Colonialismo inglés en Norteamérica

Historia universal. Colonias inglesas. Religión colonial. Cuáqueros. Gran Despertar

  • Enviado por: Aitor Torralbo
  • Idioma: euskera
  • País: España España
  • 11 páginas

publicidad
cursos destacados
Iníciate con Ableton Live
Iníciate con Ableton Live
El curso da un repaso general por las órdenes y menús más básicos, para poder generar...
Ver más información

Cómo montar un Ordenador
Cómo montar un Ordenador
En este curso te guiamos de una forma muy práctica y gráfica, para que puedas realizar el montaje de tu...
Ver más información

publicidad

Los inicios del período colonial inglés en América del Norte

Los primeros años del siglo XVII presenciaron una gran corriente migratoria de Europa a América del Norte. Los primeros inmigrantes de lo que ahora es Estados Unidos atravesaron el Atlántico mucho tiempo después de que los españoles hubieran establecido sus primeras colonias en el resto del continente americano y, de hecho, Inglaterra fue la última potencia europea en llegar a América.

A pesar de los primeros fracasos, a finales del siglo XVI, de establecer colonias inglesas en América del Norte, los ingleses no cejaron en el empeño, y en 1607 se fundó la colonia de Jamestown, en la bahía de Chesapeake, que sería la primera colonia inglesa permanente.

Las primeras colonias formaban comunidades autosuficientes provistas de una salida propia hacia el mar. Cada una de las colonias llegó a ser una entidad separada, con fuerte individualidad propia. Pero, a pesar de ese individualismo, los problemas que presentaban el comercio, la navegación, la manufactura y la moneda trascendieron los límites de las colonias e hicieron necesaria la adopción de reglamentos comunes, los cuales, después de conquistarse la independencia de Inglaterra, darían paso a la Federación.

En contraste con la política de colonización de otros países, la emigración desde Inglaterra no era patrocinada por el gobierno sino por grupos de ciudadanos particulares cuyo motivo principal era el lucro. Dos colonias, la de Virginia y la de Massachusetts, fueron fundadas por compañías establecidas, cuyos fondos suministrados por los inversionistas, se utilizaron para equipar, transportar y mantener a los colonos. En el caso de Nueva Haven, fueron emigrantes adinerados los que financiaron el transporte y el equipo de sus familias y servidores. Otras colonias como Nueva Hampshire, Maine, Maryland, Pennsylvania,... pertenecieron originalmente a algunos miembros de la clase media o de la nobleza inglesa, los cuales, en calidad de patrones, prestaron dinero a los colonizadores con la garantía de tierras que les habían sido cedidas por el Rey. Pese a todo, las colonias fueron fundadas por motivos diversos y se iban a desarrollar a ritmos muy diferentes, con economías, formas de gobierno y credos religiosos distintos.

Las trece colonias que con el tiempo llegaron a formar los estados Unidos fueron Nueva Hampshire, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania, Delaware, Maryland, Virginia, Georgia, Carolina del Norte y Carolina del sur.

La religión en las primeras colonias: el puritanismo y las colonias de Plymouth, Massachusetts y Virginia.

El puritanismo fue al principio un movimiento ideológico iniciado durante el reinado de Isabel i de Inglaterra, que tendía a una completa reforma calvinista de la Iglesia Anglicana. Más tarde se convirtió en un modo de vida, en una interpretación de la peregrinación cristiana que acentuaba la importancia de la regeneración personal, las oraciones domésticas y un estricto código moral. La Biblia fue considerada por los puritanos como la única fuente legítima de doctrina, organización eclesiástica, liturgia y religión personal. Se estimuló la lectura en los hogares de la Biblia de Ginebra, así como los sermones bíblicos regulares en las parroquias y la catequesis semanal.

A los puritanos se les llamó así por que querían “purificar” a la Iglesia de todas las vestiduras, ceremonias y costumbres heredadas de la Iglesia medieval y reformar la Iglesia de acuerdo con las pautas presbiterianas, pero Isabel I aplastó esta tendencia. Durante el reinado de Jacobo I, muchos puritanos continuaron en sus ministerios parroquiales y procuraron reformar la vida moral y espiritual de sus parroquianos. Otros actuaron como predicadores y otros, que consideraron imposible todo compromiso, formaron Iglesias independientes, ilegales y secretas. Después de 1604, con la Hampton Court Conference, no pocos puritanos emigraron a los Países Bajos o a Nueva Inglaterra.

