Edad Media en la Península Ibérica

Historia Medieval de España. Al-Ándalus. Reinos cristianos. Reconquista. Reinos taifas. Califato de Córdoba. Mesta

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HISTORIA DE ESPAÑA - EXAMEN TEMA 2

Primera Parte: La Península Ibérica en la Edad Media: al-Ándalus

A) Evolución Política: Conquista, el Emirato y el Califato de Córdoba

Dirigidos por Tariq, los musulmanes derrotaron en la batalla de Guadalete (711) al último rey visigodo, Rodrigo. Los invasores decidieron proseguir el avance por las tierras hispanas, primero en dirección a Toledo, posteriormente hacia Zaragoza. En apenas 3 años, los musulmanes lograron conquistar la mayor parte de las tierras hispánicas sin encontrar casi resistencia, salvo en la zona cantábrica y pirenaica.

Algunos datos indican que varios magnates nobiliarios visigodos decidieron pactar con los invasores.

El Emirato

La España visigoda, como consecuencia de la invasión musulmana, había desaparecido. En su lugar surgía una nueva provincia del mundo islámico, al-Ándalus. Al frente de este territorio se colocó a un emir o gobernador, que actuaba como delegado del califa musulmán (Omeya), cuya sede se hallaba en Damasco. Los musulmanes realizaron algunas incursiones por el norte de la Península, pero fueron derrotados por los satures en Covadonga (722). También penetraron en suelo franco pero sufrieron un duro golpe en Poitiers (732). No faltaron disputas internas de los musulmanes, sobre todo contra los beréberes norteafricanos.

A mediados del siglo VIII los Omeyas fueron víctimas de la revolución abasí, pero un miembro de la familia derrotada, Abderramán I, logró escapar, refugiándose en al-Ándalus, donde se proclamó emir. Con él comenzó en al-Ándalus el periodo conocido como emirato independiente, debido a que rompió el contacto político con los califas abasíes, que habían establecido su sede en Bagdad.

La etapa del emirato independiente, cuyo centro del poder estaba en Córdoba, duró desde mediados del s. VIII hasta comienzos del X. El dominio musulmán de España se consolidó en esos años, pero no impidió conflictos internos, revueltas sociales o pugnas entre el poder cordobés y los dirigentes de las marcas fronterizas de al-Ándalus. La sublevación más peligrosa fue la que inició, en el 879, Omar Ibn Hafsum, perteneciente a una antigua familia noble visigoda que había aceptado la religió musulmana. Unos años más tarde, Omar Ibn Hafsum se convirtió al cristianismo. Estas tensiones en la segunda mitad del siglo posibilitaron que los cristianos del norte ocuparan las llanuras semidesiertas de la cuenca del Duero.

El Califato de Córdoba

Un importante paso en el fortalecimiento de al-Ándalus se dio en el 929, cuando el emir Abderramán III decidió proclamarse califa, cargo en el que confluían el poder político y el religioso.

Alcanzó importantes éxitos, pues logró acabar con las luchas internas que se repetían en el territorio andalusí, entre ellas la peligrosa revuelta de Omar Ibn Hafsum y sus hijos. Frenó el avance de los cristianos del norte y se enfrentó a los fatimíes, corriente musulmana de signo radical que estaba progresando a pasos agigantados por el norte de África. Al mismo tiempo, mantuvo buenas relaciones con Bizancio y Alemania, lo que le dio una buena proyección internacional.

El califa residía en el alcázar de Córdoba, situado junto a la gran mezquita. Después Abderramán III ordenó construir la impresionante ciudad-palacio de Madinat al-Zahra, residencia califal y centro del poder político de al-Ándalus.

B) Crisis del siglo XI: Reinos de taifas e imperios norteafricanos

Almanzor y la crisis del califato de Córdoba

A Abderramán III le sucedió su hijo al-Hakam II (961-972), que protagonizó una época de paz, tanto con los fatimíes como con los cristianos del norte peninsular. La aparición de los vikingos en las costas occidentales de al-Ándalus, no empañó la tranquilidad del mandato de al-Hakam II que fue un decidido protector de las letras de las artes.

En las últimas décadas del siglo X Almanzor se hizo con el poder efectivo en al-Ándalus; ejercía el cargo de hachib, una especie de primer ministro. Mientras tanto, el nuevo califa, Hisham II (976-1009) vivía reducido en el palacio de Madinat al-Zahra sin ejercer en lo más mínimo el poder político. Almanzor, que basaba su poder en el Ejército y que adoptó medidas para ganarse a la población, organizó terroríficas campañas contra los cristianos del norte. Numerosas ciudades de la España cristiana sufrieron las terribles acometidas de Almanzor.

Es probable que esas campañas estuvieran motivadas por la escasez de metal precioso que sufría al-Ándalus. La muerte de Almanzor (1002), tras sufrir una derrota en Catalañazor, abrió en al-Ándalus una larga etapa de auténtica guerra civil.

