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Historia Contemporánea Universal


Antiguo Régimen. Revoluciones burguesas. Revolución francesa. Unificación italiana y alemana. Guerra mundial. República española


Apuntes resumidos sobre varios temas



Historia
 
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TEMA 1. DEL ANTIGUO AL NUEVO RÉGIMEN: LOS CAMBIOS ESTRUCTURALES.

En el s. XVIII los valores tradicionales encontrarían fórmulas de mantenimiento y arraigo asociadas o vinculadas a los nuevos valores culturales o científicos que, definidos en los siglos anteriores y potenciados por la dinámica intelectual del propio s. XVIII, serían, más o menos, asimilados por la sociedad establecida. Tal coexistencia será la fórmula típica de la etapa conocida como Despotismo Ilustrado, en la que asistimos a una coexistencia equilibrada de elementos antiguos y modernos, sin que la sociedad pierda su estructura antigua. Una estructura tipificada por una organización social fuertemente jerárquica y compartimentada (tres estamentos inamovibles: nobleza, clero y tercer estado -burguesía, clase popular urbana y campesinado-); por el mantenimiento de la organización típica de la monarquía absoluta; un tipo de economía (en la que es clara la expansión del capitalismo comercial) producida por el mercantilismo, proteccionismo o dirigismo estatal; una cultura encuadrada, con cierta rigidez, en los marcos nacionales; unas formas exteriores de vida religiosa apoyadas en la creencia en la Revelación. Un conjunto de características enmarcadas en el seno de la denominación de Antiguo Régimen.

Sin embargo, el desarrollo del individualismo, el criticismo, el relativismo, el escepticismo, el cientificismo, el liberalismo, etc. supondrían la puesta en marcha de una serie de formidables elementos subversivos del sistema, dotados de una fuerza y de un atractivo cada vez mayor. Durante una larga etapa del s. XVIII -la del Despotismo Ilustrado- se logrará, sin embargo, una posición de equilibrio entre estos elementos y los tradicionales. Un equilibrio que finalmente acabaría por romperse.

La afirmación de los principios de la igualdad y la fraternidad (los ideales ilustrados) caló especialmente en el seno de la burguesía, clase social ascendente en la Europa del S. XVIII. Y es que la doctrina de la Ilustración se reveló como una eficaz arma ideológica para luchar contra las estructuras de la sociedad y la cultura del Antiguo Régimen: en particular, contra los privilegios estamentales y los dogmas de la Iglesia católica. La Ilustración propondría las bases ideológicas del profundo movimiento revolucionario que se pondría en marcha a finales del siglo. En las últimas décadas del s. XVIII, en casi toda Europa arreciaron los ataques que, en el orden político, económico, social e intelectual, planteaban los partidarios de un cambio total de la sociedad y que facilitarían el estallido de una profunda fenomenología revolucionaria. Así, en los inicios del último tercio del s. XVIII, la subversión independentista de las colonias americanas desató una importante oleada de movimientos reformistas que en Francia acabarían dibujando las líneas más típicas del moderno movimiento revolucionario de la burguesía. La Revolución Francesa traería aparejada la manifestación de nuevas oleadas subversivas que encontrarían su expresión más importante en el proceso de descomposición e independencia de los imperios coloniales español y portugués en América, durante el primer tercio del s. XIX.

Con el triunfo de la revolución burguesa se abriría una nueva época en la historia de los sistemas económicos, sociales y políticos e incluso en la concepción de la cultura y la vida del espíritu. Una nueva época que, por otra parte, se encontraría definida por el impacto decisivo del considerable progreso técnico, concretado por el maquinismo, que promovería el formidable avance económico de la revolución industrial (iniciada a partir de 1780 en Inglaterra y desde principios del s. XIX en el continente europeo y en EEUU), fenómeno trascendental que abriría nuevas perspectivas a la humanidad entera y el desarrollo del capitalismo.

A partir de la crisis del Antiguo Régimen, las características de la vida social, política y económica iban a ser otras: libertad e igualdad, en el plano teórico-jurídico; seguridad y protección de la propiedad, en el plano económico, garantizadas por la ley. Una ley que ya no será la expresión de la arbitrariedad de un monarca sino de un orden permanente más fuerte: la burguesía.

El cambio del Antiguo Régimen al Nuevo Régimen puede observarse fácilmente a través de tres de sus rasgos más característicos. En primer lugar, el Antiguo Régimen, abolido por la Revolución, mantenía una desigualdad jurídica entre los súbditos: derecho consuetudinario, franquicias y privilegios fueron derogados o insertados en un sistema dominado por el principio de la igualdad jurídica de los ciudadanos ante la ley, dentro de un estado nacional unitario que alcanzó su plenitud con el imperio de Napoleón. Igualdad jurídica, no social, ni forzosamente política; con todo, ello no impidió que desde el año 1789 el principio igualitario impregnara todo el movimiento de la Revolución y sus consecuencias. En segundo lugar, el estado del Antiguo Régimen destruido por la Revolución era a la vez una monarquía, autocrática en principio y teóricamente absoluta. El nuevo estado fundó el orden liberal en la búsqueda de la adhesión de los ciudadanos y en la creación de instituciones para garantizar a la vez el orden social colectivo y la libertad de las personas privadas. En este sentido, la Revolución respondió a las exigencias ideológicas y a las empresas progresistas de la burguesía. La Revolución acabó con la superioridad esencial de la privilegiada aristocracia. Por último, la sociedad del Antiguo Régimen se basaba, por definición, en la no intervención política de los súbditos en la vida del estado, salvo solicitud expresa del monarca. Con la afirmación revolucionaria del principio de la soberanía nacional como único fundamente legítimo del poder para gobernar, la Revolución introdujo el fermento de la “política” en la vida colectiva de los franceses.

Igualdad de los ciudadanos, progreso social y humano, democracia: estos conceptos introdujeron nuevas posibilidades no sólo en Francia. Por el carácter general de sus planteamientos, la Revolución tuvo validez universal para toda la humanidad.

TEMA 2. EL INICIO DE LA ERA DE LAS REVOLUCIONES: LA REVOLUCIÓN NORTEAMERICANA.

La colonización de Norteamérica no se efectuó según reglas fijas, establecidas de antemano por la corona como sucedió en la América española. Ingleses y franceses empezaron a poblar Norteamérica creyéndose autorizados por la prioridad del descubrimiento, que los ingleses atribuían a Cabot, navegante por cuenta de Inglaterra, y los franceses a Verrazano, por cuenta de Francia. Pero ni unos ni otros dieron gran importancia a la cuestión de precedencia, porque había tierras para todos.

El Tratado de París de 1763 (fin de la Guerra de los Siete Años) había marcado el hundimiento del primer imperio colonial francés y el triunfo del poderío colonial inglés. Inglaterra recibe de Francia la colonia del Senegal, todas las posesiones de la India (salvo cinco plazas) y, lo más importante, todos los territorios situados entre el Atlántico y el Mississippí, y las islas de Granada, San Vicente, Dominica y Tobago. De España recibe la Florida, las posesiones al este del Mississippí y el derecho de poder cortar palo campeche en Honduras. Inglaterra devuelve a España las conquistas hechas en Cuba y Filipinas, pero conserva Menorca. Por su parte, Portugal conserva la colonia de Sacramento. Por último, Francia liquida su primer imperio colonial cediendo en compensación a España la Lousiana, es decir, todos los territorios norteamericanos situados al oeste del Mississippí.

Sin embargo, aunque las ganancias de Inglaterra fueron considerables y la elevó al rango de potencia mundial, no había conseguido reducir a Francia y a España a naciones de segundo grado.

Así, Inglaterra en el s. XVIII poseía la más importante colonia de población del mundo. Estaba formada por trece territorios escalonados a todo lo largo de la costa atlántica de América del Norte, fundadas en épocas y condiciones diferentes. Al desarrollarse, estos territorios adquirieron características propias, que permiten distinguir tres grupos, en función de su género de vida, la forma de su sociedad política y sus actividades productivas:

  • Al Norte, 4 colonias formaban el grupo de Nueva Inglaterra: Massachussets, Connecticut, New Hampshire y Rhode Island. Poblada en gran parte por puritanos, de fuerte carácter religioso, que impregnaba profundamente la vida pública. Su ciudad más importante era Boston.

  • Al Sur, 5 colonias: Virginia, Maryland, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia. De carácter mucho más rural que las colonias del norte, con pocas ciudades. La explotación del suelo se fundamentaba en el sistema de la plantación, con importante mano de obra negra importada de África. Los ricos plantadores, generalmente anglicanos, formaban una sociedad aristocrática, muy distinta a la sociedad de Nueva Inglaterra. La ciudad más importante era Charleston.

  • En la zona central, 4 colonias: New Jersey, New York, Delaware y Pennsylvania. Su población estaba muy mezclada -ingleses, alemanes, suecos, holandeses- y contenía representaciones de todas las sectas religiosas (Pennsylvania había sido fundada por cuáqueros, que llevan al extremo la igualdad del hombre respecto a Dios y de la revelación directa y personal al individuo. Son pacifístas). Su ciudad más importante era Filadelfia.

Aunque las colonias gozaban de libertades políticas análogas a las de los ciudadanos de Inglaterra, no ocurría así en el campo económico. Las colonias de América eran, ante todo, un mercado reservado a la metrópoli, y los colonos no tenían derecho a crear determinadas industrias. Los problemas económicos contribuían, por ello, a separar a las colonias de la metrópoli, en un momento en que la autonomía política, muy amplia, y la mentalidad norteamericana estaban creando una nacionalidad distinta de la nacionalidad inglesa.

Tras la Guerra de los Siete Años, Inglaterra, que atravesaba una situación financiera delicada, decidió en 1765 gravar a los colonos con un impuesto de guerra consistente en un sello que los coloniales habían de estampar en todos sus documentos, contratos y hasta periódicos para darles carácter oficial (! papel sellado con timbre del Estado). Ello produjo un gran descontento entre los colonos, que sostenían que ningún ciudadano inglés debía pagar un impuesto si no había sido antes aceptado por él o por sus representantes. El gobierno de Londres, por su parte, argüía que el Parlamento representaba a todos los súbditos de la Corona. (! Los americanos consideraban que sólo las Asambleas coloniales estaban cualificadas para aprobar impuestos en su nombre).

El sentimiento de descontento se tradujo en la creación de organizaciones -Los Hijos de la Libertad, Comités de Correspondencia, Minutemen- dirigidas por hombres como Samuel Adams, John Adams y James Otis. Los brotes aislados de sentimiento nacionalista, como la matanza de Boston (1770), el incendio del barco inglés `Gaspee' (1772) y la rebelión del te de Boston (1773), prepararon el camino para la reunión del primer Congreso Continental (1774), celebrado en Filadelfia, del que surgió la Declaración de Derechos (! La mayoría de los diputados de las colonias no querían romper con Inglaterra, sino solamente que se reconocieran sus derechos). Mientras tanto, los coloniales empezaron a armarse. El primer conflicto armado tuvo lugar en Lexington y Concord en abril de 1775. Un mes después se reunió el segundo Congreso Continental, que se hizo cargo de la dirección de la sublevación, asumió todos los poderes y nombró a George Washington comandante en jefe del ejército. Este Congreso, después de haber tratado inútilmente de encontrar una fórmula conciliadora con Inglaterra, declaró la independencia de los Estados Unidos de América el 4 de julio de 1776. Esta Declaración de la Independencia, redactada por Thomas Jefferson, recogía los principios del derecho natural racional, afirmando algunos derechos que consideraba inalienables en el hombre (vida, libertad, felicidad), a la vez que exponía las quejas de las colonias. Finalmente, concluía declarando las colonias “estados libres e independientes”. La Declaración de Independencia de los EEUU no era ni más ni menos que una declaración de guerra a la corona británica. La guerra fue larga y difícil (1776-1783): la situación militar de los americanos era angustiosa (sin recursos, sin armas ni municiones, sin vestidos y mal organizados). Sin embargo, Inglaterra acababa de salir de las largas luchas europeas y coloniales de mediados de siglo y debía combatir lejos de sus bases.

Los americanos buscaron la alianza de Francia, la gran enemiga de Inglaterra (aunque las colonias hubieran luchado contra Francia durante la Guerra de los Siete Años). Los franceses, desde el principio, se habían interesado por la causa americana. En un principio, se limitó a una ayuda indirecta (armas y municiones, además de subsidios).

La caída de Nueva York en manos de los ingleses quedó compensada por las victorias de Washington en Trenton y Princeton. Pero fue la decisiva victoria de las colonias en Saratoga (1777) la que persuadió a Francia a entrar oficialmente en la guerra al lado de los americanos (1778). Francia reconocía la soberanía e independencia de los EEUU e intentó el apoyo de España. Ésta ofreció una alianza a cambio de la promesa de Menorca, Gibraltar, Florida y las Honduras británicas (1779). En 1780, Francia consiguió la unión de Holanda contra los ingleses.

El conflicto que enfrentó a Inglaterra, Francia, EEUU y más tarde también a España y Holanda tuvo como escenario principal, además de los EEUU, las Antillas y la costa de la India y, de manera general, todas las zonas neurálgicas marítimas y coloniales. El ejército franco-español intentó, sin éxito, reconquistar Gibraltar. Por el contrario, Menorca fue recuperada. En el océano Índico y en las Antillas, la flota francesa desplegó una intensa actividad.

Sin embargo, el resultado de la guerra se jugaba en América. Finalmente, en 1781, los ingleses perdieron Yorktown, atacado por un ejército franco-americano apoyado por la flota francesa, y tuvieron que aceptar el Tratado de Versalles (1783).

