Cultura barroca

Arte del Siglo XVII. Barroco. Caracterización. Contexto histórico y cultural. Literatura barroca española: conceptismo y culteranismo

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EL BARROCO

Contextos históricos, sociales y culturales del Barroco

1.- Época de profundas crisis

El Barroco se desarrolla en un siglo conflictivo, conmovido por profundas crisis sociales, desequilibrios económicos, circunstancias críticas y crueles enfrentamientos bélicos. La crítica situación había comenzado ya hacia 1580, pero su proceso se incrementaba a lo largo de XVII, en sus distintos niveles. En los países del Occidente europeo, la crisis social es paralela a la problemática económica; pero los dos procesos están determinados por la conflictividad bélica.

La transformación económica entra en una fase decisiva. Los gobiernos intentan estimular su dinámica. Holanda e Inglaterra invaden las grandes rutas comerciales del Atlántico y el Extremo Oriente, en disputa con españoles y portugueses. Mientras Holanda mantiene el modelo del capitalismo comercial, Inglaterra convierte el comercio en un estímulo para la producción hasta convertirlo en una fuerza del desarrollo de la economía. El desarrollo del comercio fomenta la fundación de compañías comerciales y de Bancos, protegidos por el Estado.

En cambio, la agricultura se mantiene estancada en algunos países, e incluso disminuye la producción, como decadencia de la decadencia del feudalismo, del escaso interés de los campesinos por la plusproducción, de la aplicación de procedimientos primitivos de cultivo. Los fuertes impuestos, las “cargas ocasionales” y las malas cosechas agravan la situación. Pero, sobre todo, condicionan e intensifican la problemática socioeconómica los distintos conflictos civiles: las luchas sucesorias en Francia e Inglaterra; la bipolarización catolicismo-protestantismo; el largo azote de la guerra de los Treinta Años, entre 1618 y 1684.

2.- Conflictividad bélica

El cambio gradual de las estructuras socioeconómicas, el desarrollo comercial, la vigorización de la propiedad agraria señorial y, como contrapartida, el empobrecimiento de las masas, tienen diferente dimensión en cada impronta nacional. Son factores decisivos, la política interna y la política externa en cada nación. Cada país del Occidente europeo protagoniza acontecimientos muy distintos. El comienzo de la transformación literaria en Francia coincide con el reinado de Enrique IV y el comienzo del de Luis XII. La restauración monárquica y católica favorece la reconstrucción del sistema político, la revitalización social y la moderada controversia religiosa. El secentismo italiano se desarrolló, dentro de la fragmentación territorial, bajo el dominio español y la mentalidad de la Contrarreforma.

El poder absoluto instaurado en Europa genera una serie de conflictos internos. Pero la literatura barroca se desarrolla, en buena parte, dentro del clímax de Europa empeñada en la guerra de los Treinta Años, entre los años 1618 y 1648. Surge esta conflagración de los viejos conflictos religiosos entre católicos y calvinistas alemanes, entre la Liga Católica y la Unión Evangélica. Pero pronto se convierte en lucha internacional, con la intervención de España, los Países Bajos, Dinamarca, Suecia y Francia. Las dos ramas de los Habsburgos, establecidas en Madrid y en Viena, combaten por mantener el orden tradicional, fijado por la Contrarreforma, frente a la mentalidad racionalista.nacionalista, al orden moderno defendido por Francia y los países protestantes.

La guerra de los Treinta Años cambiará los puntos de hegemonía en Europa. La Francia del cardenal Richelieu se impone en la última década de la guerra; las victorias de Rocroi y Lends obligan a los Habsburgos austriacos a firmar la paz de Westfalia (1648). España tiene que reconocer la independencia de Holanda, pero continúa la guerra con Francia, hasta la derrota definitiva de las Dunas, que provocará la desventajosa paz de los Pirineos (1659).

3.- El proceso de la decadencia en España

Al iniciarse el siglo XVII, España sigue a la cabeza de las potencias europeas, pero tiene que enfrentarse con asfixiantes dificultades hacendísticas y con interminables guerras desgastadoras. La crisis económica se extiende a amplias zonas. Se registran estados de malestar y disconformidad. Se incrementan los desajustes sociales que generan situaciones de tensión. Se alteran los valores y formas de comportamiento.

