Historia de los Griegos; Indro Montanelli

Literatura Universal Contemporánea. Siglo XX. Narrativa. Novela de la Edad Antigua Universal. Civilización griega. Teatro griego. Tragedia griega. Aristófanes. Sátira Política. Poesía griega. Guerra del Peloponeso

  • Enviado por: Ana Caballero
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HISTORIA DE LOS GRIEGOS

CAPÍTULO XXX: EL TEATRO:

Este género nació en Grecia, oscilando entre lo pornográfico y lo sacro. Esto según Aristóteles se justifica porque está basado en las fiestas en honor a Dionisio, quien era bastante desvergonzado. Por ello, podemos afirmar que los primeros actores fueron los propios practicantes de este culto, siendo estos igualmente despavoridos; pero lo que nosotros consideramos como descortés, para los griegos no era más que una manifestación religiosa en torno a la fecundación y la procreación. Así, el teatro griego está lleno de obscenidades, mayoritariamente la comedia, teniendo ésta un carácter ritual.

En las fiestas de Siracusa en el siglo IV tuvo lugar la primera representación verdadera de manos de Susarión, quien dividió en diálogos los monólogos de los sátiros creando lo que hoy conocemos por “sketches”. Esto gustó a los espectadores y fue tomada pro Atenas, donde se formaron las “compañías de jira” y las “filodramáticas”. Los espectáculos eran en su mayor parte mímicos y musicales, siendo su tema casi siempre religioso y mitológico, y se desarrollaba con ballets.

El carácter religioso se atestiguaba con la estatua de Dionisio situada en el palco y el sacrificio de una cabra antes de comenzar. Es espectáculo tenía lugar o bien en el propio templo o en otro sitio dotado de inmunidad, por lo que si se cometía algún delito, se castigaba con la muerte. En sus principios, la trama tenía por protagonista al mismo dios, mas tarde se tomaron héroes mitológicos, con mayor predilección por los más desafortunados. En todo ello había algo de magia, ya que los griegos entendían esto como una súplica a Dionisio para que les ahorrase esas malas situaciones. Por ellos, la tragedia griega nació como un tipo de conjuro.

Duranto el siglo VI, el espectáculo continuo siendo coral y confado a las piernas y a la mímica de los danzantes. Uno de ellos, Tespis de Icaria, quien inventó el “personaje”, dando pie así al “conflicto”. Está innovación fue condenada por Solón, quién la considero inmoral, haciendo huir a Tespis de Atenas, volviendo con Pisístrato, quien le otorgó un premio literario, ocurriendo esto cincuenta años antes del “debut” de Esquilo, mostrando así con el ímpetu que el teatro griego pasó de la Edad Media al Renacimiento, y la rapidez con que quemaron en él su genio. Según Suida, esto se aceleró ya que en el 500 a.C., mientras era representada una obra de Pratina en un salon, se derrumbó una galería dejando heridos, lo que hizo que apareciese el primer teatro, dedicado a Dionisio en un espolón de la Acrópolis. Era de piedra y sirvió de modelo para las demás ciudades griegas. Tenía un sentido panorámico, con gradería semicircular y con un aforo de mil quinientos espectadores, frente al Himeto y el mar. Carecía de techo, los asientos no tenían respaldo, excepto los de los sacerdotes del dios, frente al proscenio, llamado “orquesta”. Detrás estaba la “escena”, de madera y desmontable. Agatarco de Samos incorporó los telones de fondo en perspectiva que dieron la sensación de distancia. Practicaron la técnica de la “disolución”, empujando hacia delante una plataforma de madera con ruedas (tableau vivant)que mostraba lo que se suponía haber pasado fuera del escenario. Eurípides inventó la maquina, una grúa con la que cuando la escena había llegado a un punto muerto, un dios o héroe descendía del cielo y resolvía la situación con un milagro.

En Atenas, el teatro se limita al carnaval de Dionisio. Así, los autores entregaban los manuscritos al Gobierno meses antes del estreno, quien seleccionaba los mejores. Más tarde se elegía al “corego”, el financiador, empresario y director del espectáculo. Este recibe el nombre por el coro, ya que tras Tespis no ha desparecido. Está compuesto por quince varones. El único instrumento es la flauta, que imita el tono de las palabras. La alternativa que dio Timoteo de Mileto de dar a la música una mayor participación con una lira de once cuerdas no tuvo seguidores. Los espectadores querían saber cual era el hecho, por los que aparecieron redomados bribones, que gozaban de exención del servicio militar, libre tránsito a través de las líneas durante guerra. Eran denominados “hipócritas” en el sentido de replicadores, ya que se la daban al coro; estaban organizados en grupos panhelénicos de artistas dionisíacos. Según Luciano, sus caracterizaciones eran horrendas y su recitado retumbante, debido a la mala situación de los teatros. Por ello se recurría a las máscaras caricaturescas y elevaciones físicas.

Pero el verdadero espectáculo era el público, semejante al japonés de “kabuki”. Se pagaba por la entrada, pero quien no tiene los dos óbolos para la entrada la recibía gratis del gobierno. En el umbral, los sexos se separaban y las cortesanas disponían de un recinto aparte. El espectáculo duraba un día entero, sucediéndose cindo obras, tres tragedias, una comedia satírica y un monólogo.

En el concurso se deja ver el carácter de los griegos, donde se recibían premios asignados por diez jueces elegidos por los espectadores. Éstos escribían su opinión en unas tablillas, que se depositaban en una urna y el arconte sacaba cinco de ellas.

CAPÍTULO XXXI: LOS “TRES GRANDES” DE LA TRAGEDIA:

Esquilo fue uno de ellos, pero además de ser un gran dramaturgo fue un gran ciudadano. Debutó en teatro en el 499 a.C. pero cuando llegó la guerra contra Darío, dejó de lado la pluma, regresando con la victoria. Para festejar dicho triunfo, el Estado financió grandes espectáculos, participando en ello también Esquilo, quien ganó si primer premio en el 484, pero cuatro años más tarde, con la llegada de Jerjes, volvió a coger la espada. Reanudó su función como dramaturgo en el 479, ganando todos los años el primer premio, hasta que en el 468 Sófocles se lo arrebató. En el 458 obtuvo el triunfo con la “Orestíada”, aunque más tarde fue desposeído de nuevo por Sófocles, por lo que emigró a Siracusa, donde Gerón le dio grandes honores y murió. Atenas oyó de nuevo sus tragedias compuestas en Sicilia y volvió a darle el primer premio.

