Cine Mexicano

Cinematografía. Salón Rojo. Cinematógrafo. Películas. Cineastas. Revolución. Cine sonoro. Época de oro. Cantinflas

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LA APARICIÓN DEL CINE EN MÉXICO

INTRODUCCION

El cine llegó a México casi ocho meses después de su triunfal aparición en París. La noche del 6 de agosto de 1896, el Presidente Porfirio Díaz, su familia y miembros de su gabinete presenciaban asombrados las imágenes en movimiento que dos enviados de los Lumière proyectaban en uno de los salones del Castillo de Chapultepec.


El éxito del nuevo medio de entretenimiento fue inmediato. Don Porfirio había aceptado recibir en audiencia a Claude Ferdinand Bon Bernard y a Gabriel Veyre -los proyeccionistas enviados por Louis y Auguste Lumière a México- debido a su enorme interés por los desarrollos científicos de la época. Además, el hecho de que el nuevo invento proviniera de Francia, aseguraba su aceptación oficial en un México que no ocultaba su gusto "afrancesado".

Después de su afortunado debut privado, el Cinematógrafo fue presentado al público el 14 de agosto, en el sótano de la Droguería "Plateros", en la calle del mismo nombre (hoy Madero) de la ciudad de México. El público abarrotó el sótano del pequeño local -curiosa repetición de la sesión del sótano del "Gran Café" de París donde debutó el Cinematógrafo- y aplaudió fuertemente las "vistas" mostradas por Bernard y Veyre. La Droguería "Plateros" se convirtió, al poco tiempo, en la primera sala de cine de nuestro país: el "Salón Rojo".

Bernard y Veyre formaban parte de un pequeño ejército de camarógrafos reclutados por los Lumière para promocionar su invento alrededor del mundo. El Cinematógrafo había recibido aplausos en Europa y se lanzaba a la conquista de América. La estrategia de mercado de los Lumière era muy acertada: los camarógrafos-proyeccionistas solicitaban audiencia ante los jefes de gobierno de los países que visitaban, apoyados por el embajador francés en el lugar. De esta manera, el Cinematógrafo hacía su entrada por la "puerta grande", ante reyes, príncipes y presidentes ansiosos de mostrarse modernos.

México fue el primer país americano que disfrutó del nuevo medio, ya que la entrada del Cinematógrafo a los Estados Unidos había sido bloqueada por Edison. A principios del mismo 1896, Thomas Armant y Francis Jenkins habían desarrollado en Washington el Vitascope, un aparato similar al cinematógrafo. Edison había conseguido comprar los derechos del Vitascope y pensaba lanzarlo al mercado bajo el nombre de Biograph. La llegada del invento de los Lumière significaba la entrada de Edison a una competencia que nunca antes había experimentado.

Brasil, Argentina, Cuba y Chile fueron también visitados por enviados de los Lumière entre 1896 y 1897. Sin embargo, México fue el único país americano donde los franceses realizaron una serie de películas que pueden considerarse como las que inauguran la historia de nuestro cine.

LAS PRIMERAS PELICULAS

Se puede considerar a Porfirio Díaz como el primer "actor" del cine mexicano. La primera película filmada en nuestro país, El Presidente de la República paseando a caballo en el Bosque de Chapultepec (1896) resultaba indicativa de otra característica del nuevo invento: mostrar a los personajes famosos en sus actividades cotidianas y oficiales. La coronación de Nicolás II de Rusia había inaugurado esta tendencia pocos meses antes.

Durante 1896, Bernard y Veyre filmaron unas 35 películas en la ciudad de México y Guadalajara. Entre otras cosas, los franceses mostraron a Díaz en diversos actos, registraron la llegada de la Campana de Dolores al Palacio Nacional, y filmaron diversas escenas folclóricas y costumbristas que muestran ya una tendencia hacia el exotismo que acompañaría al cine mexicano a lo largo de su historia. El mismo año llegó también el Vitascope norteamericano; sin embargo, el impacto inicial del Cinematógrafo había dejado sin oportunidad a Edison de conquistar al público mexicano.

LOS PRIMEROS CINEASTAS NACIONALES

Según Emilio García Riera, el surgimiento de los primeros cineastas mexicanos no obedeció a un sentido nacionalista, sino más bien al carácter primitivo que tenía el cine de entonces: películas breves, de menos de un minuto de duración, que provocaban una necesidad constante de material nuevo para exhibir.

Al irse Bernard y Veyre, el material traído por ellos de Francia y el que filmaron en México fue comprado por Bernardo Aguirre y continuó exhibiéndose por un tiempo. Sin embargo, "las demostraciones de los Lumière por el mundo cesaron en 1897 y a partir de entonces se limitaron a la venta de aparatos y copias de las vistas que sus enviados habían tomado en los países que habían visitado" (García Riera, 1986: 19). Esto provocó el rápido aburrimiento del público, que conocía de memoria las "vistas" que hacía pocos meses causaban furor.

Algunos entusiastas, como Aguirre, habían comprado equipo y películas a los Lumière para exhibirlas en provincia. La determinación de los Lumière de dejar de filmar y dedicarse a la venta de copias provocó el surgimiento de los primeros cineastas nacionales.

En 1898 se inició como realizador el ingeniero Salvador Toscano, quien se había dedicado a exhibir películas en Veracruz. Su labor es una de las pocas que aún se conservan de esa época inicial del cine. En 1950, su hija Carmen editó diversos trabajos de Toscano en un largometraje titulado Memorias de un mexicano (1950). Toscano testimonió con su cámara diversos aspectos de la vida del país durante el Porfiriato y la Revolución. Inició, de hecho, la vertiente documental que tantos seguidores ha tenido en nuestro país.

Otros cineastas de esa primera época fueron: Guillermo Becerril (desde 1899); los hermanos Stahl y los hermanos Alva (desde 1906); y Enrique Rosas, éste último realizador de un gran documental sobre el viaje de Porfirio Díaz a Yucatán: Fiestas presidenciales en Mérida (1906). Este filme fue, sin duda, el primer largometraje mexicano.

LA REVOLUCION

La Revolución Mexicana contribuyó enormemente al desarrollo del cine en nuestro país. Por circunstancias cronológicas, la Revolución fue el primer gran acontecimiento histórico totalmente documentado en cine. Nunca antes un evento de tal magnitud había sido registrado en movimiento. La Primera Guerra Mundial -iniciada cuatro años después del conflicto mexicano- fue documentada siguiendo el estilo impuesto por los realizadores mexicanos de la Revolución.

La vertiente documental y realista fue, por razones claras, la principal manifestación del cine mexicano de la Revolución. Aunque el cine de ficción comenzaba a popularizarse en Europa y Norteamérica, el conflicto armado mexicano constituyó la principal programación de las salas de cine nacionales entre 1910 y 1917.

El público se interesaba en estos filmes por su valor noticioso. Era una forma de confirmar y dar sentido al cúmulo de informaciones imprecisas, contradictorias e insuficientes, producto de un conflicto armado complejo y largo. Los filmes de la Revolución pueden considerarse como antecedentes lejanos de los noticiarios televisivos de hoy en día.

Los cineastas de la Revolución procuraban mostrar una visión objetiva de los hechos. Para no tomar partido, los camarógrafos filmaban los preparativos de ambos bandos, hacían converger la acción en la batalla y, en muchos casos, no daban noticia del resultado de ésta. Esto lo hacían debido a la incertidumbre por el curso de los acontecimientos.

En muchos casos, los ejércitos contendientes tenían su propio camarógrafo. Los hermanos Alva siguieron a Madero, mientras que Jesús H. Abitia acompañaba a la División del Norte y filmaba los acontecimientos desde el punto de vista de los ejércitos de Álvaro Obregón y Venustiano Carranza. Se dice que Pancho Villa contaba con sus propios camarógrafos norteamericanos, y que incluso llegó a "coreografiar" la Batalla de Celaya en función de la cámara de cine.

Independientemente de las distintas prácticas cinematográficas, la Revolución fue para el cine mexicano un evento fotogénico excepcional. Sin lugar a dudas, la estética provocada por este conflicto imprimió su huella en el desarrollo posterior de nuestra cinematografía. Prueba de ello son los filmes de la llamada "Época de Oro" que tanto le deben a la Revolución en su postura estética.

INICIOS DEL CINE DE FICCIÓN EN MEXICO

Si se tiene como cine de ficción a aquel que emplea actores para contar un argumento, habría que remontarnos hasta 1896 para encontrar el primer ejemplo de ello en nuestro cine.

Un duelo a pistola en el Bosque de Chapultepec (1896) fue filmada en ese año por los franceses Bernard y Veyre, en base a un hecho real, ocurrido poco tiempo antes entre dos diputados en el Bosque de Chapultepec.

Esta cinta levantó una ola de protestas en la prensa, debido a que el público interpretaba el evento como la filmación del hecho real. A pesar de que se anunciaba que el filme era una reconstrucción de los hechos, el público no distinguía todavía la diferencia entre realidad y ficción. El carácter realista del cine hacía pensar que todo lo que se mostrara era, al ser capturado por la cámara, verdadero.

Las reconstrucciones de eventos famosos no eran novedad en 1896. Edison había filmado una pequeña cinta para su Kinetoscopio que bien pudo haber inspirado la cinta de Bernard y Veyre. Pedro Esquirel and Dionecio Gonzales - Mexican Duel (1894) presentaba quizás a los primeros mexicanos mostrados en película: dos hombres que se enfrentaban en un duelo a cuchilladas. Esta imagen del mexicano violento fue, desde entonces, el estereotipo impuesto por el cine norteamericano al referirse a México. Otras reconstrucciones famosas fueron las realizadas por Méliès sobre el hundimiento del barco Maine (1898); la realizada por el mismo Méliès sobre la coronación de Eduardo VII de Inglaterra (1902); y la realizada por Edwin S. Porter sobre el caso de Mrs. Soffel (1901).

Volviendo a México, Salvador Toscano filmó en 1899 una versión corta de Don Juan Tenorio. Este filme mostraba la ambivalencia con que se tomaba la ficción en esa época: era documental porque registraba la representación teatral de la obra, pero era ficción porque únicamente mostraba el desempeño de los actores.

En 1907, el actor Felipe de Jesús Haro realizó la primera cinta ambiciosa de ficción filmada en México: El grito de Dolores o La independencia de México (1907). El mismo Haro interpretó al libertador Miguel Hidalgo y escribió el argumento. La película se exhibió, casi obligatoriamente, cada 15 de septiembre hasta 1910.

Otros filmes de ficción de esa época fueron: El san lunes del valedor o El san lunes del velador (1906), cinta presumiblemente cómica dirigida por Manuel Noriega; Aventuras de Tip Top en Chapultepec (1907), cortometraje del ya mencionado Haro; El rosario de Amozoc (1909) primer filme de ficción de Enrique Rosas; y El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart (1912) de los hermanos Alva, el más antiguo filme de ficción del cual todavía se conservan copias. Esta cinta es una comedia interpretada por los actores Enhart y Alegría -cómicos del Teatro "Lírico"- que muestra una marcada influencia francesa en su estilo de realización.

La Revolución marcó un gran paréntesis en la realización de filmes de ficción en México. Con la finalización oficial del conflicto, en 1917, pareció renacer esta vertiente cinematográfica, ahora en la modalidad del largometraje.

De hecho, se considera que entre 1917 y 1920 hubo en México una Época de Oro del cine mudo, que nunca se volvió a repetir sino hasta los años cuarenta. Es curiosa la coincidencia de que la mejor época del cine mudo mexicano se inicie durante los años de la Primera Guerra Mundial, mientras que la mejor época de nuestro cine sonoro coincida con la Segunda Guerra. En ambas situaciones se presentó una disminución en la importación de películas, resultado natural de la disminución en el número de filmes producidos por los países en guerra durante esos años.

En 1917, la principal importación de filmes hacia México provenía de Europa. Estados Unidos no terminaba de afianzarse como un gran centro productor cinematográfico, aunque Hollywood ya comenzaba a perfilarse como la futura Meca del cine. Además, las relaciones tirantes entre México y Estados Unidos, junto con la imagen estereotipada del "mexicano bandido" en muchos de los filmes norteamericanos, provocaba un rechazo, tanto oficial como popular, hacia muchas de las películas estadounidenses de la época.

Francia e Italia fueron los patrones a seguir para la "reinauguración" del cine mexicano de ficción en 1917. Ese año se estrenó en México Il Fuoco (1915), filme italiano interpretado por Pina Menichelli, actriz que logró gran popularidad en nuestro país y que introdujo el concepto de "diva" del cine, anteriormente sólo utilizado para el teatro o la ópera.

Il Fuoco (1915) inauguró una tendencia romántica-cursi que hizo furor en México y que influyó al cine de otros países, incluyendo Estados Unidos. El universo de las "divas" se componía de ingredientes que pronto se asimilaron en otras cinematografías: mujeres voluptuosas, escenarios suntuosos, historias pasionales y atrevidas. La propuesta italiana planteaba un cambio en la mentalidad de la época, producto inmediato de la guerra. El papel de la mujer se ampliaba en el cine, aunque sólo fuera como "objeto de pasiones amorosas." La nueva mujer -que obtenía el derecho al voto y que pronto se recortaría el pelo, se liberaría del corsé y se acortaría la falda- hacía su aparición en las pantallas cinematográficas.