El Tratado de Versalles (1783) incluía cuatro acuerdos. El acuerdo anglo-americano donde Inglaterra reconocía la independencia de las 13 colonias y les cedía los territorios del sur de Canadá. El acuerdo anglo-holandés que fijaba la restitución recíproca de las conquistas, excepto Negapatau, última factoría holandesa en la India y que quedaba en poder de los ingleses. El acuerdo anglo-español que preveía la devolución a los españoles de Menorca y gran parte de la Florida, cuya frontera quedaba fijada en el Mississippí, pero los ingleses se quedaban con Gibraltar. Y, por último, el acuerdo anglo-francés por el que cedía a Francia los establecimientos ocupados en la India y en el Senegal, algunas Antillas, St. Pierre-et-Miquelon y el derecho de pesca en Terranova.

Después de la victoria, los americanos atravesaron una grave crisis, a la vez política y financiera. Política porque cada una de las trece colonias que se habían asociado para luchar contra la metrópoli se consideraba independiente o con derecho a ser independiente. Financiera porque era evidente la necesidad de una moneda común a los trece estados. La deuda era enorme, surgía el problema de los impuestos: los Estados no querían atender a los gastos de la colectividad, había que aclarar la situación de las tierras del Oeste, habitadas por indios y donde habría numerosas discusiones por la delimitación de fronteras.

George Washington prestó su influencia en favor del establecimiento de un sistema político fuerte y se reunió la Convención de Anápolis (1786) para tratar problemas económicos y comerciales. Se propuso la reunión de una Convención con poderes constituyentes para preparar la unión continental. Esta Convención (1787), presidida por Washington y formada por 55 delegados entre los que figuraban los hombres más prestigiosos del país, elaboró, tras no pocas discusiones, los artículos de la Constitución, que había de ser ratificada por convenciones locales.

Tras dura controversia política entre federalistas y autonomistas, la Constitución recibió la aprobación de 9 estados, lo que bastaba para su adopción. Sin embargo, no entró en vigor hasta 1789.

La Constitución reconoce la existencia de un nuevo pueblo, el de los Estados Unidos, y suprime la soberanía e independencia de los 13 estados. Se crean instituciones federales con dos objetivos: la prosperidad general y la defensa común. Establece la separación de poderes: legislativo (formado por dos cámaras: la Cámara de los Representantes, formada por diputados de cada Estado, y el Senado, que examina y vota las leyes aprobadas por la Cámara de Representantes), ejecutivo (el presidente puede realizar su propia política, nombrar ministros, etc. pero no puede proponer leyes ni legislar) y judicial (con un Tribunal Supremo que decidía si las leyes eran conformes con la Constitución).

George Washington fue elegido por unanimidad como presidente de los EEUU en 1789. Con él triunfaba la tendencia federalista, que contribuiría a fortalecer la Unión.

TEMA 3. LA REVOLUCIÓN FRANCESA.

  • Orígenes de la Revolución Francesa

A finales del s. XVIII Francia era un estado eminentemente agrícola, feudal en lo económico y lo político y con una sociedad organizada en estamentos. A los privilegios de la nobleza y el clero, que vedaban el progreso social y político, se sumaba la pervivencia de usos feudales en la economía, que constituían un grave lastre para el desarrollo de la pujante burguesía, tanto en el campo como en la ciudad. A finales del s. XVIII, el progreso económico, la evolución social y la difusión de las ideas de la Ilustración (la separación de poderes que sostiene Montesquieu como eje de un Estado moderno y la doctrina de la soberanía nacional de Rousseau), hacían evidente para la mayoría de los franceses que aquel era un sistema agotado. Era necesaria, pues, una renovación radical. Por otra parte, a la situación general del país se sumó una serie de causas coyunturales que explicarían el estallido revolucionario. La quiebra del Estado, arruinado por los dispendios de la Corte y por el costo de la ayuda a los independentistas norteamericanos, coincidió con un período de malas cosechas. Los ministros de Luis XVI (Turgot, Necker, etc.), empleando sistemas económicos distintos, quisieron salvar la economía de Francia. Ninguno de ellos lo consiguió. Optaron, como último recurso, por buscar la ayuda financiera de las clases privilegiadas, que hasta entonces y merced a sus privilegios, no habían contribuido económicamente al sostenimiento del Estado. En 1787, Calonne, administrador general de finanzas, decidió convocar la Asamblea de los Notables (que no se había reunido desde principios del s. XVII) con la intención de rebajar los privilegios fiscales de la nobleza y aumentar su contribución. Su fracaso forzó la reunión de los Estados Generales (! Ni las ideas de la Ilustración ni el hambre del pueblo hubieran probablemente desembocado en el derribo de la monarquía de no haber coincidido con una larga crisis política, en donde se produjo el divorcio entre la aristocracia y el trono. Los intentos de revolución fiscal que ensayó Luis XV ya habían suscitado profunda inquietud en los sectores aristocráticos; la reunión de los Estados Generales por Luis XVI (inexcusable si se deseaba la implantación de nuevos impuestos) produjo un clamor que define la atmósfera de los primeros momentos de la revolución).

  • Fases de la Revolución

1ª) Aristocrática (! “Revuelta de los privilegiados”)

Es la oposición de los dos estamentos superiores (nobleza y clero) a las reformas fiscales con las que varios ministros de hacienda intentaron remediar el déficit creciente del Estado francés.

En 1786, Calonne, ministro de Hacienda que había sucedido a Nécker, se vio obligado a comunicar al rey el deplorable estado del Tesoro, que acumulaba déficit anuales de 100 millones de libras. Calonne proponía un plan de reformas, siendo la más importante el establecimiento de la contribución que deberían pagar los privilegiados (nobleza y clero) según la extensión de las tierras y ningún predio quedaría eximido de ella; ni aún las tierras del dominio real quedaban libres de aquel impuesto territorial. Ante las dudas del rey, Calonne propuso que se consultara a una asamblea de Notables antes de proceder a las reformas. Los Notables se reunieron en Versalles en 1787. La Asamblea desechó casi la totalidad de las medidas fiscales. Destituido Calonne, su sucesor Brienne obtuvo de la Asamblea la concesión de un empréstito de 67 millones, pero ésta, antes de disolverse, reclamó la reunión de los Estados Generales (! sólo los Estados Generales podían imponer el impuesto territorial). Los Notables se manifestaban, por tanto, contrarios al absolutismo en el aspecto tributario. La petición de convocatoria de los Estados Generales, que no se habían reunido desde 1614, fue una afrenta al rey. Los nobles no sabían que la reunión de los Estados Generales abrió el camino a la Revolución.

2ª) Burguesa (! “Juego de la Pelota”)

El 5 de mayor de 1789 se abrió en Versalles la reunión de los Estados Generales, una ocasión histórica que convocó en el mismo foro a la nobleza, el clero y el tercer estado. Los 1.200 diputados quedaban repartidos así: 600 del brazo popular, 300 de la nobleza y 300 del clero. Los diputados, siguiendo la costumbre medieval, tenían que aportar una memoria (=cahier) en que se denunciaran abusos y propusieran mejoras. La comparación de los cahiers del pueblo, del clero y de la nobleza reflejan las distintas mentalidades de los estados, pero carecieron de trascendencia. Ya al día siguiente de la sesión inaugural, el brazo popular se declaró en franca rebeldía. La nobleza y el clero querían deliberar separadamente y emitir el voto por estamento. El 17 de junio, el brazo popular, rebelde y aislado, se constituyó en Asamblea Nacional. Tres días después, al encontrar la cámara cerrada, los diputados rebeldes se reunieron en el trinquete de Versalles donde se juramentaron a no separarse hasta dejar elaborada una nueva Constitución del reino (! Juramento del Juego de Pelota). Las extralimitaciones del brazo popular producía envidia a alguno de los otros brazos: algunos representantes del clero y de la nobleza se unen a los diputados del pueblo (quizá creyendo que era mejor deliberar sobre un nuevo pacto o Constitución que oír proyectos de reforma expuestos por ministros de un rey absoluto). El rey no tuvo otro remedio que ceder; el 27 de junio autorizó la unión de los tres estados y reconoció el hecho consumado de la Asamblea Nacional. El 6 de julio la Asamblea nombraba de su seno una ponencia para que redactara el proyecto de Constitución. El 9 de julio decidió denominarse Asamblea Constituyente.

3ª) Popular (! Jornadas revolucionarias)

Por otra parte, el 14 de julio de 1789 las turbas de París saqueaban el Hospital de los Inválidos donde encontraron armas para asaltar la Bastilla. Las manifestaciones populares reciben el nombre de `Jornadas revolucionarias'. Los orígenes de la toma de la Bastilla se remontan al mes de junio, cuando tropas fieles al rey se fueron concentrando alrededor de París. El temor del pueblo a la conspiración aristocrática se sumó a la crisis provocada por la escasez de grano que vivía París. La situación alcanzó su punto culminante con la destitución de Nécker (que en 1788 había sido llamado por el rey). El 14 de julio los manifestantes y la milicia parisina confluyeron ante la fortaleza-prisión de la Bastilla, símbolo de la dominación absolutista, para armarse frente a la amenaza exterior. Tras cuatro horas de resistencia, la Bastilla cayó en manos de los asaltantes. Un día después, el rey daba la orden de retirada de los ejércitos que rodeaban París.

Mientras tanto, la Asamblea Constituyente seguía debatiendo sobre la nueva Constitución. Se hizo preceder el texto de una `Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano' (agosto de 1789). La Asamblea obligó a Luis XVI a abandonar Versalles e instalarse en las Tullerías, para que el pueblo de París siguiera directamente las funciones de los poderes públicos.

La Constitución aprobada por la Asamblea en 1791 (estuvo en vigor sólo un año) aceptaba la monarquía constitucional, con una sola cámara y un sufragio todavía no universal, aunque amplio. Con la Constitución el monarca está limitado y el poder legislativo reside en la Asamblea elegida por la nación soberana, instaurando así la división de poderes propugnada por Montesquieu. Todos los poderes emanan de la nación.

Este mismo año (1791) se formó la Asamblea Legislativa, que tenía que aplicar la nueva Constitución. El rey tuvo finalmente que aceptar gobernando de acuerdo con la Constitución: la monarquía absoluta era sustituida por la constitucional.

En la nueva Asamblea Legislativa predominan sobre todo dos grupos políticos: los girondinos y los jacobinos. Tradicionalmente se ha considerado a los primeros como conservadores y moderados, mientras se tacha a los segundos de extremistas y precursores del socialismo.

Los girondinos representan el sector moderado de los republicanos. En cuanto a su extracción social, representan a la gran burguesía de los negocios. Son partidarios de realizar la revolución por medio de la ley, desaprueban el terror y defienden la propiedad. Desean exportar la Revolución y son partidarios de una política expansiva y conquistadora. Se inclinan a dar importancia a las provincias frente a París (= regionalistas).

Los jacobinos, cuya base social es la burguesía media y las clases populares piensan que la revolución se realizará sin reparar en medios. Son centralistas (la Revolución se hará desde París, cuyo Ayuntamiento controlan). Están dispuestos a limitar la propiedad privada y la libertad individual. Su figura más representativa es Robespierre, y a su lado Danton (! Tanto Robespierre como Danton no habían podido ser elegidos miembros de la Asamblea Legislativa por un decreto de incompatibilidad: los miembros de la Asamblea Constituyente quedaban excluidos de la Asamblea Legislativa. En cambio, eran miembros del Concejo municipal de París, o sea, de la `Commune'. La presencia de los dos genios más revolucionarios de Francia en un Consejo administrativo (Ayuntamiento de París), transformó la `Commune' en un foco de insurrección irresistible).

La Asamblea Legislativa aprobó dos leyes por las que se castigaba con pérdida de bienes y otras medidas a los nobles emigrados (que conspiraban en el extranjero contra los revolucionarios) y a la parte del clero que no había querido jurar la Constitución. El rey vetó aquellas leyes, lo que soliviantó a la multitud hasta el punto de hacer al rey culpable de todos los males. La Commune preparó un levantamiento popular para el 20 de junio de 1792 que no dio el resultado esperado: el asesinato del rey y de su familia. Los conspiradores decidieron un segundo golpe para el 10 de agosto: una muchedumbre indignada asaltó el palacio del rey en las Tullerías que provocó la deposición del rey.

Todas estas insurrecciones populares fueron provocadas por el estallido de una guerra contra Prusia y el Imperio, y la sospecha de que el rey simpatizaba con el enemigo extranjero que podía, con su victoria, liberarle de los compromisos constitucionales que se había visto obligado a aceptar.

La guerra, que había empezado en abril de 1792 y terminó con la victoria francesa en junio de 1794, sirvió para fundir la nación con la Revolución. La guerra consolidó la conciencia patriótica de los franceses, de la que más tarde sacó partido el emperador Napoleón.

La caída de Luis XVI dio paso a una forma de gobierno nueva y revolucionaria: la Convención (septiembre 1792 - octubre 1795). La primera medida que se adoptó fue la abolición de la monarquía y la proclamación de la República (año I). Por tener mayoría, los girondinos controlaron la Convención hasta mayo de 1793, e impusieron una política moderada, aunque alterada por los ataques de la oposición montañesa (= jacobinos), que obtuvo como principal victoria el proceso y ejecución de Luis XVI (21 de enero de 1793). A su vez, estallaron en el oeste de Francia los primeros movimientos armados contrarrevolucionarios (! Por un lado, los chuanes, que actuaron como pequeñas guerrillas al norte del Loira, por Bretaña y Normandía. Por otro, la insurrección de La Vendée (3 marzo 1793) como reacción al anuncio del reclutamiento forzoso para continuar la guerra). Estos levantamientos provocaron la inquietud de las masas populares que, desconfiando de la actitud timorata de los girondinos frente a los contrarrevolucionarios, apoyó a los montañeses y puso punto final al gobierno girondino.