La monarquía absoluta, clave de la bóveda del sistema social y los intereses señoriales restaurados, apoyados en el predominio de la propiedad de la tierra, son la base potencial de la sociedad barroca en España. Pero el gobierno interior está marcado por los conflictos en las dilatadas posesiones europea y ultramarinas por las sucesivas guerras.

Después de la efervescencia del reinado de Felipe II, Felipe III representa el comienzo de la “generación pacifista del barroco”. Al iniciar su reinado, en 1598, hereda un dilatado territorio. Su débil carácter le impide regirlo y deposita su confianza en el duque de Lerma. La política pacifista tiene su confirmación en las paces sucesivas con Francia e Inglaterra. Pero las Provincias Unidas de Holanda reanudan las hostilidades, hasta que, en 1609, se concierta la “tregua de nueve años”. El intercambio de conciertos matrimoniales entre las dos familias reales garantiza temporalmente las relaciones pacifistas con Francia.

La situación de España en el concierto europeo cambia desde 1621. Comienza en esta fecha el reinado de Felipe IV. Su afición a las diversiones, sus aventuras sentimentales, la dedicación a las artes, le dejan escaso tiempo para llevar directamente el gobierno del país y descarga sus funciones en el conde-duque de Olivares, hombre ambicioso, hábil conocedor de la situación española e internacional. España se complica en los graves conflictos bélicos europeos. La guerra con Holanda, reanudada en 1621, es pródiga en hechos singulares, como la rendición de Breda (1624). La relaciones con Francia cambian con la paz de Monzón. Pero se romperá pronto al firmarse el tratado de Londres, entre Inglaterra y España.

Pero la empresa más dura para España es la participación en la guerra de los Treinta Años. El ejército español, dirigido por el cardenal infante Fernando de Austria, triunfa en Nordlingen. Sin embargo, se suceden los encuentros adversos, hasta culminar con la derrota de los tercios españoles en Rocroi (1643), por el general francés príncipe de Condé. Cuatro años más tarde, las tropas españolas sufren la gran derrota de Lends. Los resultados adversos se confirma en la pérdida de territorios con la paz de Westfalia (1648).

La participación de España en la guerra de los Treinta Años y las consecuentes guerras con Francia y con los Países Bajos merman el potencial militar, desequilibran la economía y terminan con la hegemonía española en Europa.

La situación se complica con las revueltas de Nápoles y Sicilia, con los disturbios de Aragón y Andalucía, con la sublevación de Portugal, con la guerra de Cataluña. Esta última, verdadera lucha civil, iniciada por la revuelta de los segadores en Barcelona, complica la guerra con Francia, terminada con la paz de los Pirineos (1657), por la que se pierden Artois, Rosellón y la Cerdeña.

4.- Estructuración social española

La lenta evolución de la estructura estamental de la sociedad española, a lo largo del siglo XVII, se relaciona estrechamente con la jerarquización administrativa impuesta por la oligarquía política, por el absolutismo de los Austrias. El rey es la figura máxima, de origen divino para algunos teóricos de la época. El gobierno centralista se ejerce a través de varios Consejos Supremos que ejercen su poder en distintos ámbitos. El Consejo Real de Hacienda tiene la responsabilidad de las recaudaciones e impuestos. El campo religioso estaba encomendado al Consejo de la Inquisición, que, además de preocuparse de conservar la pureza de la fe, funcionaba como un instrumento político.

La estratificación estamental de la sociedad española de pende de la herencia de la sangre y del concepto del honor. La sangre funciona como vínculo transmisor “de una pretendida superioridad de virtudes”, transfiere el honor del linaje. El honor, patrimonio de la nobleza, es un principio discriminador de los estratos sociales y un principio distribuidor del reconocimiento de privilegios.

