Guerra civil española (1936-1939)

Historia de España. Pronunciamiento militar. Frente Popular. Causas

  • Enviado por: Anabel Fdez.de La Rosa
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 10 páginas
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I. INTRODUCCIÓN

El Alzamiento Nacional resultaba inevitable, y surgió como razón suprema de un pueblo en riesgo de aniquilamiento, anticipándose a la dictadura comunista que amenazaba de manera inminente.

Estas palabras, que figuran en el libro “Causa general. La dominación roja en España”, sintetizan la tesis que sostuvo el bando vencedor acerca de los orígenes de la guerra civil española. Cabe destacar que condensar en tan pocas palabras tal cantidad de mentiras parece obra de un prestidigitador y si a eso añadimos que esta fue la doctrina oficial durante todo el régimen franquista creemos encontrarnos ante magia en su estado mas puro. No tendría tampoco sentido remitirnos a las tesis de los vencidos, ya que los intereses de unos y de otros nos llevarían inevitablemente hacia la tergiversación de la Historia. Lo que hizo que los españoles se echaran el fusil al hombro no hay que buscarlo en las palabras, sino en los hechos.

El enfrentamiento armado está ligado a la adquisición de la crisis general que recorre el mundo en general y Europa en particular entre la primera y la segunda guerra mundial. Sin embargo la pregunta de si la guerra de España es un conflicto arquetípicamente español o por el contrario el reflejo de una situación internacional --del que este sería el primer episodio sangriento-- debe ser descartada. Ningún hecho puede desligarse de su contexto, luego es imprescindible indicar la situación de España con respecto al resto de los países europeos tras la primera guerra mundial.

La gran guerra propició en nuestro país la consolidación de una formación social capitalista, e hizo que el sistema oligárquico que había imperado desde 1876, gracias al sistema de la monarquía de la restauración, entrara en crisis. El súbito enriquecimiento de ciertas clases y el aumento de las dificultades vitales de otras incrementó la conflictividad social de manera espectacular y paralizó todos los intentos de reforma provenientes del Estado. Alrededor de 1917 se materializan tres rebeliones paralelas; el Ejército, el proletariado y las burguesías periféricas manifiestan su protesta al bloque dominante, pero no coinciden en sus objetivos y al no sumar sus fuerzas llevarán al inicio de una fuerte divergencia entre los españoles.

  • La Crisis de Estructuras: España se fractura.

  • Propiciada por la primera guerra mundial se abre en España una crisis de las estructuras sociales servirá de caldo de cultivo a la Guerra Civil.

    Asistimos a una sucesión de regímenes políticos que es el reflejo de los cambios que se están produciendo en las estructuras sociales. El régimen político bipartidista entre 1917 y 1923 dará paso a la dictadura militar y civil de Primo de Rivera, que intentará encontrar nuevas vías políticas de base corporativista pero fracasará. A partir de 1931 y hasta 1936 veremos el intento republicano, liderado por Azaña, de recomponer y modernizar sobre una base liberal - democrática que también tendrá grandes dificultades debido al contexto de depresión generalizada del sistema capitalista mundial.

    Desde el principio de los años veinte vemos operarse en España un doble proceso social. En primer lugar las burguesías no oligárquicas, que antes eran satélites del bloque dominante, se separan de este, crecen y se reafirman como clase independiente. Por otra parte nace en el proletariado y en el campesinado desposeído la voluntad de dejar de ser dominados. Esta voluntad se va a ver canalizada por dos vías produciendo una escisión entre ambos: los que aceptan el camino del reformismo como paso a la emancipación social y los que se niegan a aceptar otra vía que no sea la ruptura revolucionaria. PSOE, UGT y el sector social reformista del movimiento obrero junto con, posteriormente, el comunismo reunirán a los primeros; el anarcosindicalismo y el comunismo disidente con organizaciones como la FAI o el POUM agruparán a los segundos.

    En oposición a estos grupos están los enemigos de este cambio social; y aunque no todos se sitúan del lado de la oligarquía agraria, es esta última la que más amenazados ve sus intereses. La fuerza reaccionaria a ultranza es por supuesto la compuesta por los terratenientes, y sus satélites en el mundo agrario, apoyada por un gran sector de las burguesías de los negocios que había prosperado en el régimen anterior. Otras dos fuerzas se unen a la oligarquía: la Iglesia y el Ejército, ambos van a ser, corporativa e institucionalmente, los pilares fundamentales del enfrentamiento de intereses que desembocará en la lucha abierta. Antes, durante y después de la guerra apoyaran el inmovilismo político, quieren que todo se quede como está o que en caso de que se modifique, ser ellos los beneficiarios del cambio.

