Historia de España

Historia de España. Al-Andalus. Musulmanes. Califato de Córdoba. Decretos de Nueva Planta. Felipe de Anjou. Organización territorial. Encomiendas. Indígenas americanos. Guerra de los Treinta Años. Paz de Westfalia

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Trabajo de Historia


AL-ANDALUS

Se considera Al-Andalus como el territorio dominado por los musulmanes en la Península Ibérica desde su llegada en el 711 hasta la expulsión de su último núcleo político situado en Granada, en 1492.

A principios del siglo VIII, los árabes, que ya dominaban todo el norte de África decidieron expandirse por Europa y por ello, iniciaron la ocupación de la Península Ibérica que en ese momento estaba poblada por los visigodos. La conquista comenzó en el año 711, cuando el rey visigodo Rodrigo fue derrotado por los musulmanes en la batalla del Guadalete, tras la cual, los árabo-bereberes dirigidos por Muza y Tariq decidieron proseguir con el asedio en la Península, que resultó ser muy rápido, pues en menos de cinco años se hicieron con el dominio del territorio peninsular. Esta rapidez se debió a los conflictos internos de la monarquía visigoda y la indiferencia de la población ante su caída, además de la poca resistencia militar que los visigodos opusieron al avance de los musulmanes. Predominó el sistema de pactos y capitulaciones con la nobleza y las ciudades, para que los nobles visigodos pudieran mantener sus propiedades. El respeto manifestado por los musulmanes hacia los cristianos, contribuyó a facilitar la conquista.

A partir del año 725 los musulmanes continuaron su expansión por el reino franco pero su derrota en Poitiers les hizo replegarse a la Península. La oposición de vascos, cántabros y astures, y el carácter inhóspito de aquellas tierras hizo desistir a los musulmanes de su conquista, estableciéndose como frontera de sus dominios la cordillera Cantábrica y los Pirineos.

Hasta el 756, Al-Andalus pasó a ser una provincia del Islam bajo de la soberanía de un emir que dependía de los califas Omeyas de Damasco, gobernada por valíes designados en el norte de África. La capital se estableció en Córdoba. Durante esta etapa, conocida como emirato dependiente, sucedieron numerosos enfrentamientos entre los bandos de la aristocracia árabe: árabes, sirios, bereberes… provenientes tanto por controlar el gobierno de la Península como por las discriminaciones a la hora del reparto de las tierras conquistadas. Así, la península se dividió en varios núcleos de población: los árabes se establecieron en las tierras fértiles del Guadalquivir, del Levante y del Ebro, y los bereberes se vieron relegados a las zonas montañosas y a la Meseta. La inestabilidad política de Al-Andalus permitió al reino de Asturias surgido tras la batalla de Covadonga (722), afianzar su independencia.

La caída de la dinastía de los Omeyas y su sustitución por los Abasíes tuvo repercusiones en el territorio peninsular. El único miembro superviviente de la dinastía derrocada, Abd al-Rahman consiguió huir de la persecución y hacerse con el poder en Al-Andalus, instaurando un emirato independiente que solo acataba la autoridad del califa residente en Bagdad. De esta forma, el monarca fundó el Emirato de Córdoba (756 - 929). Para afianzar su poder, aumentó la recaudación de impuestos, formó un núcleo de fieles que ocuparon cargos públicos y organizó un ejército mercenario (bereberes, eslavos…). Durante este periodo de tiempo, Al-Andalus adquirió una organización estatal completa pero también hubo crisis internas. Se dieron algunas rebeliones de los muladíes (hispanos convertidos al Islam) a causa del aumento de la presión fiscal y la intransigencia religiosa. Estas tensiones se reflejaron en las tendencias autonomistas de las marcas (provincias fronterizas), Toledo, Mérida y Zaragoza, que pretendían independizarse de Córdoba.

Todo ello propició la debilidad política del emir y hacia el año 900, Al-Andalus se convirtió en un retablo de numerosos reinos taifas. El avance de los cristianos por el norte península constituía una amenaza cada vez más poderosa.

