Historia universal del siglo XV al XIX

Descubrimiento de América. Ilustración. Reforma protestante. Movimiento obrero. Napoleón

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Siglo XV: conquistas, monarquía y religión

La difusión de la antigua teoría del geógrafo griego Ptolomeo de que la Tierra era esférica cargó de esperanzas, ideales y proyectos a la sociedad navegante y conquistadora de la inquieta Europa Occidental, influenciada por los maravillosos relatos de Marco Polo. Cada vez eran más las expectativas y las ganas de hallar esos mitos sobre grandes tesoros, riquezas y un camino alternativo para alcanzar la India y China sin tener que rodear África (bajo la carga de tener que pagar impuestos y correr el riesgo de saqueo por parte de piratas). Pero todo esto no fue posible hasta que Colón (ver foto abajo) y Vasco da Gama realizaron sus viajes.

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Hasta el momento, Europa se había extendido por ruta marítima p por el Mediterráneo, llegando a pueblos europeos, asiáticos y africanos. El viejo continente estaba acostumbrado a tener a su alcance productos asiáticos (como tintes, especias, sedas,...) pero se le estaba yendo de las manos la seguridad de sus rutas marítimas. Además, las reservas de oro y plata se reducían para pagar los productos de Asia y Constantinopla, fundamental puente para el tráfico entre los continentes, fue conquistada por los turcos, dificultando cada vez más el comercio.

Aunque Portugal y Castilla no se cruzaron de brazos y desplegaron su fuerte tradición marinera para ir más allá del Atlántico, encontrar nuevas rutas, hallar nuevas tierras, perdido el miedo del anterior pensamiento de que la Tierra era plana y se corría el riesgo de caer por el borde.

Surgió entonces la legendaria figura de Colón, nacido en 1451 en el seno de una familia de desconocido origen. Se cree, normalmente, que fue genovés, pero distintos historiadores piensan que pudo ser mallorquín, catalán, judío, francés, corso, extremeño, castellano, gallego, griego, inglés e, incluso, suizo, de padre tejedor, lanero y tabernero. "De muy pequeña edad entré en la mar navegando, e lo he continuado fasta hoy… Ya pasan de cuarenta años que yo voy en este uso. Todo lo que fasta hoy se navega, todo lo he andado". Dijo Cristóbal en 1501. Colón, aceptando las tesis de Ptolomeo para admitir la esfericidad de la Tierra y teniendo en cuenta sus cálculos sobre el diámetro del planeta (todo incluido en su libro Geografía), calculó que la distancia de Canarias a la isla japonesa de Cipango era lo suficientemente corta como para no tener problemas de abastecimiento de la tripulación ni de otro tipo. Llegó a la conclusión de que la distancia era cuatro veces menor de lo que era en realidad, lo que hizo que el viaje fuese razonable. Tras ser rechazado en Portugal, los españoles aceptaron el proyecto de Colón y el viaje, financiado por Fernando II e Isabel, los Reyes Católicos, dio comienzo (ver siguiente foto, en la que Colón se despide de ellos al zarpar).

El tres de Agosto de 1492, Colón partió al salir el sol en sus tres famosas carabelas (la Pinta, la Niña y la Santa María) para perderse en la hasta entonces desconocida inmensidad del Océano Atlántico, pensando que se toparía con las Indias, desde el puerto de Palos, con un presupuesto de dos millones de maravedises y un equipo de noventa hombres (entre los que se encontraban los hermanos Martín Alonso y Vicente Yánez Pinzón), haciendo escala en Canarias (donde tuvo que ser reparado el timón de la Pinta).

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Por prudencia, y en un acto de inteligencia que tal vez salvó el viaje de una hostil situación de histeria colectiva, Colón llevó dos cuentas de la distancia recorrida: una verdadera o privada, en la que apuntaba la distancia que se había recorrido realmente, y otra pública o falsa, en la que apuntaba menos distancia para que su tripulación no se preocupara. Habiendo dejado el archipiélago canario el 6 de Septiembre, el 16 llegaron al mar de los Sargazos. A partir del 1 de Octubre se da cuenta de que algo falla. El 6, ya han sobrepasado las 800 leguas y no hay indicios de tierra. Durante la noche del 6 al 7 de octubre, se produjo la primera rebelión entre los marineros de la Santa María. Los hermanos Pinzón apoyaron al angustiado Colón y lo sofocaron. Sin embargo, en la noche del 9 al 10 de octubre, el malestar y el desacuerdo se extendió a todos, incluidos los propios Pinzón. Acordaron navegar tres días más y al cabo de ese tiempo, si no encontraban tierra, regresarían. No hizo falta: en la noche del 11 al 12 de octubre el marinero Rodrigo de Triana lanzó el mítico grito esperado: “¡TIERRA!”

La ambición, la avaricia y el deseo invadió Castilla al darse cuenta de que ese nuevo continente (que más tarde sería bautizado “América” gracias al navegante y descubridor italiano Amerigo Vespucci, que trabajaba al servicio de España) estaba plagado de riquezas, centradas principalmente en oro, plata y piedras preciosas. Los pueblos que ya habitaban desde hacía siglos el continente eran generosos, bastaba con pedirles oro para que te dieran oro, así que lo que más impactó a la tripulación de Colón fue que tuvieran un sistema social y unas formas de organización tan distintas. Los pueblos principales eran los aztecas y los incas, que constituían imperios que dominaban a otras poblaciones menores. Colón, consciente de que aquel lugar debía ser conquistado por Castilla antes que nadie, no tardó en volver al Nuevo Mundo, aunque insistía en que no había descubierto nada. Él sólo creía que había llegado a otra parte de las Indias a través del Atlántico. Las teorías de Ptolomeo comenzaban a tomarse más en serio.

