Cambio Lingüístico

Lengua abstracta. Innovación. Leyes fonéticas. Evolución lingüística. Estructuralismo diacrónico

  • Enviado por: Mario Baragaño
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Índice: Pág.

  • La aparente aporía del cambio lingüístico.

  • Lengua abstracta y proyección sincrónica. 2

  • Lengua abstracta y lengua concreta. La lengua

  • como saber hablar históricamente determinado.

    Los tres problemas del cambio lingüístico. 3

  • La racionalidad del cambio. Innovación y

  • adopción. Las leyes fonéticas. 5

  • Las condiciones generales del cambio. Determi-

  • naciones sistemáticas y estrasistemáticas. Esta-

    bilidad e inestabilidad de las tradiciones lingüís-

    ticas. 7

  • El cambio lingüístico como problema histórico.

  • Sentido y límites de las explicaciones genéticas. 9

  • Explicaciones causales y explicaciones finalistas.

  • El estructuralismo diacrónico frente al cambio lin-

    güístico. Sentido de las interpretaciones teleológicas. 11

    7. Sincronía, diacronía e historia. 12

    1. LA APARENTE APORÍA DEL CAMBIO LINGÜÍSTICO. LENGUA ABSTRACTA Y PROYECCIÓN SINCRÓNICA.

    El estudio del desarrollo de las lenguas plantea implícitamente el problema general del cambio lingüístico y de sus causas, lo cual opina acertadamente Coseriu, se consideró un problema con respecto al cual se cometieron muchos errores, casi siempre a consecuencia de un enfoque equivocado por causa de un error básico en la manera de considerar el lenguaje. De por sí, el hecho de buscar las causas de los cambios lingüísticos presupone la consideración de la lengua como algo estático, que no debería cambiar y en lo que todo necesitaría una explicación causal. O sea que presupone a la lengua como un organismo autónomo independiente de los hablantes, y no como sistemas constituidos sobre la base de actos lingüísticos concretos, actos de naturaleza compleja.

    Lo que Coseriu se propone demostrar es:

  • Que la aporía del cambio lingüístico no existe más que por un error de perspectiva que se manifiesta en la identificación entre lengua y proyección sincrónica.

  • Que el problema del cambio lingüístico ni puede ni debe plantearse en términos causales.

  • Que se le ha atribuido al objeto aquello que sólo es una exigencia de la investigación (sincronía)

  • Que la antinomia sincronía/ diacronía no pertenece al plano del objeto sino al de la investigación.

  • Que en el mismo Saussure pueden hallarse elementos para la superación de esta antinomia.

  • Que la concepción saussuriana y las que de ella se derivan padecen un error fundamental que les impide superar sus contradicciones internas.

  • Que no hay contradicción entre sistema e historicidad sino que la historicidad de la lengua implica su sistematicidad.

  • Que en el plano de la investigación la antinomia sincronía/ diacronía sólo puede superarse en y por la historia.

  • Coincide Coseriu con Ferdinand de Saussure, en que en una lengua se pueden distinguir un aspecto sincrónico (al considerarla en un momento determinado de su desarrollo, sin tener en cuenta el factor tiempo), y otro diacrónico (estudiando los hechos en su desarrollo histórico). Aunque advierte que dado el carácter parcialmente innovador de los actos lingüísticos, en la realidad sólo existe la diacronía, o sea el desarrollo de la lengua. Quedando el aspecto sincrónico como una necesaria abstracción científica para estudiar de qué modo funciona una lengua y los rasgos que permanecen inmutables a lo largo de un proceso que se da entre dos estados más o

    menos alejados en el tiempo. La gramática, por ejemplo, corresponde a lo sincrónico, en cuanto que ésta se encarga de la descripción del sistema de una lengua. Sin embargo, la historia de la lengua y la gramática histórica sólo pueden estudiarse desde el plano diacrónico, que a su vez se apoya en sincronías sucesivas pues no es posible estudiar el perenne movimiento de una lengua. Destaca también que en momentos puntuales pueden registrarse fenómenos esporádicos que se van difundiendo y generalizando, y que van modificando paulatinamente la lengua.

    2. LENGUA ABSTRACTA Y LENGUA CONCRETA. LA LENGUA COMO SABER HABLAR HISTÓRICAMENTE DETERMINADO. LOS TRES PROBLEMAS DEL CAMBIO LINGÜÍSTICO.