Reinos de taifas e impreios norteafricanos

Después de varios años de duras luchas, el califato de Córdoba terminó por desaparecer (1031). En su lugar surgió un mosaico de pequeños reinos, llamados de taifas, expresión que significaba “banderías”, que se mostraron sumisos hacia los dirigentes cristianos, a los que entregaban unos tributos llamados “parias”. No obstante, en el 1086, hicieron acto de presencia en las tierras hispánicas los almorávides, agrupaciones de tribus beréberes dedicadas a la ganadería que poco antes habían creado un imperio en el norte de África.

Caracterizados por el rigor religioso, los almorávides acabaron con los taifas, unificaron el poder político en al-Ándalus y lograron contener el avance de los cristianos hacia el sur. Pero a mediados del siglo XII el poder almorávide se vino abajo y surgieron en al-Ándalus los conocidos como segundos reinos de taifas.

Más tarde aparecieron en la Península Ibérica los almohades, que habían constituido años antes un nuevo imperio también formado por beréberes. Los almohades, no solo unificaron nuevamente al-Ándalus, sino que hicieron frente a los cristianos logrando algunos éxitos notables, como contra Alfonso VIII de Castilla. Pero la aplastante derrota sufrida ante los cristianos en las Navas de Tolosa (1212) hundió el imperio almohade, dando lugar a un nuevo establecimiento de pequeños reinos de taifas, cuya vida fue efímera, pues el avance cristiano, después de aquel éxito militar, fue prácticamente incontebible.

El único taifa surgido tras la caída del imperio almohade que logró sobrevivir fue el de Granada, que tenía como límite norte de la cordillera Penibética, y por el sur, el mar Mediterráneo, comprendiendo, más o menos, las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga. Granada pudo subsistir, entre otros factores, por la crisis que afectó en el siglo XIV a la Corona de Castilla, que era a quien le correspondía conquistar aquel territorio, y porque le socorrieron en ocasiones los benimerines norteafricanos. La zona fronteriza entre Granada y Castilla fue objeto de frecuentes conflictos, a veces favorables a los castellanos. Asimismo, hubo fuertes tensiones dentro de la Granada nazarí, sobre todo en el siglo XV.

La población de este reino era muy numerosa, pues allí se refugiaron parte de los mudéjares expulsados del a Andalucía Bética por el monarca Alfonso X. Desde el punto de vista económico, destacaba la riqueza agrícola de la vega de Granada. En cuanto a la producción artesanal, la actividad más relevante era la de la seda. También fue muy activo el comercio de la Granada nazarí, en el que participaron hombres de negocios genoveses.

En la Granada nazarí alcanzaron un notable desarrollo tanto la literatura como las disciplinas científicas. En el arte, la gran aportación fue el palacio de la Alhambra, establecido en Granada, que funcionaba como residencia de los emires.

C) La organización económica y social de al-Ándalus

Organización Económica

Al-Ándalus supuso grandes innovaciones. Por ejemplo, en la agricultura impulsaron la práctica del regadío y se difundieron cultivos como los cítricos, el arroz, el algodón o el azafrán.

Por lo que se refiere a la ganadería, destaca el impulso dado a animales como la oveja y el caballo, ligado a las actividades militares. Por otra parte, la apicultura conoció un desarrollo espectacular.

Gran importancia tuvo, asimismo, la obtención de recursos naturales como la madera, la sal, o los metales como el hierro, plomo, cobre o cinabrio.

En cuanto a la industria es importante la producción de manufacturas, en especial la producción textil, la cerámica, las armas, la fabricación de papel y de vidrio y el trabajo de las pieles. La construcción de navíos se efectuaba en las atarazanas de Sevilla.

El comercio se vio favorecido por la acuñación de dos tipos de monedas, el dinar de oro y el dirhem de plata, pero también por la densa red viaria heredada de tiempos romanos. El comercio interior se efectuaba en el zoco de las ciudades.

Al-Ándalus mantuvo también un intenso comercio exterior, tanto con los restantes países islámicos como con la Europa cristiana. Exportaba productos agrícolas, minerales y tejidos e importaba especias y productos de lujo del Próximo Oriente, pieles, metales, armas y esclavos de la Europa cristiana, pero también oro y esclavos negros procedentes de África

La sociedad

En al-Ándalus había una población sumamente diversa, tanto por si origen étnico como por la religión que profesaban. A esta población hubo que agregar los invasores musulmanes, beréberes procedentes del norte de África. Se establecieron en las zonas más pobres de Hispania. También llegarón a al-Ándalus esclavos procedentes de la Europa oriental o del continente africano.

Desde el punto de vista religioso, en al-Ándalus había gentes de tres religiones: musulmanes, cristianos (mozárabes) y judíos, aunque las tres compartían algunos rasgos de proximidad.

