Civilizados, bárbaros y salvajes en el nuevo orden internacional; Remiro Brotons

Derecho Internacional Público. Desarme. Libre determinación de los pueblos. Fukuyama. Derechos Humanos

  • Enviado por: María De Valles Silvosa
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 12 páginas
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DERECHO INTERNACIONAL

MONOGRAFÍA: civilizados, bárbaros y salvajes en el nuevo orden internacional

C

atedrático de Derecho Internacional en la Universidad Autónoma de Madrid, Remiro Brotons es una de las figuras más destacadas del Derecho Internacional español, conocido extramuros de los círculos académicos gracias a su participación en diversos medios audiovisuales ( la cadena de televisión Tele 5, el diario El Sol, de Madrid) y autor de diversos trabajos (Derecho Internacional, Civilizados, bárbaros y salvajes en el nuevo orden internacional, etc.), tanto jurídicos como de divulgación (más o menos) general.

El propio Brotons define su libro Civilizados, bárbaros y salvajes (...), como “el fruto de una reflexión libre sobre la ordenación de la sociedad internacional (...) un ensayo vulnerable y arriesgado”. Lo compara a un graffiti, una pintada que busca “agitar los espíritus acomodados”, y desmenuza en él todos los componentes de la convulsa comunidad internacional de nuestros días, denunciando sus injusticias y falacias, motivando la reflexión del lector desde la subjetividad del propio Brotons, que sabe tratar con el espíritu crítico que le es propio los temas más controvertidos del Derecho Internacional (desde el ius in bello hasta la hegemonía económica de los países desarrollados en el panorama internacional).

Expresa su intención de que “la lectura (del libro) fluya como las aguas de un río, sin las compartimentaciones propias del despiece y la sistematización a los que estamos acostumbrados los que nos dedicamos a esto”, y recurre a los versos de Álvaro Mutis para dividir la obra, además de inspirarse, según dice, en Cortázar ( en la estructuración de sus libros).

Es la introducción de Civilizados, bárbaros y salvajes (...) más propia de un poeta que de un profesor de Derecho Internacional, y con esto logra acercarse al lector de a pie que carece de los conocimientos (y las ganas) necesarios para abordar las técnicas lecturas de los muchos libros que existen sobre el tema.

Independientemente de si se está de acuerdo o no con las opiniones que en el libro aparecen, es indiscutible la labor analítica (y crítica) que Brotons ha desarrollado en esta obra, cumpliendo ampliamente con el objetivo de “agitar los espíritus acomodados” (ya mencionado anteriormente) que se ha propuesto el autor con ella.

E

mpieza el libro Brotons aludiendo al “nuevo orden internacional” que da título al mismo. Es este “nuevo orden” el que George Bush, ex presidente de los Estados Unidos de América formuló como un propósito a cumplir además de los objetivos propios de la Guerra del Golfo ( por la invasión, ocupación y anexión iraquí del emirato de Kuwait), en 1990. Debía ser este orden internacional - nuevo -, una era donde la Justicia y la Igualdad imperasen en todo el mundo. Un mundo donde el fuerte protegiese al débil, donde todos los estados se rigieran por un Derecho Internacional seguro y consolidado como tal, un mundo próspero y pacífico... En suma: un mundo idílico.

No es de extrañar que fuese un presidente de los Estados Unidos quien formulara la propuesta de llevar a cabo la construcción de este nuevo orden: tanto Reagan, como su sucesor, Bush, y después Clinton (aunque este último mucho más moderado) expresaron su convicción de que sólo los EUA tenía la capacidad, moral y efectiva, para dirigir el mundo. Uno de los principales defensores de esto es el político Gingrich, quien afirma que se podrá construir un nuevo mundo conforme a los valores de la cultura norteamericana (sea eso lo que sea). Éste afirma que han conseguido la “dominación mundial sin represión”, y que EUA es la primera civilización global y universal en la historia de la humanidad.

El problema es que “al servicio de los más nobles ideales se han puesto las armas más monstruosas”, palabras de Brotons que comparto.

Continuando con el nuevo orden internacional; a este proyecto utópico, y como ya se ha visto peligroso, (que nada tenía que envidiar, excepto los planes de realización, a los proyectos postulados por Platón, T. Moro, Marx, etc.) se le unió el entonces presidente de la ya moribunda URSS, Gorvachov (quien no dudó en sustituir la ya inalcanzable búsqueda del bienestar del proletariado por la búsqueda del bienestar internacional, de toda la humanidad). Tal y como Brotons pone de manifiesto con diversos ejemplos, llego incluso a parecer que se iniciaba el camino hacia este orden, una vez superada la guerra del Golfo (a favor el resultado, como no podía ser otra cosa, de las potencias que intervinieron contra los iraquíes).

En realidad este loable interés de Bush por la superación del orden internacional existente en su momento ( que no dista mucho del actual) no hacía sino proporcionar una apariencia de respetabilidad y de justa a la intervención de E.U. en la Guerra del Golfo, ya que poco antes había anunciado el propio Bush que intervenían a causa de intereses económicos en la zona (petróleo), con la consiguiente convulsión de la opinión pública que no quería “petróleo por sangre”. Así, consiguió el presidente tranquilizar las conciencias de los norteamericanos (y las del resto de países que intervenían junto a ellos en el conflicto), que asintieron, felices, ante la idea de la realización del “nuevo orden internacional”

Si bien tenemos hoy día un “nuevo orden internacional” o, si se prefiere, uno distinto del que Bush formara parte en su época, hay que decir que es tan solo por la diferente situación socio-política del panorama internacional: el muro de Berlín ha desaparecido, lo que marcó el fin de la Guerra fría, la URSS sólo existe ya en los libros de historia, todos los conflictos surgidos de ambos acontecimientos se encuentran en su punto álgido... Ni rastro del Mundo paradisíaco preconizado por el político estadounidense.