    Al partir de la lengua abstracta, suele considerarse al cambio lingüístico como procedente de factores externos. La lengua abstracta es por definición estática, esto implica que se plantee el cambio en términos causales; pero la lengua pertenece al orden final y no al causal. En efecto, la lengua es sistema y lo es sólo para cumplir una función, o sea que la lengua cambia para seguir funcionando como tal. Es a la vez forma y potencia. Es necesario colocarse en el plano del habla y tomarlo como norma de todas las otras manifestaciones del lenguaje para poder comprender el mecanismo del cambio lingüístico. Sólo la lengua abstracta puede concebirse como aislada del hablar, no ocurre así con la lengua concreta. La lengua es un hecho social, pero no extraindividual sino interindividual, transciende al individuo pero no le es exterior. El hablar es una actividad universal que se realiza por individuos particulares, que son miembros de comunidades históricas. De modo que puede considerarse en sentido universal, particular e histórico. El saber hablar según la tradición de una comunidad es la lengua como acervo idiomático, consideración histórica.

    Los modos análogos que integran la lengua son sistemáticos, funcionan en cuanto se oponen los unos a los otros, en determinadas estructuras paradigmáticas y sintagmáticas. En las estructuras que componen la lengua distingue Coseriu lo que es simplemente normal o común (norma) y lo que es oposicional o funcional (sistema). Así pues, dice que una lengua funcional es un sistema de oposiciones funcionales y realizaciones normales, o sistema y norma. El sistema lo es de posibilidades, de coordenadas que indican los caminos abiertos y los cerrados de un hablar comprensible en una comunidad; la norma sería un sistema de realizaciones obligadas consagradas social y culturalmente: no corresponde a lo que puede decirse sino a lo que ya se ha dicho y tradicionalmente se dice en la comunidad considerada. Distingue también la lengua funcional de la lengua histórica o idioma, ya que ésta puede abarcar no sólo varias normas sino también varios sistemas. Al equilibrio entre los sistemas abarcados en un archisistema puede llamarse norma histórica.

    Para cada sujeto hablante la lengua es un saber hablar, sobre esta base crea su expresión que en cuanto coincide con las de otros hablantes integra la lengua comprobada en el hablar. Por eso todo hablante es creador de lengua para otros. El hablante adquiere el saber lingüístico de otros hablantes. Este saber es cultura, o sea que la lengua además de reflejar el saber cultural es en sí misma cultura. En cuanto a saber común de varios hablantes la lengua es interindividual o social, y en cuanto a saber tradicional es histórica. Por ello este punto de vista puede adoptarse sin contradicción con respecto a la lengua sincrónica; desde el punto de vista histórico (no diacrónico), la lengua sincrónica es un sistema actual de tradiciones lingüísticas antiguas y recientes.

    En la lengua real coinciden lo sistemático, lo cultural, lo social y lo histórico. Una lengua histórica no suele coincidir con un sistema y una norma, pero todo aquello que en ella es de algún modo sistemático, es al mismo tiempo cultural, social e histórico. El cambio lingüístico pertenece a la experiencia corriente acerca del lenguaje, pues el lenguaje es un perpetuo hacer.

    Distingue entre tres problemas diversos del cambio: el problema racional, el general, y el histórico. El general pertenece a la lingüística general; y viene a ser una generalización de ciertos problemas históricos. El racional es el problema teórico de la mutabilidad de las lenguas, en su parte teórica depende de del conocimiento de los hechos, pues toda teoría es teoría de la experiencia, o sea de lo real. Uno de los errores procede de considerar las lenguas como cosas y de la confusión de las ciencias del hombre con las ciencias de la naturaleza. Es el de querer reducir los problemas teóricos (racionales) a problemas meramente generales. En este caso, el error consiste en creer que el problema de la mutabilidad de las lenguas se resuelve encontrando la causa o todas las pretendidas causas de los muchos casos particulares.

