Economía de Planificación central

Economía de Mercado. Historia contemporánea del siglo XX. COMECON. Inversión. Comunismo. Capitalismo. URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Rusía. Yugoslavia. Checoslovaquia. Polonia. Rumania. Hungría. Bulgaria

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En primer lugar vamos a centrarnos con una definición y algo de historia sobretodo tomando como epicentro lo que fue de la portentosa U.R.S.S.:

La Economía planificada es un sistema económico caracterizado por una fuerte regulación y planificación por parte del Estado y generalmente asociado con los países comunistas. La caída de los sistemas comunistas en los países de Europa del Este en 1989, y en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991, sirve como argumento para mostrar no sólo que la planificación centralizada de la economía, o el proyecto comunista ha fracasado, sino que además es inviable. Un juicio más sereno, que tenga en cuenta las particulares características políticas y económicas de estos países, no establecería generalizaciones tan tajantes. En primer lugar, no se puede valorar la efectividad de la planificación central basándose en los logros económicos y, en segundo lugar, la asociación de centralización con socialismo o comunismo sólo tiene sentido cuando se trata de mostrar que era el único sistema económico alternativo al capitalismo.

Rusia y su economía

La economía centralizada permitió una rápida acumulación, pero no logró alcanzar objetivos económicos eficientes. Los planes quinquenales tenían que ser, a la fuerza, planes agregados porque no se podía realizar un plan para cada uno de los doce millones de bienes que produce una sociedad industrial. Al permitir un cierto grado de discreción en cada sector, industria o empresa, los planes agregados sólo podían aplicarse de forma eficaz en función de los objetivos generales que inspiraban el plan. La eficiencia de una planificación agregada dependía de los objetivos políticos. Al premiar a los gestores o administradores en función de su capacidad para cumplir los objetivos del plan, existía un fuerte aliciente para solicitar más materias primas de las necesarias y subestimar la capacidad productiva de la fábrica. Al suprimirse todos los procesos democráticos, ni los sindicatos ni los sóviets podían denunciar estas prácticas. Por lo tanto, y aunque de manera paradójica, la centralización provocó un desarrollo desequilibrado incompatible con una planificación eficiente. En efecto, si la planificación económica pretende racionalizar la utilización de los recursos para lograr determinados objetivos, y por lo tanto requiere una información exacta y una aplicación cooperativa, imaginativa y motivada, sería erróneo definir la economía centralizada del régimen estalinista como una economía `planificada'.

Además, debido a la posición monopolista de los productores, no existían incentivos para adaptarse a las variaciones de la demanda o para mejorar la calidad de los productos. Estos desequilibrios microeconómicos se veían agravados por los desequilibrios macroeconómicos: a menudo, los gastos salariales superaban con creces los ingresos provenientes de las ventas efectivas. Aunque la inflación se evitaba gracias a los controles de precios, los efectos del desabastecimiento se hacían patentes en las grandes colas ante los comercios, las estanterías vacías de las tiendas y la escasez de materias primas en los procesos de producción. Para algunos consumidores, esto se traducía en un exceso de rublos que no podían gastarse y que hubieran vaciado las existencias de cualquier tienda de haber existido un producto que comprar. Para los gestores, temerosos de no cumplir con los objetivos de los planes, la amenaza de no poder disponer de las materias primas necesarias para la producción (englobando la mano de obra o fuerza laboral cualificada) les llevaba a acudir al mercado negro. De esta forma, la eficiencia de los planes se veía, una vez más, debilitada. Por lo tanto, aunque la planificación de la economía podía eliminar algunas de las deficiencias inherentes a las economías de mercado que hacían de éstas unos sistemas indeseables (debido al desempleo, la subutilización de recursos, las importantes desigualdades distributivas en los ingresos y las dramáticas fluctuaciones económicas generadas por los ciclos económicos), cuando no estaba respaldada por el apoyo popular ni tenía instrumentos de control democráticos, sólo podía eliminar las anteriores deficiencias generando otras nuevas.

La creación del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME o COMECON) se realizó en un principio entre la República Democrática de Alemania, Checoslovaquia, Polonia, Rumania, Bulgaria, Hungría y la Unión Soviética.

