El maestro de esgrima; Arturo Pérez-Reverte

Literatura española contemporánea. Siglo XX. Narrativa. Novela de aventuras. Contexto histórico decimonónico. Argumento. Personajes. Película

  • Enviado por: Daniel González
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 37 páginas
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ÍNDICE

MARCO HISTÓRICO-POLÍTICO. LA IDEA DE ESPAÑA...........2

PÉREZ-REVERTE: INTRIGA, MISTERIO Y EROTISMO...........8

PEDRO OLEA Y JAIME DE ASTARLOA: LA ADAPTACIÓN...13

CONCLUSIONES.................................................................................35

MARCO HISTÓRICO-POLÍTICO. LA IDEA DE ESPAÑA

La acción de “El maestro de esgrima” se sitúa, según Pérez Reverte, a partir del año 1866 (si bien la película parte, no se sabe si intencionadamente, de 1868) en el Madrid de Isabel II, hija de Fernando VII y Maria Cristina de Borbón.

Para el estudio de los acontecimientos más importantes del reinado de Fernando VII (hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma) nos remitimos a los años 1806-1808, en que el futuro monarca dirigió sin éxito La Conspiración de El Escorial contra Godoy, recibiendo la corona tras abdicar su padre, después del Motín de Aranjuez, el 19 de marzo de 1808. Su primer reinado sería corto (hasta el 6 de mayo de dicho año), debido al papel del general Murat, que le atrajo a Bayona, en donde se vio obligado a abdicar en favor de su padre y éste, a su vez, en favor de Napoleón, el cual cedió la corona a su hermano José I. Así, mientras en la península se libraba la Guerra de la Independencia y en Cádiz se establecía un régimen constitucional que le reconocía como único rey, Fernando VII se declaró ante Napoleón como su más humilde súbdito con el propósito de pedir la mano de una de sus sobrinas (concretamente, la primogénita de José I). Las Cortes de Cádiz aprueban la Constitución de 1812; será el año siguiente cuando a través del Tratado de Valençay, Napoleón le reconozca como rey de España. El 4 de mayo de 1814 atendiendo al manifiesto de los persas, se redacta un decreto por el que se anulan todos los actos de las cortes realizados en su ausencia, volviendo a un régimen absolutista, por el que llevaría personalmente la gestión de su gobierno, incluyendo la depuración de afrancesados y liberales. A partir de aquí se sucederán una serie de levantamientos militares liberales, por parte de Mina(1814), Porlier(1815), Lacy(1817) o Vidal(1819), destacando además la Conspiración del Triángulo(1816) todos fallidos, hasta que el coronel Riego triunfe en Cabezas de San Juan(1820). El 9 de marzo de 1820, instalado un gobierno provisional, Fernando firma la Constitución de 1812, por la que comienza el Trienio Liberal, se suprimen la Inquisición, los mayorazgos y los señoríos; no obstante la oposición intransigente de los absolutistas, a través de la Regencia de Urgel, forzaron a Fernando VII a solicitar ayuda a las potencias de la Santa Alianza.

En abril de 1823, entra en España el ejército de los Cien Mil Hijos de san Luis, al mando de Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema, el gobierno liberal abandona Madrid y se lleva prisionero a Fernando VII hasta Cádiz. Tras la toma de la misma por los franceses, liberan al rey y le restituyen todos sus poderes, comenzando así la década ominosa (1823-33). Se restablecieron las instituciones previas a 1820, salvo la Inquisición. La represión fue muy rigurosa, la mayor parte de los elementos liberales emigraron y la presión de las potencias europeas provocó el decreto de amnistía del 1 de mayo de 1824.

Esta política causaría la aparición del partido de los apostólicos (ultra), posteriormente configurado alrededor del hermano del rey Carlos María Isidro, que daría origen al carlismo, llevando a cabo en Cataluña, la guerra dels malcontents (1827).

Por el lado liberal abundaron también las conspiraciones: la de los emigrados, dirigida por Mina (1824), el desembarco de los hermanos Bazán en Guardamar (1826), otra expedición de Mina (1830), y la de Torrijos (1831), todas fallidas.

Tras enviudar de María Antonia de Nápoles, Isabel de Portugal y María Josefa Amalia de Sajonia, Fernando VII se casa con María Cristina de Borbón-Nápoles, con la que tuvo a Isabel y a María Luisa Fernanda. Para posibilitar el acceso al trono de sus hijas, derogó la Ley Sálica en 1830; si bien realmente fue derogada por las cortes en 1789, aprobando una Pragmática Sanción, que no fue publicada hasta 1830.

Un grupo de realistas puros apoyados por la Santa Alianza, negó la legalidad de la Pragmática intentando en los sucesos de la Granja de 1832, la sucesión a favor de Carlos María Isidro y, aprovechando una grave enfermedad del rey, consiguen que se firme un Decreto derogatorio de la Pragmática. Una vez repuesto éste, el gobierno de Francisco Cea Bermúdez repone la Pragmática, y se solucionan los problemas de sucesión para Isabel II, estableciéndose el régimen liberal de una manera definitiva, si bien, por cuestiones de edad, será su madre, María Cristina de Borbón, quien asuma la regencia. El 3 de octubre de 1833, ya muerto Fernando VII y en vísperas de su entierro, comienza la primera guerra carlista, que supuso ya una auténtica lucha con raíces dinásticas entre la burguesía liberal y los defensores del Antiguo Régimen. Mientras Maria Cristina trataba de estrechar lazos con los liberales, éstos se escindieron en moderados y progresistas, sucediéndose radicalismos como la matanza a sacerdotes y religiosos ante una epidemia de cólera, la disolución de las órdenes o la ley de desamortización de bienes eclesiásticos a través del ministerio de Juan Álvarez Mendizábal; estos sucesos no se reflejaron en la nueva Constitución moderada de 1837, año en que se suicida Larra, sin embargo, antes de exiliarse a Inglaterra, Maria Cristina deja la regencia en manos del militar progresista Espartero, general que se encarga de la comandancia de tropas isabelinas ante los carlistas. En 1843, tras la caída de Espartero ante el pronunciamiento de Serrano, Prim, Milans del Bosch, Narváez y Concha, las Cortes declaran a Isabel II como mayor de edad, comenzando así la Década Moderada (1843-1854), llena igualmente de levantamientos, intrigas palaciegas y cambios políticos. Llegaba de este modo el gobierno del moderado Narváez, ejercido de forma dictatorial, por el que se proclama la Constitución de 1845, que amplia las prerrogativas reales. Un año después, en octubre de 1846, la Reina contrajo matrimonio con el Infante Francisco de Asís, desaprovechando así la oportunidad de finalizar con la cuestión carlista, ya que fue rechazada la candidatura del conde de Montemolín, segundo pretendiente al trono. Además, el matrimonio entre Isabel II y su primo supuso un rotundo fracaso, reflejado en el acercamiento de la Reina a cientos de personajes, en su mayoría eclesiásticos que constituyeron una auténtica camarilla de Corte. Además, los escándalos financieros aumentaron la impopularidad de la Reina y el malestar de los militares. En 1854, se produce la peligrosa sublevación de “La Vicalvarada”, por la que la situación sólo se pudo sostener gracias a Espartero, sucediéndose a partir de 1856, los gobiernos de O'Donnell y Narváez; como consecuencia de la progresiva derechización que experimentaba el gobierno, llegamos a los sucesos revolucionarios de 1863. Las arbitrariedades de la Reina y la dura represión de los moderados provocan la unión de progresistas, unionistas y demócratas en 1868, para llevar a cabo una revolución antidinástica, conocida como la Gloriosa, dirigida por militares liberales como Prim (general especialmente ensalzado en los “Episodios nacionales” de Galdós, y por antonomasia en la obra literaria y cinematográfica a estudiar, como un héroe que, lejos de ser irreflexivo, no era menos romántico e idealista, hombre de acción, patriota y defensor de las libertades, que intervino en numerosos pronunciamientos, sobrevivió además a la infortunada noche de San Daniel, apareciendo igualmente en la sublevación del cuartel de San Gil...; entre los detalles de su vida, destacamos la nacionalidad mejicana de su mujer -de ahí quizás el empecinamiento de su alter ego novelesco Santiago Iberito por conquistar este país-, que plantó el árbol que ahora mismo es más antiguo del parque del Retiro), y que llevaría, tras la huida de la Reina a Francia, al gobierno provisional de Serrano. En 1870 comienza la construcción del edificio de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid en el solar del convento de San Martín; el 28 de diciembre Prim es asesinado en la calle del Turco.

