División Político-Religiosa de Europa (Siglo XVII)

Historia universal. Fragmentación en estados. Protestantes. Católicos

  • Enviado por: Eva María Carrillo Serrano
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 9 páginas
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TEMAS 19 Y 21: LA DIVISIÓN POLÍTICO-RELIGIOSA DE EUROPA (S. XVII)

1.- LA FRAGMENTACIÓN POLÍTICA:

ESTADOS PRINCIPALES:

Hacia 1600 destacan en Europa 2 grandes potencias: la Casa de Francia y la Casa de Austria, dividida en la rama española y la rama austríaca desde 1556. Al Este se extiende el Imperio otomano, que representa una amenaza constante para los Estados cristianos.

Francia: Era el país más poblado de Europa y uno de los más ricos. Apenas terminadas las guerras de religión, se recuperó rápidamente gracias a la política hábil y activa de Enrique IV, quien se esforzó a duras penas por restablecer la paz religiosa concediendo a los protestantes un estatuto de tolerancia (Edicto de Nantes, 1598) y en restaurar la autoridad real frente al clero, la alta nobleza, sometidos en apariencia y bajo coacción a la autoridad real, y los parlamentarios, cada vez más independientes. Forzó a España a firmar la paz (Tratado de Vervins, 1598) y reforzó las fronteras del E. haciendo que el duque de Saboya le cediese varias plazas (Tratado de Lyon, 1601), pero la caprichosa política de éste, que dominó los pasos alpinos desde el lago de Ginebra a Niza, constituyó una preocupación constante. En el N. y NE., Francia se vio amenaza frente a los Países Bajos y el Franco Condado español. Lorena siempre estaba dispuesta a aliarse con enemigos de Francia, tanto internos como externos, a pesar de la ocupación francesa de los Tres Obispados: Metz, Toul y Verdún. El S. fue muy vulnerable porque el Rosellón era dominio español.

La Casa de Austria en Madrid: A la muerte de Felipe II, a quien sucedió su hijo Felipe III, el poder territorial de los Habsburgo seguía siendo considerable. El rey de España era dueño de toda la Península Ibérica tras la anexión de Portugal (1580), dominaba la cuenca occidental del Mediterráneo gracias a sus posesiones insulares (Baleares, Sicilia, Cerdeña) e italianas (reino de Nápoles, puertos toscanos, ducado de Milán), algunas plazas en la costa de África (Tánger, Ceuta, Melilla, Orán). De la herencia española conservaba el Franco Condado y el S. de los Países Bajos (Flandes, Brabante, Hainaut, Artois, Cambrésis y Luxemburgo). Fuera de Europa poseía un inmenso imperio colonial de origen español (América Central y Sur, Filipinas) y portugués (Brasil, factorías en las costas de África y Asia). Para defender estas enormes posesiones disponía de un importante contingente militar: el ejército con la famosa infantería de los “tercios” y la flota, reconstruida tras el desastre de la Armada Invencible, estaban considerados entre los primeros a pesar de algunos desastres como el de las Provincias Unidas. La monarquía poseía una sólida estructura administrativa gracias a Felipe II. Madrid era la capital política y pronto se convirtió en residencia habitual de la Corte. La civilización española conoció su “Siglo de Oro” gracias a sus pintores, arquitectos, dramaturgos, escritores, teólogos y místicos. Sirvió de modelo a gran parte de Europa y estuvo al servicio de la fe católica.

Pero la monarquía española también tuvo graves fallos: ausencia de unidad y de cohesión que se manifestaron en sentimientos separatistas en el exterior de la Península (Italia, Países Bajos) y el interior (Cataluña, Portugal); insuficiencia demográfica agravada por la emigración a las colonias; dificultades monetarias y financieras a pesar de la plata del Nuevo Mundo; decadencia de la actividad económica; revuelta de los Países Bajos y reconocimiento implícito de la independencia de las Provincias Unidas (tregua de los Doce Años).