L

os dos capítulos o epígrafes que siguen a este primero son, a mi juicio, algunos de los más interesantes del libro. En ellos Brotons expone la teoría del fin de la historia de Fukuyama y diversas críticas que ésta ha recibido, pero que conducen todas a una misma situación: la supremacía de los Estados Unidos en la sociedad internacional, lo cual no es sino el soporte o la justificación teórica de una situación que se da de facto.

El catedrático madrileño escribe: “¿acaso podía la ironía conducir al fin de la historia?, como introducción a lo que Fukuyama propone. Por “la ironía” entiende que es una ironía histórica el que fuera el Ejército Rojo quien consiguió derrotar a los alemanes en la II Guerra Mundial, posibilitando así la supervivencia y consolidación de las democracias liberales en el occidente de Europa. El “fin de la historia” es lo que Fukuyama ha vaticinado en un artículo publicado en el periódico estadounidende “The national interest”. Pese a lo que a simple vista parece Fukuyama no prevé ninguna catástrofe natural que acabe con el Universo, ni la llegada al mundo del Anticristo vengador, ni nada por el estilo. Lo que este funcionario quiere significar con tan apocalíptico título es el fin de la evolución política del hombre, el advenimiento del último estadio de desarrollo socio-político evolutivo. Se pueden calificar las teorías de Fukuyama como hegelianas, porque el filósofo alemán decimonónico ya vaticinó este fin ciento cincuenta años antes, en virtud del proceso dialéctico, que según él habría de llevar al hombre hacia el igualitarismo democrático. ( Hegel no pudo prever que la cristalización del Marxismo - tanto a nivel ideológico como su plasmación política en los gobiernos de diferentes países, como la URSS, Rumanía, etc-, impediría este desarrollo...)

Fukuyama cree que llegará a realizarse el “Estado universal homogéneo”, basado en la ideología de la democracia liberal. Dice que el proceso no será de fácil culminación, que pasará por fases involutivas, y sostiene que nada puede refutar su tesis excepto la aparición de una idea superior a la de democracia liberal, porque en este caso sería la nueva idea el último estadio de desarrollo de la humanidad

Fukuyama no contempla los muchos factores que pueden contribuir al fracaso de sus pretensiones ( como dice Brotons, una renovación de las teorías marxistas, un cataclismo universal que obligue a los supervivientes a comenzar de cero, etc) y, lo que es más importante, deja de lado, deliberadamente, los problemas a los que en la práctica se enfrentan a diario las democracias liberales ( nacionalismos, violaciones de los derechos humanos...) por considerarlos no relevantes para su teoría.

Para Fukuyama sólo es relevante el nacionalismo convertido en imperialismo, que él asocia con países totalitarios. Olvida el funcionario que las democracias liberales lo han ejercitado ampliamente, y en estos casos lo justifica diciendo que este imperialismo obedece a la voluntad de implantar las democracias liberales en todo el mundo, siendo así legítimo y respetable.

Unamos esta teoría a la de Mueller, tal y como Brotons propone, quien afirma que las guerras o conflictos entre democracias liberales no son posibles (y sin embargo Canadá y España son dos democracias liberales, que se enfrentaron en 1995 por la pesca en Terranova, debido a que Canadá se aprovechaba de la zona pesquera de España; o los conflictos entre Francia - que llevó a cabo diversos ensayos nucleares en el pacífico- y Australia y Nueva Zelanda que se oponían a estas pruebas - pero no dudaban en negarle la libre determinación a Timor Oriental, porque Indonesia les permitía extraer hidrocarburos de su plataforma continental-)

Vemos que la democracia liberal así caracterizada no puede ser sino la ideología perfecta e insuperable y esto puede ser la justificación para que se condene a cualquier enemigo una gran potencia democrática y liberal, como lo es estados Unidos, porque se entiende que sus últimos objetivos son la protección de estos nobles ideales.

Algunos dan un paso más y proponen que sea Estados Unidos quien garantice el orden internacional y las democracias liberales interviniendo cuando la situación lo requiera de forma unilateral, en beneficio del resto de estados- democracias liberales. Uno de los más firmes defensores de esto es Ch. Krauthammer. ( “América es estados Unidos y el mundo ha de seguir forzosamente a América, situada encima y por delante de él...”)

Lo que Fukuyama propone sólo sirve para favorecer a los estados más poderosos, que pueden utilizar a su antojo el Derecho Internacional, basándose en la salvaguarda de las democracias liberales y sus garantías.

I

ncluye Brotons bajo el título “ Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos” (uno de los versos que utiliza para subdividir los diferentes temas que trata el libro), las “siete reglas para ser feliz” que un lector, Alfredo Segura, escribió al diario El País. En mi opinión estas reglas proporcionan un perfecto retrato robot del ciudadano políticamente correcto que existe en nuestra sociedad hoy día.

No deja de ser curioso los términos con los que Brotons hace referencia a los que gustan del uso del lenguaje políticamente correcto ( ese que nos hace decir “gente de color” en vez de “negros”, “excusado” o “servicio” en lugar de “váter”, etc.): “ociosos descacarillados”

A

continuación se ocupa Brotons del tema de la creciente politización de los Derechos Humanos ( politización que creo total ya en los casi cinco años transcurridos desde la publicación de la obra).

Para ejemplificar como los países que se supone no cometen violación alguna de estos derechos sí los cometen Brotons recurre a una imagen de un grafismo contundente: “Hoy, una recopilación impresa de los tratados celebrados en la materia bajo los auspicios de las Naciones Unidas no debe pesar menos de ochocientos gramos, pero un anuario de sus infracciones ha de pesar mucho más”.

El problema no son sólo las violaciones de derechos humanos. El problema es también que muchos de los estados que hacen política de derechos humanos, orientada a la preservación de los mismos, etc., hacen también política con los derechos humanos. El apelar a la salvaguarda de los mismos en, por ejemplo, una campaña electoral, garantizando su estricto cumplimiento es algo habitual. En términos coloquiales, se puede decir que el erigirse adalid de la defensa de éstos “viste mucho”.