Todo indica que gracias a esta unión de las fuerzas liberales se acabó con la oligarquía constitucional existente, y se consiguió salir de una crisis económica que llevó a un ejercicio de las libertades democráticas, que para algunos sectores de la sociedad llegó a resultar incómodo y amenazante. El 4 de enero de 1874, el general Pavía acaba con la República federal, instaurando una República autoritaria bajo el mando del general Serrano en la que gobernaron los políticos más moderados de la monarquía de un nuevo rey: Amadeo I. Al poco tiempo, el 29 de diciembre de ese mismo año, el general Martínez Campos se alza contra la República y restablece la monarquía; existían, no obstante, múltiples puntos en común entre aquellos revolucionarios, y éstos a los que se llamaría restauradores, con Canovas y Sagasta a la cabeza.

Reflexionando a nivel general sobre la idea de España como nación y analizando la imagen que ofrecemos al exterior (¿somos Europa o África?) o que, en cualquier caso otros países tienen sobre nosotros, seguimos la reflexión que, a partir de las ideas de filósofos como Ferrater Mora u Ortega, recoge Claudio Sánchez Albornoz.

“Lo que distingue al español del europeo en toda la Edad Moderna es que frente a la cautela, a la suspicacia, a la crítica, España se ha lanzado a realizar aquello que es cuidadosamente puesto aparte para ulterior examen por quienes lo han de adoptar como norma de vida. El europeo formula, junto con la expresión de sus deseos, un repertorio interminable de reservas. El español atiende sólo a los deseos y desprecia toda reserva... El europeo piensa antes de decidirse a hacer algo, en la posibilidad del éxito o en la posibilidad del fracaso. El español no piensa ni en el fracaso ni en el éxito. Si el europeo fracasa, abandona su actitud y ensaya otra. El español cuando fracasa, persiste en su fracaso, se aferra a él y lo convierte en su gloria. El tradicionalismo europeo es el tradicionalismo de los éxitos, el tradicionalismo español, el de los fracasos. Por eso el fracaso es la sustancia de la vida española y por eso España es aquel pueblo que va siempre tras el vencido y jamás tras el vencedor”.

Toda esta retahíla firmada por Ferrater Mora, parte según Sánchez Albornoz, de una generalización maniqueísta a partir de la falsa asociación de ideas, por la que España es más apasionada, mientras que el resto de Europa se basa en un racionalismo desconfiado. De igual manera, y este es un apunte propio, los geógrafos o metereólogos podrían decir que la vagancia de los andaluces se debe a su clima. Lo cierto es que los españoles iniciaron y continuaron la Reconquista que se convertiría en escudo de la Europa, raíz de la nuestra; existió una reforma del catolicismo; se descubrió y colonizó América; las tropas se supieron defender frente a los turcos; España tuvo su Siglo de Oro; fuimos capaces de alzarnos ante Napoleón en una Europa curvada ante él,... Si se hubieran detenido a meditar en sus posibilidades de infortunio o de victoria , los españoles no habrían prestado a la humanidad esos y otros servicios que ya se van considerando entre la comunidad intelectual.

Desde el punto de vista de Ortega (más conforme con el del autor) se establece una regla de tres por la que si la Edad Media se caracterizó por un espíritu guerrero, la Edad Moderna nos llevaría a un espíritu industrial. El ánimo caballeresco medieval se caracteriza por la búsqueda de una idea o ideal (no para vivir desde la pasión, sino con el ánimo de combatir la sinrazón moral), frente a la búsqueda de éxito propia de Europa, por la que el ideal es un instrumento del que me sirvo yo egoístamente. Este concepto de éxito está mediatizado a través de la doctrina de Maquiavelo, basada en la injusticia, perfidia y tiranía; de esta forma, no sólo los fines justifican los medios, sino que el triunfo justifica la amoralidad de la conducta, y de esta forma no se cree en Dios ni en uno mismo, ni en el mundo, sino con muchas desconfianzas y reservas, porque con esta lógica, cada uno busca su personal seguridad y evita el peligro, rehuye el esfuerzo, teme la muerte y se siente indefenso a la barbarie que es vivir.

Un prototipo de español moderno o europeizado, para Arturo Pérez Reverte (y esto se refleja, sobre todo, en sus artículos de opinión en El Semanal), es Javier Solana, que por aquel entonces era Ministro de Exteriores.

PÉREZ REVERTE: INTRIGA, MISTERIO Y EROTISMO

Escritor y periodista, el novelista y co-guionista de “El maestro de esgrima” nació en Cartagena, Murcia, España, el 24 de noviembre de 1951. Cursó las licenciaturas de Políticas y Periodismo. Comenzó a los 18 años a colaborar en prensa para más tarde ingresar en el diario madrileño Pueblo, donde fue reportero. Durante esa temporada, en 1982, cubrió la guerra de las Malvinas. Fue dado por desaparecido en el Sáhara en 1975 y en Eritrea en 1977, donde vivió el saqueo de la ciudad de Tessenei y vio cómo miembros de las tropas se dedicaban a violar a las mujeres negras. Sin abandonar su vocación de reportero de guerra, se trasladó a TVE. Ha sido espectador directo en los conflictos de Chipre, El Salvador, Chad, Las Malvinas, el Golfo (1990), Croacia (1991) y Sarajevo (1992).

Por otra parte, se dedica a la literatura, y afirma que le resulta fácil pasar a ser novelista, ya que desde pequeño le gustaba contar historias. Sobre su vida dice que son dos partes, la del reportero y la del novelista, entra y sale de ellas continuamente, lo que le permite mantener el equilibrio, desengrasarse de una y de otra, aunque cada vez se defina más por la literatura.

En 1986, publicó El húsar, donde trata el tema napoleónico, y en mayo de 1988 aparece El maestro de esgrima.

Esta novela cuenta la historia de un viejo profesor de esgrima (Jaime de Astarloa) en los últimos coletazos de la monarquía de Isabel II que se enamora de una misteriosa dama italiana a la que pretende un banquero aristócrata, que acude a contratar sus servicios (acompañada de su criada, que le servirá de carnaza) con el ánimo de aprender una de sus más reservadas estocadas (estocada corta y vuelta de puño); una vez conseguido este objetivo, Adela desaparecerá de su vida. Don Jaime de Astarloa es un noble (al menos por descendencia familiar) que frecuenta las tertulias en cafés más por mera distinción que por querer saber algo sobre la situación política de la época; allí se hace amigo de Agapito Cárceles, un periodista panfletario que no cree en el pasado ni en el porvenir, sólo en la Revolución y la guillotina, y cuyas opiniones resaltarán frente a la del resto de personajes amparados en cierto conservadurismo (en este sentido resulta muy fácil creer en Prim, pues como militar es liberal y como liberal, monárquico); también, don Jaime se place de tener como amigo y alumno a don Luis de Ayala, marqués de los Alumbres, al que se le confiesan como puntos débiles el juego (frecuenta El Casino), la esgrima y las mujeres, que le confiará unos documentos que el banquero necesita y no acabará de conseguir con la sangre y la vida de algunos de estos grandes hombres (en este sentido a Prim se le convierte en importante no sólo por su actitud ante la vida, sino porque ésta permaneció hasta sus últimas consecuencias). Dicha novela ha sido llevada al cine por Pedro Olea y protagonizada por Assumpta Serna (Adela), Omero Antonutti (Jaime) y Joaquín de Almeida (marqués); el propio autor ha colaborado en el guión del film junto con Antonio Larreta, Francisco Prada y el propio Olea. El film fue elegido para representar a España en los Oscars de Hollywood, y ganó tres Goyas de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España: al mejor guión adaptado, mejor diseño de vestuario (premio otorgado a Javier Artiñano, que después ha sido figurinista en Libertarias de Vicente Aranda; diseñador de vestuario en películas como El coyote, de Mario Camus y La hora de los valientes, de Antonio Mercero, siendo de nuevo nominado por la Academia; destaca también su labor en el mismo sector dentro del teatro, con montajes como La visita de la vieja dama de Friedrich Durrenmatt o El cementerio de automóviles de Fernando Arrabal, ambas dirigidas por Juan Carlos Pérez de la Fuente y La verdad sospechosa, escrita por Juan Ruiz de Alarcón y dirigida por Pilar Miró) y mejor música original (para José Nieto, uno de los mejores músicos para cine de España que destaca por haber trabajado con Fernando Colomo, Imanol Uribe, Pilar Miró y, sobre todo, Vicente Aranda, con quién muestra grandes afinidades en cuanto al método de trabajo; debutó con el Bardem de Juego sucio, sin embargo quién le hizo amar el cine reconoce que fue una mujer, Josefina Molina, con la que compuso la banda sonora de Teresa de Jesús).