La casa de Austria en Viena: Su poder les venía de sus dominios personales, de los reinos electivos de Hungría y Bohemia y de la dignidad imperial. Los dominios personales ( o Estados patrimoniales) comprendían: la Alta y la Baja Austria, Estiria, Carintia y Carniola, el Tirol, Moravia, Silesia y las tierras de Brisgau y del Sundgau o Alta Alsacia. A partir de 1526, los Habsburgo serán dueños a título electivo de los países de la corona de Bohemia (Bohemia, Moravia, Silesia, Lusacia) y del reino de Hungría (sólo una pequeña parte, la llamada “Hungría real” porque el resto y la capital, Buda, estaban en manos de los turcos). Esta situación hará de los Habsburgo los centinelas de Europa frente a los turcos. El Imperio englobó Alemania, Austria, Bohemia y la antigua Lotaringia (Países Bajos, Lorena, Franco Condado, Alsacia y Saboya, los Cantones suizos y una gran parte del Norte de Italia). Pero todo este conjunto estaba fragmentado en varios centenares de Estados cuyos príncipes se consideraban a sí mismos soberanos y constituían 3 cuerpos o “colegios”:

  • 7 Electores encargados de elegir en Frankfurt al futuro emperador bajo el título de “Rey de Romanos”: los príncipes-arzobispos de Tréveris, Maguncia y Colonia, el rey de Bohemia, el conde palatino del Rhin, el duque de Sajonia y el margrave de Brandenburgo.

  • 300 Principados eclesiásticos y laicos (obispado de Lieja, arzobispado de Salzburgo, ducados de Baviera y Würtemberg...).

  • 50 Ciudades libres (Hamburgo, Bremen, Estrasburgo, Nuremberg, Augsburgo...)..

    • Los representantes de los 3 “colegios” constituyen la Dieta Germánica, que es convocada por el emperador. Pero sólo tiene derecho a tomar decisiones relativas al conjunto del Imperio (impuestos, tratados, declaraciones de guerra, etc.).

    Las posesiones imperiales eran muy extensas pero sin riqueza y cohesión; las religiones e instituciones fueron muy abigarradas, tuvo súbditos eslavos y húngaros. Como emperador, tuvo gran prestigio pero la decadencia de las instituciones imperiales, la creciente importancia de algunos Estados alemanes (Brandenburgo, Sajonia y Baviera) y las dificultades por el Estatuto religioso tendieron a reducir su poder real en el Imperio. Las querellas de sucesión que marcaron el fin del reinado del emperador Rodolfo II y que le enfrentaron contra su hermano Matías y su primo Fernando, duque de Estiria, complicaron más el problema.

    Pero, a pesar de estas dificultades y de los primeros signos de decadencia española, la estrecha unión que hubo entre los Habsburgo de Viena y los de Madrid -matrimonios entre las 2 ramas -política europea común para la defensa del catolicismo -dominios limítrofes o vecinos-, continuó haciendo temible a la Casa de Austria.

    Además, algunos dominios españoles y austríacos fueron limítrofes en algunos puntos (Franco Condado y Alsacia) o vecinos (Milanesado y Tirol y las rutas militares españolas hacia los rebeldes Países Bajos desde Italia atravesaron tierras austríacas o alemanas.

    LOS ESTADOS SECUNDARIOS:

    Suiza y los Estados italianos son expresiones geográficas que designaron países todavía muy fragmentados políticamente.

    SUIZA: El conjunto suizo comprendía una confederación de 13 Cantones, católicos (Lucerna, Friburgo...) y protestantes (Zurich, Basilea, Berna...). Aunque teóricamente seguían formando parte del Sacro Imperio, los Cantones eran, de hecho, Estados independientes; cada uno tenía sus leyes, sus magistrados y moneda, quedando reducida la organización federal a una Dieta sin permanencia ni periodicidad. El obispado de Basilea, las repúblicas de Ginebra, Mulhouse, Valais y las Ligas grisonas (de las que dependía Valtelina) eran aliadas de los Cantones. Para los Cantones, la situación geográfica de Suiza, que dominaba los principales pasos alpinos entre el Milanesado español y el Imperio, era fuente de ventajas e inconvenientes, de los que trataban de escapar invocando una neutralidad de hecho con Francia y la Casa de Austria, aunque seguían proporcionando a Europa mercenarios muy apreciados.