Años más tarde se inició la desaceleración de las tasas de crecimiento, que fue la consecuencia del agotamiento de la economía, reflejando la necesidad de negociar una transición desde un crecimiento de tipo `extensivo', que dependía de encontrar nuevos recursos, hasta un crecimiento `intensivo', dependiente de aumentos y mejoras en la productividad. La URSS continuaba sin poder realizar esta transición: la disponibilidad de tecnología occidental era limitada, y su aplicación tampoco era fácil, pues la estabilidad y rigidez del mercado de trabajo en los países soviéticos, baluarte social del partido comunista, no permitía una rápida adaptación de nuevas técnicas. El importante gasto en Defensa agravó los problemas generados por la desaceleración de la actividad. Mientras que Estados Unidos dedicaba entre el 5 y el 6% de su producto interior bruto (PIB) a gastos improductivos en Defensa, el estado más pequeño de la Unión Soviética dedicaba entre el 12 y el 15 por ciento.

Esta situación insostenible dio lugar a la política de la perestroika, o `reforma económica' de Mijail Gorbachov, y su contrapartida política denominada glasnost, o `transparencia': la supresión parcial de la censura y el fomento de la crítica positiva, que pretendía también debilitar a los opositores a las reformas. Sin embargo, los efectos de estas medidas fueron incontrolables, despertando los sentimientos nacionalistas de las distintas minorías que convivían en la URSS y, más tarde, provocando una revuelta por parte de los mineros y los trabajadores de los transportes públicos. El fallido golpe de Estado de los conservadores en 1991 marcó el final de la URSS. Para entonces, las revueltas de 1989 habían provocado la caída de los regímenes comunistas en Europa del Este. Los defensores del antiguo régimen eran una minoría; casi todos los reformistas llegaron a la conclusión de que el sistema no tenía reforma posible; los burócratas del partido comunista y los directivos de las empresas se reconvirtieron ocupando lugares destacados en la dirección de la incipiente economía de mercado, mientras que los trabajadores no tenían ideales que defender tras decenios de desencanto y desilusión. La pauta estalinista, estímulo de la industrialización forzosa, había llegado a su fin en Europa; en China sólo sobrevive como ideal político alejado de la realidad que representa la política económica aperturista.

De hecho, la caída de los muros del socialismo real se debió a que el modelo de economía planificada y estatista mostró muchas deficiencias para abatir la pobreza y modernizar la planta productiva. Además, sus estructuras arrastraron graves males: corrupción estructural y un autoritarismo que terminó por asfixiar la libertad del pueblo. El caso cubano, sin embargo, muestra importantes avances en materia de educación y salud. En estos sectores, no hay país en Latinoamérica y quizás en el mundo de las naciones subdesarrolladas que lo supere. Pese a ello, la carencia de recursos y el atraso económico están empujando a la isla hacia una situación crítica e insostenible.

Rusia al borde del abismo

La corrupción financiera sin limites, la degradación nacional y el cataclismo económico en los que se debate Rusia desde la llegada al poder de Boris Yeltsin en 1991 no tienen precedente en la historia del capitalismo del siglo XX. En ocho años, los apparatchiks del presidente, la nueva oligarquía y sus mentores norteamericanos han arruinado el país. Los hechos están ahí, son apabullantes.

Según el centro para el Estudio del Nivel de Vida (Moscú), 79 millones de rusos -es decir, el 53 % de la población- viven por debajo del umbral de la pobreza, y el número aumenta inexorablemente. El 2 % de la población acapara el 57 % de la riqueza nacional. La deuda externa ha alcanzado el nivel récord de 180.000 millones de dólares y, por su parte, la deuda interna se cifra en 161.000 millones de dólares. Los “superricos” y las compañías transnacionales han hecho huir, ilegalmente, de Rusia entre 200.000 y 250.000 millones de dólares, a los que hay que añadir las gigantescas transferencias financieras intrafirmas. La infraestructura científica y tecnológica del país se ha convertido en un campo en ruinas. El trabajo no pagado, que el Fondo Monetario Internacional (FMI) anima con sus directivas antiinflacionistas, es la suerte que le ha tocado a millones de personas: los salarios atrasados se elevan al 11 % del producto interior bruto (PIB) en enero de 1997 y al 27 % en septiembre de 1998.

La cosecha de 1998 fue la peor desde 1945, lo que ha tenido como consecuencia masivas importaciones de productos agrícolas que representan el 75 % del consumo. El rublo ha dejado de ser un atributo de la soberanía nacional para convertirse en una especie de vestigio: la moneda de un país colonizado. Es el dólar, utilizando para las transacciones más elementales de la vida cotidiana, el que reina como señor de la economía. De ahí el recurso generalizado al trueque, en unas proporciones comparables a las del período de la guerra civil (1918-1921). La esperanza de vida masculina -55 años- ha caído hasta el nivel de los países del Sahel; se puede comparar con los 74 años de Cuba y los 72 años de China. Este inventario escalofriante que, sin embargo, está muy lejos de ser exhaustivo, testimonia los desastres provocados por las políticas puestas en marcha por Yeltsin, en nombre de la “democracia”, de la apertura de la sociedad y del Estado de derecho.