La luz, tríptico de la vida moderna (1917) es el título del primer largometraje -oficial- del cine mexicano. Digo "oficial" porque pocos autores mencionan el trabajo de los yucatecos Carlos Martínez de Arredondo y Manuel Cirerol Sansores quienes un año antes filmaron 1810 ó ¡los libertadores de México! (1916) probablemente el primer largometraje de ficción nacional. El hecho de haber sido filmado en Yucatán -junto con El amor que triunfa (1917)- lo ha relegado en contra de La luz, tríptico de la vida moderna (1917), filme realizado en la ciudad de México.

Producida por el francés Max Chauvet, y dirigida probablemente por otro francés, J. Jamet, La luz, tríptico de la vida moderna (1917) ha sido atribuida al camarógrafo mexicano Ezequiel Carrasco, quien prolongó su carrera dentro del cine nacional hasta los años sesenta. Con un argumento que prácticamente era un plagio de la afamada Il Fuoco (1915), el filme catapultó al estrellato nacional a la primera "diva" mexicana: Emma Padilla.

Otros filmes famosos de esta primera Época de Oro fueron: En defensa propia (1917), La tigresa (1917) y La soñadora (1917), producidos todos por la Compañía Azteca Films. Esta firma, fundada por la actriz Mimí Derba y por Enrique Rosas, constituyó la primera empresa de cine totalmente mexicana. Probablemente Derba haya sido la primera directora de cine nacional, si es cierto que dirigió La tigresa (1917).

Los temas que han acompañado a nuestra cinematografía nacieron también en los años de 1917 a 1920. Tepeyac (1917), filme que relacionaba extrañamente las apariciones de la Virgen de Guadalupe con el hundimiento de un barco en el siglo XX, fue filmado por Fernando Sáyago. Tabaré (1917) de Luis Lezama, guarda una estrecha relación en su argumento con filmes como Tizoc (1957): el indio que se enamora de la rica heredera de piel blanca. Finalmente Santa (1918), la prostituta creada por el escritor Federico Gamboa, hizo su primera aparición cinematográfica dirigida por Luis G. Peredo. Otra versión de Santa (1931) iniciaría la era sonora del cine mexicano y marcaría el rumbo de uno de los principales arquetipos femeninos de nuestro cine: la prostituta o cabaretera.

Mención especial merece El automóvil gris (1919), sin lugar a dudas el filme más famoso de la época muda del cine mexicano. Filmado por Enrique Rosas -de gran trayectoria cinematográfica si consideramos las veces que ha sido nombrado en este texto- el filme en realidad no es tal; es una serie de episodios (doce en total) que cuenta las aventuras de una famosa banda de ladrones de joyas que se hizo célebre en la ciudad de México hacia 1915.

Las series o "seriales" representaron las primeras incursiones del cine norteamericano en el gusto popular mexicano. Para 1919 se habían suavizado las fricciones con el vecino del norte, y el cine hollywoodense comenzaba a conquistar mercados en todo el mundo. Estos filmes por episodios habían nacido en Francia, alrededor de 1912, siendo el primero "Fantomas", una serie sobre el famoso ladrón elegante de las tiras cómicas.

El más popular de los "seriales" norteamericanos fue el titulado "Los Peligros de Paulina", el cual narraba las aventuras de una joven reportera -novedad para la época- que se metía en distintos líos debido a su profesión. Esta serie propugnaba el nuevo papel activo de la mujer en Norteamérica, además de ser una fuente de entretenimiento en las ya populares "matinées" cinematográficas.

De esta manera, El automóvil gris (1919) inauguraba, sin claros sucesores, el "serial" mexicano. La cinta (o cintas) poseía además un elemento novedoso y controversial: era el primer filme cuyo argumento se inspiraba claramente en hechos recientes, acontecidos en el país. En el evento original había estado involucrado un general carrancista que fue socio de Rosas en la formación de Azteca Films, y los personajes que aparecían en pantalla eran claramente identificables por el público.

Para completar la controversia, la escena final de la serie constituía una extraña mezcla de ficción y realidad: el fusilamiento de los miembros de la banda no era actuado, sino que Rosas había tomado la escena original filmada por él mismo, y la había incluido en la cinta. De esta manera, el filme aseguraba, de manera mórbida, su popularidad en el público.

El automóvil gris (1919) constituye un fenómeno curioso dentro de nuestra cinematografía. Hasta hace pocos años la cinta era exhibida regularmente, aunque mutilada, en cine y televisión. En 1933 fue sonorizada, arruinando gran parte de su originalidad. Los diálogos añadidos ridiculizan las actuaciones teatralizadas de la época y no aportan nada a la historia. En 1960, la cinta fue editada para convertirla en largometraje, lo cual la acabó de arruinar completamente. Se eliminaron muchas escenas que funcionaban como "puentes" para las acciones, de tal manera que el filme visible hoy en día en una versión confusa del "serial" original. El automóvil gris (1919) fue la última realización de Enrique Rosas, fallecido en 1920.

LA TRANSICIÓN AL SONORO EN MEXICO

La década de 1920 a 1929 fue testigo de la transformación del mundo. La Primera Guerra Mundial había alterado radicalmente los valores de gran parte de la sociedad, y la gente trataba de olvidar el horror vivido hasta 1919. En los "alegres veintes" nacieron la radio, el jazz y las faldas cortas, así como el fascismo, el nazismo y la depresión económica norteamericana.

En 1927 el cine habló por primera vez. The Jazz Singer (1927) de Alan Crossland, se convirtió en la punta de lanza de una novedad cinematográfica: el sonido. A partir de ese momento, el cine apostó todo a las palabras y a la música, inaugurando una nueva era en su historia.

Después de 1920, el cine mexicano mantuvo una carrera dispareja en contra de la creciente popularidad del cine hollywoodense. Los nombres de Rodolfo Valentino, Tom Mix y Gloria Swanson competían, con gran ventaja, contra los de Carlos Villatoro, Ligia Dy Golconda y Elena Sánchez Valenzuela, por el gusto del público mexicano.

En general, muy poco se puede rescatar del cine mudo mexicano de los veintes. Quizás lo más importante de esa década para nuestro cine fue la preparación que obtuvieron distintos actores, directores y técnicos mexicanos en el cine de Hollywood.

La cercanía de Hollywood con nuestro país fue un factor importante que permitió la integración de varios compatriotas a la industria fílmica norteamericana. Dolores del Río, Ramón Novarro, Lupe Vélez y Lupita Tovar fueron algunos de los actores mexicanos que se codearon en esa época con los más famosos de Hollywood. La falta de sonido en el cine eliminaba la barrera del idioma.

Entre los directores, Fernando de Fuentes, Emilio Fernández, Roberto y Joselito Rodríguez, recibieron su educación cinematográfica en Hollywood. De esta manera, el cine mexicano se preparaba para lo que sería la Época de Oro.

EL CINE SONORO MEXICANO

A pesar de que el sonido se incorporó al cine en 1927, no fue sino hasta 1931 cuando se realizó la primera cinta sonora mexicana: una nueva versión de Santa, dirigida por el actor español-hollywoodense Antonio Moreno, e interpretada por la ya mencionada Lupita Tovar.

De nueva cuenta, la primera en algo no lo fue totalmente. Antes de Santa (1931) se habían filmado varias películas con sonido sincronizado de discos (sonido indirecto). Estos intentos de cine sonoro no fueron populares en México, como tampoco lo habían sido experimentos similares en otras partes del mundo.

Santa (1931) fue, eso sí, la primera película mexicana que incorporó la técnica del sonido directo (grabado en una banda sonora paralela a las imágenes en la misma película). Esta técnica fue traída de Hollywood por los hermanos Rodríguez, quienes habían inventado en Estados Unidos un aparato sincronizador de sonido muy ligero y práctico.

El apoyo de un equipo entrenado en Hollywood para la filmación de Santa (1931) no fue casualidad. Obedecía a todo un plan para establecer una industria cinematográfica mexicana, mismo que incluyó la fundación de la Compañía Nacional Productora de Películas.

Esta empresa adquirió unos estudios de cine existentes desde 1920 y se estableció como la compañía de cine más importante del país. La decisión de "importar" a casi todo el personal de la filmación se hizo con la idea de asegurar el éxito financiero de la película.

EL CINE HISPANO EN HOLLYWOOD

La llegada a México de los prestigiados "mexicanos de Hollywood" no correspondió tanto a un súbito sentimiento nacionalista por parte de ellos, sino a la necesidad de asegurarse un futuro dentro del cine. La llegada del sonido había significado algo más que la posibilidad de incluir canciones en las películas: significaba la "muerte" de la carrera de muchos actores.

Aparte de los problemas sufridos por actores que no contaban con una voz acorde a su personalidad cinematográfica, el principal problema de los extranjeros que actuaban en Hollywood era el idioma o, cuando menos, el acento. Los actores y actrices extranjeros interpretaban, en muchas ocasiones, el mismo tipo de papeles que los norteamericanos, por lo que el acento extranjero era algo imposible de mantener bajo la nueva era del sonido.

Otra cara del problema -quizás la más grave para las compañías productoras- era de carácter mercantil. Antes de la llegada del sonido las películas podían venderse en todo el mundo sin ningún problema. Los "títulos" de algunas escenas de los filmes (letreros que interrumpían la acción para presentar un diálogo o una explicación) eran sustituidos al llegar a su destino por "títulos" en el idioma local. El sonido eliminaba estas prácticas.

Una solución efímera que propuso Hollywood fue la realización de versiones en varios idiomas de sus filmes importantes. Así, entre 1928 y 1939, Hollywood filmó varias veces una misma película para asegurar su presencia en los mercados extranjeros.

Con el tiempo la práctica comprobó ser contraproducente. El público extranjero rechazaba las versiones en su lengua natal, porque los actores no eran los que ellos querían ver en la pantalla. En el llamado "cine hispano" de Hollywood (las versiones en español) el problema se agudizó por la gran cantidad de acentos de los actores, algo que nunca tomaron en cuenta los productores hollywoodenses.

Aún así, el "cine hispano" sirvió como plataforma de entrenamiento para los actores y realizadores mexicanos que se incorporaron a la industria nacional a partir de Santa (1931). Funcionó también como una etapa de transición para evitar el despido masivo de actores que habían perdido su lugar en el firmamento de estrellas de Hollywood.

LOS INICIOS DE UNA INDUSTRIA

La industria del cine mexicano nació en una época de gran efervescencia social, política y cultural en nuestro país. La Revolución comenzaba a ser una etapa de la Historia, aunque sus protagonistas todavía regían el destino político de la nación.

En 1928, el general Plutarco Elías Calles había fundado el Partido Nacional Revolucionario (PNR), antecedente directo del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Entre 1928 y 1934, Calles se mantuvo en el poder desde el Partido, aunque México tuvo tres presidentes en ese mismo período: Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez y Emilio Portes Gil.

Con la llegada al poder de Lázaro Cárdenas en 1934, la inestabilidad política del país comenzó a desaparecer. Cárdenas fue el primer presidente que se mantuvo en el gobierno por seis años, el mandato establecido por la Constitución de 1917.

El ambiente intelectual mexicano se encontraba dividido entre la Revolución y el Socialismo. La Revolución Rusa de 1917 había impreso una huella tan importante como la Revolución Mexicana en el pensamiento de algunos intelectuales de nuestro país. México vivía el esplendor del Muralismo, un movimiento estético con una carga ideológica de izquierda que nunca se ocultó.

Literatura, música, poesía y pintura, fueron artes que tuvieron un gran desarrollo en la década de los treinta. Silvestre Revueltas, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Frida Kahlo y muchos artistas más, conformaban el panorama artístico e intelectual del México moderno. Un común denominador en la temática de sus obras fue la revisión de la Revolución Mexicana.

En este ambiente, no es extraña la tendencia que siguió el cine mexicano una vez establecidas las bases de la industria cinematográfica nacional. Política y arte apuntaban hacia la Revolución como tema principal, y ese fue el camino que siguió la nueva industria.

LA INFLUENCIA DE EISENSTEIN

Dentro de los aspectos formales, es de gran importancia destacar la influencia del cine ruso en la creación de las imágenes que conformaron al cine mexicano. El papel de Hollywood en la creación de nuestro cine se explica fácilmente por la cercanía geográfica, y por la importancia de la industria del cine estadounidense. Pero la influencia estética rusa merece una explicación particular.

La corriente cinematográfica creada en Rusia en los veintes, constituyó el primer movimiento artístico propio del cine. Influidos enormemente por las aportaciones del norteamericano Griffith al lenguaje cinematográfico, los rusos desarrollaron una propuesta ideológica a través de un medio nunca antes utilizado: el cine.

Para 1930, las aportaciones cinematográficas de Sergei Mijailovich Eisenstein y Vsevolod Pudovkin habían sido reconocidas mundialmente. La huelga (1924), El acorazado Potemkin (1925), La madre (1926) y Octubre (1927) eran ya piedras angulares en la historia del arte cinematográfico.

Entre 1930 y 1932, Eisenstein estuvo en México con el fin de filmar una película que sería un vasto fresco sobre el país: ¡Que viva México! (García Riera, 1986: 95). El cineasta ruso venía patrocinado por algunos intelectuales norteamericanos de izquierda, y había estado en Hollywood donde no pudo realizar ningún filme.

¡Que viva México! (1930-1932) no pudo ser concluida porque los norteamericanos, que en un principio apoyaron a Eisenstein, le retiraron el financiamiento y se quedaron con el material filmado. Sin embargo, las imágenes capturadas por el director ruso pudieron ser apreciadas en distintos filmes que se realizaron a partir de ellas.

La estética visual de ¡Que viva México! (1930-1932) tuvo una gran influencia en el cine nacional. Los bellos paisajes, las nubes fotogénicas y la exaltación del indígena fueron tres elementos sobresalientes de esta propuesta estética. Este estilo fue visto como derivado de la pintura muralista, especialmente de la de Diego Rivera. (García Riera, 1986: 95).