El gobierno de la montaña en la Convención, a lo largo de aproximadamente un año, marcó el período de auge revolucionario, el momento en que la joven república se hizo democrática y social y se ligó a los sectores sociales más pobres; pero ese momento fue también el de máxima radicalización, con el reinado del Terror. El Comité de Salud Pública, dirigido por Robespierre, llevó la dirección real del gobierno, intensificando la lucha en el interior del país contra los elementos contrarrevolucionarios. El Comité de Seguridad General y el Tribunal Revolucionario ejercieron una dura represión que condujo a la guillotina a nobles, girondinos y a la reina Maria Antonieta, a la vez que los ejércitos revolucionarios sofocaban la rebelión de La Vendée y derrotaban a los ejércitos europeos (Prusia, el Imperio, Inglaterra y Holanda, que se enfrentaron a Francia especialmente tras la ejecución de Luis XVI). El poder jacobino, que con la victoria había logrado salvar la patria y la Revolución imponiendo su dura ley, tanto a los sans-culottes (patriotas de las clases populares) y a los campesinos como a los burgueses, cayó víctima de las mismas contradicciones que lo habían hecho necesario catorce meses antes. Danton se opuso a los métodos de Robespierre, que consiguió su encarcelamiento y que fuera guillotinado después por traición. El “incorruptible” Robespierre intentaba proseguir la revolución, haciéndola más radical y más cruel. La dureza del régimen impuesto por Robespierre aunó a sus enemigos (! reacción termidoriana) y el 9 de termidor (27 de julio de 1794) fue apresado y guillotinado. En septiembre fue disuelta la Comuna de París y poco después se cerró el club de los jacobinos.

La Convención termidoriana (27 de julio de 1794 - 31 de octubre de 1795) supuso una vuelta, en muchos aspectos, a las posturas templadas de los primeros momentos de la revolución o a medidas propuestas por los girondinos, y dio paso a una convención dirigida por la burguesía moderada. El nuevo gobierno llevó a cabo una política de depuración y proscripción de jacobinos y desheredados, que se conoció como el “terror blanco”. Se puede decir que la Revolución había llegado a su fin: la alianza entre la gran burguesía y el ejército firmó su sentencia.

En octubre de 1795 (IV de la República), la situación se consolidó al disolverse la Convención y formarse el Directorio (octubre 1795 - noviembre 1799). Compuesto de cinco miembros iguales en poder, que se turnaban en la presidencia cada tres meses, y dos Asambleas, una de 500 diputados y otra de 250 Ancianos, este régimen funcionó durante cuatro años. El nuevo gobierno tuvo que hacer frente a la oposición de los monárquicos (resurgir de la rebelión de La Vendée) y de los jacobinos (conjura de los iguales, de Babeuf, 1796: proyecto de república comunista basada en el poder revolucionario exclusivo de los dirigentes de la insurrección del pueblo, en la propiedad común y en la distribución igualitaria y pública de los frutos del trabajo). Si a ello añadimos la excesiva disociación entre las dos Asambleas (poder legislativo) y el Directorio (poder ejecutivo) y la desafortunada política económica y exterior (guerra en Austria e Italia), entenderemos la caída del gobierno. El progresivo protagonismo del ejército en la política interna francesa se acentuó con sus campañas victoriosas en Austria e Italia, en las que destacó un joven general llamado Napoleón Bonaparte. Con la excusa, enteramente falsa, de que se fermentaba una conspiración jacobina, se produce el golpe de estado de 18 Brumario (9 de noviembre de 1799) que coloca al frente del poder ejecutivo a tres cónsules: Bonaparte, Sieyés y Ducos, estableciéndose el régimen del Consulado.

Se inicia la carrera política de Napoleón, cuyas atribuciones son superiores a los otros dos cónsules. El nuevo gobierno debía redactar una nueva Constitución (año VIII, 1800). A diferencia de las constituciones anteriores, la Constitución consular carece de declaración de los derechos. También se olvida de la división de poderes: el primer cónsul (Napoleón) acumula poderes ejecutivos y legislativos. Se establece el sufragio indirecto (! los ciudadanos eligen a los notables del municipio, los cuales eligen a los del departamento, quienes a su vez eligen a los notables nacionales).

El Consulado de Bonaparte, primero compartido y limitado, se convirtió a partir del 2 de agosto de 1802 (debido a la acentuación del poder personal de Napoleón) en casi una monarquía con la proclamación del Consulado vitalicio (! Estas etapas de retroceso hacia el poder personal y absoluto que significó después el Imperio fueron mantenidas con victorias sensacionales más allá de las fronteras). Con esta base legal apartó a los disidentes y terminó con cualquier oposición parlamentaria. En 1804 un nuevo plebiscito le nombró emperador, y a fines de este año fue solemnemente coronado en París por el papa Pío VII, juntamente con su esposa Josefina de Beauharnais.

TEMA 4. LA EUROPA NAPOLEÓNICA.

La causa o excusa de la guerras del Directorio (la doctrina de las fronteras naturales de las naciones, es decir, la anexión de todo lo que hoy es Bélgica, incluyendo Amberes, y los países habitados por gente germánica de la orilla izquierda del Rin que, como tierras del Imperio, dependían de Austria) impuso un estado de guerra con las dos potencias europeas más fuertes de aquella época: Austria (porque con aquella pérdida comenzaba a desmembrarse el Imperio) e Inglaterra (que no podía tolerar que la costa de Flandes, por proximidad, fuera francesa). Esa idea de los límites naturales mantuvo a Europa en constante estado de guerra durante los agitados años del Directorio, el Consulado y el Imperio.

Las campañas de Italia y de Egipto proporcionaron al Directorio inagotables recursos y a Napoleón el prestigio necesario para hacerse con el poder absoluto en 1802 (Consulado vitalicio) y coronado emperador en 1804.

Pero la pacificación interior y exterior no podían satisfacer los ambiciosos proyectos de Napoleón. Por diversas razones (su espíritu romántico, deseo de liberación y posterior federación de los Estados europeos, necesidad de una política de prestigio para mantener sus posiciones en el interior, ansias de aniquilar el poderío inglés), puso en práctica una política expansiva, con la que pretendía erigirse en dueño del mundo. [! Es de destacar la evolución política sufrida en Francia en apenas 15 años: de los ideales revolucionarios (República), se pasa a la forma imperial del poder. El Imperio significó un verdadero cambio (principio básico de la herencia monárquica, concordato con la Santa Sede, rehabilitación de la antigua nobleza...) respecto a los ideales del período republicano. ¿Representaba el imperio la desaparición de la herencia revolucionaria? No, según el art. 53 de la Constitución del año XII (1804), que convierte al emperador en garante de las conquistas de la revolución: igualdad de derechos, libertad política y civil, integridad del territorio, carácter irrevocable de las ventas de bienes nacionales. La herencia revolucionaria se respeta, pero el modelo político se decanta definitivamente del lado de la autoridad. En definitiva, Napoleón respeta los principios teóricos de la revolución, pero los atenúa al servicio de la concentración de poder y por otra parte contribuye al resurgimiento de algunos valores sociales de la monarquía (síntesis del régimen antiguo y el nuevo)].

La política exterior de Napoleón presenta una triple dirección: la rivalidad con Inglaterra, el deseo de entendimiento con Rusia y la alianza y unión con Austria. En la lucha por la hegemonía europea Inglaterra es el enemigo inevitable; con Rusia ha de entenderse para no sostener al mismo tiempo guerras con una potencia marítima (Inglaterra) y otra continental (Rusia); la alianza con Austria legitima el título de emperador ante las familias reales europeas gracias al matrimonio con Mª Luisa, hija del emperador austríaco, en 1810.

Ante el creciente poderío de Napoleón y el perjuicio que puede causarle su política económica, Inglaterra declara la guerra a Francia en 1803 (se rompe la paz de Amiens). Se formó así una tercera coalición (1804-1806) contra Francia formada por Inglaterra (! deseo inglés de controlar las rutas oceánicas), Rusia (! ambición por intervenir en Europa) y Austria (! que busca la preponderancia en Italia y Alemania). La campaña de 1805 supone la gran derrota napoleónica en Trafalgar (que señala la supremacía marítima de Inglaterra) y de las grandes victorias continentales francesas en Ulm y Austerlitz (que supusieron el sometimiento de Austria).

Una cuarta coalición (Inglaterra, Rusia, Prusia) se forma contra Napoleón. La batalla de Jena (1806) inutilizó a Prusia, y Rusia fue vencida en Friedland (1807). Ésta última ocasionó el Tratado de Tilsit entre Napoleón y el zar de Rusia, que supuso la cumbre del poderío napoleónico (! formación del Gran Imperio francés y de los Estados federados).

Tilsit somete Europa a Napoleón; únicamente Londres resiste. La derrota de Trafalgar de la escuadra franco-española desbarató los planes napoleónicos de invadir Inglaterra, pero podía estrangularla sometiéndola a un bloqueo comercial: por el decreto de Berlín de 1806, se prohíbe todo comercio con Inglaterra cerrándole los puertos de Europa. Francia dominaba la costa de Holanda y del Canal y podía imponer su voluntad a los estados de Italia, exceptuando a Nápoles; Bonaparte, sin embargo, se comprometió a obligarle a no aceptar mercancías de bandera inglesa, y Rusia tenía que hacer lo propio con los países escandinavos. El objetivo era hundir la economía inglesa, al cortarse al mercado europeo (crisis de superproducción, paro, restricción del crédito, devaluación monetaria). En esta situación, Inglaterra se vería obligada a firmar la paz. (! BLOQUEO MARÍTIMO A INGLATERRA).

En los primeros momentos (1807-1808), el bloqueo a Inglaterra alcanza gran efectividad. El país se salva pasando a la ofensiva -bloqueo al continente-: por una serie de medidas, Inglaterra responde al decreto de Berlín. Todos los países que lo aplican son declarados “bloqueados por Inglaterra”. Inglaterra se propone privar a Europa de mercancías que le son imprescindibles: productos coloniales, materias primas, maquinaria, etc. (! BLOQUEO CONTINENTAL).

Los europeos -a su cabeza los franceses- tratarán de reemplazar los productos coloniales por sustitutivos (azúcar de remolacha en vez de caña) y las producciones inglesas por el desarrollo de una industria continental (industria metalúrgica en Francia, Bélgica y el Rin). Pero no se tiene éxito y las zonas industriales de Italia y Alemania serán gravemente perjudicadas. En 1809, a través de Rusia y Holanda, el bloqueo estaba prácticamente roto.

El éxito inicial del bloqueo contra Inglaterra lleva a Napoleón a enviar un ejército a España (aliada por el Tratado de Fontainebleau, 1807, en el que se establecía el reparto de Portugal y de sus colonias) para invadir Portugal. Las tropas francesas instaladas en la península constituían la fuerza militar más importante de España. No fue difícil para Napoleón conducir a los reyes españoles a Bayona y allí obtener la abdicación de la corona de España de Carlos IV y Fernando VII, quienes renunciaron (voluntariamente) a sus prerrogativas reales a favor del emperador, que nombró rey de España a su hermano José. Todo ello provoca un alzamiento nacional que se inicia en Madrid el 2 de mayo de 1808. Inmediatamente se extiende por otros puntos de la península. El ejército napoleónico se vio hostilizado por las guerrillas (que se apoyan en una orografía montañosa), por la ineficacia de la famosa estrategia napoleónica al enfrentarse a un pueblo y no a un ejército, viéndose obligado a capitular en Bailén (julio 1808). Napoleón decidió intervenir personalmente en España. La `Grande Armée' cruzó los Pirineos y con relativa facilidad restableció la situación. En diciembre, Madrid capituló ante Napoleón, quien pronto abandonó la península para atender a los problemas que planteaba la formación de una nueva coalición en Europa encabezada por Inglaterra y Austria. En Lisboa, los ingleses habían desembarcado un ejército para hacer frente a las tropas francesas en España. La victoria de Napoleón frente a los austríacos en Wagram dio como resultado un matrimonio: el de Napoleón con la archiduquesa Mª Luisa, hija del emperador austríaco (Napoleón se divorció de Josefina debido a la infecundidad de ella). El imperio francés parecía consolidado y aseguraba su continuidad con un futuro Napoleón II. Fue entonces cuando Inglaterra se decidió por una política de desgaste, mediante el apoyo a españoles y portugueses.

Mientras tanto, el zar Alejandro I rompe el bloqueo continental en 1810 y Napoleón decide invadir Rusia. La desastrosa campaña de Moscú (debido en gran parte a la falta de abastecimiento y a las duras condiciones climatológicas), emprendida en 1812 en plena Guerra de Independencia española, animó a las naciones sometidas a sacudir sus cadenas. Las potencias europeas están ahora dispuestas a unirse frente al que consideran una amenaza continental. En 1813, al tiempo que españoles e ingleses casi expulsan de la península ibérica a los franceses, los rusos reciben en Europa central el refuerzo sueco. Aunque Napoleón consiguió las victorias de Lützen (mayo 1813) y Bautzen (mayo 1813), la deserción de Austria fue seguida inmediatamente por la abrumadora derrota francesa de Leipzig (octubre 1813). Francia se había quedado sola. Los ejércitos aliados avanzan hacia Francia. Al fin, viendo a Francia invadida, Napoleón abdica en abril de 1814 y es recluido con guarnición en la isla de Elba. Pero en febrero de 1815, Napoleón escapa y desembarca un mes después en Francia, con lo que se inicia el reinado de los Cien días. Su presencia en Francia produjo una revitalización de los núcleos revolucionarios, pero Napoleón no se decidió a buscar el apoyo popular, sino que se proponía gobernar como antes de su abdicación, es decir, como emperador.

Mientras tanto, una vez recuperado el poder, empezó la campaña de Bélgica, pero la batalla de Waterloo (18 de junio de 1815), ganada por los ingleses y prusianos, dio al traste con las esperanzas de Napoleón, que acabó sus días en la isla de Santa Elena.

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La obra de Napoleón Bonaparte se iba a prolongar una vez desaparecido él de la escena política.

