Conciencia moral

Ética. Teología moral. Teólogo. Iglesia. Sociedad uruguaya. Conflicto personal. Bondad. Reflexión sistemática. Fieles. Laicos. Realidad social

  • Enviado por: Antonio Santos
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 13 páginas
publicidad

LA REFORMULACION DE LA TEOLOGIA MORAL.

A partir del entorno del Concilio Vaticano II, como es bien sabido, se generó una verdadera reformulación de la teología moral en la Iglesia. Esta tarea fue emprendida fundamentalmente en base a lo explícitamente mandado por el Concilio (OT 16d) en relación a su necesaria cientificidad y a su fundamentación en las Sagradas Escrituras, así como también en base a la adecuación necesaria en campo de la teología moral a las definiciones que el mismo Concilio realizó sobre la relación entre la fe y el mundo. De hecho, esto llevó prácticamente a abandonar el camino recorrido en los últimos dos siglos y se comenzó una reflexión nueva.

En este proceso tampoco fue menor la exigencia planteada a partir de las numerosas y concretas definiciones morales que realiza el Concilio en aspectos de moral fundamentalmente en la Constitución Gaudium et Spes.

No voy a entrar en este momento a analizar el proceso que la Iglesia ha vivido en estos 32 años desde la finalización del Concilio en el campo moral, ya que escapa totalmente a la temática de este Congreso. Solamente a modo de ejemplo significativo diré que ese proceso se percibe claramente en sus rupturas absolutas y en sus continuidades parciales en la confrontación de tres textos: "Theologiae moralis principia..." de A. Vermeersch; "La Ley de Cristo" de B. Häring; y "Moral Fundamental" de T. Mifsud publicado por el CELAM el año pasado.

Lo que voy a presentar son tres aspectos de esta reformulación global que percibo como incidiendo directamente en el rol del teólogo moral en la sociedad uruguaya actual.

a)

Reubicación del rol del teólogo moral frente a la reflexión moral sistemática.

El primero de estos aspectos es la reubicación del teólogo moral frente a la reflexión moral sistemática.

De hecho, en la práctica eclesial, al teólogo moral se le busca como aquel que debe dar certezas en el discernimiento de las situaciones morales concretas de la vida personal y social cotidiana. Más allá de las indebidas simplificaciones que muchas veces se hacen al pedirle respuestas simples, ciertas, e inmediatas a problemas complejos, considero que la pretensión de que el teólogo moral sea una referencia de certeza en el discernimiento moral es plenamente válida.

En el contexto de la reformulación global que ha sufrido la teología moral en el post-Concilio, esa referencia de certeza se ha visto muy cuestionada. La reformulación generó la ruptura de un imponente, articulado y completísimo modelo de respuestas morales elaborado por la manualística a lo largo de 250 años. Esa ruptura generó a su vez grandes vacíos de respuesta provisorios, y grandes conflictos entre paradigmas teológico-morales diferentes.

Personalmente valoro como muy positivo todo ese proceso, pero también sufro algunas de sus consecuencias. A la fecha mucho se ha decantado de esos conflictos y existen muchas certezas pacíficas entre la inmensa mayoría de los teólogos católicos tanto en cuestiones epistemológicas como de contenido. Se podría decir que hoy existe un sólido marco referencial de principios morales en la sistemática moral.

Sin embargo,a su vez la gran mayoría de los sacerdotes se han formado en un esquema perimido y si bien se han actualizado, es sumamente difícil para cualquiera asumir un marco referencial nuevo. Por otro lado, los laicos en general tienen la percepción de que todo depende del «cura con quien se hable» lo que genera cierto escepticismo sobre la posibilidad de la certeza de discernimiento.

Así, puedo sostener con certeza, y valga la paradoja, de que la gran mayoría de los fieles (laicos y sacerdotes) se mueve mayoritariamente en la incerteza moral, aún en temas muy relevantes de su vida y aún contando con su real disposición a buscar la verdad.

También, debido a algunas realidades eclesiales, debo agregar inmediatamente que la tentación de «dar seguridad» tanto sea por mediante el regreso a paradigmas perimidos como por medio de la sujeción o incluso alienación de conciencia por parte de los directores espirituales, no son salidas moralmente válidas a la situación planteada.

En esta perspectiva, el gran desafío del momento para el rol del teólogo moral tiene dos caras: por un lado la formación de los fieles en esquemas sólidos y articulados de principios morales, y por otro lado, la elaboración de instrumentos prácticos, sencillos y eficaces para la aplicación de dichos principios a las situaciones cotidianas.

Este último elemento planteado es de gran importancia, ya que para la maduración de la conciencia moral y para la posibilidad de que arribe a discernimientos ciertos, es imprescindible su formación en el uso de instrumentos concretos de discernimiento moral, lo que muy raramente ocurre. No es posible pensar en una madura y ponderada autonomía moral de la conciencia, como lo reclama el Concilio (GS 16), si la persona objetivamente no cuenta con los instrumentos que la hagan posible.

