Conflictos lingüísticos en España

Filología Hispánica. Formación de lenguas romances. Castellano. Dialectos. Evolución de la lengua. Despotismo Ilustrado. Vernáculas. Español. Nacionalismos. Unificación

  • Enviado por: Mazius Klein
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 20 páginas

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ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LOS CONFLICTOS LINGÜÍSTICOS EN ESPAÑA.

Introducción

El propósito de este trabajo es analizar de forma esquemática la historia de las relaciones y conflictos entre las distintas lenguas de España, a partir de varios puntos de vista: la política lingüística del Estado, el uso de las respectivas lenguas en los diferentes ámbitos de empleo (oficial, coloquial, literario, etc.) y la conciencia de los hablantes sobre su propio idioma en relación con el resto de lenguas habladas.

Por este motivo, de acuerdo además con tendencias actuales en la investigación, es preciso atender a la vinculación entre lo dialectológico y lo sociolingüístico, puesto que la extensión o supresión de variantes dialectales o modalidades lingüísticas está ligada en ocasiones a fenómenos como el papel que desempeña en el uso social o familiar o la lealtad o "deslealtad" que sus propios hablantes sienten respecto de su habla.

Por conflicto lingüístico pueden entenderse muchos de los problemas derivados de la existencia de lenguas en contacto, pero aquí nos quedamos con la definición que sobre el particular enuncia Fishmann: "El conflicto lingüístico aparece cuando dos lenguas compiten por el uso exclusivo de una misma función de poder; la enseñanza o el uso en la administración".

Pensamos, por otro lado, que no se pueden entender los actuales conflictos lingüísticos en España sin atender a la historia, pues como señala Ángel López, "el problema lingüístico peninsular, en sus relaciones con el problema nacional y con el problema estatal, responde directamente a causas históricas, y que es en relación con ellas como debe ser comprendido."

Respecto de los orígenes de la actual situación lingüística de España en general y de la expansión del castellano, de la "lucha de lenguas en España" podemos distinguir a grandes rasgos tres posturas:

1) La visión de Castilla y España fraguada en los escritos de los autores de la llamada Generación del 98 y más tarde, Ortega y Gasset, que ejercerá una notable influencia sobre Menéndez Pidal y los filólogos de la llamada escuela española de lingüística, como Lapesa. Según este punto de vista fue la pujanza del reino de Castilla la que hizo España y el genio y el prestigio del castellano los que motivaron de forma natural y no impuesta la expansión de esta lengua.

2) En el discurso nacionalista, especialmente vasco o catalán, aunque con menor reflejo en la bibliografía filológica, siempre se ha sostenido que el proceso de expansión del castellano obedeció a una motivación imperialista y asimiladora fomentada desde el poder desde los mismos orígenes medievales de propagación de la modalidad lingüística de Castilla. Esta tesis la podemos ver más explícita o más velada en las bases de Manresa, en los documentos de la Fundación Sabino Arana, en el pensamiento de Pompeu Fabra, e incluso, aunque de manera no tan tajante, en la obra de Siguán que se menciona en la bibliografía.

3) Finalmente, la teoría de que en sus orígenes la expansión y reducción de las distintas modalidades lingüísticas de la península, aunque relacionada con el peso político de cada una de ellas, fue un fenómeno adoptado libremente por los hablantes, pero no como absorción de otros dialectos por el castellano, sino como un proceso de nivelación y mediación favorecedor de que una coiné -una lengua estándar- y no exactamente el castellano primitivo se convirtiera en el habla común de la mayor parte de la península. Y que es en esa coiné, aunque mayoritariamente de base castellana, donde hay que encontrar los orígenes del español. Esta visión fue defendida por Ángel López García en su ensayo "El rumor de los desarraigados: conflicto lingüístico en la península ibérica, premio Anagrama de ensayo de 1985".

1. La Edad Media: la formación de las lenguas romances en la península ibérica.

Antes de que se produjera la conquista romana de Hispania se hablaban en la península diversas lenguas, que convivieron con el latín hasta que se extinguieron por completo, con la única excepción del vasco. Pese a ello se ha supuesto que las lenguas precélticas, célticas, tartesias y el ibérico dejaron su huella e influencia en la peculiar evolución del latín en los diversos territorios del imperio romano. Es la teoría del sustrato. Desde el año 218 a. de C. comienza la romanización de la península ibérica, con la implantación de la cultura y la lengua latina (latín clásico en la escritura y el llamado latín vulgar en el habla). La implantación del latín fue más rápida en las ciudades que en el medio rural, pero en los comienzos de nuestra era la lengua de Roma ya era la lengua mayoritaria en Hispania. Esta unidad lingüística de la península -imperfecta por la pervivencia del vasco- venía avalada por la norma escrita, el prestigio y el uso jurídico -y posteriormente eclesiástico- de la lengua de Cicerón.

La unidad del latín escrito no era tan clara en el habla, pues su modalidad ´vulgar´ había sido aprendida por soldados y mercaderes de variadas procedencias y la influencia de los distintos sustratos favorecía una cierta fluctuación entre distintas variedades de hablarlo. La presencia visigoda (a partir del siglo V) no impidió ni la unidad religiosa, ni jurídica ni supuso una amenaza para el habla (pues la influencia superestrática de las lenguas germánicas se dejó sentir más que nada en el léxico), pero sí favoreció la fragmentación, luego acelerada por la invasión árabe, época en la que hubo largos periodos de bilingüismo hasta terminar imponiéndose las variedades lingüísticas de los reinos cristianos, no sin dejar de sufrir también la influencia árabe tanto en el léxico como en el plano fónico.

