Capitalismo en el Chile actual

Sociedad chilena. Vida política y social. Ciudadanía. Consumidor. Delincuencia. Dictaduras. Movilizaciones sociales y políticas

  • Enviado por: Kacheek
  • Idioma: castellano
  • País: Chile Chile
  • 26 páginas
publicidad
publicidad

Resumen Chile Actual: anatomía de un mito

Primera Parte.

El Chile actual, páramo del ciudadano, paraíso del consumidor

Capítulo Primero.

La matriz del Chile Actual: la Revolución Capitalista

El Chile Actual es producto del Chile Dictatorial, esa es su matriz, con su cúpula de militares, intelectuales neoliberales y empresarios. Fue como el vientre dentro del cual el país fue tomando cuerpo y obteniendo ciertos rasgos que lo conformarían tal como es hoy.

Los cabecillas de período anterior fueron quienes realizaron la Revolución Capitalista y construyeron una sociedad de mercados desregulados, de indiferencia política y de individuos competitivos compensados mediante el placer de exhibirse consumiendo, tratando de olvidar rápidamente el pasado dictatorial

La revolución puede asimilarse a la liberación radioactiva explosiva, que destruye para reconstruir, mientras que la Dictadura Revolucionaria se asimila la fisión controlada, que es la liberación de energía producida por la escisión de un núcleo atómico.

El poder siempre se despliega en las revoluciones como fusión, es decir, como uniformación de la pluralidad de poderes bajo la forma de un poder burocrático. Simultáneamente existe fisión: esos poderes hacia abajo son multiplicaciones iguales al Leviatán, aunque más exuberantes. Así, la fisión implica la destrucción de lo viejo y la producción de lo nuevo a través de partículas de poder que van desde arriba hacia abajo.

Esta ley de fusión de las dictaduras revolucionarias y terroristas no es autorreproducida, sino que requiere una constante motivación del Poder estatal, pues como en las sociedades heterogéneas la tendencia de estructuración de los poderes es la diversificación y no la simple multiplicación clónica, el Estado-Leviatán debe crear dispositivos de terror para lograr la producción normativa y su legitimación.

Las dictaduras revolucionarias nacen de la poderosa aleación entre Poder normativo, sobre los cuerpos (terror) y las mentes (saber). El terror es el fundamento decisivo para la soberanía absoluta del despotismo, es el arma fundamental de una revolución minoritaria en sus etapas iniciales. Sin ella el poder total sería imposible. Así, la crueldad es la necesidad de una revolución que realiza intereses minoritarios.

En la UP, en vez de terror, hubo tolerancia liberal y libertinaje. El gobierno era constantemente superado por grupos ultras que se tomaban la calle. Sin embargo, se produjo temor, porque el discurso sobre el futuro Estado socialista y sobre la necesidad (teórica) de la violencia atemorizaban.

En cambio, durante la Dictadura Revolucionaria se vivió una represión brutal justificada en la promesa de una gran obra: el capitalismo. Tres rasgos distinguen esta revolución: 1) Fue una contrarrevolución contra un movimiento popular ascendente y se centraba en los sentimientos irracionales de rabia y venganza; 2) No podía adoptar la modalidad típica de una revolución burguesa; 3) Por ello, esa revolución sólo podía ser llevada a cabo una alianza de militares, fuerza neutral entre las diferentes facciones capitalistas.

La “necesidad objetiva” del capitalismo fue inventada como recurso ideológico en base a la confluencia positiva de los diversos actores: los militares, sin proyecto pero con ganas de gobernar; una derecha política persuadida; empresarios dispuestos y un grupo de economistas con un programa de desarrollo distinto al clásico intervencionismo estatal, desvinculados de la política y sin intereses económicos.

La situación estructural capitalista se configuró de tal manera que permitió estructurar una Matriz Populista que consistía en la articulación por parte del Estado, los empresarios mercado-internistas y los asalariados de una política re-distributiva de los ingresos, la ampliación de las funciones estatales de bienestar y la consolidación democrática.

Capítulo Segundo.

Páramo del ciudadano.

El olvido o bloqueo de memoria es un patrón que se repite en sociedades traumatizadas como Chile. Junto a esta negación dolorosa, está la negación estratégica, el silencio planificado por el Estado transitorio como receta para la estabilidad y táctica de blanqueo de Chile, consiste en imponer la convicción de es necesario renunciar al pasado por el futuro. Esta operación contó con dos objetivos sincronizados: Pinochet necesario para la transición y Chile Modelo. Con el miedo como justificación, se transforma al Dictador en Patriarca de un modelo neocapitalista exitoso que habrá de mantenerse.

El consenso es la etapa posterior al olvido, la presunta desaparición de las divergencias respecto al fin: el desarrollo capitalista impuesto por la Dictadura. Implica homogenización, desaparición del Otro-adversario, es el acto que funda al Chile Actual. El consenso tiene estrecha relación con las estrategias de blanqueo y la consiguiente construcción de la imagen del Chile Modelo. Además, con esto se reconocen legados básicos de la sociedad pinochetista: la economía y la estructura social, que sólo requerían pequeños ajustes. Así, la única zona de transformación debe ser la política. Tras el consenso se oculta un futuro petrificado, la historia como repetición marginalmente mejorada de la obra de Pinochet.

El consenso debió seducir a empresarios y militares, junto con convencer a la izquierda de aceptar esta política con el fin de alcanzar la democracia. Además, significó la conversión de parte importante de los intelectuales democráticos de los años 80 en socialistas liberales.

Las fuerzas opositoras al régimen decidieron plantearse como alternativa al gobierno lo hacian sabiendo de antemano que las posibilidades de cambio dependían de los cálculos estratégicos de los adversarios, condenadas a cambios mínimos. De esta manera, se articula la concepción criolla de la modernización política.

La “jaula de hierro” corresponde a un dispositivo de leyes constitucionales elaboradas entre el 77-89 y a un sistema partidista que se fue formando desde el 83. Los cambios significativos aportados por la transición fueron sólo en lo político, si bien no es lo mismo contar o no contar con parlamento, partidos y sindicatos, hay otro tipo de ataduras, por lo tanto se trata sólo de una democracia protegida, donde operan poderes fácticos racionalizados por el derecho positivo, que buscan influir en las decisiones.

Desde este momento se contó con las FFAA como tutores constitucionales del sistema, es por esto que son diferentes a otros órganos, y merecen poseer autonomía decisoria en materia de nombramientos y presupuestos.

Junto a esto aparecen los senadores designados, cuya función es permitir la representación política de las FFAA a través de senadores elegidos entre ex oficiales que han actuado como bloque. Además, un sistema electoral binominal que favorece la tendencia al empate, recompensando a determinadas minorías sin permitir la representación de otras excluidas.

En este escenario, la Concertación no puede ir más allá de cambios pactados con los partidos de derecha y los Senadores designados, pero el problema es que esto no les era desconocido, por lo tanto estaban conscientes de que ya participan del sistema y sólo se limitaron a obtener mejorías marginales. En resumen, la tarea de reproducir el régimen está en manos de la que era su oposición, es por esto que requieren ocultar la profundidad del problema, pues es un inconveniente para sus estrategias legitimadoras mostrar que Chile es una sociedad petrificada, no pueden decir que se trata de una opción impuesta por la estructura política pre-establecida. La consecuencia es la Concertación está transversalmente atravesada por el neoliberalismo, dando una imagen que socialismo real o las ideologías marxistas son soluciones del pasado, por tanto, necesarias de olvidar.