A comienzos del siglo VIII, la población de la España visigoda era cristiana, pero con el tiempo la mayor parte de esos habitantes terminó aceptando la religión islámica. A esos se les denominó muladíes o renegados. Los cristianos y los judíos gozaban de cierta autonomía y podían practicar si religión. Los judíos, que habían sufrido persecuciones en la época visigoda, vieron en principio con buenos ojos la presencia islámica en suelo hispano. Los cristianos vivieron fases de tensión y algunos de ellos emigraron hacia las zonas cristianas del norte de la Península.

Aunque la mayor parte de la población de al-Ándalus vivía en el medio rural, las ciudades tuvieron una gran importancia. Eran herencia de los tiempos romano-visigodos. Pero los musulmanes también crearon ciudades nuevas, como Almería, Madrid o Catalayud.

La más pujante de los siglos VIII al X, fue Córdoba, que en la época califal contaba con más de 100.000 habitantes. En ella había un mercado de libros y otro de esclavos.

Desde el punto de vista social, en al-Ándalus había grupos aristocráticos, llamados jassa, integrados por familias de origen árabe, aunque figuraban entre ellos algunos linajes de ascendencia visigoda. Se caracterizaban por el orgullo de su linaje, sus grandes dominios territoriales y la ocupación de altos puestos en la Corte. En el extremo contrario se encontraban las masas populares o amma, formadas por artesanos modestos y los labriegos. Poco a poco fue surgiendo una especie de clase media, formada por los mercaderes. También había en al-Ándalus esclavos procedentes del exterior. Hay que destacar por último la evidente situación de inferioridad de la mujer en aquella sociedad.

Organización Política

Desde que Abderramán III adoptó el título de califa, este cargo representó la máxima autoridad en al-Ándalus. Ejercía un poder absoluto en el terreno político, pero también espiritual. Los símbolos de su soberanía eran el trono y el cetro. Por debajo del califa se hallaba el hachib, especie de primer ministro, y después, los visires, que eran como ministros secundarios.

También era importante el sistema de recaudación, que se nutría principalmente de la limosna que aportaban los musulmanes y de los tributos que se cobraba a los mozárabes y a los judíos.

La justicia corría a cargo de los cadíes, personas que debían conocer a fondo los textos sagrados del Islam y, sobre todo, el Corán, así como poseer virtudes como la dignidad, la rectitud y la integridad. El cadí más importante de al-Ándalus era el de Córdoba, que se consideraba juez de la comunidad. Había otros muchos funcionarios, como el zalamedina, que era una especie de prefecto de las ciudades, o el zabacoque, inspector de los zocos o mercados.

El ejército de tierra estaba integrado por combatientes a caballo. Su jefe máximo era el califa, a cuyas órdenes se situaba un mando inferior, el caíd. La marina adquirió un notable empuje para contrarrestar a toda costa el peligro que representaban para al-Ándalus los fatimíes del norte de África.

Segunda parte: La Península Ibérica en la Edad Media: Los reinos cristianos

A) Los primeros núcleos de resistencia. El nacimiento de León y Castilla.

El reino astur

El primer núcleo político cristiano que se constituyó fue el astur, que surgió tras el triunfo obtenido sobre los musulmanes en Covadonga por el noble visigodo Pelayo al frente de los satures. Ese acontecimiento en el año 722 sería considerado por los eclesiásticos de las zonas cristianas como “la salvación de España”.

Los sucesores de Pelayo, que adoptaron el título rey, efectuaron diversas correrías por el valle del Duero, pero a la vez extendieron sus dominios por el oeste, hacia las tierras de Galicia, y por el este, hacia el País Vasco.

En el transcurso del siglo IX se fue desarrollando el proceso colonizador de las llanuras de la cuenca del Duero, que en aquellas fechas eran una especie de tierra de nadie, pues los musulmanes tenían establecida su frontera septentrional en la zona del Sistema Central. A finales de siglo, con Alfonso III de Asturias, los cristianos colonizaron los márgenes del río Duero.

A comienzos del siglo X, este reino pasó a denominarse astur-leonés, debido a que el centro del poder político se había trasladado a la antigua ciudad romana de León. La expansión de los cristianos hacia el sur quedó paralizada debido a la impresionante fuerza militar que por esas fechas tenía al-Ándalus. La única excepción fue la época de Ramiro II, que logró derrotar al califa omeya Abderramán III en la batalla de Simancas (939).

En esta misma época fueron ganando gran autonomía otras dos entidades políticas: al oeste, el reino de Galicia, y al este, el condado de Castilla, que de la mano del conde Fernán González fue avanzando hacia la independencia.

El pirineo: Pamplona, Aragón y los condados catalanes

Pamplona

A comienzos del siglo IX surgió en el norte de Navarra el llamado reino vascón de Pamplona. Unos años antes, en 778, los vascones, que habitaban aquella zona montañosa, derrotaron en Roncesvalles al ejército carolingio. No obstante, la dinastía que se consolidó en aquel trono fue la de Jimena, que comenzó a reinar en las inicios del siglo X.