La siguiente novela de Arturo sería La tabla de Flandes que saldría a la calle en 1990. En ella, utilizaba también el ambiente histórico y el suspense, desarrollando una historia a través de los avatares de una ingeniosa partida de ajedrez (si bien el lector, si no entiende de ajedrez, se puede saltar las partidas tranquilamente, sin perder el hilo de la historia); esta novela recibió ayudas a la traducción y promoción de la Unión Europea, para su traducción al finlandés, siendo llevada al cine por el americano Jim McBride.

En julio de 1991 participó en unas jornadas sobre comunicación en la Universidad Menéndez Pelayo en Santander. A continuación trabajó en una nueva novela, El club Dumas, que saldría en 1993, donde junto a una trama complicada propone enigmas e invita a jugar al lector; esta novela ha inspirado una película firmada por Roman Polanski, con guión de Anthony Shaffer y actores de la talla de Johnny Depp, Lena Olin o Emmanuel Seigner. Este mismo año se le concede el premio Asturias-92 de Periodismo que anualmente convoca el Centro Asturiano de Madrid, por su “ejemplar cobertura de la Guerra Civil en Yugoslavia”. Participa igualmente en la muestra “Letras de España” en Chile, en la que se repasaba la evolución de la literatura española a partir de la Constitución de 1978. De un mismo modo, presenta, junto a Mayte Pascual, el programa de sucesos Código uno, de Televisión Española. Interviene en un seminario, en la Universidad Menéndez Pelayo, titulado Historia y televisión, ¿el nacimiento de un género historiográfico?. Recibe el Premio Ondas por el espacio radiofónico de RNE, La ley de la calle, programa que estuvo presentando durante cinco años. Poco tiempo después de este último acto informa en unas jornadas de comunicación en la Universidad de Navarra, que abandona Código uno, debido a su marcha a Bosnia como enviado especial (no sin antes advertir los peligros del género televisivo emergente: los reality-shows); a finales de este intenso 1993, se publica su novela La sombra del águila, ya anteriormente editada por capítulo en El País, se trataba de una historia ficticia basada en un hecho real ocurrido en la campaña de Rusia, en 1812. Los protagonistas, miembros de un batallón de antiguos prisioneros españoles enrolados en el Ejército Francés.

A principios de 1994, publica la novela Territorio Comanche, con la que el autor decía desligarse ya del periodismo; no se trataba de ficción, a pesar de lo cual, Gerardo Herrero vio material para hacer una película, en la que Arturo era el único guionista. Este mismo año, se publica igualmente Cachito (un asunto de honor), ficción corta que narra la historia de un héroe que lucha por amor y porque ya no tiene más remedio que enfrentarse a los dioses de la violencia y de la corrupción propios de nuestro tiempo, y que fue llevada al cine sin éxito por Enrique Urbizu. En 1995 se presenta en Sevilla, La piel del tambor, historia ambientada en esta misma ciudad que habla sobre especulación y corrupción con notas de humor agridulce; era éste su libro más extenso, llegando a recibir por su autoría el premio Jean Monet de literatura europea.

A finales de 1996, presenta en Madrid El capitán Alatriste, primer libro de una serie de seis (el día de hoy sólo hay cuatro en el mercado) y novela de aventuras con un soldado veterano de los tercios de Flandes como protagonista, que para vivir trabaja como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII; su hija Carlota, de doce años, le ayuda en las tareas de documentación y ambientación histórica; la pretensión es la de escribir unos Episodios Nacionales del Siglo de Oro. Otra colaboración importante a la hora de reescribir una serie de sonetos apócrifos quevedescos es la de Alberto Montaner Frutos. A finales de 1997, se presenta en Málaga, la segunda entrega Limpieza de sangre; en 1998 sale al mercado la tercera, El sol de Breda , así como una recopilación de sus artículos en un suplemento dominical, denominada Patente de corso; a finales del 2000, con la clara voluntad de llegar a todo tipo de lector, publica en Internet (por el módico precio de 500 pesetas, y sin pronunciarse ni a favor ni en contra de las nuevas tecnologías), el cuarto texto de Alatriste, El oro del rey, llegando a librerías a las pocas semanas.

Este mismo año 2000 también sale a la venta La carta esférica, donde a través del mar, volvemos a la necesidad de remontarnos a la Historia como marco para narrar aventuras, urdir tramas, crear misterio y conocer a fondo a la mujer; elementos que aparecen desde el primero hasta el último de sus libros, no porque se haya leído a Conrad, Homero o Stevenson, sino porque lo que quiere es vender libros, y esto en términos literarios, pese lo que nos pese, significa única y exclusivamente querer ser leído. Y es que cuando uno tiene la mayor parte de su producción literaria traducida a 25 idiomas, cuando uno es leído en 30 países diferentes, en definitiva cuando se es un escritor de best-sellers, parece que lo poético resulta hasta enajenante.

PEDRO OLEA Y JAIME DE ASTARLOA. LA ADAPTACIÓN

Siguiendo la tipología de adaptaciones de novelas que propone Sánchez Noriega, podríamos decir que según la dialéctica fidelidad/creatividad, El maestro de esgrima resulta ser una adaptación como transposición, dado que el film de por sí no es en absoluto despreciable, se caracteriza por su eclipsamiento, renuncia y escrupulosa fidelidad a la obra original (esta idea se complementa y, a la vez, matiza el hecho de que el novelista fuese también guionista).

Según el tipo de relato, vemos que existe total coherencia estilística, si bien entendemos que el tiempo en el cine nos hace hablar siempre de acción en un presente determinado (recurrir a los flash-backs referidos a la vida de Astarloa en París con su maestro Monsieur de Montespan resultaría anti-cinematográfico, así como la explicitación del contenido de los tan buscados documentos, que por algo son tan misteriosos), mientras que la literatura es mucho más flexible y proclive a la mera acumulación de datos que pueden (si bien no tienen por qué) mostrarse con la misma independencia que la historia misma.

Según la extensión, y teniendo en cuenta que 200 páginas pueden ser dos horas (simplificación que convierto en sistemática a mi libre albedrío) podríamos hablar de una reducción del material original de aproximadamente el 30 %; en este sentido, cabe decir que el cine a la hora de ambientar y contextualizar un entorno tiene mucha más capacidad de síntesis que la novela, sobran las explicaciones, lo que en el caso de El maestro de esgrima resulta curioso, pues la novela sabe cómo enganchar desde el principio, a través de la caracterización de los personajes, el desarrollo de la tertulia,...mientras que en la película el personaje antagonista del banquero aparece únicamente al principio y al final de la película, podría ser su protagonista, dado el carácter tan dificultoso y peculiaridades del señor Astarloa (que es más un hombre de honor, que de acción), de ahí se forma una estructura circular, que el cine en sí mismo hereda de ese tipo de novela que tanto odiaba de estudiante Arturo Pérez Reverte, y es la de principios del siglo XX (Joyce, Kafka, Boll,...); de aquí podemos inferir que hay escritores que intentan mantener la atención del lector (que no exista zapping literario), sabiendo que en este intento pueden perfectamente caerse de la cuerda floja (porque son humanos) y otros, cuyo objetivo parece ser que no se les lea o entienda desde el principio (bien por considerarse a sí mismos muy profundos y herméticos, o por vivir en otra galaxia), pues consideran más la escritura como un ejercicio de estilo, catársis, liberación, necesidad de trascender,...; no parece necesario decir en qué grupo está nuestro Arturo.