A Esquilo se le debe la introducción de un segundo actor, en adición al de Tespis, por lo que el canto dionisíaco se transmutó definitivamente de oratoria a drama. Pero lo más importante fue su temática, la lucha del individuo contra la sociedad, que quedó plasmada en todo el teatro sucesivo, destinando Esquilo en todas sus obras al destino, a la sociedad y a la tradición. En las siete obras que de él han llegado, mayormente en “Prometeo”, asoma la simpatía de él para el condenado rebelde, compartida a su vez por el público.

Su sucesor fue Sófocles, hijo de un rico armero, cuyo nombre quería decir sabio y honrado. Tras la victoria de Salamina fue designado para dirigir un ballet de jóvenes desnudos, para festejar el triunfo. Además de en el teatro hizo una gran carrera en política. aprovechó el dinero que heredó de su padre, pero además supo ganar el suyo propio. Era deboto de los dioses, a quienes hacía sacrificios y plegarias, exigiendo a la vez el derecho de engañar a su mujer y frecuentar los más ambiguos niños bonitos de Atenas. Solo sentó su cabeza en la vejez, donde se casó con Teórida, quien le dio un hijo bastardo. Su hijo legítimo, Jofonte, temiendo que le desheredase, lo llevó ante tribunal lo desautorizase por chochez, pero éste le leyó un fragmento de una tragedia que estaba componiendo “Edipo en Colonna”, por lo que los jueces no solo lo absolviereon, sino que le escoltaron hasta su casa en señal de admiración.

Murió en el 406, con noventa años, terminada la belle époque de Atenas y los espartanos asediaban la ciudad, se dieron grandes muestras de la popularidad de la que había gozado este personaje.

Escribió ciento trece tragedias, en las que intervino como actor, hasta que la voz se le enronqueció. Los personajes se habían convertido en tres y el coro perdió su importancia. Al contrario de la tesis de Esquilo, el optaba por los caracteres, importándole más el hombre que la idea.

En sus siete obras nos deja ver un hombre pesimista, pero expresaba este sentimiento tan vigorosa, serena y contenidamente que nos hace dudar de su sinceridad. Su técnica teatral es perfecta, y sus personajes tienden a demostrar.

El joven Eurípides fue su gran rival. Nació en Salamina el mismo día en que se desarrolló la gran batalla. Creció con gran pasión por la filosofía, estudió con Pródico y Anaxágoras y entabló amistad con Sófocles.

No se sabe cómo llegó a se escritor de teatro, pero basándonos en las dieciocho obras que de él nos han llegado, de las setenta y cinco que se le atribuyen, que se burlaba del teatro en sí, considerándolo como medio para exponer sus tesis filosóficas. Según Aristóteles, es un paso atrás con respecto a Esquilo y Sófocles, ya que mandaba un mensajero para resumir la acción en el escenario en forma de prólogo, confiaba al coro largos parlamentos pedagógicos y, cuando no encontraba solución, hacía bajar del techo un dios que lo resolvía con un milagro. Prestaba veracidad y autenticidad a los personajes con su agudo sentido psicológico. Se hacía valer de sus personajes para presentar sus desconformidades en torno a la sociedad.

Aristófanes le tomó como Branco de sus comedias satíricas, aunque irónicamente cuando éstos se encontraban se comportaban como los mejores amigos del mundo. Recibió cinco veces el premio, y aunque los espectadores fingían indignarse, en sus estrenos no quedaba ni un asiento libre.

En el 410 lo procesaron por impiedad e inmoralidad, y pese a que fue absuelto, son la cogida que tuvo si obra “las mujeres troyanas” se dio cuenta de que sería un extranjero en su patria.

Murió en Pella, despedazado según los griegos por los perros, vengadores de los dioses ofendidos.

Fue el primer dramaturgo de ideas que ha tenido el mundo y quien llevó a escena el gran conflicto de aquél y de todos los tiempos, la batalla entre el dogma y el libre examen.

CAPÍTULO XXXII: ARISTÓFANES Y LA SÁTIRA POLÍTICA:

El exceso de tragedia en época griega hacía necesaria la presencia de comedias, cuyos elementos eran prohibidos a los dramaturgos. La comedia surgió gracias a la democracia y la libertad que esta conlleva. Los mayores comediógrafos fueron Epicarmo, Cretino y Eupolis, quienes se sirvieron del teatro para crear sus obras, burlándose precisamente de la democracia y su creados, Pericles. Su justificación se debe a que se buscaba el éxito mediante el inconformismo.

Aristófanes fue un verdadero reaccionario, creyente de lo que decía. Se mantuvo alejado de los intelectuales atenienses y simpatizante de Esparta. Si hubiese nacido en otro régimen se hubiese convertido en poeta de la Naturaleza, basándonos en los pocos y fragmentarios versos que hemos heredado, de elevada inspiración y perfecto estilo. Nació en el 450a.C. durante la democracia de Cleón el curtidor, llevándole al teatro donde se gestaba la batalla de ideas, moralidad y costumbres con la comedia, que le permitía enfrentarse al presente. Este género era casi contemporánea a este autor. En el 470 Epicarmo era el único autorizado para representar sus mamotretos satírico-filosóficos. La comedia tenía un lenguaje soez, permitido por la tradición dionisíaca de las procesiones fálicas. En el 400 se promlgó una ley para frenar el abuso de los sucesores de de Epicarmo hacia éste. En la sátira política destacan Cretino que atacó a Pericles y Ferécrates, quien exaltó la tradición aristocrática contra el progreso democrático, pero quien más destacó fue Eupolis, amigo de Aristófanes, ya que eran de ideales similares, terminaron riñendo y dejándolo ver en alguna de sus obras. Pese a ello, Aristófanes tuvo elogios para su compañero. Aun en estos tiempos la comedia permanecía en un plano secundario.

