Guerra Civil española

Contexto histórico, social, económico, internacional. República. Pronunciamiento. Franco. Causas. Calvo Sotelo. Falange

  • Enviado por: Patricia
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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ACERCAMIENTO A LA GUERRA CIVIL

Se denomina Guerra Civil Española al conflicto con el que finalizó la Segunda República española, sustituida por el gobierno del general Franco. Se inició en Melilla el 17 de Julio de 1936 y terminó oficialmente el 1 de abril de 1939.

Panorama internacional.

Su desarrollo provocó una gran conmoción de la opinión mundial, que vio representadas en ella las tensiones europeas del momento. Coincidió con un momento de crisis de las democracias parlamentarias, arrolladas por movimientos nacionalistas o fascistas o amenazadas por los intentos revolucionarios de la izquierda. Las relaciones internacionales europeas caminaban hacia un enfrentamiento entre dos bloques: mientras Italia se aproximaba al III Reich, que practicaba una política de anexión de los territorios limítrofes, Gran Bretaña y Francia se aliaban con Checoslovaquia y Polonia. Y quienes pronto serían protagonistas permanecían al margen: Estados Unidos se desentendía de la política europea, para atender a su reconstrucción económica tras la crisis de 1929, y la URSS dedicaba mayor esfuerzo a consolidarse como gran potencia industrial, aunque son desatender la dirección mundial de los partidos comunistas.

La situación española.

Las elecciones de febrero de 1936 habían dado el poder a las izquierdas, agrupadas en el Frente Popular. Ello les permitió reemprender la política iniciada en 1931 y detenida desde finales de 1933, de la que fueron hechos inmediatos la continuación de la reforma agraria y la recuperación del estatuto de autonomía por Cataluña. Sin embargo, el Frente Popular era una simple coalición electoral que apenas compensaba la división de los partidos de izquierda; y, a nivel sindical, el enfrentamiento entre las dos mayores

fuerzas, UGT, socialista, y CNT, anarcosindicalista, era muy duro. Las derechas, en cambio, estaban muchos más próximas en sus enfrentamientos con el régimen. Y en amplios sectores de ellas se prescindía de otras consideraciones, para atender a los planteamientos pragmáticos de un próximo enfrentamiento armado. Los intentos no habían cesado desde la proclamación de la república (14 de abril de 1931). Ya en agosto de 1932 fracasó una sublevación encabezada por el general Sanjurjo. Desde 1934 se desarrollaron con vigor varias conspiraciones paralelas: los carlistas, localizados especialmente en Navarra, con una importante organización de milicias; la UME (Unión Militar Española), fundada a finales de 1933; la junta de generales, muy poco eficaz; los falangistas, los legionarios de Albiñana y ciertos sectores de Juventudes de Acción Patriótica y Renovación Española. Con distinta importancia y volumen, estos movimientos se radicalizaron después del triunfo del Frente Popular. El general Mola, jefe de la conspiración militar en Marruecos, fue trasladado a Pamplona por el gobierno. Pero allí estructuró un movimiento que aglutinaba las diversas conspiraciones militares y pactaba con las civiles, que quedaban sometidas a la autoridad castrense. Como el jefe teórico se designó el general Sanjurjo, exiliado en Portugal, y un símbolo para toda la derecha.

El asesinato del teniente Castillo.

El día 12 de julio a las 9 de la noche, el teniente José Castillo, de la guardia de asalto, salía de su casa, en la calle Augusto Figueroa en el centro de Madrid, para empezar su servicio. En abril de este mismo año, había ostentado el mando de los guardias de asalto que reprimieron los disturbios en el entierro del teniente De los Reyes, de la guardia civil, muerto durante la celebración del quinto aniversario de la implantación de la República. Después Castillo había colaborado en la instrucción de las milicias socialistas. Desde entonces, la Falange había señalado a Castillo como futura víctima de su venganza. Se había casado en junio, y su novia la víspera de la boda, había recibido una carta anónima en la que le preguntaban por qué se casaba con un hombre que pronto no sería “más que un

cadáver”. Al salir de casa ese 12 de julio, un caluroso domingo del verano madrileño, Castillo fue muerto a tiros por cuatro hombres armados de revólveres que escaparon rápidamente por las calles llenas de gente.

