El sí de las niñas; Leandro Fernández de Moratín

Literatura española del Siglo XVIII. Teatro neoclásico. Marco histórico. Tema. Vocabulario. Argumento. Personajes. Estructura

  • Enviado por: Alexandre Manhaes
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 34 páginas

publicidad
publicidad

El Sí de las Niñas

De Leandro Fdez. de Moratín

ÍNDICE

I. Introducción...............................3

II. Autor.....................................4

III. a)Marco histórico y político.............11

III. b) Marco social y económico.............13

IV. Vocabulario..............................15

V. Determinación del tema....................16

VI. Argumento................................17

VII. Personajes...............................18

VIII. Análisis de la estructura................19

IX. Estudio y análisis de la forma............20

X. Síntesis y conclusión......................23

Bibliografía..................................24

I. Introducción

Mí trabajo de hoy consistirá en el comentario de texto de El sí de las niñas, escrito por Leandro Fernández de Moratín, como ya se dijo al principio. En la hoja, la cual me ayuda a realizar este trabajo, pone que debo escribir por qué lo hago; supongo que es obligación, pues lo manda el profesor y hay que hacerlo. Pero también para comprender lo que realmente nos dice el libro y penetrar en la intención comunicativa del autor, el contexto en que produce y la forma como lo expresa.

II. Autor

Biografía de Moratín

El autor de El sí de las niñas nació en Madrid el año 1760, y fue bautizado en la parroquia de San Sebastián con los nombres de Leandro, Antonio, Eulogio y Melitón. Sus padres, Isidora Cabo y el abogado y escritor Nicolás Fernández de Moratín, tuvieron después tres hijos más -Miguel, María y Facundo-, que murieron prematuramente.

Sobre el barrio donde vivió la primera fase de su vida, él mismo nos dice: “Estaba lleno de criados, de empleados en las secretarías, de dependientes, de cómicos y de músicos de teatro: entre esta gente nací yo”.

Y de sus primeros años de vida cuenta: “Era yo el embeleso de mi familia: mi hermosura, mis gracias y mi talento natural me tenían siempre al lado de mis abuelos; allí comía, allí dormía cuasi habitualmente (...) Jugar y hablar con mi abuelo, e ir con él por las tardes a la huerta de Jesús, eran mis principales ocupaciones.”

Con cuatro años de edad tuvo la viruela, que afectó a su físico e influyó negativamente en su carácter pues se hizo más retraído: “Quedé feo, pelón, colorado, débil, caprichoso, llorón, impaciente, tan distinto del que era antes, que no parecía el mismo.”

De los años en que fue estudiante guardó algunos recuerdos de sus profesores y poco más allá: “Salí de la escuela sin haber adquirido (...) ninguna amistad (...) ni supe jugar al trompo, ni a la taba, ni a la rayuela, ni a las aleluyas.”

Aunque no fue a la universidad, fue un gran lector, beneficiado por el ambiente literario en que se movía su padre. Entre sus preferencias estaba la obra de Pérez de Hita,

Guerras civiles de Granada, que le inspirará precisamente su romance sobre la conquista de Granada, eco de aquel que comienza “Cercada está Santa Fe...”

Cuando la familia se traslada a vivir a la calle de Fomento, se enamora de Sabina Conti, una joven adolescente, hija de una familia amiga, que vivía en el piso de arriba de la misma casa. Leandro tenía entonces unos veinte años. Pero, casi de improviso, por conveniencias familiares, Sabina contrae matrimonio con un pariente suyo mucho mayor que ella. Posiblemente esta anécdota dolorosa la utilizará Moratín para algunas de sus comedias: El tutor -que destruyó-, El viejo y la niña y El sí de las niñas.

Era buen dibujante, y -aunque se truncó la idea de perfeccionarse en Italia al lado de Mengs- esta aptitud le sirvió más tarde para trabajar en el taller de joyería que regentaba su tío.

Cuando, a los cuarenta y dos años, fallece su padre (1780), su sueldo como diseñador de joyas difícilmente les permite vivir a él y a su madre. A la muerte de ésta, en 1785, Leandro Fdez. de Moratín se fue a vivir con su tío, cerca de la Joyería Real, donde trabajaban ambos.

