El planeta de los náufragos; Serge Latouche

Sociedad moderna. Globalización. Vida privada ciudadanos. Intimidad

  • Enviado por: Álvaro
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 15 páginas
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Índice

1- Resumen del libro .................................................................................................pág.2

2- Comentario del libro y dossier...............................................................................pág.3

  • los náufragos del desarrollo...........................................................................pág.3

  • el mito del mundo de los ganadores..............................................................pág.4

  • el naufragio de la gran sociedad....................................................................pág.6

  • el archipiélago de lo informal........................................................................pág.8

  • el canto de las sirenas....................................................................................pág.9

  • la sociedad de los náufragos.........................................................................pág.12

  • conclusión.....................................................................................................pág.14

3- Bibliografía...........................................................................................................pág.15

Resumen del libro

El planeta de los náufragos es una manera de sentir la gran divergencia entre los países del Norte y los países del Sur. Es una visión de la significación y el alcance del movimiento de uniformización planetaria y los límites de ese aplastamiento, la globalización.

Se trata de la proliferación de cultos sincréticos, de movimientos mesiánicos que agitan el Tercer Mundo. Se trata, ante todo, de la proliferación de la nebulosa de lo informal: artesanos, pequeños oficios, que fabrican los servicios que necesitan y sustentan su propia vida entre la recuperación de desechos de la modernidad y la delincuencia.

Nos presenta a los náufragos como los excluidos del sistema globalizador, pero también como alternativa para lograr un cambio, dentro de la nebulosa de lo informal. Bajo una perspectiva pesimista de previsión de futuro, nos traslada al análisis de la modernidad occidental y los efectos devastadores que de ella se derivan.

Propone una sociedad informal que presentaría su propia modernidad alternativa bajo una forma democrática. El náufrago de la gran sociedad es el resultado de la máquina técnico-económica para engendrar excluidos. Occidente impone su cultura a todos y también sus necesidades. Los tres “cuartos mundos”, esa internacional de mendigos, esos lisiados del desarrollo y de la modernidad, dan testimonio del naufragio de la gran sociedad.

Serge Latouche propone una visión de la modernidad actual como negativa y lanza, a través de la “economía informal”, un modelo socio-económico alternativo que permite una sociedad distinta con nuevos lazos solidarios entre comunidades marginadas. Es una lucha contra la globalización y la presentación de nuevas vías de desarrollo y cooperaciones internacionales.

Comentario del libro

Los náufragos del desarrollo

En cuanto se atraviesan las barreras de la ciudad el cambio es inmediato y radical, uno se encuentra verdaderamente en otro planeta. Este extraño planeta nos lo presenta como el de los excluidos del desarrollo, de los indiferentes, de los marginados. Pobres, sin ser necesariamente miserables, estos marginados de las ciudades y campos forman el vasto planeta de los náufragos del desarrollo.

Los excluidos del desarrollo se encuentran en los campos poblados pero también en las ciudades. Las ciudades del Tercer Mundo crecen a un ritmo anual de 5%. Los marginados poseen mil caras; en primer lugar, están los excluidos radicales que mueren cada día (40.000 niños mueren cada día por miseria). El resto de excluidos se quedan como refugiados (millones de personas víctimas de cataclismos naturales), como víctimas de discriminaciones entre los mismos pobres (hindúes, luchadores de identidad, víctimas de guerras...) y campesinos del Tercer Mundo que se agarran a una tierra que ya no los alimenta. Las firmas multinacionales han creado 15 millones de empleos en el Sur durante los últimos 20 años; pero hubiera sido necesaria la creación de 500 u 800 millones de empleos para reabsorber la mano de obra disponible organizada por los diversos procesos de exclusión.

Ya no hay Tercer Mundo puesto que los nuevos países industriales se hallan en vías de alcanzar a los países desarrollados. Quedan aún miles de millones de individuos para quienes el fin del Tercer Mundo no ha sido más que el final de una gran esperanza que nació en Bandung en 1995 y fue afirmándose con el aumento del poder del Tercer Mundo, por lo menos dentro del recinto de las naciones unidas.

