Filipo II de Macedonia

Primera potencia. Grecia. Dinastía. 394 adC-370adC. Guerra sagrada. Hegemonía. Frente antimacedónico. Panhelenismo. Isócrates. Olimpia

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Campaña militar y política de Filipo II, rey de Macedonia.

Cátedra: Historia de las ideas políticas I

Comisión: 1 C

Índice

Introducción……………………………………………………..3

La guerra sagrada…………………………………………………4-5

El coche con Atenas……………………………………………...5-6

La hegemonía macedonica……………………………………….6-7

El frente antimacedonico………………………………………….7-8

Hacia la panhelenica………………………………………………...8-9

El Filipo de Isocrates……………………………………………….9-10

Ultimas circunstancias de Filipo II…………………………………10

Conclusión………………………………………………………….11

Introducción

Políticamente, Macedonia estaba organizada como una monarquía, que logro imponer su posición sobre una nobleza fuerte, de carácter o base económica territorial. El rey controlaba la religión y el ejército. El acceso al trono debía producirse con el consentimiento de la asamblea. Existía un Consejo de Ancianos que nombraba a los nuevos reyes o legitimaba a los usurpadores del trono mientras que la asamblea del pueblo se limitaba a acatar las decisiones del Consejo. El régimen era autocrático pero no despótico ya que el rey actuaba respetando las leyes atávicas no escritas.

Hay que rendir toda la profundidad del desencanto y agotamiento en que se hunde el mundo helénico a mediados del siglo IV, con la muerte de Dion, que el propio Filipo II había sido regente de este (su hermano que había muerto en batalla). Pero el se deshizo de su sobrino y ocupó el trono matando y exiliando a sus oponentes políticos. En Macedonia, considerado por los helénos semibarbaro, surge en el 359 a.c., a los veintitrés años de edad, un rey educado de joven en la Helada y de tan eficaz talento como desaprensiva conciencia. Filipo II hará de su insignificante Estado la primera potencia del mundo en su tiempo. El, educador en Tebas, como rehén, es capaz de crear sobre nuevas bases un estado; a su alrededor, como guardias de coros, condes o sequito y pajes, concentra a la nobleza macedonica y la convierte en cortesana a la vez que la educa en el helenismo. Inculca en esta aristocracia militar un profundo sentimiento dinástico, que va a ser clave del Estado. Reforzó el ejército creando la falange macedónica que va a ser básica en el ejército. Esta falange destaca por ser una formación compacta de la tropa y que utiliza armamento pesado. La caballería macedonia se convierte en los compañeros del rey; los pastores y campesinos del Balkan reciben un armamento uniformado, y pasan a ser infantería que acompaña al rey, o soldados semipesados. Completa su ejército con los bárbaros y con mercenarios helénicos; pero lo característico es que, en una época en que el ejército se estaba profesionalizando, este es nacional ante todo. Las ciudades no se toman mediante asedios de hambre sino a complejas máquinas de asalto. Los recursos financieros para sufragar los gastos de guerra proceden de la explotación de las minas de oro de Pangeo. Filipo II también adoptó hábiles negociaciones diplomáticas y su primera medida fue procurarse una salida al mar.

La guerra sagrada

Los acontecimientos de Grecia proporcionan a Filipo II ocasión de intervenir. En Grecia, entre pueblos en pueblos que todavía no se incorporaban a la cultura, se produce un grave incidente. Los focidios saquearon el santuario de Apolo en Delfos. La esperanza del rico botín atrajo mercenarios, y Esparta, deseosa de desquite contra Tebas, entro en alianza con los focidios. Pero la anfictionía de Delfos estaba ahora dirigida por Tebas, y ello bastaba para lanzar a Esparta a una alianza sacrílega. Locrios y tesalios acudían a la llamada de Tebas, y la anfictionia declaraba la guerra (355 a.c.) a los focidios, mientras que Atenas y Corinto, que también pertenecían a la organización que unía a varias ciudades para proteger el santuario y la devoción apolínea, se resistían a tomar parte en esta guerra santa que podía devolver a Tebas su perdida supremacía. Los focidios, tomando “en préstamo” los tesoros sagrados de Apolo, consiguieron reunir un ejercito de diez mil cercenaron al mando de Filomelo. Este contuvo victoriosamente a los beocios y a los locrios. Sin embargo, su sucesor, Onomarco, pudo sostenerse convertido en tirano, y los inagotables tesoros de Delfos aseguraban a los sacrilegos una fuerza superior a la de los anfictiones. Se veía el peligro de que surgiera un poder centralizador en Grecia comparable al que habían tenido en sus zonas respectivas Dionisio de Siracusa. En Tesalia, Onomarco intervenía hábilmente en las rivalidades entre Larisa, dominada por la familia de los Aleuadas, y Feras, apoyando a esta ciudad. Allí Onomarco, que había llegado para combatir a los Aleuadas, se encontró con los macedonios. Filipo II estaba vivamente interesado en las divisiones de los tesalios y salio al encuentro de Onomarco. La primera campaña fue muy favorable al focidio, pero al año siguiendo, cuando Onomarco invadió de nuevo Beocia y se presento en Tesaia, Filipo II le infligió una derrota decisiva. Onomarco murió a manos de sus mismos soldados y el ejército sacrílego fue aniquilado. Filipo II se apodero de Feras y la ocupo, a pesar de la apelación de sus habitantes a Atenas, siempre inactiva.

