Historia de Grecia

Historia universal antigua. Civilización griega. Reinos micénicos. Edad oscura. Cultura cretense. Micenas. Troya. Reforma hoplítica. Arcaísmo griego. Religión. Mitos. Teogonía. Deporte. Tiranía. Colonización. Helenización

  • Enviado por: Lariosman
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 74 páginas
publicidad
cursos destacados
Cómo montar un Ordenador
Cómo montar un Ordenador
En este curso te guiamos de una forma muy práctica y gráfica, para que puedas realizar el montaje de tu...
Ver más información

Iníciate con Ableton Live
Iníciate con Ableton Live
El curso da un repaso general por las órdenes y menús más básicos, para poder generar...
Ver más información

publicidad

HISTORIA DE GRECIA

TEMA I. LA EDAD OSCURA (SIGLOS XIII-VIII a.C.)

  • EL MARCO GEOGRÁFICO HELÉNICO.

  • Grecia, propiamente dicha, incluía en la Edad Antigua la península Balcánica, junto con las islas del mar Jónico y del mar Egeo. Sin embargo, el Mundo Griego era más amplio: estaba integrado por todas las tierras habitadas por griegos.

    Cabe destacar, en primer lugar, la Grecia continental. Es obvio que en ella se singulariza el Peloponeso como una gran unidad, pero no es menos cierto que el resto del territorio admite a su vez otra gran división.

    Podemos señalar, en consecuencia, primeramente, una Grecia Septentrional, integrada por tres grandes regiones, a saber, Tesalia, el Epiro y Macedonia, que ocupan el norte de la península hasta el paralelo en que el golfo de Actio (o de Ambracia) y el golfo de Malia producen un estrechamiento. Toda esta área ha sido la primera tierra griega ocupada por los distintos inmigrantes procedentes de Europa que luego se han ido expandiendo sucesivamente hasta el sur.

    Llamamos Grecia Central a la porción larga y estrecha de la península Balcánica comprendida entre el paralelo mencionado más arriba y el istmo de Corinto. Se destacan como unidades regionales de la Grecia Central:

    1. Acarnania: pequeña zona costera que se extendía a lo largo del mar Jónico, desde el golfo de Ambracia hasta las bocas del golfo de Corinto.

    2. Etolia: gran región situada al este de Acarnania, en su mayoría montañosa, que todavía en el siglo V a.C. era un ejemplo de estado tribal, con sus pequeñas ciudades-mercado.

    3. Dóride: región muy pequeña de la Grecia Central, cuyo límite norte lo marcaba el monte Eta, y que era considerada por los dorios del Peloponeso como su lugar de procedencia.

    4. Fócide: región que comprendía el valle medio del Cefiso y la correspondiente porción de costa rocosa en el golfo de Corinto. En el territorio de la Fócide, al sur del Parnaso, se ubicaba la ciudad sagrada de Delfos.

    5. Lócride: región fragmentada en dos zonas discontiguas, la Lócride Occidental u Opuntiana y la Lócride Oriental u Ozolia. Ambas eran estrechas franjas de costa muy pobres en recursos naturales y separadas entre sí por el valle del Cefiso.

    6. Beocia: gran llanura rodeada de montañas un tanto similar a Tesalia, donde, por el oeste, la cadena del Helicón corría paralela a la costa, y por el sur el monte Citerón y el Parnes separaban Beocia del Ática. Tebas destaca como la principal ciudad de la región.

    7. El Ática: especie de península de forma triangular en la que acaba la Grecia Central y que se encuentra separada de Beocia por los montes Parnes y Citerón, y de la Megáride, por el monte Cerata. En medio del territorio ático, Atenas se ubicaba en un enclave apropiado para ser la capital de la región y la sede del gobierno central. Bien comunicada con el resto de las zonas áticas por tierra y en muchos casos también por mar, la ciudad de Atenas eclipsó a todos los demás núcleos de población del Ática.

    8. Isla de Eubea: isla de gran tamaño y estrechamente próxima a la costa que aparece como una pieza continental más de la Grecia Central. Esta isla, cuya mayor ventaja en el Mundo Griego era su posición en el Egeo occidental, la cual le permitía controlar las rutas marítimas, tenía como principales ciudades a Calcis y Eretria, ambas en la llanura central, que tuvieron un importante protagonismo en la época de las colonizaciones como estandartes del comercio helénico.

    Finalmente, llegamos a la Grecia Meridional, llamada por los griegos isla de Pélope, que es a un tiempo una unidad y una pluralidad de regiones muy diversas. El Peloponeso era una tierra abierta al Mediterráneo, que durante la Prehistoria había recibido numerosos influjos culturales exóticos. En época histórica se pueden distinguir en él una zona central, la Arcadia, y un cinturón de regiones ocupadas por los dorios. En la mitad sur, Laconia y Mesenia constituían el estado espartano, hasta el siglo IV a.C., en que esta última región logró su independencia; y en la mitad norte: la Argólide, situada en el nordeste del Peloponeso, que toma su nombre de la ciudad de Argos, pero en ella sobresalen Micenas y Tirinto; Corinto, ubicada por encima de la Argólide, que basaba su importancia en su posición estratégica y alcanzó en la época de su tiranía un papel preponderante en el contexto helénico; Acaya, que comprendía una estrecha banda territorial en la costa norte del Peloponeso; y la Élide, que ocupa el noroeste de la península y engloba, entre otras, a Olimpia, referente religioso y deportivo.

    Además de los territorios arriba referidos, situados en la Grecia continental, el Mundo Griego también incluía una pluralidad de islas: se trata de la Grecia insular.

    Estas islas son muy numerosas y diversas en todos los aspectos, pero pueden considerarse en grupos desde una perspectiva general. El primero de ellos lo componen las situadas en el mar Jónico, es decir, al oeste de la península Balcánica. De norte a sur, las más extensas son Corcira, Léucade, Cefalenia con la mítica Ítaca pegada a su costa, y Zacinto. Otro grupo, en el Egeo central, es el que forman las Cícladas, así llamadas por formar una especie de anillo, y las Espórades, esparcidas al norte y este de aquellas.

    En unos tiempos en que la navegación se hacía sin alejarse demasiado de las costas, estas islas tenían el gran valor de permitir la travesía del Egeo por su parte central. A este respecto debemos destacar las islas de Delos, Andros, Tenos, Naxos, Paros y Melos.

    Tasos, Samotracia, Imbros y Lemnos constituyen un tercer grupo, ocupando el extremo norte del Egeo, entre la península Calcídica y el Helesponto. En el Egeo oriental, las islas de Lesbos, Quíos, Samos, Cos y Rodas, están muy cerca de la costa de Asia Menor, de modo que fueron ocupadas durante la primera colonización, prácticamente al mismo tiempo que el borde costero. Finalmente, cerrando por el sur el Egeo, aparece la gran isla de Creta, la mayor y más meridional de las islas griegas.

    El fin de la Civilización Micénica marca igualmente el ocaso del esplendor de Creta. A partir de aquí, la isla vivirá básicamente de la explotación de sus recursos naturales, en tanto que las actividades por mar se inclinaban más bien hacia la piratería.

    Aún falta una parte importante del Mundo Griego, la más dispersa y heterogénea, pero también una de las más significativas. Es la que corresponde a las colonias.

    Hay que mencionar, en primer lugar, los asentamientos de la costa occidental de Asia Menor, los más antiguos de todos, que se encuentran en tres regiones: Eólide (Cime), Jonia (además de Esmirna, ciudad eolia que se incorpora a la Jonia hacia el siglo VIII a.C., destacaban Mileto, Miunte, Priene, Éfeso, Colofón, Lébedos, Teos, Clazómenas, Eritras, Focea y las insulares Samos y Quíos) y Dóride (Halicarnaso y Cnido). Un segundo grupo lo constituyen los enclaves situados en las costas del Egeo septentrional, de la Propóntide (mar de Mármara) y del Ponto Euxino (mar Negro). En tercer lugar figuran las colonias establecidas en Sicilia y la Magna Grecia (sur de Italia). Finalmente, había un puñado de colonias dispersas por el resto de la costa mediterránea que no habían controlado los fenicios; así, Cirene en Egipto, Marsella en la Galia o Ampurias en Hispania.

  • LAS FUENTES.

  • Las fuentes utilizadas por los historiadores para el estudio y reconstrucción del período que aquí tratamos son, en su mayor parte, literarias. Ocurre, no obstante, que de las obras que han llegado hasta nosotros (tan sólo una proporción mínima sobrevivió al colapso del mundo antiguo), la mayoría son posteriores a la época arcaica. De esa mayoría se salvan las de autores como Homero y Hesíodo (quienes escriben en los siglos VIII y VII a.C., respectivamente) y los poetas líricos.

    Respecto al primero, en palabras de Emilio Gabba, la singular importancia educacional y cultural que a lo largo de su historia el mundo griego atribuyó a los poemas homéricos (la Ilíada y la Odisea), se fundamenta en el hecho de que éstos grababan la sabiduría colectiva de toda una cultura.

    Desde el punto de vista historiográfico, es de gran importancia el debate que tiene lugar en el instruido mundo de la época helenística en torno al valor de la información homérica sobre aspectos geográficos e históricos relativos a la primitiva historia griega y a la del Mediterráneo en general. Conocemos este debate fundamentalmente gracias al libro I de la Geografía de Estrabón. El libro retoma la polémica contra Eratóstenes, quien sostuvo que la única meta de Homero fue la de entretener, razón por la cual sería inútil pretender encontrar informaciones veraces en su fantasiosa narración. Polibio, por su parte, reconoció en Homero la existencia de datos históricos y geográficos correctos, datos que sin embargo se hallarían inmersos en episodios totalmente inventados, mientras que Estrabón defendería a Homero hasta el más mínimo detalle.

    La aceptación de Homero como fuente histórica y la directa o indirecta asociación de la mitología y leyenda griegas con el mundo homérico, dio lugar a que aquéllas fueran admitidas por lo general como parte y elemento de la historia griega temprana.

    En cualquier caso, según E. Gabba, el aprovechamiento histórico de la obra homérica será seguro y mayor siempre que apunte al estudio de aspectos como familia, vida social y política, instituciones y normas, principios éticos, comportamiento religioso, cultura material, o factores económicos.

    En cuanto a Hesíodo, en cierto modo, su caso es paradigma de las posibilidades que ofrece la lectura de una obra literaria (en este caso, la Teogonía y los Trabajos y días) a la que se formulan preguntas de carácter histórico. Y es que dicha lectura cobra en su caso la máxima importancia, puesto que si para ese período no contamos con narraciones históricas detalladas, el texto de Hesíodo nos ofrece a cambio la ocasión de conocer problemas políticos y sociales de notable complejidad.

    De igual modo, el mundo de la poesía lírica, por ser rica en referencias a situaciones individuales y específicas, da al investigador moderno una buena oportunidad de vislumbrar los esquemas de las situaciones históricas, sean éstas locales o generales. Así, los fragmentos de Alceo constituyen la fuente más importante para la historia interna de Lesbos en el siglo VI a.C.

    De otro lado, ya dentro de la historiografía, decir que ésta en la Antigüedad trataba sobre hechos de notable importancia, o al menos sobre aquellos a los que atribuía tal consideración, de acuerdo con principios, intereses, objetivos y gustos de acusada diversidad.

    Entre los historiadores que aportan información sobre época arcaica, habría que destacarse, en primer lugar, a Herodoto.

    La meta de Herodoto (el “padre de la historia”, quien escribió en el tercer cuarto del siglo V a.C.) fue la de anotar los hechos más importantes y las diversas empresas de la humanidad. Este autor nos proporciona una importante e interesante información sobre muchos pueblos y ciudades, sobre prácticas religiosas y comportamientos sociales. El mundo de Herodoto se deriva del que corresponde a los poemas épicos de Homero y Hesíodo, mundo con el que a su vez enlaza; pero importa también apreciar en Herodoto las preocupaciones de índole práctica, geográficas y etnográficas, estrechamente vinculadas al fenómeno de la colonización y base de las primeras especulaciones científicas griegas.

    El hecho de que las Guerras Persas constituyan el eje de la Historia de Herodoto (9 libros) no debe dar pie a que se subestime la importancia de otra perspectiva: la que hace referencia a la historia local. Basada en recuerdos religiosos y seculares, esta perspectiva es rica en apreciaciones políticas, las cuales, no obstante, se ciñen al mundo de las poleis.

    Tras Herodoto pasaremos a Tucídides, quien vive durante la segunda mitad del siglo V a.C. y es, por tanto, contemporáneo del “padre de la historia”.

    La historia de Tucídides persigue una meta muy distinta de la de Herodoto. La obra de aquél consiste en el análisis, hecho a un nivel político, de sucesos de particular importancia. Tucídides fue al mismo tiempo un político, y como tal atribuyó a los hechos por él contemplados una importancia mayor que la de cualquier otro acaecido en el pasado.

    Tanto en el caso de Tucídides como en el de sus sucesores, la historia política se circunscribe a los acontecimientos contemporáneos. Para mostrar al lector lo que mueve a los políticos, hace uso de los discursos. En este contexto, el hecho de que los discursos se ajustaran o no a lo que efectivamente fue dicho importa menos que el significado historiográfico de los discursos en cuanto tales.

    Tal y como puede apreciarse en el caso de Tucídides, la visión según la cual la historia sólo será válida como medio de enseñanza si es escrita por un político, motivó la limitación del enfoque histórico a temas políticos y militares, así como la atención exclusiva a la historia política interna de una polis o Estado. Así, Tucídides restringiría la historia griega al conflicto protagonizado por Atenas y Esparta entre los años 431 y 404 a.C. (donde participó como general). Estamos, pues, ante un historiador-político, figura cuyos atributos son el conocimiento directo y la experiencia en temas políticos, militares y geográficos.

    De los ocho libros (el último inconcluso) que conforman su monumental Historia de la Guerra del Peloponeso, destacaremos el primero, el denominado Arqueología. Se trata de un tratado sobre las cosas antiguas, donde explica el ascenso y evolución del imperio ateniense en el siglo V a.C. (información sobre sus tiranos, legisladores, colonizaciones...).

    Nos referiremos ahora a Aristóteles, el filósofo nacido en Estagira (y por ello llamado el Estagirita) que vivió en el siglo IV a.C. y que fue discípulo de Platón y maestro de Alejandro Magno, llegando incluso a fundar una escuela en Atenas: su célebre Liceo.

    Nos interesa destacarlo aquí como tratadista de la ciencia política, con dos obras básicas: la Política, donde analiza tres formas de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia), a partir de las cuales demuestra la superioridad de una democracia sin demagogia, y la Constitución de los Atenienses, que contiene una historia del desarrollo constitucional de Atenas desde los tiempos míticos hasta la reinstalación del sistema democrático tras el gobierno de los 30 tiranos, y una detallada descripción del funcionamiento del sistema democrático ateniense en época de Aristóteles. Su obra nos aporta información sobre los legisladores, las tiranías, la evolución de algunas poleis hacia la democracia...

    Finalmente, destacar a Plutarco, autor griego nacido en Queronea (Beocia) y que vivió entre los siglos I y II d.C. Viajante incansable, llegó a ser sacerdote de Delfos.

    Ya en el comienzo de su obra, este autor afirma de modo concluyente que su propósito no es otro que el de escribir biografías y no historia. De hecho, a él se le deben las Vidas Paralelas, obra en que retrata a célebres personajes del mundo griego y romano con la intención de simbolizar la aproximación de ambos pueblos. Para la época aquí estudiada destaca la Vida de Licurgo, legislador espartano a quien compara con Numa, rey legendario de Roma y sucesor de Rómulo.

    Pasemos ahora a las fuentes epigráficas. Éstas tienen la ventaja de ser fuentes directas, objetivas, que nos han llegado tal y como fueron escritas, ya se trate de documentos públicos o privados. Sin embargo, los textos epigráficos anteriores al siglo V a.C. son breves y escasos, y están escritos en todo tipo de materiales: piedra, cerámica, bronce, plomo... De igual forma, será en el siglo V a.C. cuando se generaliza la variedad dialectal del griego que se usaba en Atenas. Muchos de estos textos epigráficos son epitafios (inscripciones sobre tumbas), aunque también encontramos, dentro de este tipo de fuentes, tratados políticos diversos (leyes, órdenes...).

    Finalmente, tendríamos que hacer alusión a las fuentes arqueológicas. La información que nos proporciona la arqueología sobre la Grecia Clásica es muy rica; no obstante, en el período del arcaísmo griego estas fuentes presentan muchas limitaciones. Ello es debido a que buena parte de las ciudades griegas de época arcaica fueron habitadas desde continuo a lo largo de la historia; pero también a que muchas de estas ciudades, si no se han mantenido como ciudades modernas, experimentaron fuertes transformaciones en época helenística. Más posibilidades de recuperación arqueológica tienen aquellas ciudades que fueron colonias; tal es el caso de Naucratis. Según nos cuenta el profesor A. Snodgrass, de ella la arqueología ha suministrado, de 1884 en adelante, datos concluyentes en el sentido de que los griegos se hallaban allí instalados de modo permanente mucho antes del reinado de Amasis. Se han descubierto inscripciones en griego y un inconfundible templo griego de estilo jónico, así como bastante cerámica que se extiende desde finales del siglo VIII a.C. hasta el período de Amasis. Estos datos son de gran importancia pues de algún modo desmoronarían el crédito del recuento de Herodoto, quien afirma que Amasis “entregó” a los griegos la ciudad de Naucratis.

    3. EL FINAL DE LA CIVILIZACIÓN MICÉNICA (MICENAS, TROYA).

    Fue a comienzos del II milenio a.C. cuando los griegos micénicos se asentaron en el ámbito del mar Egeo. Así, en torno a 2000 y 1800 a.C., un grupo humano penetró en el área de la actual Grecia y pasó a constituir la base de la población griega de épocas sucesivas. Mientras tanto, una civilización, la minoica, radicada en la isla de Creta, se erigió como auténtica señora del Mediterráneo oriental. Sin embargo, hacia 1550 a.C., el nivel de desarrollo de esos primeros moradores de Grecia se fue haciendo cada vez más consistente y, poco a poco, la preponderancia cretense en el Egeo fue cediendo ante el empuje guerrero micénico.

    De este modo, las incursiones griegas en aquellas tierras propician el colapso de la sociedad minoica, cuyos palacios, con el de Cnoso a la cabeza, pasan a manos micénicas hacia el año 1425 a.C. Posteriormente, Cnoso sería destruido, lo que no afectó a la autoridad de Micenas durante los siglos XIV y XIII a.C., tiempo éste en el que la civilización aquí referida alcanzó su mayor esplendor.

    El factor determinante para que los micénicos se consolidaran como gran civilización fue su capacidad para asimilar las coordenadas de la sociedad minoica. Fue decisiva, por ejemplo, su asunción del sistema de escritura minoico, lo que les procuró un instrumento de primera magnitud para su organización administrativa y su exitoso devenir comercial. Por otra parte, el hallazgo -primero en Cnoso y más tarde en Tirinto y Micenas- de unas tablillas de arcilla con registros contables de los archivos de palacio permitió hacerse una idea cabal de la estructura social y económica de los reinos micénicos. En efecto, estas tablillas mostraban el sistema de escritura silábico (Lineal B) que los micénicos habían tomado de los cretenses (Lineal A) para plasmar el griego. Los incendios que sufrieron los palacios micénicos tiempo después provocaron la cocción de las tablillas y, por consiguiente, su conservación hasta nuestros tiempos.

    Este desciframiento, en combinación con la arqueología, dibuja una sociedad micénica que responde a los siguientes perfiles: organizados en reinos independientes al estilo oriental como los de Argos, Pilo, Tirinto o Micenas, la estructura política, social y administrativa micénica gravitaba en torno a ciudadelas fortificadas desde cuyo palacio el wa-na-ka (el homérico wánax o “señor”) ejercía su poder. Así pues, el wánax de los reinos micénicos debe ser el señor del palacio, a quien se reconoce una autoridad y un poder supremo sobre todas las personas y cosas del territorio dependiente. Además, tales soberanos se harían enterrar en tumbas suntuosas, como por ejemplo el Tesoro de Atreo (monumental cámara funeraria situada en el exterior de la ciudadela, coronada por una falsa cúpula, que debe su nombre al padre de Agamenón) o el denominado círculo de tumbas A (seis grandes tumbas rectangulares, halladas dentro de la acrópolis de Micenas en 1876 por Schliemann, que fueron construidas con suelo, paredes y techo en sendas fosas excavadas en la tierra, conteniendo un total de dieciocho difuntos, y que estaban dispuestas en el interior de un círculo). En este último caso, lo verdaderamente importante reside en la impresionante cantidad de oro y en la variada calidad artística que suman sus ajuares.

    Existía, además, una aristocracia terrateniente con funciones de caudillaje militar, una clase sacerdotal y otra artesanal cuyos capataces recibían el nombre de qa-si-re-u, término que en Homero, y bajo la forma de basileus, designa al “rey”. Por su parte, la producción descansaba en el da-mo (el demos del griego clásico, el “pueblo”, la “comunidad”) y los te-o-jo do-e-ro o do-e-ra (“esclavo o esclava del dios”). Se trata, en suma, de una estructura fuertemente jerarquizada que permitió que en suelo griego se mantuviera el orden establecido.

    Sin embargo, esta gloriosa civilización, que ha dejado para la posteridad puertas monumentales (como la Puerta de los Leones, que debe su nombre a los dos felinos que, enfrentados y apoyados sobre una columna de tipo minoico, figuran en el relieve de tres metros soportado por el dintel horizontal de la entrada), grandes tumbas que glorificaban a los señores, muros que parecían haber sido levantados por cíclopes..., sufre el colapso total de sus estructuras entre los siglos XII y XI a.C., cuando Micenas, Tirinto, Pilo o Tebas padecen la acción devastadora del fuego, sin que se conozcan las causas ciertas: se ha hablado de circunstancias naturales como terremotos y cambios climáticos conjugados con hambrunas; de conflictos internos; de la acción depredadora de unos misteriosos “pueblos del mar” de los que hablan las fuentes egipcias, pero, sobre todo, el gran incendio que hacia 1100 a.C. arrasó Micenas se atribuye a unos invasores de estirpe doria.

    En efecto, la tradición histórica griega habla de la llegada de una población que, agrupada bajo el nombre de dorios, habría penetrado en Grecia al final del Periodo Micénico, destruyendo violentamente todo a su paso e instalándose en el Peloponeso, del que habrían huido las poblaciones del Bronce, o al menos una buena parte de ellas y, desde luego, las clases dirigentes; sólo la Arcadia, que no había llegado a integrarse, a decir verdad, en el Mundo Micénico, se habría librado del desastre, funcionando más bien como lugar de refugio. Esta teoría se da de bruces con la escasez de datos arqueológicos que demuestren la invasión, pero que estos dorios vinieran de fuera o que ya estuviesen dentro y desde dentro se alzaran no es tal vez tan significativo como el hecho de que la Edad del Bronce había llegado a su fin y que, con ella, también sucumbía la sociedad que había florecido a su amparo.

    No obstante, no podríamos cerrar estas consideraciones sobre los acontecimientos de la última fase del Mundo Micénico sin hacer una referencia a la cuestión troyana. Al respecto, referir que lo que la poesía brinda, lo escatima la casi total ausencia de testimonios no literarios y arqueológicos, y ante ello, por más que sea imposible obviar el sustrato histórico y social que los poemas homéricos reflejan, no debemos olvidar que la Ilíada es literatura y no un texto historiográfico. No obstante, los antiguos jamás dudaron ni del emplazamiento de la ciudad ni de la realidad de la guerra; en época clásica, Tucídides sólo puso en duda que el conflicto tuviera tan magnas dimensiones, mientras que Herodoto fechó la guerra hacia el año 1250 a.C., y una cronografía grabada en mármol, el Marmor Parium, fija el fin de la guerra en un día preciso del año 1209 a.C. Sea como fuere, Homero dibujó para la Antigüedad la imagen de un poderoso enclave de finales de la Edad del Bronce situado en la costa noroccidental de la península de Anatolia, a los pies del monte Ida, y habló de una ciudadela de gran poder e influencia en el noroeste de Asia Menor y cuya prosperidad subrayaban los adjetivos con que la calificó: la fértil, amena, anchurosa, escarpada, ventosa y sagrada Troya; la Ilión de grandes murallas y recias torres; la fortaleza de espaciosas calles; la muy poblada ciudadela... Se trata, en suma, de una de las ciudades más prestigiosas de la Antigüedad, de un asentamiento reconstruido y poblado una y otra vez, hasta que en el Renacimiento, estando ya el lugar deshabitado, se perdió la noción de que la espléndida Troya de Príamo ocupó un lugar real, más allá de la ficción y el mito homéricos.

    La arqueología revela que, a menos de cinco kilómetros de distancia de los Dardanelos, se alza una colina (Hissarlik) de unos 37 metros de altura y de unos 150 por 200 metros de superficie. El cerro ofrecía una situación estratégica privilegiada, pues tenía a la vista el paso de embarcaciones hacia el mar Negro, lo cual daba la posibilidad de controlar el tráfico marítimo entre Asia y Europa; por tanto debió de ser un enclave apetecido desde fechas muy tempranas, y lo cierto es que en el promontorio de Hissarlik existen huellas de ocupación que se remontan al 3000 a.C. Dicho de otro modo, Troya se fundó a fines del Neolítico y quedó deshabitada hacia el 1500 d.C. La ocupación continuada durante milenios es lo que le ha conferido el aspecto actual: una amalgama de murallas superpuestas en distintos niveles que corresponden a las distintas Troyas, numeradas por la arqueología de la I a la X. En efecto, la colina ofrece diez fases principales de asentamiento humano, que se extienden desde su fundación neolítica hasta época bizantina, y dentro de esas diez fases existen cuarenta y siete subdivisiones ulteriores, cada una de las cuales designada con una letra.

    Así las cosas, si estableciéramos la secuencia de la evolución de Troya, desde su nacimiento hasta el punto donde se cree aconteció la guerra descrita por Homero, el resultado sería el siguiente: Troya I surge hacia el año 3000 a.C. y se mantiene hasta el año 2450 a.C., momento en que adquiere las trazas de una ciudadela real: Troya II, que subsiste 300 años, hasta que en 2200 a.C. un incendio la arrasa. Ofrece esta segunda Troya una gran riqueza arqueológica, y de ella data el llamado “tesoro de Príamo” (c. 2500 a.C.). En efecto, el 31 de mayo de 1873 Schliemann desenterró un conjunto de objetos que él denominó sin dudarlo “tesoro de Príamo” (que contenía 8833 piezas), al pensar, equivocadamente, que la “Ciudad incendiada” se correspondía con la Troya homérica. Sobre sus cenizas se levantan sucesivamente, de 2000 a 1800 a.C., tres fortificaciones de corta vida (Troya III, IV y V), para dar paso a una magnífica Ilios o Ilión, Troya VI, ciudad de gruesas murallas y fuertes torres, que, por su larga pervivencia, es testigo de acontecimientos como la llegada de la población indoeuropea, así como la del caballo (c. 1780 a.C.), o la entrada en contacto con los griegos micénicos (c. 1500 a.C.).

    Wilhelm Dörpfeld, discípulo de Schliemann y descubridor de la Troya VI, proclamó que su hallazgo se correspondía con la ciudadela de la leyenda, pues había observado que todos los epítetos que Homero dedicó a Ilión adquirían pleno sentido a la luz de la nueva Troya; además advirtió que el final de esta urbe había sido violento. No obstante, las investigaciones llevadas a cabo, años más tarde, por el norteamericano Carl Blegen arrojaron dos nuevas conclusiones: la primera, que aunque el fin de esta ciudadela sí había sido brusco, su destrucción no se debió a la mano del hombre, sino a un terremoto, y la segunda, que fue reconstruida tras el seísmo. Esta nueva Ilión, Troya VIIa, que no alcanzó la majestuosidad de la anterior, sufriría hacia el año 1180 a.C. el estado de sitio y el saqueo. Vestigios de fuego y de escombros, restos de algún esqueleto con el cráneo aplastado por una piedra y una punta de flecha -sólo una- fueron los argumentos que llevaron a Blegen, su descubridor, a afirmar que “en efecto, hubo una guerra de Troya histórica, en la cual una coalición de aqueos o micénicos, al mando de un rey cuya supremacía era reconocida, luchó contra los troyanos y sus aliados”. Al igual que lo hicieran sus ilustres predecesores, Blegen también pensó haber dicho la última palabra, pero a su tesis se opusieron muchos estudiosos que negaban la posibilidad de una guerra de la magnitud de la homérica. A lo sumo, se admitía que una Troya histórica mucho menos esplendorosa que la de Homero -sus 2000 metros cuadrados de superficie no podían compararse con las dimensiones de las ciudadelas micénicas-, habría sufrido ataques de guerreros aqueos en sus últimas incursiones por Asia Menor. La gran guerra de Troya sería, pues, un trasunto gloriosamente magnificado de razzias de griegos micénicos en busca de botín.

