Historia de la Guerra del Peloponeso; Tucídides

Historia Antigua. Grecia. Siglo de Pericles. Atenas. Esparta. Restauración democrática. Cuestión tucidídea

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HISTORIA DE LA GUERRA DEL PELOPONESO

Tucídides

ÍNDICE

1. TUCÍDIDES: NOTAS BIOGRÁFICAS

2. HISTORIA DE LA GUERRA DEL PELOPONESO: ESTRUCTURA

3. GUERRA DEL PELOPONESO: DESARROLLO

3.1. LA LUCHA POR LA HEGEMONÍA

3.2. LA GUERRA DEL PELOPONESO: concepción; causas del conflicto; preliminares; efectivos; la guerra en tiempos de Pericles; los sucesores de Pericles; Platea, Mitilene y Córcira; Pilos; reacción espartana: Brásidas; Paz de Nicias; expedición a Sicilia; derrota siciliana; la oligarquía; los Treinta Tiranos

3.3. LA RESTAURACIÓN DEMOCRÁTICA

3.4. SUPREMACÍA ESPARTANA

4. TUCÍDIDES, HISTORIADOR Y ESCRITOR. METODOLOGÍA HISTÓRICA Y ESTILO: Heródoto y Tucídides; historia política; historia contemporánea; metodología histórica; elementos de su metodología; Tucídides escritor: influencias y estilo

5. LA CUESTIÓN TUCIDÍDEA

6. PERVIVENCIA Y TRANSMISIÓN DEL TEXTO: pervivencia; transmisión

7. BIBLIOGRAFÍA

EL PAÍS, 09.08.2001: entrevista de Agustí Fancelli a Eulalia Vintró, antigüa teniente de alcalde de Educación y Bienestar Social del Ayuntamiento de Barcelona; actualmente Catedrática de Griego en la Universidad Autónoma de Barcelona.

...

P. ¿No le produce cierta esquizofrenia preocuparse por todo lo que ha explicado aquí y luego hablar a sus alumnos de la Edad de Pericles?

R. No. Constatas que las pasiones, las intrigas, los oportunismos, son tan viejos como el género humano. Leer a Tucídides explicando las guerras del Peloponeso te ayuda a comprender la limitación de los grandes acontecimientos, la pequeñez de las cosas. Es decir, te ayuda a distanciarte del presente, a objetivarlo, sin por ello quitarte la ilusión por hacer cosas.

1. TUCÍDIDES: NOTAS BIOGRÁFICAS

La vida de Tucídides comprende la segunda mitad del siglo V a.C., una época en la que Atenas conoció un florecimiento cultural pocas veces igualado a lo largo de la historia de la Humanidad. Especialmente durante los años que precedieron al estallido de la contienda que narra nuestro historiador, hacia 431 a.C., Atenas era el centro económico, intelectual y político del mundo griego; una ciudad cosmopolita a la que, en el polo opuesto de Esparta, acudían en masa los extranjeros para desarrollar operaciones comerciales, misiones diplomáticas o integrarse en un ambiente cultural abierto y dinámico, cuyo motor principal era el círculo intelectual creado en torno a Pericles y su segunda mujer Aspasia de Mileto.

En tal círculo se integraban filósofos como Anaxágoras y el sofista Protágoras, literatos como el poeta trágico Sófocles y el historiador Heródoto, artistas como el escultor Fidias y el arquitecto Hipodamo de Mileto, etc. La figura de Pericles y los intelectuales de su círculo, así como todo el ambiente cultural de la Atenas de la época, ejercieron una influencia muy notable sobre el pensamiento de Tucídides.

Ya en concreto en relación con nuestro autor, pocos son los datos que sobre la vida de Tucídides se conocen y casi todos los conocidos lo son gracias a lo que sobre sí mismo escribió en su obra; en efecto, el propio Tucídides nos ofrece en algunos pasajes de ella informaciones aisladas sobre su persona. Además de esos datos, existen 2 biografías manuscritas sobre Tucídides, una escrita por Marcelino y un fragmento pairáceo; a éstos escritos debe añadírsele el artículo de la Suda.

Así, sabemos que era hijo de Oloro y que pertenecía a una familia aristocrática ateniense, pues él mismo se asigna dicho topónimo; en el origen tracio del nombre de su padre se ha querido ver una relación entre Tucídides y la familia de los Filaidas, a la que también pertenecía Cimón, hijo de Milcíades -cuyo abuelo materno también se llamaba Oloro-, quien se oponía al imperio naval ateniense tal y como propugnaba Pericles. Pertenecía, pues, a esta destacada familia ateniense de los Filaidas, al igual que, por parentesco político, su homónimo Tucídides, hijo de Melesias, un muy importante rival político que tuvo Pericles; con tal fundamento, de nuestro autor se ha escrito que, habiendo nacido en la oposición antipericlea, pasó a convertirse en seguidor de Pericles con celo de converso.

El historiador también hace referencia a su vinculación personal con Tracia, puesto que tenía adjudicada a perpetuidad la explotación de las minas de oro de esa región, lo cual debe relacionarse con el ya mencionado nombre de su padre, Oloro, antropónimo tracio que llevaba ya el príncipe de esa nacionalidad cuya hija se casó con Milcíades, el vencedor de Marathón y antepasado de nuestro historiador.

Otro dato importante que sirve para completar su biografía es su afirmación de que padeció la terrible epidemia que asoló Atenas en el año 430 a.C.

Como, según la ley ateniense, era preciso tener más de treinta años de edad para ser elegido estratego y debido a que Tucídides participó como tal en el sitio de Anfípolis en el 424 a.C., es preciso que Tucídides naciera con anterioridad al 454 a.C. Su nombramiento para una acción en Tracia se debió a la influencia de Tucídides entre los personajes más destacados de Tracia -recordamos, de nuevo, su posible origen e intereses económicos familiares-.

Educado en el seno de una familia aristocrática, debió frecuentar las escuelas de la sofística a juzgar por su estilo, su lengua y su pensamiento. Destinado a ejercer las más altas magistraturas, debido al mencionado desastre de Anfípolis frente a Brásidas, sufrió el destierro durante 20 años, tras una previa condena a muerte por rebeldía en el año 423 a.C., hasta el final de la guerra.

No obstante, fue durante su destierro que le surgió la idea de historiar y narrar los acontecimientos de su guerra contemporánea, con cierta calma e imparcialidad, ya que tenía acceso a lo ocurrido en ambos bandos, lo cual le permitió

“... conocer mejor los sucesos de ambos bandos, y no menos los de los peloponesios a causa de mi destierro".

Como fecha de su muerte se suele tomar como referencia la de finales del siglo V y, más en concreto, en torno al año 399 a.C. de acuerdo con la mención que hace en su obra del rey macedónico Arquelao de Macedonia como de una persona ya desaparecida, en tanto que fue asesinado ese año, aunque cabe la posibilidad de que hubiese escrito esa alabanza en vida del monarca. En todo caso esa fecha viene a coincidir con la noticia que nos transmite la tradición por mediación de su biógrafo tardío Marcelino, según el cual nuestro autor murió cumplidos los 50 años.

Otro dato importante es la información ofrecida por Pausanias de que Enobio, que había sido general en el 410 a.C., solicitó una amnistía especial para que Tucídides volviera del destierro: ello supone que dicha amnistía hubo de ser inmediatamente anterior a la amnistía general decretada en el 404 a.C. o bien inmediatamente posterior.

El mismo Pausanias indica que, a su vuelta del destierro, Tucídides fue asesinado, lo que contrasta con las informaciones del propio Tucídides, en tanto que nos señala que sobrevivió hasta que la contienda hubo acabado. Dado que otras noticias hablan incluso de su muerte en un naufragio, es por ello que los estudiosos mantienen que no hay ningún dato decisivo ni acerca de la causa de su muerte ni del lugar en que acaeció, Atenas o Tracia.

La gran obra de Tucídides es Historia de la Guerra del Peloponeso, que se supone inconclusa, escribiendo 8 Libros antes de morir. El historiador se basó en los hechos ocurridos para desarrollar la narración, alejándose de la mitología o de las narraciones orales, dotándola de estilo dramático y expresivo, intentando encumbrar la política de los máximos dirigentes atenienses, Temístocles y Pericles, así como defender la ideología que representaban, la democracia.

2. HISTORIA DE LA GUERRA DEL PELOPONESO: ESTRUCTURA

Su Historia, tal y como ha llegado a la actualidad, consta de 8 Libros, división que no parece haber sido obra de Tucídides. Éste parecía pretender ofrecer una narración completa de los acontecimientos de esta guerra desde sus inicios hasta su final en el año 404 a.C., algo que, sin embargo, no se cumplió, pues su relato se interrumpe de manera abrupta en la narración de los hechos del año 411 a.C. Esta incongruencia favoreció la idea, extendida en tiempos pasados, de que Tucídides había muerto asesinado sin poder concluir su obra, mientras que en la actualidad también se siguen suscitando discusiones, más atemperadas que en épocas pretéritas, sobre si Tucídides consiguió terminar o no su obra.

Lo cierto es que ésta presenta algunas irregularidades que permiten pensar en la veracidad de la leyenda acerca de que la obra estaba falta de una última revisión del autor. Diferentes biógrafos llegaron a decir que el Libro VIII fue escrito en su totalidad por la hija de Tucídides, por Jenofonte o por Teopompo.

Dionisio de Halicarnaso planteó dudas similares y, tras comparar el Libro I y el VIII, concluyó que no estaban escritos de la misma manera. De ese modo, los estudiosos de su obra han podido afirmar que, sin que se pueda determinar el motivo, Tucídides no pudo realizar la última revisión de su obra, pues además del ya mencionado Libro VIII, existen otras partes de la Historia faltas de pulimentar: se observa que en el Libro VIII y en gran parte del Libro V no hay discursos directos; de igual modo, los documentos citados se encuentran sin elaborar de manera más frecuente en los Libros IV, V y VIII que en el resto de la obra.

En resumen, las partes faltas de mayor elaboración serían:

1. La segunda parte de la Arqueología (en la que se describen las circunstancias más primitivas de los griegos desde su origen), que concluye en un brusco resumen tras narrar la guerra de Troya

2. La exposición de los hechos que provocaron la ruptura bélica

3. La descripción de los sucesos posteriores a la Paz de Nicias y sus consecuencias hasta la expedición contra Melos

4. La descripción de los acontecimientos previos a la expedición de Sicilia

5. El Libro VIII, completo.

Dejando de lado los problemas que afectan al contenido y a la forma externa del relato, el Libro I es una introducción general al resto de la obra. En este Libro, Tucídides se esfuerza en demostrar la importancia de su trabajo y del tema que va a tratar en comparación con los escritos de otros historiadores.

En los primeros capítulos, se pretende ofrecer una relato veraz sobre los tiempos primigenios, la llamada Arqueología, que se complementa con una exposición clara de los principios metodológicos del autor. Esta primera parte del Libro I continúa con la narración de las causas de la guerra y una extensa digresión sobre la historia de los años 479-478 al 440-439 a.C. Así, Tucídides justificaba su punto de vista de que la guerra era totalmente inevitable dado el enorme poder de Atenas, que ponía en peligro la supremacía de Esparta.

Con esta digresión arranca su relato sobre la Pentecontecia, donde se narraba precisamente el ascenso al poder del Ática, lo que venía justificado, según Tucídides, por dos motivos: el primero, porque los historiadores anteriores no habían escrito con exactitud sobre este período; el segundo, porque una vez más se ponía de manifiesto que estaba en lo cierto al suponer la motivación central de la guerra estaba en ese poder de tintes imperialistas. El Libro se cierra con las disensiones previas al estallido del conflicto; en estos capítulos finales, los discursos enfrentados de manera antitética adquieren un marcado protagonismo: por un lado, habla el orador corintio; por otro, Pericles, quien muestra su convicción de que los atenienses ganarán la guerra por detentar el poder marítimo.

Tras la introducción general, sobre la que se volverá más adelante, sigue un bloque narrativo formado por los Libros II a V, que abarca los 10 primeros años de conflicto. A tal fin de narrar estos sucesos, Tucídides opta por un peculiar sistema cronológico y cuenta por fracciones de año de acuerdo con la sucesión de inviernos y veranos. El Libro II comprende 3 años de guerra, narrándose dos incursiones de los lacedemonios en el Ática y, justamente al final del primer año, se inserta la célebre Oración Fúnebre, un discurso a los caídos pronunciado por Pericles.

El Libro III también comprende 3 años; aquí, Tucídides quiere poner de manifiesto cómo la brutalidad se iba acentuando en los dos bandos y, de ese modo, confiere importancia a la caída de Mitilene; una vez más, los discursos son el centro de atracción al explicar de manera razonada el curso de los acontecimientos; en esta ocasión Cleón y Diódoto se enfrentan delante de la Asamblea, donde se discute sobre la eficacia del castigo ejemplar que se pensaba dar a los de Mitilene y que gracias a la mediación de Diódoto se redujo. Como contrapartida, Tucídides relata también el comportamiento de los espartanos en Platea, donde, tras su rendición en el 427 a.C., 200 ciudadanos fueron sacrificados. Al lado de ambos relatos que conforman el anverso y el reverso de un mismo proceso de destrucción, Tucídides narra en este Libro la guerra de Corcira (a pequeña escala le sirve para trazar un diagnóstico preciso sobre lo que habría de ocurrir más tarde) y la expedición a Sicilia.

El Libro IV abarca también otros 3 años de conflicto, aquellos que representaron el punto culminante en esta guerra. En este Libro, una figura relevante es el espartano Brásidas, que llegaría a ser el salvador de su patria y que se presenta en tres ocasiones como un magnífico orador.

En el Libro V narra los sucesos durante el mayor de los intervalos tratados, desde el año décimo del conflicto hasta el decimosexto; es el momento de la Paz de Nicias, que materializó de forma fallida el deseo de acabar con las hostilidades entre las dos potencias. Hasta este punto, el relato de la guerra es unitario, unidad que se rompe con ese intervalo sin contiendas, marcado por la firma de la paz, que duró cinco años y medio, y que ocupa desde el Capítulo 25 hasta el final del Libro.

En este momento se inicia un breve relato de carácter independiente, como lo demuestra el hecho de que el Capítulo 26 del Libro V sirva de un a modo de segundo proemio:

"El mismo Tucídides de Atenas ha expuesto por escrito estos hechos, siguiendo por veranos e inviernos el orden cronológico de cada uno hasta el momento en que los lacedemonios y sus aliados pusieron fin al imperio ateniense... Hasta ese momento el número total de años de la guerra fue de 27... Viví toda ella con edad suficiente para darme cuenta y poniendo interés en informarme exactamente... En consecuencia, voy a exponer los hechos posteriores a esos 10 años, las desavenencias y ruptura del tratado de paz y cómo se desarrolló la guerra después".

Las palabras de Tucídides justifican el que se considere que, por encima de la división en Libros, existe un segundo núcleo narrativo que se inicia a partir del Libro VI. Esas mismas afirmaciones hicieron pensar que Tucídides no había publicado su obra de una vez, sino que hubo ediciones parciales de la misma. Por otro lado, ya se ha hablado de los rasgos que permiten pensar que el Libro V no fue revisado en último momento por Tucídides, aunque también se podría suponer que la desconexión narrativa se deba a la naturaleza de los acontecimientos allí insertos y al deseo de atender a los muy diversos frentes de la acción.

