Ética para Amador; Fernando Savater

Filosofía española contemporánea. Filósofos españoles. Adolescencia y sentido de la vida. Argumento y temas planteados

  • Enviado por: Marcos Mey Jr
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 11 páginas
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De qué va la ética

Hay muchos tipos de conocimientos que se pueden adquirir en la vida, los hay muy interesantes pero sin los cuales se puede vivir bien, es decir, no son imprescindibles.

Algunos conocimientos no son necesarios para obtener un puesto de trabajo y ganarnos la vida. Estos dependen de cuál profesión queramos escoger.

Hay cosas sin embargo, que son imprescindibles saber para poder vivir: lo que nos conviene o no (por ejemplo, no nos conviene saltar de un séptimo piso, ni comer clavos, ni pegar un puñetazo al vecino cada vez que te cruzas con él).

Saber lo que nos conviene, es decir, distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir.

Pero a veces no es tan fácil distinguir lo bueno de lo malo, sobre todo en el terreno de las relaciones humanas. Hay criterios opuestos respecto a qué debemos hacer en ocasiones: mentir o decir la verdad, ser pacífico o defendernos cuando alguien nos ataca.

Estas opiniones distintas coinciden en un punto: lo que vaya a ser nuestra vida depende en parte de lo que quiera cada uno. Esta es la característica principal que nos distingue de los animales. Por ejemplo en el caso de las termitas soldado que defienden con su vida a todo el hormiguero cuando está en peligro, no se puede decir que actúen con valentía, mueren porque tienen que hacerlo sin remedio, están programadas por la naturaleza para actuar así.

Un hombre en el mismo caso podría actuar de diferente forma, poner alguna excusa o rebelarse aunque le llamaran cobarde o desertor.

Esto es lo que nos diferencia de los demás seres vivos: la libertad. Podemos decir si o no, quiero o no quiero.

Sobre la libertad hay que aclarar dos cosas:

- No somos libres de elegir lo que nos pasa, sino para responder a lo que nos pasa de una forma o de otra.

-No es lo mismo libertad que omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere por muy difícil que fuese).

Hay muchas fuerzas que limitan nuestra libertad: la televisión nos “come el coco”, los terroristas nos amenazan, las drogas nos esclavizan, la falta de dinero, etc.

Las personas que valoran más estas limitaciones que la libertad misma, podría decirse que se sienten satisfechos de saber que no son libres pues una opción más fácil que tomar decisiones libremente en algunas circunstancias.

A diferencia de otros seres, los hombres podemos optar por lo que nos parece bueno o conveniente para nosotros frente a lo que nos parece malo o inconveniente, como consecuencia, podemos equivocarnos.

Debemos fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir es a lo que llamamos ética.

Valoración personal.-

En este capítulo el autor quiere hacernos comprender la diferencia que existe entre el hombre y los demás seres vivos de la naturaleza: la libertad.

Nos lo explica con un ejemplo de comparación entre el comportamiento de un héroe de la “Iliada”, escrita por Homero, y el comportamiento de ciertas termitas africanas.

Héctor, que es el héroe de la obra de Homero, se enfrenta a un poderoso enemigo llamado Aquiles aún sabiendo que puede morir, para salvar a su pueblo.

Las termitas también arriesgan sus vidas defendiendo la colmena.

La diferencia entre ambos está en que el hombre tiene capacidad para elegir cómo comportarse, mientras que los animales no tienen elección pues sus actos están dictados por la naturaleza (el instinto).

La ética nos enseña un saber vivir para poder elegir sin equivocarnos demasiado.

Ordenes, costumbres y caprichos.

Aunque no podamos elegir lo que nos pasa, en cambio sí podemos elegir lo que hacer frente a lo que nos pasa, a veces las circunstancias nos imponen elegir entre dos opciones que no hemos elegido; elegimos aunque preferiríamos no tener que hacerlo.

Por lo general, uno no se pasa la vida dando vueltas a lo que nos conviene o no nos conviene hacer. Si somos sinceros, tenemos que reconocer que la mayoría de nuestros actos los hacemos casi automáticamente.

Vamos a detallar la serie de diferentes motivos que tenemos para nuestros comportamientos. Un motivo es la razón que tenemos o al menos creemos tener para hacer algo, en una palabra, la mejor respuesta que se nos ocurre a la pregunta “¿por qué hago esto?”.

Pues bien, uno de los tipos de motivación es el que tu padre te mande hacer tal o cual cosa. A estos motivos les llamaremos órdenes.