  • PROBLEMAS Y EVIDENCIAS EN LA EDAD OSCURA.

  • Según los profesores Blázquez y López Melero, la denominación de Edad Oscura ha venido siendo aplicada por algunos historiadores de nuestro tiempo, no por todos desde luego, a la etapa cronológica comprendida entre la disolución de los reinos micénicos y la primera fase de la historia de Grecia, conocida como Época Arcaica. En palabras de F. J. Gómez Espelosín, el término de Dark Age fue acuñado por los arqueólogos anglosajones a causa de la falta de fuentes escritas y de la relativa pobreza de los restos materiales, pero también por el carácter miserable que se atribuía a la vida de las gentes durante todo este tiempo. La Grecia de estos cuatro siglos es diferente de la que posibilitó los palacios micénicos. Se modificaron los asentamientos griegos, disminuyó la población de forma espectacular, se abandonaron la escritura y las formas constructivas de la época anterior, el mundo griego sufre un aislamiento generalizado...

    Sin embargo, para la profesora Hidalgo de la Vega, a pesar de este sombrío panorama, no es un período de inmovilismo, sino que esta etapa se mueve en una dialéctica que transcurre entre lo antiguo y lo nuevo, entre la continuidad y la ruptura. Durante los siglos IX y VIII, se crearán las condiciones para la recuperación y el renacimiento que se constata con plena fuerza en el siglo VIII a todos los niveles: despegue económico, incremento demográfico, reanudación de los contactos marítimos a larga distancia, aparición de la escritura alfabética con la redacción de los poemas homéricos, etc. A continuación pasaremos a analizar todo este cambio de forma detallada.

    Como señala el profesor Gómez Espelosín, tras la destrucción de los centros de poder micénicos, la mayor parte de la población se vio obligada a replegarse sobre sí misma y a reiniciar un largo proceso de aprendizaje a partir de los escasos cimientos que habían quedado de la época anterior. Por motivos de seguridad tendió a concentrarse en las regiones del interior, con el fin de ponerse a resguardo de posibles nuevos ataques. Se poblaron nuevas zonas que hasta entonces habían permanecido despobladas, se reutilizaron viejas fortificaciones caídas en desuso, se produjeron movimientos migratorios hacia el exterior del mundo griego, en particular hacia la isla de Chipre y las costas anatolias del Egeo.

    Desapareció todo sistema de escritura y las grandes construcciones en piedra fueron sustituidas por otras mucho más modestas de forma generalmente absidal. Se produjo una evidente descentralización del poder y una pérdida de la mano de obra controlada capaz de realizar grandes obras, tal y como había sucedido anteriormente con la burocracia administrativa de los palacios micénicos. Se acentuaron de manera progresiva las diferencias regionales y se interrumpieron de forma notoria las relaciones comerciales con el exterior, especialmente con las regiones del Próximo Oriente, con una notable repercusión en los niveles de riqueza exhibidos en las tumbas.

    Sin embargo, junto a todos estos cambios y rupturas hubo también, aunque en una escala mucho menor, algunos importantes indicios de supervivencia y continuidad. Para empezar, la de las mismas gentes que habían constituido la base de la población del mundo anterior, que seguían hablando además la misma lengua, el griego. Continuidad también en ciertos usos y creencias religiosas a juzgar por el mantenimiento de algunos cultos y por la presencia indudable de muchos de los dioses micénicos dentro del panteón olímpico griego. Hubo también cierta continuidad en las tradiciones épicas y legendarias, muchos de cuyos elementos centrales se remontan seguramente a la época micénica, tal y como ya demostró en su día el filólogo sueco Martin Nilsson.

    El rasgo más característico de todo este período, sobre todo en sus etapas iniciales, son los movimientos de población. Y es que la desaparición de los centros de poder organizados facilitó la penetración de gentes procedentes de las regiones montañosas del norte que no encontraron ya serios obstáculos en su camino hacia el sur de la península helénica. Las causas de esta infiltración fueron la superpoblación de aquellas zonas y la presión que ejercían sobre ellos otras tribus procedentes de regiones situadas todavía más al norte.

    Durante esta época se produjeron una serie de cambios que afectaron a la vida diaria de las gentes. En primer lugar, la modificación aparente de las costumbres funerarias, que supuso la sustitución del rito de inhumación existente hasta entonces por el de la incineración del cadáver. También se modificó la forma de enterramiento, abandonándose la tumba colectiva a favor de una individual en forma de cista. Otro de los cambios decisivos de este período fue la aparición del hierro, que comenzó a sustituir al bronce como metal básico en armas y herramientas de todo tipo.

    Estos cambios reflejan la necesidad de adaptarse a unas condiciones diferentes de las que habían imperado durante el período micénico. Grupos dispersos de población debían comenzar a organizar su vida de nuevo sin la protección que representaban los palacios y sin la guía de toda la estructura burocrática que aparece reflejada en los registros de las tablillas. Ya no se daban tampoco las condiciones idóneas para el cultivo de la tierra en forma extensiva con ciertas garantías de productividad y eficacia y, por tanto, quedaron desiertos considerables espacios de terreno. Los nuevos lugares de asentamiento no adquirían carácter definitivo y algunos de ellos ni siquiera duraron más allá de una generación. Por ello, la mayor parte de las estructuras arquitectónicas que detecta la arqueología son de carácter efímero y transitorio frente a la monumentalidad de las construcciones del período anterior. La pobreza de los ajuares refleja igualmente el modo de vida itinerante, motivado por la confusión e inseguridad de los tiempos.

    El profesor A. Snodgrass ha propuesto como marco general de explicación para esta época un sistema de vida centrado en el pastoreo, una actividad que representaba el modo más idóneo de adaptación a las cambiantes condiciones de los tiempos. Esta forma de vida pastoral guardaría también una estrecha relación con dos de los rasgos más característicos de la cultura material de la época como son las construcciones de forma absidal y la cerámica de gran calidad pero hecha a mano. Según el arqueólogo griego Michel Sakellariou, las construcciones de forma absidal son un tipo de hábitat que se asocia con frecuencia con los pastores móviles. Los objetos de cerámica se explican como el producto de una comunidad móvil que no tenía acceso a la rueda de alfarero.

    Por otro lado, en cuanto a su cronología habría que decir que las sucesivas etapas en que se divide esta época sólo pueden distinguirse a partir de la arqueología, ya que dicha cronología está basada en la evolución de los estilos de la cerámica. Así pues, atendiendo a la clasificación de estos estilos observaríamos, en primer lugar, un período submicénico (última fase del siglo XII y el XI a.C.); un período protogeométrico (parte final de los siglos XI y X a.C.); y, finalmente, el período propiamente geométrico (siglo IX a.C., entroncando de lleno con el comienzo de la época arcaica). No fue un período uniforme desde el punto de vista geográfico ni cronológico. La diversidad regional y la diferencia de ritmos históricos en unos momentos y otros son sus características principales. Mientras algunas zonas sufrieron de lleno el impacto de la oleada de destrucciones masivas que tuvo lugar hacia el año 1200 a.C., otras áreas continuaron su existencia sin apenas experimentar cambios decisivos.

    Igualmente, habría que recordar que la desaparición de la escritura, con el colapso final de los reinos micénicos, provocó la ausencia total de textos escritos privándonos así de conocer cualquier documento o narración, cualquiera que fuese su verdadero valor histórico, acerca de este período. Esta supuesta oscuridad se acentúa todavía más si cabe, debido a la ausencia de alusiones de carácter indirecto en las fuentes orientales que iluminaban algunas facetas de los períodos anteriores, como el papel de los micénicos (Ahhijawa) en los conflictos fronterizos del imperio hitita en Asia Menor.

    Sin embargo, se conservaron de forma oral determinadas leyendas que evocaban a personajes de época micénica. Entre esas tradiciones míticas habría que resaltar dos: la que trata sobre la posible invasión de los dorios y la centrada en la emigración a Jonia. La primera establecía que dos generaciones tras la guerra de Troya, Grecia fue invadida por los dorios, cuyos reyes eran descendientes de Heracles, los denominados Heraclidas, quienes reconquistaron el Peloponeso recuperando así un dominio ancestral del que su glorioso antepasado había sido expulsado por Euristeo, el rey que también le encomendó la realización de los célebres doce trabajos. La segunda tradición legendaria referida nos habla de un movimiento colonizador hacia la Jonia, guiado por el mítico rey Ion (de cuyo nombre se derivaría el de Jonia), que tuvo su punto de partida en Atenas y en el que tomaron parte gentes provenientes de todos los rincones del mundo micénico, entonces ya en proceso de desaparición.

    Hoy en día se piensa que ambas tradiciones pudieron reelaborarse en el siglo V a.C. con claros intereses políticos, pues la primera justificaba el predominio de Esparta sobre toda la península del Peloponeso al considerarse los espartanos descendientes de los dorios; por su parte, la segunda daba consistencia al hecho de que Jonia al quedar dentro del dominio de Atenas durante la guerra del Peloponeso se adhiriera a su bando.

    Otro punto importante a tener en cuenta es la recuperación de las relaciones entre Grecia y el Mediterráneo oriental. A partir del siglo XI a.C. ya se encuentran los primeros testimonios arqueológicos que revelan que algunas partes del mundo griego habían reiniciado tales contactos, los cuales fueron decisivos para el nacimiento del arcaísmo griego. En este sentido, hemos de destacar las relaciones con la isla de Chipre, situada en una ventajosa posición estratégica. La principal consecuencia de este contacto será la transmisión de la metalurgia del hierro (c. 1000 a.C.), lo cual representó un enorme descubrimiento, hasta el punto que cuando se agota el hierro en Chipre los griegos acudirían a buscarlo a otros lugares, entre ellos Etruria. Y en cuanto a la cerámica, las relaciones con Chipre también influirán, tal y como vio Gjerstad, en la decoración y en las formas de la cerámica protogeométrica. El uso conjunto del compás y la brocha múltiple en la decoración se detecta también en Chipre por la misma época, aunque no es posible saber qué región ha influido sobre la otra.

    Habría que destacar asimismo el papel transmisor desempeñado por los fenicios. En el siglo XIII a.C. no sólo cayó el mundo micénico, sino también el hitita, a la par que Egipto sufrió el ataque de los llamados Pueblos del Mar. Puede decirse, por tanto, que durante tres siglos no habrá una potencia dominante en el Mediterráneo. Ello contribuyó a que las ciudades fenicias (Tiro, Biblos, Sidón...) comenzasen a descollar y a vivir un gran momento. No obstante, el panorama del Mediterráneo volvería a cambiar cuando, durante la gran crisis de los Pueblos del Mar, a comienzos del siglo X a.C., se forjó un gigante militar y político que durante tres siglos regiría los destinos del Próximo Oriente: Asiria, que no sólo afianzó su posición en el norte de Mesopotamia, sino que expandió su imperio hasta el Mediterráneo oriental, quedando las ciudades fenicias dentro de la órbita política asiria. Al convertirse estas ciudades en tributarias de la nueva potencia emergente (habían de pagar tributos para que Asiria no las arrasase), los fenicios se vieron obligados a aumentar su actividad comercial. Para ello se fijaron primero en Chipre y más tarde en Grecia.

    Los dos lugares de Grecia donde pueden evaluarse, desde la arqueología, el influjo de estos contactos, son la isla de Eubea y Atenas.

    La primera tiene como principales ciudades a Calcis y Eretria. Entre ambas encontramos el sitio de Lefkandi, que presenta una estratificación continuada desde el final del mundo micénico hasta el siglo VIII a.C. Aquí se han encontrado los restos de una comunidad comparativamente amplia e inusualmente próspera para el nivel general atestiguado en este período. Uno de los hallazgos más destacados es el edificio largo (de unos 45 metros de largo por unos 10 metros de ancho), rematado con un ábside final, que constituye uno de los primeros ejemplos de heroon (santuario en honor de un héroe), levantado en honor de un guerrero que fue enterrado allí con su consorte y sus cuatro caballos siguiendo un tipo de ritual funerario que recuerda de forma sorprendente al que aparece descrito en los poemas homéricos. Este edificio demuestra que debió existir alguien dentro de la comunidad (posiblemente el guerrero enterrado en el centro del edificio) que la dirigió con autoridad, pues su construcción necesita de capacidad de reunir mano de obra. Allí han aparecido también algunos de los primeros bienes de lujo que fueron importados desde oriente.

    Por su parte, Atenas también mantuvo comunicaciones con los fenicios. Tales contactos con la cuenca del Mediterráneo oriental y la existencia de una continuidad política y socioeconómica fueron la base del renacimiento cultural que se produjo hacia el año 900 a.C. Un movimiento caracterizado sobre todo por el uso de un tipo especial de cerámica de gran calidad cuya decoración predominante de carácter geométrico ha dado nombre a todo el período que se inicia en estos momentos. Así, la mayoría de las formas de los vasos se mantienen con algunas ligeras innovaciones de carácter técnico. Los cambios afectan sobre todo al estilo decorativo y a una factura de mejor calidad (formas más esbeltas y mejor terminadas gracias al empleo del torno de alfarero, sustitución de círculos y semicírculos propios de la decoración protogeométrica por meandros, zigzags, rombos y otros motivos de carácter geométrico que se disponían en bandas a lo ancho del vaso, la aparición del contraste entre el claro y la sombra...).

    Las piezas más representativas de este período son las grandes ánforas procedentes del cementerio ateniense del Dypilon, todas ellas con un tamaño monumental que en algún caso alcanza hasta 1´75 metros. Tenían como función servir de indicadores de las tumbas sobre las que se hallaban situados y, por tanto, las representaciones que se encuentran en sus bandas decorativas son cortejos fúnebres, lamentaciones en torno al cadáver o escenas de batalla y caza. Se trataba, en suma, de objetos de prestigio que, quizá, guardan cierta relación con el naciente culto a los héroes.

    5. HOMERO Y LA POESÍA ÉPICA (LA ILÍADA, LA ODISEA).

    En primer lugar habría que señalar las causas por las que se hace plenamente necesario estudiar a Homero. De un lado, por lo que fue y significó para el desarrollo de Grecia en particular y de toda la civilización occidental en general, y de otro, por retratar en sus dos poemas (la Ilíada y la Odisea) una época para la que escasean las fuentes, de modo que su obra constituye una referencia de primer orden.

    Sin embargo, los antiguos nos dejaron solamente biografías fantásticas del poeta. Creyeron, eso sí, en la existencia de un cantor de profesión y ciego de nacimiento llamado Homero, posiblemente natural de Esmirna o de Quíos, porque usa un dialecto jónico y porque, refiriéndose en la Ilíada a Lócride, dice que está al otro lado de la isla de Eubea, o sea en la costa occidental de aquélla, lo que no podría afirmar si hablara el autor desde la Grecia europea. Pero salvo estos dos datos, sólo fábulas conocemos acerca del supuesto autor de tales obras.

    Desde su creación, quizá a finales del siglo VIII a.C., los poemas homéricos (divididos ambos en época helenística en veinticuatro cantos, cada uno de los cuales designados con una letra del alfabeto griego) se constituyeron en un modelo para la educación cívica y moral de los griegos. Para enseñar y comentar a Homero había centros especiales; el más famoso era el de Quíos, donde un grupo de poetas que se llamaban “los homéridas” pretendía hacer descender su tradición del propio Homero. En la edad de oro de la Grecia clásica son innumerables las manifestaciones de lo que podríamos llamar el culto de Homero. Platón lo llama “el más sabio” y “el más divino de los poetas”, “el poeta entendido en todas las cosas”. Aristóteles, Horacio, Quintiliano, Séneca y Cicerón prodigan sus elogios al divino Homero; Sócrates muere recitando uno de sus versos, y a Petrarca se le encuentra muerto con la cabeza doblada sobre un manuscrito de la Ilíada. Es el más antiguo, pero él solo pesa más que toda la subsiguiente producción literaria de Grecia. De los papiros griegos encontrados en Egipto con fragmentos literarios, la mitad son de la Ilíada y la Odisea.

    La obra homérica nos remite, como dice el profesor Gómez Espelosín, a un universo esencialmente ficticio, pero en ella existen también abundantes referencias a la actualidad histórica de diferentes períodos (alusiones al mundo micénico, a la Edad Oscura y a la propia época de Homero):

    1. En primer lugar, autores como el profesor M. I. Finley vieron en los poemas ciertas referencias a la Edad Oscura. Para empezar, en la Ilíada y la Odisea nunca se hace mención a la escritura (hay una referencia, eso sí, a signos pictográficos, pues en la Ilíada precisamente se intercala la historia de un joven príncipe, llamado Belerofonte, quien despierta sin motivo los celos de un rey que le hospedara en el destierro; éste le envía a su suegro con un mensaje con “horribles signos en una tableta plegada” que Belerofonte no podía descifrar, pero que debía serle fatal si los dioses no le hubieran protegido, pues el rey le en cargó que la mostrara a su suegro para que éste le hiciese perecer. Esta tableta estaría hecha tal vez de metal, aunque más probablemente de arcilla, como las barras con signos que encontró Evans en Cnoso y también las de Pilo). Seguidamente, tras esta primera referencia, observamos que el profesor O. Murray llamó la atención sobre el lugar destacado que ocupa el comercio en la Odisea, especialmente con los fenicios, y señaló la importancia de trípodes y calderos de bronce como signos exteriores de riqueza, una circunstancia que se ajusta a las condiciones del siglo IX con la intensificación de los contactos con ultramar y el inicio de exploraciones por las costas del Mediterráneo. Finalmente, una tercera referencia a la Edad Oscura la encontraríamos en el hecho de que, a pesar de que los griegos ya habían navegado por todo el Mediterráneo, en el segundo de los poemas Odiseo está descubriendo constantemente nuevos y fantásticos mundos; se trataría de una alusión a los Siglos Oscuros porque en ellos se había olvidado lo anteriormente conocido, por lo que ahora había que redescubrir todo.

    2. Por otro lado, y en palabras del investigador Óscar Martínez, los versos homéricos también tienen un trasfondo micénico, el cual queda reflejado en determinados aspectos, tales como la geografía (la preponderancia de unas ciudades que en época de Homero habían dejado de ser relevantes) o la mención de objetos que se corresponden con hallazgos arqueológicos de la Edad del Bronce: un casco de colmillos de jabalí como aquél del que se vale Odiseo en su expedición nocturna del canto X de la Ilíada; un escudo con forma de ocho semejante al de Áyax, o una preciosa copa de oro igual a la que el viejo Néstor se llevaba a los labios. Pero si hay un detalle que evidencia la nostalgia de Homero por aquella edad pasada, es su empeño en hacer luchar a sus héroes con armas de bronce, al tiempo que trata de eludir la mención del hierro (el profesor A. M. Prieto apunta que las referencias al hierro en la Ilíada y en la Odisea son escasas: unas veinticinco), material que sentía menos digno de sus aristocráticos señores.

    3. Por último, encontramos alusiones a la propia época en que vivió Homero. Así, el ritual funerario de los héroes descrito en los poemas se realiza por el sistema de cremación (si hubiese Homero retratado el mundo micénico en este aspecto, habría hablado de inhumación). Asimismo, como señala Gómez Espelosín, los poemas no reflejan por ninguna parte la complejidad de la administración de los reinos micénicos que nos revelan los archivos conservados en las tablillas escritas en Lineal B halladas en los palacios (no aparece un wánax micénico con poder absoluto, sino basileis que toman decisiones en consejo teniendo en cuenta, eso sí, a un primus inter pares. Además, se refleja la existencia de una asamblea popular, inexistente antes del período arcaico). Para finalizar, autores como I. Morris y J. P. Crielaard señalan otros claros ejemplos de fenómenos propios de estos inicios del arcaísmo griego, como los combates en masa (caso de los Mirmidones de Aquiles en el canto XVI de la Ilíada); la preeminencia de una aristocracia que se mantiene en armonía (como en la tierra de los feacios) o en conflictos permanentes (como en Ítaca); una religión comunitaria (como las ofrendas en masa que las troyanas dedican a Atenea en el canto VI de la Ilíada); la colonización (tal y como aparece en episodios tan emblemáticos como el de los feacios o el de los Cíclopes); y finalmente los juegos y santuarios panhelénicos (que sugieren las carreras de carros de Élide o los oráculos de Delfos).

    Otra cuestión a tratar aquí es la de la figura del poeta oral. Y es que la Ilíada y la Odisea son dos poemas épicos, es decir, un tipo de poesía tradicional que fue elaborada a través de un largo proceso de creación oral en el que intervinieron diferentes individuos. Más que de autores propiamente dichos, debemos hablar de intérpretes de un amplio repertorio de temas que contribuían a modificar y ampliar con su intervención particular en cada recitación. Estos intérpretes de los poemas épicos eran denominados aedos (cantores) y constituían uno de los escasos oficios especializados que habían obtenido un reconocimiento social dentro de la sociedad antigua, junto con el adivino, el médico o el artesano metalúrgico. Los aedos tenían un status particular dentro de la comunidad, ya que poseían el don divino de evocar las grandes hazañas del pasado gracias a la inspiración de las Musas, divinidades que les otorgaban su prodigiosa memoria. Las Musas transmitían la sabiduría divina a los seres humanos a través de las palabras del poeta.

    A pesar de esta reconocida dependencia de las Musas, el aedo por su parte debía poseer también una techne, una habilidad especializada en el manejo de los recursos que tenía a su alcance, con el fin de poder dar forma y coherencia artísticas a los diferentes relatos orales que se habían transmitido hasta entonces. Entre esos recursos hemos de destacar: las fórmulas, es decir, un conjunto de palabras que se hallaban estrechamente asociadas entre sí de forma que al evocar una de ellas, ésta arrastraba consigo hasta la memoria todo el conjunto con relativa facilidad; las escenas típicas que siempre se repetían a lo largo de la narración, tales como la celebración de sacrificios, los banquetes, la despedida del guerrero, un combate singular, los certámenes funerarios en honor del héroe caído, etc.; y, por último, los temas recurrentes, consistentes en una serie de acciones o atributos que era siempre posible aplicar a cualquier héroe de los que protagonizaban los poemas, tales como la lealtad a sus compañeros, su valor en las acciones de guerra o su confianza en la protección divina.

    Centrémonos ahora en otro punto importante, la temática de los poemas. Y es que los poemas homéricos no son una simple acumulación de relatos épicos más o menos habilidosamente trabados entre sí. Ambos giran en torno a un único tema que se convierte en el pivote central de toda la acción dramática que se describe en el curso de la narración.

    El tema central de la Ilíada es la cólera de Aquiles, tal y como se anuncia en el primer verso del poema: “Canta, diosa, la cólera del pelida Aquiles”. El poema no narra la guerra de Troya por completo, sino que el relato se concentra en cincuenta y un días del año noveno. Existen, sin embargo, ciertas alusiones a la guerra como tal en episodios célebres, como la descripción de las fuerzas aqueas en el canto II (el célebre Catálogo de las naves). Las acciones se suceden de acuerdo con una concepción de conjunto que no olvida nunca su tema principal: la cólera de Aquiles, primero contra Agamenón por haberle arrebatado a Briseida, una de sus esclavas favoritas, y más tarde contra Héctor por haber dado muerte a su compañero Patroclo. Las escenas de batalla se combinan con las asambleas de los dioses en las que se toman las decisiones claves que afectan al desarrollo de los acontecimientos. Estas intervenciones divinas ponen de relieve el sentido trágico de todo el conjunto al cumplirse de forma inexorable lo decretado por el destino. En medio, una serie de gestos y emociones profundamente humanas que sirven para subrayar la humanidad esencial de los personajes y su limitada capacidad de elección en un universo en el que priman los designios divinos y la presión colectiva de la comunidad.

    La Odisea, con más recursos y complejidad que la Ilíada, tiene como tema principal las andanzas de Odiseo por los mares en busca del regreso a su patria, Ítaca. Se trata de una obra completamente diferente de la Ilíada. A la saga troyana, de la que Odiseo forma parte, se añaden el relato de un viaje fabuloso a través de mares y tierras desconocidos y el tema de la venganza de Odiseo sobre los pretendientes que asediaban a su esposa, Penélope, aprovechando su ausencia. Así, en este segundo poema tienen cabida aspectos que no aparecen en la Ilíada (asistimos a múltiples viajes, aparecen sectores sociales que no son necesariamente nobles, prevalece la inteligencia sobre la fuerza del guerrero, todo parece conducir hacia una vida próspera, en paz, etc.). La narración combina hábilmente distintos escenarios (en la Ilíada sólo aparecen el escenario troyano y el divino) y perspectivas. Nos encontramos con la evocación personal del protagonista a la hora de contar sus hazañas y con el relato en tercera persona de los distintos acontecimientos que van sucediendo entretanto en Ítaca. El tono heroico del relato es también menor que en la Ilíada. Odiseo sólo cuenta con la ayuda de su hijo Telémaco, que prepara su regreso al hogar, y de la diosa Atenea, que le secunda en todas sus aventuras. El protagonista es además un tipo de héroe más moderno que Aquiles, que representa, seguramente, el espíritu de una nueva época. Odiseo, que se ve acosado por todo tipo de dificultades, va superando con astucia, paciencia y entereza las diversas pruebas que se le presentan, demostrando en todo instante una enorme confianza en sus propias posibilidades.

    TEMA II. LA ÉPOCA ARCAICA Y LA “POLIS” (SIGLOS VIII-VI a.C.)

  • CARACTERÍSTICAS DE LA “POLIS”.

  • Como apunta el profesor Gómez Espelosín, el siglo VIII a.C. inicia un período decisivo en la historia del mundo griego. A lo largo del siglo IX a.C. se había iniciado un lento pero efectivo avance en diversas direcciones que se van a ir confirmando de forma sólida en el curso de este siglo mediante una serie de profundas transformaciones que afectaron a todos los órdenes vitales: reapareció la escritura, se desarrolló la literatura, resurgió la arquitectura en piedra, así como una escultura rica y variada (especialmente en bronce) y unas artes decorativas pujantes, se reemprendieron con nuevos impulsos las navegaciones a ultramar tras un período de cierta interrupción y aislamiento, nacieron las leyes escritas, así como unos intentos de ordenación coherente y racional del universo, se construyeron edificaciones monumentales de carácter religioso donde rendir culto a las divinidades locales, apareció un instrumento decisivo como la moneda, y se gestó una forma nueva de organización sociopolítica que iba a marcar de forma definitiva el propio desarrollo de toda la historia griega: la polis.

    Para la profesora Hidalgo de la Vega, los dos fenómenos más significativos que definen el período arcaico son el surgimiento y evolución de la polis como forma organizativa, y la expansión de los griegos por todo el Mediterráneo.

    Los antiguos no vieron la necesidad de definir la polis, ya que sabían perfectamente lo que estaban expresando cuando usaban este término. Duthoy la describe como “una comunidad micro-dimensional, jurídicamente soberana y autónoma, de carácter agrario, dotada de un lugar central que le sirve de centro político, social, administrativo y religioso y que es también, frecuentemente, su única aglomeración”.

    Se hace necesario recordar que Grecia no mantuvo en la Antigüedad una unificación política. Por el contrario, estaba compuesta por multitud de poleis independientes entre sí, las cuales se caracterizaron, en términos generales, por una serie de rasgos comunes:

    1. La polis era una comunidad cívica, compuesta por los ciudadanos y sus respectivas familias. No primaba el espacio territorial sino la comunidad unida por unas ideas y solidaridades. Eran los propios ciudadanos o politai los que constituían la esencia de la polis, la cual renacía allí donde se encontraban reunidos todos sus ciudadanos. De hecho, las poleis se denominaban no por el nombre del lugar sino por el del conjunto de sus habitantes. Se hablaba así de atenienses, corintios y tebanos en lugar de Atenas, Corinto o Tebas.

    Al respecto, Domínguez Monedero refiere que la polis es un equilibrio porque los ciudadanos deben sacrificar algo de su propia libertad en beneficio de un bien común, que deben renunciar a una serie de aspiraciones personales al aceptar una forma de gobierno, unas normas y un marco territorial, y que en ese equilibrio entre lo comunitario y lo individual es donde halla su explicación la polis.

    2. A pesar de que antes se expuso que el espacio territorial quedaba en un segundo plano con respecto a la comunidad de politai, existía, no obstante, una profunda solidaridad entre los habitantes de la polis y el territorio en el que habitaban. En él se habían erigido los santuarios a los dioses que marcaban los límites del mismo, así como la tumba del héroe fundador a la que se rendía culto y, en general, las tumbas de todos los antepasados cuya historia común era conducida adecuadamente a través de los correspondientes mitos. Cultos y mitos habían garantizado esta apropiación afectiva del territorio y su continua rememoración anual constituía un acto más de legitimación política de toda la comunidad en ese territorio.

