El político y el científico; Max Weber

Sociología contemporánea. Sociólogos. Asociación política. Monopolio de violencia. Política y Ciencia

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Introducción previa

Max Weber (1864-1920) es tal vez el teórico más importante de la sociología del siglo XX. Su obra no puede reducirse al estrecho marco de la sociología, ya que abarca un amplio espectro en el cual se incluyen la economía, el derecho la historia y el análisis político. Esta obra en su conjunto ha ejercido una influencia determinante en la sociología y en la antropología contemporánea, especialmente en el funcionalismo norteamericano, y hoy continúa en el centro del debate metodológico y epistemológico de las ciencias sociales.

Dentro de la antropología la influencia de Weber es clave, especialmente en los campos de antropología económica, antropología industrial y antropología política.

Max Weber nació en Erfurt, la capital de Turingia en 1864 Hijo de una familia perteneciente a la burguesía liberal, Weber no escapó a un ambiente doméstico formado por un padre, destacado político y jurista, con una estricta autoridad y una madre calvinista y puritana con una fuerte vocación religiosa.

Al entrar en la universidad, Weber ya había demostrado una notable erudición en cultura clásica e historiografía. Tras doctorarse a los 25 años, comenzó una brillante carrera académica. Enseñó Derecho en la Universidad de Berlín y Economía en Friburgo; y realizó una investigación empírica sobre el campesinado en Alemania.

Junto a E. Jaffé y W. Sombart fundó la revista Archiv fur Sozialwissenchaft und Sozialpolitik, en la cual publicará algunos de sus más importante trabajos. En 1918, Weber fue invitado a dar clases en la universidad de Viena y Munich. En la misma época, y poco antes de su fallecimiento en 1920, formó parte de la delegación alemana que negoció la paz en Versalles y también participó de la comisión redactora de la Constitución de Weimar.

El estudio sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo es una de las principales aportaciones de Weber a las ciencias sociales.

Entre su amplísima obra pueden citarse: Historia agraria romana (1891); Historia económica general (1923); El político y el científico (1918); Ensayos de sociología contemporánea (1911-1918); Escritos Políticos (1906-1918); Sobre las teorías de las ciencias sociales (1904 y 1917); Sociología de la religión (1904-1918); La ética protestante y el espíritu del capitalismo(1904);Ensayos de metodología sociológica (1904 y 1917).

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Contenido del libro

El libro empieza diciendo, que por política entenderemos solamente la dirección o la influencia sobre la dirección de una asociación política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado.

Dicho estado sólo es definible sociológicamente por referencia a un medio específico que él, como toda asociación política, posee: la violencia física.

La violencia no es, naturalmente, ni el medio normal ni el único medio de que el Estado se vale, por sí es su medio específico. Hoy, precisamente intíma la relación del Estado con la violencia.

Max Weber también define el estado como aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio ( el territorio es elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima. Lo específico de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida en que el Estado lo permite. El Estado es la única fuente del derecho a la violencia.

Existen tres tipos de justificaciones internas, de fundamentos de la legitimidad de una dominación. En primer lugar, la legitimidad del “eterno ayer” de la costumbre. En segundo término, la autoridad de la gracia (Carisma) personal y extraordinaria, y por último tenemos, una legitimidad basada en la “legalidad”, en la creencia en la calidez de preceptos legales y en la “competencia” objetiva fundada sobre normas racionalmente creadas,

Max Weber se centra principalmente en el segundo de estos tipos: la dominación producida por al entrega de los sometidos al “carisma” puramente personal del “caudillo”. En ella arraiga, la idea de vocación. Esta figura es vista como la de alguien que está internamente “ llamado” a ser conductor de hombres, los cuales no le prestan obediencia porque lo mande la costumbre o una norma legal, sino porque creen en él.

Max Weber, también habla de todas las organizaciones estatales y las clasifica en dos grandes categorías según el principio a que obedezcan. En unas, el equipo humano posee en propiedad los medios de administración, en otras, el cuadro administrativo está “separado” de los medios de administración, en el mismo sentido en que hoy en día el proletario o el empleado “están” separados de los medios materiales de producción dentro de la empresa capitalista.

En el Estado moderno se realiza, pues, al máximo la “separación” entre el cuadro administrativo ( empleados y obreros administrativos) y los medios materiales de la administración.

Max Weber en su estudio define al Estado moderno como una asociación de dominación con carácter institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de un territorio la violencia física legítima como medio de dominación y que, a este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de su dirigente y ha expropiado a todos los funcionarios estamentales que antes disponían de ellos por derecho propio, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas.

Max Weber también hace una distinción entre políticos ocasionales y políticos semiprofesionales.

Políticos “ocasionales” lo somos todos nosotros cuando depositamos nuestro voto, aplaudimos o protestamos en una reunión “política”, hacemos un discurso “político” o realizamos cualquier otra manifestación de voluntad de género análogo. Políticos “semiprofesionales” son hoy, todos esos delegados y directivos de asociaciones políticas que, por lo general, sólo desempeñan estas actividades en caso de necesidad, sin “vivir” principalmente de ellas y para ellas, ni en lo material ni en lo espiritual.

