Género e historia; Barbara Caine y Glenda Sluga

Feminismo. Evolución histórica. Igualdad y diferencias hombre y mujer. Discriminación sexual. Ámbitos. Emancipación femenina

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  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Género e historia; Barbara Caine y Glenda Sluga

ÍNDICE.

Introducción..........................................................................Págs.3-5

Capítulo 1..............................................................................Págs.5-6

Capítulo 2..............................................................................Págs.6-8

Capítulo 3..............................................................................Págs.8-9

Capítulo 4.............................................................................Págs.9-10

Capítulo 5..............................................................................Págs.10-11

Capítulo 6.............................................................................Págs.11-12

Cronología............................................................................Págs.13-14

Comentario sobre el libro.....................................................Págs.15-16.

Bibliografía...........................................................................Pág.17

INTRODUCCIÓN:

El feminismo es un movimiento moderno, aunque cuente con antiguos precedentes. Suele caracterizarse como la tendencia que, por encima de diversos matices, aspira a una mejora en la condición jurídica y social de la mujer en todos sus aspectos.

Los movimientos igualitarios que surgieron a partir de la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, la popularización de los argumentos y la incorporación de las reivindicaciones a los programas políticos han sido otros tantos factores que a lo largo del siglo XIX preparan la profunda renovación que se ha operado en el XX en la condición femenina. Singularmente ha influido una coyuntura histórica: la determinada por la I Guerra Mundial, que incorporó a la mujer al esfuerzo guerrero de las potencias en conflicto, experiencia que sirvió de incontrastable argumento para acceder a las aspiraciones femeninas, especialmente en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, aunque en este último país la mujer ha gozado y sigue gozando una excepcional situación por razones principalmente de orden histórico.

En 1857 se fundó la primera asociación feminista en Inglaterra, concretamente en Sheffield. Poco después apareció como órgano de expresión el English woman´s Journal, en cuyas campañas destacó Lydia Ernestine Becker. John Stuart Mill, elegido como diputado en 1865, incluyó en su programa el establecimiento del sufragio femenino y preveía que su implantación duplicaría el capital intelectual de la Humanidad. En 1870 se fundó otro periódico con el fin de apoyar este movimiento, el Woman´s Suffrage Journal. Al Parlamento inglés llegó una propuesta a favor del voto femenino, propuesta que Gladstones, primer ministro en aquel momento, rechazó con gran energía y que no logró la aprobación de la Cámara. En 1889 se introdujo el sufragio femenista en el Estado norteamericano de Wyoming y la cuestión alcanzó mayor intensidad. El advenimiento en Inglaterra (1906) de un gobierno liberal suscitó grandes esperanzas en este sentido y se recrudeció la actividad de las sufragistas, capitaneadas por Mistress Pankhurst y Miss Annie Kenney, que llegaron a ser multadas por sus violentas actividades, ya que, con el fin de atraer la atención hacia sus aspiraciones, no dudaban en cometer todo género de infracciones para forzar su encarcelamiento. Las sufragistas inglesas se reunían en grandes grupos ante el Parlamento durante sus sesiones, con infracción de las leyes. Si les imponían multas se negaban al pago y eran detenidas; en las cárceles practicaban la huelga de hambre. Ante el cariz de la cuestión se formó un comité integrado por 55 miembros del Parlamento tanto por los conservadores como por los liberales, encabezados por Mr.Asquith y Lloyd George.

La "Woman´s Social and Political Union" no cejaba en sus esfuerzos y utilizaba la táctica de formular preguntas en los mítines públicos a los ministros, preguntas inconvenientes que eran airadamente contestadas, hasta el punto de que las mujeres presentes en cualquier mitin eras sacadas a la fuerza por los hombres, que llegaban a la agresión ante su contumacia. A partir de 1908 las sufragistas iniciaron una campaña de violencias materiales con rotura de escaparates, quemas de inmuebles, fractura de los buzones de correos, ruptura de urnas en las elecciones y comisión de actos de auténtico vandalismo en obras de arte de la Academia Real y el Museo Británico. En 1912 las cosas llegaron a un extremo inusitado.

El feminismo ha existido siempre y puede afirmarse en diferentes sentidos. En el sentido más amplio del término, siempre que las mujeres, individual o colectivamente, se han quejado de su injusto y amargo destino bajo el patriarcado y han reivindicado un a situación diferente, una vida mejor. El proceso de recuperación histórica de la memoria feminista no ha hecho más que comenzar. Cada día que pasa, las investigaciones añaden nombres nuevos a la genealogía del feminismo, y aparecen nuevos datos en torno a la larga lucha por la igualdad sexual. En general puede afirmarse que ha sido en los períodos de ilustración y en los momentos de transición hacia formas sociales más justas y liberadoras cuando ha surgido con más fuerza la polémica feminista.