Para terminar este primer punto, y en continuidad con lo que venía planteando, percibo con verdadera alarma la confusión existente en laicos, sacerdotes y religiosos entre discernimiento espiritual y discernimiento moral, así como en los instrumentos propios de cada uno. La confusión en lugar de la integración de ambas dimensiones en algunos casos ha llevado a justificar actos totalmente inválidos desde el punto de vista moral, y en casi todos los casos ha llevado a una situación permanente de conciencia culposa.

b)

Reubicación del rol del teólogo moral frente a la sociedad.

El segundo aspecto que presentaré es el referido a la reubicación del rol del teólogo moral frente a la sociedad.

La sociedad en que vivimos es una sociedad plural, liberal y democrática, todo ello dicho en sentido real pero también todo ello entre comillas.

Plural significa que no existen referentes morales universalmente aceptados, ni siquiera a nivel de fundamentos. Eso significa también, que en la práctica a nivel general, aún las personas mejor intencionadas se mueven en medio del eclecticismo y del relativismo.

El ser liberal implica también que en la sociedad la presunción de la que se parte en todos razonamientos es la de la libertad de la persona individual, entendida como la no validez de todo tipo de coerción, incluso moral, a menos que se demuestre lo contrario. Pero esto significa también, que en la práctica, las personas se presuponen absolutamente autónomas, autárquicas y autosuficientes en campo moral.

Se trata también de una sociedad democrática, lo que significa que no se acepta como válido un referente moral apoyado en el principio de autoridad, sino que en todos los casos se exige un razonamiento convincente que lo sustente. En la práctica, ser democrática también significa que las posiciones morales suelen ser pre-juzgadas a partir de prejuicios ideológicos más que en base a la validez de sus argumentaciones.

Esta situación sería interesante pero no inquietaría mayormente al teólogo moral si no fuera porque la Iglesia se autocomprende como enviada al mundo y por tanto al servicio de la sociedad civil que integra. "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo". (GS 1).

Esta forma de autocomprenderse eclesialmente implica también el desvelo del teólogo moral, ya que percibe en ello un rol propio e inexcusable. Este rol es, en primer lugar, el de representar a la Iglesia ante la sociedad en los temas específicamente morales.

La sociedad normalmente plantea una exigencia ética general, la que se apoya más en los sentimientos provocados por hechos determinados o por el manejo informativo de los mismos, que en reflexiones o convicciones fundadas. En muchos casos el reclamo ético se ha convertido casi en un tópico sin contenido real. Con todo, cabe destacar que la sola enunciación del tema genera interés en la sociedad.

En este contexto, el rol del teólogo moral sería el de argumentar a favor de los criterios y convicciones morales de la Iglesia de modo de hacerlas razonables y compartibles por el conjunto de la sociedad, sin poder apoyarse para ello en argumentos de tipo exclusivamente teológicos, así como en las fuentes y los presupuestos epistemológicos que le corresponden.

Ya de por sí, ese sería un inmenso desafío. Pero se agraba debido al problema de la falta total de instancias académicas de reflexión y confrontación morales. En la sociedad uruguaya actual existe un vacío inmenso de instancias de reflexión ética. A nivel universitario únicamente existe el Departamento de Etica y Bioética de la Universidad Católica, con un esfuerzo enorme por parte de las muy pocas personas que lo integran, pero con muy poca incidencia real en el conjunto de la Universidad. En el resto de la enseñanza terciaria el tema es prácticamente inexistente.

De igual modo podríamos hacer un recorrido por el mundo profesional, el mundo intelectual, el mundo sindical, o el empresarial. El resultado es el mismo: todos manifiestan mucho interés en el tema, pero nadie plantea instancias reales de reflexión sistemática.

El mismo laicismo en la enseñanza ha llevado a la inexistencia de materias de formación ética curriculares en toda la educación formal. Esto es absoluto en la educación pública, y casi lo es también en la educación católica, ya que la «catequesis» no está formal, ni pedagógica, ni didácticamente prevista para ese fin.

A todo este panorama, hay que agregar la realidad global que va transformando rápidamente la sociedad uruguaya en una sociedad audio-visual. Los medios escritos, especialmente los libros, están en franco retroceso en cuanto a su incidencia en el conjunto de la sociedad. Es la radio y fundamentalmente la televisión los medios de comunicación que conforman la mentalidad social, y estos medios no admiten los razonamientos largos, sistemáticos o complejos, sino que exigen respuestas concretas, simples, y extremadamente cortas. En esas condiciones, realmente no estamos capacitados para actuar con seriedad. Esta creo que es la razón fundamental de la renuencia a presentarse en los medios de comunicación.

¿Cómo evangelizar la cultura de nuestra sociedad desde esta perspectiva? En verdad no sé ni por donde empezar, y por tanto es muy grande la tentación de abandonar ese rol y dedicarse exclusivamente al mundo intraeclesial. Lo malo del ministerio del teólogo moral es que como ningún otro sabe que hay que rechazar las tentaciones.