    3. Otro factor importante era su soberanía. La polis no reconocía ninguna instancia superior de gobierno, con lo que tomaba sus propias decisiones. Sin embargo, debido a que no todas las poleis eran igual de poderosas, el empuje imperialista de algunas provocó que otras, por medio de tratados, hubieran de pagar tributos, o incluso perder su régimen de libertad, a cambio de mantener la seguridad.

    4. Una polis poseía también instituciones y leyes que regulaban su funcionamiento interno y constituían su representación en el exterior. A los ciudadanos les unía un pasado común, enaltecido a través de los mitos y leyendas del lugar, y el culto a las mismas divinidades cuyos ritos ceremoniales comunes constituían una manera de reforzar estos vínculos colectivos y de integrar al individuo de forma sólida dentro de la comunidad. De esta forma, la autonomía, es decir, el gobierno por sus propias leyes e instituciones políticas, y la libertad constituían las señas de identidad de las poleis griegas.

    Existían tres instancias políticas básicas: la asamblea de ciudadanos, un consejo restringido y unos magistrados que ejecutaban las decisiones provenientes del consejo (y que, por tanto, ostentaban el poder ejecutivo), y según el peso que cada una de ellas tuviera en una determinada polis, ésta tendría una forma de gobierno u otra. Así, si los poderes se concentran en el consejo, nos encontraríamos con un gobierno oligárquico; si es algún magistrado el que reúne en sus manos el poder, se trataría de una tiranía; y si fuese la asamblea la que ostentase el poder, el gobierno sería democrático.

    5. Igualmente, podría señalarse como otra característica de la polis, la microdimensionalidad. Y es que eran comunidades de reducidas dimensiones (entre 50 y 100 kilómetros cuadrados) si exceptuamos los casos de Atenas y Esparta. Ambos estados controlaban territorios que eran muy superiores a la extensión media habitual. El Ática, que era el territorio que ocupaba la polis de Atenas, abarcaba 1600 kilómetros cuadrados, y Esparta, uno todavía mayor de 8400. Por el contrario, una región como Beocia, que ocupaba 2500 kilómetros cuadrados estaba repartida entre 12 poleis diferentes, Fócide, con 1600, se la repartían 22 y, por último, la pequeña isla de Cos, que apenas contaba con 173, incluía en su territorio a tres estados distintos. Podría decirse, por tanto, que la polis estaba hecha a la medida del hombre y que, en ellas, todos los politai se conocían, pues en una comunidad de tan reducido tamaño todo se realizaba a la vista de todos y sólo quedaban reducidos a la esfera de la intimidad algunos actos particulares.

    6. Como señala M. I. Finley, siguiendo el modelo de residencia normal en el Mediterráneo, la polis tenía un centro “urbano” que durante mucho tiempo se limitó a un pueblo, en donde tenían tendencia a residir los más ricos. La plaza del pueblo, un espacio abierto, estaba reservada: con el tiempo se vio flanqueada por edificios civiles y religiosos pero su fácil acceso era cuidadosamente guardado para que todo el pueblo se pudiera reunir en asamblea cuando se le requiriera. Esto era el ágora en su sentido primitivo, un “lugar de encuentro”, mucho antes de que empezaran a invadirla tiendas y puestos. A menudo había también una acrópolis (si el terreno era apropiado), un punto alto que servía como ciudadela para la defensa.

    7. Por último, referir que desde el punto de vista económico, son comunidades agrarias. De ahí la estrecha vinculación que habrá de existir entre el territorio, mediante cuya unificación política surge la polis, y esta misma, cuya base de subsistencia se encuentra en el propio territorio.

  • PROCESO DE FORMACIÓN.

  • Como afirma F. J. Gómez Espelosín, no es posible explicar la creación de la polis a partir de una única causa. En primer lugar, porque se trata de un largo proceso histórico de remodelación del espacio social y territorial que se llevó a cabo desde algún momento de la denominada Edad Oscura y que culminó a comienzos del siglo VIII a.C. En segundo lugar, porque en una época como el siglo VIII a.C., en la que tuvieron lugar profundas transformaciones en casi todos los campos de la actividad humana, es lógico imaginar que unos factores incidieran necesariamente sobre el desarrollo de los otros originándose de esta forma una situación de interdependencia mutua ciertamente compleja a la hora de desentrañar sus respectivas competencias.

    Cómo surgieron, se formaron y evolucionaron las poleis, es algo a lo que las fuentes no responden y que, por tanto, hay que estudiar atendiendo a otros acontecimientos acaecidos por la misma época en Grecia.

    Para algunos historiadores, dichos acontecimientos serían los cambios en la agricultura, que se convirtió en el principal medio económico; la aparición de santuarios religiosos, que eran en principio pequeños edificios de adobe, con techo de arcilla, y que alcanzarán gran magnitud a partir del siglo VII a.C.; el surgimiento de los regímenes aristocráticos, lo que supuso una evolución respecto a sistemas políticos anteriores como la monarquía; y, finalmente, la expansión de la colonización, fenómeno que permitió fundar comunidades independientes, unidas por lazos sentimentales y a menudo religiosos a su metrópoli, pero libres económica y políticamente.

    Según el profesor A. Snodgrass, en la agricultura se habría producido un rápido progreso tal y como parecen poner de manifiesto algunas formas de cerámica que tienen forma de graneros. En consecuencia, habría tenido lugar un importante crecimiento demográfico que habría hecho aumentar la población en algunas regiones como el Ática hasta extremos increíbles (se habría multiplicado por siete en apenas dos generaciones). La producción artesanal habría experimentado también un progreso considerable tanto en el terreno de la cerámica como en el de la metalurgia. Este proceso de diversificación y estructuración de las nuevas comunidades se pondría también de manifiesto en la proliferación de santuarios locales consagrados a la divinidad protectora del lugar o a la persona del fundador, como sucedía en las nuevas fundaciones de ultramar.

    Sin embargo, una de las más importantes transformaciones tuvo lugar en el plano ideológico. Se ha señalado en este aspecto el papel fundamental de los santuarios extraurbanos, que se encontraban situados en los límites del territorio y cuya principal función parece haber consistido en establecer los límites de la nueva comunidad frente a sus vecinos griegos o, en el caso de los establecimientos coloniales, frente a los bárbaros de las proximidades. Dos buenos ejemplos de esta clase son el célebre santuario de Hera en Argos o el templo de Apolo en Dídima, cerca de Mileto. Ambos estaban consagrados a divinidades como Hera y Apolo, encargados de velar por la consolidación de los dominios civilizados frente al ámbito salvaje de los confines y de asegurar, por tanto, el paso gradual y adecuado desde un ámbito al otro. Esta misión protectora quedaba especialmente en manos del grupo de guerreros de la nueva comunidad, compuesto sobre todo por los jóvenes, que eran precisamente sobre los que las mencionadas deidades ejercían también su protección. Los santuarios periféricos desempeñaron, por tanto, un papel determinante en este proceso a la hora de delimitar el territorio y definir el ámbito legítimo sobre el que la naciente comunidad había de ejercer la soberanía.

    Otro elemento fundamental en este proceso de estructuración del espacio fue el desarrollo del culto heroico. Seguramente tuvo sus orígenes en el entorno de las grandes tumbas micénicas que fueron redescubiertas en aquellos momentos y constituyeron desde entonces el centro de culto que podía enraizar a una comunidad sobre un territorio determinado y crear entre sus miembros los sentimientos de posesión y pertenencia que legitimaban y vinculaban afectivamente a los ciudadanos con el territorio que habitaban. En torno a este centro se crearon rituales y mitos que fueron utilizados como instrumento de legitimación por parte de la elite dirigente de la comunidad, que tendía a identificar su propia genealogía con la de los antiguos héroes que se creía que estaban allí enterrados. Estos vínculos privilegiados con el pasado legendario, asociados a una situación de poder y predominio económico, sentaron las bases de las aristocracias locales que detentaron el dominio en estas primeras comunidades.

    El culto a las divinidades protectoras y a los héroes fundadores se convirtió así en el vínculo principal capaz de aglutinar a los miembros de la comunidad como una unidad política y social mediante la participación en sus ritos. La comunidad comenzaba de este modo a tomar conciencia de sí misma como tal a través de esta reapropiación del pasado simbolizada en el culto heroico. Sólo un vínculo de esta naturaleza religiosa podía dotar de legitimidad y propiciar en la nueva comunidad un sentimiento de cohesión que superase la impresión de una simple coincidencia circunstancial de gentes en un lugar determinado sin otra clase de lazos que el asentamiento en aquel lugar. De esta manera, además, el individuo quedaba integrado en una comunidad que le ofrecía un sentimiento de protección y seguridad dentro de un universo hostil que era preciso ordenar.

    De otro lado, la estrecha vinculación entre la condición de ciudadano y la propiedad de la tierra indica también la importancia que en este proceso tuvo el paso a una economía fundamentalmente agrícola. La lucha por la posesión de la tierra, tanto en el propio interior de la polis como entre los diferentes estados vecinos, será una de las constantes que marcarán el desarrollo de la historia de la polis griega.

    Sin embargo, dentro del largo proceso de constitución de una comunidad establecida sobre un territorio determinado que considera suyo y al que le vinculan una serie de elementos ideológicos antes definidos, y que ha consolidado su unidad por la vía de los intercambios con otras comunidades, por los cultos y fiestas comunes que integran al individuo dentro de la comunidad y por la obligación de organizar su defensa de la mejor manera posible, el paso decisivo se dio cuando se dotó a su vez de unas instituciones comunes basadas sobre unas leyes que conforman una asamblea popular, un consejo y una serie de magistraturas. Dentro de la larga historia de la polis griega, iniciada con seguridad en los tiempos de la Edad Oscura, fue este último paso el que tuvo lugar en los comienzos del período arcaico.

    3. EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LAS INSTITUCIONES POLÍTICAS.

    Como señala el profesor Rodríguez Neila, Grecia fue en la Antigüedad un laboratorio de sistemas políticos. En efecto, el profesor A. M. Prieto indica que en lo que respecta a los sistemas de gobierno que se dieron en el proceso de formación y desarrollo de una polis, aunque no fueron exactamente iguales en cada ciudad-estado, se parecen en que de una monarquía tribal se pasa a una oligarquía, de aquí a una tiranía y de ésta a una democracia.

    Comenzando por la primitiva monarquía de la Edad Oscura, en palabras del profesor Domínguez Monedero, para comprender el carácter de la realeza de este período debemos partir de la constatación del carácter del basileus como primus inter pares, siendo sus iguales, obviamente, los aristoi. Otro hecho que debe mencionarse es que si bien la figura del basileus aparecerá rodeada de una serie de privilegios, la realeza o basileia no radica, exclusivamente, en el basileus, sino en el conjunto de nobles que le rodean, asesoran, apoyan y refrendan y que, en los poemas homéricos reciben, en cuanto órgano colectivo, el nombre de basileis y que estructurados en un consejo (boulé, gerousia) son solidarios con el basileus en la toma de decisiones y co-responsables del mismo. Uno de los rasgos que diferencia al rey del conjunto de los basileis es su carácter vitalicio y hereditario; algo que, por otro lado, no debe sorprender, pues el prestigio de los aristoi (en cuyo grupo el propio basileus se incardina) deriva, ante todo, de la transmisión hereditaria de su calidad de tales, así como de los bienes materiales y espirituales anejos a su condición.

    Sin embargo, el basileus no debe su nombramiento al conjunto de los notables, sino que el mismo se produce como consecuencia de la pertenencia a aquella familia que tradicionalmente ha asumido la realeza, posiblemente por deseo o aquiescencia de los dioses. Como antes ya se mencionó, el rey goza de una serie de privilegios (gerea), inherentes a su persona y a su cargo y que van desde el recibir una parte privilegiada en el reparto de los botines de guerra hasta el derecho a exigir y reclamar regalos como contrapartida a la protección que ejerce sobre la comunidad, pasando por el desempeño de toda una serie de funciones religiosas, diplomáticas, militares o judiciales. Igualmente dispone de un temenos o tierra a él confiada, bien económico y de prestigio al mismo tiempo. En estos privilegios se aproxima, siquiera remotamente, a la posición del wánax micénico.

    En la toma de decisiones, el rey se halla asesorado por su consejo de notables (gerousia, boulé, o similares) que, con él, comparten esos privilegios (gerea) consustanciales con la realeza, así como el honor (time) de la misma; los asuntos son discutidos y, aunque la última palabra corresponde al rey, raras veces éste desoirá los consejos que aquéllos le han dado. Tomado el acuerdo pertinente, será el rey, rodeado de su consejo, quien personalmente, o a través de un heraldo, dará a conocer el mismo al resto de la comunidad, reunido al efecto en asamblea, que no tendrá oportunidad alguna de hacer patente su opinión al respecto.

    Por otra parte, debemos mencionar el hecho de que el basileus (un modelo perfecto del cual lo encontramos en Odiseo) ejerce su domino sobre el oikos (casa), que tiene dos dimensiones: de un lado agrupa a su familia, y de otro a los esclavos (que solían ser importados, pudiendo realizar labores domésticas, agrícolas, etc.) e individuos libres, no nobles, que dependen del jefe del oikos (esto es, del basileus) como clientela. Además, también se engloban en el oikos todos los bienes muebles e inmuebles (tierras, ganado, edificios, etc.), que configuran el patrimonio de dicho dominio y que permiten al basileus mantener un alto nivel de vida, así como abastecer a todas las personas que dependen de él (por tanto, puede decirse que el oikos funcionaba como una célula autárquica). En cuanto al tesoro del oikos, éste se guardaba en la casa del basileus, en el palacio, y estaba formado por diversos bienes que daban el prestigio al aristócrata: alimentos (excedentes agrícolas), armas, trípodes realizados en bronce y que constituían verdaderas obras de arte, calderos, metales preciosos, bronce, hierro, ricas telas, etc. Tal riqueza podía incrementarse a través de diferentes acciones: mediante incursiones de saqueo sobre otra comunidad para obtener un botín que se repartiría siguiendo unas normas muy precisas, a través de los regalos que se intercambiaban los nobles cuando se visitaban (y que constituían una señal de mutuo reconocimiento, contribuyendo a mantener amistades y alianzas), y, por último, mediante el comercio (los nobles necesitaban de comerciantes que adquirieran objetos que incrementaran su status, y que aprendieran las técnicas de elaboración de esos productos).

    Sin embargo, la realeza en Grecia pasa, a lo largo del siglo VIII a.C., por un período de profunda transformación, aun cuando el proceso no es uniforme ni sincrónico en todo el mundo helénico. A pesar de ello, puede decirse, en líneas generales, que en este momento se produce el paso de la realeza hereditaria que acabamos de analizar a una realeza-magistratura o una simple sustitución del rey por magistrados que realizan sus antiguas funciones. Una excepción significativa en este proceso es Esparta en donde, además de conservarse los reyes con poderes efectivos hasta bien entrado el clasicismo, existe una doble realeza, encomendada a dos familias diferentes, los Agíadas y los Euripóntidas.

    Según el profesor Gómez Espelosín, el paso de la monarquía a la aristocracia no tuvo, sin embargo, un carácter traumático y violento como sucedió en Roma con los Tarquinos, a la vista de la ausencia de relatos legendarios que reflejen dicha circunstancia. Como señala el profesor Finley, el silencio en este aspecto del pasado de los griegos sugiere que, pese a reyes como Agamenón y Áyax de los poemas homéricos, sus gobernantes reales en la Edad Oscura eran pequeños jefes dentro de un marco de “muchos reyes”, cuya desaparición de escena no fue ni dramática ni memorable.

    Así, se sustituye el poder vitalicio y hereditario de una familia por un magistrado público elegido por el consejo para un período de un año. El nombre del magistrado variará de una a otra ciudad. En Atenas se designó arconte, y en un principio aglutinaba todos los poderes. Sin embargo, debido a que poco a poco la administración y la organización política se van haciendo más complejas, el poder único del arconte se dividirá, dando paso a tres arcontes: el arconte epónimo, que daba el nombre al año, el arconte polemarca, encargado de las funciones militares, y el arconte basileus, encargado de las funciones religiosas.

    Puede decirse que el marco político griego descansó, desde el arcaísmo, sobre tres pilares básicos: un consejo restringido, encargado de tomar las decisiones (Areópago en Atenas y Gerousia en Esparta); unos magistrados, que ejecutaban las decisiones provenientes del consejo y que, por tanto, ostentaban el poder ejecutivo; y, por último, la asamblea de ciudadanos, donde se discutían las decisiones (Ekklesia en Atenas, Apella en Esparta), y según el peso que cada una de ellas tuviera en una determinada polis, ésta tendría una forma de gobierno u otra. Así, si los poderes se concentran en el consejo, nos encontraríamos con un gobierno oligárquico; si es algún magistrado el que reúne en sus manos el poder, se trataría de una tiranía; y si fuese la asamblea la que ostentase el poder, el gobierno sería democrático.

    Por otra parte, habría que destacarse que la nobleza estaba organizada en gene. El genos, en palabras de la profesora Hidalgo de la Vega, es una agrupación de oikoi, y sus miembros reunidos artificialmente concentran su poder y control sobre los bienes materiales y sobre grupos humanos y dirigen el proceso de cambio de la tribu a la ciudad, de manera que, como expresa D. Plácido, su propio genos es el único reconocible y sus miembros se consideran los herederos de un genos conocido, descendientes de un antepasado común, mítico.

    Las aristocracias de las ciudades griegas recibían nombres colectivos que tenían relación con la posición social o con el nivel de riqueza. Así, en Atenas recibían el nombre de Eupátridas (los bien nacidos), mientras que en otros lugares se les llamaba Geomores (los propietarios de tierra) o Hippobotai (los propietarios de caballos).

    Mencionar asimismo que los valores heroicos de los guerreros homéricos (deseo de gloria, prestigio, ser el mejor a través de la victoria), que pueden englobarse bajo el concepto de areté (virtud), servirán de modelo a estos aristócratas griegos del siglo VIII a.C., que los utilizarán como justificación ideológica para consolidar unas nuevas relaciones basadas en la solidaridad entre ellos y en el poder de cada uno sobre su comunidad.

    Para concluir, habría que señalar que la aristocracia griega mantuvo unas cuotas de poder elevadas gracias a tres factores: a) cohesión interna, es decir, existía un alto grado de solidaridad dentro de este grupo; b) reclutamiento de sus componentes. Había un gran nivel de dificultad para acceder a este grupo, dándose, en ocasiones, la endogamia para evitar la entrada de individuos de otros grupos; c) control sobre la sociedad y el gobierno de la polis.

    4. CAMBIOS ECONÓMICOS Y CONFLICTIVIDAD SOCIAL.

    Según la profesora Hidalgo de la Vega, la polis fue el marco en el que se desarrollaron los conflictos internos (stasis) entre el demos y la aristocracia, y el escenario en el que se consolidó un cuerpo cívico, que iría adquiriendo conciencia de unidad y de pertenencia a un territorio colectivo, que tendría que defender unitariamente.

    Entre los factores que pudieron incidir en el estallido de esta conflictividad podemos señalar los siguientes:

    1. Crisis agraria. Hesíodo, en su fundamental obra Trabajos y días, refleja a la perfección la dura labor y las penurias económicas que habían de padecer los campesinos en algunas partes de Grecia durante la época aquí estudiada. Y ello a pesar de que él mismo no era un campesino pobre, sino uno de los que podríamos llamar medianos campesinos. Esta crisis pudo deberse a diversas causas:

    - Crecimiento demográfico. Arqueológicamente se ha constatado un aumento de la población, iniciado ya al final de la Época Oscura, que permitirá un aumento en la producción. Sin embargo, este proceso generará una serie de desequilibrios, cuando ambos factores no se desarrollen de forma armónica y la población no pueda ser incluida libremente en el proceso productivo. Entonces se desarrollan formas de explotación nuevas y grandes diferencias en la obtención de los beneficios.

    - En palabras de Gómez Espelosín, otro de los factores determinantes en este proceso debió de ser la acumulación progresiva de riqueza, sobre todo de tierras de labor, en manos de unas pocas familias. Sin duda, no se trataba de grandes terratenientes a la manera romana ni de gentes que disponían de recursos ilimitados. Dentro de un mundo de recursos escasos y de reducidas dimensiones, como era el mundo griego de entonces, podía considerarse rico a quien no precisaba del trabajo diario para subsistir. Estos clanes aristocráticos poseían las mejores tierras, ya que fueron acumulando las parcelas de sus vecinos más pobres sometidos a las incertidumbres de la cosecha anual, e incluso los utilizaron como mano de obra, convirtiéndolos de esta forma en campesinos dependientes.

    - Asimismo, no debemos olvidar que se trataba de un mundo de pequeñas fincas, reducidas en ocasiones a un simple huerto que producía apenas lo necesario para la subsistencia de la propia familia. Las condiciones precarias habituales no permitían una mala cosecha o un período de sequía prolongado. La única solución que quedaba cuando concurrían estas desgraciadas circunstancias era el endeudamiento con los vecinos más prósperos, que disponían de propiedades más extensas y podían haber salvado una parte importante de la cosecha, ya que no existían instituciones financieras ni ayudas estatales de ninguna clase. La única garantía era la propia fuerza de trabajo y el pedazo de tierra que se tenía en propiedad. Por ello, muchos pequeños propietarios se convirtieron en auténticos campesinos dependientes que rozaban en muchos casos el nivel de la esclavitud.

    - Por último, otro de los factores que influyeron para que se produjera una crisis agraria fue el agotamiento progresivo de las tierras.

    Volviendo a Hesíodo, habría que referir que su padre era un comerciante de Cime (la Cumas asiática) que se estableció en Ascra (pequeña aldea beocia, pobre, pero vecina de Tespias, un centro cultural importante, no lejos de Tebas, y situada al pie del monte Helicón), donde adquirió un lote de tierras (no se sabe cómo) y donde sin duda nació y vivió Hesíodo. Años más tarde, éste pleiteó con su hermano, Perses, por la herencia paterna, interviniendo incluso los basileis de Tespias, quienes otorgan la mejor parte a Perses. Hesíodo llama entonces a los basileis “reyes devoradores de regalos” y les acusa de dictar sentencias injustas, de administrar una mala justicia.

    2. La situación del artesanado o demiurgo. Hemos también de tener en cuenta el auge de los artesanos y comerciantes, influidos constantemente por las gentes procedentes del Mediterráneo oriental. La comercialización y el intercambio con estas gentes (fenicios sobre todo) de productos como las cerámicas, objetos de bronce, telas, etc., favoreció que en ciertas poleis marítimas se fuesen desarrollando sectores de comerciantes y artesanos, lo que suponía abrir nuevas expectativas económicas desvinculadas de lo agrícola.

    Estos nuevos sectores sociales generalizan, en palabras del profesor Blázquez, una producción en serie, atendiendo a los mercados del exterior y no a un consumo interior como se había hecho hasta entonces. Además, el desarrollo de estos nuevos sectores hizo que ciertas poleis se convirtieran en focos de atracción para gentes ávidas de implicarse en esas nuevas formas económicas (los metecos).

    Como afirma el profesor Gómez Espelosín, la pretensión de estos nuevos ricos de participar en el poder del Estado en igualdad de condiciones con la vieja aristocracia fundiaria, suscitó el rechazo de los propietarios de tierras. Una aristocracia que había basado su monopolio del poder y su hegemonía social en la posesión de tierras y caballos, en una genealogía que se remontaba en algunos casos hasta orígenes divinos, y en su defensa militar del estado, veía ahora cómo las nuevas fuerzas sociales emergentes desafiaban abiertamente este predominio político y reclamaban unos derechos que hasta entonces habían sido su patrimonio exclusivo.

    3. Expansión colonizadora. La escasez de tierras (stenochoria) obligó a los griegos a emigrar hacia tierras fértiles. Debía ser gente desarraigada (griegos que habían perdido sus tierras, que debían ir al exilio, etc.), pues se lanzaban a una empresa desconocida y no sabían qué iban a encontrarse en esos nuevos lugares. Pese a todo, el proceso colonizador, como dice la profesora Hidalgo de la Vega, abrirá los horizontes del mundo griego y propiciará un aumento de las actividades comerciales y una red de complejas relaciones entre las metrópolis y las colonias y entre éstas y las poblaciones indígenas allí asentadas, fenómeno que favorecerá el intercambio de productos e ideas.

    5. LA REFORMA HOPLÍTICA Y SUS CONSECUENCIAS SOCIOPOLÍTICAS.

    Dentro del amplio conjunto de cambios que se producen en el mundo griego durante su fase arcaica, destacaremos aquí un nuevo fenómeno que afectó al ámbito sociomilitar, el de la reforma hoplítica.

    Influyó en lo militar porque, como afirma el profesor Domínguez Monedero, se trata de una reforma en el modo de combatir (con un nuevo armamento y con una nueva táctica de combate); y en lo social porque, en palabras de la profesora Hidalgo de la Vega, gracias al importante crecimiento económico de ciertos sectores de población, en la defensa de la polis participan ahora también, junto con los aristócratas, los campesinos propietarios de tierras con un nivel económico suficiente para costearse el armamento (hasta entonces los aristoi habían sido los únicos capaces de costearse el equipo militar).

    En efecto, la reforma hoplítica implica que una parte importante de la comunidad dispone de medios económicos suficientes para poder pagar el complejo equipamiento hoplítico. Esta situación propicia la configuración de un sector de ciudadanos-campesinos-soldados, que hará valer sus derechos en un contexto de isonomía. En este nuevo cuerpo cívico la aristocracia queda integrada manteniendo su papel dirigente, pero el soldado-hoplita constituye la base fundamental del nuevo ejército. Como señala el profesor Finley, aunque la innovación no significó una democratización del ejército, la nueva táctica de combate que se desarrollará (la falange) dio por primera vez una función militar importante a los plebeyos más acomodados.

    En lo que respecta al nuevo tipo de armamento, la panoplia hoplítica (el nombre que recibía todo el equipo) constó de elementos variados, unos que ya existían en el mundo griego, y otros que constituían una auténtica novedad y que darán lugar a una nueva táctica de combate, la organización en falanges. En términos generales, el equipo habitual del combatiente hoplítico estaba compuesto de un coselete (coraza que cubría el tórax, realizada en bronce y con un recubrimiento interior de tela para hacerlo más cómodo), las grebas (piezas que cubrían la parte inferior de las piernas, desde la rodilla al pie), el casco (uno especial, conocido como casco corintio, reservado al ataque frontal al permitir sólo la vista de frente), una pica o lanza y, por último, el elemento que constituía la auténtica novedad: el escudo u hoplon, que estaba realizado en madera con cubierta de bronce y que incorporaba el innovador sistema de doble asa, con abrazadera (porpax) y agarrador (antilabe). Todas estas armas habrían sido utilizadas, en un principio, sólo por los combatientes aristócratas, pues eran realizadas por encargo por artesanos metalúrgicos, lo que hace pensar que eran muy costosas.

    Centrándonos ahora en la nueva táctica de lucha, como señala el profesor Gómez Espelosín, el combate individual de tipo aristocrático fue sustituido por la falange o formación cerrada de guerreros que se apoyaban unos a otros con sus escudos y lanzas. Es decir, el énfasis ahora no se sitúa en el combate individual (monomachia) sino en la lucha en líneas cerradas (taxis) dentro de una formación (phalanx). Más que el valor individual importaba ahora el mantenimiento de la disciplina dentro de una táctica colectiva que exigía una armonía completa de movimientos de ataque y defensa. El valor personal y la destreza de los antiguos héroes aristocráticos, cuyas proezas se continuaban cantando en los poemas épicos, pasó, por tanto, a un lugar secundario. Al respecto, la profesora Hidalgo de la Vega afirma que es el escudo que ya antes vimos el que permite la solidaridad basada en la defensa de sí mismo y del compañero, al que protege por el lado izquierdo. El ejército hoplítico actúa por ello en campo abierto, espacio que permite el despliegue táctico y la demarcación del mismo. Lo importante es la ocupación de nuevos terrenos para ampliar las propiedades y los cultivos. Desde esta perspectiva, estamos en presencia de una guerra eminentemente agraria.