Protegido por Jovellanos, consigue la plaza de secretario de Cabarrús, a quien acompaña en su visita diplomática a París en 1787.

Cuando regresa, al caer en desgracia el conde, piensa en dedicarse a la literatura, pero -para poder vivir- acepta un beneficio eclesiástico -obtenido por mediación de Floridablanca-, lo cual le obliga a tomar órdenes menores en 1789. Al año siguiente Godoy le consigue otra renta más sustanciosa de la parroquia de Montoro (Córdoba) y una pensión del obispado de Oviedo, que luego perdería.

Entre los años 1792 y 1796, gracias a la ayuda de Godoy, viaja por Francia -donde queda impresionado por la violencia revolucionaria, - Inglaterra -cuyos habitantes considera orgullosos y de cuya lengua opina que “es infernal, y casi pierdo las esperanzas de aprenderla”-, Alemania -en donde le llama la atención lo mucho que fuman-, Suiza -la del paisaje apacible-, e Italia, país en el que permanecerá casi tres años, admirando sus ciudades y su ambiente artístico.

En 1797 toma posesión del puesto de secretario de Interpretación de Lenguas, obtenido de nuevo por el favor de Godoy.

Un año después conoce a Paquita Muñoz, quien vivía con sus padres en la calle de Silva. En el Diario y en el Epistolario de Moratín queda constancia de la estrecha relación que mantiene con esta familia. Sale con ella de paseo, van al teatro o a ver a los ahorcados, y le hace algunos regalos, como un abanico o unos pendientes. Con treinta y ocho años, Leandro no se decidió a proponerle matrimonio, se distancia su trato en 1807, y al poco tiempo ella -que es bastante más joven que él- se casa con un militar de cincuenta y cinco años, con el que no fue feliz al parecer. A Paquita Muñoz, con la que conservaría siempre una buena amistad, confiaría el retrato pintado por Goya cuando Moratín tenía treinta y nueve años.

Admirador del padre Feijoo, cultiva la amistad de Forener, Cea Bermúdez y Quintana, por citar nombres conocidos. No obstante, Leandro será una personalidad más bien esquiva al trato social.

En 1799 es elegido miembro de la junta para la reforma de los teatros; recordemos que su padre se preocupó por este tema, que contó con el apoyo del aragonés conde de Aranda. Pero cuando más tarde le nombran director de Teatros, renuncia.

En tiempos de José Bonaparte figura como bibliotecario mayor -o sea, el equivalente al director- de la Biblioteca Real, y también como consejero público de varias juntas.

En el verano de 1812, cuando su seguridad corre peligro en Madrid, enfermo y con poco dinero, se dirige a Valencia.

Al cabo de un tiempo se marcha a Peñíscola (1813), donde sufrió el asedio de las tropas españolas. De allí irá a Barcelona (1814). En esas circunstancias recibe su correspondencia a nombre de Melitón Fernández, Joseph Sol o Francisco Chiner. En las cartas nos informa de cómo transcurren sus días: “Yo sigo haciendo aquí la vida tonta, sin otra diversión que la de leer un rato por la mañana, pasear una hora por la tarde y clavarme a la luneta (butaca del teatro) por la noche.” Por otra parte, se siente a gusto en ese clima, bebe naranjada o cerveza, hace fiestas a su perra, y se defiende con la lengua vernácula: “Hablo en catalán con aullido perruno que no hay más que pedir.”

En 1817 sale hacia Montpellier, París y Bolonia. Regresará tres años más tarde, tras el triunfo de Riego, pero vuelve a abandonar Barcelona en 1821, cuando se declara la peste.

Reside luego en Bayona y Burdeos, donde trata con frecuencia a Goya. En ese tiempo escribe cartas con más amargura que nostalgia.

Reveladores de su estado de ánimo ante los avatares políticos y su caída en desgracia son estos versos del soneto La despedida:

“Dócil, veraz, de muchos ofendido,

de ninguno ofensor, las Musas bellas

mi pasión fueron, el honor mi guía.