Pero sí hay cuartos mundos; este término lo utiliza para designar tres distintos excluidos: los marginados de países ricos, las minorías autóctonas y los países menos avanzados. Los mendigos, nunca eliminados de los países más desarrollados, han constituido un “cuarto mundo” para el que fueron creados unos organismos de “ayuda al desvalimiento”, porque el crecimiento crea inadaptados. El segundo grupo son las minorías autóctonas; un conjunto de culturas minoritarias y, a menudo, dispersas entre varios Estados, compuestas de irreductibles a la modernidad (entre 200 y 350 millones de personas). El tercer grupo, el más importante, concierne a los “países menos avanzados”; Estados- naciones enteros pues la crisis de endeudamiento de estos países destruye las ilusiones creadas por Occidente.

Los tres “cuartos mundos” presentan rasgos comunes. Todos son víctimas del progreso y están exiliados interiormente con relación a la modernidad planetaria. Las relaciones con el exterior, con los agentes de poder y con el mundo oficial se limitan al mínimo estrictamente. Martínez Tablas, en su “Visión global de la cooperación al desarrollo” explica con claridad que desde que el capital se ha convertido en la lógica imperante en las actividades económicas, se crean miles de procesos sociales que acarrean exclusiones, peligro del medio ambiente y peligro de una aldea global economizada.

Según las estadísticas mundiales, el bienestar de los occidentales es 10 veces mayor que el de los africanos. Evidentemente, occidente no es 10 veces más feliz; incluso si nos atenemos al índice de suicidios vemos que es posible vivir relativamente dichoso en unas condiciones mínimas y de fuerte marginación. Pero una marginalidad demasiado fuerte engendra frustraciones insostenibles, y una pobreza compromete la supervivencia. Gran parte de las víctimas del desarrollo, de la occidentalización y de sus secuelas reaccionan para asegurar su supervivencia. Se evalúa la media del empleo informal entre el 60 y 80% del empleo urbano en las ciudades del Tercer Mundo. Como la economía informal o sumergida atañe asimismo al campo y no se limita al empleo, no es excesivo considerar que la nebulosa informal concierne a millones de seres humanos y encubre unas situaciones contrastadas.

El mito del mundo de los ganadores

La urgencia por ganar se encuentra en lo más íntimo de la vida privada de los ciudadanos. Lo exaltan los medios de comunicación y sirve de eslogan a los hombres políticos. Pero la Europa que gana, ¿es la que queremos los españoles o solo algunos? Nos encontramos de nuevo ante el problema de la moral de lo económico. ¿Es éste el resultado de ese progreso del que tan orgullosos estamos, al haber reducido toda la riqueza de la vida al imperativo más radical de la supervivencia, mientras que aquellos a quienes consideramos retrasados pueden todavía darse el lujo de vivir? Bernard Cassen en “Geopolítica del caos” nos formula la misma cuestión cuando pregunta si la Europa que tenemos es la que queríamos todos o la que nos han impuesto. Que el crecimiento continuo termina por beneficiar incluso a los obreros se queda en un dogma; después de haber vencido y arruinado a los demás, ahora queremos impedir que mueran. La paradoja de un nuevo programa que ponga los beneficios de nuestro avance científico y de nuestro progreso industrial al servicio de la mejora y crecimiento de las regiones subdesarrolladas es un juego de ganancia solo para una parte.

Pero hay que ganar juntos, los mismos Estados prosperan con el intercambio y la cooperación mucho más que mediante el pillaje. La posibilidad de arrancarle a la naturaleza cantidades prodigiosas de riquezas permite dar a todos y a cada uno lo necesario y lo superfluo sin privar a nadie. La solidaridad de los trabajadores y la dirección de las empresas es igualmente fundamental (Taylor). La división del trabajo (desde Adam Smith) es la organización de los hombres con vistas a la producción que permite el máximo de productividad en un estado dado de conocimientos y técnicas. Desgraciadamente, el compromiso entre la autoridad y la espontaneidad, entre la cooperación y el individualismo desencadenado es inestable.