La razón de la crisis política en el Chile Actual proviene de la falsa muerte de las ideologías perpetrada por una ideología hegemónica que pretende la tecnificación de la política y se encarga se asesinar ideologías alternativas, o al menos confundirlas con utopías, siendo que la ideología es el centro alimentador de la acción y normatividad política, mientras que la utopía cae en el fanatismo y el totalitarismo cruel.

El neoliberalismo es una ideología utópica en cuando tiene una idea natural y por tanto absoluta del futuro social y justifica el uso de al fuerza para la defensa de estos ideales trascendentalizados.

El problema es que para eliminar la amenaza de ciertas ideologías utópicas se ha intentado eliminar a las ideologías en sí, lo que conduce a una política pragmática orientada al cálculo coyuntural; política a-ideológica, es decir, que no contiene un proyecto.

En el Chile Actual, la política está restringida primero, porque hay una ausencia de espacios para ideologías transformadoras, y segundo, porque la voluntad de los tecnócratas aleja lo político del ciudadano común, quitándole la razón de ser a la democracia, pues no acepta el principio de la voluntad popular como mejor criterio desicional.

En esta realidad es que los partidos políticos se vuelven empresas colectivas donde las ambiciones individuales se subordinan a los fines ideológicos comunes, en asociaciones privadas para la lucha por el poder de determinados individuos, sin interés en el bien común.

Para los neoliberales el Estado debe remitirse a frenar a las personas de rebelarse contra el orden existente. Cuando adquiere más atribuciones (como preferir las decisiones colectivas y la justicia social) se le piensa como un Estado corrompido, pues su ideal utópico es un mundo apolítico, utopía que es traspasada a toda la comunidad.

En el Chile Actual el lenguaje de la política es un código cifrado, donde cada discurso esconde otro. Esto se debe a que no ha existido una purificación, la verdad histórica no ha sido asumida por las FFAA ni por los empresarios.

Esto se manifiesta también como respuesta a los crímenes, oficializándose el desvanecimiento en lo colectivo de la responsabilidad individual que, de acuerdo a los principios de las FFAA, correspondía a los Comandantes en Jefe de sus ramas.

Se instaló como imagen de delitos aislados sin relación con una planificación desde las cúpulas castrenses. Ante esto, los primeros gobiernos post-autoritarismo reconocieron de inmediato la impunidad éstas. En efecto, legitimaron la creencia oficial de que Pinochet nada supo de las torturas y los asesinatos.

Por estar pendiente el reconocimiento de los delitos, no puede existir reconciliación ni paz, y el orden actual se instala sobre una grieta: lo realmente ocurrido es indecible, por tanto la política del Chile Actual se construye sobre engaños.

En el 90 aparecen partidos políticos no polarizados, divididos en tres bandos, hacia la izquierda se tiene a un Partido Comunista débil, arcaico y poco atractivo, y un socialismo ahora socialdemócrata bajo la inspiración eurocomunista. En el centro está la Democracia Cristiana donde el liberalismo económico ha borrado la sensibilidad socialcristiana. Finalmente está la derecha con un enfrentamiento entre bloques: la UDI, organización de raíz católica, con la estrategia de penetración en el mundo popular a través de un discurso populista conservador, fieles a la obra militar y RN, partido más heterogéneo en cuyo interior se enfrentan los liberales democráticos (que critican a los militares) contra la derecha militarista y nacionalista. Sin embargo, esta lucha los neutraliza como alianza.

Este sistema funciona, pues el electorado, cansado de los extremismos busca ofertas moderadas y ya no se juega el todo o nada en cada elección, sólo se juegan pequeños ajustes que les importan más a grupos de interés que al ciudadano común.

Todo esto se desenvuelve en una estructura moderada que le hace mal al sistema partidista, porque no entusiasma y porque tanto acuerdo no resulta creíble. Hay demasiada redundancia, y ante un sistema tan homogéneo, la política parece ociosa, irrelevante.

Capítulo Tercero.

Paraíso del consumidor.

Se desarrolla la industrialización en los años 30 donde el Estado juega un rol fundamental para modernizar el atrasado capitalismo chileno, la consecuencia de esto fue el confinamiento en el mercado interno, sobre la base de restringir los incentivos para aventurarse en los mercados externos. Este fenómeno lleva a que la relación entre desarrollo capitalista y política genere una matriz populista que valiéndose de las ventajas socioeconómicas incorpora a los sectores populares al sistema de dominación desperfilando el conflicto de clases.

El populismo funcionaba sobre la base de garantizar la ganancia empresarial con el puro potencial de demanda del mercado interno urbano. Este hecho aumentaba la dependencia entre empresarios industriales y asalariados y por tanto mejoraba el espacio de maniobra sindical como la sensibilidad del gobierno a las demandas laborales.

Luego vino el estancamiento de la industrialización como efecto de la dependencia externa en materias de propiedad de las materias primas y la poca innovación de un empresariado conformista que se refugiaba de los riesgos detrás del subsidio estatal.

Desde 1973, con la completa reestructuración económica se pasó a una economía abierta. Ante la renovada orientación exportadora de la economía se han ido consolidando mercados externos para ciertas cantidades de productos manufactureros, con lo cual la producción para el mercado interno ha disminuido. Por tanto, ya no hay presiones estructurales para políticas de distribución, ahora dependen de su competitividad en un mercado global, con la ayuda del crédito para satisfacer las necesidades de consumo a través del endeudamiento.

El despegue de la economía chilena desde el 73 fue lento, y de hecho fue mejorando con la llegada de la transición que no ha dañado la performance económica, sino que ha prolongado el auge del "milagro chileno", por medio de los mecanismos de presión establecidos.

El discurso de la Concertación ha sido el del crecimiento con equidad, sin embargo las cifras de pobreza señalan que no sería suficiente la política del chorreo. Todas las cifras muestran un aumento significativo del gasto social, pero ello no ha evitado una disminución de la participación de los quintiles más bajos en la generación del ingreso. Las diferencias entre los primeros y últimos deciles son aplastantes, pero esta democracia se sostiene con tal injusta distribución porque el sistema de dominación es tan complejo en su mecánica de integración social, que no permite siquiera el inconformismo. Es tan fuerte el mito de ser súper modernos que se hace desconocido el subdesarrollo real, sobre todo cuando la ciudadanía es conquistada con el consumo.

Los sectores integrados por la vía del consumo cubren casi todos los sectores. Si no pueden costear los bienes de consumo con sus ingresos, lo hacen mediante el crédito, que permite desarrollar estrategias de mejoramiento de las condiciones de vida. No son estrategias de movilidad social, puesto que su efecto es participar de la ciudadanía sin que haya un cambio de estrato.

La masificación crediticia tiene relación con la facilitación del acceso, pues las financieras han disminuido sus exigencias, y la instauración de sistemas de acceso automático como las tarjetas de crédito, con las cuales se forma un dinero plástico que puede ser medido por el Estado pero no controlado.

