Emiliano Zapata

Historia de América. Lider revolucionario de México. Guerrilla mejicana

  • Enviado por: Hector Hernandez
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 13 páginas
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CAMPUS ESTADO DE MÉXICO

Ensayo Final

EMILIANO ZAPATA

Sociedad y Desarrollo en México

Emiliano Zapata

Para algunos Emiliano Zapata fue simplemente un revolucionario sangriento. Pero para mí es un personaje interesante, una figura histórica de proporciones míticas. Fue uno de esos líderes mesiánicos que se convirtió en encarnación de sentimientos colectivos y que por corto tiempo arrasó la faz de la tierra transformándola.

La guerra de Emiliano Zapata fue una guerra de reivindicación agraria cuyas raíces estaban en antiguos arquetipos de la "madre tierra". En unos pocos meses, luego de haber sido llamado por los líderes de su pueblo porque necesitaban a alguien "que se pusiera los pantalones" para luchar contra la inescrupulosa usurpación de las tierras de labranza de la comunidad (que necesitaban para sobrevivir) por parte de los grandes hacendados, el joven de 31 años se había convertido en el "General Zapata", en el símbolo de una utopía de orden religioso a quien todos seguían con fervor.

Nació en Anenecuilco, en el estado de Morelos, el 8 de agosto de 1879. Zapata creó comisiones agrarias para distribuir la tierra; pasó mucho tiempo supervisando su trabajo para asegurarse de que no se mostrara ningún favoritismo y de que los propietarios de la tierra no corrompieran a sus miembros. Estableció un Banco de Crédito Rural, la primera organización crediticia agraria del país, también trató de reorganizar la industria azucarera.

Don Emiliano era un hombre de estatura regular tirando a alto, de complexión también regular, tez morena clara, frente amplia y despejada, ojos grandes y negros de mirada muy vivaz, ceja y bigote poblado, pelo negro y lacio.

Acostumbraba vestir con la propiedad que la actividad a realizar requería, cuando trabajaba en el campo vestía de manta blanca, sombrero de palma y huarache de correa, pero cuando iba a Cuautla o a Cuernavaca a tratar algún asunto o de visita con sus amistades, se vestía de charro con sus pantalones de raya ancha, a veces colorada o a veces blanca, con su botonadura de plata, su sombrero galoneado u otro al que él llamaba "de pelo", su blusa de tela de Holanda cruda con la pechera alforzada y almidonada, atada a la cintura con un nudo en las puntas, su pañuelo paliacate en el bolsillo y un gazné de tacto sedoso al cuello de color negro o blanco, sus botines de piel de una pieza y un cinturón hueco de cuero de vaca llamado "víbora", dentro del cual se usaba guardar el dinero.

En esas ocasiones partía de su casa fumándose un puro y sobre su caballo colorado ensillado con una montura nueva que tenía bordadas con hilo de pita (es decir "piteada") sus iniciales.

Zapata no peleaba por "las tierritas" como decía Villa sino por la Madre Tierra. Su lucha fue arraigo. De allí que ninguna de sus alianzas perduro. Zapata no quiso llegar a ningún lado, quiso permanecer. Su propósito no fue abrir las puertas del progreso (por eso Palafox le reclamó haber caído a partir de 1915 en un "letargo de inactividad") sino cerrarlas, reconstruir el mapa mítico de un sistema ecológico humano en donde cada árbol y cada monte estaban allí con un propósito, mundo ajeno a otro dinamismo que no fuera el del diálogo vital con la tierra.

Zapata no salió de su tierra porque desconocía y temía a “lo otro”, el poder central lo percibía siempre como un intruso, como un acechante nido de "ambiciosos" y traidores. Su visión no fue activa y voluntarista, como la de todas las religiosidades marcadas por el padre, sino pasiva y animista, marcada por la madre. Su guerra de resistencia se agotó en sí misma. Durante la tregua de 1915, en lugar de fortalecerse hacia afuera se aíslo más, se adentro más en la búsqueda del orden perdido hasta el límite de querer reconstruirlo con la memoria de los ancianos. No fe un mapa productivo lo que buscó, es un lugar mítico, fue el seno de la Madre Tierra y su constelación de símbolos.

A decir de quienes combatieron a su lado, el caudillo del sur vivió. Logró escapar, dicen, gracias a su amigo Salomón, comerciante árabe que supuestamente se lo llevó al Medio Oriente.