LOS PRIMEROS CLÁSICOS DEL CINE MEXICANO

La naciente industria del cine mexicano produjo, entre 1932 y 1936, unas cien películas entre las que destacan varias consideradas hoy en día como clásicos del cine nacional.

En pocos años, la cinematografía mexicana se afianzó en el gusto nacional y comenzó, inclusive, a exportarse a los países de lengua española. 1936 marcaría el inicio de la completa internacionalización del cine mexicano, con la filmación de Allá en el Rancho Grande (1936) de Fernando de Fuentes.

De Fuentes realizó, además, otros dos filmes que se consideran precursores de la Época de Oro: El compadre Mendoza (1933) y Vámonos con Pancho Villa (1935). Estos filmes revelan que de Fuentes dominaba las técnicas norteamericanas de filmación, y que además demostraba una sobriedad increíble para la época en el tratamiento del tema de la Revolución. De hecho, ambos filmes son prácticamente los únicos realizados sobre ese tema que no exaltan en ningún momento la gesta revolucionaria, y que incluso llegan a criticarla.

En 1933, el ruso-chileno Arcady Boytler filmó La mujer del puerto (1933) con Andrea Palma, película que contribuyó a la consolidación del personaje de la prostituta dentro de nuestro cine. Con una atmósfera heredada del expresionismo alemán, La mujer del puerto (1933) sorprendió al México de la época por lo fuerte de su temática (incesto) y por su buena realización.

Janitzio (1934) de Carlos Navarro, Dos monjes (1934) de Juan Bustillo Oro y Redes (1934) de Fred Zinnemann y Emilio Gómez Muriel, son otros de los filmes destacados de la época. Chano Urueta, Gabriel Soria, Juan Orol y Miguel Zacarías son algunos de los directores que iniciaron su carrera en esos años previos a la Época de Oro

EPOCA DE ORO

INTRODUCCION

Una abundante producción y un mercado bien establecido son dos factores básicos para que se presente una Época de Oro en cualquier medio. Nuestra llevada y traída Época de Oro del cine nacional no es más que la exitosa conjunción de ambos factores.


La producción cinematográfica mexicana había alcanzado en 1939 un alto nivel. De hecho la Época de Oro comenzó años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, un factor muchas veces citado como causa directa de esta etapa.

Allá en el Rancho Grande (1936) de Fernando de Fuentes, fue el filme que encontró la fórmula comercial capaz de convertir al cine mexicano en una verdadera industria. Era un melodrama ranchero, con una historia semejante a la del filme mudo titulado En la Hacienda (1920). La trama -ubicada en una idílica hacienda en una época indefinida- estaba matizada por canciones interpretadas por el galán Tito Guízar.

Un breve análisis del filme apunta a las posibles causas de su éxito nacional e internacional. Primero, aunque el tema es campirano, la época en que se ubica la historia no corresponde a una realidad determinada; la Revolución está ausente en todo momento, y los problemas más importantes son de carácter amoroso. Segundo, el prototipo de charro encarnado por Tito Guízar no corresponde en su totalidad al "modelo oficial" del charro mexicano. Guízar, de piel blanca y ojos claros, parece más un bonachón vaquero texano que un charro cantor. Finalmente, la estructura de la historia corresponde más a una comedia norteamericana que a un melodrama mexicano.

Allá en el Rancho Grande (1936) fue la primera cinta mexicana que mereció estreno en los Estados Unidos con subtítulos en inglés, es decir, para público de habla inglesa. También mereció el honor de ser la primera cinta nacional que ganó un premio internacional: el de Mejor Fotografía, otorgado a Gabriel Figueroa en el Festival de Venecia de 1938. El filme cautivó al público en todos los países de habla hispana, y abrió las puertas a la catarata de filmes que consolidaron la Época de Oro.

LOS AÑOS DORADOS DE LA EPOCA DE ORO

Nuestra cultura televisiva nos ha condicionado a considerar cualquier película mexicana en blanco y negro como perteneciente a la Época de Oro. Siendo puristas, los verdaderos "años dorados" corresponderían a los coincidentes con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

En estos años, factores políticos influyeron enormemente en el desarrollo del cine mexicano. Uno de ellos fue la postura del gobierno mexicano ante la guerra. En 1942, tras el hundimiento de barcos petroleros mexicanos por submarinos alemanes, el Presidente Manuel Ávila Camacho declaró la guerra a las potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón). Esta postura oficial nos colocó enmedio del conflicto, de parte de los Aliados.

La decisión de Ávila Camacho salvó, colateralmente, a nuestro cine de la extinción. La guerra había causado una disminución en la producción de muchos bienes de consumo, el cine incluido. Los materiales con que se fabricaban las películas y el equipo de cine se consideraban importantes para la fabricación de armamento (la celulosa, por ejemplo). Esto racionó la producción cinematográfica norteamericana, además de que el cine europeo sufría porque la guerra se desarrollaba en su terreno.

En 1942, la industria de cine mexicano no era la única importante en español. Argentina y España poseían ya un lugar dentro del cine de habla hispana. Ambos países se declararon neutrales durante el conflicto (España acababa de salir de su propia Guerra Civil). Sin embargo, en la práctica, las dos naciones mantuvieron vínculos más que ligeros con Alemania e Italia.

La decisión de alinearse con los Aliados trajo para México un estatus de nación favorecida. El cine mexicano nunca tuvo problemas para obtener el suministro básico de película virgen, dinero para la producción y refacciones necesarias para el equipo. España y Argentina nunca tuvieron un apoyo semejante por parte de Alemania o Italia, y el curso de la guerra marcó también el curso de las cinematografís de estos países.

En el panorama nacional, la situación de guerra también benefició al cine mexicano porque se produjo una disminución de la competencia extranjera. Aunque Estados Unidos se mantuvo como líder de la producción cinematográfica mundial, muchos de los filmes realizados en ese país entre 1940 y 1945 reflejaban un interés por los temas de guerra, ajenos al gusto mexicano. La escasa producción europea tampoco representó una competencia considerable.

El auge del cine mexicano favoreció el surgimiento de una nueva generación de directores: Emilio Fernández, Julio Bracho, Roberto Gavaldón e Ismael Rodríguez, por mencionar a algunos. Para el público, sin embargo, fue más interesante la consolidación de un auténtico cuadro de estrellas nacionales. María Félix, Mario Moreno "Cantinflas", Pedro Armendáriz, Andrea Palma, Jorge Negrete, Sara García, Fernando y Andrés Soler, Joaquín Pardavé, Arturo de Córdova y Dolores del Río serían las figuras principales de un "star system" sin precedentes en la historia del cine en español (García Riera, 1986: 125).

En esos años, el cine mexicano abordó más temas y géneros que en ninguna otra época. Obras literarias, comedias rancheras, películas policíacas, comedias musicales y melodramas, formaron parte del inventario cinematográfico mexicano de aquellos años.

EMILIO “EL INDIO” FERNANDEZ

El cine de Emilio Fernández fue el único de esa época que mantuvo una relación abierta con el tema revolucionario. Curiosamente, el cine mexicano de la Época de Oro ha quedado "marcado" por la estética de la Revolución, aunque en realidad fueron pocas las películas que se realizaron con ese tema durante la guerra, y casi todas fueron filmadas por Fernández.

Emilio Fernández inició su carrera en Hollywood, como actor en el "cine hispano". Después de una breve carrera como actor en nuestro país, Fernández debutó como director con La isla de la pasión (Clipperton) (1941). En 1943, respaldado por la compañía Films Mundiales, formó mancuerna por primera vez con el fotógrafo Gabriel Figueroa, el guionista Mauricio Magdaleno y los actores Dolores del Río y Pedro Armendáriz. Este equipo de trabajo sería el responsable de la mayoría de los filmes que dieron fama mundial a México.

El cine de Emilio "Indio" Fernández es el que mejor asimiló la herencia estética de Eisenstein. El famoso estilo fotográfico de Gabriel Figueroa fue producto directo de aquellas inolvidables imágenes plasmadas en ¡Qué viva México! (1930-1932).

Flor silvestre (1943), María Candelaria (1943), Las abandonadas (1944) y Bugambilia (1944) fueron los primeros éxitos de Fernández y su grupo. La perla (1945) con Armendáriz y María Elena Marqués, y Enamorada (1946) con Armendáriz y María Félix, terminaron de consolidar a Fernández como el director mexicano más importante durante la Época de Oro.

DESPUÉS DE LA GUERRA

Al terminar la guerra, el cine mexicano gozó del prestigio que había alcanzado durante unos años más. Sin embargo, el repunte del cine norteamericano y la aparición de la televisión representaron una seria amenaza para una cinematografía que ya daba señales de cansancio.

En 1946 asumió la presidencia el veracruzano Miguel Alemán Valdés. La llegada al poder de Alemán representó un cambio importante dentro de las estructuras del poder político en México. Alemán era el primer civil que llegaba a la presidencia desde 1932.

Entre 1946 y 1950 ocurrieron cosas importantes dentro del cine nacional: Emilio Fernández consolidó su fama mundial al obtener distintos premios internacionales; el director español Luis Buñuel inició la etapa mexicana de su filmografía; y Pedro Infante se convirtió en el actor más popular de nuestro país.

A pesar de ello, el cine mexicano comenzó a manifestar síntomas de no estar del todo bien. Para preservar el ritmo de trabajo alcanzado durante la guerra, las compañías productoras decidieron abaratar los costos de producción de las películas. De esta manera proliferaron los llamados "churros": películas de bajo presupuesto, filmadas en poco tiempo y de mala calidad en general.

Bajo el gobierno de Alemán se decretó la Ley de la Industria Cinematográfica. En ella se dejaba a la Secretaría de Gobernación, por conducto de la Dirección General de Cinematografía, el estudio y resolución de los problemas relativos al cine. Esta decisión -que con el tiempo afectaría negativamente al desarrollo de nuestro cine- fue tomada por la necesidad de controlar al monopolio de la exhibición cinematográfica que existía en esos años (García Riera, 1986: 160).

Para 1949, la exhibición de películas en la República Mexicana estaba casi totalmente controlada por un grupo encabezado por el norteamericano William Jenkins. Al pasar el control del cine a la Secretaría de Gobernación, Alemán intentó desmantelar el monopolio, al mismo tiempo que dio el primer paso para la burocratización del cine, un lastre que la industria ha venido arrastrando hasta nuestros días.

RUMBERAS Y ARRABAL

La imagen cinematográfica del sexenio de Miguel Alemán está constituida por la rumbera y el arrabal. Más de cien películas con esos temas se filmaron durante su período de gobierno.

El género de las rumberas, y el cine que mostraba la vida en los barrios pobres de la ciudad, reflejaban el fenómeno de la creciente urbanización del país. La población de la ciudad de México había aumentado entre 1940 y 1950 más que en toda su historia.

Por otra parte, el cine de rumberas representaba una opción atractiva para una industria cinematográfica ansiosa de encontrar la manera de filmar más por menos dinero. Casi todos estos filmes contaban, con algunas variantes, la misma historia: una chica humilde de provincia llegaba a la ciudad, era "devorada" por la maldad imperante en la urbe, y quedaba condenada a bailar en el cabaret hasta encontrar la redención.

El cine de arrabal, cuya máxima figura fue sin duda el inolvidable "Pepe el Toro" del filme Nosotros los pobres (1947) de Ismael Rodríguez, representaba el espejo en el cual se miraban los provincianos que llegaban a la capital con la esperanza de encontrar un futuro más promisorio.

Pedro Infante, provinciano que había triunfado en la capital sin perder su raíz sinaloense, representaba el modelo a seguir. Ya fuera en Los tres García (1946), Nosotros los pobres (1947), Ustedes los ricos (1947), o Los tres huastecos (1948), Infante encarnó las aspiraciones de millones de mexicanos que, simplemente, querían ser como él en sus películas.

LA COMPETENCIA CON LA TELEVISION

Las primeras transmisiones de la televisión mexicana se iniciaron en 1950. Ese año entró en operaciones XHTV-Canal 4. XEWTV-Canal 2 y XHGC-Canal 5, comenzaron transmisiones en 1952.

En pocos años, la televisión alcanzó un poder enorme de penetración en el público, especialmente cuando las tres cadenas se unieron para formar Telesistema Mexicano, en 1955. Para 1956, las antenas de televisión eran algo común en los hogares mexicanos, y el nuevo medio se extendía rápidamente en la provincia.

Las primeras imágenes de la televisión -en blanco y negro- aparecían en una pantalla muy pequeña y ovalada, y eran bastante imperfectas: no tenían la definición y la nitidez de la imagen cinematográfica. Sin embargo, no sólo en México, sino en todo el mundo, el cine resintió de inmediato la competencia del nuevo medio. Esa competencia influyó decisivamente en la historia del cine, obligándolo a buscar nuevas vías tanto en su técnica, como en el tratamiento de temas y géneros (García Riera, 1986: 193).

Las novedades técnicas llegaron de Hollywood. Las pantallas anchas, el cine en tercera dimensión, el mejoramiento del color y el sonido estereofónico, fueron algunas de las innovaciones que presentó el cine norteamericano a principios de los cincuenta. El elevado costo de esta tecnología hizo difícil que en México se llegaran a producir filmes con estas características, por lo menos durante algunos años.

Los temas "fuertes" fueron otro recurso utilizado por el cine para atraer de nuevo al público a las salas cinematográficas. La naturaleza familiar del medio televisivo impedía un tratamiento directo de muchos de los temas que el cine -ya maduro- se atrevía a mostrar.