Pero si así las leyes atropellas,

si para ti los méritos han sido

culpas; adiós, ingrata patria mía.”

Finalmente se trasladará a París (1827), repuesto parcialmente del ataque de apoplejía que le sobrevino a finales de 1823 y que le dejó muy mermado en movilidad. Cerca del fin de sus días comenta en una carta: “Nadie viene a verme, porque yo no voy a ver a nadie, y los placeres del teatro que yo disfruto se reducen a ver los títulos de las piezas que se echan, en la lista que ponen los diarios.”

Aquejado de cáncer de estómago, como Napoleón, muere a los sesenta y ocho años en la noche del 20 al 21 de junio de 1828. Fue enterrado en el cementerio de Père Lachaise, cerca de Molière y de La Fontaine.

Su obra literaria

Aunque el nombre de Leandro Fernández de Moratín lo asociamos a la comedia neoclásica, no se reduce a ella su producción literaria. Se inició en la literatura con poemas como La toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel - romance endecasílabo que en 1779 logró el accésit en un concurso de la Real Academia de la Lengua-,

y su Lección poética. Sátira sobre los vicios introducidos en la poesía castellana, en tercetos endecasílabos, que sería segundo premio tres años después.

Moratín hijo nos ha dejado aproximadamente un centenar de composiciones poéticas, entre las que hay nueve epístolas, doce odas, veintidós sonetos, nueve romances, una elegía, diecisiete epigramas y varias traducciones de Horacio.

Maneja notablemente, tanto el verso de arte menor, como de arte mayor, pero utiliza principalmente octosílabos y endecasílabos. En cuanto a estrofas, además del romance -empleado para El barón, La mojigata y El viejo y la niña- y del soneto, cultivó la décima, la silva, las septinas aliradas, los pareados, las series monorrimas sueltas y otras.

Quizá su poema más logrado sea el dedicado A las musas, pero cabe recordar otros como los que dirige A la memoria de Nicolás Fernández de Moratín, A don Gaspar de Jovellanos, A don Francisco de Goya, insigne pintor. A Rosinda, histrionisa, o al ridículo Claudio.

Pero sus mejores contribuciones a nuestra literatura dieciochesca están en prosa: el breve relato burlesco de La derrota de los pedantes (1789), en el que hace intervenir personajes mitológicos -como Apolo o Mercurio- y de nuestra historia literaria -Garcilaso o Luzán, por ejemplo- para poner de manifiesto el lamentable estado de la literatura de su tiempo y la victoria final de los verdaderos poetas; La comedia nueva o el café (1792) y El sí de las niñas (1805); el Discurso histórico sobre los orígenes del teatro español (1806-1807), ensayo en el que hace una revisión crítica desde las más tempranas manifestaciones hasta el siglo XVI, y reproduce algunos textos que corrige según su personal criterio;

su Diario (1780-1782) y (1792-1808), escrito frecuentemente con abreviaturas y mezclando de una forma muy simple términos de otras lenguas, y en donde nos da cuenta de sus gastos de lotería, carbón, alquiler, teatro, etc., de sus encuentros con meretrices o de sus visitas a “La Fontana de Oro”; conservamos también bastantes cartas dirigidas a familiares, amigos y protectores, y unas impresiones de estancia en otros países: Apuntaciones sueltas de Inglaterra y Viaje a Italia, con noticias sobre arquitectura, vida literaria, costumbres, etc.; en 1812 publica la transcripción de un breve Auto de fe celebrado en Logroño el año 1610, acompañada de notas aclaratorias; en prosa están asimismo las traducciones de Hamlet (1798), de Shakespeare; La escuela de los maridos (1814) y El médico a palos (1814), de Molière, y el Cándido (1814), de Voltaire; finalmente, un Catálogo de piezas dramáticas publicadas en España desde el principio del siglo XVIII hasta la presente época (1825) y una serie de comentarios sobre escritores clásicos o contemporáneos, en donde vierte sus personales ideas sobre el género teatral.

III. a)Marco histórico y político

La vida de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) transcurre durante los mandatos de Carlos III, Carlos IV, José I y Fernando VII.