Pero hay otro aspecto de este mismo rol que deseo, aunque más no sea, solo enunciar. Se trata de que los fieles católicos también forman parte de esta sociedad, y también interactúan en ella. Esto significa que los católicos no solamente viven en una sociedad plural, liberal y democrática, sino que ellos también lo son en profundidad.

Así, el teólogo moral de frente a los fieles debe también desarrollar una reflexión y argumentación que los haga capaces de defender ante la sociedad civil sus posiciones morales católicas. Esa cxapacidad de defender las propias posiciones no solamente es relevante para su accionar misionero, sino para ellos mismos ya que la incapacidad de defender posturas lleva a que ellos mismos pierdan certeza de la validez de las mismas.

c)

Reubicación del rol del teólogo moral frente a los fieles.

El tercer aspecto que presentaré es el referido a la reubicación del rol del teólogo moral frente a los fieles.

Los profundos cambios teológico-morales y sociales de los últimos 30 años también generan grandes desafíos al teólogo moral, en cuanto que no solamente su misión consistirá en la elaboración de contenidos morales ciertos y en su transmisión, sino que le implica trabajar en un cambio de mentalidad que lo involucra personalmente.

Así, en primer lugar, el teólogo moral debe abogar a tiempo y a destiempo en torno a algunos principios que son vertebrales de la moral católica postconciliar y que aún distan mucho de haber sido asimilados por los fieles.

El pasaje de la búsqueda de lo «correcto» frente a lo «bueno» es uno de ellos. El actuar correcto hace referencia a la adecuación de los actos a lo establecido por las normas morales, mientras que la realización de lo bueno implica el desarrollo de una actuación humanizante.

Es obvio que desde el punto de vista sistemático no debería haber distancia entre ambos, ya que las normas morales no deberían ser más que la expresión aplicada, universal y obligante de un principio moral que, a su vez, por definición debería ser humanizante. En este punto utilizo al hablar un tono «condicional» ya que todo ello es hipótesis epistemológica que históricamente se ha demostrado no puede darse por descontada, pero no es este el momento de profundizar en ese aspecto.

Aún considerando que en todos los casos las normas morales prescribieran de suyo conductas humanizantes, en su percepción y cumplimiento por parte de los fieles se suele dar una distancia importante que puede ser establecida en la diferencia entre una «moral de cumplimiento» y una «moral de excelencia».

La moral de cumplimiento, aún sin caer en sus desviaciones del legalismo y el minimalismo morales, supone de por sí un alto nivel de heteronomía moral. El acto moralmente válido será aquel que no viole la letra y el espíritu de la norma moral. Se trata de un referente estático, y rígido, de imposición externa. Claramente quiero dejar establecido que considero imprescindible la existencia de normas morales obligantes, ya que por experiencia como teólogo, como pastor y personal propia, sé que hay momentos y situaciones en los que la presencia de una norma obligante y precisa hace posible no perder la objetividad de la situación.

El problema surge cuando el modo de concebir la vida moral de la persona se articula esencialmente en base al cumplimiento de las normas. El llamado que por el bautismo todo cristiano recibe es a la plenitud de la realización de la imagen y semejanza que el Padre ha impreso en cada uno de sus hijos. Desde el punto de vista moral, esto implica un camino personal y comunitario de crecimiento, cuya medida es Cristo mismo, o como Él mismo lo expresa: "Sean perfectos como el Padre del cielo es perfecto". (Mt 5,48).

El camino de la perfección es el deber moral básico de todo cristiano, y se articula como un desafío vital ineludible en el discipulado de Cristo. Ese camino de perfección propuesto por Cristo se contrapone al camino de los fariseos, ya que la invitación del Señor no es a la adecuación a normas por muy válidas o exigentes que estas sean, sino a descubrir y asumir la vida como una verdadera aventura de seguimiento.

Sicológica y afectivamente la moral de cumplimiento genera certeza, mientras que la aventura del seguimiento genera incertidumbre. Es muy difícil la integración de ambas, pero más difícil aún es motivar y convencer de vivir la vida en esta segunda perspectiva. El seguimiento implica discernimiento personal y comunitario, implica riesgo de error, implica evaluación permanente, e implica asumir los conflictos de conciencia. La tentación de deslizarse hacia el cumplimiento es muy grande.

No puede desarrollarse una moral de excelencia sin una espiritualidad profunda y madura. Aquí se deriva un desafío pastoral para el teólogo moral. No puede actuarse responsablemente una moral de excelencia sin contar con adecuados instrumentos de discernimiento que permitan una certeza en el mismo. Aquí hay otro desafío. No puede pensarse en una maduración de conciencia si no hay práctica de discermiento y confrontación de referentes objetivos, lo que únicamente se puede alcanzar por medio de una educación moral sistematizada pedagógicamente y extendida en el tiempo. Ese es otro desafío. No puede generarse una verdadera moral de excelencia sin la integración y diferenciación de los contenidos e instrumentos de la teología moral y de la teología espiritual, cuya confusión no es extraña en la práctica pastoral de sacerdotes y grupos eclesiales. Otro desafío más. Es bueno tomar conciencia que al teólogo moral no le faltará trabajo que realizar.