En general, la realización del cine se volvió más compleja que nunca. Con una infraestructura técnica anticuada, poco dinero, un público más exigente, y un mercado saturado de producciones norteamericanas, el cine mexicano se enfrentó ante su ocaso.

EL OCASO DE UNA INDUSTRIA

El 15 de abril de 1957 el país entero se estremeció al conocer la noticia de la muerte de Pedro Infante. Con él, simbólicamente, moría también la Época de Oro del cine nacional. Poco o nada quedaba ya de aquellos años de esplendor.

El cine mexicano experimentaba a fines de los cincuenta una inercia casi completa. Las fórmulas tradicionales habían agotado ya su capacidad de entretenimiento; comedias rancheras, melodramas y filmes de rumberas se filmaban y exhibían ante un público cada vez más indiferente. Hasta Emilio Fernández, el director más importante de la época, comenzaba a repetir sus filmes: con otros actores, pero con los mismos temas.

El cine de Luis Buñuel, los filmes de luchadores y el nacimiento del cine independiente, fueron las únicas novedades dentro de esta industria agotada.

LUIS BUÑUEL

Luis Buñuel llegó a México en 1946, casi veinte años después de haber estremecido al mundo con sus filmes surrealistas Un perro andaluz (1928) y La edad de oro (1930). Su llegada a nuestro país no causó gran revuelo, pues se consideraba a Buñuel como un cineasta que había agotado pronto sus capacidades.

Después de dos incursiones en el cine comercial, Buñuel sorprendió de nueva cuenta al mundo con Los olvidados (1950), filme que lo volvió a colocar en el panorama internacional. A los 50 años de edad, Buñuel comenzó en México la etapa más fructífera de su filmografía, de la cual destacan títulos como Susana (Carne y demonio) (1950), Subida al cielo (1951), Él (1952), La ilusión viaja en tranvía (1953), Ensayo de un crimen (1955), Nazarín (1958) y El ángel exterminador (1962).

MASCARA CONTRA CABELLERA

Durante los primeros años de la televisión mexicana, la transmisión de la lucha libre convirtió a este deporte-espectáculo en uno de los más populares en México. El director Chano Urueta realizó el primer filme de luchadores: La bestia magnífica (1952) iniciando así un género que no ha tenido equivalente en la cinematografía mundial.

El cine de luchadores se popularizó enormemente entre los años cincuenta y sesenta. En poco tiempo, los nombres de El Santo, Blue Demon y el Mil Máscaras se integraron a la galería de estrellas del cine mexicano.

La popularidad de este género trascendió las fronteras de nuestro país, al grado de que en Francia se considera al cine de luchadores como un producto casi artístico. De hecho, la Cinemateca Francesa es la única en el mundo que posee la colección más grande de filmes de lucha libre fuera de México.

EL CINE INDEPENDIENTE

Los equipos de cine semi-profesionales (8 mm., 16 mm.) hicieron su entrada al mercado al mismo tiempo que el cine de Hollywood se complicaba con el cinemascope y el sonido estereofónico.

Esta tecnología -destinada principalmente al aficionado- pronto fue aprovechada por cineastas profesionales, quienes encontraban en ella una herramienta para poder hacer cine a bajo costo.

Sin ser una producción en un formato semi-profesional, Raíces (1953) de Benito Alazraki, significó la primera incursión del cine mexicano en una nueva forma de producción cinematográfica, independiente de las grandes compañías productoras.

La experiencia de Raíces (1953) fue muy importante, pues señaló el camino que habría de seguir el cine mexicano de calidad durante los sesenta. Frente a un cine burocratizado, estancado y tecnológicamente retrasado, los cineastas independientes representaron la opción de más calidad dentro del panorama cada vez más exiguo del cine nacional.

LOS INICIOS DE LA CRISIS

Estamos acostumbrados a hablar de la "crisis del cine mexicano" refiriéndonos exclusivamente a los años setenta y ochenta. Sin embargo, la tan llevada y traída crisis se inició varios años atrás.

A fines de los cincuenta, la crisis del cine mexicano no era sólo advertible para quienes conocían sus problemas económicos: el tono mismo de un cine cansado, rutinario y vulgar, carente de inventiva e imaginación evidenciaba el fin de una época (García Riera, 1986: 221).

El mundo cambiaba y con ello el cine que se hacía en otros países. La eliminación de la censura en Estados Unidos permitía un tratamiento más audaz y realista de muchos temas. En Francia, una joven generación de cineastas educados en la crítica cinematográfica iniciaba el movimiento de la nueva ola. En Italia, el neorrealismo había afirmado la carrera de varios cineastas. El cine sueco hacía su aparición con Bergman, al mismo tiempo que en Japón surgía Akira Kurosawa.

El cine mexicano, por su parte, se había estancado por líos burocráticos y sindicales. La producción se concentraba en pocas manos, y la posibilidad de ver surgir a nuevos cineastas era casi imposible, debido a las dificultades impuestas por la sección de directores del STPC. Tres de los estudios de cine más importantes desaparecieron entre 1957 y 1958: Tepeyac, Clasa Films y Azteca.

También en 1958, la Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas decidió descontinuar la práctica de entregar el premio Ariel a lo mejor del cine nacional. El Ariel había sido instituido en 1946, y su cancelación subrayaba el estado de crisis de la industria.

Al hacer del cine un asunto de interés nacional el gobierno mexicano, sin saberlo, estaba cavando la tumba de esta industria. En 1960, cuando el gobierno de Adolfo López Mateos compró las salas de Operadora de Teatros y de la Cadena de Oro -desbaratando así el monopolio de Jenkins- la etapa final de la producción cinematográfica quedó bajo control del Estado.

LOS AÑOS DEL CINE INDEPENDIENTE

A principios de los años sesenta, una nueva generación de críticos de cine mexicanos comenzó a hacer notar públicamente la necesidad de renovar las prácticas de una industria moribunda.

A diferencia de otros tiempos, los críticos de los sesenta no se sentían obligados a defender al cine mexicano por un simple nacionalismo. Lo realizado en Europa y otras latitudes colocaba al cine de nuestro país en un lugar muy desventajoso.

El público también había cambiado. Con más acceso a otros productos fílmicos y a la televisión, la clase media había abandonado al cine mexicano en favor de las películas hollywoodenses. Sectores de la población más sofisticados preferían las novedades de la vanguardia europea.

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) inició en los años sesenta un importante movimiento en favor del cine de calidad. La UNAM fue pionera en la creación de cineclubes en México y en 1963 fundó el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), primera escuela oficial de cine en nuestro país.

Dentro de ese panorama, surgió en México una importante corriente de cine independiente, cuyo primer antecedente había sido la experiencia de Raíces (1953). Un grupo de jóvenes críticos mexicanos y españoles -siguiendo un poco el ejemplo de sus colegas franceses- iniciaron este movimiento con la filmación de En el balcón vacío (1961), de Jomí García Ascot.

La experiencia de En el balcón vacío (1961) alentó la celebración, en 1965, del Primer Concurso de Cine Experimental de largometraje, convocado por la industria cinematográfica. De este concurso - y del segundo, en 1967- salieron nombres como Alberto Isaac, Juan Ibáñez, Carlos Enrique Taboada y Sergio Véjar, quienes desarrollarían parte importante de su carrera en los años setenta y ochenta.

UN CINE ALEJADO DEL PUBLICO

Experiencias como las del cine independiente, o el surgimiento de realizadores interesantes como Arturo Ripstein y Luis Alcoriza, si bien representaron una opción de calidad durante los años sesenta, también significaron un alejamiento entre el público mexicano y su mejor cine.

La popularidad de la televisión comenzó a formar en el público otros hábitos de diversión. La televisión, y en especial la telenovela, se convirtió en la opción natural de entretenimiento en México. La telenovela vino a sustituir al melodrama cinematográfico y una nueva generación de mujeres sufridas de la televisión (Irma Lozano, Silvia Derbez, Blanca Sánchez, María Rivas) sustituyó a sus antecesoras cinematográficas (Marga López, Rosario Granados, Libertad Lamarque).

El cine de los sesenta es recordado hoy por los subproductos que la industria comercializó en esos años: más cine de luchadores, los filmes de Mauricio Garcés, el surgimiento del "Piporro", las vaciladas de Viruta y Capulina y -muestra palpable del creciente arrastre del medio televisivo-, las versiones cinematográficas de telenovelas populares ("Chucho el Roto", "Gutierritos", "María Isabel", "Rubí").

En este panorama dominado por la antena televisiva, el cine de calidad quedó confinado a la pequeña sala del cineclub, a los oscuros festivales internacionales, y al prestigio dudoso de un cine que muy pocos vieron en la época en que fue realizado.

EL CINE DESPUÉS DEL 68, EL CINE DEL SEXENIO DE ECHEVERRIA

INTRODUCCION

En muchos aspectos de la vida del país, el cine incluido, 1968 representa un año clave para entender nuestra realidad actual. La efervescencia política que México experimentó a finales de los sesentas fue reflejo de los acelerados cambios que se presentaron en el mundo, al mismo tiempo que la manifestación de una gran inconformidad con el sistema político en el poder desde la Revolución.


Al asumir la presidencia en 1970, Luis Echeverría se enfrentó a un país completamente transformado en cuanto a sus expectativas de crecimiento. Una crisis profunda, en todos los niveles de la sociedad, comenzó a manifestarse abiertamente.

Un rasgo importante de la política de Echeverría fue la importancia concedida a los medios masivos de comunicación. Por primera vez en la historia política mexicana, el gobierno utilizó de manera sistemática al cine, la radio y la televisión como canales formales de comunicación nacional e internacional.

En 1972, a través de la paraestatal Somex, el gobierno mexicano adquirió el canal 13 de televisión. La radio también fue utilizada por el gobierno, mediante la compra de varias estaciones de radio. El cine experimentó una virtual estatización, algo único en un país no socialista (García Riera, 1986: 295).

La estatización del cine fue resultado de una cadena de circunstancias. El Banco Nacional Cinematográfico -fundado en 1947- recibió una inversión de mil millones de pesos con el objeto de modernizar el aparato técnico y administrativo del cine nacional. Esto dio paso, en 1975 a la creación de tres compañías productoras de cine, propiedad del Estado: Conacine, Conacite I y Conacite II.

Otras acciones del gobierno de Echeverría, encaminadas a mejorar la producción cinematográfica, fueron: la reconstitución de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas y de la entrega del Ariel, en 1972; la inauguración de la Cineteca Nacional, en 1974; y la creación del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), en 1975.

El cine mexicano producido de 1970 a 1976 es considerado, por muchos estudiosos de nuestra cinematografía, como uno de los mejores que se hayan hecho en nuestro país. Al respecto, Emilio García Riera señala:

"Nunca antes habían accedido tantos y tan bien preparados directores a la industria del cine, ni se había disfrutado de mayor libertad en la realización de un cine con ideas avanzadas." (García Riera, 1986: 285).

En general, el cine del sexenio de Echeverría puede considerarse como un cine crítico, incisivo, a veces demasiado preocupado por temas sociales y políticos. Por primera vez en la historia de nuestra cinematografía, la realidad social de la clase media se vio retratada en la pantalla. El cine de los setentas abandonó los antiguos clichés y se abocó a combinar la calidad con el éxito comercial.

El público mexicano respondió favorablemente a filmes como El castillo de la pureza (1972) de Arturo Ripstein, Canoa (1975) de Felipe Cazals, o La pasión según Berenice (1975) de Jaime Humberto Hermosillo. Se demostraba con ello que en México se podía hacer un cine maduro, que además tuviera éxito en taquilla.

Aparte de los ya mencionados Ripstein, Cazals y Hermosillo, otros directores importantes de esta época fueron: José Estrada, Jorge Fons, Marcela Fernández Violante, Juan Manuel Torres y Gonzalo Martínez. Entre los filmes, destacaron: El apando (1975) y Las Poquianchis (1976), ambas de Felipe Cazals; Los albañiles (1976) de Jorge Fons; El rincón de las vírgenes (1972) de Alberto Isaac y Actas de Marusia (1975) del chileno Miguel Littín.

1976-1982 LOS AÑOS DE “LAS FICHERAS”

Bastó un sexenio para que la industria cinematográfica apoyada por el Estado se desplomara, ante la inercia e indiferencia de los nuevos funcionarios encargados de continuar con la labor cinematográfica.

En 1976, el Presidente José López Portillo nombró a su hermana Margarita como Directora de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC). La labor de ésta al frente del destino de los medios de comunicación en México fue completamente desastrosa.

Con la idea de "propiciar un retorno al cine familiar" y "regresar a la Época de Oro", la administración de López Portillo desmanteló las estructuras de la industria cinematográfica estatal creadas un sexenio antes. Se trató de internacionalizar al cine mexicano trayendo a directores extranjeros a filmar a nuestro país. Se dejó de apoyar a los directores que habían producido filmes de éxito en el sexenio anterior. A final de cuentas, el presupuesto oficial para el cine mexicano desapareció en el mar de la deuda externa.

Mientras tanto, aprovechando un cambio favorable en las políticas de exhibición, surgió una nueva industria cinematográfica privada, la cual en pocos años se adueñó del mercado mexicano. Esta industria -caracterizada por producir películas de bajo costo, en muy poco tiempo y con nula calidad- prosperó y se enriqueció a lo largo de la década de los ochentas.

Bellas de noche (1974) y Las ficheras (1974), ambas dirigidas por Miguel M. Delgado, iniciaron la corriente del cine de ficheras, cabaret y albures. A diferencia de sus antecesoras, las rumberas, estas nuevas "damas de la noche" aprovecharon las modificaciones de la Ley de Censura Cinematográfica para prodigar desnudos y palabrotas.