De este modo se ejerce una forma de la ciudadanía: el ciudadano credit-card, que ha aprendido que su futuro está en seguir siendo un trabajador creíble, para que se le abra la puerta a futuros consumos, por lo tanto, el crédito es eficiente como factor de disciplinamiento pues en la medida en que el asalariado deja de pagar, su ciudadanía se desvanece pues ha perdido la posibilidad de extender mágicamente su salario y realizar todos nuestros deseos. Se vuelve nadie. Así el ciudadano se despolitiza y sólo lucha por sus derechos como consumidor

El consumismo se relaciona con el placer: al permitir cumplir nuestros deseos, es un mecanismo de domesticación social gracias a que es un dominio oculto bajo la satisfacción, allí reside su fuerza. De no ser placentera, no funcionaría esta mecánica de dominación.

En el Chile Actual, la economía genera formas postizas de proteger al individuo de la inequidad distributiva, dotándolo del crédito que proporciona una esperanza concreta, que no puede otorgar el discurso ideológico y sus narraciones etéreas. La política no es capaz de hacer lo que hace el consumo: proporcionar a los buenos clientes, la esperanza de un confort creciente.

Antes del 73 el consumo era casi imposible dado los controles estatales a las importaciones y la condena moral que significaba el despilfarro y la ostentación, hoy por el contrario, vivir lujosamente es una señal de prestigio. La riqueza dejó de ser privada.

El Chile Actual es una sociedad plenamente penetrada por el espíritu mercantil: se ha eliminado el subsidio a los productos de primera necesidad y la gratuidad de los servicios públicos, funcionando de manera plena el mercado laboral. Esto ha significado en cambio de un Estado de bienestar (que buscaba la gratuidad de los bienes sociales básicos) a un Estado liberal que ha mercantilizado la salud y la educación.

La fuerza de trabajo pasó a operar como verdadera mercancía, sometida a los mecanismos de la competencia (autorregulación). Así, el movimiento obrero está en jaque en las sociedades neoliberales; se disuaden las formas organizadas para incentivar el mérito individual como forma de llegar al éxito.

La otra cara del consumismo es el conformismo. El Chile Actual es una sociedad donde el sometimiento a la labor consume la energía de los individuos, dejándolos sin aire para otras formas de la vida activa. El consumo aparece así como compensación de una vida dedicada a laborar, es el merecido descanso. Y una sociedad de ingresos desiguales y donde el consumo le da sentido al existir es una sociedad meritocrática y trabajólica, puesto que el endeudamiento implica intensificar el trabajo. A la vez que placer, sobreconsumir es autoexplotarse, de este mecanismo resulta la visión pesimista pero conformista, la idea de un mundo agobiante pero que no puede cambiarse (impotencia).

El Chile Actual conformaría un gigantesco mercado donde la integración social se realiza en el nivel de los intercambios más que en el nivel de lo político y ciudadano. El individuo político orientado hacia la esfera pública y que vivía por las causas es reemplazado por el burgués atomizado que vive para sus propias metas. Esta sociedad genera dos conformismos: 1) visión optimista del Chile Actual: la mayor modernización acarrea mayor democracia; 2) visión pesimista y fatalista que conduce a consagrar la omnipotencia de la dominación.

Por la atomización general ocurrida en las relaciones sociales, no ha podido surgir una sociedad civil más fuerte. La flexibilización del de trabajo, obliga a que los trabajadores disminuyan los riesgos de conflicto por miedo a la incertidumbre del empleo, favoreciendo estrategias de acomodo en contra de estrategias colectivas de lucha. La expansión del consumo a crédito consolida la forma individual de acceso a oportunidades.

Capítulo Cuarto.

La violencia de la ciudad.

Santiago ha dejado de ser una ciudad pueblerina, una aldea bulliciosa pero no sofisticada, una ciudad aún tranquila y tímida como lo era hasta 1973, para ser hoy una urbe violenta y caótica. La violencia desde el Estado se ha desplazado a la vida urbana. De este desorden del desarrollo urbano, las principales víctimas los sectores populares ya que los ricos se aíslan en sus cómodos barrios. Existe una noción privatista del uso del espacio, que no toma en cuenta e problema de la escasez del suelo.

Santiago ha crecido monstruosamente y el mercado se ha aprovechado de esta tendencia para que, en vez de regular y ordenar la cuadrícula urbana, opere en función del lucro. Santiago se ha convertido en un hoyo contaminado, no sólo por la urbanidad sino por el síndrome individualista de tener automóvil.

La mercantilización de las calles a través de los parquímetros y la tarificación vial, contribuyen a aumentar el carácter fetiche del automóvil. Se debilita cada vez más su utilidad (es muy costoso salir a trabajar con él), pero aumenta su carácter consagratorio.

En el Chile Actual, la delincuencia ha sido instalada como un problema crucial. La agenda ideológica de la Concertación ha creado la imagen de un recrudecimiento de la delincuencia; los medios informan sobre numerosos asaltos hasta re-presentar una ciudad sitiada. Esto ha llevado al afán de seguridad contra los invasores que vienen de los cordones populares, cargando contra los excluidos: delincuencia = pobreza. En vez de estudiarse la delincuencia como efecto de una contradicción social, se trata como si fuese la elección voluntaria de los sujetos y no por culpa del consumismo que incita a tener dinero por el medio que sea posible

La identificación de los pobres como la clase peligrosa, nido de delincuentes contra la propiedad, proviene de un defecto de mirada, el foco no debiera dirigirse a la pobreza como tal sino a la escasez, al desbalance entre expectativas socialmente internalizadas y los logros. Por ello en el Chile Actual hay delincuentes pobres y ricos (estafas): ambos víctimas de la escasez, de la necesidad de tener.

Capítulo Quinto.

La clave interpretativa del Chile actual.

Para comprender el Chile Actual es necesario establecer el vínculo histórico que une a este Chile post-autoritario con el dictatorial, pues se trataría de una culminación exitosa del transformismo, largo proceso de preparación durante la dictadura (comienza en el 77 y se fortalece en el 80) de una salida destinada a la continuidad de sus estructuras básicas bajo otros ropajes. El objetivo es el gatopardismo, cambiar para mantener. Cambia el régimen de poder, se pasa de una dictadura a una cierta democracia, pero no hay un cambio del bloque dominante.

La Dictadura Revolucionaria contó con dos etapas: la primera fue la terrorista, entre 1973 y 1980, y la segunda fue la constitucional desde el 80 hasta el comienzo de la “democracia”. Esta segunda fase no representó una liberalización jurídica, si bien hubo una descomprensión política, ésta fue sólo de facto ya que se manejó desde arriba en función de legitimar la Constitución por parte de los opositores. El eje articulador de esta operación transformista fue obligar a la oposición a ese reconocimiento, así se aseguraba el éxito de la continuidad del modelo neoliberal.

Segunda Parte

Mirando hacia atrás I

Capítulo Primero.

La unidad popular del sueño a la pesadilla.

Las tres primeras décadas del siglo XX estuvieron mucho más marcadas por la racionalidad no universalizable de los intereses económicos de los grupos de intereses, o por el vigor pasional de los caudillos populistas (como Alessandri o Ibáñez) que por la racionalidad consensual. Los enfrentamientos y conflictos generados no eran posibles de ser canalizados en negociaciones eficientes.