En otras ocasiones, el motivo es que solemos hacer siempre ese mismo gesto y ya lo repetimos casi sin pensar, o también porque vemos a nuestro alrededor que todo el mundo se comporta así habitualmente: a este juego de motivos lo llamaremos costumbres.

En otros casos, el motivo parece ser la falta de motivo, el que nos apetece sin más. Llamaremos caprichos al por qué de estos comportamientos.

Cada uno de estos motivos inclinan nuestra conducta en una dirección u otra, explica más o menos nuestra preferencia por hacer lo que hacemos frente a las otras muchas cosas que podríamos hacer.

¿De qué forma o con cuánta fuerza nos obliga a actuar cada uno? Porque no todos tienen el mismo peso en cada ocasión. Cada tipo de motivos tiene su propio peso y nos condiciona a su modo. Las órdenes, por ejemplo, sacan su fuerza en parte del miedo que podemos tener a las represalias, pero también del afecto y la confianza que sentimos por quien nos da la orden.

Las costumbres, en cambio, vienen más bien de la comodidad de seguir la rutina en ciertas ocasiones y también del interés de no contrariar a los demás, es decir de la presión de los demás.

Las órdenes y las costumbres tienen una cosa en común: parece que vienen de fuera, que se nos imponen sin pedirnos permiso. En cambio, los caprichos salen de dentro, brotan espontáneamente sin que nadie los lo mande.

Valoración personal.-

Aquí aprendemos los diferentes tipos de motivos que tenemos para elegir un comportamiento u otro: por una orden, guiándonos por la costumbre o rutina o también por simple capricho.

También vemos que a veces es una combinación de varios motivos y que no siempre cada uno de ellos tiene el mismo peso en la decisión que tomamos.

Haz lo que quieras

En ocasiones importantes o cuando nos tomamos lo que vamos a hacer verdaderamente en serio, ni órdenes ni costumbres bastan y no son cuestiones de capricho.

Libertad es decidir, pero también darnos cuenta que estamos decidiendo. Lo más opuesto a dejarnos llevar. Y para no dejarnos llevar tenemos que intentar pensar al menos dos veces lo que vamos a hacer.

La primera vez que pensamos el motivo de nuestra acción, la respuesta a la pregunta de por qué lo hacemos puede ser: porque me lo manden, porque es costumbre, porque me da la gana. Pero si lo pensamos por segunda vez, la cosa ya varía: esto lo hago porque me lo mandan, pero ¿por qué obedezco lo que me mandan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio? ¿y si me mandan cosas que no me parecen convenientes?

Lo mismo sucede respecto a las costumbres. ¿Es que acaso una costumbre no puede ser poco conveniente para mí, por muy acostumbrada que sea?

Y cuando me interrogo por segunda vez sobre mis caprichos, el resultado es parecido. En asuntos sin importancia el capricho puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias, dejarme llevar por él sin reflexionar, puede resultar muy poco aconsejable.

En resumen, puede haber órdenes, costumbres y caprichos que sean motivos adecuados para obrar, pero en otros casos no tiene por qué ser así.

Cuando se es un niño pequeño, basta con la obediencia, la rutina o el caprichito, porque todavía estamos en manos de otra persona que vela por nosotros. Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente vivir la que otros han inventado para uno. Si queremos aprender cómo emplear bien la libertad que tenemos, hay que dejarse de órdenes, costumbres y caprichos.

La ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos ni los premios repartidos por la autoridad, ya sea humana o divina. Si intentamos definir lo que se necesita para ser un hombre bueno no nos resulta nada fácil pues no hay un único reglamento para ser buen humano.

Se puede ser buen hombre (o buena mujer) de muchas maneras según las circunstancias. Desde fuera no es fácil determinar quién es bueno y quién malo, quién hace lo conveniente y quién no. Habría que estudiar no sólo las circunstancias de cada caso, sino hasta las intenciones que mueven a cada uno.

Entonces, si en la ética no sirven para guiarnos ni órdenes, ni costumbres ni caprichos y tampoco hay un reglamento para ser un hombre bueno, ¿cómo nos las arreglaremos?

Pues siguiendo el lema de Gargantúa (personaje creado por Françoise Rabelais): “haz lo que quieras”.

Valoración personal.-

Esta parte del libro nos hace reflexionar sobre esa libertad que tiene el hombre para tomar decisiones. Nos hace ver lo importante que es pensarse bien las cosas antes de actuar. Por ejemplo, no siempre es conveniente obedecer una orden a ciegas, en la historia de la humanidad han existido personas que cometieron graves errores por obedecer órdenes equivocadas.