Es posible rastrear signos de esta polémica en los mismos principios de nuestro pasado clásico. La Ilustración sofística produjo el pensamiento de la igualdad entre los sexos, aunque, como lo señala Valcárcel, ha sobrevivido mucho mejor la reacción patriarcal que generó: "las chanzas bifrontes de Aristófanes, la Política de Aristóteles, la recogida de Platón". Con tan ilustres precedentes, la historia occidental fue tejiendo minuciosamente -desde la religión, la ley y la ciencia- el discurso y la práctica que afirmaba la inferioridad de la mujer respecto al varón. Discurso que parecía dividir en dos la especie humana: dos cuerpos, dos razones, dos morales, dos leyes.

En la Francia del siglo XVII, los salones comenzaban su andadura como espacio público capaz de generar nuevas normas y valores sociales. Aún cuando las mujeres queden inicialmente fuera del proyecto igualatorio -tal y como sucedió en la Francia revolucionaria y en todas las democracias del siglo XIX y buena parte del XX-, la demanda de universalidad que caracteriza a la razón ilustrada puede ser utilizada para irracionalizar sus usos interesados e ilegítimos, en este caso patriarcales. En este sentido, el feminismo supone la efectiva radicalización de proyecto igualitario ilustrado. La razón ilustrada, razón fundamentalmente crítica, posee la capacidad de volver sobre sí misma y detectar sus propias contradicciones. Y así la utilizaron las mujeres de la Revolución Francesa cuando observaron con estupor cómo el nuevo Estado revolucionario no encontraba contradicción alguna en pregonar a los cuatro vientos la igualdad universal y dejar sin derechos civiles y políticos a todas las mujeres.
En la Revolución Francesa aparece no sólo el fuerte protagonismo de las mujeres en los sucesos revolucionarios, sino la aparición de las más contundentes demandas de igualdad sexual. La convocatoria de los Estados Generales por parte de Luis XVI se constituyó en el prólogo de la revolución. Los tres estados -nobleza, clero y pueblo- se reunieron a redactar sus quejas para presentarlas al rey. Las mujeres quedaron excluidas, auto denominaron un “tercer Estado del tercer Estado", mostraron su clara conciencia de colectivo oprimido y un carácter "interestamental" de su opresión.

Sin embargo, pronto se comprobó que una cosa era que la República agradeciese y condecorase a las mujeres por los servicios prestados y otra que estuviera dispuesta a reconocerles otra función de que la de madres y esposas (de los ciudadanos).
Seguramente uno de los momentos más lúcidos en la paulatina toma de conciencia feminista de las mujeres está en la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, en 1791. Su autora fue Olympe de Gouges, una mujer del pueblo y de tendencias políticas moderadas, que dedicó la declaración a la reina María Antonieta, con quien finalmente compartiría un mismo destino bajo la guillotina. Su veredicto sobre el hombre fue: "Extraño, ciego, hinchado de ciencias y degenerado, en este siglo de luces y de sagacidad, en la ignorancia más crasa, quiere mandar como un déspota sobre un sexo que recibió todas las facultades intelectuales y pretende gozar de la revolución y reclamar sus derechos a la igualdad, para decirlo de una vez por todas" . Sin embargo, la Revolución Francesa supuso una amarga y seguramente inesperada, derrota para el feminismo. Los clubes de mujeres fueron cerrados por los jacobinos en 1793, y en 1794 se prohibió explícitamente la presencia de mujeres en cualquier tipo de actividad política. Las que se habían significado en su participación política, fuese cual fuese su adscripción ideológica, compartieron el mismo final: la guillotina o el exilio. Las más lúgubres predicciones se habían cumplido ampliamente: las mujeres no podían subir a la tribuna, pero sí al cadalso. ¿Cuál era su falta? La prensa revolucionaria de la época lo explica muy claramente: habían transgredido las leyes de la naturaleza abjurando su destino de madres y esposas, queriendo ser "hombres de Estado". El nuevo código civil napoleónico, cuya extraordinaria influencia ha llegado prácticamente a nuestros días, se encargaría de plasmar legalmente dicha "ley natural".

En el siglo XIX, el siglo de los grandes movimientos sociales emancipatorios, el feminismo aparece, por primera vez, como un movimiento social de carácter internacional, con una identidad autónoma teórica y organizativa. Además, ocupará un lugar importante en el seno de los otros grandes movimientos sociales, los diferentes socialismos y el anarquismo.

