Gabriel García Márquez

Literatura hispanoamericana contemporánea. Escritores hispanoamericanos. Vida y obra. Compromisos políticos. Labor periodística. Premio Nobel

  • Enviado por: Emiliano Jabiu
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 19 páginas
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Gabriel García Márquez: Biografía.

Nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, un pequeño pueblito en la costa caribe de Colombia, en el hogar de Gabriel Eligio García, telegrafista y de Luisa Santiaga Márquez Iguarán. Siendo muy niño fue dejado al cuidado de sus abuelos maternos, el Coronel Nicolás Márquez Iguarán - su ídolo de toda la vida- y Tranquilina Iguarán Cortés. Él reconoce que su madre es quien descubre los personajes de sus novelas a través de sus recuerdos. Por haber vivido retirado al comienzo de su padre, le fue difícil tratarlo con confianza en la adolescencia; "nunca me sentía seguro frente a él, no sabía cómo complacerlo. Él era de una seriedad que yo confundía con la incomprensión", dice García Márquez.
En 1936, cuando murió su abuelo, fue enviado a estudiar a Barranquilla. En 1940, viajó a Zipaquirá, donde fue becado para estudiar bachillerato. Estudia derecho y ejerce de periodista durante algunos años en México, Francia y España. "Allí, como no tenía suficiente dinero para perder ni suficiente billar para ganar, prefería quedarme en el cuarto encerrado, leyendo", comenta el Nobel. En 1946 terminó bachillerato. Publicó sus primeros cuentos en 1947, su primero, fue La tercera resignación., y tiempo más tarde se mudo a la ciudad costera de Cartagena, donde sobrevivía escribiendo notas para el periódico El Universal. De ahí pasó a Barranquilla, donde, según sus palabras, "nos emborrachábamos hablando de literatura hasta la salida del sol. Cada vez que llegaba una caja de libros de Buenos Aires hacíamos una fiesta” Desde allí envió a una editorial argentina los originales de La hojarasca, pero el editor los rechaza con la recomendación de colgar la máquina de escribir. Ese mismo año, se matriculó en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional. En 1950, escribió una columna en el periódico "El Heraldo" de Barranquilla, bajo el seudónimo de Séptimus y en 1954 empezó a trabajar como periodista en el diario El Espectador. Allí se lució con una serie de crónicas en las que relataba la historia de un naufrago que sobrevivió al hundimiento de un destructor colombiano. Luego saldría el libro “Relato de un naufrago.

Ese mismo año apareció finalmente La hojarasca, su primera novela. A ella le siguieron La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba y Los funerales de la mamá grande, obras en las cuales empieza a esbozarse el fantástico mundo de Macondo.
Un año después se fue a Europa como corresponsal del diario, pero el dictador Gustavo Rojas Pinilla lo cerró y Gabo quedó anclado en París, con recursos tan exiguos que llegó a deberle una fortuna a la dueña de la pensión donde vivía.
En 1958, se casó con Mercedes Barcha. Tienen dos hijos, Rodrigo y Gonzalo.

En 1961 publicó El coronel no tiene quien le escriba, en 1962, La mala hora y el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande, y en 1967, su máxima obra: Cien años de Soledad.
Gabriel García Márquez, quien está radicado en Ciudad de México desde 1975, en una vieja casona restaurada por él mismo, es amigo cercano de importantes personalidades mundiales, lo fue de Omar Torrijos y conserva fuertes lazos con Fidel Castro, Carlos Andrés Pérez, François Miterrand, los presidentes de México, Venezuela, Colombia y otros muchos.
El 11 de diciembre de 1982, después de que por votación unánime de los 18 miembros de la Academia Sueca, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura por su obra.
La vida y obra del Nobel García Márquez ha sido reconocida públicamente: en 1961 recibió el Premio Esso, en 1977, fue homenajeado en el XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana; en 1971, declarado "Doctor Honoris Causa" por la Universidad de Columbia, en Nueva York; en 1973, obtuvo el Premio Rómulo Gallegos por su obra "La Cándida Eréndira y su abuela desalmada". En 1981, el gobierno francés le concedió la condecoración "Legión de Honor" en el grado de Gran Comendador. Ese año asistió a la posesión de su amigo y Presidente de la República, François Miterrand. En 1992, fue nombrado jurado del Festival de Cine de Cannes.
El último libro de Gabriel García Márquez fue publicado en 1994. Sobre él, "Del amor y otros demonios", dijo Alvaro Mutis: "es una novela perfecta desde el punto de vista histórico, con fuertes planteamientos de carácter dogmático en la que aparecen ciertos personajes cuya caracterización es realmente genial".
Gabriel García Márquez, quien hoy prepara un libro que titulará "La profesión más hermosa del mundo", sobre periodismo, a sus 66 años es considerado por un importante grupo de intelectuales como el escritor vivo más importante del mundo, según lecturas dominicales de El Tiempo del 28 de agosto de 1994.