    3. LA RACIONALIDAD DEL CAMBIO. INNOVACIÓN Y ADOPCIÓN. LAS LEYES FONÉTICAS.

    La lengua cambia porque no está hecha sino que se hace continuamente por la actividad lingüística, cambia porque se habla: porque sólo existe como técnica y modalidad del hablar. El hablar es actividad creadora, libre y finalista, y es siempre nuevo, en cuanto se determina por una finalidad expresiva individual, actual e inédita. El hablante dispone de la lengua para realizar su libertad expresiva. Con objeto de estudiar estos cambios surgió a principios de nuestro siglo la llamada gramática de los errores, similar a tantos manuales normativos que existen en muchas lenguas (ya desde la antigüedad, como fue el caso por ejemplo del Appendix Probi, o lo es hoy el Dardo en la palabra) y enseñan las formas correctas y las mal dichas que cuando son recogidas en un libro es porque son frecuentes en el habla. Esta disciplina se consideró que podía serle útil a la gramática histórica porque le permitiría ver cuáles de estos iniciales errores serán con el tiempo impuestos por el uso y cuáles de ellos desaparecen.

    El cambio lingüístico tiene su origen en el diálogo: en el paso de modos del hablar de un interlocutor al saber del otro. Innovación es todo aquello en que lo hablado por el hablante se aleja de los modelos existentes en la lengua. La aceptación de una innovación por parte del oyente como modelo para ulteriores expresiones puede llamarse adopción. Muchos estudiosos explicaron la innovación creyendo explicar el cambio, al considerar la lengua desde su parte abstracta.

    . Pero la razón íntima del cambio, de la innovación en la lengua, es en todo caso la que hemos introducido al hablar del cambio lingüístico, o sea, la no-coincidencia entre el acto lingüístico y su modelo. Vale decir que la innovación, el cambio en su momento inicial y originario es siempre un acto de creación individual. Esta creación puede deberse a hábitos articulatorios, a errores en la elección del modelo, a motivos estilísticos (exigencias de mayor expresividad) a razones culturales (por ejemplo, objetos o conceptos nuevos para los que es necesario crear nuevos nombres) e incluso a razones simplemente físicas (por ejemplo a defectos de pronunciación), etc. La creación lingüística puede manifestarse en el plano material del lenguaje (cambio fónico), en el plano del contenido significativo (cambio semántico) o en ambos planos a la vez, Y puede ser creación en el sentido estricto del término es decir, invención de un nuevo signo como también un acto de elección del modelo como en los casos en que, hablando dentro de una determinada comunidad y en el marco de una comunidad lingüística, el individuo hablante Por cualquiera de las razones antedichas emplea como modelo para un signo actual un signo anterior que pertenece a otra convención o a otra comunidad cultural o a un idioma extranjero. Hay por tanto dentro del mismo sistema lingüístico, un continuo paso de signos de una comunidad a otra, como también hay intercambio entre idiomas diversos. En cada caso, el signo en la comunidad en la que empieza a emplearse y se difunde, se presenta como innovación y cambio. Por consiguiente los cambios lingüísticos no son nunca generales y simultáneos sino que proceden siempre de un acto individual de una innovación que se difunde por imitación. El cambio ocurre en su origen en un acto lingüístico, en una palabra, y se difunde luego a otros actos lingüísticos y se aplica también a otras palabras. Bajo este aspecto el cambio fónico no se distingue en absoluto del cambio semántico ya que ambos tipos ocurren originariamente en una sola palabra. Y después de este punto inicial los dos tipos de cambio se difunden del mismo modo o sea por imitación: el cambio semántico, mediante la aceptación del nuevo significado por otros individuos; y el cambio fonético, por aceptación del nuevo sonido en la misma palabra y de su extensión a otras palabras en que el mismo fonema se presenta en el mismo entorno fónico reproduciéndose por lo común en todos los casos análogos o en la gran mayoría de ellos lo cual justifica el principio metodológico de la correspondencia regular entre dos fases sucesivas del mismo sistema, o sea, de lo que se llama ley fonética. La ley fonética coincide con la generalidad intensiva de la adopción fónica, o con su unicidad. El cambio fónico empieza con la ley fonética. El cambio fónico es en sentido extensivo difusión y en sentido intensivo selección. La extensión no puede establecerse a priori: los límites son los que la difusión alcanza históricamente. También una norma puede fijar una selección no acabada, incluso procedente de sistemas distintos. Entonces la ley fonética es algo más que una pauta metodológica justificada por la comprobación de una relativa uniformidad expresiva alcanzada en cierta época por cierta comunidad hablante. Si no tuviera una justificación más honda, esa misma uniformidad expresiva alcanzada en cierta época y por cierta comunidad de hablantes, no podría tener ningún valor metodológico y resultaría incomprensible. Por ello, estudiar el cambio no supone estudiar alteraciones o desviaciones sino al contrario estudiar el consolidarse de tradiciones lingüísticas.

