Época barroca

Arte del Siglo XVII. Contexto histórico y sociocultural. Barroco

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EL BARROCO

Nuestra indagación acaba presentándonos el Barroco como una época definida en la historia de algunos países europeos, unos países cuya situación histórica guarda, en cierto momento, estrecha relación, cualesquiera que sean las diferencias entre ellos.

Desde 1600, aproximadamente, hasta 1670-1680.

Concretándonos, pues a España, los años del reinado de Felipe II (1598-1621) comprenden el período de formación; los de Felipe IV (1621-1665), el de plenitud; y los de Carlos II, por lo menos en sus dos primeras décadas, la fase final de decadencia y degeneración.

Barroco es, pues, para nosotros, un concepto histórico. Comprende aproximadamente, los tres primeros cuartos del siglo XVII, centrándose con mayor intensidad, con más plena significación, de 1605 a 1650.

Algunos autores alemanes han hablado, en otro terreno, de “teología barroca”, expresión a la que era más fácil de llegar porque, aunque hoy nos parezca insostenible, durante mucho tiempo la aparición y desarrollo de la cultura barroca se ha ligado estrechamente al factor religioso. Hoy se ha hecho ya habitual hablar de la ciencia barroca, del arte de la guerra del Barroco, de la economía barroca, etc.

El Barroco es para nosotros un concepto de época que se extiende, en principio, a todas las manifestaciones que se integran en la cultura de la misma. Fue por la vía del arte por donde se llegó a identificar el nuevo concepto de una época en la cultura italiana, cuanto tan gran conocedor del Renacimiento como Burckhardt advirtió que las obras que contemplaba en Roma, después del periodo renacentista y en un plazo de años determinado, tenían, en sus deformaciones y corrupciones de modelos anteriores, unos caracteres que aparecían como propios de un tiempo en alguna manera diferente.

Así resultó que las primeras observaciones sobre el Barroco y las vacilantes estimulaciones sobre el mismo surgieron referidas ya a una época más o menos definida: aquella que sigue al Renacimiento clasicista.

A medida que el interés por el Barroco iba creciendo y se enriquecía la investigación sobre el mismo, cambiaba a su vez la estimación de sus obras y se iba haciendo más compleja y ajustada la interpretación del mismo.

La participación de investigadores de diferentes países en el área de estudios sobre el Barroco enriqueció y contribuyó a dar más precisa orientación a la interpretación del mismo. Los alemanes pusieron ya de relieve la conexión con circunstancias históricas: la renovación llamada contrarreformista de la Iglesia, el fortalecimiento de la autoridad del papado, la expansión de la Compañía de Jesús, etc.

Esta interpretación daba un máximo relieve al papel de Italia, sobre todo en el arte, reservando en compensación a Alemania una parte mayor en el Barroco literario.

R. Wellek pensó con mucha razón que los factores estilísticos no eran suficientes, ni tampoco los meramente ideológicos: quizá el camino estuviera en unir unos a otros, aunque tampoco el resultado parecía satisfactorio. Desde luego, es perfectamente lícito, desde una perspectiva dada por la cultura barroca, hacer el estudio de uno u otro de los autores del siglo XVII en relación a uno solo de esos factores.

Pero de ello no cabe esperar el esclarecimiento de la cultura barroca, para entender la cual es necesario considerar los factores estilísticos e ideológicos enraizados en el suelo de una situación histórica dada. Vistos separadamente, es posible que esos elementos se repitan en el tiempo, se den en siglos muy distantes; pero en su articulación conjunta sobre una situación política, económica y social, forman una realidad única. Es a una de esas irrepetibles realidades a la que llamamos Barroco. Por eso decimos que es éste un concepto de época.

Y una observación paralela puede darse respecto a la otra coordenada de la historia: el espacio. Si elementos culturales, repitiéndose, aparecen una y otra vez en lugares distintos, consideramos, sin embargo, que tan sólo articulados en un área geográfica y en un tiempo dado forman una estructura histórica. Eso que hemos llamado concepto de época abarca, pues, los dos aspectos. Y en esa conexión geográfico-temporal de articulación y recíproca dependencia entre una compleja serie de factores culturales de toda índole es la que se dio en el XVII europeo y creó una relativa homogeneidad en las mentes y en los comportamientos de los hombres. Eso es, para mí, el Barroco.

De todo ello queda en claro que la cultura barroca se extiende a las más variadas manifestaciones de la vida social y de la obra humana, aunque unas predominen en unas partes y otras en partes diferentes; que la zona geográfica a que se extiende esa cultura abarca principalmente a todos los países de la mitad occidental de Europa, desde donde se exporta a las colonias americanas o llegan ecos a la Europa oriental. Y que, dada la multiplicidad de elementos humanos que participan, así como de grupos con muy variadas calidades en que se desenvuelve, tenemos que acabar sosteniendo que el Barroco depende de las condiciones similares o conexas de una situación histórica y no de otros factores.

Por el puesto central que el siglo XVII la religión ocupa para católicos y protestantes, y aunque por la incorporación de ésta a los intereses políticos, la vida religiosa y la Iglesia tengan un papel decisivo en la formación y desarrollo del Barroco, no en todas partes ni siempre. Las manifestaciones de aquella cultura se corresponden con las de la vida religiosa.

Pero es el estado de las sociedades, en las circunstancias generales y particulares del siglo XVII, dadas en los países europeos, y dentro de ellas, es la relaciñon del poder político y religioso con la masa de los súbditos a los que ahora, como veremos, hay que tomar en cuenta, lo que explica el surgimiento de las características de la cultura barroca. Por eso, habría que decir, en todo caso, que más que cuestión de religión, el Barroco es cuestión de Iglesia, y en especial de la católica, por su condición de poder monárquico absoluto.

Primera Parte. LA CONFLICTIVIDAD DE LA SOCIEDAD BARROCA.

Capítulo 1.- LA CONCIENCIA COETÁNEA DE CRISIS Y LAS TENSIONES SOCIALES DEL SIGLO XVII.

No son siempre fenómenos coincidentes, crisis económicas y crisis sociales, si bien de ordinario se producen en dependencia recíproca.

Nosotros creemos (y tal va a ser nuestra tesis) que el Barroco es una cultura que consiste en la respuesta, aproximadamente durante el siglo XVII, dada por los grupos activos en una sociedad que ha entrado en dura y difícil crisis, relacionada con fluctuaciones críticas en la economía del mismo período.

La centuria del Barroco fue un largo período de honda crisis social, cuya sola existencia nos permite comprender las específicas características de aquel siglo.

Tengamos en cuenta que desde que empieza el siglo XVII empezará también la conciencia de que hay períodos en la vida de la sociedad en los cuales surgen dificultades en la estructura y desenvolvimiento de la vida colectiva, las cuales provocan que las cosas no marchen bien.

Pero lo cierto es que desde que aparece el tipo que hemos dado en llamar hombre moderno, empieza también a desarrollarse la capacidad en él de comprender que las cosas, de la economía quizá principalmente y, también de otros ramos de la vida colectiva, no andan bien y, lo que es más importante, empieza a dar en pensar que podrían ir mejor.

Es más, se pasa a reflexionar y en ello está lo más caracterizador de quienes ya son hombres “modernos” como, con qué remedios se podrían eliminar o paliar tales males.

Podemos dejar aquí constancia de algunos puntos observables sobre la línea de lo que hasta aquí hemos dicho. En primer lugar, no se producen ya sólo perturbaciones económicas y sociales, sino que el hombre adquiere conciencia comparativa de esas fases de crisis.. En virtud del cual ese hombre con conciencia de crisis nos hace ver que ha venido a ser otra su actitud ante el acontecer que presencia, y que frente a la marcha adversa o favorable de las cosas no se reduce a una actitud pasiva, sino que postula una intervención.

Pero si la intervención del hombre puede sanar, también puede empeorar una situación. La desacertada manipulación de los hombres en el gobierno puede errar y entorpecer el restablecimiento de una crisis.

Ahora el historiador social se encuentra obligado a pasar más allá de las medidas de tiempo que suelen usar incluso los mismos especialistas en ciclos y crisis económicos, cayendo en la cuenta de que los períodos de crisis sociales son con frecuencia más largos, y, por ende, más largas también y complejas las estructuras interpretativas que necesariamente tiene que construir, si quiere contar mentalmente con verdaderos y completos conjuntos dotados de sentido histórico.

Los economistas han hablado en años recientes de una tendencia marginal al consumo, en virtud de la cual, aunque las rentas sufran una recesión durante algún tiempo, se sigue conservando una tasa de consumo igual a la anterior, sin acusar el golpe de la restricción de los ingresos. Es como si hubiera una cierta lentitud en la adaptación a las nuevas circunstancias. Pues bien, en las crisis sociales, las ondas son mucho más largas, entre otras razones porque ese ritmo de adaptación a la nueva fase es mucho más lento.

