Desafíos fracasos y avances revolucionarios

Historia contemporánea. Gracia. Italia. Francia. Alemania. Polonia. Bélgica

  • Enviado por: Antonia
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TEMA 9. DESAFÍOS, FRACASOS Y AVANCES REVOLUCIONARIOS

(1820-1834)

La Restauración había sofocado en 1815 (Congreso de Viena) las ansias nacionales de los pueblos. Sin embargo, la tendencia nacionalista iniciada por la Revolución Francesa a fines del s. XVIII había hecho mella en todos los pueblos europeos y con mayor fuerza en los que habían quedado bajo el dominio de alguna potencia. El Congreso de Viena no acertó a percatarse de la creciente fuerza del nacionalismo: los anhelos de independencia nacional rebrotan y constituyen otra base de los procesos revolucionarios, en los que estallan la rebeldía de los patriotas italianos contra el despotismo austríaco, la de los polacos contra Rusia, la actividad de los revolucionarios alemanes, y la de los patriotas belgas que reclaman la separación de Holanda.

GRECIA

Sin embargo, el impacto que tuvo entre los medios culturales de la época la lucha de liberación de los griegos frente a los otomanos, constituyó un estímulo para los pueblos europeos oprimidos. Desde principios del s. XVIII, Grecia estaba sometida al Imperio otomano. La elevada presión fiscal y la distribución de la mayoría de la propiedad agraria entre la minoría turca despertó el espíritu de independencia nacional de los griegos que se sublevaron en 1821, redactando la Constitución de Epidauro que proclamaba la independencia de Grecia en enero de 1822. Este levantamiento fue inmediatamente sofocado por los turcos que desencadenaron una represión implacable con matanzas como la de Quíos en abril de ese mismo año. La lucha heroica de los griegos, la admiración universal por el pasado cultural de Grecia y el horror de las matanzas turcas motivaron un sentimiento de solidaridad en Europa, que acude a organizar el ejército heleno. El sultán otomano consiguió el apoyo de Egipto, restaurando oficialmente el poder otomano en 1825, apoderándose de Atenas y provocando la matanza de más de 200.000 griegos. Sin embargo, los Estados europeos, interesados en debilitar el poder turco y en establecer una tutela occidental sobre los Balcanes, además de en apoyar a los griegos en su lucha nacional, derrotan a la flota turco-egipcia en 1827, que supuso la entrada de los aliados en territorio griego. En el Tratado de Adrianópolis (1828) Turquía reconoce la independencia de Grecia.

ITALIA

La liquidación del período napoleónico por el Congreso de Viena había dejado a la península italiana sojuzgada y dividida: Austria conservaba Lombardía y el Véneto como provincias del Imperio; los ducados de Parma, Módena y Toscana estaban regidos por archiduques austríacos; el papa no sólo gobernaba los Estados Pontificios, sino que extendía su gobierno a las provincias del Adriático llamadas legaciones; en Nápoles y Sicilia volvían a gobernar los Borbones según sus métodos tradicionales.

Todos estos monarcas eran enemigos de las ideas democráticas y se sentían autorizados a su represión por los principios de la Santa Alianza (1815). Sin embargo, seguían propagándose las ideas revolucionarias. En un clima de exaltación romántica, la primera generación de patriotas italianos soñaban con derrotar al absolutismo encarnado por Austria y crear un estado nacional y democrático, heredero de la Revolución Francesa (→ El nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesía liberal, imbuida de la mentalidad de la Ilustración, que empezó a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo). El primer `Risorgimento' fue, ante todo, un movimiento de ideas, expresado en las obras de novelistas y poetas. Los patriotas se reunían en sociedades secretas cuyo ritual y cuyos ideales derivaban de la francmasonería: los güelfi (en Módena y Parma), los federati (en Lombardía), los adelfi (en el Piamonte) y, sobre todo, los carbonari (en Nápoles), cuyos miembros se agrupaban en secciones llamadas `ventas'. Sobre todo, lo que unía a los italianos era la lengua. Podían estar separados por fronteras, con monarcas extranjeros impuestos por la Santa Alianza, pero tenían muy presente la idea de que la lengua era símbolo de nación y que la adhesión a sus normas era un signo de nacionalidad. Los grupos revolucionarios, deficientemente organizados, promovieron violentas campañas de agitación en contra de la nueva estructuración política del país. En Nápoles, Fernando I (Borbón) se vio obligado a aceptar una constitución (1820), pero en 1821 solicitó la intervención austríaca que restableció pronto sus poderes absolutos. La agitación se extendió al Piamonte, donde Victor Manuel I se vio obligado a abdicar (1821) en su hermano Carlos Félix I, quien otorgó una constitución; pero de nuevo la intervención austríaca puso fin al estado constitucional.