La televisión privada también hizo su aparición en la industria del cine en México. El chanfle (1978), Milagro en el circo (1978), La ilegal (1979) y Nora la rebelde (1979) fueron los primeros intentos de Televisa por abarcar una nueva faceta en su creciente monopolio de los medios de comunicación en nuestro país.

EL CABRITO WESTERN

El cine producido en la frontera entre México y Estados Unidos -popularmente conocido como "cabrito western"- fue una manifestación interesante de los caminos que siguió la producción privada en los ochenta.

Utilizando las convenciones típicas del western americano, para ubicarlas en el ambiente contemporáneo del contrabando, los braceros y los traficantes de droga de la frontera norte del país -de ahí el sobrenombre- este género se popularizó rápidamente en la provincia mexicana.

El cine de la frontera se desarrolló gracias a la creación de una cultura fronteriza, mezcla de las realidades mexicana y norteamericana. Las historias cantadas en los populares "corridos norteños" pronto se vieron representadas en la pantalla. Por primera vez en muchos años, una producción cinematográfica importante se desarrolló fuera de los límites del Distrito Federal.

Independientemente de sus valores artísticos, o de la calidad de su producción, el cine fronterizo ha sido una manifestación de gran importancia cultural. Es un cine que refleja la realidad que vive un importante sector de la población mexicana. Filmes como Contrabando y traición (1976) de Arturo Martínez, Pistoleros famosos (1980) de José Loza Martínez, o El traficante (1983) de José Luis Urquieta, demostraron, en plena década de los ochenta, que el cine posee todavía la capacidad de hacer que el público llene las salas de exhibición, a pesar de ser películas de poca o nula calidad cinematográfica.

EL FONDO DE LA CRISIS

Al asumir la Presidencia en 1982, Miguel de la Madrid heredaba un país sumido en la más profunda de las crisis económicas y sociales. Al creciente aumento de la deuda externa se sumaron tragedias como la de la explosión en San Juan Ixhuatepec, en 1984, y el terremoto de la ciudad de México, en 1985. El gobierno mexicano se olvidó casi por completo del cine, una industria poco importante en tiempos de crisis.

Si la producción cinematográfica mexicana no se extinguió en esos años, fue debido al auge de la producción privada -plagada de ficheras y cómicos albureros- y por las escasas producciones independientes, que encontraron en el sistema cooperativo la forma de producir escasas muestras de cine de calidad.

Aún así, el estado del cine mexicano era poco menos que desastroso. De 1982 a 1988, prácticamente todas las películas ganadoras del Ariel fueron vistas exclusivamente por los miembros del jurado de la Academia. Escasas excepciones -como Frida, naturaleza viva (1983) de Paul Leduc, o Los motivos de Luz (1985) de Felipe Cazals- alcanzaron a ser exhibidas en cines comerciales.

La exhibición del cine mexicano se tornó en otro problema grave. Por un lado, la ley que obligaba a los exhibidores a destinar un cincuenta por ciento del tiempo de pantalla a películas nacionales nunca se cumplió cabalmente. Por otro, la mala calidad de los filmes mexicanos y el desinterés del público por verlos provocó que las escasas muestras de cine de calidad fueran exhibidas en salas de tercera categoría.

A pesar de este panorama desolador, es durante el sexenio de Miguel de la Madrid donde se pueden encontrar las raíces de la recuperación que ha experimentado el cine mexicano en años recientes.

En 1983, se creó el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), entidad pública encargada de encaminar al cine mexicano por la senda de la calidad. El IMCINE quedó supeditado a la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC) de la Secretaría de Gobernación hasta 1989, cuando pasó a ser coordinado por el nuevo Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA).

UNA NUEVA ESPERANZA

El traslado del IMCINE a otra entidad gubernamental representó algo más que un simple cambio de domicilio dentro de una burocracia. Al trasladar el control del cine al CONACULTA, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari estaba rompiendo con un esquema de más de cincuenta años de existencia en la relación cine-gobierno.

Al ser considerado al mismo nivel que la radio y la televisión, el control del cine había sido, ante todo, de carácter político. El paso del tiempo, y la complejidad de los medios audiovisuales de fin de siglo, han dejado claro que no es posible comparar medios de expresión de naturaleza distinta.

La radio y la televisión son, en esencia, medios de transmisión de señales. La regulación de las comunicaciones siempre ha sido un aspecto de importancia primordial para cualquier nación. La radio y la televisión, por su naturaleza, son comparables a la telefonía, la telegrafía, el tráfico aéreo y el correo.

El cine, desde sus orígenes, ha sido un medio de proyección de imágenes para el entretenimiento social. La manera en que el público se expone al medio cinematográfico es radicalmente distinta a la que usa para exponerse a los medios electrónicos. Asistir al cine es una actividad social que implica salir del hogar y exponerse conscientemente al medio. Escuchar la radio, o ver la televisión, son actividades que se llevan a cabo dentro del hogar, sin que la persona realice mucho esfuerzo para seleccionar el mensaje al cual exponerse.

De lo anterior se desprende que los mensajes transmitidos por radio y televisión son de una naturaleza diferente a los del cine. La radio y la televisión son medios que llegan directamente a los hogares del público; de ahí la necesidad social de establecer control sobre los contenidos de estos medios. El cine es una forma de expresión más libre en este sentido.

Al trasladar la supervisión del cine de la Secretaría de Gobernación al nuevo organismo para la cultura, el gobierno mexicano actuó de manera congruente con la naturaleza del medio cinematográfico. El cine está más relacionado con las actividades propias de un ministerio de cultura, que con las de una secretaría política. En países como Francia, España o Argentina, donde el cine está de algún modo supervisado por el gobierno, es el ministerio de cultura el encargado de llevar a cabo esta labor. Este cambio en la política gubernamental con respecto al cine ha permitido que, desde 1988, el futuro del cine mexicano se vislumbre con mayor esperanza.

Los objetivos que pretende cumplir el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, para apoyar a la industria cinematográfica son: crear circuitos alternos de exhibición para las películas mexicanas de calidad; apoyar el trabajo de las escuelas de cine; producir y coproducir una decena de películas al año; participar en festivales internacionales de cine; y conservar los estudios Churubusco y América (Aguilera, González, Rangel, Faz, 1991: 11).

Entre los logros alcanzados por el CONACULTA en materia de apoyo al cine, se encuentran: el estreno de La sombra del caudillo (1960) de Julio Bracho, filme que sufría un nunca confesado veto militar, lo cual había impedido su exhibición; la autorización para exhibir Rojo amanecer (1989) de Jorge Fons, filme que trata de manera directa los sucesos de Tlatelolco 68 y que parecía sufrir el mismo destino del filme de Bracho; la coproducción de diversos filmes que han destacado por su calidad; y, en 1992, la virtual liquidación de la Compañía Operadora de Teatros (COTSA), el monopolio público de la exhibición.

UN REENCUENTRO CON EL PUBLICO MEXICANO

A principios de agosto de 1992, la prensa capitalina de espectáculos anunció que Como agua Para chocolate (1992) de Alfonso Arau, había impuesto récord de permanencia en el cine "Latino" de la ciudad de México, una sala dedicada generalmente a exhibir películas norteamericanas. Al mismo tiempo, la prensa regiomontana anunció que este mismo filme era el más taquillero de lo que va del año en Monterrey.

Para el público mexicano de los noventa, títulos como La tarea (1990) de Jaime Humberto Hermosillo, Danzón (1991) de María Novaro, La mujer de Benjamín (1991) de Carlos Carrera, Sólo con tu pareja (1991) de Alfonso Cuarón, Cronos (1992) de Guillermo del Toro, o Miroslava (1993) de Alejandro Pelayo, poseen un significado de alta calidad, muy distinto al que se le atribuía al cine mexicano hace pocos años. Las nuevas películas mexicanas están haciendo que el cine vuelva a formar parte activa de la cultura de nuestro país.

En general, el cine mexicano está experimentado un feliz reencuentro con su público. La asistencia a las salas de cine para ver películas mexicanas ha aumentado considerablemente entre 1990 y 1992. La renta de estas mismas películas en videocassete ha sobrepasado las expectativas de los distribuidores de películas en video.

En muchos casos es el video -tan criticado por muchos- el que ha servido como embajador del nuevo cine mexicano. Como la exhibición de estas nuevas películas todavía sufre la carencia de salas adecuadas, la videocasetera ha participado activamente en este proceso de recuperación de mercado.

No se puede predecir cuánto tiempo durará este reencuentro. Lo que sí se puede afirmar es que la recuperación que está experimentando nuestra cinematografía refleja, en gran parte, el mismo fenómeno de recuperación que se manifiesta en todos los niveles de la vida nacional.

El cine, como medio de expresión artística, refleja el estado de la sociedad que lo produce. Un cine mexicano en ascenso es un buen síntoma del estado general de nuestro país.

1994: UNA NUEVA CRISIS

El cine, como medio de expresión artística, refleja el estado de la sociedad que lo produce. Un cine mexicano en ascenso significaba un buen síntoma del estado general de nuestro país. El grueso del texto anterior fue redactado en 1994, meses antes del descalabro económico más reciente en la azaroza historia moderna de México.

El desconcierto y la desilusión han sido estados de ánimo recurrentes en la población mexicana durante los últimos tres años. De la euforia salinista se pasó, en cuestión de días, al reencuentro con tormentosos fantasmas aparentemente exorcizados: pobreza, desempleo, inflación, retroceso, marginación e inseguridad.

El impacto de estos fenómenos sociales en la cinematografía mexicana aún no se percibe en toda su magnitud. De 1993 a 1996, el cine nacional no sólo recuperó la confianza de su público, sino también la de los productores, distribuidores y exhibidores, quienes se atrevieron a apostar a favor de una industria frágil y relativamente poco rentable. El éxito internacional de cineastas como Arturo Ripstein, Alfonso Arau, Alfonso Cuarón y María Novaro alentó la esperanza de que, por primera vez en la historia, nuestra cinematografía pudiera sobrevivir dignamente a pesar de los embates de la crisis económica.

Este optimismo no es compartido por todos los que participan, directa o indirectamente, en la creación cinematográfica en México. Para María Novaro, directora de Danzón (1991) y El jardín del edén (1994), la situación futura de la producción nacional de cine se vislumbra difícil:

"En 1995 solamente se produjeron dos largometrajes con apoyo del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), contra 16 en 1991. Los criterios de selección han cambiado y el apoyo financiero es menor al de hace algunos años." (Novaro, 1996).

La reducción del financiamiento al cine se ha extendido a las entidades privadas que recientemente habían comenzado a variar sus esquemas de producción para apoyar a filmes de buena calidad. Fundada en 1978 como filial de la poderosa empresa de medios de comunicación denominada Televisa -y con un prestigio poco menos que inexistente- Televicine inició en 1994 una política destinada a producir cine de mayor calidad, con mayores recursos, sin por ello eliminar los proyectos económicamente rentables como la serie titulada La Risa en Vacaciones, iniciada en 1989. De esta política han surgido títulos como Sin remitente (1995) de Carlos Carrera, Salón México (1995) de José Luis García Agraz, Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (1995) de Sabina Berman e Isabelle Tardán, y Sobrenatural (1995) de Daniel Gruener, los cuáles alcanzaron éxito entre el público y la crítica. A pesar de lo anterior, Televicine ha cambiado recientemente de administración y es muy probable que esto afecte a las políticas establecidas anteriormente.

1995: EL TALENTO EMIGRANTE

El éxito internacional de las películas mexicanas se ha convertido paradójicamente en un "arma de dos filos" para el futuro de la cinematografía nacional. Luego del enorme éxito internacional de Como agua para chocolate (1992), su director Alfonso Arau inició una exitosa carrera como realizador en la industria hollywoodense. El razonable éxito económico de su primera producción norteamericana Un paseo por las nubes (A Walk in the Clouds, 1995) le garantizó un lugar en la industria de aquel país y su consecuente ausencia del cine mexicano. La misma situación se repite con Alfonso Cuarón, director de Sólo con tu pareja (1991) y con el cine-fotógrafo Emmanuel Lubezki, quienes han tratado de combinar, con grandes dificultades, sus carreras en ambas naciones. El caso más antiguo de esta ola emigrante lo representa Luis Mandoki, director de la medianamente exitosa Motel (1983), quien desde 1987 ha desarrollado su carrera en los Estados Unidos.

Otro aspecto preocupante es la ausencia de nuevos rostros en el panorama cinematográfico mexicano. A pesar de la aparición de nuevos directores como Roberto Sneider (Dos crímenes, 1995) y Juan Carlos de Llaca (En el aire, 1995) el grueso de la producción nacional ha estado en manos de las generaciones surgidas en los setentas y ochentas (María Novaro, Busi Cortés, José Luis García Agraz, Carlos Carrera, Luis Estrada y Gabriel Retes, entre otros). El cineasta mexicano más prolífico y apreciado por la crítica internacional en los últimos años, Arturo Ripstein, inició su carrera en 1965, y el director de la aclamada El callejón de los milagros (1995), Jorge Fons, tiene casi treinta años en la industria.