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Pero la opinión de Colón no importaba si Castilla opinaba lo contrario. Para evitar el descontrol y el desenfreno en los conquistadores, España y Portugal firmaron el tratado de Tordesillas, acuerdo firmado el 7 de junio de 1494 en la localidad española de Tordesillas (Valladolid), por el cual los reyes de dichos países se comprometían a cumplir una serie de cláusulas, encaminadas a repartirse el Océano y a delimitar las fronteras africanas.

Siglo XVI: realeza y Estado

Nace en este siglo un “movimiento monárquico” llamado Estado Moderno, consistente en aumentar el poder real, fortalecer al Estado poniéndolo bajo la influencia de la nobleza y la Iglesia. Así cada país fue evolucionando de forma distinta. Este sistema se aplicó, fundamental y descaradamente, a las monarquías de Castilla, Inglaterra y Francia. Este fortalecimiento dio lugar al triunfo militar y las alianzas matrimoniales.

En Castilla estalló una guerra civil con la muerte de Enrique IV de Trastámara entre los partidarios de su hija Juana, apodada la Beltraneja, y su hermana Isabel. Juana tenía el apoyo del rey de Portugal, que se casó con ella para favorecer la unión de ambos reinos. Isabel contaba con el rey de Aragón, el que fue su suegro a partir de 1469, al casarse con su hijo y heredero Fernando. Con el triunfo de los isabelinos, el reino castellano y el aragonés se vieron unidos bajo una misma corona. Esta unión facilitó la conquista del reino de Granada (1492) y del de Navarra (1512). La expansión atlántica y los triunfos militares de Fernando el Católico en Italia dieron lugar al prestigio y el fortalecimiento de su corona y reino. Juana, que más tarde sería apodada la Loca, hija de Isabel y Fernando, acabó reinando Castilla y Aragón, que, aunque gobernados por la misma persona, seguían manteniendo leyes e instituciones propias. Se sentaban las bases de la unidad territorial nacional.

La Guerra de los Cien Años (1339-1453) contra Inglaterra fortaleció la dinastía de los Valois, en Francia, que también sufrió una unificación territorial. Esta monarquía tenía un ejército a su servicio y prohibieron la creación de nuevos ejércitos nobiliarios. Además, ya fuera por conquista o por matrimonios, consiguió incorporar a su patrimonio los territorios de las principales casas nobiliarias. Aunque hubo algún que otro conflicto con España al querer apropiarse de las tierras del ducado de Borgoña, y de los territorios italianos, a los que se impusieron los españoles a lo largo de este siglo.

Mientras, Inglaterra se recuperaba de la derrota ante Francia y la lucha entre los principales linajes por el poder se resolvió en una nueva guerra, llamada de las Dos Rosas (1455-1485), a favor de Enrique VII (cuyo hijo se convertiría en el monarca más controvertido y sanguinario de todos los tiempos), fundador de la dinastía Tudor. En 1495 hizo que Irlanda aceptara la autoridad del parlamento inglés, y además reformó la administración de justicia. Para abrir caminos y extender poco a poco el dominio de su dinastía, casó a una de sus hijas con el rey escocés.

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En el plano internacional, la superioridad de la monarquía española en el siglo XVI se pondría en duda y se debilitaría en el siglo XVII. Francia comenzó a dominar el territorio continental e Inglaterra se hizo cargo de los mares.

Pero gran parte de las reformas concernían a la Iglesia, en especial a su división. La figura del Papa tenía cada vez menos importancia. Esta división comenzó a raíz de las protestas de Martín Lutero (ver imagen a la derecha). Lutero insistió en que Dios es el único que puede perdonar realmente, y el 31 de octubre de 1517 se convirtió en una figura pública y controvertida al exponer en la puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg sus 95 tesis o proposiciones escritas en latín contra la venta de indulgencias (remisión de los castigos temporales de los pecados mediante un pago de dinero) para la gran obra de los papas Julio II y León X: la construcción de la basílica de San Pedro en Roma. Se cree que Lutero clavó estas tesis en el pórtico de la Iglesia de Todos los Santos de Wittenberg, pero algunos eruditos han cuestionado la historia. Al margen de cómo se hicieron públicas sus proposiciones, causaron un gran revuelo y fueron traducidas de inmediato al alemán, logrando una amplísima difusión. Incluso los príncipes de Alemania se pusieron de su parte. La reforma luterana provocó conflictos bélicos durante dos siglos en Europa.

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La reforma de Calvino (ver imagen a la izquierda) se extendió por Francia y Escocia. Juan Calvino fue un teólogo francés, reformador de la Iglesia, humanista y pastor, a quien las sectas protestantes de la tradición reformada consideran el principal exponente de sus creencias, y cada uno de sus argumentos ha sido utilizado alguna vez por sus partidarios como doctrina central del calvinismo.

Y en Inglaterra, la monarquía desencadenó su propia reforma, bautizada como anglicanismo.

Todas estas “reformas a la carta” tan separatistas llevó a la Iglesia a un proceso de reforma y clarificación dogmática en su décimo-noveno concilio, el mítico Concilio de Trento, también conocido como Contrarreforma, que fue promovido por la monarquía española y nuevas órdenes religiosas.

