y trabajo duro, pues aunque el agua corriera libremente por canales conservados, no fluía hacia arriba, y el campesino había de regar el suelo que se hallaba en un plano más elevado llenando de líquido cántaros que colgaba al hombro. Así lo hizo durante siglos, y en el Imperio Nuevo se inventó shaduf que elevaba el agua por medios mecánicos, atestiguado en el siglo XV a.C. El shaduf está formado por dos pilares de 2 m cada uno, unidos cerca de su extremo más alto por una corta viga de madera. Sobre ésta se cuelga una larga pértiga con un recipiente para el agua en un extremo y en el otro un gran terrón de arcilla pesado que hace de contrapeso. Un hombre al borde del agua hunde el recipiente en el río o en un canal y una vez que está lleno, deja que el contrapeso lo eleve hasta el canal alimentador que conduce el agua a los campos. El shaduf iba bien, pero tirar del recipiente, levantarlo y vaciarlo una y otra vez, hundido en el fango de la orilla, era un trabajo malsano. La rueda hidráulica o noria se presentó en el período ptolemaico, movida por un buey o una vaca encapuchados, al que un hombre hace dar vueltas una y otra vez.

Las aves merodeadoras en campos y huertas en busca de semillas, grano, frutas eran un incordio. El campesino lo solucionaba con hombres que las espantaban con gritos, hondas, palos y trapos; a la vez que para las aves que se posaban, se colocaban redes. Otra amenaza durante los períodos de crecimiento y cosecha sobre campos labrados eran las intromisiones de ganado procedente de las cercanas tierras de pasto. Para prevenir estas irrupciones el campesino patrullaba su campo él mismo, pero sin ser una completa seguridad. Luego venían los inspectores tributarios, que recorrían los campos calculando su producción para establecer el tributo a pagar por el campesino a aquel que fuera el dueño de los campos que cultivaban.

A continuación llegaba la cosecha, la época más dura del año para el campesino. Los principales cultivos eran el trigo, la escanda, la cebada y el lino. El cultivo de cereales se usaban para hacer pan y cerveza. El cultivo de lino proporcionaba fibra y semillas de varios usos. La mies se cortaba cerca del extremo superior con una hoz de mango corto de madera y provista de una hoja curva en la que se insertaban pequeñas piedras en forma de dientes de sierra que servían de filo. Detrás de los segadores venían los espigadores (en las representaciones funerarias son mujeres y niños), que recogían la mies del suelo y la llevaban a un extremo del campo, donde se metía en sacos, cestas o redes que, bien cargados por los mismos braceros o a lomos de asnos, se transportaban a la era. Situada cerca de la aldea, la era consistía en un área circular de tierra batida donde se esparcía la mies, que era pisada por bueyes y asnos o batida con horcas y azotes para separar el grano de la cascarilla. Luego venía el aventamiento; la mies pisada se lanzaba al aire con palas, cayendo al suelo el grano. El escriba anotaba para efectos tributarios, la producción de la cosecha, que era medida antes de que cayera el grano limpio.

El cultivo de lino se emplea para hacer lino de calidad, o para tejidos ordinarios y resistentes (cestos, cuerdas y esteras). De la cosecha, una parte se guardaba para la siguiente siembra y parte para prescripciones médicas y para hacer aceite de linaza. El campesinado se dedicaba también a la viticultura. Los principales viñedos se hallaban en el delta y en los oasis de Jarga y Dajla, al oeste. En las pinturas murales funerarias, especialmente procedentes del Imperio Nuevo, se ven escenas de vendimia; muestran al campesino vendimiando, pisando y exprimiendo la uva, vertiendo el mosto en vasija de barro en las que se producía la fermentación y sacando a hombros de la bodega los cántaros de vino. Se sellaban y se etiquetaban haciendo constar el lugar y año de la cosecha, almacenándose a continuación. Llegaba el escriba, que había anotado las cestas de uva que los vendimiadores habían sacado del viñedo, apuntando el número de jarras de vino.

El pobre campesino pescaba y cazaba en las marismas y pantanos para llenar la esperanza de sus superiores con el producto de su esfuerzo. Utilizaba una red de arrastre manejada por varios hombres. Parte de la pesca se enviaba al mercado más cercano y parte al señor como obsequio, pero en su mayor parte se trataba en el acto: se vaciaba, se abría y se ponía a secar colgada en estacas. Posteriormente, el pescado seco se almacenaba y se consumía durante la veda.

En las extensiones de tierra pantanosa que bordeaban las marismas crecían los pastos salvajes; allí criaban y cuidaban ganados los rústicos, la vida más dura del campesinado. Consumidos por el esfuerzo, la mala comida y la insalubridad de su entorno. Los pastores vivían cerca de los pantanos con sus rebaños; no tenían vivienda estable; una miserable y solitaria choza de caña sobre la que dormir, un cántaro de agua y un cesto para el pan. Se desplazaban para alimentar a su ganado y debían mantenerse alerta, ya que si algo sucedía a éste, él era el culpable, azotándosele brutalmente.

El campesino soportaba una vida de trabajo, pobreza, enfermedad e incertidumbre constante. Se hallaba a merced de fuerzas que no podían controlar ni comprender, y a merced de su señor y de los representantes de éste, quienes tenían tendencia a obrar tiránicamente con los subordinados.

El salario se le pagaba en especie, pues en Egipto no se usó el dinero metálico hasta la llegada de la moneda griega. Constituían su paga un poco de grano, una pequeña cantidad de aceite y una jarra de cerveza. Y se esperaba que reservara determinada cantidad de cereal para pagar sus impuestos. No es extraño que no pudieran hacer frente a sus obligaciones tributarias. Los recaudadores maltrataban con saña al campesino moroso. Le vapuleaban, le ataban y le lanzaban al agua, incluso su familia era víctima de su brutalidad. Pero también existía la corvea, que era un sistema de servicio obligatorio, gratuito y por designación que se rendía al Estado y que prestaban los campesinos que podían ser reclutados para realizar tareas concretas, como la construcción y conservación de caminos, canales de regadío, diques y compuertas, el levantamiento de grandes edificios, templos o pirámides, servicios de armas y trabajo en minas y canteras. La corvea fue obligada a cumplirse en Egipto hasta su abolición oficial en 1889. Los únicos campesinos exentos de la corvea eran aquellos que estaban al servicio de determinados templos que, por concesión real, gozaban de privilegios e inmunidad especial. Cuando demandas fiscales excesivas, reclutamientos para la corvea, señores implacables, pagas mezquinas y pésimas condiciones de vida se tornaban insoportables, el campesino desesperado, abandonaba familia, casa, campos y escapaba. La anachoresis o la huida del campo abandonando el trabajo de la tierra era el último recurso del agricultor. Se tiene noticia de ella en la XII dinastía (h. 2000. a. C) y alcanzó proporciones alarmantes en el Egipto romano. La anachoresis tenía repercusiones sociales. Algunos de los que huían buscaban refugio en pantanos y el desierto, o vagabundeaban de pueblo en pueblo mendigando, otros se unían a bandidos.

Las aldeas agrícolas eran muy similares, una aglomeración de casas miserables, apiñadas sin orden, atravesadas por un laberinto de callejuelas estrechas y sombrías. Eran sórdidos cuchitriles de planta única, con una angosta entrada y carentes de ventana. La mayoría constaba de un pequeño habitáculo. El techo, fabricado de hojas y ramas de palmera, o de cañas y paja, era endeble y bajo. No disponían de suelo, siendo éste en tierra batida, cubierta de inmundicias, impregnando el aire de un tufo repugnante. No había mobiliario alguno, ni asiento ni lecho ni mesa; sólo raídas esteras de paja para dormir, un cántaro de agua y un cesto para conservar el pan y el grano a salvo de ratones y ratas. El suelo estaba cubierto de excrementos de ganado, y de heces humanas, ya que los egipcios hacían sus necesidades dentro de las casas: estos fétidos desperdicios atraían a las moscas. La mujer recogía la basura del suelo, separando en ella el estiércol de su ganado, que guardaba para utilizarlo como combustible. Los críos de la aldea recogían, todavía recientes, blandos y humeantes, los excrementos de asnos, bueyes, vacas y ovejas. Ninguna aldea carecía de su poza, una turbia charca de agua estancada, hedionda, contaminada, en la que abrevaba el ganado y de las que las mujeres sacaban el agua; allí mismo había siempre un vertedero y montones de desechos insalubres frecuentados por halcones, buitres, perros y cerdos. Las aldeas constituían repugnantes nidos de infecciones. Enfermedades endémicas se cobraban más vidas entre el campesinado que entre las clases más elevadas. El campesino era presa fácil de las enfermedades: las oftalmías, que dejaban los ojos nublados, tuertos y ciegos, con los párpados inflamados y supurantes, la bilharziosis o esquistosomiasis, dolencias que atacaban al campesino que frecuentaba el fango, las charcas o el agua mansa de los canales, abundantes en especies de caracoles acuáticos portadores de los gérmenes que causan la infección, la hepatitis o inflamaciones del hígado, la dracunculosis o enfermedad del gusano de Guinea, mal que se contraía al beber agua infectada por una especie de pulgas de agua y que producían gusanos que podían llegar a adquirir una longitud de 80 cms, y se alojaban justo debajo de la piel, causando abscesos dolorosos y multitud de infecciones secundarias. La disentería amebiana, para aquellos campesinos que andaban descalzos constantemente.

EL ARTESANO

Introducción.- El nacimiento de un artesanado en una cultura determinada, se revela al arqueólogo mediante testimonios materiales y al historiador por las manifestaciones de una estructura social adaptada a esta situación concreta. Las obras alcanzan una calidad de ejecución que exige una exclusiva especialización. De estos períodos se guardan talleres artesanales, fabricación de vasos de piedras, tallas de sílex, cerámica. Los alojamientos de sus descendientes son los que, a partir de la IV dinastía, dan indicios sobre la organización y el nivel de vida de los constructores de pirámides. Durante las dinastías V y VI, los notables hacen aparecer en las paredes de las capillas de sus tumbas a sus trabajadores entregados a la tarea y hacen inscribir sobre las paredes las misiones que habían llevado a buen puerto para el faraón.

Con cada período, las fuentes citadas se enriquecen con nuevos documentos. En el Imperio Medio, a las ruinas de monumentos, viviendas, talleres, a representaciones relacionadas con la artesanía en las tumbas de los patronos y a las inscripciones se añaden los archivos de algunas obras que hablan de una mano de obra libre o servil, y los relatos de expediciones, que dejan de citar a los responsables, para mencionar a obreros especializados, peones y administración. El Imperio Nuevo multiplica los documentos administrativos, las representaciones, los poblados de obreros, y los testimonios etnográficos y de religiosidad popular.

Dos aspectos de la investigación egiptológica interesan a nuestro objetivo: las excavaciones arqueológicas de poblados obreros y los estudios referentes a las estructuras administrativas de la sociedad egipcia. Cada temporada las primeras aportan nuevos elementos en distintos contextos; las segundas, transforman cada año nuestra visión de las instituciones faraónicas.

Los hombres y la sociedad.- Las gentes cuya identidad y medio se quieren reencontrar nos abandonaron hace más de 3000 años. La tumba egipcia concentra los elementos principales de la personalidad del hombre. El rostro se perpetúa por las estatuas; el nombre, el cargo, los títulos, se escriben sobre puertas, paredes y habitaciones del ajuar funerario. Los archivos procedentes de instituciones o fundaciones comitentes ofrecen garantías de objetividad, dan cuenta del origen geográfico y social de obreros, su identidad, su cualificación, su empleo; enumeran tareas encomendadas; detallan salarios según el cargo, beneficios y recompensas; mencionan castigos. Desde la Antigüedad estos archivos se conservaban no más de 10 años, pasado este tiempo los papiros se lavaban para reutilizarse o encender fuego. Los escribas no sólo llevaban un estado de las cuentas, de la mano de obra y del trabajo, había quienes hacían ejercicios de compilación con voluntad didáctica o enciclopédica.

El Imperio Antiguo.- Los únicos indicios fiables anteriores al comienzo de la vulgarización, a partir de la I dinastía, del uso de un sistema de escritura jeroglífico coherentes, son los útiles. Los artesanos hacían depositar en su tumba los utensilios que los definían socialmente. En la I dinastía, entre las sepulturas que acompañan a la mastaba del soberano, se identifican las de los artesanos más próximos a él. En la II dinastía en Heluán y en la dinastía siguiente, en Saqqara, los títulos que acompañan a los nombres registrados en diferentes elementos del ajuar funerario reemplazan al útil revelador o precisan el cargo ostentado. La consignación en la tumba de una identidad cada vez más precisa es un privilegio compartido por altos funcionarios y por algunos artesanos. Durante la IV dinastía la práctica se consolida, s/t en las necrópolis de Gizah y Saqqara. Los gremios artesanales representados se diversifican, pero los personajes suelen ocupar cargos de responsabilidad: maestro escultor de las 2 Administraciones, director de todos los trabajos, de la Armería, de la manufactura textil, de los artesanos del Taller Funerario, de los mineros, de los albañiles. Los estimados fueron inmortalizados en cámaras funerarias de sus patrones en actitud de entrega al trabajo. Las dinastías V y VI consolidan la moda del tema iconográfico del artesano trabajando y la extienden a las provincias, donde los nomarcas detallan las actividades realizadas en sus talleres y en señalar la presencia de maestros pertenecientes a los talleres del faraón entre sus trabajadores. A partir de la V dinastía, los protagonistas, patrones, empleados, exhiben mayor diversidad de iniciativas. Se recurre a los monumentos particulares de artesanos, numerosos en este período, los más modestos-albañiles, carpinteros, pellejeros, fundidores, metalúrgicos o escultores dejaron su nombre en elementos arquitectónicos de sus tumbas, mesas de ofrenda, vasos para libaciones y estatuillas. En cuanto a los directores de obras y de talleres, acumulan responsabilidades técnicas y tareas de confianza. Se les puede encargar dirigir obras y expediciones en provincias o incluso en el extranjero, pertenecen a una elite reconocida por la corte, viviendo y haciéndose sepultar cerca de la capital, Menfis.

El Imperio Medio.- Las transformaciones que sufre la sociedad egipcia con las turbulencias del Primer Período Intermedio no son ajenas a los cambios que se advierten en la naturaleza misma de las fuentes documentales. Éstas se preocupan de categorías de población más modestas; la de esas manos anónimas. El papiro Reisner consta de cuatro documentos: tres provienen de los registros de administración de obras de construcción (templo); el cuarto se relaciona con un taller de reparación de herramientas de las atarazanas reales de This, en el Egipto Medio. Los hombres empleados en la construcción, su identidad se expresa con su apellido, pero los salarios no se pueden estimar. Diversos documentos contemporáneos proporcionan una escala salarial para obras definidas: la unidad-pan continúa indeterminada, pero se aprecia la remuneración relativa de cada uno, detallándose el nº de hombres. Mientras que antes los monumentos particulares pertenecientes a estas categorías socioprofesionales eran escasos, no sobrepasando el contexto de la tumba, la democratización de las prácticas funerarias da vía libre para que la gente modesta pueda realizar una peregrinación al Alto Egipto, a la ciudad santa de Abidos, donde erigían en el templo de Osiris pequeñas capillas. Estos monumentos agrupan a padres y parientes del oferente. Cualquiera que sea la actividad examinada hay estabilidad de empleo en una misma familia en varias generaciones. En el Onomasticon que el escriba Amenemope redactó, a finales del Imperio Nuevo, se cita una treintena de estas profesiones. Las ocupaciones se agrupan por criterio de afinidad: coincidencias de materiales y de vocabulario hacen que joyería, trabajo de cuero, fabricación de armas, bisutería, arquitectura y alfarería se asocien.

El Imperio Nuevo.- En la XVIII dinastía la historia de la comunidad obrera está dominada por las grandes obras de la margen occidental de Tebas, reemplazadas por las de Amarna después y, en la época ramésida, por la institución de la Tumba Real. Estos tres conjuntos dan informaciones complementarias sobre los hombres que trabajaban en templos funerarios y en tumbas de monarcas en el Imperio Nuevo.

Los ostraca hallados en las proximidades de las dos tumbas de Senenmut, visir de Hatshepsut, o, delante de los templos de la reina y de Tutmosis III en Deir El-Bahari, tratan de trabajos en curso, obras formadas por empleados vinculados al servicio del soberano, del visir y de notables, hay presencia de obreros nubios y palestinos.

En la ciudad de Amarna, mansiones lujosas se han identificado como pertenecientes a escultores y maestros de obras al servicio del rey y de la corte: se les trata como artistas reconocidos y dirigían importantes talleres. Artesano es quien trabaja en los talleres de palacio y habitaban otras viviendas humildes. Al igual que en Tebas, la cualificación de los hombres y la naturaleza de su labor no son desconocidas por la falta de inscripciones, pero las similitudes entre diferentes comunidades y numerosas huellas de actividad artesana hallada en viviendas no dejan lugar a dudas sobre su función. La regularidad del diseño de este poblado rodeado de un cerco rectangular y las dimensiones de las casas recuerdan el barrio obrero de Illahun, también separado de los barrios distinguidos. En este caso, se advierte una jerarquía dentro del propio poblado, desigualmente dividido por un muro: su parte oriental, extensa contiene las viviendas grandes (la del jefe de cuadrilla y construcciones de más de una planta). Fuera del recinto, vestigios de actividades agrarias subsidiarias atestiguan un aporte complementario regular de carne y verdura a las raciones de cereal que cada familia debía recibir del estado. Más lejos un segundo poblado obrero, de menor tamaño y construido en piedra. Así pues, están concentradas en una zona de pocos Km. cuadrados, cuatro aglomeraciones coetáneas, representativas de la casi totalidad de las esferas artesanales.