  • LAS CONDICIONES GENERALES DEL CAMBIO. DETERMINACIONES SISTEMÁTICAS Y EXTRASISTEMÁTICAS. ESTABILIDAD E INESTABILIDAD DE LAS TRADICIONES LINGÜÍSTICAS.

  • Los llamados factores externos son factores segundo grado que no determinan directamente la actividad lingüística, sino que lo que ellos determinan es la configuración del saber lingüístico, que a su vez condición del hablar. Algo similar hay que observar con respecto a la distinción entre factores históricos y estructurales, pues los estructurales no dejan de ser históricos y si como históricos se entendieran los factores externos, entonces éstos no pueden coordinarse con los estructurales, porque, como se ha señalado, se trata de factores de grado diverso. Propone entonces llamarlos factores sistemáticos y extrasistemáticos, distinguiendo en ambos los factores permanentes y ocasionales. Sería sistemático todo aquello que pertenece a las oposiciones funcionales y a las realizaciones normales de una lengua. Y extrasistemático pero no externo, todo aquello que se refiere a la variedad del saber lingüístico en una comunidad hablante y al grado de este saber, o sea, al vigor de una tradición lingüística. Las condiciones del cambio son exclusivamente culturales y funcionales y pueden comprobarse en cualquier estado de lengua. Los cambios hallan su determinación positiva y negativa en las condiciones del saber interindividual: en su capacidad para corresponder a las necesidades expresivas de los hablantes. Por otra parte la lengua es un conjunto de modelos sistemáticos y sólo puede renovarse sistemáticamente. Además al ser el cambio intrínseco al modo de existir de la lengua, en todo momento nos hallamos frente a cambios en acto. Por eso, los cambios deben reflejarse también en los estados de lengua aunque desde el punto de vista sincrónico no pueden comprobarse como tales. Con respecto a lo cultural, son condiciones favorables al cambio la variedad regional o social del saber lingüístico dentro de los límites de la misma lengua histórica, y la debilidad del mismo saber, en épocas de decadencia cultural o en los grupos sociales de cultura reducida. Y son condiciones de relativa estabilidad, la homogeneidad y seguridad del saber lingüístico y en general la adhesión de una determinada comunidad hablante a su propia tradición lingüística.

    Un sistema lingüístico, ya realizado en formas tradicionales, es por su misma naturaleza un sistema imperfecto, en el sentido de inacabado. Los sistemas que se deslindan en la sincronía son a veces sistemas equilibrados y otras veces sistemas deteriorados o perturbados, o bien hay que reconocer que todo sistema lingüístico se halla siempre en equilibrio precario. El equilibrio de un sistema se vuelve aún más precario si se consideran las variantes de realización y las realizaciones normales. Además gran parte de las oposiciones posibles en el sistema funcional quedan inutilizadas. Aquí nos encontramos con el problema del grado de funcionalidad de las oposiciones distintivas. Pues en la realidad de la lengua se comprueban amplias diferencias de rendimiento funcional, (hay oposiciones más importantes que otras), de ahí que algunas puedan desaparecer. A veces el rendimiento funcional de una oposición es sólo aparente. Aunque esto tampoco implica que una oposición de escasa funcionalidad deba necesariamente desaparecer. La posibilidad de arreglar en la lengua los deterioros producidos por el cambio se debe a que en la lengua conviven durante largo tiempo lo viejo y lo nuevo, no sólo extensivamente sino también intensivamente. Con las contradicciones internas de cualquier sistema se relaciona la interdependencia dinámica de los elementos constitutivos de todo sistema lingüístico, que es otra condición permanente de inestabilidad de las lenguas, pues implica que todo cambio es o puede ser motivo de otros cambios correlativos. Esa interdependencia puede entenderse como solidaridad entre los elementos de cada uno de los sistemas parciales que se deslindan en la descripción de las lenguas: el fónico, el gramatical y el léxico. Al establecerse un elemento funcional nuevo favorece la constitución de otros elementos análogos y viceversa, la desaparición de un elemento funcional debilita a los demás elementos del mismo tipo. La interdependencia es la solidaridad de todo un sistema lingüístico.