Una de las primeras colonias en fundarse, y que como veremos será la más importante dentro de la mitología nacional americana fue la colonia puritana de Plymouth. En 1608, un grupo de separatistas de Scrooby (Notinghamshire), se había instalado en Leyden, Holanda, para escapar de la hostilidad eclesiástica y popular y, tras una década en el exilio, decidieron buscar un refugio nuevo cruzando el Atlántico. Con la ayuda financiera de un grupo de comerciantes londinenses, zarparon de Inglaterra en el Mayflower en 1620. Los puritanos, a los que se les acabó conociendo como los “Peregrinos” (Pilgrims), arribaron al cabo Cod y fundaron la colonia de Plymouth, pero antes de desembarcar redactaron el “Pacto del Mayflower”, que ligaba a los firmantes a una forma de “entidad política civil” que continuaría siendo la base del gobierno a lo largo de la historia de la colonia.

Poco tiempo después de la ascensión de Carlos I al trono inglés, y de que William Laud, su más acérrimo enemigo, fuera ordenado arzobispo de Canterbury, los líderes puritanos en Inglaterra se vieron sometidos a un continuo acoso, así que muchos de ellos se reunieron con sus hermanos de fe en América, acompañados de sus seguidores. En 1630 fueron diecisiete barcos y casi mil colonos los que emigraron a la Bahía de Massachusetts. Durante los diez años siguientes les seguirían veinte mil hombres más. A diferencia de los emigrantes anteriores, en este segundo grupo de puritanos estaban incluidas personas ricas y de buena posición social. Querían trasladarse a Nueva Inglaterra para establecer una comunidad bíblica basada en las creencias puritanas bajo una forma de gobierno eclesiástico y estatal que satisficiera sus aspiraciones y sirviera como modelo para quienes dejaban tras de sí. Como gobernador de la colonia eligieron a John Winthrop, abogado y terrateniente de Suffolk y puritano ferviente que se iba a convertir en la figura dominante de los comienzos de Massachusetts.

Los dirigentes de la colonia de Massachusetts no consideraron apropiado que el pueblo llano gobernara, pues no estaba preparado para ello. Creían que la autoridad debía ser ejercida por aquellos a quienes Dios había hecho “elevados y eminentes en poder y dignidad” (Winthrop), pero excepto los primeros años, el control por parte de la oligarquía nunca fue absoluto. La participación en la política se hizo depender de la pertenencia a la Iglesia en detrimento de los que abogaban por que dependiera de la posesión de acciones de la compañía; pero sólo aquellos que pudieran “declarar su experiencia y su gracia” podían ser miembros de la Iglesia, puesto que éstos eran los elegidos por Dios. Se creó entonces un gobierno representativo, que ni mucho menos significó la pérdida de poder por parte de los puritanos ni socavó el carácter religioso de la comunidad bíblica. Massachusetts no era, en teoría, una teocracia, pero a la práctica la Iglesia dominaba todas las instituciones: los dirigentes políticos consultaban todas sus decisiones con los predicadores, que tenían una elevada autoridad como los únicos intérpretes de las Escrituras. La ley bíblica era la única ley que ordenaba a la Iglesia y al estado. La colonia prosperó, lo que hizo evidente, a ojos de sus habitantes que Dios bendecía la actuación de los puritanos.

Una década después de la llegada del Mayflower a Massachusetts, una fuerte influencia puritana se establecía en Virginia. Los líderes de la Compañía de Virginia que llegaron a Jamestown en 1607 se veían a sí mismos en una relación de “alianza” con Dios, y leyeron cuidadosamente el mensaje de sus éxitos y sus desgracias. Una típica visión puritana fue sostenida por Sir Thomas Dale gobernador de Virginia. Su estricta aplicación de severas leyes de disciplina en la comunidad de Jamestown en 1611 salvaron probablemente a la colonia de su desaparición, pero también se ganó la reputación de tirano. Dale se veía como un trabajador en la viña del señor, como un miembro de Israel que construía la “Nueva Jerusalén”. Como Oliver Cromwell más tarde, Dale interpretó sus victorias militares contra los indios como un signo directo de que Dios le tendía una mano.