La ley del maximinismo o de la eficacia/racionalidad conoce tres formulaciones principales sucesivas. El primer círculo es el da la industrialización naciente. La división del trabajo se combina con el dejar hacer; la felicidad de unos sólo puede acrecentarse con la felicidad de los otros. El segundo círculo corresponde a la segunda revolución industrial unida a la generalización de la energía eléctrica, al desarrollo del motor de explosión (y del petróleo)y, por tanto, de las industrias mecánicas y automóviles. Se inaugura con el taylorismo y llega a su auge con el keyneso-fordismo. El tercer círculo es el de la armonía de los intereses que sigue estando garantizada por la ley de Say que dice que la productividad de las nuevas tecnologías hace bajar los precios relativos de los bienes y libera así un poder de adquisición de nuevos consumos que, a su vez, suscitan creaciones de empleo.

El utilitarismo ordinario es aquello que procura dinero y lo que el dinero permite adquirir. Como los intereses de todos son idénticos, el crecimiento del producto material es la medida del avance de la felicidad. La designación de un enemigo común, la naturaleza, demuestra que no existe armonía natural entre los intereses de la humanidad y los de la naturaleza. La moderación no tiene derecho a ciudadanía pues estamos encarcelados en la lógica del utilitarismo. Al ayudar al Tercer Mundo se ayudan a sí mismos; junto a su justificación moral evidente, la ayuda encuentra así justificación política y económica, lo que conlleva que los dos ganen pero unos menos que otros. El mensaje que nos transmite la gran sociedad es el acceso de todos a la abundancia y, al menos para los más desfavorecidos, a cierta prosperidad. No hay nada que garantice contra la exclusión social; en el cuarto mundo no escasean los perdedores totales. En los países ganadores todos ganan más o menos y en las situaciones intermedias unos pocos ganan muchos y muchos ganan muy poco. El resultado es un empobrecimiento general, aunque aumente la media de la renta. La situación de los rechazados dotados de una renta por cápita se ve degradada con relación a los ganadores puesto que cada vez será menos creíble que puedan darles alcance.

El naufragio de la gran sociedad

El naufragio de la gran sociedad no es el resultado de la pérdida de confianza de los hombres libres en su ciudad, fenómeno tan emitido por los liberales, sino de las contradicciones que transmite esta utopía. Es importante señalar que la libertad económica no es la necesaria compañera de la democracia y de las libertades civiles; esa libertad deja a los débiles sin defensa. En lo que se basa el mito de la gran sociedad es en la erección de la vida como valor supremo. A pesar de sus taras, Occidente ha hecho de la vida un valor universal. Alexander King en “la vida holística hacia una sociedad mundial” explica, bajo una visión holística, la explosión demográfica y el valor de la vida como algo supremo. El crecimiento demográfico es un bien porque es el resultado de un bien, el retroceso de la mortalidad. Esta valoración es cuantitativa; si la vida humana es cultural antes que biológica, su precio se puede medir por el reloj.

El verdadero rostro de Occidente es las cuotas de mercado y sólo esa riqueza y empleo. Pero donde encontrar esas cuotas es la pregunta clave; podrá África encontrar esas cuotas también es la siguiente pregunta. Existen varios mercados jerarquizados: el de las grandes fieras que luchan por el poder de las altas finanzas o en la gran industria, el de los empleados subalternos que aspiran a una subida de sueldo, hasta llegar a las rivalidades de los inferiores que ganan poco dinero. Pero aún faltan los que están fuera del juego económico. Como bien dice David Sogge, la industria humanitaria se basa en una justicia, introducida por Henry Ford, en la que predomina la producción masiva; y este valor se llega a interiorizar

La producción moderna en su forma maquinizada y centralizada (capitalista o socialista) implica una sumisión formal y auténtica del trabajador. Los trabajadores están totalmente integrados en la autodisciplina (la coacción se ejerce en este sentido). Al definirse el objetivo del bien común como cierta abundancia material, lo que se requiere es la preocupación por uno mismo y una vaga simpatía hacia el prójimo. El engaño resulta más grande cuando no se respetan los contratos establecidos con los débiles. La ideología de los negocios es más bien una forma de darwinismo social justificado por el interés superior de los negocios. El progreso concierne a las técnicas, no a las condiciones de trabajo de los auxiliares de la máquina. La moral de los negocios es insuficiente para asegurar el respeto a las personas en el seno del cuerpo social y ni siquiera puede ser el resultado de la lógica de los negocios únicamente; le hace falta virtud.