Según la propuesta estético-cultural, considero que en el film de Olea existe modernización o actualización creativa; si algo es indiscutible es que el film transmite desilusión ante el panorama español de la época, cosa que no ocurre del mismo modo en la novela; la diferencia hay que marcarla en tanto en cuanto la primera edición de la novela data de 1988, mientras que la película es de 1992, fecha en que los españoles ya empezábamos a ser conscientes de la cultura del pelotazo, los Roldanes, la desintegración de la idea de Estado o el sentimiento de frustración al ver que nacionalistas pueden ser todos, menos los españoles; en este sentido, no digo que el novelista no intuya y observe la realidad de una manera acertada, sino simplemente le faltan detalles; ¿qué es lo que hace, en un determinado momento, que El maestro de esgrima de Pedro Olea no se caiga por su propio peso, después de una escena en la que se nos cuentan pocas cosas nuevas como la de la conversación en el Retiro entre Agapito y Jaime sobre la necesidad del primero en adoptar una actitud revolucionaria a la hora de amar a las mujeres? La presencia de don Cosme, una especie de Rappel, que en vez de leerte las cartas, interpreta signos y símbolos heráldicos y estudia su naturaleza incompleta por 20 reales; ahí está la diferencia, y es que cuantas más opciones ofrece el mercado a nuestros cotidianos problemas, no sólo nadie ofrece una solución, sino que tendemos a crear más problemas de los que hay; todo esto se ve mejor el año de la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas en Barcelona (boom de inversiones a todo trapo), que no cuatro años antes, cuando los socialistas empezaban tímidamente a hacer irnos cayendo de nuestro propio burro izquierdoso con su famosa por extravagante y chapucera gestión.

Pasamos a continuación a presentar la figura de Pedro Olea, nacido el 30 de junio de 1938 en Bilbao, España; homsexual, empieza a estudiar Económicas en su ciudad natal, hasta que se da cuenta de que lo que le gusta es el cine; se traslada a Madrid con el propósito de aprender el oficio de cineasta, llegando a terminar estos estudios. Durante un tiempo se dedica a la publicidad (sector que siempre tendrá de su lado), hasta que consigue que TVE le fiche para la serie de televisión Conozca usted España, de la que dirigió tres capítulos. En el cine debutó con Días del viejo color(1967) en la época del nuevo cine y desarrolla una carrera con altibajos, cuyos títulos más interesantes son: El bosque del lobo(1969), retrato de un psicópata tomado por hombre lobo, con un estilo clásico y sobrio en el que, lejos del abuso de efectos especiales, cobra importancia la sugerencia fantástica del relato y la creación de atmósferas inquietantes, todos estos elementos se perciben en La residencia, de Narciso Ibáñez Serrador; en Los sin nombre de Jaume Balagueró; o incluso en las Memorias de un ángel caído, dirigida en 1997 por David Alonso y Fernando Cámara; Tormento(1974), basada en una novela de Pérez Galdós, premio Perla del Cantábrico a la mejor película de habla hispana en el Festival de San Sebastián de 1974, donde, por primera vez en el cine español, un sacerdote se siente atraído por una joven y cuyo elenco de actores está formado por Francisco Rabal, Concha Velasco, Javier Escribá o Rafael Alonso; y Un hombre llamado Flor de Otoño(1978), curiosa evocación de la Barcelona de preguerra, cuyo protagonista es abogado, anarquista y travestí, se convirtió en una de las películas propias de la “movida” tipo Almodóvar, si bien hay que decir que este cuño no implica sólo cine gay, pues de estas generaciones salieron películas con otros temas, por ejemplo, La muerte de Mikel, de Imanol Uribe.

Otras películas interesantes de su filmografía son: En un mundo diferente (1970); La casa sin fronteras(1971); No es bueno que el hombre esté solo(1972); Pim pam pum ,fuego(1975), que ofrece similitudes en la trama principal con El maestro de esgrima; La correa(1976); Akelarre(1983); Bandera negra(1986), que cuenta la historia del capitán Patxi Barrenetxea, quien consigue, a través de su hija Begoña, camarera de un elegante club de Bilbao, el mando del barco Urkía, de la empresa naviera de don Javier; embarcándose en la misma nave como engrasador, Esteban, enamorado de Begoña y jefe de una banda de ladrones de barcos lleva contrabando de armas a un país africano; descubierta la carga, sus tripulantes son detenidos y juzgados y cuando Patxi sale en libertad, es asesinado, su hija sospecha la traición de don Javier y ejecuta su venganza, dejándolo postrado en una silla de ruedas; esta película, cuyo género podría considerarse drama o de aventuras la interpretaron actores como Alfredo Landa, Imanol Arias, Virginia Mataix,...destacan también la fotografía de Carlos Suárez y la música de Bernaola.

Otros filmes de Olea son: El día que nací yo(1991), que dignificó la figura de Isabel Pantoja (sobre todo, tras la trágica muerte de su marido Paquirri) en tanto en cuanto fue como una reescritura automática de la historia de Rafael el Gallo y Pastora Imperio o Concha Piquer y Antonio Márquez; El Maestro de esgrima (1992), de la que ya hemos hablado, sin insistir en la importancia de los actores, Omero Antonutti (italiano, entre cuyas interpretaciones en el cine español destacan: El sur, de Victor Erice; El dorado, de Carlos Saura; Bajo bandera, en la que trabajó con Federico Luppi a las órdenes del argentino Juan José Justid; El laberinto griego, de Rafael Alcázar, con Penélope Cruz y Fernando Guillén-Cuervo,...) y Assumpta Serna (actriz que hoy ya ha rodado más de 50 películas, ha hecho mucho teatro; sus papeles han sido traducidos a 6 idiomas, llegando a 26 países distintos; destacamos su papel en Matador de Pedro Almodóvar; Como un relámpago junto con Santiago Ramos, para Miguel Hermoso; Extramuros de Miguel Picazo, con Carmen Maura; o en Vecinos, de Alberto Bermejo), dos rostros extrapolables al siglo pasado, sin nada aparente en común, más que química cinematográfica, también hemos de destacar la importancia de otros actores secundarios como José Luis López Vázquez (el comisario Genaro Campillo), Miguel Rellán (el periodista Agapito Cárceles) y Joaquim de Almeida (Luis de Ayala); Morirás en Chafarinas(1995), interpretada por Jorge Sanz y María Barranco; Más allá del jardín(1996), que dirigió, adaptación de la novela de Antonio Gala, con un presupuesto de 400 millones por encargo de Vicente Gómez, supuso la historia de las vicisitudes de la familia de Paulina Gadea, a través de una serie de acontecimientos que transforman su feliz matrimonio con el terrateniente Willy Guevara, en una tortuosa experiencia llena de engaños, cobardías y renuncias; y por último, Café cortado (aún no exhibida, cuyo estreno se espera para mayo o junio de este 2001), en la que la idea es la de mostrar cómo México, después de la Guerra Civil Española, se había convertido en una meca de perdedores, y cómo el amor, el desarraigo, la necesidad de emigrar o ser colonizado, aparecen siempre que hablamos de patria.

Antes de pasar a un análisis más exhaustivo del film El Maestro de Esgrima , hemos de reflexionar sobre el concepto de héroe o protagonista en la película, y por consiguiente en la mayor parte de la producción de Pérez Reverte; y es que el personaje de Jaime de Astarloa se caracteriza en tanto en cuanto la lucidez es su virus, la dignidad su valor, la consecuencia su virtud (de ahí, la asociación de valentía con lo canallesco, muy propio del posterior Capitán Alatriste) y el escepticismo su refugio; lo cierto es que cabe preguntarse, ¿no podría ser el marqués el protagonista?, ¿o doña Adela de Otero, que dentro de sus intereses adopta una opción, toma más decisiones que el maestro, tiene más vinculaciones con el mundo terrenal, no es especialmente maquiavélica, ni constituye un antagonista más que a través de su marido o novio, el banquero aristócrata Salanova?. Lo cierto es que no, y esto sólo se entiende, porque tanto para el novelista como para Olea, un héroe es un tipo cansado de luchar, que a veces decide no actuar por prudencia y que, no por más inteligente, sino mas bien por tener más endurecido el estómago a causa de muchas derrotas y pocas victorias, consigue restablecer su honor o dignidad; si los analizamos como personas (quitémosle el sufijo despectivo -jes, tan cruel, je, je, je, vaya un personaje) podríamos decir que su vida no es más que el trozo que cuenta una película, que son falsos héroes, como todos lo somos en la realidad (y Pedro Olea el primero, que seguramente tuvo más vinculación con el producto al descubrir que Astarloa es un apellido vizcaíno como él), y que lo que queda detrás del fuego en la imagen final, no es sólo un noble que ha matado por amor u honor, sino un Lecquio que se quiere dar a conocer a la corte inglesa vendiéndole sus armas, un hombre desilusionado (el fuego y “La Traviata” de Verdi nos dan una idea decadente de una vida que, vista por el espectador, por sí misma, está a punto de convertirse en cenizas) que no sirve para la política, con cada vez menor capacidad de seducción, que es quién es probablemente no gracias tanto a su abuelo, que luchó contra Napoleón, como por su propio padre o persona que se encargara de su educación o crianza, es decir un Luis de Ayala más, si bien más viejo, con menos energía, habilidad y vista.