La Comisión de Derechos Humanos es uno de los órganos políticos en los que encontramos los dos problemas descritos por Brotons: la integran países que se preocupan más por las apariencias, por el respeto formal a los derechos humanos, y, además, muchos de los cincuenta y tres países que la integran, por no decir todos, violan de un modo u otro los derechos humanos.

En esta Comisión es frecuente que cuando un estado muy poderoso, como Estados unidos, desea incriminar a otro (en materia de violaciones de derechos humanos) presione a países menos poderosos para que emitan su voto favorable o no (según lo desee la potencia) contra el país desafortunado que ha osado contravenir en algo al poderoso.

El que un tribunal ordinario esto fuese considerado prevaricación no es relevante en el mundo del Derecho Internacional, donde las normas sólo obligan a los estados que así lo deseen, se carece de un tribunal permanente que imparta de forma eficaz justicia internacional y, lo que a mi juicio es más grave, se duda sobre si el propio Derecho Internacional es o no Derecho.

La consecuencia natural de una violación flagrante de los derechos humanos por parte de un país que no forme parte del Establishment Internacional, es la injerencia humanitaria: la intervención de los países democráticos, liberales, etc. A favor del Estado o pueblo que está siendo afectado por la violación.

Si me preguntasen cómo se determina la gravedad de la violación de tal o cual derecho (o de más de uno) sin lugar a dudas respondería que en función de los medios de comunicación y de los intereses económicos que medien en el asunto: actualmente sólo percibimos como importantes aquellas situaciones que los diversos medios de comunicación quieren que percibamos como tales. Nadie interviene en ningún sitio hasta que la opinión pública de los diferentes países presionan lo suficiente para que esto ocurra, y en última instancia todo se decide en función de la cobertura mediática de los sucesos, y de los intereses económicos. Unos famosos versos de J.L. Borges rezan así : “Dios mueve al jugador, y éste, a la pieza / ¿ Qué Dios detrás de Dios la trama empieza...? En el caso del Derecho Internacional está muy claro quienes son los dos dioses que están detrás de las intervenciones o injerencias humanitarias en los diversos países necesitados.

Últimamente, además, vivimos una curiosa práctica: numerosos rostros famosos se hacen con un casco y un chaleco tipo reportero de guerra y se van a las zonas de conflictos, para fotografiarse con soldados, políticos desplazados a la zona y moribundos varios. Esto hace que aumente el interés por el conflicto, ya que en muchas ocasiones a la “ desinteresada” visita le siguen exclusivas, conferencias e incluso algún que otro escrito más o menos breve que relata los peligros vividos a más de cincuenta kilómetros del frente de batalla...

La injerencia humanitaria, violación del principio de no intervención en los asuntos internos de los estados, dice Brotons, acertademente, que debería institucionalizarse al máximo, “recurriendo para su ejecución a las organizaciones no gubernamentales mientras la filantropía no prevalezca sobre el negocio”.

Es muy importante remarcar que pasar de la asistencia a la injerencia debe hacerse sólo en los casos en los que realmente la situación lo requiera, porque en la práctica lo que es en principio una intervención en defensa de los derechos humanos y las libertades puede acabar convertida en la práctica de abusos, etc., siendo pero el remedio que la misma enfermedad.

La injerencia humanitaria es en muchos casos una práctica unilateral de las grandes potencias, que afirman así su poder y ascendente sobre las naciones más humildes, o menos poderosas.

Es también de crucial importancia el saber que los países que mayor número de efectivos aportan a las injerencias humanitarias y los que con más frecuencia las promueven practican a su vez una doble práctica: la disuasión humanitaria, que suprime o reduce los derechos de los asilados e inmigrantes y la injerencia antihumanitaria, que trata de promover la insurrección de la población contra el régimen político vigente vía el descontento de esta población: recortan así ayudas humanitarias, etc. Es el caso de la ley Torricelli de Estados Unidos contra Cuba, que lleva a cabo el embargo económico de la isla para promocionar una insurrección contra el régimen comunista de Castro.

La intervención armada autorizada por el Consejo de Seguridad de las naciones unidas se considera legal y es aprobada por la mayoría de los estados que conforman las Naciones Unidas.

A

borda tras esto Brotons el problema del desarme, del que dice que no es más que un reclamo publicitario, ya que muchos países están vendiendo armamento a los ejércitos contra los cuales después intervienen. Aludiendo a esto, pregunta “¿ Salvación de la mafia por sus obras pías?”. Si bien el desarme a gran escala, el de armas nucleares, etc. Se está empezando a llevar a cabo, el microdesarme, el de las armas de menor calibre, que son las que frecuentemente se utilizan es un fraude. No existe.

El caso de negocio más evidente de los países desarrollados que venden armas a los subdesarrollados se da en el caso de las minas: su coste es mínimo, tanto que se las pueden permitir casi cualquier país, y el coste de desactivación, una vez acabado el conflicto, es diez veces mayor que el precio de la mina.

Otro de los problemas relacionados con los conflictos armados es el de el ius in bello, el derecho de guerra. El tratar de acomodar el comportamiento en las guerras al Derecho comporta el que sea percibido por la mayoría como un comportamiento moral debido a que el derecho se percibe de este modo. Si se adecua al Derecho se legitiman entonces los conflictos y las guerras. Sucede entonces que los ejércitos o las tropas de los países que intervienen a favor de los derechos humanos en un conflicto se suponen morales y buenos, independientemente de que maten igual que mata el ejército o guerrilla al que se combate. El caso más paradigmático de este fenómeno es el de la Guerra del Golfo, de la que dice Brotons que ha sido la “guerra más legal jamás librada”: Saddam Hussein era el demonio a combatir, los kuwaitíes, pobres seres indefensos y dolientes, las armas eran inteligentes, las bombas no contaminaban...