    Esta tercera fracción de la sociedad es la que, siguiendo el modelo que se estaba adoptando en Europa, va a fascistizarse.

    Esta segmentación en tres fracciones que buscan la manera de resolver el conflicto social de fondo, conflicto cuyos orígenes se encuentran en la disolución en 1917 del sistema de dominación restauracionista, confiere a la situación de España en el periodo de entreguerras una analogía con otros países europeos.

    Esta triple opción de la democracia burguesa reformista, la fascistización o la marcha al socialismo tiene en España la peculiaridad de enfrentarse con el poder económico, la influencia social y el control persistente de los aparatos del Estado que sigue en manos de un segmento minoritario de la vieja oligarquía. Esto es lo que confiere la especificidad del caso español.

    Estas tres vías son seguidas fervientemente por unos y por otros, pero a la fractura de la sociedad en sí hay que añadir la desorganización y la ausencia de cimientos sólidos dentro de cada corriente.

    La revolución socialista carece en los años treinta de un instrumento adecuado al no haber logrado ni un partido de masas, ni una bolchevización real de la izquierda socialista, ni un mínimo acuerdo entre el proletariado con respecto a las tácticas par enfrentarse a la oligarquía. El proceso de fascistización en España es un tosco intento de mimetizar los fascismos italiano o alemán, convirtiéndose en fascismo de cuota según Joaquín Maurín. El reformismo burgués es ensayado por la República con la alianza socialdemocracia - izquierda, pero tampoco obtiene los resultados esperados.

    Cuando en febrero de 1936 triunfa el Frente Popular, su tono reformista se desbordará desembocando en violentos enfrentamientos. Los cinco meses que duró el gobierno frentepopulista estuvieron marcados por el extraordinario desarrollo de la violencia política. De forma errónea aunque no descabellada, muchos toman esa violencia por el umbral de la revolución.. Aunque la justificación ideológica contrarrevolucionaria descansa sobre la teoría de que la guerra civil se produce por derivación de la respuesta de los reaccionarios frente a un proyecto revolucionario, es totalmente falso, la conspiración antirrepublicana no es fruto de esta violencia explícita sino simultánea e incluso anterior.

  • Los españoles se desmadraron. ¿Quién tiene la culpa?

  • La insurrección armada antirrepublicana ha sido profundamente falseada por sus autores al considerarla respuesta a una amenaza revolucionaria. La única amenaza real era que se cumpliera el programa del Frente Popular, nada más lejos de la revolución.

    Largo Caballero estaba consiguiendo mediante la incorporación de elementos anarquistas a su cartera de gobierno que todas las fuerzas significativas de la República tuvieran responsabilidad en un Gobierno de unidad antifascista. . El bloque dominante intuye que si las reformas del Frente Popular se llevan a cabo, puede haber un cambio real del las relaciones de poder y no duda en tratar de impedirlo por la fuerza.

    La historia de las conspiraciones y proyectos insurreccionales contra el régimen republicano es en España tan antigua como la de ese régimen mismo. Los primeros fueron sin duda las fuerzas sociales y políticas más cercanas al régimen anterior como el monarquismo liberal y el carlismo, aunque también conspiraron, con aspiraciones sociales obviamente opuestas, los anarquistas.

    El insurreccionismo obrero de 1934, que tuvo por objetivo declarado impedir que la República cayera en manos de los antirrepublicanos, aceleró la propensión de las derechas a operar por otras vías poco ortodoxas.

    Sectores del carlismo y el fascismo español representados por Falange Española llevaron a cabo otros intentos de conspiración de manera más o menos independiente. Uno y otro grupo pensaron, en algún momento de su trayectoria, en actuar sobre la base de milicias armadas. Sin embargo, la necesidad de contar con la fuerza armada convencional acabó imponiéndose a ambos.

    En cuanto al grupo mayoritario de la derecha española, la CEDA, y más concretamente en cuanto a su jefe, José María Gil-Robles, aunque treinta años después de los hechos este haya intentado “minimizar” su probada participación en la conspiración final; su apoyo fue político, económico e incluso de índole personal. Es cierto sin embargo que el partido y sus juventudes nunca elaboraron un plan autónomo de sublevación.