Fue sin embargo en los territorios del norte, del Atlántico al Mediterráneo, donde se fraguaron las variantes del latín que acabaron diferenciándose en dialectos. Justamente es en este periodo, que va desde el siglo IX hasta el XII, cuando surgieron en la península unos romances, que darían paso a lenguas románicas. No es éste el lugar para una detallada visión de cómo evolucionan los dialectos primitivos del latín y de los rasgos del primitivo romance hispánico, que encontramos, entre otros, en las obras de Lapesa y de Menéndez Pidal. Nos interesa para nuestro propósito concentrarnos más en los problemas sociolingüísticos que en los propiamente filológicos, por muy interesantes que estos sean.

Como consecuencia de la fragmentación del latín en Hispania se van a constituir cinco variedades dialectales medievales: el gallego, el astur-leonés, el castellano, el navarro-aragonés y el catalán. A estas habría que añadir el mozárabe, variante latina de las zonas dominadas por los musulmanes, que desparecería, pero no sin dejar importantes huellas en algunas modalidades de las que más tarde serían lenguas neolatinas de la península.

Característica de los romances medievales es su falta de fijeza, su fluctuación y sus continuas interrelaciones, por lo que, hasta su constitución como lenguas de cultura, en ocasiones es difícil trazar siempre unas fronteras absolutas entre las distintas modalidades derivadas del latín. Si exceptuamos algunos fenómenos fonéticos más privativos del castellano, como la pérdida o aspiración de la f inicial latina o la simplificación del sistema vocálico, no son pocos los rasgos, posteriormente diferenciados de forma nítida, que van a compartir las variantes geográficas romances en la península ibérica. Pensemos en la construcción ´artículo + posesivo´, hoy característica del catalán, se encuentra todavía en las coplas de Jorge Manrique, en el siglo XV [en la su villa de Ocaña], el adverbio locativo ´hi´, que también está presente en la citada obra poética [i llegados son iguales los que viven por sus manos e los ricos], o el refrán castellano (por llamarlo de alguna manera) "El melón y la mujer malos son de conocer", coincidente con el catalán actual "aixo és molt mal de fer" (eso es muy difícil).

El castellano, dialecto de los montañeses y vascos encargados, en el siglo IX, de defender de los árabes (en la península desde el año 711) la frontera oriental del reino asturleonés, toma su nombre de castilla;del latín castella, plural de castellum; que en periodo visigótico significó pequeño campamento militar; (diminutivo de castrum) y luego tierra de castillos. El primitivo castellano se formó en una zona que va del norte de Castilla la Vieja y Cantabria, hasta los confines de la Rioja, justamente un territorio donde se hablaba vasco.

En la teoría de la importancia política de Castilla para explicar la expansión del castellano y el escaso desarrollo del asturiano y el aragonés se sitúa la mayor parte de los autores que se han ocupado de este asunto. Así, Siguán afirma "en la pugna entablada entre la monarquía leonesa y el condado de Castilla fue ésta la que impuso su hegemonía, al mismo tiempo que la expansión del castellano hacia el oeste bloqueaba el desarrollo de la que podía haber sido la lengua asturiana. En los primeros siglos de la Reconquista el castellano se expandió igualmente hacia el Este. En Navarra, a pesar de la fuerte influencia francesa y de que en parte del territorio se hablaba vasco, la monarquía y la población se inclinaron por el castellano. Y lo mismo ocurrió en Aragón, impidiendo la constitución de una lengua aragonesa a partir del núcleo lingüístico del Pirineo central." Y prosigue este autor con la conocida imagen de Pidal: "Así, a lo largo de los siglos X y XI el castellano se extendió como una doble cuña hacia el este y el oeste al mismo tiempo que progresaba hacia el sur en las tierras conquistadas a los moros hasta llegar a ocupar toda la parte central de la Península".

Para Siguán, que en esto coincide con la visión de Pidal y Lapesa, "es fácil imaginar que fue esta historia política -la Reconquista- la que en gran parte determinó la suerte de las distintas lenguas en gestación".

El mapa lingüístico de España, sus expansiones y reducciones se ha atribuido tradicionalmente al papel asignado a los procesos expansivos de la Reconquista.

Así, es sabido que el gallego se expande por el oeste hasta el sur, dando lugar al bloque galaico-portugués del que derivan los actuales gallego y portugués; el castellano se expande como una cuña, en la conocida imagen acuñada por Menéndez Pidal, dejando aislados y absorbidos a sus dialectos fronterizos: astur-leonés (actual bable, o simplemente leonés, según denominación del citado Pidal) y navarro-aragonés; y el catalán se expande por el este de la península, las islas Baleares y otros territorios como Alguer (Cerdeña).

Ahora bien, conviene no olvidar que las lenguas y variedades románicas peninsulares experimentaron simultáneamente tanto procesos de convergencia como de diferenciación.

El castellano, surgido como una habla de transición entre el euskera y el primitivo romance hispánico, un latín eusquerizado en expresión de Alarcos Llorach, es, en principio, la variante dialectal del primtiivo reino de Castilla, pero se va a extender tanto por razones de utilidad y prestigio como por el peso político que el mencionado reino castellano adquirirá en la Reconquista.

Sin embargo, para entender la relación entre la creación de una coiné en un vasto territorio del norte y centro de la península, es conveniente detenerse en las tesis de Ángel López sobre la relación entre esta coiné y la expansión del castellano como lengua común de una buena parte del territorio peninsular.