El Derecho internacional carece, además, de medios para juzgar efectivamente todas las violaciones que del mismo se cometen. Tribunales especiales se crean para juzgar los casos en concreto, pero no existe ninguno que sea permanente. Además prima la idea de “necesidad militar” sobre la de actos contrarios a los derechos humanos, y muchos de los actos cometidos por el bando aliado o vencedor se justifican alegando que eran necesarios...

M

erecen especial atención los epígrafes que Brotons dedica al asunto de la libre determinación de los pueblos, y los problemas que de ésta se derivan. Dice el profesor que “el principio de libre determinación de los pueblos (...) es el principio que expresa el goce de derechos fundamentales y libertades públicas por la población del estado”.

La interpretación del principio de autodeterminación de los pueblos como un equivalente del concepto de soberanía de los mismos ha hecho que en numerosas ocasiones unos Estados y otros se reprochen mutuamente la intervención ajena en sus asuntos y a su vez interviniesen ellos en los asuntos ajenos invocando este principio de libre determinación ( soberanía, en este caso) (por ejemplo la URSS y EUA durante los años de la Guerra Fría).

No debe confundirse libre determinación con la adopción de un determinado régimen político, el democrático, lo que justificaría la intervención de la Comunidad Internacional en aquellos casos en los que los pueblos, ejerciendo su derecho a escoger en libertad, se dan así mismos otro tipo de organización política. Muchos de los estados más poderosos de occidente y de las organizaciones internacionales que actualmente dominan la sociedad internacional se han propuesto fomentar y llevar a cabo la implantación de democracias allí donde no las haya ( y el caso más claro es el de estados Unidos y su política exterior para con los países latinoamericanos, en especial, Cuba).

La libre determinación de un pueblo no debe ser objeto de intervenciones unilaterales por parte de estados con un exceso de celo internacional. Además este principio no puede identificarse en modo alguno con la independencia de las minorías que coexisten con la mayoría dentro de los límites geográficos que conforman los estados. El que las minorías deseen ejercer un derecho de secesión amparándose en este principio no puede estar respaldado por la comunidad internacional, por tres motivos: el primero es que el reconocimiento de derechos a las minorías étnicas y culturales es perfectamente compatible con la pertenencia a un estado. El segundo es eminentemente práctico: teniendo en cuenta que las poblaciones étnicamente homogéneas no existen, cada vez que una minoría se separase de la mayoría , creando su nuevo estado, otra minoría existente en este nuevo estado se separaría y así sucesivamente hasta quedar reducidos los estados a pequeños núcleos tribales o familiares. El tercero es un motivo que queda demostrado con la práctica: el que una minoría reclame la secesión y la haga efectiva ha dado lugar a las limpiezas étnicas de la minoría segregada, limpieza que puede ser más o menos obvia.

Todo esto se agrava cuando los estados occidentales poderosos se permiten clasificar a las etnias minoritarias que se separan de la mayoría dominante como más o menos valiosas, interviniendo o no ( o si se interviene, haciéndolo mal y tarde) en función de estos criterios clasificatorios. Vemos así que son etnias “de segunda” la chechena o las kosovares y etnias “de primera” las que conforman la antigua URSS o Yugoslavia y deseaban separarse.

La conclusión que Brotons extrae de todo esto, es que se deben proteger las minorías desde el Derecho Internacional, pero no se puede “poner los principios al servicio de una jibarización sin fin - dice el catedrático aludiendo a los indios reductores de cabezas- de estados y minorías a escalas cada vez más reducidas (...) No es bueno que los mapas políticos se vean constreñidos a ediciones basura”.

Opinión moderada que, creo, no contempla en modo alguno las necesidades de aquellos que, sintiéndose más que una minoría con derechos, no logran verse constituidos una nación independiente, por más que razones históricas y culturales lo justifiquen, y no satisfechos con la autonomía que se les ofrece, si es que se les ofrece, crean una situación de conflicto dentro del propio país, ya sea con la creación de grupos terroristas que abogan por la independencia ( y E.T.A. no son los únicos, en Francia encontramos grupos terroristas de bretones y corsos, por ejemplo) , o bien dificultando la toma de decisiones del gobierno central de un Estado, etc. ¿ No sería mejor que se les concediese la independencia que desean y fuera reconocida por el Derecho Internacional y Nacional, propio de cada país, y se acabaran los conflictos de nacionalismos, autonomías y minorías étnicas marginadas?

Y

a se ha mencionado el problema que existe en relación a la implantación de democracias en estados del tercer Mundo, o en estados con regímenes políticos totalitarios. Se pregunta Brotons sabiamente que qué quiere decir que Estados Unidos y la comunidad internacional no sólo deban asistir sino que deban garantizar el resultado de elecciones libres y el establecimiento de una democracia constitucional.

El problema de esto es que los límites de la intervención quedan muy difuminados, no teniendo en cuenta que las condiciones que se aplican a la injerencia humanitaria son las mismas que las que se deberían aplicar a todas las intervenciones a favor de la democracia, teniendo en cuenta que sólo cuando una de las facciones políticas lo pide o es el pueblo quien así lo desea están justificadas estas intervenciones pro democracia.

En situaciones de conflicto interno de un país sólo se puede intervenir, al menos en teoría, cuando corra un serio peligro la paz internacional. Sería interesante valorar si realmente corría dicho peligro la paz internacional en muchos de los supuestos en los que se ha intervenido.

Fue la intervención en Somalia la que puso de relieve este conflicto: allí se intervino sin el consentimiento de los gobernantes del momento, que no dudaron en manipular esta intervención consiguiendo que fuese percibida como Imperialista por parte de la población ( esto simplificando mucho). El resultado fue que los cascos azules de la ONU fueron acusados de violaciones de los derechos humanos, y acabaron envueltos en operaciones de castigo contra la población civil, la misma cuya salvaguarda les estaba encomendada.