La creación a cargo de Horemheb de la institución de la Tumba Real, asegura a los soberanos una plantilla permanente de especialistas de la preparación de sus sepulturas en el Valle de los Reyes y de otras para sus parientas en el Valle de las Reinas, llegando informaciones del origen de los hombres allí reunidos y de los empleos desempeñados por los miembros de sus familias que trabajaban fuera de la institución, su nivel de vida, sus relaciones con los habitantes de la región, con los altos funcionarios del reino y con el monarca en persona. Las viviendas de trabajo que se adjudican a los hombres cuando se les contrata constan de 2 habitaciones principales y 3 ó 4 secundarias en una superficie media de 72 m2, en el interior de un poblado cercado de 68 viviendas medianeras de adobe y piedra. Los salarios en cereal y otros pagos en especie son más elocuentes; un simple obrero recibe 5 kg. de trigo y 1,9 de cebada al día, cubriendo holgadamente las necesidades de su familia en cuanto a pan y cerveza, pescado, verdura, fruta, cacharros y combustibles para su hogar. Los obreros incrementan sus recursos realizando pequeños trabajos de artesanía para sus clientes particulares. Su nivel de vida depende de la prosperidad de las finanzas del Estado, que condiciona la regularidad del flujo de salario a los funcionarios. Cuando se crea la institución, los hombres reclutados trabajaban en diversas fundaciones tebanas, como el templo de Amón en Karnak y el templo funerario de Thutmosis IV. Las funciones que ocupan se citan en las paredes de sus tumbas o sobre otros monumentos particulares, y los vínculos que conservan con su pueblo de origen se deducen de sus creencias religiosas. A principios de la XIX dinastía, momento brillante del período ramésida, esta abundancia se refleja en los obreros del Deir El-Medina y sus superiores en una serie de signos exteriores de riqueza, como la posesión de varios servidores, construcciones fuera de la población, tierras y animales.

Las profesiones artesanales.- En todas las épocas subsisten disparidades entre la situación social de los máximos responsables de obras, talleres o expediciones, la de los artesanos especializados y la de los peones. Provenientes de tres clases alejadas entre sí, unos se afanan en su carrera, otros en su trabajo y otros en su tarea dentro de su propio medio. Sin llegar a contener un fenómeno de castas, la sociedad egipcia está jerarquizada a lo largo de su historia. Con todo, durante el Imperio Nuevo las barreras entre los estratos bajos y los intermedios se hacen más permeables, manifestando una flexibilidad en la gestión de la mano de obra que no deja de llevar aparejadas serias modificaciones en la vida de los hombres afectados.

En el Imperio Antiguo, el rango más elevado en materia de realizaciones artísticas es prerrogativa del director de los trabajos del rey. Otros cortesanos, en los tiempos remotos, reciben encargos de capitanear misiones relacionadas con la busca de materiales preciosos necesarios. Si se consultan, más tarde, los informes del Imperio Medio sobre las expediciones enviadas a las minas y canteras, suelen estar al mando de altos funcionarios pertenecientes, bien a la administración central, bien a la administración provincial, mientras que, hacia finales del Imperio Nuevo, son los sumos sacerdotes de Amón los encargados de la explotación de las minas de oro de Uadi Hammamat. Las grandes obras de construcción emprendidas por los faraones del Imperio Medio se evocan mediante los textos oficiales en que el rey describe los trabajos de templos y las tumbas reales tebanos y a quienes se les encomendaron. Jefe de todos los artesanos cuyas responsabilidades abarcan desde la provisión de las materias primas necesarias a la dirección efectiva de los trabajos y su inspección. Los maestros de obra son simples obreros con experiencia, pero no siempre es así, pues, si estos hombres suelen proceder de familias obreras y han ascendido los escalones de la jerarquía en vigor dentro del grupo al que pertenecen, constituyen también dinastías que ocupan el mismo lugar de un reinado a otro.

Son infrecuentes los casos en que se da noticia de hombres que han sobresalido por el ejercicio de su arte y, en la mayoría de casos, se ignoran sus antecedentes. Escultores, pintores y arquitectos, gozaron del favor con el comitente de sus trabajos que les proporcionó beneficios materiales y a veces la posibilidad de una rica sepultura en la que se acumulan las dádivas de altos personajes satisfechos. Junto a los maestros reconocidos, proliferaron artesanos consumados que con discreción y habilidad crearon esas maravillas de las que se enorgullecen los museos del mundo. Son los tallistas de sílex finos, los pulimentadores de piedra dura, los fabricantes de vasos de alabastro o brecha. Luego los orfebres, los joyeros, los ebanistas, los azulejeros. Todos aquellos que esculpen, que dibujan, que pintan a las órdenes de grandes especialistas. En las épocas en que existen talleres y obras reales por Egipto, en la corte y en provincias proliferan buenos artesanos y artistas, y los más oscuros de ellos, como los maestros, rivalizan en destreza. Desde la época predinástica, objetos de gran refinamiento confirman la antigüedad de tradiciones artesanales que se manifiestan cuando el país goza de un estable régimen emprendedor. Por contra, la ingenuidad apreciada en las obras en períodos de disturbios y de ocupación extranjera sugiere la existencia de un estrecho vínculo entre el florecimiento de las artes y el poder de los gobernantes.

Directores de trabajo, maestros de obra, artesanos o peones albañiles, tienen un estatuto próximo al de funcionario. Pero la movilidad no está en manos del individuo, sino que depende de su patrón. Del Imperio Antiguo al Nuevo, el soberano, los terratenientes, los templos y responsables disponían de la competencia de sus trabajadores según sus necesidades. Los programas faraónicos y las obras particulares necesitan labores repetitivas y prolongadas y actividades más excepcionales y búsqueda de materiales específicos. Mientras que comunidades de artesanos se instalan en una seguridad que comprende la continuidad en el empleo de ellos y sus hijos y la seguridad de una ocupación regular cerca de su poblado, otras familias experimentan los inconvenientes de los desplazamientos profesionales forzosos. Inconvenientes que atañen a la población sujeta a prestaciones personales, ya que los funcionarios responsables de programas arquitectónicos y sus especialistas se hallan a pie de obra, pero también donde están los diferentes materiales necesarios para tales construcciones. Los lapidarios se presentan en las minas de turquesa de Sinaí e intervienen en los trabajos, hallándose en disposición de orientar a los mineros en el reconocimiento de los mejores filones. Las expediciones a las canteras de Egipto y Nubia se ven acompañadas de escultores, que eligen los bloques de piedra que habrán de trabajar antes de empezar a desbastarlos. Joyeros y orfebres acompañan a los buscadores de oro de Uadi Hammamat. La distinción radica en la posibilidad o no que tenían los trabajadores de vivir con su familia. Mientras que los hombres de la Tumba, aun cuando no regresan a su casa todas las noches, no se alejan de su poblado más que excepcionalmente, los altos funcionarios, los artesanos y los obreros que forman parte de la expedición se ven apartados de su familia. Los egipcios viajaban dentro y fuera de sus fronteras, viviendo en grupos y duermen en barracones o juntos en cabañas. Si se trata de una obra de construcción que se prevé durará dos o tres años (templos funerarios tebanos) a veces el arquitecto levanta una villa cerca.

La expresión individual en la vida diaria.- En el caso de los hombres de la Tumba, a juzgar por la importancia que conceden a los banquetes funerarios, la comida debía de ser un acto social relevante para los egipcios. Cuando se han conservado, mobiliario, instrumentos musicales, indumentaria, sugieren hábitos de sociabilidad y cierto gusto por las manifestaciones comunes. Parte de sus bienes se consagra al ajuar funerario. El resto se reparte entre los herederos a poco que hayan cumplido con sus obligaciones hacia el difunto. La clase social de estos empleados reales goza de derechos aplicables al conjunto de la población egipcia. Derechos que se manifiestan en la redacción de contratos, legados, divorcios, y en un marco judicial. Un tribunal local compuesto por hombres de la Tumba tiene competencia para entender de delitos menores y disputas internas. En estos ámbitos los cultos adoptaban formas populares específicas, existiendo diversidad de cultos y festividades. La forma que asumen estas creencias es prolija en imágenes; hace uso de soportes materiales; estatuas procesionales, animales sagrados.

La expresión artística.- Los artesanos a veces intervienen en la elección de materiales. Suelen presentarse en la obra para seguir la marcha de los trabajos. Se recompensa a artesanos y maestros de obra, pero hablan de su talento en términos de habilidad. La magnificencia de los monumentos no es más que una muestra de piedad para con los dioses. Cuando distingue a un artesano, cuando le encomienda una tarea que le interesa especialmente, cuando lo eleva por encima de su condición, crea un artista sin que la palabra se haya inventado. El anonimato de la mayor parte de las obras contribuye a borrar la noción de individualidad en empresas en que cuenta el resultado en conjunto. No obstante, los autores de estas obras alguna vez dejan su firma. Constituye una constante social que se ignore al autor en pro de aquel que lo emplea. Destaca el escultor Djehutymes, que como el resto de las esculturas de su tiempo, no estaban firmadas, pero la fama del maestro sobrepasó los límites de Amarna.

EL ESCRIBA

En el Egipto del tercer milenio a.C., el del Estado teocrático (monarquía menfita o época de las pirámides) más que de escribir se tenía la necesidad de leer. Durante el II milenio, la actividad del escriba fue como creador, inventor y perfeccionador de la escritura. La competencia del escriba era la capacidad de crear texto de la composición y la instrumentación gráfica destinada a producirlo. Desde un punto de vista lingüístico, el escriba era aquel que sabía traducir a una escritura única la confusión lingüística. En Egipto no existió, como en Mesopotamia, la necesidad de sustituir la primigenia por una lengua diferente de cultura escrita, con la subsiguiente necesidad de identificar los dos idiomas. Poseer la escritura significaba poseer una única lengua que formaba con ella una unión indisoluble. Lengua y escritura se sometían a las exigencias rituales creadas por el uso religioso y los tabúes derivados de los valores y las funciones de las entidades asumidas como símbolos gráficos.

En el tercer milenio, la atención prestada a la escritura de los textos supuso una preocupación paralela por la lectura. La lectura, no estando prevista para oyentes o destinatarios propiamente dichos, tenía un valor ritual, y su oficiante ostentaba una designación que se traduce como portador del (libro) ritual o sacerdote lector. La cualificación del sacerdote lector presupone la competencia de escriba, pero es superior a ésta porque comprende la función ritual. La tradición conservará del sacerdote lector el carácter de mago, y será traducido el término al final del segundo milenio a.C., durante la época ramésida, a la lengua babilónica. Es célebre la figura del mago Djedi, sacerdote lector. La tumba de Djau en Abidos (fines de la VI dinastía, hacia el 2200 a.C.) ayuda a distinguir niveles de conocimiento y de uso, dentro de la escritura. Djau fue escriba de los rollos divinos, director de los escribas de los actos regios, sacerdote lector y jefe.

Destaca el archivo de Abusir, que se remonta al faraón Isesi, de la V dinastía, y que confirma la existencia de escribas ordenados en jerarquías según el modelo de los demás servicios, y según principios de alta especialización: junto a la capacidad de escribir, es importante la de saber contar. No debe olvidarse que entre los escribas estarían quienes manejaban la economía, encargados de registrar las rentas, clasificar productos y supervisar la redistribución de recursos. Hubo escribas en este período al servicio de funcionarios y de sacerdotes, que no se les exigía la práctica de la escritura. Los títulos recogidos en los papiros de Abusir se refieren a las exigencias documentales y al uso de la escritura hierática administrativa; señal de la difusión que alcanzó la escritura en la gestión de la administración.

Se diferencia el escriba del archivo del escriba del archivo de los rollos divinos, escritos en jeroglífico y de contenido diferente. Thot, escriba de dioses y sacerdote lector y autor de libros (mágicos), ocupa también el cargo de visir divino y sus funciones se resaltan en un relato ramésida que narra episodios del mito de "Horus y Seth". Como tipo social, Thot se contrapone al dios Ptah, antiguo patrón de los artesanos y de las artes, que en la organización estatal era una fuerza igualmente necesaria.

La importancia del escriba durante la época menfita llevó a la creación de una iconografía propia en el relieve y en la estatuaria, única determinación de oficio noble que se registra en el III milenio. Se representa sentado, con las piernas cruzadas, el busto erguido, un papiro desenrollado en el regazo y, a veces, el pincel en la mano derecha. Se señala como escriba propiamente a quien solía escribir con tinta sobre papiros, y no el teórico de la escritura. Una de las funciones del escriba era la de servir como intérprete de las palabras esculpidas para la mayoría de aquellos que no sabían leer (ni escribir). Eso significa que la escritura se convertía en un producto dirigido a los destinatarios. Se anunciaban las transformaciones realizadas por el Imperio Medio (análogo al Bronce Medio) hacia el fin del tercer milenio, y durante el segundo. Creciendo la clase culta y pudiente al poseer una educación escolástica, el uso de la escritura y de los libros y la importancia de los escribas se vieron muy favorecidos.

Había también una literatura de pasatiempo (obras gnómicas y narrativas). Del plano de inventor de la escritura el escriba pasaba al de inventor de textos. Los textos se multiplicaban en número y en variedad. Nacían manuales científicos (médicos, geométricos, astronómicos, teológicos), rollos con dibujos (mapas topográficos, juegos, ilustraciones religiosas, satíricas, humorísticas). Desde el segundo milenio a.C., el uso de la escritura fue esencial para la profundización científica, ya porque ésta concerniese a la teología, ya porque se dirigiera a las ciencias exactas.

La profesión del escriba es ambicionada y solicitada en la administración; pero se especializa en una serie de actividades sectoriales que lo equiparan a la figura del funcionario. Si en la época menfita las órdenes del palacio eran transmitidas oralmente, por encargados de negociado (mensajeros) dotados de poder de decisión, la coordinación de intereses es confiada a los mensajes escritos para asegurar la credibilidad de las comunicaciones realizadas de viva voz, y para difundir el uso de la comunicación escrita interpersonal. Ser funcionario y sacerdote requiere el conocimiento de la escritura. El oficio de escriba se halla en la posición de un asalariado de la administración. La formación escribal es preliminar para las carreras más elevadas. Ésta era la única que se conseguía con una enseñanza propiamente escolástica e impartida al inicio sólo en la capital. El aprendizaje del escriba conlleva una madurez; la dificultad del sistema de escritura hace improbable que su aprendizaje se iniciara en edad precoz. Era necesario que las familias, además de inclinación por la cultura, tuvieran medios adecuados de subsistencia: estas exigencias, unidas a los privilegios de la formación escribal, mantenían la enseñanza en el interior de un mismo círculo profesional.

Algunos escribas dejaron un nombre famoso como autores de libros. No se tienen pruebas históricas reales de la existencia de presuntos escritores ni de la atribución de las obras. Sólo en el Imperio Nuevo se conocen autores de obras. No obstante, en el seno de una colectividad generalmente anónima, como la egipcia de los milenios tercero y segundo a.C., nace el deseo de identificación de las personalidades, ligadas a la composición de obras y a su codificación y transmisión (hacia la época ramésida). Existían colecciones de libros reunidas por particulares, mientras que la biblioteca (del templo o del palacio) tenía la función de conservar el saber, y no de difundirlo. Sin embargo, desde el 2 milenio a.C., se posibilita la figura del sabio que colecciona obras preciosas, cuyo testimonio son las inscripciones privadas halladas en las necrópolis.

Los personajes acomodados del Imperio Medio solían llevar a la tumba libros, Textos de los Sarcófagos, llamados así al estar dispuestos entre la decoración interna de la caja en la que era depositada la momia. Estos imitan a los antiguos textos religiosos que cubrían las paredes de las estancias de pirámides reales menfitas a partir del final de la V dinastía. Sin embargo, mientras que los Textos de las Pirámides presentan un carácter epigráfico, en los textos de los sarcófagos su carácter es papiráceo, que se imponen como libros de oraciones que el difunto habría querido leer como consulta contra los peligros del Más Allá. No falta tampoco casos como el de Buau, tebano que vivió hacia mediados de la XII dinastía y que incluyó en el repertorio de su sarcófago un extracto de un relato "el pastor que vio a una diosa". Al mismo gusto erudito se atribuye desde el Imperio Nuevo en adelante la selección de himnos (al sol), incluidos en el programa decorativo de capillas funerarias de particulares, y que son parte de los papiros que se conocen. A finales del siglo IV a.C., un sacerdote y escriba tebano que ocupó numerosos cargos sin llegar a alcanzar nunca las altas jerarquías, Nesmin, se llevó a la tumba a guisa de Libro de los Muertos o en lugar de él, diversos volúmenes de su propiedad. El más extenso de todos, descrito como "libro secreto del Tesoro, que nadie ha visto", es conocido como papiro Bremner Rhind, que se conserva en el Museo Británico de Londres.