En primer lugar, la división territorial de Francia en departamentos, al tiempo que terminaba con unas provincias ficticias, herencia de los tiempos feudales, daría a la nación gran estabilidad, por huir de arbitrariedades y adaptarlas a regiones naturales.

En segundo lugar, el Código napoleónico, obra de su gran capacidad de legislador y administrador, serviría de pauta a todos los códigos civiles redactados en la Europa del s. XIX (! derogaba todos los derechos particulares y los privilegios feudales, y proclamaba la plena igualdad ante la ley, lo que constituía el triunfo jurídico de la idea burguesa revolucionaria).

Por último, los movimientos de fronteras que provocaría con sus acciones militares tendrían honda trascendencia: se puede decir que Suiza, Holanda y hasta cierto punto Italia son obra de Napoleón.

La larga fase de Revolución y de estabilización post-revolucionaria en Francia transformó en sus fundamentos culturales y en sus comportamientos mentales y políticos a toda Europa. En efecto, Napoleón, que siguió primero el modelo de expansionismo revolucionario del año 1792 y luego del Directorio, aceleró singularmente la destrucción del Antiguo Régimen señorial y absolutista en Europa. Hasta 1807, la igualdad civil y la libertad individual (principales instrumentos de la destrucción de las sociedades jerarquizadas y feudales) progresaron en todos los lugares por donde pasaron los ejércitos franceses, gracias a la aplicación de la legislación inspirada en el Código napoleónico. La extensión de los principios revolucionarios, entre ellos el de la soberanía nacional, revirtió en contra de Napoleón cuando los pueblos dominados quisieron aplicarlos, que se movilizaron a menudo en nombre de los ideales de libertad y soberanía nacional importados de Francia.

Nueva organización administrativa y fiscal:

  • Basada en la capacidad económica del contribuyente.

  • Codificación legislativa.

  • Concordato con la Iglesia.

  • Organización del sistema educativo.

  • Principio de libertad de los campesinos y de la igualdad civil.

  • Abolición de los particularismos estatales en Italia y Alemania.

TEMA 5. ESPAÑA: GUERRA Y REVOLUCIÓN.

Durante el reinado en España de Carlos IV (1788-1808) se agudiza la crisis del Antiguo Régimen. Con el estallido de la Revolución Francesa en 1789, los ministros españoles conde de Floridablanca y conde de Aranda impusieron una dura censura, redoblando las medidas contrarrevolucionarias. Pero la política seguida por Manuel Godoy (sucesor del conde de Aranda) fue totalmente opuesta a la anterior. Miembro de la Guardia Real, ganándose la confianza de la familia reinante (Carlos IV y la reina Mª Luisa), siguió una vertiginosa carrera política llegando a primer ministro. Godoy cambió el rumbo político anterior e inició una actitud de cooperación con Francia (Tratado de San Ildefonso, 1796: alianza franco-española en caso de guerra contra Inglaterra) que, sin embargo, no logró al cabo más que supeditar España a los intereses de aquélla.

Napoleón, una vez proclamado emperador (1804), trató de imponer un dominio hegemónico (político y familiar) sobre Europa. La cooperación española con Francia se tradujo en una guerra con Portugal (1801) -para obligarle a que renunciara a la alianza con los ingleses- y dos con Inglaterra (1802 y 1805). El sueño del emperador de invadir Inglaterra se desvaneció en la batalla de Trafalgar (1805), que sostuvieron franceses y españoles contra ingleses, y que acabó con la escuadra española.

El único medio que quedaba a Napoleón era el bloqueo, cerrando los puestos continentales europeos al comercio británico. Para ello, en 1807 firmó con España el Tratado de Fontainebleau cuyo cumplimiento, en versión primera del emperador, no debía tener más objeto que la de autorizar la entrada de las tropas francesas en la Península para, en unión de las españolas, llevar a cabo una acción conjunta contra Portugal, aliada secular de Inglaterra y opuesta a colaborar en el bloqueo continental decretado por Bonaparte contra Gran Bretaña (! En esta época, Carlos IV tenía en mente conseguir la unidad ibérica, lo que hace que España también esté interesada en el país luso).

Sin embargo, las tropas francesas que penetraron en España no se limitaron a encaminarse hacia Portugal sino que fueron ocupando las plazas fuertes españolas [! Los franceses, que en un principio fueron bien recibidos por el pueblo español, que creía que el objetivo de Napoleón era derribar a Godoy y entronizar a Fernando, fueron ocupando sin resistencia los puntos estratégicos de España hasta llegar a Portugal. Así, Napoleón quedó como señor absoluto de la península (! rechazando el Tratado de Fontainebleau, que estipulaba el reparto de Portugal entre Francia y España, Napoleón exigió la totalidad del reino portugués)].

Es el propio Godoy el que acabó descubriendo, aunque tarde, las verdaderas intenciones de Napoleón. La idea del favorito era trasladar a la familia real y a los órganos de gobierno hasta Sevilla, para huir desde allí hacia América. Pero el viaje se vio interrumpido por el conocido `Motín de Aranjuez' (17-marzo-1808) promovido por la alta nobleza contraria a Godoy (! La alianza con los franceses y la derrota de Trafalgar supuso para España dejar de ser una potencia marítima, lo cual suponía la vertiginosa liquidación de su imperio. El pueblo achacaba todos estos males al gobierno y particularmente a Godoy, que vino a convertirse en la figura más odiada en la historia de España. Contribuyó a este odio, extendido a todas las clases sociales, el origen que se atribuía a su valimiento, la acumulación inaudita de bienes y honores, su petulancia, el fausto insensato de que había rodeado su persona y su notoria inmoralidad, todo ello detestable para la austeridad española. El hacer frente al valido sólo era posible para el hijo de Carlos IV, Fernando, al cual Godoy, en su deseo de apartarle de toda intervención en la política, había convertido en su implacable enemigo. Se formó un partido fernandino, en contra de los reyes y de Godoy, y en este grupo puso el pueblo español sus últimas esperanzas).

Ante la catástrofe total de la nación española, cuando los ejércitos de Napoleón avanzaban amenazadores hacia Madrid y la corte real reunida en Aranjuez proyectaba escaparse hacia América, el pueblo asaltó el palacete de Godoy en Aranjuez (! el partido adverso a Godoy había exaltado los ánimos entre la plebe madrileña). Ello obligó a Carlos IV a abdicar en su hijo Fernando, que desde aquel día (19-marzo-1808) comenzó a reinar con el nombre de Fernando VII.

El cambio de monarca no evitó la invasión francesa, como esperaba el pueblo español, por tres motivos: 1º) Carlos IV no aceptó la pérdida de la corona realmente; 2º) la irregular forma en la que Fernando VII accedió al trono hizo que éste buscara el consentimiento de Bonaparte, accediendo a reunirse con él en Bayona, con el fin de impedir que con ayuda de los franceses su padre fuera repuesto en el trono; y 3º) sobre todo lo anterior, Napoleón había decidido ya convertir la invasión de Portugal en ocupación de toda la península.

Napoleón, que nunca había reconocido la autoridad de Fernando VII, decidió aprovecharse de la crisis dinástica española para sustituir a los Borbones por los Bonaparte. Citó a padre e hijo en Bayona, adonde acudieron ambos por separado, y logró primero la cesión de los derechos de Carlos IV (acaso cegado todavía por la posibilidad de que volviese la situación anterior al motín de Aranjuez) y después que Fernando, bajo amenazas de muerte, devolviera la Corona a su padre, el cual la cedió a Napoleón, tal como habían acordado. Esto fue un acto que tuvo lugar con todos los formulismos legales y fue aceptado por todas las instituciones y personajes relevantes del reino. El tratado acordaba que el rey de España cedía al emperador sus derechos a la Corona, con las condiciones de que se mantendría la integridad de la monarquía, de que el príncipe elegido para ocupar el trono sería independiente y de que la religión católica había de ser mantenida como única en el reino.

Con las abdicaciones de Bayona quedaba libre el trono español para colocar en él a un miembro de la familia napoleónica: el 7 de julio de 1808 José Bonaparte era proclamado rey de España. Fernando VII permaneció retenido en Valençay bajo la orden de Napoleón. No obstante, este alejamiento de la península le valió el atraerse la simpatía de la mayoría del pueblo español (! sólo una minoría -los afrancesados: hombres formados en la Ilustración y en su mayoría intelectuales- aceptó la sustitución de Fernando VII por José I, jurando la `Constitución de Bayona', que había sido aprobada por una Asamblea de Notables reunida en junio por Napoleón), que luchó para destituir al rey intruso y favorecer el regreso de Fernando VII.

La Constitución de Bayona no era excesivamente liberal pero protegía los derechos individuales y modernizaba el sistema judicial y fiscal. Podía haber representado un primer paso en la modernización y liberalización de España, pero no llegó a aplicarse, dado que una gran parte del pueblo español la rechazaba por considerar a la nueva monarquía como ilegítima y como el producto de una traición.

En tanto se desarrollaban las conferencias de Bayona, cuando Carlos IV era aún reconocido como rey de España, el pueblo de Madrid estalló en una rebelión desesperada que se corrió con rapidez asombrosa hasta los últimos confines de la península y que unificó todos los estamentos sociales. Con el levantamiento en Madrid, el 2 de mayo de 1808, de la multitud congregada ante el Palacio Real, cuando los franceses pretendían llevarse a la fuerza al infante Francisco de Paula, todavía un niño (hermano menor de Fernando VII), para trasladarlo a Bayona, comenzó la Guerra de Independencia (1808-1814) que involucró a la totalidad del territorio español.

La sublevación en Madrid fue fácilmente dominada por las infinitamente superiores fuerzas francesas. Sin embargo, el 2 de mayo se convirtió en un símbolo de la oposición popular a la autoridad oficial, sometida a los designios de Napoleón.

El ejemplo madrileño cundió en el resto de España. Cuando se hicieron públicas las abdicaciones de Bayona, el resentimiento popular contra los franceses se tradujo en la defensa de los derechos de Fernando VII. El vacío de poder, motivado por la desconfianza en las autoridades locales que se suponían leales a los franceses, provocó el recurso a las instituciones del Antiguo Régimen: la Junta General del Principado de Asturias, la Diputación del Reino de Galicia, las Cortes de Aragón. Y donde no existían se crearon Juntas Provinciales que más tarde delegarían en una Junta Central, establecida primero en Aranjuez, después en Sevilla y finalmente en Cádiz. La consigna era expulsar a los franceses del territorio nacional. Las Juntas se pusieron en contacto con los ingleses, que enviaron armas y dinero. Más tarde, desembarcarían un ejército en Portugal, abriendo un nuevo frente de ataque contra Napoleón.

  • Guerra de la Independencia (1808-1814)

La lucha contra Napoleón pasaría por tres etapas: 1ª fase (junio 1808-noviembre 1808), 2ª fase (noviembre 1808-enero 1810) y 3ª fase (1810-1814).

    • Primera fase:

Tras los alzamientos de mayo, fueron los franceses quienes, amparándose en su mejor organización y superioridad numérica, iniciaron una ofensiva en gran escala para apoderarse rápidamente del país. Sin embargo, los planes fracasaron, gracias en parte al heroísmo de algunos contingentes españoles, pero sobre todo a la concepción estratégica utilizada por Napoleón, que dejó en poder de los sublevados el control de las comunicaciones, al tiempo que tuvo que obligar a sus propias fuerzas a diluirse en los diversos frentes de ataque.

Así los españoles consiguieron rechazar a sus enemigos en Zaragoza, Valencia y Girona, y con un improvisado ejército regular dirigido por el general Castaños, frenaron al ejército francés que marchaba hacia el sur en la batalla de Bailén (19-julio-1808). Ello provocó la salida precipitada de Madrid de José I, retirándose a Vitoria, y las tropas francesas tuvieron que replegarse hacia el norte (! a comienzos de agosto de 1808, los franceses únicamente controlaban el territorio entre el Ebro y los Pirineos). Desde el punto de vista político, se constató la necesidad de organizar un poder centralizado que gobernara en nombre de Fernando VII y dirigiera la guerra. El 25 de septiembre de 1808 se crea en Aranjuez la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino, compuesta por 34 miembros representantes de las Juntas Provinciales. Un mes antes, el 30 de agosto de 1808, en Portugal, los ingleses hacían capitular al ejército francés en Cintra.

    • Segunda fase:

La segunda fase comienza en noviembre de 1808 con la llegada de Napoleón a España al frente de su gran ejército (250.000 hombres), avanzando directamente hacia Madrid, donde repuso a su hermano en el trono de España. Desde allí dirigió la gran ofensiva: obligó a la Junta Central a trasladarse a Sevilla y forzó a los ingleses (que habían desembarcado en Portugal y penetrado en Galicia en persecución de los franceses) a reembarcar en La Coruña. En 1809, casi todas las ciudades y grandes rutas españolas habían pasado a ser dominadas por los franceses. Las fuerzas españolas se encontraban bajo mínimos y hasta bien entrado 1811, no se obtendrían resultados positivos. Pero en este punto suceden dos hechos de gran importancia: en primer lugar, la definitiva entrada de Inglaterra en la guerra; en segundo lugar, la aparición de la guerrilla, tropas de paisanos armados, perfectos conocedores del terreno, que dificultaban los movimientos del ejército francés, asaltaban sus convoyes e impedían el avituallamiento. Si bien nunca constituyó un elemento decisivo, sí creó un ambiente tremendamente hostil hacia el ejército invasor. Algunos agrupamientos, como los mandados por Espoz, Longa o El Empecinado, llegaron a poseer la eficacia de las fuerzas regulares. Fueron a la vez el máximo exponente del carácter popular de la guerra, y del fracaso militar. Comenzaba una concepción de lucha muy distinta de la clásica y con gran futuro.

