Grecia

Europa. Geografía física. Economía. Historia. Arte. Literatura

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Grecia

Estado de Europa suroriental, en el Mediterráneo; 131.957 km2,

10.493.000 habitantes. Capital Atenas. Grecia limita, al norte, con

los estados de Albania, Macedonia (no reconocida por el gobierno

griego) y Bulgaria, y al este con Turquía, y es bañada por el mar

Mediterráneo al oeste (mar Jónico), al este (mar Egeo) y al sur (mar

de Creta).

GEOGRAFÍA

Geografía física

Grecia constituye el extremo sur de la península de los Balcanes,

ocupando un sector muy montañoso. El noreste del país comprende una

estrecha franja litoral ocupada por las montañas de Macedonia y de la

península Calcídica, y la vertiente meridional del Ródope. En el

centro, y de norte a sur, se extienden algunas de las más importantes

llanuras (Macedonia, Tesalia, Beocia, Ática), aunque interrumpidas

por formaciones montañosas, entre las que destaca el macizo del Olimpo

, con el techo del país (2.917 m de altitud). La mitad occidental

está ocupada por diversas cordilleras pertenecientes al sistema

Dinárico, que alcanzan más de 2.000 m de altitud, y se extienden

desde el norte, con los montes Epiro y Pindo, hasta el sur, en la

península del Peloponeso (montes Taigeto y Párnon).

Por último, la Grecia insular comprende las islas Jónicas, los

archipiélagos de las Cícladas y de las Espóradas del norte y del sur,

y las islas de Tasos, Lemnos, Samotracia, Eubea, Mitiline, Quíos,

Lesbos y Creta, la mayor de ellas (8.259 km2).

Los ríos más importantes son el Axios, Evros, Nestos y Aliakmon, el

más largo (314 km). El clima es de tipo mediterráneo en la casi

totalidad del país, con temperaturas moderadas en invierno y cálidas

en verano. Las precipitaciones varían entre el oeste, más lluvioso y

el este más seco. En las zonas montañosas del norte el clima se

endurece en invierno y adopta caracteres continentales.

Geografía económica

Con una densidad media de 79,3 habitantes/km2, Grecia se sitúa tan

sólo algo por encima de la media europea. Los movimientos del campo a

la ciudad se han acentuado (65,2% de población urbana), destacando

los núcleos de Tesalónica, Patrás, Heraklion y sobre todo la

aglomeración Atenas-El Pireo (3.027.000 habitantes).

La actividad agrícola (trigo, vid, olivo, cítricos, legumbres,

algodón, tabaco, arroz, maíz y remolacha azucarera) constituye

todavía un capítulo importante en la economía nacional, a la que

aporta el 15% del PIB y los principales productos de exportación

(aceite, vino, cítricos y azúcar). La ganadería (bovina, ovina y

caprina) se ha desplazado de los sectores de montaña para practicar

una explotación más intensiva.

El sector secundario cuenta con una buena industria extractiva que

explota yacimientos de bauxita, hierro, níquel, plomo y lignito. La

penetración de capital extranjero ha dado un nuevo impulso a la

industria (25% del PIB): química (abonos, amoníaco), del cemento, del

aluminio, refino de petróleo, material de transporte, y las más

tradicionales como la alimentaria, del textil y calzado, todas ellas

localizadas en torno a los núcleos de población (Atenas, Tesalónica,

Patrás, Volos, Cavalla). Sin embargo, la industria es todavía débil y

el país destina gran parte de su presupuesto a la importación de

productos manufacturados. El sector terciario, que aporta el 60% del

PIB, ayuda a compensar este déficit comercial con los beneficios que

le reportan su flota mercante (una de las mayores del mundo) y, sobre

todo, el turismo (principal fuente de ingresos del país).

HISTORIA

La época clásica

El 478 a.J.C. se formó la liga de Delos, que tenía como fin teórico

expulsar a los persas de las ciudades griegas de Asia Menor. La

dirección de las operaciones y la guarda del tesoro quedaron

encargados a Atenas, que de este modo consagraba el predominio

ateniense en la alianza. La paz de Calias (449 a.J.C.) dio la

independencia a las ciudades griegas del Egeo, acentuó el predominio

ateniense e indujo a esta ciudad a intentar extender su predominio a

toda Grecia. Esparta encabezó la oposición a este predominio y a

partir del 446 a.J.C. el país quedó dividido en dos zonas de

influencia.