En 1996 publicó Noticia de un secuestro, donde su pasión por el periodismo se conjuga con la narrativa acostumbrada de sus obras de ficción.

"Gabo", quien alterna su vida entre México y Colombia, prácticamente vive en un avión. Ha recorrido el mundo entero y engrandecido el nombre del país en el exterior, llevando nuestros paisajes y costumbres de un continente a otro, itinerario que inició en 1957 cuando visitó la República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y la Unión Soviética, temas de su artículo "Noventa días en la cortina de hierro". Después de 1967 cuando se fue a vivir a Barcelona y cuando el mundo se dio cuenta de su obra maestra "Cien Años de Soledad", que ha marcado la historia de la literatura de nuestro siglo, García Márquez se ha convertido en invitado de honor de sucesos intercontinentales, de congresos, de festivales, de posesiones y de eventos, porque su presencia tiene un valor muy especial.

EN EL BREVE discurso que pronunció con motivo de la entrega del prestigioso premio Rómulo Gallego, por su obra Cien años de soledad, Gabriel García Márquez dijo que siempre había creído que los escritores no estaban en el mundo para ser coronados, que todo premio era peligroso, que toda subvención comprometía y que todo homenaje público era un principio de embalsamiento.

Desde que publicara la mágica historia de Macondo, las estirpes condenadas a 100 años de soledad lo reclamaban como uno de los suyos y lo condenaban, a su vez, a la más dura soledad: la soledad del éxito, la terrible soledad del que se siente y se sabe solo entre una multitud que lo acosa y lo aclama:

"Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas. Ese es mi caso. Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias y la vida intelectual".


EL NOBEL
TODAVÍA no había llegado lo peor. A la vuelta de la esquina lo esperaba el premio Nobel y toda la aparatosa parafernalia que suele traer consigo. Demasiado para un hombre tímido hasta el sonrojo, introvertido, aficionado al vallenato, buen tocador de guitarra, glotón, madrugador, sedentario y nómada al mismo tiempo, que nunca firma sobre un papel en blanco (sus autógrafos los escribe sobre libros) y al que no le gusta viajar en avión porque el alma llega después que el cuerpo.

"Soy uno de los seres más solitarios que conozco, y de los más tristes, aunque resulte increíble... La gente del Caribe es muy así aunque tienen fama de todo lo contrario, de gregarios, de pachangueros, de fiesteros, pero tú los ves en plena fiesta y están con unos ojos de melancolía...".

Te comprendo, maestro, también las gentes de Andalucía tenemos fama de bullangueros y festivos pero la procesión va por dentro. Hay una soledad íntima en todos nosotros, una tristeza honda, una añoranza de no sé qué contra la que nada pueden el sol, la luz ni la bulla; ese sol, esa luz y esa bulla que hacen mucho más amarga, por contraste, la soledad en el Caribe o en Andalucía. Los tres momentos en los que me siento más solo en mi tierra (en esta tierra mágica, como Macondo o Amarcord, a la que le faltan un García Márquez y un Fellini para contarla) son el Rocío, la Semana Santa y la Feria, los tres momentos de máximo esplendor de la luz y de la bulla.

Puedo dar fe de tu tristeza caribeña, porque yo estaba allí y pude ver tus ojos de melancolía en plena fiesta.