En enero de 1810, los franceses continuaban siendo dueños de la mayor parte de España, inclusive Andalucía (en febrero caía Sevilla, pero Cádiz se mantenía inexpugnable), coincidiendo con el cese de la Junta Central. Se constituyó entonces una Regencia como gobierno de la España independiente, que organizó la convocatoria de Cortes, que se reunieron el 24 de septiembre de 1810 en Cádiz.

    • Tercera fase:

La acción combinada de las guerrillas y los ataques de los ejércitos regulares de España e Inglaterra (a cuya cabeza se hallaba sir Arthur Wellesley, el futuro lord Wellington) obligaron a iniciar la retirada a los franceses, sobre todo después de haber tenido Napoleón que llamar de España a unos cuantos miles de hombres para enviarlos al frente de Rusia. Victoria tras victoria (Arapiles, 1812; Vitoria y San Marcial, 1813), España pudo considerarse victoriosa a comienzos de 1814 frente a las fuerzas de Napoleón. Quedaba todavía en manos francesas todo el este español. Hasta el 18 de abril de 1814 hubo fuerzas francesas en España, ocupando Cataluña, donde aún se encontraban cuando regresó Fernando VII en marzo de aquel año (! libre en realidad desde la firma del tratado de Valençay en diciembre de 1813). A principios de junio de 1814, los franceses había evacuado ya las últimas plazas españolas.

LA REVOLUCIÓN LIBERAL DE LAS CORTES DE CÁDIZ. LA CONSTITUCIÓN DE 1812.

Antes de que terminara la guerra, tuvo lugar en Cádiz la revolución liberal española.

El momento inicial de ésta debe situarse en septiembre de 1810, cuando la Regencia que sustituye a la Junta Central mandó reunir Cortes en Cádiz, no por estamentos sino al estilo de la revolucionaria Asamblea francesa de 1789, es decir, en Cámara única y voto por cabeza.

Las Cortes de Cádiz, como aquella Asamblea, trabajaron por desarticular el Antiguo Régimen y crear las bases del sistema liberal español; ello mediante cuatro grupos de reformas:

1ª) Reforma política.- Llevada a cabo entre 1810 y 1811, tuvo como puntos básicos la proclamación de la soberanía nacional; la promulgación de la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial); la concesión de algunas libertades, como la de imprenta; y, por último, la aprobación de la Constitución de 1812, donde quedan reflejados los anteriores principios.

2ª) Reforma administrativa.- Se buscó centralizar y racionalizar los organismos e instituciones del país, sustituyendo, entre otros aspectos, la división de España en reinos por una nueva división en `provincias' -en realidad ya existentes aunque con distinta organización-, ahora con su jefe político o gobernador civil y una Diputación provincial en cada una.

3ª) Reforma social.- Ejecutada entre 1811 y 1813, pretendió conseguir la liquidación del orden estamental. Para ello se declaró la igualdad absoluta de todos los hombres ante la ley. Se abolieron las instituciones del Antiguo Régimen, suprimiéndose las pruebas de nobleza y todos los privilegios señoriales. La supresión de la Inquisición y del diezmo, el impuesto que tradicionalmente cobraba la Iglesia sobre la tierra, provocó la ruptura diplomática con la Santa Sede y les atrajo la enemistad de una gran parte del clero.

4ª) Reforma económica.- Se logró regularizar y centralizar la Hacienda y liberalizar la economía, suprimiendo los antiguos privilegios corporativos. Se abolieron la Mesta, las aduanas y los gremios. Se liberalizaron el comercio y los precios, sentando las bases de una economía de libre mercado. La Hacienda Pública se organizó a través de una Caja única que debía recoger todos los ingresos del Tesoro y redistribuirlos de acuerdo con las necesidades del país.

La obra de las Cortes de Cádiz fue verdaderamente revolucionaria (! la Constitución de Cádiz de 1812 fue tomada como modelo por las de Portugal, Grecia, Nápoles, Piamonte, Polonia y varias repúblicas americanas, convirtiéndose en el símbolo de los nuevos tiempos). Pero a la hora de llevarla a la práctica se pondrían de manifiesto las distorsiones entre la fórmula legal y la realidad nacional. Esta distorsión permitió a Fernando VII anularla sin demasiados esfuerzos en cuanto pisó nuevamente territorio español.

TEMA 7. LIBERALISMO Y ABSOLUTISMO EN EL MARCO DEL ORDEN INTERNACIONAL.

La coalición que venció a Napoleón I se fijó como tarea esencial remodelar la geografía política y social de Europa en un congreso convocado en Viena (noviembre 1814 - junio 1815). La derrota de Napoleón hace ver la necesidad de replantear la vida internacional sobre bases muy diferentes, incluso contrarias, a las que habían inspirado a la Europa revolucionaria, dirigida por Francia. A la dirección de una sola potencia sustituiría la dirección de varias, las vencedoras de Napoleón. Estas naciones vencedoras desean someter la vida internacional a un derecho que no sea el de la fuerza, para lo que han de implantar un sistema de seguridad colectiva. Hostiles a la etapa histórica que Europa acaba de vivir, se inspiran en el Antiguo Régimen y se oponen a la soberanía nacional; su obra significa la lucha contra el mapa y las ideas de la Revolución Francesa.

El Congreso de Viena restauró una Europa monárquica, perturbada por la expansión francesa, pero sin una coherencia ideológica, ni siquiera en el terreno político, donde el absolutismo dominante convivía con prácticas constitucionales, como en Francia o en Noruega.

En el marco internacional, el orden territorial europeo se reconstruye sobre dos principios: la legitimidad (cada territorio es devuelto a su legítimo dueño, según el derecho monárquico) y el equilibrio entre las distintas potencias (se redondean países, se establecen zonas-tampón, etc.).

El orden político interno de cada país se caracteriza por la restauración del gobierno monárquico por excelencia. El rey tiene siempre todo el poder, tanto en el terreno ejecutivo como en el legislativo. El rey puede compartirlo con una Cámara o con sus ministros.

Quedan marginados, por tanto, el nacionalismo (! la aspiración de los pueblos de una misma cultura a unificarse políticamente bajo un gobierno independiente) y el constitucionalismo (! a partir de una Carta constitucional y de la separación de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial).

El nuevo orden europeo vendría definido por cinco potencias: las cuatro vencedoras de Napoleón (Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia) y la misma Francia (! Por la Primera Paz de París, mayo de 1814, el trono francés era ocupado por el Borbón Luis XVIII y el retorno de Francia a las fronteras de 1792), siendo sus principales artífices Castlereagh (por Inglaterra), el zar Alejandro I (por Rusia), Metternich (por Austria), Hardenberg (por Prusia) y Talleyrand (por Francia). Esta dirección colegiada configura el sistema de la Pentarquía.

El status establecido se mantuvo durante medio siglo. Así, Polonia pasó a Rusia; Sajonia y Renania a Prusia; Tirol y Lombardía-Veneto a Austria; Noruega a Suecia; Luxemburgo y Bélgica a Holanda; Saboya y Génova a Cerdeña; Malta y territorios extra-europeos a Gran Bretaña.

Por iniciativa del zar Alejandro I se organizó la Santa Alianza (1815), pacto entre Rusia, Prusia y Austria y con la adhesión de Francia para ayudarse mutuamente en el caso de revolución liberal. En virtud de dicho pacto, los austríacos intervinieron en Italia para sofocar la revolución de Nápoles y Piamonte, y los franceses entraron en España (Cien Mil Hijos de San Luis) para devolver a Fernando VII el poder absoluto (1823).

Este mismo año (1815) se estableció la Cuádruple Alianza, que ligaba a Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia contra una eventual renovación del peligro francés y se comprometían a sostener en el trono de Francia a Luis XVIII.

En definitiva, los tres postulados de la Restauración son: realismo (rey legítimo de poder de origen divino), responsabilidad internacional de las potencias (la vida internacional debe estar dirigida por las grandes potencias), intervención (la Santa Alianza y la Cuádruple Alianza). Estos postulados teóricos se plasman en varios congresos, donde se discuten los posibles conflictos.

La Restauración se vio apoyada por algunos pensadores que recogen en sus obras la hostilidad contra los principios liberales y proclaman la exaltación de la tradición. Así, según Joseph de Maistre y otros tradicionalistas, la sociedad humana empezó como un régimen inevitable establecido por Dios. En todas las sociedades, los grupos sociales están escalonados en jerarquías. Las desigualdades de posición deben considerarse consecuencia del plan divino. La obediencia al legítimo soberano es un deber religioso. El poder del monarca queda regulado por instituciones tradicionales, se apoya en el clero y se auxilia de una nobleza habituada a gobernar por las delegaciones de poder que durante siglos le había confiado la realeza.

Tradición, orden, defensa de las instituciones del Antiguo Régimen -realeza, Iglesia-, apelación al papel de la aristocracia, subordinación jerárquica de los restantes grupos sociales a los estamentos del privilegio, son postulados con los que algunos pensadores se esforzaron en cimentar intelectualmente la Europa restaurada.

TEMA 8. LOS CAMBIOS SOCIOECONÓMICOS: LA INDUSTRIALIZACIÓN Y EL TRIUNFO DE LA CIVILIZACIÓN BURGUESA.

La Europa de 1815 parecía organizarse bajo el signo de la restauración monárquica y aristocrática. Sin embargo, bajo el doble impulso de las nuevas ideas surgidas de la Revolución Francesa y propagadas en Europa por los ejércitos napoleónicos y de las transformaciones provocadas por la Revolución Industrial, el ascenso y más tarde el dominio de la burguesía caracterizaron la evolución del s. XIX, primero en la Europa occidental y en EEUU, y después en la Europa central; también se vieron afectadas las sociedades rurales tradicionales de la Europa oriental y meridional. El crecimiento económico derivado de la Revolución industrial modificó las estructuras sociales.

La industrialización produjo sus primeros efectos en el Reino Unido antes de alcanzar a la Europa occidental, EEUU y más tarde a los estados alemanes. Aunque en sus comienzos no afectara directamente más que a una minoría de la población, supuso el desarrollo de dos grupos sociales a la vez antagónicos y complementarios: los empresarios y las clases obreras.

El reducido coste de inversión de las primeras máquinas y la escasa concentración en el momento del despegue de la producción industrial hicieron posible la formación de una nueva clase capitalista. En el s. XIX, los empresarios habían tomado conciencia de sus intereses comunes para reivindicar al Estado una mayor libertad y para resolver los problemas de mano de obra. La industrialización multiplicó las fuerzas de la burguesía y favoreció a una burguesía financiera que drenaba y distribuía los capitales; la construcción de los ferrocarriles, tarea que excedía la capacidad individual, exigía la formación de sociedades y obligaba a recurrir al ahorro de otros sectores (sobre todo de la burguesía territorial), a las que interesó en la actividad industrial.

A medida que progresaba la industrialización las inversiones eran más importantes, las máquinas más costosas y las manufacturas mayores, al tiempo que la concentración de las empresas levantaban una barrera entre patronos y obreros.

Podemos decir que la Revolución industrial modificó radicalmente la estructura de la sociedad provocando el enriquecimiento de los poseedores de los medios de producción (burguesía) y el comparativo empobrecimiento de los trabajadores industriales, quienes muy pronto fueron conscientes de que su única fuerza radicaba en su unión como clase.

Durante el s. XIX, la burguesía fue consolidando su poder llegando a dominar el Estado a finales de siglo. El poder burgués se consolidó en el marco de las ciudades, que conocieron un crecimiento extraordinario a lo largo del s. XIX. Las funciones de la ciudad se multiplicaron con la implantación de nuevas técnicas (iluminación a gas, y posteriormente la eléctrica). Las relaciones se hicieron más funcionales, los comportamientos más individuales y las familias más reducidas. El ferrocarril, con el establecimiento de las estaciones, contribuyó al crecimiento de nuevos barrios. Paralelamente, la ciudad moderna acentuó las divisiones sociales y enfrentó a unos barrios ricos residenciales con otros barrios pobres, desplazados a la periferia. La ciudad era el centro del poder: poder político (asambleas representativas y administración estatal), poder intelectual (escuelas, bibliotecas) y poder económico (bancos y grandes sociedades de negocios).

La vida urbana exigía unos intercambios monetarios importantes: el dinero se ganaba, se gastaba y circulaba con mayor rapidez, su atractivo estimulaba las actividades y se identificaba con el burgués. Por ello, la burguesía utilizó el liberalismo para extender y reforzar su influencia. El liberalismo le proporcionó una nueva mentalidad y una ideología de acción.

La Ilustración (s.XVIII) había introducido los nuevos conceptos de progreso y felicidad individuales: el hombre podía mejorar su condición material y su condición moral utilizando su libertad. El liberalismo consideraba que la sociedad debía ser el resultado del libre juego de las actividades individuales. A comienzos del s. XIX, el liberalismo parecía subversivo por su recelo frente al Estado, las Iglesias y las tradiciones aristocráticas: la libertad individual no puede depender de la decisión exclusiva del rey, que tendría facultad de revocarla. El titular último del poder es el pueblo. El poder popular, o la soberanía nacional, implica la limitación de las facultades de los reyes, mediante constituciones, en las cuales se consignan las garantías de los ciudadanos y la división de los poderes, que nunca deben estar concentrados. El derecho a legislar corresponde sólo a los parlamentos (formados por distintos grupos políticos que representan a los ciudadanos).

Con estos postulados, el liberalismo comporta la destrucción del antiguo orden político (! libertad individual), pero se despreocupa de las estructuras sociales y económicas. Se convierte así en ideología de una clase, la burguesía. Por eso, el temor a la revolución social inclina a los liberales (= burgueses) a interpretar en sentido restrictivo la soberanía nacional (el poder popular) con la negación del sufragio universal; sólo poseen derecho de voto los grupos con un determinado nivel de riqueza o de cultura (! el liberalismo, preocupado por el desarrollo del individuo, concedía una gran importancia a la instrucción), implantando el sufragio censitario.

En definitiva, el poder burgués se basa en una constitución escrita, una monarquía limitada, elecciones y partidos políticos, el sufragio censitario, la descentralización, la igualdad jurídica y la desigualdad social.