Para este autor, el avance de los dialectos hacia el sur se explica como un proceso de mediación lingüística. Observa Ángel López cómo el valenciano, que es una variante del dialecto occidental del catalán, pese a ser la oriental la de la corte, surge como consecuencia de una nivelación con el aragonés. Esa es, por cierto, la tesis de Alarcos Llorach: "el valenciano es el resultado de un proceso de igualación idiomática entre el catalán oriental, el occidental y el aragonés". A su vez, el portugués se presenta como una adaptación del gallego al habla de las comunidades mozárabes de Coimbra y Lisboa, conquistadas en el siglo XII. De esta forma, para Ángel López, se sintetizaban los avances en el eje horizontal y el vertical, mediante la mediación. Por otro lado, ante la rápida absorción del leonés por el castellano, el gallego se vio privado de un dialecto de transición hacia el este. Por este motivo, "la coiné que el gallego terminaría por desarrollar fue una lingua franca sólo meridional, que representaba una transición hacia el mozárabe, pero intentaba a la vez mantenerse diferenciada del castellano, que era el enemigo real." Lo que sucede es que esa coiné, que terminaría siendo el portugués, tenía una mayor voluntad de diferenciación por razones políticas y de conciencia de sus hablantes.

A fines del siglo X los condes de Barcelona se independizan del imperio carolingio y comienzan su expansión hacia el sur, y pese a que este proceso expansivo nominalmente lo realizaba la Corona de Aragón, el predominio de Barcelona provocó que la cristianización y repoblación de los territorios conquistados a los musulmanes se hiciera bajo el dominio cultural de la lengua catalana, con las peculiaridades del caso valenciano antes citadas.

Ángel López se pregunta por qué no desarrolló el castellano una modalidad mediadora en el vértice meridional. La teoría de la fuerza arrolladora del castellano no le convence a este autor, pues "el modesto dialecto de Burgos terminó absorbiendo al leonés, el habla del reino presuntamente continuador de la monarquía visigótica -el Fuero Juzgo está básicamente en leonés-, y aun al aragonés, el dialecto de un Estado diferente y a menudo enemigo, según se dice." Ángel López pone en duda las teorías del 98 del predominio de Castilla, que no tenía más pujanza económica ni demográfica que Cataluña.

Asimismo, desde Pidal se ha observado la "falta de trabazón normativa de los dialectos románicos centro-peninsulares, y el hecho de que el castellano fijó más pronto sus características definitorias, imponiendo una suerte de autoridad lingüística de índole coercitiva a todos ellos" Pero "si el castellano no necesitó desgajar una coiné meridional de índole unificadora es porque él mismo ya constituía una coiné"

Y el razonamiento es el siguiente: "al no ser el castellano un producto espontáneo de la escisión del latín, sino un habla de transición entre dos bloques ling., era natural que presentase cierta fijeza en sus componentes idiomáticos" La explicación es que las necesidades funcionales que han origonado las lenguas mixtas -como puentes entre distintas comunidades- conducen a una rigidez de sus estructuras frente a la dispersión dialectalizadora. Estos rasgos, para A.López, son los compartidos por el castellano y el euskera. Por eso este autor piensa que no es casual que el primer documento escrito en castellano -las Glosas Emilianenses (siglo X) sean también la primera manifestación textual de la lengua vasca.

Entre el vasco antiguo y el actual debe de haber muy probablemente diferencias sustanciales que hacen muy difícil emparentar la lengua de Euskalerría con las familias lingüísticas conocidas. El vasco no se expandió por el escaso peso de sus instituciones en la Reconquista, amén de las dificultades de asimilación derivadas de ser una lengua tipológicamente muy diferente. Sobrevivió por su aislamiento y por la voluntad de mantener una identidad propia. Sin embargo, su peso fue muy importante en Hispania y tras la desmembración del imperio romano: ya hemos hablado de sus huellas y del influjo en el castellano como lengua-puente mediadora entre los euskaldunes y los romanizados.

El vasco tuvo una extensión muy superior a la actual en la Edad Media, y que grandes zonas de Aragón y Castilla eran bilingües, e incluso eusladunes en su totalidad. Hay que recordar, asimismo, la disposición de Fernando III el Santo que permite "expresarse en euskera en los actos judiciales a los riojanos de Ojacastro". A las ya conocidas influencias del euskera en el sistema fonético y fonológico del castellano Ángel López añade su forma interior y la visión del mundo. Menéndez Pidal atribuía a origen euskérico la pérdidad de la f inicial latina, que no se da en los demás dialectos latinos de la península. Y Martinet atribuye también a influjo vasco la pérdida de las sibilantes sonoras, pero este rasgo no es común a la mayor parte del castellano medieval, sino que está más extendido en el navarro-aragonés, "de forma que cuando el fenómeno se vuelva general, a fines del siglo XV, habrá que pensar más bien en que el castellano se orientaliza y que no es el castellano el que absorbe a esta variedad romance navarro-aragonesa, sino a la inversa". Alarcos propone la lectura objetiva y desapasionada de las Glosas Emilianenses en las que "casi todos sus rasgos son compartidos por otras variedades romances, sobre todo orientales, muy diferentes del castellano medieval de Alfonso X".

Esto nos hace volver a la cuestión de por qué se difundió el castellano. Ya hemos visto que el castellano se difundió especialmente por razones de utilidad y prestigio, no sólo por ser la variante dialectal del reino de Castilla. La tesis central de Ángel López sobre la expansión del castellano es que "en la península ibérica el que se propaga no es el castellano, sino la coiné española, y la forma de progreso territorial no fue la imposición política, sino la forma de progreso por propio interés, al menos durante el Medioevo"

Los idiomas peninsulares se desplegaron en dirección Norte-Sur a causa de la Reconquista. Pero también hubo, para este autor, una dirección Este-oeste. Y a la ya citada teoría del sustrato para explicar la fragmentación lingüística de la península. Pero hay que atender igualemente a la geografía. La Reconquista alteró esta tendencia este-oeste.