Entre este año y el 431 a.J.C. Pericles embelleció Atenas, extendió

el comercio y perfeccionó el sistema democrático, pero no logró

unificar Grecia. La guerra del Peloponeso (431 a.J.C.404 a.J.C.)

enfrentó a las dos potencias griegas por el predominio en el país.

Atenas saqueó las costas del Peloponeso, mientras Esparta lo hacía

con los campos del Ática. El 430 a.J.C., la peste se propagó en

Atenas y Pericles fue destituido, aunque se le volvió a llamar el 429

a.J.C., año en que murió. La paz de Nicias (421 a.J.C.) pretendió

establecer una paz sin vencedores ni vencidos, pero la lucha

continuó. El 405 a.J.C., la flota ateniense fue hundida en

Egospótamos y el 404 a.J.C. Atenas aceptó una alianza con Esparta y

la presencia de tropas espartanas en la ciudad. Esparta se convirtió

en la única potencia griega, pero cedió ante Persia, a la que por la

paz de Antálcidas hubo de entregar (386 a.J.C.) las ciudades griegas

de Asia Menor.

Atenas se acercó a Tebas y la victoria del general tebano Epaminondas

en Leuctra el 371 a.J.C. inició su predominio, que fue breve; Atenas

y Esparta se aliaron y, a pesar de la victoria tebana de Mantinea en

363 a.J.C., se estableció un equilibrio entre las tres ciudades.

El imperio macedónico y el helenismo

Macedonia era un estado situado al norte de Grecia que, aunque

profundamente helenizado, los griegos consideraban como bárbaro. Su

rey Filipo II impuso su autoridad, reformó el ejército, creó la

falange macedónica e intervino en los conflictos griegos. El 338

a.J.C., la batalla de Queronea hizo que las ciudades perdieran su

independencia y tuvieran que entrar en la liga de Corinto dirigida

por el rey macedonio. Planeó la conquista del imperio persa, pero el

336 a.J.C. murió. Su hijo Alejandro Magno (336 a.J.C.-323 a.J.C.)

conquistó el imperio persa y a su muerte sus generales se repartieron

el imperio. La cultura griega se difundió por lo que había sido el

imperio persa y se mezcló con influencias indígenas para dar lugar al

helenismo.

Durante el siglo III a.J.C. las ciudades griegas lograron una cierta

independencia bajo la tutela de Macedonia. Filipo V de Macedonia

apoyó a Aníbal durante la segunda guerra púnica y Roma obtuvo la

alianza de las ligas Etolia y Aquea. La victoria romana de

Cinoscéfalos el 197 a.J.C. devolvió la independencia a las ciudades

griegas, aunque bajo predominio romano. El 148 a.J.C. Macedonia se

convirtió en una provincia de Roma y el 146 a.J.C. toda Grecia quedó

incorporada a Roma. Entre el 88 y 84 a.J.C., muchas ciudades griegas

apoyaron a Mitrídates, rey del Ponto, enfrentado a Roma en su deseo

de independencia, pero su derrota trajo consigo el saqueo de Atenas.

Grecia perdió importancia política, económica y militar, pero no

cultural. En Roma se admiraba la cultura griega, los hombres cultos

conocían su lengua y leían a los clásicos. Se imitaban las obras

literarias o históricas de la época clásica y un viaje a este país

era el complemento indispensable de la formación de la clase

dirigente romana. Los juegos deportivos seguían atrayendo a numerosos

visitantes y diversos emperadores actuaron como mecenas en favor de

su cultura y arte.

ARTE

La primera arquitectura griega fue un fiel reflejo del arte

cretomicénico. La estructura definitiva del templo se definió durante

el siglo VII a.J.C. La disposición urbanística de los edificios

públicos y religiosos, en torno al ágora, se realizó sin un plan

preestablecido; su unidad residía en el empleo de un sistema

arquitrabado de cubiertas, en la reiteración de aparejos sentados en

seco mediante grapas metálicas o de madera y en la tendencia a

ocultar con elementos decorativos (frontones, frisos, triglifos,

metopas, molduras) el funcionalismo de los miembros arquitectónicos.

El constructor griego empleaba de forma habitual diversos tipos de

piedras calizas, menos costosas que los mármoles rosados o blancos de

la isla de Paros y de las canteras áticas, piedras que solían

estucarse y pintarse con discretas policromías. Para los trabajos de

carpintería se utilizaron maderas de cedro y de castaño, y para la

ornamentación se recurrió al bronce, al oro y al marfil.