A veces sucedía que personajes doctos deseaban conservar junto a ellos en la vida póstuma obras que no revestían un carácter funerario y que no poseían valor intrínseco. Verdad es que las necrópolis del antiguo Egipto, con sus tumbas llenas de inscripciones, se convirtió en el archivo público de consulta, naciendo la figura del descubridor de textos. La "Casa de la Vida", o sea la parte de los templos donde se impartía la doctrina, se conservaban y se copiaban los manuscritos. Los escribas asignados a una institución de prestigio como "Casa de la Vida" se encargaban de investigaciones delicadas, y en la época ramésida juzgaban sobre la pertenencia ritual de materiales aportados por expediciones, tarea realizada antes por el sacerdote lector.

Los eruditos consagrados por la fama no eran sólo de alto linaje y no pertenecían exclusivamente a la clase más elevada. La preparación del escriba se abría el camino al conocimiento y daba acceso a los puestos más altos. Esto se aproxima a la concepción según la cual "saber escribir" indica un grado de enseñanza y no una determinada colocación profesional o social. La manipulación de la escritura durante el 2º milenio pudo ser propia de las categorías que se sitúan sobre la masa de la población directamente productiva. El conocimiento de la escritura fue desde el Imperio Antiguo requisito para acceder a las posiciones elevadas, pero este conocimiento no se identificaba necesariamente con el oficio de escriba, del mismo modo que el sabio podía originariamente no saber leer ni escribir. Sin embargo, con el tiempo se consolidó la conciencia de casta de quienes pertenecían al gremio de los escribas, y más si descendían de una familia de cultivadores de letras. El estatus de las condiciones privilegiadas tendía a conservarse en los mismos círculos, y más si éste estaba vinculado con la transmisión de conocimientos específicos, existiendo familias de escribas de varias generaciones, y otras veces la función de escriba se alterna en línea hereditaria con la de sacerdote o de funcionario.

En el Imperio Nuevo, la presencia del escriba en la sociedad, no atañe sólo a las exigencias de la administración. Los escribas se configuran como verdadero círculo intelectual que produce cultura, y no necesariamente por cuenta del palacio, sino para su casta de privilegiados. Ser escriba adquirió unas connotaciones sociales determinadas. Los escribas vivían por lo general concentrados en los palacios o en los centros administrativos dependientes de las residencias reales, o bien en los templos, donde el nº de personas capacitadas para la escritura era alto. Por contra, en la generalidad del país la gran mayoría de la población era analfabeta. El escriba representaba al lector de inscripciones funerarias, redactaba y leía la correspondencia epistolar, preparaba informes y extendía documentos legales. Pero, la primacía que había alcanzado la clase escribal no iba a permanecer a salvo, ya que a partir de mediados de la XVIII dinastía, los miembros de la administración militar ganan terreno a los de la carrera civil. La competencia de escriba, que había alcanzado el cargo supremo de visir, vio a sus representantes en las cúspides del ejército, lo que supuso una rivalidad entre adjuntos a diferentes administraciones.

En la época ramésida hubo una renovación cultural. En la lengua, el habla contemporánea pasa a contraponerse a la antigua lengua codificada del templo y del palacio, y la escritura, que exhibía variedad y registros en función del público extenso y diferenciado, pasa a apuntar hacia modos de notación fonéticos. En una sociedad sometida a una renovación, se reforzaba el culto a los libros antiguos, custodiados, leídos y copiados, aún sin ser entendidos. Se esbozan las futuras diferencias entre escribas literatos especialistas en escritura libresca y artesanos del pincel especializados en documentos administrativos, escritos en un estilo poco elegante pero más rápido y expeditivo. La escritura administrativa adopta un carácter peculiar muy rápido y simplificado, lleno de abreviaciones y convenciones, descifrables por personas especializadas; en cambio, la escritura libresca, incluso aquella no figurativa (hierática) es de fácil lectura. Las copias de los textos literarios son firmadas por sus autores, que garantizan con su prestigio de eruditos la calidad del mismo. Citar a 2 escribas de Menfis entre los s. XIII y XII a.C., Ennene y Pentuere.

En los templos existían talleres libreros (casa de la vida) que confeccionaban obras maestras en manuscritos: los Libros de los Muertos destinados a las sepulturas suntuosas, que presuponían un conocimiento de la escritura jeroglífica hasta finales del Imperio Nuevo. Posteriormente se introdujo el uso del hierático en los textos sagrados, paralelamente a la elección de esta grafía más rápida para una escritura de comunicación. En el 3er Período Intermedio muestran, cuando se pretende escribir en jeroglíficos, una mano poco diestra. Del Imperio Nuevo en adelante, se permitió procurarse más fácilmente los manuscritos para uso funerario. Los libros de los muertos conocidos y pertenecientes a escribas son más de 50, repartidos entre niveles jerárquicos.

En el Imperio Medio, el vocablo que designa la obra del escriba es un descriptivo que remite al valor primario de pintar. El carácter figurativo de la escritura egipcia, al menos en su componente monumental, requería, además de la competencia en el arte de la escritura, experiencia en el dibujo, posiblemente unida a la experiencia de la pintura. Desde este punto de vista la posición social de un escriba se asimila a la de los artesanos asalariados. En el Imperio Nuevo debió de existir la función de escriba como mediador e intérprete. El Egipto de aquella época aparece abierto a la civilización siria y palestina. Existen tentativas de verter a la escritura egipcia algunos pasajes en otras lenguas. Existía interés y curiosidad por otras literaturas, pero su contenido se trasladaba a la egipcia mediante adaptaciones libres y reelaboraciones adecuadas al nuevo ambiente, pasando por el nivel oral. Una exigencia más precisa de traducción literal se advierte en el ámbito jurídico internacional, en la redacción de tratados. Es probable que hubiera escribas egipcios expertos en la escritura cuneiforme.

La recuperación del egipcio antiguo alcanzó el culmen cuando los nubios conquistaron Egipto a mediados del s. VIII a.C. y se establecieron como XXV dinastía. Este reino introdujo la escritura que había tomado de Egipto junto con la lengua y la tradición literaria. En el período saíta se vuelve a imponer la investigación erudita, interesada en el pasado de Egipto, en extraer citas de antiguos monumentos, en coleccionar obras raras y reproducir modelos lejanos. Esto exigía el conocimiento de la lengua antigua y de su escritura más la posesión de la lengua contemporánea y de las distintas escrituras al uso. La escritura demótica, difundida en el país durante la XXVI dinastía (s. VII-VI a.C.) fue hasta la dinastía ptolemaica una escritura notarial, mientras que el hierático continuó sirviendo como escritura de textos religiosos y literarios. La escritura jeroglífica en desuso, se cultivaba en el círculo sacerdotal, que estudiaba sus posibilidades simbólicas. Con la ocupación macedonia la cultura griega se implantó en Egipto de forma estable, y su ósmosis con la tradición indígena es un hecho constante que tiene como protagonistas a los hierogrammatèis, como se llamaban a los escribas de documentos egipcios. La importancia de la comunicación escrita en Grecia, a partir del s. V. a.C., se sintió también en Egipto, originando la difusión de la escritura demótica en todos los usos de la lengua indígena. Se trataba de escribir hechos y obras en las dos escrituras (la demótica y la griega) y que los dos grupos lingüísticos se comunicaran su patrimonio literario, y de estudiar formas de redacción más modernas para la lengua indígena, que tomara su modelo del alfabeto griego, lo cual desembocó en el copto.

EL FUNCIONARIO (nomarca, de división nomos)

El funcionario se apoya en toda una jerarquía de funcionarios. En Egipto sucedía que el funcionariado salvara a la gente del hambre y funcionase como una fuerza productiva, esto ocurría en los períodos de buena administración, cuando el poder del centro era absoluto. En los períodos de mala administración o centro débil la resistencia a los elementos recaía sobre las espaldas de otros administradores. Destacar que la beneficencia privada de personas independientes en lugar de la estatal, recordada en las autobiografías de los funcionarios e inmortalizada en sus tumbas, es indicador de lo desgraciado de un período histórico. La administración usó los elementos del desastre en beneficio del faraón.

El manual de la jerarquía.- El papiro Hood, única copia de hace 100 años cuenta cómo era la administración. El papiro Golenishev III, copia más completa que el anterior, es una obra, una enciclopedia egipcia, un diccionario, un onomasticon. Este manual presenta el espectro de miembros, títulos, denominación de profesiones, desde el heredero al trono hasta los trabajadores del campo, el jardinero, el agricultor, el horticultor y el que cuida las cuadras. Las denominaciones específicas del funcionario se sitúan al principio del manual, hasta las de los sacerdotes, tras las que figuran las artesanales, militares y agricultores. El apartado fundamental es "Casa real" que se contrapone a los apartados de "La gente" y "El hombre", ya que la casa real no es gente, el rey no es un hombre sino un dios. Es interesante la jerarquía: quienes sirven en la Casa real son más que gente, más que quienes no forman parte de esa Casa. Esclavo y esclava entran en el apartado de "El hombre" como componentes de actividad económica de éste, de la economía privada. En la Casa Real hay funcionarios, soldados, sacerdotes, artesanos y trabajadores agrícolas. La presencia de sacerdotes llama la atención por las continuas prohibiciones de interferir en asuntos religiosos dictadas por la Casa real. Sea como fuera, los templos formaban parte de la Casa real. En la particular descripción de la Casa real, el grupo de los funcionarios ocupa cerca de una tercera parte. La finalidad de la enciclopedia es dar una terminología, una denominación de cargos. Señalar que supremas dignidades sacerdotales de los tres dioses importantes del país (Amón, Re y Ptah) figuran como una clase de cargos de funcionariado, lo que significa que eran considerados como tales.

El principio de Hecateo.- El funcionario estaba vinculado con la casa real, que junto a otros cargos de la Casa conformaban las fuerzas del rey.

No hay contradicción con el principio de Amenemope; con la divinidad de la Casa real in corpore, ya que cada voz del organigrama estaba compuesta por hombres, los cuales estaban contrapuestos al dios-rey en tanto que súbditos privados de cualquier posibilidad de aproximarse a él. Es extraño que los sacerdotes, que demostraron a Hecateo la existencia entre los egipcios de estudios sobre los límites exactos de lo divino/real y lo humano/súbdito, no se sirvieran del argumento: precisamente los supremos sacerdotes de Ptah se remontaban hasta la divinidad, Ptah, ello es consecuencia de que la genealogía de estos sacerdotes, incluía a visires y otros altos dignatarios. Como el visir Prahotep, en activo durante la época de Ramsés II, que vivió en XXVII dinastía, afirmaba que era descendiente de Imhotep, coetáneo del rey Djeser. Imhotep era considerado hijo de Ptah cuando viajaron a Egipto Hecateo y Herodoto. Sin embargo, los sacerdotes no podían ignorar que a Imhotep se le considerara el hijo de Ptah. Y en la medida en que no presentaron ninguna objeción, todos ellos lo consideraban un hombre. Imhotep pertenecía a un tipo de dios especial, uno de aquellos en los que se transformaban los funcionarios egipcios después de su muerte. En el antiguo Egipto, durante las dinastías más antiguas, los dueños de las sepulturas eran funcionarios. Por otra parte, sólo el dueño de una sepultura puede convertirse en taumaturgo, por cuanto para ello es indispensable la representación de un muerto, la detallada enumeración de sus títulos y hasta sus datos biográficos. Los egipcios suponían que el muerto era capaz, gracias a la representación de ver, en primer lugar, su tumba, de leer los textos inscritos en sus paredes y de recordar quién era y qué cargo ostentaba. Tal dueño de este tipo de tumba se convierte en "iluminado" o sea, vidente, capaz de entrar en contacto con los hombres. A causa de su elevada posición en la vida, que conserva en el otro mundo, el funcionario estaba en condiciones de ayudar a los hombres. Entre estos "iluminados" o dioses especiales surgían algunos eficaces y milagrosos en torno a los cuales se practicaba la adoración. Los egipcios contaban a los taumaturgos de las sepulturas entre la clase de los dioses vivos, es decir, activos.

En vida los taumaturgos sin excepción eran funcionarios (lo que no les impedía tener obligaciones sacerdotales), cuestionándose si no estaría relacionada esta concepción de los taumaturgos con la concepción de la divinidad de la Casa real, a la que tras la muerte resultaban adscritos para siempre. Los taumaturgos que disfrutaban de especial popularidad, como Imhotep, podían llegar a ser proclamados hijos de la divinidad. Otros funcionarios se llamaban a sí mismos de esa manera. El nomarca del XV nomo del Alto Egipcio, Neheri, que vivió durante la X dinastía, y dos hijos suyos, se autodenominaron hijos del dios local Thot e hijos de su correlato femenino, las nueve divinidades.

Manifestaciones de este tipo podían forman parte de la tradición. Así, el nomarca del VIII nomo del Alto Egipcio, Jui, que vivió a principios de la VI dinastía, fue ensalzado con la inclusión del término específico de consanguinidad en su titulación de simple funcionario cuando su hija se convirtió en reina regente con el joven rey Pepi II, elevando su rango al de visir, cosa necesaria para definir las relaciones matrimoniales con el Sol, por cuanto el Sol se une con ella entrando en el cuerpo de su marido. Surgen los términos de padre de dios, madre de dios, orpais (título de gobernador del país), topaiis (título del jefe de la región o la ciudad), visir, y formaron a partir de ellos un correlato femenino del tipo generala, ministra y similares, uniéndolos a las representaciones del mundo de los dioses. Sin embargo, en el siglo siguiente, cuando se elabora una opinión definitiva sobre la esposa de Amón, que recibió del marido-dios como garantía una especie de dote, el Alto Egipcio, las que eran esposas de dios utilizaron el nombre de Nebet como título.

La instrucción.- El funcionario debía leer y escribir correctamente, hacer cuentas, desenvolverse en operaciones matemáticas, calcular superficies y volúmenes, y tener conocimientos de ingeniería. Debía realizar encargos y hacerlo bien; de lo contrario las consecuencias eran muy graves.

La orientación especial a la didáctica que hizo célebre la carrera de funcionario, consolidada durante la XIX dinastía, marca en la práctica la igualdad entre la instrucción y el funcionariado. Desde la IV dinastía se instruye en la "Casa de los descendientes de la realeza" de la corte; es una escuela de palacio (sólo para niños) en las que los hijos de los funcionarios de elevada posición podían educarse junto a los hijos de los reyes. En la escuela de la corte, que se extiende hasta la X dinastía, los colegiales aprendían a escribir, cantaban a coro las Sagradas Escrituras, y aprendían a nadar (país fluvial). El estudio de la corte garantizaba un determinado nivel de formación y el mayor éxito en el comienzo de la carrera individual, pero también podía decidir el destino o influir en él. La educación junto al heredero, que debía llegar a rey, podía abrirles a los compañeros de estudios posibilidades e incluso salvarles la vida. El rey Ajtoi aconseja a su hijo no matar a aquellos con quienes había cantado las Escrituras. Se daba desde la escuela una hermandad natural para toda la vida. También se les inculcaba el gusto por la literatura, la elocuencia, el brillo y la riqueza del estilo literario. La escuela de la corte no satisfacía las necesidades del país en materia de personas instruidas, por lo que existían las escuelas provinciales, que llaman la atención porque en el país se observaba el uso de un estándar común de escritura. La escritura demótica se convirtió en la única forma de escritura.

La revolución del final de la VIII dinastía puso fin a la monarquía de procedencia neolítica, tan antigua como la creación del mundo. Esta revolución produjo un gran daño; miembros del viejo funcionariado que pervivieron se consideraban a sí mismos como una elite y a los nuevos funcionarios como la "orina" (de la orina salió la gente de segunda categoría, procedentes del Sol).

Superada la crisis, que duró varios siglos, los primeros reyes de la XII dinastía, restauradores del antiguo régimen, tuvieron que tomar medidas para el restablecimiento del antiguo funcionariado. Es cuando se oye hablar por primera vez de la escuela especial de funcionarios.

La escuela de la corte donde estudiaban sobre todo los príncipes, es una escuela para los hijos de los funcionarios, y los alumnos son adolescentes capaces de enjuiciar asuntos a los que se orienta una amplia instrucción. La escuela de la corte debía existir a la par que la no palaciega de la ciudad. A principios de la XII dinastía surge la necesidad del funcionariado. Es imposible conseguir un funcionario sin facilitarle formación, la publicística aclara lo principal de la educación y el porvenir que se abre ante una persona joven. Durante la XIX dinastía hay un creciente interés por la didáctica profesional y del funcionariado, cuyo motivo es la oposición de la carrera de funcionario con la militar, atrayente en un período de campañas victoriosas y complicadas, pero que protegían pingües beneficios.