Tampoco es bueno dejarse guiar siempre por las costumbres, y ni que decir tiene que no siempre los caprichos son convenientes.

Para juzgar si una persona es buena o mala hay que tener en cuenta no sólo sus actuaciones sino también las circunstancias y las intenciones que tuvo.

Dáte la buena vida

Este lema de “haz lo que quieras” significa que hay que dejarse de órdenes y costumbres, de premios y castigos, de todo lo que quiere dirigirnos desde fuera.

No hay que preguntarle a nadie qué debemos hacer con nuestra vida, por muy bueno, sabio y respetable que sea.

La contradicción que encierra este “haz lo que quieras” es un reflejo del problema esencial de la libertad misma: no somos libres de no ser libres, no tenemos más remedio que serlo. Un filósofo francés de nuestro siglo, Jean-Paul Sartre, dijo que “estamos condenados a la libertad”.

Nadie puede dispensarnos de la responsabilidad de escoger nuestro camino.

Una cosa es hacer lo que queramos y otra hacer lo primero que nos venga en gana (los caprichos). A veces, con la “gana” no se gana sino que se pierde. Como ejemplo tenemos la historia de Esaú y Jacob que se cuenta en el Génesis: Esaú, el primogénito de Isaac, vendió a su hermano gemelo Jacob los derechos de su primogenitura por el capricho momentáneo de un plato de lentejas.

Lo que Esaú quería en el fondo era la primogenitura; también le apetecía comer potaje, pero si se hubiese molestado en pensar un poco, se habría dado cuenta de lo que era más importante.

A veces los hombres queremos cosas contradictorias que entran en conflicto unas con otras. Es importante ser capaz de establecer prioridades y de imponer una cierta jerarquía entre lo que de pronto nos apetece y lo que en el fondo, a la larga, queremos.

Si tuviéramos que resumir todo esto y poner en palabras sinceramente el deseo de fondo, diríamos que lo que realmente queremos es darnos la buena vida.

La ética no es más que el intento racional de averiguar cómo vivir mejor.

Pero también queremos que esa buena vida sea una buena vida humana. Ser humano consiste principalmente en tener relaciones con los otros seres humanos. Si pudiéramos tener muchísimo dinero pero a costa de no volver a ver ni a ser visto por ningún ser humano jamás, ¿estaríamos contentos?

La buena vida humana es buena vida entre seres humanos o de lo contrario puede que sea vida, pero no será ni buena ni humana.

El hombre no nace ya hombre del todo ni nunca llega a serlo si los demás no le ayudan, porque el hombre no es solamente una realidad biológica, sino también una realidad cultural.

No hay humanidad sin aprendizaje cultural y para empezar, sin la base de toda cultura: el lenguaje. Hablar a alguien y escucharle es tratarle como a una persona, por lo menos empezar a darle un trato humano.

Hay otras formas de demostrar que nos reconocemos como humanos, es decir, estilos de respeto que tenemos unos para con otros. Todos queremos que se nos trate así.

La humanización (lo que nos convierte en humanos, en lo que queremos ser) es un proceso recíproco, como el propio lenguaje. Por eso, darse la buena vida no puede ser algo muy distinto a fin de cuentas de dar la buena vida.

Valoración personal.-

Con esto de “date la buena vida” lo que quiere decirnos es que debemos tener claro cual es esa buena vida que queremos.

No hay que actuar de capricho sino pensarse bien las cosas para estar seguro de que lo que vamos a hacer no estropeará otros planes de futuro más importantes para nosotros.

Lo principal para vivir bien es cuidar las relaciones con los demás, por eso debemos tratar a la gente con el mismo respeto con que nos gustaría que nos tratasen a nosotros.

Es muy importante la comunicación: hablar con las personas y saber escucharlas.

¡Despierta baby!

Resumiendo lo de capítulos anteriores vemos que no está nada claro en qué consiste eso de la buena vida.

Querer la buena vida no es un querer cualquiera, como cuando uno quiere lentejas (como Esaú) o poder y dinero (como Kane). Todos estos quereres son simples, no tienen perspectiva de conjunto. Por conseguir sus lentejas, Esaú sacrificó demasiados aspectos importantes de su vida, actuó bajo el peso de la inminencia de la muerte.