La sociedad del siglo XVI continúa basándose en los privilegios, y el clero y la nobleza continúan teniendo prioridades, es decir, sigue el sistema estamental. El resto de ciudadanos tenían obligaciones hacia estos grupos, tanto económicas como personales y jurídicas. Y, aunque la población aumentaba, en el siglo XVII no hubo tal crecimiento por culpa de las epidemias, las carestías y los efectos de la guerra. La principal fuente de riqueza era la tierra, que, al no tener innovaciones técnicas pero sí un rendimiento muy bajo, ocupaba a la mayoría de la población. Aunque sí comenzaba a ser productiva la industria textil y, aunque desapercibidamente, la metalurgia, la edición, los productos de lujo y los materiales de construcción. El crecimiento de la burguesía favoreció la demanda de estos productos.

Y del matrimonio entre Juana la Loca y Felipe el Hermoso nació otro rey polémico y legendario, Carlos (1500-1558), que mantuvo al reino español y al alemán bajo sus órdenes. Debido a esto, se le llama Carlos I de España y Carlos V del Sacro Imperio Romano. A pesar de todo, España seguía sin ser considerada un reino, sino un grupo de reinos gobernados por una misma persona. La política matrimonial de sus abuelos, la muerte de su padre, la desaparición prematura de presuntos herederos y la incapacidad de su madre concentraron en su persona las dispares herencias de las cuatro dinastías. De su abuelo Maximiliano heredó los territorios centroeuropeos de Austria y los derechos al Imperio, de su abuela María de Borgoña los Países Bajos, de Fernando el Católico los reinos de la Corona de Aragón, además de Sicilia y Nápoles, y de su abuela Isabel I la Corona de Castilla, Canarias y todo el Nuevo Mundo descubierto y por descubrir. En 1520 consiguió la corona imperial, a la que también aspiraba Francisco I de Francia. En estas fechas se produjo también la sucesión del siempre amenazante Imperio turco por Solimán el Magnífico, tan temido en el Mediterráneo. Podemos ver a Carlos I en la ilustración centrada. Los peores problemas a los que tuvo que enfrentarse Carlos I fueron los príncipes alemanes, el Imperio turco y Francia. Y en política interior de la Península, mantuvo el sistema marcado por sus abuelos (los Reyes Católicos): mantener en cada reino sus instituciones y leyes. Acudió al reino de Castilla, al ser éste el más próspero y poblado, para pedir dinero para su coronación, y, a pesar de que la respuesta fue no en las Cortes de Santiago, volvió a intentarlo en La Coruña, donde, por razones poco claras, lo logró. Este acto provocó una eminente rebelión que trató de imponer al rey un modelo político que evitase futuros comportamientos autoritarios y reforzase el poder de las Cortes. Este movimiento, la rebelión comunera, dio lugar a una guerra en la que las tropas reales vencieron (batalla de Villalar, 23 de abril de 1521), dejando así vía libre a un sistema absolutista en Castilla. Reforzó la organización del Estado, fundó Hacienda (consejos de gobierno para asuntos generales) y los virreyes actuaban como representantes del poder real en esos territorios. Su hijo Felipe II continuaría esta política.

Felipe II (1527-1598, ver ilustración abajo) sería el heredero de Carlos I y de parte de sus problemas, y reinó de 1556 hasta el día de su muerte, gobernando el vastísimo imperio integrado por Castilla, Aragón, Valencia, Cataluña y Navarra; el Rosellón, el Franco-Condado, los Países Bajos, Sicilia, Cerdeña, Milán, Nápoles, diversas plazas norteafricanas (Orán, Túnez), Portugal y su imperio afroasiático, toda la América descubierta y Filipinas. Sin duda, la unidad territorial más amplia de la época moderna puesta bajo un mismo cetro. Pero su reinado se vio afectado por algunos fracasos: aunque consiguió, unido con otros estados europeos, frenar el avance turco tras la batalla de Lepanto (1571), las flotas españolas no pudieron invadir Inglaterra. La Armada Invisible fracasó en aquella ocasión y la supremacía de la flota naval española perdió su dignidad y prestigio. Comenzó a perder territorios continentales y a frenar sus dominios marinos. En 1580 subió al trono de Portugal sucediendo a su abuelo, el rey Manuel I, y se le reconoció como rey en las Cortes de Tomar (1581). Los problemas del gobierno imperial no paraban de amontonarse y Felipe II, al pretender controlarlo todo, sólo hacía que se resolvieran de forma más lenta. Iban en aumento, además, los problemas internos: las diferencias con su hijo Don Carlos (de cuya muerte llegó a ser acusado), el enfrentamiento con su secretario Antonio Pérez (que le sumó problemas con Aragón) y la rebelión de los moriscos. Pero, sobre todo, las dificultades económicas y financieras, ocasionadas por focos de conflictos varios, que le llevarían a la declaración de la bancarrota. A su sucesor, Felipe III (que reinó desde 1598 a 1621), le esperaba una difícil tarea.