Los pastores puritanos vieron una excelente oportunidad para su causa en Virginia. El reverendo Alexander Whitaker, el “apóstol de Virginia”, escribió para su primo puritano de Londres: “He meditado mucho, y unos pocos de nuestros ministros ingleses, que sufren tanto suplicio, deberían venir aquí, donde nadie te hace callar”. La Iglesia de Virginia, sin embargo, se alineó más directamente con los establecimientos ingleses cuando los establecimientos fueron hechos “Colonia Real” en 1624.

Volviendo a Nueva Inglaterra, debemos hablar de la intolerancia de la colonia de Massachusetts. Los primeros puritanos rechazaban la tolerancia, puesto que fueron a tierras vírgenes a practicar lo que consideraban era la única forma verdadera de culto y creían que sería un pecado permitir cualquier otra. Las autoridades civiles castigaban duramente a los heterodoxos: les cortaban las orejas a los blasfemos y azotaban, multaban y expulsaban a baptistas y cuáqueros. La intolerancia de la bahía de Massachusetts impulsó otros establecimientos. Los fundadores de Rhode Island habían sido expulsados de Massachusetts por sus pensamientos. Roger Williams, un sacerdote rebelde, impugnaba el derecho de apoderarse de las tierras de los indios así como también la conveniencia de mantener unidos Iglesia y Estado. Acusado de propagar es “nueva y peligrosa opinión contraria a la autoridad de los magistrados”, el Tribunal General lo expulsó de la colonia. Estableció la colonia de Rhode Island, donde pronto se impuso el concepto de que las personas podían tener el culto que quisieran y el Estado y la Iglesia quedarían separados para siempre en 1644.

Nueva Hampshire fue fundada en 1638 como refugio religioso por los seguidores de Anne Hutchinson, que había sido declarada hereje y expulsada por afirmar que la fe era lo único necesario para la salvación. Otras colonias que se fundaron a partir de Massachusetts fueron Connecticut, fundada por el reverendo Thomas Hooker, y Nueva Haven, que era una comunidad bíblica quizás más estricta que la misma Massachusetts. Nueva Haven fue la única entre las puritanas que no permitió el juicio con jurado por que no se mencionaba en las Sagradas Escrituras.

Un caso diferente: los cuáqueros y Pennsylvania.

El movimiento cuáquero nació en la Inglaterra del siglo XVII. Representaba el grupo extremo del puritanismo. Los cuáqueros pretendían reencontrar la primitiva experiencia de Cristo, y eran una comunidad de creyentes sin organización litúrgica o preparación doctrinal que esperaban, en tenso silencio religioso, la manifestación del espíritu, la “luz interior”, inspiración que proviene del sí de cada individuo. En 1652 los cuáqueros ya formaban un grupo considerable, conocido como “Hijos de la Luz” y “Amigos de la Verdad”. Entre 1652 y 1662 cierto número de misioneros cuáqueros pasó al Nuevo Mundo.

Para asuntos eclesiales se organizaron en juntas jerárquicamente enlazadas: de vecinos, de condado, mensual, trimestral y, órgano supremo, la Junta anual de Londres. Sendas juntas anuales quedaron establecidas en Nueva Inglaterra, Maryland, Filadelfia, Nueva York, Virginia y Carolina del Norte entre 1661 y 1698; en teoría cada junta tenía absoluta independencia.

William Penn, un potentado cuáquero, recibió una vasta extensión de tierra por parte de Carlos II como pago de una deuda y fundó la colonia de Pennsylvania para reunir a sus correligionario. El “experimento sagrado” de Penn era idealista y generoso. Determinó que la colonia debía imponer un ejemplo de trato justiciero y honrado para los indios, así que negoció un convenio que, al ser acatado con escrupulosidad, sirvió para mantener la paz en las llanuras. Penn vendió grandes extensiones de tierra a cuáqueros ingleses, galeses e irlandeses y promovió la emigración a la colonia con folletos en varias lenguas. En 1685 la tolerancia y las fáciles condiciones ya habían atraído a 8000 colonos de las islas británicas, Holanda y el Palatinado alemán. El mismo Penn se embarcó hacia su colonia para fundar la ciudad de Filadelfia (“amor fraternal” en griego). Aunque la experiencia para Penn no fue muy positiva en lo económico, Pennsylvania prosperó. Los cuáqueros, con su talento para los negocios, convirtieron la colonia en una de las más prósperas de la América colonial.

Maryland, una colonia de raíz católica en un mar protestante.

