El Decamerón; Giovanni Boccaccio

Literatura Universal de la Edad Media. Contexto histórico medieval. Prosa erótica. Vida y obra. Amor. Inteligencia humana. Fortuna. Florencia

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Introducción

Italia. Siglo XIV. La peste negra, el mosaico de ciudades-estado, las rivalidades entre señores feudales, las cruzadas, la naciente burguesía urbana y los atisbos de humanismo y renacimiento son los hilos que tejen el contexto que envuelve a Giovanni Boccaccio y a su obra cumbre, el Decameron.

Giovanni Boccaccio (1313-1375) creció en Florencia bajo la educación de Giovanni Mazzuoli da Strada, quien le inculcó la pasión por Dante (1265-1321) que lo dominaría toda su vida. Este había sido un filólogo preocupado por la recuperación de lo antiguo que anunció un estudio más sistemático de la lengua. Después, Petrarca (1303-1374), autor del Canzoniere, contribuyó a la instauración definitiva del italiano como lengua literaria. Boccaccio tenía el mismo amor entusiasta por la antigüedad (también escribió obras en latín) y la misma veneración por la nueva literatura italiana que Petrarca, por lo que se le considera, junto a Dante y Petrarca, uno de los padres de la literatura en italiano. Vivió en Nápoles, donde tuvo acceso a la corte. Este contacto con la burguesía (aunque no estaba tan desarrollada como la de Florencia) influyó en el escritor y gracias a los eruditos más ilustres de la corte napolitana, adquirió una sólida formación literaria aunque su pedagogía es, no obstante, prácticamente autodidacta, con un interés especial en la literatura y una lectura más frívola y menos didáctica. Lo que más le impresionó del ambiente napolitano, fueron el refinamiento y la voluptuosidad que reinaban en la corte de los Anjou. Nápoles era entonces el más importante centro intelectual italiano por ser punto de encuentro entre la cultura italo-francesa y la cultura arabo-bizantina. Pero a causa de una dificultad financiera, después de 13 años de vida feliz y cómoda económicamente, Boccaccio tuvo que dejar Nápoles y volver a Florencia. Corría el año 1340, ocho años antes de la peste negra.

“Comenzaba con hinchazón de los ganglios en la ingle o en la axila, que se inflamaban al tamaño de una manzana. Se les llamaba tumores, y en breve se expandían por el cuerpo con síntomas en brazos y muslos o con manchas negras, rojas, abundantes y pequeñas, señal de muerte. Tal es el terror de la gente, que el hermano abandona al hermano, la esposa al marido, los padres se niegan a atender a sus hijos y los cadáveres son arrojados a las calles con desprecio por los supervivientes, temerosos de contagiarse”. Así la describe Giovanni Boccaccio a la peste negra de 1348, que asola Europa y acaba con prácticamente un tercio de la población. La corporalidad, lo físico y la belleza del cuerpo humano tan exaltado en la Antigüedad y tan sacrosanto en la Edad Media, son aplastados ante los innumerables cadáveres de tanta devastación. En este desolador contexto, el escritor italiano encuentra la inspiración para redactar la obra que le daría fama histórica y mundial: el Decameron.

La obra se inicia con una descripción de la peste bubónica, motivo que lleva a que un grupo de siete jóvenes mujeres y tres hombres huyan de la plaga y se refugien en una villa en las afueras de Florencia. Para pasar el tiempo, cada miembro del grupo cuenta una historia por cada una de las diez noches que pasan en la villa, lo que da nombre al libro: Deca hemeron, diez días. Diez son los días y diez son los jóvenes, lo que totaliza 100 novelas. De modo que el título de la obra no es gratuito, y tampoco que esté en griego, y es que el autor era un entusiasta de este idioma y, de hecho, fue quien introdujo estudios de griego en Italia (el latín seguía presente pero el griego no se conocía) llevando al país a intelectuales bizantinos.

Lengua

El Decameron es la primera obra en prosa italiana que sienta las bases del moderno arte de novelar, pues lo que Dante y Petrarca hicieron en verso, Boccaccio lo hizo en prosa. La base lingüística del autor es el florentino ilustre pero, dado que en el Decameron hay diez narradores, se dan diferentes niveles en función de quién tenga la palabra. Hay, por lo tanto, un plurilingüismo muy grande. Había sido Dante, con su Divina Commedia, quien había redactado en el dialecto toscano a modo de ensalzar y realzar el valor de la lengua regional. Le siguió Petrarca, cuyo Canzoniere también estaba escrito en vulgar aunque su vulgar no es como el de Dante, rico y plurilingüista, sino que está privado de cualquier regionalismo. Por su parte, Boccaccio da forma a la prosa italiana, derivándola del latín y trasladándola a la lengua vulgar, al florentino literario de los siglos XIII y XIV. El lenguaje es elevado, culto, y sigue la retórica latina.