Siglo XVII: reinado y problemas

Felipe III (ver ilustración a la derecha), un rey tímido y débil por naturaleza y criado por tutores eclesiásticos y aristócratas que le dejaron un carácter excesivamente religioso para un monarca absoluto, subió al trono en 1598 y reinó durante 23 años, habiendo sido el único superviviente para suceder a su padre. Quedó claro que no heredó sus capacidades, así que creó la figura del valido, es decir, un buen amigo del rey, que le sustituyese en las tareas de gobierno. Aunque los validos, al contrario de los secretarios, debían proceder de la alta nobleza. Su firma llegaba a ser tan importante como la del rey. Durante el reinado de Felipe III se mantuvo la paz con Francia y se firmó otro acuerdo pacifista con los Países Bajos del Norte y con Inglaterra. En abril de 1599 contrajo matrimonio con su prima Margarita de Austria, de la que tuvo ocho hijos.

Casado con Isabel de Borbón (1615), Felipe IV tuvo, además de otros hijos malogrados, al príncipe heredero, Baltasar Carlos (1629) y a la infanta María Teresa (1638), futura esposa del mítico rey de Francia Luis XIV, cuya unión daría lugar, en 1700, al acceso de los Borbones al trono de España. Su valido el conde-duque de Olivares, que le “formó” para ejercer la tarea de reinar y le ponía bajo constante influencia, le convenció para llevar a cabo la completa unión de los reinos de España para que se comenzase a hablar de un solo país, es decir, un planteamiento puramente absolutista. Esta propuesta centralista y uniformadora provocó el levantamiento de Cataluña (1640-1652), que tuvo que someterse, y de Portugal, que logró la independencia de la dinastía de los Habsburgo y de España en 1640. Durante el reinado de Felipe IV el proceso de decadencia española como potencia internacional se aceleró. El propio soberano, que delegó sus funciones de gobierno en sendos validos, el conde-duque de Olivares y Luis Menéndez de Haro sucesivamente, fomentó la actividad cultural de la corte y en 1623 nombró pintor de cámara a Diego de Silva Velázquez, que retrató a Felipe III, Felipe IV y al conde-duque de Olivares. Pero el poder español en Europa decrecía y la derrota ante Francia demostraba que España podía ser vencida también en tierra. Tras la muerte de la reina (1644) y la del príncipe heredero (1646), Felipe IV se casó con su sobrina Mariana de Austria en 1648, de cuyo matrimonio sólo dos hijos alcanzaron la edad adulta, la infanta Margarita (1651) futura emperatriz, y el que sería heredero del trono, Carlos II (1661), que sería el último Habsburgo.

Carlos II fue toda su vida un ser débil y enfermizo, poco dotado física y mentalmente, lo que no le impidió tener capacidad moral y sentido de la realeza. Su inteligencia estuvo probablemente dentro de los límites de la normalidad, aunque su formación y su cultura fueron escasas. Casado en dos ocasiones, con María Luisa de Orleans (1679) y Mariana de Neoburgo (1689), no logró tener hijos. Su carácter débil, que no excluía esporádicos accesos de cólera y una cierta terquedad, le hizo depender, en exceso, de las opiniones o caprichos de su madre y esposas. Carlos II heredó el trono cuando aún no había cumplido los cuatro años, por lo que, de acuerdo con el testamento de Felipe IV, su madre, Mariana de Austria, ejerció la regencia, asesorada por una Junta de Gobierno. Tras algunos conflictos ocasionados por el expansionismo de Luis XIV y los candidatos a Primer Ministro, la Monarquía quedó casi intacta tras su paso por la corona, que terminó en el año 1700. Sus continuas enfermedades y la falta de sucesión alimentaron durante su reinado las negociaciones entre los príncipes europeos para el reparto de los territorios de la Monarquía Española. Pero la obsesión por mantener unida la herencia de sus mayores fue seguramente uno de los motivos que determinaron el último testamento de Carlos II, en el que, a pesar de las pretensiones de los Habsburgo, declaró heredero al duque de Anjou, futuro Felipe V.

También tiene lugar en el siglo XVII, concretamente en 1689, el fin del régimen absolutista en Inglaterra.

Siglo XVIII: Ilustración y revolución

El siglo XVIII en sí podría ser clasificado como una gran época de transición que dio pie a una transformación política, social y económica que serían fundamentales desde entonces.

El importante movimiento de la Ilustración, surgido en Francia, fue la base de esta transición. Tanto es así, que su influencia se extendió por toda Europa y parte de América. A la izquierda de estas líneas vemos una imagen de Denis Diderot, considerado, junto a su socio Jean le Rond d'Alambert, el padre y máximo impulsor de la Enciclopedia, un gran libro de 28 tomos (11 de grabados) en la que escribieron los más importantes filósofos e intelectuales de la época, con el fin de alzar la cultura y el saber como un pilar fundamental para lograr la felicidad y hacer del conocimiento un arma esencial para lograr ser mejores.

Jean-Jacques Rousseau, véase imagen a la izquierda, (1712-1778), filósofo, teórico político y social, músico y botánico francés, fue uno de los escritores más elocuentes de la Ilustración. Defendió que un hombre, cuando nace, lo hace con una serie de derechos naturales a los que no puede renunciar y nunca debe estar clasificado por su condición social, tal y como se creía por entonces. Para su defensa está la ley, que debe ser la expresión de la voluntad general. Llegó a ser amigo íntimo de Diderot. Su célebre acierto: “Todo es perfecto al salir de las manos del Creador y todo degenera en manos de los hombres”, y la retórica persuasiva de estos escritos provocaron comentarios burlones por parte del filósofo francés Voltaire, quien atacó las opiniones de Rousseau y por ello los dos filósofos fueron enemigos enconados.