La fundación de la colonia de Maryland (llamada así en honor de la reina Enriqueta María), se debe a Cecilius Calvert, que en 1633 fletó dos barcos con entre doscientos y trescientos hombres para poblar las tierras que habían sido cedidas a su padre por Carlos I. George Calvert, padre de Cecilius se había convertido al catolicismo y quiso llevar sus creencias a la América inglesa, así que en los barcos fletados se incluían dos jesuitas. La mayoría de los dirigentes de Maryland fueron católicos, pero en 1649 se tuvo que promulgar la Ley de Tolerancia para proteger a los católicos, que se habían convertido en minoría; esta ley se derogó en 1654, puesto que no tuvo aceptación popular.

El gran despertar

El gran despertar fue un resurgimiento religioso en las colonias acontecido entre la década de 1720 y finales de la de 1740. Fue, en parte, un reflejo de la fermentación religiosa recorrió el oeste de Europa entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, relacionada con el Pietismo y el Quietismo en el continente y el Protestantismo, el Catolicismo y el Evangelicalismo en Inglaterra bajo el liderazgo de John Wesley (1703-1791).

Una serie de condiciones en las colonias son normalmente citadas como indicios y síntomas de este resurgir: el intento de renovar la “alianza con Dios” contra el creciente racionalismo en Nueva Inglaterra, el formalismo en las prácticas litúrgicas, el mayor control pastoral en las colonias del sur y el crecimiento de la Iglesia Reformada Holandesa en las colonias centrales. El renacimiento se llevó a cabo primero entre los reformadores holandeses y los presbiterianos, congregacionistas, baptistas y numerosos anglicanos (en su mayoría calvinistas). El Gran Despertar puede ser visto como un desarrollo hacia el Calvinismo evangélico.

Los predicadores del Gran Despertar enfatizaron los “terrores de la ley” para los pecadores, la inmerecida gracia de Dios y el “nuevo nacimiento” de Jesucristo. Una de las grandes figuras del movimiento fue George Whitefield, un sacerdote anglicano influenciado por John Wesley. Visitando América entre 1739 y 1740, predicó por todas las colonias en campos abiertos puesto que sus seguidores no cabían en las iglesias. Fue ganando nuevos adeptos y fue atacado por otros clérigos por criticar las experiencias religiosas de los otros, por simular excesos emocionales y peligrosas ilusiones religiosas y por irrumpir y predicar en comunidades donde no había sido invitado por las autoridades religiosas.

Jonathan Edwards, un congregacionista y pastor de Northampton, fue el gran apologista y académico del Gran Despertar. Predicó la justificación por la fe íntima. Intentó redefinir la psicología de la experiencia religiosa y ayudar a aquellos que estaban envueltos en el resurgir a discernir cuales eran las verdaderas y las falsas obras del Espíritu de Dios. Su mayor oponente fue Charles Chauncy, un pastor liberal de la Iglesia de Boston, que escribió y predicó contra el resurgir, que él consideraba una acción rompedora y extravagante.

El Gran Despertar avivó la llama del racionalismo entre mucha gente de las colonias. Uno de sus resultados fue la división entre las facciones que apoyaron el resurgir y las que lo criticaron sin tener en cuenta la pertenencia a uno u otro grupo religioso. El resurgir estimuló misiones para con los indios y el crecimiento de muchas instituciones educativas, como Princeton. El incremento de la disidencia de las Iglesias establecidas durante este período llevó a una pequeña tolerancia, y la democratización de la experiencia religiosa fue un impulso que alentaría más tarde el fervor resultante de la Revolución Americana.

Edwards dijo que el Espíritu del Señor se retiró de Northampton en la década de 1740, y muchos de sus seguidores consideraron que el resurgir llegó a su fin a finales de esa década.

Un renacimiento conocido como el Segundo Gran Despertar aconteció en Nueva Inglaterra en la década de 1790. En general menos emotivo que el Primero, el Segundo Gran Despertar llevó a la fundación de numerosos seminarios, colegios y a la organización de varias misiones.

La influencia del puritanismo en los Estados Unidos

Uno de los más vivos debates en la historia de los Estados Unidos ha sido el del carácter de la nación americana, el de la excepcionalidad de los Estados Unidos ante las demás naciones, el del significado de América. Éste debate prosigue hoy día, aunque cada vez más son las voces que sitúan el siglo XVII, la sociedad puritana de las colonias, como base y como fuente primordial para entender el devenir de la historia y del sentimiento americano. En su artículo “Los orígenes teológicos de la excepcionalidad americana”, Beltrán y Saoner intentan condensar un poco las últimas aportaciones al debate y concluyen afirmando la necesidad de este viaje en el tiempo, hacia la mentalidad de los primeros colonos puritanos para comprender mejor este rompecabezas.