A partir del Libro VI se inicia el relato de la Guerra de Sicilia que se extiende hasta el Libro VII. La expedición de Atenas a Sicilia le da pie a Tucídides para una muy elaborada narración en el que las figuras centrales serán Alcibíades y Nicias, que exponen en sus respectivos discursos las razones en pro y en contra del ataque a Sicilia. La maestría de Tucídides se manifiesta en su caracterización de ambos personajes y, sobre todo, en su retrato de Alcibíades, un hombre brillante y egoísta quien, con su traición, infringiría un duro golpe a las fuerzas atenienses. Hay acuerdo generalizado en que es esta parte de la obra la que resulta más trabajada y en la que hay una mayor abundancia de discursos.

La narración del año 17º-18º de la guerra ocupa hasta bien entrado el Libro VII. Este Libro VII se explaya en los acontecimientos del 19º año de la contienda, que se extiende hasta incluir los 6 primeros capítulos del Libro VIII, en el que, sin dejar de lado las calamidades sufridas en el Ática, el peso de la acción continúa en tierras sicilianas; allí el destino parece cebarse con los atenienses, que pierden finalmente a Nicias y a Demóstenes. El Libro VII continúa con las maniobras espartanas para atraerse a Persia, introduciéndose en la narración los sátrapas Tisafernes y Farnabazo y dando cuenta también Tucídides de cómo los atenienses van siendo abandonados por sus aliados y cómo Lacedemonia comienza a hacerse fuerte en el mar.

El Libro VIII, último de la Historia, presenta los hechos ocurridos en el 21º año de la guerra, con lo que se introduce en un nuevo bloque narrativo que se ocupa de los acontecimientos del año 411 a.C. EL relato se detiene en este punto, con lo que la pretensión de Tucídides de alcanzar hasta el 27º año del conflicto (404 a.C.) se ve truncada. Aquí vuelven a faltar, como ocurría en el Libro V, los discursos en estilo directo e, igual que allí, Tucídides recurre a la copia textual de los documentos. Se observa también que en el Libro VIII la línea principal del relato se interrumpe con la narración de ciertos sucesos colaterales, todo lo cual induce a pensar que Tucídides pudiera no haber dado el último retoque a la obra, lo cual habría favorecido una mayor uniformidad de la misma.

En resumen, a pesar de que la obra se presenta con una división en 8 Libros, es posible hablar de otra división estructural de acuerdo con los bloques narrativos señalados. Así, tras la introducción general al relato (Libro I), sigue la narración completa de los 10 primeros años de conflicto (Libros II a V); a continuación se sitúa el bloque narrativo que atiende a la Paz de Nicias, precedido por un breve proemio, que marca un gran segundo bloque que se extiende por los Libros VI y VII y trata de la Guerra de Sicilia, que muchos autores han considerado como la parte más trabajada de toda la obra. Esta línea se interrumpe definitivamente en el Libro VIII y último, seguramente como consecuencia de un fin repentino e inconcluso.

Esta distinción cronológica en 3 partes (guerra de 10 años -libros I a parte del V-, tregua de 7 años -resto del Libro V- y otra guerra de 10 años -Libros VI a VIII-) le ha llevado a algún autor (Rawlings, H. R.- The structure of Thucydides' History, Princeton, 1981, citado por Jaeger, 1990) y según veremos en el apartado La cuestión tucidídea, a considerar que el resultado es una obra con una estructura de perfecta unidad compositiva, en la que Tucídides parece haber escrito cada guerra de 10 años teniendo a la vista los sucesos de la otra y sirviendo los Libros I y VI como sendas introducciones.

3. GUERRA DEL PELOPONESO: DESARROLLO

3.1. LA LUCHA POR LA HEGEMONÍA

La historia griega se caracterizó desde el principio por el carácter particularista de sus ciudades, capaces de convivir a través de pactos y convenciones, plasmadas en instituciones panhelénicas, pero enfrentadas de manera constante en luchas por los territorios limítrofes o por el control de poblaciones más lejanas y de los accesos a minerales o a territorios productores de bienes atractivos, por pura necesidad o por la búsqueda del prestigio de las clases dominantes.

La unidad nunca ha sido real. Todo lo más, circunstancialmente se ha definido un enemigo común capaz de aglutinar las fuerzas de más o menos ciudades, como en el caso de los persas, ante los que la unidad fue más una imagen creada que un hecho real. Confederaciones y Ligas representan unidades enfrentadas a otra parte del mundo griego, integradas, por lo demás, de manera hegemónica. La Liga del Peloponeso se aglutina en torno a Esparta como la de Delos lo hace en torno a Atenas, aunque la naturaleza de sus relaciones internas sea diferente.

De hecho, la polis, a partir de un momento específico de su desarrollo, cuando ha accedido a los mercados de intercambio de productos y de mano de obra servil, sólo subsiste en constante crecimiento, lo que la lleva a supeditar a otras y a enfrentarse con los vecinos.

Ahí se encuentra la contradicción de la polis, en que sólo subsiste cuando, de algún modo, deja de serlo. La ciudad ideal platónica, no imperialista, sólo existe en el mundo de la utopía. El siglo que transcurre entre el inicio de la guerra del Peloponeso y la intervención macedónica en Grecia es por ello el siglo de las luchas por la hegemonía, lo que, al ser consecuencia de la evolución de la polis, va dando forma también a la historia interna de la misma en una faceta determinada, la que suele conocerse como crisis de la polis. Luchas por la hegemonía y crisis de la polis son, por tanto, dos aspectos de una sola y misma historia.

3.2. LA GUERRA DEL PELOPONESO

Durante los años de la Pentecontecia, en Atenas, el desarrollo de la democracia ha corrido paralelo al desarrollo del imperio y, por tanto, a la creación de relaciones conflictivas entre las ciudades. Gracias al imperio, era posible la concordia interna en Atenas, con más o menos altibajos a lo largo de todo el período, pero estabilizada a partir de la desaparición de Tucídides de Melesias, sólo alterada desde entonces por las acusaciones dirigidas contra los colaboradores del llamado círculo de Pericles, cuando ya empezaban a deteriorarse las relaciones a todos los niveles.

Cuando el demos actuaba en el exterior, en cambio, exigía la sumisión y ejercía la violencia, aunque al mismo tiempo fuera capaz de obtener el apoyo del demos de las ciudades aliadas. En éstas de hecho no era posible el mismo tipo de concordia, pues el phoros recaía sobre los ricos, que trataban de liberarse de él enfrentándose al demos propio y al de los atenienses. El imperio creaba conflictos entre Atenas y los demás, pero también entre las otras ciudades y entre los miembros de las mismas.

Dentro de Atenas, los thetes habían llegado a ser libres, tanto jurídica como económicamente, pero en terreno político seguía a un ciudadano capaz de poner en práctica sus decisiones y de orientarlos; fue Pericles el hegemón por antonomasia. Ello daba a la democracia un sentido especial, en el que convivía la concordia entre masa e individuo con la violencia subyacente a la admisión de que existe la hegemonía como tal, de un hombre sobre la masa, de Atenas sobre el imperio; la concordia era, al mismo tiempo, germen de violencia.

Finalmente, la tendencia de las ciudades a controlar hegemónicamente el mundo circundante no acaba en la obtención del imperio para Atenas, pues ésta la obligaba a mantener relaciones competitivas con los demás, por rivalidades territoriales y control de los cambios. Para los demás, por otro lado, significaba la imposibilidad de admitir el predominio ateniense, obstáculo notable para el desarrollo territorial y marítimo de ciudades como Corinto, comprometida en nuevas fundaciones coloniales y en los tráficos navales.

Por ello, Tucídides, al inicio de su narración, piensa que la causa más verdadera de la guerra estaba en el miedo que Atenas provocaba en todos los griegos.

Concepción

a) Inevitabilidad: Tucídides entendió que, si bien en un principio Esparta se había dejado arrastrar por sus aliados (Corinto, Mégara, etc.) a la guerra, era la verdadera enemiga y la verdadera causante de la misma al lanzarse a una guerra preventiva contra Atenas, aunque más tarde, durante su transcurso, se comprobará que resultó beneficiada por tales hechos junto con su imperio y aliados -si bien los atenienses sí llegaron al Peloponeso, nunca llegaron a Lacedemonia, sólo hasta Pilos-.

Con todo, ya desde el inicio de su obra, Tucídides indica que la guerra era inevitable y achaca la causa al expansionismo imperialista y militar ateniense y el temor que éste suscitaba en Esparta y sus aliados -aunque indica que ambos bandos acudían a la misma en un punto álgido de su potencial bélico y económico- junto con el impulso humano de obtener más poder, caracterizado en la ambición ateniense para ampliar su imperio; esta causa profunda se pondría de relieve en tres hechos, que desarrollaremos con detalle enseguida: el conflicto de Corcira con su metrópolis Corinto, el conflicto y asedio de Potidea y el decreto megárico de prohibición por parte de los atenienses de la entrada de productos megarenses en Atenas.

b) Grandeza: Al mismo tiempo, Tucídides, llevado por el orgullo y por el conocimiento a posteriori, nos indica en su Libro I que es la guerra más grande y más importante del mundo helénico por diversas razones:

1. Es la primera guerra civil del mundo griego -y la primera de Occidente-.

2. A ella acuden dos bandos en plenitud de recursos económicos y militares tras casi 20 años de paz, desde las guerras médicas.

3. Cada bando arrastró consigo a sus aliados, no sólo de la Grecia continental, sino también de las islas, de Asia Menor y de sus colonias como Sicilia y la Magna Grecia.

4. La duración de la misma: si en tiempos de Heródoto las guerras se solventaban mediante batallas puntuales, esta guerra duró 27 años.

5. Por otro lado, parece consustancial a la naturaleza humana el que el conflicto en el que participa el narrador le parezca el más trascendental, pretendiendo indirectamente, en consecuencia, que su participación se acerque a niveles de heroísmo, de avezado guerrero o de gran general, o que, por otro lado, el mérito de narrar sus detalles le convierta en gran escritor; el caso de Tucídides puede considerarse ejemplar al respecto, si bien su intervención no parece haber brillado especialmente, ni en cuanto a su papel como general, ni como guerrero.

Causas del conflicto

Junto a la causa general del enfrentamiento entre Atenas y Esparta, cada una de ellas con sus aliados, Tucídides indica también cuáles son las causas o motivaciones que las llevan a actuar del modo correspondiente ante el estallido de la guerra. Cada una de estas motivaciones respondía en cierto modo a diferentes aspectos de las relaciones que podían surgir entre Atenas y los miembros de la Liga del Peloponeso, sin que afectaran de modo directo a los espartanos.

Por el contrario, fueron los corintios los principales protagonistas de las dos que el historiador desarrolla explícitamente, las cuestiones referentes a Corcira y a Potidea. La tercera, el llamado decreto megárico, sólo es mencionada por Tucídides de manera alusiva y en la actualidad es objeto de debate, sobre todo a partir de los estudios de Ste.-Croix. En el año 435 a.C., en la ciudad de Epidamno, colonia fundada por los corcirenses con la participación de los corintios, que eran a su vez los fundadores de Corcira, tuvo lugar un conflicto civil a consecuencia del cual se estableció la democracia tras expulsar a los aristócratas. Éstos se dedicaron a atacar la ciudad con el apoyo de las tribus indígenas del continente, por lo que los demócratas solicitaron la ayuda de la metrópolis. Pero aquí los gobernantes se negaron a colaborar con el sistema establecido, por lo que los de Epidamno acudieron a la metrópolis común, Corinto. Su intervención, sin embargo, fue un fracaso, pues sus naves fueron derrotadas por las corcirenses. Ante los preparativos que los corintios realizaban para llevar a cabo un nuevo ataque, que tendría lugar dos años más tarde, los corcirenses acudieron a Atenas.

Desde su punto de vista, para Atenas sería importante contar con una flota como la de Corcira ante un eventual enfrentamiento con los del Peloponeso. Para el historiador Tucídides, la guerra era inminente. Por mucho que la participación ateniense apareciera como una mera colaboración en la defensa de Corcira ante la agresión, de hecho se convirtió en uno de los motivos proclamados por los corintios para pedir el inicio de la guerra.

Según Tucídides, la importancia de Corcira era grande por hallarse en las rutas que conectaban Grecia con las ciudades de Sicilia y del sur de Italia. Tales circunstancias han servido para que se establezca un debate acerca de la importancia de los conflictos comerciales en los orígenes de la guerra del Peloponeso, e incluso de las guerras antigüas en general.

Frente a actitudes excesivamente mercantilistas y modernizantes, tendentes a ver fenómenos paralelos a los de las guerras imperialistas modernas, Ste.-Croix quita todo valor a ese tipo de rivalidades. El fenómeno de la guerra antigüa, según su punto de vista, responde fundamentalmente a rivalidades territoriales por espacios limítrofes o, como mucho, al control de vías de acceso a los aprovisionamientos.

En cualquier caso, tras las matizaciones que eviten todo anacronismo, en el episodio puede mostrarse, materializado en un caso concreto, uno de los aspectos significativos de los cambios que se producen en la época clásica, con la intervención de una doble rivalidad superpuesta, la de Corcira con Corinto y la de ésta con Atenas. En la primera se hallan implicadas también las relaciones coloniales, su evolución y transformación a partir de formas de supeditación de la que algunas fundaciones se van independizando. Corinto ve cómo ocurre así con sus colonias, sobre todo con Siracusa; ya no existe dependencia ni siquiera en el plano ideológico.

Por otro lado, Atenas tiende a imponerse en el Mediterráneo a través del control de los mares y, si bien en general se dirige al este, también ha empezado a proyectarse igualmente hacia el oeste, en la fundación de Turios y en los pactos con Segesta. La amplia difusión de la cerámica ática testimonia que la búsqueda de acceso a los aprovisionamientos va acompañada de la salida de los propios productos, elemento de valor económico e ideológico.

Las posibles rivalidades navales entre Atenas y Corinto hay que encuadrarlas en el marco de las relaciones entre las ciudades antiguas vecinas, pues la intervención de los atenienses en Mégara, con la defección de ésta de la Liga del Peloponeso, después de la colaboración ateniense en Ítome y el deterioro consiguiente de las relaciones, ponía de manifiesto el inicio de hostilidades concretas, agravadas por la vecindad. Se ponía en peligro la posibilidad de convivencia de los territorios limítrofes, por cuanto factores de proximidad territorial y de controles lejanos se complementan e interfieren mutuamente y no resultan excluyentes entre sí.

El segundo de los motivos a que alude Tucídides es el enfrentamiento que tuvo lugar en Potidea, donde de nuevo interfieren varias circunstancias. Se trataba de una colonia corintia, donde la metrópolis continuaba enviando epidemiurgos, aunque por Tucídides sabemos que los atenienses les ordenaron prescindir de éstos y desmantelar las murallas. El texto da a entender que se había producido algún tipo de movimiento de resistencia, apoyado por los corintios y por Perdicas de Macedonia y permanecen las dudas acerca de las iniciativas, promovidas desde Corinto o desde Atenas.

La situación revela, en cualquier caso, la gravedad que alcanzan las relaciones de Macedonia, en cuya corte se generan rivalidades aprovechadas por las ciudades griegas para apoyar a unos o a otros, al tiempo que el expansionismo macedónico empieza ahora a repercutir en las posibilidades de control del norte del Egeo por parte de las ciudades griegas.

Por otro lado, sean cuales fueren las responsabilidades en el inicio concreto de la guerra, se ha señalado que en las listas de tributos se nota un aumento importante de la aportación de Potidea para el año 433 a.C., lo que no deja de ser un factor de conflicto, dentro de unas relaciones imperialistas. Los espartanos prometían invadir el Ática, mientras los atenienses Calias y Formión se dirigían a luchar contra Potidea frente a Perdicas, a los corintios y a la Liga Calcídica encabezada por Olinto. El asedio de Potidea era, de hecho, un aglutinador de todos los elementos del conflicto.