Entre los que sostuvieron esta hipótesis figura doña Candelaria quien, con sus 119 años, contribuyó con sus testimonios en el documental Los últimos zapatistas, héroes olvidados que filmó Francesco Taboada Tabone (Cuernavaca, 1973) y que presenta 17 narraciones de sobrevivientes centenarios de la Revolución.

Las voces reunidas por Taboada y Tabone pretendieron rescatar ''la otra historia, la de los perdedores, la que no se cuenta en los libros" para los jóvenes de fin de milenio que sólo sabemos reconocer que ''el del paliacate es Morelos, el del bigote con sombrero es Zapata, y el pelón... Hidalgo".

Figura emblemática de la justicia, Emiliano Zapata ha sido personaje, símbolo y alegoría para pintores, grabadores y muralistas que, con un lenguaje plástico formal y solemne, o cuestionador y con leves toques de juego (lamentablemente los menos), han recreado la silueta del revolucionario, el rostro del héroe, el gesto del rebelde.

Amparados en el realismo que les ofrecían las fotografías de época, los artistas mexicanos construyeron a Zapata en muros y cuadros de caballete, en pinturas transportables y en collages. Lo mismo David Alfaro Siqueiros que Diego Rivera y Adolfo Best Maugard, o Alberto Gironella y Arnold Belkin, retrataron a su manera el rostro moreno, el bigote profuso y la mirada penetrante del caudillo de la Revolución mexicana.

Sin duda los muralistas y muchos grabadores del Taller de la Gráfica Popular fueron de los protagonistas fundamentales en la tarea de enaltecer a lo que de suyo es un mito.

Diego Rivera, “un zapatista místico'' como lo definió David Alfaro Siqueiros en Me llamaban el Coronelazo, pintó a Zapata como “santo'' en los corredores altos de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Pero también Rivera produjo un Paisaje zapatista muy festejado por los historiadores y críticos, pero que el escritor Luis Cardoza y Aragón dijo que “no sería bueno ni como portada de revista de publicidad. Nunca he entendido el folclor cubista de Rivera (y) el cubismo y el folclor no tienen nada qué ver entre sí''.

En tanto, Siqueiros hizo lo propio en México y en Chile. Por una parte, en la Sala Revolución del Museo Nacional de Historia de nuestro país rescribió la historia de La revolución contra la dictadura porfirista en la que varios segmentos de pintura subrayan la participación de los precursores e ideólogos que hicieron posible el movimiento. Entre 1957 y 1967 (un periodo largo por la inconstancia en el trabajo dada la actividad política de Siqueiros y su encarcelamiento acusado de “disolución social''), en la vasta superficie mural Siqueiros ubicó a los campesinos anónimos que encabezaron la lucha agraria y retrató luego a Francisco Villa, a Álvaro Obregón y a Zapata, entre muchos otros, pero los situó en segundo plano, modificando así la concepción esquemática de que la historia la escriben los grandes hombres.

Años antes, en 1942 y hasta Chillán, Chile, el Coronelazo había montado una pieza muralística en la que ofreció su historia de México, con la presencia de personajes como Cárdenas y Juárez, Hidalgo, Morelos y, por supuesto, Zapata.

Con otros rasgos en la paleta pictórica, alejándose un poco del realismo aunque sin salvarse completamente de él, con su búsqueda en torno de la figura humana, Arnold Belkin retomó la imagen del caudillo de la Revolución. Con su obra, caracterizada por fragmentaciones en trazos longitudinales y horizontales, realizó en 1978 una amplia serie de acrílicos en torno de un Zapata en primerísimo primer plano geometrizado, dividido en trazos, o que muestra el esqueleto de un cuerpo radiografiado.

La llegada de los generales Zapata y Villa al Palacio Nacional el 6 de diciembre de 1914 es otro cuadro en el que Belkin ofrece su homenaje al insurgente. Basado en la foto histórica en la que los guerrilleros comparten la silla presidencial, el extinto pintor ofreció en 1979 un montaje teatral sobre el acontecimiento, con la presencia del ejército zapatista y sus impulsores, en un escenario en el que resalta una transposición de planos. Más tarde, en los años ochenta, construyó el mural portátil Traición y muerte de Zapata, donde recurre a la yuxtaposición de situaciones del pasado y del presente para hermanar a dos espíritus rebeldes: el del oriundo de Anenecuilco y el de Rubén Jaramillo.