Entre los que más contribuyeron con sus obras por un nuevo modelo y concepto de Estado está Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, al que podemos ver a la izquierda de estas palabras. Se atrevió a cuestionar la entera concentración de poderes en un monarca absoluto y propuso separar el poder legislativo, del que se encargaría un Parlamento, el judicial, que quedaría en manos de jueces y tribunales, y el ejecutivo, que debería estar a las órdenes de un Gobierno. No obstante, pensaba que el pueblo no debía ser partícipe de estas tareas.

Entre otros ilustrados de Europa caben destacar el español B. Jerónimo Feijoo y Cesare de Beccaria. La mayoría de ellos eran grandes estudiosos de la Historia y la naturaleza, y la mejor vía que tenían para dar a conocer sus teorías, ideas y conocimientos eran las reuniones organizadas por mujeres de la burguesía y la nobleza en sus salones y la prensa. El pensamiento ilustrado puso en duda, ante todo, el sistema político y social del absolutismo, lo que se materializó en unos cambios de actitud en las formas de gobierno europeas, es decir, el despotismo ilustrado. Esta “novedad” consistía en impulsar más la economía y reforzar el poder del Estado, pero sin cambiar realmente la organización social y política, ofreciendo un modo de gobierno mejor a los ojos de los ciudadanos.

En España se produjo el cambio de la dinastía de los Austria a la de los Borbones, que trajo la política centralista que se llevaba a cabo en Francia. Le dieron más importancia a los asuntos internos del país, ejerciendo una política derivada de las ideas ilustradas, que alcanzaron su cumbre con el reinado de Carlos III (ver retrato a la derecha), que se apoyaba en ministros como Campomanes, Esquilache o el conde de Aranda. Este equipo de gobierno llevó a cabo una serie de reformas que provocaron un amplio descontento social, por el que la aristocracia se vio afectada. De todas maneras, a partir de 1788 la política de reformas sufrió una marcha atrás durante el reinado de Carlos IV, tras el estallido de la Revolución Francesa.

Inglaterra sufrió una serie de cambios cruciales, además, en su economía y demografía, conocida como Revolución Industrial: El carbón mineral, que ya podía ser empleado como un efectivo combustible, empezaba a hacer de la industria siderúrgica un pilar cada vez más fundamental, ya que la máquina de vapor (ver fotografía a la derecha) comenzaba a sustituir la fuerza humana en numerosos más procesos. Al permitirse la producción ilimitada de bienes, se pudo suprimir el barbecho en los cultivos, se permitió la introducción de maquinaria para acelerar la producción y recogida de lo sembrado; las innovaciones técnicas en la industria textil, que se apoyaron básicamente en el algodón, aceleraron la producción al hacer más rápidos los procesos de hilado y tejido. Las grandes dimensiones y coste de la maquinaria hizo que se pasase de talleres familiares a grandes fábricas, convirtiendo al artesanado, impotente, en asalariado.

En esta época también se dio la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica, naciendo un único e importante país que iría expandiéndose con el tiempo: Estados Unidos. El 4 de Julio de 1776 se reunían en Filadelfia los delegados de las trece colonias para hacer la Declaración de Independencia, que fue redactada por Thomas Jefferson. En la sociedad colonial quedó claro bastante pronto que no todo el mundo estaba del todo de acuerdo con dicha declaración, por lo que la Guerra de la Independencia entre las colonias e Inglaterra fue también una guerra civil. A partir de 1778, Francia y España, a los que se les sumaron otras potencias europeas, apoyaron a los independistas. La guerra duró hasta 1783, y el 3 de septiembre Inglaterra firmó la paz, reconociendo la independencia en el Tratado de Versalles, aunque el independizarse no rompió las relaciones comerciales entre ambos países.