Este era el segundo oficial socialista que habían asesinado en los últimos meses. El capitán Carlos Faraudo, un ingeniero que también había ayudado a instruir las milicias socialistas, había sido asesinado por unos falangistas en mayo, mientras paseaba con su mujer por Madrid. Así pues, la noticia de la muerte de Castillo causó ira al llegar a la jefatura de los guardias de asalto, en el cuartel de Pontejos, junto al ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol. El cuerpo fue expuesto en la Dirección General de Seguridad, dentro del ministerio. Los camaradas del teniente muerto criticaron particularmente al gobierno, que había permitido que ocurriera aquello; pidieron medidas contra la falange. Un grupo fue a quejarse al ministro de la Gobernación, Juan Moles, le pidió autorización para detener a ciertos falangistas que todavía estaban en libertad. Él accedió, pidiendo a los oficiales su palabra de honor de que solo detendrían a aquellos cuyos nombres figuraban en la lista, y de que entregarían a los detenidos a la autoridad competente.

Ellos dieron su palabra. Entre estos hombres estaba un capitán de la guardia civil, Fernando Condés, que había sido íntimo amigo de Castillo. La muerte de Castillo dejó abrumado a Condés. Salió en un coche oficial sin una idea muy clara de a dónde iba a dirigirse, acompañado por varios guardias de asalto vestidos de paisano. El conductor llevó a Condés a la dirección de un falangista; ésta resultó ser falsa. “Vayamos a casa de Gil Robles”, dijo alguien. Condés, todavía aturdido, no dijo nada. Fueron a casa de Gil Robles, pero éste estaba en Biarritz. Alguien sugirió que fueran a casa de Calvo Sotelo.

Calvo Sotelo tuvo algunas premoniciones de peligro. El 11 de julio, dicen que “la Pasionaria” le había amenazado de muerte. Uno de los dos policías de la escolta a la que tenía derecho Calvo Sotelo como miembro de las Cortes dijo a un amigo de Calvo Sotelo, el diputado de Joaquín Brau, que su oficial superior había dado órdenes de no intervenir en el caso de que se intentara el asesinato de Calvo Sotelo, y de que, en realidad, si el atentado tenía lugar en el campo, debía ayudar a los asesinos. Entonces la escolta fue sustituida por

otra de la que Calvo Sotelo pudiera confiar, aunque aparentemente el ministro de la Gobernación no prestó más atención al asunto. Verdaderamente, era difícil saber qué era lo que había que creer.

El asesinato de Calvo Sotelo.

De todos modos, hacia las tres de la mañana del lunes 13 de julio, el sereno abrió la puerta del edificio donde vivía Calvo Sotelo, en la calle Velázquez, en un barrio elegante y moderno de Madrid, permitiendo a Condés y a alguno de los guardias de asalto que subieran al piso de su víctima. Calvo Sotelo tuvo que levantarse de la cama, y los intrusos le convencieron para que les acompañara a la jefatura de policía, aunque su inmunidad parlamentaria lo eximía de la posibilidad de ser detenido. Calvo Sotelo se tranquilizó al comprobar la documentación del capitán Condés, que le identificaba como miembro de la guardia civil. Un socialista pensó que Calvo Sotelo creía que no le llevaban ante el director general de Seguridad, sino ante Mola, cuyo nombre cifrado dentro de la conspiración era “el director”. De todos modos, Calvo Sotelo prometió telefonear pronto a su familia, y añadió: “si es que no me llevan a darme cuatro tiros”. El coche arrancó rápidamente. Nadie dijo una palabra. A unos doscientos metros de la casa, Luis Cuenca, un joven socialista gallego que iba sentado cerca del político, le disparó dos tiros en la nuca. Al parecer, ni Condés ni los demás esperaban este desenlace. De momento, Condés pensó suicidarse, ya que Calvo Sotelo se había entregado a él. Pero en vez de hacerlo, se dirigió al cementerio del Este, y entregó el cuerpo al encargado sin decirle quién era. Cuenca se dirigió a la redacción de El Socialista y explicó a Prieto lo que había ocurrido. El cadáver fue identificado al mediodía siguiente. Poco después, Cuenca, Condés y los otros que habían estado en el coche fueron detenidos. No intentaron escapar. Empezaron los rumores; se habló de conspiración; se dijo que el jefe del gobierno había sido cómplice; y las acusaciones nunca han cesado de multiplicarse.