Empapada de realismo, la pieza de 1982 fue concebida como díptico junto con el acrílico acerca del asesinato de Jaramillo y su familia. La parte que rememora la traición del coronel Jesús Guajardo a Zapata ofrece la imagen del líder que se desdobla hasta desplomarse muerto, en una composición con elementos cinematográficos.

Otro pintor atraído por el símbolo revolucionario es Alberto Gironella. En su obra que mezcla lo mexicano con lo español, unió la leyenda del morelense con la del conde de Orgaz (como paráfrasis del célebre cuadro de El Greco) y creó un conjunto de obras que intituló El entierro de Zapata y otros enterramientos, una exposición en el Palacio de Bellas Artes realizada en 1972 en la que integró su visión de la historia mexicana con su herencia iconográfica española.

En Zapata, cuadro de 1958, la historiadora del arte Rita Eder observa la efigie idealizada del guerrillero que retomaría Gironella 14 años después, pero como una reflexión más a fondo sobre la revolución traicionada. Es así que en El entierro de Zapata, cuadro central de la muestra ya mencionada, el artista emprende la metamorfosis de la leyenda del entierro del conde en la leyenda de la muerte de Zapata. En el libro Gironella (Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1981) Rita Eder escribe que el pintor mexicano da una versión profana de la historia y reordena los documentos visuales de la narración oficial de la Revolución mexicana, al tiempo que la crítica de arte Raquel Tibol analiza en Excélsior (noviembre de 1972) el cuestionamiento menos solemne que hace Gironella de valores y de criterios consagrados en la historia oficial.

Fiel a sus collages y ensamblados que se complementan con elementos cotidianos de desecho, Gironella realizó cuadros como Zapata con balazos (1988) y La muerte de Zapata (1974) en los que el líder tachoneado con negro y rojo aparece tiroteado por corcholatas y un tronco de árbol que lo enmarca y bien puede ser el cuerpo de una escopeta.

Sin pretensión de que sea un recorrido exhaustivo, estos fueron algunos ejemplos de los trazos tan de símbolos que ha generado un mito, rasgos tan disociados como los del realismo y el cubismo, o la figuración con aires de geometrismo y hasta al collage en que han reparado autores de diversas épocas en torno del “charro entre charros'' nacido el 8 de agosto de 1879, asesinado hace 80 años y que aun muerto, muchos consideran que aún vive.

Sin duda Emiliano Zapata ha cabalgado por los senderos del cine, si algún Emiliano le dio la vuelta al mundo, fue el que interpretó Marlon Brando en la película de Elia Kazan, ¡Viva Zapata! . Un extraordinario y pésimo filme que realiza un excepcional análisis psicológico de un caudillo dentro de una mentira histórica, que nos dice más de la mentalidad estadounidense que sobre la Revolución mexicana en sí.

También, claro está, se relaciona con lo que Zapata se había convertido al final, aislado de todos y peleando contra todos, convertido en un renegado. Pero la muerte de Zapata fue también el nacimiento de Zapata, algo que ha sido representado en el cine con gran belleza por Elia Kazan en "Viva Zapata" (1952), en la imagen del blanco alazán llamado "As de Oros" que en falsa señal de amistad le había regalado Guajardo, y que Kazan nos muestra tras la muerte de Zapata corriendo libre por la montaña y golpeando desafiante con su casco en las rocas.

¡Viva Zapata! fue la primera película que este "soplón" como lo llamó Brando recientemente realizó después de su triste odisea durante la era McCarthy. Era una producción que Kazan quería levantar desde 1935, cuando oyó hablar de Zapata en una visita que hizo a México, y le interesó su dilema trágico: "Una vez que se ha tomado el poder gracias a la revolución, qué hacer con él y que clase de estructura construir".

La idea se la contó Kazan a John Steinbeck quien, entusiasmado, le asegura que conocía muy bien al caudillo y le interesaba escribir el guión, por lo que se conjuntó así algo más profundo y apenas consciente en ellos, los dos buscaban una forma de expresar lo que era ser de izquierdas y progresistas. Al final se erigió también en la primera película "autobiográfica" de este emigrante turco, porque en el momento en que la rodó estaba en la cúspide de su carrera como director.