El descontento producido por las múltiples actitudes antiabsolutistas en Europa y una crisis económica desencadenó en Francia una serie de procesos cruciales conocidos como Revolución Francesa, que afectarían a todo el continente: En junio de 1791 se puso en duda, por primera vez, la monarquía, ya que la familia real fue sorprendida mientras trataba de abandonar Francia. Una parte de la población opinaba que merecía ser destituida; la guardia nacional se encargó de fusilar a quienes pensaran así. Esto hizo que se manifestaran dos sectores: radicales y moderados. En septiembre de 1791 se aprobó la monarquía constitucional, llevando a la práctica la idea del barón de Montesquieu de repartir los poderes, aunque estas medidas no hacen que la crisis económica y la falta de alimentos pare. Es más, el descontento crece entre la población. En abril de 1792, por culpa del rey Luis XVI y de un sector de la Asamblea, Francia le declara la guerra a Austria al creer que tiene la victoria asegurada tras los cambios, pero el ejército francés no está precisamente organizado. El 10 de agosto, el pueblo de París asaltó las Tullerías. La Asamblea se vio obligada a secuestrar al rey y destituirle. En plena época de miedo y tensión, la Asamblea proclamó la república en septiembre. Esta nueva Asamblea dio lugar a todo tipo de opiniones y corrientes: el grupo más conservador, los girondinos, pensaban que Luis XVI merecía vivir, y los jacobinos, liderados por Maximilien de Robespierre (ver su retrato a la derecha), creían que debía morir. Y así ocurrió: el rey fue ejecutado el 21 de enero de 1793, lo que supuso la declaración de la guerra. La Asamblea era incapaz de hacer nada y la subida de precios y la escasez de alimentos ya resultaban alarmantes. Con la muerte del rey, se declaró la guerra a otras potencias europeas, y se tuvieron que tomar medidas como la leva en masa, que sólo consiguió empeorar las cosas provocando levantamientos en el interior. Se creó un comité de salvación pública y un tribunal revolucionario para prevenir la traición interna. El 2 de junio de 1793, los sans-culottes, miembros activos de la organización popular que contaba con elementos como Robespierre, Marat y Danton, asaltaron la Asamblea y los jacobinos desplazaron a los girondinos. En octubre de 1793 comenzó el conocido período del Terror, en el que los jacobinos mataron en la guillotina a miles de hombres y mujeres que consideraban un estorbo para la revolución mientras fijaban precios y salarios máximos y se vigilaban estrictamente el cumplimiento de sus órdenes en París. La república jacobina eliminó todo movimiento antirrevolucionario interno, frenó el avance de tropas extranjeras y creó el ejército más poderoso de Europa. Pero sus métodos comenzaron a ser excesivamente estrictos con, incluso, quienes habían apoyado la revolución en un principio. Robespierre, líder de la política jacobina, trató de eliminar toda oposición de otros sectores, lo que disminuyó sus apoyos. El republicanismo moderado se reorganizó y el 27 de julio de 1794 al líder jacobino se le prohibió dirigirse a la Convención Nacional y quedó bajo arresto. Numerosos seguidores se rebelaron en su apoyo, pero fueron reprimidos. Robespierre murió guillotinado el 28 de julio junto con sus más próximos colaboradores, Louis Saint-Just y Georges Couthon, y diecinueve de sus seguidores. Al día siguiente fueron ejecutados otros ochenta partidarios suyos. La persecución de jacobinos continuó, dando lugar a una nueva etapa llamada “Terror Blanco”, protagonizado, principalmente, por jóvenes realistas como reacción ante la pasividad del poder. También se reprimieron duramente las peticiones por parte de los sans-culottes para volver a la Constitución. Esta nueva constitución retomó los principios burgueses y discriminatorios de la de 1791 y abolía los principios igualitarios de la de 1793. Mientras los realistas ganaban fuerza y una minoría especuladora se enriquecía, los problemas económicos de la inflación y del abastecimiento desestabilizaban el régimen y alertaban al Francia de que la revolución no había terminado. Tanto la izquierda, con Babeuf y su conjura de los iguales pidiendo la comunidad de bienes y la abolición de la propiedad privada, como la derecha, con la restauración de la monarquía constitucional, amenazaban con terminar con tan desorganizado liderazgo. Es entonces cuando entra en juego una de las figuras más controvertidas e importantes de la Historia: Napoleón Bonaparte (1769-1821), un joven militar republicano que ya era teniente-coronel de la Guardia Nacional corsa, dio un golpe de Estado, autoproclamándose uno de los tres cónsules que diría el 15 de diciembre de 1799: “Ciudadanos, la Revolución ha terminado”. Aunque para el resto de Europa la revolución no había hecho más que empezar.

Siglo XIX: Napoleón, absolutismo y guerras

La Constitución de diciembre de 1799 nombró a Napoleón primer cónsul, dejándole a cargo de importantes prerrogativas legislativas, políticas y militares. Finalizó los conflictos religiosos al firmar un acuerdo con el Papa en 1801. Y en 1802 ya era cónsul vitalicio, lo que hacía aumentar su popularidad tanto por el mérito de restablecer la paz interior como por sus victorias en el exterior. La sociedad francesa se calmaba y Napoleón realizó reformas que fomentaban la educación, la justicia y la economía, haciendo que la crisis se calmase. La moneda de plata fue cambiada por el franco en 1803, estabilizando los precios y acabando con la inflación. En marzo de 1804 se publicaba el nuevo Código Civil, que consagraba la igualdad ante la ley y el impuesto y la libertad religiosa. Sus cargos aumentaban con su prestigio, y en 1804 ya era emperador, haciendo un gobierno cada vez más personal. Comenzó a pasar por alto las instituciones republicanas y a comedir la libertad de expresión. En 1808, el ejército español se alzó contra el francés, pero antes de 1812 los representantes en Cortes se sometieron al régimen liberalista de Napoleón. Mientras, en Francia, se censuraba inmediatamente todo aquello que pudiese dañar la imagen del poder imperial o del Estado. Y lo que en principio era una campaña militar en defensa del cambio y una extensión de la libertad por Europa, se convirtió pronto en una descarada expansión de Francia. Tanto era así que Napoleón ponía al mandato a familiares y amigos por el continente europeo. Pero, al fin y al cabo, la voluntad de toda Europa valía más que la de Francia; hasta aquellos que apoyaban el proceso revolucionario francés y compartían las ideas dominantes en Francia no aceptaban que les impusieran de ese modo un sistema político desde fuera. El nacionalismo que había exportado Francia se volvió contra ella misma, y cada pueblo (entre los que España se manifestó alzadamente) quiso tomar las riendas de su destino y sus dominios. A Napoleón se le obligó a renunciar a tantos altos cargos cuando fue derrotado en Rusia en 1814. Un año después intentaría recuperar sus cargos, pero fue definitivamente derrotado en la batalla de Waterloo. Francia restauró una monarquía limitada a la que no se le toleraría el más mínimo intento de absolutismo a base de levantamientos.

En España se restauraba por la fuerza el absolutismo con Fernando VII, en 1814. Las colonias españolas en América comenzaban, gracias a los sectores criollos, a rebelarse y a poner en manifiesto sus intenciones independistas. Aunque toda Europa en general comenzaba a restaurarse en monarquías absolutas tras la caída del Imperio napoleónico. En el congreso de Viena se modificarían de nuevo las fronteras de los países europeos.