    La conspiración definitiva tiene como protagonista indiscutible a una fracción mayoritaria del Ejército. Se trata, en efecto, de una conspiración militar, pero sus conexiones con grupos de presión, partidos políticos y demás colaboradores civiles, la convierten en un fenómeno muy diferente de los que se dieron en el resto de Europa. Empezando por que no se trató de un asalto a un punto neurálgico de poder sino una red de adhesiones que posibilitaron la sublevación simultánea en multitud de poblaciones del territorio nacional; fue una conspiración atípica. La colaboración civil fue una necesidad, no un deseo, cuestión que debería suscitar una revisión del verdadero papel político del Ejército. En mi opinión no cabe duda que fue uno de los principales responsables del estallido de la guerra civil.

    Desde enero de 1936 se discuten propuestas de sublevación en reuniones militares. A propósito del triunfo izquierdista en las elecciones de febrero, Portela Valladares recibe presiones—de Gil-Robles y Franco— para la declaración del estado de guerra y la suspensión de los resultados electorales.

    Pero no será hasta la última decena del mes de abril de 1936 cuando se coloque al general Emilio Mola al frente de la conspiración. Sería él quien desde su puesto de gobernador militar de Pamplona, zona carlista por excelencia montará un dispositivo militar de sublevación simultánea en todas aquellas guarniciones donde se consiga la adhesión. La acción iba a contar con gran apoyo y ayuda civil, cosa necesaria para marchar sobre Madrid, aunque estaría siempre bajo el mando del Ejército. Mola fue el hombre que hizo prosperar la conspiración.

    La ceguera política de un Gobierno de republicanos de izquierda —producto del Frente Popular— frente a la trama de una conspiración suficientemente conocida, ha sido señalada repetidamente como explicación de la posibilidad misma del golpe militar.

    Dado que el gobierno de Azaña no creía, no quiso creer en una amenaza que consideraba fantasma tardó demasiado en reaccionar en el momento en que se le informó, el 17 de julio de 1936, de que se había producido una sublevación militar a nivel nacional. Esto explica por qué no pudo ser atajado por el gobierno el golpe militar, cuando quisieron reaccionar ya era demasiado tarde. Tampoco fue resolutorio el golpe para los sublevados, al no existir solución de compromiso entre los militares, el Frente popular y los sindicatos obreros el golpe se encaminó muy pronto hacia el enfrentamiento armado y la lucha abierta.

    En principio, unos y otros buscan afanosamente la solución por la fuerza, con medidas en parte similares y en parte contrapuestas: petición de ayuda al exterior y movilización de masas. Los sublevados se nutren de masas despolitizadas a las que encuadrar militarmente. La República, tras vacilar de forma fatal en armar al pueblo, se apoya en masas ideologizadas políticamente frente al fascismo con las que compone unas milicias armadas sustitutorias de un Ejército inexistente.

    La fase de pronunciamiento se desarrolla entre los días 17 y 21 con una distribución final de territorios leales y rebeldes que, si bien presenta alguna sorpresa, responde en general a comportamientos políticos previos. Las zonas más industrializadas, con mayor población obrera permanecieron fieles a la república, en el resto dominó el Ejército.

    La guerra civil española acababa de empezar. Se iba a librar una lucha sin tregua que culminaría tres años más tarde con la victoria del bando nacional sobre el republicano, y la instauración de la dictadura personal de Francisco Franco.

  • Conclusión

  • La Guerra Civil Española no es solo una página capital de la historia moderna sino una pieza clave del presente y del futuro. De la intrincada maraña de nuestro pasado reciente podemos dilucidar algunos puntos que nos llevan a comprender el por qué del derramamiento de sangre que abrió una herida en nuestra nación que aún hoy no ha cicatrizado del todo. España es hoy un país democrático y esta democracia debe mucho al dolor de estas heridas; sin ellas, sin su recuerdo, correríamos el riesgo de volver a repetir los errores del pasado. La Restauración llevó a una fracturación de la sociedad creó, dos Españas que se desgarraron entre sí. Esperemos que nada caiga en el olvido para poder preservar nuestro pasado y seguir hacia delante con paso firme y la vista al frente.

    BIBLIOGRAFÍA

    • Julio Arostegui, La guerra civil

    • Carlos Iniesta Cano Los Españoles cogieron el fusil: La Guerra Civil

    • Jackson, Gabriel La República española y la Guerra Civil

    • Preston, Paul La destrucción de la democracia en España

    • Preston, Paul Las tres Españas del 36

    • Javier Paniagua España: siglo XX 1931-1939

    • Mariano Aguilar Olivencia El Ejército Español durante la Segunda República.

    • Pablo de Azcárate Derrotas y esperanzas. La República, la guerra civil y la resistencia.

    • José María Gil-Robles No fue posible la paz.

    • José Manuel Martínez Bande Los cien últimos días de la República.

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