La vida social aún descansa sobre el amor de la pareja, el cariño de los esposo, la ternura hacia los niños, pero también sobre los celos, la antipatía y el odio. Ahora bien, estas relaciones no se pueden reducir a los cálculos de los intereses. El mito de la gran sociedad implica una ayuda de los Estados, de la comunidad internacional, de las organizaciones privadas caritativas y de otro tipo. La ayuda se convierte en explotar el “mercado de la caridad” utilizando el yacimiento potencial de los países ricos. Como no se pueden excluir las excepciones, se encontrarán explicaciones circunstanciales a dichos fracasos de ayuda: la corrupción de los intermediarios, la mala elección de los proyectos, impotencia de los agentes... La máquina técnico-económica de la modernidad funciona mediante la exclusión porque reposa sobre una competencia generalizada y sobre una apuesta no extensible cuyo único vencido es la naturaleza. El naufragio de la gran sociedad es el resultado del éxito mismo de la máquina técnico-económica para engendrar excluidos. Los tres cuartos mundos dan testimonio del naufragio de la gran sociedad.

El archipiélago de la informal

Es necesario comprender bien el significado de lo formal para delimitar qué es lo informal. Para ello, no hay que reducir lo informal a la economía pues lo informal es, ante todo, una forma de vida social. La razón de su existencia y de su éxito depende de la reinserción de lo económico en el tejido social, a veces incluso de su completa absorción. El fenómeno de lo informal se mantiene como marginal. Lo informal no sólo designa una realidad económica atípica sino una sociedad asimismo ilegible, en situación delicada respecto a la modernidad, ni legal ni ilegal, literalmente en otra parte, fuera de los marcos de referencia de los valores dominantes. Martínez Tablas nos sitúa también la cooperación dentro de lo informal pese a que sitúa la cooperación como económica principalmente.

El fracaso masivo y generalizado del mimetismo explica la emergencia de lo informal. Este conjunto considerado amorfo, al haber sido negado y reprimido, acaba fascinando por su creatividad, de la que da testimonio mediante ciertos logros excepcionales allí donde han fracasado empresas occidentales. Lo informal es reducido a economía en lo sustancial. Sin embargo, esta economía informal difícilmente puede ser condenada en bloque como irracional. De ello nace una paradoja difícil de resolver para el economista: la economía informal no puede rechazarse ni condenarse, pero tampoco se puede reconocer como una auténtica alternativa basada en otra racionalidad.

La cuestión es saber si por debajo de esa racionalidad diferente subyace otra economía y esto no admite una respuesta categórica. No obstante, la economía es una, no sólo para los economistas sino para el pensamiento occidental. Los economistas que estudian el “sector” informal intentan por todos los medios asimilarlo a las formas establecidas, corriendo el riesgo de encontrar en él una lógica que no posee. Hay mucho de dèjá-vu en el sector informal. Otro dèjá-vu son los pequeños oficios. Abdou demuestra que la destrucción de la sociedad de la sociedad tradicional creó unas necesidades que el sector formal no podía satisfacer; de ahí el nacimiento de los pequeños oficios (deshollinadores...). Otro, es el mercado negro; la actividad ilegal y la explotación salvaje obedecen a la demanda y la oferta y el sector informal entra, entonces, a formar parte del modelo ideal de la forma económica.

El canto de las sirenas

Tras haber sido ignorados y reprimidos, los fenómenos de la esfera informal, reducidos a sus aspectos económicos, han sido objeto de paternal solicitud por parte de los organismos internacionales (OIT), de los organismos no gubernamentales (ONG) extranjeros y de los poderes públicos locales. La recuperación economicista, desarrollista pero también nacionalista (pues lo informal es generalmente étnico o interétnico, regional y trans-fronterizo), es contradictoria. La “etno-industrialización” se desarrolla en forma de pequeñas células que proliferan en un medio favorable pero que pocas veces prosperan.