La clase media española quedó estupefacta ante este asesinato del líder de la oposición parlamentaria realizado por miembros de la policía regular, aun cuando pudieran sospechar que la víctima había estado implicada en una conspiración contra el Estado. Ahora era

lógico suponer que el gobierno no podía controlar a sus propios agentes, aunque deseara hacerlo. Los republicanos de derechas o de centro, tales como Lerroux, Cambó, o incluso Gil Robles, pensaron que a partir de entonces no podían ser leales a un Estado que no podía garantizar sus vidas. El presidente de la asociación de estudiantes católicos, Joaquín Ruiz Jiménez, que antes había defendido la línea de la no-violencia, decidió que Santo Tomás habría aprobado una rebelión, considerándola justa. El gobierno, entretanto, pasó el 13 de julio reunido en sesión continua. Ordenaron la clausura de los centros monárquicos, carlistas y anarquistas de Madrid. Pero los miembros de las dos primeras organizaciones, y muchos otros, estuvieron aquel día muy ocupados llamando a casa de Calvo Sotelo para rendir su tributo al muerto.

A medianoche, Prieto (que en el número de El Socialista de aquel mismo día declaraba que era preferible la guerra a aquella intolerable serie de asesinatos) presidió una delegación de socialistas, comunistas y afiliados a la UGT para pedir a Casares Quiroga que distribuyera armas a las organizaciones de trabajadores. Casares se negó, añadiendo acremente que si prieto continuaba visitándoles con tanta frecuencia, acabaría siendo él quien gobernara España. Durante otra calurosa noche, Madrid permaneció a la espera de acontecimientos. Los milicianos de los partidos de izquierdas -es decir, aquellos en los que se apoyarían los partidos en caso de lucha, y que ya habían recibido las pocas armas de que se disponía en los arsenales de sus organizaciones- permanecieron vigilantes. Los miembros de los partidos de derechas pasaron la noche pensando a quién le correspondería el turno de oír la fatal llamada a la puerta de su casa.

Por fin Mola dio una fecha definitiva para el alzamiento: sus telegramas decían: “El pasado día 15, a las 4 de la mañana, Elena dio a luz un hermoso niño.” Esto significaba, una vez interpretado, que el alzamiento empezaría en Marruecos el 18 de julio a las cinco de la mañana. Las guarniciones de España seguirían el 19 de julio. Parece ser que, en Tenerife, el general Franco sólo se decidió a actuar cuando recibió la noticia del asesinato de Calvo Sotelo. José Antonio había enviado un mensaje a través de su pasante Rafael Garcerán, diciendo que si Mola no actuaba dentro de las setenta y dos horas siguientes, empezaría él mismo la rebelión con la Falange en

Alicante. Ahora los conspiradores reconocían que sería difícil ganar en Madrid y -pensaban ellos- en Sevilla (aunque al parecer, no en Barcelona). En estos sitios, las guarniciones, junto con la Falange y demás colaboradores militantes, resistirían en los cuarteles y esperarían ayuda. Mola desde el norte, Goded desde el nordeste y Franco desde el sur, realizarían una marcha sobre la capital. Sanjurjo acudiría en avión desde Portugal para asumir el mando en Burgos. Los antiguos luchadores de las guerras de Marruecos, encabezados por “el león del Rif”, podrían dominar por fin su propio país. Aunque la conspiración llevaba fraguándose tanto tiempo, la muerte de Calvo Sotelo fue lo que decidió realmente a los conspiradores a ponerla en marcha; de otro modo, tal vez no hubieran tenido valor para dar el primer paso. En cambio, ahora, si no hubieran querido actuar, tal vez habrían sido desbordados por sus seguidores.