Finalmente, entre los motivos por los que los espartanos lanzan su ultimátum a los atenienses, Tucídides menciona el decreto megárico, por el que los atenienses impedían a los megarenses el acceso a los puertos del imperio y al ágora ateniense. En los Acarneos de Aristófanes, éste fue uno de los principales motivos de que estallara la guerra, circunstancia que también menciona Plutarco. Ste.-Croix, quita importancia a un motivo que, desde su punto de vista, revelaría un aspecto anecdótico de las relaciones entre ciudades. Sin embargo, para Atenas era una medida importante, pues respondía a la actitud de los megarenses, que habían cultivado el territorio limítrofe y acogían en las fronteras a los esclavos fugitivos de Atenas. Se mezclarían, por tanto, las circunstancias territoriales que suelen llevar al enfrentamiento entre ciudades y las propias del desarrollo del sistema esclavista con la difusión de los intercambios vinculados al mercado inmediato y al imperio marítimo.

Preliminares

Fueron los corintios quienes convocaron a los miembros de la Liga a una reunión en Esparta con el objeto de proponer la guerra contra Atenas. A las acusaciones de tratar de esclavizar a los griegos, una delegación ateniense que Tucídides sitúa en Esparta por casualidad contesta con los argumentos que fundamentan en sus méritos como liberadores de Grecia el derecho de los atenienses a poseer el imperio. Los espartanos, por su parte, aparecen divididos. Mientras el rey Arquidamo es partidario de mantener la paz con Atenas, el éforo Estenelaidas revela una actitud agresiva.

Según Tucídides, el triunfo de la postura representada por este último se debió a la intimidación, pues despertó en los demás el temor a los atenienses, actitud coherente con lo que para el historiador es la causa de la guerra. En consecuencia con ello, los peloponesios enviaron un ultimátum a Atenas en el que exigían la abolición del decreto megárico, la autonomía de los griegos y la eliminación de los efectos de la mancha debida al sacrilegio cometido por los atenienses en el momento de la expulsión de la tiranía de Cilón, donde estaba implicado el demos de los Alcmeónidas, al que por línea materna se vinculaba Pericles.

En un discurso puesto en boca de este último, Tucídides hace saber que, para los atenienses, la guerra, sin resultar deseable, tampoco puede evitarse meramente a través de la cesión ante unas exigencias que, de aceptarse, se ampliarían indefinidamente hasta llegar a la situación de abierto enfrentamiento, en la que, con el retraso, los atenienses sólo conseguirían encontrarse más débiles. En estos momentos parece que la postura más belicista corresponde a los miembros de la Liga del Peloponeso, afectados por el crecimiento y desarrollo del imperio.

Efectivos

En el inicio de la guerra, los atenienses cuentan con unos importantes efectivos en lo que se refiere a recursos marítimos. Han acumulado con el tiempo 6.000 talentos procedentes de los tributos de la alianza, poseen 300 trieres y abundantes thetes y metecos para dotar la flota, a la que se suman las naves de Samos, Quíos, Lesbos y Corcira.

Sus 3.000 hoplitas eran menos que los peloponesios y, en principio, no se contaba como fuerza eficaz con los 1.200 caballeros que, en estos momentos, sólo se utilizaban para la defensa de los territorios más próximos a la ciudad y en misiones especiales.

Los peloponesios cuentan fundamentalmente con un potente ejército de 40.000 hoplitas, si bien Tucídides señala que su condición de campesinos les obligaba a evitar las acciones que los alejara excesivamente de su propio territorio. En el mar se mostraban muy inferiores, por todo lo cual confiaban en poder realizar una campaña rápida y definitiva que dejara a los atenienses incapacitados para seguir ampliando su dominio marítimo.

Una guerra prolongada, que los mantuviera largo tiempo alejados de su territorio, podía ser fatal para el mantenimiento de sus propias estructuras internas, que requería atención constante en el plano económico y en el de la represión de los hilotas.

Los aliados de Esparta aportaban en total 100 trieres, pero tenían graves dificultades para la reposición, pues Atenas controlaba los más importantes accesos a las zonas madereras. Más grave era incluso el problema del reclutamiento de remeros, que en Atenas se hacía entre los thetes, libres sin tierra de los que no había equivalentes en las ciudades donde la ciudadanía seguía determinada por la condición de hoplita. La utilización de esclavos no resultaba igualmente favorable, por eficacia y por seguridad.

Indicar, también, que se han cuestionado las cifras que Tucídides refleja en diversos pasajes, por cuanto a numerosos autores les han resultado en exceso elevadas con relación a la época y a la guerra concretas, sosteniéndose por su parte que quizás corresponda a la tradición legada a través de los manuscritos el haberlas modificado, por error en los numerales.

La guerra en tiempos de Pericles

El periodo de la guerra que ocupa los años 431 a 421 a.C. recibe habitualmente el nombre de guerra Arquidámica, a causa del rey espartano que dirigió los ataques durante los primeros años, que de algún modo marcaron las características de todo el decenio, superioridad marítima y terrestre de atenienses y espartanos, respectivamente, sin llegar a un enfrentamiento definitivo en un terreno donde las fuerzas de unos y de otros pudieran medirse de manera equiparable. Los planes espartanos buscaban una victoria terrestre atacando el Ática para que, por otra parte, los atenienses tuvieran que abandonar sus acciones de control naval con la intención de proteger el territorio propio.

Sin embargo, Pericles tomó la determinación de no hacer frente a los ataques para evitar los efectos buscados por sus contrincantes, que pretendían que así quedaran liberadas las ciudades del imperio. El ateniense pensaba que la ciudad podía prescindir de sus relaciones con el interior y vivir del imperio, en lo que seguía una línea de pensamiento que en cierta medida había sido ya la defendida por Temístocles. Mientras los espartanos atacaban el Ática por tierra, la flota ateniense podía dedicarse a atacar las costas del Peloponeso.

La estrategia de Pericles, relativamente conservadora, ponía en duda la eficacia de la estrategia de Arquidamo. Ahora bien, también resultaba peligrosa para los propios atenienses, pues la teoría de la Atenas urbana frente al Peloponeso rural no constituía toda la verdad. Tucídides incide en que, todavía, una buena parte de la población ática vivía en el campo y, cuando Pericles propuso que abandonaran sus tierras, sus casas y sus templos, lo hicieron con mala disposición. La guerra y los aspectos sentimentales del abandono de la tierra se complican con el enfrentamiento de la autarquía con la economía donde se imponían los intercambios.

La estrategia de Pericles causó problemas internos, pero resultó efectiva en tanto que hacía ineficaz la política de bloqueo planteada por Esparta, hasta tal punto que el motivo inmediato de la guerra se situó en otro lugar, en Platea, donde el conflicto civil hizo que algunos abrieran las puertas a los tebanos para que apoyaran a los oligarcas, pero el pueblo de Platea consiguió reprimir el movimiento y condenar a muerte a los traidores, después de haber prometido su salvación. Los atenienses no tuvieron que intervenir para ayudarlos, pero el hecho sirvió de motivo a Esparta para asediar la ciudad.

La guerra civil o stasis llevó a la guerra entre ciudades. La actuación de Arquidamo debió de ser lo suficientemente lenta para que, de acuerdo con los planes de Pericles, se encontrara con los territorios del Ática por los que pasaba completamente desiertos. Los ejércitos espartanos quedaron en Acarnes a la espera de que la invasión y las acciones devastadoras de las tropas provocaran la reacción ateniense. La política militar planteada por Pericles funcionaba en líneas generales y no había respuesta. Pero había algunas reacciones que respondían a los aspectos de la sociedad ateniense que no parecen haberse previsto dentro de los planes estratégicos. Ahora surgen, a este propósito, las primeras diferencias entre los ciudadanos. Algunos campesinos veían la necesidad de salir a proteger los territorios, en lo que se encontraban apoyados, según Tucídides, por los jóvenes que pretendían poner en práctica allí las tácticas militares para las que se hallaban adiestrados, a modo de afirmación de su identidad ciudadana. Pericles reaccionaba con el envío de tropas de caballería para que evitaran la excesiva proximidad de los enemigos a la ciudad. A pesar de las circunstancias negativas, Pericles mantenía su actitud prudente, aunque tenía que evitar que fueran demasiado frecuentes las reuniones de la Asamblea. Los hoplitas, humillados, hacían notar sus voces y se fraguaba una cierta alianza ente ellos y la aristocracia ecuestre, frente a los intereses marítimos que influían en la línea marcada por Pericles.

Según Plutarco, en la organización de formas de oposición sistemáticas estaría presente la figura de Cleón, aunque será difícil encuadrar tal actitud dentro del panorama político que parece vislumbrarse en estos momentos en la ciudad. Posteriormente, su actitud será más bien cercana a la que, colectivamente, podían representar los thetes. El año 430 a.C. se siguió la misma estrategia, aunque con más vigor por ambas partes. La invasión dirigida por Arquidamo llegó hasta la región de Laurio, donde las minas de plata constituían un importante apoyo financiero para la política imperialista. De este modo podían sentirse afectados los cimientos del sistema.

De forma inmediata, sin embargo, fue más grave la difusión de una epidemia, que se conoce habitualmente como peste, aunque no es fácil determinar su verdadera naturaleza. Era en definitiva un nuevo aspecto negativo de la estrategia de Pericles, causado o por lo menos acentuado por el hacinamiento en la ciudad de las masas procedentes del campo. Otro efecto fue que ahora eran esas masas las que influían en las decisiones de la Asamblea. Así puede explicarse la oscilación producida en sus votaciones, que se inclinan a favor de someter a juicio a Pericles y hacerlo perder la estrategia, para luego llamarlo de nuevo, en circunstancias oscuras, que demuestran cómo, ya en su tiempo, se notan los efectos internos de la guerra. Curiosamente, tales circunstancias coinciden con los momentos de mayores éxitos, la toma de Potidea tras un largo asedio y el establecimiento de clerucos, al tiempo que Formión vencía a la flota peloponesia en Río, cerca de Patras, y aumentaba así el control del golfo de Corinto y la protección del asentamiento de Naupacto.

Los sucesores de Pericles

A finales del año 429 a.C. Pericles muere. Los historiadores se plantean el problema de si existe algún político que pueda considerarse su heredero en la línea estratégica y en la capacidad de alcanzar consensos. La respuesta es indudablemente negativa, aunque todos son de algún modo sus sucesores, pues pesa su imagen como para que traten de imitarlo, aunque las circunstancias históricas impidan que ninguna personalidad lo consiga.

El problema se plantea en torno a la dicotomía entre Nicias y Cleón. De Nicias pueden considerarse similares a los de Pericles sus planteamientos moderados en la acción bélica, pero llevados a un extremo tal que adquirió cierta fama de cobarde. Por otra parte, por su afición a los adivinos y su tendencia a la superstición, Plutarco establece precisamente una oposición entre ambos personajes y caracteriza a Nicias como representante de una época de auge de tales prácticas, en la que se extienden los temores ante teorías como las de Anaxágoras. Usaba adivinos propios tanto para los asuntos políticos como para los privados y, en todo caso, no parece que pudiera encontrarse dentro de lo que suele conocerse como el círculo de los amigos de Pericles. Era rico, aunque no pertenecía a ninguna de las familias aristocráticas conocidas en Atenas. Su riqueza se relacionaba con la explotación del trabajo de los esclavos, que poseía en gran cantidad y los alquilaba para el trabajo de las minas de Laurio. Su interés por proteger las costas del norte del Egeo se relaciona sin duda con que en Tracia se encontraba la principal fuente de esta mano de obra para los atenienses.

De Cleón se dice que era mal orador. No tenía la educación propia del joven aristócrata ateniense y aparece definido como curtidor, lo que seguramente significa que poseía talleres explotados también con mano de obra esclava. Es objeto del desprecio por parte de Tucídides y de los ataques más virulentos de la comedia en general y de Aristófanes en particular. Su elocuencia vulgar es coherente con el desprecio que muestra hacia los sofistas. Sin embargo, en parte resulta también heredera de la estrategia de Pericles, de quien mantiene la actitud hostil y, personalmente, se aleja de sus amigos y hetairoi, de las relaciones en que se mueve la política aristocrática, para colocarse por encima de la polis en su conjunto. Si Pericles era filópolis, y no filohetairos, Cleón se define más bien como filodemos, próximo a un sector de la sociedad, el demos, no a su conjunto, por lo que en su actitud se rompería la tendencia a la concordia. También, como Nicias, era supersticioso. La realidad no permite otro Pericles, tampoco en el plano intelectual.

Platea, Mitelene y Corcira

Cuando, a causa del temor a la peste, los lacedemonios renuncian a invadir Ática, emprenden alternativamente el asedio de Platea, como castigo por su anterior actitud ante los tebanos. La situación se prolongó durante dos años, para acabar con una reducción violenta y la entrega de la ciudad a éstos. La invasión del Ática, en 428 a.C., no consiguió efecto alguno. Durante esos años los atenienses ejercieron una mayor presión sobre los aliados. Forzaron a Tera a someterse al tributo, pero no lo consiguieron con Cidonia, al noroeste de Creta. Parece que intentaban cortar el suministro de los peloponesios.

Ante las dificultades, los atenienses tuvieron que recurrir por primera vez a la exigencia de la eisphorá, tributo interno que gravaba sobre los ricos, originó conflictos internos al romper la concordia que se producía cuando el imperio beneficiaba a todos. En estas circunstancias, los oligarcas de Mitilene consiguen promover una rebelión en la que participaron todas las ciudades de la isla de Lesbos salvo Metimna. Piden ayuda a Esparta, pero los atenienses impedían que ésta se produjera con sus ataques navales alrededor del Peloponeso. Los oligarcas repartieron armas entre el demos y éste amenazó con entregar la ciudad, por lo que aquéllos intentaron negociar con Atenas a través de Paquete, estratego encargado de la represión.

Mitilene se tuvo que rendir, pues, el año 427 a.C. y en Atenas la Asamblea, a propuesta de Cleón, decidió la muerte de todos los varones y la esclavitud de mujeres y niños. Una nueva reunión de la Asamblea trató al día siguiente de rectificar tan dura decisión. Cleón defendía la aplicación del castigo, pues el imperio tenía que actuar como una tiranía sin escuchar a los sofistas que hablaban de justicia, ya que ésta sólo serviría para envalentonar a los súbditos. Es la ley del más fuerte convertida en doctrina del representante del demos, frente al que Diódoto, defensor de las ventajas de la retórica, argumenta con la utilidad que puede extraerse de conservar la fidelidad del demos de los aliados, entre otras razones para poder seguir obteniendo el tributo.

El demos decide enviar una nueva nave para rectificar la decisión tomada el día anterior. Destruyen la muralla de Mitilene, confiscan la flota y distribuyen la tierra entre atenienses, pero siendo cultivada por los lesbios, en una forma específica de dependencia. Los campesinos dependen ahora de Atenas, no de los propios oligarcas. Al mismo tiempo, en Corcira estalló la stasis, o conflicto civil, heredera de las circunstancias que anteriormente habían servido para pedir ayuda a Atenas y conformar una de las causas de la guerra. La lucha se hizo famosa por las consideraciones que hace Tucídides acerca de la violencia interna, de sus implicaciones en la guerra entre ciudades y de la alteración de todos los valores, en una especie de análisis de psicología colectiva. Aquí intervienen, en efecto, tanto Esparta como Atenas, en favor de oligarcas y demócratas respectivamente, y la solución tomó una orientación democrática, ya en 425 a.C.