La crisis del funcionariado.- La revolución del año 19 de Ramsés XI, condujo a la instauración de un Estado de nuevo tipo que Egipto no había conocido hasta entonces. Se trata del Estado de un dios, en este caso Amón, equiparable a la teocracia fundada por los antiguos hebreos. La embajada de Amón es única, porque desde la muerte de Ramsés XI la monarquía se instituyó, englobando, bien que mal, el reino de Amón, que era independiente y que, hasta entonces, había disfrutado de autonomía. Sin embargo, el prestigio del funcionario teocrático resultó perjudicado por el Estado teocrático, llevando al primer plano al sacerdocio, indiscutible aristocracia de las diez últimas dinastías egipcias. El sacerdocio subraya por todos los medios la antigüedad de las líneas individuales de consanguinidad, que de generación en generación transmiten la dignidad de sacerdote. La natural aspiración del funcionariado en todas las épocas a los rentables puestos ocupados por los sacerdotes se modifica: los funcionarios de nacimiento se consideran ante todo sacerdotes de nacimiento. Cada uno podía decir de sí mismo que era "padre de tal dios" cuando en efecto se trataba del visir, cabeza de la administración egipcia, del nomarca de Menfis, o de cualquier otro funcionario relevante.

La categoría del funcionariado.- En la práctica se ve cómo los no funcionarios podían enviar a sus hijos a la escuela de escribas donde estudiaban los hijos de los funcionarios. La herencia de la profesión o cargo es la secuencia normal, pero es posible su derogación.

El funcionario está excluido, de facto, de los censos y de las revisiones censales. La singular situación del funcionariado en el sistema de censos se explicaba, tanto por su preparación profesional, que en alguna medida comparten con sacerdotes y artesanos especializados en la perpetuación de inscripciones, como por el carácter elitista de los cargos de los funcionarios y su escasez en comparación con otros puestos de otras categorías. El censo con carácter de control apenas garantizaba que se completasen los puestos correspondientes. Los destinos y traslados, si eran imprescindibles, podían tener lugar durante el censo, pero en los documentos se habla de los destinos de los funcionarios sin relación alguna con los censos. En el transcurso de un milenio la transmisión de puestos de funcionario de padre a hijo, o incluso de pariente a pariente, permanecía estable porque era un medio de preservar la vejez del funcionario. Esta institución se llamaba en el derecho egipcio "el báculo de la vejez". El caso clásico de transmisión de los puestos de funcionario de padre a hijo lo constituyen los supremos sacerdotes de Ptah. La genealogía de los sacerdotes de Ptah resulta más fiable que la cronología de los faraones. Lo cierto es que los sacerdotes de Ptah son precisamente sacerdotes. Recordar, sin embargo, que según el Manual de la jerarquía, los sumos sacerdotes de las más altas divinidades egipcias se incluyen en el apartado de funcionariado en la descripción titular de la Casa real. No se descarta que la rectitud o la limpieza de la ascendencia esté maquillada, no todo coincide con las genealogías paralelas de este linaje y con los datos de los monumentos.

Es importante decir que el nuevo funcionario no necesita esperar a la liberación del cargo: puede estar designado para él como ayudante del padre o de otro pariente que ocupe el puesto. Todos estos derechos sobre el cargo desaparecían inmediatamente si el gobierno juzgaba conveniente otro tipo de decisiones al respecto. Del mismo modo, cuando el rey estaba descontento con un funcionario y lo destituía, era poco probable que pusiese a su hijo en su lugar. Se tienen noticias sobre degradaciones y castigos a funcionarios en los edictos reales y en las anotaciones de los propios funcionarios. La amenaza existió siempre, en forma de juicios, de bastonadas, mutilaciones y ejecuciones, y también la degradación social para el funcionario castigado, convirtiéndolo en labriego.

El funcionario que servía en la Casa real debía aprovisionarse en ésta última, y junto al avituallamiento permanente, existía la práctica de las entregas de una sola vez, de las "shenu reales" (lugar donde se preparaban y conservaban los alimentos) en las capitales o durante los viajes de la Casa real por el país. Unos cuantos panes y un vaso de cerca.

Tras la revolución, durante la VIII dinastía, las grandes explotaciones desaparecen, pero vuelven, tal vez con la misma dimensión. Es notable la diferencia: ya no hay pueblo en manos privadas. Por ello se dice que la propiedad privada se la concede el rey al funcionario, siendo la forma de pago por el trabajo. Durante la XII dinastía, el patrimonio personal de los grandes funcionarios se divide en dos partes: los bienes de cargo y el patrimonio. Los bienes de cargo son los bienes propios que da el rey. En el patrimonio entran los cargos sacerdotales, sobre los cuales sus poseedores tenían mayores poderes que sobre los del funcionario. Los reyes contaban con una reserva limitada de cargos sacerdotales, que podían conceder a los funcionarios por los servicios prestados.

La contribución material de esta clase social en la cultura egipcia está expresada en los grandes monumentos del antiguo Egipto. Apenas se atribuyen a los funcionarios las decisiones artísticas en cuanto a los monumentos, aunque ellos mismos se declarasen constructores de uno u otro, pero sí se encargaban del aprovisionamiento de trabajadores y transporte de monumentos.

La literatura les debe la creación de los géneros: el autobiográfico y el didáctico. El primero nació de la enumeración de sus títulos, con los que, en sus tumbas, querían hacer constar su importancia en el otro mundo, y llamar la atención de los visitantes de las sepulturas sobre su persona como modelo a imitar en este mundo. El segundo de los géneros se basa en los consejos de una personalidad a una generación joven, sobre la base de la propia experiencia.

Destacar al visir Mentuhotep, último autor de obras didácticas, al que hay que atribuir la autoría de "La Instrucción lealista". También se les debe a los funcionarios el libro científico más antiguo del mundo (de matemáticas), contenido en el papiro Golenishev I; además, el papiro Rhind (XV dinastía) incluye la copia de otro libro de matemáticas igual de antiguo. Ahmes, funcionario inventor de la clepsidra, que resolvió el problema de la salida uniforme de una columna de agua de un recipiente, y el funcionario Amenemhet ha quedado en la historia de la física.

EL SACERDOTE

En 450 a.C., Egipto estaba bajo el yugo de la dominación del imperio persa, y envuelto en el enfrentamiento que oponía al Gran rey al mundo helénico. A pesar de la presencia extranjera y de la ampliación de horizontes políticos y culturales, las estructuras del Estado, reconstruidas y consolidadas durante la dinastía saíta, estaban intactas, como lo estaban las vías por las que transcurría la vida económica y social. El gobierno estaba confiado a un sátrapa, mientras que las decisiones eran tomadas lejos del Valle del Nilo, en la corte del Gran rey; después del paréntesis de la conquista y del breve reinado de Cambises, nada parecía haber cambiado el curso de la vida egipcia: los templos estaban abiertos, el culto de dioses no había cambiado y la vida intelectual se realizada según su modo tradicional.

Egipto tiene numerosos edificios religiosos -no había divinidad en el panteón que no tuviera su propio templo y su propia capilla en el interior del templo dedicado a otra divinidad- debía poseer un nº de adeptos al culto proporcional a su cantidad e importancia. El numeroso clero difundido de forma capilar por el país asumiría un papel importante en la sociedad. Los templos fueron importantes en el ámbito económico y cultural, originando que el sacerdocio realizara un papel importante en la vida política y moral.

El sacerdote tiene un equilibrio entre la paz interior, fruto del continuo contacto con el mundo divino y de la especulación sobre la ciencia, y el decoro exterior, manifestado en la moderación del gesto, la sencillez de vida, la honestidad y la discreción en las relaciones con los hombres. Hay documentos que testimonian cómo el sacerdote tenía un tipo de vida distante de ese equilibrado control de las pasiones. Existen inscripciones en estatuas y en estelas sobre las paredes de tumbas y de sarcófagos y conservadas en documentos, que contienen la mención de cargos sacerdotales. En algunos casos se trata de un solo título, que atestigua la pertenencia de su titular al sacerdocio de un único dios, pero también se encuentra ante largas tiradas en las que es posible reconocer las distintas fases de un cursus honorum con carácter religioso y al servicio de una sola divinidad, o la pertenencia a los sacerdocios de otras divinidades adoradas en el mismo lugar, cuando no en el mismo templo. Otras veces, el personaje poseía una larga serie de títulos que aludían al culto de distintas divinidades adoradas en diferentes lugares, ligados por una red de relaciones religiosas antiguas.

Los cargos religiosos podían vincularse a otros de carácter civil o militar, siendo imposible conocer las relaciones que existían entre unos y otros. La acumulación de poderes civiles y religiosos en una misma persona daba relevante peso en la vida política y en la aplicación de una política que imponía un control civil sobre el sacerdocio de Amón, o en una injerencia clerical en la vida civil. Esta amplitud de titulaturas no es rara en la época tardía, testimonian cómo carreras políticas están asentadas en las eclesiásticas. La estrecha conexión entre cargos religiosos y civiles no permite discernir unos de otros. El ingreso en el ámbito del sacerdocio podía producirse, en teoría, sólo por nombramiento del soberano y en la sociedad existió tendencia a transformar los cargos, religiosos o no religiosos, en hereditarios. Esto se complica por la circunstancia de que en determinados casos los herederos podían reivindicar cargos sacerdotales ocupados por el padre u otros antepasados que habían sido sustraídos a éstos ilegítimamente por personas extrañas a la sucesión hereditaria, lo que demostraba que en un determinado momento histórico la situación de hecho que permitía la hereditariedad de los cargos, y que tenía como único límite la intervención del soberano, se ha transformado en una situación de derecho en la cual el faraón intervenía como juez de última instancia para restablecer los derechos violados por los herederos legítimos.

El sacerdote, en el momento en que entraba al servicio de una divinidad, se convertía en parte de una estructura organizada según una rígida jerarquía, en cuyo vértice estaba un sumo sacerdote que podía asumir distintos nombres según los lugares y las divinidades. La carrera sacerdotal podía comenzar en un punto cualquiera de la jerarquía. Cada templo era desde el punto de vista organizativo una especie de iglesia autocéfala, sin ninguna subordinación jerárquica respecto a cualquier otro clero, surgiendo los sacerdocios.

El sacerdote pertenecía a un dios que era objeto de culto en un determinado templo de una determinada localidad, lo que explica porqué en las fuentes egipcias los títulos sacerdotales iban acompañados por la indicación del dios al que se referían. Se podía ser sacerdote de varias divinidades, lo que indicaba la simultánea pertenencia de una misma persona a organizaciones sacerdotales paralelas. En el Antiguo Egipto, las divinidades no estaban organizadas según un sistema jerárquico coherente: cada centro importante tenía sus divinidades, que no tenían relación alguna con las divinidades de los centros vecinos salvo por vínculos posteriores de sincretismo o de subordinación teológica que son reflejo de la situación política. Las divinidades del Antiguo Egipto fueron durante la historia del país divinidades locales, en el sentido de que todo lugar tenía las suyas propias, cuyo culto se remontaba a tiempos de la prehistoria o de la protohistoria. En las distintas fases de la agregación territorial, los dioses que eran objeto de culto en los centros individuales se dispusieron jerárquicamente respecto de los de los centros, y mantuvieron la independencia unos de otros. Se llegó a configurar un sistema policéntrico que explica el politeísmo de la religión egipcia, como suma de un número extraordinariamente grande de religiones paralelas. La pluralidad de los centros religiosos se tradujo en la pluralidad de sacerdocios. Esta fragmentación se resuelve en la persona del soberano.

El soberano era una divinidad que tenía confiada pro tempore la tarea de gobernar Egipto y destinada, después de la muerte, a regresar al cielo, de donde había descendido, para reunirse con sus hermanos los dioses. El soberano era el único autorizado para desempeñar la tarea civil y religiosa de preservar las relaciones con los dioses y de asegurar a Egipto su protección. Él era el único sacerdote verdadero, el sumo sacerdote de las divinidades individuales, y en su persona se sumaban la realeza del Sur y del Norte, haciéndose unidad la variada multiplicidad de cultos. Cada sacerdocio tenía su culmen en la persona del faraón. El soberano delegaba sus funciones en el sumo sacerdote de cada organización templar, que era un sustituto del rey, lo que explica que el soberano pudiera designar por él en el cargo, poniendo fin ocasionalmente a la sucesión de padres a hijos. Esta prerrogativa del soberano está atestiguada por las representaciones en las paredes de templos. Hay escenas repetidas donde el rey oficia los ritos de culto respecto a los dioses, presentando ofrendas y recibe su protección y la benevolencia que revertirá en Egipto. El principio de la delegación soberana de funciones del culto en el sacerdocio hacía que los miembros del clero no se distinguieran demasiado de los otros funcionarios del Estado, excepto en el campo específico de las funciones que ejercían. También su servicio aparecía en algunos aspectos como un servicio civil, en cuanto que se ejercía para el Estado y por el Estado, de cuya estructura eran partícipes en su papel de especialistas. Esto explica cómo en determinados momentos históricos el soberano confió al templo importantes funciones económicas. Sólo cuando el sacerdocio tienda a superponerse al poder real y a sustraer a éste parte de sus prerrogativas, el sistema entrará en crisis y desembocará en conflicto abierto.

El templo era el lugar privilegiado donde se desarrollaba la función sacerdotal. En su calidad de delegado del soberano, el sacerdote sólo se distinguía como tal en el interior del templo, pero fuera no se le exigía un tipo especial de vida ni que su pertenencia a una organización sacerdotal implicara una preparación específica teológica o un noviciado establecido. El carácter temporal al menos de una parte de los cargos sacerdotales, y la falta de exclusividad -ya que una misma persona podía reunir cargos sacerdotales y administrativos civiles-, hacían que el sacerdote no estuviera destinado a una vida separada de aquella de los demás egipcios, sino que Estado religioso y Estado laico eran situaciones abiertas e intercambiables, siendo posible pasar de una a otra. En el templo se alcanzaba una capilla donde se custodiaba el tabernáculo donde se conservaba la imagen de la divinidad. El templo era la casa del dios, pero no de sus fieles, que por regla general estaban excluidos de la visión de la estatua divina. Era el dios quien en fiestas o procesiones, abandonaba temporalmente su morada, mostrándose a sus fieles. El acceso al templo estaba reservado al personal especialista, sacerdotes y miembros de servicios auxiliares. El sacerdote podía proceder al servicio divino en determinadas condiciones: sólo accedía al sancta sanctorum después de cumplir las prescripciones rituales, siendo la primera la purificación de su persona.

Entre el personal que prestaba servicio en el interior del templo se distinguen: los que formaban parte de la jerarquía sacerdotal propiamente dicha (sacerdotes) y los que eran el personal administrativo y técnico del templo. En una misma persona podían confluir las dos competencias: la de sacerdote y la de funcionario administrativo. En la jerarquía sacerdotal se distingue el alto clero, encargado del culto y de funciones directivas y disciplinarias y el bajo clero, encargado de funciones auxiliares. Ambos tenían la necesidad de purificación ritual. En el vértice de la estructura sacerdotal del templo estaba el primer profeta (sumo sacerdote), cuya importancia era proporcional a la de su dios, y a la que el prestigio religioso del cargo añadió un peso político de primer orden, hasta el punto de constituir una especie de contrapunto del poder político encarnado por el soberano. En un grado inferior al primero se encuentra el 2º, 3º y 4º profeta. El 2º profeta ejercía funciones vicarias respecto al 1º. Estos cargos le eran asignados a un sólo titular, se trataba de sacerdocios individuales. 2º, 3º y 4º tenían funciones directivas que englobaban las de sumo sacerdote. Por debajo de éstos estaban los sacerdotes ordinarios; los servidores de dios, que organizados en grupos de 4 "phylái", eran sacerdotes temporales que prestaban servicio en turnos de un mes de duración. A la cabeza de esta categoría estaba el ministro de los profetas con funciones directivas, y había a su lado un inspector de profetas y un profeta suplente. Después de los profetas había un grupo de sacerdotes que recibían el nombre de padres del dios, cuyas funciones son difíciles de definir. Luego venían los sacerdotes de bajo rango, dentro del cual estaban los sacerdotes-puros, caracterizados únicamente por realizar la purificación ritual, y organizados también en cuatro phylái, y existiendo entre ellos una jerarquía, y se les confiaban tareas no relacionados con el culto. Este escalón de la jerarquía también incluía a los sacerdotes lectores, que realizaban la lectura de textos sagrados en las ceremonias religiosas, y a veces, se le añadía el título de mago. La serie de los cargos inferiores podía comprender después a sacerdotes con funciones no definidas como aquellos que llevaban los objetos necesarios para el culto; aquellos que seleccionaban los animales para la ofrenda y sacrificio, y a aquellos que interpretaban los sueños. Finalmente estaban los sacerdotes-horarios, que establecían por observación astronómica el momento exacto en el que debían dar comienzo los actos de culto y elaboraban los horoskòpoi, que determinaban los días fastos y nefastos del calendario. En el Antiguo Egipto se conoció desde épocas más antiguas un clero femenino comparable al masculino. El sacerdocio femenino era aquel que recibía el nombre de esposa de dios. La esposa de dios en Tebas tuvo durante la época tardía una importancia pareja e incluso superior a la del primer profeta de Amón. Además de la esposa, el templo podía tener un harén de concubinas del dios, existiendo un paralelismo entre las estructuras del templo y la del palacio real. La relación de la esposa y las concubinas con el dios se mantenía en un plano espiritual. Las funciones especializadas que se reservan al personal femenino son las relacionadas con la música en las ceremonias: bailarinas, cantantes y músicas. El hecho de que existiera un cargo de ministro de los profetas de todos los dioses del Sur y uno de gobernador de los profetas del Norte y del Sur hace pensar que existía en Egipto algo parecido a un ministerio de asuntos del culto.