En el 929, Abd al-Rahman III adoptó el título de califa lo que significó la independencia religiosa de Al-Andalus y la creación del Califato de Córdoba, etapa de mayor esplendor económico, cultural y artístico en la historia de Al-Andalus. El monarca fue capaz de acabar con las rebeliones internas, en especial con la tentativa independentista del muladí en Málaga, consiguió someter todo el territorio andalusí, frenó el avance cristiano por la meseta norte, y transformó a reyes y condes en vasallos suyos, que le pagaron tributos. Fortaleció el Estado haciendo efectiva una centralización fiscal que le dotó de amplios recursos económicos. Su política exterior se basó en establecer relaciones diplomáticas con Constantinopla y por imponer su autoridad en el norte de África.

En el último cuarto del siglo X, se estableció en el califato una dictadura militar cuyo fundador fue el aristócrata, Al-Mansur. Desarrolló una política de acciones militares que atentaba contra los derechos humanos de los reinos cristianos; ya que estos éxitos bélicos se tradujeron en más de 50 razias (revueltas), en las que además de recursos económicos, buscaba castigar a los infieles y afianzar su propio prestigio. De este modo, se acentuaron las diferencias entre los grupos étnicos de Al-Andalus provocando la ruina del califato (1031) y la fragmentación de Al-Andalus en numerosos reinos taifas, estados independientes que se pueden clasificar en tres grupos, en función de su composición étnica y cultural. Cabe destacar Sevilla, Córdoba, Badajoz, Toledo y Zaragoza como taifas árabes; Málaga y Granada como bereberes; y Tortosa, Valencia, Játiva y Murcia como eslavos en el litoral mediterráneo.

Esta fragmentación debilitó Al-Andalus y fue aprovechada por los reinos cristianos que pasaron a la exigencia del pago de parias a cambio de su protección. El territorio ibérico musulmán volvió a unificarse bajo el imperio de los almorávides y de los almohades, qu amenazaron gravemente a los cristianos. La reacción de éstos, auspiciada por el Papa Inocencio III, se materializó en la victoria de Las Navas de Tolosa (1212) por la que los almohades eran derrotados y derivó en la gran expansión cristiana que redujo el espacio dominado por los musulmanes al reino de Granada, que pervivió hasta 1492, cuando los Reyes Católicos expulsaron al último núcleo de población musulmana instalada en este lugar.

La sociedad andalusí fue un mosaico cultural y étnico, donde la tolerancia religiosa acompañó un alto grado de desarrollo económico y social que tuvo en las ciudades su principal exponente.

El Estado de Al-Andalus se organizó de forma centralizada a partir del poder autocrático de emires y califas que eran la máxima autoridad y cuyo poder se extendía a ámbitos judicial, económico, militar y a la política exterior. La administración se estructuraba en divanes (ministerios). Hacienda tenía una importancia básica ya que se encargaba de obtener los recursos económicos necesarios para mantener el Estado, estableciendo un sistema fiscal centralizado basado en el pago de tributos de la población y en los que las ciudades desempeñaron un papel importante por sus actividades comerciales y artesanales, y por su función de centros de recaudación territorial. La justicia estaba a cargo de los cadíes nombrados por emires y califas. El territorio estaba dividido en provincias gobernadas por un valí, también nombrado por emires y califas. Las provincias fronterizas, o marcas, tenían un estatuto especial y en ellas el valí asumía actividades militares. Se organizaron tres: la inferior, en torno a Badajoz, la media, alrededor de Toledo, y la superior, con capital en Zaragoza.

Emires, califas, altos funcionarios y jefes del ejército se beneficiaron de los ingresos fiscales y de los botines de la guerra. La aristocracia árabe, se caracterizó por su proximidad al poder y por la posesión de tierras que explotaban por medio de siervos, de mozárabes y muladíes. Esta posición dominante, acentuó las diferencias con los bereberes.

La población fue muy heterogénea. La religión actuó como el principal elemento diferenciador entre musulmanes, cristianos y judíos. Había también diferencias étnicas entre los musulmanes, que se encontraban formados por distintos grupos tales como árabes, bereberes, hispanos, negros del Sudán y eslavos.

Los musulmanes practicaron la tolerancia religiosa aunque favorecieron la adopción del Islam por parte de los hispanogodos. Los cristianos que se islamizaron, los muladíes, pagaban menos impuestos y tuvieron el reconocimiento jurídico pero en posición subordinada a la aristocracia árabe, lo que motivó numerosos conflictos. Los mozárabes eran los cristianos que vivían bajo el dominio musulmán. Los judíos mantuvieron sus prácticas y costumbres, residieron en barrios diferenciados de las ciudades, las juderías, donde se encontraba la sinagoga.