    LOS ESTADOS ITALIANOS: El emperador aún mantenía algunos derechos en el N. de Italia, pero eran completamente teóricos. Lo que predominaba en Italia era la influencia del rey de España, dueño de Sicilia, Nápoles, Milán y que imponía su tutela más o menos abiertamente a los demás. En Roma, los cardenales españoles desempeñaron un papel preponderante en el Sacro Colegio. El gran ducado de Toscana, en manos de los Médicis, debió tolerar la presencia de guarniciones españolas en sus costas. La república de Génova se encontraba en la ruta de España hacia el Milanesado y tuvo que aceptar las galeras españolas que atracaron en sus puertos. Los pequeños ducados de Mantua, Parma y Módena se esforzaron por encontrar en su alianza con Francia un contrapeso a la influencia española. Sólo Venecia, cuyos intereses estaban en el Adriático, y Saboya, cuyas tierras se situaban entre ambas vertientes de los Alpes, consiguieron mantener más o menos su independencia. El duque de Saboya vendió ventajosamente su alianza unas veces a Francia y otras, a España. Italia, fragmentada políticamente, posible presa de una eventual lucha entre las grandes potencias y despojada de su antigua supremacía económica y comercial por los Estados atlánticos, seguía siendo el país de las artes y las letras y conservaba un enorme prestigio, aumentado en los países católicos por el hecho de que Roma era la sede del Papado.

    • En el Norte del continente, Inglaterra, las provincias Unidas, Dinamarca y Suecia forman un grupo aparte dentro de los Estados secundarios: cada uno de ellos sólo cuenta con unos millones de habitantes, son protestantes bajo diversas formas y sus actividades se orientan hacia el mar.

    INGLATERRA: La muerte de Isabel I puso fin a la dinastía de los Tudor. Esta reina gobernó de forma absoluta, lo mismo que su padre Enrique VIII, aunque respetando en apariencia las libertades inglesas y los derechos del Parlamento. Además, consolidó la fundación del anglicanismo y fomentó la expansión económica y marítima de Inglaterra que, a pesar de su escasa población, estaba en pleno auge a comienzos del s. XVII. Bajo su reinado se enriqueció la literatura inglesa con las obras de Shakespeare. La agitación de Irlanda, que había permanecido fiel al catolicismo, fue una amenaza para el futuro. Jacobo VI Estuardo, rey de Escocia, hijo de María Estuardo y descendiente de Enrique VII Tudor, se convirtió en rey de Inglaterra con el nombre de Jacobo I al no tener Isabel I herederos directos. No obstante, los dos reinos no se unieron, sino que cada uno de ellos siguió manteniendo su propio gobierno y parlamento, aunque bajo la autoridad de un soberano único.

    LAS PROVINCIAS UNIDAS: La república de las Provincias Unidas agrupó las 7 provincias del norte de los Países Bajos que constituyeron en 1579 la Unión de Utrecht para luchar contra la dominación española. En 1609 obligó a España a firmar una tregua de doce años que consagró su independencia. Sin embargo, la organización política del nuevo Estado siguió siendo precaria. El poder central fue débil frente a las 7 provincias, ya que cada una de ellas conservó su soberanía e instituciones particulares. El poder central estaba representado por los Estados Generales y el Consejo de Estado, en el que se reunían los diputados de las provincias y cuyas decisiones más importantes debían tomarse por unanimidad. El impulso económico y el gran comercio marítimo beneficiaron especialmente a Zelanda y Holanda, donde el poder era detentado por una adinerada oligarquía burguesa, mientras que en las otras provincias, de predominio rural, la nobleza necesitó el apoyo de la clase campesina y soportó mal la preponderancia de la burguesía holandesa. En 1609, las Provincias se encontraban en situación de convertirse en la primera potencia comercial y financiera de Europa gracias a la rentabilización al máximo del cierre del puerto de Amberes y a su victoria sobre España.