Hemos dicho que la repercusiones que en un medio social produce una crisis económica son de más largo radio y subsisten. Es así pues, como la crítica situación social del siglo XVII se prolonga a través de casi toda la centuria, habiendo empezado a manifestarse en los últimos años de la anterior. Desde luego, la onda de la crisis social que condiciona el desarrollo del Barroco es más prolongada y continua que la crisis económica de la cual, en tan gran medida, la primera depende.

Hay que contar con otro aspecto: con la experiencia inmediata de los hombres con los que terminaba el siglo XVI. Cuando de una situación de espíritu favorablemente esperanzada se pasara a la contraria, cuando, en vez de poder contar con la continuidad de un movimiento de auge, apareciese ante las mentes el espectro de la ruina y caída de la monarquía, de la miseria y relajación de la sociedad, del desempleo y hambre de los individuos, el choque tenía que ser de una fuerza suficiente para que muchas cosas se viesen amenazadas y hubiera que acudir a montar sólidos puntuales con los cuales mantener el orden tradicional.

Hablamos de crisis social en atención a determinados aspectos, una alteración de los valores, alteraciones de desigual intensidad, en los procesos de integración de individuos cuando éstos gozan muy desigualmente de ellos.

Se producen transformaciones en las relaciones y vínculos que anudaban a los individuos entre sí.

En fin de cuentas, antes de que acabe el siglo XVI y, desde luego, hasta las últimas décadas del XVII, aunque sus más graves y generales efectos se centren a mediados de esta centuria, nos hallamos con que los países del Occidente europeo se enfrentan con una honda crisis social. Es paralela a la crisis económica con bastante aproximación, aunque sea mayor y más continuo su alcance.

En resumen, cualesquiera que puedan ser algunos leves altibajos, de muy corta onda en el espacio o en el tiempo, nos enfrentamos, desde los últimos años del reinado de Felipe II hasta los finales del de Carlos II, con una extensa y profunda crisis social en España, similar y paralela a la que se presencia en otros países europeos: en Francia, en Alemania, en Italia, etc.

Es el espectacular y problemático desajuste de una sociedad en cuyo interior se han desarrollado fuerzas que la impulsan a cambiar y pugnan con otras más poderosas cuyo objetivo es la conservación. Donde la resistencia a estos cambios fue mayor, sin que en ningún caso pudieran quedar las cosas como estaban, no se dejaron desarrollar los elementos de la sociedad nueva y se hallaron privilegiados todos los factores de inmovilismo. En tales casos, como el de España, los efectos de la crisis fueron más largos y de signo negativo.

Así se explica que se montara una extensa operación social tendente a contener las fuerzas dispersadoras que amenazaban con descomponer el orden tradicional. A tal fín se echa mano del eficaz instrumento de la monarquía absoluta, probablemente puesto en marcha para disciplinar el movimiento de desarrollo conocido por el Renacimiento.

Así se explica que tantos como han hablado del Barroco no hayan dejado de advertir una vuelta al aristocratismo y que frente al concepto de una etapa renacentista, democrática y comunal, se haya señalado una vuelta a la autoridad, a la estructura aristocrática de los vínculos de dependencia y al régimen de poderes privilegiados, en la etapa del Barroco.

Se llegó así a devolver a la posesión de la tierra un valor extraeconómico y a unir con el régimen de la misma el sistema de estratificación social, y de prestigio social, aunque los intereses nacionales hubieran resultado perjudicados.

El Barroco español, bajo el vértice insuperable de la monarquía, está regido por la inadaptada clase de la nobleza tradicional, está regido por la inadaptada clase de la nobleza tradicional, una clase que no está a la altura del tiempo, aunque éste la haya hecho cambiar en más de un aspecto; una clase, pues, alterada en sus hábitos y convenciones por un mayor afán de acumular riquezas, más que de conquistar ganancias.

Una clase, en resumen, incapaz de buscar su enriquecimiento por medios propiamente económicos, según la economía mercantil moderna, capaz, en cambio, de cerrar el paso en defensa de sus privilegios, a quienes hubieran podido, con una cierta ayuda del poder que no tuvieron, abrir otros cauces a la sociedad.

Entre las prácticas que los estamentos privilegiados ponen en ejecución en el XVII y, junto a ellos, los elementos advenedizos, están las de ocupar los puestos de la administración municipal, el aprovechamiento de los bienes de los pueblos, la atribución a los poderosos de las parcelas de mejor calidad, a manipulaciones monopolísticas. Ocasionan el hundimiento de los que no tienen con qué resistir y compran en buenas condiciones las propiedades de los que se arruinan. A costa de terrenos comunales o bienes de propios, se extienden los dominios laicos y eclesiásticos.

Todo ello trajo consigo, como decimos, la ruina de los pequeños propietarios y aparceros, el abandono del campo por los mismos, la entrada continua en la ciudad de una masa de menesterosos, la formación de grupos dispuestos a la subversión.

Hay un dato que no puede ser más elocuente: el apoyo regio a las economías de los poderosos, aun contra el parecer de las Cortes. Tal es el caso de la desmedida protección de la Corona a la Mesta. Ello pone en claro que la protección oficial iba dirigida a los grupos privilegiados, propietarios de los grandes rebaños, los que constituían una fuerza de apoyo para un gobierno autoritario, monárquico-aristocrático, frente a las posibilidades democráticas, o de influencia popular, que pudieran surgir de una economía de pequeños rebaños mantenidos como auxiliares y complemento de la agricultura. La reservas de plazas en los colegios mayores universitarios, a favor de los hijos del estamento distinguido, responde a la misma tendencia, en una fase de formación del Estado en que se está constituyendo un régimen de selección burocrática.

Tal es, pues, la razón y sentido del sistema: privilegiar, con toda suerte de ventajas, a los distinguidos, para sustentar juntos el orden.

Pensamos que la pérdida de fuerza y abandono de la burguesía, en la primera mitad del XVII, más que a una crisis de ella misma, más que una retracción de su papel, se debió a un intencionado fortalecimiento del poder de la nobleza, que para ayudarse arrastró consigo a los enriquecidosy otros grupos ascendentes se vieron frenados.

Más que de una verdadera “traición de la burguesía” frase que se ha hecho tan famosa, habría que hablar, en nuestro caso, de una derrota de la burguesía, la cual en España abandonó la partida muy pronto, porque la tenía perdida de antemano. En el XVII, contra lo que se ha repetido tantas veces, la nobleza recupera un alto papel, sobre una base económico-social, en la reorganización absolutista de la monarquía.

Siempre que se llega a una situación de conflicto entre las energías del individuo y el ámbito en que éste ha de insertarse, se produce una cultura gesticulante, de dramática expresión.

Si la movibilidad horizontal del español en el siglo XVI había sido de elevado nivel, si la movilidad vertical, aunque de más bajo índice, había sido también estimable, quiere decirse que el individuo se había visto impulsado a salir de sus cuadros y tropezaba con el duro marco de éstos. En otro lugar hemos hablado de la erosión y aun de la honda alteración que sufre el orden de la sociedad estamental. Pero ésta reaccionó tratando de conservar su estructura, y aunque en esa pugna perdió alguno de sus elementos integrantes más característicos, impuso a lo largo del XVII su victoria con un poder de reacción, desgraciadamente, que no tuvo parangón en Europa.

Martín G. De Cellorigo veía que el mal no provenía de la guerra, sino “de la flojedad de los nuestros”. Sancho de Moncada, llegó a más: España se halla en grave peligro por ser “la gente toda tan regalada y afeminada”. Pellicer de Tovar señala como causas de la penosa situación del país los regalos y afeminaciones.

Lo que hemos de sacar en conclusión, a nuestro parecer, de datos como los que acabamos de recoger y de innumerables más, tomados de otros terrenos, es que los españoles del XVII, muy diferentemente de los de la época renacentista, se nos presentan como sacudidos por grave crisis en su proceso de integración.

Estudios recientes han puesto en claro una imagen mucho más conflictiva del siglo XVI, y más aún del XVII, aunque las tendencias de oposición y las protestas que llegan a estallar queden asfixiadas bajo el peso del absolutismo y de su sistema social.

Cartas de Almansa.