Para terminar este punto, simplemente deseaba compartir un hecho reiterado que no deja de llamarme la atención. En cursos dados a seminaristas, religiosos y laicos, en diferentes momentos y lugares, y con muy diferentes grados de formación teológica y de integración eclesial efectiva, a los alumnos les sorprende profundamente cuando presento la identidad esencial entre los conceptos: santidad, humanización, bondad, y realización.

Existe una especie de mentalidad subyacente que disocia de tal modo dichos conceptos que no permite identificarlos espontáneamente entre sí. "Si un acto busca la santidad, difícilmente sea realizante" me decía un alumno. Esta mentalidad esquemáticamente ejemplificada, es a mi entender una de las causas más importantes que impiden la comprensión de la unicidad espiritual, moral, y de realización existencial de la vocación bautismal.

II.

LA APERTURA DE CAMPO DE LA TEOLOGIA MORAL A LO SOCIAL.

El segundo eje que como teólogo moral me ha inquietado fundamentalmente, es la apertura de campo de la teología moral a lo social. Desde siempre la teología moral ha asumido como parte de su misión el desarrollo de las dimensiones sociales en el estudio sistemático de la moral. No obstante, hasta el presente siglo, dicho estudio era absolutamente menor dentro de la globalidad sistemática, y además en la práctica estaba destinado únicamente a las autoridades civiles.

En el presente siglo, a partir del surgimiento de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), y fundamentalmente a partir de la aceptación de los aportes de la sociología por parte de la Iglesia, se ha generado una enorme apertura de campo a lo social tanto en la complejidad y diversidad de elementos técnicos y científicos incorporados, como en la extensión prácticamente generalizada de los destinatarios de la reflexión sistemática. Podríamos decir que en la actualidad la reflexión teológica dedicada a este campo es más de un tercio de la reflexión moral general.

También en este campo se perciben con claridad los efectos de la reformulación de la teología moral católica, algunos de los cuales constatábamos más arriba, pero asumidos con tan intensidad, y ubicados en una realidad social tan cambiante, que podríamos decir que la reflexión sistemática en teología moral social en la Iglesia recomienza por completo a partir del Concilio Vaticano II.

Presentaré a continuación tres características relevantes de esta dimensión de la reflexión moral, lo que permite visualizar mejor los desafíos que plantea.

a)

El impulso dado por el Magisterio a la reflexión moral social.

En este campo se ha dado un fenómeno que definiría de novedoso dentro de la teología moral: es el Magisterio quien ha ido impulsando, y a veces inclusive liderando, la reflexión sistemática.

Clásicamente el rol del Magisterio en tema moral ha consistido en la dilucidación de los conflictos planteados entre las diversas posturas de escuelas o autores, y en la reiteración de «catálogos de pecados», fundamentalmente con fines pedagógicos.

En el post-concilio, y especialmente durante el actual pontificado, el Magisterio ha asumido una postura mucho más activa y propositiva en el desarrollo de la reflexión moral sistemática. Esto ha llevado a no pocos enfrentamientos entre teólogos morales y algunos dicasterios acerca del rol del teólogo y de los márgenes que tiene en el desarrollo de su reflexión. Inclusive algunos autores han planteado la posibilidad de la existencia de un «paradigma teológico romano» que se contrapondría a otros paradigmas teológicos también desarrollados al interior de la Iglesia.

Esta realidad incluye también a la reflexión moral social, pero de un modo muy peculiar. En primer lugar porque el papel activo y propositivo del Magisterio en la reflexión cuenta ya con un siglo de antigüedad y no es efecto directo del Concilio ni del post-concilio. En segundo lugar porque en este campo no se ha dado el nivel de enfrentamiento ni de conflicto entre teólogos morales y dicasterios que en otros campos de la moral. Podríamos decir por el contrario, que en campo social el relacionamiento entre la Santa Sede y los teólogos morales es muy pacífico.

A partir de la «Populorum Progressio» y de la «Octogesima Adveniens» de Pablo VI, y de la enorme cantidad de encíclicas, mensajes, homilías y discursos de Juan Pablo II, la Doctrina Social de la Iglesia se ha desarrollado enormemente en extensión y exhaustividad, hasta abarcar casi todos los temas de este campo.

Así, hoy se cuenta con una estructura temática muy amplia con fuerza de Magisterio, pero a su vez, también se generan algunas dificultades no menores.

En primer lugar, dado que en algunos aspectos la DSI ha sido más audaz en sus definiciones que el consenso de los teólogos morales, también ha generado desfasares en la articulación de la reflexión sistemática; e inclusive en algunos casos ha llevado a la necesidad de reformular conceptos por parte del propio Magisterio.

En segundo lugar, han surgido problemas en la definición de la propia identidad de la DSI Más allá de que algunos sectores eclesiales en América Latina han pretendido utilizar la DSI en su enfrentamiento con la Teología de la Liberación, pretendiendo que ésta ha quedado perimida por el desarrollo de aquella, lo que de por sí no ha ayudado a la DSI a encontrar su verdadero lugar, es claro que ésta última tiene dificultades propias.