Así el macedonio quedo dueño de Tesalia. Avanza luego hacia el mar, con color de combatir a Falio, el hermano del tiránico jefe de los focidios, y cuando se aproxima a las Termopilas (352 a.c.) los fatigados griegos recuerdan que, desde Jerjes, ningún extraño ha atravesado el paso. El rey macedonio, que por el momento no deseaba un conflicto, se conforta con el exito logrado y regresa a su reino, mientras que la guerra sagrada perdura languideciente, reducida a pequeñas escaramuzas locales.

El sátrapa Artabazo, que había apoyado a Tebas, pasa a convertirse en aliado de Filipo II en Asia Menor, mientras que la capital tebana entabla relación directa con la corte del gran rey y recibe mas tarde, para terminar la guerra sagrada, una subvención de 300 talentos.

El choque con Atenas

Filipo II, después de su decisiva intervención en la guerra sagrada, se dedico a consolidar su poder. Triunfa sobre los ilirios, interviene en las luchas dinasticas de Epiro a favor de su joven cuñado Alejandro, vence a los tracios. Pero Olinto, recelosa del poder macedonio, que se extiende desde las Termopilas hasta el Bosforo, quebranta el acuerdo con Filipo II y busca la amista de Atenas.

Filipo II entonces (350 a.c.) ataca a Olinto, que recibió solo un auxilio ateniense de 2000 mercenarios mandados por Cares. Hábilmente el rey macedonio, que no tiene interés en un choque frontal con Atenas, procura suscitar una rebelión en Eubea, la cual no pudo sofocar Focion.

Atenas aparentemente estaba dividida en los dos partidos tradicionales: el que representaba la actividad aristocrática y el democrático imperialista. Demóstenes incorpora, con grandiosa elocuencia y con un patriotismo exaltado, esta ultima tradición, a la cual sacrifica su vida a cambio de gloria perenne. En la otra dirección no hay figura de grandeza comparable; vino a representar un ideal espartano, no sin influencias de la moral política platónica, el severo gobernante y administrador Licurgo. Por esta época hubo un muy buen administrador, Eubulo, que supo combinar concesiones al pueblo en forma de donativos para asistir a los espectáculos y fiestas, con la mayor atención posible a las graves circunstancias del momento. Así rehizo la escuadra y las fortificaciones y puso a Atenas en condiciones de sostenerse en paz dignamente, aunque no de hacer largas y costosas guerras.

Pero Demóstenes se convirtió, ante la llamada de los olintios, en el antagonista de Filipo II y pidió enérgicamente al pueblo que defendiera a Olinto, principal ciudad autónoma en la costa de Macedonia. El demos ateniense no acogió con la debida presteza esta exigencia, y seguramente no estaba en condiciones de luchar. Olinto fue destruida por Filipo II (348 a.c.) antes de que llegaran los nuevos socorros votados por Atenas. Abdera fue después incorporada. Toda la costa norte del Egeo era propiedad de Macedonia, que se había impuesto con una serie de destrucciones y castigos que impresionaron profundamente.

Filipo II, como por mar no tenía tanta fuerza como Atenas y era muy sensible a la cultura, no deseaba en modo alguno castigar a la capital ática, antes bien, buscaba celosamente su alianza. Tras difíciles negociaciones, durante las que el propio Eubulo inicio un congreso de estados griegos para resistir al macedonio y la contestación de Esquines, la paz llamada Filocrates por su negociador, fue aprobada por el demos ateniense (346 a.c.). Atenas reconocía las anexiones de Macedonia a cambio de recibir garantías sobre sus posesiones en los estrechos.