TEMA 9. DESAFÍOS, FRACASOS Y AVANCES REVOLUCIONARIOS

(1820-1834)

La Restauración había sofocado en 1815 (Congreso de Viena) las ansias nacionales de los pueblos. Sin embargo, la tendencia nacionalista iniciada por la Revolución Francesa a fines del s. XVIII había hecho mella en todos los pueblos europeos y con mayor fuerza en los que habían quedado bajo el dominio de alguna potencia. El Congreso de Viena no acertó a percatarse de la creciente fuerza del nacionalismo: los anhelos de independencia nacional rebrotan y constituyen otra base de los procesos revolucionarios, en los que estallan la rebeldía de los patriotas italianos contra el despotismo austríaco, la de los polacos contra Rusia, la actividad de los revolucionarios alemanes, y la de los patriotas belgas que reclaman la separación de Holanda.

GRECIA

Sin embargo, el impacto que tuvo entre los medios culturales de la época la lucha de liberación de los griegos frente a los otomanos, constituyó un estímulo para los pueblos europeos oprimidos. Desde principios del s. XVIII, Grecia estaba sometida al Imperio otomano. La elevada presión fiscal y la distribución de la mayoría de la propiedad agraria entre la minoría turca despertó el espíritu de independencia nacional de los griegos que se sublevaron en 1821, redactando la Constitución de Epidauro que proclamaba la independencia de Grecia en enero de 1822. Este levantamiento fue inmediatamente sofocado por los turcos que desencadenaron una represión implacable con matanzas como la de Quíos en abril de ese mismo año. La lucha heroica de los griegos, la admiración universal por el pasado cultural de Grecia y el horror de las matanzas turcas motivaron un sentimiento de solidaridad en Europa, que acude a organizar el ejército heleno. El sultán otomano consiguió el apoyo de Egipto, restaurando oficialmente el poder otomano en 1825, apoderándose de Atenas y provocando la matanza de más de 200.000 griegos. Sin embargo, los Estados europeos, interesados en debilitar el poder turco y en establecer una tutela occidental sobre los Balcanes, además de en apoyar a los griegos en su lucha nacional, derrotan a la flota turco-egipcia en 1827, que supuso la entrada de los aliados en territorio griego. En el Tratado de Adrianópolis (1828) Turquía reconoce la independencia de Grecia.

ITALIA

La liquidación del período napoleónico por el Congreso de Viena había dejado a la península italiana sojuzgada y dividida: Austria conservaba Lombardía y el Véneto como provincias del Imperio; los ducados de Parma, Módena y Toscana estaban regidos por archiduques austríacos; el papa no sólo gobernaba los Estados Pontificios, sino que extendía su gobierno a las provincias del Adriático llamadas legaciones; en Nápoles y Sicilia volvían a gobernar los Borbones según sus métodos tradicionales.

Todos estos monarcas eran enemigos de las ideas democráticas y se sentían autorizados a su represión por los principios de la Santa Alianza (1815). Sin embargo, seguían propagándose las ideas revolucionarias. En un clima de exaltación romántica, la primera generación de patriotas italianos soñaban con derrotar al absolutismo encarnado por Austria y crear un estado nacional y democrático, heredero de la Revolución Francesa (! El nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesía liberal, imbuida de la mentalidad de la Ilustración, que empezó a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo). El primer `Risorgimento' fue, ante todo, un movimiento de ideas, expresado en las obras de novelistas y poetas. Los patriotas se reunían en sociedades secretas cuyo ritual y cuyos ideales derivaban de la francmasonería: los güelfi (en Módena y Parma), los federati (en Lombardía), los adelfi (en el Piamonte) y, sobre todo, los carbonari (en Nápoles), cuyos miembros se agrupaban en secciones llamadas `ventas'. Sobre todo, lo que unía a los italianos era la lengua. Podían estar separados por fronteras, con monarcas extranjeros impuestos por la Santa Alianza, pero tenían muy presente la idea de que la lengua era símbolo de nación y que la adhesión a sus normas era un signo de nacionalidad. Los grupos revolucionarios, deficientemente organizados, promovieron violentas campañas de agitación en contra de la nueva estructuración política del país. En Nápoles, Fernando I (Borbón) se vio obligado a aceptar una constitución (1820), pero en 1821 solicitó la intervención austríaca que restableció pronto sus poderes absolutos. La agitación se extendió al Piamonte, donde Victor Manuel I se vio obligado a abdicar (1821) en su hermano Carlos Félix I, quien otorgó una constitución; pero de nuevo la intervención austríaca puso fin al estado constitucional.

A lo largo de la década 1820-30, constantes revueltas, siempre reprimidas violentamente, agitaron los territorios italianos.

La Revolución Francesa de 1830 suscitó en febrero de 1831 una nueva llamarada de revueltas en los Estados Pontificios y en los ducados de Parma y Módena. Se fundó la “Joven Italia”, organización que se proponía instaurar una república unitaria en la península italiana. Pero la Francia de Luis Felipe de Orleans, cuyo apoyo esperaban los patriotas, proclamó la no intervención. Los movimientos fueron yugulados por los austríacos, que ocuparon Bolonia, mientras que los franceses establecieron una guarnición en Ancona para proteger los Estados Pontificios.

A las revoluciones de 1821 y 1831 siguieron los éxodos de patriotas proscritos, que partieron rumbo a Francia, Suiza, Bélgica o Gran Bretaña, y se persuadieron así de que la generación de Italia no podía lograrse a base de conspiraciones aisladas, sino por la adhesión general de todos los estamentos sociales en torno a un proyecto común.

FRANCIA

En 1814, al ser restituido en el trono francés, Luis XVIII promete dotar a Francia de un régimen representativo. Es lo que se llama el régimen de `Carta otorgada'. Se trata de un régimen que pretende combinar el poder real, sin debilitarlo, y la consulta a la nación (! Los Borbones insistían en sus derechos de soberanos por la gracia de Dios y otorgaban libertades constitucionales como un favor gratuito, no como un reconocimiento de la soberanía popular). La Carta establecía dos cámaras: un Senado (o Cámara de los Pares), ocupado por los aristócratas, cuyo asiento es hereditario, escogidos por el rey; y la Cámara de los Diputados, elegidos por el censo de los que pagaban una contribución superior a 300 francos anuales. La Carta reconocía los principios de libertad, igualdad y propiedad, aunque preveía que la libertad de prensa podría ser restringida por leyes para reprimir los abusos (! se impedía la circulación de los periódicos con el establecimiento del impuesto o tasa de un sello en cada número). También se garantiza la libertad religiosa y la práctica de los diferentes cultos (! aunque se proclama la religión católica como credo oficial del Estado). Sin embargo, no existe la separación explícita de poderes: la autoridad no viene del pueblo, sino de Dios, y en consecuencia el rey acumula la del ejecutivo y su proyección sobre el legislativo (! se otorgaba al rey el derecho de legislar por decreto) e incluso sobre el judicial (! se reserva al rey los tradicionales privilegios de gracia).

Luis XVIII había concedido la Carta, un poco para dar muestra de su benevolencia, pero una vez promulgada se sentía satisfecho con el poder que aquélla le reservaba. No pensaban así los “ultras” (más realistas que el rey) que constituyeron durante la Restauración la fuerza política mejor organizada. Representada por una fracción importante de la nobleza territorial, el ultrarrealismo enlazaba con la ideología contrarrevolucionaria: tradicionalismo y defensa de la monarquía de derecho divino, aborreciendo incluso la noción de un texto constitucional.

En contra de los ultras estaban las diferentes formas del liberalismo: los “doctrinarios” (una burguesía abierta y móvil formada por antiguos miembros de la administración napoleónica y también por algunos negociantes y miembros de las profesiones liberales) que estaban a favor de la Carta, no sólo porque ésta garantizaba las conquistas revolucionarias sino porque levantaba una barrera ante las masas populares (que no podían participar en los asuntos políticos). A la izquierda de los doctrinarios se hallaban los “independientes”, que combatían activamente no sólo los tratados de 1815, sino también la preeminencia que habían recuperado el clero y la nobleza.

Para imponer sus principios, los ultras y las oposiciones se esforzaron en conseguir mayoría en la Cámara de los Diputados. La consiguieron los ultrarrealistas que pedían una represión para los revolucionarios (! período llamado “Terror blanco”). Les parecía tibio el gobierno constitucional y el rey inconsecuente porque no aprovechaba la mayoría parlamentaria para reformar o abolir la Carta. Así, durante el reinado de Luis XVIII y debido a la mayoría ultrarrealista, se retorna a las medidas autoritarias: depuración del ejército, campaña de recatolización del país, represión de la prensa. Despojada de sus armas legales, una parte de la oposición se inclinó hacia la acción clandestina, en el marco del carbonarismo.

En 1824 asciende al trono Carlos X (hermano de Luis XVIII), acentuándose todavía más las tendencias conservadoras del gobierno, primero con el gobierno del ministro Villèle y después con el príncipe Polignac, con medidas satisfactorias para la nobleza y el clero en perjuicio de la clase media (! aprobación de las leyes sobre los sacrílegos y los miles de emigrados, indemnización a la nobleza por los bienes confiscados por la Revolución, restablecimiento de los mayorazgos que vinculaban las tierras a los primogénitos de las familias nobles...)

Descontento el rey por unas elecciones de que había resultado una Cámara opuesta a su política, decretó en julio de 1830 las cinco ordenanzas siguientes: 1ª) Suspensión de la libertad de prensa; 2ª) Disolución de la Cámara; 3ª) Reforma de la ley electoral; 4ª) Convocatoria de nuevas elecciones; y 5ª) Nombramiento para consejeros de estado de varios personajes famosos por sus opiniones ultrarrealistas.

Al día siguiente se amotinó el pueblo de París. Fue la llamada “Revolución de las Tres Gloriosas”. El triunfo del pueblo (que luchaba bajo la bandera tricolor que los Borbones habían sustituido por la bandera flordelisada) desemboca en el destronamiento de Carlos X, que huye a Inglaterra.

En los primeros días de agosto todavía se dudaba en París entre instaurar una nueva dinastía con el duque de Orleans (cuya familia había alardeado de liberalismo y hasta participado en la Revolución) o una república. El temor de nuevos excesos y venganzas movió a los doctrinarios a redactar proclamas sobre la fidelidad de Luis Felipe de Orleans a la nación, el cual ocupa el trono no por un designio divino ni por una herencia histórica, sino simplemente por la voluntad de los representantes del pueblo en el ejercicio pleno de la soberanía nacional. La monarquía orleanista duró hasta 1848. Si bien Luis Felipe juró aplicar sin reservas ni disminución la Carta borbónica, nunca sintió la necesidad de una constitución avanzada, que incorporara la nueva justicia social: la burguesía se enriqueció enormemente, superando en importancia a la nobleza y sin dar ninguna concesión al proletariado. Así pues, el orleanismo puede definirse como un gobierno de las élites (nobleza y burguesía). Con sus fortunas colosales, los nuevos hombres de la clase media se convirtieron en conservadores, impidiendo toda evolución y provocando, en parte, la revolución de 1848.

ALEMANIA

En 1815, en el Congreso de Viena, por iniciativa de Rusia y de Austria, los príncipes alemanes integraron una confederación, cuyo órgano federal era una Dieta permanente, presidida por Austria. En la mayoría de los estados había regímenes absolutistas. Sin embargo, de tal modo se hacía sentir la fuerza de la opinión que demandaba un régimen constitucional, que algunos príncipes tuvieron que transigir, pero los grandes estados se mantuvieron intransigentes. En una reunión de delegados de los príncipes se decidió que la Confederación podría obligar a los estados que habían otorgado cartas constitucionales a derogarlas, si se preveía peligro para los principios monárquicos. Tales medidas hicieron que aumentara el descontento del pueblo, en tanto crecía un vigoroso sentimiento unitario. Así, la ola revolucionaria que afectaba a Europa también llegó a Alemania, donde en 1830 se produjeron levantamientos populares en varios estados menores, y el resultado de la revolución que ese mismo año agitó a Francia llevaron en unos casos a otorgar constituciones y en otros a usar medidas represivas.

Sin embargo, en 1834 la aspiración nacional de unidad se vio estimulada por la creación de una unión aduanera (= Zollverein) que encabezó Prusia (! Austria persistió en quedarse fuera, renunciando así automáticamente a su posición de jefe de la Confederación germánica). Los estados de la Zollverein prosperaron enormemente al verse libres por fin de las trabas de comercio que les imponían las absurdas fronteras medievales. Este primer paso dejaba vía libre al ansia de unificación nacional que recorría Alemania.

POLONIA

El gran ducado de Varsovia creado por Napoleón I (1807) fue repartido en el Congreso de Viena (1815) entre Austria, Prusia y principalmente Rusia. El reino de Polonia conservaba empero una cierta autonomía con administración y ejército propios, respeto total a su lengua nacional y un texto constitucional que había establecido la emancipación personal de los campesinos en 1815 (! en muchos aspectos, la represión rusa era mucho más suave que la austríaca o la prusiana).

El ejemplo de la Revolución parisina de julio de 1830, animó los sentimientos nacionales y liberales de los polacos (! grupos de pequeños nobles, altos funcionarios y profesionales liberales), que se levantaban contra la dominación rusa (noviembre 1830). Los polacos deponen al virrey ruso y enseguida se proclaman nación independiente. Esperan ayuda del bloque liberal (Francia e Inglaterra), pero estos países no se la concederán por temor a un conflicto general. Así, aislados de cualquier ayuda de las potencias occidentales, los polacos sucumbieron ante las tropas del zar Nicolás I (septiembre 1831), que emprendió una política de aniquilación de la nacionalidad polaca, sometiendo al país a un vasto proceso rusificador, mientras unos 10.000 polacos se exiliaban.