En 1815 se creó la Santa Alianza, pacto concluido por soberanos europeos (más concretamente por los monarcas de Austria, Rusia y Prusia que acordaron defender los principios de la fe cristiana) para establecer el absolutismo defendiendo los principios de la fe cristiana, y fue firmado en París, el 26 de septiembre. Sin embargo, Europa viviría tres grandes conflictos durante la primera mitad del siglo XIX:

El primero surgió en España, al restablecerse un gobierno liberal cuando Riego proclamó la Constitución de Cádiz, en 1820. En Italia se siguió el ejemplo español y en Nápoles y Sicilia (en 1820) y en Piamonte (1821), tanto por parte de los liberales como por los revolucionarios, aunque este triunfo duró poco. En nombre de la Santa Alianza, Austria intervino y restauró el absolutismo en España en 1823. Portugal también siguió este proceso.

El segundo movimiento revolucionario fue desatado en París en el año '30 por estudiantes, obreros e intelectuales. Esta sólo fue la raíz que hizo que también se levantasen sublevaciones nacionales y de carácter social en Bélgica, Polonia, los Estados alemanes, los de la península Itálica y el Imperio austriaco. Además se originaron, también en el año 1830, en los dominios turcos de los Balcanes y Grecia, movimientos de resistencia y levantamientos contra el Imperio. Esto les permitió tener más autonomía y ese mismo año se reconocieron la autonomía serbia y la independencia griega.

También las revoluciones de 1848 se extendieron desde Francia a todo el continente europeo. París, Berlín y Viena se convirtieron en capitales del movimiento obrero y sus derechos. Mientras, en otras partes de Europa, los movimientos se originaban por parte de pequeños pueblos que pretendían aspirar a convertirse en estados independientes: en el Imperio austriaco se originaban continuos conflictos entre alemanes, rumanos, magiares y eslavos. Las revoluciones triunfaban por poco tiempo y luego decaían rápidamente. En todos los países donde estalló la revolución se impuso el gobierno conservador y se alzaba la burguesía como gran clase social dominadora.

Tras derrotar a Austria y obligar a los mandamases de cada pequeño estado a obedecer la voluntad popular, Italia se establecía como un solo país en 1870. En Alemania, sus dos grandes potencias (Prusia y el Imperio austriaco) se negaban a unirse si no estaban la una por encima de la otra. Así que en 1871 se produjo la unión, sin el Imperio austriaco, y el II Reich fue proclamado alemán bajo la superioridad de Prusia.

En España, la muerte de Frenando VII en 1833 hizo que se impusiera una monarquía parlamentaria liberal. La reina Isabel II no era reconocida como tal por el sector absolutista, que pretendía que el trono acabase en manos del hermano de Fernando, Carlos V. A raíz de esto se originaron tres grandes guerras civiles conocidas como Guerras Carlistas:

La primera es también conocida como la Guerra de los Siete Años (1833-1849), la cual se combatió entre los denominados isabelinos o cristinos, defensores de la legitimidad al trono de la regente María Cristina, madre de Isabel II, y los partidarios del infante don Carlos, aferrados a la validez de la Ley Sálica e identificados bajo la etiqueta carlista. Se vieron las caras la neutralidad y pasividad del Vaticano y el apoyo tan sólo moral de la Santa Alianza a las posiciones de don Carlos, frente a la decidida ayuda de los liberales europeos a la causa isabelina.

Entre 1846 y 1849 se desató la segunda guerra, llamada también de dels Matiners, en honor a los madrugadores protagonistas. Las expectativas frustradas de unión dinástica matrimonial entre Isabel II y el conde de Montemolín, Carlos VI en la genealogía carlista, abrió de nuevo el camino a la irracionalidad de la fuerza. Desde el otoño de 1846 se detectaron partidas autónomas levantadas en armas por diversos puntos de Cataluña (Rocacorva, Manlleu), escenario exclusivo de este nuevo despliegue bélico y presumible origen del nombre de “madrugadores” (matiners).

En la Tercera Guerra Carlista, las tropas del candidato Carlos VII se enfrentaron con las de los seguidores de Amadeo de Saboya, de la I República y de Alfonso XII, clara muestra de los cambios de pensamiento y de la inestabilidad política de España en estos años y sus dificultades para consolidar su forma de gobierno y estructuración territorial del Estado.

Siglo XIX: industria y disputas sociales

Tras el “desastre napoleónico”, Inglaterra vio reforzada su flota naval, convirtiéndose en la dueña de los mares y consiguiendo el monopolio en lo que a comercio marítimo internacional se refiere. Inglaterra, que fue la promotora en iniciadora de la revolución industrial, también lo fue al promover la navegación de vapor y el innovador y útil ferrocarril, inventado por George Stephenson y llevado a la práctica por su hijo Robert. Tan aceptada fue la idea que cinco años más tarde de su presentación, 1830, se inauguraba la línea férrea entre Manchester y Liverpool. A la derecha podemos ver una fotografía de una locomotora de vapor. Los promotores de las primeras empresas ferroviarias pensaban que transportar pasajeros ocuparía un pequeño lugar en las ganancias, residiendo los mayores ingresos en el transporte de mercancías (en especial carbón). Pero pronto se comprobó que el tráfico de personas suponía una gran fuente de ingresos, lo que hizo que en 1847 ya se hubiesen construido más de 8000 kilómetros de vía y casi 10000 en 1850. Esta expansión estimuló el avance de otros sectores, como la minería de hierro, carbón y otros minerales y las industrias mecánicas y siderometalúrgicas. Quedaba claro que la industria avanzaba mucho más rápido en Gran Bretaña que en el resto de Europa.