Desde 1991, las medidas de liberalización, las privatizaciones, la libertad sin cortapisas dejada al mercado, han conducido a una criminalización de la economía y han beneficiado a una ínfima minoría de predadores y de estafadores. Los empresarios de esta contrarrevolución calificaron a Rusia como país “emergente” sin, por otra parte, precisar de qué “emergía” exactamente. Esos propagandistas del neoliberalismo -a los que la embajada de Estados Unidos en Moscú presta su concurso distribuyendo gratuitamente millares de ejemplares de una nueva traducción de la obra de Friedich von Hayek El Camino de la servidumbre, publicada en 1944 - se reclutan principalmente en las filas del nuevo capital y de la antigua nomenclatura soviética. Bautizados como “reformadores”, gozan del beneplácito de los medios dirigentes de Estados Unidos, del Banco Mundial y del FMI. En resumen, “del consenso de Washington”.

Aunque Yeltsin sigue todavía allí, “reformas” y “reformadores” le han hundido hoy en el descrédito más absoluto. Es demasiado pronto para saber si el primer ministro, Yevgueni Primakov, nombrado en agosto de 1998, dispone de la relación de fuerzas externas e internas que le permitan impedir el hundimiento total del país. En cualquier caso, nada permite pensar que la situación económica y social pueda mejorar rápidamente. Según las previsiones del Economist Intelligence Unit, el PIB de Rusia retrocederá un 6 % en 1999.

El diktat de la puerta abierta

Las privatizaciones y las medidas de desregulación han hecho pasar a sectores enteros de la economía de la antigua Unión Soviética bajo la cúpula de las multinacionales extranjeras. Es, en particular, el caso de los recursos petrolíferos de las repúblicas de Asia central, especialmente de Kazajstán y Azerbaiyán. La propia Rusia está reducida, por el capital internacional, al estatus de simple productor de materias primas y destinada a aceptar una entrada ilimitada de firmas extranjeras a sus industrias del petróleo y el gas.

El diktat norteamericano de la “puerta abierta” -prefiguración, en el siglo XIX, del acuerdo Multilateral sobre la Inversión (AMI)- ha sido puesto al día y negociado con la nueva casta dirigente, que ha visto en ello la ocasión para enriquecerse y asegurar su poder. Esta liquidación de activos del patrimonio nacional a precios irrisorios ha ido a la par con una fuerte penetración en el conjunto del sistema financiero por Bancos, compañías aseguradoras, fondos especulativos y otros fondos de pensiones y de inversión occidentales.

Enfangada en una deuda y déficit crónicos, Rusia - sin controles ni reglamentaciones apropiadas- es incapaz de frenar la fuga de capitales y una evasión fiscal de una envergadura fenomenal. El comisario jefe de cuentas de la ciudad de Moscú, Benjamín Sukalov, no decía otra cosa cuando revelaba, en una entrevista en la BBC, que ni un solo céntimo de los 168 millones de dólares de un programa de exportación de aviones de combate Mig 29 a India, administrado por el Ministerio de Finanzas, había llegado a su destinatario, el Combinat moscovita de producción aeronáutica. Igualmente, de los 3.000 millones de dólares destinados a la reconstrucción de Chechenia, menos de 150 millones han llegado a su destino. Nadie sabe, o admite saber, qué ha ocurrido con las sumas que se han volatilizado. Los registros contables no revelan ni el nombre de los responsables que han adjudicado estos fondos, ni los criterios utilizados. Pero, para muchos rusos que intentan sobrevivir, todo eso carece de importancia.

Las decisiones económicas necesarias para la salvación de Rusia suponen un refuerzo del sector público y la reintroducción de un mínimo de planificación central. Una orientación que no tendrá sentido si no va acompañada de la renacionalización de los principales sectores financieros e industriales privatizados por la camarilla de Yeltsin, por consejo del Departamento de Estado y sus filiales al 100 %, que son el FMI y el Banco Mundial. A medida que la crisis se agrave, será inevitable un conflicto de intereses.

