Hamlet; William Shakespeare

Teatro barroco isabelino. Literatura inglesa. Obra shakespeariana. Tragedia: muerte y locura. Argumento. Personajes. Monólogos

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Introducción:

Se trata de una tragedia dominada por la muerte y la locura. Hamlet, príncipe de Dinamarca será conducido a matar a su tío y padrastro para vengar la muerte de su padre. Hamlet siente que vive en un mundo de engaños y corrupción, sentimientos en los que se basa a raíz de la muerte de su padre y la actitud de su madre. Esto es lo que le conduce a momentos de angustia y de indecisión sobre sus actos.

En la primera parte se plantea la muerte del rey Hamlet y la asunción del trono de su hermano Claudio, hay un conflicto por el trono ya que quien debería de haber sido rey es su hijo Hamlet, quien ahora era príncipe. Se ve claramente el trauma que le supone a Hamlet el casamiento de Gertrudis, madre del príncipe Hamlet y reina de Dinamarca, con Claudio. A pesar de que no entre ellos no existía ningún parentesco de sangre, el príncipe lo veía mal porque consideraba que su madre se había olvidado muy pronto de su difunto esposo.

Hamlet es avisado por unos guardias de que ven una sombra y están convencidos de que es la de su padre. Se produce un encuentro entre el príncipe y la sombra, la que efectivamente se trataba de su padre y le contaba que no había muerto accidentalmente, sino que había sido su hermano quien le había envenenado y le pedía que vengara su muerte.

En la siguiente escena se observa el conflicto entre daneses y noruegos y se presenta algo indirectamente a Fortimbrás, el gobernante de Noruega. En las partes siguientes se conoce a Polonio, el chambelán del reino, que habla de más y se entromete en todo.

Hamlet finge una locura con el apoyo de Horacio (amigo del príncipe) y Marcelo (oficial). Claudio quiere saber que es lo que pasa a Hamlet y provocan un encuentro con Ofelia para ver si es amor lo que le produce encontrarse en tal estado. El príncipe hace referencia al “ser o no ser” como la base de los problemas. Luego el rey encarga a Rosencrantz y Guildestern que averigüen que es lo que le sucede a Hamlet, el rey en todo momento quiere tener controlada la situación.

En una siguiente escena aparecen unos cómicos a quienes Hamlet les pide que interpreten una pequeña obra a la cual Hamlet le había agregado unos versos especiales para la ocasión, en la que se incluía una situación similar a la ocurrida cuando Claudio envenenó a u hermano. Al ver la obra Claudio sufre un remordimiento. Hamlet tiene una discusión con su madre en su cuarto, donde el príncipe accidentalmente dio muerte a Polonio.

En el siguiente acto ocurre la locura y muerte de Ofelia, su “prometida”. Su hermano Laertes que había estado fuera del país regresa para vengar su muerte y la de su padre, porque consideraba que todo había sido culpa de Hamlet.

Hamlet, quien había sido enviado a Inglaterra por Claudio para que allí fuera muerto, regresa a Dinamarca sano y salvo.

Después de una serie de acontecimientos todos los personajes de la obra mueren exceptuando a Horacio. Hamlet muere al final de esta tragedia, envenenado por la espada con la que Laertes lo hirió. Hamlet era un indeciso frente a las acciones a tomar y postergaba constantemente la venganza, la que provoca el desenlace de la tragedia.

Hamlet: “ ¡Oh!..., ¡por qué este cuerpo que me anima, esta carne que es mi cuerpo, no había de fundirse, como se derrite el rocío de la mañana! ¡Por qué no permite Dios que uno se mate y desaparezca! ¡Oh Dios, qué vanos y fastidiosos me parecen los placeres de este mundo! ¡Qué asco!..., ese mundo maldito no es más que un jardín inculto lleno de cardos y abrojos. ¿Cómo se puede haber llegado a esto?... Muerto hace dos meses... ¿Qué digo?..., ¡si aún no hace dos meses que murió! [...] ¡Cielo santo!... ¿Para qué recordarlo?... ¡Y ella, tan amante, que caía en sus brazos como si con la entrega quisiera acrecentar sus deseos! Sin embargo, apenas hubo pasado un mes... No quisiera recordarlo... ¡Fragilidad..., tienes nombre de mujer! ¡Un mes..., treinta días!... Cuando aún no has tenido tiempo de estropear tus zapatos, aquellos mismos zapatos con que, bañada en lágrimas, andabas siguiendo el cortejo fúnebre de mi padre..., tú, te has unido a otro hombre..., con mi tío. ¡Cielos!..., el más irracional de los animales hubiera prolongado su duelo... Esa mujer, mi madre, se casa con mi tío, el hermano de mi padre... [...]