El castellano se expandió en forma de cuña, según la conocida imagen de Menéndez Pidal, absorbiendo -inexactamente, según Ángel López, el leonés a un lado y el aragonés a otro. Mientras que el catalán no sólo no se expandió de forma horizontal, sino que redujo sus límites en su vertiente occidental. Ángel López se pregunta por qué el aragonés no fue absorbido por el catalán y no por el castellano, dados los vínculos entre Aragón y Cataluña desde el siglo XII hasta el XVIII y que el enemigo común era Castilla para estos dos territorios? Este autor entiende que hay causas lingüísticas. Al haberse castellanizado en lo lingüístico, "su entidad política no puede ser sino castellana." Pero según este autor, este fenómeno es muy reciente, teniendo en cuenta que son los aragoneses los primeros en rebelarse contra la Monarquía unificada (1591) y dada la participación de Aragón en las protestas contra los recortes de atribuciones forales del XVIII y en las bases de Manresa del XIX. Y atribuye este autor a la generación del 98 la identificación de lo castellano con lo español sobre el modelo lingüístico como un mito de escaso basamento científico.

En las últimas décadas del siglo XIII queda configurado un mapa lingüístico. que es el antecedente claro del actual. La norma alfonsí es la primera medida destinada a fijar la lengua. Pero lo hace especialmente en la ortografía. La prosa en castellano se desarrolla a partir del siglo XIII (la poesía anterior, e incluso hasta el XV, es una poesía escrita en coiné.

Durante la Edad Media no hay una identificación entre lengua y nación, pues este concepto es propio del Estado moderno, surge con las ideas que dieron lugar a la Revolución francesa.

El romance empezó a utilizarse sustituyendo al latín en la literatura oral y en algunos documentos jurídicos. Pero en este caso estamos hablando más de un cultivo de la lengua en coiné que solo en castellano, como lo atestiguan los múltiples dialectalismos observados tanto en los textos jurídicos como en las primera manifestaciones de la lírica popular.

Sin embargo, es preciso tener en cuenta que las lenguas de cultura durante la Edad Media son el provenzal y el gallego-portugués. Y que parte de lo que se considera literatura medieval castellana no está escrita propiamente en castellano.

La lírica trovadoresca de Castilla es tardía respecto de las gallega y provenzal, lo que muestra que como lengua de cultura el castellano alcanza un esplendor posterior. Es sobre todo a partir de los siglos XIV y XV cuando el castellano empezará a asentarse como una lengua de empleo literario en prosa y en verso.

En el siglo XIII el escritor y filósofo mallorquín Ramon Llull, en el Renacimientom en Valencia Ausias March y el catalán Joanot Martorell, autor de Tirant lo Blanc ponen de manifiesto el auge de la literatura catalana en la Edad Media, su papel como lengua de cultura, que, sin embargo, iniciaría en el siglo XV un periodo de decadencia política de Cataluña que tendría su reflejo en varias centurias de menor cultivo escrito de la lengua.

En la Edad Media y hasta a principios de la Edad Moderna, Siguán insiste que "no sólo no existía la nación española sino que ni siquiera existía el concepto de nacionalidad en el sentido que tiene hoy esta palabra". Alude este autor a la más tardía conciencia nacional en Cataluña y España, que compartieron empresas comunes hasta que se iniciaron los conflictos políticos más serios desde la rebelión contra el Conde Duque de Olivares en el siglo XVII.

En el caso del gallego, que era más próximo políticamente, no se produjo esa absorción por diversos motivos: políticos, cultivo literario, etc. y porque el gallego abrió, como ya hemos visto, una modalidad mediadora, una coiné, hacia el sur, que es el origen del portugués actual.

2. La política lingüística de los Reyes Católicos y los Austrias.

La unidad política y religiosa que propiciarán los Reyes Católicos no irá ligada a una unidad lingüística impuesta desde el poder. No hay ninguna norma durante su reinado ni a lo largo de la Edad moderna que establezca el español o el castellano como oficial del Estado.

Así Ángel López opina: "Es fácil entender que para la política real la unidad lingüística no representaba ningún beneficio, sino más bien un cúmulo de desventajas: de una parte, no era capaz de asegurar la cohesión del Estado, pues, al fin y al cabo el primer reino que se rebeló clamando por sus fueros fue justamente el de Aragón a fines del siglo XVI, el único donde la coiné española había llegado a constituirse, fuera del reino de Castilla, lengua de uso común para la mayoría de sus habitantes" Habla este autor de las tensiones que hubiera originado en Flandes o Italia. "Los Estados del siglo XVI aspiraban a la uniformidad política y económica, pero no a la lingüística." Y aporta el ejemplo de la inscripción de la nueva bolsa de Amberes en 1531: "in usum negotiatorum cuiuscumque nationis ac linguae". La unidad lingüística, en contraposición a la unidad religiosa, jamás constituyó un objetivo deseable, y de ahí que no se arbitrase ni una sola medida, institucional o simplemente promovida por la iniciativa particular, en este sentido: antes al contrario, las oligarquías castellanistas, tan empeñadas en retener sus privilegios, dejaron escapar sin inmutarse el centro de gravedad de la norma lingüística hacia el Sur y hacia el Este".

Lo cual no quiere decir que los Reyes Católicos no tuvieran política lingüística. La preocupación por la lengua que tiene la reina Isabel de Castilla se manifiesta en el encargo a Antonio de Nebrija de la redacción de la primera gramática de la lengua castellana, donde aparecen algunas ideas interesantes al respecto.

Por un lado, Nebrija pretende fijar en el castellano algo más que la ortografía, como había hecho Alfonso X. Su preocupación es que esta lengua disponga de una norma unitaria que evite en los nuevos territorios del reino de Castilla una fragmentación como la del latín. Por otro lado, junto con la autoridad de los grandes escritores (como Juan de Mena), Nebrija se pronuncia en caso de fluctuación por el uso más extendido. Además, la famosa frase "la lengua, compañera del imperio" pone de manifiesto que hay una voluntad regia de expandir el castellano. Pero todo ello sin poner en cuestión las otras lenguas de España.