Max Weber también nos define las comunidades libres, que no son libres en el sentido de toda dominación violenta, sino en el de que en ellas no existía como fuente única de autoridad el poder del príncipe, legitimado por la tradición y, consagrado a la religión.

Según dicho sociólogo hay dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive para la política o se vive de la política.

La política según el pensamiento de nuestro sociólogo puede ser “honorario”, y entonces estará regida por personas que llamaríamos “independientes”, es decir, ricas, y sobre todo por rentistas; pero si la dirección política es accesible a personas carentes de patrimonio, éstas han de ser un puro” prebendado” o un “funcionario” a sueldo.

Para Max es importante la evolución del funcionario moderno, que se va convirtiendo en un conjunto de trabajadores intelectuales altamente especializados mediante una larga preparación y con un honor estamental muy desarrollado, cuyo valor supremo es la integridad.

La evolución se inicia en las ciudades y señorías italianas y , entre las monarquías, en los Estados creados por los conquistadores normandos.

Pero la cuestión que ahora nos interesa es la de cuál es la figura típica del político profesional, tanto la del “Caudillo” como la de sus seguidores. En el pasado los políticos profesionales estaban al servicio del príncipe en su lucha frente a los estamentos.

Una segunda capa del mismo género era la de los literatos con formación humanística. Hubo un tiempo en que se aprendía a componer discursos latinos y versos griegos para llegar a ser consejero político y, sobre todo, historiógrafo político de un príncipe. Una vez que consiguieron desposeer a la nobleza de su poder político estamental, los príncipes la atrajeron a la Corte y la emplearon en el servicio político y diplomático. La cuarta categoría está constituida por una figura específicamente inglesa: un patriciado que agrupa tanto a la pequeña nobleza como a los rentistas de las ciudades y que se conoce por el nombre de “gentry”.

Una quinta capa, propia del continente europeo, fue la de los juristas universitarios, que eran los que llevaban a cabo la transformación de la empresa política para convertirla en Estado racionalizado.

Desde la aparición del Estado constitucional y más completamente desde la instauración de la democracia, el “demagogo” es la figura típica del jefe político en Occidente. El publicista político, y sobre todo el periodista, son los representantes de la figura del demagogo en la actualidad. La carrera

Periodísticamente continúa siendo una de las más importantes vías para la profesionalidad política.

Mientras que el periodista como tipo de político profesional tiene ya un pasado apreciable, la figura del funcionario de partido se ha desarrollado en los últimos años.

La empresa política es necesariamente una empresa política de interesados. Prácticamente esto significa la división de los ciudadanos con derecho a voto en elementos políticamente activos y políticamente pasivos.

Sólo el periodista es político profesional y sólo la empresa periodística es, en general, una empresa política permanente. La vida activa se reduce a la época de las elecciones.

Max Weber dice que hay tres cualidades decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Pasión en el sentido de “positividad”, de entrega apasionada a una “causa”. La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una “causa” y no hace de la responsabilidad para con esa causa la estrella que oriente la acción. Para eso se necesita mesura, capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia entre los hombres y las cosas.

El resultado final de la acción política guarda una relación absoluta paradójica, con su sentido originario. Lo que importa es que siempre ha de existir alguna fe, cuando esta falta, incluso los éxitos políticos aparentemente más sólidos, llevan sobre sí la maldición de la inanidad. Ponerse después de perdida la guerra quien es el culpable no es innecesario ya que siempre es la estructura de la sociedad la que origina la guerra. Dice Max Weber, ante este hecho hay que actuar con dignidad, nunca mediante una ética que, en verdad, lo que significa es una indignidad de las dos partes.

Hay que preocuparse de lo que realmente corresponde a política, el futuro y la responsabilidad frente a él, se pierde en cuestiones, por insolubles políticamente estériles, sobre cuáles han sido las culpas en el pasado. Hacer esto es incurrir en culpa política, si es que las hay. De esta ética, Max Weber dice, igual que de la causalidad de la ciencia, que no es un carruaje que se pueda hacer parar tomarlo y dejarlo a capricho. Se le acepta o se la rechaza por entero, este es precisamente su sentido; proceder de otro modo es trivializarla.

La ética absoluta, sin embargo, ni siquiera se pregunta por las consecuencias. Toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentales distintas y opuestas entre sí: puede orientarse hacia la ética de la convicción o hacia la ética de la responsabilidad.

Max Weber dice que todo aquello que se persigue a través de la acción política, que se sirve de medios violentos y opera con arreglo a la ética de la responsabilidad, pone en peligro la “salvación del alma”.

Weber finalmente concluye diciendo que la política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura.