Aristófanes terminó atacando a Cleón, sin atreverse ningún actor a representarle, teniendo que hacerlo el propio autor, siendo multado por Cleón. Tras ello, volvió a realizar una crítica sobre el mismo personaje, siendo esta vez aplaudida incluso por el propio afectado.

Otro blanco para este autor era el racionalismo laico de las escuelas filosóficas, a las que consideraba responsables del declive de la religión, poniendo en escenario a los sofistas, como Anaxágoras, y su amigo Sócrates..

El tercer blanco de Aristófanes fue Eurípides, ya que le odiaba, en obras como “las ranas” donde pretendía fustigar el progresismo y el feminismo o “los pájaros”, siendo la más perfecta de sus obras por no cerrar las puertas a la poesía.

La grosería de este autor no tiene nada que envidiar a la de Cretino. Para sus requisitorias moralizadoras no vacila en utuilizar las más inmorales armas, como la calumnia y la difamación. Este hombre inteligentísimo, es ofuscado por los rencores en el fusto y el sendito de la mesura, utilizando el sarcasmo. Sus personajes son esquemáticos y caricaturescos.

Cabe decir, que si no se lee nada de Aristófanes, no se comprenderá nada de Atenas. Con él, la comedia dejo el segundo plano, para convertirse en un arte independiente, pero la excesiva libertad que los autores tomaron, hicieron que la sátira política muriese antes que Aristófanes, quien falleción en el 385, escribiendo comeditas sentimentales.

CANTO XXXIII:POETAS E HISTORIADORES:

En época de Pericles, la poesía no fue tan sobresaliendo como otros artes, como fueron el teatro, la filosofía…esto ocurrió debido a que la democracia es ciudadana, y en lugar del señor querrero y romántico coloca al burgués mercantil y racional, más interesado en le juego de la inteligencia que en la intervención fantástica. El conflicto dela contemplación solitaria le obliga a tomar partido, es decir, a hacerse abogado de una o de otra cosa. Realmente, la poesía no falta en Atenas. Casi todos escriben en verso, pero lo hac en al servicio de las ideas, por la filosofía o el teatro, ganando éstas y perdiendo la poesía.

Su mayor representante es Píndaro, naciedo en el 522a.C. en Tebas. Éste tenía un tío músico, que le envió a sus costar, para estudiar composición a Atenas, con los maestros Laso y Agátocles. Este compositor era poco modesto. Cinco veces concurrió al primer premio poético con su maestra y conciudadana Corina.

Pronto le llovieron comisiones de gobiernos forasteros, de modo que cuando volvió a casa rebosaba celebridad y riqueza, consiguiéndolas con sus famosas odas, que componía al son de la música, de la que no nos queda rastro, por lo que lo podemos designar como un letrista. Llegó a los ochenta años. Cuando estalló la guerra con los persas mantuvo su neutralidad, pero consumados los hechos, se arrepintió y homenajeó a Atenas.

En prosa, los únicos que brillaron fueron los retóricos, entre los cuales el más grande fue Gorgias y los historiógrafos, que eran sobre todo ensayistas políticos. Éstos evolucionarón rápidamente. Heridoto escribe la historia como si fuera un cuento de hadas. Los acontecimientos se confunden con los milagros y las profecías, y Hércules es descrito como un personaje real, igual que Pisístrato, dotando al autor de frescor e inocencia.

Tucídides, quien comenzó a escribir cincuenta años después que Heródoto, parece pertenecer a otra edad, notándose la presencia de los sofistas entre ambos. Nació en el 460 a.C., de padres adinerados, lo que le ayudó a adquirir una excelente instrucción en la escuela de los mejores sofistas, tomándo de ellos el escepticismo. Apasionado de la político, sus primeros escritos narran acontecimientos de los que fue testigo. En el 436, le encontramos almirante en la expedición naval en socorro de Anfípolis sitiada por los espartanos, costándole el fracaso el exilio, dejándonos como herencia la “Historia de la guerra del Peloponeso”

Comienza el relato en el momento en que Heródoto lo había dejado, pero con gran diferencia estilística, siendo más tersa la de Tucídides. Sus personajes son límpidos y sin prejuicios moralizadores. No emite juicios. Pone en boca de sus héroes frases elegantes, truco para reavivar el relato y hacerlo más conciso y dramático, aunque a veces exagera.

Es una mezcla de Tácito y Guicciardini, más de este último, desahogando en historia las defraudadas ambiciones políticas. No conoce progreso.

Con sus obras nos muestra la madurez alcanzada por Atenas en cuanto a pensamiento y expresión, así como el escepticismo había vencido ya, instalando los griegos la razón.

CANTO XXXIV: DE ASCLEPIOS A HIPÓCRATES:

Todos los enfermos de Grecia acudían al templo de Epidauro para hacerse curar por Asclepios, el dios de la medicina. El edificio era una fusión de santuario, hospital, sanatorio y bazar, donde iban lisiados, ciegos, epilépticos…donde eran atendidos por zácoros, portallaves y piróforos, que representaban a Asclepios y vigilaban los milagros.

Los peregrinos se reunían bajo los pórticos jónicos, que rodeaban el templo, proporcionándoles muros del dormitorio, en la planta superior, llamados abaton. Los enfermos, tras una noche pasada, iban a la fuente para tomar un baño, para ser admitidos en el templo para orar y ofrendar. Asclepios era un doctor honesto, no cobraba a no ser que curase al enfermo y para los pobres trabajaba gratis.

No se sabe certeramente en qué consistían las curas, aunque sí que el agua tenía gran parte en ellas ya que la región abundaba en termales. Otro ingrediente muy usado eran las hierbas, pero sobre todo se utilizaba el exorcismo y espectaculares ceremonias. También hacían uso del hipnotismo y hasta de la anestesia, no sabiendo como lo hacían, porque Asclepios más que un clínico era un cirujano. La mayoría de cosas que sabemos sobre la vida de Asclepio las sabemos por las abundantes inscripciones que hay sobre él, como el caso más célebre que éste trato; una mujer que quería librarse de una tenia y estando Asclepios ocupado, se dirigió a su hijo, quien tenía la misma devoción que su padre, decidió separarle la cabeza del cuello y con la mano le buscó la lombriz en el estómago. Tras sacársela se dio cuenta que no podía volver a poner la cabeza sobre el cuerpo y fue en ayuda de su padre, quien le dio un capón y volvió a poner la cabeza en su sitio.