Para responder a todo este múltiple y complejo hervor de disconformidad y de protesta (en unas circunstancias en que los medios de oposición se habían hecho más sutiles, en que el volumen demográfico en las ciudades había aumentado y con ello la población, participante en las manifestaciones contra la opresión había crecido en amenazadora proporción) la monarquía absoluta se vio volcada ante dos necesidades; fortalecer los medios físicos de represión y procurarse medios de penetración en las conciencias y de control psicológico que, favoreciendo el proceso de integración y combatiendo los disentimientos y violencias, le asegurasen su superioridad sobre el conjunto. Sin duda, el sistema militar de ciudadelas bien artilladas, capaces de reducir una sublevación en el interior de los núcleos urbanos, es una manifestación de la cultura Barrroca, pero lo es también todo ese conjunto de resortes ideológicos, artísticos, sociales, que se cultivaron especialmente para mantener psicológicamente debajo de la autoridad tantas voluntades de las que se temía hubieran podido ser llevadas a situarse enfrente de aquella. La monarquía barroca, con su grupo estructurado de señores, burócratas y soldados, con su grupo más informal, pero no menos eficaz, de poetas, dramaturgos, pintores, etc., puso en juego ambas posibilidades.

Una forma extrema de protesta antisocial y de conducta desviada crecía alarmantemente en la crisis del XVII y proporcionó abundantes temas en el teatro barroco: el bandolerismo.

No hay que olvidar esos grupos de pícaros, ganapanes, pordioseros, que inundan las ciudades ni esas bandas de vagabundos, falsos peregrinos, bandoleros, que andan errantes por los caminos de Europa.

Y aquí es de observar que el endurecimiento del régimen de privilegios en el Barroco libra a la nobleza hasta de su única o casi única carga; el servicio militar, y violentando los mismos fundamentos del sistema tradicional, la echa sobre las espaldas de los poderes que soportaban todo el régimen de contribución fiscal.

Más por detrás de guerras y sediciones, se nos revela todo un descontento popular en las monarquías y repúblicas aristocráticas del Occidente europeo, acentuando en España por los fracasos de la política gobernante, por la paulatina caída de su poder y por un régimen político social que ya entonces, más duramente represivo que en otras partes, contribuyó a generalizar un carácter hostil y con frecuencia sedicioso entre las masas urbanas, y en casos extremos, también entre las campesinas.

Contra una situación tan grave, tan amenazadora no olvidemos que en pleno Barroco tiene lugar la primera decapitación de un rey en Inglaterra, y se produce la de un ministro en España, la monarquía, junto a sus instrumentos de represión física, acude a vigorizar los medios de integración social, poniendo en juego una serie de recursos técnicos de captación que constituyen la cultura barroca. Insistimos en lo que páginas atrás hemos adelantado, porque aquí está la clave de la cuestión para nosotros.

Se niega, en primer lugar, que haya que el papel de absolutismo, considerando por el contrario que las gentes aceptaban por propia voluntad los valores del sistema tradicional de integración, como lo probaría el hecho del escaso número de agentes de represión de que disponía un monarca absoluto.

La segunda objeción se dirige contra aquella interpretación que, al modo de la nuestra, refiere la cultura característica de los regímenes autoritarios del XVII, es decir, lo que llamamos Barroco, a las necesidades en que los mismos se encuentran de contar con recursos que creen un estado mental favorable al sistema vigente.

Segunda Parte.

CARACTERES SOCIALES DE LA CULTURA DEL BARROCO.

Capítulo 2. UNA CULTURA DIRIGIDA.

Si a la situación social, intensamente conflictiva, de fines del siglo XVI y de los dos primeros tercios del XVII hay que referir las condiciones que para la vida de los pueblos europeos se dan en todos los campos desde la política o la economía, el arte o la religión, son esas mismas condiciones las que van a dar lugar a una cultura específicamente vinculada a la época, a la cual venimos llamando cultura del Barroco.

La cultura del Barroco es un instrumento operativo, cuyo objeto es actuar sobre unos hombres de los cuales se posee una visión determinada, a fin de hacerlos comportarse, entre sí y respecto a la sociedad que forman y al poder que en ella manda, de manera tal que se mantenga y potencie la capacidad de autoconservación de tales sociedades, conforme aparecen estructuradas bajo los fuertes principados políticos del momento. En resumen, el Barroco no es sino el conjunto de medios culturales de muy variada clase, reunidos y articulados para operar adecuadamente con los hombres, tal como son entendidos ellos y sus grupos en la época cuyos límites hemos acotado, a fin de acertar prácticamente a conducirlos y a mantenerlos integrados en el sistema social.

Dijimos en capítulo anterior que el hombre se sentía capaz de intervenir en el mecanismo de la economía y de alterarlo. Ello llevaba a la consecuencia de que los individuos se dirigieran a los gobernantes, pidiéndoles unos cambios determinados de lo que se venía de atrás soportando y unos logros diferentes. El siglo XVI es una época utópica por excelencia. Pero después de ella, el siglo XVII, si reduce sus pretensiones de reforma y novedad, no por eso pierde su confianza en la fuerza cambiante de la acción humana. Por ello, pretende conservarla en su mano, estudiarla y perfeccionarla, prevenirse contra unos perturbadores, revolucionarios, diríamos hoy, de la misma y a cambio de tomar una actitud más conservadora, acentúa, si cabe, la pretensión dirigista sobre múltiples aspectos de la convivencia humana: una economía fuertemente dirigida, al servicio de un imperialismo que aspira a la gloria; una literatura comprometida a fondo en las vías del orden y de la autoridad, aunque a veces no esté conforme con ambos; una ciencia tal vez peligrosa, pero contenida en manos de unos sabios prudentes; una religión rica en tipos heterogéneos de creyentes, reunidos en una misma orquesta por la Iglesia.

En efecto, lo que acabamos de ver el programa de acción sobre los hombres colectivamente tiene estrecha correspondencia con lo que en el mismo tiempo se llama “política”.

En cierto modo, lo que el teólogo o el artista hace responde a un planteamiento político, si no en cuanto a su contenido, si estratégicamente.

Por eso hay que hacer cuanto sea posible por penetrar en el conocimiento de ese dinámico y agresivo ser humano. Hay que saber cómo es el hombre para servirse de los resortes más adecuados frente a él.

Ese conocimiento del hombre, con fines que llamamos operativos, ha de situarse en dos planos. En primer lugar, ha de empezar con el conocimiento de sí mismo, afirmación que parece responder a un socratismo tradicional, pero que ahora cobra un carácter táctico y eficaz, según el cual no se va en busca de una verdad última, sino de reglas tácticas que permiten al que las alcance adecuarse a las sircunstancias de la realidad entre las que se mueve. Conocerse para hacerse dueño de sí, lo que lleva a dominar el mundo en torno.

El acceso al segundo plano nos lleva al conocimiento de los demás hombres, alcanzando un práctico saber sobre los resortes internos de la conducta de los otros, de manera que, en cada situación en la que ocacionalmente les veamos colocados, podamos prevenir su comportamiento, ajustar a él nuestro manejo de los datos y conseguir los resultados que perseguimos. Conocerse y conocer a los demás es conocer dinámicamente, en su despliegue táctico, las posibilidades del comportamiento.

Esa preocupación por el conocimiento, dominio y manipulación sobre los comportamientos humanos llevaba a una identificación entre aquéllos y las costumbres, entre la conducta y la moral. Todo ello implica un pragmatismo que, en fin de cuentas, se resuelve en una menor o mayor, mas sólo superficial, mecanización del modo de conducirse los hombres. Esto, a su vez, se convierte en el problema clave de la mentalidad Barroca.

Hasta se podría sostener que no sólo en la parte más cultivada, sino que también en los más bajos niveles de formación cultural, el Barroco representa una disciplina y una organización mayores que la de otros períodos anteriores.

Apelación a la prudencia introduce una ordenación, aunque no sea formulable por una razón matemática, claro está aunque tan sólo se trate de una estudiada táctica adecuación de medios a fines.

La historia y aquella parte de la psicología que observa los caracteres de los individuos y de los pueblos son probablemente las materias más leídas por el político, el escritor o el artista del Barroco. Ellas nos dan el conocimiento de los hombres y con sus resultados podemos establecer las reglas para dirigirlos.

Ahora bien, en todos los momentos, en todas las sociedades, se ha tratado de dirigir o gobernar a los hombres. Y no sólo políticamente, sino en múltiples manifestaciones de la vida. En definitiva, toda preocupación pedagógica responde a eso: la pretensión de dirigir al hombre, haciéndole ver las cosas de cierta manera para que marche en la dirección requerida. Enseñar al hombre es, en gran parte, dirigirle, y cuanto más se esfuerce por ser estable una sociedad quizá porque la crisis en que se encuentra la obliga a esforzarse más, más cierto es, también, lo que acabamos de decir.

Nos referimos a lo que los grupos dominantes en la cultura consideran como tal.