Al-Andalus se incorporó al sistema económico del mundo islámico, un mundo fuertemente urbanizado. Sus ciudades eran centros de producción artesanal y de un activo comercio. El impulso urbano se asoció también a su carácter de centro administrativo, político, religioso e intelectual. Mantuvo relaciones mercantiles con la civilización islámica y con los países cristianos. La agricultura tuvo un papel secundario, aunque aportó importantes novedades como la intensificación del regadío y la introducción de nuevos cultivos. Fue una agricultura intensiva muy desarrollada, que generó excedentes orientados al abastecimiento del mercado urbano. Predominaron la actividad artesanal y la industria textil como grandes talleres del Estado, y cobró importancia el comercio exterior: se importaban esclavos de Oriente, de África y de Europa, así como primeras materias (pieles, madera, metales…) y se exportaban productos manufacturados, sobre todo de lujo. La circulación de la moneda fue abundante, al ser la Península centro de confluencia de las rutas comerciales asiáticas, africanas y europeas.

El desarrollo cultural tuvo en el Corán su punto de referencia básico y en el uso de la lengua árabe, el medio fundamental de relación con otras culturas orientales. Córdoba se convirtió en centro de irradiación islámica. La traducción de obras científicas griegas, indias, persas o chinas permitió su divulgación en Occidente, como muestra la matemática india que ha proporcionado los números que actualmente utilizamos. Cobraron importancia la medicina, la botánica y la astrología, que permitieron el conocimiento de las plantas e impulsaron la observación de los astros.

En las artes, la arquitectura alcanzó un especial relieve y constituyó una muestra del esplendor de los Omeyas, ya que contenía elementos decorativos que excluían las representaciones humanas y de animales. Ejemplos de construcciones importantes son: la mezquita de Córdoba, el palacio de Medinat al-Zahra, el palacio de la Aljafería (residencia de los reyes de Zaragoza), la Giralda y la Torre del Oro (Sevilla).

En lucha contra los musulmanes se forjó un conjunto fragmentado de reinos cristianos que compitieron entre sí por el dominio musulmán. Su dinámica se asentó en la repoblación de las tierras que iban conquistando a Al-Andalus con campesinos cristianos, en un proceso que se conoce como Reconquista. La guerra contra los musulmanes fue un elemento decisivo de la configuración de las sociedades cristianas. El conflicto tuvo importantes consecuencias sociales. En las zonas de frontera fueron estableciéndose campesinos libres, atraídos por la posibilidad de conseguir tierras y disfrutar de los privilegios garantizados en los fueros concedidos por el monarca. Se favoreció así la dinámica de la feudalización, un sistema político en el los campesinos trabajaban la tierra de un señor a cambio de darle una serie de tributos (parte de la cosecha obtenida). La causa de este sistema político fue el miedo a nuevas despoblaciones en el territorio peninsular, ya que a partir de la Reconquista se habían formado vacíos demográficos por la huida de los musulmanes hacia el reino de Granada (único dominio musulmán que permaneció hasta 1492). El feudalismo, derivó en la formación de señoríos jurisdiccionales donde los señores dictaban castigos e imponían obligaciones y pagos a los campesinos. Además, surgieron grandes latifundios que fueron repoblados con ganado, pues la población se hallaba muy dispersa por temor a ser expulsada si se descubría su creencia religiosa. La lana castellana procedente de la oveja merina era de gran calidad y tenía una demanda procedente de Europa. La pacificación de La Mancha, Extremadura, y de Andalucía se acompañó de la formación de grandes pastos y de la organización del Concejo de la Mesta, que reunió a los ganaderos con el fin de organizar la trashumancia y de conseguir las cañadas, es decir, el privilegio de paso de los rebaños por las tierras, en extorsión de los agricultores. Durante el invierno, los rebaños se trasladaban hacia los pastos meridionales y en verano, hacia los septentrionales.