El trabajo de los sacerdotes no se agotaba en las ceremonias del culto diario (mediodía/tarde), sino que se añaden las salidas periódicas del dios, momento en que la relación sacerdote-dios se amplia a los excluidos fieles del recinto sagrado. También realizaban tareas de justicia (los litigantes se dirigían a las puertas del templo, donde uno o más sacerdotes resolvían la querella, evitando que ésta se llevara ante la justicia ordinaria). El sacerdote podía realizar funciones en la casa de la vida (institución cultural, educativa y religiosa), cercana en importancia y en contenido a nuestras universidades. Estos sacerdotes ostentaban el cargo de escriba del libro divino y conservaban y transmitían el patrimonio cultural que se les había confiado y que se custodiaba en las bibliotecas de los templos, copiando libros religiosos, pero también obras científicas. Existía una postrera categoría de sacerdotes; oficiantes de las ceremonias funerarias o servidores de ka o del alma, que se encargaban del funeral, del rito de la sepultura y del culto funerario. En torno a la institución de las tumbas, a la preparación de la ofrenda funeraria, a la momificación y a los funerales existía un volumen de negocio, en el que los sacerdotes no perdían ocasión de participar.

El sacerdote no tenía la tarea de difundir una fe religiosa o predicar la conformidad con una ley moral de la cual debería ser el primero en dar testimonio con buen comportamiento y que sirviera de modelo a fieles en cuyo templo prestaba servicio. Inmerso en la vida de su tiempo, el sacerdote podía constituir un modelo de vida moral, o por el contrario, un ejemplo que se debía evitar, del mismo modo que existían, en otros sectores de la vida del Estado, funcionarios ejemplares y deshonestos. Después de la época ptolemaica y romana, el sacerdote fue asumiendo más connotaciones como modelo de vida moral.

EL SOLDADO

Los monumentos egipcios más antiguos -es decir, las paletas protodinásticas- representan o aluden a una actividad guerrera. El faraón victorioso aparece en la fachada de todos los templos egipcios y las escenas de batalla son el tema de los grandes relieves históricos del Imperio Nuevo. Pero a esta ostentación belicosa no le corresponde ni una actitud psicológica difundida ni una experiencia militar. El militar en cuanto tal, las virtudes militares en cuanto tales, no forman parte del panorama oficial que el mundo egipcio transmite de sí mismo. Puede ser significativo el hecho de que, mientras que hay infinitos modos de definir al “enemigo”, y los hay también para definir la batalla y la lucha, no haya en egipcio un término preciso y especial para definir la singular situación jurídica, política, social y económica que es la “guerra” en cuanto tal.

El servicio militar es una de las tantas prestaciones a las que está sometido el egipcio, y no presupone una profesionalidad específica. Los soldados generalmente son empleados en misiones fuera (o en las márgenes) del territorio egipcio para llevarse los productos preciados. Las tropas deben proteger a los obreros de los ataques de los nómadas y, si es necesario, colaborar en operaciones técnicas: no desempeñan las típicas funciones agresivas, sino más bien una función intimidatoria.

Un hecho típico del ejército egipcio es la copresencia de egipcios y extranjeros. Están los nubios y los libios. Son las gentes que tradicionalmente abastecen de mercenarios y que aquí aparecen mandadas por “jefes de los intérpretes” -los funcionarios egipcios encargados de las relaciones con los extranjeros. Pero el personal de la administración civil y de los templos manda también a los egipcios: cada autoridad que debe ejercer esta liturgia militar asume también su mando, dando así la impresión de que lo que fundamentalmente cuenta en este variopinto ejército es la capacidad de organización.

Egipto mantiene numerosos intercambios y misiones comerciales en la región, pero de estos contactos y estas presencias le proviene a Egipto el hábito de recabar de estos países soldados que permanecerán en Egipto. Son tropas asignadas a Egipto, con el cometido de mantener el orden público en general, y por eso a menudo con funciones de policía.

Al lado de las luchas que de tanto en tanto bañan en sangre a Egipto para afirmar la supremacía del rey sobre sus príncipes -ya sean éstos, formalmente, sus sostenedores o sus adversarios-, un problema que deben resolver aún es el de la protección de las tierras fértiles, los pastos y las aguas egipcias frente a la invasión de los nómadas que viven en sus fronteras. La monarquía se asigna el cometido de cerrar el paso a estos extraños.

El valor, el coraje en el campo de batalla, se convierten en elementos positivos de una personalidad y la situación militar se asocia a personas determinadas (los colonos armados del Delta, las tropas principescas). Se polariza claramente la actitud hacia los no egipcios: por una parte, se incorporan (pero no se asimilan) como contingentes militares con identidad incluso de sedes territoriales (los nubios de Gebelein), y por otra se les identifica como bárbaros.

La reunificación de Egipto en la XI dinastía y aún más en la XII, conseguida mediante una guerra en la cual entre los enemigos que deben vencerse precisamente están los egipcios, ha asumido ya como obvios los modos militares del período anterior.

Comportamiento respecto a Nubia: no sólo es una vigilancia, aquí interviene el concepto de “ensanchar las fronteras”. Egipto se había ido extendiendo en el transcurso de los siglos hacia el sur, y había incorporado progresivamente las localidades de frontera meridional hasta encontrar en la Primera Catarata su frontera natural. Este lento y pacífico proceso de asimilación es sustituido ahora por una voluntad muy distinta de agrandamiento territorial.

Cuando el poder central ha acusado síntomas de debilidad estructural, al final del Imperio Medio, los soldados organizados, dotados de una cultura propia, han podido proponerse e imponerse como guías del país. Entre ellos hay incluso quien asume como verdadero nombre propio el de “General”, lo cual es bastante elocuente. Este gobierno de soldados convertidos en soberanos se mueve en una dirección egiptizante.

La guerra de liberación se transformó muy pronto en guerra de conquista, o al menos de sumisión, con la persecución de los hyksos fuera de las fronteras egipcias hasta Palestina. Se llega a la constitución de un imperio que en el momento de su máximo esplendor va desde el Eufrates hasta la cuarta Catarata del Nilo, en el actual Sudán. El control de un territorio tan vasto es confiado a las armas, y los militares se convierten así en artífices y garantes de nuevas exigencias sociales, ligadas a la entrada en el Valle del Nilo de tributos y de mano de obra servil que modifican profundamente la economía del país y la estructura de la sociedad.

Como príncipe heredero, el futuro soberano asume en esta época el mando de las tropas y se prepara así para su futura tarea. En el campo, el rey es quien convoca el consejo de guerra y discute con sus generales (y propone, según un modelo recurrente, soluciones arriesgadas en oposición a las prudentes de éstos).

Este modelo renovado de soberano actúa por medio de un instrumento, el ejército, que asume ahora (con variaciones entre la XVIII y la XIX dinastía) una estructura muy bien definida en el plano jerárquico. Del soldado se pasa al “Jefe de los 50”, probablemente una subunidad de la unidad táctica que comprende a 250 hombres mandados por un Portaestandarte. Están luego los oficiales superiores que actúan al mando de una fortaleza y los oficiales generales, “General”, “General de la Caballería” y el “escriba del ejército” que es probablemente también “escriba de los reclutas”. Por encima de todos ellos está un general en jefe, normalmente un príncipe real. Fuera de esta serie están los comandantes de las guarniciones en zonas de ocupación o de control y los numerosos contingentes de extranjeros; mercenarios o prisioneros de guerra que son egiptizados y empleados para fines militares. Los cuerpos de ejército cuentan con 5.000 hombres y son dos para la XVIII dinastía, y tres y luego cuatro en época ramésida, y engloban dos “armas”, la infantería y la caballería. Para cometidos especiales hay que añadir a la “marina”, que emplea naves especiales y está armada, aunque no se sabe que haya librado auténticas batallas navales: ésta, más bien, es empleada para el transporte de tropas en un marco estratégico general, que establece diferencias en el empleo de los arqueros, de los infantes y de los carros.

Los soldados aparecen como un grupo social hereditario, que transmite su posición de padres a hijos. Son registrados en listas constantemente actualizadas y en el momento en que un militar es licenciado, su hijo le sucede, con las ventajas que eso conlleva, o sea el usufructo de una parcela de tierra, normalmente situada en zonas delimitadas, para que se puedan constituir verdaderos poblados militares, cuyos residentes tenían a su disposición una tierra y todos esos esclavos que una vez tras otra habían ido obteniendo en recompensa a su valor. No son auténticos propietarios, al menos hasta la XIX dinastía, pero constituyen un grupo que tiene de qué vivir haciendo trabajar a otros en sus tierras, y que así pone en marcha el nacimiento de una clase intermedia entre la dominante y la de los trabajadores carentes de la propiedad de medios de producción.

La presencia de un ejército regular termina por modificar profundamente la estructura económica del país, favoreciendo a largo plazo el nacimiento de una pequeña y mediana propiedad junto con las tierras de la Corona y las de los príncipes y, junto con los templos. A los oficiales les corresponde la responsabilidad de la vida y de la eficiencia del ejército, y han de dividirse en dos grandes grupos, de oficiales combatientes y de oficiales de servicios. Aunque es dudoso que el personal estuviera dividido entre las dos tareas de manera metódica y total, de hecho una de las características más vistosas del ejército egipcio es la importancia y la atención prestadas a la organización. Se miden las diferencias entre las ciudades, se preparan los puertos donde se va a desembarcar, se calculan las raciones, las cargas, las armas que deben ponerse a su disposición, las competencias de cada individuo, etc.

Los mercenarios griegos, una vez que perciben su sueldo, no mantienen lazos con esta tierra a la que han servido a cambio de riquezas que al final serán exportadas -el fruto de los campos cleruquiales, en cambio, permanecía en el lugar y estaba sujeto a impuestos. Por último, el mercenario griego puede pasar ágilmente de un campo a otro: el general que ha organizado la defensa del istmo frente al peligro persa es el que en el momento del combate ha pasado a indicar el camino al ejército invasor.

La conquista persa de Egipto da inicio a una era de situaciones completamente nuevas: durante algunos períodos el país fue una satrapía regulada por intereses persas, mientras que durante otros fue un país rebelde al yugo extranjero en manos de soberanos indígenas algunas veces efímeros, pero otras capaces de reconstruir y de avivar una tradición de grandeza. También en esta época, la presencia militar fue un elemento decisivo en la vida social y política: bien por formar parte de tropas de ocupación o por apoyar la lucha por la independencia, los soldados se convierten a menudo en protagonistas.

Como súbditos persas, a su vez, los egipcios salen de sus fronteras y envían tropas a participar en las empresas militares del Gran Rey y, algunos, incluso, saben hacer carrera en las fuerzas persas.

La presencia del soldado en la historia egipcia debería haber mostrado cómo este personaje, que está entre los menos sobresalientes en el amplio panorama de esa civilización, constituye en realidad uno de sus componentes esenciales: a través de la sucesión de distintos significados, hemos visto siempre la presencia de los soldados como protagonistas en los momentos de crisis de la historia egipcia. No obstante, es característico de esta civilización haber ocultado inmediatamente la importancia de las armas (y de la posesión de las armas) detrás de otros ideales de orden y de pacífica convivencia, y si bien ha sabido celebrar el coraje y el valor, ha insistido sobre todo en la importancia de la sabiduría y de la justicia.

EL ESCLAVO

La esclavitud nunca estuvo considerada por la cultura egipcia como una condición humana bien definida, como un estatus propio de un grupo social autónomo: por el contrario, dentro de todos los grupos profesionales se despliega en Egipto un amplio abanico de diversos niveles de sumisión.

A la población egipcia se contraponen ya desde el Imperio Antiguo los prisioneros de guerra extranjeros (definidos como “atados de por vida”). Los prisioneros de guerra o de incursión en los territorios de ocupación (principalmente Nubia, y luego progresivamente también Asia y Libia) constituirán el grupo humano más numeroso al que se aplica la definición de “esclavo” a partir del Imperio Medio.

En Egipto, los inicios de la servidumbre forzada estuvieron representados, a finales del Imperio Antiguo, por reclutamientos abusivos de muchachas del pueblo por parte de funcionarios de la administración estatal.

Si durante el curso del Imperio Antiguo la condición de sujeción había caracterizado en general al trabajo dependiente, que era además el de la masa de la población agrícola y al cual se contraponía el ámbito palatino, el florecimiento al final de esta época de una nueva estructura social, favorece el nacimiento de la “esclavitud” como forma extrema de coerción al trabajo.

El egipcio medio no es ya solamente, como en el Imperio Antiguo, el “dependiente” que el estado recluta de cuando en cuando para la corvea; como individuo consciente, por un lado de su propio estatus y por otro de sus propias capacidades, ahora puede emanciparse a través de un período de servicio sacerdotal y convertirse así en un pequeño burgués.

La otra cara de la moneda está representada, sin embargo, de la evolución inversa, aquella según la cual si alguien ha seguido siendo un simple campesino o artesano dependiendo de un “burgués” está sujeto en el Imperio Medio a formas de trabajo forzado (o bien a sus onerosos tributos mientras que la clase dirigente exenta de impuesto se ve englobada en la definición administrativa de “funcionarios”).

Los “siervos reales” son egipcios que comparten la condición de los asiáticos hechos esclavos como resultado de campañas militares o transacciones comerciales: originariamente detenidos, sobre todo por fuga, son confiados como “propiedad” a un particular.

Aun perteneciendo sobre el papel al Estado, o sea al rey (de ahí su denominación de “siervos reales”, los detenidos prófugos, igual que los esclavos asiáticos, eran asignados a la custodia de su amo, que podía donarlos, transmitirlos en herencia o venderlos.

Aun siendo hereditaria, la condición servil no veda la posibilidad de acceder a un estatus culturalmente más elevado.

Al contrario de lo que ocurría con los reclutas forzados, que se convertían en forzados de por vida, la huida de un “siervo real” era castigada con la muerte.

La esclavitud egipcia no es tanto un fenómeno “horizontal”, un estatus autónomamente definido, como “vertical”, una condición de forzado dentro del propio oficio: los “siervos reales” se nos presentan a veces como campesinos, criados o zapateros; las “esclavas”, como peluqueras, jardineras o tejedoras.

Cuando dejamos el Imperio Medio, el estatus de esclavo aparece ya relativamente consolidado: se remonta al Segundo Periodo Intermedio -la época en que la invasión de los hyksos (1668-1565 a.C.) obliga a Egipto a iniciar un largo período de enfrentamientos militares con el mundo asiático que caracterizará todo el Imperio Nuevo.

La novedad del Imperio Nuevo la constituye, por un lado, la importancia que adquiere la “comunidad”, cuya función como instancia que gestiona la propiedad pública sustituye a aquella nominal del rey en el caso del “siervo real” del Imperio Medio, y por otro la posibilidad (tal vez, mediante el matrimonio) de emancipación del estatus de esclava para alcanzar el de “ciudadana”, lo cual proyecta a esta figura hacia un estatus muy semejante al del liberto en Roma. Y como los períodos de cambio social en el curso de la historia faraónica presentan siempre dos aspectos, uno emancipatorio e innovador y otra burocrático y restrictivo, a esta apertura de las posibilidades jurídicas del esclavo le acompaña su constitución como componente, ahora imprescindible, de la sociedad egipcia, provocando la progresiva desaparición de un orden autónomo de “dependientes”.

Esta devaluación jurídica de la mano de obra libre es el índice más evidente de una reestructuración global que recorre el tejido social egipcio en la época imperial, como consecuencia de la política exterior de la segunda mitad de la XVIII dinastía: la implicación militar y comercial de Egipto en el mundo asiático lleva ahora hasta Egipto a un elevado número de asiáticos conseguidos como botín de guerra o comprados en el mercado de esclavos. Desaparecen los “siervos reales” y los “forzados”, manifestaciones de una estructura social, la del Imperio Medio, fundada todavía en el control político (y policial) interno y se consolida, en cambio, la necesidad de mano de obra extranjera para hacer frente a los abultados gastos generados por un importante aparato militar.

Al terminar la XVIII dinastía, el esclavo ha pasado a ser un servicio muy extendido dentro de la sociedad egipcia. Es fácil comprender que el esclavo también pudiera ser “alquilado” durante un cierto período por parte de gente cuya condición social es relativamente humilde, desde el momento en que el motivo de la cesión en alquiler de una esclava puede constituirlo incluso la necesidad de procurarse vestidos, a pesar de que el precio del alquiler nos parezca objetivamente excesivo.

Durante la primera mitad del Imperio Nuevo todavía es el rey quien conserva la propiedad jurídica del prisionero extranjero y decide luego su posible donación a particular.

Avanzado el Imperio Nuevo se desarrolla una jurisprudencia orientada, por un lado, a la codificación de la propiedad del esclavo, que ahora puede ser adquirido o vendido entre particulares y por otro, la protección jurídica de los mismos. Los textos administrativos registran la posibilidad que tiene el esclavo de poseer propiedades.

El esclavo, además, tiene derecho a un tratamiento judicial justo: una esclava culpable de robo es condenada sólo a devolver el doble del valor de lo robado. Y en el contexto de esta apertura de las posibilidades jurídicas al esclavo, se considera también la emancipación. La emancipación también puede estar vinculada a formas de adopción por parte del particular a quien el esclavo presta servicios.