A los hombre hay que dirigirlos, desde luego, pero ahora esto va a resultar una operación más complicada, porque ni se dirige a los hombres de cualquier manera, sino como técnicamente sea adecuado (según estiman el moralista o el político del XVII) ni mucho menos se les dirige hacia donde se quiere, si no es contando con las respuestas que cabe esperar de la opinión constituida previamente entre los mismos dirigidos.

Así se comprende el desplazamiento en la dirección de los esfuerzos pedagógicos que propone Comenius: “No emprendas nunca enseñar a alguien sin haber excitado de antemano el gusto del alumno”.

Así pues, la educación cobra una importancia decisiva como vía para propagar o, dicho de otro modi, socializar la cultura segregada por la sociedad barroca. “De las cosas más convenientes que tiene un lugar grande o pequeño es el maestro de niños”, dirá Francisco Santos. La escuela empieza a ser vista como taller de la integración social.

De ahí que, conforme ha sido observado alguna vez, si en el Renacimiento hubo una poesía “subvencionada”, ahora habrá una poesía “encargada”. Todos los poderes reconocen la utilidad del empleo de los poetas, se sirven de ellos: los poetas actúan sobre la opinión pública, la hacen y deshacen. Desde fines del XVI existen una poesía apologética y una poesía polémica al servicio del poder. La literatura debe recoger las consignas de éste, debe de ar expresión a una “doctrina única, controlada y dirigida por el poder”. Recordemos, entre cientos de casos, el de Francisco de Rioja, como polemista político, autor de un libro, Aristarco, réplica contra la Proclamación católica que se había publicado en la Cataluña sublevada.

El arte y la literatura del Barroco, que con frecuencia se declaran tan entusiastas de la libertad del artista y del escritor o de la libertad en sus gustos del público al que la obra se destina, se hallan, sin embargo, bajo la influencia o incluso bajo el mandato de los gobernantes, que otorgan subvenciones, dirigen hacia un cierto gusto la demanda o prohíben llegado el caso, ciertas obras.

Se ciegan así las fuentes internas del pensamiento y de la personal capacidad de creación. Pero hay más. El poder, desmedido y desordenado, constriñe insuperablemente la vida social.

Pero pongamos ahora de relieve la otra cara que completa el carácter de cultura dirigida que nos ofrece el Barroco. En cierto modo, podemos considerar que se da en ella su aspecto positivo. Porque si el Barrcoco tiene un acentuado y más aún, desorbitado carácter autoritario, no es esto lo que lo particulariza, sino los matices con que ese autoritarismo se manifiesta en relación con las circunstancias de la época. Hemos dicho que no bastaban los medios de control puramente materiales basados en la represión física. No se quería acallar sino que se pretendía atraer. En medio de los duros conflictos de la época, más que destruir unas reservas de energía combativa, había que procurar sujetarlas y canalizarlas, inclinándolas definitiva, radicalmente, hacia la propia defensa y conservación.

Si nunca ha sido posible, en la relación mando subordinación, como sostuvo Simmel, reducir el segundo término de ese binomio a un valor puramente pasivo, en la situación histórica del Barroco, se ve obligado a contar con la incorporación activa de aquellos a quienes corresponde obedecer o ser dirigidos.

De ahí el valor de la persuasión y de los medios que la promueven.

Por eso se ha dicho que en las circunstancias del XVII, “persuadir es ahora mucho más importante que demostrar”.

Es una voluntad capaz de manejar hábilmente factores ciegos, perturbadores, extrarraccionales, para llegar a un resultado programado, en fin de cuentas, para imponer de todos modos su dominio. Se dirá que esto significa jesuitismo, lo cual es innegable. Si bien ambos coinciden Barroco y jesuitismo en un planteamiento semejante, no se puede a pesar de ello, hacer depender al primero del segundo; bástenos con afirmar que los jesuitas se convirtieron en pura expresión de la mentalidad barroca.

Así pues, el Barroco pretende dirigir a los hombres, agrupados masivamente, actuando sobre su voluntad, moviendo a ésta con resortes psicológicos manejados conforme a una técnica de captación que, en cuanto tal, presenta efectivamente caracteres masivos. De ahí viene la función propia de la prudencia. Con ella, dice Juan de Salazar, “se atraen y granjean los ánimos y voluntades”.

Capítulo 3. UNA CULTURA MASIVA.

En una cierta medida, por tanto, y cualquiera que fuese la parte de restauración que en ella se diera, nos encontramos ante una nueva sociedad.

En parte, la sociedad presenta otros caracteres, va encontrándose con diferente constitución. Y sin tener en cuenta este cambio, sin advertir todo lo que de nuevo hay en aquélla, es imposible entender el fenómeno del Barroco.

Ahora bien, una nueva sociedad necesita una nueva cultura configurada de los nuevos modos de comportamiento y de los fundamentos ideológicos que han de darse en su seno: una nueva cultura manejada como instrumento de integración tal es el destino de todo sistema cultural en el nuevo estado de cosas. Con ella, aunque no haya de llegar nunca a eliminarse, se espera por quienes la propagan que se dominarán mejor las tensiones internas, las cuales desde dentro de ella misma amenazan a la sociedad. Bajo tal punto de vista tenemos de considerar la cultura que llamamos barroca, una cultura desarrollada para reducir, no solamente la inquietud religiosa como tantas veces se ha dicho, sino toda la inseguridad producida como consecuencia del largo período de cambios que las sociedades del Occidente europeo venían conociendo, desde algunos siglos atrás..

Se venía de una época que había conocido un notable aumento de población. Cuando ese crecimiento cedió y se invirtió la tendencia, quedó hasta muy tarde la conciencia de que las masas de población eran muy numerosas.

El recuerdo de una situación de auge demográfico en un período precedente, que se estima perdido y que hay que restablecer para salir de la crisis que su desaparición ha engendrado, hizo que da la totalidad de cuantos escribieran de economía en el XVII, fueran “poblacionistas” (partidarios de la idea de que las sociedades con gran masa de población son más ricas y poderosas.

Si se consigue o se anhela una nutrida población, se hacen ya planteamientos de tipo masivo.

Los fenómenos de tipo masivo aparecerán precisamente en una coyuntura de signo negativo, respecto al desarrollo demográfico. Mas ya esa aspiración a superar tal situación negativa quedará, en cierto modo, como eco de la tendencia a plantearse los aspectos de la vida social y estatal. Y si el Estado del XVII, como primer Estado moderno, quiere contar con una gran población, aunque no siempre lo consiga, se debe a que él es una una forma política con caracteres de una cultura masiva.

Pero, en el XVII, una concentración de población se produce, aun coincidiendo con el descenso absoluto de la misma, relativamente en ciertos puntos. Y esos puntos son los que tienen un papel activo en la cultura de la época, de donde ésta toma los caracteres con que se la va a señalar.

La alteraciones demográficas, significaron, una profunda transformación de la cultura. “Los campesinos que se establecieron en las ciudades como proletariado y pequeña burguesía, aprendieron a leer y a escribir para ser más eficientes, pero no conquistaron el tiempo libre y los recursos necesarios para obtener las ventajas de la cultura tradicional de la ciudad. Sin embargo, habían perdido el gusto por la cultura popular, cuyo fondo era el campo, y habían descubierto al mismo tiempo una capacidad para aburrirse; por eso las nuevas masas urbanas empezaron a ejercer presiones sobre la sociedad para obtener un género de cultura idóneo al consumo.

La irrupción de la población campesina sobre las ciudades se produce en medida ya altamente estimable en el XVII, y es por eso en esta centuria donde hay que colocar los primeros fenómenos de Kitsh. Hasta ahora estos subproductos de la alta cultura no se habían estudiado. Las grandes empresas productoras, aplicadas al terreno de la producción cultural, habrían dado lugar al kitsch por razones mercantiles.

Al decir malas, podemos ligar esa desfavorable nota calificadora a las condiciones que dan lugar al kitsch: una cultura vulgar, caracterizada por el establecimiento de tipos, con repetición estandardizada de géneros, presentando una tendencia al conservadurismo social y respondiendo a un consumo manipulado. (No hay en el XVII ni radio ni TV; hay sí, libros, representaciones teatrales comercializadas, libelos, etc.).

Hemos hablado muchas veces del éxodo rural hacia las ciudades en el siglo XVII. Por otra parte, en número mucho más reducido, pero nunca despreciable, aumentó el número mucho más reducido, pero nunca despreciable, aumentó el número de mercaderes y de profesiones de muy diverso tipo; hubo también un incremento de nobles, y más aún, de criados y servidores de los mismos que pasaron a habitar a la ciudad y recorrían sus calles y concurrían a us lugares de reunión, todo lo cual implicaba la necesidad, en el ámbito ciudadano, de procurar un alimento cultural a toda esta abigarrada población, que se contenta en su mayor número con obras de tipo medio y bajo. El crecimiento urbano de la época del Barroco corre paralelo a la exigencia de un crecimiento cultural en todas las capas.