El siglo XX en Chile comienza en 1891 como resultado de una guerra civil provocada por el fracaso de las reformas impulsadas por Balmaceda, que tenían relación con la ampliación de la influencia en los capitales chilenos en el salitre, el reforzamiento del desarrollo capitalista del campo, el estímulo a cierto tipo de industrias y la centralización del poder estatal a través de la restauración de un sistema con estilo presidencialista.

El último aspecto fue el más importante, pues comienza a evidenciar la crisis del sistema portaliano que sólo se pudo mantener desde 1850 hasta 1891 por la cauta parlamentarización junto al poder de orientación y regulación económica del Estado.

El parlamentarismo es un período de gobiernos débiles que repartían prebendas entre grupos oligárquicos y sangrientas masacres obreras. Una economía desregulada afectaba directamente a los obreros. El Estado se dedicaba a repartir el excedente salitrero entre las fracciones dirigentes, a cooptar partidos populares y a asegurar el orden frente a las crisis.

En 1920, Alessandri vuelve a poner en la palestra el presidencialismo, en un momento de crisis económica por la caída del salitre, escenario que le dio las bases para vincularlo con la “cuestión social”.

La aparición de este estilo calificado de populista puso en alerta a las clases dirigentes pues vieron en él una amenaza a su política, por ende a las bases de sustentación del dispositivo estatal de dominación. Es por esto que el 1924 las tendencias conservadoras apelaron a los militares ante la amenaza de un populismo burgués. Pero como ya había ocurrido en 1891, no hizo más que desestabilizar el sistema político, abriendo paso a un ciclo de desorden e ingobernabilidad que duró hasta 1932, y cuya expresión más fuerte fue la denominada “República Socialista”.

De todas maneras, el escenario nacional no distaba del mundial, sacudido por las secuelas de la Primera Guerra Mundial, la revolución bolchevique, del avance del fascismo en Italia y luego Alemania.

En 1932, Chile presenta un escenario político más estable. Se desarrolla un sistema de partidos estable, una sucesión ordenada en el poder, una cierta capacidad de negociación de sectores mesocráticos y populares. En este ambiente se olvida el violento inicio de siglo, o al menos, sólo se le recuerda como el doloroso origen de una corriente de progreso.

Camino hacia la década de los 70' se cultivaba el orgullo de ser diferentes, a la estatura de un modelo de desarrollo progresivo y pacífico, la antítesis de la violencia y el autoritarismo de la Revolución Cubana y el neomilitarismo.

Esta ilusión de una sólida tradición democrática impidió ver que lo realmente existía era un corporativismo político, un consolidado sistema de negociaciones de grupos organizados. Había un pacto implícito de intereses que regulaba los intercambios políticos, en una sociedad con fuerte percepción clasista.

Una visión menos mistificada de lo que era esa democracia, hubiese permitido abordar con menos ilusiones la década del setenta. Pero para alcanzar eso era necesario que la sociedad mantuviera la memoria presente, un país que preservara sus recuerdos, con las múltiples voces y diferentes discursos que los componían.

Los militantes de la izquierda —o al menos una importante parte de ellos— envueltos en un romanticismo político, creían que se generaban la llamada “vía chilena al socialismo”, la cual era conseguida de forma pacífica, sin matanzas ni dictaduras.

Sin embargo, lo que hizo la UP fue desencadenar prácticas y retóricas revolucionarias sin movilizar los medios indispensables para que se produjera lo que finalmente deseaban, razón por la cual el escenario nacional se les volvió en su contra.

Hubo tres elementos que provocaron esta contradicción. Primero, una revolución es siempre un ejercicio de violencia. Sus objetivos son la eliminación de la capacidad de mantener o reimponer su dominación por parte de los grupos enemigos y la destrucción de los aparatos de Estado, a través de los cuales establecían su ley, su orden, su coerción. Sólo cumpliendo estas condiciones se puede dar paso a una dictadura revolucionaria estable.

La UP quiso escapar a esa regla y, por eso mismo, no debió autoconcebirse como revolución, porque no podía realizarla. Los sujetos no tenían los medios para realizar los fines que anunciaban, sin embargo creían que los conseguirían automáticamente a través del desarrollo de su práctica, es decir, por algún milagro dialéctico.

En segundo lugar, no lograban percibir que sus discursos desencadenaban pánicos y odios tan reales como si la revolución hubiese sido plenamente efectiva, reforzando de esta manera una identidad negativa. El acercamiento al lenguaje era pragmático, como si este operara en la pura línea instrumental y no en la línea de la simbolización o en la del inconsciente. Lo hacían en parte por una desaprensión lingüística por oposición, en contra de enemigos que sabían usar el lenguaje estratégicamente.

Finalmente, es posible suponer que la patente ingenuidad respecto del discurso y del quehacer que mostró la Unidad Popular se basó en uno de nuestros propios mitos políticos identitarios, la creencia en la excepcionalidad de la experiencia política chilena. Tal parece que la UP pensó ingenuamente, por ejemplo, que los empresarios reaccionarían con un respeto filántropo-patriótico ante las decisiones de la autoridad o se someterían por la fuerza pacífica de las masas movilizadas.

En este escenario, con una UP lanzada una revolución sin tener los elementos para generar efectos reales, era obvio que terminaría en una guerra larvada entre diversos grupos, desgastándose entre la elección definitiva del “avanzar sin tranzar” o “negociar para alcanzar la estabilidad”. En septiembre de 1973 la sociedad se encontraba saturada por expectativas paranoicas, odios profundos, ansiedad compulsiva de una resolución, sin importar demasiado la manera. Existía un clima subjetivo de crispación, exasperación, conciencia extendida de situación límite, es decir, se encontraban las condiciones para generar un “contrarrevolución”, pero esta no fue empujada por la UP, pues sólo les generó la oportunidad de hacerlo.

Capitulo Segundo.

La fase de la dictadura terrorista.

Existen diferentes dispositivos que se manejan en una dictadura revolucionaria-terrorista, los que son utilizados en las diferentes etapas de ésta. La etapa terrorista es aquella fase de una dictadura revolucionaria en la que el derecho, que define lo prohibido y lo permitido, y el saber que define el proyecto, se imponen privilegiando los castigos. El orden se afirma sobre el terror. Para que esto ocurra, la capacidad del Estado de actuar sobre los cuerpos no puede estar limitada ni por el derecho ni por la moral, debe poseer flexibilidad absoluta.

Las dictaduras revolucionarias, que tratan de destruir antiguas formas de vida para imponer un nuevo orden racional, usan simultáneamente el silencio y la economía austera del poder disciplinario combinado con la estridencia y visibilidad del poder represivo. Esto significa que ese tipo de dictaduras une el actuar invisible del poder, del cual sólo se ven sus efectos, con la furia, en apariencia sólo pasional, del castigo.

Además, en este tipo de dictaduras se reprime al sujeto en sus actos políticos, en sus ideas cívicas, o la posibilidad de tenerlas por un poder explícito, estridente, provocaría una multiplicidad de castigos generando un ambiente amenazante.