“Emancipado” es aquí una traducción de la expresión egipcia “hecho libre en la tierra del faraón”, que indica a partir del Imperio Medio la condición de cuantos han recibido vitaliciamente del Estado, a menudo como recompensa por el servicio militar prestado, una parcela de terreno que de este modo pasa a ser de su propiedad, cuando menos a efectos prácticos. Al extinguirse el imperio militar egipcio en el extranjero hacia el final del 2º milenio, este grupo social se constituirá en el primer milenio en una de las rígidas “clases” en que los autores griegos ven dividirse la sociedad egipcia de la época. Una posibilidad más de emancipación abierta al esclavo es la de ser “purificado” por el rey, entrando así a formar parte del servicio de los templos, como hombre libre.

Uno de los aspectos que a los ojos modernos resultan más desconcertantes en esta burocratización de la esclavitud es la presencia de “casas de esclavas” destinadas, según parece, a la “producción industrial” de prole.

La condición de esclavo parece caracterizar únicamente al extranjero destinado a la esclavitud: a los egipcios que, movidos por dificultades económicas u obligados por la administración de la justicia, ceden al Estado los derechos de su propia persona, se les aplica la antigua definición de “siervos”, cuya condición humana y social debía ser, en realidad, muy semejante a la de los esclavos extranjeros.

En la tradición bíblica que considera a Egipto como la “casa de la esclavitud” por antonomasia, pueden ser los egipcios mismos, en condiciones de necesidad económica provocadas por la escasez, quienes elijan voluntariamente esta condición vendiendo sus posesiones y su propia persona al Estado.

Ni siquiera a los siervos egipcios, como a los esclavos extranjeros, les está claramente cerrada la posibilidad de poseer propiedades: constituyen aquello que podríamos definir como subproletariado, cuya condición aparece en los textos homologada por un lado a la de los esclavos y por otro a la de los campesinos y artesanos, o sea el proletariado remunerado, ofreciéndonos así un aspecto más de ese fenómeno típicamente egipcio de enmascaramiento de la esclavitud, que no aparece nunca en los textos plenamente definida, sino sugerida sólo en sus rasgos esenciales.

La sociedad egipcia del Imperio Nuevo se nos muestra cada vez más articulada en una serie de grupos profesionales y artesanales, en cuyo interior los “siervos” constituyen algunas veces el estrato más bajo.

La Baja Época.- Con el Imperio Nuevo la esclavitud, que atañía esencialmente a los prisioneros de las guerras imperiales y a los asiáticos adquiridos en el mercado de los esclavos, se había convertido en un componente fundamental de la estructura social egipcia, sin que, no obstante, ninguna figura autónoma de esclavo entrara a formar parte de pleno título en el rico repertorio de tipos humanos presentado por la literatura. Al extinguirse el poder imperial, y con la pérdida progresiva de influencia de Egipto en Asia durante la Edad de Hierro disminuye también notablemente la presencia de esclavos en el Valle del Nilo. Los extranjeros ahora están presentes en Egipto en grupos organizados autónomamente. Los últimos signos de la esclavitud propiamente dicha se remontan al inicio del primer milenio.

En una sociedad que ha visto reducirse sus horizontes políticos (pero no necesariamente culturales) y que ha pasado a ser únicamente nilocéntrica, ya no hay espacio para la esclavitud. Esta, fenómeno de sociedades en expansión económica, ha sido sustituida por formas de “clientela” que se explican en parte por la relación corporativa entre el individuo y el propio grupo profesional, y en parte por la frecuente transacción comercial de servidumbre. Los contratos de la Baja Época nos ofrecen numerosos ejemplos, ya sin diferencias de condición entre egipcios y extranjeros; en ellos, muy a menudo el estado servil es presentado como una elección voluntaria del individuo que busca protección económica, enriquecida luego por motivos ideológicos, lo cual empuja a reconocer en ello una forma de clientela más que de esclavitud.

EL EXTRANJERO

Modo de situarse el Egipto arcaico respecto a las realidades “extranjeras” existentes más allá de sus confines: “Los imperios universales no sufren a causa de aquellas que nosotros sentimos como limitaciones: ellos las ven como un caso nebuloso y desorganizado, que es sólo encuadre negativo para la realidad del cosmos políticamente terminado y completo...”

Esta concepción, instrumento útil al poder regio, se mantiene a lo largo de toda la civilización egipcia: la intervención contra los elementos perturbadores es una acción obligada por parte del faraón, garante del orden universal ante la divinidad, mientras que los perturbadores -son “vencidos” por definición, ya antes de combatir. Escenas de símbolos que tienen por tema a la totalidad de los adversarios - los “Nueve Arcos”- ejemplos y advertencias a un mismo tiempo, se repiten a lo largo de toda la historia egipcia hasta la época grecorromana; eternamente “pateados”, encontramos representaciones de los vencidos bajo las suelas de las sandalias del rey en el suelo y bajo la balaustrada de los palacios, o en el zócalo de las estatuas reales.

El Egipto histórico, etnocéntrico, se concebía a sí mismo como centro del mundo ya en los “Textos de las Pirámides”: “Ojo de Horus”, Egipto ha sido destinado por el dios a ser una nación, más exactamente “la nación” creada para Horus-faraón.

Para evitar cualquier riesgo, el reino del faraón era protegido oficial y ritualmente contra los extranjeros que se resistieran a formar parte del más feliz de los Estados imaginables, Egipto.

Los países extranjeros con sus productos exóticos han sido criados para enriquecer los templos y las despensas de Egipto.

La concepción universalista y suprarracial del Egipto del Imperio Nuevo tiene una elocuente ilustración en la tumba tebana de Sethi I: asiáticos, negros, libios y egipcios, cada uno vestido con su indumentaria típica, avanzan bajo la vigilancia de Horus, todos del mismo modo y hacia el mismo destino ultraterreno prometido por las creencias religiosas.

Normalmente, los extranjeros establecidos como guardias del cuerpo del rey y como soldados en Egipto, conservaban su indumentaria nacional, y sus peinados característicos y sus desfiles constituían -no menos que la llegada de los mercaderes exóticos y de los cortejos de los portadores de tributos extranjeros- espectáculo frecuente en Egipto.

Los soldados de las secciones militares nubias, enrolados ya desde el Imperio Antiguo, llevan sus armas típicas (flechas, arcos, hachas), lucen amplios cinturones colgantes decorados con figuras romboides y ciñen sus guedejas encrespadas con cintas; los mercenarios libios conservan la costumbre de tatuarse el cuerpo, y sobre la cabeza llevan hasta cuatro plumas; los hombres de las secciones de Sherdana (uno de los llamados “Pueblos del mar”) que sirven en la guardia de Ramsés II, llaman la atención por sus patillas y bigotes rizados, el yelmo redondo como los escudos y las casacas cubiertas de bullones de metal.

La carta escrita personalmente por Amenofis II a su virrey en Nubia mezcla con los tonos altivos, obligados en cierto modo para un faraón, dirigidos a asiáticos y nubios, divertidas -y jocosas- alusiones al harén lleno de mujeres exóticas con las que su alto funcionario se solaza, consejos previniéndole de los “magos” nubios y observaciones sobre la ineptitud de los súbditos africanos para misiones de confianza en Egipto a causa de su incapacidad para desempeñar otro empleo que no sea el de despensero.

La penetración de “extranjeros” en el mundo confiado al faraón está recogida ya en los “Anales” inscritos en la “Piedra de Palermo” y en otros monumentos de la época; nubios y libios entran en el Valle del Nilo en nº muy elevado, catalogados como “prisioneros vivos” procedentes de acciones bélicas y de redadas.

La existencia de “intérpretes”, de “extranjeros-que-saben-hablar-el-egipcio”, forma parte del cuadro, tan característico dentro del ambiente egipcio, de un intenso y muy precoz comercio internacional; por tanto, en las barcas que llegan de Asia a los puertos egipcios de Sahure, se ha querido hacer constar, por escrito y con meticuloso realismo, la presencia en cada viaje de un “egiptófono” que ha hecho comprensibles, traduciéndolas, las exclamaciones de los extranjeros en honor del faraón.

La existencia de una clase de “extranjeros bilingües” (“intérpretes”) -¿extranjeros de nacimiento o hijos de matrimonios mixtos?- integrados en la sociedad egipcia y utilizados para fines profesionales, está ampliamente atestiguada en el Imperio Antiguo.

La presencia masiva de nubios en el ejército egipcio está atestiguada ya en la VI dinastía por la inscripción de Uni, el cual, a la cabeza de una hueste de muchos miles de hombres no sólo del Bajo y del Alto Egipto, sino también “procedentes de la Iretjet de Nubia, de Medja de Nubia y del país de Libia”, realizó victoriosas y reiteradas expediciones contra “Aquellos-que-están-en-la-arena”, los beduinos nómadas de la región del Carmelo.

A partir del Reino Antiguo, grupos o personas aisladas de procedencia africana -nubios o kushitas, no necesaria ni únicamente “prisioneros de guerra”- encontraban colocación en Egipto como mano de obra asimilada a la clase trabajadora indígena. Su aceptación social y asimilación cultural se ve favorecida por la afinidad étnica de base, pero no ocurre de forma muy distinta con los verdaderos negros de Kush, las poblaciones napateas, que se introducen en gran nº en Egipto a partir de mediados de la XVIII dinastía.

Los prisioneros capturados eran empleados de diversas formas en Egipto, siendo asignados a las dependencias del palacio, de los templos y también de los templos funerarios reales.

Una alusión a la condición servil impuesta a nubios y asiáticos se puede encontrar también, durante el Imperio Nuevo, en la refinada producción de cucharas de maquillaje, de madera y de marfil, cuyo mango tiene forma de siervo (un nubio, un negro o un asiático) curvado bajo el peso de una gran jarra o un ánfora (el recipiente, cerrado por una tapa con asa, contiene el ungüento).

El grupo étnico de mercenarios procedente de la región de los Medja, en la Segunda Catarata del Nilo, tuvo especial importancia en la dinastía de los Montuhotep, y siguió siendo apreciado como tropa especial durante la XII dinastía; la denominación de Medja sirvió para indicar, posteriormente, un cuerpo especial de policía, a menudo al servicio de los templos.

No todos los africanos encontraban una colocación social entrando en el ejército: muchos, liberados o “adoptados” se hacían “egipcios” y progresaban socialmente.

Una institución -el Kap- es indicio a la vez tanto de una falta esencial en el Egipto Antiguo de prejuicios raciales, como de una política de asimilación cultural de los “vencidos” a los vencedores; ya desde el Imperio Medio, el “Kap” de los palacios reales acogía y formaba, junto con los hijos del faraón y de los nobles, a los hijos de los jefes y de los nobles nubios y, al menos desde el Imperio Nuevo, también asiático; los “muchachos del Kap”, extranjeros, hacían carrera al llegar a Egipto en palacio, en la administración y en el ejército, o bien, regresando a su país, conservaban vínculos políticos y culturales con la tierra del faraón. El “Kap” del palacio tenía funciones de “harén masculino” o “club sólo para hombres”, un lugar donde el faraón acudía a relajarse, a beber y a estar en compañía de los amigos.

Una categoría de extranjeros, sobre todo nubios y kushitas, tenía en Egipto una especial reputación: los magos. Incluso la diosa Isis, en cuanto maga, se declara “nubia”, y en los textos mágicos nombres y fórmulas nubias -incomprensibles, y por eso tanto más eficaces- asumen un poder especial.

Los nómadas beduinos, pastores que vagaban por las fronteras del Delta Oriental y en torno al paso del Uadi Tumilat, solían frecuentar las tierras de los egipcios y eran bien acogidos por éstos desde los tiempos más remotos. Desde el Imperio medio en adelante, los asiáticos cada vez se hacen más numerosos. Sus pintorescas caravanas transitaban entre Oriente Próximo y Egipto.

Entre los carpinteros extranjeros deben contarse los “Feneju”, nombre que desde el imperio Antiguo designaba sin duda a los carpinteros del frondoso Líbano.

Los documentos del Imperio Medio proporcionan listas de sirios que, junto a los nuevos nombres egipcios, conservan los suyos originarios; al asumir nombre egipcios, sin embargo, los extranjeros borraban desde ese momento su pasado, haciendo difícil o imposible su identificación.

Un impulso a las presencias extranjeras en Egipto debió de darlo, en la XIII dinastía, la usurpación del trono por parte del sirio Jendjer, un ex mercenario de los contingentes que estaban al servicio del faraón.

Los siglos posteriores de dominación egipcia en Asia han llevado al Valle de Nilo, además de esclavos y esclavas vendidos por mercaderes, numerosos grupos de prisioneros de guerra, que eran admitidos en la sociedad egipcia, incluso de forma estable como colonos.

En tiempos de Sheshonq III existía en Afroditópolis una comunidad de beduinos shasu, originarios de la Siria Media, seguramente una de las colonias, de militares o de prisioneros, fundadas en época ramésida; también en época bubástida, existía, al norte de Afroditópolis, una comunidad de mercenarios sherden.

La entrada en Egipto de prisioneros capturados en Asia durante acciones bélicas ha sido continuada e intensa; en algunos casos puede cuantificarse gracias a documentos oficiales: Amenofis II reunió como botín de guerra de una sola campaña asiática a 838 mujeres, 550 guerreros-marianu con sus 240 mujeres, 328 hijos de príncipes y 2790 cantarinas de los príncipes de todos los países extranjeros, con sus joyas; el mismo faraón, de la campaña bélica del año 9 de su reinado (1440 a.C.) consiguió un nº de individuos todavía más alto.

Impresionante es el nº de mujeres extranjeras que entraron a formar parte de la población de Egipto durante el Imperio Nuevo, desde aquellas destinadas a los harenes del faraón o también de personajes egipcios menos distinguidos, hasta las trabajadoras del telar, las sirvientas, las cantantes o las bailarinas.

Las casas de placer eran surtidas por atracciones exóticas, y en ellas se ejecutaba música en instrumentos antes desconocidos en Egipto. Los bailarines nubios eran acompañados por tambores y tamboriles; los libios, reconocibles por las tres plumas en la cabeza, y que se identifican en los relieves de Deir El-Bahari, ejecutaban danzas tribales parecidas a la moderna “danza de los bastones”, al ritmo que marcaban los golpes de dos bumerangs.

El gusto por lo extraño/extranjero influye también en el interés por la botánica y por el ambiente: en la XVIII dinastía se aclimata en Egipto el granado; con Hatshepsut se transportan desde Punt arbustos enteros de incienso con sus raíces; Thutmosis III “conquista” también, en las campañas militares en Asia, plantas fuera de lo común, conservadas y pintadas (plantas enteras, hojas, flores y semillas: verdaderas páginas de un herbario, el más antiguo del mundo).

Entre los enemigos que las victorias de la XIX dinastía habían llevado como prisioneros a Egipto, figuran los habitantes del “país de Jatti”, los hititas, que los artistas egipcios caracterizan, en el aspecto físico, atribuyéndoles rostros imberbes con doble mentón y cabello largo escarolado. Hacia la mitad del s. XIII, las nuevas condiciones históricas impusieron a los dos países nuevas relaciones, ahora pacíficas, que culminaron en el tratado de paz bilateral -y bilingüe- entre Ramsés II y el rey hitita, cuyas largas negociaciones han hecho intenso el tráfico de mensajeros y embajadores en Egipto, en un intento de “paz y buena fraternidad”.

Es un fenómeno ya conocido desde hace tiempo que el papel activo ejercido por los extranjeros, en particular semitas, en la sociedad egipcia, se acentúa en la época ramésida, cuando se ha calculado, por ejemplo, que la mitad de los “coperos del rey” que conocemos es de origen extranjero. La posición del copero no era en absoluto humilde; significaba por parte del soberano confianza en su lealtad.

El nivel social más alto de los inmigrados lo ocupan los “hijos de los príncipes” que -con una política consciente, expresada por Thutmosis III en un pasaje frecuentemente citado a propósito de las relaciones entre Egipto y Oriente Próximo durante la XVIII dinastía- eran llevados a Egipto como rehenes, educados en el harén o en el “Kap”, e instruidos a la manera egipcia para que, una vez devueltos a sus países, siguieran siendo súbditos leales e incluso culturalmente bien dispuestos hacia los dominadores. Añádase la política de los llamados “matrimonios diplomáticos”, que introducía en los harenes faraónicos princesas y mujeres de alto linaje de todos los reinos del Oriente Próximo; una moda, la de las esposas exóticas, imitada también por los hombres comunes.

Un problema que por ahora no puede resolverse con seguridad concierne a la época de la llegada a Egipto del pueblo hebreo y a la fecha del Éxodo. Según la Biblia, los hebreos habrían vivido en Egipto durante largo tiempo, más de cuatro siglos, antes de que Moisés los condujera fuera del Delta. Hasta ahora, sin embargo, no se encuentran en los documentos egipcios signos de los hebreos como pueblo especial, desde el momento en que eran seguramente uno de los muchos grupos de asiáticos establecidos en Egipto, donde vivían trabajando como fabricantes de ladrillos y como albañiles.

Los libios, hasta entonces enemigos huidizos por su propia condición nómada, también deberán regresar al esquema universalista del cual sigue nutriéndose la ideología faraónica: Ramsés III puede felicitarse de haber llevado a los libios vencidos a Egipto, donde, sometidos a un lavado de cerebro cultural, han olvidado, a la vez que su lengua nativa, sustituida por el habla egipcia, toda tentación nacionalista.