Estos movimientos heredaron en buena medida las demandas igualitarias de la Ilustración, pero surgieron para dar respuesta a los acuciantes problemas que estaban generando la revolución industrial y el capitalismo. El desarrollo de las democracias censitarias y el decisivo hecho de la industrialización suscitaron enormes expectativas respecto al progreso de la humanidad, y de llegó a pensar que el fin de la escasez material estaba cercano. Sin embargo, estas esperanzas chocaron frontalmente con la realidad. Por un lado, a las mujeres se les negaban los derechos civiles y políticos más básicos, segando de sus vidas cualquier atisbo de autonomía personal. Por otro, el proletariado -y lógicamente las mujeres proletarias- quedaba totalmente al margen de la riqueza producida por la industria, y su situación de degradación y miseria se convirtió en uno de los hechos más sangrantes del nuevo orden social. Estas contradicciones fueron el caldo de cultivo de las teorías emancipadoras y los movimientos sociales del XIX.

CAPÍTULO 1. CIUDADANÍA Y DIFERENCIA: LA ERA

DE LA REVOLUCIÓN

Durante la Ilustración, en Inglaterra, en algunos estados alemanes e italianos, en el imperio de los Habsburgo y en Francia, ya se habían debatido temas tales como la naturaleza y razón de ser de la monarquía, la importancia de la igualdad ante la ley, la posibilidad o el deseo de la república, las bases de la participación política y el significado de la nación. Lo que había sido un asunto en su mayor parte intelectual hasta 1789, pasó a ser un tema político desde el inicio de la Revolución Francesa. Ya desde 1789, las mujeres participaron en alguno de los más dramáticos acontecimientos de la Revolución. A ojos de los gobiernos revolucionarios, estaba claro que los derechos de los ciudadanos a participar en el debate político, a votar y a llevar armas, estaban concebidos únicamente para los hombres. Lynn Hunt y Joan Landes han mostrado los símbolos y el nuevo lenguaje político que surgieron en la Revolución Francesa y que enfatizaban la estrecha relación entre masculinidad y ciudadanía, al designar el ámbito político como masculino e insistir en la dedicación de la mujer al ámbito privado de la familia y el hogar. Para los hombres que lideraban la Revolución, igual que para sus oponentes conservadores, la mera idea de que las mujeres participaran en la actividad política y demandaran derechos legales y políticos, llevaba en sí la amenaza de la promiscuidad sexual y la destrucción de la vida familiar.

La Revolución francesa se convirtió en un episodio clave en la aparición del feminismo moderno, por el nivel de participación, sin antecedentes, de las mujeres parisinas en los acontecimientos revolucionarios, y por la aparición de las primeras peticiones formales de derechos políticos y de ciudadanía para la mujer. Aquellas mujeres que protestaban enérgicamente por su exclusión de la arena política y que exigían derechos para la mujer, dieron lugar al nacimiento del feminismo moderno, pues reivindicaban para ella el reconocimiento de los derechos plenos de ciudadanía.

Hasta cierto punto, la participación de las mujeres en las fases tempranas de la Revolución francesa tenía antecedentes en la implicación de éstas en la vida intelectual del siglo XVIII. Los debates ilustrados tenían lugar en salones organizados por mujeres, es más, un creciente número de ellas estaba empezando a escribir y a publicar, aunque bajo seudónimos masculinos. El fenómeno de la mujer escritora era objeto de comentario social, y las pretensiones literarias femeninas, a veces, despertaban la misma hostilidad que su participación política. A finales de la Revolución Francesa y principios del siglo XIX, un nuevo movimiento literario y cultural, el Romanticismo, puso énfasis en la relación estrecha entre lo masculino y el poder creativo, al insistir en que el genio era siempre un hombre, aunque un hombre con la sensibilidad de una mujer.

CAPÍTULO 2. ESPACIOS Y LUGARES: CAMBIOS EN LOS

MODELOS DOMÉSTICO Y LABORAL

El capitalismo industrial de la sociedad y la economía europeas de 1789 a 1920 ocasionó una transformación del trabajo y de su ubicación, y del concepto de hogar y de lo doméstico. La industrialización también llevó consigo un nuevo concepto de la cuestión del género. Las nuevas fuentes de poder, los nuevos lugares de trabajo y las nuevas tecnologías, motivaron grandes cambios en la división del trabajo basada en el sexo, y una nueva visión del hombre como trabajador industrial. De forma complementaria, la concepción de la mujer se centró en la imagen del ama de casa, recluida en el hogar o ámbito privado, lugar específicamente femenino.

Al mismo tiempo que con la industrialización aumentaba la gama de trabajos disponibles para los hombres, encontrar un empleo se hacía cada vez más difícil para las mujeres. La creación de grandes fábricas y talleres sirvió para separar el hogar del lugar de trabajo, y las largas jornadas que esto originaba causaron enormes problemas a las mujeres que tenían que compaginar un trabajo remunerado con las responsabilidades familiares. Lamentablemente, las mujeres casadas buscaron trabajos que pudieran desempeñar en el hogar, de media jornada o eventuales, y que les permitiera supervisar al mismo tiempo a sus familias. Los sindicatos, grupos socialistas y la mayoría de las asociaciones profesionales que surgieron en la mitad del siglo XIX, no sirvieron sino para empeorar las perspectivas de las trabajadoras, pues el principal objetivo de estas asociaciones laborales era mejorar las condiciones de trabajo de los hombres. La mayoría de sus socios, a menudo, perseguían la exclusión de las mujeres de ciertas ocupaciones concretas o incluso de todo tipo de trabajo remunerado.