La muerte es una gran simplificadora: cuando estás a punto de morir importan muy pocas cosas. La vida, en cambio, es siempre complicaciones. Si rehuímos toda complicación y buscamos la gran simpleza, no querremos vivir más y mejor sino morirnos de una vez.

Kane también simplificó demasiado la cuestión; él lo que quería era poder para manejar a los hombres y dinero para comprar cosas. El deseo de tener más y más no es del todo sano. Las cosas que tenemos nos tienen ellas también a nosotros en contrapartida: lo que poseemos nos posee.

El error de Kane fue que, obsesionado por conseguir cosas y dinero, trató a la gente como si también fueran cosas. Tal como poseía las cosas, Kane se propuso poseer personas, dominarlas, manejarlas a su gusto. Así se portó con sus amantes, con sus amigos, con sus empleados. Sólo con dinero no conseguiremos amistad, ni respeto, ni mucho menos amor, estos sentimientos sólo nos los pueden ofrecer otras personas a las que tratemos como tales.

A Kane se le olvidó este pequeño detalle y de pronto (pero demasiado tarde) se dio cuenta de que tenía de todo salvo lo que nadie más que otra persona podría darle: cariño, aprecio o simple compañía inteligente.

A veces podemos tratar a los demás como personas y no recibir más que traiciones o abusos, pero al menos contaríamos con el respeto de una persona: nosotros mismos.

Tenemos que pensar si la verdadera buena vida que queremos es como la de Kane, o si nos conformamos con el plato de lentejas de Esaú. La ética lo que intenta es averiguar en qué consiste en el fondo, más allá de lo que nos cuentan o de lo que vemos en la tele, la buena vida que nos gustaría tener.

La primera e indispensable condición ética es la de estar decidido a no vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morir.

La verdadera cuestión no está en someterse a un código o en llevar la contraria a lo establecido, sino en intentar comprender. Comprender por qué unos comportamientos nos convienen y otros no.

No debemos contentarnos con ser tenidos por buenos, con quedar bien ante los demás, para ello debemos comunicarnos, dar razones y escucharlas.

Hay dos cuestiones que reflexionar: ¿por qué está mal lo que está mal?, ¿en qué consiste lo de tratar a las personas como a personas?

Valoración personal.-

Con el ejemplo de Esaú y el plato de lentejas quiere hacernos comprender que tenemos que vivir la vida pensando en el futuro y no creer que da lo mismo lo que hagamos porque vamos a morir de todos modos.

El caso del ciudadano Kane es diferente, él se dedicó a amasar fortunas, a comprar cosas y también intentó comprar a las personas que le rodeaban. Pues aunque su vida parezca envidiable por todas las riquezas y el poder que tuvo, no hay que envidiarle para nada pues al final de su vida se sintió desgraciado y solo. Todo lo que consiguió no le sirvió para encontrar la felicidad.

Aparece Pepito Grillo

Hay muchos tipos de imbéciles de espíritu: los que dicen que todo le da igual, los que creen que no quieren nada, los que creen que lo quieren todo, los que no saben lo que quieren ni se molestan en averiguarlo, los que quieren con miedo o con poca fuerza...

Casi todos tenemos síntomas de imbecilidad. Uno puede ser imbécil para las matemáticas y no serlo para la moral; y al revés, los hay que son listos para los negocios y unos cretinos para cuestiones de ética.

Para evitar la imbecilidad en cualquier campo es preciso prestar atención y esforzarse todo lo posible por aprender.

Lo contrario de ser moralmente imbécil es tener conciencia. Pero la conciencia no es algo que nos caiga del cielo. Ciertas personas tienen desde pequeñas mejor “oído” ético que otras y un “buen gusto” moral espontáneo, pero este “oído” y “buen gusto” pueden afirmarse y desarrollarse con la práctica.

Para lograr tener conciencia hacen falta algunas cualidades innatas y también serán favorables ciertos requisitos sociales y económicos, pero el resto depende de la atención y esfuerzo de cada cual.

¿En qué consiste esa conciencia que nos curará de la imbecilidad moral?, consiste en los siguientes rasgos:

  • Saber que no todo da igual porque queremos vivir humanamente bien.

  • Fijarnos en si lo que hacemos es realmente lo que queremos.

  • Ir desarrollando un buen gusto moral para que haya ciertas cosas que nos repugne espontáneamente hacer.

  • No buscar coartadas que disimulen que somos libres y por tanto responsables de las consecuencias de nuestros actos.