Los santuarios constituyen grandes conjuntos monumentales (Olimpia,

Delfos, etc.), que agrupan edificaciones muy diversas: pórticos,

fuentes, puertas colosales, bibliotecas, gimnasios, teatros, salas

hipóstilas y obras de fortificación. Los esquemas urbanísticos

griegos pueden apreciarse en varias ciudades: Corinto, Delos, Cirene,

Mileto, Pérgamo y Éfeso. La arquitectura funeraria está representada

en construcciones monumentales (mausoleo de Halicarnaso) y en

importantes conjuntos (Xanthos, en Licia, con la tumba de las Arpías

y el monumento de las Nereidas; el Cerámico, en Atenas).

La escultura no adquirió carácter propio hasta el siglo VII a.J.C.

Sus primeras obras fueron de tipo religioso y pretendían representar

a los dioses con apariencia antropomórfica. Desde la época arcaica el

artista desarrolló sus dotes de observación sobre los modelos reales

que le ofrecía la naturaleza y la escultura, en bronce o en piedra,

se racionalizó de modo paulatino. Tras el período «dedálico», los

escultores de Jonia, de las islas, del Peloponeso y de Creta

realizaron diversas experiencias estéticas; el Ática se mantuvo al

margen de ellas, mientras que en las colonias de la Magna Grecia se

fundieron influjos artísticos de procedencias muy dispares. El

constante esfuerzo por precisar la anatomía masculina dio lugar al

perfeccionamiento de la forma (kuroi), perceptible también en las

figuras femeninas vestidas (coré). En la segunda mitad del siglo VI

a.J.C., se logró el máximo verismo y expresividad en la ordenación de

escenas compuestas por varios personajes, en la decoración de vasos

cerámicos y en las representaciones zoomórficas. La escultura arcaica

manifiesta en todas sus tendencias una energía espiritual que se

traduce en la expresión sonriente (sonrisa arcaica). Hacia 500 a.J.C.

se inició un período de moderación expresiva, cuya culminación fue el

denominado «estilo severo»; a esta época pertenecen los frontones de

los templos de Egina y de Olimpia, el Zeus del Artemisión, el Auriga

de Delfos, las esculturas de Mirón (el Discóbolo, Atenea y Marsias) y

abundantes obras anónimas, en las que se manifiesta un interés por el

estudio de la vida humana en sus diversas edades, por el análisis del

movimiento violento y por la plasmación de los rasgos faciales del

individuo (inicio del retrato realista). A partir de 450, Atenas

congregó a un grupo de artistas, cuya figura principal fue Fidias,

quien personificaba el ideal cívico de una polis que pretendía su

propia glorificación y la de sus dioses (esculturas del Partenón y

del Erecteion, Atenea Niké, relieve de Eleusis); por los mismos años,

Policleto de Argos creaba una obra presidida por el equilibrio, el

canon del cuerpo humano en reposo, y Peonio de Mende (Niké de

Olimpia) trataba de representar la difícil inestabilidad del

movimiento impetuoso. Los continuadores de este arte le dieron,

durante el siglo IV, un sentido expresionista y patético; de forma

paulatina, se afirmaron en él los elementos alegóricos y, por

influencia de la danza y el teatro, la tendencia a la exaltación de

la belleza del desnudo (Praxíteles, Escopas, Silanión, Leocares,

Timoteo). El retratista oficial de Alejandro, Lisipo, autor de las

nueve estatuas de exvoto de los tesalios de Delfos, prosiguió la

tradición del Peloponeso, sin dejar por ello de preparar el arte

helenístico; en su época se siguieron cultivando los géneros del

retrato de hombres célebres y del relieve funerario, que produjo

obras notables en los siglos VI-V a.J.C.

El arte helenístico, lleno de inquietud religiosa e intensamente

influido por Oriente, tiene a la vez un carácter barroquizante.

Tendencias muy diversas confluyen en las obras de esta época tan

compleja: expresionismo, naturalismo, patetismo y gusto por lo

exótico, por la plasmación del dolor, de la risa, de la embriaguez y

del éxtasis dionisíacos, por el pintoresquismo y por las escenas de

género. Sus principales escuelas estuvieron radicadas en Pérgamo,

Rodas y Alejandría. Grandes creaciones conocidas de esta época son la

Victoria de Samotracia, la Venus de Milo y el Laocoonte.