* * *

A continuación voy a describir una relación de los países Europeos que han pasado por una transición similar a la de Rusia, pero con distintos procesos, y con unos resultados no tan pésimos en todos:

Yugoslavia, antiguo país de la península de los Balcanes, hoy dividida a causa los conflictos políticos y étnicos era conocida oficialmente como la República Federal Socialista de Yugoslavia. La antigua Yugoslavia se gobernaba de acuerdo con una Constitución del año 1974, modificada sustancialmente tras la muerte del poderoso dirigente Tito, que había dirigido el país desde que obtuvo el poder en 1945. La estructura del gobierno local era similar a la del sistema federal. Entre 1945 y 1990, el Partido Comunista fue el único partido político legal del Estado. Cuando comenzó la Guerra Fría a finales de la década de 1940, Yugoslavia se alió con la URSS y rechazó participar en el Plan Marshall, elaborado y financiado por Estados Unidos. No obstante, Tito se negó a aceptar las directrices del dirigente soviético Stalin, y la URSS. El éxito del comunismo nacional yugoslavo obstaculizó los esfuerzos soviéticos por controlar el bloque comunista y sentó un precedente de independencia que siguieron en algunos aspectos otros países comunistas. El conflicto entre soviéticos y yugoslavos se agudizó en 1949, cuando la URSS y otros países comunistas derogaron los tratados de amistad con Yugoslavia y prohibieron la entrada del país en el recién creado Consejo de Ayuda Mutua Económica, COMECON o CAME. Los últimos años del gobierno de Tito tuvieron menos éxito en política interior. La economía se estancó, aumentó la inflación y el desempleo, lo que provocó un aumento del número de huelgas (a pesar de la represión gubernativa); en consecuencia, un enorme déficit en el comercio exterior, a pesar de la devaluación del dinar y de los acuerdos comerciales con el Este y el Oeste. La tensión entre croatas y serbios aumentó y se tradujo en disturbios, secuestros aéreos y asesinatos y provocó una dura represión. Cientos de croatas y otros acusados de nacionalismo subversivo, liberalismo o tendencias prosoviéticas fueron purgados del partido, expulsados o encarcelados. Con la muerte de Tito, llegó a su fin el gobierno unipersonal en Yugoslavia. De acuerdo con la Constitución de 1974, se instituyó en el país un sistema de dirección colegiada en el que el gobierno y los cargos del partido se alternaban todos los años. Una serie de planes de austeridad sirvieron de poco para mejorar la economía, que se tambaleaba bajo el peso de la deuda externa superior a los 15.000 millones de dólares; con el aumento de la inflación y del desempleo, el nivel de vida descendió paulatinamente durante la década de 1980. En enero de 1990 la Liga de los Comunistas de Yugoslavia acordó ceder su monopolio en el poder político. Los grupos nacionalistas y conservadores recibieron un gran apoyo en las primeras elecciones libres desde la II Guerra Mundial. Los serbios eligieron presidente al antiguo dirigente comunista y nacionalista declarado Slobodan Milosevic, el cual tendría un papel importante en las guerras que estallaron posteriormente en los Balcanes; Al final, como se aprecia actualmente, el país entró en una guerra civil hasta prácticamente en la actualidad, y que ha conllevado a la desmembración del país.

Checoslovaquia estaba integrada por la República Socialista Checa (que comprendía las regiones de Bohemia y Moravia) y la República Socialista Eslovaca, y se dividía en diez regiones administrativas y dos ciudades independientes, Praga (que fue la capital federal de Checoslovaquia y en la actualidad lo es de la República Checa) y Bratislava. En la II República Checoslovaca (1945-1948) los comunistas, respaldados por los soviéticos, aumentaron rápidamente su presencia. Cuando a mediados de 1947 la hegemonía comunista comenzó a debilitarse, los comunistas eran mayoría en el gabinete y su control sobre la policía y las organizaciones de trabajadores les permitió realizar manifestaciones armadas en la calle. El presidente, enfermo y temeroso de que estallara una guerra civil, nombró un nuevo gobierno dominado por los comunistas y sus aliados. Tras ser promulgada una nueva Constitución que adoptó un régimen político definido como 'democracia popular', se convirtió en un Estado satélite de la URSS. En la primavera de 1968, el Partido Comunista checoslovaco propuso reformas radicales en el gobierno. La “primavera de Praga” se produjo cuando los reformistas comenzaron a liberalizar y democratizar el país y relajaron sus vínculos con la Unión Soviética. Los líderes soviéticos se sintieron amenazados por estos cambios, y el Kremlin envió 650.000 soldados soviéticos, alemanes, polacos, húngaros y búlgaros para ocupar el país el 20 de agosto. Se detuvo y castigó a los reformistas y Checoslovaquia volvió a ser un estado Comunista dictatorial. El Estado estuvo dominado por el Partido Comunista hasta 1990, cuando se permitió el pluralismo político. La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) controlaba la estructura militar checoslovaca, según estipulaba el Pacto de Varsovia. En 1991 todas las tropas soviéticas se retiraron del país. En la primavera de 1992 las divergencias económicas llevaron a celebrar nuevas negociaciones entre checos y eslovacos de las que resultó la decisión de crear dos repúblicas independientes: la República Checa y Eslovaquia. El 1 de enero de 1993 Checoslovaquia dejó de existir y surgieron oficialmente la República Checa y Eslovaquia.