Muchos de los supuestos en los que se autorizan las intervenciones a favor de la democracia y la paz internacional, etc. Se dan en homólogas circunstancias en otros países en los que no se interviene por diversos motivos, que pueden resumirse en uno: intereses económicos de los países que deberían promover y autorizar las intervenciones. Entonces los países toleran las más diversas violaciones de los derechos humanos, porque los ven como algo inevitable en el proceso de los estados amigos hacia la democracia. En realidad, tal y como ya se ha visto y se verá, la sociedad internacional es una sociedad hipócrita y, pese a lo que parezca a simple vista, oligocrática: muchos son los miembros que la componen, pero apenas media docena de estados son los que deciden y dirigen al resto.

“E

l Sur- tres cuartas partes de los habitantes de la Tierra, pero menos de un veinte por ciento del comercio internacional, únicamente un dieciocho por ciento del producto interior bruto, un diez por ciento de sus recursos educativos, un seis por ciento de I+D y un cinco por ciento de sus recursos sanitarios (...)”

Aborda con tan representativas cifras Brotons el tema del llamado Tercer (y Cuarto) Mundo, los pobres de entre los pobres, que son olvidados y obviados por la Sociedad internacional, hasta que la evidencia de su sufrimiento altera las conciencias burguesas y acomodadas de la mayoría de habitantes del Primer Mundo, llevándonos a un frenesí de campañas de solidaridad que se agotan tan pronto como dejamos de ver a los niños raquíticos y los cadáveres negros andantes que aparecen fugaces en la televisión, entre el programa culinario y la película de sobremesa, en ese espacio incómodo que es el telediario y que nos obliga a conectarnos a la desagradable realidad de un mundo que muere de hambre...

Los países del Sur se hayan inmersos en un círculo vicioso de deudas y dependencia, del que no pueden salir porque los países que podríamos ayudarles no les dejamos. Dependen de nuestra caridad, una caridad que es injusta y que nunca llega. Son los países condenados al eterno camino hacia el desarrollo, un desarrollo que nunca llega, y que a medida que avanza el tiempo, está cada vez más lejano.

Brotons pone de relieve el que muchos de los habitantes de estos países cambiarían gustosos su vida allí por la de nuestros animales de compañía, aquí, en el mundo de la opulencia y el desarrollo. Es acertado decir que la esclavitud no se ha extinguido, sino que ha cambiado de forma: explotación laboral, dumping social... Todos son esclavos de nuestro mundo civilizado, y cuántos no lo serían de buen grado en nuestros hogares, vendiendo su libertad por un poco de ropa, salud y comida,

E

nlazando con lo expuesto anteriormente, Brotons introduce en Civilizados, bárbaros y salvajes (...) la tesis de Huntington, profesor de la universidad de Harvad, en Estados Unidos.

Huntington vaticina que los grandes conflictos del futuro van a tener su origen en el choque de civilizaciones. La principal fuente de conflictos será, de ahora en adelante, cultural, tanto a nivel micro ( grupos adyacentes se disputan el territorio que les es común) como a nivel macro ( competición por el poder a nivel mundial). Para Huntington la clasificación actual de los países, en función de su desarrollo económico no es correcta, ya que según él lo coherente es agruparlos atendiendo a sus afinidades culturales.

Huntington entiende por civilización “la agrupación cultural más alta y el nivel más amplio de identidad cultural de los seres humanos, fuera del que los distingue de otras especies”, estando compuesta una civilización por elementos objetivos: la lengua, la religión, la raza, etc., y por un elemento subjetivo: la autoidentificación con los elementos subjetivos. Las civilizaciones son dinámicas y determinan la opción política, económica, etc. que un país se da a sí mismo. El profesor de Harvard distingue siete u ocho civilizaciones que serán decisivas para el mundo en un futuro: Occidental, Confuciana, Japonesa, Islámica, Hindú, Eslavo - Ortodoxa, Latinoamericana y, tal vez, Africana. En caso de darse una nueva Guerra Mundial sería una guerra entre Occidente y el resto de civilizaciones.

Dice Huntington que uno de los problemas que actualmente se están dando es que el grupo occidental está iniciando un proceso de desarme y el resto de grupos el proceso inverso, lo que precipitará y posibilitará el conflicto. La solución es sencilla: a corto plazo Occidente debe promover las relaciones internacionales y buscar aliados entre las otras civilizaciones. A largo plazo, y si no se ha producido el conflicto, la clave está en la coexistencia pacífica de todos los grupos, gracias a los puntos comunes que encuentren entre ellas.

Las críticas a esta teoría son numerosas: los criterios para determinar cuáles son las civilizaciones son arbitrarios, los cortes son caprichosos, en su lista hay ausencias destacables ( por ejemplo el pueblo judío), los conflictos que Huntington da como ejemplos de choques civilizatorios tiene todos explicaciones plausibles por otros motivos muy diversos...

La crítica más importante que puede hacerse a esta teoría es, para Brotons, la siguiente: Para Huntington, pese a que parece que presenta por igual a todas las civilizaciones, en realidad lo importante es garantizar la supervivencia de la occidental cueste lo que cueste. El profesor de Harvard parte del supuesto (más que discutible) de la supremacía de la civilización occidental. Huntington cree, por ejemplo, que no es posible implantar un régimen democrático en los países no occidentales. Dice Brotons que “el paradigma huntingtoniano es una salvavidas para aquellos que en occidente iban buscando desde 1990 un enemigo para justificar su mensaje de que no hay que bajar la guardia”. Para Huntington Occidente está seriamente amenazado por los otros grupos de civilizaciones, por ejemplo, el confucionista y el islámico. Lo justifica diciendo que China está copando gran parte de la compra de armamento mundial y que vende armas, a su vez, a países como Irán, Libia o Paquistán. La realidad es que compra un 4% de la producción de armamento mundial frente al 45% de Estados Unidos y vende armas a estos países como lo hace con otros, no porque conspire con los musulmanes para acabar con occidente. Respecto al grupo Islámico, Huntington se obceca en presentarlo como un colectivo beligerante y violento, que sólo desea la destrucción de Occidente. El Islam es para él la Bestia Negra de los occidentales, cuando olvida las conexiones existentes entre países como Estados Unidos y Arabia Saudí, España y Marruecos y Francia y Argelia, por ejemplo.