Dos entierros.

Al día siguiente, 14 de julio, hubo dos entierros en el cementerio del Este, de Madrid. En primer lugar, el del teniente Castillo, cuyo ataúd, envuelto en la bandera roja, fue saludado con el puño en alto por una multitud de socialistas, comunistas y guardias de asalto. Luego, unas horas más tarde, el cuerpo de Calvo Sotelo, amortajado con el hábito de capuchino, descendía a otra tumba rodeado por una enorme muchedumbre que saludaba con el brazo en alto al estilo fascista. En nombre de todos los presentes, Goicoechea, el lugarteniente de Calvo Sotelo en Renovación Española, juró ante Dios y ante España, vengar el crimen. El vicepresidente y el secretario de permanente de las Cortes, que estaban presentes, fueron atacados por mujeres bien vestidas, que gritaban que no querían tener nada que ver con parlamentarios. Se cruzaron algunos disparos entre falangistas y guardias de asalto, y hubo varios heridos, de los cuales posteriormente murieron cuatro. Estos dos entierros fueron las dos últimas reuniones políticas que tuvieron lugar en España antes de la guerra civil.

Sin definiciones claras de los últimos propósitos de su movimiento, diversos mandos militares proclamaron el estado de guerra de los días 17, 18 y 19 de julio. Desde los primeros momentos, las decididas acciones de los sublevados contrastaron con

los titubeos del gobierno y de las autoridades civiles y militares, que, en sus escalones superiores, permanecieron mayoritariamente leales. Mientras las organizaciones obreras reclamaban armas para oponerse a la sublevación, se formaba un gabinete de concentración republicana, presidido por Giral, que las concedió cuando ya habían pasado los momentos críticos para el desarrollo del levantamiento.

Algunos focos rebeldes, sobre todo en ciudades importantes se frustraron por la acción de fuerzas que permanecían fieles al gobierno y la presión de las masas armadas. Fracasado el propósito primitivo de hacerse rápidamente con el poder, el bando sublevado, que comenzó a autodenominarse nacional, pasó inmediatamente a considerase y procurar la ampliación del territorio ocupado. El gobierno, sin planificación estratégica ni medios militares para ejercer su acción, perdió la iniciativa en las primeras jornadas. Transcurrida una semana se había clarificado la situación: la zona gubernamental comprendía Madrid, Cataluña, Levante, el Norte (excepto Galicia y la ciudad de Oviedo), Castilla la Nueva, media Andalucía, el sur de Extremadura, parte de Aragón y la isla de Menorca. En el interior de la zona, resistían dos enclaves, el Alcázar de Toledo y Santa María de la Cabeza (Jaén). Contaba con las regiones industriales, la mayoría de la flota y la aviación, y parte de las fuerzas de orden público. En cambio, la casi totalidad del ejército de tierra estaba sublevado, disuelto o desorganizado. En su lugar actuaron las milicias populares, dirigidas por sus propios mandos o por oficiales profesionales. Tales fuerzas eran casi posibles de coordinar en una acción de conjunto, aunque su enorme entusiasmo supliera, a veces, la nula preparación militar. En cambio, las tropas nacionales estuvieron organizadas y mandadas militarmente desde el principio, destacando los legionarios irregulares, soldados profesionales del ejército de África, entrenados como fuerza de choque. Y, frente a la capacidad industrial del gobierno, los rebeldes contaron con las zonas trigueras más importantes, garantía de un abastecimiento alimentario asegurado.

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