    Entre las condiciones generales del cambio considera también Coseriu la no-coincidencia cultural y funcional entre sistema y norma de una lengua, pues hay un perpetuo desajuste entre el conocimiento del sistema y el conocimiento de la norma. El último implica un grado mayor de cultura, pues supone un conocimiento tradicional. Este desajuste trae dos consecuencias de orden general: las creaciones sistemáticas serán particularmente numerosas y tendrán amplia posibilidad de difundirse en épocas de debilidad de la tradición y decadencia cultural o en comunidades de cultura lingüística reducida. En segundo lugar, ciertas lenguas están destinadas a cambiar más que otras en circunstancias culturales favorables al cambio, en ellas predomina el sistema sobre la norma, de lo funcionalmente posible sobre lo tradicionalmente realizado. Los factores sistemáticos y culturales funcionan con respecto al cambio como seleccionadores de las innovaciones, como condiciones y límites de la libertad lingüística en su tarea de hacer y rehacer la lengua. De las innumerables innovaciones que se comprueban en el hablar, sólo algunas se adoptan y se difunden porque sólo algunas responden a posibilidades y necesidades del sistema funcional o encuentran condiciones favorables en el estado del saber lingüístico interindividual. Un cambio lingüístico empieza y se desarrolla siempre como desplazamiento de una norma. Siendo la lengua un sistema funcionas se modifica en sus puntos débiles donde el sistema mismo no corresponde eficazmente a las necesidades expresivas de los hablantes, pero las modificaciones necesarias hallan su límite en la seguridad de la tradición. De esta manera los mismos factores sistemáticos y extrasistemáticos son condiciones de cambio y de resistencia al cambio.

  • EL CAMBIO LINGÜÍSTICO COMO PROBLEMA HISTÓRICO. SENTIDO Y LÍMITES DE LAS EXPLICACIONES GENÉTICAS.

  • Hubo teorías para explicar el cambio lingüístico de todo tipo: desde las naturalistas que lo achacaban al clima, a la orografía o a la alimentación; la del substrato étnico, biologista, propuesta por Áscoli que lo atribuye a la raza de los hablantes, a hechos de sustrato que desaparecen y reaparecen al cabo de los siglos a la manera de los genes. Admite Coseriu la teoría del sustrato sólo si se sustituye la teoría racial por la noción de la “mezcla de idiomas” como una persistencia parcial de un idioma vencido en la nueva forma que adopta en la región conquistada, el idioma vencedor. Distingue aquí dos tesis diferentes: la de la base de la articulación y la del bilingüismo inicial matiza la primera hablando de un hábito de articulación y no de una base fisiológica y alude a la conciencia fonológica de Trubetzcoy, y así matizada la incluye dentro de la teoría del bilingüismo inicial. Acepta pues, la teoría del sustrato sin entenderla como exclusiva y considerada en relación con la realidad efectiva del lenguaje y fuera de todo planteamiento biológico-racial. Añade un matiz a esta teoría con la de la tendencia de las lenguas adoptada de Meillet, que habla de las tendencias idénticas que se dan en las lenguas pertenecientes a la misma familia, y pueden ser o no producidas por un substrato, y por otra parte se muestra prudente en su aplicación pues tampoco descarta la teoría de las ondas. Otra, también de Meillet es la de las generaciones, a ésta no se adhiere ya Coseriu, puesto que las edades de la población forman un continuum, y las generaciones no son sino una convención, además en los términos en que Meillet la formula resulta tan inaceptable como las biologistas y fisiologistas. Otras explicaciones son la teoría del mínimo esfuerzo, la de la analogía y la de la economía de la expresión. La del mínimo esfuerzo supone transformar los sonidos difíciles en otros más sencillos de pronunciar pero la dificultad es sólo aparente pues no se da uniformemente en todas las lenguas, y ni siquiera dentro de la misma lengua ocurre pues las hay que complican ciertos fenómenos a medida que evolucionan. La tendencia de la analogía explica los cambios lingüísticos por una tendencia a la regularidad que se observa en todos los idiomas, explica en muchos casos el mecanismo del cambio lingüístico, pero no es en modo alguno ley necesaria de la expresión, pues el cambio no debe ocurrir sino que puede ocurrir o no, puesto que el individuo es dueño y creador de su expresión y el lingüista no puede preverlo sino sólo registrarlo en los casos en que haya ocurrido así; tampoco cabe afirmar en forma absoluta y para todos los casos la tendencia a la regularización gramatical puesto que hay muchos ejemplos de lo contrario. O sea que en los idiomas hay una tendencia general regularizadora pero también se da la contraria. En la de la economía de la expresión se dice que en los idiomas se observa la tendencia a expresar sólo lo necesario, lo indispensable para la intercomprensión. Esta teoría sostenida por Jespersen, tiene sus buenos fundamentos y puede admitirse en muchos casos, pero sólo si consideramos las unidades fónicas y semánticas aisladas y no dentro del sistema. Al considerar los sistemas en su conjunto, tenemos que admitir que, con frecuencia, lo que se simplifica por un lado se complica por otro. Así pues en muchos casos se trata sólo de una economía aparente. Considerando en conjunto todas las teorías expuestas, hay que observar que las mismas, más que identificar las razones del cambio lingüístico, comprueban su mecanismo y las condiciones en las que se da, es decir que señalan cómo y cuándo se produce o puede producirse.