¡Horacio..., antes hubiera preferido encontrarme en el cielo con el peor de mis enemigos, que tener la desgracia de vivir un día tan aciago! ¡Mi pobre padre..., parece que le veo ante mí!

Pese a quien pese; aunque todos los diablos del infierno vengan a hacerme callar. [...] ¡Guardar en el pensamiento lo que callará la lengua!

Es el espíritu de mi padre..., y armado con todas sus armas... ¡Nada bueno puede significar esto!... ¡Sospecho alguna infamia!... Quisiera que esa noche hubiese llegado ya... ¡Cálmate, alma mía, todo llegará!... Las malas acciones nunca escapan al castigo de los hombres, por más que se oculten y que la tierra las cubra.”

Hamlet: “ ¡Dios mío, ángeles del cielo, amparadnos! ¡Tú, quienquiera que seas, genio bienhechor o demonio infernal, tanto si traes el aliento de los cielos, como las ardorosas emanaciones del infierno, tanto si tus intenciones son benignas como nefastas, te presentas con el amparo de una sombra tan querida para mí, que es preciso que te hable! ¡Sí, yo te he de hablar!... ¡Oh padre, señor, Hamlet, rey de Dinamarca, escúchame! ¡No te vayas! ¡Dime una palabra!... ¡No me dejes en el tormento de mis dudas! Dime: ¿Por qué tus huesos venerables, que descansaban en la paz del sepulcro, han abandonado su mortaja? ¿Por qué se ha abierto ese sepulcro que yacía bajo el peso de los mármoles? ¿Por qué tu cuerpo, muerto y enterrado, vuelve contigo cubierto con todas sus armas? Dime: ¿Por qué vienes en una noche como ésta amparándote en la dudosa claridad de la luna? ¿Vienes a inspirar miedo con la noche? ¡Pobres de nosotros, ignorantes por naturaleza!...¿Quieres tú, tal vez, arrastrarnos a la angustia del miedo y del terror hasta el extremo de llevar a nuestra alma al campo de la locura? Dime, ¿qué te propones? ¿Qué es lo que intentas? Dinos, ¿qué hemos de hacer?”

Hamlet: “¡No te detengas..., dímelo todo, a fin de que, tan veloz como el pensamiento y más rápido que las alas del amor, pueda volar en busca de la venganza!

¡Oh, esto ya me lo decía el corazón!... [...]

¡Oh vosotros, ángeles del cielo!... ¡Y de la tierra! ¿Y quién más?... ¿Invocaré también a los demonios del infierno?... ¡Oh, no...! ¡No prosigas alma mía, detente! Todo hierve en mí y me empuja... ¡No me abandonéis..., no me dejéis conmigo mismo! ¡Qué me acuerde de ti!... ¡Descansa, alma desventurada!... ¡Sí, me acordaré de ti! Mientras la memoria tenga su asiento en el marco de los recuerdos, no me olvidaré de ti. ¡Te lo prometo! [...] ¡Oh mujer... infame y deshonesta! ¡Infame, sí, infame!... ¡Y te sonríes, condenada!... He de escribir esto... [...]

¡Cómo, amigo mío; tú también hablas!... ¿Y estás ahí, hombre de bien? Ya lo habéis oído, os habla desde el otro mundo. ¡Haced el juramento!

Podemos retirarnos ya, y os ruego que pongáis siempre un dedo en vuestros dedos... El mundo ha perdido la cabeza... Pero, ¡oh fatalidad maldita!, ¿habré nacido yo para ponerlo en orden? ¡Venid, vámonos todos juntos!”

Hamlet: “... ¿Y a mí se me podrá tachar de cobarde? ¿Y no habrá quien me llame villano? Y para burlarse de mí, me lo podrán echar en cara, reírse en mis barbas y montarse en mis narices hasta herirme en el alma. ¿No se atreverán a tanto? ¡Ah, vive Dios!, todo tendré que aguantarlo. [...]

¡oh, venganza, venganza!... ¡Qué pobre e infeliz soy! ¿Y no he de vengarme? ¡Qué gracioso!... ¡Yo, el hijo de un hombre asesinado!... ¡Yo, que tanto amaba a mi padre!... ¡Yo, que me siento empujado a la venganza por el cielo y por la tierra!... ¡Yo, como una mujerzuela, como una pobre fregona, me desato en dicterios e improperios, y me pongo a maldecir, y desahogo mi corazón como la haría la más vulgar de las prostitutas! ¡Qué vergüenza!... ¡Ea, fuera escrúpulos! [...]”