A modo de justificar los castigos —y entendiendo que la mayoría de los poseedores del poder eran creyentes— la dictadura chilena adoptó el nombre del cristianismo para justificarse, identificando la lucha contra el marxismo como un combate a nombre de Cristo y a nombre de la civilización occidental cristiana. Para los creyentes involucrados, la justificación de la crueldad sólo podía provenir de un bien mayor que el daño, esto es la salvación de la nación y la realización de un acto providencial, por mucho que la ceguera de algunos pontífices lo negara.

La lógica del momento señalaba que las finalidades que no se podían obtener persuasivamente se obtuvieran por la violencia o el terror, y las que se podían obtener persuasivamente se afirmaran por la amenaza y el temor. El sentido de esto es asegurar la gobernabilidad absoluta, la que solamente se conseguía anulando todo contrabalance y cualquier movilización social.

Es posible entender la guerra y los actos de guerra. Quién muere con las armas en la mano muere en un combate que ha elegido, pero durante la dictadura militar los miles de prisioneros, torturados y ejecutados, murieron sin que se respetaran leyes ni principios.

Dos personajes simbólicos, entre otros, fueron muertos en manos de los militares: Víctor Jara y Eugenio Ruíz Tagle, personas que tenían las condiciones para “pagar por los demás”. Fueron víctimas del ensañamiento, siendo la evidencia de que la mano de la represión no se detendría ni ante la fama ni ante el poder de nadie, ni siquiera ante las que fueron autoridades de gobierno.

Sin embargo, son los detenidos desaparecidos cuya suerte se desconoció por largo tiempo o aún se desconoce, pese a agotar los intentos de sus familiares y amigos por saber noticias suyas una de las formas más perpetuas del dispositivo del terror, esta forma jugó un papel importante en la estructuración de la violencia.

La desaparición de una persona es un acto que tiene un doble significado, uno respecto a la víctima a la cual se detiene porque se supone que posee información o que está actuando en la lucha clandestina, la otra frente a la sociedad, el otro respecto al entorno de la víctima al cual sumen en la incertidumbre, prolongando el suplicio del muerto entre sus familiares. Además, generan la inseguridad global sobre el sistema de derecho.

Las torturas, por otro lado, operan sobre el cuerpo, pero para doblegar el espíritu. A los que no estaban destinados a desaparecer, se les tortura para alejarlos de la vida activa, para doblegarlos, y así nunca más se sientan en condiciones de rebelarse frente al poder.

El dispositivo del terror era el elemento que hacía que todo lo demás pudiera realizarse de la mejor forma posible: se podía gobernar sin discutir, sin convencer, sin compartir el poder. El terror es todopoderoso porque no tiene freno, de tal modo que actúa por la doble vía de la acción (exilio, torturas, asesinatos, etc.) y de la presencia (difusión del miedo).

Otro dispositivo es el saber, su función en una dictadura revolucionaria es operar como sistema cognitivo-ideológico que provee las bases o fundamentos para la formulación del “proyecto revolucionario”. Normalmente se instala en la fase terrorista de la dictadura revolucionaria, debe negar la existencia de otros sistemas ideológicos, anulando las posibilidades expresión de otros saberes e instituyendo una ortodoxia.

El discurso era el capitalismo. A través de medio como El Mercurio y La Tercera se expandía la idea de que fuera del capitalismo no podía existir racionalidad del cálculo económico, contrariando al totalmente los saberes instalados hasta 1973, donde se entendía el Estado con una fuerte participación en la economía.

La experiencia de la UP fue la que sentó las bases para la expansión de las ideas neoliberalistas en el país, pues hasta antes de de 1973, la derecha tenía reservadas sus aspiraciones capitalistas. Sólo con el golpe estuvo en condiciones de construir ideologías que permitieran universalizar la defensa de sus intereses o de su moral.

Entre 1973-83 fue la primera estructuración de este dispositivo: constituir un saber ortodoxo y definir sus políticas como verdades científicas deducibles. Su misión básica — en conjunto con el terror y el derecho— fue socavar la creencia en las decisiones planificadas desde arriba, para instalar la idea de la regulación automática como forma de los intercambios. El mercado representa la única forma eficiente de asignar recursos.

Pese al fracaso del modelo en una primera instancia —que no generó repercusiones políticas por el manejo de los dirigentes—, el nuevo modelo se pudo instaurar, pues la hegemonización se realizó a través de dos procesos: la integración, que absorbió a otros grupos al neoliberalismo como los esenciales gremialistas, pues sin ellos las operaciones de institucionalización política no hubiesen contado con operadores adecuados; y la neutralización, que corresponde al silenciamiento que se impuso a los otros discursos.

En una segunda etapa, el dispositivo se aboca en la construcción de un discurso político sobre la forma de Estado adecuada al nuevo proyecto de revolución capitalista, y su principal producto fue la “democracia protegida”: mejor que la liberal, pues no había en ella neutralidad valorativa ni tampoco funcionamiento irrestricto del principio de mayoría, ya que debía subordinarse a las exigencias del orden natural.

Otro dispositivo es el derecho, y en la fase terrorista se caracterizada por la ausencia real de una separación de poderes: el Ejecutivo, al igual que el Legislativo, estaba en manos de los militares de la Junta de Gobierno, al igual que la facultad de cambio constitucional, y no existía una justicia independiente y efectiva realmente. Además, se debía cumplir con la función de anulación total de los derechos políticos y de las libertades civiles.

Monopolizar el poder requiere la destrucción de instituciones tradicionales, como el Parlamento o los partidos políticos, así como la construcción de una simulación de diferenciación del poder. El Acta de Constitución de la Junta de Gobierno representó el primer acto jurídico del nuevo poder político, aquel que lo fundaba en el derecho (pues en lo político lo fundaba la violencia).

Las otras medidas fueron la clausura del Congreso y la declaración de la vacancia de los cargos de senadores y diputados electos en marzo de 1973. Luego, se declaró la ilegalidad de los partidos políticos de izquierda y el forzoso de todos los otros, más tarde, se prohibieron las elecciones en sindicatos y organizaciones sociales. Finalmente se declararon caducados los registros electorales, procediéndose a la destrucción física de ellos.

La monopolización del poder le permitía al Ejecutivo gobernar sin estar sometido al control político del Parlamento, y a la Junta legislar sin otro tope que la voluntad unánime de sus miembros.

Junto con reacomodar el sistema político se procedió a legalizar la represión, y el dispositivo derecho lo realizará mediante dos mecanismos: el de “subjetivizar” las razones para dictar estados de excepción constitucional, y el poder renovarlos indefinidamente, por decisión de un órgano no representativo. En esta dirección de dictaron cuatro Actas Constitucionales.

El comienzo de lo que se creyó era un despegue estable, condujo al régimen militar a multiplicar las precauciones. Se preparó para castigar cualquier eventual reactivación sindical, tanto como política o partidista.

En lo económico, se necesitaba de la presencia internacional de Chile, sin embargo esta se encontraba marginada por las violaciones a los derechos humanos. En 1976 con el asesinato de Letelier-Moffit se llegó al tope, y comenzaron discusiones internas dentro los grupos de apoyo al régimen. Había tomado cuerpo una tendencia “blanda”, y uno de sus principales objetivos fue la reformulación de la política represiva, no para organizar una coalición liberalizante, sino que buscaba las mejores condiciones para llevar adelante, sin concesiones, las tareas pendientes de la modernización capitalista.