Pilos

En 427 a.C. los atenienses enviaron una expedición a Sicilia, a ayudar a las ciudades calcídicas frente a la agresividad siracusana. Para Tucídides, era un intento de dominio y, cuando los generales volvieron tras haber patrocinado una especie de pacto que no daba ningún beneficio a los atenienses, fueron condenados porque el demos esperaba obtener alguno, en momentos de gran confianza en el propio poder. Demóstenes, en 427 a.C., dirigió varias campañas en Etolia, en un plan fundamentalmente terrestre lejano a los planteamientos de Pericles, pero la infantería hoplita, de movimientos lentos, no pudo con los soldados ligeros en zonas montañosas que a los aborígenes les resultaban familiares hasta el momento en el que dispuso de tropas ligeras y de los mesenios de Naupacto, con los que obtuvo la victoria en Anfiloquia, en el golfo de Ambracia. Es la época en que Demóstenes goza del más alto prestigio como estratego.

En 425 a.C., una expedición al mando de Demóstenes, encaminada a occidente según Tucídides, se asentó en la bahía de Pilos, tal vez para promover el levantamiento de los hilotas. Los espartanos que invadían el Ática tuvieron que abandonarla para enfrentarse a Demóstenes, pero éste consiguió bloquear a 420 hoplitas en la isla de Esfacteria, que sirve de cierre a la bahía. Los espartanos se vieron obligados a pedir una tregua para negociar con los atenienses, a los que ofrecieron la paz; es la época en que Aristófanes reclamaba, a través de Diceópolis en los Acarneos, la consecución de una paz duradera. Cleón se opone desde el principio y la lucha se prolonga, hasta que el político se dedica a atacar a los estrategos.

La reacción viene de la mano de Nicias, quien propone que sea el propio Cleón quien se encargue de las acciones encaminadas a acabar con la situación de manera definitiva. Tucídides dice que desde el punto de vista de las gentes honestas siempre resultaría benéfico, porque o bien éste conseguía la victoria o acabarían librándose de él. De hecho se produce una importante alteración en el modo de llegar a la estrategia y en la condición social de sus depositarios. Los espartanos se rindieron y Pilos fue entregada a los mesenios de Naupacto, que se dedicarían a promover la agitación entre los hilotas del interior. Los prisioneros se convirtieron en rehenes para evitar la invasión del Ática. A estos momentos atribuye Tucídides el mayor optimismo ateniense, traducido en la elevación del phoros de la comunidad de los aliados hasta 1.460 talentos. Otros triunfos vienen a consolidar la situación, protagonizados por Nicias en Corinto y Citera. Ahora tuvo lugar también la condena de los generales de Sicilia, a causa de la euforia de quienes creían que se podía haber sacado más provecho y no haber dejado que el siracusano Hermócrates impusiera la teoría de que Sicilia había de ser para los sicilianos.

Reacción espartana: Brásidas

En Esparta, la figura de Brásidas se vincula a una reacción que lleva la contraofensiva primero a Mégara, donde hace fracasar los intentos atenienses por controlarla de nuevo, y luego al norte, a Tracia, para atender la llamada de algunas ciudades que, con el apoyo de Perdicas de Macedonia, trataban de liberarse del imperio ateniense. Las posturas internas no eran unánimes, pero la ocasión representaba una oportunidad notable para obstaculizar los principales recursos del imperio ateniense, en minería y madera.

La expedición lejana obligaba a una transformación en el plano social, por lo que Brásidas procede a integrar a los hilotas en su ejército, en lugar de la condena y desaparición que anteriormente habían aplicado contra los que consideraban aspirantes al cambio de situación social. Habían matado a 2.000 y ahora transforman a 700 en hoplitas, a los que se suma un ejército mercenario. Esparta va a poder acceder al uso de una flota, con madera del norte y remeros libres pagados con plata. En el invierno de 424 a.C. tuvo lugar la rendición de Anfípolis y otras ciudades en las que los espartanos recibían el apoyo de las minorías enemigas de Atenas.

Entonces se llega a una tregua, incumplida por los mismos atenienses que la habían solicitado. Éstos toman Escione, al sur de Palene, una de las tres penínsulas de la Calcídica, y Mende, por obra de Nicias que, a pesar de buscar la paz, sigue interesado en el control del norte del Egeo. Se habla de problemas derivados de la falta de coincidencia de los calendarios de cada una de las ciudades griegas. Finalmente, en 422 a.C., Cleón ataca Anfípolis, donde mostró su carencia de cualidades para el manejo de las formaciones hoplitas. En la batalla murieron tanto Cleón como Brásidas, los dos máximos promotores de una estrategia agresiva en estos momentos.

Paz de Nicias

En 421 a.C. se firmó la paz entre Nicias y Plistoanacte, con el ánimo de que durara 50 años. La costa de Tracia quedaba dentro del imperio ateniense. En la firma participaron todos los estrategos de aquellos años, Hagnón, Demóstenes, los que habían estado cerca de Pericles y los que actuaban más enérgicamente en los años intermedios. Sin embargo, ni Corinto, ni los beocios, ni Mégara aceptaron las condiciones, en las que percibían un reparto hegemónico entre Esparta y Atenas. Anfípolis no se entregó a los atenienses ni éstos devolvieron Pilos; los hechos fueron, pues, reticentes.

En esas circunstancias, Corinto intentó una nueva alianza peloponésica con Argos, pero el sistema democrático de ésta provocó las suspicacias de las oligarquías de la zona. Así, la aparición de Alcibíades en Atenas motivó ciertos cambios en las relaciones exteriores. Alcibíades era un personaje curioso, perteneciente a la alta aristocracia, capaz de obtener varias victorias en las carreras hípicas en los juegos panhelénicos, de formarse en la retórica y la política con los sofistas y de participar de manera íntima en los círculos socráticos. Su carrera dependía de la guerra, por lo que personalmente pasa a coincidir con aquellos sectores del demos que estaban deseosos de volver a emprender acciones agresivas para el sustento del imperio lucrativo. Él fue el promotor de una alianza defensiva con Argos, que incluyó Mantinea y Elis. Pero Argos emprende en 419 a.C. el ataque a Epidauro y los espartanos reaccionaron atacando la Argólide, defendida por Mantinea y Elis.

Alcibíades impulsa la acción agresiva sobre Arcadia y se les enfrenta en Mantinea, en 418 a.C., con la consiguiente victoria espartana. Como consecuencia, en el invierno de 418 a.C., Argos cae en manos de la oligarquía proespartana y firma la paz, hasta que un nuevo cambio interior lleva a repetir la alianza con Atenas. Corinto, como reacción, se acerca de nuevo a Esparta, lo que provoca los temores por parte de los atenienses, entre los que se agrieta la situación. Nicias aparece como partidario de volver a intentar consolidar la paz y recuperar Anfípolis, mientras que Alcibíades aparece como defensor del imperialismo agresivo, partidario de provocar el temor para no caer en el temor de la esclavización, representante de las nuevas generaciones ansiosas de ganar la gloria gracias a la guerra.

Sin embargo, otro personaje partidario de la agresividad recoge la herencia no aristocráta de Cleón, Hipérbolo, objeto como éste de los ataques de Aristófanes y que, cuando se pretendía eliminar a Alcibíades como posible pretendiente a la tiranía, fue él mismo condenado al ostracismo, con lo que, según Plutarco, se desacreditaba la institución, pues ya no caía sobre un hombre digno, prestigioso y, como tal, posible aspirante al poder personal, sino sobre un hombre vil.

Expedición a Sicilia

En el año 416 a.C., los atenienses intervinieron en la isla de Melos, en la que, según algunas versiones, no habría ningún precedente que justificara la represión. La ciudad no pertenecería a la alianza y se trataba, por tanto, de una nueva incorporación basada simplemente en la fuerza. Algunos datos epigráficos muestran, sin embargo, que pudo haber relaciones anteriores que justificaran la intervención. No existía el fundamento ideológico que hablara de la unidad de los jonios en torno al santuario de Delos, dado que los de Melos eran dorios.

Tucídides reproduce un diálogo entre melios y atenienses en el que se plasma la discusión vigente en torno al imperio y sus justificaciones. Para los atenienses su intervención se justifica en el simple hecho de la superioridad conseguida en su anterior defensa de la libertad de los griegos frente al persa. Ahora, su derecho se basa en la existencia misma de esa superioridad. Se formula aquí de nuevo la ley del más fuerte predominante en los fundamentos ideológicos del imperio. Según los atenienses, sólo habla de justicia quien quiere evitar que caiga sobre sí el dominio del poderoso.

Los melios no se dejaron convencer y la resistencia fue vencida con la consecuencia de la muerte de los varones y la esclavitud de las mujeres y los niños. Los territorios de la isla fueron objeto de colonización. Parece que Alcibíades tuvo una parte en la negociación y representación de los melios, lo que resulta indicador del camino que tomaban sus planes de agresividad y continuación del expansionismo imperialista.

El episodio donde la tendencia se muestra más claramente fue el de la expedición a Sicilia, escenario de las manifestaciones agresivas del joven aristócrata y de sus coincidencias con el demos. En la isla, en efecto, habían surgido los disturbios entre los oligarcas y el demos, concretamente en la ciudad de Leontinos. La situación se complica porque los oligarcas reciben ayuda de Siracusa, cuando ha quedado establecida la democracia. Una situación parecida se plantea en Segesta, donde los demócratas piden ayuda a Atenas.

Un primer enviado ateniense, Féace, regresa con la impresión de que va a ser muy difícil conseguir una coalición de las ciudades sicilianas capaz de unirlas frente a los siracusanos que, con su apoyo a las oligarquías, se han convertido en los enemigos de todas las ciudades en que puede encontrarse una tendencia democrática. En Atenas se plantea entonces un debate sobre la posible intervención activa de las tropas atenienses. Según Tucídides, en el debate estaba presente la idea de que Siracusa se podría convertir en un peligro si se hacía fuerte en toda la Grecia occidental, pero el verdadero motivo que llevó a la decisión positiva hay que buscarlo en las expectativas de una posible sumisión de la isla de Sicilia entera.

Tras el pretexto de la actuación defensiva estarían ocultas las verdaderas intenciones imperialistas. La situación interna era tal que, a pesar del profundo desconocimiento de la isla que existía entre los atenienses, la asamblea votó favorablemente el envío de una expedición mandada por Nicias, Alcibíades y Lámaco. Nicias había argumentado en contra sobre la base de la difícil situación en que se encontraban Grecia y Tracia, donde crecía la necesidad de gastos. Podían acusarlo de que trataba de eludir, como rico que era, los gastos propios de las liturgias, pero él suponía que la opinión contraria procedía de la juventud irreflexiva y ambiciosa que miraba sólo por su bien privado. Por su parte, Alcibíades argumentaba que el imperio era un bien para todos. La votación demostró que los intereses particulares de Alcibíades coincidían con los del demos.

Derrota siciliana

La noche antes de que la expedición partiera fueron mutilados los hermas de la ciudad, bustos sobre bases portadores de símbolos sexuales colocados en cruces de calles y lugares específicos, representación del traslado al centro urbano de la simbología reproductora de la tierra y, por tanto, de la historia de la ciudad misma; ello, por tanto, despertó una viva indignación en los ciudadanos, escandalizados por el sacrilegio hacia la representación de su propia identidad, en ambiente democrático.

Por otro lado, en el momento crítico vivido, crece la superstición y el miedo a los peligros que pudieran estar fraguándose en torno a una expedición de por sí conflictiva. Así, surgieron las preguntas sobre si los causantes eran los mismos que querían evitar que la expedición se llevara a cabo. Por otro lado, a esta superstición se unió la procedente de otra acción que se atribuía a Alcibíades y a algunos jóvenes de la aristocracia. Se decía que habían celebrado una parodia de los misterios de Eleusis, cuyos contenidos estaban absolutamente vedados y no podían revelarse a los no iniciados, con lo que la grave transgresión se hacía doble.

El conjunto se interpretó como una conspiración contra la democracia, en un momento en que se acusaba a Alcibíades de ser un posible aspirante a la tiranía. En las comedias de Aristófanes se equipara su deseo irrefrenable de acción a la posible aspiración al ejercicio de la tiranía. En cualquier caso, el miedo a que la expedición fuera suspendida trajo como reacción en el demos la decisión de acelerar la marcha de la flota, a cuya partida acompañaron grandes manifestaciones de entusiasmo popular.

Alcibíades y la expedición se convierten en el eje de las tensiones del demos. Desde el principio, en la expedición surgieron diferencias con motivo de los distintos planes defendidos por cada uno de los estrategos. Nicias sólo pretendía conseguir la protección de Segesta, mientras que Alcibíades y Lámaco planeaban el ataque a Siracusa.

Sin embargo, la mayor complicación procede de que entonces llegara a la flota la llamada que ahora hacía el pueblo ateniense para que regresara a someterse a juicio. Las tensiones, con los thetes mayoritariamente en la flota, se habían resuelto en ese sentido. Por su parte, los siracusanos piden ayuda a Corinto y Esparta, pero en ello interviene Alcibíades, que ha escapado y buscado refugio en Esparta, donde, según Tucídides, pronunció un significativo discurso en el que mantiene que Atenas pretende dominar el mundo, por lo que recomienda colaborar en ponerle freno. En lo que a él personalmente respecta, dice que sólo se ha manifestado como demócrata por conveniencia, porque, en una ciudad como Atenas, ése era el único medio de hacer carrera política para los jóvenes de la aristocracia. Aunque expresado de modo cínico, refleja la verdad de ciertos individuos de la mencionada aristocracia. Alcibíades proponía la invasión del Ática, pero pretendía que se hiciera con más profundidad, con la ocupación y fortificación de Decelia, para poder llegar a paralizar la explotación de las minas de Laurio.

Era mucho más ambicioso que el plan de Arquidamo. Las defecciones que se esperaban, más la falta de recursos, podrían traer consigo el final de Atenas. En el año 413 a.C., de hecho, se produjo la derrota ateniense en Sicilia, con la esclavitud de buena parte del ejército y la muerte de Nicias y Demóstenes, estratego que había marchado en una segunda expedición.

La oligarquía

En estos momentos, dadas las circunstancias, renacen las esperanzas persas en Asia Menor en el reino de Darío II. De este modo, se llega a un pacto con los espartanos, dispuestos a cederles el control sobre esos territorios a través del debilitamiento de Atenas y la desaparición del imperio. Entre los persas sobresale ahora el papel del sátrapa Tisafernes que, paralelamente, establece conversaciones con Alcibíades, quien empieza a sentirse incómodo entre los espartanos. Entre tanto en Atenas, las circunstancias de la derrota llevaron al establecimiento de medidas excepcionales que se plasmaron, primero, en el nombramiento de 10 probouloi, consejeros que promovían la legislación antes de cualquier decisión de la Asamblea.

Aristóteles sabe que este sistema tiende a favorecer a la oligarquía. De hecho crecieron sus actividades hasta que, en 411 a.C., se estableció la oligarquía de los Cuatrocientos, donde sólo votaban los miembros de una boulé de número reducido. Más tarde, el sistema se transformó en una oligarquía hoplítica, donde había Cinco Mil con derechos políticos, definidos como los poseedores de hopla, de las armas propias de los hoplitas. Esto significaba efectivamente una reducción de los derechos del demos, agravada por el hecho de que se abolieran las pagas de que eran beneficiarios los pertenecientes a la clase subhoplítica, los thetes. Parece que en este proceso participó Sófocles, el dramaturgo, clásico representante de la moderación.