Las opiniones contradictorias de los distintos políticos atenienses que intervinieron en el tratado eran la prueba de la profunda descomposición de Atenas y en general de la polis como sostén de la política. Demóstenes, por ejemplo, no quería que Atenas perdiera su independencia mediante un acuerdo completo y definitivo del que resultara la alianza con el macedonio, mientras que Esquines, que aunque era partidario de tal alianza, tenia una visión clara de las exigencias del prestigio de Atenas, insistía mucho, de acuerdo con la opinión dominante en la asamblea popular de Atenas, en la necesidad de salvar de la enemistad del rey a los focidios, enemigos de los tebanos.

La hegemonía macedonia

Filipo II solo después de la paz de Filicrates quiso dedicarse a resolver la ya larga guerra sagrada. Los focidios fueron por el forzados a evacuar el santuario de Delfos, y para colaborar en la empresa los atenienses recibieron la sorprendente invitación, así como después, para tomar parte en el restablecimiento de la situación. Atenas se retrajo ante la hábil invitación; pero los anfitriones reorganizaron los estados de Grecia central. Los focidios quedaron obligados a restituir lo robado al santuario, a razón de 60 ralentos anuales, sus ciudades fueron desmanteladas y reducidas a aldeas, pero el castigo no fue especialmente duro después de su impía conducta. Mas duro fue el que los tebanos infligieron a las ciudades como arbitro de todos y ocupaban, con dos votos en la anfitriona, puestos de los focidios. Macedonia había pasado a ser, por su rey, un estado helénico. La opinión de Atenas era muy sensible a todo esto y el recelo le impone retraerse y esperar. Solo de mala gana reconoce Atenas la nueva dignidad de Filipo II como miembro de la anfictionia.

En la mente de Filipo II va formulándose con claridad la idea de fundar jurídicamente la supremacía de Macedonia sobre Grecia y de establecer solidamente una unidad política en la dividida nación. El Filipo II de Isocrates refleja lo que era, tanto en los planes del rey como en la fe o el recelo de amigos y enemigos de Macedonia, una consecuencia de los acontecimientos.

Filipo II pudo, en la situación general de paz, consolida su reino con nuevas campañas contra los enemigos al Norte y completar su predominio en Helade con intervenciones políticas en Tesalia, que quedo sometida a el, Esparta, Eubea y otros puntos.

Pero el partido de la guerra no cejaba en Atenas y pedía la revisión de la paz de Filocrates. Demóstenes, en una mezcla de terquedad ciega y de romántico idealismo, persistía en su labor de excitar al pueblo contra el macedonio, que con gran ductilidad ofrecía siempre nuevas concesiones a la famosa ciudad de Atenas, demasiado débil ya para que constituyera un peligro contra el, y por otro lado con demasiada gloria y prestigio cultural para despreciarla o maltratarla. Cuando los de Felos pidieron a la anfictionia que los liberara del yugo de Atenas, fue principalmente Filipo II el que hizo que se rechazara la petición y no se ofendiera a Atenas. Sin embargo, los filomacedonios como Filocrates y Esquines fueron perseguidos y acusados ante los tribunales. Demóstenes dominaba con su elocuencia la asamblea popular. Atenas se convertía, con una política desatinada, en el gran obstáculo para la política de unificación nacional de Grecia bajo su dirección que Filipo II se había trazado.

El frente antimacedonio

Demóstenes consigue en 342 a.c., ante la presión de Filipo II en el Quersoneso y aprovechando el casi general recelo ante la prepotencia del macedonio, fue fácil juntar las voluntades de varios estados helénicos. Atenas se alía con Corinto, Mesenia, parte de Arcadia con Argos, Acaya y Acarnania, y ello contrarresta el predominio de Filipo II en el Peloponeso. El rey, mientras, no pierde el tiempo y amplia su reino a costa de los bárbaros de la frontera. Establece una colonia en Filipopolis, a orillas del Hebro.

El pueblo ateniense, exaltado por la brillante exposición de los ideales del pasado que hacia el tradicionalista Demóstenes, cree amenazadas sus posesiones en los estrechos y provoca un choque de su general Diopites con la ciudad de Cardia, incorporada a Macedonia. Al reclamar Filipo II reparaciones, Demóstenes habla varias veces al pueblo para explicar que la libertad de Atenas esta amenazada. El gran orador, como también Hiperides, viaja para buscarle a Atenas aliados y reforzar los vínculos con los que ya tenia.