La fiesta fue en La Habana, la ciudad más bella del mundo. El barrio: Siboney. El motivo: una cena en la residencia del doctor Danilo Bertulin, médico de Allende, y su fascinante mujer María Teresa Ortiz.

Unos días antes yo había viajado a Cuba atraído por el acontecimiento que suponía la visita del vicario de Cristo al último reducto de la revolución. La verdad que llevaba muchos años esperando la oportunidad de encontrarme frente al creador de Macondo. Desde que publicara Cien años de soledad, Gabriel García Márquez ocupaba el primer lugar, junto a Fidel Castro, en mi lista de entrevistas imposibles. Había llegado a pensar que de todas las entrevistas imposibles, la suya era la más imposible porque, no en vano, él conoce a fondo el periodismo y se ha pasado media vida esquivando sus trampas.

Haremos la entrevista, pero la montaremos los dos me dijo, abrazado a un violinista en la puerta del hotel Cohiba, cuando nos despedimos. Aquella imagen final de una noche de boleros me recordó otras palabras suyas: "El otro día, entre dos trenes, me refugié de una tormenta de nieve en un bar de Zúrich. Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, sólo para que los enamorados se quisieran más".


EL PAPA
NO HUBO entrevista, pero fue una cena inolvidable. Aunque sigo esperando el lugar y el momento (quizás en Cuba, cuando Gabo vuelva el próximo junio para dar un curso de cine de 15 días), la verdad es que no quise vivir la experiencia como un periodista, sino como un simple lector deslumbrado por la cercanía de su autor favorito. Macondo también es para mí un estado de ánimo, y mi ánimo no estaba para registrar detalles, sino para disfrutar de la noche y de la compañía.

Entre los asistentes a la cena, además de los anfitriones, se encontraba Mercedes, la inteligente mujer de Gabo, compañera inseparable desde hace más de 35 años, y Manuel Vázquez Montalbán, conversador infatigable y de altura, quien llevaba, como yo, 15 días esperando a Dios en La Habana (así se titulara, según me dijo, el libro que pensaba escribir sobre el abrazo del último revolucionario y el cabeza visible de Dios en la Tierra). Durante la cena, le preguntamos a Gabo si pensaba escribir sobre el viaje del Papa, a lo que respondió: "Ahora todo es inabarcable; cuando se hayan marchado todos, buscaré entre la basura".

Nos marchamos todos y él se quedó buscando en la basura. Mis últimas noticias son que volvió a México. No sé si encontraría algo, aunque me imagino que sí; quien sabe buscar siempre encuentra, y Gabo es un buscador de tesoros ocultos, y un hombre entrañable, cercano, cálido, con unos ojos excepcionales y una inteligencia nerviosa. No olvidaré su abrazo. Cuando me tocó supe por qué sus amigos siguen siendo sus amigos a pesar de la distancia y de los años.


LA CIUDAD DE LAS FANTACIAS...
"MACONDO era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".

Para nombrar todas aquellas cosas que carecían de nombre nació el 6 de marzo de 1928 Gabriel García Márquez, uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. Aquel año Luis Buñuel había realizado Un perro andaluz y Federico García Lorca publicaba su Romancero gitano. Federico había dicho: "Escribo para que me quieran". Años más tarde, García Márquez afinaría un poco más y diría a su vez: "Escribo para que me quieran más mis amigos", con lo que dejaba claro una de las prioridades de la vida: la amistad, para él un vicio como el de la literatura, el billar, la revolución cubana, las canciones de los Rolling Stones o el bolero.

"Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios y la vida intelectual"


De la amistad Gabo tiene un concepto mafioso, que él mismo reconoce: "Dicen que soy un mafioso, porque mi sentido de la amistad es tal que resulta un poco el de los gángsters: por un lado mis amigos y por el otro el resto del mundo, con el cual tengo muy poco contacto". El, que de tantas cosas puede preciarse, se precia especialmente de no haber perdido más de dos o tres amigos a lo largo de su vida. El más conocido de ellos, tal vez sea Mario Vargas Llosa, cuyo segundo hijo apadrinó y lleva, en su honor, el nombre de Gabriel.