El éxito de la normalización, que sigue constituyendo esta política, corre el peligro de ser inaccesible por tres razones. En primer lugar por la superación de la contradicción formal-informal implica una huida adelante en la eficacia estandarizada a nivel nacional y también internacional. En segundo lugar porque los Estados-nación están en crisis, por no decir en descomposición. Y por último, porque la normalización de lo informal tiende a destruir los lazos sociales infra-nacional-estatales sobre los que se asienta su dinamismo.

El desarrollo que admira, se hace dinamizando el medio a través de iniciativas limitadas. El desarrollo basado en lo informal es una contradicción en sus términos. El paradigma del desarrollo es profundamente unidimensional; excluye el pluralismo cultural y la diferencia, mientras que lo informal se fundamenta sobre su existencia y se alimenta de ella. Con el nombre de desarrollo alternativo se propone manifestar un buen desarrollo que es en primer lugar tener raíces. En el tema cuatro del dossier, en el informe sobre el Estado del Desarrollo Humano de 1995 se ve que los cuatro componentes esenciales del paradigma del desarrollo humano son la productividad, la equidad, la sostenibilidad y la potenciación. Si el desarrollo no se enfoca hacia el aumento de la capacidad humana (mejor salud) y el aprovechamiento de la capacidad adquirida ya sea de producción y de cultura, si no se combinan las dos cosas, no se logrará un desarrollo alternativo válido. También hace hincapié en la importancia de la condición de la mujer puesto que un verdadero desarrollo humano no se conseguirá sin el provecho de la capacidad de ésta.

Es necesario desmontar el contenido y denunciar las ambigüedades de las tres piezas del desarrollo alternativo: la autosuficiencia alimenticia, las necesidades fundamentales y las tecnologías apropiadas. Las ambigüedades del concepto se translucen en la historia misma de su aparición y su moda. De ello se derivan unas diferencias importantes de concepción. El derecho a la autosuficiencia alimenticia se halla inscrito en la carta de Hermanos de los Hombres, y la campaña de esa organización de 1980 que se basaba en el derecho a los pueblos a alimentarse por sí mismos. Se denuncia la sobre-industrialización, incluida la agroalimentaria. En lo sucesivo, en lo que concierne a los países menos avanzados, el objetivo consistirá en ayudarles a sobrevivir asegurando por sí mismos la cobertura de sus necesidades esenciales.

La autosuficiencia sigue siendo un concepto nebuloso fuera de un contexto geográfico e histórico determinado. Estas nociones son la autarcía alimentaria, la autarquía alimentaria o la lucha contra el déficit alimentario. La autosuficiencia puede aspirar a rebasar únicamente la cobertura de las necesidades de los agricultores para crear una base de desarrollo industrial nacional; se trata de una estrategia de dinamismo agrario. Esta opción se opone a otra más clásica. La primera opción implica recurrir a las tecnologías apropiadas, la segunda a la revolución verde, incluso a la industrialización de la agricultura. La primera aspira a limitar y frenar el éxodo rural aislando a las pequeñas explotaciones de la lógica y de la competencia del mercado mundial.

Las contradicciones aparecen en los organismos internacionales y las instancias nacionales que son los principales motores de esta política. Mientras que el Banco Mundial no ve supervivencia para los países menos avanzados si no es frenando la degradación de su relación demográfica mediante una política de autosuficiencia, el FMI sigue inspirándose en los análisis liberales y preconiza la ortodoxia financiera, alentando el desarrollo de cultivos de exportación para asegurar el equilibrio de la balanza de pagos y del presupuesto. En cuanto a los PMA, el modelo agroindustrial queda excluido por falta de medios financieros pues no es seguro que sea aplicable ni rentable. La auto-subsistencia del campo, que hay que restaurar, entra en conflicto con la autosuficiencia alimentaria global.