En el vértice de la pirámide social está la nobleza, beneficiada por prerrogativas, favorecida por el poder real, por el desempeño de los más importantes cargos del Ejército y de la Administración. Los nobles importantes abandonan sus posesiones provincianas para establecerse en la Corte. En estratos inferiores están los caballeros y los hidalgos por herencia o por riqueza.

Constituye una clase especial y privilegiada el clero, que goza de consideración en la España de los Austrias, que se encarga de buena parte de la enseñanza, que apoya al Estado y desempeña cargos relevantes o acumula riquezas. La milicia forma un complejo social muy distinto: se alistan los segundones de las familias nobles, burgueses ambiciosos de aventuras y de obtener prebendas; desvalidos que buscan un sustento o un refugio contra la justicia.

La burguesía no ha alcanzado aún su desarrollo. La política del XVII corta las posibilidades de normal desenvolvimiento del capitalismo. Otro obstáculo de su evolución es el descenso de la industria y la competencia de los monopolios comerciales establecidos por los extranjeros.

Tampoco los campesinos disfrutan de una situación favorable. Las consecuencias del régimen de administración y la crisis económica son factores negativos para su desarrollo. Los nobles y el clero explotan la ganadería y cobran derechos por el paso de los rebaños por sus tierras, derecho de la Mesta o pastos. Se planteaba, además, el problema de la posesión de las tierras. Las grandes familias extendían sus posesiones hasta crear dilatados latifundios. En otro nivel, la miseria, el abandono, el abatimiento, la ruina, la existencia marginal de chozas y cabañas, están atestiguadas por los tratadistas contemporáneos.

Desde finales del siglo XVI, bastantes obras revelan una intencionada preocupación por los pobres; surgen las propuestas sobre la creación de las Casas de Misericordia, para acogerlos y darles alimento. Incluso las Cortes piden al monarca la construcción de albergues. Pero la progresiva crisis económica influye en el crecimiento del número de gentes sin trabajo. Se incrementan los grupos de población marginada, entregada al juego, a la vagancia, al bandolerismo, a la picaresca, a la trashumancia...

Las alteraciones demográficas son frecuentes en la época: están movidas por la concentración en las ciudades, por la emigración al Nuevo Mundo, por la generalización de las guerras a lo largo del Occidente europeo. Determinados movimientos migratorios influyen en el descenso de la población de la meseta y su crecimiento en zonas del litoral. El éxodo del mundo rural a las ciudades, crea problemas de vivienda, de ambientación y de convivencia. Puede servir como ejemplo de este crecimiento migratorio el crecimiento de la población de Madrid: de 65.000 habitantes en 1599, pasa a 180.000 en 1630.

La cultura barroca

1.- Una nueva mentalidad

En el dilatado espacio geográfico occidental, dentro de la crisis de los contextos histórico- sociales, se desarrolla la compleja cultura barroca. Las claves estéticas y la delimitación del Barroco ha suscitado numerosas controversias.

Las grandes corrientes que cruzan Europa abren nuevas posibilidades al conocimiento humano. El pensamiento, la filosofía, las especulaciones religiosas, la investigación científica contribuyen a la creación de una nueva mentalidad. En el campo del pensamiento, se desarrollan dos grandes corrientes filosóficas: el empirismo y el racionalismo.

2.- Transformaciones de las claves estéticas

El Barroco transforma las claves estéticas de las artes y de la literatura, renueva los elementos decorativos, rompe con la rigidez de las reglas clásicas, impone formas abiertas, dinámicas, distorsionadas. El término barroco derivaría del nombre que los portugueses daban a las perlas irregulares, pérola barroca; pero los humanistas italianos señalan la rareza del silogismo escolástico denominado “baroco”. El concepto de barroco, con el significado de movimiento estético, no se aclimata hasta el siglo XVIII; pero como adjetivo es empleado ya por eruditos del XVII, para designar cierto tipo de exageración literaria, o manifestaciones que suponen la distorsión de las formas clásicas.