A lo largo de la década 1820-30, constantes revueltas, siempre reprimidas violentamente, agitaron los territorios italianos.

La Revolución Francesa de 1830 suscitó en febrero de 1831 una nueva llamarada de revueltas en los Estados Pontificios y en los ducados de Parma y Módena. Se fundó la “Joven Italia”, organización que se proponía instaurar una república unitaria en la península italiana. Pero la Francia de Luis Felipe de Orleans, cuyo apoyo esperaban los patriotas, proclamó la no intervención. Los movimientos fueron yugulados por los austríacos, que ocuparon Bolonia, mientras que los franceses establecieron una guarnición en Ancona para proteger los Estados Pontificios.

A las revoluciones de 1821 y 1831 siguieron los éxodos de patriotas proscritos, que partieron rumbo a Francia, Suiza, Bélgica o Gran Bretaña, y se persuadieron así de que la generación de Italia no podía lograrse a base de conspiraciones aisladas, sino por la adhesión general de todos los estamentos sociales en torno a un proyecto común.

FRANCIA

En 1814, al ser restituido en el trono francés, Luis XVIII promete dotar a Francia de un régimen representativo. Es lo que se llama el régimen de `Carta otorgada'. Se trata de un régimen que pretende combinar el poder real, sin debilitarlo, y la consulta a la nación (→ Los Borbones insistían en sus derechos de soberanos por la gracia de Dios y otorgaban libertades constitucionales como un favor gratuito, no como un reconocimiento de la soberanía popular). La Carta establecía dos cámaras: un Senado (o Cámara de los Pares), ocupado por los aristócratas, cuyo asiento es hereditario, escogidos por el rey; y la Cámara de los Diputados, elegidos por el censo de los que pagaban una contribución superior a 300 francos anuales. La Carta reconocía los principios de libertad, igualdad y propiedad, aunque preveía que la libertad de prensa podría ser restringida por leyes para reprimir los abusos (→ se impedía la circulación de los periódicos con el establecimiento del impuesto o tasa de un sello en cada número). También se garantiza la libertad religiosa y la práctica de los diferentes cultos (→ aunque se proclama la religión católica como credo oficial del Estado). Sin embargo, no existe la separación explícita de poderes: la autoridad no viene del pueblo, sino de Dios, y en consecuencia el rey acumula la del ejecutivo y su proyección sobre el legislativo (→ se otorgaba al rey el derecho de legislar por decreto) e incluso sobre el judicial (→ se reserva al rey los tradicionales privilegios de gracia).

Luis XVIII había concedido la Carta, un poco para dar muestra de su benevolencia, pero una vez promulgada se sentía satisfecho con el poder que aquélla le reservaba. No pensaban así los “ultras” (más realistas que el rey) que constituyeron durante la Restauración la fuerza política mejor organizada. Representada por una fracción importante de la nobleza territorial, el ultrarrealismo enlazaba con la ideología contrarrevolucionaria: tradicionalismo y defensa de la monarquía de derecho divino, aborreciendo incluso la noción de un texto constitucional.