Vemos cómo el banquero Salanova (interpretado por Alberto Closas) camina por un largo pasillo de su decorosa y aristocrática casa. Ya en off, oímos ciertas instrucciones sobre esgrima, con las que se pasa a un plano conjunto en el que aparecen tres personas, dos tiradores (vestidos con traje propio blanco) y un profesor (vestido todo de negro) que da instrucciones sobre la posición: estirar brazo, a fondo, perfilar el hombro, la pierna de atrás bien estirada, rompe; a continuación, después del saludo, en guardia,...Gustavo (el tirador situado a la izquierda del encuadre) gana, si bien no limpiamente (a partir de aquí se insertarán planos medios cortos y primeros planos del profesor y del banquero que está a punto de aparecer), se afirma que la esgrima es un arte y no una riña de gañanes, el ataque se ha de realizar del modo más educado posible y se saca a relucir desde el principio la idea del honor; como consejo más privado, les comenta que la empuñadura se sostiene como si se tuviese un pájaro en la mano, con suavidad para no aplastarlo y con firmeza para que no eche a volar. En ese momento, entra en escena Salanova, quién se muestra orgulloso de que sus nietos (los dos pupilos) no sólo aprendan esgrima, sino también retórica, y a este propósito le recomienda una novela francesa titulada Le diabolique en que se concibe la esgrima asociada a una historia de amor; para Jaime, ambos son incompatibles.

La siguiente escena se nos presenta en una tertulia que don Jaime frecuenta (en realidad es aquí donde comienza la novela); en ella nos encontramos a personajes como Agapito Cárceles (interpretado por Miguel Rellán), que es un periodista obsesionado con la inminente revolución, cuyos ánimos son aplacados por gente como don Lucas, que consideran a Prim como un monárquico más; el periodista objeta que todos los gobiernos de la reina han fracasado por razones de alcoba, y esta idea parece escandalizar a todos, con excepción de Astarloa, que sólo habla de lo que entiende: la esgrima. La camarera aconseja a Agapito que tome algo digestivo (tanta revolución quizás le afecte al estómago), el resto de participantes insinúa que ella saldría ganando si dejara a ese desconocido marido, que tanto le hace sufrir.

El pueblo defiende a Prim y la República, y se manifiesta contra la Reina y los Borbones; la Policía (con tricornio, espada y caballo) mata arbitrariamente, allí donde cree oportuno.

Mientras, en su casa y oyendo el tumulto, Jaime de Astarloa trata de preparar un tratado de esgrima, si bien el sonido de la calle le acaba distrayendo. Don Jaime mira por la ventana lo que está ocurriendo.

Llega una carroza con Adela de Otero y su criada Lucía dentro, que se encarga de retener el vehículo y esperar en el rellano de las escaleras. Una vecina le indica donde vive el hombre buscado. Adela sube las escaleras hasta llegar al 1º Izquierda. En el piso de abajo, una madre regaña a su hijo por distraerse en la contemplación de la belleza de Lucía. Adela llama al timbre (que hoy suena como si fuese la entrada a una tienda). Jaime, que sigue en la ventana, va a abrir y en el camino y por la corriente al tener la ventana abierta, sus manuscritos recién anotados vuelan al suelo. Pasamos a la combinación de primeros planos de presentación, después plano secuencia en que el movimiento de los actores y la cámara resulta armonioso de por sí (si bien tampoco digo que la música esté de más), utilizando más tarde planos medios largos y americanos bastante funcionales, frontales y de perfil de los personajes que, exceptuando los detalles armamentísticos así como la muestra del anillo de los dos floretes (objeto éste fundamental a la hora de crear el conflicto principal, elemento que equivale al pañuelo en Otelo, y a través del cual el drama, si bien no llega a la tragedia, sí que adquiere connotaciones pesimistas). En esta escena, tras un saludo por el que Adela se presenta como asustadiza, se nos muestra un bonito lienzo, cuyo protagonista es el abuelo de Jaime, de quién se enorgullece por haber luchado contra Napoleón; Jaime no percibe miedo en Adela, y así lo manifiesta; Adela le dice que viene de fuera y no está muy enterada de lo que ocurre en Madrid, sólo sabe que ha oído hablar de él como el mejor maestro de esgrima de la ciudad, el último de los clásicos, creador de una célebre estocada cuyo secreto enseña por el precio de 200 escudos (en este sentido cabe recordar que el escudo fue la moneda oficial española desde 1864, y que cada escudo equivalía a 10 reales) y que desea contratar sus servicios; ante esta propuesta, Jaime actúa con recelo, preguntando quién sería el discípulo, y negándose, por principio, a enseñarle esa estocada a una mujer; Adela negocia (llegándole a ofrecer 400 escudos) y le intenta sonsacar, llegando a ofrecer su casa, donde está habilitando una sala, creyendo además que no le vendría mal cierta discreción; a pesar de eso, don Jaime de Astarloa se muestra rígido ante sus principios, y no cede, hasta que, con la excusa de querer ver su colección de armas, Adela penetra en la estancia de esgrima (donde se recrea un ambiente entre nostálgico y obsoleto) donde hay escudos, cuchillos, floretes, sables, espadas,... Adela se fija ya desde un primer momento en el anillo que Jean de Montespan regaló a Astarloa en París, anillo que considera muy original por tener grabados dos floretes (someramente, el florete es un arma de punta que mide un máximo de 110 centímetros de largo y puede pesar hasta 500 gramos, en el tope de la hoja está la punta de arresto que posee un botón que al contacto con la superficie válida, se hunde y acciona el aparato señalizador; por otra parte, la espada también es una arma donde el toque se realiza con la punta, con un largo máximo de 110 centímetros, peso no superior a los 770 gramos y punta de arresto; por último, en el sable el toque se puede hacer no sólo con la punta, sino también con su filo y contrafilo, llegando a medir un máximo de 105 centímetros de largo y aproximadamente 500 gramos de peso), y con este comentario se apropia de uno de ellos, que al parecer es francés con el que dice sentir gran libertad en los dedos; don Jaime se fija y ve cómo su posición es impecable; Adela le invita a coger otro y ambos realizan un primer ensayo sobre los movimientos esenciales, que la señora de Otero domina; el maestro de esgrima le invita a ponerse la careta.

En el rellano de la escalera de la casa, el vecino que antes se había fijado en Lucía, sube con un cesto de ropa a saludarla; la criada de Adela coquetea con éste (Isidro), aprovechando la circunstancia de que le aprieta el zapato.

Adela y Jaime siguen peleando con la careta; al terminar, ella comenta el hecho de que parece un examen; Jaime le dice que lo es, y quedan para comenzar sus clases en la casa de ella.

Un carruaje llega a casa del marqués, don Luis de Ayala. Con la careta puesta, don Jaime vuelve a ganar el asalto (todo esto se narrará con planos enteros y americanos, jugando en ocasiones con la inclinación de la cámara). A continuación, nos situamos en una habitación con menos iluminación natural y más artificial, donde ambos personajes caminan hacia la palangana en la que el marqués pretende limpiarse el sudor; don Luis reconoce haberle dejado como un nazareno, si bien admite que su mal día no sólo es por su culpa, sino que se ve así por sus pecados; don Jaime replica que la esgrima es como la Comunión, hay que ir con la debida disposición de ánimo.