Bajo el reinado de Carlos III (1759-1788), España se vio envuelta en guerras con Marruecos, Portugal y Gran Bretaña; con esta última se libraron dos contiendas con desigual fortuna: en la primera, perdimos Florida y obtuvimos la cesión de una parte de Louisiana; en la segunda, recuperamos Menorca y la Florida.

El reinado de Carlos III fue próspero en reformas urbanísticas y en él se fomentaron el comercio, la industria, la educación... Hecho clave de este período fue la expulsión de los jesuitas, acaecida en 1767, en un intento de subordinar la autoridad eclesiástica a la civil.

Con Carlos IV (1788-1808)España pierde cuanto había ganado con el monarca anterior. El rey, sometido a los dictados de su mujer y, más tarde, a los del favorito de ésta, Manuel Godoy, declara la guerra a Francia, cerrada con una estrepitosa derrota de los ejércitos españoles, que se hará patente en la firma de la Paz de Basilea (1795), en que España , como consecuencia de una absurda alianza con Francia, lucha contra Inglaterra y ve cómo es aniquilada su armada. La conspiración de Fernando VII y el motín de Aranjuez (1808), obligan a Carlos IV a abdicar en favor de su hijo, pidiendo más tarde el auxilio de Napoleón. Éste, viendo el momento oportuno de intervenir en España, obliga a Fernando VII a renunciar a la corona e impone en el trono a su hermano, José I. El pueblo español se levanta contra esta decisión y el 2 de mayo de 1808 se produce en Madrid un levantamiento popular que luego se extendió a la totalidad de la nación,

dando lugar a la guerra de la Independencia.

La contienda finaliza en 1814 y Fernando VII vuelve a España. Este rey impone nuevamente la monarquía absoluta, aunque, en 1820, se ve obligado a restablecer la Constitución. Poco durará tal situación, pues en 1823, y, con ayuda del ejército francés, consigue derribar las Cortes. Su despotismo propició la pérdida del imperio colonial hispanoamericano y se evidencia con la promulgación de una pragmática según la cual su hija Isabel, en detrimento de don Carlos, hermano del rey, heredaría el trono. De este modo, tan nefasto reinado culminó con una guerra civil.

Las frecuentes relaciones con Francia originan el nacimiento de los afrancesados. Este término, que adquiere ya un sentido peyorativo a mediados del siglo XVIII, define a aquellos españoles que actúan como colaboracionistas en la guerra de la Independencia e, igualmente, a los intelectuales influidos por las ideas francesas. Unos y otros esperan que continúe la política franco-española iniciada por los Borbones y, aunque creen en la conveniencia de reformas políticas y sociales, no quieren dejar paso libre a todas las pretensiones revolucionarias. Su peso en la historia española del XVIII será muy notable.

III. b) Marco social y económico

En este período se experimenta un notable crecimiento demográfico, llegándose a los doce millones de habitantes, cantidad muy importante, máxime si se tienen en cuenta los estragos que entre la población sembraban la mortandad infantil, las epidemias y las sucesivas olas de hambre.

La mayor parte de España vivía bajo un régimen señorial, hasta el extremo de que eran minoría los municipios de realengo. Los señores solían ser nobles o gentes enriquecidas, que recibían rentas en dinero y en frutos, y que arrendaban los oficios públicos. Existían además prósperos y menos apremiantes en las exigencias.

A pesar de que España era un país de base campesina, habían otras ocupaciones, como las artes mecánicas y los oficios manuales, pero éstos no eran socialmente apreciados. Para combatir tal prejuicio, Floridablanca declaró en 1783 que todos los trabajos eran honorables.

El número de mendigos era elevadísimo, ya que muchos eran pobres fingidos. Se advierte además un empuje creciente del funcionariado, para reforzar la centralización administrativa. La burguesía ilustrada ansía una regeneración económica, mediante la intervención del Estado.

Es éste un siglo preocupado por la educación. Jovellanos pretende que se haga obligatoria la enseñanza primaria. Las sociedades económicas se interesan también por la difusión de la cultura, y promocionan los experimentos agrícolas y la formación profesional. Por su parte, las juntas de comercio impulsan los estudios técnicos y náuticos.