Los actores de cine se cuentan con los dedos de la mano. No hay película mexicana reciente que no incluya alguno o varios de los siguientes nombres: María Rojo, Blanca Guerra, Demián Bichir, Bruno Bichir, Gabriela Roel, José Carlos Ruiz, Delia Casanova, Luis Felipe Tovar, Alberto Estrella, Gina Morett, Patricia Reyes Spíndola, Alonso Echánove, Margarita Isabel o Luisa Huertas. Si bien es un reparto amplio, las posibilidades de combinación son finitas

1996: CIEN AÑOS DE CINE MEXICANO

¿Qué se puede esperar de una cinematografía que cumple cien años en condiciones tan difíciles? Sin lugar a dudas, que siga existiendo para siempre. El cine mexicano ha logrado un lugar muy importante entre las cinematografías de mayor influencia en el mundo. Ha creado estilos, géneros, estrellas e imágenes que se han quedado para siempre en la pantalla interna de nuestra imaginación. Al lado del rostro de Charles Chaplin, o de la eterna Marilyn Monroe, estarán presentes, para toda la vida, la mirada penetrante de Pedro Armendáriz, el rostro perfecto de Dolores del Río, la altivez majestuosa de María Félix y la inolvidable voz de "Cantinflas".

Para quienes amamos al cine mexicano, no podemos menos que desear que este centenario sea un principio, más que un fin. El inicio de otro siglo con sus épocas de oro, sus altibajos, sus ilusiones y desilusiones, sus fracasos y triunfos. El mejor regalo que le podemos dar a este cine nuestro es, sin lugar a dudas, tenerlo para siempre en nuestra cultura como parte esencial de aquello que nos define como mexicanos.

EL ACTUAL CINE NACIONAL

Desde mediados de los noventa el cine nacional ha iniciado una marcha vertiginosa en todos sentidos incluyendo, para beneficio de todos, calidad, gracias a esto se ha logrado colocar en el gusto del publico con una serie de cintas, inteligentes, vanguardistas, que tienen que ver con la realidad del mexicano contemporáneo, evitando ficciones banales que no tienen nada que ver con lo que realmente es México

Estas últimas películas realizadas no pueden considerarse en un conteo final de lo mejor o de los clásicos de nuestro cine y esto se debe a que, a pesar de que ha habido varios éxitos comprobados en taquilla, aun están muy frescos en la memoria y no se puede delimitar los lineamientos para saber si en realidad dejaran una profunda huella marcada en los cinéfilos nacionales.

El actual cine mexicano, ha obtenido el auspicio de las casas productoras extranjeras con los que se espera siga mejorando la calidad y cantidad del cine nacional para que con esto se pueda dar esa internacionalización que tanto se espera, y que ya ha comenzado con la exitosa película nominada al Oscar “Amores Perros”, la cual ha ganado un sin fin de premio internacionales.

A ultimas fechas se ha hablado de que se vislumbra una nueva Epoca de Oro del cine nacional y como se menciono en días pasados en la Secretaria de Gobernación, ante personalidades de la política y de el medio cinematográfico de el país, se espera que la nueva administración apoye en diferentes sentidos a la producción cinematográfica nacional para que vengan épocas de productividad en este ámbito tan hermoso como lo es el cine.

Las 100 mejores películas del cine mexicano:

  • Los olvidados (1950) de Luis Buñuel

  • Vámonos con Pancho Villa (1935) de Fernando de Fuentes

  • El compadre Mendoza (1933) de Fernando de Fuentes

  • Aventurera (1949) de Alberto Gout

  • Una familia de tantas (1948) de Alejandro Galindo

  • Nazarín (1958) de Luis Buñuel

  • Él (1952) de Luis Buñuel

  • La mujer del puerto (1933) de Arcady Boytler

  • El lugar sin límites (1977) de Arturo Ripstein

  • Ahí está el detalle (1940) de Juan Bustillo Oro

  • Campeón sin corona (1945) de Alejandro Galindo

  • Enamorada (1946) de Emilio Fernández

  • Pueblerina (1948) de Emilio Fernández

  • Canoa (1975) de Felipe Cazals

  • Los hermanos Del Hierro (1961) de Ismael Rodríguez

  • El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel

  • Cadena perpetua (1978) de Arturo Ripstein

  • El rey del barrio (1949) de Gilberto Martínez Solares

  • El esqueleto de la señora Morales (1959) de Rogelio A. González

  • Víctimas del pecado (1950) de Emilio Fernández

  • Tiburoneros (1962) de Luis Alcoriza

  • Distinto amanecer (1943) de Julio Bracho

  • Río Escondido (1947) de Emilio Fernández

  • La oveja negra (1949) de Ismael Rodríguez

  • La otra (1946) de Roberto Gavaldón

  • Reed, México insurgente (1970) de Paul Leduc

  • Nosotros los pobres (1947) de Ismael Rodríguez

  • Salón México (1948) de Emilio Fernández

  • Doña Perfecta (1950) de Alejandro Galindo

  • Flor silvestre (1943) de Emilio Fernández

  • La pasión según Berenice (1975) de Jaime Humberto Hermosillo

  • La sombra del caudillo (1960) de Julio Bracho

  • Calabacitas tiernas (1948) de Gilberto Martínez Solares

  • Dos tipos de cuidado (1952) de Ismael Rodríguez

  • El vampiro (1957) de Fernando Méndez

  • La barraca (1944) de Roberto Gavaldón

  • María Candelaria (1943) de Emilio Fernández

  • El suavecito (1950) de Fernando Méndez

  • La diosa arrodillada (1947) de Roberto Gavaldón

  • Los confines (1987) de Mitl Valdez

  • El gallo de oro (1964) de Roberto Gavaldón

  • El Topo (1969) de Alexandro Jodorowsky

  • Sensualidad (1950) de Alberto Gout

  • El grito (1968) de Leobardo López Aretche

  • Danzón (1991) de María Novaro

  • Susana (Carne y demonio) (1950) de Luis Buñuel

  • Ensayo de un crimen (1955) de Luis Buñuel

  • Tlayucan (1961) de Luis Alcoriza

  • Ladrón de cadáveres (1956) de Fernando Méndez

  • Frida, naturaleza viva (1983) de Paul Leduc

  • Los tres huastecos (1948) de Ismael Rodríguez

  • El bulto (1991) de Gabriel Retes

  • María de mi corazón (1979) de Jaime Humberto Hermosillo

  • La noche avanza (1951) de Roberto Gavaldón

  • ATM (A toda máquina) (1951) de Ismael Rodríguez

  • Como agua para chocolate (1992) de Alfonso Arau

  • México de mis recuerdos (1943) de Juan Bustillo Oro

  • Los caifanes (1966) de Juan Ibáñez

  • Macario (1959) de Roberto Gavaldón

  • El apando (1975) de Felipe Cazals

  • Cabeza de Vaca (1990) de Nicolás Echevarría

  • Juego de mentiras (1967) de Archibaldo Burns

  • Rosauro Castro (1950) de Roberto Gavaldón

  • Esquina bajan...! (1948) de Alejandro Galindo

  • Doña Herlinda y su hijo (1984) de Jaime Humberto Hermosillo

  • Torero (1956) de Carlos Velo

  • Santa (1931) de Antonio Moreno

  • Gángsters contra charros (1947) de Juan Orol

  • La mujer de Benjamín (1991) de Carlos Carrera

  • En la palma de tu mano (1950) de Roberto Gavaldón

  • Matinée (1976) de Jaime Humberto Hermosillo

  • Amor a la vuelta de la esquina (1985) de Alberto Cortés

  • Doña Diabla (1949) de Tito Davison

  • Mecánica nacional (1971) de Luis Alcoriza

  • Doña Bárbara (1943) de Fernando de Fuentes

  • Los motivos de Luz (1985) de Felipe Cazals

  • Cronos (1992) de Guillermo del Toro

  • Ángel de fuego (1991) de Dana Rotberg

  • Luponini (El terror de Chicago) (1935) de José Bohr

  • La perla (1945) de Emilio Fernández

  • Nocaut (1983) de José Luis García Agraz

  • Santa (1943) de Norman Foster y Alfredo Gómez de la Vega

  • Los tres García (1946) de Ismael Rodríguez

  • Águila o sol (1937) de Arcady Boytler

  • El baisano Jalil (1942) de Joaquín Pardavé

  • Janitzio (1934) de Carlos Navarro

  • Sólo con tu pareja (1991) de Alfonso Cuarón

  • Viento negro (1964) de Servando González

  • Allá en el Rancho Grande (1936) de Fernando de Fuentes

  • Historia de un gran amor (1942) de Julio Bracho

  • Escuela de vagabundos (1954) de Rogelio A. González

  • La malquerida (1949) de Emilio Fernández

  • Las abandonadas (1944) de Emilio Fernández

  • Dos monjes (1934) de Juan Bustillo Oro

  • La ilusión viaja en tranvía (1953) de Luis Buñuel

  • La Cucaracha (1958) de Ismael Rodríguez

  • Espaldas mojadas (1953) de Alejandro Galindo

  • El automóvil gris (1919) de Enrique Rosas, Joaquín Coss y Juan Canals de Homs

  • Una carta de amor (1943) de Miguel Zacarías

  • Naufragio (1977) de Jaime Humberto Hermosillo

  • LA MEJOR PELÍCULA MEXICANA

    Los olvidados (1950)

    México, Blanco y Negro

    Una producción de:

    Ultramar Films

    Género:

    Drama social

    Duración:

    80 min.

    Sonido:

    Monoaural

    Dirección:

    Luis Buñuel

    Asistente de Dirección:

    Ignacio Villarreal; repetidor de diálogos: José de Jesús Aceves

    Producción:

    Óscar Dancigers y Jaime Menasce; gerente de producción: Federico Amérigo; administrador: Antonio de Salazar; jefe de producción: Fidel Pizarro

    Guión:

    Luis Buñuel y Luis Alcoriza; colaboración sin crédito: Juan Larrea; diálogos: Max Aub y Pedro de Urdimalas (Jesús Camacho)

    Fotografía:

    Gabriel Figueroa; operador de cámara: Ignacio Romero

    Escenografía:

    Edward Fitzgerald

    Maquillaje:

    Armando Meyer

    Edición:

    Carlos Savage y Luis Buñuel (sin crédito)

    Sonido:

    José B. Carles y Jesús González Gancy

    Música:

    Rodolfo Halffter, sobre temas originales de Gustavo Pittaluga


    Reparto:

    Stella Inda

    ....

    Madre de Pedro

    Miguel Inclán

    ....

    Don Carmelo, el ciego

    Alfonso Mejía

    ....

    Pedro

    Roberto Cobo

    ....

    el Jaibo

    Alma Delia Fuentes

    ....

    Meche

    Francisco Jambrina

    ....

    Director de la escuela granja

    Jesús García Navarro

    ....

    Padre de Julián

    Efraín Arauz

    ....

    Cacarizo

    Jorge Pérez

    ....

    Pelón

    Javier Amézcua

    ....

    Julián

    Mario Ramírez

    ....

    Ojitos

    Juan Villegas

    ....

    Abuelo del Cacarizo

    Héctor López Portillo

    ....

    Juez

    Ángel Merino

    ....

    Carlos, ayudante del director

    Daniel Corona

    ....

    Golfo 1

    Roberto Navarrete

    ....

    Golfo 2

    Antonio Martínez

    ....

    Chamaquito

    Ramón Martínez

    ....

    Nacho, hermano de Pedro

    Antulio Jiménez Pons

    ....

    Chicharronero

    Diana Ochoa

    ....

    Madre del Cacarizo

    Salvador Quiroz

    ....

    Dueño de la herrería

    Humberto Mosti

    ....

    Corrigendo

    José Moreno Fuentes

    ....

    Policía

    José Loza

    ....

    Asilado 1

    Rubén Campos

    ....

    Asilado 2

    José López

    ....

    Asilado 3

    Ignacio Solórzano

    ....

    Feriante

    Victorio Blanco

    ....

    Viejo del mercado

    Ramón Sánchez

    ....

    Vendedor de tortas

    Francisco Muller

    ....

    Mendoza

    Enedina Díaz de León

    ....

    Tortillera

    Charles Rooner

    ....

    Pederasta elegante

    Ernesto Alonso

    ....

    Voz al comienzo de la película

    Inés Murillo

    Rosa Pérez

    Patricia Jiménez Pons

    Miguel Funes, Jr.

    José Luis Echeverría


    Sinopsis:
    El Jaibo, un adolescente, escapa de la correccional y se reune en el barrio con sus amigos. Junto con Pedro y otro niño, trata de asaltar a Don Carmelo. Días después, el Jaibo mata en presencia de Pedro al muchacho que supuestamente tuvo la culpa de que lo enviaran a la correccional. A partir de este incidente, los destinos de Pedro y de el Jaibo estarán trágicamente unidos.

    Comentario:
    Luis Buñuel ha sido, sin lugar a dudas, el realizador más importante del cine de habla hispana. Su trayectoria artística -32 películas filmadas en cincuenta años de carrera- es una de las más importantes y prolíficas de la cinematografía mundial. Los olvidados es considerada la película que volvió a colocar a Buñuel en la escena internacional, luego de que su impresionante debut fue seguido por dos décadas de relativa obscuridad.

    El éxito comercial de El gran calavera (1949) motivó al productor Óscar Dancigers a proponerle a Buñuel una nueva colaboración, esta vez con mayores ambiciones artísticas. "Vamos a hacer juntos una verdadera película. Busquemos el tema."

    Buñuel se le había adelantado, aunque su proyecto no pretendía ser más que un melodrama convencional. Junto con el escritor Juan Larrea, el director había escrito el argumento titulado "¡Mi huerfanito jefe!" sobre un niño vendedor de billetes de lotería. Al leerlo, Dancigers opinó que no estaba mal, pero que estaba dispuesto a hacer algo más serio: "una historia sobre los niños pobres de México."