El monarca otorgó cartas de población que contenían privilegios para los repobladores con la finalidad de impulsar la colonización de las nuevas tierras. Por otra parte, el deseo de expulsar a los mudéjares (musulmanes que conservaron sus costumbres y hábitos), moriscos (musulmanes convertidos al cristianismo) y judíos, dio paso a la creación del tribunal de la Inquisición cuya misión fue suprimir la herejía y otros actos considerados delitos contra la fe cristiana. Tras años de persecuciones y de confiscación de sus bienes, los judíos y moros fueron obligados a convertirse al cristianismo o a exiliarse. Esta situación desencadenó en nuevos vacíos demográficos, ya que los musulmanes y judíos que se marchaban de la península llevaban consigo sus propiedades.

El arte románico, mozárabe y el mudéjar fueron expresiones artísticas claras de este periodo histórico, que tenían carácter religioso. El desarrollo de las monarquías y de las ciudades auspició el surgimiento de una literatura profana escrita en lengua vulgar que glosaba figuras heroicas, introducía temas mundanos y daba origen a la poesía trovadoresca. De esta forma fueron surgiendo las lenguas romances y se crearon escuelas de traductores, fue importante la de Toledo, que se convirtieron en un punto de encuentro de intelectuales musulmanes, cristianos, judíos y extranjeros.

Por todo ello, se puede decir que Al-Andalus se caracterizó por la convivencia de las culturas cristiana, judía y musulmana, tan diferentes entre sí, que residieron en ocasiones pacíficamente y otras veces derivando en numerosos conflictos. Dotó al patrimonio histórico de España con grandes construcciones del tipo mozárabe, que incluso los reconquistadores conservaron intactas por su asombrosa belleza; actualmente se conservan muchas de las construcciones de aquel tiempo como La Giralda de Sevilla o la Aljafería de Zaragoza.

DECRETOS DE NUEVA PLANTA

Son una serie de decretos que en la España de principios del siglo XVIII con los cuales cambió la organización territorial de los reinos de la Corona de Aragón, que habían luchado contra Felipe V de España en la Guerra de Sucesión Española y que suprimieron el gobierno propio de los reinos de Aragón, Valencia, Mallorca y del principado de Cataluña.

Fueron promulgados por Felipe de Anjou en respuesta al apoyo que las instituciones de estos territorios habían prestado al archiduque Carlos de Austria más tarde el emperador Carlos VI en la guerra de Sucesión. La Corona de Aragón había apoyado a este último y los reinos de Castilla y Navarra al pretendiente borbónico. Obedecen, también, a la tendencia centralizadora que el rey había conocido en su Francia natal. Esta tendencia consideraba que la mejor forma de gobernar sus reinos y territorios era con unas mismas leyes y con unas instituciones similares que fueran totalmente dependientes de la Corona.

Los Decretos de Nueva Planta, excepto en el Valle de Arán, Navarra y en las Provincias Vascongadas, terminaron con la tradición confederalista que habían tenido los monarcas de la Casa de Austria en España y tuvieron el fin y el efecto de castigar a los que se habían alineado en contra del pretendiente borbónico, que pasó a reinar con el nombre de Felipe V. Abolieron los antiguos fueros propios de los reinos y condados de la Corona de Aragón (excepto en el Valle de Arán) y extendieron la organización administrativa del Reino de Castilla y el uso del castellano a estos territorios, siguiendo el modelo centralista de los Borbones franceses.

En 1707 se promulgó el primer decreto de Nueva Planta que abolía los fueros de Aragón y Valencia imponiendo una legislación y unas instituciones muy similares a las del reino de Castilla. Se crearon las audiencias de Valencia y Zaragoza que presidía el capitán general del Ejército.

En Aragón, los decretos de Nueva Planta supusieron grandísimos cambios ya que desaparecieron de un plumazo los organismos privativos de Aragón: las Cortes, la Diputación del reino, el Justicia y su tribunal... el Consejo de Aragón fue incorporado a Castilla, se implantó una nueva división administrativa con trece corregimientos, se reformó el sistema de nombramiento de cargos, etc. etc. Aragón entraba desde ese momento en la vía de la uniformidad castellana. Un tiempo después, sin embargo, Felipe V permitía que en la recién creada Audiencia pudieran aplicarse las leyes de Aragón en la sala de lo civil, aunque en la de lo criminal sólo podía regir el derecho penal castellano. Se devolvía, por tanto, una parte del Derecho, aunque sin posibilidades de renovarlo y adaptarlo al transcurso del tiempo al haber desaparecido las Cortes de Aragón. A partir de ese momento la centralización y la uniformización se impusieron en la mayor parte de lo que llegaría a ser España. El hecho de no tener, a partir de entonces, noticias especiales para Aragón ni en el resto de este reinado ni en el de Fernando VI demuestran la efectividad de la anulación política aragonesa. Con Carlos III se conoce la primera queja importante y oficial de Aragón frente a la pérdida de sus leyes e instituciones. Durante este reinado, y al igual que en la capital de España surgió el conocido motín de Esquilache; algunos lugares de Aragón vivieron en la primavera del año 1766 diversos levantamientos.