Kazan quería filmarla en México. Habló con Gabriel Figueroa según él, no para contratarlo, porque no le gustaban sus "efectos amanerados" sino por presidir el sindicato de técnicos. Le cayó bien pero rompieron. Cuando el fotógrafo leyó el guión ''declaró que no podía trabajar en esa película a menos que varias cosas fueran cambiadas. Peor, todavía iba a oponerse a que se rodara en México" si no se hacían, contó Kazan.

¡Viva Zapata! se filmó en Texas, sin Figueroa en la cámara ­la manejó Joe Mac Donald­ y con todos sus errores históricos. Dividida en tres actos: la revolución victoriosa, Zapata en el poder ­lo hizo presidente de México­ sin saber qué hacer con él, y finalmente, su abandono del puesto para ''volver a ser vulnerable". La cinta no gustó a casi nadie. Howard Hawks dijo que Kazan gestó ''un bandido repugnante, un papá Noel", mientras Samuel Fuller manifestó que de ''un idealista hizo un asesino". A los mexicanos también les disgustó, porque a Zapata no se le mostraba como un personaje claro; ''no lo era ­señaló Kazan­, porque dudaba y no sabía lo que hacía, trataba de encontrar una nueva vía para él mismo".

Sin resonancia entre el público, entre el disgusto de todos, la película fue para Kazan una extraordinaria experiencia que cambió muchas cosas en su vida y en sus películas, pues encontró un lenguaje formal que descubrió mediante las fotografías de Casasola que le ayudaron y hasta llego a imitarlas de una forma absolutamente precisa en ciertos casos. Para su protagonista, sin embargo, el recuerdo de interpretar un ''revolucionario mexicano", se reduce en sus memorias Brando sobre Brando­, a su fallida experiencia de enamorar a Jean Peters, entonces novia sumamente vigilada de Hawks, y a la mala vibra que le tiró Anthony Quinn, que hizo de su hermano ­en un papel que le valió además un Oscar­, por un chisme que le contó Kazan y que tenía como fin, se reflejara en pantalla porque la relación de los hermanos Zapata era antagónica. Brando considera a ¡Viva Zapata! ''una película bastante buena", en la que su director cometió el ''error de no exigir que todo el reparto hablara con acento mexicano".

¡Viva Zapata! es artificiosa. Sin embargo, no existe en el cine histórico un análisis tan inteligente de la corrupción de un líder que ha tomado el poder, el proceso mismo de cómo surge un tirano, se pudre una revolución y se da al traste con todos los ideales. La película se sostiene por el personaje de Zapata, aunque el de Soto y Gama, consejero del caudillo, es totalmente caricaturesco.

Olvidado por la literatura, Zapata aparece por doquier. La losa literaria del carrancismo pesa todavía sobre Emiliano Zapata. El personaje, se entiende, no sobre su persona o el proyecto de país que propuso.

El ciclo narrativo de la Revolución mexicana, tiene claros referentes a los protagonistas del movimiento. La filiación villista, resulta necesaria para entender Cartucho o Las manos de mamá, de Nellie Campobello; el maderismo se aprecia por principio de cuentas en Los de abajo; el orozquismo, con todo y la rara variante que es, está presente en Se llevaron el cañón para Bachimba, de Rafael F. Muñoz. Y el zapatismo, tan significativo para la vida política del México actual como olvidado por la literatura, aparece sin embargo donde menos se le espera, en La negra Angustias, de Francisco Rojas González, en la cual la protagonista encarna los valores que fueron bandera del general.

Zapata, con todo lo personaje que es, no aparece tanto en la literatura como cabría esperar. Varias pueden ser las causas. Entre ellas, su muerte prematura ante la pervivencia de otros señalados sujetos de la historia o la actitud que lo diferencia radicalmente de Villa, Zapata no labró su propia estatua ni su leyenda ni se hizo rodear, salvo lo muy necesario, de personas que representaran su lado oscuro, como sí ocurrió en el binomio Villa-Fierro.

El trabajo que hizo Germán List Arzubide respecto de la figura del sureño, Exaltación de Zapata y la pieza dramática Emiliano Zapata que se encuentra dentro del conjunto Teatro revolucionario mexicano, de Mauricio Magdaleno. Y antes de pasar a obras más cercanas en el tiempo, vale señalar la incursión de Jesús Sotelo Inclán, historiador y literato, en ese amplio ensayo con varias páginas de prosa de la mejor factura que lleva por nombre Raíz y razón de Zapata. O Los manifiestos en náhuatl de Emiliano Zapata, de Miguel León Portilla.