Pinochet enuncia el primer programa de cambio político del régimen militar, por primera vez se fijaban plazos de duración de la dictadura militar, definiéndose una transición por etapas y un sistema institucional para cada una de ellas. Parte la elaboración de una nueva constitución.

Pese al progreso económico del país, se constatan graves problemas con la política internacional, como también una deslegitimación de la política interna. Estas tendencias obligan a pasar al régimen a la segunda fase: institucionalista o constitucionalista.

Las relaciones internacionales se encuentran en una situación crítica entre 1977 y 80 las que se manifiestan en problemas con los países vecinos y además, desencuentros con Estados Unidos por las violaciones a los derechos humanos. Chile está aislado internacionalmente, situación evidenciada con el nombramiento de un relator especial de Naciones Unidas sobre la situación chilena y el fallido viaje a Filipinas de Pinochet.

Existe una división entre las FFAA, principalmente por las desavenencias entre Pinochet y Leigh. Este último concebía la forma de hacer gobierno de manera paternalista (forma suave del populismo), con una fuerte preocupación por el “costo social”. Además, defendía la capacidad de organización y negociación de los trabajadores, y se opuso al total desmantelamiento sindical y a la caducidad del antiguo código del trabajo. Sentenció un plan político que daba término a la transición en 1985 y al mismo tiempo reconocía la necesidad de la existencia de una izquierda social demócrata.

A Leigh se le unión el ministro del trabajo, General Nicanor Díaz Estrada, quien impulsó la ley de participación de los trabajadores en la gestión de las empresas (estatuto social de la empresa). Estas posiciones de los generales llevaron a la Junta Militar en pleno a pedirles el abandono de sus cargos.

La gente comienza a darse cuenta de las violaciones a los derechos humanos a partir de la aparición de restos de detenidos desaparecidos en un horno de Lonquén, en base a lo cual se sientan los primeros precedentes sobre el genocidio.

En respuesta a esto, el 11 de abril de 1978 se dicta la Ley de Amnistía, la cual se fundamenta en la reconciliación, pues libera de responsabilidades a ambos sectores. Sin embargo, esta ley es rechazada tajantemente por la oposición, ya que por un lado, perdona acusaciones que no se apoyaban sobre probanzas jurídicas reales y por otra parte, declaraba impune las torturas y lo crímenes de los militares.

En 1978 se generan las primeras movilizaciones en Chuquicamata, que pese a su carácter leve y sin comprometer la producción es reprimida, declarándose Estado de Sitio y disolviéndose siete confederaciones que agrupaban a más de 500 sindicatos. Hacia 1980 se observa un aumento de la capacidad de movilización a partir de las concentraciones del 8 de marzo, día de la mujer, y del primero de mayo, día del trabajador, sin embargo ambas son fuertemente reprimidas.

El 18 de octubre de 1978 la comisión hace público el proyecto de la nueva constitución, el cual plantea los puntos centrales de la teoría constitucional del régimen: a) sistema político de “democracia protegida”, b) una estructura socioeconómica con protección constitucional y c) un sistema constitucional difícil de modificar legalmente.

Luego de este proceso se entrega el anteproyecto al Consejo de Estado quien demora su análisis hasta el 11 de julio de 1980. El proyecto incorpora, entre otros, sendos poderes al presidente, refuerza el derecho a propiedad, baja de 21 a 18 años el requisito para ser ciudadano, se impuso la responsabilidad penal a los medios de comunicación por violaciones a la honra y al honor, exclusión legal de los comunistas, la cantidad de diputados baja de 150 a 120, se eliminan los senadores nacionales propuestos en el anteproyecto y se mantuvo la institución de los senadores designados agregándoles nuevos miembros y duración de su mandato, se agregan civiles al Consejo Nacional de Seguridad y se crea un período de transición con un congreso enteramente designado.

La Junta definió el proyecto el 11 de agosto de 1980, e incorporó la mayoría de las propuestas hechas por el Consejo de Estado resaltando la característica constitucional que por su forma buscaba asegurar la continuidad del gobierno.

El plebiscito fue convocado sólo con un mes de anticipación y representó para la oposición la posibilidad de movilización y discusión, y para la dictadura que la oposición acatara las reglas de su juego.

Las FFAA tienen la necesidad de ganar, para así validar su prestigio. Por otro lado, a la oposición se le cuestiona el por qué participaba de este proceso, pues con el sólo hecho de hacerse parte legitimaba el régimen. Las razones esgrimidas tenían relación con que el llamado a no votar era inútil, y que las condiciones del proceso propiciaban un despertar, pese a que se preveía el fraude electoral. En ese sentido el Partido Comunista no tenía esperanzas de triunfo, pero si de conquistar espacios perdurables de movilización.

Se calculó que seis millones de personas votaron y que el 67% aprobó el texto contra un 30% de rechazo. En tal sentido, el montaje funcionó bien a nivel macro, pero no a nivel local, donde las cifras no cuadraban. Sin embargo, la oposición con el sólo hecho de participar validaba el proceso, independiente del discurso contrario que tuviese.

El escenario político era el siguiente: en las oposiciones moderadas se encontrada una derecha democrática que se caracterizaba por ser demasiado débil y alejada de las altas esferas económicas. También la Democracia Cristiana, quienes poseían un equipo político de elite en todas las áreas, incluso a nivel de bases.

En 1974 la DC se separa del la línea golpista y acusa al gobierno de violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, en esta fase el partido tampoco acepta ninguna oferta de integrar un “Frente Amplio” por parte de la izquierda, sino más bien se plantea alianzas con sectores de izquierda que no aspiraban ni al socialismo ni a la dictadura del proletariado. Así mismo mantuvo contactos con sectores democráticos de las FFAA.

Se constatan dos izquierdas, una en la que se agrupaban los partidarios de la UP y la otra quienes integraban las filas del MIR (diezmados entre el periodo 1973-83).

Durante la Unidad Popular los socialistas se dividieron y trataron de reconstruir un discurso político marxista reconciliador entre la democracia y el socialismo, no obstante la balanza pasa del intelectual-político al político.

El uso del término fascismo por parte de la izquierda provocó ciertos dividendos políticos en el exterior, pero un indebido entendimiento de las características del régimen. Al denominar de tal forma al régimen no se entendió que la dictadura realizaba una tarea histórica pendiente al desarrollo del capitalismo chileno, rescatando lo medular de las teorías clásicas de Adam Smith y Stuart, abandonando el capitalismo social por uno de mercado. A su vez, se mal entendió el terror aplicado por el gobierno como un objetivo y no como un instrumento.

Pareciera ser que la errónea denominación (fascistas) de la dictadura, generó o fue un elemento importante en la desmovilización entre 1973 y el 83. Esta situación gatillo dos corrientes en la oposición, o se creía que la antinatura de un régimen fascista provocaría su crisis orgánica, por lo tanto, había que esperar el momento preciso para movilizarse, o se tenía demasiado temer a un Estado fascista omnipotente. No obstante, solapadamente existían orgánicas que intentaban levantar redes para activar las movilizaciones, sin grandes victorias en el periodo.