Hamlet: “Ser o no ser; he aquí el problema. ¿Cómo se comportará el alma de un hombre de temple?... ¿Soportará con resignación los rudos golpes del destino, o luchará a brazo partido con el diluvio de las desgracias, y, haciéndoles frente, acabará con ellas? Morir..., dormir... ¡Dormir en paz! Sí, dormir..., ¡Y soñar también! Esto nos libraría de todos los males. Pero aquí está la mayor de las dificultades de la cuestión..., porque, ¿sabemos, acaso, qué nos ocurriría en ese sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado de esta pesada carga de la vida? [...] ¿quién quisiera cargar con la pesada carga de los ultrajes del tiempo, las injurias de los opresores, el desprecio de los orgullosos, las congojas del amor desairado, la lentitud de la justicia, la opresión de los poderosos, las vejaciones que el sufrido mérito recibe del hombre, si todo esto se puede evitar y poner fin con la punta de un puñal afilado? ¿Quién podría resignarse a llevar gimiendo la tan pesada carga de una vida de sufrimientos y dolores, si no hubiera el temor de algo peor después de la muerte..., ese ignoto mundo del Más Allá, del cual no hay viajero que vuelva? ¿No es, tal vez, este temor el que aniquila nuestra voluntad, y nos obliga a soportar todos los males que nos afligen, antes de arrojarnos en el camino de otros cuyos linderos y fines desconocemos? [...] Pero..., ¡silencio!, ¿qué hace ahí la bella Ofelia?... (a Ofelia) ¡Oh, tú, ninfa o mujer!..., no te olvides de rogar por mis pecados en tus plegarias. [...] Y para mal de males, ponéis malos motes a toda criatura de Dios y convertís en gracia vuestros propios defectos. ¡Andad!..., apartaos de mi presencia. ¡No me hagáis hablar...; esto es lo que me ha vuelto loco!”

Hamlet: “[...] ¿Tú me escuchas?... Desde el día en que mi alma empezó a saber distinguir a los hombres, y pudo escogerlos, tú fuiste uno de los elegidos y puse en ti el sello de la preferencia; porque tú, con dignidad viril, supiste ser constante antes los reveses y los favores de la fortuna que, siempre impertérrito, aceptaste. Felices aquellos, y los admiro, que con su templanza y juicio saben y pueden librarse de ser una simple flauta en manos de la fortuna, que suena por el agujero que a ésta se le antoja. Dadme un hombre que sepa librarse de los dictados de las pasiones, y yo lo pondré en lo más secreto de mi corazón, [...]

¡Mis palabras!..., ahora tampoco son ya mías. [...]

¿Tanto tiempo pasó...? ¡No es posible!..., en este caso que el diablo se vista de negro; yo me pondré un abrigo de piel de marta. ¡Oh cielos!..., ha muerto hace dos meses y ¿no le han olvidado todavía? En este caso se puede esperar que la memoria de un gran hombre sobreviva medio año. Pero..., ¡virgen santa!, [...]

¡Bien, con esto puedes ver cómo me tratas!... A tu modo de ver soy más miserable que este pobre flautín. Vosotros, que no sabéis ni podéis hacer sonar este instrumento, que tantas armonías y bellas voces tiene, vosotros queréis sonsacarme, y pretendéis extraer de lo más íntimo de mi ser todo lo particular y secreto, y queréis que hable, que me exprese en todos los tonos, desde el más grave al más agudo. ¡Viva Dios!... ¿Creéis que a mí se me hace sonar mejor que a una flauta? Podéis tomarme por lo que os cuadre, pero nunca conseguiréis de mí que baile al son que os guste. [...]

¡Ha llegado la hora!... Ha llegado esa hora tan apropiada para la obra del mal; esa hora en que las tumbas se abren para dar paso a los muertos; esa hora en que las puertas del infierno arrojan en su seno toda clase de pestilencias sobre el mundo. Ahora podría yo saciar mi sed de venganza con sangre caliente, y llevar a cabo tales horrores que la misma luz del día se enturbiaría por no verme. Pero no nos precipitemos..., pasemos a ver a mi madre. ¡Oh corazón, corazón, no dejes de ser lo que eres! ¡Nunca mi pecho dará cabida al alma de Nerón! Yo seré cruel, pero nunca inhumano. Mis palabras serán agudos puñales, mas no me serviré de ellas como tales. Pido a Dios que mi lengua y mis labios sepan mentir; amenazaré, gritaré, pero sea lo que fuere lo que diga, mi alma sabrá siempre aherrojar la acción.”