El ejército que Ramsés III dirigió contra los libios estaba formado por tropas egipcias y por grupos de mercenarios sherden, filisteos (también los filisteos/palestinos formaban parte del mosaico de los “pueblos del mar”) sirios shasu y nubios.

Los sherden habían entrado en Egipto como mercenarios en tiempos de Amenofis III. Su carácter de soldados eventuales está confirmado por el hecho de que en las guerras contra los hititas, los sherden figuran entre los enemigos de los egipcios.

En el Egipto del s. VII, la defensa ante la invasión extranjera de las fronteras orientales de Egipto es confiada a los africanos de Kush: Shabataka envía un ejército para ayudar a Exequias de Judá; Taharqa combate hasta el límite de sus fuerzas antes de retirarse tras el ataque de Asurbanipal, que llega hasta Tebas con un ejército formado por fenicios, sirios, chipriotas, y también egipcios del Delta. De hecho, los príncipes egipcios del Norte están dispuestos a colaborar con el enemigo asirio, con tal de contrarrestar la intolerable soberanía de Napata.

No se tienen documentos directos, en los monumentos, de la dominación asiria en la provincia de Egipto, pero se conocen las prácticas usadas por los asirios para administrarla, prácticas que recuerdan a aquellas empleadas por el Egipto del Imperio con los súbditos nubios y con aquellos asiáticos que eran tomados como rehenes e instruidos a la manera egipcia. Inspirándose en el mismo criterio, los sirios llevaban a Nínive a los jóvenes príncipes de las ciudades vasallas egipcias, les daban una educación asiria y les imponían nuevos nombres asirios.

Los contactos entre el mundo griego y Egipto antes del helenismo habían estado precedidos por las relaciones de Egipto con la civilización monoica, primero, y micénica después. Los antiguos habitantes de Creta están presentes en las representaciones de tumbas desde la XVIII dinastía como importadores de materiales, es decir, en la convención iconográfica faraónica, como portadores de tributos.

La conquista de Cambises en el 525 a.C. transforma el valle del Nilo en una satrapía del imperio aqueménida; el Egipto de los siglos VI y V era, todavía más que en los tiempos gloriosos en que el imperio era “egipcio”, pluriétnico y plurilingüe: desde el gobernador de la satrapía, persa y por regla general un príncipe miembro de la familia del Gran Rey, residente en Menfis con su corte y con los administradores de sus bienes satrapales y del tesoro del rey, hasta la multitud de escribas, jueces, jefes de las provincias, las guarniciones de soldados, los numerosos mercaderes, exportadores y traficantes de especias fenicias,... La lengua oficial de las provincias del imperio aqueménida (y, por lo tanto, también de Egipto) era el arameo, llamado en egipcio “escritura siria”.

Las zonas de las guarniciones de frontera, desde Migdol hasta Marea y Elefantina en el Sur, eran ocupadas por gentes de distintas nacionalidades, cultos y religiones, y surgían templos y capillas para las divinidades extranjeras en todos los rincones de Egipto.

En los decenios de Independencia reconquistada a Persia, Egipto se convirtió en amigo y punto de referencia de todo enemigo del Gran Rey; el Valle del Nilo conoció y acogió toda clase de aliados y de exiliados, hasta la conquista del país por Alejandro Magno.

La época libia, la conquista etíope, pero sobre todo las violentas invasiones, asiria primero y persa después, seguidas del paso al imperio de Alejandro, y más tarde, del dominio de los ptolomeos y de los romanos, asumen para los egipcios, por tratarse de atentados contra el “Trono de Horus”, el carácter mitológico de un “Regreso de Seth” que, expulsado de Egipto y relegado al país de los asiáticos, “vuelve a sus extravíos y regresa a la rapiña” bajo la forma de conquistador asirio, de Cambises y de Jerjes.

EL MUERTO

Para quien observa el material amontonado en los museos que son sus monumentos, la civilización egipcia ha asumido con frecuencia, e injustamente, connotaciones funerarias. Esta es la consecuencia del modo en que se ha excavado en un país que esconde sus ciudades antiguas bajo lugares habitados durante siglos y bajo el limo depositado durante siglos por las crecidas del Nilo. A estos testimonios de la vida tan poco accesibles se contraponen las condiciones especiales de los cementerios, situados en el desierto, fuera de las zonas mencionadas y en una configuración climática que permite la supervivencia de materiales que casi en cualquier otro lugar resultarían destruidos, lo que favorece esa perspectiva de búsqueda de objetos que ha sido durante mucho tiempo el fin último de la arqueología militante.

Una continua ambivalencia une el pesimismo del instinto a una voluntad de serenidad y de confianza. La Muerte se comporta como “un cazador en el desierto”, aferra a los vivos como presa con su lazo y a la vez, la muerte transforma al hombre en un “Espíritu luminoso” y lo transporta al mundo encantado de los distintos Elíseos egipcios.

Hay, pues, un fondo a la vez mitológico y humano sobre el que ha de ser visto el mundo de la supervivencia egipcia. Un hecho sentimentalmente primario se traduce en una serie de experiencias culturales: especulativas, éticas, literarias. Esta premisa es necesaria para encuadrar las diversas funciones sociales que, a diferentes niveles y con diferentes significados, tienen en el mundo egipcio la figura y la personalidad del difunto. Desaparecido de la escena terrena, ya no “sobre los dos pies”, como se dice, sigue no obstante directa o indirectamente activo en el mundo de los hombres.

La manifestación más evidente de este estado de cosas está representada por la naturaleza del sepulcro: para los reyes es siempre distinto del de sus súbditos, pero, cada vez que cambia, el modelo antiguo queda a disposición de éstos. Así, cuando las pirámides reales sustituyen a las tumbas excavadas en la roca, las necrópolis se pueblan de este tipo de monumentos hasta entonces negados a los hombres normales.

En la tumba se apoya la capacidad de los muertos para influir sobre la suerte de los vivos. Están los misérrimos, que desaparecen en el silencio de la muerte, arrojados al río como los animales muertos. Están los míseros, “arrojados al desierto” después de haber sido “arrancados de sus casas”. En este caso, no obstante, las tumbas, aunque pobres, pueden atestiguar mediante las ofrendas que en ellas se depositan tanto la relación con los que les han sobrevivido como la capacidad de usar todavía, de alguna manera, los bienes útiles a los vivos.

La tumba es la casa donde reside el muerto, y como una casa suele organizar, por lo demás, su propia estructura: una parte se destina a la vida social del titular, aquella donde se reúnen sus herederos, se hacen las oportunas ofrendas ceremoniales y en la cual la decoración asume varias funciones a través de la máxima ostentación posible.

Lo primero que brota de este planteamiento de la tumba como casa es la atención al hecho de que ésta tiene sentido sólo si hay en ella un inquilino: la personalidad específica, más que anularse con la desaparición del mundo, asume vigor con este paso a una eternidad potencial. La consecuencia es el cuidado concreto del cuerpo, cuidado que desemboca muy pronto en la práctica de la momificación; pero, todavía más significativamente, la identificación y definición de una memoria a través de la palabra y de la imagen. La escultura egipcia se debe en su mayor parte a la voluntad de proveer de un punto de apoyo físico a un “alma” determinada, identificable en la singularidad de su nombre. La estatua no es un monumento ni un recuerdo conmemorativo: es una forma específica de la persona, y tiene una vitalidad propia reconocida por el rito que con ella se realiza para “abrirle la boca” (tal y como se hace sobre el cuerpo después de la momificación).

Económicamente, el vivo, en cuanto futuro muerto, organiza parte de sus bienes para hacer frente a las necesidades futuras; esos bienes estarán representados por las ofrendas de diversos tipos que en una larga serie de ocasiones deberán afluir a la tumba. Pero antes hay que proceder a la construcción del sepulcro: un trabajo complejo, que necesita albañiles, canteros, arquitectos, decoradores y escribas. Muchas veces las inscripciones autobiográficas subrayan que todos estos artesanos han sido debidamente pagados y que ninguno de ellos se ha visto obligado a trabajar en contra de su voluntad; otras veces se recuerda cómo partes del sepulcro (especialmente aquellas en material precioso como el granito de Asuán o la caliza blanquísima y compacta de Tura) han sido dadas por el soberano en compensación a servicios destacados, o cómo el personal de los Talleres reales se ha puesto a su disposición.

A la cabeza de las operaciones destinadas a mantener la realidad personal de cada muerto en particular estaba la momificación. Su práctica llevaba aparejadas habilidades técnicas, conocimientos o experiencia anatómicos y químicos, y funciones rituales.

Esta actividad, orientada a garantizar las bases para la supervivencia del individuo mediante su momificación y su deposición en su sarcófago, es sólo el momento preliminar. La presencia de la momia como persona que vive en la tumba conlleva otra forma de consumo de bienes: aquellos que constituyen el ajuar funerario.

En la época más antigua se trata sobre todo de bienes de consumo destinados al cuidado del cuerpo: vasijas que contienen productos diversos, ungüentos, adornos para el peinado y similares y, naturalmente, el ajuar personal, que en algunos casos podía llegar a contar con preciosas y espléndidas joyas.

La vitalidad del difunto irá necesitando poco a poco todo lo que el tenor de vida del Valle del Nilo va introduciendo en las necesidades cotidianas de la gente, y así los ajuares van ganando en variedad, hasta comprender prácticamente todo aquello que se puede encontrar en una casa terrena.

En el momento en que el sarcófago es llevado a su sede definitiva, seguido por las personas de la familia y por las plañideras, una comitiva de personajes acude cargada de objetos dispares, muebles, cajas, adornos: es una parada de ostentación que no tiene menos valor que su función, que se imagina útil para el muerto. Mientras que se provee a este último de cuanto puede serle útil en todo momento -en un clamoroso acto de fe acerca de su capacidad de disfrutar del mundo-, se formula a la vez una invitación a considerar quién es aquel para el que se ha sustraído esta masa de bienes al uso inmediato y cómo, precisamente a través de esta ostentación, resulta calificado (e identificado).

Entre las ofrendas más antiguas, y en cierto modo más explícitamente significativas, están las de comida: ofrendas que prueban la pertenencia del muerto a nuestro propio mundo. Además de los víveres de la despensa subterránea del sepulcro, otras ofrendas análogas deben sumarse periódicamente a ésas.

Pero además de este modo entre lo simbólico, lo evocativo, sin duda lo mágico, la ofrenda tiene una realidad propia, y a las exigencias de este sustentamiento efectivo se hace frente destinándole una superficie de tierra cuya renta se aplica al pago de un futuro servicio de ofrendas. Tal servicio es confiado a una persona que podríamos llamar “sacerdote funerario” (un “siervo del genio”) que pasa a ser responsable de él y que puede ser, o no, el “hijo dilecto” del difunto; de él se espera un servicio muy diligente durante toda su vida, y para que no cese con su muerte, tiene el deber de transmitir el terreno que se le ha concedido como pago exclusivamente a uno de sus hijos (contra la costumbre de que la herencia sea repartida entre todos los descendientes) y así, de padre a hijo, la que podemos llamar una fundación funeraria seguirá siendo una y condicionada al servicio de la tumba.

Las fundaciones más antiguas parecen ser don del rey a personajes de la corte, que gozan así por gracia real no sólo de elementos estructurales de la tumba, sino también de los medios con los que se afrontarán las futuras exigencias de culto y de ofrenda.

Los bienes tan notoriamente sustraídos a la circulación en el momento mismo en que son depositados en las tumbas tienden a volver de nuevo al círculo y a tener una validez no tan simbólica. Ello quiere decir, en otras palabras, que por el hecho mismo de que existan riquezas funerarias existen ladrones de tumbas.

La profanación de la tumba es práctica regular en el Egipto antiguo desde los primeros tiempos. Se detecta arqueológicamente y se conoce por los documentos que denuncian estas violaciones y apropiaciones. Entre éstas, las más ilustres y documentadas son las que sufrieron las tumbas reales a fines de la época imperial, de tal gravedad y frecuencia que acabaron originando el traslado de gran nº de cuerpos de soberanos desde los sepulcros de que eran titulares a un escondite común, tan bien elegido y tan seguro que sólo fue descubierto (también por los ladrones) a finales del siglo pasado, pero privado también de aquellos objetos preciosos que tan azaroso habían hecho el descenso de esos cuerpos en sus tumbas.

Es obvio que penetrar en las tumbas de este tipo debía de comportar tales peligros y dificultades que no se puede por menos de pensar en complejas y quizá también, altas connivencias, ramificadas en grupos de personas tan amplios como para poder sospechar que toda una población vivía en ciertas épocas de estas empresas. Este doloroso deterioro de la integridad de la tumba, así como la posibilidad de que se vea ultrajada por comportamientos indecorosos y por delitos, es un miedo recurrente que encuentra su expresión en una serie de fórmulas esculpidas en las tumbas más antiguas. El muerto promete éxito y ayuda a quienes reciten al pasar junto a su tumba las fórmulas de la ofrenda. Pero de estas frases se puede pasar a directas amenazas para quien, por el contrario, provoque la cólera del muerto: “retorceré su cuello como a una oca”, dice refiriéndose a ellos; o, más maldiciente: “el cocodrilo esté contra él en el agua, la serpiente esté contra él en la tierra! Quien haga algo contra éste sepulcro, no seré yo quien haga algo contra él, será Dios quien le juzgue”.

La época de las pirámides había sabido dar a la realeza un carácter singular también en sus destinos ultraterrenos. Los simples humanos pertenecen a la tierra, los reyes al cielo: “Los hombres se esconden, los Dioses vuelan”. Y en cuanto muerto, el rey se convierte en el dios muerto por excelencia, Osiris, y como él, es partícipe de una resurrección. Este venturoso destino se ve garantizado por ritos y rituales reservados al rey, al tiempo que la divina supervivencia del soberano se convierte así en una especie de garantía común para toda su corte, que dispone sus tumbas (de aspecto y estructura diferentes de los de la suya) en torno a ese lugar en que la naturaleza divina del rey se hace eterna -la pirámide-, permitiéndole de este modo seguir ocupándose del bienestar de aquellos que habían formado su sociedad y que más derecho tienen a permanecer todavía junto a él.

Si estos rasgos que hemos definido ven a cada difunto como miembro de una sociedad en general, todavía debemos considerar otra serie de aspectos sobre su esencia que lo relacionan con personas terrenas no menos individuales y concretas.

Existen ocasiones especiales para esto; son las fiestas de los muertos, en las cuales la gente se reúne por familias en las tumbas, hacen ofrendas y se celebra también un banquete que puede estar amenizado por danzas, músicas y cantos, en una comunión con aquel que, si bien ya no está, garantiza todavía la estructura de la familia que gira a su alrededor.

En sus inscripciones, los muertos piden que se les atienda en una serie de ocasiones: las relaciones de éstas no son iguales en el tiempo y en el espacio, pero todas parecen pedir un recuerdo y una ofrenda en todas las festividades importantes (y también en las menos importantes por ser continuas: fin de año, comienzo del mes, de la quincena, de la década,...).

La práctica en que quizá se manifiesta de forma más patente la personalidad viva del finado, su capacidad de intervención, es la característicamente egipcia de la relación epistolar que los vivos pueden mantener con los muertos.

EL FARAÓN

La pirámide social de la humanidad, tal y como la veían los egipcios, culmina en el rey. Es él quien está más próximo a los dioses y, de hecho, pertenece a su mundo, “no se diferencia” de ellos. En determinados momentos, se presenta ante los hombres como un dios que recibe la veneración del culto.

Pero ante todo es él mismo portador del culto, y con ello, representante de la humanidad ante los dioses. Las paredes, pilares y columnas de los templos egipcios están recubiertas de escenas de culto en las que el rey presenta ofrendas y ora a las divinidades del país. Como no puede estar presente en todos los templos, debe delegar las funciones rituales en los sacerdotes, pero el sacerdote sólo se legitima ante los dioses en tanto que celebra el culto en lugar del rey.

Nadie salvo el rey puede erigir, renovar o ampliar edificios dedicados al culto. Por eso, en los templos egipcios de la época grecorromana se construye por mandato del “faraón”, que ahora es una emperador ptolomeo o romano. A ello obedece la continuidad de esta institución que, desde los hyksos, ha sobrevivido a numerosas dominaciones extranjeras. Sólo con la victoria del cristianismo fue sustituido el faraón como “Hijo del Dios” por otro hijo de Dios, que está por encima de todos los reyes.

Hasta ese momento -durante 3500 años- nunca fue cuestionada la institución de la monarquía egipcia. Sufrió crisis, sobre todo tras el final del Imperio Antiguo y en el período de Amarna, pero incluso odiados monarcas extranjeros como los hyksos y los persas se beneficiaron del significado religioso del faraón, que hacía sacrosanta su persona.

También el arte y la literatura se orientan a la monarquía, trabajan por encargo estatal. E incluso cuando dirigimos nuestra mirada al mundo de la “gente sencilla”, a los estratos inferiores de la sociedad, la figura del faraón es omnipresente en 2º plano: se trabaja para él, de él se recibe el sustento, en él se ponen las esperanzas religiosas. Así pues, la historia de Egipto sigue siendo, ante todo, la historia de los faraones.