Sus sacerdotes eran unos bribones, pero algo de medicina debían de saber. Al menos, mantuvieron en el culto a Asclepios algo de hogareño y cordial. En la gran Lourdes de Epidauro, el dios se contentó con una simple capilla con el perro y la serpiente. El resto estaba destinado a las comodidades de los peregrinos.

Fueron sus sacerdotes los que monopolizaron la medicina griega hasta el siglo V. Sólo en tiempos de Pericles se dejó ver la medicina laica, apoyada en bases racionales, viniendo esto de Asia Menor y Sicilia, donde se formaron las primeras escuelas seglares.

El verdadero fundador fue Hipócrates, aunque se habla de que antes de éste, en Trotona hubo otro, Alcmeón, formado por la escuela de Pitágoras, al que se le atribuye el descubrimiento de las trompas de Eustaquio y del nervio óptico, aunque de esto no sabemos casi nada. Era de Coo, donde acudían un gran número de enfermos a las termales, los cuales servían como material de estudio a Hipócrate, hijo de curandero y discípulo de otro, Hiródico de Selembria. Empezó por elaborar una casuístico que le ayudó para formular sobre su experiencia la diagnosis. Todos sus libros fueron reunidos en un “ Corpus Hippocraticum”, habiendo solo un podo de Hipócrates, siendo el resto añadido por sus discípulos y sucesores. Este libro ha constituido el texto fundamental de la Medicina durante más de mil quinientos años.

Hubo de tener alguna pelea con la Iglesia, porque intenta desmantelar el origen celeste de las enfermedades. Parece ser que como profesional valía poco, pues no comprendió el gran valor de las pulsaciones, tomaba la fiebre con la mano y no auscultaba a sus pacientes, aunque fue el primero que separó la medicina de la religión, prefiriendo unirla a la filosofía.

El cuerpo según Hipócrates, está compuesto de cuatro elementos: sangre, flegma, bilis amarilla y bilis negra, siendo las enfermedades exceso o defecto de alguno de éstos, consistiendo la cura por tanto en el reequilibrio de éstos, por medio de la dieta.

Hipócrates no ofreció grandes avances ni en Anatomía ni en Filosofía. Sólo la iglesia proporcinaba material de estudio con los despojos de los sacrificios, de los que se deducían los auspicios. En cuanto a la cirugía, permaneció siendo monopolio de los practicones, y sobre todo, aquellos que lo hacían al servicio del Ejército en las guerras. Pero a él se le debe la formación de la Medicina como ciencia autónoma y su organización. Antes de Hipócrates se acudía a Epidauro a solicitar el milagro. De laicos no había más que peripatéticos brujos que se desplazaban de ciudad en ciudad y a los que el Estado no pedía título, entre los que había mujeres, para curar a otras mujeres. Algunos como Democedo consiguieron fama, aunque la profesión estaba desprestigiada, dotándola Hipócrates de alta dignidad, elevándola al sacerdocio con un juramento que comprometía a los adeptos no sólo a ejercer según ciencia y conciencia, sino a lavarse mucho, y guardar una actitud mesurada que inspirase confianza al paciente. Con él, los médicos se agruparon por gremios, siendo estables y fundando “iatreia”, es decir, gabinetes de consulta, y celebraron congresos, donde cada uno aportaba sus descubrimientos y experiencias.

El Maestro ejercía poco, ya que estaba continuamente de viaje por la llamada de sus paciente como el rey Pérdicas de Macedonia o Artajerjes de Persia. En el 430a.C. fue llamado por Atenas por una epidemia de tifus petequial, aunque no sabemos los resultados. Pero su modo de diagnosticar y pronosticar a base de palabras científicas inspiraban respeto, aun cuando no curaba el mal.

Su buena salud era el mejor réclame de sus terapias. Su base era comer poco, andar mucho, dormir sobre duro, levantarse con los pájaros y con éstos acostarse.

CAPÍTULO XXXV: EL PROCESO DE ASPASIA:

Pericles permaneció strategos autokrator hasta el 428 a.C., cuando murió. Ya en el 432, cuando estaba jubilado, se intentó un proceso contra Aspasia, aunque el objetivo era él. Fue la grande affaire política y mundana del momento.

La ofensiva fue lanzada por los conservadores, que ya habían intentado dañar a Pericles difamando y acusando a sus más íntimos. Fidias lo fue por una apropiación indebida de oro para la estatua de Atenea, por lo que fue condenado. Por ello, y otros éxitos, los conservadores llevaron al tribunal a Aspasia, bajo la acusación de impiedad. Los más descalificados libelistas, capitaneados por Hermipo, compitieron en lanzar calumnias contra “la primera dama de Atenas”, debilitando y prostituyendo a Pericles con orgías, cocaína y misas negras. Así se le acusó de convertir la casa de autokrator en un burdel, donde Aspasia atraía a las damas de la buena sociedad y a sus hijas menores de edad, para darlas a su amante y luego rescatarle.

Nada de esto fue probado por el tribunal, compuesto por más de mil quinientos jurados. En defensa de la acusada habló el propio Pericles. Quizá aquella experiencia fue lo que le quitó la fe en la democracia.

Incluso en política este suceso nos instruye de los límites de lo que erróneamente fue llamada la dictadura de Pericles.

El hombre de Atenas era ante todo un ciudadano en el que prevalecían los deberes sociales, cumpliéndolos sobre todo en dos sedes, los clubes o confraternita, de los que había numerosos en Atenas, y la del Parlamento o Ecclesia, donde se reunían cuatro veces al mes todos los ciudadanos, agrupándose en clubes, notándose la diferencia entre oligárquicos y demócratas. Este Parlamento no tenía local, por lo que se reunían al aire libre, en el ágora, el teatro e incluso en El Pireo. La sesión se abría al alba con un sacrificio a Zeus. Si llovía, Zeus estaba de mal humor y la reunión se aplazaba. Luego el presidente, elegido cada año, leía los proyectos de ley, pudiendo hablar todo el mundo por orden de edad, aunque había que tener un conjunto de requisitos que solo unos pocos tenían, aparte del don de la oratoria, por lo que solo unos pocos tenían la palabra.