La ciencia como vocación

Entre nosotros la carrera científica está definida en definitiva sobre supuestos plutocráticos, pues es sumamente arriesgado para un científico joven sin bienes de fortuna personal exponerse a los azares de la profesión académica. Al menos durante un cierto número de años tiene que estar en situación de sostenerse con sus propios medios, sin tener la certeza de que más tarde podrá conseguir un puesto que le permita vivir. En los Estados Unidos, esto es diferente ya que impera el sistema burocrático y el muchacho recibe desde el comienzo un salario, que la mayoría de las veces no corresponde a lo que percibe un obrero medianamente cualificado.

Max Weber también menciona al “ Privatdozent” alemán, que en realidad no tiene derechos pero sí la razonable expectativa de que, después de haber deempeñado durante años sus funciones, se le guarden ciertas consideraciones.

Los grandes Institutos de Medicina o de Ciencia se han convertido en empresas de “capitalismo de estado”. No pueden realizar su labor sin medio de gran envergadura y por ello se produce una separación del trabajador y de los medio de producción.

Un elemento peculiar de la carrera académica es la cuestión de si un asistente tendrá alguna vez oportunidad de ocupar un puesto de profesor ordinario o de director de un Instituto. Max Weber, en virtud de su experiencia, cree tener una sensibilidad muy aguda para percibir el inmerecido destino de muchos para los que la casualidad ha jugado y juega en sentido contrario y que, pese a su capacidad, no llegan a ocupar el puesto que merecen por obra de este sistema de selección.

Un joven además de estar cualificado como sabio, también ha de estarlo como profesor y estas dos cualidades no se implican recíprocamente. Según Weber, una persona puede ser un sabio excepcional y al mismo tiempo un profesor desastroso.

Una experiencia más que suficiente y una sobria reflexión me han enseñado a desconfiar profundamente de los cursos masivos, por inevitables que sean; dice Max Weber.

Hoy en día, se necesita estar en la situación interior de vocación científica, sólo mediante esta puede tener el trabajador científico ese sentimiento de plenitud. Nada tiene valor para el hombre en cuanto hombre si no puede hacerlo con pasión, apunta Weber.

Lo que sí constituye un error grave, dice Weber, es creer que esto ocurre sólo en la ciencia y que, las cosas suceden de modo distinto en un laboratorio que en un negocio, en el campo de la ciencia sólo tiene “personalidad” quien está pura y simplemente al servicio de la causa.

La ciencia, por otra parte, es ajena a la idea de Dios. La emancipación respecto del racionalismo y el intelectualismo de la ciencia constituye la premisa fundamental para vivir en comunidad con lo divino.

La ciencia carece de sentido puesto que no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir. Hoy en día se suele hablar con frecuencia de una ciencia sin supuestos previos. Todo trabajo científico tiene siempre como presupuesto la validez de la Lógica y de la Metodología, que son los fundamentos generales de nuestra orientación en el mundo.

La ciencia proporciona conocimientos sobre la técnica que, mediante la previsión, sirve para dominar la vida, tanto las cosas externas como la propia conducta de los hombres, la ciencia proporciona métodos para pensar, instrumentos y disciplina para hacerlo.

El hecho de que la ciencia es hoy una vocación que se realiza a través de la especialización al servicio de la toma de conciencia de nosotros mismos y del conocimiento de determinadas conexiones fácticas, constituye un dato de nuestra situación histórica del que no podemos olvidarnos si queremos ser fieles a nosotros mismos. Quien es el que ha de respondernos a las cuestiones de qué es lo que debemos hacer y cómo debemos orientar nuestras vidas, es el profeta por el que una gran parte de nuestra generación suspira no existe.

Max Weber concluye su libro diciendo que no basta con esperar y anhelar, hay que hacer algo más, hay que ponerse al trabajo y responder, como hombre y como profesional, a las exigencias de cada día. Esto es simple y sencillo si cada cual encuentra el demonio que maneja los hilos de su vida y le presta obediencia.

Conclusión final

En el político y el científico, Weber no dejó nunca de subrayar que la política no tenía nada que hacer en las aulas, repitió continuamente que las virtudes del político son incompatibles con las del hombre de ciencia; pero su preocupación por separar ambas actividades no era más aguda que su conciencia del vínculo que entre ellas existe.

No se puede ser al mismo tiempo hombre de acción y hombre de estudio sin atentar contra la dignidad de una y otra profesión, sin faltar a la vocación de ambas. Pero pueden adoptarse actitudes políticas fuera de la Universidad, y la posesión del saber objetivo, aunque no indispensable, es ciertamente favorable para una acción razonable.

Finalmente podemos decir que en el pensamiento de Max Weber, las relaciones entre ciencia y política no se caracterizan solamente, como siempre se dice, por la distinción necesaria. La ciencia que él concibe es aquella susceptible de servir al hombre de acción, del mismo modo que la actitud de éste difiere en su fin, pero no en su estructura, de la del hombre de ciencia