Como contrapartida muchos nobles desprecian la cultura y se aplebeyan.

El pueblo, cuando puede, se divierte en las fiestas campestres, jugando a los bolos, a la pelota o a los naipes. El teatro y los toros se encuentran más bien en las ciudades. Otro tanto sucede con los bailes de disfraces y máscaras, los de salón y las tertulias.

Tertulias las hubo en celdas de religiosos, como Feijoo o Sarmiento; más mundanas, como las de la duquesa de Alba o la condesa de Benavente; o en los recién estrenados cafés, a partir del último cuarto de siglos. Con todo, la más famosa posiblemente fuera la de la Fonda de San Sebastián, a la que acudían -para hablar de literatura, de amor o de toros- Nicolás Fernández de Moratín, Cadalso e Iriarte.

Las corridas de toros gozaron de gran éxito desde 1740, aunque sufrieron los ataques de Feijoo, Jovellanos, Meléndez Valdés, Cadalso, etc., para quienes éstas favorecen la ociosidad, alientan un instinto bárbaro y afectan a la cría del ganado.

Las comedias preferidas por el público de la época eran las de santos, las mitológicas y las de magia, por la complejidad de su puesta en escena. No siempre, por consiguiente, se cumplía el deseo de Jovellanos -manifestado en su obra Memoria sobre los espectáculos- de que el teatro sirviera de instrucción, y no sólo de deleite popular.

Como actor destacó el gran Isidoro Máiquez, que interpretaba con realismo y apasionamiento. Y entre las actrices recordemos a La Tirana, que fue la actriz predilecta del público madrileño durante más de diez años en la segunda mitad del siglo. Se interesó por la propiedad escénica, por el vestuario y el decorado. Por su picardía en escena, hemos de mencionar a la bella granadina La Caramba, y, como actriz intuitiva -a pesar de que no se estudiaba muchos los papeles-, a la malagueña Rita Luna, reina del teatro de la Cruz más de quince años.

IV. Vocabulario

Palabras

1-Desvencijadas (pág. 38) -Aflojadas, desconcertadas las partes [de una cosa]: sillas ~.

2- Zalameras (pág. 60) - Cariñosas, empalagosas.

3- Bribona (pág. 66) - Holgazana picaresca.

4- Botarate (pág. 66) - Hombre alborotado y de poco juicio.

5- Achaques (pág. 151) - Vicio o defecto común o frecuente.

Expresiones

1-”con los cascos a la jineta” (pág. 57) - con poco asiento y reflexión.

2- “Más ha comido que un avestruz” (pág. 60) - ha comido demasiado, muchísimo.

3- “en dos latigazos llegamos” (pág. 65) - llegamos rápidamente.

4- “y abandone de ese modo la bandera” (pág. 106) - e incumplir su misión como militar.

5- “mudar de bisiesto” (pág. 83) - cambiar de conducta.

6- “un hombre de capa y espada” (pág. 88) - Sin títulos académicos ni de nobleza.

V. Determinación del tema

El tema lo dice Don Diego en la página 158:

“Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece 1, y éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores 2, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba... *Ay de aquellos que lo saben tarde!”

1 - Tema principal.

2 - Idea secundaria importante.

Y otra idea secundaria sería

- Al amor no hay que estorbarlo.

VI. Argumento o síntesis

Una adolescente que creció la mayor parte de su vida en un convento es llevada a casa por su madre, doña Irene. Doña Francisca, la hija, de una familia de clase media baja, conoce a un militar muy apuesto y galán, don Carlos. Se encuentran en una fiesta de cumpleaños de una señora de familia de Guadalajara, cuyo marido era el dueño de la casa en la cual se hospedaba don Carlos. A partir de ahí, con algunas tretas del criado de Carlos, Calamocha, se encuentran algunas noches desde una de las ventanas del convento de monjas.

A camino de casa, madre e hija se alojan en un “hotel” donde su madre conoce al hombre que cree que es ideal para su hija, don Diego. Él era un caballero muy franco, generoso y comprensivo. Doña Irene decide casar a su hija con él, pero él ve que ella no es feliz, a pesar de todos sus intentos fallidos de ser una persona amable.