    En cuanto a la fecha en que se produjo esta reforma hoplítica, Domínguez Monedero refiere que los estudios realizados sobre el armamento griego parecen mostrar cómo la panoplia hoplítica fue surgiendo, paulatinamente, a lo largo del siglo VIII a.C. para no hallar su pleno desarrollo sino en el siglo VII a.C. (las representaciones más antiguas de esta panoplia se encuentran sobre vasos protocorintios datados entre el 675 y el 650 a.C.). Y por lo que respecta al surgimiento de la táctica hoplítica (la falange), ésta es consecuencia de un proceso que ha empezado a gestarse también en el siglo VIII a.C. y que se consolidará en el siglo siguiente. De hecho, tenemos la fortuna de disponer de dos testimonios, prácticamente contemporáneos, que nos muestran cómo a mediados del siglo VII ya se ha llegado a lo que, desde entonces, se convertirá en el medio habitual de combate por parte de los griegos, la falange hoplítica: por un lado, el conocido “Vaso Chigi”, una olpe del Protocorintio Medio, datada entre 650-640 a.C., donde se representa el momento inmediatamente anterior al choque entre dos falanges (hoplitas dispuestos en filas ordenadas, protegidos con escudos y con lanzas en ristre); por otro, un pasaje del poeta Tirteo, cuyo florecimiento se sitúa hacia el 640 a.C. Parece ser que la primera vez que se hizo uso de la falange fue en la batalla de Hisias (hacia el 669-668 a.C.), en la que el ejército argivo de Fidón derrotó a los espartanos. De hecho al tirano Fidón de Argos se le atribuye la introducción de la falange hoplítica, pues de Argos procede la más antigua armadura hoplítica hallada en Grecia, en la tumba de un guerrero que se fecha en torno al 720 a.C.

    Este cambio militar hemos de conectarlo con el período de conflictividad social (stasis) que durante esta época azotará el marco sociopolítico griego. Conflictividad que tendrá a Hesíodo como su portavoz y que, en algunos casos, se resolvió violentamente con el surgimiento de los regímenes tiránicos. Así, por ejemplo, Cipselo mediado el siglo VII a.C. se convierte en tirano de Corinto, y Ortágoras hará lo propio en Sicione en la segunda mitad del mencionado siglo. Posiblemente, ambos hicieron uso del ejército de hoplitas que tenían a sus órdenes como polemarcas para derribar el poder aristocrático instaurado y convertirse en tiranos.

    Hemos de destacar igualmente dos fenómenos en estrecha relación con la aparición de este tipo de soldado: de un lado, en la guerra, junto a los hoplitas, tenemos que resaltar la importancia del auletes, el encargado de ir marcando el ritmo de la marcha de la falange con el doble aulós, un instrumento aerófono fabricado con madera dura, tubo cónico, siete orificios y dos lengüetas que el músico accionaba soplando; de otro, habría que destacarse también la actividad gimnástica, plenamente necesaria para la preparación y el entrenamiento del ejército hoplita. De este modo puede decirse que el deporte, que en un principio únicamente formaba parte del universo aristocrático, se va a democratizar ahora en la polis.

  • LOS PRIMEROS LEGISLADORES Y LOS CÓDIGOS.

  • Como explica la profesora Hidalgo de la Vega, el fenómeno de los legisladores al igual que el de la tiranía forma parte de las transformaciones y de la crisis que se desarrollaban en el seno de la polis aristocrática. Son expresiones al desarrollo político interno de las poleis, al tiempo que intentan ser soluciones alternativas entre sí, en la evolución de la aristocracia griega.

    En efecto, para Domínguez Monedero, la floración de legislaciones y legisladores que se producen en Grecia en el siglo VII no es fruto de la casualidad; por ende, su abundancia sugiere que responden a una situación generalizada. El problema de la tierra, centrado en el proceso de usurpación progresiva de la misma por parte de los pudientes y agravado por las nuevas condiciones económicas determinadas por el auge de la colonización y la navegación, deviene problema militar y social; el descontento crece a pasos agigantados porque las normas consuetudinarias, sólo conocidas y aplicadas por los aristoi, no dan satisfacción a las demandas planteadas por los perjudicados. A ello se añade que la vieja concepción del poder aristocrático, cerrado y obscurantista, choque cada vez más con las demandas de publicidad que surgen por doquier. Este ambiente es propicio para que surjan “jefes del pueblo” que traten de sacar provecho personal de la situación.

    Sin embargo, en ocasiones los que ejercen el poder reaccionan y tratan de adelantarse a los hechos atendiendo a una de las demandas que circulan por el ambiente: la de poner por escrito las normas por las que se pretende gobernar a la comunidad.

    Parece que la innovación no es mucha, aun cuando no pueda dejar de reconocerse el avance que supone la puesta por escrito, la “objetivación” de esas normas. Prácticamente todas ellas (al menos las conocidas), son de un carácter marcadamente aristocrático y conservador; por ende, las prevenciones de tipo sacral que suelen acompañar a estos códigos para evitar su reforma o modificación durante centenares de años son otra prueba de la inmutabilidad que se pretende, garantía indudable del dominio aristocrático. Las legislaciones, emitidas casi siempre por individuos de reconocido prestigio (ya sea por su sanción divina o por su sabiduría) pretenden mantenerse, pues, indefinidamente. En muchos casos así ocurrirá; en otros, sin embargo, abrirán el camino para ulteriores desarrollos, como ocurrirá en Atenas, donde una generación después de Dracón fue necesario un profundo cambio, encomendado a Solón. En ocasiones, como en la propia Atenas, una labor legislativa (la soloniana) precede y, en cierta medida, sienta las bases de la tiranía; en otras, es la tiranía la que suple a la legislación; en otras, por fin, el propio tirano es el legislador. Son respuestas diversas a una misma crisis que se extiende a lo largo y ancho de toda la Hélade. Mientras que la codificación es la respuesta aristocrática podemos pensar que la tiranía es la respuesta del demos.

    En cuanto a los legisladores, las fuentes nos han transmitido los nombres de algunos y, parcialmente, el contenido de algunas de sus leyes. Según la tradición, los primeros legisladores surgieron en Sicilia, y serían Zaleuco de Locris, Diocles de Siracusa y Carondas de Catania. En su Política, Aristóteles menciona que se consideraba al tercero discípulo del primero, aunque él mismo parece dudarlo; acerca de su cronología exacta, parece que sus actividades deben situarse bien a lo largo de la segunda mitad del siglo VII, bien muy a inicios del siglo VI a.C. En todo caso la tradición es prácticamente unánime al considerar a Zaleuco el primer legislador griego.

    Diodoro nos aporta información sobre Zaleuco, información que es recogida por el profesor Blázquez. Según aquél, Zaleuco era por nacimiento itálico, perteneciente a la ciudad colonial de Locris Epizefiria, hombre de noble linaje y admirado por su cultura que llegó a ser discípulo del filósofo Pitágoras. Encontrando gran aceptación en su patria, fue elegido legislador o nomothetes y, según se contaba, tal nombramiento fue consecuencia de conflictos internos en la ciudad. En cuanto a sus disposiciones (que le fueron dictadas, según la leyenda, por Atenea durante un sueño), además de haber exhortado a los ciudadanos a la piedad y justicia (dio la orden de que ninguno de los ciudadanos tuviese enemigo irreconciliable, aconsejó a los magistrados que no fuesen arrogantes ni soberbios y que no juzgasen basados en la enemistad o en la amistad...), Zaleuco se caracteriza por sus ingeniosas normas antisuntuarias: dispuso que las mujeres libres sólo fueran acompañadas de una sirvienta, a no ser que estuviesen ebrias; que no vistieran ropas doradas ni vestidos bordados, a menos que fueran prostitutas; que el hombre no llevara anillo dorado ni vestido “semejante al milesio”, a no ser que hubiera frecuentado la prostitución y cometido adulterio. De esta manera apartó a los ciudadanos del desenfreno y la ostentación, pues nadie quiso ser el blanco de las burlas de sus conciudadanos reconociendo malos hábitos.

    Por otro lado, encontramos también en este primer código europeo la ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. Pero hay detalles sumamente pintorescos de sabiduría popular; por ejemplo, en el código de Zaleuco se reconoce el derecho de apelar contra las sentencias, sólo con la condición de que el juez y el apelante acudirán al juicio con la cuerda arrollada al cuello, para colgar al apelante si pierde la causa o al juez si resulta que había juzgado mal. De la misma manera, quien propusiera una ley nueva tenía que hacerlo también con la soga al cuello, y en caso de no ser aceptaba su reforma, pagaba con la vida la molestia que había causado a los conciudadanos con sus pretendidos proyectos de mejora.

    En cuanto a Carondas, que vivió a fines del siglo VII a.C. y perteneció a la ciudad colonial de Catania, su fisonomía moral resulta todavía más primitiva y nebulosa que la de Zaleuco. Redactó un código mucho más perfeccionado, hasta el punto que fue adoptado en Regio y en otras ciudades calcídicas (según Domínguez Monedero, afectó a todas las ciudades calcídicas de Sicilia y Asia Menor). En muchos autores aparecen mezcladas las normas de Carondas con las dictadas por Zaleuco y Aristóteles le atribuye como única innovación la persecución de los falsos testimonios. Igualmente, se atribuye a Carondas la creación de la ley que prohibía acudir a la asamblea armado. La tradición romántica nos cuenta cómo Carondas se dio muerte al haber incumplido la mencionada ley sin haberse dado cuenta.

    Sin embargo, habría que señalar aquí que la epigrafía ha revelado la existencia de conjuntos de disposiciones legales que indican que la puesta por escrito de las leyes fue un fenómeno mucho más generalizado que lo que a primera vista pudiera parecer, aun cuando los responsables de esas recopilaciones no alcanzaran siempre la fama de Zaleuco o Carondas. Dentro de esos hallazgos epigráficos destacaremos el que contenía las célebres leyes de Dreros.

    Tal descubrimiento tuvo lugar en el santuario de Apolo Delfinio (Creta), y contenía una serie de disposiciones legales de la ciudad cretense de Dreros y datables a mediados o en la segunda mitad del siglo VII a.C. Constituyen tales disposiciones las primeras fijadas por escrito de las que han podido ser recuperadas, y muestran las limitaciones para el ejercicio del poder político así como la gran diversificación institucional. De hecho, una de estas leyes de Dreros disponía que cuando un hombre había sido kosmos (magistrado), no podía volver a serlo por un período de diez años, y que si a pesar de esta limitación actuaba como tal, cualquier clase de juicio que otorgase, debía pagar el doble, perdería sus derechos sobre el cargo de por vida y todo lo que hiciera como kosmos carecería de validez. Asimismo, esta ley refería que “los que realizan el juramento son los kosmoi, los damioi (una especie de supervisores financieros) y los Veinte de la ciudad (el consejo de la ciudad)”.

    TEMA III. EL UNIVERSO CULTURAL DEL ARCAÍSMO GRIEGO (SIGLOS VII-VI a.C.)

  • LA CULTURA “ARISTOCRÁTICA”.

  • Según el profesor Gómez Espelosín, el código de conducta heroico marcó, al menos en el plano ideal, las pautas de comportamiento de todo este período. Era un estilo de vida de carácter esencialmente competitivo, cuyo objetivo final era la consecución de la areté (la capacidad de ser el mejor en todos los terrenos). Evidentemente, sólo una reducida elite podía aspirar a emular este modelo, pero este ideal competitivo se convirtió en uno de los rasgos característicos de la forma de vida griega. La palabra clave que define esta mentalidad es la de agón (competición o certamen). Como señala el profesor Finley, era la expresión excepcional ritualizada, no militar, de un sistema de valores en el que el honor era la virtud más alta por la que uno lucha, incluso a costa de su propia vida, y la pérdida del honor, la vergüenza, era el desastre más intolerable que podía ocurrirle a un hombre.

    Sin embargo, la nueva forma de combate no dejaba ya mucho espacio para las gestas individuales del pasado tal y como habían sido cantadas y celebradas por los poemas épicos. La disciplina colectiva de la falange de guerreros obligó a canalizar por otras vías este tipo de ideales. Uno de estos caminos era la celebración de los juegos atléticos que disputaban en los grandes festivales panhelénicos los miembros de las familias más ilustres de las ciudades griegas. (A este respecto debemos señalar que los primeros juegos se celebraron en Olimpia en el año 776 a.C. con una prueba, la carrera del estadio, y que en cuanto a su origen, los griegos pensaban que, o bien Heracles era el fundador de tales competiciones, o bien nacieron del mito según el cual Pélope habría vencido al monarca de Pisa, Enomao, en una carrera de cuadrigas con la que el mencionado rey retaba a todo aquél que pretendiese casarse con su hija, Hipodamia. Otros vinculan el origen de los juegos a los ritos funerarios, tal y como se observa en el funeral de Patroclo, donde Aquiles organiza unas competiciones en honor de su amigo). La propia posesión de caballos y de carros, dos de los elementos centrales para la participación en los juegos, ya constituía uno de los signos exteriores más evidentes de este status superior. Son numerosas sus representaciones en el arte de la época especialmente en la cerámica y eran también abundantes entre los miembros de la elite los nombres compuestos con el elemento Hipo-, que detectaba la estrecha relación con el ambiente hípico. Pero era la victoria en los juegos la que representaba el momento culminante de gloria para esta mentalidad aristocrática tal y como ponen de manifiesto las odas compuestas por Píndaro en honor de los vencedores.

    Estas prácticas deportivas que canalizaban el ideal competitivo de la mentalidad aristocrática griega tenían su centro habitual en el gimnasio, donde los jóvenes realizaban todo tipo de ejercicios desnudos en presencia de sus pedagogos (hombres ya maduros encargados de su educación en todos los terrenos). Esta clase de establecimientos se hallaba bajo la protección de dos divinidades como Hermes, que representaba la astucia, y Heracles, símbolo ideal de la fuerza física. En ellos se enseñaba esta cultura agonística del combate en la que lo único importante era vencer y sobresalir por encima de los demás. Con el paso del tiempo, y en particular a lo largo del período helenístico, el gimnasio se convertirá en el centro educativo principal de la cultura griega.

    Otro centro habitual de esta forma de vida aristocrática era el simposio, entendido como el grupo de hombres que expresaba su identidad a través de una sesión ritual en la que la bebida de vino desempeñaba un papel capital.

    Según señala el profesor García Gual, aunque se suele traducir la palabra griega symposion por “banquete”, el simposio era propiamente el rato de la bebida y la charla entre los invitados, que tenía lugar al concluir la comida o la cena (deipnon). “Sobremesa” habría sido, pues, una versión más ajustada del término. Los griegos hacían su comida principal por la tarde, de modo que los brindis y las charlas siguientes podían prolongarse alegremente hasta la noche. Una vez que se habían retirado los platos y las viandas, en las mesas empezaban a circular las copas (un tipo especial de vaso denominado kylix, pudiéndose observar en la mesa, además, el oinochoe, para contener vino, o la hydria, para contener agua), que se iban llenando oportunamente de la crátera colocada en el centro de la sala. Promesa y símbolo de la alegría colectiva y convivial, en la crátera se mezclaba el vino con buenas dosis de agua (siendo el maestro de ceremonias el encargado de definir algo tan esencial como la adecuada mezcla del vino que se iba a consumir), de manera que los invitados podían beber en cantidad antes de caer embotados por la embriaguez o el sueño.

    El vino, gozoso don del dios Dioniso, animaba y achispaba el festejo, y la crátera aseguraba el circular festivo de los brindis, que tenían mucho de ritual, pues comenzaban con las libaciones del vino vertido en honor de los dioses. Al amparo de Dioniso y de Zeus, el simposio desplegaba sus combinados placeres: bebida, perfumes, cantos, música, danzas, juegos, charlas, embriaguez y fresco erotismo.

    Beber en compañía y conversar con los amigos son los básicos gozos del simposio, que cuenta con otros complementos festivos, como los flautistas, los saltimbanquis, los bailes y las fáciles relaciones eróticas ocasionales. (Los convidados son sólo hombres, las mujeres de la casa no asisten al banquete, que sí admite a hetairas -mujeres generalmente extranjeras que, además de su disponibilidad amorosa, poseían habilidades musicales y una cierta capacidad de conversación-, flautistas y danzarinas). Al acabar la comida (generalmente carne, que no estaba al alcance de toda la población y, por tanto, constituía un símbolo de poder social), los sirvientes despejaban las mesas, coronaban a los huéspedes con coronas de hiedra y pámpanos, derramaban sobre ellos algunos perfumes, y escanciaban por turnos el vino. Tras las libaciones se elegía a un árbitro de las charlas.

    Se creaba así una placentera atmósfera en la que los simposiastas cantaban, comentaban sus ocurrencias, y conversaban desenfadadamente, apasionados o frívolos, sobre todo de amor y política (las cancioncillas del banquete, los escolios, casi siempre versaban sobre esos dos temas). Vino, música y amistad amenizaban el convite, donde “se adormecen las penas y despierta el instinto amoroso”, según escribía el historiador y filósofo griego Jenofonte. Las charlas simposíacas eran para los griegos, parlanchines y discutidores por naturaleza, fuentes de intenso placer. Incluso imaginaban que en el Más Allá habría para los bienaventurados tertulias por el estilo, y que en el Olimpo los dioses disfrutaban de banquetes parecidos.

    Los diálogos platónicos constituyen un reflejo ciertamente estilizado de esta clase de reuniones. Al respecto, habría que mencionar que el “banquete” más famoso de la literatura antigua, el Symposion de Platón, tiene como motivo central unos coloquios sobre el eros, el divino impulso amoroso, en una inolvidable y alegre ronda, de tonos poéticos y filosóficos.

    Para finalizar puede decirse que, en palabras del profesor O. Murray, el simposio era el órgano de control social que garantizaba el poder de las elites aristocráticas griegas y el que otorgaba al mundo griego arcaico en conjunto sus cualidades más características. Era a través de la generosidad demostrada por el anfitrión en esta clase de celebraciones como se adquiría el prestigio y la influencia sociales necesarios para la práctica política. La aristocracia de las armas que había sido cantada en la épica se transformó con los cambios operados dentro del ámbito de la guerra en una aristocracia del ocio. El simposio se convirtió en un refugio del mundo real, una huida hacia la diversión y el lujo por sí mismos, en el que se introdujeron costumbres orientales, como el hecho de reclinarse en lugar de sentarse en la mesa (en el kliné, denominándose trikliné cuando el asiento era para tres comensales) y un refinamiento cada vez mayor en los utensilios necesarios para su realización como la vajilla o el mobiliario.

    2. TESTIGOS DE SU TIEMPO: LOS POETAS LÍRICOS.

    Según apunta el profesor Domínguez Monedero, junto con la ampliación territorial del mundo griego, el siglo VII anterior a nuestra era se va a caracterizar por la aparición de un nuevo género literario, la poesía lírica griega que ya en este momento alcanzará un amplio desarrollo, el cual se prolongará también durante el siglo VI a.C. Las composiciones poéticas que empiezan a surgir por todo el mundo griego presentan, ante todo, y es su novedad principal, ecos de la situación contemporánea frente a lo que era habitual en los Poemas Homéricos y en el ciclo épico. El poeta lírico expresa sus impresiones acerca de toda una serie de cuestiones hablando habitualmente en primera persona y dejando traslucir, por vez primera, un auténtico sentimiento personal acerca del mundo circundante.

    M. I. Finley recoge dos elementos fundamentalmente nuevos en el terreno de la poesía griega, que habían de mantenerse dominantes hasta el fin de la época arcaica. Uno fue el ya antes mencionado elemento personal, por el que el poeta hablaba en su propio nombre. El segundo elemento nuevo residía en el hecho de que los tópicos desarrollados en estos poemas a menudo incluían crítica social y política. Tales críticas no iban todas en la misma dirección. Así, la variedad de ideas y de puntos de vista refleja a la vez el nuevo “individualismo” y la creciente complejidad de la situación social y sus conflictos internos.

    Los asuntos tratados en las poesías líricas son tan variados casi como los autores que las componen. Al respecto, el profesor Rodríguez Adrados ha establecido una serie de apartados que pueden resumirse en: “Dioses y hombres”; “Ciudad, ley e individuo”; “Muerte, vejez y juventud”; “Amor”; “Encomio y escarnio, opinión y crítica”. Así pues, las relaciones entre divinidades e individuos, la vinculación entre éstos y el estado, los sentimientos puramente personales, entre otros, hallan cabida en la poesía lírica.

    En cuanto a los poetas, según señala el profesor Blázquez, éstos procedían en su mayoría de las islas griegas próximas a Asia (especialmente de Lesbos) y de la zona asiática vecina a las colonias griegas. Recorrían el continente griego participando en los certámenes musicales. Componían monodias y cantos corales que ellos mismos interpretaban. Su producción estaba dirigida a determinados círculos de ciudadanos: Alceo, a los nobles de Lesbos; Teognis, los de Megara; Safo, las doncellas; Arquíloco y Solón, para toda la comunidad de ciudadanos. La mayor parte de ellos, en palabras del profesor Gómez Espelosín, eran de condición aristocrática, tal y como se aprecia por su campo de referencias al simposio y su actitud de hostilidad política hacia la tiranía. Fueron, en síntesis, los testigos excepcionales de una época de cambios y aunque no es mucha la información que nos proporcionan de forma directa, constituyen un testimonio inapreciable sobre la mentalidad de este importante momento histórico.

    Uno de los ejemplos más notorios es el de Arquíloco de Paros, que vivió en la primera mitad del siglo VII a.C. Sus escuetos pero intensos versos nos transmiten algunas de las vicisitudes principales del período, como la salida a ultramar y la lucha constante con los indígenas por el control de los nuevos territorios. Arquíloco participó directamente en la expansión de su ciudad, la isla de Paros, y refleja en sus versos algunos ecos de la peripecia colonial en la isla de Tasos. En su poesía ocupa un lugar destacado la expresión de las alegrías y las penas de su vida personal. No conviene, sin embargo, tomar al pie de la letra todas y cada una de sus afirmaciones en este sentido, ya que en muchos casos, si no en todos, se trata más de la persona literaria que adopta el propio poeta. Éste es el caso de Hiponacte de Éfeso, que “personifica” al mendigo al que la fortuna ha dado la espalda. Sus escasos fragmentos reflejan algunas formas de la lengua coloquial y ecos dispersos de la vida en Jonia en el curso del siglo VI a.C.

    Otros poetas como Safo y Alceo (poetas contemporáneos que vivieron hacia el 600 a.C. y que procedían de Mitilene, región enclavada en la isla de Lesbos, famosa por su refinada cultura), parecen estar abrumados por sus sentimientos personales, cuya expresión constituye uno de los elementos centrales de su poesía. Sin embargo, ambos reflejan también en su obra algunas de las circunstancias históricas de su tiempo, como el sofisticado estilo de vida de las ciudades jonias o el odio de los aristócratas hacia los tiranos. En el caso de Safo, la importancia histórica de su poesía depende sobre todo del tipo de experiencias que resultaron familiares a su auditorio y de la composición específica de éste último. Se trataba sin duda de un tipo de audiencia interesado en la diversa casuística de las relaciones personales vistas desde el plano afectivo y que era capaz de apreciar la sensualidad de la naturaleza. El universo femenino hace así su aparición para confirmar que el proceso de creación de las comunidades griegas que estaba teniendo lugar a lo largo de todo este período dejaba un espacio importante para la exploración y el análisis de valores mucho más íntimos y personales.

    Los poetas son también testigos excepcionales de los importantes cambios que se produjeron a lo largo de la época arcaica dentro de la sociedad espartana. Alcmán (poeta de procedencia lidia que compuso cantos corales para muchachas que se cantaban en el curso de los festivales religiosos a mediados del siglo VII a.C.), refleja un ambiente sensual y festivo en el que se destacan los goces que proporcionan la canción y la bebida, propios de un ambiente de paz. Muy diferente es el tono que reflejan los poemas de Tirteo, que compuso su obra poco después en medio de la segunda guerra contra los mesenios. Sus poemas aparecen dominados por este ambiente de guerra. Sus temas principales son la exhortación a los jóvenes guerreros para luchar a favor de su patria, y la insistencia en los ideales heroicos con especial énfasis en la vergüenza y deshonor que implicaba la cobardía.

    Otro poeta, Teognis de Megara, es quizá uno de los que mejor refleja el código de valores heroico dentro de la mentalidad aristocrática griega en la primera mitad del siglo VI a.C. Se trata de un tipo de poesía muy adecuada al contexto del simposio en la que se expresa un apasionado apoyo a los valores aristocráticos. La poesía de Teognis refleja un mundo de violencia y confusión en el que el deseo desaforado de riquezas predomina sobre cualquier clase de lealtad y en el que la propiedad de la tierra se ve amenazada. Sus versos ponen de manifiesto algunas de las transformaciones que estaba experimentando la sociedad griega en aquellos momentos y evidencian el recelo y la desconfianza que suscitaban entre los miembros de la vieja aristocracia dominante. Una de sus características más señaladas es su desprecio manifiesto hacia los nuevos ricos y los recién llegados que chocan con el viejo sistema de valores aristocrático que era ahora puesto en entredicho.

    La poesía de Solón, conservada en las citas de autores más tardíos como Aristóteles, no nos proporciona un comentario sistemático sobre la situación de Atenas en esos momentos, la primera mitad del siglo VI a.C., o sobre sus propias iniciativas. Sin embargo, a través de ella conocemos algunos de los valores reconocidos como la importancia de la patria, de la libertad y de la justicia, y las serias advertencias sobre los peligros que acechan a la estabilidad de la comunidad política como los conflictos internos.

    Para finalizar, habría que señalar la posición que ocupaban los poetas dentro de la sociedad arcaica griega. Marcel Detienne los ha calificado de “maestros de la verdad”. A través de la inspiración detentaban una clase especial de sabiduría de la que hacían partícipe a toda la comunidad desde su posición destacada como jefes del coro, legisladores, simposiarcas en el banquete o generales al frente de un ejército. El poeta era, en resumidas cuentas, un auténtico jefe religioso, moral y político que comunicaba a la comunidad su conocimiento del pasado, le explicaba el curso de la vida y le proporcionaba unas normas de comportamiento.

  • LA ESCRITURA Y LA CULTURA LITERARIA.

  • Un factor decisivo en los cambios y transformaciones del período que aquí retratamos fue la adopción del alfabeto como sistema de escritura, lo cual constituyó una de las más importantes aportaciones a la cultura griega durante el período orientalizante. Con la desaparición de los reinos micénicos en torno al siglo XII a.C., se perdió también la escritura y durante casi cuatrocientos años la cultura griega fue completamente oral. La adopción del alfabeto fenicio (que constaba de 22 letras a las que los griegos añadieron cinco más) fue un hecho de trascendentales consecuencias no sólo para el desarrollo de muchas de las facetas de la civilización griega arcaica, sino también para el resto de la historia occidental, pues todos los alfabetos occidentales, incluido el latino, derivan de él. El alfabeto era un instrumento de comunicación mucho más sencillo y efectivo que el complicado silabario del lineal B que utilizaban los escribas micénicos. Se difundió muy pronto por todas partes y entre un número de gentes cada vez mayor. La adopción del alfabeto tuvo lugar posiblemente en algún momento de la segunda mitad del siglo VIII a.C. (habiendo sido inventado este alfabeto semita cursivo entre los siglos IX y VIII a.C. por fenicios, arameos y hebreos), en alguno de los puntos de contacto entre fenicios y griegos, seguramente en medios bilingües, como el enclave comercial de Al Mina en la costa sirio-fenicia, en la misma isla de Chipre, que desde la Edad del Bronce era un verdadero crisol de culturas, o en otros lugares del mundo griego como Creta, Rodas o Atenas que disfrutaban de un intenso tráfico comercial. Sin embargo, es probable que la puesta a punto del sistema, tal y como aparece ya desarrollado con las correspondientes notaciones vocálicas, se produjese en algún lugar preciso del Egeo.

    Las más antiguas inscripciones griegas están incisas sobre vasos de arcilla (ostraka). La mayoría se reducen a la fórmula “Yo soy la posesión de...”, en la que es el objeto el que habla en primera persona. La más antigua de todas se encuentra inscrita sobre un vaso de cerámica procedente de Isquia, datable en torno al 720, que contiene la firma del ceramista. No es casualidad que sea precisamente en una colonia eubea donde aparecen los primeros especimenes de escritura, si tenemos en cuenta que los eubeos fueron los primeros colonizadores que entraron en contacto con Oriente y por ello quizá los primeros que adoptaron el sistema de escritura fenicio.

    Es probable que el proceso de adopción del alfabeto tuviera lugar de forma independiente en diferentes puntos del mundo griego. Ello explicaría la existencia de diversos alfabetos locales, denominados epicóricos, que presentan leves diferencias entre sí. (Al respecto mencionar que, a partir del siglo V a.C. y debido sobre todo a Atenas, se impuso en la mayor parte del mundo griego la versión local ateniense del alfabeto). Una adaptación necesaria fue la introducción de las vocales que el alfabeto semítico no utilizaba. El griego tiene un sistema vocálico muy rico y diferenciado por la cantidad entre vocales largas y breves, por lo que era necesario crear signos que las representaran. Ello se consiguió mediante la utilización de signos consonánticos fenicios que el griego no necesitaba. Así, el signo semítico aleph que indicaba una breve aspiración se utilizó para representar la vocal “a” y lo mismo sucedió con las restantes vocales. Este desarrollo del sistema vocálico completo se encuentra ya en las más antiguas inscripciones, como la que aparece en un vaso del Dypilon procedente de Atenas (“que reciba esto aquél de los danzantes que divierta con mayor gracia”).