¿Por qué está mal lo que llamamos malo? Porque no le deja a uno vivir la buena vida que queremos. Hay que evitar el mal por una especie de egoísmo. Por lo general, se llama egoísta a quien sólo piensa en sí mismo y no se preocupa por los demás. En este sentido diríamos que el ciudadano Kane era un egoísta o también Calígula, aquel emperador romano capaz de cometer cualquier crimen por satisfacer sus caprichos.

Pero ¿son tan egoístas como parece estos llamados egoístas? ¿Quién puede ser egoísta sin ser imbécil? : el que quiere lo mejor para sí mismo. Lo mejor para uno mismo es lo que hemos llamado buena vida. ¿Se dio una buena vida Kane? Y Calígula no digamos, los únicos sentimientos sinceros que consiguió despertar en su prójimo fueron el terror y el odio.

Si hubieran pensado de veras en sí mismos se habrían dado cuenta que los humanos necesitamos para vivir bien algo que sólo los otros humanos pueden darnos.

Sólo deberíamos llamar egoísta consecuente al que sabe de verdad lo que le conviene y se esfuerza por conseguirlo. El que se harta de todo lo que le sienta mal en el fondo quisiera ser egoísta pero no sabe. Es un imbécil y necesitaría un poco de conciencia para que se amase mejor a sí mismo, se fija tan poco en lo que de veras le conviene que termina portándose como si fuese su peor enemigo.

Así lo reconoce un célebre villano de la literatura universal, el Ricardo III de Shakespeare. Para llegar a ser rey, el conde de Gloucester elimina a todos los parientes varones. Gloucester supone que el poder real compensará las malformaciones físicas con las que nació. Consigue el trono, pero no inspira a nadie cariño sino horror y después odio. Y lo peor de todo es que él mismo siente ahora horror y odio por sí mismo. En vez de compensar su deformación física de algún modo, Gloucester se deforma también por dentro, y se da cuenta de que él mismo es responsable de sus jorobas y cojeras morales, a diferencia de las otras que eran azares de la naturaleza. ¿Podemos llamar egoísta a este personaje?

Lo que amarga a Gloucester y no le deja disfrutar de su trono son ante todo los remordimientos de su conciencia.

Uno puede lamentar haber obrado mal aunque esté seguro de que nadie va a tomar represalias contra él. No hay peor castigo que darse cuenta de que uno mismo está boicoteando con sus actos lo que en realidad quiere ser.

Los remordimientos vienen de nuestra libertad. Si no fuésemos libres, no podríamos sentirnos culpables de nada y evitaríamos los remordimientos. Por eso cuando sabemos que hemos hecho algo vergonzoso procuramos asegurar que no tuvimos otro remedio que obrar así.

De lo que se trata es de tomarse en serio la libertad, de ser responsable.

Lo que llamamos remordimientos no es más que el descontento que sentimos con nosotros mismos cuando hemos empleado mal la libertad, cuando la hemos utilizado en contradicción con lo que de veras queremos.

Ser responsable es saberse auténticamente libre, para bien y para mal. El responsable siempre está dispuesto a responder de sus actos.

El mundo que nos rodea está lleno de ofrecimientos para descargarnos del peso de la responsabilidad. Se le echa la culpa a la sociedad, al carácter que tengo, a los anuncios de la tele. Los que quieren dimitir de su responsabilidad creen en lo irresistible, ya sea propaganda, droga, apetito, soborno, amenaza, forma de ser. Lo irresistible no es más que una “superstición” inventada por los que le tienen miedo a la libertad.

A nadie se le regala la buena vida humana ni nadie consigue lo conveniente para él sin coraje y sin esfuerzo.

Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos me va construyendo, definiendo. Si obro bien, cada vez me será más difícil obrar mal (y al revés, por desgracia): por eso lo ideal es ir cogiendo el vicio de vivir bien.

Valoración personal.-

En este capítulo se habla del egoísmo, del verdadero significado de esta palabra. Un verdadero egoísta que se quiera de verdad a sí mismo y que busque una buena vida, nunca debería tratar a sus semejantes de la manera que hizo Kane, comportándose con las personas como si fueran cosas, inspirando solamente sentimientos como el miedo y el odio.

Este egoísmo no es un verdadero egoísmo pues al final lo que conseguiríamos no es tener una vida buena sino ser infelices.

Para evitar este “egoísmo imbécil” está la conciencia de cada uno. Si actuamos en contra de nuestra conciencia después tendremos remordimientos de lo que hicimos y esto es el peor castigo, pues cuando nos remuerde la conciencia es porque nos damos cuenta que con nuestros actos, nosotros mismos estamos estropeando nuestra vida.