La pintura griega puede apreciarse en los vasos decorados, en las

placas pintadas en los sarcófagos y en las estelas funerarias. La

obra de los grandes pintores sólo se conoce por medio de las

descripciones literarias de sus temas y por el reflejo que éstos

tuvieron en la musivaria helenística. El dibujo, por el contrario,

puede estudiarse con precisión en la cerámica pintada. Tras el estilo

geométrico, en el siglo VII se produjo la eclosión de un estilo

expresionista (arte protoático, protocorintio, estilo orientalizante

y vasos de Melos, de Rodas y de las Cícladas), caracterizado por la

composición de frisos con figuras zoomórficas y de escenas

mitológicas o realistas, en las que se concedía gran importancia a la

figura humana. Durante el siglo VI alcanzó la perfección en la

plasmación de temas épicos, de género y mitológicos. Ni las técnicas

ni los convencionalismos lograron coartar la inspiración de los

artistas, cuyo estilo personal puede identificarse en infinidad de

casos, sobre todo en el período comprendido entre 550 y 480

aproximadamente. La pintura de vasos estuvo en constante paralelismo

e interacción con la gran pintura y con la escultura. Durante el

siglo V, el dibujo, de trazo hábil, produjo obras de pequeño tamaño y

de gran fuerza expresiva. Después de un estilo florido (Fidias) y

recargado, se produjo una rápida decadencia: el dibujo perdió entidad

y se industrializó, hasta que desapareció en el siglo III d.J.C. Las

joyas se elaboraron por lo general con oro fundido, repujado o

recortado, con filigranas o con granulaciones y, en ocasiones, con

discreta policromía (pasta de vidrio, esmalte). Se conservan

bellísimos ejemplares producidos desde la época cretomicénica y desde

los tiempos más antiguos hasta la época helenística. Sobresalen las

piedras grabadas, las más bellas de las cuales son cretomicénicas y

helenísticas. El marfil fue empleado para la estatuaria (Éfeso,

Esparta, Atenas) o para el mobiliario y la ornamentación. El interés

de la orfebrería y de los pequeños objetos de bronce reside en la

belleza de su sencilla ornamentación, paralela a la de la

arquitectura; los temas figurados reproducen y completan los de la

arquitectura y la pintura. El mobiliario propiamente dicho es

relativamente escaso; lo conocemos por las representaciones en

relieves o en vasos y por algunas piezas halladas en excavaciones

arqueológicas (Olinto, Delos): de líneas sencillas y armoniosas,

presenta por lo general una decoración simple y estilizada.

Sobresalen, por último, entre las artes menores, las estatuillas de

terracota; las más célebres proceden de Mirina y de Tanagra. Las

artes del tejido son poco conocidas.

El arte griego de la edad media es una prolongación del bizantino;

sin embargo, en arquitectura y en decoración mural ofrece ciertas

peculiaridades locales. La ciudad feudal de Mistra, próxima a la

antigua Esparta, se ha conservado intacta hasta la actualidad a causa

de su aislamiento; sus construcciones, de dimensiones modestas, no

carecen de elegancia ni de gracia; Atenas ha conservado varias

edificaciones de este tipo: las iglesias de la Pequeña Metrópolis, de

Kapnikarea y de los dos Santos Teodoros. En cuanto a su decoración,

predomina la decoración musivaria (siglos VI al XII), que más

adelante fue sustituida por el fresco (siglo XIV). Los monasterios

del monte Athos y los de las iglesias de Mistra son preciosos

exponentes de este último tipo de decoración.

Durante la ocupación turca, el arte griego permaneció estacionario.

Tras la liberación de 1821, se produjo un renacimiento presidido por

el influjo de Occidente, en especial

de Alemania. La arquitectura adoptó modelos neoclásicos y la

arquitectura y la escultura se caracterizan por su academicismo (N.

Lytras, C. Volanakis, N. Gysis). Con posterioridad, las nuevas

tendencias, en las que se aprecia ya la influencia de París, se

orientaron hacia el impresionismo (C. Maleas, O. Fokas, C. Parthenis)

y la vanguardia (G. Buzianis, S. Papaloukas, N. Ghikas, N.

Engonopoulos); en arquitectura sobresale D. Pikionis. De forma

paralela al arte renovador, prosiguió una tendencia tradicionalista,

inspirada en fuentes históricas bizantinas y populares (son de

destacar los pintores S. Vassiliou, G. Tsaroukhis y D.

Dhiamandopoulos).