En la víspera de su viaje a Madrid para casarse, aparece don Carlos en el hospedaje de Alcalá. Doña Paquita se aflije al saber que su amor ha llegado, después de su última carta diciéndole que se casaría dentro de poco tiempo.

Don Diego, por casualidad, encuentra a don Carlos, que es su sobrino; éste le expulsa de Alcalá para que haga su misión en Zaragoza como buen oficial. Finge irse, pero vuelve para hablar con la chica. En esto don Diego observa a Carlos tirándole una carta, la cual Simón, el criado de Diego, coge. Así todo se descubre y don Diego lo comprende al ser una persona mayor y ve que está intrometiéndose en el amor de dos jóvenes, locamente apasionados. A pesar de la poca aceptación de su madre, su hija le quiere y no puede hacer nada, en cuanto a don Diego, se siente feliz al ver sus dos personas más queridas juntas para el resto de sus vidas.

VI. Personajes

Don Diego es el personaje que interviene en más escena. Siendo un caballero rezonador, franco, generoso y comprensivo, se siente atado a la opinión de la gente por el paso que va a dar. A él encomienda Moratín el esfuerzo de controlar el desenlace. Domina la ilusión que le habían hecho concebir y libremente consiente en dejar su puesto de esposo de la niña. Con doña Irene sabe ser burlón y energético.

Doña Francisca (Paquita o Frasquita, como le dice su madre) es una muchacha obediente y juiciosa, que finge ser ingenua, pero que se siente culpable porque vive la emoción del amor contrariado. Modesta, vive su enamoramiento con sobriedad y pasión a la vez.

Don Carlos es un joven instruido, buen chico y sumiso ante su tío. Su arrojo se revela casi al final de la obra, en el momento en que doña Irene experimenta un ataque de ira; en otras escenas es el enamorado que -sorprendido por la presencia de su tío- no podría tal vez hacer frente al hecho de que su protector resultase además su rival.

“Por su parte, los criado tienen menos oportunidades de conseguir una caracterización psicológica más completa; no obstante, contribuyen eficazmente a la estructura y desarrollo general de la obra.”

VIII. Análisis de la estructura.

El nudo o introdución consiste en el primer acto (mira cómo nos lo puso fácil don Leandro Fdez.), donde el autor ya ha contado la historia de los personajes y muestra sus intenciones y pasiones, para poder seguir la historia.

El desarrollo es el acto segundo por entero, donde don Diego ya está convencido del amor con Francisca hasta que ve que ella no está feliz con él y que hay alguien más ocupando el corazón de la chica. Y apareciendo don Carlos para interferir todevía más la relación de don Diego con doña Francisca.

El acto tercero constituye el desenlace, cuando don Diego descubre el amor frenético entre Paquita y su sobrino. Don Diego sabe que no podrá superar ese amor, pero le quiere demasiado a la chica y sabe que todavía cuenta con el apoyo de la madre y las tías de la joven. Hasta que al final él ve que lo más feliz que podría pasar era ver sus dos personas más queridas, muy felices.

IX. Estudio y análisis de la forma

Esta comedia posee un desarrollo sin excesivo aceleramiento, está dotada de naturalidad y un buen ritmo teatral. A ello se une cierta ironía, un aire ligeramente patético, pero muy en consonancia con la composición moral de Moratín.

La niña se resiste a decir sí porque no se identifica sinceramente con ese compromiso, y el futuro esposo recela de la insistencia de la futura suegra y quiere oír un sí decididamente convencido y sentido hasta los límites que él juzga deseables. Como es una obra en la que prevalece el tema sobre la acción, la cual está limitada por el espacio y el tiempo -de acuerdo con la convención neoclásica-, Moratín delimita estrictamente el único espacio escénico y juega sutilmente con el transcurso de las horas y la venida del día. Con él se hará clara la situación, que alcanzó su máxima tensión en el momento de la noche en que don Diego se da cuenta de lo que pasa. Las peripecias han sido mínimas, pero suficientes para llegar a la justicia poética sobre la que se construyera la trama.