La ubicación del lugar del trabajo en sí guardaba relación con la concepción del hogar como esfera privada y femenina. Según la noción de "ámbitos separados" el cabeza de familia varón se dedicaba al ámbito público del trabajo y a la actividad política para mantener a su familia, mientras que su mujer e hijas permanecían en casa. La noción de esferas o ámbitos separados, propia de la clase media, encajaba a la perfección dentro de las imperantes ideas sobre la diferencia de sexo. El trabajo era claramente una actividad necesaria para el hombre fuerte, enérgico, racional e independiente, mientras que, por el contrario, la reclusión en el hogar y la dedicación al marido e hijos se adaptaban al temperamento y emociones de la mujer.

En toda Europa, la existencia de dos ámbitos serparados era considerada como parte integrante del orden social, cívico y moral. En Inglaterra, a finales del siglo XVIII y principio del XIX, la creciente influencia de la religión evengélica puso un nuevo énfasis en el hogar y la familia como unidad básica para el cumplimiento religioso y el orden moral. Por otra parte, desde 1790 en adelante, en la nueva República Francesa, se pensaba que la existencia de unos fuertes lazos familiares y la realización de las obligaciones maternas hacía posible que los niños aprendieran en el seno materno las virtudes cívicas de los ciudadanos. En los estados alemanes y en el Imperio de Habsburgo, la importancia de la vida familiar y en las primeras décadas del siglo XIX, estuvo íntimamente asociada a la Restauración napoleónica, al conservadurismo político y a la jerarquía dentro del estado. De este modo, y por razones políticas y sociales diferentes, evangélicos, republicanos y conservadores compartieron una visión común sobre la naturaleza de lo público, la diferencia de género, las actividades de la mujer, y la importancia de la vida familiar.

Aunque es evidente que las mujeres necesitaban protección, en toda Europa, los códigos laborales y la legislación de finales del siglo XIX estaban dirigidos a asegurar los privilegios de los hombres como cabezas de familia y principales ganadores del sustento, y asegurar que se reconociera el papel maternal de las mujeres, más que a conseguir sus derechos como trabajadoras. La cuestión sobre si las mujeres trabajadoras debían ser tratadas igual que los hombres, y merecer igual sueldo y condiciones, o de si necesitaban una protección especial, se debatió en toda Europa en organizaciones laborales y socialistas. El Congreso de 1893 de la Internacional Socialista aprobó una resolución que pedía igual salario para hombres y mujeres, pero también detallaba condiciones particulares que debían aplicarse al trabajo femenino:una jornada diaria de 8 horas, y la prohibición del trabajo nocturno, y de trabajos que pudieran ir en detrimento de su salud. De todas las cuestiones del s.XIX con relación al género, las más difíciles de resolver fueron las necesidades de las mujeres trabajadoras y la manera en que su trabajo podía compaginarse con sus responsabilidades familiares.

CAPÍTULO 3. LA CUESTIÓN DEL GÉNERO EN LA

POLÍTICA

Que los grupos considerados irrelevantes para el desarrollo político tomaran parte en la vida política, inspirando así un entusiasmo y una fe en la posibilidad de cambio político y social fue un hecho posible. Liberalismo, feminismo,socialismo, nacionalismo, y todas las nuevas ideologías compartieron estas ideas esenciales de cambio político y social, y prometieron nuevas estructuras políticas donde los grupos que tradicionalmente habían sido excluidos del poder político tuvieran representación.

En el s XIX, por toda Europa, el crecimiento del estado burocrático moderno estuvo acompañado de la aparición de una serie de organizaciones con actividad política distinta a la gubernamental, que permitieron que muchos individuos, que de otro modo habrían quedado excluidos del poder político directo, ejercieran influencia política y social. Estas organizaciones adoptaron diversas formas: grupos profesionales, organizaciones cívicas y municipales, cámaras de comercio,etc. Aunque en apariencia no tuvieran carácter político, todos estos grupos proporcionaron nuevos foros para debate y a menudo para el ejercicio de presiones políticas entre sus miembros, en su mayoría masculinos. En su autobiografía, Harriet Martineau habla sobre la expansión de la "economía de la asociación" y de la creciente importancia de "los clubes de Londres, nuestras casas modelo de huéspedes, y docenas de nuevos métodos de seguridad”. A mediados de s XIX, los hombres burgueses estaban muy involucrados en negocios y asociaciones que trataban gran número de cuestiones y causas civiles, incluyendo la educación, el bienestar social, la cultura, el comercio, la religión, la ciencia y el atletismo. La identificación nacionalista y el fomento del patriotismo fueron los objetivos principales de estas asociaciones, y se convirtieron en temas esenciales para las publicaciones de la época.