En tiempos de su primer rey, Sancho Garcés I (905-925) los navarros se expandieron por las tierras llanas del alto Ebro. Su sucesor, García Sánchez I (925-970), incorporó al reino de Pamplona el condado de Aragón, al casar con la heredera de aquel territorio. Las acometidas de Almanzor, en las últimas décadas del siglo X, paralizaron a los monarcas navarros.

La crisis se superó con Sancho Garcés III (1004-1035), pues incorporó los condados de Sobrarbe y Ribagorza y conquistó la ciudad de León. Además, añadió a sus dominios el condado de Castilla.

Condado de Aragón

Más al este del reino de Pamplona surgió el condado de Aragón, que en un principio estuvo bajo la tutela directa de los reyes francos. Inicialmente comprendía un pequeño territorio montañoso, integrado por los valles de Hecho y de Cafranc. A mediados del siglo X, el condado de Aragón se incorporó al reino de Pamplona.

Condado de Barcelona

En el territorio de la futura Cataluña, nacieron a finales del siglo VIII y comienzos del IX diversos condados, todos ellos bajo la órbita de los reyes francos, que estaban interesados en proteger su frontera meridional de los posibles ataques de los musulmanes. La alianza entre los hispani y los carolingios se tradujo en importantes éxitos militares, como la conquista de Girona (785) y, sobre todo, la de Barcelona (801).

A finales del siglo X, el conde Borrell II (948-992), aprovechando el fin de la dinastía carolingia, dejó de prestar el homenaje que habían rendido sus antecesores a los reyes francos. Ese acontecimiento ha sido considerado el punto de partida de la independencia política de Cataluña.

Los reinos de Castilla y León

Castilla, antiguo condado del reino astur-leonés, se convirtió en reino en el año 1035 con Fernando I (1035-1065), un hijo de Sancho III, el Mayor de Pamplona. Fernando I pasó a ser rey de Castilla y León. Los dos núcleos volvían a estar unidos. Esa unión se fragmentó al morir el monarca, pero en el año 1072 Alfonso VI (1072-1109) volvería a unificar los reinos, que se mantendrían así hasta la muerte de Alfonso VII (1157).

León y Castilla se volvieron a separar al morir el emperador. En esa etapa se produjeron agrias disputas entre Casilla (Alfonso VIII 1158-1214) y León (Fernando II 1157-1188 // Alfonso IX 1188-1230). En ese sentido es significativo que en el enfrentamiento que Alfonso VIII de Castilla tuvo con los musulmanes en las Navas de Tolosa participaron todos los príncipes cristianos, excepto Alfonso IX de León. De todos modos, en 1230, Fernando III (1217-1252), protagonista del gran avance cristiano por las tierras del valle del Guadalquivir, volvió a unir esos reinos, esta vez con carácter definitivo. A Fernando III le suciedió su hijo Alfonso X el Sabio (1252-1284), quien completó el dominio de la Andalucía Bética al incorporar la ciudad de Cádiz (1262).

Los años finales del siglo XIII y los de principios del XIV fueron testigos de fuertes disputas en los reinos de Castilla y León, en parte debidas a las minoridades regias. El monarca más destacado de la mitad del siglo XIV, Alfoso XI (1312-1250), dio un importante paso al llevar a cabo la conquista para los cristianos de la zona del estrecho de Gibraltar.

En tiempos de su sucesor, Pedro I (1350-1369), los reinos de Castilla y León fueron testigos de una guerra fratricida entre este monarca y su hermanastro, Enrique de Trastámara. El triunfo de este último, Enrique II, dio paso al establecimiento de la dinastía Trastámara. Durante el reinado de Juan I (1379-1390) hubo una dura pugna entre los reinos de Castilla y Portugal, en la que salió vencedor este último.

En el siglo XV, los reinos de Castilla y León estuvieron gobernados por Juan II (1406-1454) y Enrique IV (1454-1474).

B) Actividad repobladora y organización social. La Mesta

Los cristianos aprovecharon los momentos favorables, coincidentes con épocas de crisis en al-Ándalus para proceder a colonizar aquellos territorios que, aparte de no estar bajo ningún control político, se hallaban prácticamente semidesiertos.

En el noroeste peninsular se efectuó la repoblación de la plana de Vic. Los colonizadores procedían a la aprisio, ocupación y puesta en cultivo de la tierra. Esa colonización la protagonizaron tanto magnates nobiliarios como monjes y labriegos. Al frente del territorio se puso a un vizconde, que actuaba como delegado del conde de Barcelona.

El territorio más extenso de la España cristiana que fue objeto de repoblación fue la cuenca del Duero, que en esas fechas contaba con una población muy reducida y no se hallaba bajo ningún poder político concreto.