    DINAMARCA: Comprendía la península (Jutlandia y Slesvig), las islas danesas, Islandia, Noruega, Escania (Sur de Suecia), las islas Bornholm y Gotland y el ducado de Holstein (Alemania). De este modo, el rey de Dinamarca Cristián IV domina completamente los estrechos entre el mar del Norte y el Báltico y obtiene sus principales ingresos gracias al cobro de derechos sobre el Sund y la entrada del Elba. Pero esta privilegiada situación, que hace de Copenhague uno de los grandes puertos del Norte de Europa, suscita muchas envidias, especialmente por parte de los holandeses y las ciudades de la Hansa. Además, el rey de Dinamarca, al ser duque de Holstein, es príncipe del Imperio, interesándose por los asuntos del Norte de Alemania.

    SUECIA: Comprendía también Finlandia y Estonia. Se liberó de la dominación danesa en 1523 con Gustavo Vasa. País pobre, pero poseedor de importantes minas de hierro y cobre muy bien explotadas, empieza a dirigir sus intereses hacia la Europa continental del otro lado del Báltico. Pero no tiene más remedio que contar con Dinamarca (que espera tomar revancha), con Polonia (cuyo rey, Segismundo III, es un Vasa desposeído de la corona sueca por el partido luterano en beneficio de su tío) y también con Rusia. El rey Carlos IX se encontró en guerra con estos 3 países a la vez. A su muerte le sucede su hijo Gustavo Adolfo, que participaría en la guerra de los Treinta Años.

    POLONIA: Este Estado inmenso, con fronteras indeterminadas por el S. y el E. experimentó durante el s. XVI y a principios del XVII el período más glorioso de su historia. Comprendía la Gran y Pequeña Polonia, Lituania, Livonia, Curlandia y la mayor parte de Ucrania (incluida Kiev). Polonia estuvo abierta a las corrientes de Europa occidental, influida por el Humanismo, el Renacimiento y la Reforma. Exportaba sus maderas y granos a través del Vístula y Dantzig, conociendo una innegable prosperidad. Pero su debilidad procedió de las instituciones políticas, que mezclaron monarquía y república. El rey de Polonia era elegido por la nobleza, en la que una minoría de grandes terratenientes (los “palatinos” o “magnates”) dominaba a la pequeña nobleza rural, numerosa y turbulenta (la “szlachta”). Para premiar la elección debía reconocer y aumentar los privilegios de esta nobleza, contribuyendo así a reducir su propia autoridad. La Dieta y las dietinas o asambleas en cada provincia, estaban formadas por representantes de la nobleza, que intentaron sustituir la mayoría por la unanimidad (liberum veto) aun corriendo el riesgo de condenar las asambleas a la anarquía e impotencia. La nobleza polaca no sólo hizo ilusorio el poder del rey sino que se mostró incapaz de organizar sólidamente un gobierno aristocrático.

    RUSIA o MOSCOVIA: Se extendió por toda la llanura rusa, desde el mar Blanco hasta el mar Caspio, y desde las fronteras de Polonia hasta los comienzos de Siberia. Estado esencialmente continental, sin salida al Báltico ni al mar Negro, se comunicaba difícilmente con Europa por el puerto de Arkangelsk. En 1584, con la muerte de Iván IV el Terrible (1er. príncipe de Moscovia que tomó el título de zar) comenzó para Rusia la “época de los disturbios”, largo período de desgracias y anarquía (1584-1613) en que el poder supremo pasó de mano en mano. En 1598, el boyardo (aristócrata) Boris Godunov, regente con Dimitri, hijo de Iván IV, era nombrado zar por el pueblo tras ser asesinado Dimitri. Estableció el patriarcado de Moscú, independiente del de Constantinopla. En 1601 se extendió sobre Rusia una espantosa hambruna que provocó múltiples levantamientos. Suecia y Polonia se aprovecharon de la trágica situación para invadir el país inmediatamente después de la muerte de Godunov. En 1610, una guarnición polaca se instaló en el Kremlin hasta 1612 en que fue arrojada por una milicia nacional. En 1613, una asamblea de representantes de toda Rusia proclamó zar a Miguel III Romanov, un noble de 15 años.