La idea de autosuficiencia alimentaria aparece así muy unida a la de necesidades fundamentales; lo mismo que ella, nace de la imaginería occidental. Los partidarios del desarrollo alternativo no están exentos de estas ambigüedades; la autosuficiencia alimentaria les parece un gran paso positivo en el buen camino, sin un criterio claro previamente formado. Las necesidades “esenciales” son las que implican la cobertura de los costes del hombre, es decir, del occidental. Comprende la nutrición, la salud, la educación, sólo la nutrición tiene la apariencia de una necesidad natural porque la comparten todos los seres vivos. Hilary French, en el dossier, nos cuenta cómo está aumentando la satisfacción de las necesidades humanas como prioridad en el CNUMAD hacia el medio ambiente y el desarrollo. Nos cuenta que el abismo entre ricos y pobres aumenta y que las necesidades fundamentales de los pobres no se cubren, en unos sobran alimentos y en los pobres escasean conllevándolos a la muerte.

Estas necesidades, llamadas fundamentales, llevan fácilmente a las “tecnologías apropiadas” para satisfacerlas. Se pueden satisfacer mejor mediante unos medios específicos que mediante la oferta de productos estandarizados nacidos de un proceso uniforme de producción transnacional. La crítica a la ideología de las necesidades fundamentales se complementa con la de la tecnología apropiada. En las llamadas tecnologías apropiadas aparecen las mismas ambigüedades, y el fracaso del desarrollo del Tercer Mundo se presenta con frecuencia como el fracaso de la transferencia de técnicas de punta y rechazo del injerto tecnológico. Las llamadas técnicas intermedias son así por estar entre las tradicionales y las más avanzadas. Se pueden considerar intermedias por el número de empleos que crean, por ejemplo.

Sin embrago, todo esto no elimina su ambigüedad. Esas técnicas pueden ser las más convenientes para los usuarios del Tercer Mundo, pero el desarrollo de esta técnica debe ser aclimatada y domesticada progresivamente. El éxito del desarrollo es, en este caso, el resultado del simple hecho de haber efectuado la buena elección de las técnicas y de no haberse dejado seducir por las sirenas del as fábricas ni por el espejismo del atajo tecnológico.

La sociedad de los náufragos

Hay que intentar distanciarse de las referencias y señales de nuestro entorno familiar para concebir un modo de habitar en el planeta diferente de los cuatro últimos siglos. El totalitarismo excluye cualquier otra forma de organización social distinta a la suya, la única racional. Para la opinión general, y en los usos científicos, el nivel de vida se refiera concretamente al bienestar material y constituye un concepto mensurable, cercano al de la renta por cápita. Es un concepto inscrito de la modernidad que afirma que un hombre vale el dinero que posee. Esta obsesión viene dada por la generalización de las contabilidades nacionales, la difusión del consumo de masas en los principales industriales durante los “treinta gloriosos” y la universalización del mito del desarrollo.

El nivel de vida condensa todas las dimensiones del mito de Occidente de la modernidad y del desarrollo; este mito constituye una esfera perfectamente auto-referencial de un número pequeñísimo de elementos. La interacción de los elementos es auto-dinámica; provoca un crecimiento ilimitado de la riqueza material.

El enriquecimiento americano según Bertrand de Jouvenel se convierte en el cuento de hadas de la modernidad y calcula que con un crecimiento en la renta per cápita de un 3,5% por año se llega a su multiplicación por 31 en un siglo y 961 en dos siglos, lo cual, no tiene ningún sentido. La occidentalización del mundo ha impuesto la categoría nivel de vida como instrumento pertinente para captar la realidad social y el objetivo de su elevación como obligación moral para los dirigentes de los Estados- Nación independientes. El paternalismo de las organizaciones internacionales sigue siendo etnocentrista. El nivel de vida y la obsesión por su elevación aportan un extraordinario empobrecimiento de la vida al excluir sus principales aspectos. La muerte en primer lugar está herida de muerte. La enfermedad y la vejez son asimismo fracasos parciales, nuestro empobrecimiento culmina con el desprecio a la pobreza.