Entre los amigos de Gabo se cuentan algunos de los hombres más poderosos e influyentes de la Tierra. Es proverbial su vieja amistad con el líder cubano Fidel Castro, una amistad que va más allá de las afinidades y desavenencias políticas. Mantiene su fidelidad al comandante y a la revolución cubana, sin importarle aparentemente que tantos intelectuales y artistas, que un día apoyaron con fervor revolucionario a Cuba, terminaran renegando de la causa y de su actor principal.


EL PODER
GARCÍA MÁRQUEZ nunca fue un estalinista ni un sectario, por lo que no tiene nada de qué arrepentirse. Ni siquiera puede considerarse marxista. La prosa farragosa y fría de El Capital no podía deslumbrar a quien estaba llamado a crear con palabras mágicas el mundo mágico de Macondo. Reconoce, sin embargo, que del periodismo, actividad que ha compartido durante toda su vida con la literatura, le ha venido lo mejor que tiene: la conciencia política; una conciencia política que lo ha llevado a vivir casi continuamente exiliado de su país, a ser acusado de colaborar con la guerrilla del M-19 o a figurar en las listas negras del Departamento de Inmigración de los Estados Unidos, pese a ser el escritor hispano más leído y a ser doctor honoris causa por la Universidad de Columbia (Nueva York).

Aunque detesta el poder, se codea con jefes de Estado y primeros ministros de medio mundo. A veces cumple el papel de mediador entre unos y otros, y trae y lleva recados al oído que con frecuencia acaban salvando vidas, poniendo presos en la calle o cerrando crisis. Al cumplirse los 30 años de Cien años de soledad, la Organización de Estados Americanos organizó un encuentro con Clinton.

Desde la publicación de su obra más emblemática y la posterior concesión del Premio Nobel de Literatura en 1982, es probablemente el escritor más traducido, más leído, más influyente y más famoso de este siglo; quizá también uno de los más ricos. Cien años de soledad ha sido traducida a más de 35 idiomas y se calcula que en los 30 años largos que dura su leyenda se han vendido más de 30 millones de ejemplares.

La mítica novela de García Márquez vio la luz el 30 de mayo de 1967 en la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, una de las editoriales más prestigiosas de América Latina. La tirada inicial de 8.000 ejemplares, que a Gabo le pareció una exageración, se agotó en menos de 15 días. Una segunda edición de 10.000 ejemplares dejó a la editorial sin papel y sin cupos de imprenta, por lo que durante dos meses toda América Latina hablaba de Cien años de soledad, sin que la gente pudiera comprarla ya que no estaba en las librerías.

García Márquez había publicado, hasta la fecha, Ojos de perro azul, La hojarasca, Relato de un náufrago, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande, que habían pasado desapercibidas para el gran público; era un escritor exclusivamente conocido en reducidos círculos literarios. Vivía del periodismo, en el que se desenvolvía como un consumado experto en todos los géneros: la entrevista, el artículo de fondo, la columna de opinión, la crónica, el reportaje de investigación... Fue el reportero estrella de El Espectador de Bogotá, enviado especial en Europa y corresponsal en Nueva York de Prensa Latina, la agencia cubana. Incluso llegó a dirigir en México dos revistas de prensa rosa o del corazón, precisamente cuando se preparaba para iniciar la redacción de su obra maestra. Por esta época solía alquilar su talento a la publicidad y al cine, una de sus grandes vocaciones, escribiendo guiones a sueldo. Pero en tiempos no lejanos había llegado incluso a hacer cosas peores, como cobrar seguros, vender enciclopedias y hasta botellas y periódicos viejos. En su etapa parisina había cantado, para poder comer, canciones mexicanas en cafetines del barrio Latino. En París y en aquellos años de penuria, también conoció la cárcel. Una noche la policía lo confundió con un argelino y acabó en una jaula de la comisaría de Saint-Germain-des-Près. La experiencia le sirvió para entrar en contacto con el Frente de Liberación Nacional de Argelia.

"Dicen que soy un mafioso, porque mi sentido de la amistad es tal que recuerda un poco al de los gángsters"


Pero la mala vida, el hambre, las dificultades, ¿qué son para un creador, para un contador de historias, sino gajes del oficio? Él lo sabe y lo asume: "¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar ni que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?".