    EL IMPERIO OTOMANO Y LA AMENAZA TURCA:

    El Imperio otomano entraba en el SE. de la Europa cristiana como una punta de lanza y la amenazaba directamente. Un bajá residía en Buda, a pocas jornadas de Viena. Los turcos ocupaban Asia Menor, Armenia, Mesopotamia y Siria en Asia; Egipto y Estados berberiscos de África del Norte en el continente africano; la península de los Balcanes, la mayor parte de Hungría, las provincias vasallas de Transilvania, Moldavia, Valaquia, Crimea y el litoral del mar Negro hasta Kouban. A los pueblos cristianos les permiten conservar su lengua, religión y, a veces, casi toda su organización interna, contentándose con ocupar militarmente los puntos importantes y, sobre todo, con obtener capitaciones y otros impuestos. Pero ya van apareciendo síntomas evidentes de decadencia; el ejército va perdiendo valor; la flota no consigue recuperarse de la derrota de Lepanto; la organización interna del Imperio se deteriora. Los sultanes, con frecuencia muy jóvenes, viven encerrados en su palacio de Constantinopla, dejando el poder en manos de los visires, divididos entre las intrigas del serrallo y los caprichos de los sultanes; los gobernadores de las provincias (beys, bajás) sólo procuran enriquecerse o hacerse cada vez más independientes. La norma en la administración es la malversación y la anarquía.

    Pero, aunque debilitado, el poderío otomano sigue siendo temible. En Europa, el emperador es el más directamente amenazado; en el Mediterráneo occidental, a pesar de la vigilancia de los caballeros de Malta, los piratas berberiscos hacen reinar una constante inseguridad a través de inseguridades, raptos, saqueos... Así pues, el peligro musulmán en sus diversas formas seguía siendo una realidad para la Europa cristiana de comienzos del s. XVII.

    2.- LOS PROBLEMAS RELIGIOSOS:

    La Reforma fue uno de los acontecimientos del s. XVI. Ya desde la Edad Media existían iglesias ortodoxas separadas de Roma, pero fue mucho más grave el cisma protestante.

    LOS PROGRESOS DE LA CONTRARREFORMA: La Contrarreforma tuvo éxitos importantes a partir de 1600, como en los Países Bajos del Sur. La política de Alejandro Farnesio y después de los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia permitió separar las provincias calvinistas del norte de las del sur, que eran católicas desde hacía mucho tiempo, y restablecer sólidamente el catolicismo gracias a los jesuitas en el país, vuelto a ocupar por las tropas españolas. Esta reconquista espiritual se caracterizó por la eliminación progresiva de los protestantes (abjuraciones y expulsiones), reestructuración de las diócesis, creación de seminarios, multiplicación de escuelas dominicales, introducción de numerosas órdenes religiosas. Durante la tregua de los Doce Años, los Países Bajos españoles aparecen, frente a las provincias unidas, como uno de los más sólidos bastiones del catolicismo.

    En el Imperio, la Contrarreforma empezó a rechazar a los protestantes a partir de 1576. El duque de Baviera eliminó el protestantismo de su Estado. En 1585 se restableció el catolicismo en Osnabrück y los protestantes no pudieron apoderarse de varios obispados como el de Colonia. En los Estados patrimoniales de los Habsburgo, el emperador Rodolfo II, educado en la corte de España, prohibió el culto luterano en Viena y el Tirol. Su primo Fernando de Estiria, el futuro emperador consiguió restablecer el catolicismo en su ducado, donde había mayoría protestante. Los jesuitas desempeñan un papel fundamental como confesores, príncipes, predicadores y profesores de universidades, academias y colegios.