En las zonas europeas en proceso de industrialización, las clases trabajadoras utilizaron el poder de las asociaciones públicas para formar cooperativas económicas y culturales, y evitar sus propias publicaciones informativas.

Las nuevas asociaciones reemplazaron a los viejos salones en importancia cultural, poniendo en contacto a los hombres con posibilidad de ser elegidos para cargos públicos y dándoles poder para influir en la opinión pública, para expresar su oposición a determinados gobiernos o políticas, y para cuestionar la autoridad monárquica. El ámbito público era para los hombres un medio importante para expresar su opinión, ganar reconocimiento político y presionar para lograr una representación más directa.Pero el acceso a todo esto para las mujeres era muy difícil. Mientras el término "hombre público" merecía respeto, el de "mujer pública" era sinónimo de prostitutas. Su respetabilidad exigía a las mujeres no ser conocidas, o incluso que no se las mencionara en público.

CAPÍTULO 4. SEXO Y RAZA, NACIONES E IMPERIOS

Aquellos que apoyaban la emancipación de la mujer tuvieron que buscar nuevas formas de luchar contra la teoría de que las mujeres habían evolucionado menos que el hombre, y de que tenía menos capacidad cerebral que éste. Belel, que apoyaba la emancipación, decía que los hombres podrían estar más íntimamente conectados a los monos que las mujeres, e insistía en que el tamaño del cráneo no determinaba el del cerebro, y que lo importante no era el tamaño cerebral absoluto, sino el tamaño relativo en proporción al del cuerpo y al peso.

A finales del s.XIX el interés médico por el cuerpo, y por la distinción de los sexos, proporcionó un importante contexto para cuestiones políticas como la soberanía popular.

Las descripciones de la mujer como psicológicamente inferior e incapaz de controlar sus pasiones no hicieron sino reforzar su diferencia y motivaron que se empleara la feminidad como metáfora para describir razas marginadas.

El estado se tomó muy en serio su labor de organizar la prostitución y de vigilar a las mujeres sospechosas de ejercerla ante la evidencia de enfermedades de transmisión sexual. La descripción de la prostituta como " forma natural" de degeneración femenina, popularizada por hombres, fue incorporada al código penal italiano.

Entre 1877 y 1893 las mujeres sin distinción lograron el derecho a actuar como testigos legales, a tener sus propias cuentas bancarias ( siempre que sus esposos o guardianes no se opusieran), a pertenecer a las juntas de dirección de instituciones de caridad y a tomar parte en las juntas de arbitraje industrial y de las prisiones.

En Inglaterra no ejercieron el derecho al voto hasta 1918. Incluso hasta entonces, sólo podían votar las propietarias mayores de 30 años. En 1870 en Inglaterra la legislación negaba expresamente el derecho a la nacionalidad a las mujeres, e insistía en que éstas tomaran la de sus esposos. Las mujeres que se casaban con extranjeros dejaban de ser consideradas británicas. El fenómeno de las mujeres casadas que trabajaban se asoció a la gran dependencia de amas de cría, y a los altos índices de abandono y de mortalidad infantil. Las mujeres eran el centro de las nuevas políticas de bienestar social, que las convertían en trabajadores y en ciudadanas diferentes a los hombres. Gran Bretaña, desarrolló una política laboral y un bienestar basados en cuestiones de género relacionados con el fomento de la natalidad y la imagen de una nación como una gran familia. La equiparación de lo maternal con lo nacional también concedió a las mujeres una base desde la que influir en la política y las políticas nacionales. Las mujeres se crearon un sitio en la educación y en las organizaciones de asistencia social. Hubertine Aucleer, fue la primera mujer que utilizo el término "feminista". Ella solicitaba ayuda para las madres y subsidios a los hijos, aduciendo que la maternidad era un servicio al estado, de la misma importancia que la actividad militar.

Hacia finales del siglo XIX, se animó a las mujeres a llevar a cabo actividades imperialistas. Las mujeres feministas a menudo reclamaban derechos paras las mujeres basándose en su devoción hacia las obligaciones imperiales: el acceso a la educación universitaria, la reforma de la ley de matrimonio y a la abolición de las Enfermedades Contagiosas fueron logros realizados dentro de un marco imperialista en Inglaterra.

Las mujeres francesas "modernas" y científicas tenían que emigrar a las colonias francesas para poder lograr sus ambiciones mediante la explotación del papel tradicional de género de las mujeres nativas en las colonias. Las mujeres que habían estudiado medicina sólamente podían ejercer en las colonias. La independencia de la mujer, de clase media o trabajadora, quedaba inevitablemente unida a la propagación de las premisas de desigualdad racial sobre las que se basaba el imperialismo.