    Posiblemente la adopción del alfabeto la llevaron a cabo comerciantes emprendedores que vieron en él un sistema eficaz de contabilidad y recogida de datos. Sin embargo, las inscripciones que han llegado hasta nosotros no son de tipo comercial. La mayor parte son ofrendas votivas, anuncios conmemorativos, firmas de artistas, marcas de propietarios sobre los vasos, maldiciones y epitafios fúnebres. Más tarde se emplearon también para redactar los nuevos códigos de leyes y posiblemente para poner por escrito los poemas épicos. Se ha sugerido incluso que la notación vocálica pudo haber sido inventada para poder llevar a efecto esta última tarea. La naturaleza métrica de las primeras inscripciones avalaría esta hipótesis de forma clara. Sin embargo, parece que su primer objetivo fue el de marcar los objetos y los lugares.

    Fuese con una finalidad u otra, no hemos de olvidar que no han llegado hasta nosotros materiales perecederos como la madera, el cuero, la cera o el papiro, en los que pudieron haberse iniciado y desarrollado otros usos bien diferentes a los que se nos han conservado en materiales duros como la arcilla o la piedra. Sin embargo, es significativo que los griegos no desarrollaran un estilo de escritura cursiva más adecuado a la tinta y a la arcilla húmeda, perseverando en cambio en la línea recta y delgada del grafito. Fácil de aprender por cualquiera con un mínimo de capacidad e inteligencia, el alfabeto hizo posible la difusión de la cultura. El propio carácter personal de muchas de las inscripciones conservadas constituye una prueba evidente de la extensión que alcanzó la alfabetización. Este instrumento capital resultó decisivo en una sociedad de desarrollo, como era la polis, con una forma de vida comunitaria cada día más consolidada.

    El uso de la escritura se convirtió en seguida en una práctica habitual, tal y como lo prueban los numerosos abecedarios existentes y la enorme variedad de asuntos que tratan las inscripciones. Sin embargo, la cultura griega siguió siendo fundamentalmente oral hasta bien entrado el siglo V a.C. En la literatura no se redactaron textos largos en el curso del período arcaico sino más bien composiciones poéticas breves y la lectura en público dentro de banquetes o festivales continuó siendo el contexto tradicional de difusión de las obras literarias. Sin embargo, el alfabeto impulsó, junto con otros factores, una verdadera revolución intelectual marcada por el nacimiento del pensamiento crítico racional y sus derivaciones más lógicas, como son el individualismo, la conciencia histórica y el espíritu democrático.

  • LA RELIGIÓN Y LOS MITOS (HESÍODO Y LA TEOGONÍA).

  • Como señala el profesor Pérez Jiménez, casi todo cuanto sabemos de Hesíodo (a quien puede definirse como un individuo de carácter fuerte, irónico, sobrio y algo misógino, así como gran conocedor de proverbios) lo ha dicho él mismo en sus dos obras principales, la Teogonía y los Trabajos y días (compuestas en los inicios del siglo VII a.C.). Era un campesino, hijo de un comerciante de Cime (la Cumas asiática) que se ve obligado a emigrar para escapar de la pobreza y se establece en Ascra, donde sin duda nació y vivió Hesíodo, adquiriendo (no se sabe cómo) un lote de tierras. Ascra fue una pequeña aldea beocia, pobre, pero vecina de Tespias, un centro cultural importante, no lejos de Tebas, y situada al pie del monte Helicón.

    Si no se trata de un expediente literario, Hesíodo tenía un hermano, Perses, con el que pleiteó para defender su parte de la herencia paterna. De todos modos, la posición económica de Hesíodo era suficiente -teniendo en cuenta la pobreza y las duras condiciones de su tierra- como para poseer un campo y los utensilios de labranza necesarios para cultivarlo, así como para conocer y poder aconsejar sobre la mejor estación para la navegación; también le permitía su hacienda apacentar un rebaño en el monte Helicón, donde, según confiesa al comienzo de la Teogonía, lo iniciaron las Musas en el arte de la poesía.

    De su carrera profesional como poeta sólo sabemos que viajó a Calcis -la única vez que abandonó su aldea- para participar en una competición poética celebrada con motivo de los juegos fúnebres en honor de Anfidamante. Allí venció y obtuvo como premio un trípode, dedicado por él a las diosas del Helicón.

    Hesíodo y Homero influyeron en gran parte en la configuración del universo religioso griego (el propio término “teogonía” quiere decir origen de los dioses). A continuación, enumeraremos las principales características de dicho universo.

    Como apunta el profesor Gómez Espelosín, todas las manifestaciones de la civilización griega, desde su propia forma de organización característica, la polis, hasta la mayor parte de sus logros literarios y artísticos están altamente condicionados por la religión. El conjunto indiscernible de prácticas y creencias que solemos denominar bajo el título genérico de religión griega formaba parte indisoluble de la vida cotidiana de la polis. El individuo se integraba dentro de su propia comunidad a través de su participación en los ritos comunes que la ciudad organizaba en honor de la divinidad protectora o el culto al héroe fundador. Los tiranos trataron de sacar partido de esta clase de vínculos de naturaleza religiosa, promocionando la creación de festivales religiosos de carácter cívico que implicasen a toda la comunidad y dieran sentido a sus instituciones. La religión desempeñó entre los griegos un papel fundamental a la hora de integrar a sus ciudadanos en la colectividad y de dotarles del sentido de cohesión social necesario.

    La religión constituyó también uno de los rasgos de identidad colectiva que diferenciaba a los griegos, junto con su lengua, de los demás pueblos. Era en la práctica el único vínculo que podía unir, aunque fuera de forma esporádica, a un mundo fragmentado en pequeños particularismos políticos. En todas partes se reconocía a los mismos dioses, a pesar de la diversidad existente, y una serie de santuarios panhelénicos adquirieron muy pronto un prestigio y una importancia enormes en el conjunto de la vida griega.

    La experiencia moderna en el terreno religioso, asociada a las religiones monoteístas de ámbito universal, constituye un serio obstáculo para entender la naturaleza politeísta de la experiencia religiosa griega. Lo primero que nos sorprende es la enorme variedad de cultos y divinidades en el mundo griego. Sin embargo, es necesario entender que los dioses griegos no eran divinidades de carácter absoluto sino que pertenecían de lleno al orden natural del mundo. Cada uno de ellos representaba una potencia que se concretaba en una forma de acción o un tipo de poder. No eran omnipotentes ni habían creado el mundo. Por el contrario, se hallaban sujetos al orden natural y apenas podían modificarlo o alterarlo sin que ello conllevara graves consecuencias. Eran, en definitiva, una serie de poderes que eran reconocidos como tales desde siempre y por ello la expresión corriente entre los griegos no era la de “creer en los dioses” sino la de “reconocer su poder”. Desde esta perspectiva no resulta sorprendente que tras el contacto con otros pueblos y el conocimiento de otras divinidades, éstas fueran “reconocidas” y asimiladas y, en consecuencia, entraran a formar parte también del panteón divino helénico. A diferencia de lo que sucede con las religiones de carácter monoteísta, no existía diferenciación entre dioses verdaderos y falsos, simplemente se trataba de distinciones cronológicas, de unas potencias reconocidas y veneradas desde tiempos antiguos y otras que procedían de una experiencia más reciente.

    A todo lo anterior habría que añadir que todo el pensamiento religioso griego exhala un pesimismo sobre la propia condición humana. La vida es concebida como un momento del tiempo efímero y cargado de miserias, sometida por completo al capricho y voluntad de unos dioses que no demostraban una especial preocupación por los seres humanos.

    Esta concepción pesimista de la vida se vio reforzada por la conciencia de la existencia de un destino implacable que cumplía sus previsiones incluso por encima de la propia voluntad de los dioses. Los griegos lo designaban como moira, es decir, la parte de destino que a cada uno le ha tocado en suerte. Sien embargo, al lado de estas constataciones más bien poco esperanzadoras, existía igualmente la firme convicción de la existencia de un equilibrio custodiado por los dioses al que los griegos denominaban dike, que sería en seguida identificado con la justicia. Existían, en efecto, unos límites establecidos para el comportamiento humano que los hombres no podían traspasar impunemente ya que se exponían al castigo terrible de los dioses. Los griegos definían este atrevimiento o desmesura como hybris, traducido a veces de manera inadecuada como simple orgullo. La célebre máxima délfica “conócete a ti mismo” tendía precisamente a conservar este precario equilibrio conociendo los límites fijados para el ser humano para no traspasarlos y atraer así la ira de los dioses.

    Una vez vistos los principales factores que caracterizaron la religión griega, pasemos a analizar el panteón griego.

    Los principales dioses griegos presentan la apariencia de un grupo familiar fuertemente jerarquizado en el que puede reconocerse la propia experiencia humana. El panteón olímpico era una forma de ordenar y conceptuar el universo. Los griegos percibían así de una manera ordenada y jerarquizada las manifestaciones del mundo exterior, en el que una serie de fuerzas favorables y hostiles conformaban y condicionaban su propia existencia.

    Los griegos supieron fraccionar la presencia divina en individualidades diferenciadas concebibles a la medida humana gracias a su poderosa imaginación creadora y a su racionalismo práctico. Fueron los poetas y los artistas plásticos los que crearon las imágenes antropomórficas de los dioses que desde Homero en adelante dominaron todo el panorama cultural helénico. Los griegos, a partir de entonces, imaginaron a sus dioses bajo un aspecto humano ideal, como prototipos de la belleza física. Sin embargo, les atribuían también un comportamiento humano, con las respectivas pasiones, deseos y rencores que ocasionaban frecuentes peleas y conflictos entre ellos. En el fondo, sólo su condición de inmortales separaba de forma irreversible a los dioses de los hombres. Los seres humanos se sentían de esta forma, a un mismo tiempo, cercanos y distantes de los dioses. Los podían tratar con relativa familiaridad en sus plegarias e himnos pero, al final, aparecía la clara conciencia del abismo infranqueable que separaba a unos y otros, y se veían obligados a reconocer que los dioses eran sin duda poderosos y omnipotentes.

    Formaban un conjunto de dioses que tenían como morada el monte Olimpo, situado al norte de Grecia. Celebraban asambleas en las que decidían sobre el destino de los hombres y en alguna ocasión tuvieron que actuar en grupo en defensa de su sede contra el ataque de las fuerzas del caos representadas por los gigantes. Los principales dioses olímpicos eran los siguientes:

    Zeus presidía y gobernaba con suprema autoridad el panteón olímpico. Era un dios celeste de origen indoeuropeo que, según Homero, había recibido en el reparto del universo “el cielo inmenso, a la vez con su esplendor y sus nubes”. Señor de los fenómenos atmosféricos, protector del hogar y de la abundancia (pues rige también la fertilidad de los campos), era también garante de las leyes y defensor de la ciudad. Zeus aparece así como el señor absoluto de todo el universo. Su carácter panhelénico queda patente a través de la multiplicidad de santuarios consagrados a él por toda Grecia (el más importante de los cuales era el ubicado en Olimpia) e incluso contaba con un oráculo en Dodona, en la región del Epiro.

    Hera era inicialmente la diosa protectora de la ciudad de Argos. Al convertirse en la esposa oficial de Zeus, pasó a ser la protectora tutelar del matrimonio. Toda su mitología consiste básicamente en la serie continuada de las infidelidades de su esposo y en la saña con que persiguió a sus rivales más destacadas como Leto, la madre de Apolo y Ártemis, o a alguno de los hijos bastardos de Zeus como Heracles.

    Poseidón era hermano de Zeus. Su relación con los caballos, animales de carácter infernal, y la condición monstruosa de muchos de sus hijos, como Polifemo o las Arpías, revelan su carácter de antiguo espíritu masculino de la fertilidad, que fue reducido posteriormente al ámbito marino.

    Hades, el otro hermano de Zeus, era el dios de los muertos. Era prácticamente invisible, apenas se le podía nombrar para no atraer la atención de una potencia tan nefasta y recibió culto en muy pocos lugares. Sus dominios eran subterráneos y sus súbditos, los muertos, sólo meras sombras, carentes de vida (fantasmas de personas gastadas).

    Apolo ha sido considerado como la encarnación más perfecta del genio helénico por ser el exponente de la mesura, el justo medio que promueve el respeto de la ley y el orden y conduce a la armonía. Era también el dios de la purificación ritual, una de las obsesiones de la mentalidad religiosa griega. Al tiempo, fue también el dios de la música y las artes. Aparece representado con la lira como uno de sus atributos esenciales. Comunicaba el conocimiento de esta serenidad, que constituye el centro de la religión apolínea, a través de sus oráculos, algunos de los cuales, como el de Delfos, desempeñaron un importante papel en la vida griega.

    Hermes era el mensajero de los dioses, pero al mismo tiempo desempeñaba funciones tan diferentes como guía de los viajeros, señor de los confines y de las propiedades, dios de los mercados, y por tanto mentiroso y ladronzuelo, y conductor de las almas al Hades (psicopompós).

    Hefesto se distinguía del resto de los olímpicos por su habilidad artística y su condición deforme.

    Ares era el dios de la guerra y se caracterizaba por su extrema crueldad y violencia que le convertían en un ser odioso.

    Atenea, que nació completamente armada de la cabeza de Zeus, era una diosa de condición casi varonil que iba siempre armada y era acompañante habitual de los grandes héroes como Aquiles u Odiseo, a los que continuamente protegía y aconsejaba. Su atributo más característico era la inteligencia práctica. Revelaba el carácter sagrado de ciertos oficios y habilidades, y con el tiempo pasó a convertirse en el símbolo de la ciencia divina y de la sabiduría humana.

    Ártemis parece a todas luces una diosa oriental. Sus dominios eran los bosques y las fieras que en ellos habitaban. Su atributo de señora de los animales, tal y como aparece representada en el célebre vaso François, recuerda a algunas diosas orientales de la vegetación. En Grecia era la diosa virgen por excelencia, pero al mismo tiempo presentaba también rasgos inconfundibles de una antigua diosa madre. Así, en su célebre santuario de Éfeso fue representada con una multitud de pechos que reflejaban su antigua función como diosa madre. Compartía con Hera la función de educadora de los jóvenes (kourótrofos). Finalmente pasó a convertirse en la divinidad tutelar de los cazadores, de los animales salvajes y de las muchachas.

    Otra diosa de origen oriental era Afrodita. Mostraba claras analogías en su iconografía y sus atributos con divinidades cananeas y babilonias, como Tanit o Istar. Afrodita insuflaba el deseo sexual en animales, hombres y dioses por igual y basaba, por tanto, su dominio en la universalidad de este impulso.

    Deméter, junto con su hija Perséfone, recibieron culto en Eleusis y constituyeron un tipo de experiencia religiosa diferente a la de los olímpicos, a pesar de que la diosa se contaba entre ellos. Era la diosa de los trigales, a los que protege y facilita su germinación, asegurando la madurez de los cultivos. Personifica la fertilidad y la riqueza agraria, y es considerada como la inventora de los cereales.

    Dioniso era una divinidad de carácter contradictorio, relacionada con la fecundidad vegetal y con el poder embriagador y extático del vino. Su condición enigmática y paradójica queda reflejada en su propio origen híbrido (era hijo de Zeus y de Sémele, una mortal). La experiencia religiosa asociada a su culto estaba ligada al éxtasis que ponía fuera de sí a los hombres. Sus ritos los celebraban por la noche en el campo mujeres en trance, denominadas ménades o bacantes.

    Otros dioses menores, pero que tuvieron alguna importancia en diferentes regiones o aspectos de la vida griega, fueron Hestia, identificada con el Hogar sagrado y convertida así en el centro del culto familiar; Pan, divinidad arcadia de los pastores y las montañas que era representada con los cuernos, orejas y patas de una cabra; Cibeles y Atis, divinidades de clara procedencia oriental y ligadas a cultos de la fertilidad; por último, una serie de divinidades de la naturaleza como ninfas y musas que poblaban bosques, montes, árboles y aguas.

    Tras esta breve semblanza del panteón griego, analizaremos la relación entre hombres y dioses.

    Los hombres establecían sus relaciones con la divinidad a través del sacrificio y la plegaria. El sacrificio conmemoraba la separación primordial entre dioses y hombres, pero servía, al mismo tiempo, para restablecer un vínculo de unión entre ambos mundos. Justificaba la estricta repartición de las porciones del banquete y destacaba la posición particular del hombre frente a los dioses. Los animales que se sacrificaban eran quemados ante el altar de la divinidad situado delante del templo. A los dioses se les ofrecían las entrañas de las víctimas que, cubiertas de grasa y humeantes, ascendían hasta el cielo. El resto del animal era consumido en un banquete ritual por toda la comunidad.

    Los hombres se dirigían a la divinidad mediante la plegaria. Lo hacían utilizando toda la precisión y cortesía posibles, sin olvidar la explícita mención de los diferentes títulos y atributos de cada uno de los dioses. A través de ella trataban de establecer un vínculo de obligaciones mutuas con los dioses recordándoles los sacrificios realizados con anterioridad.

    Los dioses se comunicaban con los hombres a través de los sueños, los presagios, los oráculos y una serie de signos casuales, como algunas palabras escuchadas al azar o el simple vuelo de los pájaros. Se trataba ciertamente de un tipo de lenguaje ambiguo y contradictorio susceptible de recibir diversas interpretaciones. Se requería, por tanto, una clase especial de intérpretes autorizados que transmitieran el mensaje divino de la forma más clara y correcta a los fieles. Se les consultaba prácticamente cualquier clase de actividad que se fuera a emprender, por cotidiana y trivial que fuese.

    Un aspecto particularmente importante dentro de la relación del hombre con los dioses, que llegó a convertirse casi en una verdadera obsesión, es la purificación ritual. Para establecer una relación adecuada con los dioses había que liberarse previamente de cualquier tipo de impureza, como las provocadas por la comisión de un acto sacrílego o criminal, o por el simple contacto con los misterios inquietantes del nacimiento y la muerte. Esto explica la necesidad imperiosa de purificación que recaía sobre las mujeres embarazadas o sobre aquellos que habían mantenido relaciones sexuales antes de iniciar cualquier acto religioso. La enorme importancia de que tenía el acto de purificación explica por sí sola la presencia de una pila de agua a la entrada de los grandes templos y santuarios griegos.

    Por otra parte, habría que mencionarse que a partir del siglo VIII a.C. la dimensión religiosa empieza a alcanzar un primer desarrollo material a través de la construcción de templos de cierta magnitud. Será en estos templos donde habite la divinidad bajo rasgos antropomorfos, y a ella sólo tendrán acceso las personas que ejerzan de sacerdotes del templo. Asimismo, a partir del siglo siguiente se incrementan las ofrendas votivas (figurillas de terracota, representaciones del propio templo, joyas, trípodes, calderos de bronce, etc.)

    Pasemos finalmente al análisis del mito. Éste es uno de los elementos definitorios más característicos de la cultura griega. Su comprensión afecta prácticamente a todos los ámbitos de la misma, pero especialmente al de la vida religiosa. Una definición operativa fue la propuesta por el historiador suizo Walter Burkert, que definió el mito como un relato tradicional de carácter oral que implica las preocupaciones e instituciones sociales fundamentales. Estos relatos mezclan elementos reales con otros puramente imaginarios. Se distinguen de los cuentos populares, con los que guardan algunos elementos en común, por su carácter concreto e histórico, ya que siempre aparecen situados en un lugar determinado y en un momento dado dentro del curso de las generaciones divinas y humanas, frente a la indefinición y vaguedad absoluta que caracterizan a los cuentos populares. Destaca por su gran coherencia narrativa y por la rica simbología que lleva estrechamente asociada y que favorece la diversidad de las interpretaciones. Su principal objetivo era la explicación etiológica de la experiencia humana y la justificación del lugar que el hombre, entre los animales y los dioses, ocupaba dentro del universo. Junto con los rituales, el mito constituía uno de los canales preferentes por los que discurrían los saberes y los sentimientos de cohesión de la sociedad griega arcaica.

    Los mitos griegos constituían una justificación y explicación del pasado. Sin duda, en su constitución originaria pudieron haber mediado determinados acontecimientos históricos concretos; sin embargo, no puede extraerse ninguna historia factual del mito griego. Los relatos míticos no tienen como objetivo reconstruir la historia con mayúsculas, sino la construcción de identidades mediante la localización de individuos en un lugar determinado, la creación de personajes epónimos que proporcionan una visión personal de entidades más abstractas, como la fundación de ciudades o el origen de las tribus o pueblos, o la invención de contrarios ficticios, como pueblos salvajes o seres monstruosos que definen por inversión la condición humana o la de griego.

    Se ha definido la mitología griega como un verdadero “intertexto”, es decir, un sistema de ideas y motivos que se encuentran estrechamente interrelacionados entre sí de tal forma que sólo pueden entenderse a la luz de la comparación y el contraste con los otros. Se fueron creando ciclos de historias agrupadas en torno a determinados héroes o acontecimientos, se establecieron las relaciones familiares y genealógicas entre los héroes de las diferentes historias y se desarrolló de esta forma un cierto sentido de cronología mítica.

    Los griegos utilizaron el mito como medio constante de reflexión sobre los problemas esenciales del individuo en sus relaciones con los demás y con la comunidad como conjunto. De esta forma se convirtió desde muy temprano en el material básico fundamental de toda la literatura y el arte griego.

    5. LOS GRANDES SANTUARIOS Y FESTIVALES PANHELÉNICOS (DELFOS).

    Como señala el profesor Gómez Espelosín, desde una época muy temprana que cabe fijar a lo largo del siglo VIII a.C., una serie de santuarios importantes concentraron la atención religiosa del mundo griego y se constituyeron en verdaderos escaparates de la competición por el prestigio y la gloria a través de sus esplendorosas ofrendas y conmemoraciones y de los juegos y competiciones que tenían lugar en el curso de su celebración. Se trataba de santuarios que se hallaban situados en lugares desprovistos de toda significación política (esto es, neutrales) con el fin de mantener separadas la supremacía de carácter político-militar y el prestigio religioso. Eran regidos habitualmente por un consejo compuesto por delegados enviados por diferentes comunidades. Eran lugares de asilo donde se encontraban en un tiempo de tregua establecida por los embajadores sagrados que eran enviados a todos los rincones del mundo griego unas comunidades que habitualmente se hallaban siempre en conflicto. La aparición de estos santuarios, denominados panhelénicos porque se hallaban abiertos a todas las comunidades griegas, fue seguramente una de las respuestas políticas al espectacular crecimiento de las comunidades griegas que estaban regidas por aristocracias animadas por un poderoso espíritu competitivo. Los más importantes fueron los santuarios de Zeus en Olimpia y en Nemea, los de Apolo en Delfos y Delos, el de Deméter en Eleusis, el de Poseidón en el istmo de Corinto y el de Epidauro dedicado a Asclepio.

    El Santuario de Apolo en Delfos figura sin duda a la cabeza de este tipo de santuarios por su enorme importancia en el desarrollo histórico de todo el período arcaico y por su significación posterior en toda la cultura griega. Situado en el corazón mismo de la Grecia central, en las laderas del monte Parnaso, el santuario de Delfos había albergado originariamente un culto a la Tierra-madre antes de ser ocupado por el dios Apolo. Quizá fue ya la sede de un santuario venerable en época micénica. Sin embargo, su importancia panhelénica se inició a fines del siglo IX a.C. y en los inicios del VIII, quizá por obra de los corintios que divulgaron su importancia por todas partes. Se hallaba situado en un importante cruce de caminos y ocupaba un paraje natural de características ciertamente excepcionales que ya debieron impresionar considerablemente a los fieles que acudían a consultar el oráculo y ejercer sobre ellos una poderosa atracción. Se convirtió en seguida en un centro oracular muy reputado, en un centro de competición y conciliación excepcional, y en punto de referencia religiosa, cultural y política de todo el mundo griego (pues el santuario contenía también, entre sus esbeltas construcciones, un teatro de mediadas proporciones y, en una zona mucho más alta, el estadio donde cada cuatro años se celebraban los Juegos Píticos, los más importantes de Grecia tras los Olímpicos), según testimonian las más diversas ofrendas llegadas de todas partes, incluidas regiones no griegas como los reinos de Frigia y de Lidia. Y es que aquí, a decir de los antiguos, se encontraba el centro del mundo. Una piedra blanca de forma ovoide simbolizaba, en el corazón del santuario, ese mítico ómphalos u “ombligo del mundo”.

    Las ofrendas reunidas tenían a veces dimensiones excepcionales como el gran toro de plata descubierto bajo la vía sagrada o las enormes cráteras de bronce ofrendadas por los reyes de Lidia o por el samio Coleo. Las consultas al oráculo se canalizaban a través de la Pitia, la sacerdotisa de Apolo, función que desempeñaba una mujer de condiciones psíquicas un tanto especiales. Como afirma el profesor García Gual, la sacerdotisa cumplía una serie de actos rituales: primero se bañaba y bebía agua de la fuente Castalia, situada en las proximidades del gran templo; luego tomaba en las manos una rama de laurel, el árbol sagrado de Apolo, y tal vez fumigaba o acaso masticaba algunas hojas del mismo. Finalmente, se sentaba en lo alto del trípode, otro de los emblemas del hijo de Zeus, en el subterráneo ádyton (cámara subterránea situada en lo más recóndito del gran templo délfico). Desde ese asiento ceremonial, vecino del sagrado ómphalos, pronunciaba una serie de palabras ininteligibles e incoherentes que los sacerdotes del dios interpretaban y escribían en verso sobre una tablilla, que era entregada después como respuesta al consultante. La mayoría tenía un carácter ambiguo que facilitaba la posibilidad de su cumplimiento. Era necesario, no obstante, utilizar una cierta racionalidad a la hora de interpretar el vaticinio. (Tal vez el mejor ejemplo lo encontramos en la respuesta ofrecida al rey Creso de Lidia, que advertía: “Creso, si cruzas el río Halis, destruirás un gran imperio”. Y Creso vadeó el río con su ejército para enfrentarse al rey Ciro de Persia, y sufrió una gran derrota. Destruyó así ciertamente un gran imperio: el suyo propio). Antes de acudir al templo, los consultantes debían cumplir una serie de normas: presentarse bien purificados, traer como ofrenda el pélanos (que originariamente fue una torta de cebada y luego una cantidad de dinero fija) y ofrecer para el sacrificio algún animal (unas cabras u ovejas), cuya carne en parte se quemaba en honor del dios y en parte se distribuía entre los asistentes.

    Delfos se convirtió, con el consentimiento cómplice de las elites gobernantes, en un lugar privilegiado de encuentro y diálogo bajo la vigilancia divina cuyo papel tutelar era reconocido por todos. Sin embargo, aunque Delfos estuvo seguramente implicado en los múltiples y frecuentes sobresaltos políticos y sociales que agitaron el período arcaico, el carácter relativamente tardío de nuestras informaciones y la sospecha más que factible de remodelaciones interesadas de muchos de los oráculos emitidos, realizadas a posteriori de los acontecimientos y desde preocupaciones diferentes a las que motivaron la consulta original, invitan a la prudencia en este terreno a la hora de tomar al pie de la letra las historias que han llegado hasta nosotros sobre la imparable actividad del santuario délfico. Su reconocido prestigio contribuyó sin duda a añadir el soporte y el aval del oráculo a muchas de las decisiones y reformas adoptadas a lo largo de toda esta época plena de transformaciones y cambios por todas partes.

    El santuario de Olimpia se hallaba en la región de Élide, al noroeste del Peloponeso, en el fértil valle del río Alfeo. En sus orígenes parece haber sido un santuario de carácter regional que reunía a las comunidades eleas de los alrededores. Sin embargo, a lo largo del siglo VIII a.C. y los tiempos siguientes las ofrendas se multiplicaron así como su condición excepcional, dando así prueba del carácter cada vez más “internacional” del santuario, donde cada vez más sus ilustres visitantes deseaban dejar constancia de su presencia en esta área sagrada a través de la magnificencia o del carácter excepcional de sus dedicatorias, especialmente los célebre trípodes y las armaduras. Un papel importante en esta capacidad de atracción panhelénica lo desempeñaron los célebres juegos atléticos, a veces de carácter violento, que allí tenían lugar. Según el cómputo tradicional, que remonta a las investigaciones del sofista Hipias de Élide, se habrían iniciado en el año 776 a.C. y tenían lugar cada cuatro años. Los heraldos griegos iban por todas las ciudades proclamando una tregua sagrada que, temporalmente, ponía término a los conflictos existentes en esos momentos. De esta forma podían acudir a Olimpia innumerables peregrinos y atletas venidos de todas las partes de Grecia. El santuario se convirtió en un verdadero escaparate de las excelencias de cada una de las polis griegas. Los aristócratas de cada ciudad competían en los juegos y conseguían con el triunfo una gloria personal y un considerable prestigio para su ciudad. Las magníficas ofrendas presentadas a Zeus iban acumulándose en el santuario y la rivalidad existente en el estadio se trasladó también a este terreno. La prueba más importante era la carrera de carros. También se celebraban otras pruebas, como carreras a pie, saltos de longitud, lanzamiento de jabalina y de disco, una especie de boxeo y una lucha, denominada pancratio, en la que todo estaba permitido salvo morder.