Desde mediados del siglo IX, la repoblación adquirió un carácter oficial, debido a que solía efectuarla el propio monarca o algún noble que actuaba en su nombre. El proceso repoblador dio lugar a la creación de un importante sector de campesinos que poseían sus propias parcelas de tierra, los llamados “pequeños propietarios libres”. Pero, a la larga, se impusieron las grandes propiedades, lo que explica que hubiera muchos campesinos dependientes. La colonización de las llanuras del Duero posibilitó que el reino astur-leonés adquiriera una dimensión agraria.

La Mesta

La etapa comprendida entre los siglos XI y XIII se caracteriza por la expansión económica. Las conquistas de los cristianos permitieron incorporar zonas de gran fertilidad, como los valles del Tajo y del Ebro, las huertas de Valencia y de Murcia y el valle del Guadalquivir, así como nuevos cultivos.

La ganadería, especialmente la ovina, de la que se obtenía abundante lana para la industria textil, conoció un espectacular desarrollo, sobre todo en la Corona de Castilla. Allí se creó, durante el reinado de Alfoso X, el Honrado Concejo de la Mesta, institución encargada de proteger los intereses de los ganaderos. Las ovejas recorrían las cañadas en busca de pastos. Durante el verano pastaban en zonas montañosas y en invierno, en las llanuras de la España meridional. En la corona de Castilla se constituyeron cuatro grandes cañadas: la leonesa, la segoviana, la soriana y la conquense.

Pero el rasgo más significativo de esa época fue el crecimiento de las ciudades, y con ellas, el impulso alcanzado por las actividades artesanales y mercantiles. Sin duda, el auge del camino de Santiago tuvo mucho que ver en el desarrollo de los núcleos urbanos.

El comercio se apoyaba en la difusión de monedas, acuñadas por los reyes, pero también en la mejora de caminos, herencia de las calzadas romanas, y en la creación de mercados que solían celebrarse con carácter semanal, y de ferias, donde concurrían hombres de negocios de diversos lugares.

C) Principales etapas de la Reconquista

La conquista de Toledo

La fragmentación del poder político en al-Ándalus facilitó la expansión de los núcleos de la España cristiana hacia el sur. Los primeros avances tuvieron lugar en el occidente peninsular. Fernando I (1035-1065) primer monarca que utilizó el título de rey de Castilla, conquistó diversas villas del norte de Portugal. Años más tarde, los reinos de Castilla y León, unidos desde el punto de vista político, procedieron a la repoblación del territorio situado entre el río Duero y el Sistema central, al que se denominaba las Extremaduras.

La repoblación de este territorio, fronterizo con al-Ándalus, tuvo un carácter militar, lo que explica el papel dirigente que tuvieron en ella los caballeros y la necesidad de que las ciudades de las Extremaduras se rodeasen de fuertes murallas, como en Ávila.

El éxito más importante fue la conquista llevada a cabo por Alfonso VI (1065-1109), en 1085, de la ciudad de Toledo, así como de buena parte del valle del Tajo. El monarca adoptó el pomposo título de “emperador de toda España”. Por esas mismas fechas, el noble castellano Rodrigo Díaz de Vivar (el Cid Campeador), después de ser desterrado de sus tierras castellanas por Alfonso VI, ocupó amplios dominios de los musulmanes en la zona mediterránea, incluida la ciudad de Valencia, donde resistió hasta su muerte (1099).

Más al este, el reino de Aragón, con Ramiro I (1035-1063), se extendió en dirección al sur, hacia la zona del Prepirineo. A finales del siglo XI, el monarca aragonés Pedro I (1094-1104), incorporó las localidades de Huesca (1096) y Barbastro (1100). Así, incorporó un territorio más extenso, la denominada Tierra Nueva. Por su parte, los condes de Barcelona rebasaron el límite de la llamada Cataluña Vieja, procediendo a repoblar diversas comarcas al sur del río Llobregat. Los éxitos más notables los logró Ramón Berenguer II (1076-1082) al conquistar Tarragona.

Siglo XII: Progresos limitados

La llegada a España de los almorávides a finales del siglo XI, procedentes del norte de África, logró contener la progresión cristiana hacia el sur de la Península. Pero el monarca aragonés Alfonso I (1104-1134) protagonizó en las primeras décadas del siglo XII una gran ofensiva sobre la zona del valle medio del Ebro. La ciudad de Zaragoza pasó a poder cristiano (1118), así como Catalayud, Tudela y Daroca. A mediados de siglo, Ramón Berenguer IV (1131-1162), conde de Barcelona y rey de Aragón, incorporó a sus dominios el bajo valle del Ebro. Destaca la toma de Lleida (1149). El territorio recién conquistado fue objeto de repoblación, aunque en él permaneció la mayor parte de la población mudéjar.