BÉLGICA

La unión de Bélgica a Holanda, decidida en el Congreso de Viena de 1815 con la finalidad de que los Países Bajos constituyeran un estado fuerte frente al expansionismo francés, no había sido aceptada por los belgas. Guillermo I, el nuevo rey de los Países Bajos (antiguo estatúder Guillermo V) impuso un gobierno autocrático de acuerdo con los amplios poderes que le confería la Ley Fundamental de 1814. Según esta ley, belgas y holandeses tendrían una representación igual en los Estados Generales. Pero la realidad fue muy distinta, y el texto constitucional de 1815 subordinaba Bélgica a Holanda.

Las diferencias entre ambos estados eran profundas: la religión (los belgas eran católicos, los holandeses protestantes), el idioma (se decretó el neerlandés como lengua oficial), la economía (Bélgica era predominantemente agrícola e industrial, mientras que Holanda era marcadamente mercantil). Aunque en el parlamento había igualdad numérica, los holandeses monopolizaban el gobierno y la administración pública (! En 1830, seis de los siete ministros eran holandeses y el 90 % de los funcionarios del Ministerio del Interior y otro tanto de los oficiales del ejército eran también holandeses). Los holandeses se habían asegurado también el control de la banca y preconizaban una política librecambista frente al proteccionismo agrícola e industrial que requería la economía belga.

Todo ello, unido al autoritarismo de Guillermo I, creó un profundo descontento entre los belgas. Los liberales de este país desaprobaban las restricciones a la libertad de prensa y el poder autocrático del rey, los católicos rechazaban la política religiosa del gobierno de La Haya (que intentaba a través de la enseñanza religiosa obstaculizar la asimilación del credo católico), y unos y otros clamaban contra la preponderancia holandesa en los negocios públicos. Esta confluencia de oposiciones llevó en 1828 a la formación de la Unión Católico-Liberal, precedente de los hechos revolucionarios de 1830.

Los hechos de julio en París convencieron a los belgas de que también ellos podían lograr sus objetivos mediante la revolución. En agosto de 1830 un levantamiento popular acaecido en Bruselas fue secundado en la mayor parte del país. Un mes después, las tropas de Guillermo I fracasaron en el intento de someter a la ciudad de Bruselas, y el acuerdo de los Estados Generales de separar totalmente la administración de uno y otro país -concesión tardía- no fue aceptada por los belgas. Toda Bélgica se había levantado y los holandeses retenían únicamente las plazas de Amberes y Maastricht. La Junta de Defensa que en los primeros días del levantamiento se había formado en Bruselas se transforma en gobierno provisional, proclama la independencia el 4 de octubre, convoca un Congreso nacional para que elabore una constitución y solicita el apoyo francés.

El conflicto se internacionaliza y las dos Europas políticas toman posturas contrarias ante la revolución (! se corría el riesgo de que los intereses contrapuestos de las diversas potencias llevaran a una guerra general). A requerimiento de Guillermo I, Prusia -contando con el consentimiento de Austria y Rusia- se dispuso a intervenir, pero Francia y Gran Bretaña se opusieron a ello con firmeza (! los ingleses, por rivalidad comercial con los holandeses y consciente de la importancia del puerto de Amberes para el tráfico de sus mercancías, mira con simpatía el movimiento belga).

Ante el peligro de un conflicto general europeo, se reúnen en Londres la cinco potencias del sistema de la pentarquía (Austria, Prusia, Rusia, Gran Bretaña y Francia), e imponen un armisticio entre belgas y holandeses, reconociendo en enero de 1831 la independencia de Bélgica, cuya neutralidad garantizaban las potencias. Las fronteras de Holanda serían las que tenía en 1790 y los belgas tendrían que asumir la mitad de la deuda pública de los Países Bajos. Fue elegido rey de los belgas Leopoldo I que consiguió modificar alguno de los acuerdos adoptados. Guillermo I no aceptó los referidos artículos y ordenó la invasión de Bélgica. Leopoldo I solicitó la ayuda de Francia que obligó a los holandeses a retirarse. Por su parte, los ingleses, recelosos ante la presencia de tropas en el canal, exigieron la evacuación de los franceses, y la Conferencia de Londres tuvo que buscar una nueva solución: un nuevo tratado que tampoco fue aceptado por los holandeses (a pesar de las concesiones hechas por los belgas). Francia y Gran Bretaña tuvieron que intervenir militarmente. En noviembre de 1832 los franceses expulsaron a los holandeses de Amberes, cuya plaza seguían ocupando, y una flota franco-británica bloqueó las costas de Holanda. El conflicto belga-holandés no quedó zanjado hasta mayor de 1839, por el Tratado de Londres; en virtud de él, la participación de Bélgica en la antigua deuda pública fue reducida a cerca de la mitad, pero el nuevo reino tuvo que devolver a Holanda los territorios de Luxemburgo y de Limburgo. La independencia y la neutralidad de Bélgica fue de nuevo ratificada por las grandes potencias.

La revolución de 1830 introdujo en Bélgica una monarquía constitucional: soberanía nacional, monarca que debe su poder al pueblo y a su juramento de la Constitución, separación de poderes, declaración de derechos, libertades de religión, asociación, educación, lengua y prensa, clero pagado por el Estado...

TEMA 10. LAS REVOLUCIONES DE 1848.

De las revoluciones de 1830, sólo Bélgica había conseguido la independencia y una constitución liberal. En Francia, el viraje conservador de la monarquía orleanista a partir de 1832 supone una traición para la revolución que ha llevado al trono a Luis Felipe; en Italia los austríacos mantienen su presencia; en Alemania muchos estados siguen gobernados por soberanos con un régimen prácticamente absolutista; en Polonia los rusos han suprimido todas las libertades.

Ante este panorama, en 1848 se extiende por Europa una nueva oleada revolucionaria. A diferencia de los movimientos revolucionarios de 1830 que preconizaban las ideas del liberalismo (sufragio censitario, soberanía nacional, despreocupación por las grandes diferencias sociales y la monarquía como forma de gobierno), los revolucionarios del 48 reivindicaban el sufragio universal, la soberanía popular (ejercida por la totalidad de los individuos), la igualdad social y la república como forma política más idónea. Son las nuevas ideas democráticas.

A estos ideales democráticos hay que añadir los problemas económicos y las convulsiones sociales que azotaban Europa: las malas cosechas hicieron que los precios agrícolas subieran provocando la hambruna; tras varios años de prosperidad, y probablemente de superproducción, algunas fábricas quiebran debido a la insuficiencia de las ventas, provocando que miles de obreros se queden sin trabajo. Ante los sufrimientos y las miserias de las clases trabajadoras, surgieron una serie de pensadores que criticaban el sistema capitalista y las desigualdades sociales que provocaba. Es el socialismo utópico, la fase inicial de la evolución del pensamiento socialista.

Estos movimientos revolucionarios, alentados por la pequeña burguesía (por el deseo de asumir la hegemonía política y, por tanto, económica) y por los grupos obreros (gracias a la difusión de las ideas socialistas), comenzaron en Francia, y desde allí, pasaron a Italia, Austria y Alemania.

FRANCIA

En Francia, el régimen de Luis Felipe de Orleáns había encumbrado a la clase media industrial, predominante en la política. Con sus grandes fortunas, los nuevos hombres de la clase media cínicamente desmoralizaban las elecciones. Empezó a considerarse corriente y lícito lo que después hemos llamado corrupción electoral. El resultado fue la atonía en las altas esferas del gobierno, somnolencia parlamentaria harto fastidiosa para Francia, que se había acostumbrado a la agitación de las jornadas revolucionarias.

Uno tras otro, los grupos políticos empezaron a desertar de la monarquía de julio de 1830. Desde el principio, los republicanos, irreconciliables con la Restauración, se dieron cuenta de que Luis Felipe no era muy diferente de los Borbones. También se mantenían enemigos los aristócratas ante un rey que lo era por proclamación armada del pueblo. A los descontentos se sumó el ejército, desmoralizado por el olvido de sus sacrificios en Argelia y por el carácter interminable de la lucha social; la Iglesia, que se quejaba de las limitaciones en el campo de la educación católica; y, por supuesto, los proletarios, cada vez más numerosos y más convencidos de sus derechos, estaban también en la oposición.

En una atmósfera de crisis, la oposición republicana abrió la denominada “campaña de los banquetes” donde se plantearía la cuestión del sufragio universal. La prohibición del banquete, que debía celebrarse el 22 de febrero de 1848, provocaría en cuestión de pocas horas la dimisión del ministro Guizot. La insurrección continúa en París provocando la abdicación de Luis Felipe y el hundimiento de la monarquía orleanista.

La presión popular (las masas obreras habían jugado un papel clave en la revolución) exige la formación de un gobierno provisional que decreta la proclamación de la República, el sufragio universal, la abolición de la esclavitud en las colonias, libertad de prensa y reunión, supresión de la pena de muerte, derecho al trabajo, libertad de huelga, limitación de la jornada laboral a 10 horas, creación de talleres nacionales en los que se dé trabajo a los parados...

La II República francesa había nacido con una fuerte preocupación social y con presencia en el gobierno provisional de dos socialistas. Sin embargo, las elecciones celebradas en abril para la Asamblea Constituyente demostraron ya que la revolución que había comenzado democrática y radical viraba hacia la burguesía y la derecha. Pronto las elecciones a la Presidencia de la República, que se verificaron limpiamente, con sufragio universal, acabaron de demostrar el carácter burgués y derechista de Francia en 1849.

Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón I, triunfa sobre los otros candidatos, en parte por el apoyo de los monárquicos. Se camina hacia una república conservadora (ya en 1849 se promulgaron varias leyes de tendencia absolutista: supresión del sufragio universal, control sobre los clubs, la prensa y las universidades...). Así, en 1851, el presidente ya preparaba la restauración bonapartista. En diciembre de 1851 dio un golpe de estado que le permitió deshacerse de sus enemigos republicanos. Según un plebiscito de algunos días después, se redactaba una nueva Constitución que rigió desde el 14 de enero de 1852, por la cual el presidente conservaría el poder durante diez años. Tras un nuevo plebiscito el 21 de noviembre de 1852, el presidente Luis Napoleón fue proclamado emperador el 2 de diciembre de aquel mismo año con el nombre de Napoleón III.

El desenlace de la revolución del 48 no puede ser más paradójico: de una república social se ha pasado a una monarquía autoritaria, de una revolución a una reacción conservadora, de un movimiento que se había iniciado contra el escaso respeto de la monarquía de Luis Felipe por la Constitución a un régimen que se inicia suprimiendo el sufragio universal.

ITALIA

En 1831, el ejército austríaco había ahogado los movimientos insurreccionales de los patriotas italianos inspirados por la revolución francesa de 1830. El nuevo rey del Piamonte, Carlos Alberto, despierta esperanzas entre los patriotas, pronto desvanecidas. Entre 1831 y 1846, la `Joven Italia', el grupo fundado por el genovés Giuseppe Mazzini fomentó una serie de insurrecciones, mal preparadas y todavía peor ejecutadas, condenadas al fracaso. En 1846 fue elegido como papa Pío IX, favorable al Risorgimento. Durante su papado y bajo la presión de los liberales, una oleada de reformismo institucional y jurídico atravesó la península italiana. Pío IX concedió una amnistía para delitos políticos, establecimiento de una Consulta que recogería los deseos de la población, libertad de prensa... Leopoldo II en Florencia y Carlos Alberto I en Turín moderaron el absolutismo.

La revolución de París de 1848 impulsó el movimiento y lo radicalizó, así como la correspondiente secuela de motines en Viena y la dimisión de Metternich. Venecia se sublevó, y el pueblo de Milán, amotinado contra los austríacos, obligaba, después de cinco días de lucha por las calles (las `cinque giornate', 18-23 marzo), a las fuerzas austríacas de Radetzky a evacuar la capital lombarda. Toda la Italia revolucionaria se movilizó electrizada por los sucesos de Milán y Venecia. El entusiasmo popular era irresistible. En medio de esta efervescencia se desarrolló la primera guerra de la independencia (25 de marzo de 1848). Carlos Alberto, rey del Piamonte (cuya capital era Turín) se puso a la cabeza de los patriotas italianos, rehusando la ayuda de la II República francesa y reservando exclusivamente a los italianos la tarea de la redención nacional. La ofensiva obtuvo diversos triunfos hasta principios de julio, a causa del debilitamiento de las fuerzas austríacas, ocupadas en la represión de Viena. Pero la coalición de los diferentes reinos italianos se resquebrajó rápidamente. Pío IX, aterrado por el movimiento revolucionario y antiaustríaco, evolucionó hacia una actitud conservadora y reaccionaria, que ya no abandonaría, y se declaró fuera del conflicto en virtud de su misión de pastor de la Iglesia universal. En agosto todo estaba perdido: Radetzky había recibido refuerzos de Viena y Carlos Alberto no tuvo más remedio que firmar un armisticio. Las hostilidades recomenzaron al año siguiente para acabar con una completa derrota de los piamonteses en los llanos de Novara. Carlos Alberto abdicó en el campo de batalla y marchó a morir a Portugal. Su hijo Víctor Manuel II le sucedió y tuvo que firmar un nuevo armisticio. Los austríacos ocuparon de nuevo las legaciones pontificias y los ducados. En todas partes, menos en Turín, se restauró la monarquía absoluta y los soberanos ejercieron una rigurosa represión que provocó la partida de numerosos proscritos. Sólo Cerdeña-Piamonte conservó su constitución y se constituyó en esperanza de los patriotas italianos.

La lección que toda Italia sacó de las guerras del 48 y 49 fue que no bastaba el concurso de un príncipe italiano para que triunfara la revolución: nunca se podrían libertar las provincias sujetas a la dominación austríaca sin el apoyo de una potencia extranjera con un ejército fuerte.