Se ha calculado que en el momento de la independencia de las “trece colonias”, el 85 por ciento de sus habitantes eran puritanos o bien profesaban un de las derivaciones del puritanismo, así que se puede afirmar que no existía ninguna colonia americana donde el puritanismo no tuviera una fuerte influencia en un sentido u otro. Esta abrumadora superioridad de los puritanos en la América colonial ha dejado una fuerte huella en el carácter americano que todavía se puede leer hoy en día.

Podemos comenzar con la idea que los primeros colonos tuvieron de la nueva tierra que se mostraba ante ellos en toda su inmensidad. Para los puritanos, América fue la “Nueva Israel”, la “tierra elegida por el Señor”. El Nuevo mundo era la madre nutridora y la inmaculada Virgen, proveedora de riqueza material, eterna salud y moral pura. Según John Smith, fundador de la colonia de Virginia en 1607, “Nunca el cielo y la tierra estuvieron más de acuerdo en enmarcar un lugar para que el hombre habite”. Así pues, América se mostró para los colonos como el mejor lugar posible para habitar y para construir una nueva sociedad libre; se abría para ellos un horizonte inabarcable de trabajo, riqueza y oportunidades para todos. Lo que los puritanos del siglo XVII vieron en América se convirtió para muchos en los siglos XIX y XX en la concepción del “sueño americano”.

Para comprender también el espíritu de trabajo y del éxito en la sociedad americana debemos remontarnos al ideal puritano del buen creyente. En el Estatuto de Massachusetts de 1633 se lee: “ninguna persona puede malgastar o desaprovechar su tiempo sin hacer nada, bajo pena de castigo”. Para el puritano el trabajo es algo que ofrecer a Dios, trabajar duro es complacer al Señor. La virtud del trabajo ha permanecido en los americanos, si bien sin el revestimiento del axioma de la salvación, pero sí con el del buen negocio. Las relaciones entre capitalismo y puritanismo ya se encuentran en las teorías de Max Weber, La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo (1930) y R.H. Tawney, Religión y Apogeo del Capitalismo (1937). Ya ha llovido mucho desde que se lanzaron sendos estudios, pero numerosos estudiosos del puritanismo han remarcado ciertas influencias entre el crecimiento del capitalismo y el modo de vida puritano. Es cierto que también abundaban los escritos puritanos reacios a la acumulación y el capitalismo, pero no lo es menos que también los puritanos, con su concepción del trabajo y de la lucha contra la adversidad crearon una corriente de pensamiento favorable al éxito en las acciones y en la vida. ¿Quién es el americano más valorado hoy en día? Aquel que triunfa en la vida gracias a su esfuerzo, su trabajo o su tesón; aquel que se forja su propia vida aún tropezando con todo tipo de adversidades.

Uno de los rasgos del carácter americano que se ha atribuido al pasado puritano es el del individualismo. Es evidente que las teorías protestantes de la predestinación de las almas, del sacerdocio universal y de la introspección como herramienta para llegar a Dios, nos llevan a dudar más bien poco del carácter individualista (que no egoísta) de los puritanos; “nadie va a salvarte, debes salvarte tú mismo”, es una de las premisas del credo puritano. Los puritanos creyeron en ellos mismos, en su moralidad y su misión en el mundo. El “énfasis en la acción individual como indicadora de la elección divina” es uno de los más importantes legados del puritanismo a la sociedad americana. Esta responsabilidad de cada hombre en su destino se trasladó también hacia el campo económico. La dureza de las condiciones de vida en los primeros momentos de la colonización forjó a unos hombres duros, que debieron aprender a sobrevivir, con un carácter incluso temerario. Por otra parte, se debe destacar que es la nación americana en sí la que debió forjarse a sí misma, prescindiendo de los prejuicios de una historia que en realidad no poseía (o era ignorada). Los Estados Unidos llevan la marca de sus orígenes europeos, no obstante, ni siquiera los viejos asentamientos coloniales fueron una réplica del viejo Mundo, así que desde sus inicios, la sociedad y la cultura americanas difirieron de los modelos europeos para crear un nuevo modelo de sociedad, de estado y de nación; y no debemos olvidar que, al contrario de lo que sucede en la mayoría de países nacidos después de la Edad Moderna, los Estados Unidos no se basaron en una sola tradición europea, sino en varias.