Pero no por eso el resto del continente no tenía industria; a partir de 1830 se comenzaron a crear industrias en regiones de Francia, Bélgica y la Confederación Germánica que en breve se convertirían en zonas de gran desarrollo industrial. Desde la segunda mitad del siglo XIX, la industrialización se generalizaría a toda Europa noroeste, cada vez resultarían más comunes los intercambios comerciales y el desarrollo en los transportes. y la agricultura sufriría reformas modernizadoras (lo que hizo aumentar la producción). Esto produjo un crecimiento demográfico (hay que tener en cuenta que la mayoría de los países europeos duplicó su número de habitantes) debido, principalmente, a notables mejoras en la sanidad, alimentación e higiene humanas. Este crecimiento sería aún más brutal en el siglo XX.

El desarrollo de actividades industriales creó nuevos puestos de trabajo para una población en constante crecimiento, aunque no todo podían ser cosas positivas: la industrialización hizo que se sobreacumularan trabajadores en las ciudades industriales, convirtiéndolas en cúmulos de desorganización debido al rápido crecimiento desordenado, caótico. Las distintas clases sociales se establecían en diferentes zonas. Por ejemplo, la discriminación hacía que la burguesía quisiese vivir lo más alejada posible de los obreros. Éstos no tenían, precisamente, unas condiciones de trabajo dignas: Las mujeres cobraban menos que los hombres, y los niños, menos que las mujeres, por el mismo trabajo. El proletariado era continuamente expuesto a los más crueles abusos, y se les sometía a inhumanas condiciones de trabajo, inseguro, antihigiénico y peligroso. Así que, como protesta, a partir de 1824 comenzaron a crearse movimientos de protesta, asociaciones y sindicatos a favor de los trabajadores (lo que se conoció como movimientos cartistas). Estas uniones alzaban el sufragio universal masculino en votación secreta, la eliminación del requisito de tener una situación económica acomodada para poder ser votado, la elección anual de la Cámara de los Comunes y que los diputados cobrasen. La clase obrera se reconocía como clase. Sin embargo, estos movimientos perdían fuerza a medida que la ganaban las Trade Unions (grandes sindicatos, mejor organizados, representando a cada sector industrial).

Sin embargo, España vivió un claro atraso en su proceso industrializador, mayoritariamente originado por causas de las que no tenía culpa o resultaban inevitables: Para empezar, había perdido el comercio que tenía con sus colonias americanas a partir de la independencia de éstas. Apenas habían explotaciones carboníferas de buena calidad, y la mayoría se encontraban en Asturias, donde se tenía un difícil acceso al ser una zona especialmente montañosa. Además, escaseaba el capital para invertir en industria y ferrocarril. Encima, en las Guerras Carlistas y de Independencia se perdieron muchas vidas humanas. Por si fuera poco, el territorio español había servido de escenario para la contienda entre Francia e Inglaterra, y en las guerras napoleónicas se habían encargado de destruir deliberadamente infraestructuras clave, como puentes y carreteras, para dificultar el desarrollo en España.

Como reacción a la “ley natural del mercado” y a los abusos de la política capitalista, el proletariado creó el sistema comunista. Dicha “ley natural” se basaba en que todo el mundo podía llevar a cabo cualquier actividad económica si ésta le salía rentable. Y, bajo la excusa de la rentabilidad, los propietarios hacían trabajar más y pagaban menos. Si, además, la competencia era grande, la clase obrera pagaba las consecuencias: se les disminuía el salario o eran despedidos sin más. Entonces Karl Marx (a la izquierda) y Friedrich Engels (a la derecha) crearon el pensamiento marxista, que se basaba en que toda la Historia ha sido una historia de luchas de clases, de dominados y dominadores, explotados y explotadores. Ambos redactaron el Manifiesto Comunista en 1848, realmente repugnados del comportamiento de la burguesía (que se creía muy superior y pensaban que debían gobernar aquellos que tuviesen algo que perder, es decir, ellos mismos). La lucha de clases había comenzado, y amenazaba una dictadura de la clase obrera en la que no habrían clases y se compartiría todo el poder en partes iguales. Marx y Engels consideraban que la negociación era el peor enemigo de esta revolución porque era un rasgo capitalista descarado que, de aceptarlo, no tendría sentido luchar por el comunismo bajo reglas capitalistas. Además, los negociadores sólo modificarían un poquito el capitalismo, así que en 1889 se creó la Segunda Internacional, donde se recrearía un gran debate entre “revisionistas” y ortodoxos. Los primeros mantenían que el conflicto de clases no tenía por qué acabar en conflicto, que el capitalismo podría ir transformándose gradualmente a favor de la clase trabajadora, y que los partidos políticos revisionistas podrían adaptarse a las ideas democráticas de los ortodoxos sin que todo terminase en una dictadura del proletariado. Éstos últimos exigieron su derecho a acudir a los Parlamentos y exponer sus ideas sin ninguna clase de discriminación, y el acuerdo así quedó, pero bajo la condición de que los obreros no podían ser colaboracionistas de los Estados burgueses.

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