El segundo decreto se promulgó en 1715 para el reino de Mallorca aunque se conservaba parcialmente alguna de sus instituciones tradicionales. En 1716, se publicó el tercer decreto para el principado de Cataluña que disolvió sus instituciones de gobierno (Generalitat, Consell de Cent…). Se suprimieron, también, otras instituciones y derechos tradicionales como la prerrogativa de celebrar cortes, la representación de los brazos, la coronela y diversos organismos burocráticos. Se creó la Real Audiencia, presidida por el capitán general y un consejo que heredó los bienes y rentas que tenía la Generalitat y creó un nuevo tipo de impuesto, el catastro, que gravaba propiedades urbanas y rurales y los beneficios del trabajo, el comercio y la industria. El idioma oficial dejó de ser el catalán y fue sustituido por el castellano, aplicándose desde entonces obligatoriamente en las escuelas y juzgados. También se cerraron las universidades catalanas que apoyaron al archiduque Carlos, trasladándose a Cervera, que se había mantenido fiel a Felipe V. El decreto también afectó al poder territorial, organizándose los corregimientos a la manera castellana. Aun así, se conservaron algunas particularidades como la vigencia de derecho privado, la exención de quintas y el oficio de notario público de Barcelona.

Cataluña fue el territorio que mostró más resistencia a la implantación del Decreto lo que supuso que sus efectos fueran también los más duros. Abolían la Generalitat de Cataluña, las Cortes, el Consejo de Ciento. Además se sustituía al virrey por un capitán general y se dividía Cataluña en corregidurías, como Castilla y no en las tradicionales vegueries. Se estableció el catastro gravando. Igualmente,

Este decreto no afectó al régimen político-administrativo del Valle de Arán y, por eso, no fue éste incorporado a ninguno de los nuevos corregimientos en que se dividió el Principado de Cataluña.

Los decretos significaron la abolición del sistema existente hasta entonces en la Corona de Aragón, formalmente pactista. En el caso catalán y aragonés se mantuvo el derecho civil, en Valencia no. Se suprimieron las libertades de la población y se implantó el absolutismo, como sistema político, en el que el monarca era la autoridad absoluta, implantándose la pirámide de clases sociales; los estamentos sociales eran cerrados y no se podía aspirar a ser parte de una clase social superior. Las cortes no se volvieron a convocar y se concedió a algunas poblaciones el derecho de asistir a las cortes castellanas, convertidas en cortes del reino. Desaparecieron todas las instituciones representativas, incluso a nivel local. Se modificaron los mecanismos de elección de los gobiernos municipales. El municipio pasó a ser elegido por un corregidor militar, y el rey designaba a los regidores y corregidores. Los regimientos fueron ocupados por la nobleza o las oligarquías; las competencias de los municipios fueron reducidas drásticamente. Se suprimieron también las leyes que impedían incrementar la fiscalidad. Con la abolición de los fueros el sistema fiscal pasó a ser el mismo que en la Corona de Castilla.

TRABAJO DE LOS INDÍGENAS AMERICANOS TRAS LA CONQUISTA: LAS ENCOMIENDAS

La encomienda fue una institución socio-económica mediante la cual un grupo de individuos debía retribuir a otros en trabajo, especie o por otro medio, por el disfrute de un bien o por una prestación que hubiese recibido.

A pesar de que en Castilla durante la Edad Media, se trataba de territorios, inmuebles, rentas o beneficios pertenecientes a una orden militar a cuyo frente se encontraba un comendador, en América constituyó un sistema de trabajo forzado y abuso sexual para los pueblos originarios en favor de los españoles.