Tras la segunda guerra mundial, la revitalización de lo autóctono

tuvo sus máximos exponentes en los pintores N. Nikolaou, G. Moralis y

G. Sikeliotis, y la búsqueda de lo contemporáneo alcanzó sus mejores

frutos en las obras de los pintores A. Kondopoulos y G. Spyropoulos y

de los escultores G. Loukopoulos y A. Aperghis. En las últimas

tendencias, cada vez más homogeneizadas con el arte europeo, es

apreciable una renovación figurativa tanto en pintura (G. Vakirtzis y

G. Ghaitis) como en escultura (G. Parmakelis y G. Gheorghiadis).

LITERATURA

Los orígenes de la literatura griega se sitúan en Jonia. Del período

prehomérico sólo se conservan algunos nombres: Orfeo, Lino, Anfión,

Museo, Eumolpo, entre los poetas líricos; Orfeo, Museo, Melisandro,

Sísifo, entre los épicos. La Ilíada y la Odisea, de Homero, son las

primeras obras conocidas. Pronto aparecieron nuevos géneros: la

poesía didáctica, con Hesíodo, y los diferentes géneros de la lírica,

relacionados con la danza y con la música, que florecieron en Jonia y

en las islas del mar Egeo. La elegía podía expresar temas patrióticos

y guerreros (Calino, Tirteo), sentimentales y eróticos (Mimnermo),

políticos (Solón) o morales (Teognis, Focílides). La poesía mélica,

cantada al son de instrumentos de cuerda, comprendía las odas (Alceo,

Safo, Anacreonte) y la lírica coral, que, iniciada con Taletas,

Alcmán y Arión, progresó con Estesícoro e Ibicos y llegó a su

perfección con Simónides de Ceos, Baquílides y, sobre todo, Píndaro.

En esta época, el imperio de la poesía era completo e incluso

filósofos como Parménides y Empédocles componían sus obras en verso.

Hacia el siglo VI surgió la prosa filosófica con Anaximandro de

Mileto y Heráclito de Éfeso y con el primer historiador griego,

Hecateo de Mileto. Los siglos V y IV a.J.C. fueron la edad clásica de

la civilización griega. En Atenas se forjaron nuevos géneros:

tragedia, comedia, historia, elocuencia y diálogo

filosófico. La tragedia, nacida del ditirambo en manos de Tespis,

alcanzó plenitud formal gracias a la fuerza de Esquilo, el equilibrio

de Sófocles y la exploración psicológica de Eurípides.

La comedia surgió en Megara con Susarión y en Sicilia con Epicarno, y

adquirió forma en Atenas hacia el 470. En su primera época, fue sobre

todo satírica (Cratino, Éupolis, Frínico y Aristófanes). En el siglo

IV, los autores (Antífanes, Alexis) crearon los tipos que luego

adoptó la comedia romana. En historia, son notables las

investigaciones de Herodoto, las observaciones veraces de Tucídides y

el talante filosófico y sociológico de la obra de Jenofonte. La

oratoria ática conoció una evolución que la llevó de las rigideces de

Antifón a la claridad de Andócides y a la naturalidad de Lisias.

Isócrates, imitado por Licurgo, llevó la oratoria a su perfección y

Demóstenes, el orador más grande de Grecia, dejó en ella la

sinceridad de su impronta. En filosofía, los sofistas ejercieron una

gran influencia. Protágoras abordó la gramática y Gorgias fue muy

importante para la historia estilística del griego y del latín. A

través de la figura de su maestro Sócrates, Platón elaboró a fondo el

método de la mayéutica. Aristóteles, considerado como el filósofo más

relevante de la Antigüedad, tiene menos mérito literario, pero son

esenciales sus aportaciones en el campo de la poética. Las conquistas

macedónicas contribuyeron a la difusión de la lengua y de la cultura

griegas; en especial, en Alejandría, en la corte de los Tolomeos, se

dieron cita pensadores y escritores, con acceso a una biblioteca de

700.000 volúmenes. Es, sin embargo, un período de literatura

artificiosa y poco innovadora. El principal representante de la

poesía dramática es Licofrón; la épica revivió con Apolonio de Rodas

y la didáctica con Arato y Nicandro. La lírica estuvo representada

por Calímaco y por Euforión, pero fueron el mimo y el idilio los

terrenos más fértiles, gracias a Bión, Mosco, Herondas y, sobre todo,

Teócrito. La crítica literaria nació como disciplina con Zenodoto,

Aristófanes de Bizancio y Aristarco. Entre los historiadores destacan

Beroso, Manetón y el retórico Timeo. La descripción geográfica

progresó con Nearco y Piteas, pero fue Eratóstenes el primero en

conjugar las matemáticas y la astronomía con esta disciplina.