Se forma una coalición en la que entran, además de los estados antes dichos, Eubea, Megara, Corinto, Corcira y otros territorios del noroeste de Grecia, y Atenas apronta en un último y grande esfuerzo 10,000 hombres y cien trirremes. Tebas y Esparta, por recelo contra Atenas, se mantienen aparte, como otros estados. Solo los etolios se muestran partidarios de Filipo II.

La guerra comienza en las costas de Tracia, en los estrechos que eran vitales para Atenas por representar la vía de su aprovisionamiento de trigo de Ucrania; y en el sitio de Perinto, que aunque aliada de Filipo II, se había negado a abrir las hostilidades contra Atenas, el rey utiliza por primera vez maquinas, es decir, verdadera artillería de sitio, que podía abreviar el pesado sistema de reducir las fortalezas sitiadas por hambre. También surgen intrigas contra Atenas en la asamblea anfictiónica, en donde Filipo II, con el apoyo de los tesalios, tiene la supremacía. La guerra fue declarada a Anfisa por el consejo anfictionico, y ello atrajo a Filipo II hacia el Sur. Penetra entonces con su ejército en Beocia y ocupa la fortaleza de Elatea, clave de la Grecia central. Había evitado, marchando por las montañas, el paso de las Termopilas, y su presencia súbita, a mediados del 339 a.c., atemorizo a las ciudades griegas. Tebas fue solicitada a la vez por el rey y por Atenas, y se resolvió a favor de su vecina del Este a costa de la devolución de Oropo y Platea, y a cambio del reconocimiento de la unidad beocia.

Pero la habilidad militar del rey dio cuenta rápidamente de todos estos sueños políticos. Después de algún tiempo dedicado a la preparación política, tomo Anfisa y así completo la guerra sagrada, y a continuación, tras inútiles ofertas de paz a atenienses y tebanos, en el 338 a.c., vence a los aliados en la batalla de Queronea. Triunfa allí la táctica de la formación oblicua. La victoria fue completa y ningún enemigo podía oponerse a la completa supremacía de Filipo II. Los jefes del partido antimacedonio fueron ejecutados o desterrados, se restablecieron las autonomías locales en Beocia y la ciudadela de Tebas habo de recibir tropas de ocupación macedonias. En cambio, Atenas era perdonada, lo que dejaba en ridículo las previsiones de Demóstenes, Hiperides y además antimacedonios. Es verdad que el Quersoneso pasaba a maños de Filipo II y que la confederación marítima y terrestre que Atenas encabezaba era disuelta y venia a incorporarse a la liga pahelenica que Filipo II sin duda estaba ya pensando en lanzar sobre Persia.

Hacia la panhelenica

Después de la paz con Atenas, Filipo II continúo su labor. Se presento en el Peloponeso y, para garantizar la futura paz, guarniciones macedonias fueron instaladas en Ambracia, Calcis y el castillo de Corinto. Esparta, prefirió ver disminuido su territorio y mantenerse fuera de todo trato con el rey. Inmediatamente Filipo II convoco en los años 338-337 a.c. un congreso panhelenico en Corinto. De allí había de salir la unidad griega bajo la hegemonía macedonia. El modelo del acuerdo fue la segunda confederación ateniense, en la cual la potencia directiva pactaba con cada uno de los miembros, cuya constitución y territorio eran garantizados. Ante los planes de intervención de Persia, a Filipo II no solo le era urgente llegar a la unidad griega, sino que iba a justificar su empresa precisamente con la bandera panhelenica que había venido a sus manos. La alianza defensiva y ofensiva con cada una de las ciudades o pueblos y el nombramiento de Filipo II como jefe vitalicio de todas las fuerzas de la confederación fueron el instrumento forjado para la nueva etapa histórica. Las querellas entre los estados quedaban sometidas al arbitraje del rey. El “consejo común de los helenos” era la asamblea de la confederación y en el cada ciudad tenía un número de representantes proporcionado a su importancia militar. El consejo era teóricamente muy independiente y podía, por si mismo y sin contar con el rey, decidir sobre la guerra y la paz. Pero el ejecutor de estos acuerdos y el director de toda la política exterior era el rey.

En la primera reunión del consejo, Filipo II propuso que se iniciara una guerra nacional contra los persas para liberar a los griegos de Asia. La propuesta se acepto con gran entusiasmo y Filipo II fue nombrado general con todos los poderes.