John Steinbeck, el mismo de Las uvas de la ira, hizo su propio Zapata, que luego serviría de base para el guión cinematográfico de ¡Viva Zapata! Lo cual acerca, aunque las obras no guarden relación entre sí, al indispensable Zapata, de José Revueltas, una pieza literaria redonda si bien técnicamente él mismo la concibió y redactó como un guión de cine.

Dos apariciones del general son insoslayables en el recuento, la que le genera Arqueles Vela, el estridentista mayor, en su obra La volanda, en la que puede apreciarse al personaje en una etapa ciertamente poco abordada, su juventud. La segunda entrada en escena sucede ya en los días que corren, uno de los tres encargos de Belascoarán Shayne en Cosa fácil, el investigador creado por Paco Ignacio Taibo II, es justamente encontrar a Zapata. Y lo encuentra, vivo para más señas.

Sólo quedan dos novelas por mencionar que están dedicadas al personaje. Una, la de Ramón Vladiosera, Zapata, 3000 años de lucha. La otra, Emiliano, de Alejandro Iñigo.

En el rubro de la poesía, se cita un breve fragmento del Diurno en la muerte de Emiliano Zapata, de Roberto López Moreno, quizá lo más reciente hecho en nombre del general: ''Por ahora, el festín ríe y se agita y los asesinos se construyen diariamente, una bestial patria, de bestias revolcándose en estiércol. Por ahora el festín está de fiesta. Ahora es tu silencio, tu madre se enllaga de tu cuerpo, se tiende junto a ti, de semilla a impotencia desgarrada, Emiliano Zapata, tu madre te busca, solloza por el hijo tierra de su tierra, niño de su tierra. Tu madre te reclama, tiembla, brama su dolor profundo, y llega a tanto ese dolor amargo, que te inventa de nuevo en cada cuna, en cada surco alzado, en cada filo, cada vez que la posee el relámpago".

Sin duda Zapata es el mejor personaje de los corridos de la Revolución. Generalmente de forma anónima, la voz del pueblo mexicano se caracteriza por recrear en tinta y música la vida y las hazañas de sus hijos predilectos. ''La bola revolucionaria", además de suprimir el viejo régimen porfirista, con el corrido inscribió en la posterioridad las figuras épicas y míticas de los caudillos que la comandaban.

Al ser con Pancho Villa, el héroe más popular de aquella etapa de la historia nacional, la vida y la muerte del caudillo del sur alcanzaron gran dimensión entre ''los de abajo", quienes se dieron a la tarea de esparcirlas por todos los rincones del país en canciones, a veces interpretándolas con alegría, otras con llanto o rabia, pero siempre con veneración: ''Campanas de Villa Ayala, ¿por qué tocan tan dolientes?, Es que ya murió Zapata, Y era Zapata un valiente..."

LIBROS Y ARTICULOS SOBRE
EMILIANO ZAPATA

ENTREVISTA AL GENERAL ZAPATISTA
AMADOR ACEVEDO
Por Píndaro Urióstegui Miranda
23 de junio de 1970

EL COMPADRE DON EMILIANO
Por Herlinda Barrientos Velasco
1991

ZAPATA: SU PUEBLO Y SUS HIJOS
Por Mario Gill
Octubre - Diciembre 1952

ASI FIRMARON EL PLAN DE AYALA
Por Rosalind Rosoff y Anita Aguilar
1976

BREVE NOTICIA SOBRE EL
PLAN DE AYALA
Por Jesús Sotelo Inclán
1976

Sección de Cultura

La Jornada sábado 10 de abril de 1999

Con Zapata y Villa. Tres relatos testimoniales:
Herlinda Barrientos, Ma. Dolores C
árdenas
y Guillermo Gonz
ález Cedillo.
Instituto de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana,
M
éxico, 1991, p. 9 a 29.

TESTIMONIOS DEL PROCESO REVOLUCIONARIO DE MÉXICO.
Por Píndaro Urióstegui Miranda.
Instituto Nacional de Estudios Históricos
de la Revolución Mexicana. México, 1987

Los últimos zapatistas, héroes olvidados.

Por Doña Candelaria

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