El manierismo frío, complicado e intelectualista, cede paso a un estilo sensual, lleno de desbordada vitalidad. El Barroco representa una dirección abierta más libre, rica y fastuosa. Sus representantes enfocan el cosmos bajo una perspectiva enriquecida, intensificada, por la función gozadora de los sentidos. Funden distintos procedimientos, plásticos y literarios; fusionan lo visible y lo oculto, en ininterrumpido juego; intentan conseguir un “orden desordenado”, la “relativa y confusa claridad”.

En el campo del arte, el Barroco rompe con la estabilidad del equilibrio y la simetría, con las líneas horizontales y verticales; sustituye lo fijado, lo delimitado, por la forma libre, por la profundidad espacial; crea un ritmo cinético, representado por las violentas superposiciones. Frente al arte clásico, representa un “impulso hacia lo suelto, lo ilimitado, lo caprichoso”.

Roma se convierte en uno de los centros del arte barroco.

Los dos grandes núcleos del arte barroco se localizan en los Países Bajos y en España. La pintura flamenca llega a su manifestación culminante con Pedro Pablo Rubens. Al mismo tiempo, se desarrolla la pintura holandesa, condicionada por el pensamiento protestante.

3.- El barroco en España

El Barroco alcanza su máxima floración en España en las artes y en las letras. La Contrarreforma, el Estado absolutista, la prepotencia de la nobleza, el oro que viene de América, impulsan el desarrollo de sus distintas manifestaciones. El catolicismo postridentino, la suntuosidad del culto, las solemnes procesiones de Semana Santa, favorecen la pervivencia de la brillante escuela de imagineros, fomentan la renovación de la inspiración artística. La esplendorosa iconografía en madera policromada alcanza su mayor esplendor en la escuela andaluza.

Pero la culminación de la plástica está representada por la pintura. Por un lado, el tenebrismo de la escuela valenciana. Por otro, el proceso evolutivo de Diego Velázquez, desde el tenebrismo juvenil a la transformación del espacio pictórico, con las sensaciones de lejanía, como en la Rendición de Breda, los famosos retratos cortesanos y el juego de perspectiva y profundidad de Las Meninas y Las hilanderas.

Como contrapunto, se desborda la compleja creación literaria del barroco español. Se impone un nuevo concepto de literatura; se renuevan los distintos planos de los géneros; se cambian las estructuras, se intensifica la semiotización de la lengua, se imponen nuevos puntos de vista narrativa; la agudeza satírica.

4.- Rasgos del Barroco literario español

Los representantes del Barroco viven la problemática de su tiempo, bajo las normas del poder absolutista establecido, y el autoritarismo del sistema social; practican el ejercicio de la libertad, para no verse sometidos al cultivo de una literatura comprometida con las reglas preestablecidas. Pero frente a la “cultura dirigida”, se impone la “cultura masiva” movida por el crecimiento demográfico de las ciudades.

Las situaciones de crisis, los fracasos bélicos, el hambre, la sangría de la emigración, generan un clímax de escepticismo. Un pesimismo constante va apoderándose de los españoles.

El tópico de “la locura del mundo” es un testimonio del teatro español. Se impone la concepción del “mundo al revés”. Por otra parte, la conflictiva situación contemporánea incrementa el carácter agresivo; la acechanza del hombre contra el hombre.

5.- Culteranismo y conceptismo

En España, la delimitación estética del Barroco es más compleja, porque tenemos que distinguir y fijar los campos estilísticos del culteranismo y del conceptismo.

El culteranismo y el conceptismo son dos corrientes estéticas que se complementan.

El culteranismo es un proceso de acumulación e intensificación de varios tipos de rasgos estilísticos. Se rompen los esquemas lingüísticos, se seleccionan cultismos léxicos y sintácticos, con muchos hiperbatones, preocupación por las connotaciones, alusiones mitológicas y metáforas.

El conceptismo se apoya en el ingenio y la agudeza. Sus cultivadores se sirven de la comparación, la alegoría, la antítesis, el contraste, los equívocos, los retruécanos, los juegos de palabras, la disemia, la paronomasia, las paradojas, el calambur, la disociación, el zeugma, la hipérbole; crean la típica dificultad conceptual por la rápida acumulación de metáforas.