Cambiamos de habitación, la puesta en escena de los actores nos recuerda a una tertulia televisiva (marqués a la izquierda, Jaime, derecha); un camarero sirve ponche en dos pequeños vasos. Don Luis le habla de que estuvo en una reunión política por la que le ofrecían un escaño en el Congreso; Jaime pregunta si ha aceptado, el marqués le contesta que no, pues su forma de ver la vida se relaciona más con un tapete verde en el Casino y unos ojos negros a la salida de la misa de San Jerónimo; no por ello está hablando de amor; a continuación, don Luis pregunta si quiere jugar a las cartas, a lo que Jaime responde ser un hombre sin vicios, entonces Ayala le nota a la defensiva y le cuenta que, según oye decir, en otras épocas no le faltaron a don Jaime lances caballerescos, aventuras y mujeres en París, Roma y San Petersburgo; y es que, como ambos parecen admitir, el amor (como la esgrima) es cuestión de ejercicio.

En la escena de transición a la casa de Adela, se nos muestra una especie de tenderete por el que a partir de unas viñetas donde aparecen las distintas posiciones de esgrima, un señor (podría ser ciego, pues la presentación de los dibujos recuerda a los números de la O.N.C.E.) se dedica a cantar historias de amor entre cortesanos; todo esto demuestra que la esgrima es accesible a todo tipo de gente.

Jaime llama a la puerta, le recibe la criada, que le comenta que aún no está preparada, se cambia de vestimenta y pasa a la sala donde pretende dar sus clases. Ve Jaime (plano detalle) una caja metálica con puros dentro (no hay duda, se trata de una mujer especial, no sólo bella y elegante, sino probablemente ambiciosa), más tarde, vemos cómo Adela se cambia de ropa, don Jaime contempla con recato a la bonita dama; comienza la clase: tras varios arranques, Adela de Otero le insinúa que si la tiene que tocar con el arma, que lo haga; ante un duro arremetimiento de Jaime, advierte que a cara descubierta le hubiera costado la vida, a lo que ella replica que con un florete en la mano, detesta los miramientos.

Cambiamos de zona, nos situamos en un barrio más pobre de Madrid, donde predomina el campo, los carruajes no sirven sólo como taxis y las casas no son precisamente grandes edificios, don Jaime entra en una de ellas, y baja al sótano, donde vive Agapito Cárceles, el periodista, que le cuenta que no tiene tiempo de ir a las tertulias, dándole a leer un artículo por el que Prim deja Londres y está a punto de llegar a Madrid, y no precisamente para besar la mano de la Reina; don Jaime le dice que ésta probablemente se haya escapado con su nuevo amante a tomar unos baños por ahí (o a sobreproteger su dentadura, pues se dijo que los hijos de Isabel II tenían como padre a un dentista de Boston), con el ánimo de quitarle importancia al asunto; Agapito insiste en que sus sentimientos hacia la Reina son de santa indignación, a lo que Jaime responde que había olvidado que antes era cura, y cambiando de tema, le pregunta cómo van sus amores (él evitará siempre con tristeza estos temas) y le habla de la camarera de la cafetería donde se hacían las tertulias; Agapito añade que la Reina tiene que ir a favor de la Revolución, aunque haya que poner, por ello, la guillotina en la Puerta del Sol y matar al Rey, la Reina, y todos sus chulos; Astarloa le dice de ir a comer, y añade no tener problemas a la hora de pagar, pues tiene un nuevo alumno.

Siguen las clases con Adela; se propone tirar a sable después de ganar Jaime un primer asalto; tras terminar, don Jaime le dice a su alumna que daría su mejor florete por saber quién fue su verdadero maestro de esgrima, ella replica que una mujer debe envolverse de cierto misterio si quiere conservar su atractivo; una mujer corriente quizás, ella le cambia de tema y le dice que nunca se es lo suficientemente injusta con los hombres. Atraviesa la escena Lucía, la criada; Adela le comenta que tendrá que cambiarse de ropa en su habitación, pues han venido los tapiceros. A continuación vemos planos de detalle de enseres de perfumería y un tocador, también ve una novela sobre esgrima (probablemente “Le diabolique”), Jaime reconoce no ser lector de novelas, Adela añade que es mejor vivirlas y le pide prestado el anillo de los dos floretes, para ir a un orfebre y hacer copia, mientras le sigue insistiendo en la necesidad de aprender la estocada; él contesta que en dos días la aprenderá y quiere saber si va a seguir contando con ella como alumna para disponer debidamente de sus horarios; ella, con irónica inocencia, le pregunta si tiene muchos alumnos, él contesta que menos que antes, pues la esgrima está pasada de moda, y le invita a una conferencia de un ilustre esgrimista italiano llamado Campo Ferrato.

De nuevo estamos en la casa del marqués, quién permanece tumbado en una bañera (ya hemos visto en la escena en que se lava la cara en la palangana su obsesión por la limpieza o cuidado personal; en este caso, limpieza es igual a nobleza, no ya de sangre, sino de carácter) y habla del embajador inglés, de sus propios lances amorosos, llegando a preguntarle a don Jaime si tiene previsto vender alguna de las muchas armas que posee; a continuación sale de la bañera y se fija más de cerca en el aspecto de don Jaime, quién viste una corbata más elegante de lo habitual y parece tener algo rizados los pelos del bigote, ¿no será que hay faldas de por medio?, Jaime lo niega, naturalmente.

Siguen las clases con Adela, llega el momento decisivo: estocada corta y vuelta de puño con herida mortal de necesidad en la garganta, increíblemente simple; una vez explicada, Adela, en un rapto de teatralidad se le desmaya en los brazos; una vez repuesta, don Jaime seca su sudor con agua de violetas, le da el anillo que le pidió (se utilizan planos cortos, pero en los que los objetos ocupan gran importancia, esto hace que se cree una atmósfera más falsamente intimista) y le quita, a su petición, la peineta que lleva en el pelo; ya relajada le pregunta si ha matado alguna vez a alguien con esa estocada, él responde que una vez, a un prusiano insolente que ofendió a Montespan, hace mucho tiempo y no guarda un agradable recuerdo de aquello; más tarde, ella le pregunta si alguna vez amó de verdad, a cuya pregunta la arpía logra saber que quiso mucho a una mujer casada en París; después, le cuenta Jaime que tuvo que regresar a Madrid y liquidar lo que tenía; orgullosa, Adela zanja aquí los comentarios del maestro y alegremente le dice que siempre hay una historia que contar; antes de que Jaime abandone la casa, le recuerda lo de la conferencia.

En la calle, seguimos con los gritos de vivas a Prim, abajo la opresión y la presencia de la Policía, Jaime se mete en un carruaje junto a su amigo don Luis de Ayala, que le pregunta a quién da clases por esos barrios, a lo que contesta que a una dama extranjera, excelente tiradora, desde hace dos o tres semanas, que tiene la cualidad de ser hermosa, si bien no tan libre como ella piensa. Don Luis habla de ir los dos a comer a algún sitio

Nos encontramos en la conferencia donde Campo Ferrato nos da sus lecciones magistrales sobre esgrima. Entra el marqués, Astarloa, sentado en una silla, se da la vuelta y se saludan; Adela se percata de su presencia y se da la vuelta con ánimo también de saludarse. Jaime dice que quiere presentar a Adela de Otero y al marqués; Adela dice que le encantaría practicar la esgrima con él. Termina la conferencia y Astarloa se acerca al profesor con el ánimo de hablarle de Adela, pero se da la vuelta y el marqués ya se ha presentado, dándole un beso en la mano.

Jugando sobre todo con los primeros planos, Jaime va a casa de Adela, pero la criada le dice que la señora no está, pues se ha ido al campo con unos amigos y que volverá mañana. Escondido permanece Isidro, a quién una vez marchado don Jaime, besa en la boca con regocijo.

En la calle, algunos radicales hacen hogueras en medio de una plaza; estamos en el palacio aristocrático del banquero Salanova, y don Jaime da clases a sus dos nietos (que se preguntan si aquello es la revolución, llegando a la conclusión de que son cuatro gatos); don Jaime quiere seguir dando sus clases, pero los dos nietos hablan de un hombre nuevo que hace las delicias de la Reina, de que Serrano va a pasar de la cama de Su Majestad al camastro de una prisión; uno de ellos, Gustavo, dice que éste es el principal tema de conversación en el Casino (ya puede entrar, pues ha cumplido los 19 años), y le comenta a propósito de ello, que vio a Luis de Ayala allí con una bellísima mujer, que dicen que lleva un anillo con dos floretes...En ese momento, oportuno como siempre, aparece el abuelo Salanova, que les dice a sus criaturas lo poco que interesan a Jaime los chismes de una dama que no va a cruzarse jamás en su vida.