En contra de los ultras estaban las diferentes formas del liberalismo: los “doctrinarios” (una burguesía abierta y móvil formada por antiguos miembros de la administración napoleónica y también por algunos negociantes y miembros de las profesiones liberales) que estaban a favor de la Carta, no sólo porque ésta garantizaba las conquistas revolucionarias sino porque levantaba una barrera ante las masas populares (que no podían participar en los asuntos políticos). A la izquierda de los doctrinarios se hallaban los “independientes”, que combatían activamente no sólo los tratados de 1815, sino también la preeminencia que habían recuperado el clero y la nobleza.

Para imponer sus principios, los ultras y las oposiciones se esforzaron en conseguir mayoría en la Cámara de los Diputados. La consiguieron los ultrarrealistas que pedían una represión para los revolucionarios (→ período llamado “Terror blanco”). Les parecía tibio el gobierno constitucional y el rey inconsecuente porque no aprovechaba la mayoría parlamentaria para reformar o abolir la Carta. Así, durante el reinado de Luis XVIII y debido a la mayoría ultrarrealista, se retorna a las medidas autoritarias: depuración del ejército, campaña de recatolización del país, represión de la prensa. Despojada de sus armas legales, una parte de la oposición se inclinó hacia la acción clandestina, en el marco del carbonarismo.

En 1824 asciende al trono Carlos X (hermano de Luis XVIII), acentuándose todavía más las tendencias conservadoras del gobierno, primero con el gobierno del ministro Villèle y después con el príncipe Polignac, con medidas satisfactorias para la nobleza y el clero en perjuicio de la clase media (→ aprobación de las leyes sobre los sacrílegos y los miles de emigrados, indemnización a la nobleza por los bienes confiscados por la Revolución, restablecimiento de los mayorazgos que vinculaban las tierras a los primogénitos de las familias nobles...)

Descontento el rey por unas elecciones de que había resultado una Cámara opuesta a su política, decretó en julio de 1830 las cinco ordenanzas siguientes: 1ª) Suspensión de la libertad de prensa; 2ª) Disolución de la Cámara; 3ª) Reforma de la ley electoral; 4ª) Convocatoria de nuevas elecciones; y 5ª) Nombramiento para consejeros de estado de varios personajes famosos por sus opiniones ultrarrealistas.

Al día siguiente se amotinó el pueblo de París. Fue la llamada “Revolución de las Tres Gloriosas”. El triunfo del pueblo (que luchaba bajo la bandera tricolor que los Borbones habían sustituido por la bandera flordelisada) desemboca en el destronamiento de Carlos X, que huye a Inglaterra.

En los primeros días de agosto todavía se dudaba en París entre instaurar una nueva dinastía con el duque de Orleans (cuya familia había alardeado de liberalismo y hasta participado en la Revolución) o una república. El temor de nuevos excesos y venganzas movió a los doctrinarios a redactar proclamas sobre la fidelidad de Luis Felipe de Orleans a la nación, el cual ocupa el trono no por un designio divino ni por una herencia histórica, sino simplemente por la voluntad de los representantes del pueblo en el ejercicio pleno de la soberanía nacional. La monarquía orleanista duró hasta 1848. Si bien Luis Felipe juró aplicar sin reservas ni disminución la Carta borbónica, nunca sintió la necesidad de una constitución avanzada, que incorporara la nueva justicia social: la burguesía se enriqueció enormemente, superando en importancia a la nobleza y sin dar ninguna concesión al proletariado. Así pues, el orleanismo puede definirse como un gobierno de las élites (nobleza y burguesía). Con sus fortunas colosales, los nuevos hombres de la clase media se convirtieron en conservadores, impidiendo toda evolución y provocando, en parte, la revolución de 1848.