  • EXPLICACIONES CAUSALES Y EXPLICACIONES FINALISTAS. EL ESTRUCTURALISMO DIACRÓNICO FRENTE AL CAMBIO LINGÜÍSTICO. SENTIDO DE LAS INTERPRETACIONES TELEOLÓGICAS.

  • Los cambios lingüísticos solo pueden explicarse en términos funcionales y culturales, pero las explicaciones culturales y funcionales no son causales. El equívoco está en la confusión entre el problema de la mutabilidad de las lenguas y el de los cambios considerados genéricamente. Se plantea de antemano que tiene que haber causas, y se las busca afanosamente. Incluso se piensa que el cambio tiene una sola causa genérica. Se piensa que siendo uno el efecto (el cambio) también debería ser una la causa. También se confunde el nivel genérico con el nivel histórico, y los cambios lingüísticos como hechos históricos particulares no pueden explicarse sólo universal y genéricamente sino que deben ser explicados en su particularidad. El causalismo se halla en constante peligro de suponer que esas causas podrían ser naturales o físicas. Sólo considera científicas las explicaciones materiales. Los hechos culturales no pueden ser explicados físicamente. Distingue Coseriu tres actitudes causalistas típicas: la animosa, la prudente y la conciliadora.

    Animosa es la de los que creen haber hallado las causas externas de los cambios lingüísticos o su causa principal o única.

    Prudente es la que admite que las causas del cambio son desconocidas o no se conocen por ahora.

    Conciliadora es la de los que creen que algunas causas ya se conocen y otras se desconocen por el momento.

    Coseriu las considera a todas erradas. Dice que si se reconoce la diferencia esencial entre el mundo de la naturaleza y el de la cultura y se comprende propiamente qué es el cambio lingüístico, resulta evidente que las causas del cambio (entendidas como eficientes y necesarias) no podrán nunca encontrarse y que es absurdo buscarlas porque no existen. Pues aunque los cambios lingüísticos tienen motivación, ésta no pertenece al plano de la necesidad ni de la casualidad objetiva o natural sino al plano de la finalidad, de la causalidad subjetiva o libre. Ningún agente externo puede actuar sobre la lengua sin pasar por la libertad y la inteligencia de los hablantes. Tampoco pueden encontrarse las causas en la lengua misma como tradición lingüística porque la tradición es un estado de cosas que se ofrece a la libertad y no puede ser causa de un estado sucesivo. Los puntos débiles del sistema no son causas del cambio sino problemas con los que la libertad lingüística se enfrenta y a los que tiene que resolver en su fase creadora del instrumento mismo. Así, lo que puede y debe hacerse no es buscar causas naturales o exteriores a la libertad, sino justificar finalísticamente lo realizado por la libertad en tales y cuáles condiciones históricas y comprobar de qué modo lo creado se delimita indirectamente como necesidad o posibilidad por las deficiencias y posibilidades de la lengua anterior al cambio. El cambio lingüístico tiene por lo tanto una causa eficiente, que es la libertad lingüística y una razón que es la finalidad expresiva y comunicativa de los hablantes. Pero la finalidad, en cuanto a causalidad subjetiva no puede conocerse más que subjetivamente mediante una experiencia interior, ya que no se trata de un hecho exteriormente comprobable. La pregunta no es por qué sino para qué ocurrió tal cambio. La lingüística no debe volverse ciencia de leyes puesto que ya lo es. Y en otro sentido no puede llegar a serlo porque la naturaleza de su objeto se lo prohibe. La lingüística debe renunciar al propósito irracional de establecer leyes causales en el dominio de la libertad. Con ello no renunciará a ser exacta sino que al contrario, adquirirá su plena exactitud como ciencia del hombre. Las ciencias del hombre ya son exactas dice Coseriu, y hasta poseen un tipo de exactitud al que no pueden aspirar ni las ciencias naturales ni las matemáticas y no se las hace más exactas tratándolas como ciencias físicas.