Por su parte, Tucídides pensaba que era el mejor gobierno desde la muerte de Pericles. Seguramente respondía a las aspiraciones de quienes todavía esperaban recuperar aquel sistema identificado con la concordia y la convivencia pacífica de las diferentes clases, lo que resultaba difícil tras las profundas transformaciones que están sucediendo durante la guerra. El proceso, con todo, ha sido complejo. Cuando se estableció la oligarquía en Atenas, la flota, que se hallaba en Samos, permaneció fiel a la democracia. Parece que Alcibíades desempeñó un importante papel para que ambos bandos aceptaran la situación intermedia representada por los Cinco Mil.

Según Tucídides, Terámenes hablaba del miedo de los oligarcas a la flota de Samos. El argumento de Pisandro, de que la democracia era incapaz de continuar la guerra, colaboró a que se aceptara el regreso moderado a la situación en que participaban los hoplitas. De hecho, sin embargo, inmediatamente la política oligárquica se dirigió a la búsqueda de la paz con Esparta. Terámenes se define como personaje característico de este momento, de equilibrio entre la recuperación democrática y el dominio de la oligarquía. Su apoyo se encuentra en los hoplitas, temerosos de caer bajo el control de una oligarquía tiránica, pero insegura, al mismo tiempo, ante la democracia imperialista.

Los Treinta Tiranos

En los estrechos, Alcibíades emprendió importantes campañas y obtuvo victorias en Cícico y Abido, que abrían los accesos de la Propóntide y el Helesponto. La nueva agresividad y la actividad naval fortaleció los impulsos democráticos, que se materializaron en el apoyo popular a la figura de Cleofonte, nuevo representante de los sectores de procedencia oscura, de los que formaban parte Cleón o Hipérbolo.

De este modo, en el año 410 a.C. se restableció el Consejo de los Quinientos, los tribunales populares y los pagos por servicios públicos y se fijó el dióbolo como subsidio a cualquier ciudadano. En el año 408 Alcibíades se atreve a regresar a Atenas donde, a pesar de la oposición de algunos, recibe una acogida triunfal y es nombrado hegemón autokrátor, pues esperaban que fuera capaz de restaurar el imperio y de recuperar todas sus ventajas para el demos. Sin embargo, la actividad espartana en Asia Menor continuaba siendo beneficiada por las circunstancias del mundo persa, donde el nuevo sátrapa de Sardes, Ciro el Joven, hijo de Darío, favorece el mantenimiento de relaciones amistosas con el espartano Lisandro, que se preocupa especialmente del crecimiento de la flota, con la ayuda de los persas.

Las posibilidades que prometía Alcibíades, de recibir ayuda de los persas, quedaban definitivamente esfumadas. Lisandro, en 407 a.C., consigue la victoria sobre la flota ateniense en Notion, en las costas de Asia Menor frente a Samos. Alcibíades ve cómo desaparece la justificación de su presencia en Atenas, basada en la victoria, y huye al Quersoneso. Luego, sólo aparecerá como consejero de una estrategia que los atenienses no consideraron adecuada, pues fueron derrotados; tal vez se trate de una forma de propaganda póstuma favorable al político exiliado.

Todavía en 406 a.C., los atenienses consiguieron una nueva victoria en la batalla naval de las Arginusas, entre Lesbos y las costas de Asia Menor. Pero el triunfo no impidió que se pusieran de manifiesto los graves problemas internos de la ciudad, cuando los generales victoriosos fueron condenados a muerte, en un juicio que se consideraba ilegal, por el hecho de haber abandonado a los náufragos o de no haber recogido los cadáveres, según las fuentes. Según Jenofonte, el juicio estuvo promovido por Terámenes, pero también se nota la presencia de los representantes más radicales de las tendencias democráticas; los espartanos pidieron la paz, pero la tendencia dominante en el demos conducía por su propia naturaleza al rechazo.

En el año 405 a.C., Lisandro vence a los atenienses en la batalla de Egospótamos, en el Quersoneso, lo que llevó a la aceptación de la paz, conducida por Terámenes, en que admitían las condiciones de renunciar a la Liga y a las cleruquías. Aristóteles dice que en Atenas había que distinguir entre dos corrientes dentro de los nobles antidemócratas, los que buscaban el establecimiento de la oligarquía y los partidarios de la patrios politeia, la constitución propia de los antepasados que, simplemente, puede identificarse con el régimen en que participan y controlan los miembros del ejército hoplita.

El triunfo en el debate interno les correspondió a los oligarcas, encabezados por Critias, que, según Jenofonte, reconocía que el nuevo régimen, formado por los Treinta, había de comportarse como una tiranía para evitar eficazmente la vuelta de la democracia. Su eficacia estaba en la represión, que ejerció incluso contra Terámenes, acusado de actuar de manera ambigüa y de facilitar la recuperación de los enemigos.

3.3. LA RESTAURACIÓN DEMOCRÁTICA

Para la oligarquía resultó más perjudicial el hecho de enajenarse la voluntad de los miembros de la propia clase que pretendía restaurar en el poder. La oligarquía, decía Platón, produce la violencia dentro de la propia clase. De este modo, comienza a agruparse un sector de los exiliados, encabezados por Trasíbulo y Ánito, que se manifiestan defensores del sistema hoplítico. Varias de las ciudades aliadas de los espartanos les prestaron ayuda, lo que indica cómo la radicalización de posturas subsiguiente a la guerra permitió paralelamente la desintegración de la coherencia de cada bando.

Los grupos más extremistas de Atenas necesitan el apoyo espartano, pero los aliados de Esparta no se identifican con esos grupos en el momento de definirse en relación con la política interior ateniense. Están dispuestos a admitir la inclusión de los Tres Mil en la ciudadanía activa, pero Terámenes ataca el esquema, en la idea de que todos los buenos deben integrarse con pleno derecho. Critias utiliza el apoyo de bandas armadas representantes de los grupos secretos aristocráticos que se convirtieron en su verdadero apoyo.

Terámenes parecía próximo a una figura como la de Sócrates, que se quejaba de la violencia de los Treinta, pero Critias critica sus contradicciones, sobre la base de que no es posible la oligarquía sin tiranía. Terámenes, por su parte, tampoco admitía la democracia en la que tenían parte los thetes. La restauración democrática vino de la mano de Trasíbulo y sus colaboradores, que pasaron de Tebas a File y luego al Pireo, donde se sitúan en Muniquia. Los Tres Mil deponen a los Treinta y nombran a los Diez para negociar. Los Treinta se refugiaron en Eleusis hasta el año 400 a.C.

La resistencia se hizo más difícil cuando, de entre los propios espartanos, surgieron diferencias que enfrentaban a Lisandro y a Pausanias, este último contrario a apoyar el régimen tiránico que había recibido la ayuda del primero. Trasíbulo se presenta como abanderado del discurso de la concordia, lo que llevó a que posteriormente se declarara la amnistía, unida a la restauración datada en el año 403 a.C., el del arcontado de Euclides, específicamente alabada por Aristóteles como moderada. Algunas medidas pueden ser significativas, como la instauración de los nomótetas, encargados de redactar leyes, que se encontrarían por encima de cualquier decreto que hubiera sido votado en la Asamblea. También se plantearon reformas sobre el estatuto de la ciudadanía, algunas tendentes a la ampliación, incluyendo metecos y esclavos por méritos de guerra, otras tendentes a la reducción, como la de Formisio, del grupo de Terámenes, que pretende que se reduzca a los que tienen tierras, pero que fue rechazada. Su aprobación habría significado, según Dionisio de Halicarnaso, la exclusión de 5.000 ciudadanos, lo que quiere decir que la medida no se refería al estatuto del hoplita, sino que admitía como ciudadano a propietarios de pequeñas parcelas de los que se incluían entre los thetes.

El síntoma más significativo de que los conflictos continuaron fue la condena de Sócrates, el año 399, donde siguen presentes los efectos de los anteriores enfrentamientos, como el de Terámenes con Critias, pero también el proceso de las Arginusas y las actuaciones conflictivas de Alcibíades y Critias, de cuya formación se acusaba a Sócrates. La presencia entre los acusadores de Ánito, participante en el proceso de restauración, enemigo de los sofistas, admirador despreciado de Alcibíades, es uno de los síntomas, en definitiva, de la pervivencia de la conflictividad interior en la ciudad.

3.4. SUPREMACÍA ESPARTANA

Tras la guerra del Peloponeso, la situación de todas las ciudades griegas se ha transformado y la propia Esparta entra en la dinámica que se titula habitualmente de lucha por la hegemonía, entendida como aspiración al control de territorios lejanos y de poblaciones susceptibles de ser sometidas a dependencia. Lisandro organiza un imperio controlado por los harmostas y con la colaboración de las oligarquías locales.

El rey Agesilao emprende la labor de recuperar para Esparta los territorios de la costa jónica, a través del procedimiento de liberar las ciudades griegas del dominio ateniense y del peligro de caer bajo el persa. Pero en la península helénica se organiza una alianza antiespartana, formada por Atenas, Tebas, Argos y Corinto, que obligaron a regresar a Agesilao. Fue la guerra de Corinto en la que la victoria de Coronea no proporcionó a los espartanos ningún beneficio importante. Que Atenas restaurara los muros y que Conón, con la ayuda del oro persa, pudiera reconstruir la flota, llevó a Esparta a iniciar las negociaciones que llevarían a la Paz de Antálcidas.

Paralelamente, la revuelta de Cinadón, en 397 a.C., que había reunido a todos los sectores de las clases marginales espartanas, había colaborado a minar las estructuras sociales y militares de la ciudad triunfadora. Los impulsos expansivos volvían a chocar con los frenos procedentes de las rígidas estructuras sociales espartanas.

Resumen de contenidos de Historia de la Guerra del Peloponeso

Libro I: Objetivo de Tucídides al escribir la obra. Arqueología. Plan y método del historiador. Los discursos. Causas y detonantes de la guerra. Conflicto de Corcira. Defección y asedio de Potidea. Pentecontecia y expansión política ateniense. Conferencia de Esparta: votación en favor de la guerra y sus preparativos. Discurso de Pericles: política ateniense.

Libro II: Narración de los tres primeros años de la guerra (431-429 a.C.). Año 431 a.C.: Comienzo de la misma. Contingentes de ambos bandos. Invasión y devastación del Ática por los lacedemonios. Oración fúnebre de Pericles. Año 430 a.C.: Invasión y devastación del Ática por los lacedemonios. La peste en Atenas. Elogio a Pericles. Expediciones atenienses contra la costa peloponesia y tracia. Rendición de Potidea. Autodefensa de Pericles. Año 429 a.C.: Cerco peloponesio a Platea. Combate naval y victoria ateniense en Naupacto. Incursión peloponesia en Salamina. Tracia, aliada ateniense contra Macedonia.

Libro III: Tres siguientes años de guerra (428-426 a.C.): Año 428 a.C.: Levantamiento de Lesbos y revuelta de Mitilene. Circunnavegación ateniense del Peloponeso. Discurso mitilenio en solicitud de ayuda a los lacedemonios. Evasión de Platea. Año 427 a.C.: Invasión y devastación del Ática por los lacedemonios. Rendición de Mitilene a los atenienses. Debate en Atenas sobre el futuro de Mitilene. Rendición de Platea. Guerra civil en Corcira. Segundo brote de peste en Atenas y terremotos. Año 426 a.C.: sin hechos destacados.

Libro IV: Tres siguientes años de guerra (425-423 a.C.): Año 425 a.C.: Victoria ateniense en Pilos. Esfacteria y la tregua de Pilos. Discurso de embajadores lacedemonios ante los atenienses. Guerra en Sicilia. Toma de Esfacteria. Abandono ateniense y lacedemonio de Pilos. Expedición marítima ateniense contra Corinto. Año 424 a.C.: Expedición ateniense contra Citera. Sedición oligárquica en Mégara. Brásidas en Tracia. Defección de Acanto y Estagiro. Batalla ateniense-beocia. Toma beocia de Delión. Año 423 a.C.: Armisticio entre Atenas y Esparta. Defección de Escíone y Mende. Toma de Mende y asedio de Escíone por los atenienses.

Libro V: Siete siguientes años de guerra (422-416 a.C.): Año 422 a.C.: Muerte en Tracia de Brásidas y Cleón. Paz de Nicias y alianza de las dos potencias. Año 421 a.C.: Corinto, Argos, Mantinea y Élide se oponen a la paz. Año 420 a.C.: Alianza entre Argos y Esparta. Diferencias entre Esparta y Atenas. Alcibíades contra el tratado de paz. Alianza entre Atenas y Argos. Año 419 a.C.: Guerra entre Epidauro y Argos. Año 418 a.C.: Guerra entre Argos y Esparta. Victoria espartana en Mantinea. Alianza entre Argos y Esparta. Año 417 a.C.: Ruptura de la paz de Nicias. Año 416 a.C.: Conferencia de Melos y rendición de Melos a los atenienses.

Libro VI: Dos siguientes años de guerra (415-414 a.C.): Año 415 a.C.: Campaña de Sicilia. Debate en Atenas por la expedición. Preparación de Sicilia. Alcibíades cambia de bando. Año 414 a.C.: Guerra en Grecia y Sicilia.

Libro VII: Dos siguientes años de guerra (414-413 a.C.): Año 414 a.C.: Batalla de Siracusa. Invasión y devastación del Ática por los lacedemonios. Año 413 a.C.: Cerco lacedemonio a Decelia. Alianza siciliana contra Atenas. Combates navales y derrota naval ateniense en Sicilia.

Libro VIII: Dos siguientes años de guerra (412-411 a.C.): Año 412 a.C.: Rebelión contra Atenas de Quíos, Clazomenas, Mileto y otras ciudades. Alianza entre Darío y los lacedemonios. Combate en Mileto. Defección de Rodas. Segundo y tercer tratado de paz de Esparta con Tisafernes. Año 411 a.C.: Luchas políticas y de clases en Atenas; el gobierno de los Cuatrocientos. Disensiones en el ejército y en Atenas. Defección de Bizancio. Combate naval y victoria ateniense en el Helesponto.

4. TUCÍDIDES, HISTORIADOR Y ESCRITOR: METODOLOGÍA HISTÓRICA Y ESTILO

Heródoto y Tucídides

Ambos son considerados padres de la historiografía clásica, si bien son muy marcadas y notorias las características y diferencias por las cuales ambos llegaron a merecer tal título. Mientras Heródoto afirma que su obra es el fruto y resultado de sus investigaciones, Tucídides nunca llama así a su obra; el primero era heredero de la logografía jonia, mientras que el segundo era heredero de la escuela sofística ateniense.

Por otro lado, aquél se mueve en el terreno épico y religioso, ateniéndose a hechos antiguos, fiel a las tradiciones orales donde la especulación religiosa, la gloria del pasado de dioses y héroes, es reflejada para otorgarles el reconocimiento de la eternidad; por el contrario, Tucídides no da pie a la especulación religiosa, se atiene a la naturaleza humana para narrar unos acontecimientos contemporáneos a él, algunos incluso vividos por él mismo, o por otros que le fueron transmitidos, pero no por el fruto de una larga tradición oral; para él su obra tiene un valor ejemplarizante: es un tesoro para siempre.

Heródoto se limitó al conflicto entre griegos y persas, pero con el recuerdo constante del pasado y la recogida de datos sin crítica desde antologías, genealogías, historias locales, geografía descriptiva y etnográfica (todo ello herencia de los logógrafos griegos). Tucídides aportará la innovación que supone introducir la crítica histórica de las ideas políticas, los acontecimientos, las causas profundas y los detonantes externos del conflicto entre griegos con una trasfondo de objetividad.

Finalmente la utilización del pasado en Tucídides -Arqueología- pretende facilitar la comprensibilidad del presente, mientras que en Heródoto se busca la anécdota en un a modo de enciclopedia etno-geográfica e histórica.