Probablemente esta expansión de la cultura en el siglo XVII tuvo un lado positivo. Individuos que aprenden a ver, a escuchar, a leer, y que asimilan obras de la gran cultura. Pero aquella expansión tuvo también un lado negativo; la numerosa población desplazada perdió su conexión con su medio tradicional, en donde se venía conservando y renovando secularmente lo que llamaremos una cultura popular. Ante esta situación se hacía necesaria una cultura que reemplazara a la anterior, derivada como un subproducto de la superior cultura. Se trató, ya entonces, de fabricar una cultura vulgar para las masas ciudadanas. En cualquier caso, estamos ante manifestaciones de kitsch, al que pertenece la mayor parte de la producción teatral y novelística, especialmente, del XVII. No otra cosa significan los miles y miles de comedias lanzadas al consumo de la época.

¿Contribuirá esto a aclarar, sobre una base de explicación histórico-social, por qué al estudiar el Barroco hemos de estudiar o por lo menos hemos de contar con la presencia del mal gusto, de lo feo, de la obra de bajo estilo?. Era sencillamente esto: que con el Barroco, por una serie de razones sociales, surge el kitsch.

Como el kitsch de nuestro tiempo, es más bien una cultura de baja calidad, que puede llegar a ser una pseudocultura, un pseudoarte, etc.

Más, ¿cómo aparece y se explica la atribución de ese carácter masivo a la cultura del Barroco?. Así vino a ser considerada en la época misma la industria de la imprenta.

El siglo XVII conoce una expansión que prepara el fenómeno: la imprenta se juzga como una industria de cultura que trabaja para una gran cantidad de consumidores. Y, aunque sea inicialmente, también la pintura conoce como el primer barrunto de una tendencia. Tal vendría a ser el citado caso de Giorgione y de Tiziano, que trabajan para el mercado y no para previas y singulares peticiones. Son aspectos de la economía, de la cultura, y de la sociedad del XVII que se han ligado muy estrechamente entre sí. Como caso típico de un sistema de prefabricación que propone unos modelos de productos ya hechos, la ciudad barroca conoce las tiendas de prendas de vestir confeccionadas.

El siglo XVII contempló el desarrollo manufacturero, aun allí donde la industria apenas alcanzó tal nivel.

Se ha dicho que la revolución industrial ha producido las masas. Ella desarraigó a las gentes de las comunidades agrarias y las apiñó en las ciudades que crecieron en torno a las fábricas. Insistir en que no ha de contemplarse la revolución industrial como una aparición repentina y que de golpe transforma todas las cosas. Ya hemos hecho mención de tantas alteraciones que se preparan desde el Renacimiento, alcanzan un nivel apreciable en el XVII y conocen una expansión grande en el XVII. Pero, mientras tanto, nosotros; que creemos siempre en el carácter sucesivo y de largo tiempo en su desarrollo de los conjuntos históricos, no podemos dejar de ver que los primeros fenómenos de sociedad masiva aparecen en el XVII.

Si, como llevamos dicho, la cultura barroca se conecta con una sociedad señorial restaurada y de base agraria, ello no contradice que sea una manifestación directa de la época de la manufactura, o mejor, del desarrollo del consumo de productos manufacturados. No hablemos pues, de la técnica de la producción industrial en serie como de algo en pleno desarrollo, pero sí, por lo menos, de la primera fase masiva de una primera sociedad moderna, la cual reúne, sobre un extenso territorio, una población abundante, o, mejor dicho, incorporada y hecha presente como nunca hasta entonces, a la que tiene que alimentar y gobernar, exigiendo una y otra cosa modos masivos hasta entonces no utilizados y trayendo planteamientos nuevos en el gobierno de esa sociedad.

Esto no pudo suceder hasta que no empezó a verse que existían una hacinamientos humano, los cuales actuaban masivamente, esto es, como público.

Si las condiciones demográficas económicas, técnicas, del siglo XVII posibilitaron un arranque de “industria de la cultura” o, lo que viene a ser equivalente, de kitsch, y si los que llevaron un papel dirigente no sólo política, sino socialmente en el ámbito de los pueblos europeos de aquella centuria comprendieron los efectos que de ello podían sacar, tendremos que aceptar que, alrededor de las grandes obras que algunos hombres fueron capaces de crear en el siglo XVII, creciera por todas partes una cosecha de didcult y de masscult, cuyos productos van a ser empleados en la manipulación de esas masas de individuos sin personalidad, recortados en sus gustos y en sus posibilidades de disfrute, pero incapaces de renunciar a una opinión, aunque ésta no fuera más que una opinión recibida. Esas masas son el público.

El problema estaba, entonces en acertar a formar una opinión que fuera la que las masas recibieron o, mejor dicho, que fuera idónea para ser masivamente recibida. Lo que en el Barroco hay de kitsch es lo que en el Barroco hay de técnica de manipulación; por tanto, lo mismo que hace de aquél, como ya hemos expuesto en capítulo anterior, una “cultura dirigida”. Así se tendrán individuos extrarracionalmente fundidos en sus opiniones, al servicio de la organización social, política y económica de la época; esto es, de los intereses de la monarquía y del grupo de los señores. Aplaudir a Lope, en Fuenteovejuna, era estar junto a la monarquía. Quevedo era también lo mismo.

Pero todo esto que venimos diciendo está en el Barroco: de ahí que en él haya grandes obras pero haya una multitud de obras mediocres, com en ningún momento sucedió hasta entonces. Es más, yo llegaría a decir que apenas hay en él una obra de alta calidad. Porque todo lo propio del Barroco surge de las necesidades de la manipulación de opiniones y sentimientos sobre amplios públicos.

Por eso destacamos precedentemente el carácter de “dirigida” que la cultura del Barroco posee, su condición de técnica manipuladora: carácter dirigista y carácter masivo que coinciden y uno y otro se explican recíprocamente.

Precisamente las técnicas de configuración cuyo empleo quiere asegurarse el Barroco revelan la pretensión de formar opiniones unánimes a favor de una y otra posición, más en concreto, a favor de la minoría dirigente de la sociedad que gobernaba a título de su poder tradicional.

Todavía nos hemos de plantear u interesante aspecto que la tendencia restauradora y conservadora del Barroco adquiere, precisamente por presentar ya esos caracteres de conducta masificada. En efecto, hemos dicho que se trataba de una sociedad que conoció una restauración señorial, y parece que esto, en principio, no se conjuga bien con ese carácter masivo que le atribuimos. Estamos ante una sociedad que se ve vigorizada en sus elementos tradicionales, pero también en circunstancias nuevas. Ahora, incluso, la tradición restaurada se encuentra en mayor o menos medida discutida, o, por lo menos no deja de ser puesta en cuestión. Se ve necesitada de ser aceptada por las masas y ha de servirse de medios de dirigirse a éstas.

“Ha de procurar un príncipe que sean tales las máximas de su gobierno que tengan el aplauso de los súbditos”.

En cualquier caso, ha de obrar con los medios aptos para atraerles y sujetarlos, teniéndoles asombrados, suspendidos, atemorizados medios que pertenecen al terreno de la psicología de masas.

Desde luego que “popular” y “masivo” no son conceptos equivalentes, pero cualesquiera que sean los matices con que se los diferencie, aquí nos interesan en lo que tienen de común.

Si el siglo XVII, demográficamente, se estanca o decrece en toda Europa, es general también que las ciudades grandes aumenten de población. Es en ellas justamente en donde se dan los primeros síntomas de proletarización. Por eso, y sin perjuicio de que, en términos generales, para hacer frente al fenómeno, se monte la cultura barroca, se intentará también otro recurso; descongestionar la gran ciudad, cortar ese proceso de masificación. La solución que se propone, con manifiesta simpleza, es la vuelta, o mejor, la reinstalación de las poblaciones en el campo.

El Consejo Real dice a Felipe II, en 1 de Febrero de 1619, que para descargar a la Corte se ordene se vuelva la gente a sus tierras.

La carta de Felipe IV a las ciudades con voto en Cortes, admite la conveniencia de que grandes y títulos vuelvan a sus lugares, yendo detrás de ellos la gente común trabajadora y pobre.

Pero nada puede impedir, de hecho, que se detenga la marea concentracionaria de la ciudad.

La época del Barroco descubre el valor de las biografías como vehículo de educación o, mejor dicho, de configuración moral y política, cuando ésta, con fines de integración social, se dirige a un número de gentes.

Pocas cosas son tan elocuentes masivas como la “comedia” española.

Lope asistía a la representación de comedias propias y ajenas, fijándose en los pasajes que lograban mayor aplauso del público, a fin de tenerlo en cuanta al escribir.