La política lingüística en América durante la Edad Moderna no se caracterizó por una preocupación de la Corona en que los indios aprendieran el castellano. Fue la Iglesia la que manifestó un mayor interés por este asunto durante los primeros siglos de colonización y evangelización.

En estos siglos el castellano, ya idioma nacional, ya propiamente no castellano, sino español, por terminar nivelándose con el concurso de diversas modalidades lingüísticas sin la exclusividad del pequeño territorio donde se fraguó la variante más apartada del latín y perdiendo muchos de sus rasgos definitorios, alcanza un brillante cultivo literario y una notoria fijación lingüística. Pero la norma se desplaza hacia el sur, hacia los territorios donde se había ido expansionando con el avance de la Reconquista. Hay que tener en cuenta que el proceso de diferenciación lingüística entre los romances se va acentuando desde el XV, a medida que las nuevas lenguas romances son reivindicadas desde el Renacimiento en detrimento del latín. Los siglos XVI y XVII van a ser un tiempo en el que van a proliferar gramáticas del castellano, escritos sobre la lengua. Es una nueva conciencia lingüística favorecida por el auge del castellano, debido, como hemos indicado en otro momento, a la imprenta y al empleo de las lenguas vernáculas promovido por el Humanismo europeo, lo que incrementa las traducciones de textos clásicos a las lenguas romances, que ya se ven expresamente como lo que hoy llamaríamos lenguas de cultura.

La situación de "decadencia" que van a sufrir en la Edad Moderna lenguas como el catalán o el gallego se debe a diversas razones: políticas, al ser el español la lengua de la corte), de prestigio literario, de mayor proyección internacional de la lengua española, pero nunca a una actitud de persecución ni de postergación. El gallego, el catalán y el vasco continuaron durante estos siglos, al igual que sucedería después, siendo las lenguas mayoritarias, si no las únicas para el habla familiar de las áreas que constituyen su dominio lingüístico.

Incluso una actitud netamente centralista como la del Conde Duque de Olivares no va a tener efectos en prohibiciones o imposiciones lingüísticas. Pese a ello los autores que se inclinan por achacar a la corte española como responsable del imperialismo lingüístico aportan sus matices al análisis de este periodo de la historia de España. Así, Siguán reconoce que si bien es cierto que "el proyecto de los Reyes Católicos no incluía la unificación lingüística, no es menos cierto que el solo hecho de reforzar el poder real desde tierras de Castilla y tierra castellana debía tener efectos desfavorables sobre las otras lenguas". Y este mismo autor sostiene que en época de Olivares la diferencia de lengua empieza a sentirse como obstáculo, pero lo cierto es que el fuerte impulso unificador no se traslada a la lengua.

Por el contrario, Ángel López, siguiendo con su teoría del origen coinético del español, se pregunta "cómo pudo todo el mapa peninsular permanecer casi inalterado durante casi toda la Edad Moderna", pese a las tensiones en la convivencia y "sobre todo de la carencia de un sentimiento cohesivo en la mayoría de sus habitantes". Para este autor sólo es posible porque lo que realmente se hablaba era la coiné de las distintas variantes del latín y no un castellano, por así decirlo, puro.

En Galicia la nobleza local fue siendo sustituida progresivamente por cortesanos de origen castellano, mientras que la mayoría de la población -rural- casi sólo conocía y usaba el gallego.

Pero la decadencia literaria y su menor fuerza expansiva no dibujan en estos siglos el camino hacia una España monolingüe. Siguán subraya, por su parte, que "en Cataluña, Valencia y Mallorca las instituciones siguieron intactas y continuaron utilizando el catalán como lengua administrativa y de relación externa" "el solo hecho de que el castellano fuese la lengua de la administración central", aunque "con el tiempo se hizo más frecuente que el monarca se dirigiese a las autoridades de Cataluña en castellano. Pero constata la casi desaparición de la literatura en catalán y añade el hecho de que el prestigio de los libros debido a la difusión de la imprenta, unido a la leve penetración de la nobleza castellana en la corte de Barcelona hicieron avanzar el español en Cataluña, pese a lo cual, como decíamos antes, la mayoría de la población, que vivía en el ámbito rural, sólo conocía y usaba el catalán.

De otra parte, las villas del País Vasco gozaban de un sistema de derechos locales y estamentales que los señores debían respetar -los fueros- y, pese a que en el País Vasco no había instituciones propias en la Edad Media, y a que la pequeña nobleza se trasladó a Madrid y al no uso del vasco en los textos administrativos, aparecen en el siglo XVI las primeras manifestaciones escritas del vasco, una lengua milenaria que apenas tenía lengua escrita y que se mantuvo durante siglos por la difusión oral. Hay un hecho, no obstante, que pone de manifiesto la penetración del castellano en las instituciones vascas, como recuerda Siguán y es que "a partir del siglo XV abundan las propuestas de que sólo se elijan representantes en los consejos locales que sean capaces de entender el castellano".

Siguiendo el punto de vista de Siguán, tenemos que considerar que ya en esta época es distinta la conciencia lingüística en las áreas no castellanohablantes: Cataluña, por un lado, y Galicia y el País Vasco, por otra. La ignorancia del castellano se relaciona en estas dos últimas regiones con la pobreza y el aislamiento; en Cataluña el respeto a sus instituciones y el peso específico tanto de la nobleza catalana como de la incipiente burguesía no hace que los catalanes incurran en ningún autoodio o deslealtad lingüística. Abunda Siguán del punto de vista de Olivares, valido de Felipe IV, de la obcecación de los catalanes por mantener su lengua, pero durante la sangrientamente reprimida rebelión contra los catalanes (1649), insistimos, no hay ni una sola disposición que prohíba o proscriba el uso de la lengua catalana.