Historia política

Si Tucídides ha recibido el título de Padre de la Historia, ha sido en gran parte, debido al enfoque político que le dio a su Historia. En efecto, cuando trazó el programa de su Historia ya definió que no pretendía narrar los acontecimientos de la guerra exclusivamente, sino que pretendía plasmar lo que para él era lo más importante: las ideas políticas de ambos bandos, de los protagonistas de la guerra, en cada momento de la guerra y de la paz.

Por ello, para dar una perspectiva política a su obra, utiliza dos recursos: la crítica que hace a lo largo de toda la obra y los discursos de los distintos dirigentes políticos de ambos bandos; es así como dibuja los planteamientos políticos, aunque no lleguemos a conocer su grado de fidelidad a la realidad, o si se confeccionaron a posteriori en función de su propia subjetividad y de la finalidad de su obra (algo hemos dicho, más adelante lo ampliaremos). Es notorio que en los discursos se reflejan personajes favorecidos por la crítica de Tucídides -Pericles u otros-, lo que debe achacarse a la proximidad de ideas políticas entre Tucídides y los distintos protagonistas.

Al mismo tiempo busca en cada acontecimiento, y en el conjunto de la guerra en sí misma, la causa subyacente; de hecho, gran parte del Libro I desarrolla lo que para él son causas subyacentes del conflicto, por un lado y, por otro, los detonantes externos del mismo, derivados, no obstante, de la causa subyacente: la expansión del imperialismo de Atenas y, unido a ello, el conflicto de Corcira, el conflicto de Potidea y el decreto megárico.

Relacionado con tal concepto están todas las alusiones y meditaciones que Tucídides nos ofrece sobre el poder: su mayor preocupación como político y militar es analizar el fenómeno del poder, del imperialismo y del hecho revolucionario. Para nuestro autor la ambición de poder es un impulso innato de la naturaleza humana y es éste el que, como motor de los impulsos humanos, explica la conducta de los estados en la idea de que el débil está dominado por el fuerte.

Por ello la Historia de la Guerra del Peloponeso es la historia del intento de conservación y aumento del poder imperialista de Atenas, resultado de un plan prefijado de expansión imperialista y excusado en el temor del propio imperio a perder su posición a manos de potencias rivales.

Es por ello que el imperialismo es el centro focal de la reflexión de Tucídides en boca primero de los grandes políticos atenienses (Pericles, Cleón, Nicias, Alcibíades) con las matizaciones y precauciones de cada uno de ellos y, después, de los principales personajes del bando contrario (Hermócrates, Arquídamo, Brásidas) con sus temores e individualismos, con la idea subyacente de que la gran beneficiada de la guerra fue Esparta.

Por ello, autores de la talla de Maquiavelo -El Príncipe- y de Hobbes -Leviatán- se basan en las concepciones políticas relativas al poder expuestas en distintos puntos de la obra de Tucídides para elaborar sus propias tesis, así como la idea surgida en diferentes estudiosos de Tucídides que ven en él un acérrimo defensor de la política del poder de Pericles, a la vez que lo describen como el político que escribió para políticos.

Historia contemporánea

La madurez de Tucídides coincidió con el desarrollo de la guerra: al comienzo de ésta -431 a.C.- debía de rondar la treintena, como se ha expuesto. Es gracias a la condena al destierro sufrida durante 20 años por lo que se decide a contar y analizar la historia de lo sucedido, ponerla por escrito con la intención de ser leída con espíritu crítico, no para ser escuchada por un auditorio. Contar cómo se ha producido y quiénes fueron los participantes desde el punto de vista como partícipe durante un tiempo y, después, como observador de la misma, así como desde el punto de vista inmediato de gentes que participaron en los avatares de la misma y añadiendo el análisis del semblante psicológico y político de los grandes personajes intervinientes mediante no ya la narración, sino a través de los discursos.

Es la narración de la historia con información de primer orden, aunque tamizada por el filtro objetividad-subjetividad de Tucídides. Es, por tanto, el primer autor que escribe una historia sobre hechos contemporáneos y por ello se constituye como principal fuente histórica de dicho período -junto con escritores como Eurípides y Aristófanes, que en sus piezas teatrales incluían alusiones, burlas, noticias y críticas sobre la guerra-, aunque de un modo incompleto en tanto que pudo haber muerto antes de poder acabarla.

Jenofonte, Cratipo, Teopompo y el autor de las Hellenica Oxyrhynchia continuaron el relato donde aquél lo dejó, pero con una menor calidad, una mayor falta de testimonio y de documentos inmediatos y la ausencia de la concepción histórica tucidídea.

Metodología histórica

Si comparamos la primera frase de la obra de Tucídides con la de su predecesor, Heródoto, encontramos puntos de analogía, pero también de separación: ambos las comienzan con el nombre propio, prueba ya del sentimiento de autoría que comparten, y cultivan el mismo género, la Historia, con referencia a unas guerras sucesivas cronológicamente (las guerras médicas, en el caso de Heródoto, y la del Peloponeso, en el de Tucídides) y con especial atención a su etiología, es decir, a sus causas. Sin embargo, la de Heródoto es una guerra entre griegos y persas, por lo que a menudo la obra adquiere carácter de historia universal, con numerosos excursos sobre los distintos pueblos que van entrando en contacto con el persa, desde una perspectiva profundamente religiosa y con un gran interés por los hechos culturales. La de Tucídides es, por su parte, la historia de una guerra civil entre griegos, en la que él mismo participó, entre el bando de los peloponesios (liga peloponesíaca) y los atenienses (liga ático-délica), una historia eminentemente política en la que el elemento cultural y el religioso apenas tienen cabida.

Más aún: la Historia de Heródoto presenta todavía una vinculación con la oralidad y con el género literario anterior, la épica, y por ello su objetivo es también impedir que se borre la gloria de esos hechos maravillosos, mientras que la de Tucídides es ya una obra firmemente asentada en la escritura, en la prosa, con un objetivo no épico, sino científico. Por eso, aunque entre ambos autores no suele establecerse una línea de separación tan infranqueable como hace unas décadas, Heródoto sigue siendo hoy considerado, tras los logógrafos, el Padre de la Historia, mientras que Tucídides lo sería de la Historiografía moderna, gracias, sobre todo, al método en ella utilizado.

Tras la frase inicial, Tucídides comienza su Historia con la denominada Arqueología, una introducción tendente a demostrar que la guerra que va a tratar ha sido la más importante de las hasta entonces habidas. Y ello por una causa fundamental: nunca hasta ese momento dos bloques política e ideológicamente antagónicos habían acumulado tanto poder. El progreso económico desarrollado por los atenienses, asentado sobre el comercio marítimo, los había convertido en líderes de uno de los bandos, con el recelo del otro. Nunca hasta entonces los recursos materiales y los preparativos habían sido tan importantes y nunca tampoco se había concentrado tanto poder. La Arqueología se configura así como una reflexión preliminar sobre el concepto de poder político y la ambición de poder del ser humano y de los estados.

Cuando los excedentes financieros que provoca un desarrollo económico son abundantes y la ambición de poder del ser humano y de su proyección natural, los estados, no es refrenada por un sentimiento de moderación, se llega a situaciones muy peligrosas en las que el frágil equilibrio de la política de bloques es continuamente amenazado por el estallido del conflicto, de la guerra, como ocurrió en el caso de los espartanos y sus aliados y los atenienses y los suyos.

En este sentido, podemos hablar de Tucídides como el primer autor que ha analizado el poder como una fuerza en continuo crecimiento que, llevada por ese impuso de conseguir más, provoca temor e inseguridad tanto en dominantes como en dominados.

En el Libro I encontramos los capítulos programáticos de Tucídides sobre su método historiográfico: comienza con la queja de que los hombres suelen aceptar las tradiciones históricas sin pruebas y termina con la de que la búsqueda de la verdad suele ser para la mayoría -pero no para el autor- condicionada a la carencia de molestias. En el mismo Libro I, más adelante, esta falta de respeto por la verdad se atribuye especialmente a los poetas, que adornan las cosas para engrandecerlas, y a los logógrafos, los primeros cronistas de la historia griega, que atendieron -según Tucídides- más a lo agradable de oír que a la verdad.

La polaridad típica del pensamiento griego, con su tendencia a la definición por vía negativa, se advierte también en las características del método que el escritor nos va perfilando: un método nuevo, ausente en sus predecesores, que quiere ser original con un respeto escrupuloso por la verdad, con más preocupación por el contenido que por la forma, aunque sin descuidarla en absoluto, como veremos. En opinión de Tucídides tanto poetas como logógrafos buscan lo mítico, pero no la verdad. A esa falta de color mítico en su Historia, que reconoce tal vez desagrade a algunos, se refiere el historiador algo más adelante, lo que es importante también porque contiene las consideraciones sobre la función y tratamiento de los discursos en su obra.

Tucídides constata la dificultad que supone para él recordar exactamente lo dicho. Por ello, en el plano de la pura literalidad, deberá conformarse con las expresiones que a él le parecen más apropiadas en cada caso; pero en el plano de los conceptos, se ajustará todo lo posible al sentido de lo que verdaderamente fue dicho.

A continuación el historiador nos expone su método de información: no se ha valido de cualquier fuente ni de su propia opinión, sino que ha relatado acontecimientos en los que ha estado personalmente presente o ha podido interrogar a otros con toda la exactitud posible. Pese a la enfática afirmación de su voluntad de exactitud y objetividad, para algunos críticos sigue siendo ésta una cuestión problemática. Ya lo fue antiguamente para Dionisio de Halicarnaso, quien tachó a nuestro historiador de desleal y antipatriota, precisamente por no mostrar claramente sus simpatías hacia el bando ateniense, y más recientemente otros autores han subrayado su mala conciencia por silenciar el origen exacto de esas fuentes de información. Con ello se relaciona el tema de la credibilidad de su Historia y, en general, el papel en ella del elemento personal.

A pesar de que Tucídides tenga algunas filias (Pericles, Temístocles, Nicias, Antifonte, Brásidas, Arquidamo, Hermécrates) y fobias (Cleón, Hipérbolo, Atenágoras) y de que en algunos discursos de cada bando refleje una noción cambiante de la verdad, hay consenso en ver en Tucídides al fundador de la historia moderna con un método innovador en el que priman la objetividad, la precisión y la imparcialidad y con un lenguaje especializado para expresar la abstracción y el análisis psicológico; un historiador que se ha propuesto buscar lo cierto y seguro, desechando los bellos relatos de poetas y logógrafos y que, llevado por este afán de precisión, se ha servido de una cronología marcada por veranos e inviernos en lugar de la tradicional por magistrados epónimos ya que, como afirma expresamente,

"... este método no es exacto cuando un acontecimiento ocurre al comienzo de una magistratura, a mediados o en otro momento cualquiera".

Para nuestro autor, la verdad es algo que sólo se halla con mucho esfuerzo, afirmación que recoge lo dicho por él a propósito de lo carente de molestias que para la mayoría merece esta búsqueda de la verdad. Por eso, la obra de Tucídides quiere ser una adquisición para siempre, un modelo de interpretación de validez universal para acontecimientos

"... que en algún otro momento hayan de ser iguales o parecidos, de acuerdo con la ley de los sucesos humanos".

Entronca así con el propósito de utilidad proclamado, porque Tucídides pretende que los lectores saquen consecuencias y aprendan al comparar los sucesos históricos, en la firme idea de que el conocimiento del pasado servirá para prever el futuro. Nos encontramos, en suma, con un método eminentemente racional que pretende desentrañar la causa verdadera de los acontecimientos de entre las meramente aparentes, de los simples pretextos, y que se ha de manifestar, sobre todo, en la capacidad de anticipación. Método que asciende inductivamente desde los datos particulares a las conclusiones generales, cercano al de la medicina hipocrática incluso en el vocabulario empleado. Al igual que el médico, también el estudioso y el político deben observar cuidadosamente los signos externos de la realidad, interpretar los indicios y pronosticar el curso posterior ya sea de una enfermedad o de un acontecimiento político.

En el caso concreto de la guerra del Peloponeso, Tucídides encuentra como causa más verdadera

"... que los atenienses, al hacerse poderosos e infundir miedo a los lacedemonios, les obligaron a luchar".

Semejante método se inserta naturalmente dentro de una corriente ideológica que podríamos denominar racionalista y antropológica en la que también se encuadran la sofística, los médicos hipocráticos y el círculo de intelectuales en torno a Pericles. No resulta que la Historia de Tucídides distinga continuamente entre la esfera racional y la irracional: por un lado está la razón humana, manifestada especialmente en la capacidad de previsión, de los grandes estadistas como Pericles y Temístocles; por otro, la sinrazón, lo irracional, ya sea de las multitudes y demagogos, ya del azar, que la mayoría de las veces da al traste con los mejores planes humanos.

El silencio de Tucídides sobre la intervención divina en la Historia -que se palpa continuamente en Heródoto- no le impide, sin embargo, reconocer la importancia de la religión, y de algunas de sus manifestaciones (los oráculos, la piedad), en los valores morales de una sociedad. Religión y moralidad son para él, pues, conceptos estrechamente unidos. La dislocación de valores que trae consigo la guerra también repercute en la práctica religiosa: así, equiparará la violación de los recintos sagrados con el asesinato. Por eso, tampoco se puede ver en Tucídides a un escritor amoral, como pretendiera algún autor, o a un pragmático defensor de la política del más fuerte o del criterio de conveniencia por encima del de justicia.

Parece razonable no atribuir a Tucídides todas las ideas que en su Historia, sobre todo en los diálogos y discursos, aparecen en boca de los distintos personajes, a veces contradictorias entre sí, sino las que el propio autor emite sin atribuirlas a otros. La más repetida es, precisamente, la queja por la quiebra de valores morales que trae consigo toda guerra, especialmente si es civil, como podemos leer al final del pasaje sobre la peste y a propósito de las luchas intestinas.

Algunos autores han constatado una cierta evolución en el método tucidídeo desde una historiografía objetiva a otra más literaria que no excluye elementos dramáticos y una cierta manipulación. A esa supuesta evolución o cambio nos referiremos al tratar La Cuestión Tucidídea (apartado 5 de este trabajo) y comentar aportaciones de diversos autores al respecto. Ahora sólo queremos apuntar que el consenso que en la actualidad parece existir sobre una revisión final de la Historia después del año 404 a.C., hace difícil -aunque no imposible- probar fehacientemente esas pretendidas evoluciones ideológicas (desde el historiador científico al filósofo de la historia), políticas (desde el aristócrata conservador al demócrata ferviente partidario de Pericles) o literarias (en la profundización de caracteres) de Tucídides.

Elementos de su metodología

Más en concreto, los elementos característicos de su metodología son, a saber:

El programa: en el Libro I expone parte del método seguido para la elaboración de su obra, todo él emparentado con la sofística, la filosofía y la ciencia. El método indica que la narración consta de dos elementos básicos: discursos y narración de hechos, con la mayor objetividad en la medida de lo posible para acercarse a la realidad de lo sucedido.

Los discursos: hay discursos que realmente Tucídides sí pudo oír, pero no son la mayoría (los de fuera de Atenas antes de su destierro y los de Atenas durante el mismo). Al mismo tiempo ofrecen un aspecto muy sintomático: presentan analogías de estilo y pensamiento con fórmulas que se repiten casi a modo de correspondencias. Al mismo tiempo, discursos de personajes que no gozaban de la simpatía de Tucídides -Cleón, por ejemplo- son pesados, mientras que discursos de los personajes de su agrado -Pericles o Alcibíades- son más amenos y ágiles. Por tanto, al margen de que fueran auténticos o reelaborados, han sufrido la actuación de un criterio estilístico. Al tiempo, están todos ellos escritos en ático, lo que hace sospechar en cierto modo de la objetividad de Tucídides, si bien el criterio de objetividad en Tucídides no se basa tanto en distinguir lo verdadero y lo falso, sino en distinguir con inteligencia y con elección lo que cuenta y lo que no cuenta, lo importante y lo insignificante.