AUSTRIA

Viena, que había sido con Metternich el alma de la represión y el más firme baluarte del absolutismo en Europa, se vio arrastrada también por la revolución en 1848. El emperador austríaco y, sobre todo, Metternich sabían muy bien que el Imperio abarcaba diversos pueblos y consideraban que una monarquía constitucional conduciría a la desintegración. El único nexo de unión para todos esos pueblos era la figura del monarca, la lealtad hacia el soberano, un legitimismo apoyado en la nobleza, la burocracia, la Iglesia y el ejército. Al luchar por el legitimismo en Europa, Austria defendía al mismo tiempo el principio de su propia existencia.

La situación interna austríaca, a pesar de la vigilancia policíaca y la censura, que reducían la vida social y económica a un modesto nivel, iba evolucionando sin embargo a causa de las exigencias constitucionales y democráticas promovidas por sectores disconformes con el centralismo autoritario de la corte vienesa, y de las renacidas conciencias nacionales (! multiplicidad de pueblos componen el Imperio con diversidad de lenguas y culturas). La Revolución de París de 1848 repercutió en Austria, y además de en Viena estallaron rebeliones en Hungría, Bohemia e Italia. Fernando I, el emperador, ante la presión popular, concedió una constitución liberal, basada en dos cámaras y en el sufragio censitario; pero la izquierda democrática exigía el sufragio universal y la Cámara única. El triunfo de los radicales obliga al emperador a abandonar Viena en mayo de 1848. Sin embargo, la revolución vienesa estaba condenada al fracaso: las fricciones sociales y los desacuerdos entre las fuerzas políticas liberales permitieron que el ejército imperial ocupara Viena, significando el final de la revolución en Austria. Al mismo tiempo, los italianos habían sido derrotados en Custozza (julio) y poco después el ejército austríaco aplastó la revuelta en Bohemia. Igual suerte corrieron los húngaros: aunque lograron resistir hasta agosto de 1849, fueron sometidos con el apoyo de Rusia (! el fracaso del movimiento nacionalista húngaro fue debido, sobre todo, a los problemas internos del recientemente formado Estado húngaro: los húngaros no estaban dispuestos a que las minorías étnicas que viven en Hungría consigan la independencia).

Después de la derrota de la revolución de 1848 en Austria, se implantó un neo-absolutismo personificado en el ministro Alexander von Bach, bajo el reinado de Francisco José I. (! No se restauró el régimen feudal, la política económica del nuevo régimen siguió siendo liberal y permanecieron en vigor algunas reformas progresivas de la enseñanza secundaria y universitaria llevadas a cabo en los tiempos de la revolución. Sin embargo, como la meta a que apuntaba el régimen era una monarquía unitaria, se suprimió la autonomía de las provincias, no hubo más elecciones y toda la administración quedó en manos de la burocracia. Ya no se hablaba de igualdad de derechos para todas las lenguas: el alemán debía ser la lengua de la administración y de la enseñanza secundaria y universitaria).

ALEMANIA

En Alemania, el movimiento de 1848 adquirió, por una parte, un signo nacionalista, y por otra, un signo democrático y liberal.

La amplitud de la crisis económica de 1846-47 señalan el inicio de las revueltas del 48 en Alemania. Primero son revueltas campesinas, provocadas por la crisis económica y, seguidamente, son revueltas de la burguesía industrial y comerciante que reclaman con violencia la convocatoria de un parlamento electo (! En Berlín consiguen que el monarca convoque por sufragio universal una Asamblea constituyente. Esta victoria de los insurrectos de Berlín provoca nuevas revueltas y nuevas concesiones en otros estados).

Con el compromiso de no tomar decisiones contra los monarcas se acuerda la celebración de una Asamblea en Frankfurt (mayo 1848). Formada principalmente por notables e intelectuales de ideas liberales y unitarias, ya desde el principio se aprecian claramente las diferencias entre los liberales (partidarios de monarquías reformadas y de asambleas que no se reunirán de forma periódica) y los demócratas (partidarios de una República federal). La Asamblea no tuvo la suficiente fuerza para imponer sus puntos de vista, de modo que hubo de consentir en la continuidad de las instituciones estatales tradicionales y, en particular, de las fuerzas armadas de cada estado. Divididos entre las presiones de Austria (que había sofocado la revolución en Viena) y Prusia, los parlamentarios acabaron ofreciendo la corona imperial al monarca prusiano (Federico Guillermo III), que la rechazó, en parte por no deber su trono a una asamblea elegida, y en parte también porque temía que Prusia quedara diluida en el nuevo Imperio. Este rechazo provocó, en un breve plazo, la disolución del Parlamento. En Berlín, la persistencia de una agitación hizo que el rey prusiano pactase con la aristocracia y con el ejército, reprimiendo duramente a los sublevados. La reacción se generaliza en todos los estados alemanes que vuelven a su situación de principios de 1848.

CAUSAS DEL FRACASO DE LAS REVOLUCIONES DE 1848

La causa de este fracaso fue principalmente la actitud vacilante de la burguesía ante el empuje adquirido por las reivindicaciones proletarias y campesinas. El temor a una revolución social, capaz de superar los planteamientos estrictamente políticos, debilitó estos núcleos liberales de la burguesía, que por otra parte no lograron la movilización del proletariado y de los campesinos (! Los campesinos, satisfechos por la abolición de la servidumbre y el feudalismo, temen que una revolución de mayor alcance les prive de la propiedad).

Otro factor es la solidaridad que se produce entre los monarcas absolutistas en los momentos decisivos y la insolidaridad entre los revolucionarios de los distintos países.

Sin embargo, se deben a este movimiento algunas conquistas políticas y sociales: la implantación del sufragio universal en Francia y de constituciones en diversos países; la eliminación del régimen feudal agrario en los pueblos de la Europa central; la aparición de Prusia y Piamonte como núcleos de atracción de los movimientos nacionales alemán e italiano; y, en el ámbito social, los trabajadores han descubierto que no obtendrán ventajas de una revolución protagonizada por la burguesía y se impone contar con las propias fuerzas.

TEMA 12. ESPAÑA, DEL ABSOLUTISMO AL LIBERALISMO (1814-1845).

% FERNANDO VII

Ya vuelto a España, en marzo de 1814, Fernando VII fue acogido con enormes esperanzas por un pueblo que, además de ver en él la encarnación de los ideales por los que había luchado contra los franceses, creía que su rey (el `Deseado') le proporcionaría paz, orden y bienestar. Pero la situación del país no permitía augurarlo: estaban arruinadas las fuentes de riqueza y anulado el comercio exterior; no había posibilidad de obtener recursos en Hispanoamérica, tanto porque España acababa de perder su flota como porque las colonias se hallaban en conflicto abierto con la metrópoli; la deuda pública había aumentado de 7.000 a 12.000 millones de reales.

  • Restauración del absolutismo (Sexenio absolutista, 1814 - 1820)

Apenas llegado a España, el Congreso Nacional le hizo saber a Fernando VII que no sería reconocido rey de los españoles si no juraba la Constitución de 1812. Ante tal situación, Fernando VII no sólo dejó de cumplir esta disposición, sino que, por deseo propio, varió el itinerario trazado para su entrada en Madrid, yendo a Valencia por Zaragoza, en vez de seguir el camino de la costa.

En Valencia, se reunió con diputados absolutistas que le presentaron un escrito (! el `Manifiesto de los Persas', aludiendo a una costumbre de los antiguos persas por la cual se toleraba la anarquía durante cinco días después de la muerte del soberano) que reconocía la monarquía absoluta y el derecho divino del monarca.

El 4 de mayo de 1814, Fernando VII suscribió un Real Decreto en el cual se derogaba todo lo legislado en Cádiz y se decretaba la nulidad de las disposiciones de los regentes y de las Cortes. De este modo, su gobierno se limitó a restaurar el Antiguo Régimen -la sociedad y el mecanismo de gobierno anteriores a 1808-, de acuerdo con el punto de vista de los conservadores.

Se siguió una política de represión y de venganza contra todo sospechoso de liberalismo o simpatía a la obra de las Cortes: los jefes liberales fueron condenados por no someterse a la autoridad del soberano.

El verdadero gobierno del país era llevado por la camarilla del rey, grupo de individuos allegados al monarca que constituían una verdadera organización paralela de gobierno (don Antonio Ugarte, el canónigo Escoiquiz...). Sólo Martín Garay fue competente (! era un liberal al que apelaron los absolutistas para sanear las finanzas, pero dada la crisis que atravesaba el país, su misión se vio seriamente dificultada).

Se restauró el Tribunal de la Inquisición y el restablecimiento de los jesuitas en España, considerados como indispensables para mantener la seguridad de la monarquía y de la Iglesia. Fernando VII resucitó el antiguo sistema de gobierno y escogió a sus ministros en función de sus posiciones reaccionarias.

Oposición al régimen: Los militares, que después de la guerra de la Independencia, se consideraron relegados (además, estaban impregnados ya de la mentalidad liberal y de la sensibilidad romántica, tan dada a las conspiraciones). Además de los militares, numerosos intelectuales que habían estado prisioneros en Francia establecieron numerosas logias masónicas en España (! La masonería siempre había estado opuesta a la Iglesia y al gobierno absolutista). La pésima situación económica en que dejó a España la pérdida de sus colonias americanas, produjo además un malestar creciente entre la burguesía de negocios.

En política exterior:

- Movimientos independentistas en las colonias americanas: Fernando VII (sin tropas nacionales) pidió la intervención de la Santa Alianza sin éxito (! se debilita la posición española a nivel internacional). Abolición de la trata de negros.

  • Pérdida de Chile, Nueva Granada y parte de Venezuela.

- Aislamiento español en Europa (! Inglaterra y Francia no estaban de acuerdo con la política represiva en España).

  • Caída del Antiguo Régimen (Trienio liberal, 1820-1823)

La opinión liberal, desprestigiada en 1814, hizo avances enormes en los años que van desde éste al de 1820. La acción de las logias masónicas se hace, como nunca, intensa y eficaz.

La intervención de los militares en la vida política dará lugar a un gran número de pronunciamientos que pretendían implantar un régimen liberal. Entre 1814 y 1820, por falta de apoyo popular, habían fracasado varios pronunciamientos militares (! Características: tenían lugar en las ciudades de la periferia, no eran movimientos populares sino militares y su principal objetivo no era eliminar al rey sino que pretendían restaurar la constitución y limitar el poder del monarca).

- Revolución de 1820.- El 1 de enero de 1820 las tropas, que estaban a punto de zarpar rumbo a las Américas, mandadas por el comandante Rafael Riego, se alzaron en Cabezas de San Juan (Sevilla) y restauraron la Constitución de 1812. Otras regiones van a seguir este ejemplo y ante la amenaza de un levantamiento a nivel nacional, el rey se vio obligado en marzo a jurar la Constitución de 1812. (! Esta sublevación fue preparada en la logia masónica de Cádiz, la más poderosa y eficaz de España, que supo explotar hábilmente la repugnancia de las tropas a embarcarse con objeto de combatir en la campaña americana).

  • Gobierno liberal (pasa por tres fases)

1ª fase (marzo a septiembre de 1820)

! Gobierno de los liberales doceañistas (los que habían intervenido en la Constitución de 1812).

! Política reformista y moderada (extinción de la Inquisición, declaración de las libertades -sobre todo la de imprenta y de asociación-, supresión de la Compañía de Jesús, cierre de conventos y confiscación de los bienes de la Iglesia, plan de instrucción pública y reforma de la administración municipal y provincial).

2ª fase (septiembre 1820 - julio 1822)

! Divisiones entre:

  • liberales y realistas

! doceañistas o moderados (partidarios de un acercamiento a la Corona)

!

! veinteañistas o exaltados (la soberanía nacional debía recaer en el

pueblo)

  • Gobierno e Iglesia

  • Sociedades Patrióticas (agrupaciones de café convertidas en verdaderos clubs revolucionarios) y Sociedades Secretas (Masonería, Comunería y Anilleros)

! Descontento general por el desorden, el caos económico y la reforma “regalista y unilateral” que los ministros liberales pretendían imponer al país.

3ª fase (julio 1822 - septiembre 1823)

! La radicalización de las disensiones anteriores agravaron la situación.

! Una conspiración fernandina (alentada por el rey) fue derrotada en Madrid y obligó a Fernando VII a nombrar como jefe de gobierno a Evaristo San Miguel, representante de la tendencia exaltada, que no consiguió dominar la situación.

! Estado de verdadera guerra civil, desde mediados de 1822, a raíz de haberse generalizado la formación de guerrillas realistas decididas a terminar por las armas con el régimen constitucional.

! Fernando VII solicita la intervención extranjera: en el Congreso de Verona que reunía a las principales potencias de la Santa Alianza (Inglaterra, Francia, Rusia y Prusia) se aprobó la intervención en España de un ejército francés (los `Cien Mil Hijos de San Luis'), bajo la dirección del duque de Angulema.

! El 1 de octubre de 1823 Fernando VII anuló todas las medidas adoptadas por el gobierno liberal y restableció, con el apoyo de las juntas absolutistas, el despotismo monárquico.

  • La década ominosa (1824 - 1833)

! Persecución durísima contra los liberales.

! Política tiránica: mantener el equilibrio sujetando, a veces con violencia, los excesos de liberales y realistas.

! Se rodeó de ministros con mayor capacidad y de tendencias moderadas: López Ballesteros (creación de la Bolsa de Comercio, fundación del Conservatorio de Artes, la promulgación de la primera Ley de Minas...), Cea Bermúdez (que suavizó el rigor de las persecuciones y dio entrada en puestos oficiales, a veces importantes, a antiguos afrancesados y liberales del trienio).

! Pese a ello, era tal la división de los españoles tras lo acaecido en el período anterior, que incluso estas iniciativas resultaron nulas. No sólo no satisficieron a los liberales, que las consideraron insuficientes, sino que también descontentaron a un amplio sector del propio realismo, que se oponían a cualquie