El PC intentó agotar todas las medidas políticas tradicionales antes de llegar a adoptar la política de “rebelión popular”. En la primera fase, la plataforma del PC consistía en dos temas básicos, incluir a las FFAA en un gobierno provisional que debería suceder a Pinochet, y por otra parte aglutinar a las fuerzas antifascistas y también a las no fascistas (Leingh). Esta fase se destaca por un tono reconciliador y de entendimiento en el espectro político.

No obstante, se constatan dos errores en el análisis comunista, el primero tiene relación con entender al régimen como contrarrevolucionario y no como una revolución en curso, además de no considerar que el espectro en su totalidad se deslizaba hacia la derecha. No fueron capaces de captar el experimento de “modernización capitalista” distinto al que estaban acostumbrados y que tenía relación con el del capitalismo de Estado- Bienestar. Por lo mismo, no captaron la importancia del término modernidad y el impulso que éste le daba al desarrollo del país a partir de los individuos, sus energías y esfuerzos, y no al colectivo o del Estado que había llevado al fracaso de la UP.

El PC cambio su línea política a la de “rebelión popular”. Ya no hacia trabajo de masas ni tampoco negociación política a la que estaba acostumbrado, sino que concentró sus energías en la capacitación de sus cuadros para asumir riesgos, peligros y confrontación directa con el régimen en un campo donde eran más fuertes los militares.

Este cambio de línea política constata un desfase histórico del PC, ya que en la etapa del terror de la dictadura, la política de los comunistas era de alianza y conciliación, y en la fase constitucional del régimen se asumió la política de rebelión popular. Este desfase marcará el terreno estratégico de la política de alianzas del periodo posterior.

Tercera Parte

Mirando hacia atrás II

Capítulo Primero.

La caracterización de la etapa.

Se genera una “doble” Constitución Política, por un lado garantizaba derechos, como el recurso de protección, la participación de partidos y elecciones, y por otro bajo la premisa de “periodo de transición”, anulaba los derechos anteriormente concedidos y paralizaba las instituciones hasta el plebiscito de 1988. Es decir, no había un Estado de Derecho.

La dictadura contó con un período constitucional, cuyo objetivo era alcanzar la gobernabilidad total, no podían haber obstáculos ni sucumbir ante ningún grupo de presión, debían manifestarse todas las condiciones para vivir una ilusión.

Esta nueva fase estuvo marcada por la lucha entre las que apoyaban la reproducción del sistema y las que se luchaban por el cambio o la transformación de éste.

Capitulo Segundo

El Acoso; Movilizaciones sociales y lucha política entre mayo 1983- noviembre 1994.

Durante este período los detentores del poder en Chile se enfrentaron a situaciones amenazantes a su omnipotencia.

Una de estas fue la crisis económica, que fue un elemento activo en el despertar de las masas. Durante este período la gobernabilidad de las autoridades publicas, la capacidad de un orden y la legitimidad, entre otros, se encuentran empobrecidos.

La crisis económica facilitó la subjetividad, porque se genera ingobernabilidad, la cual ayuda a desmontar los discursos normativos que se habían apoderado de la historicidad y desmoronó la arrogancia eficientista del discurso tecnocrático, las políticas económicas ya no pudieron seguir presentándose como dogmas.

Durante los años 1981-1983 el PGB decae al - 0,7%, la desocupación se disparo al 22.2% y la inflación subió hasta el 23.1%. Estas cifras generan efectos sociales que ampliarían el espacio político.

El anunció en 1982 de la devaluación inmediata del 18% y una mensual programada del 0.8%, hizo que la crisis se hiciera pública, confirmando el rumor de la oposición, la fe ciega fue reemplazada por el desconcierto y las certidumbres debilitadas.

La crisis llegó a su situación más extrema el primer semestre de 1983, momento en que los grandes grupos económicos debieron ser intervenidos por el aparato dictatorial, pues se necesitaba reponer la legitimidad deteriorada del liderazgo perdido con la crisis, debía existir un gobierno fuerte.

El efecto de la inesperada crisis “del progreso” generó acciones en el espacio público, expresándose al fin después de largos años. El visible fracaso de las cúpulas liberó el miedo existente, permitiendo así la revelación de la crítica hacia todo lo impuesto. La crisis destruyó la idea de la omnipotencia del poder, el sistema se había agrietado y ahora había por donde colarse.

Comienzan a manifestarse fuertes movilizaciones ciudadanas. En ellas hubo dos etapas, una de ebullición (entre mayo del 83 y 84) y otra de repetición (entre el 5 de septiembre del 85 hasta el 2-3- de julio del 86).

A mediados de 1984 la violencia en las poblaciones aumenta, ejemplo de esto es la muerte el 4 de septiembre del padre André Jarlon. El 6 de noviembre y tras la convocatoria a paro nacional, el gobierno impone “estado de sitio”, además del a suspensión y censura previa de Cauce, Apsi, Análisis, Pluma y Pincel, La Bicicleta y Hoy. Aquí concluye la primera etapa de la protestas bajo al amenaza latente del mayor endurecimiento de Pinochet.

La masa se frenó, la dirección política de las organizaciones se repliega por 10 meses y se da paso a la segunda negociación.

Durante el período del acoso el régimen militar no enfrenta el peligro de la caída, del derrumbe, ya que una dictadura sólo cae frente a un poder militar superior. Además, la superación de la crisis económica y de dirección fue gracias a una doble estrategia: de contención y de rearticulación.

Las de contención eran de dos tipos: la aplicación del terror, para enfrentar a la masa en ebullición, donde el principal procedimiento era la muerte probabilística (el baleo) que servia para debilitar la participación de los manifestantes comunes y así vaciar las calles. En segundo lugar, la instalación del toque de queda, haciendo desertar a quienes que no querían correr riesgos.

El régimen deseaba deslegitimar las protestas y a hacer pagar un alto costo por las ellas, para que así los pobladores se sintieran amenazados, realizando allanamientos, dejando claro que con el poder del régimen no se jugaba.

Se pasa de la ebullición al repliegue, las estrategias de contención consiguieron la polarización deseada, la perdida de la universalidad de las protestas como mecanismo de expresión opositora. Aumenta el grado de violencia de los manifestantes alejando a los moderados.

Jarpa, bajo el alero de la Iglesia Católica, propone la estrategia de “la forja de ilusiones”, donde buscaban hacer efectivas algunas instituciones de la Constitución del 80, adelantando la aprobación de la ley de partidos políticos , acelerando el estudio de la legislación sobre registros electorales y elecciones para dar inicio al fin del receso político.

Con relación al plan, dentro de la oposición conviven dos posturas, la AD, ala más moderada que cree en la negociación y el MDP, ala de izquierda que plantea el desmoronamiento y el hostigamiento hacia la dictadura agudizando los grados de violencia. Para el MDP aceptar la negociación, es aceptar y ceder ante mal.

En el gobierno también se provocan divisiones, ya que Jarpa desplaza a los gremialistas con su búsqueda de apertura para redefinir el modelo de desarrollo capitalista, hacia otro con mayor participación del estado, más producción de capital nacional y con mayor eficacia en la integración social.

El combate principal fue el que enfrentó a los continuadores de la política neoliberal y sus adversarios. Antes de la crisis se realizan dos importantes reformas para el buen funcionamiento del modelo, la privatización de la seguridad social y la eliminación de trabas para el manejo flexible de la fuerza de trabajo. Esto ayuda a que la superación de la crisis económica y de dirección sea superable y de corto plazo.