También en España hay que colocar en ese momento el primer desenvolvimiento de la prensa y la presión del Estado sobre ella.

El pueblo “siempre de suyo está alterado”, escribe un jesuita. Se inicia la figura del agitador de la opinión en los tacitistas. Se explica que se piense que no es posible oponerse a ellos de frente, de igual modo que no cabe enfrentarse a la corriente de un río desbordado enseguida va a aparecer la imagen de la “corriente de opinión”. La opinión, quizá tornadiza, pero arrolladora, es el parecer de la masa. “Gran voz es la del pueblo, terrible y temerosa su sentencia y decreto”

Esos escritores que hemos citado, los cuales afirmaban la fuerza de la opinión en el mundo, no se preguntan por lo menos, en una primera fase por la justicia, verdad, racionalidad, de la misma; advierten, eso sí, que hay que contar con ella y que hay que emplear medios adecuados a su naturaleza para dirigirla y dominarla.

Las clases altas, en esta sociedad que empieza a manifestarse con caracteres masivos, están atentas siempre a tomar en cuenta no a seguir, desde luego, más bien lo contrario los pareceres de las clases que ven debajo de ellas.

Esos pareceres del vulgo multitudinario se presentan, en quienes de ello se ocupan en el XVII, bajo un concepto al que ya hemos aludido, el cual en la época barroca ha sufrido una importante alteración. El gusto es un parecer que, a diferencia del juicio, no deriva de una elaboración intelectual; es más bien una inclinación estimativa que procede por vías extrarraccionales.

El Barroco conoce otra acepción de la palabra “gusto” en la que no resulta referida al individuo señero, ni tiene un carácter de selección, y en la que se acentúa el lado extrarraccional, hasta el punto de resultar incompatible. En tal sentido, gusto es el criterio estimativo confuso, irracional, desordenado y sus preferencias el vulgo inculto. De ahí los esfuerzos de los grupos dirigentes por imponerse también en ese plano del gusto masivo.

Todo lo dicho responde al planteamiento de patentes manifestaciones masivas. El siglo XVII es una época de masas, la primera, sin duda, en la historia moderna y el Barroco la primera cultura que se sirve de resortes de acción masiva. Nos lo dice el carácter del teatro, en sus textos y en sus procedimientos escénicos; nos lo dice la devoción externa y mecanizada de la religión post-tridentina; nos lo dice la política de captación y represión que los Estados empiezan a usar; nos lo dicen las innovaciones del arte bélico. ¿Acaso también la imprenta, que se va a convertir en primordial instrumento de la cultura.

No vamos a desplegar aquí una amplia exposición sobre el concepto de masa, que tenemos que dar por supuesto, pero no podemos dejar de hacer mención de los caracteres que hemos tomado en cuenta para usar del mismo en estas páginas. En primer lugar, la heterogeneidad de los componentes de la masa en cuanto a su procedencia estamental o respecto a cualquier otro criterio de formación de grupos sociales: esos individuos se aproximan y actúan fuera del marco del grupo tradicional al que en cada caso pertenecen, y se unen en sus formas de conducta de tipo impersonal y fungible, por encima de sus diferencias de profesión, de edad, de riqueza, de creencias, etc., En segundo lugar, como llevamos ya dicho, se produce una situación del anonimato. En tercer lugar, la inserción en la masa es siempre parcial. La masa no supone la proximidad física, sino que sus individuos pueden hallarse aislados personalmente unos de otros, unidos tan sólo en la identidad de respuesta y en unos factores de configuración que actúan sobre ellos. Y sus individuos, desconocidos entre sí, diseminados en amplio territorios, se sienten unidos por una inclinación de tipo afectivo a la comunidad y a su príncipe que por una propaganda ad hoc se presenta como ejemplo de los valores que se han socializado en el interior del grupo.

En la ciudad del siglo barroco esos caracteres señalados se empiezan a dar en estrecha relación las condiciones de se peculiar ámbito urbano.

Capítulo 4. UNA CULTURA URBANA

Tal vez pueda presentarse como conclusión aceptada hoy por todos la de que el Barroco es una cultura producto de las circunstancias de una sociedad. Que es necesario precisar algo más y completar ese planteamiento: si el Barroco es una cultura que se forma en dependencia de una sociedad, es, a la vez, una cultura que surge para operar sobre una sociedad, a cuyas condiciones, por consiguiente, se ha de acomodar.

Conviene advertir que si el barroco, la iniciativa y dirección de la cultura ha pasado de la ciudad al Estado, ello no quiere decir que no sea la ciudad, con características que sólo a ésta cabe referir, el marco de la cultura barroca. Podríamos introducir la siguiente distinción; si la cultura de los siglos XV y XVI es más bien ciudadana, el Barroco es más propiamente urbano.

Durante la etapa del Barroco, sus gobernantes y, en general, los individuos de las clases dominantes no son señores que vivan en el campo. Son ricos que habitan en la ciudad y burócratas que desde ella administran y se enriquecen. Al mismo tiempo, aunque haya un malestar campesino que por todas partes estalla en revueltas ocasionales, en el XVII son las poblaciones urbanas las que inquietan al poder y a las que se dirige normalmente la política de sujeción, la cual se traduce, incluso, en los cambios topográficos de la ciudad barroca.

Sociológicamente, uno de los aspectos que se han señalado siempre como característicos del Barroco nos confirma su condición urbana: la ostentación como ley que rige en todo el área de esa cultura. Ahora bien, la ostentación es ley de la gran ciudad, en una sociedad con régimen de privilegios. Allí puede darse el lujo y riqueza de los trajes, el número y opulencia de banquetes y comidas, los soberbios y suntuosos edificios, la multitud de criados.

Pero también aquí se impone una precisión: no sólo la ciudad, ni siquiera la gran ciudad, condiciona la aparición del barroco, sino que éste va unido a la ciudad que ha perdido su libre iniciativa municipal y se ve convertida en un núcleo administrativo, incorporada y gobernada desde el Estado. El Barroco es un producto urbano en el ámbito de las extensas concentraciones políticas, construidas en torno al poder monárquico, en los pueblos europeos. Si Roma alcanza, con sus pintores y arquitectos, la relevancia que ha sido señalada, convirtiéndose en la “ciudad espectáculo” típica del Barroco, no podemos dejar de tener en cuenta que ello se produce en el marco de la monarquía eclesiástica y como reflejo de su grandeza. Del papel tan decisivo de Madrid no es necesario hablar, porque todos lo destacan en primera línea.

Esto se explica porque a la creación política de las monarquías barrocas se corresponde la nueva función de la ciudad capita. La capital es un elemento imprescindible, con su función predominante en el orden artístico, económico, político, social. La “Europa de los capitales”, ha llamado con acierto Argan a la Europa barroca de la primera mitad del XVII.

Esa ciudad-capital es, por de pronto, una aglomeración populosa, de ordinario la más poblada de todas las ciudades en el país y la que muestra un crecimiento más rápido en la época.

En esa capital puede ser también el caso de ciudades que por su importancia tengan un carácter de capitalidad sobre alguna extensa comarca aparecen los fenómenos políticos y administrativos, económicos y sociales, que bajo el régimen estatal de las monarquías modernas encuentran en esas aglomeraciones medio adecuado para desarrollarse: la formación del absolutismo y de sus recursos represivos militares, la burocracia, la economía dineraria, la concentración de la propiedad con una nueva concepción “privatística” de la misma; la erosión de los sistemas tradicionales de estratificación social y su inicial sustitución por una imagen dicotómica de pobres y ricos, las tensiones subversivas, etc.,

En el interior de la gran ciudad y en conexión con lo que acabamos de decir, se difunde también una zona de anonimato cada vez más extensa, de manera que si en la administración y gobierno de la ciudad y en la vida de sus ciudadanos ha tenido lugar una grave pérdida de libertad, los individuos, al hallarse inmersos en ese medio anónimo, han ganado una libertad negativa.

Otra cosa es lo que ahora queremos señalar: el crecimiento de la delincuencia en el ámbito de la ciudad, fomentada y amparada por las condiciones que ésta ofrece.

Ese régimen de anonimato urbano supone, bajo tales supuestos, una libertad negativa. No sólo se relajan los controles de represión jurídica, que el régimen político de la época procura reforzar aunque sea con medios gravemente reprobables, sino que se relajan no menos los controles sociales de la convivencia.

La aglomeración física de las gentes en la gran ciudad, provocando una insuperable dificultad de conocimiento y relación interindividual, trae consigo un distanciamiento de persona a persona, crea en torno a cada uno un cinturón de aislamiento. El hacinamiento multitudinario de la urbe engendra, en fin de cuentas, soledad. Francis Bacon escribió: Cuanto mayor es la ciudad, mayor es la soledad de la vida que rodea al individuo”.