  • SINCRONÍA, DIACRONÍA E HISTORIA.

  • Partiendo de Saussure, trata Coseriu de resolver este problema. Dice el primero que la antinomia entre un hecho estático y un hecho evolutivo es radical, pues uno es una relación entre elementos simultáneos y el otro la sustitución de un elemento por otro en el tiempo, un suceso; que los términos sincrónicos son coexistentes y forman sistema, mientras que los otros son sucesivos y se reemplazan unos a otros sin formar sistema entre sí. Que los hechos sincrónicos son sistemáticos y los diacrónicos son particulares, heterogéneos, aislados y además son exteriores al sistema.

    O sea que Saussure advierte con claridad la historicidad de hecho de la lengua. Además señala que un estado de lengua dado siempre es el producto de factores históricos y que lo que fija la pronunciación de un vocablo es su historia.

    La antinomia se basa en el fondo en un espejismo con respecto al sentido de la historia y a las relaciones entre historia y descripción. Saussure piensa que así como la sincronía ignora la diacronía, también la diacronía debería ignorar la sincronía (los estados de lengua). Pero sólo lo primero es cierto y legítimo. La diacronía no puede ignorar la sincronía porque significaría ignorar la lengua que se continúa en el tiempo: estar fuera del objeto.

    La lengua según Coseriu es siempre sincrónica en el sentido de que funciona sincrónicamente, o sea que siempre se halla sincronizada con sus hablantes, coincidiendo su historicidad con la de ellos. Mas esto no significa que no debería cambiar sino que al contrario, justifica que cambie continuamente para seguir funcionando.

    El sistema es en sí inmutable en el sentido de que no tiene en sí mismo la causa del cambio ni se desarrolla de por sí: el sistema no evoluciona sino que se hace por los hablantes de acuerdo con sus necesidades expresivas.

    La lengua cambia sin cesar pero el cambio no la destruye y no le afecta en su ser lengua, que se mantiene siempre intacto. Ello, sin embargo, no significa que el ser sistema sea independiente del cambio sino todo lo contrario, porque el cambio en la lengua tiene un sentido radicalmente diverso del que tiene el cambio en el mundo natural. El cambio destruye los objetos y los organismos naturales: los transforma en otra cosa de lo que son o los hace morir. Viceversa, el cambio en la lengua no es alteración o deterioro, como se dice con terminología naturalista, sino reconstrucción, renovación del sistema y asegura su continuidad y su funcionamiento. La lengua se hace mediante el cambio y muere como tal cuando deja de cambiar. Finalmente el sistema funcional de la lengua no cambia directamente ni con fluctuación incesante. Lo que se modifica continuamente es su realización y por lo tanto su equilibrio. Pero el sistema en cuanto sistema de posibilidades, se mantiene siempre más allá de la sincronía y para cada caso particular, sigue siendo el mismo hasta tanto que no halla intervenido una mutación un vuelco total de la norma, en un sentido o en otro. Mas esta persistencia del sistema en el tiempo no significa que la lengua sea por su naturaleza sincrónica o inmutable, sino que es la señal misma de su historicidad. La lengua se hace pero su hacerse es un hacerse histórico y no cotidiano.

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