En México, protegido discretamente por una corte de amigos que asistían fascinados al nacimiento y evolución de los Buendía, Gabo pudo al fin encerrarse consigo mismo durante 18 meses, en la Cueva de la mafia, su cuarto de trabajo, para recrear el mágico mundo de su infancia.

La historia comienza a principios de marzo de 1952 cuando Gabo viaja con su madre a Aracataca, su pueblo natal, para vender el caserón de los abuelos. Fue quizá frente a las ruinas de aquella casa grande y muy triste, donde había vivido los primeros años de su vida con una hermana que comía tierra, una abuela que adivinaba el porvenir y un abuelo atormentado por la sombra de un hombre al que había tenido que matar en un duelo, fue allí donde sintió tal vez por vez primera la necesidad de dejar constancia poética del mundo de su infancia.

Desde aquel día, Macondo y las estirpes condenadas a cien años de soledad, comenzaron a tomar cuerpo en su mente. La sombra de su abuelo materno, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, la figura más importante de su vida (hasta el punto de que, tras su muerte, sentía que nada importante le había sucedido) le iba suministrando los materiales con los que iba a construir aquel mágico mundo.


REALISMO

EL 19 DE OCTUBRE de 1908, el coronel Nicolás Ricardo Márquez mató en un duelo a Merardo Pacheco. Como consecuencia del lance se vio obligado a emigrar con su familia, llegando finalmente a Aracataca, el pueblecito donde nueve años más tarde nacería Gabriel García Márquez.

García Márquez ha dicho muchas veces: "Es muy difícil encontrar en mis novelas algo que no tenga un anclaje en la realidad". Su realismo es mágico precisamente porque es real.

Trece años más tarde de aquel viaje a Aracataca acompañado de su madre, un día de enero de 1965, mientras conducía su Opel por una carretera de Ciudad de México a Acapulco, sintió toda la soledad de América Latina y comprendió que había llegado el momento de encerrarse con sus fantasmas y fundar Macondo. Meses más tarde saldría de la cueva de la mafia a la soledad del éxito, la terrible soledad del que se siente y se sabe solo entre una multitud que lo persigue y lo aclama. Una soledad con la que convive desde hace 30 largos años. Quizá sea ése, la soledad, el precio que hay que pagar por la inmortalidad.

Gabriel García Márquez.

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al olido en las penumbras del amor No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se liasen en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disipados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras que en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano Sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: "Parece un faro". Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no deberla ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas -a las que tanto debemos lo mucho que tienen para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y Científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, Cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de limites entre la "ge" y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que nuestros abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.

Zacatecas, México, abril 7 de 1997

Diario Clarín

Domingo 27 de junio de 1999


GARCIA MARQUEZ

Escritor en el hospital

Bogotá. AFP, DPA y EFE

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El escritor colombiano Gabriel García Márquez, de 72 años, se sometió el jueves a un chequeo médico en la Fundación Santa Fe de Bogotá. Pero las versiones sobre los motivos del estudio divergen.

Los médicos dicen que se trata de un examen rutinario y que el escritor no está hospitalizado.

Su esposa Mercedes Barcha, en cambio, pidió a los medios "paciencia" hasta recibir los resultados de los análisis, y aseguró ayer que el Premio Nobel de Literatura en 1982 estaba en la clínica esperando los estudios.

"Estamos esperando los resultados de los exámenes", explicó, pero no precisó qué tipo de análisis ni cuáles fueron los síntomas que provocaron la inernación. Sólo negó la posibilidad de que el estudio sea oncológico.

Esto apaciguó en parte las versiones periodísticas que aseguraban que el autor de Cien años de soledad y El coronel no tiene quien le escriba había sido internado "por una enfermedad".

Habitualmente, García Márquez alterna su vida en tres ciudades: Cartagena, en Colombia, Ciudad de México y La Habana, Cuba. En los últimos tiempos, el escritor volvió a dedicarse al periodismo y preside el consejo editorial del semanario Cambio.


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Domingo 04 de julio de 1999

ESTUVO DIEZ DIAS INTERNADO
García Márquez, de alta

Bogotá. ANSA, AP y dpa.

El Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, dejó la Fundación Santa Fe de Bogotá, donde estuvo internado diez días por un "síndrome de agotamiento general". Así lo informaron las autoridades de la clínica donde estuvo atendido.

El escritor colombiano, de 72 años, salió el viernes al mediodía, después que le realizó una serie de exámenes de rutina, dijeron en la Fundación.

La mujer del autor de Cien años de soledad, Mercedes Barcha, había pedido a los medios "paciencia" hasta recibir los resultados de los análisis. Y descartó versiones periodísticas según las cuales los médicos le habrían encontrado un tumor y le habrían practicado una biopsia.

Actualmente, la vida de García Márquez transcurre en tres ciudades: Cartagena, Colombia; Ciudad de México, y La Habana, Cuba. En los últimos tiempos volvió a dedicarse al periodismo y preside el consejo editorial del semanario Cambio.

GABO CAMBIA DE OFICIO

Entrevista exclusiva para Cambio 16

Cambio 16-Colombia Mayo 6-13 1996

Hace 35 años Gabriel Gracia Márquez abandonó el periodismo Después de tanto tiempo regresa al oficio con ¨Noticia de un secuestro¨, un reportaje de 336 páginas que será presentado ésta semana en la Feria del Libro de Bogotá. La obra es fruto de tres años de investigación, durante los cuales el premio Nobel entrevistó a más de 50 personas alrededor del mundo. El resultado es un libro en el cual no hay una sola gota de ficción: todos los datos fueron minuciosamente comprobados y, sin embargo, dice Gabo, "parece más novela que cualquiera".

EL 21 DE MAYO DE 1948 apareció en El Universal de Cartagena de Indias la columna "Punto y aparte", el primer escrito periodístico de un estudiante de Derecho e incipiente cuentista llamado Gabriel Gracia Márquez. Hoy, casi medio siglo después, tan lejos de ese mundo que "era tan reciente que para nombrar a las cosas había que señalarlas con el dedo", el desconocido periodista se ha convertido no solo en uno de los más grandes escritores del siglo XX, sino en la noticia. Hace tan solo dos semanas ocupó los principales titulares del mundo cuando los secuestradores de Juan Carlos Gaviria le pidieron ser el presidente de Colombia. "Nadie con un gramo de sensatez tomara cualquier decisión bajo la presión de un secuestro", respondió el Nobel. Sabe del tema. Su nunca olvidado oficio lo llevo a investigar durante tres años el secuestro de cinco mujeres y cinco hombres colombianos a manos de los Extraditables. Noticia de un secuestro, que será publicado esta semana, es no solo la culminación de la técnica periodística y literaria del autor -los capítulos nones tratan del mundo exterior, los pares llevan al encierro, a lo interno-. Es también un ejemplo de la noticia humanizada, con protagonistas de carne y hueso, donde Gracia Márquez abre -como en aquel Relato de un naufrago- ese espacio fascinante que la frialdad periodística les niega cotidianamente a las víctimas: el de los recuerdos.

CAMBIO 16

"Noticia de un secuestro" Es un libro cuyos protagonistas tienen nombre y apellido conocidos y hablan por teléfono con su autor. ¿Que tan difícil le resulto escribirlo?

GABRIEL GARCIA MARQUEZ. Todo libro es difícil. Cien años de soledad lo fue por la enorme carga mítica que llevaba dentro. El otoño del patriarca lo fue también por su enorme carga de ficción histórica, y Noticia de un secuestro lo es por su enorme carga de realidad periodística.

P. Nadie cree que a estas alturas le resulte difícil conseguir reportajes como al resto de los mortales. No es lo mismo el periodista feliz e indocumentado de hace 40 años que un Nobel al que nadie le niega ahora una entrevista.

R. Yo no me gané ese privilegio por influencias ni por plata, sino subiendo escalón por escalón en el oficio de periodista. Cuando tenia tu edad me tocaba luchar contra las mismas dificultades que tu has encontrado ahora para que yo te concediera esta entrevista. Y no se olvidé que para hacer un trabajo como este se necesita más humildad siendo premio Nobel que reportero raso.