Hamlet: “(Se detiene al darse cuenta de la presencia del Rey.) “Ha llegado el momento; la ocasión no puede ser más propicia. Ahora que está rezando, le tengo en mis manos; puedo matarlo... (Saca la espada, da unos pasos y se detiene vacilando.) La venganza está en mi mano; pero si le mato así, irá al cielo. No, no es ésta la venganza que yo quiero. ¡No!..., pensémoslo bien. Un ser infame y miserable asesina a mi padre, y yo, su único hijo, mando al cielo a este criminal como castigo. No, esto no sería un castigo, sino más bien una recompensa y un premio. [...] Pero, por lo que yo aprecio, me inclino a pensar que muy triste habrá sido su destino en el Más Allá de la vida. ¿Y mi venganza puede quedar satisfecha si a este hombre le doy la muerte en los precisos momentos que purifica su alma, como si se preparara para el paso fatal a la otra vida? ¡No!..., espada mía vuelve a tu puesto; es preciso esperar una ocasión más oportuna, cuando la embriaguez lo amodorre, cuando el furor lo encolerice, cuando se abandone a los goces y placeres de un lecho incestuoso y no pueda salvar su alma: entonces será el momento oportuno de la verdadera venganza. [...]“

Hamlet: “¡No, nada de esto!... ¡Por la santa cruz puedo jurarlo!..., yo no me olvido de nada. Sois la reina, la esposa del hermano de vuestro primer marido, y..., ¡ojalá ni fuera así!..., sois mi madre.

Tenéis razón, madre; de loco y criminal es derramar la sangre de un hombre, y es casi tan horrible como matar a un rey y casarse en seguida con su hermano.

¡Y vos tenéis ojos!... ¿Cómo pudisteis caer tan bajo?... Pudiendo gozar de las delicias de un pasto delicado en este hermoso prado caísteis en un cenagoso pantano para cebaros de inmundicias. ¡Ah!, ¿y tenéis ojos? No me diréis que es el amor, porque a vuestra edad los ardores dela sangre se hacen sumisos y condescendientes con la prudencia y el buen juicio. ¿Y qué mujer de buen entendimiento podría pasar de uno a otro? Algún motivo habrá seguramente, pues, de no ser así, no habría sentido, y vos no carecéis de ellos; pero, bien puede ser que vuestras facultades estén dormidas, ya que ni la locura misma podría engañarse de este modo. Nunca el buen sentido cae en tales errores, pues, aunque la pasión domina, siempre guarda un tanto de discernimiento para saber distinguir entre dos seres cuyas diferencias son tan visibles. ¿Qué demonio del infierno pudo cegaros y engañaros hasta este extremo? El más insignificante de los sentidos, uno solo de ellos limitado a así mismo, os lo hubiera advertido a gritos. ¿Qué importa que la vista no pueda ayudarse con la mano, que el tacto no se sirva de los ojos, o que el oído o el olfato acudan solos? ¡Oh, que vergüenza!... ¿Qué hace el pudor? Si, vos, en el infierno de los deseos, podéis enardecer los sentimientos de una matrona, no permitáis que la juventud ardiente se consuma y derrita en su propio fuego, no invoquéis a la vergüenza, cuando con la violencia de la pasión se precipita, puesto que al mismo hielo encendéis y la razón y a la razón le servís de aliciente.

¡Ángel de la Guarda, no me abandones en este trance!... ¡Ponme al amparo de tus alas!... ¡Sombra venerada!..., dime, ¿qué quieres?

¡Es él..., es él!... ¡Fijaos qué pálido está!... Ante su aspecto y la desgracia que aquí le trae, las mismas piedras se ablandan de dolor. No me mires con esa tristeza, no sea que tu lastimoso aspecto corte las alas de mis propósitos de venganza; no me obligues a trastornar el matiz de los fines que me empujan, ni a que corran las lágrimas en vez de la sangre.

Pero..., ¡mirad, mirad!..., ¿no le veis cómo se aleja? ¡Es mi padre... con el mismo vestido que llevaba en vida! ¡Vedle ahora cómo pasa por la puerta!

¡Delirios decís!... Tomad mi pulso, veréis que late como el vuestro; su paso es regular y seguido. Si hablo, no es porque me fuerce la locura. Ponedme a prueba, yo os repetiré palabra por palabra todo lo que os he dicho; y esto un loco no lo puede hacer. ¡Oh madre mía!, por favor, no tranquilicéis vuestra alma con el bálsamo halagador de creer que es mi locura lo que os preocupa, y no vuestra falta.”