Esta situación de relativa exención de control, en las circunstancias del siglo XVII, había de traer consigo, por de pronto, una mayor medida de relajación de costumbres en la ciudad barroca, tanto debida al simple hecho del aumento numérico de las gentes y correspondiente confusión en su procedencia, como a la consiguiente expansión del anonimato, bien conocida en toda situación de concentración masiva.

El efecto de esas maneras más libres que engendra la ciudad populosa se proyecta en todos los órdenes, entre ellos, en el político. El aumento de las posibilidades de información, la quiebra de los modos tradicionales de pensar que los viajes, el trato cosmopolita y el desarrollo de energías individualistas han provocado, contribuyen a vigorizar, en ese medio masivo de las ciudades barrocas, la fuerza de la opinión, como ya vimos. Al referirnos a la opinión, hemos de reconocer enseguida la presencia de las discrepancias; por tanto, de las críticas adversas a la tradición, a la autoridad, a lo establecido. Favorecidas por el ambiente encubridor del anonimato, se acentúan y agravan las manifestaciones de oposición, de revuelta.

La ciudad es, por antonomasia, el medio conflictivo del siglo XVII, aunque las dificultades de abastecimiento, los excedentes demográficos, etc., lleguen del campo.

En la ciudad barroca se dan, no ya las violencias que enfrentaban a unos bandos familiares o profesionales con otros, en la baja Edad Media, sino que empiezan a formarse, y más de una vez a estallar, movimientos de oposición y de subversión, los cuales afectan al orden político y social. Esas tensiones, aunque luego puedan tener su reflejo en el ámbito rural circundante, germinan principalmente en las ciudades grandes. Con ello se relacionarán ciertos aspectos críticos y dinámicos de la cultura barroca. En el campo se pueden dar y se dieron reiteradamente durante el XVII convulsiones violentas. Pero esto es otra cosa; se trata de estallidos, sin organización, sin programa, sin futuro. Es en las ciudades donde los movimientos subversivos tienen que prender para que asuman un carácter de revuelta prerrevolucionaria y amenacen, no a unas u otras personas, sino a todo un sistema. “La suerte de las sublevaciones campesinas se decidía en las ciudades”. La clase de los poderosos, y a su cabeza la monarquía, necesitaban construir, basado en sus intereses solidarios, un régimen capaz de reaccionar, con el empleo de las armas, desde luego, pero mucho más hondamente creando todo un repertorio de medios de acción sobre los comportamientos sociales de los individuos, en tanto que miembros de grupos; esto es creando en toda una cultura.

Propio de la ciudad barroca es el emplazamiento en su cinturón de cuarteles que como vigorosas tenazas puedan sujetarla. Si, como ha escrito Barber, “en todas las sociedades, pasadas y presente, los que están en la parte superior del sistema de estratificación tienden a establecerse en las zonas metropolitanas, donde es probable que se realicen las funciones sociales más altamente valoradas”, esto es muy claramente aplicable a la ciudad del siglo XVII: los poderosos habitan en ella y desde ella promueven el desarrolla de una cultura barroca en defensa de sus intereses.

En esos términos, la creación moderna del teatro barroco, obra urbana por su público, por sus fines, por sus recursos, es el instrumento de la cultura de ciudad por excelencia.

Capítulo 5. UNA CULTURA CONSERVADORA.

Si toda sociedad supone la puesta en común de una creencias, de unas aspiraciones y de unas pautas de comportamiento a través del cauces de socialización adecuados a las condiciones de aquélla, quiere decirse que con esta función socializadora se lleva a cabo una actividad de impresión y de fijación en las mentes de una imagen de la sociedad, establecida de antemano. En tal sentido, los medios de socialización que se dirigen a una masa para hacerla participar de tal imagen social, tienen, en su función integradora, un carácter conservador. Se persigue difundir y consolidar la imagen de la sociedad, establecida en apoyo de un sistema de intereses, con la pretensión de conservar su orden. Los factores de socialización que se emplean en operar sobre las masas son de suyo conservadores. El lejano nexo entre procedimientos del Barroco y de nuestros días es suficiente para que la comprobación del conservadurismo de unos refuerce la constatación del de los otros.

Sin embargo, en una situación histórica concreta como la que se dio a comienzos del siglo XVII en España. Puede presentarse el caso de que, precisamente para obtener resultados eficaces de signo conservador sobre la mentalidad de la muchedumbre que se agita en las ciudades, haga falta contar con la atracción de lo nuevo. O bien desviando el impulso a favor de lo nuevo hacia esferas de la vida colectiva en las que una innovación no sea peligrosa para el futuro, o bien aceptando presentar bajo aspectos nuevos la tradición heredada. Todo ello, claro está, sin dejar de realizar una activa campaña, frente al espíritu innovador, que acabe con su prestigio, por lo menos entre los sectores sociales cuya adhesión importa más.

La novedad en la vida social se rechaza. De ahí la tendencia a atribuir el gusto por la misma a ciertos grupos que, en una sociedad dada, soportan una cierta nota adversa, una mayor o menor descalificación (por ejemplo: a los ignorantes, a los pobres).

Novedad es cambio; por consiguiente, alteración, y, en fin de cuentas, un encadenamiento de trastornos. Equivale, pues, a una amenaza contra el sistema establecido, por lo menos cuando afecta a los aspectos fundamentales del mismo. Se explica así la ilusión que, en contrapartida, naciera entre las masas populares, Esto es, el anhelo de cambio por parte de quienes no podían sentirse solidarios de un sistema en cuyos beneficios tenían tan escasa participación. Se comprende, entonces, que fuera ésta una inclinación vigilada y controlada por quienes se hallaron interesados en el mantenimiento y conservación del orden vigente.

La conmoción que en la conciencia pública había de producir el agotamiento de las esperanzas nacidas en el siglo XVI sobre los destinos de la monarquía y de la sociedad españolas, dio lugar a que se formara el mito del movimiento natural de auge y declive de los imperios que con frecuencia hallamos formulado en la literatura del siglo XVII.

Por eso no cabía más que una actitud conservadora, tratando de mantener las cosas en su orden, reduciendo todo lo posible el desmoronamiento del sistema vigente con que el tiempo amenazaba.

Ciertamente que las transformaciones sociales de los siglos XV y XVI habían difundido en la población urbana el gusto por lo nuevo. Pero lo cierto es que, décadas más tarde, antes de que el XVI termine, nos encontramos con que un absolutismo monárquico, informador de todo el régimen político, se levanta para cerrar el paso a los cambios sociales y políticos y mantener enérgicamente los cuadros estamentales de la sociedad.

En la fase de movilidad social vertical que, en cierta medida, fue el XVI, hay que aceptar que los estudios habían sido puerta de acceso a niveles superiores. Pues bien, en la crisis del Barroco se quiere cerrar, o dificultar, por lo menos, esa vía de cambio de nivel, en primer lugar para evitar la conmoción que una reiteración en número apreciable de ascensos estamentales podía traer consigo, en segundo lugar porque cuando esa vía se emprende, se hacen estudios y luego no se “medra” como se espera, se produce un estado de descontento y hostilidad, conveniente de evitar lo más posible en la tensa situación del XVII. Por eso, en conservación de la sociedad tradicional, cerrando en lo posible las puertas de escape, y en mantenimiento de un espíritu de conformidad en el ámbito de los pueblos, el Consejo Real recomienda a Felipe III (1 de Febrero de 1619) que en pueblos y lugares pequeños, donde en fechas recientes se han instalado estudios de gramática, que se supriman).

Si desde el siglo XV y en el XVI el estudio es un camino de ascenso en la estratificación social y si, a pesar de todo, nunca lo dejaría de ser por muchas trabas que se le pusieran, es necesario encontrarse en las condiciones sociales del XVII para que alguien llegue a dar por sentado que s eutilice, independientemente de lo anterior, como un medio de sujeción y represión.

Hay que procurar, se dice, que cada uno siga en el puesto que un orden tradicional y heredado le tiene asignado. Hay que reducir los casos de paso de un nivel a otro, los cuales, en términos absolutos, no se pueden eliminar en ninguna sociedad, pero sí se pueden dificultar y reducir.

Se repite con frecuencia que sólo es feliz aquel que permanece en su puesto, según un principio de integración característico de la sociedad tradicional.

La medida que se reputa como principal para contener el posible desmoronamiento del orden social en que ha de apoyarse la monarquía, tal vez sea la de que se mantengan hereditarios los oficios y correlativamente los niveles sociales de los individuos. Ahora bien la manera que se juzgaba como más eficaz en todas partes de afianzar definitivamente ese orden de la sociedad era atribuir a la sangre las determinaciones estamentales. Toda Europa se apoya todavía entonces en ese principio que en nuestro Barroco se enuncia una y otra vez como principio constitutivo del orden social. A través de la sangre actúa la naturaleza y, por detrás de ésta, Dios. Las sociedades jerarquizadas de la Europa Barroca se apoyan en esta escala.