Existe una primera dificultad de tipo epistemológico ya que la DSI define como su sujeto epistemológico a la Iglesia entera (Cfr. Or 4), lo que en la práctica se contrapondría con el carácter magisterial de sus contenidos.

Existe una segunda dificultad epistemológica, ya que en su pretensión de configurarse como una reflexión sistemática, la DSI establece inequívocamente la necesidad de asumir la interdisciplinariedad y el recurso a aportes científicos y filosóficos relevantes para el campo. Sin embargo, en la práctica eso no se ha realizado, ya que lo que la propia DSI considera como material integrante de su cuerpo doctrinal es exclusivamente del Magisterio y realizado en estilo pastoral, y no con la metodología de una reflexión científico-teológica.

Personalmente considero que no es viable que la DSI mantenga por un lado su carácter magisterial y que simultáneamente se desarrolle como reflexión teológica sistemática, ya que ésta última necesariamente debe realizar opciones filosóficas y sociológicas que sería muy delicado que fuesen realizadas por el Magisterio como tal. A su vez, en el trasfondo de este tema se encuentra también el fantasma de la «tercera vía», que si bien es rechazada reiterada y explícitamente por la DSI, sin embargo no deja de ser una tentación de hecho.

Una tercera dificultad radica en la aplicabilidad de la DSI. De hecho, la DSI establece que el objetivo esencial de su existencia es la aplicación social de los principios y criterios por ella elaborados. Sin embargo, la crítica más sustentada y sostenida en contra de la propia existencia de la DSI se apoya en la inaplicabilidad práctica de sus postulados. Esta crítica no carece totalmente de razón.

En teología moral siempre ha existido una dificultad real entre la elaboración de las normas morales universales y su aplicación a las situaciones concretas. Pero en el presente caso, la dificultad se amplía, ya que la aplicación de los principios y criterios morales a la sociedad es siempre estructural e involucra al colectivo por lo que no es de aplicabilidad individual; y en este sentido las mediaciones políticas y económicas intrínsecas a todo actuar social no pueden ser definidas y asumidas por el Magisterio en cuanto tal.

A su vez, en sociedades plurales, la aceptación de referentes morales sociales pasa necesariamente por su confrontación y discernimiento en diálogo democrático, lo que supone el soporte de elementos sociológicos, científicos y filosóficos explícitos. De lo contrario, al margen de los fieles convencidos, su único recurso es el de la exhortación genérica, más vinculada a lo afectivo que a lo racional. En este terreno, la DSI no puede competir con sistemas sociológicos racionales bien articulados.

Esto lleva a que incluso al interior de la Iglesia no pocos fieles, inclusive asumiendo su buena voluntad, puedan sostener no sentirse interpelados en conciencia por la DSI ya que sus conclusiones no son defendibles racionalmente ni siquiera ante sí mismos, y porque tampoco son aplicables en el mundo real.

Estas dificultades manifestadas en torno a la DSI pueden ser algunos de los factores, pero en modo alguno los determinantes, del retraso que tiene la reflexión teológica moral social en la elaboración de aportes realizables y concretos para el discernimiento y transformación de la realidad social. De ello también depende en gran medida la posibilidad de despertar una conciencia más viva en los fieles acerca de sus responsabilidades sociales concretas, que obviamente exceden largamente el actuar individual.

b)

Las dificultades específicas que surgen de la realidad social a finales del s.XX.

Todas las épocas históricas han tenido sus dificultades específicas, y siempre ha sido una tarea nada fácil el discernir moralmente dichas realidades. En el mismo sentido, esta época que nos toca vivir también tiene sus propias dificultades, y éstas son muy grandes.

En primer lugar, esta es una época de cambios vertiginosos. Más allá del lugar común en el que este tópico se ha convertido, constituye una realidad. Sólo para ejemplificar en tres grandes áreas, podríamos decir que una persona de 80 años, en lo referido a comunicación masiva ha vivido el cambio desde la prensa escrita hasta el internet, en lo referido al transporte ha vivido el cambio desde los barcos a vela a los trasbordadores espaciales, y en lo referido a la capacidad de cálculo matemático ha vivido en cambio desde el ábaco y la regla de cálculo hasta las computadoras de bolsillo capaces de realizar complejísimas ecuaciones en décimas de segundo.

Igualmente se han generado cambios enormes en las estructuras y en las ciencias políticas entre otros elementos con la generalización de la democracia liberal De igual modo en la economía con el desarrollo del comercio virtual, y en la cultura con la globalización de la comunicación. Se trata de cambios profundos, irreversibles, en progresión geométrica, que desafían al límite la capacidad de adaptación.

Esos cambios han transformado completamente el planeta y los modos de vida y de supervivencia en él. En un siglo, la realidad social global se ha modificado varias veces, y con ello la necesidad de actualización de la reflexión moral sobre ella. Cuando la realidad se transforma profundamente, normalmente también exige transformaciones profundas en los instrumentos y en los contenidos de referencia utilizados en la reflexión moral.