La filosofía brilló en los tres períodos de la Academia platónica:

antiguo (Espeusipo, Jenócrates, Crates, Crantor), medio (Arcesilao) y

nuevo (Carneades). Los seguidores de Aristóteles o peripatéticos

(Eudemo, Aristoxeno, Dicearco, Estratón y Teofrasto) continuaron la

labor del maestro. Las doctrinas morales proliferaron con los cínicos

(Diógenes, Menipo), los estoicos (Zenón, Cleanto, Crisipo), los

epicúreos (Epicuro, Metrodoro) y los escépticos (Pirrón, Timón). En

los últimos años de este período, sólo destaca la figura del

historiador Polibio.

Durante el período romano y bizantino, a pesar del ascendiente

político de Roma y de la expansión del latín como lengua de cultura,

el griego se siguió hablando en la cuenca del Mediterráneo y, desde

el siglo II d.J.C., se produjo un renacimiento del espíritu helénico.

La historia contó con numerosos expositores: Dionisio de Halicarnaso,

Estrabón, Flavio Josefo, Arriano, Dión Casio, Apiano, Pausanias,

Herodiano, Diógenes Laercio y Plutarco. La geografía fue cultivada

por Estrabón y por Pausanias. En filosofía, la nueva Academia

platónica renació en el siglo I (Filón de Alejandría) y se desarrolló

hasta el siglo III (Plotino, Porfirio, Jámblico). El estoicismo,

cultivado por los romanos, fue expuesto por Posidonio, Epicteto y el

emperador Marco Aurelio. Entre los epicúreos destaca Filodemo y,

entre los escépticos, Sexto Empírico. La sofística floreció de nuevo

(Dión Crisóstomo) y la sátira moral fue practicada con maestría por

Luciano.

La literatura cristiana en lengua griega se desarrolló, en los siglos

I y II, con san Bernabé, san Clemente, san Ignacio y san Policarpo;

en los siglos II y III, con san Justino, Taciano, Atenágoras, Teófilo

de Antioquía, Hermias, san Ireneo, san Hipólito, Clemente de

Alejandría y Orígenes, y, en el siglo IV, con san Atanasio, san

Gregorio Nacianceno, san Basilio, san Gregorio de Nisa y san Juan

Crisóstomo.

Tras la caída de Bizancio, la literatura griega moderna puede

dividirse en tres grandes períodos: 1453-1820, 1820-1920 y desde 1920

hasta la actualidad. El primer período presenta dos características:

la existencia de un organismo insular y de un regionalismo

constantinopolitano. El primero aparece en cinco centros: Rodas

(cantos populares, poemas de Georgillás), Quíos (actividad poética

bajo el dominio genovés), Chipre (precursora del petrarquismo y de la

prosa popular), las islas Jónicas (poemas didácticos o históricos) y,

sobre todo, Creta. En cambio, en Constantinopla, el helenismo se

replegó sobre sí mismo y la literatura fue más erudita que creadora.

El segundo período, denominado período nacional, está ligado al

movimiento de la independencia helénica y supuso una doble revolución

de la poesía y de la prosa. La obra de Solomós es la primera

expresión filosófica de una poesía inspirada en fuentes

populares. Otro jonio, Calvos, se sumó al grupo que creó la escuela

jónica, gracias a la cual la poesía neogriega alcanzó niveles

europeos. Hacia fines del siglo XIX, la poesía y la prosa se

liberaron de la tradición culta y Atenas se puso a la cabeza de las

letras griegas. La primera obra extensa de prosa literaria demótica

es Mi viaje, de Psikhari. Los principales novelistas de este período

son Eftaliotis, Xenopoulos y Theotokis. De forma paralela, la poesía

renovó temas y técnicas en las obras de Drosinis, Skipis, Porfiras y,

sobre todo, Palamás. Pero, sin duda, el poeta más notable de este

período es el alejandrino Cavafis. Los esfuerzos del teatro cobraron

cuerpo con la creación, por Jristomanos, de la Nueva escena. En el

período actual, destaca la mayor especialización de los géneros. A la

primera generación de prosistas pertenecen Politis, Venezis y

Terzakis. En el terreno de la poesía, a la figura de Cavafis se suman

Seferis, Embiríkos y Engonópoulos. A raíz de la segunda guerra

mundial surgieron poetas de la talla de Elytis y de Sotirjos. El

teatro se ha renovado vigorosamente y la crítica se ha organizado en

todas sus formas.