    Destaca especialmente la presencia de las nuevas ciudades griegas de Occidente, de Sicilia y la Magna Grecia que parecen haber elegido este santuario como escaparate de sus recientes éxitos “colonizadores”. El santuario de Olimpia se convirtió en el marco apropiado de una vida diplomática donde los aristócratas participantes en los juegos establecían sus vínculos de amistad y sus correspondientes relaciones de hospitalidad recíproca (xenia). Estas relaciones sobrepasaban a veces el alcance del gesto individual para implicar también a sus comunidades de origen.

    El santuario de Eleusis, cerca de Atenas, estaba consagrado a la diosa Deméter y a su hija Perséfone. Apenas sabemos nada de lo que sucedía en Eleusis, ya que estaba prohibido bajo pena de muerte el hablar de ello en público. Se ha supuesto que pudo tratarse de una serie de ritos relacionados con la esperanza de inmortalidad. Parece que existía un ceremonial vistoso que impresionaba profunda y duramente a los asistentes. Algunos han sugerido incluso que los participantes tras la ingestión de algún tipo de sustancia alucinógena alcanzaban un estado tal de excitación que provocaba en ellos una visión colectiva y les proporcionaba un sentimiento de profunda solidaridad con las dos diosas.

    A partir del siglo VI a.C., los citados santuarios de Olimpia y Delfos junto con el de Zeus en Nemea y el de Poseidón en el istmo de Corinto establecieron una red de concursos atléticos que ponían en contacto regular a los griegos venidos de todas partes. Estos dos últimos celebraban sus competiciones cada dos años. El santuario del istmo se hallaba situado también en un lugar excepcional, en el cruce de la ruta terrestre que ponía en comunicación la Grecia central con el Peloponeso con la vía marítima que ponía en contacto el mar Egeo con el golfo de Corinto. La organización de sus competiciones (los Juegos Ístmicos) estaba en manos de los corintios y se habría iniciado en torno al 581 a.C. También los corintios, con la colaboración de los argivos, habían sido los organizadores de los juegos de Nemea.

    Otro santuario importante era el de Apolo en la isla de Delos, que se convirtió en el punto por excelencia de convergencia de los jonios. Es probable que dispusiera también de un oráculo y de un consejo anfictiónico al igual que sucedía en Delfos, pero no tenemos informaciones suficientes al respecto como para afirmarlo con plena seguridad. En él se desarrollaban las denominadas panegirias jónicas que implicaban competiciones de carácter deportivo, y certámenes de cantos y danzas.

    Finalmente, habría que destacarse el santuario de Epidauro, dedicado al dios médico Asclepio, que ocupó el lugar de un culto más antiguo de Apolo Maleatas. Aunque sus inicios se remontan al siglo VI a.C., su apogeo no llegó hasta el IV a.C. A él acudían toda clase de enfermos en busca de una curación que se producía a través del sueño. Los sacerdotes lo interpretaban y prescribían los remedios adecuados si es que la curación completa no había tenido lugar. Epidauro no era exactamente un lugar de curación milagroso, sino que hizo las veces de un auténtico hospital y de hecho fue allí donde la medicina griega dio sus primeros pasos como ciencia.

    6. EL DEPORTE Y LAS COMPETICIONES OLÍMPICAS.

    Dentro del mundo del deporte en Grecia, merecen destacarse las grandes competiciones, como las Olimpiadas, que toman su nombre de la ciudad en la que tenían lugar: Olimpia, donde además del templo dedicado a Zeus había un gran número de edificios destinados a la práctica de deportes.

    Los primeros juegos se celebraron en la mencionada ciudad en el verano del año 776 a.C., y sólo hubo una prueba: la carrera del estadio, una carrera de velocidad.

    El origen de los juegos no está claro, y los antiguos trataban de explicarlo a través de mitos. Dentro de éstos el más conocido era el de Pélope. Según el mencionado mito, Pélope habría vencido al monarca de Pisa, Enomao, en una carrera de cuadrigas con la que el mencionado rey retaba a todo aquél que pretendiese casarse con su hija, Hipodamia. Así pues, la primera competición habría sido, según esta tradición, una carrera de carros (que llegó hasta Corinto a través del Peloponeso).

    Por otra parte, en la epopeya homérica, el deporte aparece como una actividad normal entre los nobles, pudiéndose citar como ejemplo los juegos funerarios que Aquiles organiza en honor de su compañero Patroclo.

    En cuanto a la organización de las competiciones, habría que señalarse que hasta la decimotercera Olimpiada (allá por el año 724 a.C., pues tenían lugar cada cuatro años) sólo se celebró la carrera del estadio, y sólo a partir de la decimocuarta se sumaron nuevas modalidades. Las pruebas en Olimpia duraban cinco días durante el verano, y siempre tuvieron un fuerte carácter sagrado: todos los edificios deportivos en Olimpia se alzaban en el monte Cronio, llamado así en honor a Cronos, padre de Zeus. Asimismo, también había un templo dedicado a Hera, el templo de Zeus, un recinto que albergaba la tumba de Pélope (Pelopion), la Palestra (un edificio en torno a un patio porticado donde se entrenaban los atletas), el taller donde trabajó Fidias, así como gran cantidad de altares.

    Se han conservado algunas listas de vencedores y, aunque tradicionalmente se ha pensado que los que casi siempre se alzaban con los premios eran los competidores espartanos, hoy día se sabe que los que sumaron más victorias fueron los procedentes de Élide, seguidos por los espartanos y, en tercer lugar, los atenienses.

    Analicemos ahora el santuario de Olimpia. Habría que destacar, en primer lugar, el bosque sagrado que acogía cultos a diversas divinidades siglos antes de convertirse en el arbóreo santuario de Zeus Olympios: el Altis. Aquí fue donde al principio se celebraron las competiciones, pero a partir del siglo VI a.C., la pista de competición hubo de llevarse fuera por llenarse el espacio de edificios religiosos.

    En palabras de la profesora A. Iriarte, en el santuario de Olimpia destacan los “tesoros”, sólidos templetes agrupados al pie del monte Cronio en los que las ciudades más devotas de Zeus Olímpico depositaron sus ofrendas. Muy cerca de los tesoros se halla el templo dórico de Hera, en el que la diosa acogió a su esposo Zeus durante la época arcaica y en el que los arqueólogos encontraron el célebre Hermes atribuido a Praxíteles, que hoy puede verse en el Museo de Olimpia. Junto al Hereo se elevaba el Pritaneo, edificio en el que ardía el fuego sagrado de Hestia y en el que los sacerdotes banqueteaban con los invitados de honor que eran los embajadores o con los vencedores de anteriores concursos.

    Otro importante edificio público es el Bouleuterion, sede del comité ante el que los participantes en los certámenes juraban respetar la normativa. En su entorno había diversas construcciones: los talleres de artesanos, la hostelería, los baños de vapor considerados como los más antiguos de Grecia... Muchos eran, en efecto, los edificios que conformaban el sacro recinto; pero ninguno de ellos destacaba tanto como el habitáculo del que dispuso Zeus Olímpico a partir del año 457 a.C., coincidiendo con el momento del mayor apogeo del santuario. Entre los templos de Hera y de Zeus, en el corazón del gran centro religioso, se encontraba la tumba de Pélope (Pelopion), identificada como el monumento más antiguo de Olimpia.

    Pasemos ahora a otras competiciones de rango panhelénico. En Delfos se celebraban los Juegos Píticos en honor de Apolo (según el profesor García Gual, del nombre de Pitón, la dragona que guardaba la sede oracular hasta que fue insepulta por Apolo, se deriva el nombre de la región de “Pito” o Pytho, sinónimo de Delfos; el epíteto de Pítico, con que también se conoce a Apolo, y el nombre de su sacerdotisa, la Pitia), los más importantes tras los de Olimpia.

    Comenzaron estos juegos como un agón (certamen, competición) musical, pero más tarde, hacia el año 582 a.C., se introdujeron pruebas deportivas. La más famosa de todas ellas fue la carrera de caballos en el hipódromo (las mujeres sólo podían acudir a estos juegos si poseían cuadras de caballos). Precisamente, para conmemorar la victoria de la cuadriga de Polizalo, príncipe siracusano y hermano de Hierón de Siracusa, en los Juegos Píticos del 474 a.C., se erigió la célebre estatua conocida como el Auriga de Delfos.

    Otros juegos importantes fueron los celebrados en Corinto en honor a Poseidón, los denominados Juegos Ístmicos. Se iniciaron en el 582 a.C. (según el profesor Gómez Espelosín, en el 581 a.C.), en época de la tiranía de Cipselo. Se celebraban cada dos años en el mes de abril, y en ellos tenían mucha importancia los deportes hípicos.

    Debido a su magnífica posición estratégica, Corinto fue sede de importantes acontecimientos dentro del mundo helénico: aquí se reunieron los jefes helenos para decidir la estrategia a seguir ante el ataque persa del 480 a.C.; en Corinto fue también donde se convocó la Liga para luchar contra el enemigo persa, eligiendo a Alejandro para liderar tal empresa...

    Un cuarto lugar sería Nemea, en el Peloponeso, donde se celebraban unos juegos en honor de Heracles. El origen de estos juegos (hay quien sostiene que tal origen habría sido funerario) hay que situarlo en el año 573 a.C., y en ellos se realizaban pruebas gimnásticas y musicales.

    Se conserva parte del estadio de Nemea, así como un largo túnel que conducía a los atletas desde sus habitaciones hasta el estadio. Es probable que el mencionado túnel fuera el lugar donde los atletas se desvestían y donde se pasaba lista de ellos. En sus paredes se han conservado pintadas de los participantes en los juegos.

    A estas cuatro competiciones habría que sumar otras que no eran panhelénicas, las Panateneas, que comenzaron a cobrar fuerza bajo la tiranía de Pisístrato. En ellas se celebraban competiciones gimnásticas e hípicas, en recuerdo del héroe Teseo. Dos competiciones muy singulares eran la regata de barcos de remo y la euandría (literalmente “belleza varonil”, y que consistía en la mejor postura a pie o a caballo). Estas competiciones se celebraban en un estadio muy cercano al Olimpeion.

    Pasemos ahora analizar la figura del atleta griego y el sistema educativo.

    Han llegado hasta nosotros numerosas inscripciones dedicadas a los vencedores de las competiciones, y en ellas aparecen sus nombres, el de sus padres, su ciudad y la especialidad deportiva (parece ser que al principio los participantes en los juegos eran, en su mayor parte, aristócratas).

    Estas prácticas deportivas que canalizaban el ideal competitivo de la mentalidad aristocrática griega tenían su centro habitual en el gimnasio, donde los jóvenes realizaban todo tipo de ejercicios desnudos en presencia de sus pedagogos (hombres ya maduros encargados de su educación en todos los terrenos). Esta clase de establecimientos se hallaba bajo la protección de dos divinidades como Hermes, que representaba la astucia, y Heracles, símbolo ideal de la fuerza física. En ellos se enseñaba esta cultura agonística del combate en la que lo único importante era vencer y sobresalir por encima de los demás. Con el paso del tiempo, y en particular a lo largo del período helenístico, el gimnasio se convertirá en el centro educativo principal de la cultura griega, impartiéndose clases de filosofía, elocuencia, gramática... y disponiendo, a partir de la época Clásica, de bibliotecas.

    El gimnasio constaba de varios edificios: la palestra, en cuyo patio se practicaba lucha, boxeo, salto de longitud, etc.; el apoditerio, una sala común con bancos donde los atletas se desnudaban, se untaban aceite y precalentaban; el coriceo, donde se entrenaban en el boxeo; y, por último, el coutrón, el aseo del gimnasio, donde los atletas con el estrígilo se quitaban con aceite la suciedad y luego se lavaban con esponjas, se daban masajes, etc.

    El jefe del gimnasio era el gymnasiarca, un funcionario que tenía que ver sólo con la administración y el mantenimiento del recinto. A veces eran los ciudadanos más ricos y acomodados los que se hacían cargo del mantenimiento del mismo. El gymnastés era el entrenador. Sus funciones consistían en instruir sobre ejercicios y técnicas, pero también entendía de masajes, higiene, dietética... Era el que marcaba el entrenamiento de los atletas, y era identificable en las esculturas por llevar siempre una larga vara.

    Los atletas griegos, sobre todo a partir del siglo V a.C., competían desnudos. Esa falta de pudor era, para los griegos, un síntoma de civilización. Según una tradición, tal moda la inició Orsippo, un atleta que en la Olimpiada del 724 a.C. se desprendió de su taparrabos para correr más libremente.

    Aunque se ha sostenido que estos atletas competían sólo como amateurs (creyéndose que recibían premios sin valor material), hoy día se sabe que percibían premios de valor (escudos, trípodes, copas de plata...) aparte de otros incentivos (se les erigían estatuas, se les recibía con premios económicos al volver a sus ciudades de origen, etc.), por tanto hay que desmitificar la idea de que competieran como amateurs.

    Como ya antes se mencionó, al principio la mayoría de los participantes en las competiciones eran aristócratas, pero, a partir del siglo VI a.C. muchos atletas ya no eran nobles y pudieron participar siendo patrocinados.

    En cuanto a la participación femenina, la tradición de las mujeres compitiendo en el mundo griego es muy antigua. En el universo de la mitología, en cambio, las diosas atletas brillan por su ausencia. En Esparta, la preparación física abarcaba de un modo igualitario a ambos sexos (contraste con Atenas), aunque existen dos dudas al respecto: de un lado, si también las mujeres participaban desnudas, y de otro, si se enfrentaban a varones.

    Por lo que respecta a las competiciones deportivas, habría que destacarse: la carrera o dromo, un ejercicio fundamental en la caza y en la guerra; el salto de longitud, que no sabemos cómo se realizaba, aunque en las representaciones los atletas aparecen tomando impulso con unas pesas; el lanzamiento de disco, que se realizaba con una placa circular de hierro (cuya superficie no se pulía para poder agarrarlo mejor), y que se entregaba como premio al vencedor; los deportes de combate, como la lucha o pale (enfrentamiento que consistía en derribar al adversario tres veces durante los cinco asaltos que duraba) o el boxeo o pigme (el más duro de los deportes de combate, en el que los boxeadores reforzaban sus manos con unos guantes con agujeros para los dedos, cubriéndolas luego con correas de cuero); el lanzamiento de jabalina, que era un arma que servía para la guerra y para la caza, y que tenía la estatura humana; por último, en algunos lugares también se practicó el tiro con arco.

    Para finalizar, habría que hablar de las competiciones vistas por diferentes autores. Así, en los Epinicios de Píndaro, los deportistas son exaltados y reflejados como modelo de vida y comportamiento. Sin embargo, este ideal no era compartido por otros intelectuales, como Jenófanes de Colofón, que criticaron el deporte en base a dos ideas: de un lado, por la exagerada exaltación de las cualidades físicas en detrimento de las intelectuales, y de otro, por el régimen de vida que llevaban (el régimen de entrenamiento especializado que habían de seguir). Al respecto, habría que mencionarse un texto de Luciano de Samosata, Anacarsis, que narra la historia de Anacarsis, un escita que mantiene un diálogo con Solón de Atenas (diálogo ficticio). Solón encarnaría el punto de vista griego, y el escita la perspectiva bárbara acerca de la práctica deportiva, del exacerbado ideal competitivo.

    TEMA IV. LOS REGÍMENES TIRÁNICOS (SIGLOS VII-VI a.C.)

  • TEORÍAS SOBRE EL ORIGEN DE LA TIRANÍA.

  • Como señala el profesor Rodríguez Neila, existen varias teorías que tratan de explicar el origen de los regímenes tiránicos:

    1. Factor político, cuyo máximo representante sería Aristóteles. Según esta teoría, los tiranos surgen en el seno de una crisis que derivaría hacia un enfrentamiento político entre las masas populares y las clases aristocráticas; por tanto, los tiranos (que eran aristócratas apoyados por el pueblo) accederían al poder tras liderar la lucha contra las oligarquías.

    2. Surgimiento de la tiranía en relación con la reforma hoplítica. En palabras de la profesora Hidalgo de la Vega, gracias al importante crecimiento económico de ciertos sectores de población, en la defensa de la polis participarán también, junto con los aristócratas, los campesinos propietarios de tierras con un nivel económico suficiente para costearse el armamento hoplítico. De este modo, habiendo tomado conciencia de su nueva situación, estos sectores desean tomar parte en las decisiones de la polis, de forma que, para conseguir este objetivo, apoyarán a un aristócrata para que se convirtiera en tirano. No obstante, como señala el profesor Blázquez, no todos los tiranos alcanzan la tiranía sustentados en los hoplitas: no hay pruebas de que lo hicieran Cipselo y los Ortagóridas. Pero, incluso en estos casos, tampoco ayudarían los hoplitas a los aristócratas cuando el tirano ataca el poder.

    3. Teoría económica. El acceso de los tiranos al poder iría parejo al desarrollo económico de las poleis (fenómeno colonizador, metalurgia, relaciones comerciales, navegación...). En efecto, para Tucídides “acrecentado el poder de Grecia y preocupada aún más que antes del beneficio, surgieron las tiranías por todas las ciudades, a compás del incremento de las rentas; antes las monarquías eran hereditarias, pero con determinadas prerrogativas, Grecia se lanzó a equipar escuadras y a ocuparse más del mar”. El historiador ateniense hace coincidir en este párrafo las tiranías con la expansión mercantil en los territorios transmarinos por parte de artesanos y comerciantes cuya riqueza no estaba en la propiedad de la tierra como para la aristocracia, sino en bienes inmuebles. Así, debido a la existencia de grupos sociales que no veían llegar una mejora en sus condiciones de vida, pese a la evolución económica, los tiranos surgirán para forzar la situación.

    4. Teoría racial. Según ésta, las tiranías son el resultado de la lucha entre distintos grupos raciales y culturales. Así por ejemplo, basándonos en esta teoría, los tiranos de Sicione (Ortagóridas) habrían sido líderes de la población pre-doria (sustrato de población que ya existía desde antes de la llegada de los dorios), levantada en armas contra la dominación de una aristocracia doria. Se trata de la menos probable para los historiadores, quienes han concluido que cae por su propio peso.

    5. Teoría de la ambición personal. Por ella el tirano se nos presenta como un individuo ambicioso, ávido de poder y de prestigio, que no duda en utilizar todos los medios de que dispone (muchas veces los hoplitas que tenían bajo su mando como polemarcas) para acceder al poder.

    6. Tesis externa. Según esta teoría, los tiranos serían aupados al poder ante una amenaza externa. Al respecto podría referirse como ejemplo el caso de la ciudad jonia de Mileto: Lidia, gobernada por el rey Aliacte, buscaba una salida al mar que pasaba por Mileto, ciudad que intentó salvaguardar su independencia a través de un poder fuerte. De esta forma, aprovechándose del protagonismo que desempeñó en la guerra, Trasíbulo se convirtió en tirano.

    Una vez vistas estas teorías puede decirse que, fuera cual fuese la causa del surgimiento de las tiranías, éstas tuvieron éxito, al menos durante un tiempo, y significaron el derrumbamiento de los regímenes aristocráticos (en aquellas poleis donde llegaron a implantarse, pues no en todas se dieron las circunstancias favorables para el establecimiento de tiranías), por dos factores fundamentales: de un lado, porque contaban con el apoyo popular, y de otro, porque llevaron a cabo una política práctica que favorecía a los sectores que habían estado oprimidos bajo los gobiernos oligárquicos, pues debían justificar su presencia en el poder para lograr mantenerse en él (terminaron con muchos privilegios aristocráticos, otorgaron preeminencia a la riqueza en detrimento del nacimiento, impulsaron el desarrollo económico con la difusión de la moneda y con sistemas de pesos y medidas, llevaron a cabo multitud de obras públicas, que eran financiadas por el Estado y que servían para dar trabajo a los más necesitados, etc.).

  • CARACTERÍSTICAS DE LOS REGÍMENES TIRÁNICOS.

  • En palabras del profesor Domínguez Monedero, si algo caracteriza al siglo VII griego es la tiranía; en mayor medida que las codificaciones de leyes o los logros sociales o artísticos, es la tiranía la que define buena parte del alto arcaísmo en Grecia. En esta época arcaica, hubo tiranías tanto entre los griegos de Sicilia y de la Magna Grecia, como en la Grecia continental, en las islas del mar Egeo y en la costa de Asia Menor. Fue, para José María Blázquez, un paso necesario en la evolución de la constitución política.

    El concepto de tiranía cobró con el tiempo un sentido peyorativo, que en origen no tenía, por obra de los escritores griegos, como Jenofonte, Platón y Aristóteles, que fueron muy contrarios a ella.

    La tiranía parece ser una importación del Asia. Su mismo nombre no es griego; la palabra griega para rey era basileus, mientras que tyrannos es posible que derivara del lidio turannos y, por tanto, sería una voz más bien hitita que griega. El nombre “tirano” es, pues, de origen colonial.

    Tal término de tiranía aparece por vez primera en un fragmento del poeta lírico Arquíloco de Paros, que vivió hacia el 650 a.C., quien lo aplica a Gyges de Lidia (el primer tirano según una tradición conservada por Euforión). La palabra tiranía en este fragmento no tiene un sentido peyorativo. Para Arquíloco, tirano carece de sentido político; significaría “el mando”. En los líricos arcaicos (Píndaro), así como en los trágicos (Esquilo), son sinónimas las palabras tirano y basileus.

    La tiranía en la época arcaica significa un gobierno con plenos poderes, apoyado en el pueblo. Fueron las tiranías unas formas de gobierno provisional, pues no se consolidaron. A lo más que llegaron fue a mantenerse dos o tres generaciones (Ortagóridas de Sicione, Pisistrátidas de Atenas, Cipsélidas de Corinto, etc.). Solucionaron momentáneamente los gravísimos problemas de carácter económico y social, planteados a amplias masas de la población, en las que se apoyaban. Dieron paso a sistemas de gobierno democrático u oligárquico, liquidando la forma de gobierno aristocrático. Los tiranos fueron generalmente grandes constructores (Pisistrátidas, Cipsélidas, Polícrates de Samos, etc.) y reunieron en sus cortes a los principales intelectuales del momento.

    A esta breve semblanza de las tiranías arcaicas, realizada por el profesor Blázquez, el profesor Domínguez Monedero añade otros rasgos generales (y desarrolla algunos de los ya expuestos) que, según él, compartieron los regímenes tiránicos:

    1. Uno de los rasgos que le sirven a Aristóteles para distinguir la tiranía de otros tipos de monarquías (es decir, de gobiernos individuales) es su carácter de ilegítima y de irresponsable.

    Esta ilegitimidad le viene dada al tirano por la circunstancia de que su acceso al poder se realiza mediante algún acto de fuerza, seguramente protagonizado por sus propios partidarios, si bien no se excluye en algunas ocasiones la intervención exterior. A pesar de ello, el futuro tirano se vale del desempeño de algún cargo constitucional, lo que posiblemente le permite, además de tener un conocimiento de primera mano de la situación del momento, valerse de resortes legales o, en su caso, de la debilidad de los mismos. Dependiendo también de los casos, esta ilegitimidad no implica siempre una suspensión de facto de la legalidad vigente, sino que la misma puede continuar, aun cuando el tirano tendrá buen cuidado de conseguir que partidarios suyos desempeñen los principales cargos.

    2. El poder de los tiranos se verá afianzado por lo que podríamos llamar apoyo popular.

    Es difícil en muchas ocasiones saber en qué puede consistir este “apoyo popular” que, habitualmente, se les supone a los tiranos. Y es que sigue siendo cuestionable hasta qué punto los ciudadanos, en la polis del siglo VII a.C., se hallaban organizados y, sobre todo, concienciados políticamente. Da más la impresión de que son los cabecillas aristocráticos, esos “jefes del pueblo”, quienes han sabido rodearse de partidarios y han prestado su apoyo al tirano, tanto durante su gobierno cuanto en los momentos previos al acceso al poder del mismo, lógicamente a cambio de jugosas contrapartidas. Estos partidarios no aristocráticos procederían, naturalmente, tanto de la población urbana cuanto de la campesina y, sobre todo, de aquellos sectores que se consideraban más perjudicados, como podían ser los pequeños propietarios.

  • A pesar de lo expuesto anteriormente, el tirano va a comportarse de forma hostil hacia los aristoi, aunque conviene hacer precisiones. Han sido perseguidos, por lo general, aquellos que tenían responsabilidades políticas. Lo que ocurre es que parece haberse ido desarrollando un proceso que ha otorgado el poder efectivo a un grupo cada vez más restringido de aristoi, seguramente como consecuencia de relaciones matrimoniales de carácter endogámico, propiciados al tiempo por la pérdida de poder económico y, por consiguiente, de prestigio social y por una disminución en el nivel de vida de grupos antaño incluidos en los círculos de poder, víctimas, asimismo, del proceso de fragmentación de la propiedad y, acaso, del endeudamiento progresivo. Así, factores económicos y sociales pueden haber ido convirtiendo en oligárquicos sistemas que en tiempos fueron aristocráticos, según un proceso bien descrito por Aristóteles en su Política. Esos son los grupos hacia los que muestra habitualmente hostilidad el tirano, puesto que su función es resolver la mala situación que tal régimen ha creado.

  • 4. En conexión con el punto precedente, habría que añadir que difícilmente podría existir una hostilidad hacia la aristocracia en su conjunto cuando los propios tiranos (y parte de sus sustentadores) proceden de familias aristocráticas.

    En efecto, en todos los casos el tirano es, por su origen y ascendencia, un aristos. En ocasiones, además, ha sido triunfador en los Juegos Olímpicos; a veces, ha desempeñado cargos reservados sólo a aristócratas; en su comportamiento mantiene el ethos aristocrático. Por si fuera poco, sus relaciones, especialmente con miembros ajenos a su polis, se rigen por el código de comportamiento aristocrático, como muestra con todo detalle la boda de Agarista, la hija de Clístenes, a cuyo llamamiento acude la más poderosa y linajuda aristocracia de toda la Hélade. Es, precisamente, el carácter aristocrático del tirano el que convence definitivamente de que todos los conflictos sociales (stasis) que se suceden en Grecia a lo largo del siglo VII a.C. han estado movidos por aristoi descontentos, por más que hayan buscado y hallado apoyos importantes en otros círculos sociales y por más que éstos hayan acabado recibiendo su recompensa por el apoyo brindado.

    5. Los tiranos se mantuvieron en excelentes relaciones exteriores y se apoyaron unos en otros. Así, Teágenes de Megara quiso hacer a su yerno Cilón tirano de Atenas; Trasíbulo de Mileto y Periandro de Corinto hicieron las paces entre sus respectivas ciudades, que estaban en pugna desde la guerra helénica, que dividió a Grecia en dos bandos; Pisístrato y Polícrates buscaron el apoyo de Lígdamis de Naxos y aquél también el de otras ciudades.

    6. Por fin, suele ser frecuente que los tiranos reorganicen viejos festivales, restauren o reconstruyan santuarios políadas, lleven a cabo, en definitiva, una política que podríamos llamar “religiosa”; el sentido de la misma hay que relacionarlo con el reforzamiento de la ideología política, en cuanto enfrentada al exclusivismo de los cultos y lugares de culto vinculados ancestralmente a las aristocracias a las que se combate.

    3. TIRANÍAS EN LA GRECIA CONTINENTAL: ARGOS, CORINTO, SICIONE, MEGARA.

    Como señala J. M. Blázquez, en varias regiones de la península del Peloponeso, como Elide, Arcadia, Acaya y Esparta, no se dieron las circunstancias económicas y políticas que favorecieron la llegada de la tiranía. En cambio, en Argos, Corinto, Sicione y Megara, se produjeron dichas premisas.

    Tiranía de Argos:

    Hay poca información sobre Fidón de Argos, que fue el séptimo rey de esta ciudad, pero considerado como tirano, lo que indica que convirtió la monarquía en tiranía, o que gobernó con gran severidad. En efecto, sobre su procedencia Aristóteles afirma en su Política que accedió a la tiranía desde la realeza (parece haber sido miembro de la familia real Teménida). La fecha de su gobierno no es segura. Se discute entre la primera y la segunda mitad del siglo VII a.C. De él escribió Herodoto: “Aquel Fidón que inventó los pesos y medidas de los peloponesios y se portó indignamente contra los griegos”. La causa de la antipatía de Herodoto fue por haber Fidón intervenido en la dirección de los juegos olímpicos de un modo dictatorial.