El Filipo de Isocrates

Al terminar esta guerra surgió una nueva política de paz. Aquí es cuando Isocrates escribió su “Discurso a Filipo”. Este considera el poder macedonio como la aurora de un porvenir mejor y de una nueva y reparadora era. Las republicas helénicas, según el, eran irreconciliables, y se necesitaba un gran hombre, un héroe que se colocara por encima de los partidos y obligara a los Estados a unirse. De este modo Isocrates concentra todas las esperanzas nacionales en el rey Filipo II, y por esta causa contrae relaciones personales con el, le conjura a no exponer su persona, le ruega que no se deje excitar contra Atenas.

Existía, un tercer partido que se mostraba grandemente celoso de la paz, no por motivos patrióticos o porque le importara mucho la prosperidad general, sino por sus relaciones con la corte de Filipo II. Hay dos posturas mas, que aunque sean diferentes puntos de vista, coinciden en considerar como una fortuna para la ciudad la paz recientemente hecha y en tener y presentar como enemigos de la patria a cuantos trataran de comprometerla, estas posturas son la de Eubulo y la de Filocrates. Isocrates en su Filipo, se revuelve contra “los que arman escándalo en la tribuna, contra los envidiosos del poderoso monarca, que trabajan constantemente por hacerle sospechoso, que siembran e desorden en las ciudades, miran la paz general como un lazo tendido a la libertad y hablan como si el poder del rey creciera, no para la Helade, sino en contra de ella, como si, después de arreglados los asuntos de Cocida, no contra de ella, como si, después de arreglados los asuntos de Cocida, no tuviera Filipo II otro objeto que subyugar toda Grecia, con otras locuras que proclaman con tal acento de certidumbre, que se diría que había llegado a ellos por el mejor conducto” Así juzgaba la política de Demóstenes un patriota ateniense, el jefe respetado de un gran partido. No le hacían mas justicia los partidos vendidos al rey, los cuales le colocaban entre los espíritus inquietos que tanto dificultaban la obra generosa del rey y le impedían llevar a cabo todos los beneficios proyectos que abrigaba a favor de Atenas.

Ultimas circunstancias de Filipo II

Filipo II regreso después de todos estos éxitos a Macedonia para terminar sus preparativos. El enérgico Artejerjes Oco había sido asesinado y las circunstancias invitaban a Filipo II a cambiar la política de paz con el gran rey. En los comienzos de 336 a.c., Parmenion y Atalo pasan con diez mil soldados a Asia e inician la liberación de las ciudades de la Propontide y Jonia.

Pero los problemas dinásticos iban a cambiar. La princesa Olimpiada, la madre de Alejandro, y como tal heredero, vio en peligro esta posición cuando Filipo II se caso con Cleopatra, sobrina de Atalo, uno de los generales macedonios. La boda motivo un violento choque entre padre e hijo cuando Atalo, el tío de la novia, brindo porque el nuevo matrimonio diera un heredero legítimo al trono. Alejandro no tolero tal insulto, tiro su copa al rostro de Atalo y Filipo II estuvo muy cerca de matar a Alejandro. Este marcho al destierro. Olimpiada, en su país, Epiro, se hizo cargo de la tutela de su hermano menor Alejandro e intento separarlo de Macedonia. Filipo II busca una reconciliación, admite de nuevo a su hijo Alejandro en la corte. Pero Olimpiada, no ceja en su afán de venganza, y en el 336 a.c., precisamente al celebrarse las bodas de Alejandro de Epiro con la princesa Cleopatra, Filipo II es asesinado por uno de sus guardias de coros, a la edad de 47 años.

Conclusión

De esta figura de relieve extraordinario y gran político y general, nunca se pudo decir que en Europa había producido un hombre semejante. Ni Dionisio I puede comparársele, aun teniendo en cuenta que no era la base del poder de Filipo II una urbe cosmopolita y agitada por las revoluciones y amenazas por los bárbaros, sino un reino fundado sobre virtudes homéricas, ligado por devoción personal a la dinastía y que aportaba un torrente de sangre nueva a la fatigada historia de Grecia y de Oriente. Aunque desaparecido repentina y prematuramente, Filipo II había desarrollado gran parte de sus planes, y la historia del mundo iba a correr por el cauce que el había abierto.

Demóstenes y sus amigos no encontraban en el rey más que una política de engaño y de perfidia, una ambición dinastía y una desenfrenada pasión de dominio: en su filohelenismo veían únicamente la mascara con que encubría sus verdaderos proyectos, porque para el rey todos los medios que le permitieran conseguir sus finas eran buenos.

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