ALEMANIA

En 1815, en el Congreso de Viena, por iniciativa de Rusia y de Austria, los príncipes alemanes integraron una confederación, cuyo órgano federal era una Dieta permanente, presidida por Austria. En la mayoría de los estados había regímenes absolutistas. Sin embargo, de tal modo se hacía sentir la fuerza de la opinión que demandaba un régimen constitucional, que algunos príncipes tuvieron que transigir, pero los grandes estados se mantuvieron intransigentes. En una reunión de delegados de los príncipes se decidió que la Confederación podría obligar a los estados que habían otorgado cartas constitucionales a derogarlas, si se preveía peligro para los principios monárquicos. Tales medidas hicieron que aumentara el descontento del pueblo, en tanto crecía un vigoroso sentimiento unitario. Así, la ola revolucionaria que afectaba a Europa también llegó a Alemania, donde en 1830 se produjeron levantamientos populares en varios estados menores, y el resultado de la revolución que ese mismo año agitó a Francia llevaron en unos casos a otorgar constituciones y en otros a usar medidas represivas.

Sin embargo, en 1834 la aspiración nacional de unidad se vio estimulada por la creación de una unión aduanera (= Zollverein) que encabezó Prusia (→ Austria persistió en quedarse fuera, renunciando así automáticamente a su posición de jefe de la Confederación germánica). Los estados de la Zollverein prosperaron enormemente al verse libres por fin de las trabas de comercio que les imponían las absurdas fronteras medievales. Este primer paso dejaba vía libre al ansia de unificación nacional que recorría Alemania.

POLONIA

El gran ducado de Varsovia creado por Napoleón I (1807) fue repartido en el Congreso de Viena (1815) entre Austria, Prusia y principalmente Rusia. El reino de Polonia conservaba empero una cierta autonomía con administración y ejército propios, respeto total a su lengua nacional y un texto constitucional que había establecido la emancipación personal de los campesinos en 1815 (→ en muchos aspectos, la represión rusa era mucho más suave que la austríaca o la prusiana).

El ejemplo de la Revolución parisina de julio de 1830, animó los sentimientos nacionales y liberales de los polacos (→ grupos de pequeños nobles, altos funcionarios y profesionales liberales), que se levantaban contra la dominación rusa (noviembre 1830). Los polacos deponen al virrey ruso y enseguida se proclaman nación independiente. Esperan ayuda del bloque liberal (Francia e Inglaterra), pero estos países no se la concederán por temor a un conflicto general. Así, aislados de cualquier ayuda de las potencias occidentales, los polacos sucumbieron ante las tropas del zar Nicolás I (septiembre 1831), que emprendió una política de aniquilación de la nacionalidad polaca, sometiendo al país a un vasto proceso rusificador, mientras unos 10.000 polacos se exiliaban.

BÉLGICA

La unión de Bélgica a Holanda, decidida en el Congreso de Viena de 1815 con la finalidad de que los Países Bajos constituyeran un estado fuerte frente al expansionismo francés, no había sido aceptada por los belgas. Guillermo I, el nuevo rey de los Países Bajos (antiguo estatúder Guillermo V) impuso un gobierno autocrático de acuerdo con los amplios poderes que le confería la Ley Fundamental de 1814. Según esta ley, belgas y holandeses tendrían una representación igual en los Estados Generales. Pero la realidad fue muy distinta, y el texto constitucional de 1815 subordinaba Bélgica a Holanda.

Las diferencias entre ambos estados eran profundas: la religión (los belgas eran católicos, los holandeses protestantes), el idioma (se decretó el neerlandés como lengua oficial), la economía (Bélgica era predominantemente agrícola e industrial, mientras que Holanda era marcadamente mercantil). Aunque en el parlamento había igualdad numérica, los holandeses monopolizaban el gobierno y la administración pública (→ En 1830, seis de los siete ministros eran holandeses y el 90 % de los funcionarios del Ministerio del Interior y otro tanto de los oficiales del ejército eran también holandeses). Los holandeses se habían asegurado también el control de la banca y preconizaban una política librecambista frente al proteccionismo agrícola e industrial que requería la economía belga.