El modo en que debe ubicarse un cristiano desde la fe en relación a lo social permanece en lo esencial a lo largo de los siglos: colaborar en el advenimiento del Reino de Dios. Pero de ahí para abajo, todo ha cambiado radicalmente. El principal problema aquí es que la Iglesia no ha tenido (ni tampoco ninguna otra institución) la capacidad de desarrollar una reflexión teológica que acompañe en velocidad y profundidad a los cambios, y mucho menos aún que los anticipe.

Un ejemplo de ello se da en torno a los grandes documentos de la DSI. Mientras que la encíclica Rerum Novarum tuvo una vigencia de más de 40 años, la Centesimus Annus a 6 años de haber sido escrita ya es globalmente obsoleta. Cuando aún no ha sido totalmente estudiado y asimilado un documento en la Iglesia, prácticamente ya ha perdido vigencia.

En este contexto, quisiera mencionar las tres transformaciones sociales cuya complejidad considero que más han dificultado la reflexión teológico moral.

En primer lugar la creciente articulación de las estructuras macrosociales que se desarrollan a enorme velocidad por encima de las personas. Más que nunca se percibe cómo la realidad estructural tiene una dinámica propia que en gran medida prescinde de la voluntad expresa de la inmensa mayoría de los seres humanos.

Así, progresivamente las relaciones sociales se vuelven más mediatizadas y por ende anónimas. Por ejemplo, se ha dado una transformación tal de la economía que lleva a que hoy sea casi imposible delimitar e individualizar quiénes son los verdaderos conductores de la misma. En este sentido se suele identificar a personas que formalmente son los responsables de ministerios, empresas, servicios, etc., aunque en la práctica, un entredicho entre el Primer Ministro del Japón y el Canciller Alemán puede en cuestión de horas, de hecho y mediante el simple automatismo mecánico de los mercados, cambiar la situación de los principales indicadores de comercio de nuestro país.

Hasta hace pocos decenios se consideraba que era la estructura política de un país la que lo gobernaba. Hoy eso es una verdadera ilusión. Es verdad que la estructura política sigue teniendo márgenes importantes de decisión, pero no es cierto que tenga el poder real para conducir un país según su voluntad, incluso en el caso de los países desarrollados. Cada vez más, el poder real de incidencia en la sociedad se aleja de los mecanismos políticos convencionales, y cada vez más ese poder deja de ser detentado por personas y grupos definidos y se diluye en una verdadera maraña de estructuras económicas internacionales.

Clásicamente, la teología moral social ha estado referida al análisis de cómo repercutían en el conjunto social los actos de las personas, y ello fundamentalmente centrado en quienes detentaban el poder político. Hoy el desafío es cómo analizar las estructuras en sí, cómo buscar mecanismos reales de transformación de las mismas, y qué ubicación y responsabilidad le cabe a cada persona en ello.

Así pasamos de una problemática esencialmente basada en la voluntad de las autoridades, propendiendo a su honradez, integridad e idoneidad como solución fundamental a los problemas sociales, a una realidad de introyección de estructuras por parte de todos los integrantes del cuerpo social, donde la voluntad y eticidad de cada integrante por importante que sea, no tiene una incidencia determinante en la solución de los problemas.

En segundo lugar, el fenómeno de la globalización que ha trastocado el encuadre fundamental de la teología moral social. Hoy la realidad social se globaliza a pasos agigantados, de modo que hay una verdadera comunicación y dependencia de los problemas económicos, políticos, culturales, ecológicos, etc. entre todos los habitantes del planeta.

No se trata solamente de la globalización de los mercados, o de la hegemonía ideológica de un modelo económico-social. Se trata de que las identidades, los modelos de comportamiento, las aspiraciones, las posibilidades de supervivencia, superan toda barrera formal y abarcan a todos los pueblos y naciones.

La teología moral social a nivel conceptual se ha movido siempre en un marco formal preciso: la ciudad, el estado, la nación. En esos marcos la estructura de responsabilidades y los roles sociales están delimitados y a ellos se dirige el análisis. Frente a la realidad de la globalización, los primeros intentos tanto de la reflexión teológica como del Magisterio fueron en el sentido de simplemente extender los conceptos de una nación al planeta entero, pero ello rápidamente se ha demostrado como inconducente.

La globalización implica una realidad nueva y única en la historia de la humanidad: la interdependencia real y directa de todos los seres humanos entre sí. Esta realidad no es simplemente la misma que la de una sociedad local pero de mayores dimensiones, sino que implica problemáticas totalmente diferentes. La pretensión de que la ONU se convirtiese en una especie de gobierno planetario a imagen de los gobiernos nacionales está completamente descartada en la actualidad. Entonces ¿cómo se puede articular la búsqueda del Bien Común a partir de una realidad absolutamente interdependiente pero sin posibilidad de unificación política?