Antes de llegar al 1ºIzda. donde vive , la portera dice que en su casa hay una señora esperándole a la que ha hecho pasar; es Lucía, que le da la factura abonada de las clases, así como una nota de disculpa por no aparecer ella misma en persona; en principio hay un error, pues Adela ha abonado nueve clases, cuando en realidad sólo ha dado tres, Jaime subsana el error, cargando a su propia cuenta la diferencia, Lucía se va con el nuevo trámite arreglado. Jaime mira la nota que Adela le ha dejado, la arruga con el propósito de deshacerse de ella, la tira al suelo y, a los pocos segundos, la recoge con el propósito de saber algo más de lo que a simple vista se puede encontrar.

La siguiente escena, en la ópera, no sólo sirve para sugerir hipotéticas intertextualidades con la historia, sino que en ella vemos también a don Jaime espiando con los anteojos el palco donde están Adela y don Luis; no hay duda, empieza a sentir celos y desconfianza hacia aquella enigmática dama.

En el Retiro, pasean Jaime y Agapito, quién le pide dinero hasta que le paguen en el periódico, Agapito está desilusionado. Jaime le anima a que ponga en práctica sus ideas revolucionarias a la hora de acometer empresas amorosas con doña Julia, la camarera, le sugiere que la rapte, que pisotee su virtud, que haga una proeza o el ridículo; el periodista le pide dinero suelto para altramuces; mientras va a comprarlos, Jaime ve a lo lejos a Adela despedirse de alguien que está en una carroza, y más concretamente, se fija en el escudo que aparece en la puerta de la misma.

Don Jaime entra en un lugar que, acorde con el clima de decadencia general del film, nos sugiere ocultismo, misticismo (muchas velas por todas partes) y gusto por lo africano, se trata del chiringuito de don Cosme; nada más entrar, el Rappel de Isabel II, recibe a Astarloa, informándole sobre la casta y linaje de tan noble apellido vizcaíno. Jaime le da el logotipo de un escudo para que estudie su origen y significado, pero aquí, el artista necesita tiempo para tan árdua labor.

Don Jaime guarda mucha ira y celos dentro, por lo que, una vez en su casa, decide batirse con furia a muerte contra un muñeco de prueba que tiene allí. Suena el timbre de la puerta; alguien le da un telegrama por el que el marqués le cita en su casa, por detrás del cartero, saluda Isidro, que pasa por allí.

Ya en la casa del marqués (plano de conjunto de ambos en el que aparece una mesa enorme, cada uno sentado a un extremo de la misma; alternando con planos medios cortos o primeros planos de ambos personajes), el marqués le pregunta de que conoce a Adela; él le cuenta la verdad: que no la conocía antes de que se presentase en su casa para darle clases de esgrima. Luis confía unos documentos muy importantes a Jaime, por ser el único hombre honrado que conoce; los documentos los ha metido dentro de un libro de esgrima de un tal Lefoyere, guardado hasta ahora en un cajón secreto que Adela descubrirá, y le comenta que se ha visto obligado a profanarlo para que pase inadvertido.

La siguiente secuencia es un sueño por el que en un día lluvioso, Jaime se encuentra en una cesta una muñeca de porcelana rota, la imagen de ésta le sobresalta durante una noche cotidiana en la que pretende dormir.

Al día siguiente y camino de casa de su amigo el marqués, se encuentra con el edificio lleno de policías que no dejan pasar a nadie; don Jaime asegura tener una cita con don Luis, a lo que el subalterno le lleva ante Genaro Campillo, jefe superior de Policía; don Jaime viene a dar clases al marqués, pero éste no está en su mejor día (aparece muerto, tapado con una sábana, gracias a que un florete le ha atravesado la garganta). El Policía le pregunta por el móvil del crimen y le comenta que alguien estuvo registrando la casa, con el ánimo de encontrar algo. Le pregunta sobre la implicación de Ayala en la política y sobre si le gustaban las mujeres. Astarloa contesta que su amigo era un caballero.

Ya en su casa, don Jaime abre los documentos, sacándolos del trucado libro y deshaciendo un lazo rojo que los une, y se dirige a casa de Agapito, de quién necesita la interpretación de éstos; tras algún que otro comentario referido a su pasado como cura, y de vuelta al hogar de Astarloa, le da a leer estos documentos (cuyo contenido aparece reproducido en la novela, dado que ésta permite este tipo de licencias, por las que el escaso entendimiento del lector sobre las mismas, no hace más que darle un carácter más intelectual a un soporte para cuyo disfrute es necesaria la reflexión) que llevan a una gran sorpresa (quizás un rumbo más favorable en su vida) al periodista panfletario del que estamos acostumbrados a hablar. En ese momento, llaman a la puerta, Isidro le cuenta que ha ido a casa de Adela para ver a su doncella, ha llamado, no había nadie, la puerta estaba abierta y no se ha atrevido a entrar; Jaime le dice que no se preocupe y se va con él y le dice a Agapito que siga investigando y no se mueva de allí.

Jaime e Isidro entran en la casa de Adela, donde en la entrada hay un charco de sangre; pasan al dormitorio, y la cama también está llena de sangre. De detrás de la puerta, sale Genaro Campillo, quién le ordena que guarde el estoque que acababa de sacar; entonces el Policía hace el comentario de rigor: a las diez de la mañana tenemos un cadáver, pero no un asesino; más tarde, parece que ha entrado un asesino, pero no tenemos cadáver; el ladino Campillo interroga a Astarloa, mientras trata de tocar una alborada por la que su abuela se empeñó, sin conseguirlo, en que diera clases de piano (muestra así su visión cínica ante el amor), le pregunta si conocía a la señora de Otero, él le contesta que fue discípula suya durante una temporada, prescindiendo hace un mes de sus servicios; más tarde le habla de si estaba enterado de su relación con el marqués y si los presentó; después le pregunta a Jaime por qué no le informó antes de todo esto, ya que considerando que tiraba a esgrima..., Jaime dice que ella no era más que una principiante, mientras que el marqués era un consumado esgrimista; sin embargo, añade el Policía, ya ve cómo terminó; por último, le pregunta a don Jaime si tiene algo más que decirle sobre esa mujer, a lo que éste responde que su obligación es buscarse la vida y encontrarla, pues puede estar en peligro.

De regreso a casa, don Jaime se encuentra con que no están ni Agapito ni los documentos, sólo un mensaje en la pizarra, donde está escrito un mensaje: “Confíe en mi”, junto a un esgrimista dibujado.

Jaime va en su busca al sótano que tiene como oficina y/o casa, y se encuentra a su amigo hecho un “ecce homo”, con la cara ensangrentada, atado de manos a un mástil del bajo techo, delirando (entre el delirio y la lucidez hay poco camino), insinuando que no tiene esa carta ni ningún documento más y que pregunte por Astarloa; mientras don Jaime trata de reanimarlo, dos mozos de la orden cuyo escudo ha sido mandado estudiar por don Cosme, tratan de atacarle con porras y navajas, armas que no tienen nada que hacer al lado del florete de don Jaime, por el que salen huyendo.

Estamos en el chiringuito de don Cosme quién interpreta el significado del escudo a partir de que un segundón de la familia Longo fue desleal al gran duque de Saboya, y éste decidió vengarse colocándole de divisa una arpía; al parecer, la familia se rehabilitó años después por sus actividades comerciales, pero la historia no es más que eso, una traición lavada con dinero; a este propósito, el Rappel del XIX español le hace la pelota a su cliente de un modo cínico, recomendándole que no busque vidriosas cartas de nobleza extranjera, pues ya en su apellido hay bastante como para conformarse, exigiéndole poco después 20 reales por la investigación, y es que el dinero es despreciable, pero ayuda a vivir.

Don Jaime se encuentra, dentro de su casa, a Genero Campillo fumándose un puro de los que le gustaban a don Luis de Ayala; le comenta que ha encontrado a la señora de Otero.

Tras mostrar un detalle de un grifo goteando, se nos sitúa en un depósito de cadáveres; al parecer, la víctima tiene el rostro desfigurado y muestra un aspecto difícil de reconocer, pero hay algo que la identifica, y es que en la mano tiene puesto el anillo de los dos estoques que él le prestó.