Otro de los legados importantes de la religión, no sólo del puritanismo, en el devenir americano es el de la educación. Únicamente la Universidad de Pennsylvania era de origen secular antes de la Independencia (citaré los nombres actuales de las universidades): en 1636 los puritanos fundan la Universidad de Harvard; en 1701 los congregacionistas fundan Yale; en 1747 nace Princeton, quizás la más radicalmente religiosa, de la mano de los presbiterianos; en 1754 los episcopalianos fundan Columbia; los baptistas crean la Universidad de Rhode Island en 1764 y los reformadores holandeses fundan Queen's College en 1766. Para los fundadores puritanos de Nueva Inglaterra, la educación era vital sobre todo por motivos religiosos: para poder obtener el estado de gracia, un hombre debía ser capaz de leer la Biblia. Las leyes de la Bahía de Massachusetts determinaban la obligación de los padres de asegurarse de que a sus hijos se les enseñaba a leer y requerían el establecimiento de escuelas elementales en las ciudades de más de cincuenta familias. Las leyes buscaron universalizar la educación formal a expensas de la comunidad, un embrión de la futura enseñanza pública.

Es de remarcar el comentario de los autores hacia las diferencias en el objetivo de la colonización entre los españoles y los ingleses y, sobre todo el tan recurrido tema del trato del indígena, que para los americanos no fue más que otro “estorbo natural” en el camino de la consecución de la nueva sociedad. Es quizás la ironía más grande de la historia de los Estados Unidos el trato recibido por los indígenas, la intolerancia predicada por los puritanos se llevó aquí al extremo, como bien dice Bercovitch “los puritanos creían que la nación era suya y los nativos eran un obstáculo para sus destinos como americanos. O los convertían o los mataban (exterminaban), y como lo primero resultó imposible optaron por lo segundo.” En los debates sobre la constitución americana fue preeminente el tema de la defensa de la propiedad privada, mientras que las tierras de los primeros americanos fueron expropiadas sin escrúpulos, sin igualdad ante la ley, a menudo brutalmente y sin considerar nunca a estos americanos como portadores también de derechos inalienables; de hecho a los indios americanos se les concedió la ciudadanía americana en 1924(!). Los mismos que abogaban por la libertad en el seno de una nueva nación les negaban ésta a sus más antiguos habitantes.

Para terminar, citar que el trabajo de Beltrán y Saoner me ha parecido un poco escueto, no en lo referente a las conclusiones a las que puede llegar ni en cuanto a la calidad del mismo, sino en cuanto a la brevedad del mismo. Considero también que este tipo de estudios deberían ser un poco más ilustrativos en cuanto a que el objeto a tratar sería mucho más comprensible con ciertos ejemplos. Creo que es bastante evidente la huella dejada por el puritanismo y todas sus derivaciones posteriores en el carácter de la nación americana, pero en mi opinión el trabajo da para más, puesto que olvidan el simbolismo, la creación de los mitos nacionales, la intrínseca importancia de los rasgos ya expuestos anteriormente (tierra, búsqueda, individualismo) en el gran hito para la historia americana que fue la conquista del Oeste, y otros temas en ese trabajo a la búsqueda de los orígenes teológicos de la excepcionalidad de América. Debo decir que estoy plenamente de acuerdo con las tesis de los autores pero, repito, su trabajo necesitaría una segunda parte para acabar de complementar los objetivos (por otro lado prácticamente irrealizables) de conocimiento sobre los rasgos de la sociedad americana.

BIBLIOGRAFÍA

PUPPO, Ronald. Independència i Unió d'Estats Units d'Amèrica. Ed. L'Univers de l'Índex. Barcelona, 1993.

JONES, Malvin A. Historia de Estados Unidos. 1607-1992. Ed. Cátedra. Madrid, 1996.

OLSON, Keith W. Reseña de la historia de los Estados Unidos. Ed. Servicio Informativo y Cultural de los Estados Unidos de América.

DEGLER, Carl. Out of our past: the forces that shaped modern America. Ed. Harpen Colophon Books. New York, 1984 (3ª ed.).

BERCOVITCH, Sacvan. The puritan origins of the American self. Ed. Yale University Press, 1975.

ENCICLOPAEDIA BRITANNICA. Diversos volúmenes.

DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO SALVAT. Diversos volúmenes.

Vídeos relacionados