Otro dato que lleva a pensar en la reelaboración de los discursos es que la duración de éstos en el ágora era mucho mayor que la extensión que los discursos tucidídeos presentan: al parecer Tucídides los habría concentrado para transformarlos en material de lectura y no tanto para ser escuchados.

Con todo, la variedad de los discursos es muy grande: los hay encomiásticos, como el elogio fúnebre de Pericles o el discurso en honor de éste; los hay deliberativos, como los de la conferencia de Esparta o la de Camarina; los hay dialogados, entre embajadores melios y atenienses; y, por último, están las arengas de los generales y estrategos a los soldados.

Narración de los hechos: respecto a los hechos, Tucídides dice en su programa que se ha limitado a una crítica profunda recibida de los mejores testigos. Algunos eran de primer orden y famosos, como Alcibíades, pero siempre pasando por el tamiz de su objetividad. Tucídides selecciona lo que, a su juicio, es historiable de los hechos y lo acontecido, lo que siempre es importante para él y el objetivo de su obra, aunque en ocasiones también lo que calla es importante, aunque dé parte de ello por consabido y conocido; al mismo tiempo, enfatiza lo que es de gran trascendencia.

Estilo y léxico: si Tucídides ha perdurado a lo largo de los siglos como modelo de historiador y de prosista debe gran parte de su éxito a la originalidad de su prosa y la peculiaridad de su estilo, en parte único y en parte modélico para la prosa ática posterior. En cuanto al carácter del léxico tucidídeo, a pesar de ser historiador y prosista, se caracteriza por ser muy poético, aunque parezca paradójico; cómo lo hace y lo consigue es fácil, al menos para él: toma términos y construcciones típicas de la poesía, al tiempo que carga determinados pasajes con notable dramatismo, plenos de un ritmo prosístico muy distinto del habitual, adoptando y adaptando para ello palabras de poetas como Homero y los dramáticos o tomando palabras y términos de la prosa jonia e, incluso, creando él mismo nuevos términos y expresiones.

La lista de neologismos inventados y utilizados por Tucídides es amplia, los sistemas de composición de palabras alcanzan con Tucídides algunas de las más altas cotas de la lengua y literatura griega, al decir de múltiples estudiosos. Los traductores encuentran en Tucídides numerosos términos normales que aparecen utilizados con significación distinta de la habitual (1.789), ya que ningún otro autor acostumbra a utilizar tal acepción, así como términos que sólo aparecen recogidos en su obra, bien por primera vez (467) o bien por única (92). Esto nos puede dar idea de otro rasgo de Tucídides: la precisión de su vocabulario y la riqueza de matices de su lengua. Incidiremos enseguida sobre todo ello, con un cierto detenimiento.

Figuras retóricas: Tucídides es un autor que usa de un modo prolífico distintas figuras retóricas y estilísticas; de los sofistas heredó el gusto por la antítesis, que usa no sólo para contraponer elementos de una oración, subordinaciones u oraciones enteras, sino que también hace antitéticos los discursos: éstos se contraponen unos a otros -a veces unos son respuesta a otros-, pero siempre cargados con la mayor retórica, a pesar de su brevedad, con un estilo recargado con largos períodos de subordinación.

Leyes de los grandes conflictos internacionales, deducidas de los discursos:

1ª. El estado que mantiene un imperio es odiado por sus súbditos; existen dos opciones para su mantenimiento: una política de dominio o una búsqueda donde se reduzca el poder, del que aconseja no abusar.

2ª. La naturaleza humana no se contenta con lo que posee, es ambiciosa.

3ª. La justicia es un concepto abstracto, no existe en el sentido de aplicación igual para todos: el más fuerte siempre impondrá su voluntad. La justicia se manifiesta entre iguales y no entre fuertes y débiles, caso en el que sólo es posible una relación de dominio. No obstante, el uso inteligente del poder conlleva filantropía.

Tucídides escritor: influencias y estilo

Como escritor, Tucídides es un claro heredero de la sofística ateniense y del espíritu de esta ciudad, así como de las corrientes científicas y filosóficas del momento. En efecto, una tendencia del espíritu filosófico y político ateniense de la época es la preocupación por el presente, de lo que deriva el giro total de la concepción histórica de Tucídides respecto a la historiografía anterior. Al mismo tiempo, la inclinación ateniense hacia la condición humana como cuerpo social, tanto en la vertiente de su conducta privada -moral- como en la de su conducta pública -política-, se traduce en la búsqueda por nuestro autor de una concepción de la historia política y humana alejada de toda influencia divina, de los mitos y leyendas.

Por otro lado la influencia sofística se plasma a lo largo de la obra en distintos puntos: en la estructura y el estilo de su lengua; en el poder supremo de la razón que, si en Sócrates lo era como factor moral, en Tucídides aparece como factor político e histórico; en el estudio de lo verosímil, como fundamento de la crítica junto a una oposición al relativismo, por cuanto la historia de Tucídides es una lección de política e historia universal.

Ya desde la antigüedad, Tucídides ha sido considerado un autor difícil: Dionisio de Halicarnaso señalaba como características de su estilo su intento de expresar la mayor cantidad posible de ideas con el menor número de palabras, así como su deseo de condensar el máximo número de aquéllas en una sola expresión, lo que convertía su prosa en algo oscuro.

Esa oscuridad venía también determinada por el arcaísmo y por el empleo de un léxico de raíces poéticas. Han surgido muchas explicaciones para este fenómeno, acostumbrándose a considerar hoy día que, en realidad, la lengua de Tucícides estaba más cerca de la norma de lo que se la situaba con anterioridad y que fue la novedad de su tarea lo le llevó a conformar su estilo recurriendo a fuentes muy diversas: desde la lengua ceremonial de las inscripciones hasta el lenguaje técnico de los tratados del Corpus Hipocrático, la nueva lengua empleada en el ámbito de la retórica literaria -fuentes todas que dejan su impronta en la prosa de este historiador- o su apelación a las construcciones antitéticas, puestas de moda por la sofística, marcando su prosa con el deseo de alejarse de la expresión común a través de la abstracción, la metáfora y la variación de sinónimos para evitar la monotonía en sus construcciones simétricas.

Hay, así, una clara relación entre su ideario y la forma de expresarlo, como ocurre con su deseo de ser preciso, que implica la concisión extrema de sus construcciones y conlleva notable dificultad interpretativa. Es precisamente este afán de precisión lo que le lleva a utilizar un gran número de palabras nuevas, muchas de las cuales no volvieron a usarse posteriormente (92), como ocurre con un buen número de adjetivos.

De la filosofía natural de Anaxágoras y de Demócrito toma la concepción de que el espíritu humano actúa de acuerdo a sus leyes, leyes naturales, sin intervención divina: la vida y la historia se manifiestan como el encadenamiento de circunstancias naturales y materiales junto con los hechos humanos.

De la escuela hipocrática hereda Tucídides la metodología médica: deducir las causas por observación e inducción, mediante la experiencia y el raciocinio; la distinción entre causas profundas y síntomas o pretextos y motivos ocasionales; la influencia del carácter moral y físico de los pueblos y su interés médico y minucioso por describir la peste de Atenas.

5. LA CUESTIÓN TUCIDÍDEA

Quizá porque, como el propio Tucídides afirma durante su descripción de la peste que asoló Atenas en los albores de la guerra (Libro II), no es tan importante averigüar el origen de la enfermedad, cuestión incierta y opinable, cuanto describirla detalladamente, sus síntomas y sobre todo sus consecuencias sobre el comportamiento moral y social de los hombres, para que las generaciones futuras sepan a qué atenerse en el caso de que sobrevenga una calamidad semejante, el problema de la génesis de la obra de Tucídides, la llamada Cuestión Tucidídea, que al menos hasta la década de los 50 del siglo pasado fue uno de los objetivos dominantes en la investigación sobre nuestro autor, en las últimas décadas parece haberse visto relegado a un segundo plano en el interés de los estudiosos, que han preferido centrarse en la interpretación de la Historia tal como ha llegado hasta nosotros, sin conceder demasiada importancia al proceso de su elaboración, hasta el punto de que algún autor lo ha calificado de vano, insoluble e inacabable problema.

La cuestión se plantea como sigue: al comienzo del Libro I, Tucídides asegura que emprendió la elaboración de su obra nada más estallar la guerra; por otro lado, resulta indudable que su trabajo se prolongó hasta después de la finalización del conflicto, 27 años más tarde, puesto que en el Libro V comenta su duración y resultado final.

¿Cómo compuso, entonces, una obra trabajada durante un período de tiempo tan dilatado, hasta desembocar en el texto que hemos recibido? ¿Es la obra de Tucídides, como sostiene la crítica analítica, un conglomerado no totalmente unitario de partes compuestas de manera independiente en diversas etapas, o bien, como defiende la crítica unitaria, es el resultado de una redacción continuada llevada a cabo cuando la guerra había finalizado y conocía ya su desenlace y consecuencias, o, al menos, el resultado de una redacción tardía que pretendía dar unidad a partes elaboradas previamente durante el transcurso de la guerra?

Como en el caso de la llamada cuestión homérica, que ha sido en bastantes aspectos el modelo en el que se han inspirado quienes han suscitado la cuestión tucidídea, la crítica analítica ha partido de la apreciación en la obra de incongruencias, que se refieren tanto a cuestiones de detalle (contradicciones entre pasajes concretos, repeticiones innecesarias de datos suficientemente bien establecidos), como a problemas de mayor entidad (supuestas contradicciones sobre las causas de la guerra o sobre la importancia de las figuras individuales en el desarrollo de los acontecimientos), sin olvidar la diversidad de extensión y desarrollo de las partes narrativas o el diferente grado de pulimentación de los Libros (se ha insistido en que parte de los Libros IV, V y VIII están faltos de una última revisión de, además de que los Libros V en su mayor parte y VIII carecen de discursos).

Algunas de las incoherencias observadas existen indudablemente en el texto que ha llegado hasta nosotros, pero ¿son suficientes para mantener que la obra de Tucídides es el resultado de la conjunción de partes redactadas en diversas etapas, sin una revisión final que les diera unidad y que se pueden apreciar reflejadas en la obra huellas de cambios en los planes e incluso en la concepción que de las causas y consecuencias de los acontecimientos históricos tenía Tucídides?

Tucídides no parece haber concebido su Historia como una mera narración objetiva de acontecimientos bélicos; su posición como estratego procedente de una familia aristocrática y sus conocimientos de política no le permitieron dejar al margen de su obra su propia opinión sobre todo lo que envolvía ésta y sobre ella misma. A partir de aquí la investigación se encamina a determinar qué partes son nuevas y cuales están retocadas, así como cuándo comenzó a escribir.

Ullrich, en 1846, señaló un posible cambio de plan a la hora de escribir la Historia. Si la intención primera de la obra era narrar la guerra Arquidámica -hasta la Paz de Nicias-, el nuevo estallido de hostilidades le hizo abandonar la redacción, que no retomaría hasta el año 404 a.C., una vez finalizado el conflicto, momento en el que afirmaría que la causa de la guerra era el temor lacedemonio al poderío ateniense. Durante muchos años los críticos se limitaron a retocar las teorías de Ullrich.

Schwartz, en 1919, fue quien trasladó el problema desde el terreno meramente literario al ámbito del pensamiento, pretendiendo hallar en la obra reflejos de una evolución en las ideas del historiador a partir del estudio detallado de los cuatro discursos que se pronuncian en la Asamblea que reúne a los espartanos y sus aliados; para él los discursos son concebidos y realizados en dos períodos diferenciados, que se perciben por un cambio en sus ideas sobre la guerra y una evolución interna respecto a la cuestión del poder; si en un principio los aliados de Esparta le empujaron a la guerra, especialmente Corinto (perjudicada por el expansionismo de Atenas), cuando en 404 a.C. la guerra finalizó y el historiador pudo regresar a su patria desde el exilio y comprobar que el estado que más provecho había obtenido era precisamente Esparta, Tucídides llegó a la conclusión de que la causa verdadera de la guerra había sido la coexistencia en Grecia de dos potencias hegemónicas irreconciliables que tarde o temprano tendrían que disputarse la primacía por la fuerza de las armas, de manera que el progresivo engrandecimiento de Atenas provocó el temor de los espartanos y los obligó a emprender una guerra preventiva.

Continúa Schwartz suponiendo que Tucídides habría reorientado sus escritos para demostrarlo e incluso habría retocado partes, tales como el discurso de Pericles en el que propone una política de intransigencia con Esparta, para demostrar que tal política era la apropiada para Atenas para haber vencido en la guerra. Esta teoría indica que Tucídides comenzó a escribir una vez acabada la guerra, sin perjuicio de que durante la misma hubiese redactado parte de la misma, además de tomado notas y recogido informes. Al pasar a manos del editor, éste habría mezclado partes antigüas y de nueva redacción, dando lugar a la obra que conocemos.

En 1920, Pohlenz modifica las tesis de Schwartz, en el sentido de no percibir sino cambios paulatinos y graduales en las ideas del autor, de manera que resultaría imposible distinguir períodos diferenciados claramente en cuanto a las causas a las que Tucídides atribuía el estallido del conflicto.

En 1929, Schadewaldt, centrando su atención en el análisis de los Libros VI, VII y VIII, sugiere que es posible delimitar una evolución en el pensamiento de Tucídides, que habría compuesto la primera parte de su obra con el objetivo de exponer los hechos de la manera menos subjetiva posible, pero paulatinamente, y de modo especial después de 404 a.C., la exposición objetiva de los acontecimientos deja paso al deseo de interpretarlos e intentar hallar las pautas del comportamiento humano que permitan establecer las Leyes Universales que rigen la Historia: el investigador de lo cierto se habría transformado en investigador de lo verdadero. Habría que contar con dos Tucídides no excluyentes entre si, sino complementarios; el segundo, además profundizaría al primero.

Con posterioridad a Schadewaldt, las tesis analíticas han continuado moderando sus postulados.

En 1930, Momigliano, siguiendo las tesis de Ullrich, mantiene que, si en un principio describió el episodio de la guerra Arquidámica, más adelante decidió continuar el relato de los restantes etapas de la guerra del Peloponeso, interesándose más por los aspectos de política interna en ambos bandos e introduciendo los discursos.

En 1973, Dover indica que la afirmación de que comenzó a escribir la Historia cuando empezó la guerra es compatible con el hecho de que toda ella fue escrita a partir del año 404 a.C. en el orden actual.

Unos pocos años antes de la publicación del libro de Ullrich en 1846, Roscher había sostenido ya que la redacción completa de la Historia fue realizada por Tucídides a su regreso a Atenas tras la finalización del conflicto. Casi un siglo más tarde, Patzer volvió a defender una tesis semejante en un estudio que supone, junto a los trabajos de J.H. Finley, el inicio de los intentos de demostración de que la obra de Tucídides no carece de unidad formal, sino que ha sido elaborada de acuerdo con una estricta planificación previa, la cual implica necesariamente un período de composición unitario que sólo puede datarse tras 404, cuando el autor pudo abarcar con su mirada la totalidad de la guerra, sus causas, sucesos y consecuencias.