Así, quien subía a la tribuna, debía exponer lo que desease claro, bien y rápidamente, y además ser responsable de su proposición, de modo que tras un año de ser aceptada ésta, si era mala, además de abolirla, podía ser multado. Se votaba por aclamación, convirtiéndose directamente la proposición el ley, pero antes se le pedía su opinión a la bulé, una especie de tribunal constitucional, formado por quinientos ciudadanos tomados a suerte durante un año y sin poder ser elegidos de nuevo hasta que no hubiesen ejercido todos. Eran pagados con cinco óvolos al día, reuniéndose en el buleuterio y divididos en diez pritanias, juntados todos los días del alba hasta el ocaso. Cada pritania dirigía durante treinta y seis días a la bulé, sorteándose la presidencia todos los días.

El Areópago, ciudadela de los aristócratas conservadores, y en tiempos omnipotente, la democracia lo fue devorando lentamente. Existe en tiempo de Pericles, pero reducido a una especie de tribunal de casación, competente sólo pronunciarse sobre delitos de pena capital, siendo el poder legislativo un monopolio de la burlé y la Ecclesia.

El ejecutivo es ejercido por los nueve arcontes, que a partir de Solón, componen el ministerio. En teoría tambien son sorteados entre la ciudadanía, teniendo que cumplir estos también un cúmulo de requisito, además de tener que pasar por delante de la burlé una especie de examen psicotécnico llamado doquimasia.

El arconte permanece en el cargo durante un año, en el que ha de pedir el voto de confianza a la Ecclesia al menos nueve veces. Su actividad queda sujeta a la investigación por parte de la burlé, cuyo veredicto le lleva o a la pena de muerte o a la reelección. Si no suceda nada de esto, el arconte queda jubilado del Areópago, donde permanece como senador vitalicio pero sin poderes.

De los nueve arcontes, el más importante es el basileo, literalmente rey, correspondiendo hoy en día al papa, cuyas atribuciones son únicamente religiosas, encarnando el papel más alto del Estado. Pero realmente los mayores poderes están en manos del arconte militar, strategos autokrator. En este cargo, Pericles fijó enseguida su atención, haciéndose reelegir cada año desde el 467. Debido a su habilidad, logró ser ministro de Relaciones Exteriores y del Tesoro. Atenas, como gran potencia naval, necesitaba diplomacia, la cual dejaron en manos de éste, pero teniendo que someter cada decisión a la Ecclesia. Más desconformes se mostraron con la administración del dinero.

En conclusión, el éxito que llevó a Pericles a ser reelegido como autokrator durante cuarenta años fueron las excelentes cualidades de administrador y estadista. Tan poco abusó de ella que tuvo que sufrir el proceso de Aspasia, que deshonró a Atenas.

CUARTA PARTE: EL FIN DE UNA HERA:

CAPÍTULO XXXVI: LA GUERRA DEL PELOPONESO:

Según las malas lenguas, Pericles llevó a Atenas a la ruina buscando camorra en Megara, ya que algunos habitantes de ésta habían ofendido a Aspasia. Realmente, este suceso fue una catástrofe para toda Grecia, teniendo unos orígenes más complejos y lejanos. Pericles no hizo una política exterior diferente a la que otro cualquiera hubiera hecho, ya que para Atenas no había alternativa, o era imperio o nada. Debido a sus condiciones, el día que no hubiese podido importar trigo y otras materias primas, se habría muerto de hambre, así que necesitaba seguir siendo dueña del mar, y para ello dominar los Estados anfibios que los griegos habían fundado en Asia Menor y en las islas que recortan el Egeo, el Jónico y el Mediterráneo.

El Imperio de Atenas se llamaba Confederación, pero en realidad, con este nombre hipócritamente democrático e igualatoria, se escondían el control comercial y político de Atenas sobre las demás ciudades de la Confederación para garantizar el monopolio de los fletes a sus armadores y disponer de un arma con que reducir por el hambres los pequeños Estados si hubiesen tenido veleidades autonomistas.

Pese al liberalismo, Pericles no aflojó jamás ese control, defendiendo la supremacía marítima ateniense en nombre de la paz, así como utilizó el dinero de todas las provincias de la Confederación para la evolución única de Atenas. Los ciudadanos de la Confederación, no tenían los mismos derechos ya que cuando surgían líos judiciales y uno de los imputados era un ateniense, tan solo eran competentes los magistrados de Atenas.

Es decir, la democracia de Pericles tenía límites. Dentro de la ciudad era monopolio de la pequeña minoría de ciudadanos, con exclusión de los metecos y los esclavos, y en las relaciones con los Estados confederados no asomaba ni de lejos.

El mal humor contra el prepotente amo, estalló en Egina, luego en Eubea y por último en Samos. Así, la flota que éstos entre otros financiaban y se suponía que era común, sirvió para aplastarles con una violenta represión, siendo éstas un signo de debilidad. Algo así sucedió en Atenas con Esparta que , encerrada en sus montañas, no se convirtió en una sociedad cosmopolita, no tenía literatura, salones, Universidad, pero si muchos cuarteles donde había seguido instruyendo soldados con la mentalidad y la disciplina de un kamikaze. Tal vez por su posición geográfica o la composición racial de sus ciudadanos, todos de tronco dorio y por ende guerrero, hacían de ella la ciudadela del conservadurismo aristocrático y rural. Sus políticos carecían de la brillantez de los atenienses, pero si el cálculo paciente de los campesinos y el sentido realista de las situaciones. Cuando fueron solicitados por los Estados vasallos de Atenas y de los que temían serlo, para encabezar la guerra de liberación de la poderosa rival, oficialmente declinaron, pero bajo mano se dedicaron a urdir la trama de una coalición.

Esto no pasó inadvertido a Pericles, quien pensó en recuperar las simpatías perdidas, estableciendo bases más equitativas y democráticas, aunque prefirió asumir los riesgos de la tirantez. Así, pensó en retirar, en caso de guerra, toda la población del Ática y limitarse a defender su ciudad y su puerto. Aunque trató de evitar conflictos convocando una conferencia panhelénica, en la que participaron los representantes de todos los Estados griegos para encontrar una solución pacífica a los problemas pendientes.