Fue una institución característica de la colonización española de América y Filipinas, que establecía un sistema de trabajo forzoso. Jurídicamente fue establecida como un derecho otorgado por el Rey en favor de un súbdito español (encomendero) con el objeto de que éste obtuviera los tributos o los trabajos que los súbditos indígenas debían pagar a la monarquía. A cambio, el encomendero debía cuidar del bienestar de los indígenas en los aspectos espiritual y terrenal, asegurando su mantenimiento y su protección, así como su adoctrinamiento cristiano. Pero en la realidad, la encomienda estaba vinculada a una cultura que considera que el trabajo es indigno de un hombre libre.

Los tributos indígenas (que podían ser metales, ropa o bien alimentos como el maíz, trigo, pescado o gallinas) eran recogidos por el cacique de la comunidad indígena, quien era el encargado de llevarlo al encomendero.

Este organismo permitió consolidar la dominación del espacio que se conquistaba, puesto que organizaba a la población indígena como mano de obra forzada de manera tal que beneficiaran a la corona española. Supuso una manera de recompensar a aquellos españoles que se habían distinguido por sus servicios y de asegurar el establecimiento de una población española en las tierras recién descubiertas y conquistadas. Inicialmente tuvo un carácter hereditario, posteriormente se otorgó por tiempo limitado.

La encomienda de indios procedía de una vieja institución medieval implantada por la necesidad de protección de los pobladores de la frontera peninsular en tiempos de la Reconquista. En América, esta institución debió adaptarse a una situación muy diferente y planteó problemas y controversias que no tuvo antes en España.

Si bien los españoles aceptaron en general que los indígenas eran seres humanos, los definieron como incapaces que, al igual que los niños o los discapacitados, no eran responsables de sus actos. Con esa justificación sostuvieron que debían ser "encomendados" a los españoles. Desde un comienzo los encomenderos abusaron de sus encomendados y encomendadas, explotándolos tanto laboral como sexualmente.

La encomienda también sirvió como centro de aculturación y de evangelización obligatoria. Los indígenas eran reagrupados por los encomenderos en pueblos llamados "Doctrinas", donde debían trabajar y recibir la enseñanza de la doctrina cristiana a cargo generalmente de religiosos pertenecientes a las Órdenes regulares. Los nativos debían encargarse también de la manutención de los religiosos.

Las constantes denuncias frente al maltrato de los indígenas por parte de los encomenderos y el advenimiento de la llamada catástrofe demográfica de la población indígena, provocaron que la encomienda entrara en crisis desde finales del siglo XVII, aunque en algunos lugares llegó a sobrevivir aún hasta el siglo XVIII. La encomienda fue siendo reemplazada por un sistema de esclavitud abierta de personas secuestradas en Africa y llevadas forzadamente a América.

Por otra parte, la encomienda difundida en Perú y México, permitía servirse del trabajo de los nativos y su articulación acabó siendo similar a la del señorío: a cambio de una supuesta protección y de procurar la conversión de los nativos a la fe cristiana, éstos quedaban obligados a pagar tributos y trabajar forzosamente para el encomendero. En otras regiones, la forma de explotación más difundida fue la mita; el trabajo forzoso se articulaba en forma de sorteos que obligaban a los nativos a trabajar para los caciques.

Jurídicamente estuvo regulada por las Leyes de Burgos que respondían al deseo real de evitar los abusos de los colonos y de mantener bajo su control el Imperio, prohibiendo la esclavitud, pero obligando a los nativos a trabajar para los colonizadores. A pesar de ello, se realizaron grandes abusos y años más tarde se redactaron las Leyes Nuevas de Indias que abolieron las encomiendas, aunque en la realidad siguieron existiendo hasta el siglo XVIII. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los Reyes Católicos de suprimir los abusos cometidos contra los indígenas, las dificultades de comunicación entre las diferentes regiones del Imperio español provocadas por la distancia entre las mismas condujeron a una gran autonomía respecto al poder real. De este modo, la corrupción y la explotación de los indígenas fueron desde el principio rasgos destacados de la administración en América. Sólo bien adentrado el siglo XVI, la Corona recuperó el control parcial de sus atribuciones sobre estos territorios con el impulso recibido por el Consejo de Indias.

Las disposiciones de la Corona para evitar los abusos sobre la población fueron incumplidas de forma usual, a pesar de las continuas denuncias del padre Bartolomé de las Casas sobre la explotación a que se estaba sometiendo a los indios. Este religioso propició que los monarcas abolieran la esclavitud de los indios con las Leyes Nuevas.