Hilary French en “Un nuevo tipo de relaciones participativa” remarca que, si bien se ha avanzado de manera impresionante en el aumento de la inmunización, de reducción de la mortalidad infantil y se ha aumentado la esperanzada de vida, más de mil millones de personas no disponen de agua potable y mil millones de adultos no saben leer o escribir. Como señala Alan Durning en “¿Cuánto es suficiente?”, los cinco factores que parecen desempeñar un papel en el cultivo de su nivel de vida son: la influencia de las presiones sociales en las sociedades masificadas, la publicidad de la cultura de la compra, diversas políticas gubernamentales y la introducción del mercado masificado en el terreno tradicional de la autosuficiencia doméstica y local.

Al introducir en el circuito de la riqueza las producciones materiales necesarias para la vida, la sociedad moderna de la abundancia hace que los pobres estén en peligro de morir de hambre en ella y se convierten en miserables. La mayoría de nuestros contemporáneos con el nombre de técnicas de comunicación envilecen el pensamiento, lo neutralizan y lo ponen como arte. La sociedad de los náufragos no puede funcionar si no es con otra lógica, con otra riqueza y con otra pobreza.

La lección de lo informal constituye una luz de esperanza pues los náufragos del desarrollo pueden conseguir reconstruir un contexto social donde se haga la fusión de las diferentes aportaciones. Esta síntesis concreta realizada en la producción informal se prolonga en la síntesis imaginaria acuñada por los “profetas”. El profetismo se propaga por todas partes en el Tercer Mundo. El rechazo del cristianismo en la isla de Tanna y la resurrección de la costumbre por parte de los “John Frum” es un testimonio interesante.

Formas rurales y urbanas pueden ser complementarias. El contacto con fuentes rurales fortalece la resistencia a Occidente y mantiene vivas unas creencias sobre otro contexto social. La ciudad condena a los excluidos a asumir la herencia de la modernidad. Encontramos esta complementariedad en áfrica negra y, parcialmente, en América latina.

Conclusión

Existe una internacional de los cuatro mundos. Tenemos nuestros propios desheredados, nuestros olvidados, nuestros excluidos y marginados. Los heridos y las víctimas del desarrollo se encuentran ante nuestras puertas. La esfera de lo informal podría ser una sociedad auténticamente postmoderna, su existencia y su funcionamiento constituyen la refutación de la gran sociedad, pero no por ello podemos tener ninguna certidumbre del éxito del planeta de los náufragos.

V. Fisas en “Cultura de la paz y gestión de conflictos” habla de que la felicidad no se consigue a nivel mundial. La guerra y la violencia impiden que el ser humano sea feliz e intenta aclarar el concepto de paz y cómo conseguirla. Como bien dice Serge Latouche bastaría con que los náufragos de esta isla se unieran en un programa, a un mismo tiempo social y económico, partiendo de la idea de trabajar sin normas de producción nacionales. Pero como bien se indica en el “Informe sobre desarrollo humano de 1995” los retos fundamentales en materia de desarrollo humano para lograr este tipo de sociedad informal requerirán la celebración de pactos mundiales.

Se requiere también un cambio de felicidad plural y complejo y no de tener más o ser mejor para uno mismo, sino para los demás. Alan Durning en “¿Cuánto es suficiente?” nos remite que, según unos informes de la Universidad de Chicago, los americános de ahora no son más felices que los de 1957. También resalta que los occidentales, japoneses, filipinos... se encuentran en un grado medio de felicidad, mientras que pobres de Cuba son bastante más felices de la media.

Bibliografía

  • Bernard Cassen: “Geopolítica del caos”

  • A. King: “La vía holística hacia una sociedad mundial

  • H. French: “Per un nou tipus de relació participativa”

  • A. Durning: “¿Cuánto es suficiente?”

  • PNUD: “El estado del desarrollo humano de 1995

  • Martínez Tablas: “Visión global de la cooperación al desarrollo”

  • V. Fisas: “Los movimientos de solidaridad y la realidad política”

  • D. Sogge: “Compasión y cálculo. Un análisis crítico de la cooperación no gubernamental al desarrollo”

  • V. Fisas: “Cultura de la paz y gestión de conflictos

  • Serge Latouche: “El planeta de los náufragos

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