No hay que olvidar tampoco que los choques entre civilizaciones que Huntington contempla sólo en el panorama internacional se dan también dentro de los Estados ( ya se ha hablado de los conflictos de nacionalismo, etc.)

Además no se detiene en analizar porqué el resto de grupos podrían unirse en contra del bloque occidental. ¿Acaso lo hacen sin más, sólo porque así debe ser? Lo cierto es que suele ser la necesidad lo que a muchos les mueve a luchar contra el Establishment occidental.

Existen otros autores que comparten la visión catastrofista (y poco rigurosa) del futuro de Huntington; Kaplan es uno de ellos. Él habla de la destrucción de la cultura occidental a monos de los salvajes, el hombre de color es el que habrá de acabar con esta cultura de bienestar y civilización.

A mi juicio es mucho más coherente y esperanzador pensar en el fin de la historia de Fukuyama, en la que todos alcanzarán el bienestar y la felicidad, en el marco de un Estado democrático, que en el fin de la historia de Huntington y Kaplan, en la que imagino al hombre occidental atrincherado en una isla paradisíaca , protegido por un ejército poderoso de los ataques del resto de la humanidad, hambrienta y moribunda. Sin embargo, sí que es cierto que, tal y como apunta Huntington, los elementos que configuran las civilizaciones influyen en la ordenación del mundo, ya que la afinidad entre los grupos favorece la cooperación y la diferencia tiende a lo contrario, pero, como dice Brotons, esto no es nada nuevo.

Las diferencias de civilización pueden ser causa de conflicto cuando “las partes se apegan radicalmente a sus particulares criterios más allá del ámbito natural en que lógicamente pueden exigir su respeto”. El apelar a la civilización como excusa para llevar a cabo acciones de claro trasfondo geopolítico ha sido un recurso ampliamente utilizado en la historia ( caso de la Rusia zarista, que alegaba motivos religiosos para su expansión hacia el sur) Y el la historia moderna vemos numerosos hechos que avalan esto, además del ya mencionado caso de Rusia.

El que quizás sea el ejemplo más claro es de las relaciones entre el Islam y la Cristiandad en los siglos XV, XVI y XVII: los unos disfrazaban de yihad lo que en realidad era una expansión territorial en todas las direcciones posibles, los otros pactaban y celebraban tratados con los sarracenos con la misma facilidad que los combatían cruentamente, en función de las necesidades políticas y geoestratégicas del momento, convirtiéndose la lucha de religiones en una gran farsa al servicio de intereses mucho más diversos.

Hubo algunos movimientos filosóficos (o religiosos si se prefiere, pues en aquel momento ambos eran prácticamente lo mismo), que pusieron de manifiesto que la religión no era suficiente motivo para emprender una guerra (contra el Islam), y abogaron por la necesidad de que se de una iniuria grave para que ésta tenga lugar. Este grupo de precoces pacifistas internacionales ( los hippies del momento) fueron los neoescolásticos españoles. A este grupo se unen aquellos que deseaban la creación de una Asamblea permanente de embajadores en Venecia, para asegurar la convivencia pacífica de todos los estados y religiones, creando un ejército permanente que interviniera en caso de que algún estado atentase contra el orden por ellos establecido.

Otro de los casos paradigmáticos es el de los Indios de América y los Españoles que colonizaron el continente. En el nombre de Cristo, y en virtud de la evangelización se destruyó casi totalmente la cultura autoctóna, se masacraron tribus y poblados y, en definitiva, se llevó a cabo una conquista y explotación de los indios. En el seno de la Iglesia fueron muchos los que lo combatieron ( de las Casas, de Montesinos, de Vitoria, etc.), precursores de la defensa de los derechos humanos, cinco siglos antes de que se conocieran. Si el emperador Carlos I apoyó la labor de estos religiosos fue porque denunciaban el dominio despótico de los cabildos y encomenderos, que desafiaban con su poder en las colonias el del emperador en el continente.

Es en el siglo XIX y a principios de éste cuando el choque de civilizaciones, tal y como Brotons lo matiza, llega a su punto álgido. La causa es la culminación del fenómeno de la colonización.

Dejando a un lado todos los motivos económicos que la impulsaron, entre los cuales estaba la imposibilidad de consolidar la segunda revolución industrial sin la materia prima que les llegaba de las colonias y sin los mercados que éstas proporcionaban, encontramos que subyace en ella una particular concepción de la especie humana, jerarquizada, con el hombre occidental y civilizado en la cúspide de la misma, con el derecho a dominar a sus homólogos no civilizados. Bajo este punto de vista, toda explotación, ocupación o lucha contra el resto de hombres no es sino una consecuencia natural de la superioridad de la que se parte, no reconociendo derechos a aquellos que no merecen, por su cultura o etnia, más que estar al servicio de sus superiores naturales.

El principal promotor de la terminología civilizados, bárbaros y salvajes fue el escocés Lorimer, a finales del siglo pasado, siendo la pertenencia a uno de los tres grupos un factor determinante para las relaciones internacionales: los civilizados tenían todos los derechos, los bárbaros sólo algunos, en función de la necesidad de los civilizados, y los salvajes ninguno.

Menos contundente, pero igual de exclusivista, es la terminología civilizados, semi civilizados y no civilizados.

Tan poco afortunados eran los salvajes que ni siquiera las normas estipuladas para humanizar las contiendas, el Derecho de Guerra, les eran aplicadas. Por ejemplo, Gran Bretaña votó en contra de prohibir el uso de balas explosivas en las guerras contra ellos (Conferencia de la Haya de 1899).