Esparta declinó por pensar que sería reconocer la supremacía ateniense, lo que hizo que otros Estados la imitasen, provocando otro paso hacia un conflicto cuyas premisas ya estaban puestas, es decir, saber si Atenas o Esparta poseía la fuerza de unificar Grecia. Siendo Atenas un pueblo jónico y mediterránea, era la democracia, mientras que Esparta era una aristocracia dórica y septentrional. Además, según Tucídides, se añadió el aburrimiento de la paz.

En el 435 a.C. Corira dio el primer pretexto con una insurrección contra Corinto, de la que era colonia, solicitando incorporarse a la Confederación ateniense, es decir, pidió la flota, que fue enviada rápidamente contra la de Corinto, acudida para establecer el statu quo. El éxito fue dudoso y no se resolvió nada. Tres años después, Potidea, colonia de Atenas, pidió ayuda a Corinto. Pericles mandó en su contra un ejército que la sitió durante dos años y no logró expugnarla, constituyendo estos un desprestigio para Atenas. Megara, se alineó junto a Corinto, que llamó a Esparta. Atenas sitió a Megara por el hambre, a lo que Esparta protestó, diciéndole Atenas que si aceptaba un trato comercial con la Confederación retiraría las sanciones, entrando a tomar parte ésta de la Confederación. A lo que Esparta dijo que aceptaría si ella, a su vez, aceptaba la independencia de los Estados griegos, pero Pericles rehusó.

Las alineaciones de las fuerzas estaban ya claras, por un lado Atenas con sus infinitos confederados del jónico, el Egeo y del Asia Menor, mantenidos unidos por la flota; de la otra, Esparta con todo el Peloponeso(salvo neutralistas Argos), Corinto, Beocia, Megara, mantenidos unidos por el ejército. Pericles reunió las tropas dentro de los muros de Atenas, abandonando el Ática al enemigo, que la saqueó, y mandó las naves a sembrar la confusión en las costas del Peloponeso. El mar era suyo, por lo que solo quedaba esperar a que el frente enemigo se desintegrase.

Esto hubiese ocurrido si el hacinamiento en Atenas no hubiera provocado una epidemia de tifus petequial, que diezmó soldados y población. Así, los atenienses buscaron al responsable y no al virus, acusando de ello a Pericles, estando ya éste debilitado por el proceso de Aspasia, vio multiplicarse por ambos lados sus enemigos. Así, por intentar corromper a los estadistas espartanos fue derrocado y multado mientras su hermana y sus dos hijos legítimos morían por la epidemia, pero los atenienses no tardaron en llamarle de nuevo al poder, confiriendo la ciudadanía incluso al hijo que había tenido con Aspasia, incumpliendo su propia ley. Pero el hombre estaba ya moralmente acabado y pocos meses después lo estuvo físicamente.

Le sustituyó Cleón, su antítesis humana, pero fue un buen general. Derrotó a los espartanos en Esfacteria, rechazó sus proposiciones de paz, dominó con inaudita violencia las revueltas de los confederados y murió batiéndose contra el héroe espartano Brásidas.

La guerra, que arreciaba casi diez años, arruinó a toda Grecia, sin llegar ninguna solución. Esparta, amenazada por una revuelta de esclavos, propuso la paz, aceptada por Atenas, siguiendo el parecer de los aristócratas conservadores. De ellos, Nicias, en el 421 firmó el tratado dándole su nombre. Aportando así una paz por cincuenta años y la colaboración entre los Estados en caso de que los esclavos se sublevaran.

CAPÍTULO XXXVII: ALCIBÍADES:

Quizás aquella paz, hubiese durado un poco más de seis años, como pasó, de no haber llevado el nombre de Nicias, hijo de una dinastía de encumbrado linaje; quien había desaprobado la guerra contra Esparta, ciudad que era modelo para los reaccionarios griegos. Era de los pocos aristócratas ricos, siendo su patrimonio, junto con el de Calias el más fuerte de Atenas.

Pese a que empleaba su dinero en esclavos que alquilaba en cuadrillas a los administradores de las minas, era tomado por piadoso, devoto de los dioses, para los que no transcurría día sin que él hiciese algo. Para cada acto que cumplía, consultaba al numen competente y le pagaba la respuesta con ex votos costosos. Era un hombre muy supersticioso.

Su adversario Alcibíades, aristócrata, no tenía mas medio para combatir a un hombre tan poderoso que tomar la sucesión ideológica de Pericles al frente del belicoso partido demócrata y tratar de desacreditar la obra distensiva.

Alcibíades no tenía dinero ni la protección de los dioses, con los que se mostraba muy irrespetuoso, pero poseía un blasón, la belleza, el espíritu, el valor y la insolencia. Fue hijo de una prima de Pericles, en cuya casa se crió y quien le intentó oriental hacia el bien y disciplinar sus dotes en vano. Egocéntrico y extravertido, Alcibíades no le importaban los medios para conseguir lo que deseaba. Así, se batió contra los espartanos, más por ambición que por patriotismo, primero en Potidea y luego en Delios, aunque estas acciones se le atribuían a Sócrates, quien le amaba. Así, fue unos de sus alumnos en cuanto al arte de razonar, aunque a veces perdía los papeles e iba a visitar a prostitutas, lo que hacía perder la cabeza a Sócrates, quien iba a su busca, y tras el llanto fingido de Alcibíades, este se lo perdonaba y preparaba otra de las suyas. Un día, se encontró con Hipónaco, y por una apuesta, le abofeteó. Al día siguiente se presentó en su casa, se desnudó y le pidió que le azotase en castigo. El hombre, le dio por esposa a su hija Hipareta, el mejor partido de Atenas, con un dote de veinte talentos, los cuales gastó en un palacio y una cuadra de caballos de carrera con los que, en el derbi de Olimpia ganó los premios primero, segundo y cuarto.

Atenas estaba loca con él. Adoptó el tartamudeo porque el lo era, dejó imponer la moda de ciertos zapatos que el usaba. Le regalaban dinero cuando lo necesitaba hasta de las hetairas más famosas. Era un hombre muy caprichoso. Un día, Hipareta huyó y le citó ante los tribunales para divorciarse, a donde él acudió, y delante de los jueces la raptó. La mujer aceptó todos los engaños y humillaciones y poco después murió de pena.