En la segunda mitad del siglo XII se reanudó el avance militar de los cristianos hacia el sur de la Península. Surgieron en los reinos de Castilla y León las primeras órdenes militares como las de Calatrava, Alcántara y Santiago, que realizarían una importante labor, tanto militar como colonizadora.

En esta época, los reyes de Castilla y de Aragón firmaron tratados de reparto (Tudillén; Cazorla), en los que se asignaban los territorio de al-Ándalus que cada uno de ellos debía conquistar en el futuro. Pero la llegada de los almohades, procedentes del norte de África, a finales de siglo XII, supuso un nuevo freno al avance cristiano.

Siglo XIII: Las grandes conquistas

La severa derrota sufrida por los almohades en las Navas de Tolosa (1212) ante el rey de Castilla Alfonso VIII y sus aliados, abrió definitivamente a los cristianos las puertas de lo que quedaba de al-Ándalus. En unas pocas décadas, una buena parte de las tierras que habían constituido el corazón de la España musulmana pasaron a poder cristiano.

El primer logro importante fue la conquista de las islas Baleares por el monarca catalano-aragonés Jaime I (1213-1276). En 1229 caía en poder cristiano la ciudad de Palma de Mallorca y unos años más tarde toda la isla estaba en sus manos. Las demás islas cayeron poco después en poder cristiano.

El siguiente paso fue la ocupación del reino de Valencia, tarea que exigió varios años de lucha y que culminó con la entrada en la ciudad de Valencia en 1238, después de un largo asedio. La última conquista importante fue la de Alzira (1245). No obstante, Jaime I encontró bastantes dificultades en el sur del reino de Valencia, donde permanecieron muchos mudéjares.

En el oeste de la Península Ibérica el rey de León Alfonso IX aprovechó el éxito de las Navas de Tolosa para incorporar a sus dominios Cáceres (1227), así como Mérida y Badajoz. Pero el progreso más espectacular fue el que llevó a cabo Fernando III, rey de Castilla y León desde el año 1230, pues todo el valle del Guadalquivir pasó a integrarse en sus reinos. En un primer momento conquistó el alto Guadalquivir y la ciudad de Córdoba (1236). El suceso de mayor calado fue la toma de Sevilla (1248). Una vez ocupadas las tierras andaluzas, se efectuaron repartimientos a los que acudieron, ante todo, pobladores de la submeseta norte. Casi por las mismas fechas pasó a formar parte de los dominios castellanos el reino de Murcia.

El reino de Navarra

Navarra siguió un camino diferente al de Castilla y Aragón. Tras la muerte de Sancho IV, en 1076, este reino quedaría incorporado al de Aragón. Tras la muerte de Alfonso I de Aragón, en 1134, el reino de Pamplona, que en adelante se llamaría de Navarra, volvió a tener autonomía gracias a la labor de García Ramírez (1134-1150).

Después de Sancho VII, el trono navarro fue ocupado por nobles franceses, que hasta la desaparición de la dinastía Capeta, en 1328, los reyes de Navarra lo fueron simultáneamente de Francia.

Tercera Parte: La baja Edad media. La crisis de los siglos XIV y XV

A) La organización Política. Las instituciones

Organización Política

En la España cristiana de los siglos VIII al X había reinos y condados. En el caso del reino astur-leonés, el poder regio se transmitía por vía hereditaria, lo que contrastaba con el sistema electivo que había estado vigente en la época visigoda. Era un poder que oscilaba entre el ámbito púbilco y el privado. Al lado del rey astur-leonés se hallaba el Palatium, órgano cuyos principales oficiales eran el mayordomo, el notario y el armiger, encargado del Ejército. La hacienda era muy modesta y se basaba en los dominios reales. Desde el punto de vista territorial, el conjunto del reino estaba dividido en condados, que tenían un conde a su frente. El condado más importante de este reino era el de Castilla.

Los condes de la futura Cataluña eran vasallos de los reyes francos. El conde actuaba en sus dominios con plenos poderes. Por debajo del conde se hallaban los vizcondes. A su vez, cada condado se dividía en distritos de carácter militar, las vicarías, que tenían como centro estratégico un castillo. Al frente de cada vicaría se hallaba un vicario o veguer.

Instituciones Castellano Leonesas

El rey gozaba de amplios poderes. A su lado se hallaba la Corte, integrada por los grandes oficiales, entre los que destacaban el mayordomo y el notario, y el Consejo Real. En el siglo XIV se creó la Audiencia, órgano supremo de justicia.

Una institución de suma importancia fue la de las Cortes, derivada de la anterior Curia Regia, a la que acudían nobles y eclesiásticos, pero la novedad fue la presencia de delegados de las ciudades y villas, es decir, del tercer estado. Las primeras Cortes conocidas tuvieron lugar en la ciudad de León en 1188.