P. ¿Y usted que ha inventado un chocolate que hace levitar, no podría inventar los detalles a su antojo?

R. De poder, se podía. Pero el reto era jugar limpio. Lo que yo quería era escribir un reportaje con todas sus leyes y en ellas no cabe la invención. Hoy me alegro: el libro no tiene una línea imaginaria ni un dato que no este comprobado hasta donde es humanamente posible. Sin embargo, estoy seguro de que costara trabajo creerlo, porque parece más novela que cualquiera de mis novelas. Creo que ese es su mayor mérito.

  • Los victimarios tenían la misma disposición? ¿Por que no habló usted con Pablo Escobar?

  • R. Con los victimarios habría sido distinto, porque quizás hubieran querido aprovechar el relato para justificarse. Pablo Escobar estaba todavía vivo en la cárcel cuando empecé la investigación y se que él tuvo noticias del libro que yo estaba escribiendo. Había resuelto discutirlo con él en persona solo cuando ya tuviera el primer borrador, pero murió antes. Estoy seguro de que yo me hubiera puesto en su lugar para ser justo con él. En un buen reportaje puede no haber buenos ni malos, sino hechos concretos para que el lector saque sus conclusiones.

    P. Por que Escobar no y los Ochoas sí?

    R. Con los hermanos Ochoa fue distinto. Están presos los tres y a punto de cumplir su condena. Pero lo que no se sabe y va a saberse en el libro es que dentro de la cárcel ellos se constituyeron en un canal de comunicación ante Pablo Escobar y Alberto Villamizar, gracias al cual salieron con vida los dos últimos secuestrados

    -Maruja Pachon y Pachito Santos- y Escobar se entregó. Los Ochoas-que están condenados por narcotráfico y enriquecimiento ilícito, pero no por homicidios ni terrorismo hicieron un trabajo que debió haberse tenido en cuenta para descontarles la pena, de acuerdo con la ley, pero no solo no se hizo sino que tampoco ellos lo reclamaron.

    P. Cómo hizo para hablar con ellos, como fue el encuentro?

    R. Para ver a los Ochoas no había problema. Ellos reciben visitas, reciben la comida de su casa pero si yo me aparecía por allí hubiera sido una noticia escandalosa que me habría obligado a revelar el secreto del libro que estaba escribiendo. Así que me toco esperar una buena oportunidad y me la dio un grupo de periodistas norteamericanos de alto nivel que el presidente Samper invitó el año pasado para que estudiaran la situación del narcotráfico en Colombia. Mientras ellos conversaban con los Ochoas yo aprovechaba para hablar con cada uno de estos por separado sobre las dudas que aún me quedaban. Las mandé en primer borrador cuando lo tuve listo y ellos no solo me hicieron anotaciones muy pertinentes sino que me corrigieron datos equivocados y me dieron otros nuevos.

    P. Que piensan hacer los colombianos para no llegar al siglo XXI en la misma situación en la que están hoy?

    R. Y como piensas tu que podemos pensar en el siglo XXI si todavía estamos tratando de llegar al siglo XX? Piensa que me he pasado tres años tratando de que no haya un solo dato falso en un libro, para un país en el cual ya no se sabe donde esta la verdad y donde esta la mentira. Que porvenir puede quedarle a la literatura de ficción si un candidato presidencial no se da cuenta de que sus asesores sagrados reciben millones de dólares sucios para su campaña. Donde los acusadores no se toman en cuenta porque en medio de las muchas verdades que dijeron, colocaron también muchas mentiras. Donde el Presidente se constituye a su vez en acusador de sus acusadores con el argumento de que estos si recibieron la plata pero no la ingresaron en la campana porque se la robaron. Donde -según eso- tres de sus ministros están a las puertas de la cárcel por haber manejado un dinero que no existió y encubierto un delito que no se cometió. Donde varios de los 15 jueces que juzgan al Presidente están acusados del mismo delito que deben juzgar. Donde hay seis parlamentarios en la cárcel y más de 20 investigados y el Procurador esta preso y el Contralor General acusado de enriquecimiento ilícito. Donde el Gobierno no tiene tiempo para gobernar y el Estado esta cayéndose a pedazos, y la sociedad esta dividida entre los que lo creen todo y los que no creen nada, sin mucho fundamento para lo uno ni lo otro. Y donde al final los capos presos y acusados de haber dado el dinero sucio dejan sin piso al Presidente, a sus asesores, al país y a todo el mundo, porque aseguran que no dieron ni un centavo. En un país así - qué carajo!- a los novelistas no nos queda más remedio que cambiar de oficio.