La tercera transformación cuya complejidad social quería enunciar es la resultante de la revolución cibernética. Ya ha quedado relegado a nivel de referencia clásica por su anticipación, pero perimida por la ingenuidad de su contenido, el impactante libro «La revolución tecnotrónica» de los años setenta. La realidad una vez más ha superado con creces a la fantasía y a las previsiones, y hoy día vivimos en un mundo gobernado mucho más por las máquinas que por el hombre.

Sin entrar en temas verdaderamente impresionantes como la «bio-cibernética» que aún está en experimentación y que puede generar una nueva revolución tecnológica global, sino yendo simplemente a lo que ya son realidades tangibles, la realidad resulta ser cada vez más «virtual» que «real», valga la paradoja.

En Junio de 1995, en el contexto del Seminario «MERCOSUR, ética y comunicación», el prestigioso teólogo italiano Don Giannino Piana realizó en Montevideo una impactante ponencia acerca de los impresinantes desafíos a la reflexión moral que había generado la aparición generalizada de los juegos de realidad virtual, y que hacen caducar muchos de los criterios de la moral, hasta ahora inamovibles. Piana ponía el ejemplo del empleado que al llegar a su casa enciende la computadora, se coloca el casco y los guantes especiales, y mediante un juego autodirigido estrangula con sus manos a su jefe en un total realismo de sensaciones. ¿Cómo juzgar éticamente ese juego-realidad-virtual?

Pero la realidad virtual que ha hecho posible la cibernética no solamente abarca a los juegos, si es que lo son tales. También abarca campos que no sólo inciden sino que dirigen en gran medida la vida económica del mundo. El dinero electrónico, las transacciones virtuales, los mercados virtuales, las bolsas virtuales, etc., son en muchos casos hoy día más reales que la realidad.

El eje de la economía internacional se apoya en las transacciones financiero-comerciales. De ello depende el trabajo y la supervivencia de las personas de carne y hueso. Pero la mayoría de esas transacciones no se realizan más que en la virtualidad: el dinero es electrónico, los productos no existen, y los negocios aún no se han concretado y tal vez nunca lo hagan. Nada es real, y sin embargo es la actividad que más utilidades económicas da, y es el motor de la economía hoy.

Esos son sólo ejemplos de una realidad que ya está presente, que abarca nuestra sociedad, y que condiciona fuertemente la vida y realización de nuestro pueblo. ¿A partir de qué referentes analizarlo moralmente? ¿Qué instrumentos son válidos en este contexto? ¿Cómo actuar en consecuencia? Esas y muchas otras son preguntas para las que no tenemos aún ni borradores de análisis.

c)

La percepción de la realidad social en las personas.

La tercera característica de los desafíos de la reflexión moral social actual se refiere a la percepción que tienen las personas, y entre ellas los fieles, sobre la realidad social. Se trata ciertamente de la perspectiva moral de la sociedad en su conjunto y de la responsabilidad personal en ello.

Si bien, como ya lo hemos dicho anteriormente, la problemática moral social acompaña toda la historia de la reflexión teológica de la Iglesia ya que ha sido parte de su praxis desde el inicio, sin embargo la evolución que ha sufrido la propia reflexión moral social en el último medio siglo no ha sido acompañada por un cambio de mentalidades entre los fieles de modo de poder asumirla.

También aquí desearía destacar tres aspectos. El primero de ellos es referido al concepto de pecado social y a las responsabilidades que le corresponden.

En general los fieles mantienen una mentalidad que presupone que los pecados son cometidos exclusivamente por las personas en forma directa, no logrando integrar la perspectiva de las estructuras de pecado. Más allá de que sea totalmente cierto que toda estructura es creada y mantenida por los hombres, sin embargo, en su funcionamiento las estructuras en sí mismas generan situaciones de pecado e inducen a las personas a involucrarse en ese pecado social en forma activa, sin su voluntad e inclusive muchas veces sin su conocimiento.

En las personas existe una dificultad real de percibir esta dimensión, ya que la mentalidad normal sólo identifica el concepto «estructura» con las instituciones formales, y en ellas se tiende a identificar su actuación con la voluntad de las personas que formalmente las dirigen. Pero en realidad esa es la parte menor de la problemática estructural de la sociedad.

Inclusive, en estudiantes avanzados de teología se percibe claramente la resistencia pre-temática a asumir la responsabilidad global frente al mantenimiento de estructuras de pecado. Sin duda es necesario un nivel de desarrollo sicológico capaz de una importante abstracción para comprender la existencia de estructuras no formales, y más aún para comprender su valoración moral. Pero en general, la dificultad principal considero que radica en una especie de temor frente a una realidad que no se maneja, en la que uno se encuentra ineludiblemente involucrado, y que amenaza complicar mucho los juicios morales sobre su propios actos y por ende la «buena conciencia» del sujeto.

Así, aún en campo social, sigue siendo absolutamente mayoritaria la mentalidad que simplifica los juicios morales reduciéndolos prácticamente a la integridad y voluntad individuales de las personas.