El territorio estaba dividido en merindades, a las que se añadieron los adelantamientos, entre los que se encontraban los territorios recién incorporados: Andalucía y Murcia. A nivel local, el órgano esencial de gobierno era el concejo, integrado por un número fijo de regidores que eran nombrados directamente por el rey.

Instituciones de la Corona de Aragón

Al frente de la Corona de Aragón se hallaba el rey, aunque también había lugartenientes del monarca en los diversos núcleos de que constaba esta Corona. El poder regio aragonés tenía un carácter pactista, era necesario alcanzar un acuerdo con los poderosos antes de tomar una decisión.

En el siglo XIII nacieron las Cortes, primero en Cataluña, luego en Aragón y más tarde en Valencia. En Aragón cada territorio mantuvo sus propias Cortes, aunque en determinadas circunstancias se reunían las Cortes Generales de toda la Corona. Como delegación de las Cortes de Cataluña nació una institución clave: la Diputación del General o Generalitat.

Desde el punto de vista territorial, Aragón estaba dividido en merindades. El órgano de gobierno local era el municipio.

Instituciones de Navarra

Los reyes de Navarra accedían al trono mediante el “alzamiento” sobre un escudo por parte de los miembros de la alta nobleza, y debían jurar la guarda de los Fueros. Contaban con un Consejo Real, que les prestaba asesoramiento, y con una Cámara de Comptos, que era un órgano hacendístico. El reino de Navarra se dividía en merindades. Las Cortes surgieron en el siglo XIV.

Sistema Feudal

La sociedad de la España cristiana medieval se dividía en 3 estamentos: los que oran, los que guerrean y los que trabajan la tierra. Los eclesiásticos y los guerreros eran grupos privilegiados mientras que los campesinos formaban el llamado sector popular. En los siglos XIV y XV se produjo una profunda “señorialización” de la sociedad.

La alta nobleza poseía amplios dominios territoriales donde gozaban de derechos jurisdiccionales sobre los campesinos que los poblaban; ostentaba el señorío directo y territorial de amplias extensiones de tierra y ejercía el poder político sobre sus vasallos. En el siglo XIV la nobleza amplió sus dominios y al final de la Edad Media, el triunfo de la institución del mayorazgo hizo posible que los grandes señoríos se transmitieran al primogénito de forma íntegra.

La baja nobleza estaba compuesta por los caballeros y los hidalgos, infanzones y caballeros villanos. También poseían tierras pero en menor medida que la alta nobleza.

Dentro del mundo eclesiástico se distinguen el clero secular y el regular. La Iglesia también poseía importantes señoríos. Algunos grandes monasterios y catedrales tenían bajo su jurisdicción territorios similares en extensión a los más altos títulos de la nobleza. El bajo clero se hallaba bastante más cercano a los sectores populares.

El campesinado constituía la mayor parte de la población. Su situación variaba mucho de unas zonas a otras en función de cómo se hubiera producido la ocupación y repoblación del territorio. En Cataluña estaban sometidos a una fuerte dependencia de sus señores, obligados a prestaciones de trabajo personal y pago de todo tipo de rentas y de tributos. Los campesinos libres disponían incluso de tierras comunales, además de sus propiedades libres.

En Castilla había una situación similar con los “hombres de behetría” que podían elegir depender de uno u otro señor.

En ocasiones se produjeron revueltas campesinas dirigidas contra los señores de la tierra. Las más conocidas las protagonizaron los payeses de remensa catalanes.

La Burguesía

Con el desarrollo de las ciudades surgió un nuevo grupo social, la burguesía, cuya dedicación preferente era la artesanía y el comercio. En un principio, los burgueses protagonizaron conflictos con los señores de la tierra en la que vivían. Pero progresivamente, los burgueses fueron logrando importantes victorias en la consecución de sus derechos.

Con el tiempo se produciría una clara división entre el grupo dirigente de la burguesía, el patriciado, y el sector popular, denominado “común” o “gente menuda”.

Minorías y marginados

También existían minorías religiosas: los mudéjares y los judíos. Unos y otros gozaban de cierta autonomía, al tiempo que se aceptaba la práctica de su religión. Los mudéjares se dedicaban al trabajo de la tierra; los judíos, que vivían en núcleos urbanos, al mundo de las finanzas.

La acusación que pesaba sobre los judíos por haber dado muerte a Cristo hizo que fuese creciendo la hostilidad popular antijudía. Muchos judíos, para salvar su vida, se convirtieron al cristianismo, y fueron llamados conversos.

Para completar el cuadro social se alude a la presencia de colonias de hombres de negocios extranjeros, y a los sectores marginados como los mendigos, vagabundos o leprosos.

B) La crisis demográfica, económica y política

El siglo XIV fue testigo de graves crisis económicas que afectaron profundamente a la sociedad hispana. A ello contribuyó el estancamiento de una agricultura extensiva de muy bajos rendimientos, que llevó al límite la contradicción entre unos recursos y alimentos limitados, y una población creciente: de ahí la desnutrición y la hambruna que, con la frecuencia de los “malos años”, en los que prácticamente se perdían todas las cosechas, y la llegada de epidemias, provocó enorme mortandad.