Estructura

Cada uno de los días tiene una introducción, se cuentan los relatos y al final hay una conclusión. Que una introducción sirva de marco narrativo recuerda a The Canterbury Tales, de Chaucer, contemporáneo de Boccaccio. En este caso, los protagonistas se reúnen en la posada Tabard Inn, cuyo posadero les invita a contar cuentos durante su peregrinación a Canterbury para hacer más ameno el camino. Igualmente, Las mil y una noches presenta una estructura similar, que consta de una introducción que oficia de marco narrativo donde se presenta la historia del Sultán, tal como Boccaccio presenta la dramática situación que se vive en Florencia a causa de la peste. Las 100 historias del Decameron reflejan una realidad múltiple, de modo que el marco sirve de unión entre ellas. Es un esquema que recuerda al de la Divina Commedia: empieza con la degradación de la sociedad para ir escapando a una sociedad más feliz. Scherezade, Dante y Boccaccio parten de un escenario devastador, una visión de muerte, para acabar en una situación más optimista.

Temática

Cada día se elige un jefe entre los diez protagonistas, que determina el tema de los cuentos de esa jornada, de modo que la temática no es caprichosa sino que es la ordenada por aquel que es rey ese día. Los temas son casi siempre profanos, a tono con la mentalidad burguesa que comenzaba a fraguarse en Florencia. En el siglo XIV, las ciudades independientes de Italia estaban independizándose de la tutela religiosa del Papado, y los habitantes de éstas (los burgos o comunas) se tomaban la religión con bastante mayor libertad, por una cuestión de ética, ya que los habitantes de la ciudad eran comerciantes que vivían del lucro y de amasar grandes capitales, cosas que la Iglesia condenaba. Viviendo en este contexto, Boccaccio tiende a novelar su propia historia y a crear una novela que tiene mucho de autobiografía.

En la novela que nos ocupa, Andreuccio da Perugia, se observan estas particularidades citadas. Así, la quinta novela del segundo día se inicia con una breve introducción que reza:

“Andreuccio da Perugia, venuto a Napoli a comperar cavalli, in una notte da tre gravi accidenti soprapreso, da tutti scampato con un rubino si torna a casa sua.”

Y sigue con las palabras en estilo directo de Fiammetta, a quien se introduce con el inciso “Cominciò Fiammetta, alla quale del novellare la volta toccava”. Esta hace alusión a la narradora anterior, Lauretta (nombre tal vez en honor a la Laura de Petrarca), y al cuento que ha recitado, de modo que vemos que, efectivamente, el turno de contar cuentos es rotativo. Otro de los elementos de este texto que ejemplifica una de las características citadas es la narradora, Fiammetta, quien prueba el carácter autobiográfico de la obra: parece ser que fue María d'Aquino, hija natural del rey Roberto de Anjou y casada con un conde de la familia de Aquino. Boccaccio la conoce en la iglesia, del mismo modo en que Dante conoce a Beatrice y Petrarca a Laura. La diferencia radica en que luego la relación entre ambos fue íntima, cosa que no ocurrió con sus predecesores. Laura y Beatrice fueron amadas por los poetas de forma contemplativa y casta, ya que eran mujeres celestiales (“donna angelicata”). Beatrice era alma; Laura, alma y cuerpo; Fiammetta es cuerpo. No obstante, tampoco está probado que no fuese simplemente una estilización literaria de sus experiencias amorosas.