El segundo aspecto a destacar, se deriva en parte del anterior. Es la dificultad que tienen las personas de percibir cómo las estructuras sociales no solamente actúan en ellas, sino que también actúan a través de ellas.

Las estructuras sociales se encarnan en las personas, de modo que actúan a través de las personas. Yo, en tanto actúo como párroco, soy simultáneamente: una persona original y única que ejerce su libertad; soy también una persona social fuertemente condicionada por estructuras eclesiales y sociales referidas a lo religioso, a la autoridad, etc.; y soy también la encarnación de una estructura ya que a través mío es la Iglesia quien actúa. Son tres dimensiones de un mismo actuar, las tres simultáneas y las tres claramente diferenciadas.

El hecho de encarnar estructuras implica responsabilidades morales directas y concretas para las personas, que trascienden la buena voluntad puesta en sus actos. Con sus actos, la persona está construyendo las estructuras y se está construyendo a sí mismo. Existe así, una dimensión moral social ineludible en el modo en que la persona maneja los márgenes que tiene en la forma de manifestar las estructuras que encarna.

El tercer aspecto a destacar se refiere a la manifiesta impotencia que las personas individuales sienten frente a las estructuras macrosociales, junto a la desvalorización que se hace de las realidades microsociales.

A partir de las diferentes reflexiones que hemos realizado aquí, se ve claramente la enorme complejidad de la realidad social, y la real aunque solo parcial indefensión moral que se tiene frente a ella. Progresivamente la persona común se siente más lejana y ajena a los lugares donde verdaderamente se toman las decisiones que condicionan su vida. Cada vez comprende menos cómo funciona la realidad social, y cada vez ve menos factible su transformación. La existencia de esas mentalidades no es casualidad y responde a intereses concretos, pero eso no cambia el hecho de que la persona se siente superada totalmente por la problemática social.

Simultáneamente hay una desvalorización enorme de las realidades microsociales. No se las considera realmente influyentes en la realidad social, cuando en la práctica son las que envuelven cotidianamente la vida de las personas.

Es así que la pasividad, la impotencia y la prescindencia de los cristianos frente a la problemática social se hace sentir. Hay una desproporción enorme entre las inquietudes en torno al discernimiento moral de situaciones individuales, y las inquietudes en torno de situaciones sociales, aún aquellas en las que la persona se ve directamente involucrada. La reflexión sistemática y el Magisterio le dan una relevancia a esta dimensión moral social de toda persona que en modo alguno se ve reflejada luego en la práctica de los fieles. Es este, por tanto, otro gran desafío para el teólogo moral.

CONCLUYENDO

Para concluir esta exposición quería solamente agregar una reflexión general.

De todo lo visto daría la impresión de que la Iglesia va rezagada en la reflexión moral sobre la realidad, y parecería que no lograse acompañar la velocidad de las transformaciones como para adelantárseles y conducirlas. Todo eso sería causante de inseguridad y desconcierto en los fieles. Esta visión de la situación general me ha sido planteada algunas veces.

Sin embargo creo que lo que no es adecuada ahí es la perspectiva asumida. ¿De donde la presunción de que moral debe adelantarse en su reflexión a los cambios y conducirlos? La autonomía de los diferentes campos del saber y su interacción, pero no su dependencia de la sistemática moral, es una verdad aún no clarificada ni asumida totalmente. Por otro lado, la historia tercamente ha demostrado que lo normal es que la pregunta sobre la bondad de una situación se genera realmente en simultáneo o a consecuencia de la misma, y que poco aporte es el que se genera como resultado de una hipótesis de realidad futura.

A su vez, ¿de donde la presunción de que la Iglesia debe guiar moralmente los cambios del mundo? La Iglesia se autocomprende como testimonio vivo del Evangelio, en diálogo con él y al servicio de su salvación, todo lo cuál no significa que sea su conductor. Asumir la humildad de brindar un aporte crítico (en sentido positivo) a las realidades sociales, en un mundo plural, es tal vez parte de nuestra conversión.

Por último, ¿de donde la pretensión de que la Iglesia formalmente deba tener la respuesta precisa y cierta frente a todo conflicto moral personal o social? ¿No es acaso parte de la gracia bautismal la recepción del Espíritu Santo a fin de que toda persona pueda recorrer el camino concreto que el Señor le propone y pueda alcanzar la meta que le promete?

Ciertamente que no es un camino individual sino comunitario, y que todo discernimiento debe realizarse en comunión eclesial para ser válido. También es cierto que la Iglesia debe institucionalmente generar espacios de reflexión sistemática sobre los temas morales. Pero todo ello no significa en modo alguno que la Iglesia como institución deba sustituir el esfuerzo personal de la búsqueda de lo bueno en la situación concreta y el asumir los conflictos, incluso de conciencia, que de ahí se derivan.

Es este un tiempo apasionante, como lo son todos para aquellos que les toca vivirlos. Como teólogo moral los desafíos son inmensos, y aunque la carne (y los medios con que se cuenta) es débil, el espíritu es animoso.