En estos años la influencia cultural de la iglesia es un hecho que no puede ignorarse, pues España es un país católico por excelencia, con una notable presencia del clero en todos los estamentos sociales y pese al protagonismo de la corte, las instituciones eclesiásticas siguieron siendo depositarias de la iniciativa cultural y educativa. Y aquí hemos de distinguir al clero bajo de la pujante Compañía de Jesús, representante máxima del espíritu de Trento y la Contrarreforma. El papel de los jesuitas fue central para identificar el castellano con la lengua de la iglesia, tanto en Cataluña como en el País Vasco, en contraposición al bajo clero y a obispos de procedencia local, que usaban la lengua vernácula. Sin la actuación de los sacerdotes "leales" con su lengua vernácula más difícil habría sido la supervivencia de lenguas como el gallego, el catalán o el vasco en los siglos en los que carecieron de vehículos oficiales para garantizar su fijación y normativización escrita y su uso más allá del habla familiar. La visión universalizadora y españolista de los jesuitas, fundados curiosamente por un vasco, Ignacio de Loyola, que tenía visión universal también va a ser relevante en la difusión internacional del español. La Universidad de Deusto abierta al euskera es sólo un fenómeno muy reciente de adaptación a los nuevos tiempos. En Siguán, hay más detalles del conflicto en Cataluña, un auténtico pulso, entre el clero local y los jesuitas.

3. El siglo XVIII. Los Borbones y el Despotismo Ilustrado.

Si desde la expansión del castellano -o de la coiné de base castellana- podemos hablar de fenómenos sociales y políticos que favorecen más la presencia y difusión de unas modalidades lingüísticas que de otras, pero no propiamente de un conflicto en los términos en los que lo define Fishmann, la antesala de la Edad Contemporánea, el siglo de las luces, tan provechoso en tantos sentidos, va a marcar el comienzo de un desencuentro y de graves enfrentamientos entre las diferentes lenguas habladas en España.

Así es. El siglo XVIII va a suponer un giro radical en la política lingüística del Estado, un cambio cualitativo, la introducción de unas disposiciones emanadas de monarcas de origen foráneo que rompen la tradición de una política lingüística permisiva y nada impositiva que había existido en la península hasta entonces. Como consecuencia de la Guerra de Sucesión, se entroniza en España una nueva dinastía, la casa de Borbón, cuyo primer monarca, además, no fue apoyado por los nobles catalanes. A imagen y semejanza de lo que sucedió en Francia se va a establecer desde el poder absoluto una política unitaria destinada a que el castellano sea la única lengua oficial, en principio, sólo en el territorio catalán, donde su idioma vernáculo tenía más conciencia y pujanza.

Siguiendo estas orientaciones, Felipe V firma, nada más acceder a la Corona, los decretos de Nueva Planta en virtud de los cuales se establece la prohibición de usar el catalán en los ámbitos oficiales.

Y años más tarde, una Real Cédula de Carlos III, el máximo exponente del Despotismo Ilustrado, va a incidir en la misma línea de prohibición de uso del catalán en la enseñanza y en otros usos administrativos.

La política lingüística en América también experimentará con este monarca un giro notable, pues era voluntad del monarca -Carlos III- que se hiciera aprender el español a los indios y que se dispusieran todos los medios al efecto.

Así ve Antonio Tovar el panorama de esta centuria: "En el siglo XVIII cualquiera hubiera dicho que las lenguas de la Península Ibérica eran sólo el español y el portugués. Cierto que se hablaban entonces el catalán, el gallego, dialectos aragoneses, asturianos, leoneses y el vascuence, pero sobre ellos pesaba entonces el estigma de lenguas rústicas o decaídas de su antiguo esplendor, lenguas de campesinos apenas dignas de atención".

Los efectos de estas medidas, empero, fueron limitados. El poder del Estado, su presencia en las instituciones, sus medios para llevar a cabo estas prohibiciones e imposiciones, fueron muy pobres en comparación con los recursos que para acometer la tarea unificadora tenía Francia, nación con una mayor tradición de unificación idiomática. Por este motivo, las lenguas vernáculas se mantuvieron como lenguas de uso familiar, pero la conciencia de lenguas perseguidas -se las llegó a prohibir para la contabilidad en 1772 y para los escritos notariales- crearon un enrarecimiento de la convivencia que rompía el flujo de influencias mutuas observables a través de cualquier estudio de literatura comparada y que convierten al Estado central en el máximo responsable histórico de haber iniciado unilateralmente un conflicto que no tenía precedentes en la Romania española.

Con Felipe de Anjou, sólo Navarra y las villas vascas mantuvieron sus fueros y en el caso de los llamados Països Catalans la uniformidad administrativa se trasladaba a la lengua, por lo que el cambio cualitativo respecto de la cuestión lingca. es que la postergación del catalán en estos territorios pasaba de ser una consecuencia de la unificación política a convertirse en objetivo explícito para lograr dicha unificación, como subraya Siguán.

Según este autor, esta imposición provocó resistencias, por lo que las autoridades aplicaron las medidas coercitivas con prudencia, aunque de todas maneras ya hemos visto que no tuvo efectos demoledores por el escaso desarrollo del Estado.

Nuevamente hemos de atender al papel de la Iglesia como un hecho determinante. La predicación se extendió cada vez más en castellano, por el reflejo del centralismo en la jerarquía eclesiástica, pero hubo resistencia en amplias zonas diglósicas, donde el clero era quizá el mayor depositario de la sociedad tradicional popular. El clero local siguió utilizando la predicación en el caso del País Vasco a pesar del papel de los jesuitas, que ejercían su influencia en distintos ámbitos que el de las parroquias.

El español en la enseñanza y en la administración se convierte en obligatoria desde Carlos III, lo que se reforzará un siglo más tarde con la ley Moyano, de 1847, que la impone para la enseñanza primaria.