Hamlet: “¿Cuáles son las finalidades de la vida del hombre si toda su felicidad reside en comer y dormir? Es una bestia como las demás, un bruto. El Creador, que nos concedió la facultad y la razón divina que alcanza lo pasado y lo futuro, no nos otorgó esta inteligencia para que hiciéramos mal uso de ella. Reflexiona con toda minuciosidad en las posibles consecuencias, tanto si es un recuerdo tonto, como un escrúpulo cobarde (cosa que nos hace pensar que de cuatro partes hay una de prudencia y tres de cobardía), yo no sé, ni consigo saber con ello, cuál es la finalidad de nuestra vida, si sólo sé decir:`Esto lo he de hacer´[...] Al parecer, la grandeza de un hombre no está en luchar por una causa de altas miras, sino en saber encontrar motivos de pelea aun en aquellas pequeñas cosas que son fútiles y carecen de valor, pero que enaltecen el honor. De hecho, ¿qué hago yo?..., ¿cuál es mi deber? Mi padre ha sido asesinado, mi madre envilecida por la infamia y yo, que tantos motivos tengo para que se me encienda la sangre y pierda la razón, sigo sin hacer nada. [...] ¡Oh, desde ahora no habrá en mi pensamiento otra idea que la de la venganza... o de lo contrario, que el estigma de la vergüenza caiga sobre mí!”

Hamlet: “¡No!..., defenderé mi causa y lucharé con él hasta que la misma muerte venga a cerrarme los ojos. [...] ¡Voto a Cristo!... Decidme, ¿qué queréis hacer? ¿Queréis luchar, llorar, dejar de comer, haceros pedazos, beber vinagre, devorar un cocodrilo?... Pues todo esto lo haré yo... ¿O es que venís aquí para lloriquear y provocarme metiéndoos en la fosa de mi Ofelia? Vos queréis ser enterrado con ella, pues yo haré otro tanto.”

Hamlet: “¡Que el cielo os perdone como lo hago yo! Yo voy contigo... ¡Horacio!..., me muero. ¡Oh, reina desventurada!..., ¡adios! Y a vosotros, que os veo palidecer y temblar ante estos fatales acontecimientos...; a vosotros, que no sois más que mudos espectadores..., si tuviera tiempo... os diría..., mas no puedo... La Muerte, ese inexorable esbirro que cumple sin dilaciones su ejecutoria... ¡Horacio!..., voy a morir; pero tú vivirás...: defiende ante todos aquellos que duden o discutan. Si tú eres hombre, dame la copa... ¡Dámela!... ¡Por Dios te lo pido!... ¡Oh, querido Horacio!... Mi nombre se hundirá en el recuerdo de la vergüenza si no hay quien defienda mis actos. Si alguna vez los alientos de tu corazón me apararon con el abrazo de la amistad, aparta de tu mente la felicidad del descanso de la muerte, y sigue en este valle de lágrimas y dolores, donde tantas fatigas se cosechan, y cuenta mi historia a todos aquellos que quieran escucharla. [...] ¡Me muero Horacio!... Esta ponzoña sofoca mis alientos...[...] para mí sólo queda la paz y el descanso eterno.” (Muere)

Comentario sobre el personaje:

Hamlet es un ser indeciso de sus actos. Alo largo de toda la obra, desde el momento en que se entera de que su padre había sido asesinado, va a buscar la venganza (porque la sombra de éste se lo pide). Sin embargo en el transcurso de la obra intenta encontrar el momento oportuno de asesinar a su tío Claudio, (el asesino de su padre), pero se entretiene hablando en largos diálogos y también monólogos, en los que trata temas, como por ejemplo la corrupción en el mundo, la injusticia de la sociedad y lo complicada que es la vida que le toca vivir y en la época que vive. Con sus artimañas se las ingenia para fingir una locura que le permitirá averiguar cosas que él considera de importancia, al momento que se divierte sabiendo que el rey lo cree loco. Cuenta con la complicidad de su amigo Horacio, quien siempre le da consejos y le ayuda en sus propósitos.

Bibliografía

Hamlet de William Shakespeare-Ediciones Grupo Zeta - Edición de 1997

Índice

Introducción a la obra ......................................................................... Páginas 1 y 2

Texto donde aparece un reflejo del alma apasionada .................. Páginas 3 a 7

Comentario sobre el personaje.............................................................Página 8

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