Pese a la aceptación generalizada de esto, de los abusos y vejaciones que se cometían contra los salvajes y bárbaros, hubo críticos: paternalistas algunos, que no discutían la superioridad de los imperialistas sino su actitud para con los no civilizados, a los que veían como a seres inferiores que había que tutelar, hasta los más radicales, que se pronunciaban en contra del sistema, como Danevskii y muchos de los integrantes de la II A.I.T., por ejemplo.

Más que choque de civilizaciones se podría hablar de abuso de una civilización sobre el resto, ya que las sometidas no podían hacer nada contra su situación de dominados.

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n la actualidad estamos viviendo un fenómeno de mundialización. La Tierra es concebida como la aldea global en la que toda la humanidad vive y convive. Se ha desterrado la autarquía del planeta y se lucha por articular una sociedad internacional democrática y efectiva en la regulación de conflictos entre Estados. Se lucha por la solidaridad y la igualdad, porque sólo así se pueden hacer efectivos los derechos humanos que tan flagrantemente están siendo violados.

Estos principios teóricos, tan nobles e igualitarios, como suele suceder no se han llevado a la práctica. La realidad internacional es que existe un grupo de países que luchan por la hegemonía y concentran la riqueza y el poder mundiales en sus manos, y otro grupo de países mucho más numerosos y menos afortunados, que se contentan con luchar por su supervivencia, no rebelándose so pena de ser excluidos de la sociedad internacional por los que la dominan, con la extinción de la exigua caridad que reciben por parte de éstos. Son los modernos bárbaros y salvajes del nuevo orden internacional.

Como ya se ha dicho en numerosas ocasiones, el rey de reyes de la sociedad internacional, el soberano absoluto de la misma, es Estados Unidos que basa su hegemonía en su poder militar. El resto de estados poderosos se contentan con la ficción de igualdad para con EUA que el propio país les brinda, y éstos, a cambio, le ofrecen su apoyo en todo momento. Los deseos de Estados Unidos son percibidos por el resto de estados influyentes como los suyos propios, y nada ni casi nadie los pone en entredicho.

La hegemonía militar se completa con la económica para ser totalmente efectiva. Y en el terreno de lo económico y de la tecnología, Estados Unidos cuenta con el apoyo de Alemania, en Europa, y Japón, en Asia, para seguir manteniendo su lugar preeminente en el mercado internacional. Los intereses económicos son ahora tan importantes como los militares y Estados Unidos, que lo sabe, bajo la dirección de Clinton, ha creado un órgano paralelo al Consejo de seguridad nacional para servir a la protección de la economía del país norteamericano.

La Mesa Redonda de Berkeley sobre Economía Internacional, tras advertir la existencia de tres bloques comerciales regionales (Europa, Asia y América del Norte) ha hablado de la existencia de tres tipos de relaciones económicas entre ellos, que se dan todas hoy día: cooperación multilateral (liberalización del comercio, mediante negociaciones en el seno de instituciones comerciales internacionales, que beneficie a todos por igual), sistema de bloques regionales autárquicos y sistema de bloques regionales competitivos.

La posibilidad de guerras comerciales y financieras en un futuro, que vayan más allá de lo estrictamente económico, pese a ser improbable, no es descartable. La búsqueda de la supremacía económica y tecnológica entre países les lleva a estos a competir constantemente por ello y a, en palabras de Brotons, “espiarse más que ayer pero menos que mañana”.

El afán por competir en el ámbito económico ha sustituido hoy al afán por competir en el ámbito de las conquistas territoriales, y se realiza a costa de la economía de países menos desarrollados, los mismo que antaño sufrían las consecuencias de la colonización. Tanto es así, que la intervención de las potencias en conflictos internacionales tiene su razón de ser, en la mayoría de ocasiones, en los intereses económicos que están en juego: cuanto más peligre un bien económico necesario para las potencias tanto mayor, más rápida y más contundente será la intervención en el conflicto. El ejemplo más claro y reciente, y ya es recurrente, es la Guerra del Golfo, donde el petróleo fue el bien económico que peligraba.

Enlaza con esto lo que Brotons afirma que sucede con la importancia que los países desarrollados dan a los problemas de los países del Sur en función de criterios tales como el ámbito territorial que afecten (por ejemplo, en el caso del medio ambiente, lo que un país contamina afecta a todos los Estados del planeta, ya que afecta por igual a todo el planeta), si los problemas son o no compartidos (caso del narcotráfico, ya que el país productor es un país subdesarrollado y el consumidor uno desarrollado), si afectan a recursos estratégicos...

Luchar contra esto, dice el catedrático español con mucha razón, es perfectamente legítimo, pero él cuestiona los medios que se emplean para ello, en la mayoría de ocasiones, de dudosa legalidad, y cita Brotons un sinfín de ejemplos, que van desde el embargo a Cuba por parte de Estados Unidos, hasta la militarización de la lucha contra el narcotráfico en los países productores impuesta por los países consumidores.

Aún amparándose en el Derecho Internacional, los países occidentales no siempre administran justicia. El Derecho Internacional puede servir a los intereses de unos determinados estados en la práctica, aún cuando lo que se pretenda en teoría es totalmente distinto. Al Estado criminal, desde el punto de vista de este derecho, lo que le hace es excluirlo de la sociedad internacional, mediante la imposición de las más duras sanciones, el problema no es éste, sino quién decide excluir a qué estados y cómo. Muchas veces son las potencias los primeros en violar normas de Derecho Internacional, que, por lo visto, no lo son para ellos, puesto que nadie se lo reprocha. Sin embargo, cuando una misma violación es cometida por otros Estados menos poderosos, la sociedad internacional se apresura a juzgarlos y castigarlos por sus crímenes. Esta es otra de las falacias del Derecho Internacional, el peculiar sistema de leyes internacionales, que no es sino la concreción de las voluntades de una minoría dominante que, desde su misma existencia, permite la dominación de la mayoría no influyente ni poderosa. Se habla de Derecho Internacional como se podría hablar de actuación por la fuerza más o menos arbitraria de los países que conforman y dominan la sociedad internacional.