El aspecto principal de las estrategias de rearticulación fue la utilización del aparato estatal en el salvataje del modelo. Además de crear en la conciencia de sus seguidores y funcionarios el concepto de lo colectivo, lo que provocó la ayuda de personas ajenas a funciones gubernamentales.

Capitulo Tercero

De las protestas como repetición al “año decisivo”.

El estado de sitio cortó el impulso de la masa y se dio paso a las movilizaciones de los combatientes.

Las protestas se rutinizaron. En los años 1985 y 1986 se sabía que las protestas no eran decisivas, por esto se propagó la idea de que movilizarse no era importante, pues no desestabilizaban al régimen militar. Las soluciones parecían ir en dos caminos, o negociación con la derecha o la rebelión.

En 1985 el cardenal Fresno encargó a “tres hombres de buena voluntad” la obtención de un acuerdo político consensuado entre partidos de oposición y regimentales.

En 1985 se firma el Acuerdo Nacional que significa la formación de un bloque favorable al cambio gradual y moderado del régimen, en este bloque confluían sectores desde la Izquierda Cristiana hasta, el Movimiento de Unidad Nacional (MUN) y el Partido Nacional, dejando fuera al MDP.

Plantea consenso constitucional, que señalaba la elección popular del Congreso, elección directa del Presidente, simplificación de los mecanismos de reforma constitucional y una nueva composición del Tribunal Constitucional. El programa de acciones inmediatas indicaba fin de los Estados de excepción, formación inmediata de nuevos registros electorales, termino legal del receso político y realización del plebiscito para aprobar reformas constitucionales.

Pinochet hizo oídos sordos, definiendo la estrategia del desgaste, esperar era el camino lógico, manteniendo siempre la amenaza del endurecimiento, El acuerdo también fue rechazado por la UDI, porque implicaba alterar la constitución del ´80, y del MIR y el PC, pues no implicaba la salida inmediata de Pinochet y su régimen de poder.

Para los guardianes de la dictadura, el acuerdo significaba una concesión en los puntos fundamentales de su estrategia de transición sin cambios, poniendo en peligro lo que ya se había realizado

En el año 1986 existía un gobierno que no transaba y que defendía plenamente su mandato. Por otro lado una oposición con dificultades para entenderse por sus profundas diferencias estratégicas.

En 1985 el Partido Comunista definió la política de “sublevación nacional de masas” y 1986 como el año decisivo para paralizar la operación dictatorial. El PC realiza un viraje desde su línea tradicional de frentes amplios y lucha de masas hacia la aceptación de la violencia. La rebelión popular se centraba en dos puntos: la reivindicación del derecho de rebelión contra la tiranía y la tesis de la combinación de formas de luchas. Cuando esta política fue lanzada no era el mejor momento, porque el ciclo de oposición fuerte ya había terminado. Al mismo tiempo, el Partido Socialista realizaba su propio viraje socialdemócrata y en la DC se esfumaban las posiciones comunitarias.

El resto de la oposición señaló que sólo habían dos alternativas lógicas, rechazar frontalmente la constitución o llegar a algún acuerdo viable de negociación. La primera alternativa fue negada, consolidándose así el acuerdo constitucional con las Fuerzas Armadas.

Capitulo Cuarto

La Instalación.

En 1985 fue aprobada por la junta militar la ley sobre el Tribunal Calificador de Elecciones, este tribunal sólo entraría en funciones para la primera elección después del plebiscito de 1988. Esto significaba que no iban a existir formas públicas y oficiales de garantizar la corrección del proceso electoral.

En octubre de 1986 fue promulgada la ley de inscripciones electorales, a fines de febrero del año siguiente se abrieron los registros electorales, comenzando así las escaramuzas finales de la larga batalla por la instalación.

En marzo de 1987 se aprobó la ley de los partidos políticos, los democratacristianos iniciaron su proceso de inscripción inmediatamente, materializándose en septiembre de ese año. Meses después se constituye el Partido por la Democracia.

Se empezó a armar la materialización del trasformismo, se estaba instalando todo para la pacifica, ordenada y ejemplar transición chilena. El país caminaba a grandes pasos hacia su blanqueo, hacia el olvido, hacia la desmemoria.

Ahora sólo quedaba definir la modalidad plebiscitaria, es decir, el procedimiento y el candidato. En enero de 1988 la DC y el PS llamaron a votar NO, al poco tiempo se creaba la Concertación. Los socialistas abandonaron la rebelión para entrar en la negociación del poder. El 16 de junio de 1988 el PC se une a votar NO.

Lo lógico en las reglas fijadas por la dictadura era el fraude electoral. Además si la oposición ganaba debía gobernar con un poder decisorio atomizado y limitado, todo en la medida de lo posible.

En el gobierno el conflicto además de plebiscito/elección era Pinochet/otro. En esta división la lucha por el poder entre dos grupos tuvo una importancia central. Jaime Guzmán creía que el enfrentamiento debía ser entre dos hombres y no el enfrentamiento de un hombre contra los símbolos.

El equipo de dirección del NO, impulsó el abandono de la noción fatalista del mal menor para plantearse la posibilidad del triunfo. Papeles políticos centrales jugaron Genaro Arriagada, Ricardo Solari y Enrique Correa, además del equipo comunicacional de la franja del NO. Se construye la imagen del arcoiris, la metáfora de la gran casa construida por todos.

Capitulo Quinto

El período de (des)gracia.

Antes del plebiscito algunos dirigentes socialistas y los comunistas en su totalidad adoptaron la costumbre de calmar las culpas, prometiendo coronar el triunfo del NO con una presión movilizadora que produjera el derrumbe del pinochetismo.

Estas promesas chocaron frente a dos obstáculos a la impermeabilidad del pinochetismo, su absoluta claridad respecto de mantener en plenitud su capacidad, y el temprano alineamiento de la élite opositora, en especial de los dirigentes de la Concertación, la maquinaria disciplinante de la razón del estado comenzaba a hacer sentir, para asegurar la democracia era necesario mantener la moderación.

La sociedad estaba impactada por la esperanza del nuevo proceso, sin embargo las promesas de movilización chocaron contra el realismo de la dirigencia política que se sentía al borde de alcanzar el gobierno y también chocaron contra su deseo profundo de la multitud, la normalización.

La Negociación

Las disposiciones originales de la constitución del ´80 hacían más fácil introducir cambios durante el período llamado “de transición” que durante el de plena vigencia del cuerpo legal.

Los cambios de la constitución estuvieron destinados a garantizar la gobernabilidad futura. El plebiscito del ´89 constituyó la coronación del operativo transformista, consiguiendo dos cosas: eliminar condiciones que hubiesen podido generar crisis políticas y disminuir peso político de los senadores designados.

A la Concertación la negociación le permitió colocarse en el senado casi con la mayoría, eso si perdiendo la fuerza de la negación radical, condenándose a ser la gestora del orden social heredado de Pinochet. Dentro de ella se presentaron grandes cambios ideológicos, con el objeto de adaptarse a la tarea de gobernar la sociedad construida por la dictadura. Hoy han cambiado los titulares del poder, pero no la sociedad.