Polonia: Nombre oficial República de Polonia. Desde 1947 hasta 1989 se instauró en Polonia un régimen comunista. Después de la II Guerra Mundial Polonia adoptó una economía socialista de tipo soviético y se nacionalizaron casi todos los medios importantes de producción, recursos, transporte, finanzas y comercio. La industria se convirtió en la actividad económica dominante, seguida por la agricultura y la construcción. Desde finales de la década de 1970 Polonia experimentó considerables dificultades económicas, consecuencia de una serie de cosechas pobres, revueltas entre los obreros industriales, retraso tecnológico, incremento de la inflación y la más alta deuda exterior con Occidente de los países del bloque comunista. Estos problemas económicos, que empeoraron en el transcurso de la década de 1980, fueron responsables en gran medida de la caída del régimen comunista y su sustitución en 1989 por una coalición gubernamental dirigida por Solidarnosc (Solidaridad). En 1989 las reformas abolieron el monopolio del Partido Comunista en el poder e introdujeron normas y principios democráticos. Una 'Pequeña Constitución' de transición aprobada en 1992 enmendó el texto de la época comunista hasta que se redactó una nueva Constitución. El gobierno estableció un programa reformista diseñado para hacer de Polonia una economía de libre mercado en lugar de un sistema centralizado y planificado. Entre las medidas adoptadas se creó una moneda convertible, fueron eliminados casi todos los controles de precios, se impusieron controles salariales y se privatizaron muchas empresas de propiedad estatal algunas de las cuales se transformaron en compañías de capital conjunto y otras fueron compradas por inversores extranjeros; gran parte del resto quebraron o quedaron inscritas para una posterior privatización. Esta reestructuración supuso un rápido crecimiento del desempleo cuando las anteriores empresas de propiedad estatal redujeron sus nóminas con la finalidad de hacer frente a la pérdida de subvenciones gubernamentales. El producto interior bruto (PIB) cayó un 18,3% en 1990-1991; el descenso inmediato de una tercera parte en el nivel de vida se remedió parcialmente con un nuevo sistema de seguro de desempleo. Después de la conmoción inicial, la economía polaca empezó a resurgir. En 1992 el PIB subió 2,6%, en 1993 el 3,8% y el 5% en 1994. El incremento de la producción industrial, una caída del desempleo, la disminución de la inflación y el incremento del poder de compra eran síntomas del éxito obtenido por los cambios de la economía de mercado de Polonia. Al final de 1993 el sector privado daba empleo al 40% de la mano de obra activa. Polonia tenía un producto nacional bruto (PNB) de 87.400 millones de dólares en 1993 lo que equivalía a 2.270 dólares per cápita. En 1994 el presupuesto polaco estimaba unos ingresos de 24.300 millones de dólares y unos gastos de 27.100 millones de dólares.

Rumania: Antes de la II Guerra Mundial la economía era fundamentalmente agrícola, pero la implantación y el desarrollo de varios planes quinquenales transformaron la economía que, en la actualidad, está dominada por la industria. La escasez crónica de bienes de consumo y la profunda degradación del medio ambiente son algunas de las consecuencias del énfasis puesto en la industria pesada. A finales de la década de 1980 los analistas internacionales estimaron en 151.000 millones de dólares el producto nacional bruto (PNB), lo que suponía una renta per cápita de 6.570 dólares.

Hasta el levantamiento de 1989 la principal organización política del país era el Partido Comunista de Rumania, que se conoció desde 1948 hasta 1965 como Partido Obrero de Rumania. El secretario general del partido, Nicolae Ceausescu, fue la figura política más poderosa en el país y el Partido Comunista controlaba casi todos los aspectos del gobierno.