    Su nombre va unido a la introducción de la moneda en Grecia; por lo menos, así lo dice un texto del Etymologicum Magnum. Según dicha fuente, las monedas de Argos fueron acuñadas en la isla de Egina, posesión de Fidón; tenían en el anverso una tortuga y eran más rústicas que las de los griegos del Asia. Pero tanto o más importante que esta innovación de Fidón, hubo de ser su sistema de pesos y medidas comunes, cuyo radio de acción se extendía a todo el Peloponeso y que serviría de patrón monetal en el momento en el que se acuñasen las primeras monedas.

    Igualmente, se le suele relacionar con la importante victoria de Argos sobre Esparta en la batalla de Hisias hacia el 669-668 a.C., lo que ha hecho que se le asocie con la implantación en Argos de la táctica hoplítica, si bien la opinión personal del profesor Domínguez Monedero tiende a desvincularle de la introducción del sistema hoplítico en su ciudad y considerar su acción, como ocurre en otras poleis, una consecuencia de las transformaciones a que ha dado lugar la modificación de las tácticas de combate. Con todo, sí que parece cierto que el apoyo de los hoplitas le permitió controlar su ciudad y el norte del Peloponeso, y crear un gran imperio argivo frente a Esparta. Fuentes de poco crédito le atribuyen una intervención en Egina y en Corinto. Desarrolló el comercio a través de Nauplia y de otros puertos de la Argólide. A su muerte, Esparta se convirtió en la potencia hegemónica de la península del Peloponeso.

    Tiranía de Corinto:

    Cerca de Argos, en Corinto, otra ciudad dórica, aparece una clásica familia de tiranos en el siglo VII a.C., la de los Cipsélidas. En cuanto a su duración, se le otorga a esta dinastía unos setenta años de vida, siendo la tiranía en esta ciudad la más antigua de la que se tiene noticia. Gobernaba Corinto con anterioridad el genos aristocrático de los Baquíadas, creadores de una gran prosperidad comercial ya que, según Estrabón, explotaron el comercio portuario sin límites. Y es que favorecía mucho el comercio corintio el que contara con dos puertos, Laqueo y Cencreo, asentados en los golfos de Corinto y Sarónico. El comercio a las colonias debió pasar a través del puerto de Corinto y se hacía en barcos corintios. Hacia el año 700 a.C. los productos corintios llegaban a la Península Ibérica, si bien, al parecer, venían en barcos fenicios. Desde el primer cuarto del siglo VII a.C. se generalizó la cerámica corintia en Al-Mina y en todas las colonias orientales.

    Una hija de la familia real, llamada Labda, sufría ciertas deformidades que le impedían casarse con uno de su rango, por lo que aceptó como esposo a Eetión, que no pertenecía al grupo de los Baquíadas y ni tan siquiera era dorio, y de esta unión nació Cipselo (la aversión de éste hacia los Baquíadas pudo ser debida, entre otras cosas, al mencionado ultraje al que sometieron a su madre). Sobre su nacimiento corrían leyendas, recogidas por Herodoto, semejantes a las que circularon sobre Sargón de Acad, Moisés, Ciro, Edipo, Habis o Rómulo, que explican la aparición de un nuevo gobernante, relacionado con el antiguo régimen, con orígenes en el pueblo y protegido por los dioses.

    En Corinto fue elegido general, o polemarca, consiguiendo gran popularidad, hasta que en una sublevación contra los antiguos dinastas, Cipselo mató al último vástago de los Baquíadas, Patroclides o Hipoclides, y se sentó en el trono (mantuvo el título de rey, que usaban los Baquíadas). De esta manera, Cipselo se hace con el poder en Corinto hacia el año 655 a.C. (según algunos autores que ofrecen una datación a la baja, hacia el 620 a.C.), suprimiendo el gobierno de la aristocracia.

    De Cipselo escribe Herodoto que llegó a ser señor de Corinto, y con esto un tirano que desterró a muchos ciudadanos y a otros quitó los bienes. Frente a esta consideración, otras tradiciones que se remontan a Eforo le tienen por un buen gobernante y nada duro. Después de un gobierno de treinta años, su hijo Periandro siguió su ejemplo, pues, como continúa Herodoto, “a cuantos había el cruel Cipselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o desterró Periandro”. En efecto, con éste último, como con Hipias en Atenas, se endureció la tiranía, como lo demuestra el hecho de que iba acompañado por una guardia personal de doscientos lanceros (doriforoi).

    Bajo la tiranía de los Cipsélidas, Corinto alcanzó el cenit de su grandeza. Tanto Cipselo como Periandro desarrollaron un programa de política colonial en el exterior: Corcira fue sometida a la fuerza; Epidauro cayó en el área de control corintio; las fundaciones de Ambracia, Anactorium, Apollonia, Epidauro y Leucas abrieron el camino al mar Adriático y una ruta que permitió a Corinto el acceso a los mercados de Italia y del noroeste de Grecia. De aquí se importaban materias primas, como maderas, tan necesarias para las construcciones navales, y flores, de las que se obtenían los famosos perfumes que después exportaba, así como metales. En la península Calcídica se colonizó Potidea, y en el Quersoneso Tracio, región rica en minas, Cipsela. La tiranía amplió considerablemente la política expansionista de los Baquíadas, controlando mediante sus colonias las vías de acceso al Adriático y al Mediterráneo central. Periandro procuró estar en buenas relaciones con otros gobernantes: mantuvo amistad con los tiranos de Jonia; fue el árbitro entre los atenienses y los mitilenios; fue huésped y amigo íntimo de Trasíbulo. También mantuvo buenas relaciones comerciales con Egipto. Procuró igualmente intervenir en los asuntos internos de Atenas, mediante enlaces matrimoniales con las familias de los Filaidas y de los Pisistrátidas, lo que indica el gran prestigio de que gozaba la tiranía de Corinto fuera del Peloponeso, incluso entre las mejores familias aristocráticas. En cambio, Corinto estuvo en malas relaciones con otra potencia comercial importante, Egina.

    En cuanto a la política interior, a Cipselo se le atribuye un reparto general de tierras, acaso no improbable habida cuenta las confiscaciones de las tierras de los Baquíadas que llevó a cabo, pero el propio fenómeno colonial sugiere que, o bien, los demandantes de nuevas tierras eran muy numerosos, o bien que no había tierras suficientes para todos. Por otra parte, es unánime la tradición de haber Cipselo doblegado a sus súbditos con impuestos; pero el hecho de poder pagar crecidas contribuciones los corintios, aunque fuese protestando, es una prueba de su gran prosperidad en tiempo de Cipselo. Por lo que respecta a su hijo, la tradición se complace en destacar su crueldad y su gobierno despótico. No obstante, fue contado entre los siete sabios de Grecia por combatir con su legislación el lujo excesivo de los ricos. Al respecto, referir que prohibió la compra de esclavos para que todos trabajasen, renunció al cobro de ciertos impuestos, percibiendo sólo las rentas de peajes y aduanas, etc. Asimismo, la corte de Periandro llamó a literatos importantes del momento, como a Arión de Lesbos, el primer poeta ditirámbico según Herodoto.

    Los Cipsélidas fueron, asimismo, grandes constructores, con lo que alcanzaban prestigio al embellecer la ciudad con edificios públicos, al mismo tiempo que daban trabajo a las clases bajas y las mantenían pacificadas. Cipselo es el primer gobernante que construyó en Delfos un tesoro, donde guardar las ofrendas. De igual manera, se creó en Corinto el templo dórico, empleándose arcillas en su construcción y decoración. En el caso de Periandro, la arqueología ha puesto de manifiesto su amplio y ambicioso programa de obras públicas en la ciudad, en el que se incluía el diolkos o calzada empedrada que atravesaba el istmo de Corinto y unía por tierra el Golfo Sarónico con el de Corinto.

    Sin embargo, con el tiempo cambió la estructura económica y social, que había ocasionado la llegada de la tiranía, y ésta se derrumbó. La desaparición de la tiranía de Corinto llegó con Psamético, sobrino de Periandro. Una revuelta del pueblo, en torno al 583 a.C. (según la datación a la baja, hacia el 550-540 a.C.), provocó el fin de los Cipsélidas. A la caída de la tiranía, como en otras ciudades, siguió un período de luchas internas. Corinto no evolucionó hacia una democracia, sino que había un régimen timocrático en el que gobernaron los propietarios de tierras de la clase media.

    Tiranía de Sicione:

    La tiranía que se desarrolló en Sicione en la segunda mitad del siglo VII a.C. duró más que en ninguna otra parte, pues a su dinastía se le han calculado unos cien años de vida. Las fuentes de que disponen los historiadores para el estudio de esta dinastía son más escasas que las existentes para los Cipsélidas y, dentro de ellas, tanto Herodoto como Aristóteles fijan un retrato más benévolo de los tiranos de Sicione que de los de Corinto.

    De Ortágoras, iniciador de la dinastía, la tradición destaca su papel entre las tropas fronterizas, en sus años jóvenes; a partir de ahí, consigue el mando de estas tropas y con el favor popular se convierte en polemarco, bien a mediados del siglo VII a.C., bien en algún momento de su último tercio. Aunque no se conoce apenas nada de la situación de Sicione antes de Ortágoras, las medidas que tomará su sobrino nieto Clístenes (quien asciende al poder tras acabar con Mirón II, hijo de Ortágoras, en los años de tránsito entre los siglos VII y VI a.C.) más adelante, parecerían indicar que, aunque de origen aristocrático, no formaba parte de los círculos dirigentes sicionios; por lo demás, aparte de su benévolo gobierno (Aristóteles alude a su moderación, respeto a las leyes y preocupación por el pueblo), apenas conocemos nada más de la tiranía de Ortágoras.

    Bajo la tiranía de los Ortagóridas, habría que mencionarse que en política exterior se expansionó Sicione en la costa epirota y Acarnania, y en política interior Herodoto narra el gran prestigio de Clístenes, descendiente ya mencionado de Ortágoras, cuando aspiraron a la mano de su hija, Agarista, los nobles de Síbaris, de Epidauro, de Etolia, del Peloponeso, de Trapezunte, de Paios, de Atenas, de Eretria y de Tesalia, lo que prueba que Clístenes estaba en buenas relaciones con todos los griegos y que gozaba de un altísimo prestigio. Se casó la doncella con Megacles, que será el padre de Clístenes, introductor de la democracia en Atenas, y abuelo de Pericles. También contó con el apoyo del oráculo de Delfos y de Corinto. En cambio, estuvo en pésimas relaciones con Argos. En política interior sólo se conoce un hecho, que pretendió ampliar la ciudadanía: “Se fijó en las tribus dorias y para evitar que los habitantes de Sicione tuvieran los mismos nombres que los de Argos, se los cambió. Así, con este pretexto ridiculizó a los dorios de Sicione y derivó sus nombres, del cerdo y del asno, añadiendo solamente la desinencia. No hizo lo mismo con su tribu a la que dio un nombre que recordaba su autoridad. Eran estos llamados arquelaoi (“jefes del pueblo” o “jefes del pueblo en armas”), y los de las otras tribus, hiatas; otros oneatas y otros coireatas”. De este texto de Herodoto se infiere que Clístenes añadió una tribu a las ya existentes, integrada por los que no tenían derechos de ciudadanía.

    Por fin, no menos importantes son las medidas que el tirano adopta en dos campos muy concretos: por un lado, prohíbe la recitación pública de los poemas homéricos (posiblemente no la Ilíada y la Odisea, sino otros del ciclo épico) y, por otro, sustituye el culto rendido en el ágora sicionia al héroe argivo Adrasto por el de su adversario tebano Melanipo (Adrasto fue rey de Argos y, según los relatos míticos, había dirigido una lucha contra Tebas, ciudad que fue defendida por Melanipo). El pretexto que aduce Herodoto es que en ambos casos se ensalzaba excesivamente a los argivos.

    Para M. J. Hidalgo de la Vega, el fin de la tiranía se debió a una injerencia espartana, en un contexto de expansión por el Peloponeso y de necesidad de comunicarse por tierra con el golfo de Corinto.

    Tiranía de Megara:

    En la colonia dórica de Megara, establecida en el Ática, la base de la tiranía estuvo en los grupos nuevos, que controlaban el comercio transmarino. Teognis, un intelectual aristócrata, es testigo de la decadencia de la aristocracia y de la aparición de una nueva clase pudiente dedicada al comercio.

    El fundador de la tiranía es Teágenes, a finales del siglo VII a.C., pero poco se sabe de él: Aristóteles en su Política dice que ascendió al poder tras sacrificar los ganados de los ricos, y, probablemente con la ayuda de Cipselo, actuó como tirano. Durante su gobierno hizo construir un acueducto y, hacia el 632 a.C., proporcionó ayuda militar a un joven Olimpiónico, Cilón, casado a la sazón con su hija, para que combatiera contra los Alcmeónidas y sus seguidores y se convirtiese así en tirano de Atenas.

    Sin embargo, la tiranía de Megara no alcanzó el esplendor de otras y se hundió poco después de una generación, debido a las luchas feroces que llevaron a la restauración de la aristocracia. La causa de esta debilidad fue que Megara nunca logró la hegemonía de los mares, pues estaba estrangulada entre dos potencias más fuertes, Corinto y Atenas, que le disputaban la isla de Salamina.

    4. LOS TIRANOS DE JONIA Y LAS ISLAS DEL EGEO (MILETO, MITILENE, SAMOS, NAXOS).

    Como apunta la profesora Hidalgo de la Vega, en las ciudades costeras de Asia Menor y en las Islas, los aspectos orientalizantes de la tiranía se hacen más evidentes por su relación con los monarcas lidios y posteriormente con la monarquía persa. Las circunstancias que coadyuvaron a la instauración de la tiranía en Jonia no aparecen claras. En su Política, Aristóteles dice que los tiranos jonios establecieron su poder estando ya en posesión de una autoridad oficial, que ellos transformaron en un poder absoluto, pero la realidad histórica fue diferente.

    Tiranía de Mileto:

    Según J. M. Blázquez, en comparación con otras tiranías de Jonia, como la de Quíos, Eritras o Éfeso, se tiene un buen conocimiento de la tiranía de Trasíbulo en Mileto, la gran metrópoli de Asia Menor, que gobernó hacia finales del siglo VII o a principios del siglo VI a.C.

    En efecto, desde el ejercicio de alguna magistratura (tal vez la pritanía, lo que indicaría un origen aristocrático) y aprovechándose del protagonismo que desempeñó en la guerra de Mileto contra el rey lidio Aliacte, contada por Herodoto, Trasíbulo se convirtió en tirano. Sin embargo, a pesar del apoyo que recibió por parte del resto de los gene aristocráticos para luchar contra los lidios, Herodoto recoge una anécdota sobre el consejo que Trasíbulo dio (por medio de una alegoría) a su amigo, el tirano Periandro de Corinto, en el sentido de deshacerse de los elementos más destacados de la aristocracia, lo que sugiere que él había hecho algo parecido en Mileto (de las fuentes se desprende que con anterioridad a Trasíbulo, Mileto estaba gobernada por los Neleidas).

    Su gobierno coincidió con un momento de gran expansión comercial y cultural. Mileto fundó muchas colonias en el Ponto Euxino, y controló el importante mercado griego de los samios y los eginetas en el delta del Nilo, Naucratis. Exportaba aceite y vino, e importaba pieles, ámbar y esclavos del Ponto Euxino. Además fue cuna del pensamiento filosófico y científico en la corriente representada por Tales, Anaximandro y Anaxímenes. De cualquier modo, como señala Domínguez Monedero, las informaciones sobre Trasíbulo no son muy numerosas y tampoco se sabe cuánto tiempo duró su gobierno; Herodoto parece implicar que pasaron dos generaciones entre el final de la tiranía de Trasíbulo y sus sucesores y la tiranía de Histieo. Sobre sus sucesores, unos tales Toante y Damasenor (que quizás gobernaran juntos, como Hipias e Hiparco en Atenas) sabemos aún menos; Plutarco indica que tras ellos hubo un enfrentamiento entre los ricos, ploutis, denominados también aeinautai, “los que siempre navegan”, y la hetairía de los cheiromachai, “los que combaten con las manos”.

    Para Hidalgo de la Vega, estos vocablos expresan los conflictos entre los ricos propietarios de tierra, que disponían de naves para colocar sus productos en los mercados más rentables, y los hoplitas, propietarios medios y pequeños de tierra. Pero no se descarta la posibilidad de colaboración entre ambos, a pesar de esa rivalidad entre ellos, en relación con el problema de los persas. Esta tiranía terminó con un arbitraje persa en el 525 a.C. ; hacia ese año asume el poder en Mileto otro tirano, Histieo, si bien éste, como su yerno, colaborador y sucesor, Aristágoras, presentan ya una problemática distinta, puesto que su poder deriva del apoyo que reciben de los persas, merced a los cuales gobiernan, de forma que, a decir verdad, ya no se pueden considerar tiranos, sino gobernadores vasallos de un soberano persa.

    Tiranía de Mitilene:

    La ciudad de Mitilene, enclavada en la isla de Lesbos, había sido gobernada por el genos aristocrático de los Pentílidas (al igual que el de los Baquíadas lo había hecho en Corinto), y se gloriaban de descender de Orestes, a través de su hijo Penthilos. Según narra Aristóteles en su Política, su costumbre de apalear al pueblo ocasionó su ruina, y fueron expulsados por Megacles y sus compañeros. La aristocracia de Mitilene se encontraba profundamente dividida y enredada en luchas intestinas. Se conocen los nombres de algunas de las principales familias aristocráticas, la de Alceo y sus amigos, la de los Ceanáctidas, que descendían de los Pentílidas, y seguramente la de los Arqueanáctidas. Los tiranos de Mitilene pertenecían a estas familias. Alceo es la principal fuente para conocer estas luchas intestinas, que duraron entre los años 620 y 570 a.C. aproximadamente.

    En Mitilene, a fines del siglo VII a.C., alcanzó la tiranía Melancro, que sería expulsado del gobierno por Pítaco y los hermanos de Alceo hacia el año 610 a.C., muriendo finalmente asesinado, y tras él, Mirsilo se alza con el poder tiránico. A continuación estalló una guerra entre Mitilene y los colonos atenienses de Sigeo, en la Troade. En realidad, ambas partes se disputaban el control del Estrecho. Para Atenas era vital ese control, en función de la importación del trigo del Ponto Euxino. Pítaco mató a Frinón, el caudillo ateniense. El arbitraje de Periandro terminó esta guerra, en la que Alceo arrojó el escudo. Los dos grupos existentes tramaron una conspiración contra la tiranía de Mirsilo, Pítaco se pasó al bando del tirano y Alceo se vio obligado a exiliarse, destierro que fue insoportable para el poeta.

    Pítaco es contemporáneo de Solón, y fue elegido tirano según la afirmación del poeta lírico de Mitilene. Se ha supuesto que la subida al poder de Melancro y Mirsilo se caracteriza por luchas internas violentas, lo que motivaría probablemente que la aristocracia hiciera concesiones para pacificar la ciudad. La tiranía de Pítaco duró diez años hasta que éste dejó voluntariamente el poder. Su nombre va unido a una redistribución de tierras, según Diodoro, lo que demuestra que en Mitilene existía el mismo problema de la concentración de la riqueza agrícola en pocas manos, la de los aristócratas, lo que ocasionaba grandes desequilibrios sociales y económicos.

    Pítaco gozó de un gran prestigio, como lo indica que fuera contado entre los siete sabios de Grecia y celebrado en los cantos populares. Asimismo, fue también un excelente legislador. Legisló para frenar la competencia social de los aristócratas; limitó los gastos de los funerales, y el uso de los ajuares lidios; decretó multas dobles por los crímenes cometidos en estado de embriaguez, pero no cambió la constitución.

    La pacificación de Mitilene permitió la vuelta de los aristócratas desterrados, a los que se les debió privar de sus tierras, entre los que se encontraba Alceo.

    Después de los diez años para los que fue elegido, entre los años 590 y 580 a.C. aproximadamente, renunció al poder y vivió como ciudadano privado. Al igual que otros tiranos, su elección y gobierno demuestran que la tiranía obedecía a la necesidad del pueblo de encontrar un líder contra la aristocracia.

    Tiranía de Samos:

    Para J. M. Blázquez se posee una información relativamente buena sobre la tiranía de Polícrates de Samos, instaurada a mediados del siglo VI a.C. Tal y como nos cuenta Hidalgo de la Vega, dominaban en la isla los geomoroi, una aristocracia de grandes terratenientes, y antes de la tiranía la isla se debatía en una gran conflictividad social, de la que quiso sacar partido un tal Demósteles de forma fallida. Según Domínguez Monedero, hacia 546 a.C. Polícrates, que perteneció a una familia aristocrática (según Shipley, hacia 560 a.C. el padre de Polícrates, Eaces, era ya tirano si bien es probable que fuese derribado por los geomoroi), se convirtió en tirano. En palabras de Herodoto, lo hizo con la ayuda de sólo quince hoplitas, si bien contó con el apoyo de Lígdamis de Naxos.

    Su actividad económica estaba volcada hacia el mar (de hecho controló el mar Egeo), posiblemente heredando la actividad de otros famosos aristócratas como Coleo. Tenía una flota de cien naves y mil arqueros; durante su gobierno la isla llegó a su máximo esplendor y se construyó el templo de Hera, que marcaba los límites de la ciudad. De igual modo, en su época Samos llegó a controlar la política exterior entre las ciudades griegas de su entorno y estados del oriente del Mediterráneo, sirviendo de freno a la amenaza persa. Estuvo en excelentes relaciones con el rey de Egipto, Amasis, con quien firmó tratados de amistad y de hospedaje público, aunque posteriormente, debido a su carácter tornadizo y temeroso de su poder, rompió el pacto y envió tropas mercenarias a los persas, resistiendo de forma ejemplar a su poderío.

    Se asemeja Polícrates a Pisístrato, Periandro, Hierón y Dionisio, en que, al igual que todos estos tiranos, contó con una guardia personal, “además de la mucha tropa asalariada para su defensa” según Herodoto, para mantenerse en el poder. Espartanos y corintios fueron sus encarnizados enemigos. Como en el caso de otros tiranos, también Polícrates reunió a los mejores poetas del momento. Su corte fue visitada por Anacreonte e Ibico,, poetas líricos ambos, y por Pitágoras. En su corte trabajaron Teodoro, que fabricó el anillo más preciado que tuvo Polícrates, y Mnesarco, padre de Pitágoras, que terminó huyendo y refugiándose en Sicilia. Vivió con gran lujo, llegándose a consagrar todos los ricos y vistosos adornos que tuvo en su aposento en el Herarion de Samos.

    Polícrates fue un gran constructor; además del túnel, obra de Eupalmio de Megara, para traer agua, hizo un puerto y, como ya antes se mencionó, el templo del Herarion, obra del arquitecto Roikos. Dentro de la ordenación urbana de las ciudades que llevaron a cabo los tiranos (Trasíbulo en Mileto, Polícrates en Samos, etc.), hay que situar la planificación geométrica, que después se atribuirá al arquitecto Hipódamo de Mileto, pero que es anterior a él. Su ambición le llevó a Magnesia de Meandro, donde fue capturado a traición por el sátrapa persa Oretes, atormentado cruelmente y colgado en un aspa.

    A raíz de su trágica muerte, Meandro asumió el poder por un breve tiempo, en el que intentó plasmar su proyecto democrático, basado en la máxima: “poner el poder en común y proclamar la igualdad”. Este intento fue abortado por los intereses aristocráticos, que se impusieron, de nuevo, de la mano del tirano Silosón, hermano de Polícrates, y ayudado por los persas.

    Tiranía de Naxos:

    Como señala M. J. Hidalgo de la Vega, la isla de Naxos, la más importante de las Cícladas, no está ubicada junto a las costas minorasiáticas, pero convencionalmente su tiranía se incluye en esta zona. Herodoto y Aristóteles nos informan de la tiranía implantada por el aristócrata Lígdamis en el siglo VI a.C., de la que a pesar de ello, y excepto que favoreció el desarrollo comercial de su isla, se conoce poco. Tuvo relaciones con Polícrates de Samos y con Pisístrato de Atenas, al que ofreció gran cantidad de recursos y tropas mercenarias, por lo que recibió su ayuda como tirano. No obstante, una expedición militar espartana puso fin a la tiranía y se estableció un régimen oligárquico, al que Herodoto llama el de “los gruesos”.

    TEMA V. SOCIEDAD Y DESARROLLO ECONÓMICO (SIGLOS VII-VI a.C.)

    2. EL AUGE DE CORINTO.

    Corinto fue, sobre todo en la época de su tiranía (Cipsélidas), la polis más próspera de Grecia, y de ello dan cuenta las fuentes. Así, Tucídides señala a Corinto como uno de los precedentes del poderío marítimo de Grecia (es el historiador ateniense quien señala los intentos corintios de imitación de los trirremes fenicios). De igual modo, el geógrafo Estrabón también nos aporta información sobre su prosperidad y riqueza.

    3. LAS ACTIVIDADES ARTESANALES.

    La arqueología confirma la temprana presencia de artesanos fenicios en la zona del Egeo, gracias a cuyas innovaciones comienza su desarrollo la artesanía griega. Asimismo, habría que destacarse el impulso dado a este sector por la política llevada a cabo por las distintas poleis, patente, por ejemplo, en la presencia de artesanos egipcios en Grecia o de griegos en ambientes foráneos, de ahí se explica que la mejor cerámica griega se encuentre en Etruria, donde los vasos griegos fueron depositados como ajuar funerario.

    Hemos de mencionar igualmente que se produce una mejora de los instrumentos, debido a la expansión del hierro así como a la introducción del torno de alfarero, con lo que se inicia una producción en serie. Además, nace una cierta solidaridad artesanal, una especie de conciencia de grupo, llegando en algunas poleis a agruparse en barrios específicos (barrios que progresan), con cultos comunes incluso. Los artesanos griegos (demiurgoi) disponían, asimismo, de una independencia económica y social, y sus principales clientelas eran las aristocracias.

    Los talleres son poco conocidos desde el punto de vista material, aunque se tienen algunas ideas al respecto. Eran pequeños talleres con pocos artesanos (la mayor parte de la población sería campesina). No exigían grandes inversiones, siendo lo preciso un torno (procedente del mundo oriental) y las materias primas (arcilla y colorante), pues el resto corría a cargo de la propia habilidad del artista. La mayor parte de los individuos que trabajaban en un taller eran autóctonos, aunque también nos encontramos con metecos. Por último, habría que destacarse que la mayoría de los talleres artesanales serían familiares, pues los hijos aprendían el oficio de sus padres y se quedaban con los talleres a la muerte de estos.

    Por otro lado, no todos los artesanos tenían la misma habilidad (había artesanos metalúrgicos, textiles, alfareros...) ni la producción era igualitaria (los objetos de uso común fueron fabricados en serie siendo almacenados para luego exportarlos, mientras que otros productos como joyas, orfebrería, etc., eran realizados por encargo, siendo el propio comprador el que había de proporcionar el material -la cantidad precisa de oro y plata- al artesano).

    Centrándonos en la cerámica, habría que decir que, aparte de bella y utilitaria, como producto perdurable suministra mucha información, constituyéndose en un documento histórico y arqueológico de primer orden que nos muestra las costumbres, los ritos funerarios, la mitología, etc., de los griegos.

    Por otra parte, la cerámica es, entre todos los testimonios arqueológicos griegos, aquél sobre el que se ha producido un sistema de datación, sobre todo a partir del siglo VII a.C. (así, podemos distinguir la polis de procedencia, su taller de origen, el estilo artístico, su cronología, etc.). Al respecto, podríamos referir que brillaron dos poleis sobre el resto: Corinto, que inventó en el siglo VII a.C. la cerámica de figuras negras, y Atenas, que en el siglo VI a.C. inventó la cerámica de figuras rojas.

    En cuanto al proceso de elaboración, podemos distinguir las siguientes fases: en primer lugar el ceramista modela el vaso con arcilla fina y depurada, añadiéndole a continuación al vaso las partes adicionales (pie y asas); en un segundo paso se le daba al vaso una primera cocción, no una definitiva, sino una parcial; en tercer lugar, el pintor decoraba la superficie del vaso con pinturas y barnices especiales mediante diferentes instrumentos o con sus dedos; finalmente, se le daba la cocción definitiva.

    A partir del siglo VII a.C. se generaliza el estilo orientalizante, fruto de los contactos entre griegos con gentes del Mediterráneo oriental.