CAPÍTULO 5. EL FIN-DE-SIÈCLE

El período desde 1880 hasta el estallido de la I Guerra Mundial fue determinante para la idea del género. Las cuestiones relativas a la diferencia de género y a la sexualidad adquirieron una relevancia hasta entonces desconocida. Algunos contempóraneos llegaron a considerar el fin-de-siècle como un período de "anarquía sexual". Desde diferentes posturas políticas, científicas e intelectuales europeos llegaron a la conclusión de que el declinar social estaba originado por los evidentes cambios en la jerarquía tradicional del género y la intervención de las mujeres en el mundo público.

Las consecuencias de la eugenesia para las mujeres fueron complejas. La maternidad era la principal responsabilidad de las mujeres hacia la nación y la raza. Los principales eugenistas varones se oponían a la emancipación femenina. El sistema moral y social permitía a los hombres una conducta sexual premiscua, mientras que las mujeres tenían que permanecer castas.

En la década de 1890 y a principios del s.XX, las derechos de la mujer por fin llegaron a ser un tema importante en el debate público y privado de toda Europa. Los ideales femeninos de la clase media hacian una definición de la "nueva mujer" como aquella que se negaba a ser tratada como una máquina de criar o como prostituta, que rechazaba que el ámbito femenino fuera el hogar, y que buscaba un mundo mucho más amplio de pensamiento y actividad. En esta década tanto en Francia como en Inglaterra empezaron a usarse los términos "feminismo" y "feminista". Las mujeres estaban apareciendo e influyendo cada vez más en los asuntos de política nacional. Casi todos los países europeos contemplarón la formación de grupos nacionales de mujeres, que luchaban por derechos civiles.

A principios de década de 1890, se establecieron la Sociedad por el Trabajo de la Mujer y la Asociación de Mujeres, que perseguían secualizar la educación de las niñas. Las mujeres participaron activamente en organizaciones internacionales con sede en Italia. Junto con los derechos civiles y políticos, las mujeres también reivindicaban los derechos de las madres, ya fueran casadas o solteras, y el control de sus propios cuerpos mediante la contracepción y el aborto.

Algunas feministas, incluyendo las militantes sufragistas, definían el matrimonio como una prisión para las mujeres, y plantearon un ideal alternativo de celibato femenino. El tema de la maternidad fue siempre un tema complicado para las feministas.

CAPÍTULO 6. LA GUERRA Y EL NUEVO ORDEN

MUNDIAL

La I Guerra Mundial, tuvo muchos y diferentes efectos para hombres y para el mundo, y el "nuevo orden mundial" originado tras la misma. A finales del s, XIX era muy importante la masculinidad en los discursos sobre nacionalismo y trabajo. La agitación feminista, especialmente en forma de activismo sufragista, se describía como una amenaza a la fuerza nacional e incluso a la supervivencia a la raza.

Beaulieu mantenía que la masculinización de la mujer suponía la mayor amenaza para la civilización moderna. Daba por supuesto que las mujeres se dedicaban a un trabajo remunerado y rechazaban su función reproductora, y más aún, que mientras más masculinas se volvieran las mujeres, menos masculinos y viriles serían los hombres. Las propias mujeres se hallaban divididas respecto a los temas políticos relacionados con la guerra. A finales del s. XIX, algunas feministas de Inglaterra y en otros países de Europa buscaban el voto con el fin de difundir el pacifismo y de dar más relevancia a su oposición a la guerra. Pero estos grupos se encontraban en minoría, ya que cada vez más las feministas adoptaban las ambiciones nacionales y apoyaban la guerra. La imagen de Florence-Nightingale junto con la popularidad de la figura-soldado de Juana de Arco, ilustraba la significación social de la participación militar como deber ciudadano, y también desmentía el hecho de que la ciudadanía fuera considerada prerregativa masculina. La contribución de las mujeres a la guerra será una prolongación de las funciones "sociales" atribuidas a las mujeres en el s. XIX. Las mujeres comenzaron en toda Europa a ejercer ocupaciones hasta ese momento exclusivamente masculinas, como la ingeniería, el transporte y en las fábricas de munición. Las mujeres solteras eran reclutadas para trabajos civiles y llegaron a asumir puestos especializados en las organizaciones que se habían creado antes de la guerra. Incluso llegaron a llevar uniformes en "casa de huéspedes", etc. Las mujeres pasaron a hacerse cargo de las tareas de sus maridos de manera inmediata, pero fue más tarde cuando los grandes negocios, los bancos y los servicios de transporte recurrieron a las mujeres. La abolición de la legislación que limitaba la jornada y las condiciones del trabajo femenino dio lugar a grandes abusos, y aunque las fábricas contaban con comedores y guarderías, las condiciones eran limitadas. A las mujeres se les pagaba la mitad del salario que se les había pagado previamente a sus compañeros masculinos, lo que subraya que el avance había sido deficiente y sólo temporal. La guerra había logrado que se sintieran como "ciudadanos con obligacioness hacia el público en general".