Cuando nos equivocamos, debemos ser responsables y reconocer nuestros errores, no echarle la culpa a nada de lo que nos rodea: ni a la sociedad, ni a la propaganda irresistible, ni a nuestro carácter. Siempre somos libres aunque estemos condicionados por las circunstancias.

El obrar bien o mal es como una costumbre. Por eso debemos tratar de emplear bien nuestra libertad obrando bien porque así nos será cada vez más difícil obrar mal.

PONTE en su lugar

Si nos comportamos ante nuestros semejantes como enemigos aumentaremos las posibilidades de que ellos se conviertan en enemigos nuestros y además perderemos la oportunidad de ganarnos su amistad.

Marco Aurelio fue emperador de Roma y también filósofo; frecuentemente apuntaba sus pensamientos y uno de ello decía: “al levantarte hoy, piensa que a lo largo del día te encontrarás con algún mentiroso, con algún ladrón, con algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como a hombres, porque son tan humanos como tú y por tanto te resultan tan imprescindibles como la mandíbula inferior lo es para la superior”.

Para Marco Aurelio, lo más importante respecto a los hombres no es si su conducta me parece conveniente o no, sino que me convienen y eso nunca debo olvidarlo al tratar con ellos. Por malos que sean, su humanidad coincide con la mía y la refuerza.

Quien roba, miente, traiciona, mata, no por ello deja de ser humano. Y quien ha llegado a ser algo detestable, como sigue siendo humano aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más conveniente para nosotros, lo más imprescindible.

Una de las características principales de todos los humanos es nuestra capacidad de imitación. Por eso es tan importante el ejemplo que damos a nuestros congéneres sociales: es casi seguro que en la mayoría de los casos nos tratarán tal como se vean tratados.

Estudiemos lo que hacen esos llamados “malos”, los que tratan a los demás humanos como a enemigos en lugar de procurar su amistad. En la novela de Mary W. Shelley en la que se basa la película Frankenstein, la criatura hecha de remiendos de cadáveres hace esta confesión a su inventor: “soy malo porque soy desgraciado”.

Cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo, ¿no será mejor intentar fomentar todo lo posible la felicidad de los demás en lugar de hacerles desgraciados y por tanto propensos al mal?

Y ahora, intentemos responder a esta pregunta: ¿en qué consiste tratar a las personas como a personas, es decir, humanamente? Pues consiste en que intentemos ponernos en su lugar. Reconocer a alguien como semejante implica sobre todo la posibilidad de comprenderle desde dentro, de adoptar por un momento su propio punto de vista.

Ponerse en el lugar de otro es algo más que el comienzo de toda comunicación simbólica con él: se trata de tomar en cuenta sus derechos. Y cuando los derechos faltan, hay que comprender sus razones.

En una palabra, ponernos en el lugar de otro es tomarle en serio, considerarle tan real como a uno mismo. El ciudadano Kane y Gloucester se tomaron tan en serio a sí mismos que actuaron como si los demás no fuesen de verdad, como si fuesen simples muñecos o fantasmas. No hicieron el mínimo esfuerzo por ponerse en su lugar, por relativizar su interés propio para tomar en cuenta también el interés ajeno.

Gran parte del difícil arte de ponerse en el lugar del prójimo tiene que ver con la justicia, o sea, la habilidad y el esfuerzo que debemos hacer cada unos (si queremos vivir bien) por entender lo que nuestros semejantes pueden esperar de nosotros. Las leyes y los jueces intentan determinar obligatoriamente lo mínimo que las personas tienen derecho a exigir de aquellos con quienes conviven en sociedad.

Muchas veces, por legal que sea, nuestro comportamiento sigue siendo en el fondo injusto. La vida es demasiado compleja, las personas demasiado distintas, las situaciones demasiado variadas como para que todo quepa en los libros de jurisprudencia.

Para entender del todo lo que los otros pueden esperar de nosotros no tendremos más remedio que amarles un poco, aunque no sé más que porque también son humanos.

Valoración personal.-

El autor tiene la teoría de que la maldad está en relación con la falta de alegría y felicidad. Cuando una persona es moralmente mala es muy posible que se deba en gran parte a que no es feliz o porque no lo fue en algún momento de su vida, por ejemplo en su infancia.

Si la infelicidad produce maldad es lógico pensar que en nuestra relación con los demás deberíamos siempre procurar ofrecer alegría y buenas intenciones.