    Con la cerámica orientalizante llegan nuevos temas decorativos, de carácter vegetal (volutas, palmetas, flores, el árbol de la vida, etc.) y, sobre todo, de carácter animal (leones, panteras, ciervos, etc., además de toda una gama de seres fantásticos como sirenas, esfinges, grifos, quimeras, gorgonas, centauros, etc.). Asimismo, domina lo curvilíneo frente a la línea recta, aparece una gran variedad de colores (negro, rojo, blanco, púrpura, etc.) y se introducen nuevos procedimientos (tales como la incisión) para dar a la figura mayor corporeidad, mayor relieve. Las escenas son más complejas, abundando las de caza, las de culto, y desarrollándose incluso temas mitológicos (el célebre vaso “François”, el más bello de todos, reproduce varios pasajes de los poemas homéricos). Por último, la tipología será también muy variada, e irá en relación con la función que desempeñe el vaso (según sea para contener perfume, aceite, agua, vino, transportar líquidos, servirlos, beberlos, guardar joyas, etc.).

    4. NAVEGACIÓN Y RUTAS MARÍTIMAS.

    Hesíodo nos informa sobre las condiciones en las que navegaron los griegos (nos ilustra acerca del mar, de las zonas de navegación, etc.). Los barcos de que disponían los griegos no eran muy apropiados para adentrarse en el Mediterráneo durante todo el año, con lo que establecieron épocas buenas y malas para navegar (conforme vayan mejorando en este terreno la estación favorable irá ampliándose).

    En época de Hesíodo la buena estación no se prolongaba más allá de los meses de junio, julio, agosto y septiembre. Gracias a la Odisea sabemos cuáles eran los vientos favorables y los desfavorables para la navegación. Así, el viento Noto, un viento caluroso y húmedo que sopla del Sur, era adecuado para regresar desde Egipto; en cambio, el viento Bóreas, viento frío del Norte, perjudicaba la navegación por el Adriático. Seguramente, en esta zona, los griegos habían de invernar y regresar en la buena estación.

    Por otra parte, en la Ilíada y en la Odisea Homero hace referencia a distintos tipos de barcos. A veces son descritos como barcos con veinte, cincuenta o incluso con cien remos. Los griegos de la época arcaica usaban para el comercio barcos panzudos con una vela cuadrada de tejido o cuero. Los buques mercantes griegos, más grandes y anchos que los de guerra, empleaban mucho más las velas que los remos.

    Otro tipo de embarcación fue la usada por los griegos para la exploración, la colonización o la guerra. Se trata de la Pentecóntera, un barco ligero, con un orden de remos impulsado por cincuenta remeros, que constituía el tipo más común de barco. A partir de este modelo se fue evolucionando hacia el birreme y el trirreme, impulsados por dos y tres órdenes de remos respectivamente.

    Las principales características de la Pentecóntera eran las siguientes:

    Era una nave con mucha eslora (longitud de la nave desde la proa hasta la popa) y poco puntal (la distancia vertical desde la quilla hasta la altura media o principal del barco). Por lo tanto contaba con un diseño dinámico. Solía medir treinta y ocho metros de eslora y algo menos de cuatro metros de manga (el ancho del barco), una relación perfecta para conseguir una mayor velocidad (podía alcanzar una velocidad de nueve nudos y medio por hora). Asimismo, eran barcos de poco calado (distancia entre la línea de flotación y la quilla).

    Aprovechaban estos barcos la vela todo el tiempo posible (utilizaban el viento siempre que podían), y sólo cuando no soplaba el viento se hacía uso de los remos. La fuerza de estos servía para dar mayor velocidad en menos tiempo, así como para poder maniobrar. Al tener que remar de un modo sincronizado, habían de entrenarse mucho. Por último, habría que decir que se contaba con un jefe de remeros, encargado de darles las órdenes y marcarles el ritmo, siendo el capitán el que llevaba el timón, que era un remo grande.

    Podríamos señalar, finalmente, que muchas de las rutas aparecen descritas en la Odisea, donde hace acto de presencia una Pentecóntera prototípica, la Argos, en la que Odiseo emprendió el viaje de vuelta a casa.

    5. LAS RELACIONES MERCANTILES.

    En cuanto a las relaciones mercantiles (esto es, el comercio), se distinguen dos fases claramente diferenciadas.

    En primer lugar, ha de destacarse el hecho de que ya a partir del siglo IX a.C. la presencia griega ya está documentada en un emporio comercial, en la factoría de Al Mina (literalmente “el Puerto”), en la desembocadura del río Orontes, en Siria. Aquí habían llegado griegos (sobre todo eubeos, que fueron los griegos que más temprano se lanzaron a buscar nuevos horizontes, siendo los primeros en probar suerte hacia el Tirreno) a partir del mencionado siglo portando su cerámica. Ello nos muestra el contacto entre griegos y fenicios, no ya en Grecia, sino en otros ámbitos mediterráneos. Chipre, por su parte, fue también un punto importante en esas navegaciones con fines mercantiles. Mencionar asimismo que la presencia de griegos no sólo está documentada en Al Mina (que fue la más temprana), sino también en otros lugares, como Tell Sukas (donde aparece igualmente cerámica griega) o Tarso. Sin embargo, toda esta zona quedó en el siglo VIII a.C. eclipsada debido al avance asirio.

    Una segunda fase coincidiría con el desarrollo de la gran colonización (desde el ecuador del siglo VIII hasta el siglo VI a.C.). El papel de los fenicios no sería tan importante en esta segunda etapa, aunque se mantuvieron las relaciones con los griegos.

    La idea fundamental reside en el hecho de que los griegos van a fundar enclaves estrictamente comerciales (emporia; en singular emporion), que se ubicaron en algunos sitios de Mediterráneo con poderes políticos fuertes, es decir, donde se hacía imposible fundar colonias debido a las autoridades autóctonas. Modelos fundamentales de emporia fueron Al Mina o Naucratis, en Egipto. A mediados del siglo VII a.C. este último fue concedido a los griegos, y allí pudieron elevar altares y templos. Además, era un lugar de paso obligado para todo el comercio destinado a Egipto.

    Un tercer ejemplo de emporion lo encontramos en Graviscae, que era el puerto de una ciudad etrusca, Tarquinia.

    Aquí se halló, en un santuario dedicado a Hera, una inscripción (en griego) votiva que nos cuenta: “Soy a Apolo Egineta, Sóstratos me hizo”. Se trata de una inscripción egineta fechada a fines del siglo VI a.C. y atribuida a un griego llamado Sóstratos. Herodoto, por su parte, se refiere en su libro IV a un famoso comerciante llamado Sóstratos de Egina, con una riqueza difícil de igualar. Asimismo, aparecieron gran cantidad de ánforas atenienses, datables hacia el último tercio del siglo VI a.C., marcadas con la inscripción SOS (comienzo de la palabra Sóstratos). Se desconoce si estos tres Sóstratos serían la misma persona o si pertenecieron a una misma familia de comerciantes.

    Por lo que respecta a las colonias, algunas de las fundadas por griegos pudieron tener fines estrictamente mercantiles. Al respecto podría destacarse Ischia (Pitecusa en la Antigüedad), frente a la costa de Campania, costa que en el siglo VIII a.C. era lugar de irradiación de la cultura etrusca (los eubeos querían contactar con los etruscos para vender sus productos y conseguir hierro). Fundadas con finalidad puramente mercantil hubo pocas colonias, y además éstas duraron poco.

    A cambio de los objetos que se llevaban, los griegos ofrecían productos que no son fáciles de valorar ni de conocer debido a la escasez de fuentes literarias al respecto. Aún así, reuniendo datos, podríamos reconstruir la oferta que los griegos podían presentar en estos intercambios: comestibles (el mundo griego era fundamentalmente agrario, y la agricultura pudo generar en ciertos lugares excedentes que luego exportaban. Así ocurría con el aceite, el vino, e incluso, con las conservas de pescado. Algo similar pudo ocurrir con el ganado, pero no se sabe con exactitud); perfumes (los griegos pudieron elaborar perfumes a partir de plantas, o adquirirlos en bruto y almacenarlos en sus vasijas hechas al afecto -aribaloi- para poder venderlos); textiles (Mileto fue famosa por sus tejidos de lana, y en Amorgos se fabricaban tejidos de lino que luego se difundían por Grecia); metales (plata y oro del Pangeo, hierro, etc.); y esclavos (la servidumbre por deudas hizo incluso que griegos fuesen vendidos como esclavos).

    Finalmente, habría que mencionarse que, junto con el desarrollo del comercio y de la producción artesanal, en muchos centros urbanos surgió un nuevo elemento que se iba a convertir, con el tiempo, en el factor decisivo de la economía: la moneda. Las primeras emisiones surgieron en la segunda mitad del siglo VII en Asia Menor y circularon entre el reino de Lidia y las ciudades griegas de la zona (estando realizadas en electrón, aleación de oro y plata). A partir de mediados del siglo VI a.C. algunas ciudades griegas dieron los primeros pasos en este terreno con emisiones como las de Corinto o las de Egina (las célebres “tortugas”, por la representación que llevaban grabada). Se creía hasta hace poco que la primera función de la moneda había sido la de manifestar de manera simbólica la independencia de la polis en consonancia con otras medidas similares, como la adopción de un sistema de pesos y medidas o el calendario. Sin embargo, parece hoy un hecho admitido que las emisiones monetarias fueron el resultado de una iniciativa comunitaria cuya finalidad era responder a las necesidades inmediatas de la ciudad tales como el pago de salarios, los gastos del armamento naval, el pago de multas y la recepción de impuestos y tasas, especialmente de carácter portuario. La moneda habría sido de esta forma un útil de gestión política puesto al servicio del bien común, de un “estado” que todavía por entonces no estaba completamente bien definido y separado de los intereses particulares y lógicamente desprovisto de todo el aparato administrativo y financiero que solemos asociar automáticamente a la palabra estado en nuestro lenguaje moderno.

    Aunque la escasez de pequeñas acuñaciones, unida a su escasa difusión exterior y a la diversidad de patrones monetarios, hacía improbable su utilización como instrumento de intercambio en el comercio con ultramar, la moneda fue progresivamente integrándose en las actividades comerciales intercomunitarias. Con el correr del tiempo fue adquiriendo una importancia cada vez mayor gracias al desarrollo del papel fiscal de Estado (cobro de tasas aduaneras, impuestos y multas) o de la financiación de ejércitos mercenarios, para quienes era la única forma viable de pago. Sin embargo, fue necesario esperar a los inicios del siglo V a.C. para que la moneda se convirtiera en un elemento de peso en la vida económica de las comunidades griegas.

    TEMA VI. COLONIZACIÓN Y HELENIZACIÓN (SIGLOS VII-VI a.C.)

  • CAUSAS DEL FENÓMENO COLONIZADOR.

  • Como señala el profesor Gómez Espelosín, a partir de mediados del siglo VIII a.C. las riberas del Mediterráneo comenzaron a poblarse de comunidades griegas desde un extremo al otro. La Hélade dejó de ser un término aplicable únicamente a la península balcánica y a algunas regiones costeras de Asia Menor, para abarcar en su conjunto a casi toda la cuenca mediterránea. Este movimiento migratorio tuvo una escala mucho mayor que los movimientos de la Edad Oscura, que concluyeron con la implantación de las ciudades jonias en Asia Menor, y estuvo vinculado a la constitución de la nueva forma de comunidad que se había desarrollado en buena parte de Grecia, la polis. Tenemos también mucha más información de este fenómeno, gracias a las fuentes literarias y arqueológicas.

    En efecto, para el profesor Blázquez, la gran colonización griega es uno de los fenómenos culturales más importantes de toda la historia de Grecia, sólo comparable a la expansión del helenismo, pues llevó la cultura griega arcaica y la vida urbana a todos los pueblos asentados en las orillas del Mediterráneo y del Ponto Euxino; además influyó poderosamente en las poblaciones situadas en el interior.

    En palabras de la profesora Hidalgo de la Vega, el término que los griegos utilizaban para designar una colonia era apoikia, que expresa la idea de trasladarse en busca de un nuevo oikos. Por otra parte, klerouchia, derivada de kleros, se refiere a los asentamientos fundados por los atenienses fuera del hogar patrio, en los que cada emigrante recibía una parcela de tierra, pero seguía perteneciendo a la comunidad ateniense, conservando la ciudadanía originaria. (En cambio, las apoikiai nacían como ciudades nuevas, con plena autonomía política y con sus propios ciudadanos. La polis de la que emigran será la metrópolis, con la que mantendrán relaciones estrechas dentro de la independencia entre ambas). Por último, un tercer término sería el de katoikia, que alude, a partir del siglo IV a.C., a las nuevas ciudades griegas establecidas por los sucesores de Alejandro Magno (los diadocos) en un ámbito geográfico ajeno al mundo helénico.

    Las causas que propiciaron la salida masiva de gentes en busca de nuevas tierras son complejas y no pueden reducirse a un único motivo.

    Uno de los principales condicionantes fue sin duda la necesidad de salir en busca de nuevas tierras. Dicha necesidad se explica dentro del marco de la nueva polis. En un período de crecimiento demográfico (arqueológicamente se ha constatado un aumento de la población, iniciado ya al final de la Época Oscura), la escasez de tierras cultivables (stenochoria) y un régimen de propiedad fundiaria que concentraba la propiedad en manos exclusivas del primogénito provocaron la existencia de numerosos elementos marginales en las ciudades griegas que no tuvieron otra opción que la salida en busca de mejores oportunidades en el exterior. Las poleis donde se originó este fenómeno eran por lo general pequeños estados que disponían de un territorio escaso y reducido que no podía dar cabida y alimento a una población numerosa.

    La dinámica particular de la lucha por el poder en el seno de las aristocracias dominantes en los diferentes estados griegos ocasionó frecuentes luchas internas que provocaron también un número considerable de exiliados políticos. Muchos de ellos se sumaron también al movimiento migratorio de estos momentos e incluso a veces lo encabezaron convirtiéndose en sus líderes. Junto a estos elementos obligados a la emigración por la fuerza de las circunstancias, no hay que descartar ni mucho menos la existencia de cierto número de simples aventureros que optaron por emprender este camino en busca de un enriquecimiento fácil, seducidos quizá por las historias que se contaban de los países de ultramar. No se puede descartar, en efecto, el componente estrictamente psicológico en una decisión tan trascendental como partir hacia tierras desconocidas. La inquietud, la ambición, la esperanza o el simple deseo de conocer otras tierras pueden y deben haber desempeñado un papel destacado dentro de ese complejo de motivaciones que impulsó a muchos individuos a lanzarse a esta arriesgada aventura.

    2. CARACTERÍSTICAS GENERALES.

    En primer lugar habría que destacarse el hecho de que las primeras poleis que iniciaron el fenómeno de la expansión ultramarina reunían dos condiciones esenciales: de un lado, el reducido tamaño de su territorio, y de otro, su favorable posición junto al mar. Así, las principales ciudades de Eubea, Calcis y Eretria, fueron las pioneras en la expansión hacia el sur de Italia con la fundación colonial de Pitecusa (isla de Ischia); o Corinto y Megara, que dominaban el istmo y con ello todo el tráfico que circulaba por él; o, por último, Focea o Mileto en las costas de Asia Menor, que emprendieron la expansión por el Mediterráneo occidental y las costas del mar Negro respectivamente.

    Como afirma el profesor Gómez Espelosín, cuando la comunidad adoptaba la decisión de fundar una apoikia, se procedía en primer lugar a la elección de un fundador, el oikistés, que se convertía así en el líder de la expedición con plenos poderes. Se trataba, por lo general, de miembros de las clases dirigentes que contaban con el suficiente prestigio como para encabezar con ciertas garantías una operación de esta envergadura. Su misión principal era la de proporcionar una sensación de seguridad al cuerpo expedicionario y ofrecer las soluciones requeridas en los momentos de peligro que podían presentarse en el curso del viaje. En palabras del profesor Domínguez Monedero, el oikistés dirigía la expedición, se preocupaba de conducirla a su emplazamiento definitivo y, una vez llegados al mismo, era el encargado de delimitar los diferentes “espacios” que iban a configurar la nueva polis, de repartir las tierras y garantizar una asignación equitativa a cada uno de los miembros de la expedición y, eventualmente, de dictar las primeras normas de carácter legislativo por las que iba a gobernarse la comunidad o, como poco, declarar la adopción de las existentes en alguna otra ciudad, habitualmente en la metrópolis. Estas acciones convertían al oikistés, como garante y protector de la comunidad, en un héroe al que se le rendía culto después de muerto.

    Con anterioridad a esta designación o a renglón seguido se procedía a la obligada consulta del oráculo de Delfos, que al tiempo que otorgaba legitimidad religiosa a la nueva fundación y justificaba su apropiación de tierras, proporcionaba también a los expedicionarios el grado de confianza necesario para emprender con garantías esta aventura, al contar con la sanción divina correspondiente. Toda empresa colonial tenía que hacer una consulta oracular por medio de la que obtenía información diversa sobre las rutas, los asentamientos más favorables y los que debían dirigir la expedición. En consecuencia, el santuario délfico fue alcanzando un prestigio cada vez mayor, a medida que avanzaba el proceso colonizador y a medida que la información que recogía y transmitía en forma de oráculos era más útil para los organizadores de las colonias. La elección del cuerpo de los expedicionarios se llevaba a cabo bien mediante el sorteo o mediante una leva de carácter forzoso. Por lo general, el número inicial de expedicionarios era reducido ya que nunca debió superar el millar de hombres. Posteriormente, ya una vez establecida la nueva fundación, acudían desde la metrópoli nuevos contingentes que servían de refuerzo a los primeros colonos y completaban la población de la nueva polis. Por fin, se cumplimentaban dos actos rituales obligados, como el sacrificio destinado a obtener buenos augurios y el traslado del fuego del hogar sagrado de la ciudad madre a la nueva fundación. El viaje se realizaba en naves de guerra de un tamaño relativamente reducido en las que se amontonaban las gentes y los utensilios correspondientes, con las consiguientes carencias e incomodidades (era la propia metrópolis la que solía facilitar los barcos, las provisiones y, en definitiva, todos los medios materiales para poder llevar a cabo el proceso de fundación de colonias).

    Se elegían tres tipos diferentes de emplazamiento: pequeñas islas frente a la costa, penínsulas o promontorios que sobresalían de ella, y lugares situados en la desembocadura de los ríos. Los tres emplazamientos presentaban características similares, ya que permitían una fácil defensa contra posibles ataques de los indígenas de los alrededores y posibilitaban al mismo tiempo el establecimiento de contactos regulares con esas mismas gentes, pero sin correr ningún tipo de riesgos innecesarios. Con el paso del tiempo la mayoría de estos establecimientos acabaron trasladándose a la costa, donde finalmente se fundaron estas nuevas poleis. Aunque al comienzo se elegía un promontorio de fácil defensa que pudiera controlar las tierras de cultivo colindantes (y es que, como señalan los profesores Austin y Vidal-Naquet, las colonias típicas eran, desde el punto de vista económico, comunidades agrarias autónomas, por lo que los emplazamientos de numerosas colonias fueron evidentemente elegidos en función de la calidad del territorio circundante: así ocurre con las colonias de Sicilia y del sur de Italia, en donde Metaponto adopta como símbolo monetario una espiga de trigo, una alusión perfectamente explícita), el trazado de estas nuevas ciudades se hizo posteriormente completamente regular. De esta forma se aseguraba la igualdad en la distribución de los lotes de tierras (kleros) en que era dividido el territorio de la colonia o chora entre los recién llegados que partían de cero en la nueva fundación, dejando atrás las viejas situaciones de privilegio que condicionaban la estructura de las viejas poleis continentales. Sin embargo, a pesar de esta situación de partida, pronto empezaron a constituirse también en estas nuevas fundaciones aristocráticas dominantes.

    En cuanto a las relaciones metrópolis-colonia, como ya antes se dijo, las ciudades griegas implicadas en el movimiento colonizador organizaban, equipaban la expedición y nombraban a un oikistés para que dirigiera el asentamiento colonial. A partir de aquí, y en palabras de la profesora Hidalgo de la Vega, la colonia se constituía como polis nueva e independiente, y los colonos serán sus nuevos ciudadanos. Con todo, esto no significa una ruptura total de relaciones con las metrópolis, sino que se siguen manteniendo de forma muy estrecha lazos especiales, derivados de un sentimiento inmaterial de pertenencia a linajes comunes y de participar en cultos comunes e instituciones políticas semejantes, además de poseer un dialecto común (según el profesor Finley, fueron poleis independientes, con vínculos psicológicos y sentimentales, no políticos ni económicos, con la respectiva “ciudad madre”). Esta relación de índole moral y cultural, constatada en las fuentes, se enriquecía con otra de carácter material, basada en alianzas político-militares y tratados comerciales, que beneficiaban a ambas. El vínculo moral significaba que la colonia estaba formalmente obligada a reconocer una dependencia filial respecto de su metrópolis, cuya violación era objeto de desprecio y vituperio. Sin embargo, en la mayoría de los casos se conciliaban los intereses de ambas partes por el sentimiento común de la pertenencia a un mismo grupo.

    Excepcionalmente las relaciones entre colonia y su metrópolis tenían forma de dependencia política, como es el caso de Corinto, que antes de la Guerra del Peloponeso enviaba anualmente a su colonia Potidea, en la Calcídica, un epidemiurgo con el cargo de magistrado principal de la colonia. Asimismo, Masalia, colonia focense y fundadora de otras colonias, ejercía una hegemonía política sobre éstas.

    Para concluir podría decirse que la fundación de una apoikia no era en el fondo otra cosa que el establecimiento de una nueva polis y por tanto se volvía a poner en marcha el proceso que ya había dado lugar en la península griega a este tipo de comunidades. Se establecía el culto al fundador a la manera del viejo culto heroico, se propiciaba su protección mediante ofrendas y sacrificios, y se erigía también un santuario en los límites del territorio, cuyo objetivo principal era delimitar el espacio cívico de la nueva ciudad frente al mundo indígena, al tiempo que establecía también a través de él una vía de apertura hacia aquél.

    3. PROBLEMAS Y CONSECUENCIAS DE LA EXPANSIÓN COLONIAL.

    Lo primero a tener en cuenta es el hecho de que antes de la gran expansión colonial que se llevó a cabo desde el siglo VIII al VI a.C., parece que hubo ya una serie de viajes y contactos que se pueden remontar a la Época Oscura y que aparecen reflejados en la tradición mítica.

    Probablemente, estas leyendas (de las que se hacen eco autores como Homero y Hesíodo) reflejen una etapa anterior a la fase colonial (y por tanto podría hablarse de precolonización); sería una época de tanteos, de contactos con finalidad mercantil, que aportaron una rica información geográfica sobre el Mediterráneo.

    Una segunda cuestión a tratar aquí es la centrada en las relaciones de los griegos con los indígenas en el mundo colonial.

    Como explica la profesora Hidalgo de la Vega, las colonias griegas se establecen en regiones geográficas muy heterogéneas y distantes, como la Magna Grecia y Sicilia, la costa minorasiática, la zona del mar Negro, la costa africana y las riberas del Mediterráneo occidental. Esta realidad física, unida a las diversas situaciones en las que se encuentren los indígenas en el momento de llegada de los colonos y junto con las condiciones en que se realicen los asentamientos, determinarán la gama diversa de relaciones entre ambos.

    Habitualmente, las colonias se fundan en zonas en donde existe ya un poblamiento prehelénico y en el que la población muestra una receptividad y actitud favorable hacia los griegos. Existen abundantes testimonios escritos que constatan diversas formas de colaboración a través de pactos con los indígenas, por ejemplo, para aprovisionar mujeres con vistas a la reproducción de los colonos. Asimismo la evidencia arqueológica ha puesto de manifiesto huellas evidentes de convivencia o de coexistencia pacífica entre ambas comunidades. Este pacifismo queda patente, por ejemplo, en la concesión de la ciudadanía griega a indígenas, en la escasez de recursos defensivos en algunas colonias o en la práctica de matrimonios mixtos. En palabras del profesor Gómez Espelosín, estos debieron de ser frecuentes y este hecho propició la existencia de una abundante población mestiza que habitaba por lo general en la periferia de las zonas rurales cercanas y dependientes del establecimiento griego. Éste fue el caso de la mayoría de los establecimientos del mar negro, donde se llegó a crear incluso un reino a base de este tipo de población: el del Ponto, cuyo centro era la ciudad de Panticapeo.

    Estas buenas relaciones facilitaban los intercambios comerciales que se fueron confirmando de forma sólida (los indígenas buscaban los productos griegos manufacturados como la cerámica u otra clase de objetos de metal, mientras que los griegos recibían productos perecederos o textiles que no han dejado rastro alguno, o esclavos). Pero también hay datos significativos de violencia y enfrentamientos, de los que habla Arquíloco en sus poemas en torno a la fundación de Tasos y las luchas contra los “perros tracios”. En Epidamno, en la costa adriática, fue necesario elegir un magistrado especial para que se encargase de los intercambios comerciales con los indígenas ilirios por los problemas que suscitaba su llegada masiva hasta la propia ciudad. Otro caso curioso es el de Emporion, en España, donde a pesar de que una misma fortificación defensiva protegía a la ciudad griega y a una comunidad indígena, sin embargo, ambas se encontraban a su vez separadas entre sí por otro muro transversal.

    En líneas generales los conflictos con la población indígena están relacionados con la necesidad de los colonos griegos de penetrar en el interior para explotar nuevas tierras de cultivo según las necesidades del crecimiento demográfico de las colonias. Esto ocurrió en Sicilia y en otras zonas, en las cuales la explotación agraria exigía una mano de obra mayor, sirviéndose de los indígenas para ello y ejecutando los llamados pactos de servidumbre, que son en realidad prácticas de sumisión que desembocaron en formas de dependencia entre la libertad y la esclavitud. Son los casos de los cilirios en Siracusa y los mariandinos en Heraclea Póntica.

    En otras ocasiones el proceso de desarrollo colonial coadyuvará a una serie de cambios que permiten la existencia de la esclavitud como mercancía, con lo que serán los indígenas los que se conviertan en esclavos.

    Desde una perspectiva global, toda fundación colonial implicaba al elemento indígena en sus diversas relaciones con los griegos, que podían ir desde los contactos y la colaboración estrecha, conservando su independencia aunque integrado en ella, hasta las diversas formas de sometimiento. Con todo, el resultado es el establecimiento de unas sólidas relaciones materiales y culturales entre el mundo colonial y el indígena, cuya culminación a lo largo de varios siglos se denominará “helenización”.

    Ya dentro de las consecuencias de la colonización, habría que destacarse tres tipos de estímulos: los políticos, los comerciales y los culturales.

    En cuanto a los primeros, habría que señalarse que la colonización griega de época arcaica tuvo un significado trascendental en el desarrollo interno de las poleis griegas y en la historia general del Mediterráneo. Esta colonización estuvo estrechamente vinculada con la aparición y el desarrollo de las ciudades-estados griegas. Los diversos factores históricos influyen unos sobre otros de forma recíproca. La colonización fue motivada y estimulada por la falta de tierras y el reparto irregular de ella por parte de los aristoi, y también por la necesidad que esta aristocracia griega tenía de buscar formas alternativas de enriquecimiento, basadas en las actividades artesanales y comerciales.

    A esta situación se suman las transformaciones en el arte de combatir, que dan lugar al ejército hoplítico y a las demandas de los que forman parte de él por participar de lleno en la politeia. A su vez las colonizaciones incentivaron el desarrollo comercial, sobre todo, del comercio marítimo.

    Por lo que respecta a los estímulos comerciales, para la Grecia continental, que era un país árido, con pocas materias primas y cereales, la extensión del comercio tuvo consecuencias muy favorables para su propio desarrollo como poleis. La economía de las ciudades griegas, tanto metropolitanas como colonias, se desarrolló de manera muy rápida pero no homogénea. El enriquecimiento de sectores significativos de la población de las ciudades no comportó una contrapartida equivalente en el plano político, generándose nuevos conflictos. Las soluciones que se adoptarán variarán según los casos, pero fenómenos como las tiranías o los legisladores están relacionados evidentemente con el movimiento colonial.

    Por otra parte, la exportación a regiones, ajenas hasta entonces a este modelo, de un sistema político que se estaba desarrollando además en ese mismo proceso de expansión, supuso una serie de innovaciones con respecto a los esquemas organizativos difundidos por los fenicios en el Oriente Mediterráneo.

    Finalmente los estímulos culturales. De forma similar, de esta historia forman parte las relaciones que los griegos establecieron con el mundo indígena y los modelos de comportamientos de ambas partes, históricamente determinados por las formas de apropiación de la chora y por la capacidad de resistencia, reacción e integración del sistema social indígena. Esta situación dará origen en cada caso a diversos procesos de “helenización”, que aportarán elementos novedosos a las poblaciones no griegas, de carácter material y cultural, que modificarán de formas distintas su situación anterior.

    A pesar de que globalmente el proceso de desarrollo histórico de Grecia en esta época siguió una línea muy definida, sus particularidades locales presentan una serie de diversidades, que explican los diferentes fenómenos históricos que se dan dentro del cuadro general de la sociedad griega de época arcaica.

    74

    Vídeos relacionados