Las escenas no son todas igualmente importantes, unas son más reflexivas o sentenciosas y otras más espontáneas y ágiles. En cada un de los actos encontramos algún monólogo: I, 5 y 7; II, 1 y 13; III, 4.

Leandro Fdez. de Moratín maneja con soltura el español moderno y, singularmente, en esta comedia procuró reflejar un diálogo vivo, en el que abundan las interrupciones, las frases de estructura sintáctica incompleta, los modismos, las expresiones coloquiales, y, en todo momento, la discreción y el habla educada.

“El léxico empleado por Moratín en esta obra no es tan rico como el de otros escritores, pero no podría calificársele de pobre o impropio.”

La sintaxis es natural, hasta el extremo de incurrir algunos descuidos, tales como el repetido uso del “con que” como nexo, el laísmo, etc. Son sus personajes quienes hablan y lo hacen con la omisión que corrientemente padecemos.

En cuanto a su vocabulario, he de decir que fue moderado en el empleo de préstamos de otras lenguas: algunos italianismos y muy pocos galicismos y anglicismos.

Recursos estilísticos

Metonimia:

(pág. 106) - “abandone de ese modo sus banderas” - Equivale en sentido figurado a incumplir su obligación como militar.

Metáfora pura:

(pág.63) - “... y a las primeras diligencias cos hallamos con que los pájaros volaron ya...”

Metáforas:

(pág. 53) - “Bien por lo que puede tronar”

(pág. 117) - “es un monstruo de crueldad”

Hipérbole:

(pág. 60) - “Más ha comido que un avestruz”

(pág. 63) - “nosotros a medio moler”

(pág. 96) - “mis melancolías me hubieran matado”

Comparaciones:

(pág. 58) - “Como una plata era el angelito”

(pág. 71) - “y si no ensayamos esta contradanza, nos hemos de perder en ella.”

(pág. 80) - “*Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene.”

Hipérbaton:

(pág. 38) - “Despacio la han tomado, por cierto”

(pág. 58) - “y al cabo y al fin...”

Personificación:

(pág. 51) - “Hoy se ha dejado sentir el calor en forma”

(pág. 80) - “*Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios rezando el Gloria Patri y la oración del Santo Sudario!”

(pág. 98) - “*El dinero! Maldito él sea, que tantos desórdenes origina!”

Perífrasis:

(pág. 59) - “Me le habrán dejado morir”

Ironía:

(pág. 46) - “que para ir por la posta hizo muy buena diligencia”

(pág. 53) - “Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.”

(pág. 136) - “Esto es lo que se llama criar bien a una niña”

X.Síntesis y conclusión

Un libro fácil de leer, con naturalidad en los diálogos, además es un libro bastante corto y si prestas bastante atención al leer el libro, fluye como el agua. Pero al ser solo diálogo muchas veces tienes que volver para recordar quien dijo qué, porque no lo habías cogido antes. Los personajes son muy cabezotas y siempre tienden a lo mismo (bueno, sería bastante complejo escribir un texto largo en el que los personajes siempre cambien de opinión).

Don Diego al principio fue algo inocente al dejar que doña Irene le hiciera la cabeza, con eso de casarse con su hija, en cambio al final fue muy noble al ver que se equivocó y dejar que los dos jóvenes se casasen. Doña Irene con su aire dominador hizo que su hija siempre estuviera a sus órdenes y que escondiese la verdad hasta el final. Don Carlos hizo lo que podía, pues tener como competidor a un tío al que le consideraba un padre es todo muy difícil, además si dependía a veces de él. Creo que el autor tenía que hacer que la trama se complicase más, talvez usando a uno de los criados, para hacer el texto un poco mayor (bueno, vale, es una novela corta) y más realista, pues mira que tener a tres criados tan fieles como esos; bueno, quizás existiera alguno así.

Bibliografía

*El sí de las niñas - Leandro Fdez. de Moratín; Biblioteca Didáctica Anaya, nº 8.

*Enciclopedia Microsoft® Encarta® 97

*Literatura Española 2 - Fernando Lázaro, Vicente Tusón; Anaya

2