Y aunque no hubo nunca deslealtad lingüística en Cataluña, era innegable que el castellano en el XVIII se había identificado con la lengua de cultura y que durante el siglo XVIII, pese a las opiniones minoritarias de Jovellanos -preso en Bellver- a favor de impartir enseñanza en catalán y del padre Sarmiento por promover el gallego, el escepticismo respecto de las posibilidades de las demás lenguas de España como lenguas de cultura se extiende incluso al historiador Campmany, estudioso de las glorias de Cataluña, que ve inviable la recuperación del catalán para la ´república de las letras´.

4. El siglo XIX. El despertar de la conciencia lingüística.

Durante los dos primeros tercios del siglo XIX, desde los liberales de las Cortes de Cádiz hasta los carlistas -defensores de una sociedad tradicional- coinciden en no conceder a la recuperación de las lenguas vernáculas un papel central en sus reivindicaciones o planteamientos políticos.

Pero el romanticismo va a volcar su interés por las tradiciones populares y las lenguas locales y según Antonio Tovar, "en aquella España aparentemente unificada en cuanto a la lengua, primero el catalán, después el gallego, ya desde antes el vasco, despiertan a la vida literaria".

El caso catalán es el más representativo por el papel de su burguesía en la reivindicación lingüística. La burguesía catalana promueve primeor "els Jocs florals" y luego, unido al auge del nacionalismo político, se promueve el uso del catalán en todos los ámbitos, lo que provocará desde entonces variadas reacciones en el poder político central. El fenómeno de la "Renaixença", que es como se conoce el movimiento que va a representar un auténtico renacer de la literatura en lengua catalana, cuyas letras no se han dejado de cultivar hasta nuestros días, dará lugar a la recuperación de la lengua catalana a través de su normativización y de la reivindicación política. Si la primera contó con tres instrumentos muy notables: las normas ortográficas de Castellón, la primera gramática moderna, auspiciada por Pompeu Fabra y el Diccionario, empresa en la que trabajó Antoni Maria Alcover, la ligazón entre las reclamaciones lingüísticas y políticas terminaría provocando un conflicto en el dominio del catalán, dadas las disimetrías entre la comunidad lingüística y la política.

El despertar de la conciencia en Baleares fue más limitado, pues pese al apoyo de parte de la burguesía local y de sectores de la iglesia (pensemos en la ingente obra de Antoni Maria Alcover, con su diccionario Catalán-Valenciano-Balear), las clases medias eran más débiles que en Cataluña y no alcanzaron el mismo protagonismo en la vida política que sus homólogos catalanes. Caso diferente es Valencia, donde el valenciano, fruto de la nivelación entre el catalán y el aragonés, como ya dijimos, era la lengua de una comunidad agrícola pujante, pero muy reticente a ser asimilada políticamente a las reivindicaciones de Cataluña, por lo que sólo un importante sector de la burguesía liberal y universitaria ha aceptado el pancatalanismo. La reivindicación lingüística se ha sentido popularmente como algo propio, pero tan diferenciador de Cataluña como del resto de España.

En Galicia la burguesía liberal es aún más débil. Por eso, el paralelo fenómeno del llamado "Rexurdimento" fue más literario que político y el galleguismo fue extremadamente débil en el terreno político durante el siglo XIX. No obstante, la obra de Rosalía de Castro, así como la de Curros Enríquez, son un punto de partida de la recuperación del gallego como lengua de cultura, que ha pervivido hasta nuestros días. La tesis de Xesus Alonso Montero sobre la burguesía local gallega es que ésta fue durante el XIX mucho más desleal ante la lengua propia de la región, que se veía como un obstáculo para la promoción social, lo que motivó una progresiva castellanización de los núcleos urbanos a lo largo del siglo.

Desde todos los puntos de vista el vasco presenta problemas específicos. En primer lugar, no era lengua de tradición escrita y su uso había ido retrocediendo en todo su dominio lingüístico desde la Edad Media. Por otro lado, la burguesía local, con los inicios de la industrialización, estuvo muy vinculada al poder central y mostró escaso interés por la lengua, que quedaba reducida a los ámbitos agrícola (la cultura del caserío) y pesquero, así como a la iglesia. La creciente inmigración, de origen castellanoparlante, difícilmente asimilable por la nula afinidad entre la lengua local y la de origen, unido al retroceso del eusquera en las zonas más urbanas e industriales, colocan al vasco en una posición más minoritaria y amenazada que las otras lenguas vernáculas de origen latino. A estos hechos hay que añadir una consecuencia derivada de su falta de tradición escrita, la fragmentación, que posteriormente tratará de superarse mediante la propuesta del "euskara batua" o vasco unificado. Por otra parte, el nacionalismo vasco de Sabino Arana reivindica el eusquera como signo de identidad nacional, ligado en su origen a planteamientos étnicos, directamente enfrentados al castellano y con pretensiones secesionistas. El vasco, pese a que no había sufrido hasta entonces una persecución como la soportada por el catalán, sí se sentía lógicamente amenazado por la decadencia de la cultura del caserío. A partir del XIX el eusquera se convierte en arma política que pone en cuestión la identidad española del pueblo vasco. Y la existencia de dos comunidades, la euskalduna y la castellanoparlante, confiere al conflicto lingüístico una tensión que no había existido con anterioridad. Y lo más granado de la intelectualidad vasca, Unamuno, Baroja, etc. empleaba el castellano como lengua para la creación literaria. Y curiosamente, la escisión social provoca que el nacionalismo más radicalizado en el siglo XX proceda más de los "euskaldunberris" -nuevos hablantes del vasco- que de los "euskaldunzarras" -los que han hablado el vascuence toda su vida, los que lo tienen como lengua nativa-.