La abolición de la encomienda unida al hecho de que la colonización del Nuevo Mundo tuvo consecuencias demográficas devastadoras para la población indígena (la principal causa de este desastre demográfico fue su ausencia de defensas contra las virus y bacterias aportadas por los españoles), obligó a impulsar el intenso tráfico de esclavos desde África, primero bajo control portugués y, más tarde, holandés.

Las encomiendas aunque al principio los reyes las promulgaron con el fin de recaudar los tributos que debían pagar los nativos a la monarquía española, finalmente se convirtieron en la forma más usual de explotar a los indios americanos. Así atentaron contra los derechos humanos de los indígenas, que eran obligados a trabajar en condiciones infrahumanas y además eran abusados sexualmente por parte de los españoles. Los colonizadores solo buscaban apoderarse de las riquezas de los territorios conquistados, aumentar la presión tributaria, y el logro de la desposesión de tierras de los nativos. Además, consiguieron hacer creer a los indígenas que habían sido abandonados por los dioses y que los españoles eran sus sucesores, por lo que no podían sublevarse a ellos.

FIN DE LA HEGEMONÍA DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA: LA PAZ DE WESTFALIA

El siglo XVII registró la pérdida progresiva de la hegemonía política de la monarquía hispánica en el ámbito europeo. Este declive coincidió con la decadencia económica de Castilla, núcleo esencial de la monarquía, y con una grave crisis social y política en el conjunto del territorio peninsular.

La subida al trono de Felipe III se produjo después de la firma de algunos importantes tratados de paz con Francia e Inglaterra. Pero el problema protestante no había sido resuelto y pronto se reanudaron las luchas que iban a desembocar en un enfrentamiento bélico generalizado en Europa, por motivos religiosos y políticos: la Guerra de los Treinta Años (1618 - 1648). La guerra se inició con la rebelión protestante en Bohemia contra el Imperio de los Habsburgo austriacos. España acudió en auxilio del Imperio y los protestantes fueron derrotados pero lamentablemente, la guerra continuó. Ésta cambió de signo cuando Francia decidió participar apoyando a los protestantes en contra de sus enemigos, España y el Imperio. Tras años de numerosas batallas, ambos bandos se encontraban muy agotados y el centro de Europa estaba devastado por la guerra, así que los países decidieron entablar conversaciones de paz que culminaron en los Tratados de Westfalia (1648): conjunto de tratados relacionados entre sí por el hecho de que supusieron el fin de la Guerra de los Treinta Años, reconociendo la independencia de las Provincias Unidas y de la Confederación Suiza. Entre todos los estados implicados en la guerra (Francia, España, Provincias Unidas, Sacro Imperio Romano, Suecia y Dinamarca) hubo largas conversaciones diplomáticas y numerosos acuerdos parciales, que tuvieron lugar simultáneamente con las campañas bélicas. De hecho, el curso de las negociaciones se veía frecuentemente alterado según el éxito o fracaso de las batallas.

El Sacro Imperio Romano, Francia y Suecia eligieron Münster y Osnabrück, dos ciudades imperiales entre Francia y Suecia, para celebrar conversaciones de paz que comenzaron en 1643. En Münster se reunió el Sacro Imperio con Francia (católicos) y en Osnabrück con Suecia (protestantes), actuando como mediadores el embajador de Venecia y el nuncio papal. En 1645, España y las Provincias Unidas enviaron delegados a Münster.

La Paz de Westfalia influyó sustancialmente en la historia posterior de Europa. El conjunto de pactos signados en la región alemana de Westfalia estuvo formado por dos acuerdos que han pasado a ser conocidos cada uno de ellos bajo el nombre de Tratado de Münster, así como un tercero que se firmó en la también ciudad westfaliana de Osnabrück. El primero de los pactos, que fue acordado entre la Monarquía Hispánica y las Provincias Unidas (los territorios de los Países Bajos independizados de España), puso fin al conflicto bélico conocido como guerra de los Países Bajos, insertado a su vez en el contexto general de la guerra de los Treinta Años. Por su parte, el segundo Tratado de Münster supuso la paz entre Francia y el Sacro Imperio.

Además de convertir a Suiza y a las Provincias Unidas en estados independientes, todos estos tratados debilitaron gravemente al Sacro Imperio y a los Habsburgo, supusieron el surgimiento de Francia como principal potencia del continente europeo y retrasaron la unificación política de los estados alemanes.