De camino a la carroza del Jefe de Policía, éste le advierte que por la mañana debe estar en Palacio, pues la Reina abandona el país; se ha formado, al parecer, una junta revolucionaria hasta que llegue Prim y, entre tantos acontecimientos, ¿a quién le importa un crimen pasional?; don Jaime, pesimista, dice que la vida es caos, desorden, horror y que Dios no arregla ni desarregla nada, pues no es un caballero y tolera lo intolerable. El Policía le informa de que Agapito Cárceles ha aparecido magullado (fíjense lo rápida que es la Policía) y que, sin comerlo ni beberlo, Astarloa se está convirtiendo en alguien peligroso si se quiere ser su amigo.

En la casa de Salanova, a la que acude como si fuera un día más don Jaime a dar sus clases, se encuentra con que el criado conduce a la puerta lateral del edificio a los dos nietos del banquero, que se van a Suiza, ya que Madrid se está convirtiendo en un polvorín; en la carroza que les lleva, don Jaime identifica el escudo Longo-Saboya, que, al parecer, y tal como le aclara el propio Salanova (quién recomienda al maestro también desaparecer de Madrid, si bien Jaime dice no ser su estilo pues se sabe defender él solito) no es de una familia, sino que tiene que ver con la banca de Ginebra, aparecen elementos que sugieren los vientos, cómo el dinero va y viene, pasa de unas manos a otras con una velocidad pasmosa, es veloz, inalcanzable y enigmático, como una mujer. Según Homero, las arpías son como los vientos; don Jaime añade que para otros son como poderes infernales.

Astarloa camina hacia la oficina de Genaro Campillo para firmar la declaración según la cual cree que los documentos los tiene Salanova; don Jaime explica que intentó mantenerse al margen de los crímenes y torturas a Agapito; Genaro le advierte que un banquero tiene recursos para escapar de la Justicia, y que necesita probar que es un asesino; todavía queda la carta de la que hablaba Cárceles, y el culpable, sea o no el banquero, debe pensar que esa carta la tiene don Jaime, y estará dispuesto a apoderarse de ella, sin reparar en procedimientos; Campillo aconseja a Astarloa que se vaya de viaje, pues él no puede ofrecerle protección de ningún tipo, Jaime se niega, a lo que el Policía le ofrece nervioso una pistola, al menos para defenderse; para don Jaime de Astarloa, si hay que matar se hace frente a frente, y no como los cobardes; Genaro Campillo se enoja, pues le resultan anacrónicas las ideas de Astarloa; a pesar de ello, don Jaime agradecerá con mucha educación los esfuerzos y preocupación por su vida.

Llegamos a la secuencia del clímax, cuyo principio muestra el lento paso del tiempo a través del uso de fundidos encadenados; así, don Jaime, en su casa, enciende un candil y deja la puerta de su casa entreabierta, un reloj suena, parece estar jugando al ajedrez solo, el reloj sigue sonando, se ha quedado medio dormido. Sin más, doña Adela de Otero, con un vestido por el cual no sabemos si ejerce el poder o el luto por los muertos, aparece; hasta cierto punto, don Jaime cree que la esperaba, ella dice deberle una explicación y le devuelve su anillo, cuya copia ya averigua Astarloa que estaba en la mano de Lucía, su doncella muerta. Adela baja la mirada, trata de excusarse como si el matar fuera un juego de niños (dice que murió rápidamente, no sufrió, era inevitable) o una cuestión de oportunidad. Adela omite más detalles sobre el tema, y le dice que si está allí es porque debe todo cuanto es a un hombre por el que está dispuesta a hacer cualquier cosa, incluso bajar a los infiernos, que le dijo que era lo más hermoso que había creado, él la necesitaba, y ella le debía gratitud por su lealtad e interés (el amor no existe en estado puro; no pronunciará nunca el nombre de Salanova); le dice Adela que el dinero es prudente, y él trabaja con dinero y que durante un tiempo jugó a dos barajas: la Reina y Prim, y finalmente ganó Prim; don Jaime asegura que su amigo es un canalla; Adela le toma por ingenuo, al creer todavía en buenos y malos, y sigue contando su historia, desvelando en su justa medida el misterio suficiente: el único obstáculo era Luis de Ayala, que tenía documentos, cartas y pruebas de su doble juego y pedía demasiado dinero por su silencio (Jaime no da crédito, ¿es posible que la estuviese chantajeando?), era listo y peligroso, pero tenía muchas deudas y le perdían las faldas, el juego y la esgrima; Adela cuenta cómo intentó conseguir los documentos por todos los medios, llegando a que don Luis le llamase puta; don Jaime nota que ella le empieza a adelantar dialécticamente y le espeta que, de cualquier modo, ella no lo mató por eso; Adela lo reconoce, confiesa que su asesinato fue como un juego, como si, en realidad, así le estuviese haciendo el amor, y que gracias a la estocada corta con vuelta de puño consiguió borrarle esa sonrisa cínica y burlona de su boca; don Jaime le pregunta cómo supieron del pobre Cárceles; Adela asegura que le cegó su propia codicia, pues se presentó él solito, pidiendo dinero por los documentos; don Jaime asegura, con tristeza, que confiaba en él; Adela replica que ha confiado en demasiadas personas y le pide el último documento, una carta con nombres que sabe a ciencia cierta que Jaime se ha guardado; por supuesto, Astarloa dice no saber de la existencia, y de saberlo, no se la daría. Adela utiliza el deseo sexual para intentar clavarle un navajazo, que don Jaime es capaz de parar a tiempo, se defiende de la agresión con un palo de madera, hasta que es capaz de coger su florete, ella coge otro, durante la pelea ella le hiere en la pierna, si bien, don Jaime de Astarloa sale victorioso, matándola al clavarle la punta en un ojo (en la novela se asegura que la estocada alcanza directa el cerebro). Debajo de un armario, se encuentra el documento buscado, que don Jaime deja sobre el vestido del cadáver de Adela de Otero.

Como epílogo o coda, vemos cómo al día siguiente un muchacho que vende periódicos anuncia la llegada de Prim a Madrid. De una carroza, vemos salir a Genaro Campillo que se dirige a casa de Astarloa, que permanece sentado pensativo junto a una chimenea; el Policía le avisa de la necesidad de su declaración vespertina y le informa de que por la carta que ocultó el viento, Salanova queda convicto, está condenado y en manos de Prim y le asegura que le devolverán el florete al cerrar la investigación. No obstante, Astarloa confiesa su voluntad de vender su colección de armas, ya que tiene una oferta inmejorable de un embajador inglés; además, asegura no tener ya habilidad, vista ni energía para la esgrima; quiere, pues, cerrar esa etapa de su vida, marcada por un anillo con dos floretes, que le llevó a la perdición.

CONCLUSIONES

Cabe insistir en el concepto de lo que, a mi juicio, es un héroe; claro está que Jaime de Astarloa no es igual que El Capitán Alatriste (al que, desde el principio, se nos define “no como el hombre más honesto ni más piadoso, pero sí como un hombre valiente”) u otros personajes importantes de Pérez-Reverte. Lo que sí es, es español, y eso delimita bastante. El protagonista, según los manuales de guión norteamericanos, podía ser la definición más exacta; sin embargo, este protagonista no es un hombre de grandes ideales, sino que actúa como si fuera, únicamente por sobrevivir ante las maldades de otros que podían ser su “alter-ego” en la continuación de la historia; se trata de alguien limitado por su propio talento o afán limitado, que sólo es ambicioso en cuanto a ideas caducas sobre el honor o la revolución, un tipo cuanto menos extraño, no se sabe si por vasco o por español; lo cierto es que, no es, como Santiago Iberito, un héroe en un sentido tan galdosiano parecido a Prim; quizás la clave del personaje en sí (no ya del modo de narrar tan parecido al canario que escribió Los Episodios Nacionales) haya que encontrarlo en la novela histórica de Pío Baroja, a través de sus Memorias de un hombre en acción, en la que se muestra gran complejidad en el personaje de Aviraneta donde importa en realidad más Francia que España, y es que no hay más que ver la ignorancia que sobre política ejerce Astarloa, de tan buen grado.

Todo esto no es más que una hipótesis, quizás desafortunada, pues al igual que como argumento barojiano podríamos aducir la diferenciación entre los vascos y el resto de España, es claro que la rivalidad entre donostiarras (como don Pío) y vizcaínos como provincias, o bilbaínos y easonenses como ciudades, puede llegar a ser incluso mayor.

BIBLIOGRAFÍA

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