Era partidario de la guerra, ya que esto significaba un atajo para sus ambiciones, detestando la paz por llevar el nombre de Nicias, aunque la Constitución, ni siquiera cuando fue arconte, denunciar el tratado. Aunque ocultamente fomentó una coalición contra Esparta, que Atenas armó sin participar en ella y que fue derrotada en Mantinea en el 418. más tarde, mandó una flota a Milo, que se había rebelado, condenando a muerte a todos los adultos varones, deportó como esclavas a las mujeres y a los niños e hizo entregar los vienes a quinientos colonos atenienses. Así, el partido demócrata y las clases industriales y comerciales que le sostenían y financiaban volvían a levantar cabeza e hicieron de él uno de los diez generales entre los que se dividía el mando de las fuerzas armadas.

Alcibíades se dedicó a convencer a los atenienses de que e3l único modo de recuperar el prestigio perdido y reconstruir un Imperio era conquistar Sicilia. La ciudad jonia de Lentini había mandado de embajador en Atenas a Gorgias para solicitar ayuda contra la doria Siracusa que quería anexionársela. Nicias suplicó a la Asamblea que rechazase la propuesta, pero Alcibíades la avaló, seguro de recibir el mando de la expedición, y la hizo aprobar.

Mas una noche, mientras hacían los preparativos, las estatuas del dios Hermes fueron píamente mutiladas. Se ordenó encontrar los responsables, recayendo sobre Alcibíades, quien solicitó un proceso, pero a la espera de que fuese celebrado, el mando de la expedición cayó sobre Nicias.

Los atenienses se rieron de la santurronería de Nicias, pero querían estar seguros de que su comandante fuese querido por los dioses y por ello le eligieron a él.

Antes de aceptar, éste consultó a los oráculos y hasta mandó emisarios a Egipto para interrogar a Ammón, el cual dijo que sí. Así, poco convencido dio la señal de partida y en el último momento recordó que estaban en la nefasta Plinterias, como nuestro martes y trece, pero ya era demasiado tarde para revocar la orden. Tanto esto, como la noticia de que los cuervos estaban picoteando la estatua de Palas, acabó por ponerle nervioso. Así, mandó ayunos y preces a sus soldados para ganarse la gracia del cielo, haciendo que desembarcasen desmoralizados y debilitados. Siracusa pareció como difícil conquista, y el cielo enviaba lluvias torrenciales. Nicias pasaba el tiempo rezando a los dioses, quienes le enviaron una epidemia. Así, espantado, decidió abandonar la empresa y embarcar al ejército, pero hubo un eclipse de luna, que los augures interpretaron como una orden celeste para aplazar la partida por veintisiete días.

Así, los siracusanos efectuaron una salida nocturna, asaltaron la flota ateniense y le pegaron fuego. El gazmoño general se batió como un soldado bravo, fue capturado vivo por los siracusanos y pasado por las armas inmediatamente junto con todos los demás prisioneros, menos aquellos que sabían recitar de memoria algún verso de Eurípides.

CAPÍTULO XXXVIII: LA GRAN TRAICIÓN:

Con la flota, Atenas había perdido, en Sicilia casi la totalidad del ejército, es decir, la mitad de sus ciudadanos varones, sumándosele le deserción de Alcibíades, quien, para eludir el proceso se había refugiado en Esparta poniéndose a sus sevicio, siendo éste un peligro para quien lo tiene a su favor, pero una desdicha para quien lo tiene en contra.

Alcibíades era aristócrata y partidario de la guerra. Para granjearse la confianza de los espartanos, se dedicó a imitar sus costumbres, dejando atrás las suyas, todo por el rencor hacia Atenas. Con ello persuadió a los espartanos para ocupar Deceleia, abastecimiento de plata para Atenas.

Pese a su mal vestir y a la suciedad atraía a las mujeres atenienses, hasta a la propia reina, con el que tuvo un hijo. Por ello, decidió embarcar como oficial de marina en un flotilla que partía a Asia, donde un mensajero le seguía para darle muerte en nombre del rey de Esparte, por lo que en Sardes fue a ver a Tisafernes para ofrecerle sus servicios contra Esparta.

Mientras tanto, Atenas, al borde de la catástrofe, estaba aislada. Eubea no enviaba trigo, los espartanos, además de ocupar las minas de plata, se adueñaron de los esclavos que trabajaban en ellas, alistándose a su ejército. Además, habían iniciado tratos con Persia para aniquilar al adversario común, prometiéndoles el archipiélago jonio.

En el interior, el caos. El partido conservador, acusaba el demócrata de haber querido la ruinosa guerra, tomó el poder con una rebelión, lo confió al Consejo de los Cuatrocientos y, asesinando a algunos jefes de la oposición, la redujo tal espanto que la Asamblea, votó los plenos poderes, es decir, abdicó los suyos.

Después, vino el golpe de Estado. Los conservadores, guiados por Terámenes, sustituyeros a los Cuatrocientos por un Consejo de Cinco mil e intentaron crear una unión sagrada con los demócratas. Podría haber sido una solución, pero los marinos de la reducida flota anunciaron que no volverían a entrar en el puerto un cargamento de trigo si no se restauraba el gobierno demócrata. Así, Terámenes mandó mensajeros a Esparta: Atenas estaba dispuesta a abrir las puertas a su ejército si era para traer vituallas y apuntalar el régimen, pero al perder tiempo pensándolo los espartanos, la población se rebeló, los oligarcas huyeron y los demócratas volvieron al poder para organizar una resistencia a ultranza.

Así, llamaron a Alcibíades para ponerse al frente de sus fuerzas. En el 410, volvió a la patria, proporcionando victorias a éstos. Así, éste decidió obrar por su cuenta, dejando el mando a su lugarteniente Antíoco con la orden de no moverse de las aguas de Nozio, y partió con pocas embarcaciones hacia Caria saquearla. Pero Antíoco, muy ambicioso, intentó demostrar sus propias capacidades yendo al encuentro de la flota espartana mandada por Lisandro y perdió la suya, al igual que su vida. Alcibíades fue considerado responsable de aquel enésimo y definitivo desastre y huyó a Bitinia.