“Los Estados del norte actúan en muchas ocasiones de una forma que sólo podría ser calificada como terrorista si fuesen otros estados los que lo hicieran”, comenta Brotons.

Siguiendo con las contradicciones propias del Derecho Internacional, una de las más evidentes es la que se da en la Organización de las Naciones Unidas, que se supone democrática en teoría, y vemos como en la práctica en el Consejo de Seguridad, órgano de toma de decisiones de la ONU, son los cinco miembros permanentes con derecho a veto las que en realidad deciden y gobiernan en la ONU, primando sobre el resto de miembros, cuyo poder efectivo pasa por ser aceptado por los cinco (entre los que, cómo no podía ser de otro modo, se encuentra Estados Unidos).

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etomando el tema de la consecución del nuevo orden internacional, esa bonita utopía yanqui, para lograrlo es indispensable la labor de la ONU, sobre cuyo Consejo de seguridad, pese a que se ha hablado ya del mismo, vale la pena extenderse más.

Cinco son los miembros permanentes del mismo, con derecho a veto: China, Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. De éstos, el que lleva la voz cantante es Estados Unidos: Gran Bretaña y Francia acatan sus decisiones, lo mismo sucede con China (a cambio de respetar su política interna y de mantener su cláusula de nación más favorecida en las relaciones comerciales). Rusia tampoco suele presentar muchos problemas, excepto en cuestiones que le afectan a ella directamente.

Estos privilegiados pueden, y lo hacen, imponer sus decisiones a los demás, además de estar por encima de la ley al no poder la ONU actuar contra ellos, debido a que vetan las medidas que les afectan.

Pese a que las intervenciones de la ONU han aumentado desde que finalizó la Guerra Fría (y Rusia dejó de vetar sistemáticamente todo aquello que su rival, EUA, proponía), estas intervenciones no son todo lo legítimas y efectivas que deberían ser por diversos motivos, muchos de los cuales afectan directamente al Consejo de seguridad, que entre otros, no es parcial a la hora de valorar la gravedad de los hechos cometidos, actúa movido por sus propios intereses, etc.

No sólo controla EUA el Consejo de seguridad, sino que, además, no interviene en ningún conflicto bajo mando ajeno. La ley Estadounidense sólo permite la intervención armada de sus tropas bajo mando norteamericano, y puesto que éstos forman el mayor contingente armado de la ONU siempre tienen la prerrogativa de dirigir las misiones.

Señala Brotons la necesidad, además, de que la Carta de la ONU sea reformada “aunque sólo sea para responder al crecimiento espectacular de los miembros de la organización”, dice. La Carta está plagada de anacronismos (hay que tener en cuenta que se redactó tras finalizar la II Guerra Mundial), y no contempla muchos de los problemas que surgieron después de su entrada en vigor. De todas formas, si hubiese reforma de la Carta, sólo se cambiarían aquellos puntos en los que potencias y el resto de estados estuviesen de acuerdo (o dicho, aquellos puntos que las potencias aprobaran). En lo esencial, la Carta seguiría siendo la misma. Cualquier otra reforma sería motivo de controversia y conflicto.

Finaliza Brotons su obra poniendo de manifiesto que la ONU, tal y como hoy existe, ha pasado ya sus tiempos gloriosos y vive un momento de desprestigio internacional, de no efectividad y de no cumplimiento de las labores para las que fue creada, sin embargo, cabe preguntarse si Brotons no espera demasiado de la ONU, si no la concibe como una especie de hermanita de la caridad internacional que debe volar con premura a cumplir con sus labores humanitarias. La ONU es, por su propia naturaleza, limitada, y parece olvidarlo Brotons cuando la critica con saña. Además, es joven, debe aprender poco a poco de sus propios errores, debe evolucionar más, para irse consolidando y adquiriendo el prestigio que hasta ahora muchos, entre quienes me incluyo, no se lo reconocen. Al fin y al cabo, lo dice el refranero, obras son amores...

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oncluyendo: pese a la apariencia democrática que adopta la ONU y la propia sociedad internacional, pese a la globalización , el progreso, la preocupación por los derechos humanos y la lucha por la justicia internacional, nuestro mundo no sólo está en las antípodas de ese orden internacional ideal que Bush preconizaba y del fin de la historia de Fukuyama, sino que, además, la moderna sociedad internacional es en esencia igual que la existente hace un siglo: el Estado fuerte domina al débil, quien no puede sino asentir y resignarse. Las diferencias con la sociedad internacional decimonónica son de apariencias, ahora llamamos países subdesarrollados a los que antes eran colonias, y respetamos (hasta que peligra algún interés de las potencias) los inestables gobiernos de las mismas, corruptos hasta la médula, eternos países sometidos. Ahora nos compadecemos de los habitantes de la miseria desde la opulencia de nuestras casas, y antes éstos servían en ellas, igual de miserables y desprotegidos, pero alimentados. Antes se hablaba de civilizados y bárbaros y salvajes, y se actuaba en consecuencia. Ahora se habla de igualdad en un mundo donde la desigualdad es la norma y las premisas que llevan a configurar nuestro panorama internacional...

Mucho hemos avanzado, afortunadamente, en la teorización sobre los derechos humanos, en su concreción sobre un papel, en la obediencia y acatamiento formales del texto impreso... Lo lamentable es que la realidad difiera tanto de la teoría, y que tan poco preocupe a los que pueden remediarlo.

El nuevo orden debería haber llegado para todos, pero más de tres cuartas partes de la población sufren las privaciones de la vida en la miseria, y somos los países del Norte los beneficiarios de esa miseria, que explotamos y necesitamos para seguir viviendo en la opulencia.

El dólar cabalga, desgraciadamente, en un caballo famélico que poco a poco muere, hasta que otro hambriento le sustituye. Y muchos de los jinetes, gentes del Norte, prefieren obviar la situación de su montura, sabiéndose seguros y satisfechos, ajenos por voluntad a la situación de un mundo que muere de hambre de y de vergüenza.

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