La posición del Estado ante la lengua basculará desde entonces entre la tolerancia, la prohibición o el reconocimiento de que España es de hecho un país plurilingüe. Ya hemos visto que la Ley Moyano, de 1847, la primera ley de instrucción pública, tan avanzada para su época en algunos aspectos, se define nítidamente por una concepción monolingüe.

El federalismo de la primera república favorecerá la recuperación de las otras lenguas en el XIX. De esta manera, el catalán volvió a utilizarse en documentos oficiales, se introdujo tímidamente en la enseñanza, reconocimiento que también tuvo el vasco, pues en 1888 se dotó en el Instituto de Bilbao la primera cátedra de vasco, a la que concurrieron Sabino Arana, Miguel de Unamuno y Resurrección Mª de Azkue, que fue su titular hasta la Guerra Civil.

5. El siglo XX.

Ya hemos hablado de la combinación de épocas de tolerancia y de persecución, de momentos en los que el conflicto lingüístico -siempre latente- estaba más apagado o más enfervorizado. La tímida recuperación de las instituciones catalanas permitió que la "Mancomunitat de Catalunya" tuviera algún tipo de iniciativa en la enseñanza del catalán, lengua que ya florecía en la literatura, en la prensa y como lengua de cultura.

Pero durante la dictadura del General Primo de Rivera (1923-1930) se vuelve a las prohibiciones y a las drásticas unificaciones, lo que fomentará una mayor radicalización de las reivindicaciones nacionalistas.

La II República (1931-1936), a través de los estatutos de autonomía y del pacto del republicanismo con los nacionalismos, reconocerá la cooficialidad del catalán, el gallego y el vasco.

Fue el primero el que gozó de mayor tiempo para poder desarrollar la lengua en la enseñanza y la administración, pues el estatuto catalán se aprobó al año de proclamarse el nuevo régimen; los otros dos estatutos se promulgaron en las postrimerías de la República y apenas pudieron desarrollarse. Pero lo importante es subrayar que el régimen republicano se proponía recuperar una convivencia armónica entre todas las lenguas de España y reconocer su carácter plurilingüe.

La Guerra Civil (1936-1939) concluirá con la victoria de las tropas del General Franco, cuyo régimen promovió desde sus orígenes el establecimiento de un unitarismo lingüístico y de férreas prohibiciones y persecuciones, sólo suavizadas en los años de la apertura en sus últimas décadas. Sin duda alguna fue este periodo de la historia de España el que con más crudeza radicalizó el conflicto lingüístico, provocando la incomprensión y el rechazo en las áreas castellanoparlantes hacia las lenguas vernáculas y auspiciando un encrespamiento y un fuerte sentimiento de agravio y genocidio cultural en las áreas no estrictamente castellanoparlantes.

Después de la Constitución de 1978, que vuelve a reconocer la cooficialidad de las otras lenguas de España se abre el periodo lingüístico que hoy estamos viviendo. El modelo de la vigente Constitución, definido en su artículo 3º, trata de armonizar distintas posiciones históricas ante la convivencia de lenguas. Establece el castellano (esta es la denominación, muy discutida) como lengua común de toda España y reconoce el carácter cooficial de "las demás lenguas de España" sin especificar ni cuáles son ni en qué territorios serán cooficiales, pues este asunto lo deja en manos de los Estatutos de Autonomía de las diferentes comunidades.

No tenemos espacio para analizar los muchos problemas lingüísticos de la España actual, pero sí hemos de mencionar algunos de ellos: bilingüismo o diglosia; el futuro del español en las regiones plurilingües, especialmente en la enseñanza; la reivindicación del dialecto; la unificación del vasco y el catalán; el conflicto en Valencia; el papel de las lenguas en los distintos ámbitos de uso, sobre todo en el terreno de las nuevas tecnologías, etc.

Para terminar, creemos que es ilustrativa una cita del profesor Ángel López, cuya obra ha sido tan citada en este trabajo:

"España no es un Estado con problemas derivados de factores varios, entre otros la existencia de minorías lingüísticas en su interior, sino un país articulado problemáticamente sobre la tensa convivencia de cuatro grupos lingüísticos diferenciados en el seno del mismo."

6. Conclusiones

1. El castellano es el romance más innovador, por ser puente entre el euskera y el latín.

2. La expansión lingüística del castellano se produce en la Edad Media como consecuencia de la Reconquista.

3. Es la coiné entre el castellano y otras variedades romances la que se expande en España, dando lugar a una lengua que si bien toma como base el castellano primitivo, está muy alejada de él

4. La unificación de los Reyes Católicos no supone ninguna represión para las demás lenguas.

5. El conflicto lingüístico surge en el siglo XVIII con el deseo unificador por parte de los primeros Borbones.

6. Los proyectos unificadores fracasan por el escaso desarrollo del Estado, especialmente en el campo de la educación.

7. A partir del siglo XIX se inicia la reivindicación lingüística, vinculada con reivindaciones nacionalistas.

8. El mapa político y el lingüístico de España no son absolutamente simétricos.

9. El poder central durante la Edad contemporánea oscila entre el plurilingüismo, la tolerancia y la represión.

10. El mapa lingüístico de la España contemporánea no está cerrado.

7. Bibliografía

- García Mouton, Pilar. Lenguas y dialectos de España. Arco Libros. 1994.

- Lapesa, Rafael. Historia de la lengua española. Gredos, Madrid, 1980.

- López García, Ángel. El rumor de los desarraigados. Editorial Anagrama. Barcelona, 1985.

- Salvador, Gregorio. Lengua española y lenguas de España. Ariel Lingüística. 1987.

- Siguán, Miguel. España plurilingüe. Alianza Editorial. 1992.

- Tovar, Antonio. Lo que sabemos de la lucha de lenguas en la península ibérica. Gregorio del Toro, Editor, Madrid. 1968

- VV.AA. Las lenguas románicas españolas tras la Constitución de 1978. Ediciones TAT Granada. 1988.