Sin embargo, procediendo con un mínimo rigor histórico, ¿podemos quedarnos en lo dicho?. Con el montaje de todo ese aparato defensivo para la conservación del orden tradicional, ¿no se había conseguido otra cosa que mantener inmóvil la situación, restaurándola en aquellos aspectos que habían sufrido mayor erosión durante la crisis renacentista? La sociedad conservadora llevaba dentro de sí elementos que se le habían incorporado en el albor de la modernidad; su restauración tenía que hacerse combinando las supervivencias con trazos nuevos. Por eso el Barroco, por muy medievalizante que de un lado sea, es, por otro lado, incluso más moderno que el siglo anterior.

Cuando en el capítulo primero hablamos de las tensiones internas de la sociedad, señalamos la tendencia a la formación de una capa intermedia. Volvamos ahora a tocar el tema desde otro ángulo visual. En el barroco se procura la consolidación de ese estado intermedio, pensando que de ello se sigue consolidar el orden, al modo que, más tarde, en el XVIII, Mostesquieu y sus seguidores, e, inspirándose en ellos, todo el grupo de la nobleza agraria y de tipo medio, apoyaron la tesis de que había que mantener el ideal de la medianía, como recurso que asegurarse el mantenimiento de las fuerzas conservadoras.

En la mentalidad de las gentes del Barroco, en conexión con la situación real que refleja, si se quiere conservar y fortalecer un orden social, lo cierto es que éste, en su fundamentación, en su sentido, en sus fines, aparece profundamente alterado; se mantienen firmes divisiones de nivel, pero el esquema tradicional se ha alterado gravemente y tal vez las que ahora se tienen en cuenta no son más que diferencias en la escala de la riqueza a la pobreza, que se mueven según los desplazamientos en esta línea.

Se puede decir, en cierto modo, que aquello que se altera (por ejemplo, la relación de soberano-súbdito o el nexo propietario-tierra) se da en apoyo de grupos de intereses conservadores y como mantenimiento de un orden establecido. Pero incluso en ésta ha habido cambios. He aquí un caso: la presión fiscal del Estado, de inspiración conservadora, en la antigua monarquía, se altera, venían a pesar sobre nobles y pecheros. Esta tendencia a la igualdad tributaria erosiona el concepto tradicional de nobleza. El abandono de la función militar por los nobles acentuó ese proceso de caída.

Nosotros, sobre nuestra visión conflictiva del Barroco, considerando a éste como una cultura en tensión, sostenemos, sí, que es una cultura autoritaria, pero precisamente reorganizada o reelaborada en nuevos moldes, en atención a los conflictos y posibilidades que la libertad le plantea, entre ellos ciertos aspectos de libertad económica.

Naturalmente que subsisten las viejas formas de propiedad. Ya hemos hablado antes de la parte, mayor en volumen, que corresponde, en todas las esferas, a las supervivencias tradicionales. La propiedad privilegiada, de carácter señorial, laica o eclesiástica, tiene en todas parte, y muy gravemente en España, mayor extensión que la propiedad libre o privada.

El mundo del Barroco organiza sus recursos para conservar y fortalecer el orden de la sociedad tradicional, basado en un régimen de privilegios y coronado por la forma de gobierno de la monarquía absoluta-estamental. Pero no se puede cumplir ese designio ni se puede llevar a cabo esta tarea de conservación, sin adulterar la tradición en buena parte.

Desde luego, no hay sociedad absolutamente cerrada y estacionaria en la que, en alguna medida, no haya que contar con cambios; pero, además de esto, en el caso de la sociedad barroca, dado que, después de la experiencia expansiva del siglo renacentista, no era posible cerrar el paso a la innovación, sin exponerse a sacudidas peligrosas, se imponía tolerar la introducción de lo nuevo en ciertos sectores, como llevamos dicho. Por eso el Barroco, para ser conservador, se declara muchas veces innovador. Había que aceptarlo así, precisamente para mejor controlar todo movimiento de esa última naturaleza, en su dirección y en sus límites. En esos terrenos en los que ni políticamente ni intelectualmente resultaba peligroso, había que dejar las puertas abiertas a la novedad, había que hacer mucho ruido en torno a ella para atraer la atención de las gentes y, en esos terrenos, había que extremarla para saciar el apetito de la misma: la irrupción de extravagancias en poesía, en literatura, en arte, etc., compensa de la privación de novedad en otras partes.

El Barroco, como cultura urbana, se da en unas ciudades en las que, se están constituyendo unas clases populares, integradas heterogéneamente por jornaleros, artesanos, pequeños propietarios, rentistas modestos, individuos de ciertas profesiones médicos, abogados, militares, sin olvidar el buen número de frailes, todos los cuales “opinan”, hasta el punto de que alguna vez, para contentar la amenaza de un estado de opinión que se ha formado, a un ministro con la horca, o para sujetarla ha habido que montar una eficaz operación capaz de desfigurarla en el plano mental y de cortar su difusión hacia fuera.

Lo más usual, sin embargo, sería reforzar los medios represivos del Estado, endureciendo la acción de jueces y otros agentes de la justicia.

Endurecimiento y protesta, se da en ciudades, en las que, en cambio, sus ciudadanos han perdido sus derechos políticos, su iniciativa, frente a los poderes estatales. De una parte, dominada administrativamente por funcionarios agentes de la monarquía absoluta; de otra, sometida socialmente al peso de los señores que se apoyan en sus propiedades territoriales, cuya rentabilidad ha mejorado, en esa ciudad barroca se vive bajo una coyuntura política de reacción.

Los escritores barrocos predican una y otra vez la obediente sumisión a las leyes, cualesquiera que éstas sean, el acatamiento a los príncipes, aunque sean tiranos, a los magistrados y superiores, con expresiones que frecuentemente superan el nivel de obediencia dado en otras épocas.

En todas partes, el teatro del XVII refleja, aunque no necesariamente de un modo directo, las formas de vida, los sentimientos, los valores morales del código establecido en la sociedad monárquico-nobiliaria, no en un plano real, claro está, sino en el de la sublimación que se estima eficaz para llevar a cabo la defensa de la misma en medio de las tensiones del momento.

Como el teatro, el otro gran arte de la época, la pintura, se esfuerza no menos por integrar al público que la contempla en el sistema de valores de la sociedad nobiliaria, a cuyo servicio desarrolla su actividad.

Esos esfuerzos restaurados que lleva a cabo el Barroco, entre los cuales cuentan, como dato de máxima eficacia, la revigorización de la economía agraria y la aparente sublimación de la vida rural, traen consigo que pasen a primer plano, en la literatura, en los escritos de moral y de política, en el arte, etc., ciertas manifestaciones tradicionales.

Se ha hablado en general de una renovación de medievalismo, que seria pues,, absurdo valorar como una “diferencia” española, siendo así que el interés por los temas y motivos medievales y la conservación y restauración de elementos culturales de la Edad Media es fenómeno ampliamente comprobado en todos los países que hemos dicho. Con alcance europeo se ha hablado, como ya dijimos, de una “refeudalización”.

Esto último nos lleva al campo de la política. Y en él hemos de reconocer que si el Estado absoluto, con la relativa novedad de su poder soberano, es, en cierta medida, creación moderna, se produce sobre un complejo de circunstancias heredadas, sobre la supervivencia de las formas políticas tradicionales. Paralelamente, con la utilización de elementos medievalizantes no se restaura, en sus formas precedentes, la cultura caballeresca, sino que se construye una cultura barroca, la cual, en tantos puntos, puede considerarse como característicamente no caballeresca.

¿Estamos, en el siglo XVII, ante una vuelta a lo que Sombart llamó una economía empírica o tradicionalista y ante una política de signo semejante, orientadas una y otra hacia formas pretéritas, experiencias pasadas, prototipos de la tradición? ¿Se puede definir en esos términos el sentido entero de la cultura del Barroco? ¿ Puede reducirse el Barroco, en fin de cuentas, a un conservadurismo medievalizante? Indudablemente no. Aunque los intereses de los grupos privilegiados se apoyen en la tradición, no se agotan en ésta. Suponen aspiraciones, estimaciones, comportamientos nuevos, y al tener conciencia de que operan además, en circunstancias distintas, se sirven de medios que en parte resultan nuevos y nos llevan necesariamente a un término que es una nueva época. La gentes del Barroco, en definitiva, se juzgaron, a sí mismas y a su época, como “modernas”.

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