En Atenas se tomaron decisiones supremas, se fundieron las estatuas para construir una nueva flota, adjudicada a diez almirantes. Encontraron a la escuadra espartana en la islas Arginusas y la derrotaron, pero después perdieron veinticinco naves en una tempestad. Los ocho almirantes fueron sometidos a proceso y ejecutados y los propios autores de la condena, condenados a muerte. Se sustituyeron a los almirantes por otros que valían menos que ellos y que buscaron el desquite contra Lisandro en Egospótamos, donde Alcibíades estaba refugiado. Desde lo alto de una colina vio las naves atenienses, se dio cuenta de que habían sido mal alineadas y se apresuró en advertir a sus compatriotas. Éstos le acusaron de traidor, justo cuando no lo era. Al día siguiente, asistió a la catástrofe de la última flota ateniense, logrando salvar solo ocho naves. Lisandro, mandó un sicario para Alcibíades, quien buscó refugio en casa del general persa Farnabazo, quien le dio un castillo y una cortesana, pero también un piquete de guerreros que eran realmente unos sicarios que le asesinaron pocas noches después, alos cuarenta y seis años.

Atenas no le sobrevivió de mucho, Lisandro la bloqueó durante tres meses haciéndola pasar hambre, imponiendo leyes a los supervivientes para indultarlos.

En el 404 a.C. los oligarcas volvieron bajo la guía de Terámenes y de Critias para gobernar la ciudad con un Consejo de los Treinta, habiendo una insensata opresión. Además de los que fueron asesinados, cinco mil demócratas fueron exiliados, revocando todas las libertades. A Sócrates se le prohibió seguir enseñando, y negándose, fue encarcelado.

Al año siguiente los demócratas desterrados habían formado un ejército a las órdenes de Trasíbulo, marchando a la reconquista de Atenas. Critias llamó a la población a las armas, sin responder ésta, solo algunos asesinos comprometidos. Fue derrotado y asesinado en una corta batalla y Trasíbulo, volviendo a entrar en Atenas con los suyos, restableció un gobierno democrático, distinguiéndose por su escrúpulo legalista y la benignidad de las depuraciones. Se condenó al destierro, pero no hubo pena capital, siendo los afectados los grandes responsables.

Esparta, con el régimen oligárquico, se contentó con los cien talentos como indemnización de guerra.

CAPÍTULO XXXIX: LA CONDENA DE SÓCRATES:

A la regla de sabia tolerancia hacia sus adversarios, la democracia hizo una sola excepción, en perjuicio del hombre más grande de los atenienses vivos y que no era adversario: Sócrates.

Su condena queda como uno de los mayores misterios de la Antigüedad. Obedeció a los Treinta y denunció el mal gobierno de los Critias. Escapaba de colaboracionismo y no era susceptible de depuración. De hecho, sus adversarios le acusaron en el plano religioso y moral. La imputación que se le dirigió en el 399 era de impiedad pública respecto a los dioses, y corrupción de la juventud. El jurado estaba compuesto por mil quinientos ciudadanos. Y en la tribuna de la Prensa, estaban Platón y Jenofonte, cuyas reseñas son los únicos testimonios dignos de consideración del proceso.

Los motivos pasionales se sobrepusieron a todo criterio de justicia, mostrándonos así la psicología del pueblo griego.

De los tres ciudadanos que habían presentado la querella, Anito, Meletos y Licón, el primero tenía motivos de rencor.

A Sócrates se le reprochaba tener entre sus discípulos a Alcibíades y a Critias, pero ambos se habían apartado del Maestro muy pronto. En cuanto a sus costumbres sexuales, en la Atenas de aquel tiempo no era motivo de escándalo.

La comedia de Aristófanes indicaba las causas reales, ya que era un aristócrata en el sentido intelectual, pobre, vestido como un andrajoso y nadie podía reprocharle la menor deslealtad respecto el Estado democrático, sino todo lo contrario.

Como filósofo, exigió que las leyes estuviesen a tono con la justicia , mandando a sus discípulos que se cumpliese. Preparaba una clase política instruida que gobernase según justicia.

Todo ello, la plebe no lo sabía, por no poder seguir la dialéctica socrática, pero lo intuía, e instintivamente le odiaba. Aristófanes, no fue más que en intérprete de aquella protesta plebeya, la cual pretendía oponer a Sócrates un sentido común y estaba animada por la envidia que todos los hombres mediocres sienten hacia los de intelecto superior, ya que la gente de cultura constituían una restringida minoría en medio de una masa de bajo nivel, de la que procedía la mayoría de los jurados y la del público que sobre aquéllos reflejaba sus propias pasiones. Sin embargo, es de creer que difícilmente se habría llegado a la condena, si el mismo Sócrates no hubiese puesto lo suyo para provocarla. Se defendió, pero se lanzó a la más orgullosa e inoportuna apología de sí mismo, proclamándose invertido por los dioses de la misión de revelar la verdad. Los jurados trataron pararle en ese peligroso camino, pero no les escuchó y pidió además de se absuelto, ser proclamado bienhechor público.

Así, según el enjuiciamiento ateniense, los veredictos eran dos: afirmar o negar la culpabilidad y determinar la pena, proponiendo una el acusador y otra el acusado, eligiendo el tribunal una de las dos. Así, Meletos pidió la pena de muerte, mientras que Sócrates, ser alojado en el Pritaneo, desairando a público, jueces y jurados. De éstos setecientos ochenta votaron a favor de la pena capital y setecientos veinte en contra, por lo que podía proponer una alternativa. Al principió se negó, pero rindiéndose a las súplicas de Platón y otros amigos, se avino a pagar una multa de treinta minas, que aquellos se declararon dispuestos a pagar. El jurado se volvió a reunir, pero los votos partidarios de la pena de muerte habían aumentado en ochenta.

De este modo, fue encarcelado, donde era visitado por sus discípulos, quienes le vieron morir a los setenta años.

Así, Sócrates sabía que el sacrificio de la vida aseguraría el triunfo de su misión. Los frutos no tardaron en madurar, apenas había muerto, Atenas se rebeló contra quien había provocado la condena. Meletos fue lapidado, Anito desterrado.