Es importante saber ponernos en el lugar de la otra persona para así actuar siempre justamente porque las situaciones de la vida son muy variadas y no existen leyes para determinar lo que está bien o no en todas las ocasiones.

Lo de amar al prójimo que dice la religión católica también puede servir para la ética, pues sin amar un poco a nuestros semejantes no sabríamos ponernos en su lugar.

Tanto gusto

Cuando la gente habla de moral y sobre todo de inmoralidad la mayoría de las veces habla de algo referente al sexo. Esto es una equivocación pues en el sexo, de por sí, no hay nada más inmoral que en la comida o en los paseos por el campo.

En lo que hace disfrutar a dos y no daña a ninguno no hay nada de malo.

La experiencia sexual no puede limitarse simplemente a la función procreadora. Son los animales quienes sólo emplean el sexo para procrear; los humanos, en cambio, hemos inventado el erotismo. Cuanto más se separa el sexo de la simple procreación, menos animal y más humano resulta.

Lo que se esconde en toda esa obsesión sobre la inmoralidad sexual es uno de los más viejos temores sociales: el miedo al placer. ¿Por qué asusta el placer?

El placer nos distrae a veces más de la cuenta. Por eso los placeres se han visto siempre acosados por tabúes y restricciones, cuidadosamente racionados, para que nadie se distraiga demasiado del peligro de vivir.

Nada es malo sólo por el hecho de que te dé gusto hacerlo. A los calumniadores profesionales del placer se les llama puritanos que son los que aseguran que la señal de que algo es bueno consiste en que no nos gusta hacerlo; sostienen que siempre tiene más mérito sufrir que gozar. El puritanismo es la actitud más opuesta que puede darse a la ética.

Michel de Montaigne dijo: “hay que retener con uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros”. No es prudente esperar demasiado para decidirse a pasarlo bien. Hay que saber entregarse al saboreo del presente, lo que los romanos resumían en el dicho “carpe diem”. Pero esto no quiere decir que tengamos que buscar hoy todos los placeres sino que debemos buscar todos los placeres de hoy.

Usar los placeres, como dice Montaigne, es no permitir que cualquiera de ellos te borre la posibilidad de todos los otros.

La diferencia entre el uso y el abuso es que cuando usas un placer enriqueces tu vida; es señal de que estás abusando el notar que el placer te va empobreciendo la vida y que ya no te interesa la vida sino sólo ese particular placer. O sea, que el placer ya no es algo agradable, sino un refugio para escapar de la vida, para esconderse de ella.

Debemos desconfiar de todos los placeres cuyo principal encanto parezca ser el daño y el peligro que proporcionan. Cuando un placer mata o está siempre a punto de matar, o va matando en nosotros lo que en nuestra vida hay de humano, es un castigo disfrazado de placer, una trampa de nuestra enemiga la muerte. La ética cosiste en apostar a favor de que la vida vale la pena.

¿Cuál es la mayor gratificación que puede darnos algo en la vida?, lo máximo que podemos obtener sea de lo que sea es la alegría.

El placer es estupendo y deseable cuando sabemos ponerlo al servicio de la alegría, pero no cuando la enturbia o la compromete; en cuanto empezamos a perderla, seguro que estamos disfrutando con lo que no nos conviene.

Al arte de pensar el placer al servicio de la alegría se le suele llamar templanza. Es una habilidad fundamental del hombre libre pero hoy se la quiere sustituir por la abstinencia o por la prohibición.

Antes que intentar usar bien algo de lo que se puede usar mal (abusar), alguna gente prefiere renunciar a ello y, si es posible, que sé lo prohiban desde fuera, para que así su voluntad tenga que hacer menos ejercicio. Así, cuanto más se privan de las cosas, más se entregan a ellas con mala conciencia, dominados por el placer de sentirse culpables. Lo que están pidiendo a gritos es castigo.

En cambio, la templanza es amistad inteligente con lo que nos hace disfrutar.

A quien diga que los placeres son egoístas porque siempre hay alguien sufriendo mientras nosotros gozamos, les responderemos que comprender el sufrimiento ajeno e intentar remediarlo no supone más que interés porque el otro pueda gozar también, no vergüenza porque nosotros estemos gozando.

Valoración personal.-

No hay nada malo en sentir placer.

Todos los placeres de la vida en general y el sexo en particular son buenos siempre que sepamos disfrutar de ellos con alegría y con templanza. Esto quiere decir que cuando se abusa de algún placer (ya sea el sexo, la bebida, la televisión, etc.) lo que ocurre es que este abuso empobrece nuestra vida porque acabamos estando tan obsesionados con ese placer en particular que ya no nos apetece nada más, o sea, se convierte en un vicio.