Las consecuencias económicas, sociales y culturales de la guerra de los Treinta Años fueron muchas, siendo los territorios alemanes las víctimas principales. Se produjeron vacíos demográficos así como la decadencia de la actividad económica en todos los estados alemanes. La incertidumbre, el miedo, el caos y la brutalidad marcaron la vida diaria y permanecieron en la memoria colectiva alemana durante siglos.

Después de la Paz de Westfalia, la guerra con Francia continuó y no acabó hasta la Paz de los Pirineos, que significó una clara victoria de Francia, pues la monarquía española debió ceder todos los territorios que tenía al norte de los Pirineos, el Rosellón y la Cerdaña, quedando la frontera establecida en cordillera pirenaica.

En los diferentes países que participaron el Guerra de los Treinta Años, los Tratados de Westfalia tuvieron distintos efectos:

  • Para el Sacro Imperio supuso la pérdida de poder real del emperador y una mayor autonomía de los trescientos cincuenta estados resultantes. Aun así, el Sacro Imperio Romano pasó a ser una confederación de Estados. El príncipe elector de Brandeburgo, uno de los protestantes más influyentes, fue beneficiado por el apoyo de Francia. Ésta, empeñada en debilitar al emperador, permitió a Brandeburgo hacerse con territorios adyacentes. Al mismo tiempo, Prusia nacería en el futuro a partir de la fusión de Brandeburgo y el Ducado de Prusia, y llegaría a ser uno de los peores enemigos de Francia.

  • Francia fue la gran beneficiada de la Paz de Westfalia. Por un lado se reducía el poder de su gran adversario continental, el Imperio, y por otro se convirtía en la potencia hegemónica de Europa, sobre todo después de la Paz de los Pirineos.

  • Para España, los Tratados de Westfalia supusieron la independencia de las Provincias Unidas. Hasta el reinado de Felipe III España se había mantenido como la primera potencia hegemónica de Europa. Con Felipe IV comenzó la decadencia del Imperio, que quedaron patentes tras la Paz de Westfalia. Tras la pérdida definitiva de Portugal y de los territorios centroeuropeos, España quedó convertida en un estado de segundo orden.

  • Suecia consiguió una posición hegemónica en el Mar Báltico que mantuvo durante décadas y Dinamarca perdió todas sus posesiones en el Báltico y la Península escandinava.

La Paz de Westfalia supuso modificaciones en las bases del Derecho internacional, con cambios importantes encaminados a lograr un equilibrio europeo que impidiera a unos estados imponerse a otros. Sus efectos se mantuvieron hasta las guerras y revoluciones nacionalistas del romántico siglo XIX: triunfaron las ideas francesas que exaltaban la razón de Estado como justificación de la actuación internacional. El estado sustituía a otras instituciones internacionales o transnacionales como la máxima autoridad en las relaciones internacionales. Ésto suponía que el estado dejaba de estar sujeto a normas morales externas a él mismo. Cada estado tenía derecho a aquellas actuaciones que asegurasen su engrandecimiento.

Consecuencias de la Paz de Westfalia fueron la aceptación del principio de soberanía territorial, el principio de no intruirse en asuntos internos y el trato de igualdad entre los estados independientemente de su tamaño o fuerza. En la práctica las cosas fueron algo diferentes y el resultado fue muy desigual para los diferentes estados. Algunos estados pequeños fueron absorbidos por Francia, acabando por perder su identidad debido a la asimilación de la cultura mayoritaria. Por otro lado, a los estados que formaban parte del Sacro Imperio se les reconoció una autonomía mucho mayor de la que ya tenían.

El otro gran perjudicado fue el papado, que dejó definitivamente de ejercer un poder temporal significativo en la política europea. La Paz de Westfalia supuso el fin de los conflictos militares aparecidos como consecuencia de la Reforma protestante y la Contrarreforma. Desde los tiempos de Martín Lutero, las guerras europeas se desencadenaban tanto por motivos políticos como religiosos. Tras la Paz de Westfalia la religión dejó de ser tratada como causa de guerra. A pesar de las disposiciones que intentaban una convivencia religiosa, en la práctica, la intransigencia obligó a exiliarse a los que no adoptaban la del gobernante.

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