Las consecuencias económicas de esta doble crisis agraria y demográfica fueron tremendas: reducción de las tierras de cultivo, despoblación de amplias zonas, escasez de mano de obra, alza de precios y descenso de las rentas que percibían los grandes propietarios territoriales.

Las consecuencias sociales fueron el aumento de la conflictividad y las luchas sociales entre grupos y clases por el mantenimiento de sus rentas y recursos, llegando incluso a una guerra civil en Castilla que provocó el cambio de dinastía con la ocupación del trono por la familia Trastámara.

Las crisis de la época afectaron al mundo rural. Es más, el comercio catalán en el Mediterráneo alcanzó un gran auge en el siglo XIV. Era un comercio que se proyectaba en diversas direcciones. Los catalanes exportaban básicamente paños e importaban sedas y especias. Pero en el transcurso del siglo XV Cataluña vivió numerosas dificultades, patentes sobre todo en el declive del comercio.

En la Corona de Castilla conoció un notable auge la ganadería ovina trashumante. Se abrió para Castilla el mercado de Flandes.

En los últimos siglos de la Edad Media se desarrollaron actividades bancarias, como la aparición de la letra de cambio, pero también la creación de sociedades mercantiles.

C) La expansión de la Corona de Aragón

La Corona de Aragón surgió en el año 1137, a raíz del matrimonio del conde Ramón Berenguer IV con Petronila de Aragón. Sus sucesores, Alfonso II (1162-1196) y Pedro II (1196-1213) se interesaron en especial por los dominios situados al otro lado de los Pirineos, aunque sin mucho éxito. Un gran monarca fue Jaime I (1213-1276), con quien fueron incorporados a la Corona de Aragón los territorios de Valencia y de las Baleares. La proyección hacia el mar Mediterráneo, iniciada en tiempos de Jaime I, prosiguió con Pedro III, en cuyo reinado Aragón, aprovechando la revuelta contra los angevinos que ocupaban el poder en Sicilia, sumó esta isla a sus dominios. Durante el reinado de Jaime II, la Corona de Aragón hacía acto de presencia en Cerdeña. Bajo su gobierno destacó la expedición de los almogáraves a tierras de Bizancio.

Excepcional importancia tuvo el largo reinado de Pedro IV (1336-1387). Con él se incorporó a la Corona de Aragón el reino de Mallorca, que había funcionado en el pasado con independencia. También sumó a sus dominios los ducados de Atenas y Neopatria.

A principios del siglo XV, la dinastía reinante hasta entonces en Aragón se extinguió. En el compromiso de Caspe (1412) fue elegido rey de Aragón el castellano Fernando de Antequera, miembro de la dinastía Trastámara. Le sucedió su hijo Alfonso V que fue el conquistador del reino de Nápoles. El último monarca medieval de Aragón fue Juan II.

D) Rutas Atlánticas: Castellanos y portugueses. Islas Canarias

El interés de Castilla por el Atlántico se debía a razones de índole económica. Por un lado, la ruta hacia el Atlántico norte era la vía principal de exportación de productos como la lana castellana o el hierro vizcaíno. Por otro lado, la ruta sur, en torno al eje Sevilla-Cádiz, controlada por los genoveses, facilitaba el acceso al oro, el marfil y los esclavos, y a los paños y telas italianas y productos y especias de Oriente.

La unión entre las dos rutas se producía a través de una cadena de ferias. Destaca la de Medina del Campo, cerca de Valladolid.

También es importante la actividad pesquera y naval. Con el fin de proteger la ruta atlántica sur, Castilla colaboró con Portugal y Aragón para hostigar el reino nazarí de Granada y a los benimerines del Norte de África y controlar el estrecho de Gibraltar.

Los problemas internos en Castilla impidieron una política exterior más activa y Portugal se convirtió en un poderoso rival. Así mismo, estrechó su alianza con Inglaterra.

Las islas Canarias

Las islas Canarias debían de haber sido un objetivo de Portugal. Por su parte, la actividad de los marinos genoveses, andaluces, mallorquines y vizcaínos en las costas africanas ya era intensa desde el siglo XIV.

Entre 1402 y 1428 se enviaron varias expediciones a las islas. La primera, auspiciada por Enrique III de Castilla, fue encabezada por el aventurero normando Jean de Béthencourt, que se apoderó de Lanzarote y, más tarde, de Fuerteventura, La Gomera y El Hierro. Enrique III lo nombró rey vasallo de Canarias.

Las restantes islas no serían conquistadas hasta finales del siglo XV. Muy pronto se instalaron en ellas colonos andaluces y empresarios genoveses. La empresa colonizadora fue prácticamente privada hasta la época de los Reyes Católicos.

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