Con su ascenso al trono, el faraón recibe 5 títulos que se habían ido creando durante el Imperio Antiguo. Primero está el nombre de Horus, que se remonta a la época prehistórica. Caracteriza al rey como la aparición terrena de Horus, el dios del cielo con forma de halcón, como un “Horus en el palacio”. Junto al león y al toro, el halcón es el aspecto animal más importante del faraón, que durante el Imperio Nuevo se hace representar en ocasiones como una criatura híbrida con alas de halcón o incluso con la cabeza de halcón. “El halcón ha volado al cielo” dice la fórmula a la muerte del rey.

El 2º título real se forma con el elemento Nebti, “las dos señoras” y se refiere en concreto a las dos diosas protectoras del Alto y del Bajo Egipto. Al egipcio le gusta pensar en términos de dualidades que sólo juntas forman un todo y el rey incorpora ante todo la dualidad de las dos mitades del país: el Bajo y el Alto Egipto.

El tercer título se denomina el “Nombre Aureo”. Apunta a la naturaleza de halcón del faraón, pero el oro simboliza asimismo el material del que están hechos los dioses y las imágenes de los dioses.

El verdadero nombre real, que desde el Imperio medio siempre contiene el nombre del dios del sol Re, está ligado al 4º título: Nesut-biti, “Rey del Alto y el Bajo Egipto”, esto es, rey de todo el país, con cuya unificación comienza la historia para los egipcios.

Desde el Imperio Nuevo es habitual la designación de “faraón”, que incluso aparece en el Antiguo Testamento y en los textos coptos del Egipto cristiano. Significa literalmente “La gran casa” o “la casa más grande”, de forma que originariamente se refería al palacio y más tarde se aplicó a la institución y la persona del rey.

El ornato del faraón le diferencia claramente de los demás hombres, pero muestra muchas semejanzas con el de los dioses. Mientras que los egipcios, a diferencia de los barbudos asiáticos, casi siempre se representan completamente afeitados, los dioses y reyes llevan una larga barba ceremonial, que en los dioses se dobla al final y en el rey cuelga recta y está sujeta con una cinta. Pero como el rey muerto se convierte en Osiris, también lleva la barba divina en algunas representaciones y, al contrario, el dios Ptah casi siempre aparece con la barba recta del rey.

La única prenda de vestir que lleva el faraón en la época antigua es una especie de faldilla denominada shenti, cuyo nombre permanece hoy en la designación sindone para el sudario de Turín. Es muy corta, en general plisada, y tiene una pieza trapezoidal en el centro; una forma algo más moderna presenta una pieza triangular que sobresale en el centro. Ambos tipos se diferencian del que visten los dioses y los funcionarios. Mientras que a los emperadores romanos todavía se les representa con este tipo arcaico de faldilla en su rol de faraones, en el Imperio Nuevo el rey suele llevar una faldilla larga y lisa, y se cubre el pecho con una especie de camisa o chaleco. En su fiesta de aniversario (fiesta de Sed) lleva una capa corta y ajustada.

El elemento más importante del ornato real son las coronas. La corona blanca, que pertenece al Alto Egipto, es alta, de material blando (quizá piel), se estrecha hacia arriba y acaba en un remate redondeado. En contraposición, la corona roja del Bajo Egipto es aplanada y está provista de un “alambre” en espiral de material desconocido. Ambas coronas se combinan en la “doble corona”, que distingue a su portador como rey de todo Egipto. En el Imperio Nuevo se prefiere la corona azul con aspecto de casco, que también es de piel y está decorada con pequeñas placas de metal.

Con mucha frecuencia, el faraón lleva en vez de una corona un pañuelo -un pañuelo rectangular a rayas, que le cubre la cabeza y parte de la frente, y va ceñido con una cinta; las puntas de delante caen sobre el pecho y con las de detrás se hace una especie de trenza que cuelga por la espalda.

Como los dioses, el faraón también está rodeado de un aura mágica. Cuando uno se aproxima a él, debe hacerlo prosternándose, “besando la tierra”.

Ya en el Imperio Antiguo los reyes eran momificados, pero se han conservado escasos restos de sus sepulturas. A diferencia del ideal estilizado del arte, con las momias nos aproximamos todo lo que cabe al auténtico aspecto físico de muchos reyes y nos enteramos de detalles biográficos que no menciona ninguna otra fuente.

La planta y la decoración de la tumba real se establecían de nuevo con cada gobierno; con frecuencia se trataba sólo de cambios y ampliaciones insignificantes, pero en otros casos consistían en una completa reorganización.

Mientras que el rey de las inscripciones oficiales “nunca duerme”, sino que se ocupa día y noche de la buena marcha del país, se nos presenta el “roi des contes”, mucho más humano. Se aburre y busca diversiones, intenta averiguar el futuro o prolongar su vida.

La institución, desde sus orígenes completamente masculina, era lo suficientemente flexible como para permitir a las mujeres desempeñar el papel de faraón. La posición e influencia política de la reina fue muy distinta en cada época de la historia egipcia. Como regente de un faraón menor de edad podía ejercer en todo momento el verdadero poder político, sin ser faraón. Sólo había una “Gran Esposa Real”, que en el caso ideal era hermana o hermanastra del rey; éste poseía además un gran nº de esposas, pero para la sucesión al trono era un factor decisivo descender de la 1ª esposa.

Un caso especial son las “esposas de Dios” de los s. VIII al VI a.C., que ejercieron el poder en lugar del rey en el Alto Egipto. Se trataba de miembros de la casa real consideradas oficialmente “esposas” del dios tebano Amón, por lo que permanecían solteras y elegían a su sucesora por adopción. Aparecen con su propio título real, aunque abreviado, se registran sus “años de gobierno”, erigen templos y tumbas reales, y configuran su administración conforme al modelo de la administración masculina. Así pues, su institución muestra grandes semejanzas formales con las del faraón, pero en realidad no es una auténtica monarquía.

En el Imperio Medio, los monarcas de la XII dinastía habían conseguido asegurar la continuidad de su mandato mediante un sistema fijo de correinado. Asimismo en el Imperio Nuevo se utilizó la institución del correinado, con la que los Ramésidas intentaron mantener la ficción ideal de un monarca reinante con una forma menos “oficial”: el gobernante más joven no recibe un título propio ni se registran sus años de reinado, pero sí se le otorga el título de “Generalísimo”. Las dinastías extranjeras de la época posterior tienen otras formas de sucesión, en parte completamente distintas de la egipcia. En el caso de los libios, el Estado se divide en numerosos reinos a fin de que participe en el gobierno el máximo nº de miembros de la familia real; en el de los etíopes, el trono pasa al hermano y, de éste, a un sobrino. En la casa real ptolomaica, sí se sigue el sistema de correinado, pero en este caso se prefiere que uno de los gobernantes sea una mujer.

El ideal egipcio siempre es que cada cargo, incluso el de faraón, se transmita de padres a hijos. Así se presenta en el mito de la monarquía: contra toda oposición, Horus consigue la herencia de su padre Osiris, la violenta usurpación del trono por su hermano antagónico Seth no tiene éxito y sólo perturba temporalmente la sucesión. La norma es que cada nuevo rey también representa una nueva generación y que no se debe omitir ninguna generación. Cuando el príncipe muere antes de ascender al trono, no ocupa su lugar uno de sus hijos, sino un hermano más joven.

Aun cuando la gran esposa real no tuviera hijos, casi siempre estaban los hijos de las demás esposas, si el rey no moría muy joven. Si sólo tenía hijas, como era el caso de Ajenatón, los yernos adquirían una posición importante y se les consideraba hijos carnales.

En la época primitiva y al comienzo del Imperio Antiguo, todos los puestos importantes de la administración estaban ocupados por miembros de la familia gobernante; el más alto funcionario (visir) debía ser un hijo del rey, el título más alto, repat, muy probablemente indica la pertenencia al clan de múltiples ramificaciones que ejerce el poder y controla todas sus posiciones. Al final del Imperio Antiguo, la influencia de la familia real no deja de disminuir y en los imperios Medio y Nuevo el papel de los príncipes es insignificante.

Como no estaba rígidamente establecido cuál de los príncipes se convertiría en rey, la formación de todos ellos era la misma: el sucesor al trono se educaba en la escuela del palacio junto con todos los demás príncipes y los hijos de príncipes extranjeros y futuros funcionarios, en los cuales confiaba especialmente debido a su educación común.

Se espera del faraón que repita lo hecho por el dios de la creación y devuelva al mundo a su estado primigenio ideal. En sus títulos se le designa como “Dios”, las representaciones le elevan una y otra vez a la esfera de los dioses y el egipcio espera de él la eficacia de una divinidad.

La popular pero desafortunada denominación de “rey dios”, que ya acuñó Moret, pone de relieve el aspecto divino de una forma excesivamente indiferenciada. El faraón es un hombre, pero su función es divina o, dicho de otra forma: es un hombre en el rol de un dios. Pero también es sacerdote, es servidor de los dioses, les representa ante toda la humanidad. A esto hay que añadir que, En Egipto, cada hombre puede convertirse en “dios” -a los muertos se les considera en general “dioses”, porque tras la muerte todos habitan en la misma esfera del más allá, como los “auténticos” dioses. Se han formulado hipótesis según las cuales la palabra egipcia para “dios” (nejter) inicialmente sólo había designado al rey muerto; pero lo especial del faraón es que, a diferencia de los demás hombres, es ya dios como ser vivo, el “dios sobre la tierra”.

Por consiguiente, es difícil definir el carácter divino del rey egipcio y lo mejor es partir de los textos y representaciones originales de la época faraónica. Estos nos revelan muy distintas formas de relación del rey con el mundo de los dioses: 1. el faraón es un dios; 2. el faraón es hijo de un dios; 3. el faraón es la imagen de un dios; 4. el faraón es “amado” o “inspirado” por los dioses. En los títulos “oficiales” sólo aparecen los dos primeros atributos, los otros se reflejan ante todo en los sobrenombres. El amor y la gracia de los dioses que irradian al faraón caracterizan la particular relación de confianza existente entre ellos; con frecuencia se pone de relieve que un dios o una diosa “aman más” al rey actual que a todos sus predecesores.

El dios puede actuar sobre la tierra a través del faraón de igual manera que a través de sus imágenes de culto y de los animales sagrados. Los textos van acentuando este aspecto hasta llegar a una identificación completa del rey con los dioses, de forma que, en la Instrucción lealista del Imperio Medio, Amenemhat III es denominado sucesivamente Sia, Re, Hapi, Jnum, Bastet y Sejmet; así pues, también se le equipara a deidades femeninas. Sin embargo, no estamos ante una “encarnación” de los dioses en el rey, sino que en el contexto de toda la eulogía del rey se revela que el faraón, en su rol de alimentador de Egipto, es un Hapi (inundación del Nilo) para los hombres, como padre del país es un Jnum (que da forma a los hombres con un torno de alfarero), en su cólera es como la terrible Sejmet y en su benevolencia como Bastet pacificada, lo mismo que en la lucha es el dios de la guerra Montu. Estos nombres de dioses expresan a la manera de palabras clave los roles que el faraón desempeña sobre la tierra.

En el mismo plano están las caracterizaciones y representaciones del rey como animal. Desde el comienzo de la época histórica los animales reales más importantes atestiguados son el león, el toro y el halcón. Más tarde hay que añadir las formas híbridas de la esfinge y el grifo; éste reúne la condición del faraón en cuanto león y halcón. El toro encarna para los egipcios no sólo la fertilidad, sino también y, ante todo, el poderío.

En el Imperio Medio se acumulan los epítetos que describen al faraón como “rey solar” -“el disco solar de los hombres, que expulsa la oscuridad de Egipto”, “Sol de los países extranjeros” o “el que ilumina las Dos Tierras”. Pero el punto culminante de la monarquía “solar” lo constituye el Imperio Nuevo, que en textos como la “Letanía solar” aspira a alcanzar una identidad absoluta del rey muerto con el sol. Esta identidad tiene 3 aspectos: “Yo soy tú, tú eres yo, tu alma es mi alma, tu camino es mi camino por el mundo inferior” dice el faraón a Re. Esta identidad del faraón con el sol que cada mañana, renovado y nacido de nuevo, asciende otra vez del mundo inferior, del reino de los muertos, proporciona la garantía más segura de la continuación de la vida en el más allá.

El culto al rey vivo está relacionado ante todo con estatuas colosales que reciben sus propios nombres de culto y encarnan un aspecto independiente y divino del faraón.

Otro medio de vencer a los poderes enemigos es la caza, pues los animales cazados y muertos son considerados enemigos del faraón.

Igual que la gran figura del faraón domina las representaciones egipcias de lucha y caza, los textos le describen como “más impresionante que millones de soldados” o “una muralla para su ejército” y prácticamente sólo hablan de sus acciones, sin mencionar los nombres de los generales o de otros jefes subordinados.

También forma parte de la ideología real el que el faraón no haga guerras ofensivas o de conquista, sino que siempre responda a provocaciones y “rebeliones” de sus enemigos.

Señor de la guerra y señor constructor, éstos son los dos aspectos más importantes del faraón en su actividad histórica. Entre sus títulos se menciona constantemente la construcción de “monumentos”: edificios, estelas, obeliscos, estatuas, pero también puede tratarse de una nueva residencia real o de obras de arte menor. Erigir tales “monumentos” es un deber especial del rey, al tiempo que forma parte de su rol de dios creador sobre la tierra. Para cumplir este papel, el rey empieza, siempre que sea posible, inmediatamente después de su ascenso al trono, grandes planes de construcción.

Su función de creador obligaba a cada rey a construir algo nuevo, a superar lo hecho por sus predecesores, de la misma forma que “ampliaba las fronteras” en las campañas. La concepción de los templos egipcios se presta a esta misión, pues, a diferencia del templo griego, nunca queda concluido, sino que puede ampliarse repetidamente.

En el derecho, el faraón no aparece como juez ni se le dirigían apelaciones formales, pero sin su aprobación no se podían ejecutar sentencias corporales, ya se tratara de ejecuciones o de la mutilación de nariz y orejas.

La capacidad de la monarquía para renovarse y modificar lo existente constituyó un contrapeso a la burocracia e impidió que el Egipto faraónico se convirtiera en un Estado administrativo puro. También pudo impedirse hasta una época relativamente tardía el surgimiento de un clero influyente, pues el rey nombraba a los sumos sacerdotes y evitó así que el cargo fuera hereditario en este rango. Por otra parte, el gran poder del faraón estaba vinculado al principio universal del maat y no podía desembocar tan fácilmente en el despotismo y la arbitrariedad.

La obligación de mantener el equilibrio social no impidió a la monarquía egipcia separarse claramente del resto de la humanidad, para lo que podía apelar a su aspecto divino. Además de templos para el culto real y de textos funerarios reales, desarrolló la tumba en forma de pirámide, a la que, aparte del rey, sólo tenía derecho la reina. Tras el Imperio Antiguo, una primera ola “democratizadora” puso muchos de estos privilegios a disposición de todos, pero hasta el comienzo del Imperio Nuevo la pirámide siguió siendo exclusivamente el tipo de tumba real. Sólo entonces fue abandonada por la monarquía y, a partir de entonces, la adoptaron los funcionarios como forma constructiva “permitida”. Para el nuevo tipo de tumba real excavada en la roca en el Valle de los Reyes se compusieron textos funerarios especiales, los “libros del mundo inferior” que hasta el final del Imperio Nuevo estuvieron reservados a los reyes. Además, se desarrolló un sistema todavía más complejo de medidas “reales”, que sólo se utilizaban en la tumba del faraón. En cuanto a las formas escultóricas, la más común es la esfinge, cuya utilización fuera de la casa real era impensable, pues representa al faraón en su aspecto divino, como un guardián con forma de león y triunfador.

Con la aparición de nuevas formas e ideas vemos cómo la monarquía toma la iniciativa constantemente, mientras que los funcionarios la siguen con cierto retraso. Así ocurrió en la escultura, las tumbas y los sarcófagos, pero también en la literatura religiosa y en muchos otros aspectos. Incluso el culto a los animales, más tarde tan popular, parece haber tenido sus comienzos en la corte. Por lo tanto, el faraón es constantemente el motor del desarrollo histórico.

Estamos ante una institución que no sólo es una de las más antiguas, sino también una de las más duraderas de la historia humana. Se mantuvo durante más de tres mil años sin que nunca fuera cuestionada seriamente. De forma asombrosa, todos los reyes extranjeros fueron integrados a lo largo de más de mil años y transformados en “verdaderos” faraones. Aunque en épocas de una monarquía débil los egipcios acudieron a otras criaturas intermediarias, adoraron a animales sagrados y a muertos divinizados o se dirigieron directamente a los dioses, esta función religiosa del faraón permaneció hasta la victoria del cristianismo.

El siempre problemático gobierno de los hombres sobre los hombres halló aquí una forma que, pese a su enorme poder, no condujo a la opresión. En el antiguo Estado egipcio se podían desenvolver fuerzas creadoras y productivas a las que debemos las grandes proezas de esta cultura. El faraón desempeñaba un papel claramente definido que despertaba esas fuerzas creadoras: debía obrar sobre la tierra como dios creado y, de esa forma, superar la deficiencia humana con su naturaleza divina.

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