El estatus femenino después de la guerra muestra que no hubo tal vínculo entre la participación de las mujeres en el esfuerzo bélico y las aceptadas imágenes sobre la feminidad.

En la posguerra las relaciones y las identidades de género se vieron afectados por las revueltas sociales y por los intentos de los gobiernos victoriosos de establecer una "nueva Europa" demócrata.

En la Inglaterra, de la posguerra, la política oficial del gobierno era impedir que las mujeres trabajaran. De manera, que si las mujeres durante la guerra habían trabajado en fábricas de municiones, a finales de 1920 constituían un porcentaje menor en el mercado laboral que lo había sido en 1911. Algunos gobiernos europeos llegaron a denegarles el voto. Pero a cambio instruyeron un día de la madre como símbolo de apoyo a la maternidad.

La Sociedad de Naciones se convirtió en defensora de muchas de los derechos reivindicados por las organizaciones de mujeres europeas de clase media, incluyendo el derecho a la nacionalidad. La "nueva mujer" era tratada como la antagonista del héroe de guerra masculino y de la unidad patriarcal. En la posguerra, los gobiernos liberales y totalitarios tendían a considerar a las mujeres y las relaciones de género como símbolos de revolución y de anarquía, y como amenazas para la reconstrucción y el orden.

En la Europa de posguerra, el acceso de las mujeres a la política y a la opinión pública había aumentado, pero esto no les aportó ningún progreso económico o político directo. Las diferencias de género y la preferencia por la masculinidad siguieron creando el marco fundamental para la negación o la reivindicación de la ciudadanía y la participación política. La mayoría de los gobierrnos se aferraron a su autoridad sobre las mujeres y sus cuerpos, en su interés por la familia y la nación.

CRONOLOGÍA.

1789. El primer hito histórico más importante del feminismo, se produjo en 1789 durante la Revolución Francesa, cuando las mujeres de París, mientras marchaban hacia Versalles y al grito de "libertad, igualdad y fraternidad", exigieron por primera vez el derecho al voto para la mujer.

1791. La "Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana", redactada y presentada a la Asamblea Nacional Francesa, por la activista francesa Olympia de Gouges, declaración que postulaba la dignidad de las mujeres y por consiguiente, el reconocimiento de sus derechos y libertades fundamentales, cuya defensa le costó perder la vida en la guillotina y sus compañeras fueron recluidas en hospicios para enfermos mentales, convirtiéndose así en una de las primeras mártires de la causa y los movimientos feministas.

1792. La inglesa Mary Wollstoncraft, publicó el libro "Reivindicación de los derechos de la Mujer", uno de los manifiestos feministas más radicales de la historia, inspirado sobre la base de cambiar la idea de que la mujer no solo existe para el placer del hombre y proponiendo que la mujer recibiera el mismo tratamiento que aquél en educación, derechos políticos, en el trabajo y que fuera juzgada por los mismos patrones morales.

1832. Mary Smith de Stannore, una dama de alto rango, presentó a la Cámara de los Comunes de Inglaterra, una petición reclamando los derechos políticos de las mujeres.

1857. El 8 de marzo de 1857, las obreras de la industria textil y de la confección, realizan una gran huelga y se manifiestan en las calles de Nueva York, exigiendo el derecho al trabajo y garantías de condiciones de trabajo más humanas.

1866. Las mujeres logran un triunfo, cuando el Primer Congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores, aprobó una resolución relativa al trabajo profesional de la mujer, documento que desafió abiertamente la tradición de que el lugar de las mujeres era el hogar.

1889. El 19 de julio de 1889, la dirigente alemana Clara Zetkin, pronuncia su primer discurso sobre los problemas de la mujer, durante el Congreso fundador de la Segunda Internacional Socialista celebrada en París. Allí defendió el derecho de la mujer al trabajo, la protección de las madres y los niños y también la participación amplia de la mujer en el desarrollo de los acontecimientos nacionales e internacionales.

1899. Se realizó una conferencia de mujeres en La Haya (Países Bajos), donde se condenó la guerra; hecho que marcó el comienzo del movimiento antibélico que tuvo mucho impulso en el Siglo XX.

1908. Más de 130 mujeres obreras ofrendan su vida el 8 de marzo de 1908, cuando se produjo un incendio en una fábrica textil en Nueva York, donde se habían encerrado para reclamar iguales derechos laborales que los hombres, dando surgimiento a la celebración del día internacional de la mujer.