    GABRIEL GARCIA MARQUEZ:

    UN ESCRITOR INDIGNO

    Pier Paolo Pasolini


    Publicado en la revista "Tempo" el 22 de julio de 1973

    Traducción de Roberto Raschella

    Parece ser un lugar común considerar "Cien Años de Soledad" de Gabriel García Márquez (libro recientemente editado), como una obra maestra. Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados- a veces con espléndida maestría- por un guionista: tienen todos los "tics" demagógicos destinados al éxito espectacular.

    El autor- mucho más inteligente que sus críticos- parece saberlo muy bien: "No se le había ocurrido hasta entonces- dice él en la única consideración metalinguística de su novela- pensar en la literatura como en el único juego que se había inventado para burlarse de la gente..." Márquez es sin duda un fascinante burlón, y tan cierto es ello que los tontos han caído todos. Pero le faltan las cualidades de la gran mistificación, las cualidades que posee, como para dar un ejemplo, Borges (o en menor escala Tomasi di Lampedusa, si "Cien Años de Soledad" recuerda un poco al "Gattopardo" aún en los equívocos que ha despertado en el pantano del mundo que decreta los éxitos literarios).

    Los críticos literarios deben tomar nota de un nuevo "género" o técnica, que ya pertenece históricamente a la literatura: el guión cinematográfico, y también el denominado "tratamiento". En el guión y el tratamiento, el autor tiene conciencia de que su obra no es literaria ya que se trata de estructuras provisionalmente lingüísticas, que en realidad "quieren" ser otras estructuras: estructuras, puntualmente, cinematográficas. El autor de un guión o de un tratamiento es tanto más hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración del lector en la visualización de lo que está escrito provisionalmente. El asumir tal "provisionalidad" (esa voluntad de la estructura de ser "otra estructura") forma parte de la técnica literaria del guionista y, potencialmente, de su estilo.

    Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos son pésima literatura- como es el caso de este libro-. Literatura indigna. Por qué?

    El primer acto del escritor de guiones consiste en identificar al lector con el productor. El que debe colaborar con el autor en la "transformación" de la estructura linguística en estructura cinematográfica, es justamente el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien: la mayoría de los escritores cinematográficos provienen de una élite cultural: son entonces personas que tienen la obligación, diría social, de considerar al patrón un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Pero al mismo tiempo, deben hacer que su obra le guste. Y en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario "idiota, semianalfabeto y despreciable", tiene un solo modo de convencerlo: la degradación de su propia obra. Entonces, la inocente "captatio benevolantiae" que todo autor, en distintas medidas, utiliza para obtener la colaboración del lector, termina convirtiéndose en una operación inmoral, que envuelve al autor en la degradación por él planificada con bajeza.

    La colaboración del autor con el lector- productor, tiene por lo tanto los carácteres de una abyecta complicidad: tiende a hacer de él un compañero y cómplice, degradándose a su supuesto nivel de estúpido, vulgar, conformista, cínico conocimiento de las cosas humanas.

    Tal esfuerzo por simplificar, por reducir, por desdramatizar, por hacerlo todo comunicable y sin problemas reales, termina volviéndose una atroz forma de adulación del patrón: así, y para decirlo con sus propias palabras, el guionista, aún despreciando al patrón, y hasta por el hecho de verse obligado por él a un comportamiento miserable, se hace "rufián" a la par suya.

    Pero ningún hombre es apriorísticamente tal como el guionista supone que es el productor: ningún hombre es apriorísticamente inferior a nosotros mismos. Y la primera regla moral de un autor consiste en considerar como su igual al lector: y si luego él identifica a ese lector como un productor, también dicho productor no puede sino ser considerado como su igual. Actuar de modo contrario a esta primera y elemental regla moral vuelve a un autor indigno de su profesión.

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