    Animado por el apoyo de Dancigers, Buñuel dedicó varios meses a investigar el ambiente y las condiciones de vida de los barrios pobres de la capital mexicana. La colaboración del escritor español Jesús Camacho -mejor conocido como Pedro de Urdimalas- fue esencial para recuperar el habla popular mexicana en los diálogos de la cinta. Camacho había escrito los chispeantes y coloridos diálogos de Nosotros los pobres (1947) y Ustedes los ricos (1947) dos de las películas más célebres del cine mexicano.

    Los olvidados es, por su temática y por la naturalidad de sus actores, una película engañosamente realista. Filmada durante el apogeo de la corriente neorrealista -que propugnaba por un cine casi documental en el que los actores fuesen gente común y los escenarios fueran reales- Los olvidados fue tomada equivocadamente como una cinta semejante a Roma, ciudad abierta (1945) de Roberto Rossellini o Ladrones de bicicletas (1947) de Vittorio de Sica.

    Sin embargo, el filme de Buñuel mantiene muchos de los elementos que lo convirtieron en el cineasta surrealista por excelencia. Los olvidados es un filme acerca de la fatalidad del destino. Es una película sobre lo absurdo e irracional de la vida misma. Los deseos ocultos, los sueños y las pasiones son los elementos que mantienen vivos a los personajes del filme.

    La cinta de Buñuel es, por otra parte, una de las aportaciones más importantes que ha dado Latinoamérica al cine mundial. Si el cine es considerado un arte, mucho se debe a la obra de genios como Luis Buñuel y a filmes como Los olvidados.

    LAS OBRAS DEL CINE NACIONAL QUE NO HAY QUE DEJAR DE VER

    Cortometrajes silentes:

    Un duelo a pistola en el Bosque de Chapultepec (1896) de Gabriel Veyre y Claude Ferdinand Bon Bernard

    El san lunes del valedor o El san lunes del velador (1906) de Manuel Noriega

    Aventuras de Tip Top en Chapultepec (1907) de Felipe de Jesús Haro

    El grito de Dolores o La independencia de México (1907) de Felipe de Jesús Haro

    El rosario de Amozoc (1909) de Enrique Rosas

    El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart (1912) de los Hermanos Alva

    Largometrajes silentes:

    1810 ó ¡los libertadores de México! (1916) de Manuel Cirerol Sansores

    Alma de sacrificio (1917) de Joaquín Coss

    El amor que triunfa (1917) de Manuel Cirerol Sansores

    En defensa propia (1917) de Joaquín Coss

    La luz, tríptico de la vida moderna (1917) de J. Jamet (Manuel de la Bandera o Ezequiel Carrasco)

    La soñadora (1917) de Eduardo Arozamena y Enrique Rosas

    Tabaré (1917) de Luis Lezama

    La Tigresa (1917) de Mimí Derba

    Tepeyac (1917) de José Manuel Ramos, Carlos E. González y Fernando Sáyago

    Triste crepúsculo (1917) de Manuel de la Bandera

    Santa (1918) de Luis G. Peredo

    Venganza de bestia o Xandaroff (1918) de Carlos Martínez de Arredondo

    El automóvil gris (1919) de Enrique Rosas, Joaquín Coss y Juan Canals de Homs

    La banda del automóvil o La dama enlutada (1919) de Ernesto Vollrath

    Cuauhtémoc (1919) de Manuel de la Bandera

    La llaga (1919) de Luis G. Peredo

    Viaje redondo (1919) de José Manuel Ramos

    Hasta después de la muerte (1920) de Ernesto Vollrath

    El Zarco o Los Plateados (1920) de José Manuel Ramos

    El caporal (1921) de Miguel Contreras Torres

    De raza azteca (1921) de Guillermo "Indio" Calles y Miguel Contreras Torres

    En la hacienda (1921) de Ernesto Vollrath

    Fanny o El robo de veinte millones (1922) de Manuel Sánchez Valtierra

    El hombre sin patria (1922) de Miguel Contreras Torres

    La parcela (1922) de Ernesto Vollrath

    Almas tropicales (1923) de Manuel R. Ojeda y Miguel Contreras Torres

    Atavismo (1923) de Gustavo Sáenz de Sicilia

    El hijo de la loca (1923) de José S. Ortiz

    Aguiluchos mexicanos (1924-29) de Miguel Contreras Torres y Gustavo Sáenz de Sicilia

    Un drama en la aristocracia (1924) de Gustavo Sáenz de Sicilia

    El buitre (1925) de Gabriel García Moreno

    Tras las bambalinas del Bataclán (1925) de William P. S. Earle

    Del rancho a la capital (1926) de Eduardo Urriola

    El indio yaqui (1926) de Guillermo "Indio" Calles

    Una catástrofe en el mar (1927) de Eduardo Urriola

    El puño de hierro (1927) de Gabriel García Moreno

    Raza de bronce (1927) de Guillermo "Indio" Calles

    El tren fantasma (1927) de Gabriel García Moreno

    La boda de Rosario (1928) de Gustavo Sáenz de Sicilia

    El secreto de la abuela (1928) de Cándida Beltrán Rendón

    Sol de gloria (1928) de Guillermo "Indio" Calles

    Santa (1931) de Antonio Moreno

    El compadre Mendoza (1933) de Fernando de Fuentes

    La mujer del puerto (1933) de Arcady Boytler

    Dos monjes (1934) de Juan Bustillo Oro

    Janitzio (1934) de Carlos Navarro

    Mujeres sin alma (1934) de Ramón Peón

    Luponini (El terror de Chicago) (1935) de José Bohr

    Más allá de la muerte (1935) de Adela Sequeyro

    Vámonos con Pancho Villa (1935) de Fernando de Fuentes

    Clásicos de la Época de Oro:

    Allá en el Rancho Grande (1936) de Fernando de Fuentes

    Águila o sol (1937) de Arcady Boytler

    La mujer de nadie (1937) de Adela Sequeyro

    Diablillos de arrabal (1938) de Adela Sequeyro

    Ahí está el detalle (1940) de Juan Bustillo Oro

    El baisano Jalil (1942) de Joaquín Pardavé

    Historia de un gran amor (1942) de Julio Bracho

    Una carta de amor (1943) de Miguel Zacarías

    Distinto amanecer (1943) de Julio Bracho

    Doña Bárbara (1943) de Fernando de Fuentes

    Flor silvestre (1943) de Emilio Fernández

    María Candelaria (1943) de Emilio Fernández

    México de mis recuerdos (1943) de Juan Bustillo Oro

    Santa (1943) de Norman Foster y Alfredo Gómez de la Vega

    Las abandonadas (1944) de Emilio Fernández

    La barraca (1944) de Roberto Gavaldón

    Campeón sin corona (1945) de Alejandro Galindo

    La perla (1945) de Emilio Fernández

    Enamorada (1946) de Emilio Fernández

    Gran Casino (1946) de Luis Buñuel

    La otra (1946) de Roberto Gavaldón

    Los tres García (1946) de Ismael Rodríguez

    La diosa arrodillada (1947) de Roberto Gavaldón

    Gángsters contra charros (1947) de Juan Orol

    Nosotros los pobres (1947) de Ismael Rodríguez

    Río Escondido (1947) de Emilio Fernández

    Calabacitas tiernas (1948) de Gilberto Martínez Solares

    Esquina bajan...! (1948) de Alejandro Galindo

    Una familia de tantas (1948) de Alejandro Galindo

    Pueblerina (1948) de Emilio Fernández

    Salón México (1948) de Emilio Fernández

    Los tres huastecos (1948) de Ismael Rodríguez

    Aventurera (1949) de Alberto Gout

    Doña Diabla (1949) de Tito Davison

    El gran calavera (1949) de Luis Buñuel

    La malquerida (1949) de Emilio Fernández

    La oveja negra (1949) de Ismael Rodríguez

    El rey del barrio (1949) de Gilberto Martínez Solares

    Doña Perfecta (1950) de Alejandro Galindo

    En la palma de tu mano (1950) de Roberto Gavaldón

    Los olvidados (1950) de Luis Buñuel

    Rosauro Castro (1950) de Roberto Gavaldón

    Sensualidad (1950) de Alberto Gout

    El suavecito (1950) de Fernando Méndez

    Susana (Carne y demonio) (1950) de Luis Buñuel

    Víctimas del pecado (1950) de Emilio Fernández

    ATM (A toda máquina) (1951) de Ismael Rodríguez

    La hija del engaño (1951) de Luis Buñuel

    Una mujer sin amor (1951) de Luis Buñuel

    La noche avanza (1951) de Roberto Gavaldón

    Subida al cielo (1951) de Luis Buñuel

    Dos tipos de cuidado (1952) de Ismael Rodríguez

    El bruto (1952) de Luis Buñuel

    Él (1952) de Luis Buñuel

    Robinson Crusoe (Adventures of Robinson Crusoe) (1952) de Luis Buñuel

    Abismos de pasión (1953) de Luis Buñuel

    Espaldas mojadas (1953) de Alejandro Galindo

    La ilusión viaja en tranvía (1953) de Luis Buñuel

    Escuela de vagabundos (1954) de Rogelio A. González

    El río y la muerte (1954) de Luis Buñuel

    Ensayo de un crimen (1955) de Luis Buñuel

    El inocente (1955) de Rogelio A. González

    Ladrón de cadáveres (1956) de Fernando Méndez

    La muerte en este jardín (La mort en ce jardin) (1956) de Luis Buñuel

    Torero (1956) de Carlos Velo

    El vampiro (1957) de Fernando Méndez

    El cine mexicano de Luis Buñuel:

    Gran Casino (1946)

    El gran calavera (1949)

    Susana (Carne y demonio) (1950)

    Los olvidados (1950)

    Subida al cielo (1951)

    Una mujer sin amor (1951)

    La hija del engaño (1951)

    Robinson Crusoe (Adventures of Robinson Crusoe) (1952)

    El bruto (1952)

    Él (1952)

    La ilusión viaja en tranvía (1953)

    Abismos de pasión (1953)

    El río y la muerte (1954)

    Ensayo de un crimen (1955)

    La muerte en este jardín (La mort en ce jardin) (1956)

    Nazarín (1958)

    Los ambiciosos (La fièvre monte à El Pao) (1959)

    La joven (The Young One) (1960)

    Viridiana (1961)

    El ángel exterminador (1962)

    Simón del desierto (1965)

    El cine de transición:

    La Cucaracha (1958) de Ismael Rodríguez

    Nazarín (1958) de Luis Buñuel

    El esqueleto de la señora Morales (1959) de Rogelio A. González

    Los ambiciosos (La fièvre monte à El Pao) (1959) de Luis Buñuel

    Macario (1959) de Roberto Gavaldón

    La joven (The Young One) (1960) de Luis Buñuel

    La sombra del caudillo (1960) de Julio Bracho

    Los hermanos Del Hierro (1961) de Ismael Rodríguez

    Tlayucan (1961) de Luis Alcoriza

    Viridiana (1961) de Luis Buñuel

    El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel

    Tiburoneros (1962) de Luis Alcoriza

    El gallo de oro (1964) de Roberto Gavaldón

    Viento negro (1964) de Servando González

    Simón del Desierto (1965) de Luis Buñuel

    Tiempo de morir (1965) de Arturo Ripstein

    Los caifanes (1966) de Juan Ibáñez

    Sólo para tí (1966) de Ícaro Cisneros Rivera

    5 de chocolate y 1 de fresa (1967) de Carlos Velo

    Juego de mentiras (1967) de Archibaldo Burns

    El grito (1968) de Leobardo López Aretche

    Alguien nos quiere matar (1969) de Carlos Velo

    El Topo (1969) de Alexandro Jodorowsky

    El cine del sexenio de Echeverría:

    Reed, México insurgente (1970) de Paul Leduc

    Ya se quién eres (Te he estado observando) (1970) de José Agustín

    Mecánica nacional (1971) de Luis Alcoriza

    La verdadera vocación de Magdalena (1971) de Jaime Humberto Hermosillo

    El castillo de la pureza (1972) de Arturo Ripstein

    Presagio (1974) de Luis Alcoriza

    El apando (1975) de Felipe Cazals

    Canoa (1975) de Felipe Cazals

    La pasión según Berenice (1975) de Jaime Humberto Hermosillo

    Matinée (1976) de Jaime Humberto Hermosillo

    Las Poquianchis (1976) de Felipe Cazals

    El cine de los años difíciles:

    Los indolentes (1977) de José Estrada

    El lugar sin límites (1977) de Arturo Ripstein

    Naufragio (1977) de Jaime Humberto Hermosillo

    Amor libre (1978) de Jaime Humberto Hermosillo

    El año de la peste (1978) de Felipe Cazals

    A paso de cojo (1978) de Luis Alcoriza

    Cadena perpetua (1978) de Arturo Ripstein

    El infierno de todos tan temido (1979) de Sergio Olhovich

    Llámenme Mike (1979) de Alfredo Gurrola

    María de mi corazón (1979) de Jaime Humberto Hermosillo

    Bajo la metralla (1982) de Felipe Cazals

    Frida, naturaleza viva (1983) de Paul Leduc

    Nocaut (1983) de José Luis García Agraz

    Doña Herlinda y su hijo (1984) de Jaime Humberto Hermosillo

    Veneno para las hadas (1984) de Carlos Enrique Taboada

    Vidas errantes (1984) de Juan Antonio de la Riva

    Amor a la vuelta de la esquina (1985) de Alberto Cortés

    El imperio de la fortuna (1985) de Arturo Ripstein

    Los motivos de Luz (1985) de Felipe Cazals

    Los confines (1987) de Mitl Valdez

    Mariana Mariana (1987) de Alberto Isaac

    Mentiras piadosas (1988) de Arturo Ripstein

    Largometrajes mexicanos de los noventa:

    La leyenda de una máscara (1989) de José Buil

    Lola (1989) de María Novaro

    Rojo amanecer (1989) de Jorge Fons

    Bandidos (1990) de Luis Estrada

    Cabeza de Vaca (1990) de Nicolás Echevarría

    Ciudad de ciegos (1990) de Alberto Cortés

    Cómodas mensualidades (1990) de Julián Pastor

    El secreto de Romelia (1990) de Busi Cortés

    La tarea (1990) de Jaime Humberto Hermosillo

    Pueblo de madera (1990) de Juan Antonio de la Riva

    Ángel de fuego (1991) de Dana Rotberg

    El bulto (1991) de Gabriel Retes

    Danzón (1991) de María Novaro

    Gertrudis Bocanegra (1991) de Ernesto Medina

    Mi querido Tom Mix (1991) de Carlos García Agraz

    La mujer de Benjamín (1991) de Carlos Carrera

    Playa azul (1991) de Alfredo Joskowicz

    Retorno a Aztlán (1991) de Juan Mora Catlett

    Sólo con tu pareja (1991) de Alfonso Cuarón

    Anoche soñé contigo (1992) de Marisa Sistach

    Los años de Greta (1992) de Alberto Bojórquez

    Como agua para chocolate (1992) de Alfonso Arau

    Cronos (1992) de Guillermo del Toro

    Lolo (1992) de Francisco Athié

    Modelo antiguo (1992) de Raúl Araiza

    El patrullero (1992) de Alex Cox

    Serpientes y escaleras (1992) de Busi Cortés

    Un año perdido (1993) de Gerardo Lara

    Kino: la leyenda del padre negro (1993) de Felipe Cazals

    En medio de la nada (1993) de Hugo Rodríguez

    Miroslava (1993) de Alejandro Pelayo

    Novia que te vea (1993) de Guita Schyfter

    Principio y fin (1993) de Arturo Ripstein

    La vida conyugal (1993) de Carlos Carrera

    Ámbar (1994) de Luis Estrada

    Bienvenido-Welcome (1994) de Gabriel Retes

    Desiertos mares (1994) de José Luis García Agraz

    Hasta morir (1994) de Fernando Sariñana

    El jardín del edén (1994) de María Novaro

    Mujeres insumisas (1994) de Alberto Isaac

    La reina de la noche (1994) de Arturo Ripstein

    Sucesos distantes (1994) de Guita Schyfter

    Los vuelcos del corazón (1994) de Mitl Valdez

    El callejón de los milagros (1995) de Jorge Fons

    Dos crímenes (1995) de Roberto Sneider

    Dulces compañías (1995) de Óscar Blancarte

    En el aire (1995) de Juan Carlos de Llaca

    Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (1995) de Sabina Berman e Isabelle Tardán

    La orilla de la tierra (1995) de Ignacio Ortiz Cruz

    Reclusorio (1995) de Ismael Rodríguez

    Salón México (1995) de José Luis García Agraz

    Sin remitente (1995) de Carlos Carrera

    Sobrenatural (1995) de Daniel Gruener

    El anzuelo (1996) de Ernesto Rimoch

    Cilantro y perejil (1996) de Rafael Montero

    De muerte natural (1996) de Benjamín Cann

    Profundo carmesí (1996) de Arturo Ripstein

    El agujero (1997) de Beto Gómez

    Del olvido al no me acuerdo (1997) de Juan Carlos Rulfo

    De noche vienes, Esmeralda (1997) de Jaime Humberto Hermosillo

    Elisa antes del fin del mundo (1997) de Juan Antonio de la Riva

    Katuwira, donde nacen y mueren los sueños (1997) de Íñigo Vallejo-Nájera

    Libre de culpas (1997) de Marcel Sisniega

    Por si no te vuelvo a ver (1997) de Juan Pablo Villaseñor

    La primera noche (1997) de Alejandro Gamboa

    Baja California: el límite del tiempo (1998) de Carlos Bolado

    El cometa (1998) de José Buil y Marisa Sistach

    Un dulce olor a muerte (1998) de Gabriel Retes

    Un embrujo (1998) de Carlos Carrera

    En el paraíso no existe el dolor (1998) de Víctor Saca

    En un claroscuro de la luna (1998) de Sergio Olhovich

    El evangelio de las maravillas (1998) de Arturo Ripstein

    Fibra óptica (1998) de Francisco Athié

    Fuera de la ley (1998) de Ismael Rodríguez

    Un hilito de sangre (1998) de Erwin Neumaier

    La otra conquista (1998) de Salvador Carrasco

    La paloma de Marsella (1998) de Carlos García Agraz

    Santitos (1998) de Alejandro Springall

    Sexo, pudor y lágrimas (1998) de Antonio Serrano

    Violeta (1998) de Alberto Cortés

    Ave María (1999) de Eduardo Rossoff

    El coronel no tiene quien le escriba (1999) de Arturo Ripstein

    La ley de Herodes (1999) de Luis Estrada

    Todo el poder (1999) de Fernando Sariñana

    Amores perros (2000) de Alejandro González Iñárritu

    Así es la vida (2000) de Arturo Ripstein

    Crónica de un desayuno (2000) de Benjamín Caan

    En el país de no pasa nada (2000) de María del Carmen de Lara

    Escrito en el cuerpo de la noche (2000) de Jaime Humberto Hermosillo

    La perdición de los hombres (2000) de Arturo Ripstein

    Perfume de violetas (2000) de Marisa Sistach

    Piedras verdes (2000) de Ángel Flores Torres

    Su alteza serenísima (2000) de Felipe Cazals

    Corazones rotos (2001) de Rafael Montero

    De la calle (2001) de Gerardo Tort

    Demasiado amor (2001) de Ernesto Rimoch

    Las caras de la luna (2001) de Guita Schyfter

    Otilia Rauda (2001) de Dana Rotberg

    Pachito Rex, me voy pero no del todo (2001) de Fabián Hofman

    Quizás (Humo en tus ojos) (2001) de Fernando Sariñana

    Seres humanos (2001) de Jorge Aguilera

    Sexo por compasión (2001) de Laura Mañá

    Sin dejar huella (2001) de María Novaro

    Un mundo raro (2001) de Armando Casas

    Vera (2001) de Francisco Athié

    Y tu mamá también (2001) de Alfonso Cuarón

    Cortometrajes mexicanos de los noventa:

    Cita en el paraíso (1992) de Moisés Ortiz-Urquidi

    Me voy a escapar (1992) de Juan Carlos de Llaca

    Objetos perdidos (1992) de Eva López-Sánchez

    Un arreglo civilizado para el divorcio (1993) de Salvador Aguirre

    Otoñal (1993) de María Novaro

    El árbol de la música (1994) de Sabina Berman e Isabelle Tardán

    El héroe (1994) de Carlos Carrera (animación)

    Ponchada (1994) de Alejandra Moya

    Un volcán con lava de hielo (1994) de Valentina Leduc

    La tarde de un matrimonio de clase media (1995) de Fernando Javier León Rodríguez

    Un pedazo de noche (1995) de Roberto Rochín Nava

    De jazmín en flor (1996) de Daniel Gruener

    De tripas, corazón (1996) de Antonio Urrutia

    Sin sostén (1997) de Antonio Urrutia (animación)

    Adiós mamá (1998) de Ariel Gordon

    En el espejo del cielo (1998) de Carlos Salces

    Largo es el camino al cielo (1998) de Jose Ángel García Moreno (animación)

    Pronto saldremos del problema (1998) de Jorge Ramírez Suárez (animación)

    Sístole diástole (1998) de Carlos Cuarón

    No existen diferencias (1999) de Ariel Gordon

    Los maravillosos olores de la vida (2000)

    Documentales mexicanos de los noventa:

    El abuelo Cheno y otras historias (1995) de Juan Carlos Rulfo (cortometraje)

    Un beso a esta tierra (1995) de Daniel Goldberg Lerner (largometraje)

    La línea paterna (1995) de José Buil y Marisa Sistach (largometraje)

    Planeta Siqueiros (1995) de José Ramón Mikelajáuregui (cortometraje)

    ¿Quién diablos es Juliette? (1997) de Carlos Marcovich (largometraje)

    ESTRELLAS DEL CINE MEXICANO

    Estrellas del cine silente:

    Cándida Beltrán Rendón

    Guillermo "Indio" Calles

    Miguel Contreras Torres

    Mimí Derba

    Emma Padilla

    Elena Sánchez Valenzuela

    Adela Sequeyro

    Pioneros del sonoro:

    Raúl de Anda

    Miguel Contreras Torres

    Esther Fernández

    Tito Guízar

    Medea de Novara

    Andrea Palma

    Adela Sequeyro

    Domingo Soler

    Lupita Tovar

    Astros y luminarias de la Época de Oro:

    Raúl de Anda

    Amalia Aguilar

    Alma Rosa Aguirre

    Elsa Aguirre

    Pedro Armendáriz

    Meche Barba

    Rosa Carmina

    Roberto Cobo

    Arturo de Córdova

    Columba Domínguez

    Irma Dorantes

    María Félix

    Emilio Fernández

    Esther Fernández

    Sara García

    Tito Guízar

    Pedro Infante

    Katy Jurado

    Libertad Lamarque

    Marga López

    Carlos López Moctezuma

    María Elena Marqués

    Miroslava

    Carmen Montejo

    Mario Moreno "Cantinflas"

    Jorge Negrete

    Eduardo Noriega

    Andrea Palma

    Leticia Palma

    Joaquín Pardavé

    Silvia Pinal

    María Antonieta Pons

    Rosita Quintana

    Dolores del Río

    Wolf Ruvinskis

    Ninón Sevilla

    David Silva

    Andrés Soler

    Domingo Soler

    Fernando Soler

    Julián Soler

    Fernando Soto "Mantequilla"

    Germán Valdés "Tin Tan"

    María Victoria

    El firmamento en el ocaso:

    Enrique Álvarez Félix

    Blue Demon

    Joaquín Cordero

    Mauricio Garcés

    Ignacio López Tarso

    Angélica María

    Silvia Pinal

    El Santo

    Lorena Velázquez

    Rostros de los setenta:

    Alfonso Arau

    Pedro Armendáriz, Jr.

    Diana Bracho

    Roberto Cobo

    Ernesto Gómez Cruz

    Ana Ofelia Murguía

    María Rojo

    José Carlos Ruiz

    La nueva constelación:

    Damián Alcázar

    Pedro Armendáriz, Jr.

    Vanessa Bauche

    Juan Manuel Bernal

    Bruno Bichir

    Demián Bichir

    Alberto Estrella

    Gael García Bernal

    Daniel Giménez Cacho

    Ernesto Gómez Cruz

    Blanca Guerra

    Salma Hayek

    Dolores Heredia

    Diego Luna

    Claudette Maillé

    Verónica Merchant

    Ana Ofelia Murguía

    Jesús Ochoa

    Arcelia Ramírez

    María Rojo

    Tiaré Scanda

    Esteban Soberanes

    Evangelina Sosa

    Roberto Sosa

    Cecilia Suárez

    Luis Felipe Tovar

    Susana Zabaleta

    DIRECTORES DEL CINE MEXICANO

    Realizadores del cine silente:

    Hermanos Alva

    Cándida Beltrán Rendón

    Guillermo "Indio" Calles

    Miguel Contreras Torres

    Mimí Derba

    José Manuel Ramos

    Enrique Rosas

    Gustavo Sáenz de Sicilia

    Salvador Toscano

    Gabriel Veyre

    Pioneros del cine sonoro:

    José Bohr

    Arcady Boytler

    Juan Bustillo Oro

    Miguel Contreras Torres

    Sergei Eisenstein

    Fernando de Fuentes

    Juan Orol

    Adela Sequeyro

    Gabriel Soria

    Maestros de la Época de Oro:

    Raúl de Anda

    Julio Bracho

    Luis Buñuel

    Juan Bustillo Oro

    Tito Davison

    Emilio Fernández

    Fernando de Fuentes

    Alejandro Galindo

    Roberto Gavaldón

    Rogelio A. González

    Matilde Landeta

    Fernando Méndez

    Juan Orol

    Joaquín Pardavé

    Ismael Rodríguez

    Julián Soler

    Directores de los setenta:

    Luis Alcoriza

    Alfonso Arau

    Felipe Cazals

    José Estrada

    Jorge Fons

    Jaime Humberto Hermosillo

    Alberto Isaac

    Gabriel Retes

    Arturo Ripstein

    Cineastas de los noventa:

    Alfonso Arau

    Sabina Berman

    Carlos Bolado

    Carlos Carrera

    María del Carmen de Lara

    Luis Estrada

    Jorge Fons

    Alejandro González Iñárritu

    Daniel Gruener

    Jaime Humberto Hermosillo

    Juan Carlos de Llaca

    María Novaro

    Gabriel Retes

    Arturo Ripstein

    Dana Rotberg

    Fernando Sariñana

    Guita Schyfter

    Antonio Serrano

    Marisa Sistach

    Alejandro Springall

    Isabelle Tardán

    Guillermo del Toro

    Mitl Valdez

    Directoras mexicanas:

    Mimí Derba (primera directora del cine mexicano)

    Cándida Beltrán Rendón (directora del cine mexicano de la época muda)

    Adela Sequeyro (pionera del cine sonoro)

    Matilde Landeta (única directora de la Época de Oro)

    Sabina Berman

    María del Carmen de Lara

    María Novaro

    Dana Rotberg

    Guita Schyfter

    Marisa Sistach

    Isabelle Tardán