1910. El 8 de marzo de 1910, Clara Zetkin, propuso en la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague-Dinamarca, que todos los años se celebrara un Día de la Mujer; una manifestación internacional unificada, en honor del movimiento en pro de los derechos y la libertad de la mujer. Esta propuesta fue aprobada en resolución firmada por más de 100 delegados/as de 17 países.

1911. El 8 de marzo de 1911 se celebró por primera vez en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el Día Internacional de la Mujer, donde más de un millón de hombres y mujeres asistieron a diversas manifestaciones, exigiendo, además del derecho al voto y a ejercer cargos públicos, el derecho al trabajo y a la formación profesional, así como el fin de la discriminación en el trabajo.

1912. La celebración del Día Internacional de la Mujer se extiende a otros países como Francia, Países Bajos y Suecia.

1913. Se realizó en San Petesburgo (Rusia), la primera manifestación del Día Internacional de la Mujer, a pesar de la intimidación policial.

1914. El 8 de marzo, se celebró en muchos países, el Día Internacional de la Mujer, bajo el estandarte del movimiento de paz, en señal de protesta contra la guerra que amenazaba a Europa; hecho que comprueba que la mujer es la más fiel defensora de la paz.

COMENTARIO SOBRE EL LIBRO.

Este libro ofrece un estudio sobre el papel que ha tenido el género en la historia de Europa, desde la Revolución Francesa hasta el final de la I Guerra Mundial. En los seis capítulos de los que consta el libro se describe su alcance y relación con los temas y acontecimientos más significativos del período tratado: trabajo, vida urbana y doméstica, políticas nacionales, el fin-de-siècle y el imperialismo, así como con el nacionalismo, liberalismo y socialismo, para concluir con la descripción de su propia crisis el la Primera Guerra Mundial.

Al explorar el tema de género, se aborda la diferencia sexual según la clase social, la cultura y la raza. Este libro plantea interrogantes y ofrece nuevas fuentes para la compresión de la historia.

La importancia del género como categoría histórica ha aportado un nuevo enfoque para la interpretación de la historia europea. Los historiadores prestan cada vez más atención a los cambios en el significado cultural de los conceptos masculino, femenino y género, considerándolos fundamentales en la historia de la formación de estados y naciones en la ciudadanía y la participación política, en la actividad laboral y económica, y en la vida doméstica y familiar.

El feminismo es un movimiento de toma de conciencia y lucha de las mujeres por sus derechos y su emancipación social; así como por la igualdad real en la sociedad, de todos, hombres y mujeres, como personas.

     La situación social de partida de las mujeres es la de objeto decorativo y fuente de placer. El primer signo de protesta se produce en 1791 cuando Olimpia de Gouges proclama ante la Asamblea Nacional Francesa la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana.

     La lucha de las mujeres durante el siglo XIX se centra en conseguir el derecho al voto: las sufragistas de Europa y Estados Unidos. Son mujeres pertenecientes a la burguesía y cierta clase media, ya que las mujeres del proletariado fueron protagonistas en la puesta en marcha de la revolución industrial.

     En 1792 Mary Wollstonecraft publica en los Estados Unidos Vindicación de los derechos de la mujer.

     Los anarquistas dan por supuesto que las mujeres estarán en igualdad de condiciones con el hombre en la nueva sociedad, en la que no existirán ni clases, ni grupos de poder, ni diferencias entre hombres y mujeres.

     El socialismo está en la misma idea, pero Engels introduce un elemento más de análisis: la lucha de clases-sexo, no es específicamente capitalista, tiene su propia dinámica. La liberación de la mujer se producirá con la del proletariado, pero para ello debe estar plenamente integrada en el modo de producción capitalista.

     En el siglo XX el fascismo fue una ideología que dominó durante los años 20 al 40. El fascismo redujo a la mujer a la condición de cosa.

     Será después de la segunda guerra mundial cuando el feminismo, como ideología, sea asumido por toda la sociedad, y ello gracias a la información y a la sociedad de masas.

     La visión de la mujer para la sociedad de consumo de masas es muy diferente a la de los feminismos. Impone un tipo de mujer: esposa, feliz en su hogar porque tiene aparatos que le hacen todas las tareas de la casa.

BIBLIOGRAFÍA.

  • GÉNERO E HISTORIA. Mujeres en el cambio sociocultural europeo, de 1780 a 1920. Ed. Narcea, S.A de Ediciones.

Barbara Caine y Glenda Sluga.

  • GRAN ENCICLOPEDIA LAROUSSE.

  • ENCICLOPEDIA SALVAT.

  • WWW.CRETIVIDADFEMINISTA.ORG

GÉNERO E HISTORIA

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ALUD DE LA MUJER CON ENFOQUE

DE GÉNERO

Género e historia; Barbara Caine y Glenda Sluga

Género e historia; Barbara Caine y Glenda Sluga

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