Después del derrocamiento del régimen de Ceausescu en diciembre de 1989, la economía rumana prácticamente se derrumbó y las exportaciones cayeron en picado. Los programas de reforma económica introducidos en 1990 establecieron la devaluación de la moneda, la supresión de las subvenciones en la mayor parte de los bienes de consumo y la privatización de las empresas de propiedad estatal con la finalidad de establecer en Rumania un sistema de libre mercado. Tras la caída del régimen de Ceausescu en diciembre de 1989 nace una nueva Constitución aprobada por referéndum popular en diciembre de 1991 declaraba a Rumania una república presidencial multipartidista que garantiza los derechos humanos y la economía de libre mercado.

Hungría: Antes de la II Guerra Mundial, la economía de Hungría se basaba principalmente en la agricultura, ya que la pequeña industria del país fue prácticamente destruida durante la I Guerra Mundial. Después de que los comunistas tomaran el poder en 1948, el gobierno húngaro llevó a efecto una serie de planes de desarrollo económico (especialmente industriales) a largo plazo. El gobierno invirtió sobre todo en industria pesada, abandonando así las industrias de bienes de consumo y servicios. En 1956, aprovechando el desorden del país, las tropas soviéticas invadieron Hungría. Los desesperados llamamientos de ayuda, como el famoso boletín radiofónico dirigido a las Naciones Unidas, fueron desatendidos, y Hungría cayó bajo un represivo régimen comunista. Desde la década de 1960 se desarrolló la producción de bienes de consumo. A comienzos de 1968, la toma de decisiones económicas se descentralizó. Con la elección de un gobierno no comunista en 1990, Hungría aceleró su transición desde una economía planificada y centralizada a otra basada en los principios del libre mercado; esto abrió el país al turismo, que rápidamente desempeñó un papel importante en su economía. En 1991, el producto nacional bruto de Hungría (PNB) fue de 28.244 millones dólares, equivalentes a 2.690 dólares per cápita (según cifras del Banco Mundial con precios para el periodo de 1989-1991). Los ingresos anuales del presupuesto nacional a comienzos de la década de 1990 se estimaron en 11.000 millones de dólares, y unos gastos de 14.200 millones dólares. La Constitución húngara, introducida en 1949 y enmendada posteriormente, se revisó con profundidad en 1989; esta revisión fue consecuencia del fin del régimen comunista y de la transformación de Hungría en un Estado democrático independiente.

Bulgaria: Hasta 1947 Bulgaria era un país agrícola sin apenas industria pesada. En el periodo comunista, iniciado tras la II Guerra Mundial, todas las empresas industriales se nacionalizaron y funcionaron siguiendo una serie de planes económicos quinquenales, realizados según el modelo soviético, con ayuda financiera de la URSS. La industria pesada fue la máxima prioridad del gobierno. La privatización y otras medidas de reforma del mercado se iniciaron a partir de 1992. En 1992, el producto nacional bruto del país era de 15.900 millones de dólares, equivalentes a 1.884 dólares por persona (cifras del Banco Mundial; precios de 1992). A principios de la década de 1990 el presupuesto nacional se desglosaba en 8.000 millones de dólares de ingresos y en 5.000 millones de dólares de gastos. Como miembro del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y del Pacto de Varsovia, Bulgaria fue uno de los aliados más firmes de la URSS. Durante la década de 1970 el país recibió una importante ayuda financiera de la URSS, que se destinó para la industrialización. Llevo una política de "bulgarización" sobre la minoría turca integrantes del país, forzándolos a tomar nuevos nombres búlgaros y a no hablar el idioma turco, además de otros hostigamientos. Esto provocó la emigración de una gran cantidad de personas hacia Turquía. A final de 1989, tras un reemplazo en la presidencia, Bulgaria restauró los derechos civiles de los turcos búlgaros y empezó a institucionalizar un sistema multipartidista. En 1990, los comunistas, bajo la denominación de Partido Socialista Búlgaro, ganaron las primeras elecciones libres al Parlamento. La política económica desarrollada por los socialistas búlgaros provocó, en la práctica, un colapso financiero, puesto de manifiesto en la reducción de los salarios, en el aumento de la inflación y en la quiebra de numerosos bancos y entidades crediticias. Todo ello condujo a una grave crisis política a finales de 1996, agravada por la elección de Petar Stoyanov, candidato de la opositora Unión de Fuerzas Democráticas, como presidente de la República en sustitución de Zhelev.

LA TRANSICION DE LAS POLITICAS DE ECONOMIA DE PLANIFICACION CENTRAL A LAS ECONOMIAS DE MERCADO