La mujer

Lo que sí está claro es que una de las características del Decameron es el tratamiento que el autor da a las mujeres, un rasgo que lo diferencia tanto de sus predecesores y contemporáneos como de su siguiente obra Corbaccio, de corte netamente misógino (tal vez por la experiencia amarga de algún desengaño amoroso). En este pasaje, el hombre es engañado y desdichado por la astucia de una mujer codiciosa. Ya no nos encontramos con una “donna angelicata”, símbolo de virtud, nobleza y pureza, según la retórica stilnovista, esa “donna” que otorgaba beatitud al amante y que espiritualizaba su sentimiento amoroso, sino que ahora la mujer se equipara al hombre al tener acceso a los placeres de la vida, el amor, la libertad y la aventura. En este relato, la protagonista es una joven (“una giovane ciciliana bellissima”) que engaña a Andreuccio de Perugia, un mercader de caballos, haciéndose pasar por su hermana secreta, para robarle una bolsa con quinientos florines de oro. Esta astucia femenina no la veíamos en la literatura anterior. El amor cortés veneraba a la dama, era el ser amado al que rendía homenaje el caballero enamorado. Por ella estaba dispuesto a llegar al más allá, a sufrir infortunios y a enfrentarse a las más insólitas aventuras. Su belleza y pureza la identificaban con Dios. Esto, con la escuela siciliana del s. XIII, conllevó un conflicto inviable desde el punto de vista religioso, razón por la cual los autores ampliaron la temática dando paso a la escuela siculo-toscana, antecedente del Dolce Stil Novo. El amor pasaba a ser espiritual, desprovisto de deseo carnal, y la dama se convertía en un puente entre el hombre y la divinidad. La veneración a la dama ya no era pecaminoso pues la mujer era la encarnación luminosa de una realidad superior. Así se constata en Dante, para el que el amor era un sentimiento no terreno, abstracto y fosilizado, que llevaba a Dios. Petrarca tenía una concepción más humanizada de la mujer, de modo que Laura, un ser ciertamente sobrenatural, era un personaje humano que concebía la posibilidad de morir. Boccaccio tiene una concepción naturalista del amor, por lo que no tiene nada de pecaminoso. Aunque cambia la concepción del amor, no es tanto así pues los provenzales ya tenían un amor mucho más carnal e instintivo y los cómico-realistas también veían al amor como algo terreno.

Cabe pensar que la poesía medieval promocionaba a la mujer (bella, noble, pura, divina). No obstante, lo que se desarrolló fue una visión radicalmente destructora del ser femenino: en el amor cortés la mujer aparece como “ser amado” y no “ser que ama”, lo que la convierte en un ser pasivo, casi inexistente, objeto del amor del poeta. Un objeto bello, hermoso, dotado de todas las cualidades y virtudes (incluso la de hacer sufrir al amante), pero “objeto” al fin y al cabo. El contexto cultural no le da un papel mucho más optimista: en una época en la que el poder de la Iglesia era muy fuerte, las mujeres eran condenadas por él, en cuanto descendientes de Eva (y, por tanto, las que tientan al hombre a pecar) se les asocia con lo siniestro, lo diabólico, la sede de todos los vicios. Por otra parte, el aburguesamiento general de la mente colectiva tiende a reducir a la mujer a su papel de madre y ama de casa. El espíritu burgués ensalza la Naturaleza y rebaja a la mujer.

Pero Boccaccio tiene una mentalidad mucho más abierta. Así, da voz a siete mujeres para que expresen su sentir a través de sus historias, unas historias en las que, además, el papel de la mujer es agudo, hábil, descarado, ingenioso. El pasaje que estudiamos lo ilustra: Fiammetta cuenta el cuento, una joven siciliana es la protagonista clave, e igualmente es mujer la criada que hace posible el desencadenamiento de la historia. Es a las mujeres a quien Boccaccio dedica la obra, a las mujeres que aman (amor como virtud que ennoblece el alma), pues trata de dar consuelo y entretenimiento a las que, como él, han sufrido por amor. Por ello, califica su obra como un medio para remendar la Fortuna.

Personajes

Formas cortesanas, sociedad estamentada, vasallaje, diferentes oficios… todo tiene cabida en esta quinta novela de la segunda jornada.