    En POLONIA, Segismundo III fue un católico fanático que se vio obligado a respetar la Confederación de Varsovia, paz perpetua firmada entre católicos, ortodoxos y protestantes, pero logró apartar a estos últimos de los asuntos públicos e implantó en el país colegios de jesuitas. La mayor parte de los nobles protestantes se convirtieron al catolicismo y Polonia fue una especie de vanguardia de la Iglesia romana en Europa oriental.

    INTENTOS DE TOLERANCIA: Sin embargo, en contra de los fines perseguidos por la Contrarreforma, algunos soberanos católicos se orientaron hacia la tolerancia religiosa como resultado de condiciones políticas particulares pero no por importantes corrientes de opinión.

    EL EDICTO DE NANTES fue concedido por Enrique IV a los protestantes de Francia para restablecer la paz en el reino. Les concedió libertad de conciencia y de culto con restricciones, pero permitiéndoles su acceso a todos los empleos y Cámaras formadas por católicos y protestantes. Francia se convirtió en un Estado donde el catolicismo era la religión oficial pero convivían en igualdad de condiciones católicos y protestantes, aunque la realidad social fue de intolerancia mutua entre católicos y hugonotes.

    LA CARTA DE MAJESTAD: En los países de la corona de Bohemia había varias confesiones no romanas (utraquistas, Hermanos Moravos, husitas disidentes, luteranos y calvinistas), siendo minoritaria la católica. El emperador Rodolfo concedió a los checos la Carta de Majestad para asegurarse su fidelidad, que establecía en Bohemia la libertad de conciencia y una amplia libertad de cultos con la condición de que las distintas confesiones formasen una sola Iglesia protestante checa. Los protestantes podrían elegir un Consejo de 10 personas, los “defensores de la fe”, para negociar con los católicos en caso de necesidad. Pero la Carta de Majestad tuvo un éxito limitado a causa, principalmente, de la oposición de los católicos.

    PROTESTANTES Y CATÓLICOS FRENTE A FRENTE:

    Al ser incompleta la Contrarreforma y limitados y decepcionantes los intentos de tolerancia, el enfrentamiento entre católicos y protestantes prosigue. El catolicismo existe en las posesiones de la monarquía española y en los Estados Italianos; el luteranismo, en Suecia y Dinamarca y el calvinismo, en las Provincias Unidas.

    En INGLATERRA, el anglicanismo fue la religión oficial a partir de Isabel I, pero los católicos eran muy numerosos a la muerte de la reina a pesar de las persecuciones. También hubo un gran número de puritanos que rechazaron la religión oficial y otros que pretendieron la separación de la Iglesia frente al Estado.

    En el IMPERIO, la paz de Augsburgo puso fin a la guerra entre príncipes católicos y príncipes luteranos (libertad de elegir religión y de imponerla a sus súbditos -“cujus regio, ejus religio”, pero no estableció nada respecto a los calvinistas, por lo que éstos no obtuvieron ninguna ventaja, sólo de una tolerancia de hecho. Por la cláusula de “reserva eclesiástica”, los príncipes eclesiásticos, arzobispos, obispos y abades convertidos al luteranismo tenían que abandonar su obispado o abadía sin poder secularizar sus dominios, sin embargo, los luteranos nunca reconocieron esta cláusula y secularizaron varios obispados y abadías, lo cual despertó la ira de los católicos. Los protestantes también estaban inquietos por los progresos de la Contrarreforma en el S. del Imperio, mientras que en el resto se extendía rápidamente el calvinismo, que pretendía una revisión del estatuto religioso del Imperio, a lo cual se oponían católicos y luteranos. Se empezaron a multiplicar las Ligas. Cuando el duque de Baviera estableció el catolicismo por la fuerza en la ciudad libre protestante de Donauwerth, luteranos y calvinistas se empezaron a aproximar, fundando la Unión evangélica, pero el elector de Sajonia, luterano intransigente, se negó a formar parte de ella. Los católicos constituyeron una Liga Santa cuyo jefe fue el duque de Baviera. Cada Liga tenía su ejército y sus ayudas. La Unión evangélica contaba con el apoyo de Francia, las Provincias Unidas e Inglaterra. La Liga Santa, con el duque de Lorena y el rey de España.

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