Por eso debemos saber decir basta o hasta aquí llegamos.

La solución no está en las prohibiciones, tenemos que saber utilizar nuestra libertad y disfrutar del placer sanamente. Con demasiadas prohibiciones lo único que se consigue es que las personas se entreguen a los placeres con mala conciencia y sintiéndose culpables. Esto no es correcto pues el placer en sí no es malo, lo que hay que hacer es saber compartirlo con todas las demás cosas de la vida.

Elecciones generales

¿Por qué tienen tan mala fama los políticos?

Para empezar, ocupan lugares especialmente visibles en la sociedad. Sus defectos son más públicos que los de las restantes personas; además, tienen más ocasiones de incurrir en pequeños o grandes abusos que la mayoría de los ciudadanos. Por otra parte, los políticos suelen hacer más promesas de las que sabrían o querrían cumplir.

Pero lo que a nosotros nos importa ahora es si la ética y la política tienen mucho que ver y cómo se relacionan.

Como nadie vive aislado, cualquiera que tenga la preocupación ética de vivir bien no puede desentenderse de la política.

Hay diferencias importantes entre ética y política: la ética se ocupa de lo que uno mismo hace con su libertad, mientras que la política intenta coordinar de la manera más provechosa para el conjunto lo que muchos hacen con sus libertades. En una palabra, hay diferencia entre la pregunta ética que yo me hago a mí mismo (¿cómo quiero ser, sean como sean los demás?) y la preocupación política por que la mayoría funcione de la manera considerada más recomendable y armónica.

No hay que hacer caso de los que digan que el mundo es políticamente invivible, que está peor que nunca, eso mismo se ha asegurado en todas las épocas. Ningún orden político es tan malo que en él ya nadie pueda ser ni medio bueno; por muy adversas que sean las circunstancias, la responsabilidad final de sus propios actos la tiene cada uno.

Desde un punto de vista ético, ¿cómo será la organización política que hay que esforzarse por conseguir y defender? :

  • Tendrá que respetar al máximo las facetas públicas de la libertad humana. Si concede la debida importancia a la libertad, insistirá también en la responsabilidad social de las acciones y omisiones de cada uno.

  • No puede haber régimen político decente que no pretenda, por medio de leyes e instituciones, fomentarla justicia entre los miembros de la sociedad. A la condición que puede exigir cada humano de ser tratado como semejante a los demás se le llama dignidad. Todo ser humano tiene dignidad y no precio, es decir, no puede ser sustituido ni ser maltratado por beneficiar a otro.

  • Debe garantizar dentro de lo posible la asistencia comunitaria a los que sufren y la ayuda a los que por cualquier razón menos pueden ayudarse a sí mismos.

  • La democracia moderna ha intentado a lo largo de los dos últimos siglos establecer esas exigencias mínimas que debe cumplir la sociedad política: son los llamados derechos humanos. Insistir en reivindicarlos sigue siendo la única empresa política de la que la ética no puede desentenderse.

    La etiqueta política que nos pongamos (de derechas, de izquierdas, de centro) no tiene importancia. Lo que sí es evidente es que muchos de los problemas de la humanidad (el hambre, el subdesarrollo, las dictaduras) no pueden ser resueltos, ni siquiera bien planteados, más que de forma global para todo el mundo, con el establecimiento de una autoridad a escala mundial con fuerza suficiente.

    Por último, no nos olvidemos de que el planeta Tierra, con su equilibrio vegetal y animal, es insustituible. Mantenerlo habitable y hermoso es una tarea que sólo puede ser asumida por los hombres en cuanto comunidad mundial.

    Valoración personal.-

    En este último capítulo, el autor critica a esas personas que hablan mal de los políticos por el simple hecho de serlo. También pone en entredicho a los que opinan que no hay remedio para el mundo, que está tan mal, con tanta violencia, tanta corrupción, que las personas individualmente no podemos hacer nada para remediarlo.

    Pues bien, esto no es así, ningún orden político es tan malo como para darse por vencido y no hacer nada, todos tenemos que intentarlo desde nuestras posibilidades.

    La ética no tiene nada que ver con las corrientes políticas, ya sean de derechas o de izquierdas, pero sí se relaciona con el cumplimiento de los derechos humanos que son las exigencias mínimas que debe cumplir la sociedad política para ser éticamente correcta.