En los aspectos formales ha insistido Rawlings, ya mencionado, quien, en 1981 trató de demostrar que Tucídides articuló la estructura de su obra a partir de la idea de que la guerra comprendió dos períodos bélicos de diez años cada uno, separados por una tregua de siete años y que compuso la descripción de cada uno de tales períodos teniendo presentes los sucesos del otro, lo cual sería indicio de que la obra fue redactada unitariamente o bien de que sufrió una profunda reelaboración que le dio unidad, siempre en algún momento posterior a la finalización de la guerra.

En definitiva, a partir de los estudios de Patzer, Finley, Rawlings, etc. resulta difícil negar la existencia de un plan preconcibido de composición para la obra de Tucídides, que asegura su unidad formal. No obstante, parece ser cierto también que esa uniformidad no es completa y pueden apreciarse en el texto transmitido contradicciones, repeticiones innecesarias y partes precisadas de reelaboración, sin que estas incoherencias reflejen cambios significativos en el pensamiento de nuestro autor acerca de cuestiones básicas, tales como su concepción de la Historia o el método histórico.

Las dificultades pudieran explicarse a partir de una posición unitaria moderada, mantenida por autores como De Romilly o Luschnat, que entienden que en la composición de la obra de Tucídides pueden distinguirse tres etapas:

1ª. Recopilación de anotaciones más o menos precisas, en las que Tucídides reflejaría sus primeras impresiones y los datos que iba acumulando.

2ª. Redacción, siquiera provisional, de un primer texto a partir de esas anotaciones, sin esperar al final de una guerra cuya duración era lógicamente incierta; de la existencia de tal redacción parcial serían prueba los indicios de que fragmentos de la obra tucidídea se sometieron a lecturas públicas.

3ª. Por último, tras finalizar la guerra en 404 a.C., la obra fue objeto de una ampliación y reelaboración definitiva, que habría quedado incompleta a causa de la muerte del autor.

En definitiva, la obra que ha llegado hasta nosotros no es el resultado de varias etapas de redacción independientes, puesto que es difícil imaginar que, una vez acabada la guerra, un autor metódico como Tucídides hubiera mantenido inalteradas las partes compuestas a lo largo de las tres décadas durante las cuales se desarrolló el conflicto y durante cuyo transcurso se hubieron de producir forzosamente circunstancias que habrían de modificar la impresión primera que de los sucesos había tenido nuestro autor y ello sin tratar de ofrecer una visión unitaria de los acontecimientos en el momento en que podía, con la experiencia acumulada, escudriñar la totalidad del conflicto.

La Historia de Tucídides sería, pues, el resultado de una revisión final que, aun inacabada, proporcionó unidad y coherencia a una obra que refleja la visión histórica del Tucídides posterior al año 404 a.C.

Aún cuando entre los estudiosos de la obra de Tucídides predomine actualmente la consideración de que quizá sea esfuerzo vano replantearse este problema, es seguro que la aportación de los críticos analíticos no ha sido inútil, ya que la dedicación mostrada hacia el texto ha contribuido notablemente a un mejor conocimiento de sus detalles, a su más justa valoración como historiador y como escritor.

6. PERVIVENCIA Y TRANSMISIÓN DEL TEXTO

Pervivencia

Tucídides, a partir de los hechos que narra, se preocupó en su Historia de buscar pautas del comportamiento humano para establecer un método, válido para todo tiempo y lugar, que le habría de permitir distinguir entre las causas aparentes y las causas reales de los acontecimientos relevantes. Es por ello que, en lo que respecta a algunos problemas cruciales, como el poder y sus efectos sobre los acontecimientos históricos, se le ha situado en el comienzo de un dilatado proceso histórico-filosófico cuyos continuadores serían pensadores de la talla de Maquiavelo, Hobbes o Nietzsche, en quienes se aprecia una clara influencia tucidídea.

Pese a ello, o quizá precisamente a causa del carácter excepcional de su personalidad y de su obra, ésta no tuvo realmente continuadores inmediatos en cuanto al espíritu que la anima, aunque sí los tuviera en lo que respecta a su argumento, que fue continuado, según se señaló anteriormente, por Jenofonte, Cratipo o Teopompo, y cuando, ya en época helenística, Polibio intenta recuperar sus principios, el resultado es una obra completamente distinta.

Se ha destacado también como hecho ciertamente notable que en los grandes autores del siglo IV a.C. no se encuentren referencias directas a la obra de Tucídides, aunque sí contamos con tradiciones antigüas que nos indican que fue leído, aunque al parecer no muy apreciado, por Platón, o que Demóstenes copió íntegramente ocho veces la Historia tucidídea con el fin de familiarizarse con ella, hasta el punto de que, según nos cuenta Zósimo en su Vida de Demóstenes, el orador pudo recomponerla de memoria cuando se perdió tras un incendio el ejemplar existente en la Biblioteca de Atenas.

No obstante, el hecho de que Tucídides no sea mencionado no significa que no fuera leído y, si bien no tuvo la difusión de Heródoto o Jenofonte, reflejos de su obra pueden hallarse tanto en los oradores (Demóstenes, Isócrates y otros) como en los propios historiadores (los antes mencionados, Calístenes, Filisto de Siracusa, Eforo, los atidógrafos, Jerónimo de Cardia, Aristóteles en sus obras de contenido histórico).

Debe también tenerse en cuenta que incluso para los antigüos Tucídides no era un autor en absoluto fácil y que, como se ha dicho anteriormente, su estilo fue valorado negativamente por uno de los críticos más influyentes de la antigüedad, Dionisio de Halicarnaso, que llega incluso a cuestionar la propia elección del tema:

"Heródoto tuvo más acierto que Tucídides, que escribió sobre una guerra que no fue ni gloriosa ni afortunada, la cual o, en el mejor de los casos, no debió haber tenido lugar, o, si tuvo lugar, habría de ser ignorada por la posteridad y relegada al silencio y al olvido".

Como compensación, la obra de Tucídides recibió los elogios de críticos no menos influyentes como Plutarco y pseudo-Longino, además naturalmente de los vertidos por su biógrafo Marcelino y en el único tratado sobre teoría historiográfica que de la antigüedad ha sobrevivido, Cómo debe escribirse la historia, de Luciano de Samosata, es Tucídides y no Heródoto quien aparece como Legislador del género historiográfico.

También se ha apreciado la huella de Tucídides sobre la historiografía latina, en particular en la obra de Salustio, tanto en lo que se refiere al estilo como al método seguido en la recopilación y exposición de los datos, e igualmente en la de Cornelio Nepote y, a través de ambos, en Tácito. En Lucrecio numerosos pasajes son traducción directa de la descripción que hace Tucídides en su Libro II de la peste que asoló Atenas durante los primeros años de la guerra y huellas de la misma descripción se hallan también en Virgilio y Ovidio.

Este mismo pasaje tucidídeo ha servido igualmente de modelo aproximado para la descripción de epidemias que encontramos en historiadores de la antigüedad tardía y de época bizantina: Procopio de Gaza y su relato sobre la plaga que asoló Constantinopla durante el reinado de Justiniano o el emperador Juan Cantacuceno en su narración de la gran plaga de 1347.

Tucídides contaba entre los autores clásicos de primera fila para los eruditos bizantinos y su influencia se puede rastrear entre los escritores más importantes (Miguel Pselo, Comnena, ambos del siglo XI) e incluso hasta el final del Imperio Bizantino, pues el historiador Critóbulo compone su relato de la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453 en un estilo que pretende imitar el de Tucídides, en un caso de arcaísmo propio de la cultura bizantina que sólo encuentra paralelos en la cultura china, según se ha dicho.

En Occidente, el redescubrimiento de Tucídides a partir del siglo XIV significó el inicio de la alta estimación de su obra en los siglos sucesivos. Se ha sugerido que ya Boccaccio tuvo en mente la descripción tucidídea de la peste cuando se refiere, al comienzo del Decamerón, a la epidemia que arrasó Europa a mediados del siglo XIV.

La primera versión de Tucídides en Occidente, tras los siglos de oscuridad, fue la traducción al aragonés realizada hacia 1385 bajo el mecenazgo de Juan Fernández de Heredia, Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén y destacado personaje del ambiente cultural de la corte papal de Aviñón, y conservada en el manuscrito 10.801 de la Biblioteca Nacional de Madrid, procedente de la biblioteca del Marqués de Santillana.

Para la traducción, que contiene únicamente los discursos acompañados por una breve introducción, se siguió un complejo proceso explicable por el hecho de que el griego clásico era apenas conocido en Occidente: el texto original fue vertido por el erudito bizantino Demetrio Calodiqui al griego de la época, de donde a su vez fue traducido al aragonés probablemente por el dominico Nicolás, obispo de la ciudad etolia de Drenípolis.

Tan temprano y buen inicio no tuvo una continuación igualmente afortunada en España y la obra de Tucídides no conoció en los siglos posteriores la difusión que hubiera cabido esperar y merecía. La primera traducción completa al castellano fue publicada en la imprenta salmantina de Juan de Cánova en 1564, pero su autor, el secretario real Diego Gracián, no partió del original griego, sino que se basó en la traducción francesa de Claude de Seyssel (París, 1527), a su vez basada en la traducción latina de Lorenzo Valla, de lo que cabe esperar muchos defectos en una versión resultado de tantas y sucesivas interpretaciones previas.

No obstante, Tucídides, ya fuera en el original griego, ya en sus traducciones, se encontraba frecuentemente incluido entre los autores difíciles en los planes de estudios de colegios y universidades españolas que comprendían el estudio de los clásicos griegos, llegando a ser obra introducida, por la peligrosidad de sus ideas, en el Índice de Libros Prohibidos que en 1583 realizó el inquisidor Cardenal Quiroga.

Del emperador Carlos V se decía que no abandonaba su ejemplar de Tucídides cuando partía hacia sus campañas bélicas y trazas de la concepción histórica de nuestro autor se han querido apreciar de manera esporádica en algún historiador como el cronista de Enrique IV Diego Enríquez del Castillo (1443-1503) o en los Discursos políticos, morales e históricos (1804) de Antonio de Herrera.

Fuera de nuestras fronteras, en cambio, la fama de Tucídides entre los teóricos de la ciencia política e historiográfica ha sido notable y constante, una fama que parte de la traducción latina -ya mencionada- que entre 1448 y 1452 llevó a cabo, por encargo del Papa Nicolás V, muy aficionado a los historiadores griegos, el gran humanista Lorenzo Valla, la cual permitió la difusión de la obra del historiador en los círculos intelectuales europeos y precedió en 50 años a la edición príncipe de nuestro autor, que debemos al veneciano Aldo Manuzio.

La influencia de Tucídides es evidente en los escritos de Maquiavelo, especialmente cuando expone sus teorías sobre el poder, que parten, como en el caso de Tucídides, de la aceptación de la unidad psicológica de la naturaleza humana; afirmaciones de los Discursos como

"...los hombres esencialmente son siempre los mismos y tienen las mismas pasiones; así, cuando las circunstancias son idénticas, las mismas causas traen consigo los mismos efectos y, por consiguiente, los mismos hechos sugieren las mismas reglas de conducta.”

"... si consideramos los hechos actuales y los pasados, se reconoce sin dificultad que en todos los estados y en todos los pueblos encontramos siempre los mismos deseos y la misma configuración, de manera que a quien analiza los sucesos pasados le resulta fácil prever lo que sucederá."

recuerdan de manera cercana algunos de los principios en los que se basa la concepción histórica de Tucídides, quien, en los Libros III y I, nos dice que

"... se abatieron sobre las ciudades muchas calamidades por las disputas civiles, que suceden y siempre sucederán mientras la naturaleza humana siga siendo la misma...”

"... cuantos vayan a querer conocer la verdad de lo sucedido y de lo que en el futuro de nuevo va a suceder de manera igual o semejante de acuerdo con la naturaleza humana... “

Su influencia se manifiesta igualmente en teóricos de la política de los siglos posteriores, en l'Hopital en el XVI, en Hobbes (cuya traducción de nuestro autor apareció en 1629 y de quien se mantiene que es, en muchos aspectos, su más fiel discípulo), en Nietzsche y su teoría del afán de poder, e incluso se ha sugerido que la descripción del desarrollo político y económico del mundo griego que Tucídides realiza al comienzo de su Historia presenta perspectivas que lo relacionan con los postulados marxistas.

Por lo que a nuestra época respecta, han sido muchos los autores que, tratando de demostrar la perpetua contemporaneidad de los estudios tucidídeos, se han preocupado por señalar paralelismos entre los hechos estudiados por Tucídides y los acontecimientos que en nuestra época más cercana hemos vivido, llegándose a los extremos quizás exagerados de quienes (Lord) establecen similitudes entre la guerra del Peloponeso y la Segunda Guerra Mundial y llegan a afirmar que Tucídides está más cerca del siglo XX que del siglo V a.C.

En todo caso, no resulta desacertada la frase de Gomme, destacado estudioso de la obra de Tucídides:

"... a veces pienso que nadie debería ocuparse de política internacional sin haber leído antes a Tucídides".

Transmisión

Con la intención de completarlo adecuadamente, aún quedando fuera del objetivo principal de este trabajo y del interés inmediato de su autor, han de presentarse siquiera algunos aspectos relativos a la transmisión del texto desde su origen hasta nuestros días.

La obra de Tucídides se nos ha transmitido en alrededor de 80 manuscritos, de los cuales únicamente seis son antiguos y el resto recentiores. A su testimonio se añaden los pasajes de la Historia citados por estudiosos posteriores a nuestro autor y los textos transmitidos por una treintena de fragmentos papiráceos, uno de los cuales, del siglo III a.C., es probablemente anterior a la fijación del texto por parte de los filólogos alejandrinos, puesto que la primera edición comentada se atribuye a Aristarco de Samotracia en la primera mitad del siglo II a.C. Sus comentarios fueron el punto de partida para los que, siglo y medio después, compuso Dídimo, de los cuales derivan los escolios conservados en nuestros manuscritos.

Bekker, en 1832, fue el primer editor de Tucídides que, de una manera sistemática, se sirvió de la comparación entre diversos manuscritos para establecer el texto de su edición. Las investigaciones posteriores que han tratado de desenredar los entresijos de la historia del texto de nuestro autor han ido aclarando muchos aspectos de un proceso que se ha ido revelando cada vez más complejo y que ha culminado en los estudios de Bartoletti, Hemmerdinger y Kleinlogel.

A partir de un arquetipo perdido, copiado de un códice transliterado en el siglo IX, se distinguen dos familias de códices. La primera se encuentra representada especialmente por los códices C (Laurentianus 69,2 de comienzos del siglo X, considerado el manuscrito más fiable) y G (Monacensis 228, del siglo XIII), éste último conservado en mal estado, aunque las lecciones perdidas pueden a menudo reconstruirse con ayuda del testimonio de otros manuscritos recentiores de la misma familia.

Representan a la segunda familia un códice de los siglos XI-XII, A (Parisinus supp. Graecus 255), y cuatro del siglo XI, B (Vaticanus 126), E (Palatinus Heidelbergensis 252), F (Monacensis 430) y M (Britannicus 11, 727), a los que se suma el recentior H (Parisinus Graecus 1734, del siglo XIV), cuya posición ha sido discutida, puesto que habitualmente se le ha considerado hermano del B, en tanto que Kleinlogel sostiene que es copia directa del B.

Pero la historia del texto de Tucídides se complica por el hecho de que no se trata de una tradición cerrada, sino abierta, como ya subrayó Bartoletti. En estos manuscritos pueden detectarse lecciones que no proceden del arquetipo, lo que debe significar que en el proceso de copia se han utilizado otras fuentes distintas.

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