Todo ello, unido al autoritarismo de Guillermo I, creó un profundo descontento entre los belgas. Los liberales de este país desaprobaban las restricciones a la libertad de prensa y el poder autocrático del rey, los católicos rechazaban la política religiosa del gobierno de La Haya (que intentaba a través de la enseñanza religiosa obstaculizar la asimilación del credo católico), y unos y otros clamaban contra la preponderancia holandesa en los negocios públicos. Esta confluencia de oposiciones llevó en 1828 a la formación de la Unión Católico-Liberal, precedente de los hechos revolucionarios de 1830.

Los hechos de julio en París convencieron a los belgas de que también ellos podían lograr sus objetivos mediante la revolución. En agosto de 1830 un levantamiento popular acaecido en Bruselas fue secundado en la mayor parte del país. Un mes después, las tropas de Guillermo I fracasaron en el intento de someter a la ciudad de Bruselas, y el acuerdo de los Estados Generales de separar totalmente la administración de uno y otro país -concesión tardía- no fue aceptada por los belgas. Toda Bélgica se había levantado y los holandeses retenían únicamente las plazas de Amberes y Maastricht. La Junta de Defensa que en los primeros días del levantamiento se había formado en Bruselas se transforma en gobierno provisional, proclama la independencia el 4 de octubre, convoca un Congreso nacional para que elabore una constitución y solicita el apoyo francés.

El conflicto se internacionaliza y las dos Europas políticas toman posturas contrarias ante la revolución (→ se corría el riesgo de que los intereses contrapuestos de las diversas potencias llevaran a una guerra general). A requerimiento de Guillermo I, Prusia -contando con el consentimiento de Austria y Rusia- se dispuso a intervenir, pero Francia y Gran Bretaña se opusieron a ello con firmeza (→ los ingleses, por rivalidad comercial con los holandeses y consciente de la importancia del puerto de Amberes para el tráfico de sus mercancías, mira con simpatía el movimiento belga).

Ante el peligro de un conflicto general europeo, se reúnen en Londres la cinco potencias del sistema de la pentarquía (Austria, Prusia, Rusia, Gran Bretaña y Francia), e imponen un armisticio entre belgas y holandeses, reconociendo en enero de 1831 la independencia de Bélgica, cuya neutralidad garantizaban las potencias. Las fronteras de Holanda serían las que tenía en 1790 y los belgas tendrían que asumir la mitad de la deuda pública de los Países Bajos. Fue elegido rey de los belgas Leopoldo I que consiguió modificar alguno de los acuerdos adoptados. Guillermo I no aceptó los referidos artículos y ordenó la invasión de Bélgica. Leopoldo I solicitó la ayuda de Francia que obligó a los holandeses a retirarse. Por su parte, los ingleses, recelosos ante la presencia de tropas en el canal, exigieron la evacuación de los franceses, y la Conferencia de Londres tuvo que buscar una nueva solución: un nuevo tratado que tampoco fue aceptado por los holandeses (a pesar de las concesiones hechas por los belgas). Francia y Gran Bretaña tuvieron que intervenir militarmente. En noviembre de 1832 los franceses expulsaron a los holandeses de Amberes, cuya plaza seguían ocupando, y una flota franco-británica bloqueó las costas de Holanda. El conflicto belga-holandés no quedó zanjado hasta mayor de 1839, por el Tratado de Londres; en virtud de él, la participación de Bélgica en la antigua deuda pública fue reducida a cerca de la mitad, pero el nuevo reino tuvo que devolver a Holanda los territorios de Luxemburgo y de Limburgo. La independencia y la neutralidad de Bélgica fue de nuevo ratificada por las grandes potencias.

La revolución de 1830 introdujo en Bélgica una monarquía constitucional: soberanía nacional, monarca que debe su poder al pueblo y a su juramento de la Constitución, separación de poderes, declaración de derechos, libertades de religión, asociación, educación, lengua y prensa, clero pagado por el Estado...

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