Andreuccio es un mercader, oficio comercial en auge en la Edad Media. La vida económica de entonces tenía como centro el mercado, donde se nos presenta en primera instancia al protagonista. Fiordaliso, la joven siciliana, tiene un mínimo de dos criados a su cargo (la joven que intermedia para propiciar el encuentro de los dos protagonistas y el muchacho que se queda al cuidado de Andreuccio), lo que demuestra que pertenecía a la nobleza. Además, uno de los vecinos se refiere a ella como “buone femine”. Como a día de hoy, ladrones y policías juegan sus roles: los primeros se aprovechan de Andreuccio para lograr sus fines y los segundos vigilan la señoría. Como veremos después, ni los ladrones obtienen beneficio alguno del comerciante ni la policía le pilla. Por último, está el clero, contra el que Boccaccio siembra una disimulada crítica. El autor, a lo largo de su vida vaciló entre el cristianismo y el escepticismo. El Decameron es una obra de madurez y, a juzgar por sus referencias a la Iglesia, en un momento de irrelevancia hacia la religión. Así pues, nos presenta un clero ostentoso (“era stato sepellito con ricchissimi ornamenti e con un rubino in dito il quale valeva oltre a cinquecento fiorin d'oro”) y codicioso, como se ejemplifica a través del cura que, como Andreuccio, buscaba hacerse con las joyas del arzobispo enterrado. Se aprecia así el progreso ideológico desde Dante, quien concebía un mundo teocéntrico profundamente cristiano, a Petrarca, humanista, y finalmente Boccaccio, un autor con una mentalidad más terrena, más mercantil. Eso sí, sin poner nunca en tela de juicio a Dios.

A diferencia de la antigua concepción medieval donde el protagonista o héroe de la historia poseía facultades como belleza y fuerza, en esta obra los protagonistas se caracterizan por la astucia que demuestran para triunfar en las diferentes situaciones que se les presentan.

Se puede considerar la obra de Boccaccio como un adelanto considerable de la literatura de su época, pues las características del Decameron son un anticipo de la concepción profana del hombre a que llegó el Renacimiento. La ausencia de rasgos fantásticos o míticos, así como la burla hecha a los ideales medievales, son, entre otros, los rasgos que definen al Decameron como un texto profundamente antropocéntrico y humanista.

La Fortuna

El cuento tiene una construcción sólida y ordenada que se divide en tres núcleos narrativos en torno a Andreuccio: En primer lugar, la aventura con la siciliana, quien le engaña haciéndose pasar por su hermana desconocida, le deja caer en un vertedero y le deja en la calle sin ropa ni dinero. En segundo lugar, el encuentro con los ladrones y la caída en el pozo y, por último, el reencuentro con los cacos y el robo. Las tres partes tienen un rasgo común: el protagonista siempre cae (al vertedero, al pozo y al sarcófago) y sale casualmente bien parado.

Aquí entra en juego el papel de la Fortuna. Dante tenía una visión vertical de la realidad; Boccaccio se queda con la acción de cada persona como medio para superarse, en tanto que considera que podemos luchar contra las adversidades del día a día (una mentalidad muy mercantil). La vida, que se halla a merced de la suerte, puede ser corregida y desviada por la inteligencia humana, de lo que se infiere que no queda lugar para la divinidad. Por primera vez en la literatura italiana, los cielos se alejaban para dar paso a lo mundano, lo pícaro, lo lascivo y lo terrenal. Y es que la peste que azotaba el continente europeo y la visible y escandalosa hipocresía de los eclesiásticos convencieron de que la vida debía vivirse sin limitarse por la religión.

Conclusión

Hacia finales del siglo XV, Florencia y algunas otras ciudades italianas se convierten en escenarios de un florecimiento cultural sin igual en la historia de Occidente. Los orígenes de esta era de esplendor, que sella el fin del medioevo feudal del escolasticismo, se remontan al interés de algunos literatos del siglo anterior en el mundo de los antiguos griegos y romanos. Dante, Petrarca y Boccaccio figuran entre los precursores que, bajo el influjo de los textos clásicos y del espíritu renovador de san Francisco de Asís, anticipan en el XIV una nueva concepción del mundo centrada en el hombre y en sus posibilidades creadoras.

En su obra, Dante no solo reflejó la mentalidad profundamente cristiana de su época, sino que la Divina Commedia definió, además, el destino de la literatura italiana, dando lustre artístico a todas las formas literarias que la Edad Media había producido. Por su contenido y la altura de su arte, es el poema más profundo y más completo de la literatura italiana; es una especie de espejo y juicio de la humanidad entera. Con el interés por los clásicos y la novedad de los sentimientos humanos que reflejó en una poesía de muy estudiada elegancia, Petrarca fue el primer humanista. Finalmente, el Decameron rompió con la conservadora tradición literaria de relatos místicos e hizo de Boccaccio el padre de la novela moderna al desarrollar el tradicional cuento medieval infundiéndole una dote psicológica de la que carecía hasta ese momento, presentando al ser humano como lo que es: una persona con virtudes y defectos, con sus penas y sus glorias.

Los tres autores sentaron las bases tanto del Humanismo como del Renacimiento y son considerados los padres de la literatura italiana de todos los tiempos.

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